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La "Ostpolitik", la única palabra que, procedente del alemán, acabó formando parte del lenguaje político universal, puede definirse como la aplicación concreta de la distensión al caso europeo y, específicamente, al alemán. Nación dividida en el seno de una Europa dividida, necesariamente Alemania debía jugar un papel de primera importancia en la distensión. La propia biografía de sus dirigentes -Genscher había cruzado la frontera a los 25 años y Schmidt combatió durante la Segunda Guerra Mundial en el frente oriental- obligaba a ello. Pero, además, la Historia de Alemania incitaba a un cambio tan importante en la política internacional: a fin de cuentas, como recordó un presidente federal, era el Este de Occidente pero también el Occidente de Centroeuropa. Fue Brandt quien tomó la decisión de tratar de definir los intereses específicamente alemanes de cara al Este como hasta entonces no se había hecho pero la definición de esta política se había hecho por Egon Bahr. Se trataba ahora de conseguir el "cambio a través del acercamiento": si antes las dos Alemanias no tenían relaciones, ahora debía intentarse que, por lo menos, las tuvieran aunque fueran malas. A largo plazo, Bahr era partidario no sólo del reconocimiento de fronteras y del statu quo sino también de la renuncia al uso de la fuerza y de importantes reducciones de armas. De entrada, el ministro dedicado a los asuntos alemanes se denominaría de asuntos "interalemanes" y no "panalemanes"; además, se suprimió la oficina existente en Berlín, destinada a alimentar la resistencia de la SPD clandestina en la zona Este. Pero la primera decisión importante en materia de política hacia el Este fue la relativa a un contrato con Moscú para obtener petróleo y gas a cambio de tubos. De esta manera, la URSS obtenía tecnología punta a cambio de materias primas. Para Kissinger el aspecto más inquietante de la "Ostpolitik" podía ser a largo plazo cuando los occidentales no pudieran romper una vinculación económica estable con el Este. De ahí su desconfianza, compartida por casi todos los dirigentes norteamericanos, pese al sólido anclaje de la RFA en Occidente. El cambio en la política interna de la RDA -en que la URSS jugó un papel importante- contribuyó a hacer posible la nueva política exterior. Así tuvieron lugar las entrevistas de Erfurt y de Kassel en marzo y mayo de 1970 entre Brandt y Spoth, primer ministro de la RDA; fue la primera vez que se encontraron los dirigentes de las dos Alemanias un cuarto de siglo después de la Segunda Guerra Mundial. Desde un principio la "Ostpolitik" consistió en cesiones por parte de la Alemania occidental y dureza por parte de la oriental, aunque a largo plazo resultara desastrosa para esta última. Pero, en realidad, la primera negociación diplomática propiamente dicha tuvo lugar con los soviéticos. De acuerdo con el tratado firmado en Moscú -agosto de 1970- las dos partes declararon como su objetivo más importante la paz y la distensión, reconociendo la inviolabilidad de las fronteras europeas. Al acuerdo con Polonia sólo se llegó a fines del año 1970 y no fue ratificado sino en junio de 1972. Se trató de la aceptación por parte de Alemania de la línea Oder-Neisse que hasta entonces los alemanes occidentales nunca quisieron reconocer. La imagen del canciller alemán arrodillado ante el monumento a las víctimas de la sublevación del ghetto de Varsovia se convirtió en portada de todos los periódicos. Grass, que le había acompañado, escribió de él que era un hombre valiente que purgaba parte del mal que Alemania había cometido en el pasado. Para los alemanes occidentales resultaba absolutamente esencial la cuestión de Berlín hasta el punto de que Scheel, el ministro de Exteriores, dijo que diferiría la ratificación de los tratados hasta el momento en que se llegara a un acuerdo con la RDA sobre la antigua capital alemana. En septiembre de 1971 se llegó a una fórmula. Los occidentales aceptaron que Berlín no fuera considerado como un Land de la Alemania federal y no celebrar en adelante allí la elección presidencial. Por su parte, la URSS y los alemanes orientales estuvieron de acuerdo en dar todas las facilidades para la circulación entre los dos Berlín: por ejemplo, los habitantes del occidental podrían pasar hasta 30 días en la otra zona. Muy a menudo fue necesario recurrir a un lenguaje muy complicado para llegar a un acuerdo. Finalmente los dos Estados se reconocieron mutuamente, afirmaron no tener soberanía en cualquier otra zona más allá de sus fronteras e intercambiaron representantes diplomáticos. La consecuencia fue el reconocimiento de la RDA por numerosos Estados occidentales y la admisión de las dos Alemanias en la ONU, ya en 1973. En general, puede decirse que la Ostpolitik supuso un reconocimiento del statu quo tal como nunca lo habían aceptado los países democráticos a cambio de una normalización en las relaciones de la que luego se descubriría que podía resultar letal para la Alemania del Este. La relación económica entre las dos Alemanias supuso que en 1969-1979 los intercambios comerciales multiplicaran por seis. De forma indirecta la RFA inyectó entre 30.000 y 40.000 millones de marcos en la RDA; incluso llegó a comprar prisioneros políticos por alrededor de 40.000 marcos. Pero si esto pudo dar la sensación de suponer ser una especie de modo indirecto de permitir la supervivencia del régimen comunista, de hecho el mayor grado de cercanía -en 1969 hubo medio millón de llamadas telefónicas entre Alemania occidental y oriental mientras que en 1988 eran 40 millones- acabó por deteriorar la legitimidad del régimen de la RDA. Algo relativamente parecido puede decirse de la Conferencia de Helsinki. La idea de una conferencia entre las potencias europeas había