La obra, en conjunto Como ya se ha dicho, al comienzo de este estudio preliminar, la obra de Cieza de León ha estado desconocida en su conjunto durante mucho tiempo, hasta el punto de que lo único que le dio fama con las repetidas ediciones de la misma fue precisamente esta Primera Parte, sospechando muchos estudiosos que el plan que él esboza y dice que va haciendo, o ha terminado, nunca lo acabó. Incluso Prescott, como veremos, creyó que la Segunda Parte, o Señorío de los Incas, no era de él (pues ni lo sospechó), por la confusión que existe entre los anglosajones (y también franceses y alemanes) entre el por y el para, según estudiaremos más adelante. Por esta razón, aunque dediquemos una especial atención a la Primera Parte, que en la presente edición estudiamos y editamos, es conveniente que veamos cómo fue la obra en conjunto del cronista, para juzgar de su ciclópeo intento, que llevó a cabo con singular diligencia y enorme esfuerzo, casi inconcebible, con una tenacidad y sacrificio -en muy poco tiempo- que a las generaciones actuales deja estupefactas. Trataremos, pues, en este apartado, de la obra total, para que el lector juzgue de lo importante de la empresa literaria y cronística de Cieza, aunque a nuestro intento sólo interese, en esta edición, la Primera Parte, y en el plan editorial de esta colección sólo la Segunda, vulgarmente conocida como Señorío de los Incas, dejando fuera de nuestro proyecto las partes restantes. Planeó su obra Cieza con un extraordinario rigor lógico. No nos cabe duda que cuando recibe del Presidente Gasca la orden o encargo, ya tenía mucho escrito, quizá como un a modo de memorias o notas tomadas de sus largos años desde Cartagena (por donde entró, según él mismo nos dice varias veces en esta Primera Parte), que constituirán algo así como el prólogo de su gran obra. Quizá -diríamos seguramente? Gasca le encomendó algo así como una crónica (al estilo del tiempo) de lo que había sucedido desde la sublevación de Gonzalo Pizarro, que sería un memorial de los hechos del Presidente, pero redactado por otra persona, lo que permitiría a ésta el prodigar elogios, que el propio protagonista no hubiera considerado discreto decir de sí mismo, si lo hubiera redactado. Pero Cieza, cuando recibe la comisión -y es ésta una idea que siempre he tenido y expuesto40- se resiste a comenzar una cosa nueva, dejando sus notas y folios ya escritos, como algo independiente, intuyendo con clarividencia que todo estaba íntimamente enlazado, y que el éxito transitorio de Gonzalo sobre Blasco Núñez Vela está vinculado a la contienda anterior, y ésta con el sangriento enfrentamiento de pizarristas y almagristas, desde su primer capítulo en la Batalla de las Salinas, a las puertas de Cuzco... Pero que este enfrentamiento nace de las querellas limítrofes por la disputa de Cuzco, entre los dos grandes capitanes (Pizarro y Almagro), lo cual sucede porque se ha descubierto el Perú y lo ha conquistado. ¿Es el Perú una tierra como las anteriores, del Caribe y Tierra Firme, habitada por indios casi miserables, que ni edificaban ni formaban organizaciones como la de los aztecas, o por el contrario, sí era como éstos? Cieza comprendió que había que decir cómo era la tierra y cómo eran sus pobladores, y las grandes cosas que habían hecho. Y así, en madura pero rápida reflexión, vio que lo que había escrito hasta su entrada al Perú, con la hueste de Belalcázar, en ayuda de Gasca, podría ser la primera parte de la que titularía Crónica del Perú, pues prácticamente ya tenía escrita la que luego llevaría por título Guerra de Quito, a la que habría que añadir algunas noticias, que iba recogiendo sobre la marcha, desde su llegada a Lima, después de Jaquijahuana. Es por esta razón por la que, en el proemio de esta Primera Parte, ya puede anunciar la estructura de toda la obra. Elaboración y estructura. -Después de las reflexiones hechas de cómo llegó a planear toda la obra, veamos, por lo que él mismo nos dice en su obra, cómo fue concebida y elaborada. Ya en el comienzo esboza lo que va a ser, quizá, como venimos diciendo, porque ya en parte lo tenía escrito. Digamos, por adelantado, que toda la obra iba a ser titulada Crónica del Perú, por lo cual a la que ahora editamos la llamó Primera Parte, y si en el curso de nuestra colección seguimos con toda la obra de Cieza41, el título que será