Sin duda, la oposición en las nacionalidades históricas tiene un peso específico en la trayectoria del antifranquismo. No se trata, no obstante, de trazar la evolución del conjunto de la oposición en zonas como Cataluña o el País Vasco sino de realizar un breve repaso de los partidos nacionalistas y de sus plataformas unitarias. Reducida la Generalitat en el exilio desde 1954 a un órgano unipersonal en la persona de Tarradellas, convertidos en partidos agrupaciones como el Movimiento Socialista de Cataluña o el Frente Nacional de Cataluña, y desaparecidas otras plataformas unitarias, hubo que esperar al final de los años cincuenta para que se produjeran nuevas tentativas unitarias y la aparición de un nuevo movimiento catalanista. Por ejemplo, en 1958, MSC, UDC y ERC constituyeron, a semejanza de la alianza general en el exilio de socialistas, democristianos, nacionalistas vascos y republicanos, un Consejo de Fuerzas Democráticas de Cataluña que no contaba con la participación del PSUC y FNC. Al margen de los cada vez más acartonadas y divididas formaciones catalanistas en el exilio, surgieron nuevas plataformas sobre todo de carácter cultural como Comunidad Catalana (1954), Asociación Democrática Popular de Cataluña (1959) y Omnium Cultural (1961). El mismo Jordi Pujol, que se había iniciado en el grupo Cristianos (luego Comunidad) de Cataluña, decidió hacer país desde empresas culturales como la Enciclopedia Catalana o un Centro de Información, descartando la promoción de partidos clandestinos. Hasta una fecha tan tardía como diciembre de 1974 no constituyó la plataforma política Convergencia Democrática de Cataluña. A la creación de este tejido cultural democrático y catalanista se sumó el auge de los movimientos sociales. De hecho, no se entiende la constitución de la Taula Rodona en 1966 sin tener en cuenta la consolidación previa del sindicato democrático estudiantil y Comisiones Obreras. Tres años más tarde, en diciembre de 1969, este rodaje permitió la aparición del Consejo de Fuerzas Políticas de Cataluña que agrupaba a los principales partidos catalanes sin exclusión de los comunistas del PSUC. La creación de una plataforma unitaria de los partidos, seis años antes que en el resto de España, fue un paso importante pero que todavía no rompía el aislamiento de las organizaciones clandestinas respecto al conjunto de la sociedad. Solamente la constitución de la Asamblea de Cataluña en noviembre de 1971 permitió la incorporación de centenares de antifranquistas sin afiliación a ningún partido. No obstante, la presencia de Comisiones Obreras, comunidades cristianas de base y asociaciones culturales y ciudadanas vertebraba a la Asamblea de Cataluña, permitiendo la salida de los estrechos límites de la clandestinidad. Las cuatro reivindicaciones mínimas de la Asamblea fueron la restauración de las libertades, el estatuto de autonomía de 1932, la amnistía y la coordinación con el resto de los pueblos ibéricos. No obstante, la estructura de la Asamblea de Cataluña terminó cediendo protagonismo en el momento de la transición a las coordinadoras de los partidos catalanistas. La historia del nacionalismo vasco durante la segunda mitad de la dictadura está marcada por el surgimiento de la organización ETA (Euzkadi Ta Askatasuna) en 1959. La literatura histórica filonacionalista ha tendido también a tomar la muerte del lehendakari José Antonio Aguirre como un símbolo del final de una época e, incluso, del fracaso de la política del PNV contra Franco. En realidad, después de la aparición de ETA nada fue igual en la historia del nacionalismo vasco pero para el PNV, el Comité Consultivo y el Gobierno vasco en el exilio la década de los sesenta no supuso un giro espectacular de su política. La crítica al PNV por el presunto españolismo de su política ya estuvo presente durante la inmediata posguerra. El tándem entre socialistas y nacionalistas vascos, establecido tras el Pacto de Bayona de 1945, permaneció prácticamente inmutable durante el resto del régimen franquista. No obstante, la desaparición no sólo de Aguirre sino de otros nacionalistas como Landáburu o de socialistas como Indalecio Prieto y Paulino Gómez Beltrán tuvo influencia en la marcha de las relaciones mutuas. Resulta excesivo acusar de inoperancia al Gobierno vasco y a los partidos históricos, si bien es cierto que el nuevo movimiento obrero y el activismo de ETA utilizaban nuevas tácticas de lucha ajenas a aquellos. La prehistoria de ETA se encuentra en el grupo EKIN surgido en el bienio de 1952-1953. Este grupo, inicialmente limitado a la reflexión política y la formación, acusaba al PNV de pasividad y españolismo. En 1956 EKIN se unificó con las juventudes del PNV pero la continua invocación al activismo causó un conflicto disciplinario con los dirigentes del partido pese a la actitud conciliadora de Aguirre. Finalmente, el 31 de julio de 1959 se consumaba la ruptura del nacionalismo con la constitución de ETA. No obstante, hasta la I Asamblea en 1962, en la que fue aprobada la declaración de principios de ETA, no concluyó el periodo de formación de este grupo nacionalista que terminaría derivando hacia el terrorismo. En realidad, el primer proyecto ideológico de ETA no difería demasiado del democristiano PNV salvo por ciertas tendencias socializantes. Hasta después de la publicación en 1963 de Vasconia. Estudio dialéctico de una nacionalidad, del intelectual vasco exiliado Federico Krutvig, no hubo una ruptura ideológica clara entre el PNV y ETA. Este fue el momento también de la división del sindicato nacionalista Solidaridad de Trabajadores Vascos (ELA-STV). De la asunción de una nueva estrategia política que pretendía la constitución de un movimiento urbano progresista, ETA evolucionó con su II Asamblea de 1964 a defender la guerra revolucionaria. Una teoría insurreccional que derivó hacia el terrorismo urbano, aunque hasta 1968 el activismo etarra no produjo su primera víctima mortal. Antes de ello ya se había producido el estallido de ETA en tres tendencias. En 1966 fue expulsado el grupo berri que, años después, daría lugar a la creación del Movimiento Comunista. Durante la celebración de la V Asamblea se produjo otra división entre el grupo Branka, en el que se encontraba parte de los fundadores de la organización que defendían postulados nacionalistas tradicionales, y el sector mayoritario, partidario de la teoría de la espiral acción-represión. Después del proceso de Burgos de 1970 un grupo de ETA se unió con la trotsquista Liga Comunista Revolucionaria.