sido siempre una pretensión de la política exterior soviética puesto que los países democráticos nunca habían aceptado la situación de hecho creada por el Ejército de la URSS en Europa oriental. El debate sobre el contenido de un posible acuerdo se remontaba a fines de 1972 y el desarrollo final de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa (CSCE) en que estuvieron representados treinta y cinco Estados tuvo lugar en agosto de 1975 con la participación no sólo de los europeos sino también de sus aliados de más allá del Atlántico. En definitiva, el acta final de la Conferencia consagró la situación heredada del final de la Segunda Guerra Mundial treinta años después. La no ingerencia, la inviolabilidad de las fronteras y la renuncia a la violencia obviamente beneficiaban a los intereses soviéticos. Los occidentales parecían haber hecho tan sólo un acto de realismo, aunque también les pudiera parecer un tanto cínico a los disidentes de los países del Este. Sin embargo, la defensa de los derechos humanos, de la libre circulación de las personas y de las ideas jugó, con el paso del tiempo, un papel muy importante en la caída del comunismo. Mientras la distensión en Europa conseguía estos objetivos, la Comunidad Económica Europea había ido cumpliendo los suyos. Como se recordará, en los tratados de Roma había quedado prevista una primera etapa de doce años. Ésta, referida a los productos industriales, se llevó a cabo a todavía mayor velocidad que la prevista pero la segunda requirió amplias negociaciones entre 1962 y 1964 como consecuencia de la puesta en marcha del Mercado Común agrícola. A diferencia de lo sucedido con los productos agrícolas éste no significaba tan sólo una tarifa aduanera común sino también una política agraria europea que suponía la organización de mercados de varios productos esenciales, como, por ejemplo, la leche, la fijación de precios comunes y la creación de un Fondo de financiación y de garantía agrícola dedicado a este propósito. En cambio, la construcción de la Europa política avanzó con mucha mayor lentitud como consecuencia de la actitud francesa, gobernada por el general De Gaulle. En realidad, las dos cuestiones estaban estrechamente entrelazadas pues también Francia tenía un especial interés en la política agraria común. En 1965 Francia mantuvo durante seis meses una política de "silla vacía", descontenta por la aplicación de la regla de la mayoría en vez de la unanimidad; tras ese período acabó aceptando que esta última se aplicara tan sólo en las cuestiones más importantes. En cuanto a la Europa política, debido a esas circunstancias poco más se avanzó pero, también en 1965, se creó un único Consejo y Comisión como órganos supremos agrupando los de la CECA y el Euratom. La segunda mitad de la década de los sesenta presenció también avances en lo relativo a la Europa económica. La sugerencia de Kennedy en 1962 de estimular el comercio mediante una rebaja general de tarifas aduaneras llevó a aplicar a partir de 1968 un acuerdo que convirtió a la CEE en el principal socio comercial de los Estados Unidos. En 1972, por otro lado, se puso en marcha la "serpiente monetaria", es decir el sistema por el que se fijaron las paridades entre las diferentes monedas europeas y el límite de sus márgenes de fluctuación; además, se decidió también la creación de un sistema común en el terreno fiscal y de compensaciones. Las dificultades del sistema monetario internacional a fines de los sesenta y la posterior crisis económica hicieron imposible un mayor avance. A pesar de todas esas dificultades, el éxito indudable del Mercado Común europeo tuvo como resultado que numerosos países pretendieran llegar a adherirse o, al menos, solicitaran asociarse a él. De esta manera la CEE suscribió tratados de asociación con Grecia, Turquía, Malta y España y, además, extendió su área de influencia y de responsabilidad a África a través de los sucesivos acuerdos suscritos en Yaundé con diversas nacionalidades de este continente. Pero lo más decisivo en relación con su futuro fue, sin duda, la posibilidad de conseguir nuevos miembros de pleno derecho. Habiéndose opuesto De Gaulle a la entrada de la Gran Bretaña ésta volvió a convertirse en candidata en 1967 gracias a la iniciativa del socialista Wilson, cada vez más convencido del puro realismo de la integración en la Comunidad, al margen de que estuviera, además, acosado por los problemas económicos. Sin embargo sólo con los cambios producidos en el campo político, como consecuencia, a la vez, de la dimisión de De Gaulle y de la victoria de los conservadores en las elecciones británicas, fue posible seguir el camino de la integración completa de la Gran Bretaña. La presidencia de Pompidou no mantuvo en este punto la política exterior de De Gaulle sino que presentó como alternativa una profundización de la construcción de la Comunidad a partir de la definitiva constitución de una Europa agrícola y de la ampliación a la Gran Bretaña. En ésta la victoria electoral de los conservadores en 1970 facilitó de nuevo el camino hacia la adhesión a pesar de todas las dificultades derivadas de la pertenencia a la "Commonwealth". Finalmente se llegó a un acuerdo en el verano de 1971 que suponía que Gran Bretaña acompasaría su contribución al presupuesto comunitario de un modo creciente mientras que alguna de sus importaciones como, por ejemplo, la de mantequilla desde Nueva Zelanda, recibiría un estatuto peculiar. Finalmente, el Tratado de Adhesión fue firmado en enero de 1972. No lo suscribieron tan sólo los británicos sino también Dinamarca, Irlanda y Noruega, pero ésta última acabó por rechazar la decisión por referéndum. De esta manera, la antigua Europa de los seis se había convertido en la Europa de los nueve con un papel cada vez más decisivo en el mundo.
