Busqueda de contenidos

contexto
Como Guerra de los Cien Años se conoce desde el siglo pasado al enfrentamiento bélico que sostuvieron Francia e Inglaterra durante gran parte de la Baja Edad Media. Auténtica sucesión de conflictos, esta pugna acabó arrastrando a otros reinos occidentales, por lo que puede ser considerada la primera gran guerra internacional europea. La reclamación de los derechos de Eduardo III de Inglaterra (1327-1377) al trono de Francia ha sido considerada tradicionalmente el origen de la guerra. Sin embargo, esta coartada o pretexto dinástico, que en ocasiones sí impulsó el conflicto, sólo fue una de sus causas, y no la primera. En la génesis de esta prolongada guerra convergen diferentes razones político-económicas: la principal fue el control de la rica Guyena o Gascuña, último reducto francés del Imperio Angevino de Enrique II Plantagenet (1154-1189), lo que convierte esta guerra en el último episodio de la secular pugna Capeto-Plantagenet por el dominio de Francia. Guyena era feudo inglés, pero los reyes de Francia consideraban que, como soberanos feudales, tenían derecho a intervenir en sus asuntos internos. Esta inadaptación feudal a las nuevas circunstancias políticas y económicas generaría permanentes incidentes, como las confiscaciones francesas de Guyena en 1294 y 1323. La hostilidad anglo-francesa se agudizó por culpa de conflictos periféricos menores como el apoyo francés a Escocia contra la hegemonía inglesa, el control del estratégico ducado de Bretaña y la cuestión sucesoria de Artois. Sin embargo, la chispa del conflicto fue Flandes, otra fuente de disputas debido a la peligrosa contradicción existente entre su dependencia económica de la lana inglesa y su subordinación feudal a los reyes de Francia, problema agravado por la lucha social entre la nobleza profrancesa y los grupos urbanos proingleses. Tras el sometimiento de la rebelión de las ciudades flamencas en la batalla de Cassel (1328), el conde de Flandes Luis de Nevers y Felipe VI de Francia se aliaron en perjuicio de los vitales intereses ingléses en la zona, a lo que respondió Eduardo III con una medida explosiva: en 1336 prohibió las exportaciones de lana inglesa a Flandes, arruinando a los artesanos flamencos. Un año después Felipe VI procedió a la tercera confiscación de Guyena. Eduardo III rompió entonces el homenaje prestado en 1329 y reclamó el trono de Francia. La cuestión dinástica, menor hasta esa fecha, adquirió entonces un papel esencial al convertirla Eduardo III en la única forma de asegurar el vital dominio inglés sobre Guyena.
contexto
Muy activos políticamente y muy radicales -para ellos Dada era un grito de combate-, los dadaístas berlineses editaron panfletos, manifiestos, periódicos... y participaron en la sesión en que se constituyó la república de Weimar, en febrero de 1919. Allí, Baader, el más Dada de todos, Oberdada, repartió panfletos en los que se informaba de que pronto tomaría el poder el Consejo Dada para la revolución mundial; en otra ocasión, en la catedral de Berlín, el mismo Baader interrumpió al predicador. Tampoco Franz Jung se paró en barras: robó un barco en altamar, en el Báltico, y lo llevó a Leningrado como regalo a la Unión Soviética. Sin embargo, el acto más espectacular de Dada en Berlín tuvo lugar en junio de 1920, en la galería de Otto Burchardt, la Primera Feria Internacional Dada, organizada por Hausmann -Dadasoph-, Heartfield -Monteur dada- y Grosz -Marshall-. Allí se expusieron casi doscientas obras dada de toda Europa, en un clima de provocación, que iba desde el tono político de la Feria hasta la obscenidad manifiesta, pasando por un claro antimilitarismo.Las bestias negras, o los leitmotivs de la Feria eran la república de Weimar, con las secuelas de la guerra: mutilación, hambre, miseria, prostitución... que se presentaban con toda crudeza, y la concepción burguesa del arte. En el marco de la crítica artística se exhibían, entre otras muchas cosas, Obras maestras corregidas, montadas por Grosz y Heartfield, sobre cuadros de Picasso y Rousseau y Obras de escultura de la antigüedades perfeccionadas, como la Venus de Milo y el Apolo de Belvedere, que alcanzaban su perfección mediante cabezas modernas. Heartfield en el anuncio de la Feria decía: "El movimiento dada conduce a la desaparición del mercado artístico". No era menos brutal la crítica política: el soldado alemán colgado del techo con cabeza de cerdo, llamado el Arcángel prusiano, los cuadros de Otto Dix, Aptos para el trabajo en un 45 por 100 y de Grosz, Alemania, un cuento de hadas (destruidos), aparecían junto a octavillas, grabados, fotomontajes, collages, muñecos... y frases como "El hombre dadaísta se opone radicalmente a la explotación; el sentido de la explotación no produce más que necios y el dadaísta desprecia la necedad y ama el sinsentido".En Berlín la situación política era tan acuciante que incluso este tipo de acciones, que provocaron un proceso por injurias al ejército del Reich, se quedaban cortas para los artistas, a muchos de los cuales el compromiso les llevó a la liga espartaquista. Por otro lado, muchos de los rasgos del expresionismo berlinés de los años veinte están presentes ya en la Feria Internacional Dada.
