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Cabe resaltar que el problema de las provincias administrativas, junto con el de los posibles distritos eclesiásticos, sigue abierto. Ello se debe a la fragmentaria información proporcionada por las fuentes de la época y por lo poco que éstas han sido estudiadas. Por regla general la documentación existente corresponde al siglo IV, o bien se trata de manuscritos tardíos que presentan dudas en su correcta atribución. La división de las provincias de la Hispania de la Antigüedad tardía encuentra su origen en la reforma llevada a cabo por Diocleciano, que aumentó el número de provincias en todo el Imperio y las agrupó en diócesis, pasando en el siglo IV, estas últimas, a formar parte de las prefecturas. Hasta la reforma dioclecianea, Hispania contaba con tres provincias: la Baetica, la Hispania Citerior y la Lusitania. Las listas de las divisiones provinciales de finales del siglo IV varían las atribuciones. Así, por ejemplo, la denominada Lista de Verona o Laterculus Veronensis de hacia el año 312 las establece de la siguiente forma: Diocesis Hispaniarum habet provincias numero VII: Beticam, Lusitaniam, Karthaginensis, Gallecia, Tharraconensis, Mauritania Tingitana. Entre los errores del copista destaca la confusión de siete palabras (la Mauritania Tingitana consta de dos palabras) por siete provincias, cuando en realidad sólo se citan seis. Otro documento, un poco más tardío, cuya fecha se sitúa antes o después del año 400, es el del Laterculus provinciarum de Polemius Silvius: Nomina Provinciarum . ...In Hispania VII. Prima: Tarraconensis./ Secunda: Carthaginensis./ Tertia: Baetica./ Quarta: Lusitania, in qua est Emerita./ Quinta: Gallaecia./ Sexta: Insulae Baleares./ Septima: Tingitana./ Octava: trans fretum quod ab Oceano infusum (terras intrat) Caplem et Abinam. Este texto presenta la novedad de que se contabilizan siete provincias pues han sido sumadas las Islas Baleares. Aunque aparentemente el problema de la división administrativa, con estas listas, podría quedar claro, esto no es tan cierto, pues se siguen planteando dudas de cómo, cuándo y porqué algunas pasaron de ser praesidiales a ser consulares. También los textos conciliares y fuentes históricas plantean confusión en el resurgir de algunas denominaciones territoriales como, por ejemplo, la utilización de Orospeda por la zona oriental de Sierra Morena, de Sabaria por la zona de las actuales Zamora y Salamanca, de Cantabria, de Celtiberia o de Carpetania. Persiste también el conocer cuáles fueron los límites precisos de cada uno de estos territorios provinciales. El caso de la ampliación de los diferentes territorios de la Carthaginensis es un ejemplo más de cómo la presencia de nuevas poblaciones fue modificando el panorama administrativo. El conocimiento de las diferentes provincias, los territorios a ellas adscritos y sus límites, permitiría una mejor aproximación a lo que debió ser la posible superposición de los distritos eclesiásticos. J. Orlandis, tras el análisis de los textos conciliares y de códices tardíos, especialmente el Ovetense de El Escorial, fechado en el siglo VIII, ha establecido una división de las provincias de la antigua Hispania, las sedes metropolitanas y los obispados que de cada una de ellas dependían. Así, la organización eclesiástica se basa en la organización administrativa, y en su mayoría las ciudades que habían sido capitales de provincia pasan a ser sedes metropolitanas. El panorama de la división eclesiástica, según este investigador, queda establecido de la siguiente manera: Carthaginensis: sede metropolitana, Toletum (Toledo); 22 obispados, Acci (Guadix), Arcavica, Basti (Baza), Beatia (Baeza), Bigastrum (Cehegín), Castulo (Cazlona), Complutum (Alcalá de Henares), Dianium (Denia), Elo (Montealegre), Illici (Elche), Mentesa (La Guardia), Oretum (Granátula), Oxoma (Osma), Palentia (Palencia), Setabi (Játiva), Segobriga, Segovia, Segontia (Sigüenza), Valentia (Valencia), Valeria, Urci (Torre de Villaricos). Baetica: sede metropolitana, Hispalis (Sevilla); 10 obispados, Assidona (Medina Sidonia), Astigi (Ecija), Corduba (Córdoba), Egabrum (Cabra), Elepla (Niebla), lliberris (Elvira- Granada), Italica, Malaca (Málaga), Tucci (Martos). Lusitania: sede metropolitana, Emerita Augusta (Mérida); 13 obispados, Obila (Avila), Caliabria, Coria, Conimbriga, Egitania (Idanha-a-Velha), Ebora, Lamego, Olysipona (Lisboa), Ossonoba (Faro), Pax Iulia (Beja), Salmantica (Salamanca), Viseo. Gallaecia: sede metropolitana, Bracara (Braga); 10 obispados, Asturica (Astorga), Auria (Orense), Britonia (Mondoñedo), Dumio, Iria Flavia (Padrón), Laniobrensis (Lañobre), Lucus (Lugo), Portucale (Oporto), Tude (Tuy). Tarraconensis: sede metropolitana, Tarraco (Tarragona); 15 obispados, Emporiae (Ampurias), Auca (Oca), Ausona (Vic), Barcino (Barcelona), Caesaraugusta (Zaragoza), Calagurris (Calatayud), Dertosa (Tortosa), Egara (Tarrasa), Gerunda (Gerona), Ilerda (Lérida), Osca (Huesca), Pompaelo (Pamplona), Turiasso (Tarazona), Urgel. Narbonensis: sede metropolitana, Narbo (Narbona); 8 obispados, Agatha (Agde), Beterris (Béziers), Carcaso (Carcasona), Elna, Luteba (Lodéve), Maguelon, Neumasus (Nimes). Al lado de estas sedes episcopales hay que mencionar las otras unidades administrativas internas y la existencia de iglesias de rango inferior. Por un lado, dentro de las propias ciudades, si hay suficiente número de población, se dan otras diversas iglesias, basílicas o monasterios. El caso de Mérida es quizá el más patente. En los diversos territorios existían las parroquias, en zonas rurales, que aglutinaban a los feligreses de los diferentes lugares. Disponemos de información especialmente rica sobre la Gallaecia, gracias al Parochiale suevo. Por otro lado, los monasterios, generalmente en ámbitos rurales, aunque algunos existieron en ciudades o zonas próximas a ellas. Por último, las llamadas iglesias propias, construidas por los dueños de grandes propiedades fundiarias para uso de las personas que dependían o estaban ligadas a sus tierras. Estas iglesias fueron causa de conflicto porque los dueños pretendían obtener provecho material de ellas, contra los intereses de la Iglesia. Es sabido que algunas fundaciones monásticas se dieron en este tipo de propiedades. La problemática establecida en relación con la propiedad, los beneficiarios, la fundación y los posibles fines de su utilización hizo que hubiese que redactar disposiciones legales pertinentes.