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Si comparamos dos cuadros de Friedrich y Turner, como pueden ser El gran vedado (1832) de Friedrich y Negreros tirando por la borda a muertos y moribundos (1840) de Turner, puede denotarse la gran diferencia en lo que concierne a la saturación del color y a la definición de los perfiles de las formas. Pero ambas son imágenes de totalidad de una naturaleza sensible que se presenta en pugna con nuestra capacidad sensitiva. El cuadro de Turner es ilustración de un hecho real, pero no plasmado con la prosa del documentalista, sino con la poesía objetiva de lo terrible. Es una imagen abrumadora de la vorágine de un mar presentado como un volcán en erupción, a la que se une el espantoso hecho humano. Representa una estampa de la naturaleza en su empeño destructor con visos de inaprehensible totalidad, al límite de nuestra capacidad de asimilación sensible, que se halla deslumbrada.El cuadro de Friedrich muestra las praderas inundadas de una reserva cercana a Dresde. Pese al bajo horizonte, el campo está visto desde arriba, y no como espacio recogido, sino que se prolonga a los lados y hacia el fondo. Como han apuntado Rosen y Zerner, los prados de los primeros términos invadidos por el agua aparecen como una masa redondeada en la que los parches de tierra son como mapas de continentes en lo que podría parecer una visión de la superficie del planeta. Volvemos a la figura de un lugar de sugestión de la idea de totalidad.El forzamiento de la perspectiva caracterizaba también las imágenes paisajistas de los cosmoramas. Los cosmoramas eran una atracción popular que se expandió ya en época romántica cuyo espectáculo consistía en imágenes de paisajes, monumentos o escenografías fantásticas que se exponían en salones, pero vistas, como en un escaparate, a través de cristales que deformaban ligeramente la visión. Con este asunto regresamos sobre el tema que nos ocupaba al principio, las vistas para dioramas de Daguerre. La popularización de los recursos de la imaginería paisajista del romanticismo tuvo lugar por la vía de estos seductores inventos. Algunos artistas de escenografías románticas muy conocidos, como David Roberts y John Martin, pintaron para salones de dioramas. El atractivo se hallaba en que imágenes de lugares legendarios, de eventos históricos o de monumentos lejanos eran expuestas con cierto misterio y con inquietantes efectos a un público burgués que no necesitaba salir de su ciudad para disfrutar de semejantes aventuras visuales.Son muchas las variantes de estas imágenes accesibles al pequeño consumidor, desde pequeñas vistas para mirar al trasluz, hasta las grandes imágenes en redondo que se presentaban en los coliseos para panoramas. El panorama es la versión más compleja de cuantas simulaban vistas espectaculares. Existen vistas panorámicas, esto es de 360 grados, desde hace más de cuatro siglos, sin embargo, en el siglo XIX se escenificaron en edificios construidos al caso. Robert Barker patentó este invento en 1787 y en las primeras décadas del XIX, en diversas ciudades europeas, el público podía verse envuelto en horizontes completos que simulaban con gran verismo, por ejemplo, la vista panorámica de otra ciudad o un paisaje alpino. Estas vistas se hicieron grandiosas con los años. Asimilaron la técnica dieciochesca de los prospectos y consiguieron dar con una interpretación de feria para la obra de arte total.De la instancia a la idea de totalidad en la ficción, propia de la poetología romántica, se pasó a la exposición de la idea de totalidad realizada. Y esto no dejó de incidir sobre los paisajistas. La pintura de prospectos fue rescatada por los panoramistas, pero también por los nuevos pintores de paisaje que, como F. G. Waldmüller o J. M. von Rohden sintieron la necesidad de que sus cuadros se dotaran de un verismo más minucioso y más documentalista, como sus retratos y sus pinturas de género. O bien, en el otro extremo, los paisajes de los dioramas hicieron uso frecuente de procedimientos técnicos para efectos de espectacularidad y fantasía que, antes o después, se desligarán de los compromisos empiristas del primer paisaje romántico, como maneras emblemáticas. Podemos pensar, a este respecto, en las formas de representación de un John Martin (1789-1854) o, de otro modo, del paisajista español Jenaro Pérez Villaamil (1807-1854).Los signos distintivos del paisaje romántico pasaron a nutrir objetivos de modernidad, con las consiguientes alteraciones. Es, en lo que a esto concierne, muy ilustrativo el papel que juega la imagen de la incipiente sociedad industrial. Entre las primeras composiciones artísticas que se conocen de paisaje industrial figuran algunas aguatintas de Ph. J. de Louthebourg, que fue también el excéntrico inventor del Eidophusicon (1781), la versión primigenia del espectáculo del panorama. Llama la atención, con todo, que las factorías, las grandes chimeneas y otros asuntos de la vida industrial apenas fueran tratados por los pintores.Entre las primeras representaciones al óleo se encuentran dos cuadros de 1830 y 1834, respectivamente de C. Blechen y de Alfred Rethel. El lienzo de éste es un registro marcado por la objetividad propia del realismo biedermeier, mientras que el de Blechen presenta la mirada escéptica de unos barqueros al humeante taller de laminación que aparece como un extraño en medio de un paisaje campesino. Esa distancia romántica desaparecerá pronto. Las estremecedoras erupciones del Vesubio, plasmadas decenas de veces en los paisajes de la época romántica, no tenían un efecto estético tan distinto del de las grandes fundiciones de hierro. El apego romántico a los efectos de sublimidad y desasosiego favorecerá finalmente la asimilación, por así decir, estética del poder de la máquina y del fascinado gigantismo del desarrollo.
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Para entender de forma completa la posterior evolución de los acontecimientos no basta con tener en cuenta el deterioro del partido del Gobierno y la crecida del PSOE. A ellos hay que sumar otro factor de importancia, la división interna experimentada por el PCE, que permitió a los socialistas conquistar una parte del electorado izquierdista que hasta el momento les había resultado vedada. Los resultados electorales de junio de 1977 fueron una sorpresa desagradable para los dirigentes comunistas. Santiago Carrillo juzgó que este partido se había beneficiado de un voto de aluvión por el sentimiento anticomunista creado por el franquismo. Además, creyó que conseguiría cambiar el equilibrio entre las fuerzas de izquierda por el procedimiento de acentuar el eurocomunismo y mostrar una postura de mayor complacencia con la UCD. De hecho pensaba que él y Adolfo Suárez eran los dos únicos políticos responsables en la España de entonces. Aunque esta colaboración fue beneficiosa para la transición, el PCE, a partir de un determinado momento, exageró los peligros de involución y así pudo parecer excesivamente timorato. Tras las elecciones de 1977, Carrillo tuvo que hacer frente a una ofensiva en su contra, auspiciada por los soviéticos, que podía indisciplinarle a un sector del PCE. La verdad es que Carrillo llegó más allá que nadie en el desarrollo del eurocomunismo, pero ésta no era una filosofía política destinada a perdurar. Su marxismo revolucionario, nueva inspiración ideológica del PCE, seguía conteniendo de hecho un elevado componente de centralismo democrático. Después de las elecciones de 1979 acabaron por estallar todas las tensiones que había padecido el PCE. Los resultados fueron insatisfactorios para las expectativas de Carrillo y de ahí que iniciara una ofensiva en contra de los comunistas disidentes por prosoviéticos o por renovadores. Con su intervención, Carrillo no sólo no restableció la disciplina interna sino que agravó las disensiones, produciendo una escisión del comunismo catalán y el desmantelamiento del vasco. Pero además proliferaron las manifestaciones de disidencia entre los llamados renovadores. Carrillo quiso evitar que profesionales e intelectuales tuvieran una organización autónoma en el seno del PCE. Fueron estos sectores los que patrocinaron el movimiento renovador que concluyó en sucesivas escisiones durante el año 1981. En una situación como ésta, no tiene nada de particular que se produjera lo que el propio Carrillo denominaría como seísmo posibilista: muchos jóvenes dirigentes ya no veían ninguna esperanza en el partido y juzgaron que ésta se hacía viable en el PSOE.