contexto
Al mismo tiempo que se declaraba el Estado de Israel se iniciaba la primera Guerra árabe-israelí, que daría lugar al más persistente conflicto de la Historia del mundo actual. La situación militar de partida puede ser descrita de una manera que podría hacer pensar en la inevitable victoria de los árabes. En efecto, las milicias judías disponían de tan sólo unos 70.000 hombres, sin otra capacidad que la de una guerrilla y sin medios pesados ni aviación, mientras que los árabes tenían una cifra muy difícil de calcular de unidades militares de los países del entorno y unos veinte mil palestinos en unidades irregulares. Pero la realidad es que el armamento árabe estaba envejecido, la coordinación entre las acciones militares fue prácticamente nula y resultó de la máxima importancia el tipo de combatiente que actuó, en realidad, occidental en el caso de los judíos. Éstos tuvieron en Ben Gurion un liderazgo firme y decidido y emplearon mucho mejor sus recursos (cuando hubo aviones realizaron cinco veces más salidas que sus adversarios). La batalla decisiva tuvo lugar en la carretera entre Tel Aviv y Jerusalén y acabó con la división de esta ciudad en dos y con la ocupación del territorio previsto por parte de los israelíes, con la excepción tan sólo del desierto del Neguev. En junio de 1948, el conde Bernadotte, intermediario nombrado por las Naciones Unidas, consiguió una primera tregua entre los combatientes y propuso una nueva fórmula que hubiera supuesto la división del territorio de Jordania entre los Estados palestino y judío. Pero los combates se reanudaron en julio y a partir de este momento las victorias judías se sucedieron una tras otra. En el desierto del Neguev, por ejemplo, hasta tres mil egipcios fueron hechos prisioneros; uno de ellos era el futuro presidente egipcio Nasser. Allí, las ofensivas israelíes le proporcionaron victorias que hubieran podido suponer la destrucción del Ejército egipcio y la llegada hasta el Canal de Suez de no ser por las advertencias británicas de llegar a una intervención como consecuencia del pacto suscrito con este país. En estas circunstancias, asesinado el conde Bernardotte por un grupo radical israelí, su sucesor Ralph Bunche consiguió un cese el fuego en enero de 1949. Entre febrero y julio, toda una serie de armisticios fue suscrita en la isla de Rodas entre Israel y los distintos Estados árabes, con la excepción de Iraq. Se trató de acuerdos exclusivamente militares que, por lo tanto, no significaban la determinación de fronteras permanentes, por más que diera la sensación de que los árabes reconocían al Estado de Israel. Si antes la política mantenida por los países árabes había consistido en repudiar el reparto ahora pasó a defenderlo cuando tuvo lugar la derrota. Pero el Estado de Israel había sido gestado en el combate y ya no quiso volver atrás. Habían muerto 6.000 judíos, el 1% de la población, una proporción semejante al número de franceses caídos en la Primera Guerra Mundial. En las zonas controladas por los árabes no quedó un solo judío pero, en cambio, unos 200.000 árabes se mantuvieron en zona controlada por los judíos. A partir de este momento, se inició el inacabable proceso para intentar llegar a la paz. Las conversaciones, a veces llevadas a través de intermediarios por la negativa de los contendientes a aceptar incluso sentarse con el adversario, se celebraron en Suiza y más tarde en París, pero el acuerdo fue imposible. Una parte de las razones derivó de la conmoción que en el mundo árabe se había producido como consecuencia de la derrota con asesinatos de dirigentes o sustitución de los regímenes. En julio de 1952, por ejemplo, la derrota supuso la sustitución de la Monarquía y la aparición del régimen de los Oficiales Libres en Egipto, pero ya antes el rey Abdallah de Transjordania, que se había mostrado dispuesto a unificar a los palestinos bajo su mandato, había sido asesinado -en el mes de julio anterior- cuando entraba en la mezquita Al Aqsa de Jerusalén. A mediados de los años cincuenta, en un momento en que se hacía presente en Medio Oriente una evidente voluntad de intervención soviética y la aparición de un neutralismo activo, la confrontación entre árabes e israelíes aparecía de forma semejante o peor que la de 1948.
contexto
Para abordar un conflicto como el que tuvo lugar en 1948 en Palestina y que habría de durar hasta el presente es preciso tratar brevemente de sus antecedentes remotos. Tanto los judíos como los palestinos se sentían pueblos elegidos por Dios que, después de atravesar una larga época de decadencia que duró siglos, llegado el siglo XIX experimentaron un renacimiento. En ambos casos, puede decirse que no se trataba de grupos religiosos en el sentido moderno del término sino de comunidades nacionales de creyentes. Los dos empezaron a articular plataformas de contenido nacionalista en fechas semejantes. Theodor Herzl era un judío muy asimilado de Viena que reaccionó creando el sionismo, a partir del momento en que nació en Austria el antisemitismo y el 1896 publicó El Estado judío, cuya tesis principal es que resultaba inútil combatir el antisemitismo y que, al mismo tiempo, era imposible pretender la asimilación. Al final del XIX, apenas había veinte asentamientos agrícolas en Palestina, poblados por unos 5.000 judíos. En la segunda "aliya", o emigración en los años que precedieron a la Primera Guerra Mundial, se llegó a alcanzar ya la masa crítica de las 85.000 personas asentadas. Además, en ella llegaron muchos judíos dotados de una educación moderna y con una ideología socialista. De ahí la aparición de los "kibbutzim" o colectividades agrarias y la expansión del hebreo como signo de identidad colectiva. Pero, como han señalado los historiadores judíos más autocríticos, también a estos inmigrantes, procedentes del Este de Europa les caracterizó un nacionalismo tribal y exclusivista característico de las sociedades de donde procedían. Los árabes, por su parte, adquirieron conciencia propia algo después. Palestina había sido una región muy poco poblada y sujeta a una inestabilidad política endémica: apenas tenía 560.000 habitantes (18.000 en Jerusalén en 1880) y sufría frecuentes "raids" por parte de los beduinos. La conciencia de identidad se agudizó a partir de la revolución de los Jóvenes Turcos en la primera década de siglo, pero por el momento no se produjeron conflictos entre ambas comunidades. A pesar de ello, durante la Primera Guerra Mundial, los turcos prohibieron el nacionalismo de ambos signos; el líder judío Ben Gurion, por ejemplo, fue