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Los años 1295-1310 el rey de Aragón orientó su política exterior, por un lado, hacia la Península y la manga mediterránea y, por otro, hacia el Magreb oriental. Para la Corona de Aragón, la zona marítima comprendida entre las Baleares y Argel (la manga mediterránea), cuyo control facilita la navegación por el Estrecho, era de vital interés estratégico y económico. El objetivo tenía que ser, por tanto, la posesión de Alicante, Cartagena (en manos del rey de Castilla), Málaga y Almería (en manos del rey de Granada). El juego consistiría, primero, en enfrentarse a Castilla (debilitada por la minoridad de Fernando IV), arrastrando en la contienda a Granada, y, después, llevar a Castilla contra Granada, al mismo tiempo que se neutralizaba a Marruecos, donde los benimerines habían conseguido ampliar su dominio. De acuerdo con este esquema, el rey nazarí y el aragonés firmaron un tratado de paz y de ayuda mutua contra Castilla (1296), y Jaime II dio tropas a Alfonso de la Cerda, pretendiente al trono castellano, para que penetrara en Castilla por el sector de Cuenca, mientras él personalmente conquistaba la mayor parte del reino de Murcia en dos fases: Alicante, Elche, Orihuela y Murcia, en 1296, y Lorca, en 1300. Los años siguientes Jaime II intentó formalizar una triple alianza, de Aragón, Granada y Marruecos, contra Castilla, pero esta vez los granadinos escogieron el acercamiento a los castellanos (1303), lo que equilibró las fuerzas y obligó al rey de Aragón a cambiar de estrategia: la de trabajar por otra triple alianza, la de Aragón, Castilla y Marruecos contra Granada, la única fórmula que le permitiría entonces continuar la expansión peninsular de la Corona. Mientras mercenarios catalanoaragoneses llegaban a Marruecos para reforzar a los benimerines (1304), los reyes de Castilla y Aragón aceptaban resolver sus diferencias sobre Murcia con un reparto del territorio: Molina, Murcia y Cartagena quedaban para Castilla, mientras que Alicante, Elche, Orihuela y Crevillente correspondían a la Corona de Aragón (Sentencia Arbitral de Torrellas, 1304). El acuerdo sirvió a Jaime II para llevar a Fernando IV contra los granadinos, que dominaban el Estrecho: poseían Ceuta, Algeciras, Gibraltar, Málaga y Almería. Formalizada la alianza con Castilla (entrevistas de Santa María de Huerta y Alcalá de Henares, 1308) y con Marruecos (tratado de Fez, 1309), los benimerines se lanzaron con éxito sobre Ceuta, y los castellanos ocuparon Gibraltar y pusieron sitio a Algeciras, mientras Jaime II asediaba infructuosamente Almería (1309-10). El fracaso del rey de Aragón se explica, en parte, porque los benimerines, satisfechos con la conquista de Ceuta e inducidos por promesas de Granada, abandonaron la alianza y dieron ayuda a los nazaríes, y porque los castellanos, detenidos ante Algeciras, se retiraron de la lucha (1310). El fracaso de la Corona en Almería "fue un fracaso político, material y moral de extrema gravedad. Largos años de tenacidad diplomática no habían dado ningún resultado positivo. Se comprende que después de 1310 el interés político de Jaime II se retirara de la zona del Estrecho y de la manga mediterránea" (Ch. E. Dufourcq). Respecto al Magreb oriental, en los años 1295-1310 Jaime II trabajó para intensificar su influencia. Puesto que Túnez y Bugía se resistían a tributar, alternó el corso con la diplomacia en 1297-1300. El reino de Mallorca y sus mercaderes consiguieron entonces una posición predominante en Bugía (1302), mientras la Corona obtenía ventajas fiscales, políticas y comerciales en Túnez (acuerdos de 1301, 1305 y 1308). Pero la consiguiente rivalidad de mallorquines y catalanes en la zona limitó a partir de entonces las posibilidades respectivas de mayor dominio. En los años 1310-30 la penetración catalanoaragonesa en el Norte de Africa alcanzó sus límites, en parte por la creciente competencia de los mercaderes italianos, por la mencionada rivalidad catalano-mallorquina y porque el interés político y mercantil de la Corona se orientó en buena medida hacia Cerdeña y el Atlántico. Estos años la amistad con el sultán de Marruecos siguió basándose en el comercio y la existencia de una milicia catalanoaragonesa al servicio de los benimerines, lo que no fue obstáculo para que cuando arreciaron las hostilidades entre castellanos y benimerines, naves de la Corona y del rey de Mallorca bloquearan los puertos marroquíes y practicaran el corsarismo en sus aguas (1315, 1318, 1327 y 1330-31). En el Magreb central siguió la alternancia de amistad, generadora de comercio, y de hostilidad, manifestada en el corsarismo, que perseguía la imposición de tributos y la infiltración en las aduanas, para obtener el retorno de las tasas aduaneras satisfechas por los mercaderes de la Corona, pero Tremecén supo maniobrar y sacar partido de la rivalidad catalano-mallorquina. Con el Magreb oriental se utilizaron métodos semejantes pero por parecidos motivos no se alcanzaron progresos políticos: el texto de cinco tratados negociados por los reyes de Aragón y Mallorca con Túnez y Bugía entre 1310 y 1330 demuestra que, al final, la única realidad fecunda de estas relaciones acabó siendo el comercio.