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Los elementos radicales de la oposición fueron los republicanos, frustrados por el mantenimiento del régimen monárquico, y que trataban de aprovechar cualquier ocasión para exponer sus reivindicaciones. Una de esas ocasiones la brindó, en junio de 1832, el funeral por el general Lamarque, uno de los jefes del ejército napoleónico. La revuelta fue sofocada sin excesiva represión pero permitió, al menos, que Victor Hugo la inmortalizase en Los Miserables (1862). El acontecimiento sirvió, por lo demás, para advertir a algunos liberales de los peligros de la democracia radical, tal como expresó claramente Alexis de Tocqueville al publicar La democracia en América (1835).La prensa tuvo un notable papel en la difusión de este ideal. Le National se había hecho republicano desde comienzos de 1832, tras la separación de Armand Carrel, que había sido uno de los fundadores. En ese periódico tendrían acogida las voces más templadas del republicanismo, como Garnier-Pagés o Arago. Por el contrario, los republicanos con una mayor preocupación por la cuestión social (A. A. Ledru-Rollin, F. Flocon, Louis Blanc) encontraron acogida en La Réforme. Otro destacado título republicano, La Tribune, de Armand Marrast, había desaparecido en 1835, como consecuencia de la represión gubernamental. Las dificultades experimentadas por las clases trabajadoras les hizo especialmente receptivos a la propaganda republicana. Un sector de ellos, los trabajadores de la seda (canuts) de Lyon se sublevaron en noviembre de 1831 para reclamar trabajo. El gobierno, deseoso de dar muestras de firmeza, envió al Ejército, comandado por Soult, que realizó una dura represión.Propagandistas de las teorías sociales, como Auguste Blanqui, organizaron sociedades casi secretas de agitación, como la Sociedad de los Derechos del Hombre, creada en 1832, y animaron agitaciones como las de los trabajadores de la seda de Lyon, en 1834, e inspiraron atentados como el que sufrió Luis Felipe en julio de 1835. Más adelante, en mayo de 1839, la Sociedad de las Estaciones, creada también por Blanqui, intentó un golpe de Estado en París, que llevó a su inspirador a la cárcel.Esta propaganda revolucionaria estaba ya muy atenuada a la altura de 1840, a medida que remitía la amenaza de las clases trabajadoras, que abandonaron paulatinamente el asociacionismo reivindicativo y se orientaron hacia fines puramente asistenciales. El programa republicano se enriqueció con elementos socialistas, que le distanciaban de su origen liberal. Experimentaron también entonces alguna boga las ideas de Saint-Simon, o las de Pierre-Joseph-Benjamin Buchez, que trataba de impregnar el catolicismo con los principios de la democracia y el socialismo, y que defendía las condiciones de contratación de los obreros desde el periódico L´Atelier, fundado en 1840 por Anthine Corbon. Otro periodista, Pierre Leroux, que editaba Le Globe, desarrollaba un concepto de fraternidad en el que trataba de hacer coincidir las posiciones de cristianos, republicanos y socialistas. Flora Tristán proponía que los trabajadores crearan palacios del trabajo en los que habría escuelas, centros para estudio de adultos, hospitales y residencias para ancianos. El periodista e historiador Louis Blanc sugería en 1839 (L´Organisation du travail) que el trabajo debería ser organizado a través de talleres sociales, impulsados por el Estado, y con beneficios distribuidos igualitariamente entre los trabajadores.Por su parte, Pierre-Joseph Proudhon, el único teórico socialista de origen proletario, reclamó la destrucción del Estado y de Dios, así como la abolición de la propiedad de los instrumentos de producción (Qu´est-ce que la proprieté, 1840). Trataba de superar la explotación a través del mutualismo y del libre crédito, pero fue la ausencia de ese libre crédito la que lo hacía imposible. Pese a sus iniciales buenas relaciones con Marx, terminaría por atraerse las criticas de éste, que le calificó de pequeño burgués. Desde la dirección del periódico Le Peuple participó en la batalla política que condujo a los acontecimientos revolucionarios de 1848.El régimen también tuvo una oposición desde la derecha. Los legitimistas (antiguos ultras) estaban sin dirección como consecuencia del alejamiento de Carlos X en Carlsbad y la abdicación de su primer hijo, el duque de Angulema. El conde de Chambord, hijo póstumo del asesinado duque de Berry, contaba con diez años en el momento de la revolución de 1830 y era sólo un peligro potencial. Por otra parte, la vieja nobleza, que se resistía a prestar juramento de fidelidad al nuevo monarca, prefirió refugiarse en una especie de exilio interior en sus posesiones rurales o limitarse a la vida cultural (Academia) o actividades sociales al margen de la nueva clase dirigente, a la que descalificaban permanentemente. Su órgano de expresión era el periódico La Quotidienne. En esas condiciones no resultaba extraño que fracasara el golpe montado en abril y mayo de 1832 por la duquesa de Berry, que desembarcó en Provenza, a la vez que parte de la población campesina se sublevó en la región de la Vendée. El arresto de la duquesa, a finales de año, tuvo como objetivo desalentar a la oposición monárquica.A partir de entonces tuvieron una escasa presencia en la vida política pero, como ha sugerido Furet, mantuvieron una fuerte influencia en la vida local, sobre la que tenían un gran ascendiente. Los diversos complots que se sucedieron en los años siguientes fueron, sobre todo, la obra de una minoría exaltada y la policía los desarticuló sin excesivas dificultades. Más importancia tuvieron algunos grupos renovadores como el de la Montaña Blanca, organizado después de 1840 en torno al abate de Genoude, y la Gazette de France, que preconizaba una Monarquía popular, con sufragio universal, y que no descartaba la posibilidad de una alianza con los republicanos, o los que manifestaban preocupaciones sociales (Armand de Melun) y presentaban a la Monarquía legítima como la mejor garantía contra los abusos que los obreros tenían que sufrir como consecuencia de la alianza de política y negocios que había traído el orleanismo. La oposición al régimen también fue animada por Luis Napoléon Bonaparte, hijo de Luis y de Hortensia Beauharnais, que se había proclamado heredero de los derechos de su tío y que intentó insurrecciones en Estrasburgo (octubre de 1836) y Boulogne (agosto de 1840). El bonapartismo contaba con la vigencia de la leyenda napoleónica, de la que Luis Felipe también intentó beneficiarse con el retorno de las cenizas de Napoleón desde Santa Helena, en 1840, para ser depositadas en los Inválidos. Sin embargo, Luis Felipe supo integrar a algunos de los antiguos colaboradores del imperio, que se mantuvieron al margen de las aspiraciones de este pretendiente. En su conjunto, ninguna de estas oposiciones parecía excesivamente peligrosa, y sólo la republicana parecía capaz de alterar desde dentro las condiciones de la vida política.