obligado a exiliarse. La Declaración Balfour, de noviembre de 1917, destinada por el Gobierno británico a mostrar su aceptación de la llegada de los judíos, tuvo como consecuencia la multiplicación de la inmigración. Así llegó la tercera "aliya", cuya ideología era semejante a la de la inmigración anterior. Con ella, se llegó a alcanzar el 17% de la población (175.000 personas). Fueron quienes participaron en ella los que ejercieron el poder a partir de la independencia. La cuarta "aliya", a partir de 1924, fue ya más cosmopolita y, por tanto, aumentó la heterogeneidad de Israel. Durante estos años, aparecieron instituciones como el Haganah, instrumento de defensa pero también destinado a favorecer la llegada de la inmigración, y el Histadrut, es decir, el sindicalismo. Frente a una idea que se popularizaría con posterioridad, el sionismo tuvo un contenido popular y socializante, mientras que los grandes magnates y potentados judíos eran más bien reticentes al mismo. Al tiempo que crecía la inmigración judía también se incrementaba la población árabe, que pasó en 1917-1947 de 600.000 a 1.200.000 habitantes. La violencia empezó a predominar en las relaciones entre las dos partes en 1929. En 1931, Mac Donald declaró el propósito del Gobierno británico de no restringir la inmigración judía y, como consecuencia inmediata, las agresiones entre las dos comunidades se incrementaron de manera notable. A partir de 1939, es decir, en el mismo momento de la generalización de la persecución nazi, los británicos empezaron a equilibrar su apoyo a los israelíes con el otorgado a los árabes. La clara mayoría de la población seguía siendo árabe: suponía el 80% en 1930 y el 70% en 1940, pero probablemente el cambio en las proporciones fue visto por los árabes como un peligro. En 1945 los judíos de Palestina eran unos 554.000 y 136.000 de ellos habían combatido como voluntarios con los británicos. Aun así, uno de sus líderes, Ben Gurion, aseguró que se debía combatir a Hitler como si no existiera el "libro blanco" británico -que les imponía restricciones- y al libro blanco como si Hitler no existiera. El Holocausto, sin duda, contribuyó a ratificar el deseo de tener una patria propia: hay que tener en cuenta que hasta los años ochenta el pueblo judío fue el único que no consiguió recuperarse de las pérdidas demográficas producidas durante la Segunda Guerra Mundial. 70.000 judíos inmigraron de forma ilegal desde el final de la guerra hasta 1948 y fue precisamente este hecho el que explica principalmente el enfrentamiento con las autoridades británicas. A partir de 1944, minoritarias organizaciones terroristas judías -Irgún, dirigida por Menahem Beguin, y Lejí- atentaron contra los intereses británicos. Llegaron, por ejemplo, a asesinar a un ministro británico y volaron el Hotel King David de Jerusalén, cuando las autoridades coloniales detuvieron a varios centenares de inmigrantes ilegales. A lo largo de 1947, la situación de los soldados británicos en Palestina se hizo insoportable. Los enfrentamientos entre las dos comunidades eran diarios y los intentos de imponer el orden concluían en atentados contra ellos. En los combates sucesivos que tuvieron lugar antes de la independencia murieron unos 1.200 judíos. Se explica así la decisión tomada por Gran Bretaña de retirar sus tropas y poner fin a la Administración colonial el primer día de agosto de 1948. Mientras tanto, la ONU había intentado ofrecer una solución. En abril de 1947, se celebró en Flushing Meadows la primera sesión del comité especial de las Naciones Unidas acerca del problema palestino. La población árabe suponía los dos tercios del total y no estuvo dispuesta en ningún momento a aceptar ningún propósito judío de basar en un pasado histórico cualquier reivindicación de cambio en el status de la región, porque lo consideraba el producto y la consecuencia de una "nostalgia místico-religiosa". Las soluciones propuestas variaron mucho, pero en realidad estaban fundamentalmente configuradas en forma de un Estado federal, como se había planeado en el pasado desde los años treinta. En noviembre de 1947, el comité propuso la creación de dos Estados y una zona internacional en Jerusalén y Belén puesta bajo control de las Naciones Unidas. El Estado israelí contaría con tres zonas, con una extensión próxima a los 144.000 kilómetros. En este momento, existía todavía un consenso profundo entre las dos superpotencias sobre este problema; era casi el único acuerdo que subsistía entre los antiguos aliados. Pero la respuesta del mundo árabe fue inmediata e indignada, proclamando la guerra santa -jihad- en contra de la resolución y, por parte israelí, se produjo una idéntica negativa a aceptar una solución transaccional. El Irgún, por boca de Menahem Beguin, afirmó que consideraba el reparto como "una catástrofe nacional e histórica" y prometió que llegaría un día en que el conjunto de Palestina -Eretz Israel- sería devuelto al pueblo judío. A comienzos de 1948, iba a iniciarse la intervención bélica de los árabes, con unidades militares de los países limítrofes, mientras que se reagrupaban las diversas milicias judías. Desde los años veinte, existía -como se ha apuntado- una fuerza defensiva llamada Haganah, a la que ahora se sumaron los grupos terroristas ya citados. En el último día del mandato británico, las fuerzas israelíes controlaban con ayuda de armas procedentes de lugares inesperados, como Checoslovaquia, el conjunto del territorio que se había previsto entregar al Estado judío, a excepción del Neguev. Tan sólo unos minutos después de su proclamación, el Estado de Israel fue reconocido por los Estados Unidos, a los que siguió de forma inmediata la URSS. Al mismo tiempo, sin embargo, se iniciaba la primera Guerra árabe-israelí que daría lugar al más persistente conflicto de la Historia del mundo actual. La situación militar de partida puede ser descrita de una manera que podría hacer pensar en la inevitable victoria de los árabes. En efecto, las milicias judías disponían de tan sólo unos 70.000 hombres sin otra capacidad que la de una guerrilla y sin medios pesados ni aviación, mientras que los árabes tenían una cifra muy difícil de calcular de unidades militares de los países del entorno y unos veinte mil palestinos en unidades irregulares. Pero la realidad es que el armamento árabe estaba envejecido, la coordinación entre las acciones militares fue prácticamente nula y resultó de la máxima importancia el tipo de combatiente que actuó, en realidad, occidental en el caso de los judíos. Éstos tuvieron en Ben Gurion un