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En la etapa final de la Edad Media, especialmente durante el siglo XV y primer cuarto del XVI, una serie de centros localizados en los antiguos Países Bajos meridionales destacó en la producción de obras de arte entre las que sobresalieron los retablos. Los principales centros fueron Bruselas, Amberes y Malinas -existieron otros de menor importancia y proyección- y en cada uno de ellos desarrollaron su actividad varios talleres. La realización de un retablo exigía la participación de diversas personas, pues el trabajo se repartía entre distintos artesanos-artistas. Colaboraban en la obra el que confeccionaba la caja, el que realizaba los elementos decorativos, el imaginero o escultor, que trabajaba los relieves según un modelo que podía ser proporcionado por un pintor, el que aplicaba la policromía y el dorado, y el maestro que pintaba los paneles de las portezuelas que cerraban el tríptico. Significativo e indicativo de la importancia concedida al aspecto de la policromía es el hecho de que podía contarse, entre los que la aplicaban, con pintores de la categoría de Roger van der Weyden. Es por lo tanto el retablo una obra colectiva y las diferentes partes de que constaba podían incluso ser realizadas en diferentes talleres, aunque todo bajo el control y autoridad de un maestro principal que imponía su personalidad y el criterio de unidad de la composición que presidía el trabajo y borraba las características individuales. A veces, sin embargo, al examinar los retablos se detecta la existencia de un trabajo de colaboración entre diferentes talleres, como los de Bruselas y Amberes (C. Perier d'Ieteren). En los períodos de gran demanda de obras, la fabricación de los retablos en los talleres se convirtió en una actividad industrial. Observamos que, con frecuencia, se repiten esquemas o éstos son reinterpretados con pequeños cambios que se mantienen en la producción durante un largo período de tiempo, lo que dificulta las precisiones cronológicas. Los talleres incluso recurrían a utilizar partes prefabricadas, hecho que permitía reducir el precio de las obras. Los retablos se fabricaban para ser expuestos y vendidos en los mercados de arte, donde eran adquiridos tanto por compradores del país como por los del extranjero. Esta última posibilidad pone de manifiesto cómo, en un determinado tiempo, la producción alcanzó gran fama, lo que se tradujo en una gran demanda desde lugares muy alejados: Alemania, países nórdicos, Francia, Polonia, Portugal, Italia y España, incluidas las islas Canarias. Son los países que en la actualidad conservan una parte interesante y representativa de lo que debió de ser la producción original, teniendo en cuenta las desapariciones y destrucciones acontecidas con el paso del tiempo. Una de las más decisivas fue la relacionada con el movimiento religioso de la Reforma. Mediante la comercialización del arte pudieron satisfacerse las numerosas solicitudes que llegaban desde los diferentes lugares y los talleres de las grandes ciudades flamencas, o de Brabante, se orientaron hacia una producción artística de carácter casi industrial. Los mercaderes debieron disponer de una reserva de obras, suficiente para cubrir tales solicitudes, circunstancia que llevó a dichos talleres a racionalizar el trabajo, simplificando la realización de las obras. Se empleó entonces a un gran número de artesanos o artistas secundarios, a veces mediocres, aunque en general estos artistas eran sometidos a un código de fórmulas elaboradas por algunos de los maestros principales. Se apoyaron en una organización corporativa estrictamente reglamentada que servía para garantizar la calidad material de las obras y, de esta manera, se aseguraba el renombre de su producción. Para proteger la calidad del producto existían unas normas y controles que garantizaban el prestigio de la ciudad de origen. Se aplicaban a las obras unas marcas, o "poincons", de control. La localización de las diferentes marcas facilita la adscripción de una obra a una determinada ciudad: las tres barras y Mechlen para Malinas; el mazo, el compás y Bruesel para Bruselas o las manos y el castillo para la ciudad de Amberes. Las marcas confirmaban tanto la calidad de los materiales como la de la policromía y el oro, pero no guardaban relación con el estilo de la obra. La presencia de una marca de taller en un lugar del retablo no revela necesariamente un mismo origen para todas las piezas que lo componen: la caja del retablo, una vez esculpida, puede ser enviada a otro taller para la colocación de las puertas pintadas. Aunque existan marcas, también en este caso resulta difícil hacer su atribución a un taller o artista concreto, aspecto éste que puede conocerse sólo cuando se cuenta con la ayuda proporcionada por la información de archivos u otras referencias documentales de la obra, o porque aparezca el nombre del artista reflejado en la propia escultura: la firma del escultor Jan Borreman aparece en el retablo dedicado a San Jorge, conservado en los Museos Reales de Bruselas. De todas las maneras este ejemplo es una excepción pues la mayor parte de las obras permanece en el anonimato y muchas veces se hacen atribuciones hipotéticas. En general los talleres con sus recetas, sus procedimientos y sus marcas de fábrica son más fáciles de determinar que las personalidades individuales de los artistas. Además, en numerosas ocasiones, el carácter uniforme de los retablos y sus abundantes convencionalismos dificultan estas precisiones individuales. La relación existente entre los diferentes artistas, como consecuencia a veces de las reuniones organizadas por los gremios pudo contribuir a la unificación estilística. En dichas reuniones los artistas podían intercambiar sus ideas, comunicarse sus hallazgos en los dominios de la técnica o difundirían los temas iconográficos de moda y todo ello favorecería la adopción y utilización de fórmulas y procedimientos similares. De esta misma manera, la difusión de grabados y dibujos fue también un importantísimo medio de transmisión que facilitaba a los artistas el conocimiento de composiciones y temas. Tal procedimiento jugó un importante papel final de la Edad Media. Así recientemente un dibujo del miniaturista Barthelemy d'Eyck, conservado en el Museo Nacional de Estocolmo, se ha puesto en relación directa con la imagen de la Virgen de Belén, del retablo de la iglesia parroquial de Laredo (Cantabria). Al intentar hacer la clasificación de los retablos se puede añadir una dificultad más cuando no existen marcas de taller u otras referencias. Sin duda ello acrecentará los impedimentos para poder precisar sí la obra es realmente producto de los talleres del Norte pues también cabe la posibilidad de que fuese realizada en España por un artista flamenco o por un artista español formado en los Países Bajos.
