De la parte dedicada a las conversas es muy poco y está muy transformado lo que se conserva en los monasterios españoles. La separación de esta panda con el resto del claustro se hacía por medio del corredor de conversas. Resulta este espacio uno de los lugares más perturbadores del claustro medieval, generalmente un largo pasillo sin vanos, por el que circulaban las conversas en silencio para no molestar a las hermanas en el recogimiento de su clausura. El de Las Huelgas sigue manteniendo su largo y estrecho pasillo, que comunicaba con la iglesia, y por el lado sur accedería a su refectorio y letrinas. Encima de estas dependencias se ubicaría su dormitorio. Para concluir, en esta panda meridional se alzaba la Cilla o almacén. Solía ser una gran estancia dividida en dos naves por una fila de columnas sobre las que voltean arcos apuntados. Se trata de construcciones muy simples y funcionales. Un gran volumen paralelepípedo con cubierta de madera. Estas estructuras lígneas responden generalmente a una sabia y experimentada tradición popular que se remonta a la antigüedad más remota. Por desgracia, las restauraciones modernas han acabado con ellas, restando aún ejemplos tan interesantes como los de Las Huelgas y Cañas.
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contexto
La panda del refectorio es la que ha sufrido las mayores transformaciones en las abadías femeninas, para lograr una mayor funcionalidad en cada época. Así, el calefactorio es una pieza que no se conserva en ningún monasterio; en Cañas hay una puerta en arco de medio punto, hoy cegada, que indicaría el posible acceso a un espacio donde quizá estaría el hogar en el que se calentarían las monjas los días de invierno y podrían desleír la grasa para las sandalias. La comida la realizaban las religiosas en silencio, mientras que otra monja, desde el púlpito, leía textos piadosos. Las mesas del Refectorio se disponían junto a los muros y en el correspondiente al lado sur estaba el lugar de la abadesa, cuando comía con la comunidad, o el de la priora en su ausencia. Si el refectorio era lo suficientemente grande, se compartimentaba y en él también comían las conversas, aunque lo usual es que éstas tuviesen un refectorio propio en su respectiva panda o al otro lado de la cocina. La disposición de los refectorios era perpendicular al claustro, al igual que los de monjes, rompiendo así la tradición benedictina que lo situaba paralelo a la panda. El adoptar esta colocación facilitaba una mejor comunicación con el calefactorio y la cocina, que eran las estancias que lo flanqueaban. Incluso, si era necesario una ampliación, se podía alargar por el lado sur, sin nada que lo impidiera y sin alterar las dependencias anejas. El refectorio de Las Huelgas es el más parecido, por su monumentalidad, al de los de monjes. Aunque muy transformado, no en el espacio arquitectónico pero sí en la cubierta, ya que una bóveda de cañón con lunetos vino a sustituir a la primitiva armadura de madera con vigas policromadas. La Cocina se comunicaba con el refectorio. Han sufrido muchas alteraciones y las conservadas suelen ser muy tardías. Por lo general era una cocina común para monjas y conversas. Posiblemente las antiguas serían de hogar central, bajo la campana de una chimenea apeada en cuatro pilares. La principal innovación moderna sería la creación de un fogón adosado a un muro lateral. Era muy importante que la cocina tuviese un buen acceso a los almacenes y despensas, así como con el exterior de la clausura.
obra
El simbolismo onírico de Gustave Moreau se ha desbocado en este cuadro, con una estética deformada y llena de color que anticipa la pintura de fauvistas y surrealistas décadas después. En la escena, las figuras ya no están dibujadas. Los colores protagonizan el encuentro de los dos fatídicos personajes y traducen en sus tonos los sentimientos de desgarro y muerte que evoca la escena. La parca es la diosa que controla la vida de los seres humanos mediante hilos, cortándolos cuando han de morir. El Ángel de la Muerte es el que se lleva el alma de los hombres al morir. Ambos personajes están bajo un cielo negro, opresivo, con un fantástico sol rojo que parece una hoguera. La visión es onírica y fascinará años después a los surrealistas.