liderazgo firme y decidido y emplearon mucho mejor sus recursos (cuando hubo aviones realizaron cinco veces más salidas que sus adversarios). La batalla decisiva tuvo lugar en la carretera entre Tel Aviv y Jerusalén y acabó con la división de esta ciudad en dos y con la ocupación del territorio previsto por parte de los israelíes, con la excepción tan sólo del desierto del Neguev. En junio de 1948, el conde Bernadotte, intermediario nombrado por las Naciones Unidas, consiguió una primera tregua entre los combatientes y propuso una nueva fórmula que hubiera supuesto la división del territorio de Jordania entre los Estados palestino y judío. Pero los combates se reanudaron en julio y a partir de este momento las victorias judías se sucedieron una tras otra. En el desierto del Neguev, por ejemplo, hasta tres mil egipcios fueron hechos prisioneros; uno de ellos era el futuro presidente egipcio Nasser. Allí, las ofensivas israelíes le proporcionaron victorias que hubieran podido suponer la destrucción del Ejército egipcio y la llegada hasta el Canal de Suez de no ser por las advertencias británicas de llegar a una intervención como consecuencia del pacto suscrito con este país. En estas circunstancias, asesinado el conde Bernardotte por un grupo radical israelí, su sucesor Ralph Bunche consiguió un cese el fuego en enero de 1949. Entre febrero y julio, toda una serie de armisticios fue suscrita en la isla de Rodas entre Israel y los distintos Estados árabes, con la excepción de Iraq. Se trató de acuerdos exclusivamente militares que, por lo tanto, no significaban la determinación de fronteras permanentes, por más que diera la sensación de que los árabes reconocían al Estado de Israel. Si antes la política mantenida por los países árabes había consistido en repudiar el reparto ahora pasó a defenderlo cuando tuvo lugar la derrota. Pero el Estado de Israel había sido gestado en el combate y ya no quiso volver atrás. Habían muerto 6.000 judíos, el 1% de la población, una proporción semejante al número de franceses caídos en la Primera Guerra Mundial. En las zonas controladas por los árabes no quedó un solo judío pero, en cambio, unos 200.000 árabes se mantuvieron en zona controlada por los judíos. A partir de este momento, se inició el inacabable proceso para intentar llegar a la paz. Las conversaciones, a veces llevadas a través de intermediarios por la negativa de los contendientes a aceptar incluso sentarse con el adversario, se celebraron en Suiza y más tarde en París, pero el acuerdo fue imposible. Una parte de las razones derivó de la conmoción que en el mundo árabe se había producido como consecuencia de la derrota con asesinatos de dirigentes o sustitución de los regímenes. En julio de 1952, por ejemplo, la derrota supuso la sustitución de la Monarquía y la aparición del régimen de los Oficiales Libres en Egipto, pero ya antes el rey Abdallah de Transjordania, que se había mostrado dispuesto a unificar a los palestinos bajo su mandato, había sido asesinado -en el mes de julio anterior- cuando entraba en la mezquita Al Aqsa de Jerusalén. A mediados de los años cincuenta, en un momento en que se hacía presente en Medio Oriente una evidente voluntad de intervención soviética y la aparición de un neutralismo activo, la confrontación entre árabes e israelíes aparecía de forma semejante o peor que la de 1948.
contexto
El carlismo es un movimiento político que tuvo su momento más espectacular durante el reinado de Isabel II, pero hay que buscar sus orígenes en el siglo XVIII y sobre todo a partir de 1820, con la Regencia de Urgel, y la revuelta de los Agraviados de 1827. Su lema Dios, patria, Rey y Jueces, resumido en el binomio Trono y Altar, articula toda la teoría oficial política. A estos elementos se suma la defensa del foralismo particular de cada uno de los territorios, aspecto que va tomando fuerza a medida que avanza la guerra, así como la defensa de la religión. Las intenciones centralizadoras y los ataques de los liberales al clero, sobre todo a partir de 1835 con la exclaustración y la desamortización, activaron la lucha. Los carlistas pretendían, además, restaurar la legitimidad, puesto que no reconocían valor jurídico a la Pragmática Sanción de 1830, ateniéndose a la Ley Sálica tradicional en la dinastía borbónica, por la que don Carlos tendría que ser rey. El matrimonio con María Josefa de Sajonia no había tenido descendencia, Carlos, el hermano del Rey, pensaba heredar el trono en su momento. Sin embargo, la muerte de María Josefa y el nuevo enlace de Fernando con María Cristina de Borbón, así como el nacimiento de dos hijas -Isabel y Luisa Fernanda- complican la situación. La Ley Sálica no permitía reinar a las mujeres. Ahora bien, dicha ley ya había sido revocada en 1789, pero sin que el decreto se promulgara. En 1830, concretamente el 29 de marzo, Fernando VII, mediante una pragmática, eleva a ley el decreto de 1789. Los últimos años de este reinado se caracterizan por la indecisión de Fernando respecto a esta sanción, que derogó y puso de nuevo en vigor según las presiones de las distintas camarillas de la Corte sobre el ánimo regio. A la muerte de Fernando VII la Pragmática Sanción estaba vigente. Su hija primogénita, todavía una niña, fue nombrada reina con el nombre de Isabel II y su madre, reina gobernadora en funciones de regente, nombró gobierno. D. Carlos, apoyado por gran número de legitimistas, no aceptó la situación, lo que dio origen a una guerra civil. En cualquier caso, conviene insistir en la idea de que la sucesión de Fernando VII no era sólo un problema dinástico. Ya antes se había planteado la división ideológica por el tímido acercamiento del monarca a los planteamientos liberales a partir de 1826, una de las razones que provocó, en 1827, la rebelión de carácter absolutista (Agraviados o Malcontens). La masa fundamental de seguidores del carlismo eran campesinos, especialmente de la región vasconavarra, de Cataluña y de la montaña levantina y del Bajo Aragón, aunque también se encuentran, en menor proporción, en el resto de la fachada cantábrica, hasta Galicia, y en Castilla. Carr opone campo-ciudad y, efectivamente, parece que es un movimiento campesino que tiende a dominar las ciudades, sin lograrlo. Algunos de los últimos estudios, como los de Alfonso Bullón de Mendoza, insisten en la idea de que en las zonas de dominio carlista también la población urbana era predominantemente carlista. Entre otras pruebas aducen la persistencia del carlismo en estas mismas ciudades de tal manera que, cuando por primera vez hay unas