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El imperio estuvo dividido en cuatro cuartos o suyu, de ahí que se denomine Tawantinsuyu. Desde el Cuzco se dividía de norte a sur y de este a oeste. Hacia el noroeste, el Chinchasuyu abarcaba la costa y la sierra central y norte del Perú y Ecuador. Al suroeste, el Cuntisuyu incluía de Cuzco a Ica. Al sureste, el Collasuyu ocupaba el lago Titicaca, los altos de Bolivia y el norte de Argentina. Y al noreste el Antisuyu abarcaba del Cuzco a las vertientes de los Andes. Estos cuatro suyus fueron gobernados por miembros de la panaca real, y a su vez comprendieron provincias y territorios que a menudo correspondían a los señoríos anteriormente independientes. Cada provincia tenía su capital y se dividía en dos parcialidades, Hanan y Hurin -alta y baja-; la primera de mayor prestigio y poder. A1 expandirse el estado imperial, fundaron centros administrativos en los grandes asentamientos anexionados. En realidad, los incas tuvieron una gran capacidad de adaptación a las circunstancias, de manera que en territorios del antiguo reino Chimú apenas si alteraron el status administrativo. Lo mismo ocurrió en la costa central, donde algunos centros incluso se potenciaron sobre los demás, como Pachacamac, donde se construyeron nuevos templos como el Pacha Kamaq y el Templo del Sol, hasta transformarse en un centro de integración religiosa y de peregrinaje para gran parte del área central andina. En la sierra crearon centros con edificios de piedra bien cortada. Tumibamba en Ecuador, Cajamarca, Huanuco Viejo, Jauja, Vilcashuamán, Tumi Pampa y Huaytará tienen edificios incaicos para la administración y el culto. Más al sur, en los Andes Meridionales, no se encontró ningún centro con características incaicas. Todos ellos se hicieron sobre patrones del Cuzco, la capital imperial que fue fundada hacia el 1.100 d.C., y que adquirió su fisomomía imperial durante el reinado de Pachacuti a mediados del siglo XIV. Un aspecto muy importante para mantener la política expansionista y el sistema económíco-administrativo del imperio fue la construcción -a veces aprovechando obras más antiguas, otras haciéndola nueva- de una amplia red de comunicaciones cuya extensión se acercaba a los 25.000 km. A veces estrechos caminos para el paso de las llamas y de viandantes aislados y otras amplias calzadas por las que se trasladaron ejércitos y bienes con rapidez, el sistema vial incaico constituyó uno de los fundamentos para la organización y formación del imperio. Este se distribuía prácticamente por todos los territorios que formaban la unidad política, pero se basaba en dos vías que transcurrían de norte a sur: la carretera real, Capac Ñau, iba a través de la cordillera desde la frontera septentrional y pasaba por Quito, Ingapirca, Tomebamba, Huanuco Pampa, Jauja, Vilcashuaman, Cuzco, rodeaba el Titicaca hasta llegar a Cochabamba en Bolivia y a regiones de Argentina, donde se desviaba al oeste hasta llegar al río Maule en Chile. La carretera de la costa se iniciaba en Túmbez y atravesaba los valles oasis, uniendo Pachacamac, Inkawari, Tambo Colorado, Nazca, Chala y Arequipa. La administración de tan ingente imperio, con más de 6.000.000 de individuos, necesitó procesar una gran cantidad de información. Curiosamente, los incas nunca desarrollaron un sistema de escritura como mecanismo administrativo, aunque sí un método de cuentas denominado quipu. Un grupo especial de funcionarios del estado, hereditario, los quipucamayocs, memorizó la historia, los mitos y los censos estadísticos que fueron simbolizados por las cuentas de los quipus. El quipu es un conjunto de cuerdas atadas en un punto, o sucesivamente, a otra cuerda. Sobre ellas se practicaron pequeños nudos de uno o varios colores y situados a determinadas distancias de la atadura. Tales nudos tenían valor numérico para el sistema administrativo, pero también un valor cultural mediante el cual se recordaban historias y tradiciones.
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La organización de la Iglesia indiana fue emprendida igualmente por Fernando el Católico, antes de configurarse el Regio Patronato. En 1504, logró del Papa la creación de la arquidiócesis de Yaguata (transformada luego en la de Santo Domingo), con dos diócesis sufráganeas que eran Maguá y Baynúa. Posteriormente, se fundaron arquidiócesis y diócesis en los lugares de importancia política, aprovechando la ignorancia romana sobre los problemas americanos, que dejaba hacer al Rey de España. A fines del siglo XVI había ya cuatro arquidiócesis, las de Santo Domingo, México, Santa Fe de Bogotá y Lima, de las que dependían 26 obispados: de "Santo Domingo" los de Santiago de Cuba, San Juan y Coro; de "México" los de Guadalajara, Valladolid, Puebla, Antequera, Chiapa, Mérida, Verapaz, Comayagua, Guatemala y León; de "Santa Fe de Bogotá" los de Cartagena y Popayán, y de "Lima" los de Panamá, Quito, Trujillo, Cuzco, Arequipa, La Plata, Asunción, Santiago del Estero, Santiago de Chile y La imperial. Durante el siglo XVII se hicieron algunos reajustes, subiendo La Plata a la categoría de arquidiócesis y erigiéndose las diócesis de Durango (dependiente de México), Caracas (sustituyó a Coro y dependía de Santo Domingo), Santa Marta (dependió de Santa Fe de Bogotá), Huamanga (dependió de Lima), La Paz, Mizque, Córdoba y Buenos Aires, que entraron a depender de La Plata. Esta última arquidiócesis tenía, así, los obispados de La Paz, Mizque, Asunción, Córdoba y Buenos Aires. Para el mejor funcionamiento de la Iglesia se hicieron concilios y sínodos. Los primeros (reunión de los obispos de una diócesis bajo la presidencia del Arzobispo), como los de México y Lima, debatieron algunos aspectos importantes de materias doctrinales, disciplinares o pastorales. Los segundos (reunión de un obispo con el clero de su diócesis), trataron de asuntos disciplinares o pastorales del obispado. La vigilancia del celo apostólico de los religiosos se hacía por medio de la visita del Obispo u Arzobispo, ordenada por Trento. Las diócesis erigieron numerosos seminarios en los que empezó a formarse pronto un clero criollo. El comportamiento irregular de algunos ministros de la Iglesia dio origen a acusaciones, formuladas por Gobernadores, Presidentes y Virreyes en uso del Regio Patronato. La vigilancia de este clero correspondía, en realidad, a la Inquisición y desde 1517 todos los obispos de Indias tenían poderes inquisitoriales. Dos años después, se nombraron comisarios del Santo Oficio para distintos territorios y finalmente, en 1569, se procedió a instaurar la Inquisición. El primer Tribunal funcionó en Lima en 1570, al que le siguió el de México en 1571. El tercer tribunal se erigió en Cartagena el año 1610. La Inquisición americana atendió principalmente casos de relajación del clero, algunos de brujería y de judaizantes, por lo que tuvo una vida lánguida ya que, en definitiva, vivía a costa de los bienes incautados a los herejes y había pocos de éstos en América y menos que tuvieran dinero. Los indios afortunadamente fueron paganos, no herejes, cayendo fuera de su jurisdicción.