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Esta obra, la cuarta en la serie de los Sacramentos de Chantelou, refleja más que ninguna otra su deseo de precisión y fidelidad en la reconstrucción arqueológica. Para desarrollar el tema de la Penitencia, emplea la escena de María Magdalena lavando los pies a Cristo. Como consecuencia de sus esfuerzos renovadores Poussin ha desplazado el centro de interés hacia la izquierda de la composición, en lugar del centro, que era el lugar habitual. Pero lo que más llama la atención es que demorara la realización del lienzo por sus investigaciones sobre el triclinio en el que se hallan recostados los comensales. Si en la primera Penitencia había mostrado un triclinio como un lecho bajo que empleaban los romanos para sus banquetes, sus lecturas eruditas habían mostrado a Poussin que éste sólo había sido utilizado varios siglos más tarde. Para dar mayor veracidad arqueológica a la escena, investiga y decide representar un lecho alto, como el que vemos, de manera que la Magdalena no se debe arrodillar para lavar los pies a Cristo. Esta evocación de la realidad histórica, que a nosotros nos puede parecer pedante, fue parte del éxito de Poussin entre los intelectuales y pintores del Barroco clasicista y el Neoclasicismo.
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Al igual de lo que hiciera para el resto de la serie segunda de Los Sacramentos, realizada entre 1644 y 1648 para su mecenas Chantelou, Poussin trabajó con ahínco para lograr una nueva concepción de las composiciones, una nueva forma de representar los temas que diferenciara esta serie de la realizada varios años antes para su amigo Chantelou. Fruto de ello son estos dibujos preparatorios en los que Poussin no deja nada a la improvisación, a diferencia del método de trabajo de su contemporáneo Velázquez, más directo, más abandonado a su propio genio. Poussin primero realizaba una geometrización del espacio, en este caso apoyado en un fondo arquitectónico que confiere mayor armonía matemática y simetría a la escena. Una vez ordenado el espacio, situaba las figuras en su interior como si se tratara de un escenario en el que tienen lugar los acontecimientos, cuyo mayor interés son las expresiones de los personajes, entroncando, en esta concepción, con el arte clásico griego y el Renacimiento de la época de Rafael. Así sucede en este dibujo preparatorio del lienzo La Penitencia, que emplea como base literaria el pasaje en que María Magdalena lava los pies a Cristo, terminado hacia 1647. No presenta casi diferencias respecto a la obra final en esta escena armónicamente integrada, salvo el interesante detalle, inusual por otra parte, de realizar el estudio de las figuras desnudas, quizá porque no vistió las figurillas que empleaba para experimentar la composición, como sí solía hacer. De este forma de trabajar, primero el desnudo en sus gestos y luego las vestiduras, tomará buena nota un gran admirador francés de Poussin, Ingres.
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La admiración que sentía por Manet el padre de la niña provocó una serie de tres retratos al pastel, siguiendo la técnica que había puesto de moda Degas entre los impresionistas. La figura de la pequeña se recorta sobre un fondo azulado, destacando el sombrero de tonalidades negras. La obra está muy abocetada, posiblemente sin concluir puesto que se aprecian los trazos del vestido. La enfermedad impedirá al maestro trabajar con tranquilidad en los últimos años de su vida.