elecciones, con sufragio universal masculino según la legislación derivada de la Constitución de 1869, en Pamplona o Bilbao una mayoría muy clara de los votos fueron a parar a los candidatos carlistas. Según esta interpretación, si estas ciudades no pudieron ser tomadas por el ejército carlista durante la guerra se debió a que en ellas estaban las principales fuerzas cristinas que las defendieron. En el proceso bélico se pueden distinguir cuatro fases: a) Desde el 1 de octubre de 1833, en que el Infante D. Carlos toma el título de Rey de España, comienza el enfrentamiento. En principio, son partidas rebeldes, con escasa estructura militar que Zumalacárregui organizará en un verdadero ejército, frente al ejército regular cristino. Además, se produce una relativa delimitación de zonas de influencia que tienden a ser limpiadas de los enemigos. Esta fase finaliza con la muerte del General Zumalacárregui en el asedio de Bilbao el 23 de julio de 1835. b) Desde el verano de 1835 hasta octubre de 1837, la guerra sale del ámbito regional al nacional. Luis Fernández de Córdoba toma el mando del ejército cristino -posteriormente lo hará Espartero. En estos años tienen lugar las principales acciones del carlismo fuera de su zona de influencia. El general Gómez atraviesa España desde el País Vasco hasta Cádiz y Don Carlos dirige la expedición real hasta las puertas de Madrid. Espartero rompe el sitio de Bilbao, que se inició en junio de 1835 y que se mantuvo mucho tiempo por el afán de ocupar una ciudad y la necesidad de prestigio internacional del carlismo por razones financieras. Las guerrillas carlistas no son fáciles de reducir y éstas obtienen una clara victoria en el Maestrazgo. c) Desde octubre de 1837 al mes de agosto de 1839 la contienda se decanta a favor de los gubernamentales. El 15 de octubre de 1837, D. Carlos se repliega, pasa el Ebro, frontera del carlismo, y se produce una disensión interna en el carlismo entre los partidarios del pacto, dirigidos por el general Maroto, y los Apostólicos del general Cabrera. El cansancio y el incierto final de la guerra lleva a los primeros a firmar el Convenio de Vergara (29 de agosto de 1839). Sellado por Espartero y Maroto, en él se reconocen los empleos y grados del ejército carlista y se recomienda al gobierno que proponga a las Cortes la modificación de los fueros. d) D. Carlos no reconoce el acuerdo y la guerra continúa desde agosto de 1839 a julio de 1840, en los focos de resistencia de Lérida y Navarra. Los últimos leales carlistas, acaudillados por el General Cabrera llevan a cabo una guerra brutal, con escenas y acontecimientos terribles. Al fin, éstos serán derrotados.
video
En 1833 muere Fernando VII y, en virtud de la Pragmática Sanción, disposición que deroga la Ley Sálica y permite reinar a una mujer, es nombrada reina de España su hija Isabel. La negativa a aceptar esta situación por parte de D. Carlos, hermano de Fernando VII, dio origen a la Guerra Carlista. En la primera fase de la Guerra se produce el levantamiento carlista de zonas como en el País Vasco, Navarra, la región pirenáica y el Maestrazgo. Otras áreas de predominio carlista son Galicia; buena parte de la Meseta norte, la región cantábrica, Aragón y Cataluña; sur de Cáceres y algunas comarcas andaluzas. Ciudades carlistas son Santiago de Compostela, Estella, Berga, Morella, Cantavieja. En esta fase, el hecho más significativo es el asedio carlista de Bilbao y la muerte del general sublevado Zumalacárregui. Durante la segunda fase, entre el verano de 1835 y octubre de 1837, el carlista general Gómez atraviesa España desde el País Vasco hasta Cádiz, mientras que Don Carlos dirige la llamada "expedición real" hasta las puertas de Madrid. En junio de 1835 Espartero, en nombre de los ejércitos de Isabel, rompe el cerco de Bilbao. Mientras, los carlistas obtienen una fácil victoria en el Maestrazgo. El 15 de octubre de 1837 D. Carlos se repliega y se ve obligado a pasar el Ebro. El cansancio y las disensiones internas llevan a parte de los carlistas a firmar el Convenio de Vergara, el 29 de agosto de 1838. D. Carlos no reconoce el acuerdo y la guerra continúa hasta julio de 1840, cuando caen los últimos focos de resistencia en Lérida y Navarra.
contexto
Independientemente de su cosmopolitismo, la milenaria civilización egipcia presenta rasgos que ponen de manifiesto sus raíces africanas y que se entrevén -pese a la actual investigación aún hoy ardua e incompleta- en ciertas relaciones. Así, es sabido que numerosos soberanos africanos, siguiendo las pautas impuestas por la institución faraónica, habrán de ser considerados por sus vasallos como portadores o vicarios de Lo Sagrado, lo que les hace poseedores de un poder en cierto modo omnipotente que se suponía extensivo al clima, ritmo estacional y diversos meteoros, hasta el punto de lograr la lluvia a su antojo. Asimismo, si el faraón siempre demuestra su virilidad y vigor con el ejercicio de la caza, el rey africano será casi siempre presentado como un rey cazador. Grandes animales de temible poderío, como el león o el toro, serán asociados a la realeza... Cabe recordar asimismo -aunque se desconozca su auténtico simbolismo- la utilización por los faraones de plumas de avestruz, que pasarían a constituir, junto con otros trofeos y figuraciones animales de la fauna africana enseñas ya heráldicas, ya clánicas que algunos egiptólogos han asociado a los signos y enseñas -cuando no totems- que diferenciaron en nomos a los grupos territoriales o tribales que conoció el Egipto predinástico. La africanidad del Egipto faraónico se pone asimismo en evidencia en el terreno religioso, donde indudablemente se aprecia un origen autóctono de cultos, mitos y ritos. Ahí están los nombres dados al Dios-Carnero y su culto como Amon, cuyo origen libio parece hoy incontrovertible. En el terreno ergológico podrían asimismo aducirse diversos ejemplos no sólo de la vida cotidiana, sino también de la vida colectiva y del ceremonial. Desde la utilización de taburetes y reposacabezas de inspiración ergonómica común, hasta el empleo de concretos productos vegetales aromáticos, que se queman en rituales particulares. Es notable también que el soberano egipcio asuma concretos tocados que pudieron ser imitados por otros pueblos africanos; el uso de cetros / fustas por ciertas jerarquías; la difusión alcanzada por algunas armas arrojadizas (desde proyectiles lanzados por propulsor, a multipuntas y el mismo boomerang y armas asimiladas, de amplia utilización no sólo en Egipto, sino en concretas regiones del continente negro).