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El lugar central que ocupa la ciudad con sus diferentes estatutos jurídicos en el ordenamiento provincial, tiene su correspondencia con el papel que desempeña en la organización económica de Hispania durante el Alto Imperio, donde se reproduce el modelo de funcionamiento de la ciudad antigua con la especificidad de recursos humanos y naturales propios de la Península Ibérica. Dos funciones, estrechamente relacionadas con su autonomía y con su papel dentro del sistema imperial, definen su importancia económica; ante todo, la de organización y explotación del territorio que se le adscribe, lo que se proyecta en su definición como residencia de propietarios, que controlan tanto las fuentes de riqueza como a las poblaciones rurales que las producen. La polarización excluyente de semejante estimación ha permitido considerar a tales ciudades como centros esencialmente de consumo en claro contraste con el carácter productivo que asume la ciudad en otras épocas históricas. No obstante, debemos entender que la ciudad hispanorromana también posee, junto a las implicaciones económicas que se derivan de su carácter residencial, una faceta productiva que se materializa en la presencia de determinadas actividades artesanales relacionadas con las necesidades del propio centro urbano y con las exigencias productivas del mundo rural que controlan. Esta producción artesanal potencia la función de la ciudad como centro comercial y de distribución de productos, que tiene en las tabernae o en el macellum su correspondiente espacio urbano. Su función económica no se limita a su interrelación con el medio que controla; la ciudad funciona también como centro de comercialización de la producción agraria de su territorio, de los productos agrícolas reelaborados, de concretas producciones artesanales de especial valor y de productos derivados de sus riquezas naturales marítimas o mineras. En cualquier caso, y teniendo en cuenta que la función económica de las ciudades no es homogénea y se encuentra condicionada por su ubicación y por la riqueza del medio, el predominio que las actividades agrarias poseen en la organización económica del mundo antiguo implican que el resto de las actividades deban considerarse como subsidiarias y en gran medida condicionadas por la organización de la agricultura.
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En el área andina se cultiva una impresionante variedad de especies vegetales, destacando maíz, patata, quinua, yuca, porotos, pallares, frijoles, cacahuete, calabaza, tomate, pimiento, ulluco y un amplio etcétera. Junto a ellos, cacao, coca, maguey, y otros productos de uso no alimenticio. Sin embargo, la altitud ambiental impone límites a los cultivos andinos incaicos, de manera que podemos establecer dos zonas de producción agrícola: el área del maíz, que llega hasta los 3.800 m en algunos sitios bien resguardados del lago Titicaca. En ella, este cultivo convive con otros de yuca, camote, calabaza, zapote... Y la zona de papa, que llega hasta los 4.575 m e incluye con ella coca, quinua, cañihua, añu, etc. La base de la estructura económica incaica estaba fundamentada en el cultivo intensivo de estas especies vegetales; intensificación que se veía ampliada por el uso de fertilizantes de gran éxito, como el excremento de llamas y el guano, o los restos de pescado. Andenerías, sistemas complejos de abastecimiento de agua, camellones y otras obras de ingeniería agrícola e hidráulica proporcionaron suficientes excedentes al sistema productivo de los incas. La estructura ecológica de la cordillera andina, con nichos ambientales muy diversos colocados a distancias muy cercanas y definidos por la altitud, proporcionaron una gran variedad de productos que resultaron complementarios para las necesidades dietéticas incaicas. El control de estas zonas por parte de poblaciones autóctonas o por grupos desplazados por los burócratas del imperio, fue el ideal del sistema económico inca, tal como quedó definido por Murra. El pastoreo a base de rebaños de llamas y alpacas completó este sistema productivo. Ambas especies parecen haber sido domesticadas en las márgenes del lago Titicaca y resultaron de gran utilidad para las poblaciones andinas: en efecto, la llama es el único animal de transporte del continente americano, desplazando una carga aproximada de 45 kg a distancias que oscilan entre los 15 y los 20 km, diarios. Además, proporcionó lana para tejer y ser comerciada, carne para la alimentación y excrementos para abonar los campos de cultivo y, por último, resultó ser un objeto ritual de importancia desde muy temprano, tal como hemos mencionado en páginas anteriores al referirnos al Templo de las Llamas de Virú. En cuanto a la alpaca, es un animal utilizado exclusivamente para la confección de tejidos, cuyos excrementos también sirvieron para fertilizar los campos. Así pues, la base económica del imperio inca no se asentaba en el mercado ni tampoco en un comercio altamente evolucionado, no existían monedas y tampoco tributo. Al contrario, la producción se fundamentó en la agricultura y en la ganadería, en la máxima explotación de los recursos naturales y en la complementareidad ecológica, en un impresionante regimen de almacenaje y en una muy tupida red de caminos. Un aspecto de suma importancia fue la redistribución y el comercio de las materias conseguidas en el sistema productivo. Todos los pueblos del imperio entregaban al estado trabajo individual que se donaba al gobierno, al sacerdocio y a los curacas. No había, en este sentido, tributo en especie, sino una prestación de trabajo personal orientada a mantener al Inca y a su panaca, al sistema burocrático y al sacerdocio, íntimamente ligado con él. Esta organización de la prestación del trabajo a las tierras del sol, del inca y del ayllu, se fundamentaba en un sistema de tenencia de la tierra en el cual la propiedad de la tierra era del Inca, que a su vez la distribuía a los curacas y a los ayllus. Los responsables de cada administración las repartían a sus feudos, y cada campesino recibía anualmente su parcela de tierra, tripu. Los productos de esta prestación -mita- se acumulaban en grandes almacenes -tambos-, que se construyeron en lugares estratégicos en todos los confues del imperio. Dado que la naturaleza imperial inca no fue exactamente colonizadora, sino de extracción de materias primas y recursos humanos, el establecimiento de estos almacenes en sitios estratégicos, algunos de ellos no necesariamente muy poblados pero que controlaban recursos escasos y de gran valor, resultó crítica para el expansionismo y el mantenimiento del imperio. Los productos almacenados eran registrados en los quipus por oficiales del imperio y comunicados a la administración central, que podía con esta seguridad emprender nuevas campañas anexionistas, organizar obras públicas, etc. En este sentido, el complicado sistema de comunicaciones incaico, que abarcó un área de más de 5.000 km de norte a sur, resultó de gran importancia económica para que este sistema de tambos tuviera su funcionalidad.