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La presión ejercida desde Francia y apoyada por la presencia del ejército galo de ocupación que se hallaba repartido por varias guarniciones en España, precisamente para garantizar que no se cometieran excesos por parte de la Monarquía absoluta y, por otra parte, el contrapeso que significaba la actuación de Cea desde la Secretaría de Estado, acabaron con el fracaso de la línea seguida por Aymerich y González, que fueron apartados de sus respectivos cargos. A partir de ese momento se encresparía la oposición de los realistas más exaltados. La oposición ultra, que había dado muestras de su existencia desde 1824 con la tentativa de insurrección de Capapé, volvería a señalarse con la revuelta de Bessiéres en agosto de 1825. En realidad, el origen de esta oposición hay que buscarlo en las sociedades secretas como la Junta Apostólica o el Angel Exterminador, creadas en 1823. Estas sociedades tenían como base ideológica la contrarrevolución y como propuestas inmediatas el restablecimiento de la Inquisición y la exclusión de los liberales de la sociedad. Sus propósitos fueron recogidos en un folleto titulado Españoles: Unión y Alerta, cuyos primeros ejemplares fueron repartidos en septiembre de 1824 y que alcanzaron una notable difusión a comienzos de 1825. Aunque se descubrieron varias intentonas de estos elementos para tratar de imponer sus fines, nunca pudo llegarse al fondo de su trama, pues a pesar de que se cuestionaba la legitimidad de Fernando VII, en cuanto se mencionaba a don Carlos, el hermano del rey, la investigación se detenía. El mes de junio había visto aumentar los descontentos de los medios ultras con las destituciones del ministro de la guerra Aymerich y del superintendente de la policía, Mariano Rufino González. Ambos habían sido sustituidos respectivamente por dos moderados como eran Miguel de Ibarrola, marqués de Zambrano y Juan José Recacho. El teniente general Blas Fournás fue también sustituido al mando de la Guardia Real por el Conde de España quien, a pesar de haber aceptado en su momento la Constitución, se había ganado posteriormente la confianza de Fernando VII. Esta renovación de algunos cargos importantes fue considerada como un apoyo del rey a la línea de los realistas moderados y aceleró los preparativos de los conspiradores ultras. Estos llegaron a constituirse verdaderamente en una oposición interna que causaría tantos o más problemas que la oposición que planteaban los liberales desde el exilio. La conspiración de Jorge Bessiéres ha sido estudiada por Alonso Tejada a partir de los documentos de la Superintendencia de la policía. Bessiéres era un militar de origen francés, que después de haberse pasado al lado español durante la guerra de la Independencia, había cambiado el republicanismo en el que militó durante el Trienio por la oposición ultraconservadora en esta última etapa del reinado de Fernando VII. Como los participantes en el complot de Capapé no habían podido ser capturados, Cea Bermúdez esperaba el estallido de una nueva traición para poder arrestar a los culpables. Esta nueva intentona estaría protagonizada por este curioso personaje. La tipología de esta conspiración no difiere mucho de las que intentaron los liberales durante la primera etapa del reinado. Bessiéres, que era el brazo armado de la conjura, se lanzó prematuramente a la calle en Getafe el 15 de agosto con varias compañías del regimiento de caballería de Santiago. Los levantamientos que debían secundarlo en las provincias no se produjeron y Bessiéres fue arrestado y fusilado el 26 de agosto. Este episodio desencadenó una serie de destituciones y de cambios en la administración. El general Chaperón, Jefe de la Comisión Militar de Madrid, fue destinado a Cáceres y el canónigo y Consejero de Estado, Rojas Queipo, fue enviado a Córdoba. Junto con ellos, otros altos funcionarios fueron cesados en sus puestos. La necesidad de tomar otras medidas para evitar nuevas dificultades llevó al gobierno a la creación de un organismo consultivo que sirviese de ayuda al Consejo de Ministros. De esa forma nació el 13 de septiembre de 1825 la Junta Consultiva de Gobierno. Pero su existencia fue muy efímera, ya que fue disuelta el 28 de diciembre siguiente y su fracaso afectó de tal manera al propio Consejo de Ministros que éste dejó de reunirse a partir de esa fecha durante unos meses. El 24 de octubre de 1825 Cea Bermúdez fue sustituido por el duque del Infantado. El cambio parecía representar un nuevo giro hacia el absolutismo, ya que Infantado se había distinguido siempre por su firme defensa de la soberanía absoluta de Fernando VII. Aunque no era un hombre de una gran capacidad como gobernante, había ocupado la presidencia de la Regencia instaurada por el duque de Angulema cuando las tropas francesas entraron en Madrid. También había sido presidente del Consejo de Castilla y consejero de Estado en la primera etapa absolutista de Fernando VII. A él se le atribuye precisamente la recuperación de las prerrogativas del Consejo de Estado a raíz de la supresión temporal del Consejo de Ministros. El reglamento que se aprobó el 6 de enero de 1826 establecía que el Consejo de Estado debía reunirse diariamente y que serían de su competencia todos aquellos asuntos graves de cualquiera de las secretarías de Estado. En definitiva, se trataba de una muestra de oposición al despotismo ministerial que, a su vez, era heredera de la actitud del partido aristocrático surgido en la España de finales del siglo XVIII. Sin embargo, la reforma iba a durar poco tiempo. La incompetencia de los miembros del Consejo de Estado y la intransigencia de la mayor parte de ellos iba a poner claramente de manifiesto la dificultad que dicha reforma suponía para el propio funcionamiento del Estado. Los ministros López Ballesteros, Zambrano y Salazar denunciaron la falta de cohesión en la acción gubernamental y la dificultad que suponía la necesidad de dar cuenta de todas las decisiones al Consejo. En agosto de 1826 se restableció en Consejo de Ministros y el duque del Infantado fue cesado en sus funciones ese mismo mes. Le sustituyó Manuel González Salmón.