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Obviamente, el desarrollo norteamericano no fue sólo la historia de un éxito dorado. La dureza de la lucha por la vida, las condiciones de miseria y explotación con que los trabajadores inmigrantes y autóctonos tuvieron que enfrentarse, hicieron que en muchas ocasiones el sueño americano fuera un engaño trágico (como en el caso de los inmigrantes lituanos en el brutal Chicago de mataderos y fábricas de productos cárnicos de la novela La jungla, de Upton Sinclair). El desarrollo regional no fue homogéneo. Los desequilibrios económicos entre los distintos Estados fueron inmensos, especialmente por lo que hizo al viejo Sur. En 1900, por ejemplo, la renta per cápita de los estados de esa región (Mississippi, Alabama, Georgia, Louisiana, Virginia, Carolina del Norte y del Sur, Tennessee) era en término medio la mitad de la de los estados del Norte: el analfabetismo y la pobreza eran allí altísimos, casi generales entre la población negra. De hecho, la reconstrucción del Sur tras la guerra civil estuvo llena de contradicciones y retrocesos. La abolición de la esclavitud no reportó beneficios tangibles a los negros. Muchos de ellos se transformaron en colonos y aparceros que explotaban tierras marginales de las antiguas plantaciones. El paulatino declinar del cultivo del algodón acabó, además, en un par de décadas con esa forma de economía. La inmensa mayoría de los negros tuvo que optar o por la emigración al Norte o al Oeste o por emplearse en los enclaves industriales que surgieron en el nuevo Sur: minas de hierro y carbón en Birmingham (Alabama), bauxita y fábricas de aluminio en Arkansas, grandes fábricas textiles, el nuevo, muy próspero y muy modernizado sector del tabaco, controlado por la American Tobacco Company de James B. Duke. En total, unos 2 millones de negros abandonaron el Sur entre 1890 y 1920, la mayoría a los nuevos "ghettos" aparecidos en las zonas pobres de las grandes ciudades. Política y socialmente, la emancipación fue un espejismo. Desde la década de 1880, muchos estados del Sur lograron mediante discutibles expedientes técnicos y legales (como pago de impuestos, nivel de alfabetización, condiciones de residencia y similares) privar a miles de negros del derecho a voto e introducir nuevas formas de segregación, principalmente en escuelas, transportes públicos, hoteles, teatros y zonas de residencia. La discriminación de la población negra -8.833.000 en 1900, de ellos 90 por 100 en el Sur- fue sin duda el gran fracaso del desarrollo de Estados Unidos. Ello dio lugar a la aparición de distintos movimientos en defensa de la igualdad y los derechos civiles de los negros. Booker T. Washington (1856-1915), un antiguo esclavo que con enormes dificultades logró darse educación universitaria y prosperar socialmente, creó en 1881 el Instituto Universitario de Tuskegee (Alabama) para la educación técnica y profesional de los negros, y en discursos y publicaciones de amplia difusión, como Up from Slavery (1901), defendió la necesidad de una política gradualista y conciliadora como vía hacia la independencia económica de los negros y hacia su plena integración en la sociedad americana. Washington logró muy importantes apoyos financieros para el centro de Tuskegee y para otros proyectos similares, asesoró a los presidentes Theodore Roosevelt y Taft en materia legislativa relativa a los negros y logró que colaboradores suyos fueran nombrados para altos cargos administrativos y políticos. Pero su línea moderada, que sin duda contribuyó a dar respetabilidad política y autoridad moral sin precedentes a la causa de la igualdad racial, no fue unánimemente aceptada por los activistas de color. W. E. B. Du Bois (1868-1963), nacido en Massachusetts, doctor por la universidad de Harvard, profesor en la de Atlanta, autor de Souls of Black Folk (1902) -una apología de la negritud y de las raíces africanas de los negros- impulsó un movimiento más radical que aspiraba a exigir mediante la lucha política y las movilizaciones sociales el cumplimiento riguroso de las exigencias constitucionales sobre la igualdad de derechos. Por su iniciativa se creó en 1900 el Movimiento del Niágara, que recogía las ideas mencionadas y luego, en 1909, la Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color (NAACP), en la que participaban también conocidos intelectuales blancos como John Dewey, el novelista William D. Howells o Jane Addams, asociación que llevó a cabo una intensa lucha legal, política y educativa en defensa de la igualdad civil. La movilización de los negros, que dio lugar a esporádicos conflictos raciales en distintas ciudades desde principios de siglo, provocó nuevas reacciones racistas. El Ku Klux Klan, la sociedad secreta creada en 1866 para mantener la supremacía de la raza blanca, reapareció en Georgia en 1915 y se extendió hacia el Oeste medio y Oregón: hacia mediados de los años veinte decía tener unos cuatro millones de afiliados. La cuestión racial era sólo una manifestación -sin duda la más dramática- de un problema social más amplio. La publicación en 1879 del libro Progreso y pobreza del periodista californiano Henry George fue un verdadero revulsivo de la conciencia social norteamericana: puso de relieve cómo la evolución y el desarrollo del país parecían conllevar la acumulación de gigantescos