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En esta época se va a dar la primera etapa de planificación económica, que supone no dejar el desarrollo económico totalmente en manos del mercado libre. Sin embargo, en esta primera etapa del capitalismo concurrencial, la economía interior de cada país no se llevará, en líneas generales, por los Estados (aunque ahora comienzan a intervenir más en la vida económica y social), sino que serán las propias empresas privadas las que busquen fórmulas nuevas de planificación. La tendencia más marcada en los países desarrollados será intentar evitar la competencia desmedida, a través de la concentración, lo que implicó una tendencia al oligopolio. La misma estructura empresarial empujaba en este sentido: equipos cada vez más costosos, organización técnica más complicada, desembolsos considerables en mano de obra y materias primas. Desde finales de los años setenta, los propios industriales se esfuerzan por integrarse como remedio contra la crisis. Las formas de concentración se pueden resumir en dos: - Verticales: Integración en una misma empresa de todas las fases de producción, desde la obtención de materia prima a la venta. La tendencia era llegar a ser un monopolio. Triunfó, sobre todo, en metalurgia: Krupp, Schneider, Skoda, Thyssen, Ford.... Poseían minas de carbón, altos hornos, flotas de transporte, fábricas de construcción metálica y maquinaria, etc. Las ventajas de esta integración fueron normalmente grandes. Se economizó en todas la fases, lo que permitió el descenso del coste final. - Alianzas: Control de una fase de producción, mediante la asociación de productores, para evitar la competencia y presionar sobre el mercado para obtener mayores beneficios. Adoptaron también formas de oligopolios o monopolios. Frecuentemente se dio la combinación de concentraciones horizontales y verticales. La mayor parte lo fueron a medio o largo plazo: Las empresas mantuvieron una autonomía, pero sobre ellas se superpuso una administración común. Son los llamados "cartels" en Alemania o "pool" en los países de habla inglesa. Su finalidad era el reparto de la producción, fijar precios o dividirse los mercados. Es el caso, por ejemplo, del cártel de la hojalata fundado en Alemania en 1896. Antes de la Gran Guerra en este último país había unos 600 "cartels". Característica del capitalismo americano es el llamado "trust. Por ejemplo, la Standard Oil, fundada por Rockefeller, que en 1883 tenía prácticamente el control del petróleo norteamericano, fue el primer "trust" con participación importante en sociedades de diversos países. Esta nueva organización industrial, el desarrollo de la racionalización del trabajo, las innovaciones técnicas, etc., van a conseguir que el capitalismo gane la batalla de la producción, pero también van a dar lugar -en múltiples ocasiones- al paro tecnológico, a lo que responde la masa obrera. Como contrapartida, se elevan los salarios de la mayoría de la clase obrera (desde la década de 1840 a principios del siglo XX se duplica el salario real en Francia y Gran Bretaña), permitiendo un mayor consumo y, por tanto, una mayor producción. Este fenómeno explica la alteración de los programas de lucha obrera ("revisionismo") a finales del siglo XIX. Se desequilibra definitivamente la agricultura y la industria, en beneficio de ésta. La agricultura pasa a tener un carácter intensivo, al igual que la ganadería. En 1883 aparece el frigorífico, motor del desarrollo de países ganaderos: Argentina, Paraguay, Nueva Zelanda, Australia, para abastecer las zonas urbanas de los países industrializados.
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La entidad política que confirió unidad e integración en la cuenca durante el Postclásico Tardío fue México-Tenochtitlan, cuya ascensión fue consecuencia de la alianza de tres grandes reinos: Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan. Estos ocupaban el valle y estaban gobernados por un tlatoani, y de ellos dependían otros territorios y ciudades menores dirigidas por tlatoque que estaban emparentados con los dirigentes de las capitales estatales. Pero los aztecas no sólo dominaron el centro de México, sino que con el tiempo construyeron un imperio que alcanzó un área superior a los 200.000 km2 en la que vivieron entre 5 y 6.000.000 de personas. Se ha sostenido que la naturaleza del Imperio mexica fue económica más que política, pero ello también requiere de cierta estructura política para mantener el control. El Imperio se dividió en provincias, cuyo control estuvo asegurado mediante sitios fortificados que a su vez dominaban las rutas comerciales y la circulación de los tributos rendidos por las provincias sometidas. Algunas de estas provincias fueron controladas por pipiltzin mexicas, pero en otras se mantuvo a la nobleza local; en cualquier caso, unas y otras hubieron de pagar tributo a la gran metrópoli del centro de México. La guerra fue un factor fundamental para el desarrollo y mantenimiento del imperio. Sancionada por el mito y la ideología religiosa, fue enseñada en los telpochcalli, y llevada a sus últimas consecuencias por algunos grupos. De hecho los nobles eran, por naturaleza, militares; pero también otros segmentos -Caballeros Aguila, Caballeros Jaguar- estaban relacionados con ella. Su finalidad fue tanto territorial como económica y religiosa; pues si en algunos momentos fue practicada para la obtención de buenas tierras y la recolección de tributos, fue siempre sancionada por la religión y el ritual con el fin de conseguir esclavos para el sacrificio. Con esa finalidad se crearon las guerras floridas, las cuales se realizaban de manera preferente contra los grupos vecinos, como los cholulteca y los tlaxcalteca.