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La oración, o salat, es el segundo de los cinco ritos fundamentales del islam. Según la tradición, la oración debe ser efectuada al menos cinco veces al día, aunque no siempre ha sido así. En el periodo de estancia de Muhammad en La Meca eran dos las oraciones obligatorias, añadiéndose una tercera tras la hégira a Medina. Finalmente, se prescribieron las cinco oraciones que se conocen en la actualidad, aunque realmente no se sabe cuándo se produjo este hecho. Una tradición cuenta que cuando el Profeta subió al cielo en el llamado mirag o isra, le fue ordenado por Dios que a partir de entonces se rezase cincuenta veces al día. Sin embargo, Muhammad, aconsejado por Moisés, regateó esta cantidad hasta conseguir dejarla en cinco. Las cinco oraciones diarias han de ser realizadas en momentos fijos, regulados por los movimientos del Sol, tras realizarse la llamada a los fieles. La oración de la mañana (fagr o subh) debe ser realizada entre el alba y la salida del Sol; la del mediodía (zuhr), entre el mediodía y la mitad del tiempo que hay entre el mediodía y el ocaso; la oración de la tarde (asr) ha de hacerse en la franja que va entre media tarde y la puesta del Sol; la de la puesta del Sol (magrib), debe ser hecha antes de que desaparezca la luz en el horizonte; el último rezo, el de la noche (isa), ha de hacerse en el tiempo que va desde la desaparición de la luz del día hasta el alba. Las cinco oraciones regulan la vida cotidiana de todas las poblaciones y barrios. El lugar donde desempeñar el rezo puede ser cualquiera, siempre y cuando sea considerado digno, excluyéndose sitios como letrinas, mataderos, etc. Se recomienda a los musulmanes varones congregarse en la mezquita para rezar, pero esto es sólo preceptivo para la oración del mediodía del viernes, que debe realizarse en la mezquita principal, llamada masgidu l-gami o mezquita aljama. El viernes, día sagrado musulmán, la oración está dirigida por un predicador (hatib) desde el minbar, dirigiendo una alocución (hutbah) a los fieles, que escuchan de pie y alineados en frente. El sermón, en lengua árabe y en la propia de cada país, consiste habitualmente en un comentario acerca de alguna cuestión religiosa o social concreta, o bien la discusión de uno o varios versículos del Corán. El comentario comienza siempre con una alabanza a Dios, con un recuerdo al Profeta, pronunciando el nombre del gobernante del país en ese momento y la recitación de un pasaje coránico. Le siguen después diferentes tipos de oración, menos regulados, si bien existen guías que ayudan a los predicadores para pronunciar los sermones. Otras oraciones importantes son las que se producen en momentos destacados para la vida del individuo o de la comunidad, como cuando se produce una defunción, un eclipse, un gran peligro o las dos fiestas más importantes del islam. Estos rezos suelen convocar a numerosos fieles, debiendo realizar al aire libre en un amplio espacio llamado musal-la y entre la salida del Sol y el mediodía. La oración se inicia con el takbir (Allahu Akbar, Dios es el más grande) y recitando la fatihah, primera sura del Corán: "En el nombre de Dios, el Clemente y el Misericordioso. Albado sea Dios, Señor del universo, el Clemente, el Misericordioso. Soberano del día del Juicio. Sólo a Ti te servimos y sólo a Ti te imploramos ayuda. Guíanos por el camino recto, por el camino de los que Tú has favorecido y no por el de aquellos que te han ofendido, ni por el de los descarriados". La plegaria debe ser dirigida por un imán situado en la primera fila. Frente a él los fieles pueden seguir sus movimientos, estando orientados hacia La Meca. Esta dirección, alquibla, aparece indicada en las mezquitas por una decoración especial en la pared, llamada mihrab. A la entrada en la mezquita los fieles deben descalzarse, dejando su calzado a resguardo en un lugar específico. El suelo de las mezquitas está cubierto generalmente por una alfombra (saggadah), un aislante tanto físico como espiritual. Los movimientos que ha de realizar el fiel están perfectamente estipulados, debiendo adoptar sucesivamente cuatro posturas físicas: ponerse de pie, inclinarse, postrarse y sentarse. Cada ciclo es llamado rakat, variando el número de ciclos en función de la oración que se lleva a cabo. El rezo concluye con el taslim, la pronunciación de la frase: "Que la paz sea contigo, así como la misericordia y la bendición de Dios", una oración que está dedicada a todos los musulmanes y, según algunas interpretaciones, a los ángeles que se hallan posados sobre los hombros del creyente.
obra
La iluminación nocturna empleada por Tintoretto se convierte en la protagonista de este lienzo situado en las paredes laterales de la Sala Superior de la Scuola Grande di San Rocco. En la parte superior de la composición se halla Cristo, envuelto en un rojizo manto y en una posición encorvada para reforzar su sufrimiento anterior a la muerte. Recibe el anuncio del ángel que llega desde la derecha, envuelto en una aureola mística que se refleja en los arbustos del huerto en el que medita el Salvador. La misma luz sobrenatural es la que ilumina a los tres apóstoles que se sitúan en la zona inferior de la escena, dos de ellos aún dormidos mientras que el tercero se despereza. También el cortejo armado del fondo recibe la intensa luz que despide el ángel. De esta manera, la iluminación como medio expresivo en la pintura de Tintoretto alcanza uno de sus momentos más álgidos. Las pinceladas son rápidas y certeras, recordando en algunas zonas a la pintura de El Greco -no olvidemos que el pintor cretense se formó en Venecia-.