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Como bien apunta Bennassar, la percepción del tiempo por parte de los españoles era más cuantitativa que cualitativa, aunque sólo fuese porque la gente no disponía de instrumento preciso alguno para medirlo. El tiempo está marcado por los ritmos agrarios o la climatología. En el ámbito rural los días estaban identificados por el nombre del santo o de la fiesta, no por una cifra. La dependencia de la meteorología marcaría la vida cotidiana. La industria relojera no se desarrolló apenas en España mientras que en París se creaba la cofradía de relojeros en 1544 y en 1601 en Ginebra. La vida al ritmo de los relojes tardó en hacerse un hueco frente a las campanas de las iglesias. La religiosidad impregnó la vida de las personas, la vida laboral o las festividades, el nacimiento o la muerte. El calendario comenzaba en su ciclo invernal con la etapa de preparación y purificación que suponía el Adviento. La Natividad y la Epifanía suceden al Adviento. El Carnaval y la Cuaresma serán los siguientes ciclos. En los meses de junio y julio se concentraba la máxima actividad laboral ya que había que recoger las frutas, segar, trillar o trasladar los rebaños a los pastos veraniegos. También era el periodo de mayor mortalidad que se extendía al mes de agosto, característico por la concentración de fiestas locales que servían de antesala a la nueva etapa de preparación y purificación. El año académico se prolongaba entre el 25 de septiembre y el 25 de agosto, existiendo una semana de vacaciones en Navidad y otro en Cuaresma. La semana era el periodo cronológico básico, considerando que el domingo era de obligado descanso. El día tenía un ritmo propio. Se despertaba al alba y al anochecer era el momento de dormir. La vida en la ciudad estaba más organizada en función de horarios establecidos ya que las universidades tenían clases entre las 7 y las 11 de la mañana. La comida solía hacerse entre las 12 y la 1.
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A su regreso de Bretaña, Gauguin se instaló en París donde realizó esta obra. En ella observamos a Juliette Huet, joven a la que el pintor deja embarazada antes de marchar a Tahití. Junto a la muchacha desnuda encontramos un zorro o un lobo, apreciándose al fondo la costa bretona muy simplificada en la que destaca una procesión, posiblemente un cortejo nupcial. Gauguin se presenta como un excelente simbolista, no ya por los títulos relacionados con la literatura de vanguardia, sino por los elementos que aparecen en la composición; el lobo simboliza la perversidad, la flor marchita que sujeta la muchacha aludiría a la pérdida de la virginidad mientras que el cortejo nupcial representa lo que espera al pintor si no abandona Bretaña pronto. Todo el simbolismo se anima con un colorido plano - inspirado en la estampa japonesa - contraponiendo los diferentes tonos entre sí, destacando la figura desnuda de la joven al ser realizada de forma primitiva como se aprecia en la postura y el rostro de máscara. Las relaciones de esta figura con la Olimpia de Manet son muy intensas.
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La pérdida del libro siguiente Todas las copias de La Argentina terminan señalando el extravió de unas páginas que faltan hacia el final y, en la última línea del manuscrito, se lee: ... de cuyos sucesos y de los demás que acerca de esta provincia se ofreció, se podrá largamente dar individual noticia en el libro siguiente. Este libro siguiente nunca se ha conocido; pero ello no significa que no haya existido y haya sido aprovechado por otros historiadores de la colonia. Estos historiadores pudieron ser hombres como Pedro Lozano, José Guevara y otros. ¿De dónde sacaron tantos datos posteriores a la partida de Juan de Garay, un hidalgo vizcaíno, según Díaz de Guzmán, quienes escribieron acerca de la segunda fundación de Buenos Aires y sucesos siguientes? No lo dicen, pero la única fuente era Díaz de Guzmán. Hay datos que no se encuentran en los archivos y sólo pudieron hallarse en una obra escrita por un hombre de Asunción que conocía muy bien toda esa gente y lo que en el Río de la Plata había ocurrido. Vamos a un único ejemplo. Pedro Lozano nos refiere que en la segunda fundación de Buenos Aires había una mujer: Ana Díaz. Y agrega que era viuda y no había querido separarse de una hija suya casada con uno de los pobladores. ¿Y cómo supo Lozano estos detalles? Los genealogistas