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En el Pacto de los Zoelas se distinguen dos partes claramente diferenciadas, pues ambas están fechadas por el año de los cónsules, la primera del año 27 d. C. y la segunda del 152 d. C. En la primera el contexto y la mayoría de los elementos son indígenas (nombre de los firmantes del pacto, magistrado de los Zoelas, lugar en que se realiza el pacto -Curunda, posible centro de la gens Zoelarum), mientras que en la segunda se ve claramente la acción de Roma (los firmantes del pacto tienen nombres latinos, los magistrados son probablemente legati romanos y el pacto se sella en Asturica Augusta (Astorga), capital del territorio de los astures tal como lo han organizado los romanos y económica y administrativamente de todo el Noroeste). Probablemente la realidad socio-politica que encuentran los romanos y referida a los Zoelas sea la siguiente: varias gentilitates (grupos menores) formaban la gens de los Zoelas (primera parte del Pacto); posteriormente, una o varias de esos grupos menores se desgajan del tronco común por causas diversas o por la propia evolución interna de la unidad suprafamiliar superior y forman grupo aparte. Al desgajarse del tronco común, la unidad menor, por la tendencia a reproducir el modelo, pasa al primer plano político-administrativo, el mismo que la unidad de la que se ha desgajado, ocupando un territorio propio, no sabemos si distinto del de la unidad originaria (lo más probable) o dentro del de la gens originaria. Nos encontramos así con que una o varias unidades suprafamiliares menores, desgajadas del tronco común de la unidad superior, aparecen como nuevas unidades superiores (gentes). Es el caso de los Visaligos y Cabruagenigos. Pero, por encima de las unidades suprafamiliares desgajadas del tronco común, los romanos descubren que todas ellas son originariamente Zoelas y denominan al conjunto de todas estas unidades civitas Zoelarum. De este modo, junto a la unidad primitiva superior (Zoelas), compuesta por varias unidades menores (Desoncos, Tridiavos), quedan incluidas en la civitas Zoelarum las unidades desgajadas del tronco común, unidades equiparables en ese momento a la gens Zoelarum, y a todo el conjunto se le denomina civitas Zoelarum, posiblemente por el carácter dominante de la gens Zoelarum, debido a su mayor amplitud territorial o demográfica, o por el hecho decisivo de tratarse de la unidad superior originaria. La civitas Zoelarum incluye las distintas unidades suprafamiliares que aparecen en el pacto y el territorio que ocupan. Ni en las fuentes literarias ni en las epigráficas aparece muy claro que cada una de las unidades organizativas indígenas a que hemos hecho referencia con anterioridad tuviera un territorio propio. No obstante, hay un texto de Estrabón (3, 3, 7. "A los criminales se los despeña y a los parricidas se los lapida fuera de (lejos de, más allá de) las montañas y los cursos de agua"), donde se ha querido ver la referencia al territorio por medio de la expresión "fuera de", que tiene un marcado acento de lugar, "fuera del" grupo humano y el espacio que ocupa. Este espacio habitado tiene unos límites que son los cursos de agua y las montañas (que, por otro lado, son elementos sacralizados con mucha frecuencia) y fuera de estos límites son ejecutados los condenados a muerte por delitos que van en contra del orden establecido, al quebrar la cohesión del grupo humano. Un poco más adelante el mismo Estrabón completa la información del texto antes citado: "A los enfermos, como en la antigüedad entre los egipcios, se los saca a los caminos para obtener la curación de los que han padecido la misma enfermedad". A pesar de la literalidad del texto, es probable que la verdadera causa de colocar a los enfermos en los caminos tenga que ver con la pretensión de que no contaminaran el territorio de la comunidad a que pertenecían. Más dificil es descubrir a qué unidad organizativa se refiere el texto. Es probable, como afirma Lomas, que el territorio fuera el de la unidad básica de la primera parte del Pacto de los Zoelas, es decir, la gentilitas, que sería la poseedora del ámbito en el que vivían las distintas familias que la componen. En época romana el panorama cambia sustancialmente, pues el territorio es el de la civitas en la que están encuadradas las unidades organizativas indígenas. Por ello, desde el punto de vista del derecho público y de las relaciones intercomunitarias y a nivel general, lo realmente operativo es la civitas, como aparece en ésta y en otras inscripciones del área indoeuropea, y ha visto J. Santos, a quien sigue en este punto M.C. González. Cuando un individuo muere en un territorio distinto al de la civitas en que se encuadra la unidad familiar a la que pertenece, se expresa en la inscripción funeraria, siempre por medio de un genitivo de plural (nunca gentilitas o gens), la unidad organizativa indígena de la que forma parte y a través de la cual se integra en la civitas y la propia civitas. De la misma forma, en la segunda parte del Pacto de los Zoelas, renovado en Asturica Augusta, fuera del ámbito territorial y jurisdiccional de las civitates que en él aparecen (Zoelas y Orniacos), se expresa, junto al nombre de los individuos admitidos en el pacto, la unidad suprafamiliar a la que pertenecen (Visaligos, Cabruagenigos y Avolgigos), lo que indica que todavía está viva y es operativa la organización social indígena, y las civitates en que estas unidades suprafamiliares están incluidas (Zoelas y Orniacos). Por contra, si el individuo muere dentro del territorio de la civitas en la que está integrado por medio de la pertenencia a una unidad suprafamiliar, se expresa únicamente ésta. De todas las gentes de las inscripciones, sólo la de los Zoelas aparece en las fuentes epigráficas y literarias; las demás únicamente en la epigrafia. A partir de una serie de trabajos recientes de la propia M.C. González y de F. Beltrán, hoy parece que existe un acuerdo en que no se pueden reducir los distintos grupos a un esquema simplista donde las gentes indicarían las subdivisiones mayores de los pueblos y las gentilitates y los genitivos de plural las menores. En el excelente trabajo de M.C. González, después de analizar una serie de aspectos esenciales, como son la relación entre antropónimos indígenas y nombres de unidades organizativas indígenas, entre teónimos y nombres de unidades organizativas indígenas, el agrupamiento de estas unidades organizativas conocidas de acuerdo con la fórmula epigráfica utilizada en las inscripciones (variantes de Nombre Personal + genitivo de plural + filiación, normalmente con el nombre del padre en genitivo y la palabra ilius, ya en su totalidad, ya en sigla f. o abreviatura fil., con o sin indicación de civitas), la función de la civitas y de las unidades organizativas indígenas, cuando aparecen en la misma inscripción, las unidades organizativas indígenas y las relaciones de parentesco de los individuos que aparecen en las inscripciones relacionados con estas unidades organizativas, se llega á una serie de conclusiones que es importante resaltar: 1. Las unidades expresadas por genitivos de plural debían estar constituídas por un número no muy elevado de individuos, sin llegar en ningún caso al cuarto grado de parentesco en ninguna de las líneas y alcanzando el tercer grado únicamente en la línea colateral. Esto está relacionado con el hecho de que estos genitivos de plural tienen una estrecha relación con nombres personales documentados en la misma época y en la misma zona geográfica, incluso en ocasiones se encuentran en la misma inscripción un genitivo de plural y un nombre de persona de la misma raíz, lo cual permite suponer que estos genitivos se formaban a partir del nombre de un antepasado no muy alejado en el tiempo ni en los grados de parentesco. El parentesco que expresan estos genitivos debe ser, por tanto, un parentesco real y no mítico. Estas unidades organizativas de tipo parental serían al mismo tiempo unidades sociales dentro de un ámbito territorial y geográfico reducido y, dentro de este ámbito, tienen capacidad para realizar pactos de hospitalidad y ser propietarias de objetos domésticos (grafitos sobre cerámica por ejemplo), al igual que un individuo particular; tienen capacidad de actuación en asuntos relacionados con las normas y costumbres institucionales indígenas, pero, sin embargo, nunca aparecen en ningún tipo de inscripción, ni funeraria, ni honorífica, ni votiva, lo que les diferencia de otros grupos parentales y de otras comunidades de carácter territorial: vicus, castellum, pagus. 