conservado será el de Crónica. El plan, que los sucesivos descubrimientos de manuscritos han comprobado que se realizó, era el siguiente: I. Primera parte de la Crónica del Perú. A modo de introducción, puesto que arranca desde las tierras colombianas y los sucesos de ellas, hasta enlazar con Belalcázar y la hueste que el Gobernador de Popayán conduce para auxiliar al Presidente Gasca. II. Segunda parte. Del señorío de los yngas Yupanquis. Cuyo título es más amplio, como veremos, y que es la lógica introducción histórica, como se indicaba anteriormente, que explique qué fue lo que se conquistó. III. Tercera Parte. Del descubrimiento Y conquista deste reino del Perú. IV. Las guerras civiles del Perú. Que en su testamento llama "personales", dividida en cinco libros. Arrancando de las discordias entre conquistadores (almagristas y pizarristas), sin que ello signifique rebeldía contra la Corona, pero que son la semilla del espíritu levantisco y combatiente de las gentes del Perú. Estos cinco libros, de desigual fortuna en su conocimiento por parte de los historiadores, hasta el punto de que aún no han sido publicados todos, son los siguientes: LIBRO I. La Guerra de las Salinas. Entre almagristas y pizarristas, por la disputa sobre la ciudad del Cuzco, finalizada en la batalla de este nombre, ganada por Hernando Pizarro, y subsecuente muerte de Almagro, ejecutado. LIBRO II. La Guerra de Chupas. Historia de la rebelión de Almagro el Mozo y su fin en la batalla de este nombre, por obra del Gobernador Vaca de Castro, que en realidad era el fin de la rivalidad entre pizarristas y almagristas. LIBRO III. La Guerra de Quito, es la narración del transitorio éxito de los sublevados, y la desgracia de Blasco Núñez Vela. LIBRO IV. La Guerra de Huarina, realmente de la campaña de este nombre, que precede -por obra del Presidente Gasca- al final de las guerras civiles, comprendidas en esta Cuarta Parte. LIBRO IV. La Guerra de Jaquijahuana, con el aplastamiento de la rebelión42. Pero el afán de Cieza, que, como veremos, tenía ya en el telar, y casi concluidas las partes integrantes de su obra, no descansaba en tomar notas, en seguir informándose, hasta el momento mismo de salir del Perú, y quizá después, ya en España, y por eso añade aún dos Comentarios, de los que Jiménez de la Espada43 dice no haber sabido nada, pero cuyo contenido se conoce hoy. El primero sobre los hechos que pasaron en el reino del Perú después de fundada la Audiencia hasta que el Presidente -se refiere a Gasca- salió de allí, y el segundo a los acontecimientos subsiguientes, estando ya Gasca en Panamá, hasta la llegada del Virrey Antonio de Mendoza en el año 1551. Es evidente que estos últimos hubo de redactarlos ya en España, puesto que como vimos por sus datos biográficos, había regresado en 1550. Hoy sabemos que las dudas de Prescott sobre la realización del plan de la obra, suponiendo que el autor de la Crónica del Perú44 había muerto sin realizar parte alguna del magnífico plan que con tanta confianza se trazara, no eran acertadas, pues no sólo Cieza en la Primera Parte, que ahora editamos, afirma en muchos lugares45 que sí ha podido llevarlo a cabo -es decir, escribir la totalidad de la obra? sino que, paulatinamente, han ido apareciendo las diversas partes, editándose por separado. Si pensamos que Cieza no llega a cumplir los cuarenta años, y que a lo sumo llegó a tener (según pensamos que nació en 1518 o en 1520) treinta y seis, asombra su capacidad de trabajo y su rapidez en redactar. Hubo de robar horas al sueño y al descanso, lo que no es una suposición, pues en la dedicatoria de esta Primera Parte, afirma que ... muchas veces, cuando los otros soldados descansaban, cansaba yo escribiendo, lo que nos lleva a los comienzos de su estancia en Indias, y no sólo a los más sosegados tiempos -pese al trajín de los viajes al Alto Perú- posteriores al triunfo de Gasca, porque habla de soldados, lo que él ya no es -o no se siente como tal- en la época final de su estancia en América. Tenemos pues, ya, dos aspectos importantes de la obra y manera de escribir de Cieza: el plan y la tenacidad constante en redactar, tomar notas. Veamos otro aspecto muy importante: su estilo. Muchos fueron los "escritores de Indias" que, como Cieza, no dejaron pasar la ocasión de informarse, y de poner lo que sabían en el papel, y lo hicieron de muchos