enclaves de pobreza. Pronto se generalizó el uso de la significativa expresión "barones ladrones" para referirse a los grandes magnates de los ferrocarriles y de la industria. En 1894, el escritor Henry Demarest Lloyd publicó un libro-documento (Wealth Against Commonwealth, La riqueza contra la comunidad) en el que denunciaba a la Standard Oil de Rockefeller como prototipo del poder monopolista que, según el autor, controlaba la vida norteamericana (ignorando, sin embargo, la inmensa labor filantrópica que Rockefeller había empezado a realizar: en 1891, fundó la Universidad de Chicago y luego dedicó parte de su inmensa fortuna al desarrollo de la medicina y a la promoción de la cultura). Poco después, en 1899, el economista Thornstein Veblen atacó en su libro La teoría de la clase ociosa el carácter parasitario y anti-social que, en su opinión, definía al gran capital norteamericano. Todo ello eran síntomas de las divisiones y tensiones sociales que habían ido cristalizando en el interior de la sociedad norteamericana. Las demandas laborales de los trabajadores industriales dieron lugar pronto a conflictos y huelgas, algunas de ellas de extremada violencia, resultado de la dureza y competitividad de la sociedad americana y también de los sentimientos de frustración e injusticia generados por las diferencias sociales a causa del crecimiento económico. Algunos de aquellos conflictos conmocionaron la vida pública. En 1877, hubo violentos incidentes en Pittsburgh, Baltimore, Chicago y otras ciudades en protesta por los recortes salariales impuestos por las compañías de ferrocarriles: 9 personas murieron en Baltimore y 19 en Chicago en choques o con la policía o con la milicia estatal. Desde 1882, los obreros de Nueva York celebraron con una gran manifestación el día 5 de septiembre como la fiesta del trabajo, festividad legalizada desde 1887. Unos 100.000 trabajadores fueron a la huelga en todo el país a partir del 1 de mayo de 1886 en demanda de la jornada de 8 horas: la explosión de una bomba en una plaza de Chicago mató a 8 policías e hirió a otros 60; 4 anarquistas fueron ahorcados meses después como presuntos responsables. Una gran huelga, también sembrada de incidentes sangrientos y violentos, paralizó las siderurgias de Carnegie en 1892: 20 trabajadores de la planta de Homestead (Pensilvania) murieron al enfrentarse con detectives de la agencia Pinkerton contratados por la empresa para mantener el orden. En 1894 se produjo una huelga general de ferroviarios en apoyo de la huelga de la empresa Pullman contra rebajas salariales: 2 trabajadores murieron en enfrentamientos con las tropas federales en Illinois. La depresión de 1893 hizo que el número de parados se elevara a casi 3 millones: tropas federales disolvieron con contundencia algunas de sus manifestaciones. En total, el número de huelgas y "lockouts" patronales entre 1883 y 1900 se elevó a 23.800. La tensión, además, no remitió. En 1902, hubo una enconada y larga huelga en la minería del carbón en demanda de la reducción de la jornada laboral y del reconocimiento de los sindicatos. Trece personas -mujeres y niños- murieron a manos de la milicia del Estado de Colorado en la localidad minera de Ludlow en el curso de otra huelga en 1913. La organización sindical de los trabajadores comenzó pronto. En 1869, se creó la primera gran central sindical de carácter nacional, los Caballeros del Trabajo, que protagonizaron gran parte de la actividad huelguística de las décadas de 1870 y 1880 y que en su mejor momento llegaron a los 700.000 afiliados. Pero la organización, basada principalmente en artesanos y obreros cualificados, declinó rapidísimamente tras la reacción antisindical que se produjo en el país tras el atentado de Chicago de 1886 antes mencionado. A finales de ese mismo año se creó en Columbus (Ohio) la Federación Americana del Trabajo, otra gran sindical que, bajo el liderazgo indiscutido de Samuel Gompers (1850-1924), inglés de nacimiento, inmigrante, obrero de una fábrica de tabacos, dio un giro decisivo al movimiento obrero norteamericano: la Federación renunció a reivindicaciones de naturaleza política -en las elecciones se limitó a recomendar el voto al partido que mejor defendiese los intereses de los sindicatos- y concentró su actividad, que pudo ser de extraordinaria dureza y radicalidad, en la negociación colectiva de salarios y condiciones de trabajo. Hacia 1900 tenía ya medio millón de afiliados; en 1914, unos 2 millones. El carácter y significación de la Federación Americana del Trabajo -muchos de cuyos líderes fueron en política conservadores si no reaccionarios- fue una de las causas de que los partidos políticos de la clase obrera no tuvieran en los Estados Unidos el mismo desarrollo que en Europa. En 1905, algunos sindicatos opuestos a la Federación crearon la organización Trabajadores Industriales del Mundo (IWW, según las siglas del nombre en inglés, los "wooblies" como se les conoció popularmente), organismo radical de ideología próxima al sindicalismo revolucionario que protagonizó huelgas y conflictos sociales de gran violencia en los años 1908-1914. Llegó a tener unos 100.000 afiliados en 1914. Pero su influencia disminuyó durante la I Guerra Mundial -por su oposición a la entrada de Estados Unidos en la misma- y no sobrevivió a las polémicas ideológicas de la postguerra.