2. El término gentilitas no se menciona nunca en el origo personal de los individuos, al contrario de lo que es característico en los genitivos de plural. Este hecho puede tener dos explicaciones: a. Que se trate de la "interpretatio" romana de los genitivos de plural. Sería, pues, la misma realidad. b. Que se trate de un momento distinto dentro del proceso de desarrollo de las unidades organizativas indígenas. Estaríamos en este segundo caso ante una unidad organizativa indígena que por tener algún elemento diferenciador con respecto a las unidades formuladas mediante los genitivos de plural es llamado por los romanos gentilitas A partir de la escasa documentación epigráfica se descubren dos diferencias entre la unidad expresada mediante los genitivos de plural y la que expresa el término gentilitas: - el término gentilitas no se documenta nunca en el origo personal. - en un caso se asocia al nombre de una divinidad protectora. El culto a una divinidad concreta es una de las características de la gens romana y es ésta una de las pocas características comunes que documentamos (a pesar de que un solo ejemplo no permite generalizaciones) entre ésta y las unidades organizativas del área indoeuropea peninsular. Desde esta perspectiva se podría entender el porqué de la utilización en este caso del término latino gentilitas, ya que el elemento parental, junto con el religioso acercarían, en cierto sentido y desde el punto de vista romano, esta unidad organizativa al concepto de gens presente en la mentalidad romana. 3. Las unidades organizativas indígenas expresadas con el término gens presentan algunas características que las diferencian de las unidades de orden inferior y que permiten a los romanos designarlas con este término. Sólo entre algunos pueblos muy concretos del área indoeuropea peninsular se encuentran unidades organizativas indígenas que hayan alcanzado el grado de desarrollo suficiente y las características mínimas que hacen posible que los romanos las denominen como gentes. Todas se localizan en territorio cántabro y astur y todas ellas se documentan en inscripciones realizadas a partir del siglo I d. C. y durante el siglo II y parte del III. En estos dos siglos las gentes aparecen funcionando dentro del esquema político-administrativo romano, como se comprueba en la segunda parte del Pacto de los Zoelas y en todas aquellas otras inscripciones en las que se menciona también a la civitas. Por esta misma época se siguen documentando entre los cántabros inscripciones con mención de genitivos de plural, lo cual demuestra el desarrollo desigual de grupos de población pertenecientes a un mismo pueblo y posiblemente haya que ponerlo en relación con el tipo de actividad económica dominante de cada grupo de población: 1. Vadinienses: economía de tipo ganadero/pastoril. No encontramos en ningún caso mención de gentes, ni de gentilitates y, sin embargo, son muy numerosos los genitivos de plural. 2. Entre sus vecinos los orgenomescos sí aparece el término gens. El desarrollo de las unidades indígenas más elementales en otras más amplias debió ir sin duda unido a un proceso de territorialización de las mismas y esto es más fácil de lograr en los grupos de población sedentarios dedicados a una actividad económica de tipo agrícola. En resumen, por las diferencias deducimos que los genitivos de plural deben aludir a grupos parentales cercanos a la idea de una familia extensa o amplia, sin poder precisar con total exactitud hasta qué grado de parentesco abarcaban, posiblemente no pasarían del tercer grado, tanto en línea ascendente como descendente y colateral. Estos grupos parentales básicos, a los que se refieren de forma inmediata los individuos en algunas zonas, en casos muy concretos adquieren una amplitud mayor junto con alguna característica nueva que era prácticamente ajena a las unidades expresadas mediante genitivos de plural. Ello da lugar a que estas unidades aparezcan expresadas bajo el término de gentilitas. Y, yendo aún más allá en el grado de evolución y desarrollo de estas unidades parentales, algunas, incluso, preferentemente en zonas que podemos considerar como marginales dentro de la propia área indoeuropea, en las que está ausente el fenómeno urbano y son las más tardías en ser conquistadas por los romanos, pueden en algunos casos alcanzar un grado de desarrollo y evolución mayor, lo cual permite que estas unidades parentales sean denominadas con el término de gens, y que alguna sea utilizada por los romanos como base y centro político-administrativo de una civitas. Será precisamente en estas áreas donde la civitas tiene una incidencia más clara en la organización indígena debido al desarrollo alcanzado por las unidades parentales. Por otra parte, la presencia en la epígrafia de estos términos no nos sitúa irremediablemente ante una organización social gentilicia idéntica a la romana y con sus mismas características. La raíz de los términos gens y gentilitas expresan una característica común en ambos, pero no debemos olvidar que uno y otro son términos latinos aplicados a una situación que no tiene por qué ser idéntica a la realidad y acepción que tal término poseía para los romanos y que, a menudo, puede tratarse de una "interpretatio". Sucede lo mismo que con la utilización del término gens en las fuentes literarias. En el caso de Plinio, por ejemplo, sirve para referirse tanto a pueblos, como a un pueblo concreto, como a población o habitantes, país, región, nación, etc. Hay, todavía, dos aspectos que resaltan en la documentación epigráfica que es necesario señalar y que se convierten en interrogantes a resolver: 1. ¿Por qué dentro de un mismo grupo de población unos individuos hacen constar su pertenencia a una unidad organizativa indígena y otros no? 2. ¿Por qué hay ciudadanos romanos que están incluidos dentro de una unidad organizativa indígena? 1. En mi opinión, nadie ha dado hasta el momento una explicación convincente al hecho de que dentro de un mismo pueblo o grupo de población estas unidades organizativas se mencionen en el origo personal de unos individuos y no de otros. Una posibilidad es la ya apuntada por Tovar de que se tratara de grupos de población procedentes de las primeras infiltraciones indoeuropeas, afincados o arrinconados en zonas montañosas por pueblos procedentes de nuevas oleadas, aunque también podría tratarse de gentes procedentes de distintas infiltraciones. Quizá este hecho deba ponerse también en relación con el arrinconamiento que algunas de estas poblaciones, si hemos de hacer caso a los datos de los autores antiguos, sufren en época prerromana por la presión de poblaciones vecinas más poderosas o de llegada más reciente y la posterior acción de Roma, que vuelve las cosas a su posición original restituyendo a sus primeros ocupantes las tierras y las ciudades que les habían sido arrebatadas, lo que pudo traer consigo la mezcla de poblaciones a que antes nos referíamos. Esto explicaría en parte el hecho de que aparezcan en un mismo pueblo, en una misma época y en una misma zona geográfica individuos que expresan su pertenencia a una unidad organizativa indígena al lado de otros que no lo hacen. 2. La explicación para el segundo aspecto, la existencia de ciudadanos romanos que expresan su pertenencia a una unidad organizativa indígena, tiene que ver, sin duda, con el hecho de que Roma no llegó a romper le organización indígena, porque no estorbaba a su estructura político-administrativa, al no ser elementos equivalentes (al contrario de lo que sucedió, por ejemplo, con los castella-castros de Gallaecia) las unidades organizativas indígenas con una base parental y no necesariamente territorial y la civitas como unidad política básica dentro de la estructura político-administrativa romana.