contexto
Al lado de las estatuas de guerreros galaicos y las pedras formosas aparece la orfebrería, como la muestra más rica y llamativa del arte de los habitantes de los castros galaicos. Así como en el ámbito de la escultura no parece haber duda en su atribución a la época romana, en lo referente a las joyas no podemos estar tan seguros. Por una parte, hay una larga tradición, comenzada en la Edad del Bronce, que dejó conjuntos tan importantes e ilustrativos en cuanto a técnica, diseño y belleza, como el de Caldas de Reis. Por otro lado, la falta de contexto arqueológico en la inmensa mayoría de los objetos conservados impide asociar las piezas con otras que pudieran proporcionar cronologías aunque sólo fuesen aproximadas. Muy pocos son los casos en los que alguna joya castreña proceda de la excavación científica de un yacimiento, lo que es una dificultad añadida para su datación. El hecho de que contemos en el Noroeste con piezas de tanta calidad y que sean objetos de adorno, debe hacernos pensar en sus destinatarios, en las personas que dentro de la organización política de Galicia tendrían el poder en cualquiera de sus facetas. Son, por tanto, piezas destinadas al disfrute, exhibición y muestra del poderío de los que en la sociedad castreña dominaban en cualquiera de los ámbitos político, económico o religioso. Los estudios sobre la orfebrería castreña son muy abundantes y tempranos en cuanto al análisis de hallazgos pero no ocurre así en lo referente a obras de conjunto .De todas formas hay etapas importantes en la investigación, protagonizadas por Villamil y Castro, Cardozo, Monteagudo y, singularmente, por López Cuevillas y Blanco Freijeiro como máximos exponentes de un estudio global a los que seguirían posteriormente Castro Pérez, con una visión más histórica, Pérez Outeiriño, iniciando con las arracadas una larga serie de trabajos, y Hartmann para la analítica. La tipología de las joyas castreñas en las que el oro es el material por excelencia, es muy variada, comprendiendo torques, diademas, arracadas, brazaletes y otros objetos diversos. Para una mayor claridad conviene analizar por grupos los tipos más representativos de esta orfebrería. En primer lugar, los torques, que son los más abundantes en el Noroeste, ya que pasan de un centenar las piezas conocidas y que poseen características muy diversas entre sí, diferenciándose en los tipos de remate (perilla, doble escocia, troncocónico...) en la varilla (lisa o decorada) que puede ser de sección circular, cuadrada o romboidal. En función de todos estos aspectos, diversos autores definieron tipos alusivos, tanto a la zona geográfica de los hallazgos como a algunas características de las piezas. Los últimos trabajos de Pérez Outeiriño reducen los tipos considerados en publicaciones anteriores, estableciendo de acuerdo con las características arriba apuntadas, los siguientes: 1. Artabro. Esencialmente localizado en la parte norte de Galicia. Poseen una varilla con alambres enrollados y tienen los remates en forma de perilla. 2. Astur-norgalaico. La varilla tiene las mismas características que en el caso anterior pero los remates son en doble escocia. El área geográfica en la que aparece es el Norte gallego y Asturias. 3. NororientaL-galaico. La sección de la varilla, no decorada, es cuadrangular y los remates son en perilla. Corresponde este tipo a la parte oriental de la Galicia actual. 4. Flaviense. Tipo propio del ámbito territorial de Aquae Flaviae (Chaves) y consistente en una varilla de sección cuadrada o romboidal con remates en doble escocia. 5. De campánula. Lo característico de este tipo no es la varilla sino los remates en forma de campana que pueden estar decorados. Su distribución geográfica corresponde al norte de Portugal. Estos torques, que pueden alcanzar pesos considerables, como el de Burela de 1.812 gramos o el de Recadeira de 1.450 gramos, suelen ir profusamente decorados bien sea en las varillas o bien en los remates. Los motivos traslucen una influencia hallstáttica combinada, como en otras piezas, con elementos mediterráneos, como muy bien vio Blanco. Aparte de las piezas de orfebrería, son conocidos los torques por su representación en muchas muestras de la escultura del Noroeste como en los ejemplares de Logrosa, citados anteriormente, en alguna escultura de guerrero y en las estatuas sedentes de Xinzo, también de época romana. En el caso de las arracadas hay que acudir a la obra de Pérez Outeiriño, ya que hallazgos posteriores a su publicación no alteran sustancialmente lo que este autor dejó establecido. Está claro que estas piezas son objetos de clara tradición meridional destinados a ser colgados de las orejas como adornos. Existen tres tipos claros establecidos en función de las características de las piezas. El primero está formado por los que tienen forma amorcillada y laberinto, careciendo de parte colgante. Es el caso de las procedentes de los Castros de Recouso, Viladonga y Bedoia. El segundo lleva un colgante triangular y cuerpo redondo. Tal es el caso de las de Afife y Estela, en Portugal, y Vilar de Santos, O Irixo, Cances y A Grada, en Galicia. El tercer tipo lleva un colgante volumétrico, como las de Briteiros. La decoración de estas arracadas es muy variada, existiendo en ellos motivos ornitomorfos, geométricos, etcétera. Las diademas son, por el momento, piezas propias y exclusivas del ámbito norteño de la cultura castreña. Resultan muy importantes porque aportan aspectos muy interesantes para poder conocer la iconografía de la época. La más conocida es la que siempre se consideró de Ribadeo, repartida entre el Museo Arqueológico Nacional, el Instituto Valencia de Don Juan de Madrid y el Museo de Saint-Germain-en-Laye y que hoy parece que procede de San Martín de Oscos, lo que no afecta nada para el ámbito geográfico de su aparición. La representación de jinetes armados, pájaros y diversos animales en cortejo es algo singular dentro de la orfebrería castreña. Otras piezas importantes son las procedentes de Elviña y la que formaba parte del Tesoro Bedoia. Los collares son poco abundantes, pero hay algunas piezas muy llamativas como el que forma parte del tesoro encontrado en Elviña (La Coruña) formado por cuentas bitroncocónicas y el de Estela (Povos de Varzim) de mucha mayor complejidad. En ambos casos están presentes las influencias mediterráneas. Los brazaletes son piezas muy representativas de la orfebrería castreña, por la rica decoración que algunos poseen. Una muestra clara la tenemos en Lebuçao. Hay otro tipo de objetos de carácter ornamental compuesto por un escaso número que sirven para testimoniar la gran riqueza de la orfebrería galaica: amuletos, adornos para el cabello, etcétera. En conclusión, dentro de este apartado vemos que existe un gran número de piezas de adorno aparecidas en castros, de los que muy pocas son procedentes de excavación, que revelan una gran riqueza en la elaboración aurífera galaica. Ya aludíamos antes a la cronología, aspecto dificultado por la carencia de contexto, pero no parece haber duda de tratarse de una producción tardía dentro del mundo castreño. No se puede precisar mucho más por no contar con datos suficientes. Más evidente es que en la orfebrería del Noroeste hispánico encontramos el resultado final de la tradición indígena de los habitantes de la Edad del Bronce, las influencias centroeuropeas y las meridionales.