modernos no han podido comprobar absolutamente nada acerca de esta mujer. La historiadora paraguaya, doctora Idalia Flores G. de Zarza, ha hallado en el archivo de Asunción menciones de un tal Díaz que pudo ser padre de Ana Díaz. Nada más. Un historiador argentino, H. Edmundo Gammalsson, en su magnífico libro Los pobladores de Buenos Ayres y su descendencia (Buenos Aires, 1080), cree que en la fundación de Buenos Aires hubo otras mujeres, además de Ana Díaz. Se basa en el hecho de que muchos de ellos tenían mujer e hijos. Constan sus nombres en testamentos, sucesiones, pleitos, etcétera; pero no en documentos propios de la fundación. No puede, por tanto, afirmarse que en la fundación hecha por Garay había otras mujeres. Lo que podemos sospechar, con elementos conocidos, pero no utilizados en esta averiguación, es cuándo y cómo murió esta Ana Díaz y si realmente hubo otras mujeres en Buenos Aires en sus primeros tiempos. Ante todo, la carta de la Audiencia de Charcas a la de Lima, del año 1583, nos dice que, a cuatro leguas de la fortaleza de Caboto, los salvajes mataron a Juan de Garay y a otros doce hombres y prendieron a diez y un fraile franciscano e una mujer e hirieron a otros treinta y estos heridos se tornaron a embarcar como mejor pudieron en el bergantín y vinieron a la ciudad de Santa Fe...44. Notemos las palabras ... e una mujer.. Había, por tanto, en esa expedición en que Garay fue muerto, una mujer. ¿Qué mujer pudo ser? No consta que hubiese mujeres en el viaje de Alonso de Torres de Pinedo que llegó desde España a Buenos Aires en enero de 1583 con 30 vecinos y 10 frailes. Tampoco había mujeres en el ejército de 500 hombres que pasaron por Buenos Aires, rumbo a Chile, en el mes de febrero al mando de Alonso Sotomayor. La muerte de Garay se produjo a fines de marzo de 1583. No se conoce la fecha exacta. La única mujer que creemos existía en Buenos Aires, Ana Díaz, aparece muerta o aprisionada en la matanza de Garay y parte de sus hombres. No sabemos si esta deducción es una prueba. No lo afirmamos; pero sí nos consta que esta mujer se llamaba Ana. Lo dice un testimonio incuestionable, bien conocido y bien olvidado Por los historiadores que se ocuparon de estos particulares: Martín del Barco Centenera, que siempre firmaba Martín Barco de Centenera, en su poema La Argentina, impreso en Lisboa en 160245. En el canto XXIV nos cuenta, mejor que ningún otro autor, cómo fue muerto Juan de Garay por los indios minuanes. Dice que Garay fue de prudencia siempre falto. Y agrega que, en el ataque, murieron con Garay justos cuarenta, /De la gente escogida paragüeña, /Los indios eran solos ciento y treinta. Y, tres versos más adelante: Aquí murió Valverde, bella dueña, /Que en quitalla la muerte al mundo quita / Tesoro y el contento a piedra hita. ¿Quién era este Piedrahita? Podía ser el marido. El elogio que el arcediano hace de esta mujer no puede ser mayor: Llore mi musa y verso con tristura /La muerte desta dama generosa. / Y llore la mi tierra Extremadura, / Y Castilla la vieja perdídosa, / Y llore Logrosan la hermosura, /De aquella dama bella tan hermosa, / Cual entre espinas, rosa y azucena, / De honra y de virtudes también llena. Este Logrosan que, unos versos más adelante, aparece como Miguel Simón el Logrosano, ¿es otro marido o el marido de otra mujer? Y ahora viene el nombre de la tal Ana: Las argentinas nimphas conociendo/ De aquella Ana Valverde la Belleza, / Sus dorados cabellos descojando / En bueltas en dolor y gran tristeza, /Están a la fortuna maldiciendo, / Las flechas y los dardos, la crueza / Del indio Manuá, que así ha robado / Al mundo de virtudes un dechado. Si estas líneas se refieren, en verdad, a Ana Díaz, que aquí aparece con el apellido de Valverde, debemos reconocer que fue una mujer rubia, de gran belleza y muy honrada. En cuanto a este apellido de Valverde no se encuentra en los documentos de la época de Garay. Garnmalsson no lo trae en su documentada obra. Basta la coincidencia del nombre Ana. Hay otras Anas, como puede comprobarse en el libro del citado Garnmalsson: una Ana Méndez, mujer de Cristóbal Altamirano; una Ana Somoza, mujer de Luis Alvarez Gaitán, y tal vez otras; pero no sabemos si realmente vivieron el instante de la fundación y los primeros meses. Lo más probable es que hayan llegado más tarde, en años posteriores a la fundación Esta Ana Valverde, con tantos encantos, según Centenera, ¿era la Ana Díaz que aparece con un solar en la actual