contexto
Cuando en las últimas fases del relieve visigodo se han popularizado y esquematizado suficientemente los motivos de tallos vegetales, se llega a producir placas como las del cancel reutilizado en la iglesia asturiana de Santa Cristina de Pola de Lena, en las que se alterna una banda de círculos con rosetas y cruces y otra de tallos con racimos. La decoración basada en un tallo vegetal ondulado, para servir de organización al resto de los motivos, es el principio más frecuente de los relieves naturalistas visigodos. Su origen en la decoración clásica es fácil de establecer, así como que los prototipos más extendidos proceden de la adaptación de la simbología cristiana primitiva, en la que los tallos brotan de un vaso o de una crátera, concebida como fuente de la vida, a la que puedan acompañar parejas heráldicas de aves, que también beben de ella. Las ramas con tallos enlazados sirvieron también para representar el Paraíso, en el que toman formas de aves las almas de los Justos, y también por extensión vinieron a representar la Creación en su momento original, acompañados por cuadrúpedos, aves y peces o reptiles, los tres géneros de animales en la antigua concepción de la Naturaleza. Los mismos temas, elaborados en Oriente para la decoración de tejidos, llegaron en importaciones de un gusto e iconografía muy distintos, y tuvieron también una difusión muy amplia con distintas imitaciones. El roleo vegetal más clásico y sencillo es el del friso de Santa Comba de Bande, con una interpretación tan elemental que parece sacada directamente de los modelos clásicos. La crátera de la que brotan los tallos con racimos tiene su interpretación más clásica en el sarcófago de la catedral de Braga y en la tapa del sarcófago de Ithacius, en Oviedo, ambas piezas primitivas, aisladas, que indican la llegada temprana de estos repertorios hasta el noroeste de la Península. El empleo del tallo como marco de una retícula que contiene animales, cuyo modelo más reproducido es el ambón del obispo Agnellus de Rávena, de mediados del siglo VI, aparece en una placa de la iglesia de Saamasas (Lugo), al igual que en placas emeritenses. Los pavos acompañando a la crátera se ven en un relieve de la Universidad de Salamanca. Las versiones más cercanas a los modelos orientales de los animales fabulosos que adornan los tejidos, se encuentran en los relieves de Chelas, conservados en Lisboa. Tanto en Mérida como en Toledo hay placas con estilizaciones vegetales que se adaptan a repartos geométricos, como resultado del aprovechamiento de estos temas en organizaciones puramente abstractas. Las impostas de las bóvedas y los cimacios de la segunda fase decorativa de San Pedro de la Nave recogen en un arte de factura local el repertorio más amplio de tallos vegetales como símbolos del Paraíso y la Creación. En los arquillos de las ventanas menores se dan sólo motivos vegetales, pero las impostas de las bóvedas alternan racimos y aves, junto con algún rostro humano, y en los cimacios, la altura superior del friso permite incluir un mayor número de cabezas humanas que representan las almas alojadas en el Paraíso. En Santa María de Quintanilla de las Viñas se encuentra el repertorio más extenso de estos temas y el que reúne influencias más dispares. Los frisos decorados de esta iglesia ocupan tres bandas a lo largo de toda la parte oriental del crucero y de los muros exteriores de la capilla, y debía extenderse algo más a las cámaras laterales desaparecidas. El friso inferior muestra un tallo vegetal doble con nudos y pequeñas hojas salientes, que forman ondulaciones y tiene brotes abiertos para enmarcar hojas palmeadas y racimos; este friso tiene una venera marcando el centro del dintel de la puerta lateral y a él corresponden los fragmentos existentes en el Museo de Burgos, por lo que debía ser el único que abarcaba toda la fachada oriental. El friso intermedio está formado por una simplificación de los mismos tallos, que se combinan en dos ramas entrecruzadas para formar espacios circulares en los que hay aves y arbolitos; en el testero de la capilla, este friso presenta rosetas de seis pétalos y discos en los que se han grabado monogramas cruciformes, cuya interpretación resiste por el momento a las tentativas de los investigadores; hay tres discos lisos, los del lado izquierdo, al parecer preparados para otros monogramas. El friso superior ocupa exclusivamente el testero de la capilla y se organiza también con tallos sogueados entrecruzados, pero sus círculos contienen exclusivamente cuadrúpedos. La clasificación de los animales parece clara en el caso de gacelas, leones y toros; entre las aves hay perdices, faisanes, avutardas y pavos reales, pero otros resultan confusos. La decoración de los frisos de Quintanilla de las Viñas sigue el concepto tradicional de separar los géneros de animales, cuadrúpedos arriba y aves en el centro, aunque falten los peces cuya representación entre vegetales podría ser incongruente. Su realizador conoce y refleja con precisión el tema de los tallos con racimos, pero renuncia a su representación naturalista cuando necesita enmarcar animales o símbolos; en este caso, recurre a un sistema intermedio entre el tallo ondulado y los círculos sogueados, mientras que para las figuras de los animales se vale de modelos cuya aparición tan frecuente en los tejidos orientales no deja lugar a dudas sobre sus fuentes de inspiración. Es una síntesis completa de la temática ornamental visigoda, que puede situarse en el punto más evolucionado al que llegaron estas expresiones.