contexto
Gracias a los hipogeos descubiertos en la necrópolis real, conocemos en una mínima parte la orfebrería eblaíta de su fase paleosiriana. En la inviolada Tumba de la Princesa, como señala P. Matthiae y sintetiza F. Pinnock, se halló el aderezo de una importante mujer, consistente en seis brazaletes de oro, de torsión, un collar con pequeñas perlas ovaladas, con una placa central de oro y lapislázuli, un anillo nasal de oro decorado con granulación y un alfiler, también del mismo metal, con cabeza en forma de estrella. Estas joyas contienen, obviamente, elementos comparables a otras de la propia zona siria (Biblos, Ugarit) y palestina (Tell el-Addjul). Mayor variedad tipológica presentan las joyas de la Tumba del Señor de las cabras, que fue lamentablemente saqueada, según ha revelado la dispersión de las osamentas y los ajuares funerarios. Además de unas bandas de oro, lisas, hilos y botones del mismo metal, han sido localizadas variadas joyas -que se dejaron los ladrones- entre las que cabe citar un colgante de lapislázuli en forma de águila de oro, con ojos incrustados, un collar con dos colgantes en forma de bellota, y otro con tres elementos discoidales e idéntica decoración floral, a base de granulado (con paralelos en distintos puntos de Mesopotamia), dos pendientes en oro y pedrería de variada tipología, numerosas cuentas de collar de diversa factura, una lámina circular toda de oro -de diseño geométrico y aplicación de pasta vítrea-, así como una copa de plata con dos manos situadas sobre el borde para sostener las asas, con la inscripción del nombre Immeya, tal vez el del difunto. No menos interesantes son también unos cuantos objetos de la orfebrería egipcia aparecidos en esta tumba principesca: se trata de algunas perlas, un broche en forma de loto con incrustaciones vítreas, un anillo de oro con motivos florales que encierran un pequeño escarabeo de pasta vítrea y dos mazas de ceremonia, de tipo piriforme, de caliza, aunque con mango de hueso adornado con metales nobles, regalo de la corte faraónica al que fuera Señor de las cabras, sin duda algún rey eblaíta. Una de ellas interesa sobre todo por su cilindro de plata con aplicaciones de oro, en el cual aparece un cartucho, adorado por dos cinocéfalos, en el que se halla escrito el nombre del faraón Hetepibre, uno de los de la titulatura oficial de Hamejheryotef, oscuro rey de la XIII dinastía, que reinó entre el 1770 y el 1760 a. C. Esta pieza (hoy en el Museo de Aleppo), además de datar la tumba en cuestión, pone de relieve las relaciones que existían entre Egipto y Ebla durante el siglo XVIII a. C., además de confirmar la suposición que se tenía de que Hetepibre, que en su titulatura se hizo llamar "hijo del asiático", fuese originariamente un príncipe sirio, vinculado de alguna manera a Ebla. Otra maza egipcia, tal vez de la XII dinastía, apareció en la Tumba de las cisternas; adornada con una plaquita de plata recubierta con una lámina de oro.
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La orfebrería es otro de los importantes capítulos del arte Moche. Las evidencias más tempranas del trabajo de los metales se remontan en Perú (y en toda América) al 1500 a. C. y proceden del yacimiento de Waywaka, en la región de Andahuaylas, en la sierra sur, en forma de minúsculos trocitos de oro laminado. En Chavín el trabajo del metal se encuentra ya plenamente desarrollado trabajándose en oro una serie de objetos con la técnica del martillado y del repujado, y recogiéndose los elementos de la iconografía tradicional. En Paracas-Nazca la orfebrería es poco compleja, destacando sobre todo la elaboración de objetos hechos con placas recortadas y repujadas, siendo muy características las formas de plumas y unas grandes narigueras figurando barbas o bigotes de felinos. La orfebrería Moche tiene una estética mucho más escultórica y una serie de importantes logros técnicos, como el trabajo de la plata, la fundición a la cera perdida y la maestría en los trabajos de martillado y repujado. La iconografía es la tradicional, dominando los temas de aves y felinos plasmados en una estética de grandes planos y de expresión poderosa. Entre los objetos son típicos las máscaras de difuntos, los grandes adornos para la cabeza en forma de mascarones frontales, pero también delicados trabajos de incrustaciones de turquesas y otras piedras en orejeras circulares con representaciones de guerreros, que se enriquecen con la adición de bolillas de oro. Es frecuente la asociación de la orfebrería con los enterramientos. Aunque prácticamente la totalidad han sido saqueados, siendo el fantástico ajuar del Señor de Sipán una buena muestra.