contexto
Pese a las exigencias de algunos teóricos del socialismo (Flora Tristán, La unión obrera, 1843) y los contactos del tradeunionismo inglés con los movimientos sindicales europeos, la posibilidad de llegar a un organismo internacional de coordinación pareció, durante mucho tiempo, remota y cuando se consiguió el acuerdo pareció coyuntural, y su carácter obrerista ofrecía serias reservas.La Exposición Internacional de Londres de 1862 había dado lugar al encuentro de obreros de diversos países y, en septiembre de 1864, una reunión celebrada en Saint Martin's Hall desembocó en la constitución de la Asociación Internacional de Trabajadores o Primera Internacional. El Consejo general tenía su sede en Londres y reuniría congresos anuales. Estaba formado por una amplia mayoría de representantes ingleses, a los que se añadían algunos franceses, italianos y alemanes (entre ellos el propio Marx).Marx, que redactó el llamamiento inaugural, prefirió por eso rehuir las definiciones doctrinales, y se limitó a subrayar las tareas de coordinación del nuevo organismo. En todo caso, quiso dejar claro que el nuevo organismo pretendía la conquista del Estado, ya que la redención del proletariado tenía que ser obra de los propios obreros. El objetivo de la Asociación tendría que ser la abolición completa de cualquier gobierno de clase.Sin embargo, la Internacional había surgido con ocasión de una reunión para apoyar el movimiento revolucionario de los independentistas polacos y, junto a los delegados específicamente obreros, participaron nacionalistas mazzinianos, demócratas franceses y nacionalistas húngaros.Las cifras de afiliación (50.000 en Inglaterra, frente a los 800.000 afiliados con que contaban las Trade Union; 20.000 en Francia; algo menos en España) permiten concluir que se trató de un movimiento minoritario. En el congreso de Ginebra, de septiembre de 1866, se aprobarían unos Estatutos en los que se señalaban que los fines de la Asociación eran "la ayuda mutua, el progreso y la completa liberación de la clase obrera".En los momentos iniciales adquirieron mucha importancia en la orientación de la Internacional los elementos proudhonianos (pacíficos), lo que provocó tensiones con los marxistas (revolucionarios) en los congresos de Ginebra y Lausana (1867), que no se resolvieron hasta que, en el congreso de Bruselas de 1868, Marx consiguió el respaldo de los delegados belgas. Para entonces, sin embargo, cobró fuerza el enfrentamiento con Bakunin que trataba de obtener el control de la Internacional a través de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, fundada por él. El Consejo General de la Internacional rechazó la incorporación de los bakuninistas en bloque, pero las tensiones se prolongarían en los comienzos de los años setenta.Aunque la Internacional resultó bastante inoperante, sus proclamaciones de que los trabajadores tenían que tomar el poder para implantar el colectivismo, así como la impresión causada por la Comuna de París, de la que se hizo responsables a los internacionalistas, llevaron a que los comités nacionales de diversos países fueran perseguidos por la policía.Por lo demás, la Internacional se encontraba ya debilitada por las tensiones entre los seguidores de Marx y los de Bakunin, que fueron expulsados en el congreso de La Haya, de 1872. La disolución de la Internacional, en 1876, sólo sirvió para levantar acta de lo que ya era un completo fracaso.
contexto
Los primeros síntomas de la crisis, detectados en las últimas décadas del siglo XIII, van de la mano de una serie de revueltas populares que se produjeron en diversas regiones de Europa, tanto de Italia, como de Francia, Flandes, el valle del Rin o Cataluña. Fijémonos en una de ellas, la que estalló en Barcelona en el año 1285, a cuyo frente se encontraba un tal Berenguer Oller. Del suceso tenemos las noticias que el cronista catalán Bertrán Desclot nos ha transmitido. Oigámosle: "En aquel tiempo había en la ciudad de Barcelona un hombre llamado Berenguer Oller. Era de condición vil, pero se había ganado a muchos de sus pares en esta ciudad; de grado o por fuerza había hecho jurar a casi todo el pueblo bajo de Barcelona seguir su voluntad. So pretexto del bien, hizo mucho mal en ese lugar, en perjuicio de sire rey y de los hombres probos de la ciudad. Así había juzgado y despojado a la Iglesia, al obispo y a gran número de burgueses de Barcelona de sus rentas y de sus censos, por su sola autoridad". El texto, como se ve, es rotundamente hostil a Oller, al que presenta como un hábil embaucador, que ocasionó graves daños a los grupos sociales dominantes, tanto laicos como eclesiásticos, y que había atraído a su causa, no siempre de buenas maneras, a los sectores populares. A lo sumo admite Desclot, en otro pasaje, que Oller era "muy buen hablador". Sus objetivos, dice más adelante el cronista, no eran otros sino atacar, el día de Pascua del mencionado año 1285, "a los clérigos, los judíos y todos los ricos de la ciudad que no quisieran reconocerlo", procediendo posteriormente a la eliminación de todos ellos y a la confiscación de sus bienes. Lo cierto es que, más allá de la clara hostilidad que rezuma Desclot, se percibe un conflicto social de hondas raíces. El grupo que siguió a Oller estaba integrado por modestos artesanos y mercaderes, los cuales se sentían explotados por los poderosos, la Iglesia y el patriciado barcelonés. Pero la revuelta, como era previsible, fue sofocada, gracias a la enérgica actuación del monarca Pedro III. El orden quedó restablecido pero Berenguer Oller y otros siete compañeros suyos pagaron con su vida, pereciendo en la horca. En el inicio de la decimocuarta centuria, año 1300, se detecta una revuelta popular en la ciudad flamenca de Brujas. Dirigida por el tejedor Pierre de Coninc, al que sus partidarios denominaban Pierre Le Roy, la revuelta estaba integrada por gentes de los oficios (tejedores, bataneros, tundidores de paños, tintoreros, etc.). Coninc poseía, al parecer, indudables condiciones para ejercer el liderazgo, particularmente en el terreno de la oratoria, a juzgar por lo que señalan las crónicas de la época: "Tenía él tantas palabras y sabía hablar tan bien que era una maravilla. Y por esto los tejedores, los bataneros, los tundidores le creyeron y amaron tanto que nada había que dijera o mandara que ellos no hiciesen". No obstante el principal mérito de Coninc fue poner en conexión su movimiento con la causa que defendía por las mismas fechas el conde de Flandes. Así se entiende que mientras las gentes de los oficios, lanzadas a la revuelta, se dedicaron al pillaje contra los patricios de Brujas, los artesanos en rebeldía lucharon junto al conde de Flandes en la memorable victoria de Courtrai (1302), en donde fue derrotada nada menos que la brillante caballería francesa. De todos modos las conquistas de los revoltosos no prosperaron. Ciertamente la revuelta se propagó a otras ciudades vecinas, como Ypres o Lieja. Pero a la larga el patriciado supo reaccionar. Por lo demás, las gentes de los oficios se escindieron en dos grupos, uno más conservador y otro más avanzado, lo que propició su derrota final. Flandes volvió a ser, unos años más tarde, escenario de la conflictividad social. Nos referimos a los sucesos de 1323, que afectaron