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Hemos comprobado la diversidad cultural existente en la Península y el distinto grado de desarrollo de las diferentes regiones, situación que continúa patente en estas nuevas etapas durante las que tampoco se alcanzó una homogeneidad en todo el territorio. Durante estos dos primeros períodos de la Edad del Bronce, hay que destacar el pujante foco del Sureste donde floreció la cultura de El Argar, que toma su nombre del poblado epónimo de Almería, extendiéndose también por las provincias de Murcia, Granada y Jaén, a pesar de lo cual no constituyó un fenómeno unitario peninsular. El espectacular desarrollo de esta cultura hizo que tradicionalmente se considerase que no mantenía ninguna vinculación con las fases anteriores y que su origen había que buscarlo nuevamente en las influencias llegadas por el Mediterráneo, pero en los últimos años, Lull y otros investigadores no aceptan un origen exótico y creen observar cierta continuidad desde la cultura de Los Millares. Aunque algunos poblados neolíticos y calcolíticos, como Almizaraque o Parazuelos, no se abandonan en época argárica, otros en cambio sí y esta aparición de hábitats nuevos, así como la reestructuración social que en ellos se observa, hacen pensar que, desde luego, se produjeron cambios importantes en la zona. La mayoría de los poblados característicos son de nueva planta y eligen lugares altos y estratégicos que dominan tanto las rutas de paso como las tierras fértiles circundantes. Existen diferencias de tamaño entre unos lugares y otros que pueden deberse a la dedicación a actividades económicas distintas y, seguramente, complementarias. Con respecto a los ritos funerarios, sin duda es en los enterramientos donde mejor se pueden observar las novedades culturales que ofrece esta cultura. Frente a las sepulturas colectivas megalíticas de la etapa anterior, ahora son siempre individuales y depositadas bajo el suelo de las viviendas; las inhumaciones se efectuaban en cistas, en simples fosas y en pithoi o jarras de cerámica y el cadáver iba acompañado de una serie de piezas de ajuar, destacando los típicos vasos cerámicos y una serie de objetos metálicos, armas y adornos de cobre, bronce y plata que destacan la riqueza individual de algunos miembros de aquella sociedad. La cerámica es uno de los elementos distintivos de esta cultura porque ofrece características nuevas ya que se trata de piezas de buena factura, de color negro, superficie bruñida y lisa, sin ninguna decoración, y formas variadas entre las que son típicos los vasos y cuencos de carena baja muy pronunciada y las copas de pie alto. Los objetos metálicos son de gran interés porque muestran, a lo largo del desarrollo de esta cultura, una progresiva evolución técnica y una proliferación de formas que denotan cómo la actividad metalúrgica fue adquiriendo mayor importancia. A pesar de la época en que nos encontramos, las piezas de bronce aparecen todavía en proporción escasa abundando los cobres arsenicados, pero las formas son muy variadas destacando los puñales cortos de remaches, las alabardas, las espadas, punzones, etcétera, y numerosos objetos de adornos como brazaletes, pendientes, diademas, algunos de ellos de oro o de plata. La base fundamental de la economía debía descansar en la agricultura y la ganadería dependiendo de las zonas. Por ejemplo, en la zona de Almería parece que la explotación de la tierra fue más importante y, en cambio, en Granada fue la ganadería la principal ocupación, según demuestran los restos faunísticos de algunos yacimientos estudiados. Aparte de esto, la actividad metalúrgica fue adquiriendo mayor importancia demostrada no sólo por la proliferación de los útiles mencionados, sino también por la relación que se ha podido establecer entre los asentamientos del momento de apogeo y los filones de mineral de cobre. Todos los cambios observados en las formas materiales denotan un cambio en la estructura social que tradicionalmente se explicaba por la presencia de grupos de colonos orientales; en los últimos años, se piensa que la propia sociedad indígena fue evolucionando hasta la aparición de una clase social dirigente, según el estudio de las tumbas donde al principio sólo se observaban diferencias por edad y por sexo y después ya aparecen diferencias en los ajuares entre adultos iguales. El estudio de la riqueza de los ajuares de las tumbas ha permitido a Lull diferenciar hasta cuatro niveles sociales jerarquizados: miembros importantes de la comunidad, con las piezas metálicas más significativas y ricas tanto a nivel técnico como en cuanto a valor social; miembros con ajuares ricos pero con menor número de piezas; miembros con piezas de ajuar poco significativas en cuanto a su valor social y, finalmente, miembros enterrados sin ajuar. En torno al 1400 a. C. esta brillante cultura va perdiendo identidad, se abandona un gran número de asentamientos y deja de ser identificada como tal, no estando demasiado claras las razones de su desaparición; hay que suponer que debió producirse una crisis de su sistema económico al agotarse los filones de mineral y, presumiblemente, al empobrecerse las tierras cultivables, lo que obligaría a la dispersión de la población en busca de nuevos recursos. Ya hemos dicho al comienzo de este capítulo, que en ningún momento puede hablarse de uniformidad cultural en todo el territorio peninsular pues cada región siguió evolucionando lentamente a partir de las culturas precedentes de forma independiente al foco que acabamos de describir. Durante el Bronce Antiguo en la Meseta y en la mayoría de las regiones del interior, hasta la fachada atlántica, seguían desarrollándose grupos de tradición campaniforme más o menos acusada y, por ejemplo, el de Ciempozuelos se mantuvo hasta bien entrado el segundo milenio. Durante el Bronce Medio se pueden identificar distintos grupos con características culturales propias. El área que mayores paralelismos mantiene, desde un punto de vista tipológico, con la cultura de El Argar es el denominado Bronce del Suroeste, circunscrito a la provincia de Huelva y a las portuguesas del Algarve y el Alentejo. A su vez, estos territorios situados en el occidente peninsular participaron de la entidad cultural conocida como Bronce Atlántico que se define, sobre todo, por las relaciones de tipo comercial que mantuvieron las poblaciones de la fachada atlántica europea, volcadas al mar para sus principales actividades económicas. En el Noroeste peninsular también se independiza un horizonte cultural conocido sobre todo por los materiales cerámicos, procedentes de cistas de enterramiento, difíciles de conectar con los numerosos depósitos y tesoros metálicos conocidos en Galicia desde principios de siglo; como ejemplo de la pujante orfebrería de la época puede mencionarse el tesoro de Caldas de Reyes (Pontevedra), situable cronológicamente en el tránsito del Bronce Antiguo-Medio en torno al 1550 a. C., formado por más de 30 piezas de oro entre las que destacan los brazaletes y los torques macizos, dos cuencos con asas y una jarrita, todos ellos con claros paralelos formales en Bretaña e Irlanda pero fabricados con el oro aluvial de la Península. Otro grupo cultural cuyo desarrollo puede perfilarse durante la Edad del Bronce es el Bronce Valenciano, que a pesar de centrarse en una región contigua al foco de El Argar no participa de su mismo desarrollo cultural y social. Los yacimientos mejor conocidos son pequeños poblados que se ubican en zonas altas de claro valor estratégico y, en ocasiones, con defensas artificiales que podrían responder a momentos