calle Florida de Buenos Aires dado por Juan de Garay? La historia algún día contestará. Lo que ahora podemos revelar, con el testimonio de Centenera, es que en 1583, en Buenos Aires, había algunas mujeres, que varias acompañaron a Garay en su viaje a la Asunción y se hallaron junto a esta Ana Valverde en el momento del ataque de los indios. La menciona Centenera. Miguel Simón, el Logrosano, librando de la muerte por su mano /A su mujer, que en brazos al navío / La trajo... Un tal Cuevas, que luego resulta llamarse Alonso de Cuevas, triste y doloroso / Por salvar su mujer muy congojoso / En el agua cayó cuando subía / El bergantín arriba la cuitada, / Y viendo que casi se hundía, / Su marido la juzga ya ahogada... Estas tres mujeres: la Ana Valverde, la de Simón y la de Cuevas, ¿estuvieron en la fundación de la ciudad o llegaron a Buenos Aires, desde el Paraguay o Santa Fe, en viajes que pasaron al olvido? No lo sabemos. Tal vez nuevas investigaciones revelen hechos inesperados y nos den luces nuevas. Por último, una comprobación, tan simple que nadie la tuvo en cuenta. Pedro Lozano, al decirnos que Ana Díaz, viuda, no había querido separarse de una hija suya casada con uno de los pobladores, nos está revelando que en Buenos Aires, en el momento de la fundación, había, por lo menos, dos mujeres: Ana Díaz y su hija casada con un poblador. No fue, por tanto, Ana Díaz la única mujer que se halló en la fundación. Reconozcamos que es preciso volver a estudiar el problema de las mujeres que asistieron a la fundación de Garay y que los datos de Lozano sólo pueden provenir de la segunda parte, perdida, de la historia de Díaz de Guzmán. Nuestro cronista fue acusado de inventar nombres como los de Lucía Miranda, Bartolomé de Bracamonte y otros. Estos apellidos no se encuentran en la documentación de la época, pero sí en una o dos generaciones posteriores. No sabemos si sus padres no vivieron en los tiempos que evoca Díaz de Guzmán y la historiografía no puede encontrar. En fin: el texto de Díaz de Guzmán no puede ser desdeñado ni puesto en duda, a cada línea, como lo fue en otros tiempos. Salvo algunos errores, propios de toda obra histórica, su relato es el más completo que existe, escrito por un solo hombre, en lo que se refiere al descubrimiento y conquista de las tierras del Plata y del Paraguay y su libro perdido es posible que haya sido glosado, por no decir plagiado, por los cronistas que le sucedieron. Enrique de Gandía
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El quinto y último Pilar de la religión musulmana es la obligación de peregrinar, al menos una vez en la vida, a la ciudad santa de La Meca: el hagg. Sin embargo, esta obligación tiene algunas restricciones, como son las de que el peregrino debe ser adulto, sano y poder permitirse económicamente realizar el viaje sin contraer deudas para él y su familia. El objetivo de la peregrinación es alcanzar la mezquita de La Meca, en la que se encuentra la Kaaba, considerada el primer templo dedicado a Dios, del que, según la tradición, Abraham e Ismael habrían puesto los cimientos. La Kaaba, una estructura cúbica de piedra gris, guardó en su interior diversos idólos preislámicos hasta que fueron destruidos por Muhammad. En la actualidad, la cubre una gran tela negra que tiene bordados en oro la sahada y algunas aleyas del Corán. Esta funda es anualmente troceada y sus fragmentos vendidos a los peregrinos. La Kaaba tiene en su ángulo oriental la conocida como Piedra Negra, una roca basáltica objeto de veneración. La Meca y su entorno son considerados un lugar sagrado, cuyo acceso se prohíbe a los no creyentes. El peregrino (muhrim) debe realizar una ablución completa, ponerse como vestido dos piezas de tela blanca sin costuras y calzar sandalias. Hombres y mujeres deben llevar la cara descubierta: los primeros, afeitados; las segundas, con el pelo tapado. Las prescripciones se completan con todo un catálogo de prohibiciones: utilizar cosméticos; derramar sangre -lo que impide la lucha y la caza-; mantener relaciones sexuales, cortarse las uñas, etc. El peregrinaje se produce durante el último mes del año islámico (dhu al-Hijja). La entrada en el recinto debe hacerse con el pie derecho y mirando a la Kaaba, al tiempo que el peregrino debe decir: "Heme aquí, Dios mío, heme aquí". Las mujeres deben ir acompañadas por su esposo o un familiar varón (mahram) con el que no pueda casarse. La primera parte del rito es llamada