a la región de Flandes marítimo y que tuvieron como protagonistas a los campesinos, por más que su eco llegara a algunas ciudades, como Brujas e Ypres. Se ha intentado conectar esta revuelta con las crisis de los años 1314-1317. De todos modos estaban más recientes los malos años de 1321 y 1322, en los cuales, a consecuencia de condiciones climatológicas adversas, prácticamente se perdieron las cosechas. Pero el motivo inmediato de la revuelta fue una protesta antifiscal: el rechazo de los labriegos a pagar tanto los impuestos debidos al conde de Flandes como el diezmo a la Iglesia. La revuelta se difundió con enorme rapidez. "Fue un tumulto tan grande y tan peligroso como desde hacía siglos no se veía", dice un cronista coetáneo. Ahora bien, nos equivocaríamos si consideráramos este movimiento como una simple explosión anárquica, causada por la miseria. Sin duda se sumaron a la revuelta muchos campesinos de condición modesta, pero todo parece indicar que el grupo más compacto de los sublevados procedía del campesinado de tipo medio. Por lo demás, al frente del movimiento figuraban gentes notables, como el señor de Sijsele, el burgomaestre de Brujas Guillaume de Deken o los campesinos acomodados Nicolas Zannekin y Jacques Peyte. La revuelta se prolongó durante casi cinco años, ocasionando, según las noticias que poseemos, un mínimo de 3.000 víctimas. Pero a la postre fue sofocada, dando lugar a una represión durísima. Merece la pena señalar, finalmente, hasta qué punto esta revuelta dejó su huella en Flandes. El folklore recogió la imagen de los rústicos en rebeldía, a los que se denominaba "karls". Escuchemos lo que decía una canción coetánea a propósito de estos "karls": "Son de un carácter mordaz y quieren someter a los caballeros. Todos tienen una larga barba; llevan vestidos raídos; sus capuchones están colocados completamente a través de sus cabezas y su calzado hecho jirones... Se colman de vino y embriagándose en seguida, suenan que el Universo entero, ciudades, burgos y dominios, les pertenecen... ¡Ah!, ¡quiera el Cielo maldecirlos para siempre!" La canción, a la vista está, expresa un absoluto desprecio hacia los rústicos, pero al mismo tiempo pone de manifiesto la aguda contradicción social que había en Flandes en aquella época entre los campesinos, por una parte, y los nobles y patricios de las ciudades, por otra. Si seguimos un orden estrictamente cronológico, el siguiente movimiento popular de cierto significado con que nos encontramos se sitúa en el año 1326. Se trata del movimiento campesino de los Armleder, desarrollado en tierras alemanas. Consta que los Armleder fueron violentamente antijudíos. No obstante, su revuelta, aunque en creciente debilitación, perduró hasta el año 1339. Flandes volvió a ser teatro de luchas sociales unos años más tarde. En 1338 estalló en Gante una insurrección popular, de la que formaban parte básicamente tejedores y bataneros. Al frente de dicha insurrección se hallaba un gran mercader, Jacobo van Artevelde, miembro de una de las más encumbradas familias patricias de la región. La revuelta, al parecer, tenía conexión con la prohibición de exportar lanas inglesas a Flandes, medida decretada en 1338. De todas formas, los amotinados se dividieron, lo que propició que la victoria sonriera finalmente a los tejedores. En el contexto de la revuelta se produjo, en 1345, el asesinato de Jacobo van Artevelde. El cronista francés J. Froissart recoge puntualmente dicho suceso: "Thomas Denis, decano de los tejedores, le asesto el primer golpe de hacha en la cabeza, y lo abatió". Es posible que Artevelde, que al fin y al cabo era un rico burgués, pretendiera gobernar de forma personal, lo que motivó las iras de los tejedores. Mas la consecuencia de aquellos sucesos fue el establecimiento en Gante, al menos hasta 1349, de la hegemonía indiscutible de los tejedores. Sin embargo, en 1349 los bataneros se tomaron la revancha, aunque un año más tarde, en un nuevo giro de la rueda de la fortuna, los tejedores volvieran a dominar la situación. Algunos historiadores han hablado, a propósito de estos sucesos, de "la revolución de los oficios". Mas en verdad la revolución citada sólo condujo a acentuar las luchas fratricidas entre los propios miembros de los oficios, lo que sin duda llenaba de satisfacción a los patricios, teóricamente los enemigos de los artesanos. Poco antes de que mediara el siglo tuvo lugar en Roma una aventura sorprendente. Nos referimos a los sucesos del año 1347, protagonizados por Cola di Rienzo, un singular personaje, nacido en 1313 en el seno de una humilde familia. Por lo que sabemos de su vida, Rienzo alcanzó el notariado, tuvo amistad con Petrarca y adquirió un gran conocimiento de la historia antigua de Roma. Su vida pública se inició en 1343, año en el que le vemos como delegado del "popolo" de Roma en una embajada a la Corte pontificia de Avignon. Los estudiosos del personaje han puesto de manifiesto su excepcional elocuencia y su encanto personal. Partidario del igualitarismo mesiánico de Joachim de Fiore, parece que Rienzo odiaba profundamente a la alta nobleza. No obstante es posible ver en Cola di Rienzo, como han puesto de manifiesto M. Mollat y Ph. Wolff, "una mezcla de sinceridad e intriga, de violencia y seducción, de idealismo y pragmatismo, de rusticidad y cultura". Apoyado en el "popolo" y en la "gentilezza" (grupo integrado por la pequeña aristocracia y los comerciantes), Rienzo recibió el poder de la ciudad de Roma en 1347. Así se expresa, a propósito de estos acontecimientos, el cronista G. Villani: "Por aclamación fue elegido tribuno del pueblo e investido de la señoría en el Campidoglio". El 20 de junio del citado año Cola di Rienzo subió al Capitolio, recibiendo cuatro días después el título de tribuno, que le fue renovado unos meses más tarde con carácter vitalicio. Pero más allá de los solemnes fastos, celebrados al modo de la antigua historia de Roma, la principal obsesión de Cola di Rienzo era acabar con la alta nobleza, lo que explica la afirmación de Villani: "Algunos de los Orsini y los Colonna, así como otros de Roma, huyeron fuera de la ciudad a sus tierras y a sus castillos para escapar al furor del tribuno y del pueblo". Pero el tribuno estaba asimismo muy interesado en perseguir viejos males que estaban anidados en la sociedad romana, como el vicio y la corrupción. Claro que al mismo tiempo decidió organizar espectáculos aparatosísimos, como el que tuvo lugar el día 15 de agosto en la iglesia de Santa Maria la Mayor de Roma, acto en el que Rienzo fue coronado. El historiador Dupré-Theseider calificó al citado acto de "caricatura fantástica de la coronación imperial". Es posible, no obstante, que desde aquel momento comenzara el declive del tribuno. Excomulgado por el Papa, que le acusó de usurpación, Cola di Rienzo perdió el poder en diciembre de 1347. Su regreso, siete años después, fue un mero apéndice. Las aventuras de Cola di Rienzo concluyeron en el otoño de 1354 con su asesinato y el restablecimiento pleno de la administración pontificia en Roma. De todas formas, la odisea de Cola di Rienzo, en la que había simultáneamente tanto aspectos políticos como sociales, y en la que el elemento personal desempeñó un papel decisivo, fue de una originalidad indiscutible.