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El término Quimbaya plantea una serie de problemas ya que se usa para designar un amplio muestrario de objetos de oro y cerámica procedentes del Valle del Cauca en la Cordillera Central colombiana, especialmente para ciertas cerámicas decoradas con pintura negativa. Pero también designa a un grupo histórico existente a la llegada de los españoles, y no está comprobada su conexión con los materiales arqueológicos. Faltan casi totalmente estudios estratigráficos para poder establecer una secuencia cultural y fijar una cronología absoluta o relativa, y determinar también los contactos con otros complejos culturales colombianos y americanos. El saqueo sistemático, incluso desde el siglo XVI, de los yacimientos y tumbas de la región es uno de los principales problemas con el que se enfrentan los arqueólogos y la causa principal de las lagunas anteriormente reseñadas. El grupo Quimbaya se localiza en la región de Quindío, ocupando la mayor parte de los Departamentos de Caldas, Quindío y Risaralda. Por encima de los 100 metros de altitud, su clima templado y húmedo era favorable para las prácticas agrícolas. La abundante y variada fauna, importante fuente de alimento, fue también objeto frecuente de representación en cerámica y orfebrería. Los abundantes bosques suministraban madera para las construcciones y habitaciones que no se han conservado. La casi totalidad de las obras de arte de orfebrería y cerámica proceden de tumbas de gran variedad, saqueadas sistemáticamente. Las hay de planta rectangular, desde una simple sepultura con ofrendas de cerámica, pasando por la adición de una cámara lateral, hasta ricas y complejas sepulturas, a las que se desciende por escaleras labradas o fosos rectangulares y que incluso se revisten de lajas de piedra. En este último caso los cadáveres se encuentran cubiertos de adornos y hay ricas ofrendas de cerámica, orfebrería y joyería; se trata indudablemente de personajes importantes. Las tumbas de pozo varían desde un hoyo con el cadáver empotrado verticalmente en el fondo, hasta las tumbas de tiro, con cámara lateral que puede complicarse con una columna labrada en el mismo terreno o tener una tumba secundaria, generalmente muy rica, a la que se desciende desde la primera cámara. Las Quimbayas y sus vecinos desarrollaron una de las más avanzadas orfebrerías de todo el mundo prehispánico, tanto técnica como artísticamente. Los Quimbayas históricos utilizaron el oro de filones auríferos practicando galerías inclinadas, tan estrechas que sólo un hombre podía descender por ellas; era un trabajo reservado a los esclavos. Y utilizaron también el oro aluvial. Aunque también usaron el cobre, el material más utilizado fue la tumbaga con un bajo contenido de oro, un 30 por 100, dorando después la superficie. Entre las herramientas para el trabajo del metal se cuentan agujas, cinceles, espátulas, cuchillos, grapas, botadores y buriles, así como sopletes de arcilla y crisoles de piedra o de arcilla refractaria. La variedad de técnicas conocidas fue asombrosa: fundición en molde abierto para pequeños objetos macizos; fundición a la cera perdida para ejemplares huecos y para añadir adornos a la figura principal; repujado y martillado, laminado... Otras técnicas secundarias y utilizadas sobre todo para decoración fueron el hilo fundido, la falsa filigrana, el recorte, el calado, la incisión, la aplicación engarzada y engastada. Aunque conocieron el sistema de soldadura, generalmente usaban el procedimiento del vaciado a la cera, que constituía una especie de soldadura indirecta. Algunos objetos fueron fabricados con oro metálico, en gránulos finos, o simples cristales reducidos de una solución aurífera, en forma de oro precipitado. El oro en este estado y mezclado con una sustancia plástica y aglutinante, se puede trabajar, humedecido como si fuera arcilla, directamente con las manos. Posteriormente se puede hacer tan consistente como se desee con un calentamiento proporcional hasta darle aspecto de oro fundido y de hecho se han confundido los objetos realizados de este modo con los vaciados a la cera. Las obras más antiguas de orfebrería Quimbaya pueden remontarse al 400-500 d. C. y entre ellas las mejores se encuentran en una colección descubierta en 1891, en unas tumbas del distrito de Finlandia, parte de la cual se encuentra en el Museo de América de Madrid. Fue regalada al gobierno español en 1892 con ocasión de la celebración del IV Centenario del descubrimiento de América y es conocida vulgarmente con el nombre de Tesoro de los Quimbayas. Entre las representaciones más comunes se encuentran las figuras humanas, de gran interés etnográfico, que parecen representar personajes de alto rango. Son hombres y mujeres, de pie o sentados, desnudos, pero con gran cantidad de adornos en forma de diademas, narigueras y orejeras de formas diversas, collares y bandas en los tobillos y bajo las rodillas y en las manos, elementos rematados en formas espirales o los objetos utilizados para el consumo de la coca. Abundan las narigueras de formas variadas, anulares, de media luna, triangulares, laminadas o claveteadas, y unas en forma de clavo torcido o torzales, de interés porque parecen corresponder a las últimas fases del desarrollo cultural quimbaya. Hay también pectorales, pinzas de depilar en forma de conchas de almeja, mascarillas, cucharas, recipientes de formas varias y pequeños insectos que constituyen cuentas de collar. También se representan armadillos, aves, peces, tortugas...