de inseguridad ocasionados por depresiones económicas debidas a sucesivas malas cosechas; en el interior de los recintos se han identificado viviendas de planta cuadrada dispuestas sin ningún orden urbanístico, con el suelo de tierra apisonada sobre el que a veces se han encontrado las cenizas del hogar y en ocasiones un banco corrido adosado a las paredes. Frente a los numerosísimos lugares de habitación, contrasta la casi total ausencia de lugares funerarios pues sólo se han encontrado enterramientos, de uno o dos individuos, en cuevas y grietas naturales y, en algunos casos, bajo el piso de las habitaciones (Altico de la Haya en Navarrés) o en cistas (Cabezo Redondo en Villena). El equipo material se compone de elementos en nada semejantes a las características piezas argáricas, pues aquí la cerámica ofrece formas ovoides de pastas poco depuradas y tosco acabado y entre los objetos metálicos destacan los puñales, las puntas de flechas y los punzones, básicamente de cobre y producto de una metalurgia local que seguramente aprovechaba los yacimientos mineros de la zona de Orihuela, Villena y Alcoy. La región catalana, pese a su proximidad geográfica, no formó parte de la órbita cultural valenciana y todavía se detectan perduraciones de las tradiciones megalíticas y del hábitat en cuevas; también se han encontrado algunos objetos que atestiguan unos contactos. extrapeninsulares, a través de la vía del Segre, que algunos autores han considerado precedentes de los posteriores movimientos de pueblos durante el Bronce Final. En las regiones meseteñas el desarrollo cultural fue más pobre y retardatario y sólo puede identificarse con cierta personalidad propia el grupo denominado de las Motillos de La Mancha. Lo más característico son los patrones de asentamientos bien diferenciados: poblados en llano fortificados formando un conjunto de cierta complejidad, conocidos con el nombre de motillas (Retamar, El Azuer, La Vega, etcétera) y los poblados en altura más semejantes al hábitat observado en las regiones descritas anteriormente. Los primeros estaban formadas por una torre central, cuadrada o rectangular, que en ocasiones pudo alcanzar los seis metros, rodeada por una o dos líneas de murallas concéntricas que dejaban libre espacios interiores destinados posiblemente al almacenamiento, mientras que las viviendas domésticas debían estar distribuidas de manera desordenada en los alrededores de la fortificación; su situación, en terrenos llanos y pantanosos, tendría gran valor estratégico tanto por el difícil acceso como por la visibilidad que proporcionaba de todo el entorno. Los enterramientos conocidos documentan el rito de la inhumación individual realizada en el interior del área del poblado, de forma semejante a las gentes argáricas. La economía de estas poblaciones se basaba en la agricultura cerealística habiéndose documentado el trigo, en sus variedades monococcum y aestivium, la cebada y en menor medida las hortalizas y las leguminosas, a lo que hay que añadir la presencia de bellotas quizás destinadas al consumo animal. Los estudios faunísticos han mostrado el consumo de ovicápridos, bóvidos y cerdos, de los que seguramente se aprovechaba no sólo la carne sino también los productos lácteos derivados, puesto que se han encontrado numerosos recipientes cerámicos del tipo queseras.
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Charles Townshend, embajador británico, y Fleury obtuvieron del emperador, en los Preliminares de París de mayo de 1727, la paralización de la Compañía de Ostende por siete años y la renuncia a las prerrogativas comerciales en América y la Península, mientras que Francia reconocía la Pragmática Sanción. Gran Bretaña esquivaba, así, una guerra abocada al desastre y muy impopular entre los comerciantes y la población en general. Al mismo tiempo, Fleury rompió el hielo con Madrid con la petición de excusas por la devolución de la infanta y la propuesta de búsqueda de un reino italiano para don Carlos. Sus dotes negociadoras cuajaron en el Tratado de Sevilla, en noviembre de 1729, por el que se retomaba la posición anterior a 1725. Significaba la vigencia de las iniciales ventajas económicas, el fin de los conflictos marítimos y el abandono de las reivindicaciones sobre Gibraltar y Menorca. Obsesionados por el fantasma de la guerra, Fleury y Walpole reunieron de nuevo a los plenipotenciarios, cuyas negociaciones cuajaron en el segundo Tratado de Viena, de marzo de 1731, al que, finalmente, se sumó España, que, junto con Holanda y Gran Bretaña, reconocieron la Pragmática Sanción. Por su parte, el emperador suprimió la Compañía de Ostende y retiró sus ejércitos de Parma y Toscana, pues el gran duque había aceptado a don Carlos como heredero en 1730, y sucedería al año siguiente al último de los Farnesio. La paz se había logrado gracias a la cooperación franco-británica, aunque favorecía principalmente a los intereses de Londres porque permitía su arbitraje en Europa, la conservación de sus prerrogativas comerciales y su protagonismo en los mares. A medida que aumentaban los odios hacia Gran Bretaña y Austria, se reafirmaban las relaciones entre Francia y España, convertida ahora en una potencia de segunda fila, por los efectos de las alianzas en los ámbitos interno e internacional. Dicha amistad respaldó los deseos de Fleury de separarse de la influencia de Londres en todo lo concerniente a la diplomacia; por ejemplo, la colaboración resultante del primer Pacto de Familia sirvió a Luis XV para infringir serias derrotas en Italia a las fuerzas austríacas durante la confusión creada por la Guerra de Sucesión polaca. La concordia se mantuvo durante años y ambas ramas familiares trabajaron en mutuo provecho, a pesar de que, a partir de 1731, los problemas italianos y las reivindicaciones españolas no tuvieran apenas presencia en los foros de discusión europeos.
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Tras la victoria de Alesia, quedaba aún la compleja tarea de organización de la provincia en términos estables, que el procónsul dirigió desde su cuartel general en Nemetocenna (Arras): regulación de las relaciones de cada tribu con Roma, fijación de tributos, imposición de gobiernos fieles... César podía dictar despóticamente su voluntad, después de ocho años de guerra ininterrumpida, a un territorio vencido y exhausto, con un escalofriante balance: 800 pueblos saqueados, grandes regiones devastadas, un tercio de la población en edad de llevar armas caída en la lucha y otro tercio esclavizado. La victoria de Alesia era, sin duda, un importante paso en el sometimiento de la Galia, pero no definitivo. Aquí y allá continuaban focos aislados que requerían atención inmediata, antes de que dieran lugar a nuevas concentraciones de resistencia. César -ahora con cuartel general en Bribacte- terminó la pacificación de la Galia central con el sometimiento de bitúriges y carnutos. A comienzos del año 51, le tocó el turno al ámbito septentrional de los belgas, mientras diferentes cuerpos de ejército se desplegaban por los pueblos de las orillas del Loira, Bretaña, Normandía y el oriente trévero, devolviéndolos a la obediencia romana. El cruento epílogo de la guerra gálica tuvo su escenario en Uxellodunum, en la Dordoña, donde los últimos jefes galos creyeron poder resistir. César les privó del suministro de agua y les forzó a capitular, castigándoles bárbaramente con la amputación de las manos. El resto de la campaña fue ya simplemente una concesión a la vanidad del procónsul, que recorrió la Aquitania para recibir personalmente las muestras de sometimiento de sus habitantes.