umrah, consistiendo en dar siete vueltas a la Kaaba en el sentido contrario al de las agujas del reloj, besando o tocando al final de cada una de ellas la Piedra Negra. En total, son cerca de 1.400 metros, en cuyo recorrido los celebrantes simbolizan a los ángeles que giran en torno al trono divino. Después ha de realizarse el recorrido (say) entre las colinas de al-Safa y al-Marwah, con cuatro viajes de ida y tres de vuelta. El significado simbólico de este acto es la representación de las oscilaciones de la balanza durante el Juicio Final. Esta umrah tiene un origen preislámico, realizándose tradicionalmente durante el mes de Ragab. Sin embargo, desde el siglo XIII se puede hacer durante todo el año, excepto cuando tiene lugar el hagg. La segunda parte de la peregrinación es la peregrinación propiamente dicha o hagg, que también comprende diversos actos. El séptimo día del mes del mismo nombre se realiza una oración colectiva en la Kaaba. Al día siguiente los peregrinos se trasladan al valle de Mina, donde realizan la oración del mediodía, para, un día después, tras la oración del alba, encaminarse hacia el valle de Arafa. Allí, en la colina de la Misericordia, los fieles escuchan de pie una alocución en varias lenguas, recitando el Corán hasta el anochecer. El siguiente paso es dirigirse a Muzdalifah para hacer noche, donde se escucha de pie una nueva alocución antes de marchar hacia Mina para permanecer durante los dos días siguientes. El día 10, en Mina, cada peregrino sacrifica -actualmente lo hace un profesional- un animal, que bien puede ser un camello, un buey, una cabra o una oveja. Este acto ocurre en todo el orbe musulmán, siendo la mayor fiesta islámica. En los dos días siguientes, también en Mina, siete piedras pequeñas previamente recogidas en Muzdalifah son lanzadas por tres veces contra unas estelas que representan al diablo. El día 12 la peregrinación ha acabado, afeitándose los hombres el pelo y cortándose las mujeres un mechón. Usualmente la peregrinación puede continuar viajando hasta Medina para visitar la tumba de Muhammad, y hasta Jerusalén. Al finalizar, el peregrino o peregrina recibe el título honorífico de hagg o haggah, respectivamente. Motivaciones religiosas aparte, la función última de la peregrinación es doble: por un lado, mover a los fieles a la piedad y el arrepentimiento; por otra, fomentar la unidad y comunión del mundo islámico, promoviendo la igualdad de fieles de muy diversas condiciones y procedencias. La peregrinación a La Meca ha tenido un papel muy relevante en la historia del islam, pues ha servido como mecanismo de encuentro y transmisión de ideas y conocimiento. Los avances en los medios de transporte que se han producido en los últimos tiempos han permitido dejar atrás las dificultades que en el pasado entrañaba tal viaje, pero son la causa de nuevos problemas, derivados de la masificación. Problemas sanitarios -15.000 muertos en 1865 a causa de una epidemia- o de seguridad -200 muertos en 1997 por una explosión de butano- han provocado que actualmente la afluencia de personas esté limitada a 2,5 millones de viajeros por año, habiendo sido creado un Ministerio específico en Arabia Saudí.
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Una de las principales preocupaciones de Renoir será el efecto de la luz sobre el cuerpo humano; para ello introduce los personajes en la vegetación creando una admirable sinfonía de sombras coloreadas. Como es habitual entre los impresionistas, la luz está tomada del natural -a "plein air"- creando un efecto atmosférico que diluye los contornos y absorbe las formas pero resalta de manera espectacular las diferentes tonalidades. Esos colores son aplicados de manera rápida y empastada, utilizando una pincelada corta, en forma de coma, por lo que la escena obtiene una sensación de mosaico en el que cada una de las piezas ocupa un papel determinante.La pérgola es una de las numerosas escenas de la vida cotidiana pintada por Renoir, el verdadero especialista del grupo en esta temática. El entorno donde se sitúan los personajes es le Moulin de la Galette, uno de los lugares de diversión más populares del París finisecular decimonónico. Los tres hombres que se sientan a la mesa han podido ser identificados como Monet, Sisley y Goeneutte, siendo las dos jóvenes anónimas modelos. Sin duda, esta composición se puede considerar como un espléndido anticipo de Le Moulin de la Galette, gran lienzo pintado ese mismo año.