Personaje
Político
Hija de los duques de Parma, Eduardo III y Sofía Dorotea de Neoburgo, se casó con Felipe V en 1714. Mujer alta y bien formada, con buen aire y ojos de cierta espiritualidad, aunque la viruela le ha quitado muchos encantos; astuta, versada en idiomas, gustosa de la política y preocupada por todas las actividades artísticas e intelectuales -según nos la presentan los cronistas- consiguió imponer su voluntad al monarca español, realizando una intensa labor destinada a que sus hijos gobernaran en territorios italianos, lo que condicionó la política exterior del momento. Para ello no dudó en apartar a la princesa de los Ursinos, favorecer a Alberoni y Ripperdá o condicionar el primer y segundo pacto de Familia con Francia, animando a su esposo a no renunciar a la corona francesa. Tras duros envites consiguió sus objetivos ya que Carlos será rey de Nápoles y de España; Felipe recibirá los ducados de Parma y Módena; María Teresa se casará con el delfín francés; María Antonia será reina de Cerdeña; y Luis Antonio, conde de Chinchón, tras renunciar al capelo cardenalicio. El fallecimiento de su esposo le obligó a llevar una vida retirada en La Granja, regresando a Madrid para ocupar la regencia de su hijo Carlos entre agosto y diciembre de 1759. Se retira de nuevo a La Granja, falleciendo durante el verano de 1766 en Aranjuez.
contexto
Hasta ahora hemos encontrado a Silóe relacionado con la alta jerarquía eclesiástica y la monarquía. Burgos era una ciudad rica e importante entonces y en ella vivía multitud de mercaderes, comerciantes, etcétera, con negocios de gran envergadura que los relacionaban con Flandes, Inglaterra, la Hansa, el Imperio germano y los restantes reinos peninsulares. Se habían constituido desde fechas bastante antiguas en oligarquía de gobierno ciudadano. Algunas familias habían adquirido un fuerte poder y hábitos copiados de la aristocracia. Encargan su sepulcro en capilla propia, organizan su casa como una gran residencia, adoptan signos caballerescos, etcétera. Habitan ciertos barrios de la urbe en torno a parroquias. La de San Esteban viene siendo una de las más importantes, situada más arriba de la catedral, en la ladera de la colina que lleva el antiguo castillo. Aunque esta situación le hará perder relevancia a medida que la ciudad se desarrolla más cerca del río, no se ha llegado aún a ello. Aquí se reúnen casi todos los vecinos el 3 de octubre de 1493, con el fin de preparar lo que va a ser un encargo costoso y conveniente: el retablo mayor. Parece que en principio dudan en hacerlo de pintura sólo, y citan a Diego de la Cruz, o mixto de talla policromada y entonces aparece el nombre de Maestre Gil. Por fin se decantan a favor del segundo, si bien se ve que la policromía correrá a cargo del pintor antes citado, colaborador del escultor anteriormente. Se nombra una comisión que llevará todas las diligencias, incluidas las económicas, en la que está el párroco, Pedro Sánchez de Cebolleros (López Mata). El 1 de abril del año siguiente comprobamos que el encargo ha sido formalizado y que Gil, llamado por vez primera y última Gil de Urliones, lo está haciendo de acuerdo con una muestra que previamente había sido entregada por él y aceptada por los comisionados. Parece que las notables dimensiones exigidas obligaban a una ligera ampliación, comprendiendo tres paños de la cabecera. Aunque el nombre que se cita es el de Gil, se alude vivamente al dorado y pintura. También se habla del costo: ciento treinta y ocho mil maravedís. Cada mes había que entregarle siete mil y el resto cuando todo se hubiera terminado y asentado. Las cosas no debieron ir económicamente correctas. Hay pequeñas noticias, como la de que en enero de 1496 se habían reunido 3.066 maravedís de limosnas, pero en 1500, todo terminado, aún se hablaba del costo que había ascendido a 140.000 maravedís y sólo se habían satisfecho 100.000. Como el 25 de febrero se les pagan 45.000 maravedís, es de suponer que desearan cobrar algo más que se les debía desde hacía años, porque todo debió acabarse en 1496, aproximadamente. Por desgracia, en siglos posteriores se desmontó, sustituyéndose por otro anodino. ¿Se perdió totalmente? Lo usual en estos casos es que se vendiera completo o en partes a parroquias de la provincia. Por ello aún cabe creer que algún fragmento llegará a recuperarse. Piénsese, por ejemplo, en el relieve de la Sagrada Cena que se conserva en la iglesia parroquial de San Miguel de Cuzcurrita, en La Rioja, próximo a Gil de Silóe (Moya) y que se sabe que fue adquirido en 1726. En todo caso, los documentos hablan de un san Andrés situado en lugar privilegiado de la iglesia y que con casi seguridad es la espléndida talla que coronaba un retablo posterior hasta que fue descubierta en 1970. Se le pagaba por ello a maestre Gil en 1500, signo de que aún seguía vivo, y es muestra de estas obras complementarias antes aludidas a propósito de la Virgen de Miraflores.
obra
Esta obra muestra unos jugadores de cartas. En sus obras Balthus representa con gran frecuencia a jóvenes adolescentes. Una franja de luz atraviesa la intimidad de la habitación en donde se intuye el deseo. Balthus fue discípulo de Derain en los años 30, cuando este defendía el retorno al orden, a un realismo.