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Primitivo asentamiento de los pueblos vacceos, a mediados del siglo II a.C. conoció la llegada de los romanos, quienes aun tardarán mucho tiempo en dominar la región, pues sólo tras la caída de Numancia Palencia pasó a formar parte de la Hispania Citerior. Roma dio a la población el nombre de Pallantia y fue elevada al rango de capital de la comarca circundante. Sin embargo, aun fueron frecuentes las sublevaciones de la población, no totalmente pacificada, pues aun los palentinos se sublevaron contra Pompeyo y contra César.Bajo dominio romano, Palencia-Pallantia adquirió gran importancia a partir del siglo I, gracias fundamentalmente a las mejoras agrícolas introducidas por Roma.Palencia fue atacada por Teodorico II a mediados del siglo V, durante las invasiones bárbaras. El periodo visigodo deja en Palencia y su provincia importantes muestras, como la iglesia de San Juan de Baños, fundada por Recesvinto, o la cripta de la Catedral, dedicada a San Antolín.Como en ocasiones precedentes, una nueva conquista, esta vez árabe, supuso la destrucción de la ciudad. Junto a un territorio casi despoblado y de frontera, la ciudad fue conquistada por el rey Alfonso I, quien procedió a su reconstrucción. Con Alfonso II se suceden las luchas contra los musulmanes y se favorece el asentamiento de pobladores. Importante fue también para Palencia el reinado de Sancho el Mayor de Navarra, quien favoreció notablemente a la ciudad.Sin embargo el despegue definitivo no se produce sino hasta el siglo XI, favorecida por la restauración de su sede episcopal. Con ello, Palencia se benefició del hecho de etapa clave en el Camino de Santiago y la ciudad fue restaurada en su totalidad. En 1113 y 1124 tuvieron lugar en Palencia sendos concilios, con la asistencia de los reyes de Castilla. Durante el reinado de Alfonso VIII Palencia se encuentra en su mayor apogeo. Este monarca crea el primer concejo libre tras conceder a los vecinos un alcalde de hermandad e instituye, en 1209 y junto al obispo Tello Téllez de Meneses, el Estudio General, la que se considera primera universidad de España.Al desarrollo cultural le sigue el económico, promovido básicamente por la agricultura y la ganadería.
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Lugar habitado desde al menos dos milenios antes de Cristo, parece ser que tuvo el nombre de Iruñea, lo que significaría "la ciudad". Ya desde muy antiguo aparecen referencias a la población, siendo citada por Estrabón como capital del territorio de los vascones.En tiempo de los romanos se produce un asentamiento de estos sobre el de los vascones, a cargo del general Cneo Pompeyo. Este, entre los años 75 y 74 a.C., construye una fortificación para asentar a sus legiones, en guerra contra las de Sertorio. Nace así la ciudad de Pompaelo o Pompailon -"ciudad de Pompeyo"- una urbe que prospera gracias a su posición privilegiada, en el cruce de caminos entre la Galia, el cantábrico y el Ebro.Arrasada por las invasiones bárbaras, tras ser reconstruida se convierte en sede episcopal bajo el dominio visigodo.La invasión musulmana hace de Pamplona una ciudad tributaria del poder musulmán. Los emires de Córdoba alternan etapas de confrontación con otras de paz, en los que la nobleza cristiana de Pamplona se ve obligada a pagar tributos. Nuevamente la ciudad es destruida, esta vez en el año 778, a cargo de Carlomagno. Este, que regresa de Zaragoza camino de Francia, destruye las murallas y saquea a sus habitantes.Presionada por musulmanes y francos, los pamploneses se decantan por una política de alianzas, que les permita mantener su independencia. Así, de la unión mediante matrimonio de un miembro de la dinastía vascona de los Iñigo y de otro los Banu Qasi de Tudela, nace el primer rey del reino de Pamplona, Iñigo Ximénez, también conocido como Iñigo Arista.A lo largo del siglo X se produce la expansión del primitivo reino de Pamplona. Uno de sus promotores es Sancho Garcés I, quien hace de Pamplona la capital permanente del reino. Esta expansión hace del reino de Pamplona un posible rival para el poder del califa de Córdoba, por lo que en el año 924 Abd al-Rahman III lanza un ataque que destruye nuevamente la ciudad.La destrucción de Pamplona hace que la antigua ciudad pase a ser una pequeña aldea, que se denominará Iruña y, más adelante, La Navarrería. Este núcleo primitivo permanecerá bajo control del obispo hasta que en 1319 sea transferido a la Corona. Con el tiempo, diversas repoblaciones promovidas por los monarcas y el hecho de que Pamplona se encuentre en el Camino de Santiago hacen que Pamplona crezca poco a poco, creándose nuevos núcleos de pobladores junto a la ciudad primitiva. Uno de estos núcleos, el de San Cernín, está formado sobre todo por comerciantes y artesanos. En 1129 el rey Alfonso I el Batallador le concede privilegios. Otro núcleo, el de San Nicolás, es también favorecido en 1189.Las relaciones entre los tres barrios son difíciles, dando lugar a frecuentes disputas, en de cuyas refriegas se llega a destruir el núcleo de la Navarrería, en 1276.La situación de enfrentamiento finaliza el 8 de septiembre de 1423, cuando el monarca Carlos III el Noble (Privilegio de la Unión) declara la integración para siempre de los tres núcleos en una sola población, sujetos a una misma jurisdicción.