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La máquina administrativa indiana constaba de dos elementos sincronizados en la Península y América. El primero estaba formado por cuatro instituciones que fueron el Consejo de Indias, la Casa de la Contratación, la junta de Guerra de Indias y la Cámara de Indias. La Casa fue fundada por los Reyes Católicos en 1503. A los tres cargos iniciales de tesorero, contador y fiscal se añadió en 1579 el de Presidente. La posterior corrupción administrativa hizo que proliferaran los oficios inútiles. En 1632 se llegó a otorgar el de contador por juro de heredad y con derecho a integrarlo como parte de un mayorazgo. En 1687 la Casa tenía 110 funcionarios y empleados. El Consejo de Indias se creó en 1523 por Carlos I. Tuvo una gran importancia en la época de Felipe II y más durante los gobiernos siguientes, cuando gobernó prácticamente en solitario, ya que los monarcas se limitaban a firmar las resoluciones que les pasaba dicho Consejo. Sufrió igualmente la psicosis de creación y venta de cargos. La Junta de Guerra de Indias se estableció, en 1597, para hacer frente a los problemas defensivos originados por el ataque de la piratería y del corso y se formó con dos miembros del Consejo de Indias y otros dos del Consejo de Guerra. Finalmente, la Cámara de Indias se fundó igualmente en 1600, suprimiéndose nueve años después y reabriéndose en 1644. Integrada igualmente por consejeros, se ocupaba de las mercedes reales y de proponer candidatos para los cargos civiles y eclesiásticos. En cuanto al aparato administrativo propiamente indiano, fue fruto de la necesidad. Tras el fracaso de los funcionarios improvisados (los conquistadores) se recurrió a profesionales y, finalmente, a la especialización. Solamente los altos funcionarios, como los virreyes, siguieron detentando en sus manos una administración indiscriminada de gobierno, economía, justicia, milicia y religión. Un fenómeno extraño fue la intrusión de los religiosos en la administración pública (nunca fue al revés), nombrándose virreyes o presidentes a algunos arzobispos y obispos. Las principales instituciones indianas de gobierno fueron el virreinato, la gobernación, la audiencia y el cabildo. El virreinato indiano fue creado en México el año 1535. Le siguió el del Perú, instituido en 1542 por las Leyes Nuevas. El primero comprendía México, las Antillas, Centroamérica y Venezuela y el segundo, todo lo demás. No hubo más que estos dos virreinatos hasta el siglo XVIII. El virrey era el representante directo de la persona del Rey, pero sólo durante el período de su mandato, cuatro años, a veces prorrogables. No fue raro que, tras un buen gobierno virreinal en México, se le concediera el mismo cargo en el Perú. Para el mejor ejercicio de su oficio, el Virrey tuvo en sus manos todos los poderes, que le fueron agregados con sus cargos correspondientes. Así, aparte de Gobernador del territorio donde estaba la sede virreinal (México o Perú) fue nombrado Capitán General o máxima autoridad militar, Presidente de la Audiencia donde residía (México o Lima), Superintendente de la Real Hacienda, y Vicepatrono de la Iglesia de su jurisdicción. Intervenía, así, en todo: desde sojuzgar rebeliones hasta defender las costas, pasando por expulsar a los extranjeros que ponían en peligro la Fe. Especialmente debían controlar a los criollos, que representaban un peligro para la dependencia colonial, a causa de su enorme poder económico y su gran prestigio social. Crearon para ello unas pequeñas cortes, en las que trataron de domesticarles como cortesanos, y con poco éxito, por cierto. El virrey se nombraba por lo común entre la alta clase nobiliaria, que ofrecía la ventaja de su fidelidad inquebrantable al rey, su experiencia en cargos de gobierno y su gran poder económico (en la Península) que lo salvaguardaba frente a sobornos y malversaciones. Pese a esto, algunos virreyes promovieron episodios escandalosos de corrupción. Las gobernaciones fueron unidades administrativas de carácter regional equivalentes a provincias. Generalmente estaban subordinadas a uno de los dos virreinatos, aunque algunas de ellas gozaban de enorme autonomía a causa de las difíciles comunicaciones existentes con la capital virreinal, como el Nuevo Reino de Granada, Guatemala, el Río de la Plata, Venezuela y Chile. Los Gobernadores tenían frecuentemente el título de Justicia Mayor, lo que les facultaba para administrar Justicia. Algunos tuvieron, además, el de Capitán General, reuniendo así los poderes gubernamental, jurídico y militar. La designación de gobernadores interinos (cuando fallecía un titular) por parte de los virreyes dio origen a muchos problemas relacionados con el nepotismo. En América se crearon 34 gobernaciones. Las Audiencias fueron instituciones jurídicas semejantes a las españolas, pero asumieron atribuciones de gobierno. A mediados del siglo XVI, funcionaron Audiencias gobernadoras en Santo Domingo, México, Panamá, Guatemala y Nuevo Reino de Granada. El experimento no dio el resultado apetecido. Los letrados entendían poco de gobernar y demasiado de pleitos. Se descargó, entonces, la función gubernativa en manos de un Presidente de la Audiencia, nombrado Gobernador del territorio de su demarcación, y se devolvieron a los oidores sus funciones habituales de justicia. A comienzos del siglo XVII, se nombraron presidentes que no eran letrados, sino hombres de armas. Fueron los Presidentes de Capa y Espada, que reunieron en sus manos atribuciones gubernamentales, militares y jurídicas, actuando casi como virreyes en sus circunscripciones. Las Audiencias fueron de tres clases: virreinales, pretoriales y subordinadas. Las primeras eran las presididas por un virrey, las segundas por un presidente-gobernador y las terceras por un presidente letrado, sin potestad de gobierno, que le correspondía al virrey. Pese a que los oidores fueron excluidos de gobernar, tuvieron siempre ciertas atribuciones excepcionales. Así, en caso de fallecimiento del Presidente, se hacía cargo del Gobierno el oidor más antiguo (el decano), actuando interinamente hasta la llegada del presidente propietario. También funcionó el llamado Real Acuerdo, un consejo integrado por el Virrey o Presidente y los oidores, para tomar decisiones ante una situación excepcional. El Cabildo era una institución castellana de gobierno urbano (la ciudad y sus términos), trasladada a comienzos de la colonización. Lo integraban varios oficios como los alcaldes (ordinario y mayor), regidores y otros oficiales menores (escribano, alguacil, fiel ejecutor, portero, etc.). El más importante era el alcalde ordinario, que poseía facultades judiciales en primera instancia. Gobernaba con ayuda de los regidores o concejales. Los cargos eran cubiertos anualmente por elección de los vecinos (cabezas de familia) hasta que la compra de los mismos terminó con este carácter de representación popular, surgiendo algunos vitalicios y hasta heredables. Los criollos se apoderaron de casi todos los oficios municipales, por elección o por compra, enfrentando los Cabildos a la administración peninsular. Otros cargos administrativos complementarios fueron los de Teniente de Gobernador, Alcalde Mayor y Corregidor. El primero auxiliaba al Gobernador y le sustituía en caso de ausencia, pudiendo además gobernar ciudades subalternas. El Alcalde Mayor era un juez de un distrito menor, generalmente excluido de la demarcación urbana, y podía tener atribuciones gubernativas si lo decidía el virrey que le nombraba. En zonas rurales se nombraban los corregidores de indios, que tenían poderes judiciales, gubernamentales y fiscales sobre la población indígena.