contexto
En las primeras horas del día 7, el dragaminas norteamericano Condor avista el periscopio de un submarino durante el desarrollo de una misión rutinaria. A pesar de transmitir la información al destructor Ward, que se hallaba de servicio, ésta no se comunicó a la estación del puerto. En vano fue buscado el submarino durante dos horas, hasta que un hidroavión lo localizó y señaló su posición mediante bombas fumígenas. Finalmente, a las 6,45 horas, el Ward pudo destruir al enemigo, un submarino de bolsillo, mediante cargas de profundidad y disparos de cañón. Hasta las 7,12 el almirante Kimmel no fue informado del incidente, quien se dirigió a toda velocidad a la isla Ford, en Pearl Harbor. Otro incidente desvela la impericia norteamericana. Poco después del despegue de la primera oleada japonesa a las 6,15 horas, operarios que se están ejercitando en la estación de radar de Opana observan en sus pantallas la presencia de varios aviones, a 220 kilómetros de distancia. Calculan su origen y transmiten la información al Centro base en Pearl Harbor, quien les contesta que se espera la llegada de un contingente de aviones B-17 desde el continente. Saludados por la población local que habita junto a las playas, los aviones de Fuchida se conducen a lo largo de la costa occidental, confundidos con aviones propios. Inmediatamente, los aviones se disponen para el ataque, poniendo en la práctica una maniobra aprendida de memoria durante los entrenamientos. Los pilotos japoneses conocen Pearl Harbor, pues han estudiado el objetivo a través de mapas y maquetas, de tal manera que cada uno conoce de antemano cuál es su misión. Los escuadrones de bombarderos se agrupan en escuadrillas de ataque, cada una con la misión de realizar un ataque sobre los aeródromos. Los bombarderos horizontales adoptan las rutas de aproximación previstas, lo que permite a sus artilleros apuntar con gran precisión, al tiempo que los torpederos comienzan la maniobra de picado sobre los acorazados norteamericanos. A las 7,50 comienza el ataque sobre los aeródromos, destruyendo en tierra al grueso de los aparatos. La labor se ve facilitada por la concentración de los aviones americanos y su disposición ala con ala. Al mismo tiempo, la guardia de los acorazados se prepara para izar la bandera. Observan con estupor cómo los torpederos japoneses descienden en picado, lanzan su carga y la estela de los torpedos se dirige hacia ellos. Cinco acorazados -West Virginia, Arizona, Nevada, Oklahoma y California- reciben el impacto de los primeros torpedos. De momento, el buque insignia Pensylvania logra salvarse, por encontrarse en dique seco, así como el Tennessee y el Maryland, lejos de la primera descarga. Reciben impactos también el Utah y los cruceros ligeros Raleigh y Helena. Rápidamente las tripulaciones de los buques consiguen llegar a sus puestos de combate, al tiempo que las dotaciones auxiliares se afanan por apagar los incendios y reparar los daños. La tripulación del Nevada consigue ponerle en movimiento, encaminándose hacia la salida del puerto. Sin embargo, los atacantes pueden operar a placer y disparar con precisión sobre sus objetivos: el Tennessee recibe el impacto de una bomba que perfora los 13 cm. de blindaje de una de sus torres, estallando en su interior; el Arizona es alcanzado por otro proyectil que, tras atravesar su cubierta, explota en los depósitos de proa y parte el buque en dos. El Maryland y el California sufren también serios daños. Cuando cesa el primer ataque a las 8,25, la práctica totalidad de los aviones americanos ha sido destruida o puesta fuera de combate. El Arizona se ha hundido con más de un millar de los tripulantes; el West Virginia se está hundiendo, presa de las llamas; el Oklahoma ha volcado; el Tennessee arde, con una torre destrozada; el California acaba por hundirse, a pesar de los esfuerzos de su tripulación; otro tanto ocurre con el Utah; el Raleigh se mantiene a flote gracias a los amarres, a pesar de hallarse totalmente inundado. Al mismo tiempo, los submarinos enanos entran en acción, aunque sin demasiado éxito. Aprovechando que la red de protección se encuentra abierta, uno de ellos penetra en el puerto, siendo localizado mientras lanzaba un torpedo contra un buque de apoyo. El proyectil falló el blanco, si bien el submarino fue hundido mediante cargas de profundidad. Tres submarinos más desaparecieron sin dejar rastro, mientras que el último se encalló en la playa y su tripulación fue apresada.