modos, en prosa y en verso, pero la mayoría de las veces sin cuidado estilístico alguno, fabricando empachosos textos, en que la novedad de lo que cuentan hace legibles, pero no la galanura del estilo. Quizá esto explique el éxito de Garcilaso, culto y elegante en su estilo, no rebuscado, pero con esa difícil facilidad de los buenos escritores. Cieza, medio siglo antes que Cervantes, usa ya un castellano castizo, claro, rotundo, suelto, que no exige una segunda lectura en ningún momento, para ser entendido. A la vez que narrativo, expositivo, va intercalando comentarios y reflexiones, y no pesa nunca su amplitud minuciosa y prolija. Este estilo es hijo de su método y racional ordenación de la materia, ya que al tiempo que narra sucesos, explica el entorno geográfico y cuenta cómo son las gentes, sus costumbres, sus vicios y virtudes, su economía. Planificación y redacción se entremezclan. Difusión y conocimiento de la obra de Cieza. -Ya hemos insistido suficientemente en que la obra de Cieza quedó desconocida por mucho tiempo, tanto que en su edición de 1853 Enrique de Vedia da por perdida la mayor parte de ella, diciendo: ... Por desgracia para las letras sólo gozamos la parte primera que es la impresa, habiéndose extraviado y perdido cuanto en su continuación escribió Cieza, que no sabemos si llegó a concluir su trabajo...46. Pero también sabemos que gran parte de la obra se ha salvado, aunque su conocimiento haya sido tardío, salvo el Libro de la Guerra de Huarina y el de Jaquijahuana, aunque las noticias que hoy tenemos permitan abrigar la esperanza de que acabará pronto la incógnita que aún ensombrece el conocimiento total del trabajo de Cieza. Dejando para un parágrafo exclusivo todo lo relativo a la difusión de la Primera Parte de la Crónica del Perú, que ahora se edita, veamos el destino de los manuscritos (verdadero calvario) y la cronología de la reaparición de los mismos y su progresiva edición. Es gracias a Miguel Maticorena y a quienes le ayudaron en su búsqueda en los archivos hispalenses, que podemos saber el camino que tomaron los originales de Cieza a partir del momento en que muere, "las peripecias de los manuscritos", como Maticorena denomina al periplo de lo que dejara el cronista, partiendo precisamente de la última voluntad de éste47. Cieza manda que... por quanto yo escreuí un libro, digo tres libros, de las guerras civiles del Perú, todo escrito de mano, guarnecidos en pergamino, que guarda en un escritorio, donde hay otras relaciones y papeles, que se saque por sus albaceas todo lo que hay en dicho escritorio y se dejen en él los tres libros indicados, se pongan dos candados pequeños, y se deposite el escritorio, con acta de escribano, en el monasterio de Las Cuevas de Sevilla, o en el que decidan sus albaceas, y que no se publique los manuscritos hasta quince años después de su muerte, porque su lectura, antes de este tiempo, podría causar daños a las personas de las que se habla en ellos. Si se cumplieron estos requisitos testamentarios no lo sabemos, pero sí que no debieron los albaceas ser muy cumplidores, porque las noticias que tenemos no hacen referencia a que estuvieran custodiados como el testamento mandaba, ni que se hubieran entregado al padre Bartolomé de las Casas, como en el mismo se ordenaba, ya que éste, que sí utilizó la Primera Parte, no hace alusión a manuscrito alguno, ni en su obra hay rastro de que conociera su contenido o existencia. Fray Pedro Aguado, cuando estuvo en España entre 1575 y 158348, que había utilizado la Primera Parte, que tanto concierne al Nuevo Reino de Granada, que estaba historiando, pudo ver los manuscritos de la Cuarta Parte (Guerras Civiles), pero ya en 1629 León Pinelo da por perdidos los originales. Ya años antes había comenzado el trasiego, pues parece claro que el Consejo de Indias sabía de la existencia de la obra y dónde estaba, porque por Real Cédula de 29 de noviembre de 1563 se ordena al inquisidor de Sevilla, Andrés Gascó, que la entregue (se habla de dos libros) al Consejo de Indias, así como papeles de Gonzalo Fernández de Oviedo. Parece que el Inquisidor hizo oídos sordos, porque en 1566 una nueva Real Cédula49 ordenaba a sus herederos -pues él había muerto- que cumplan la orden so pena de una multa de diez mil maravedís. Quizá el inquisidor los había tenido en depósito, siendo su propietario Rodrigo Cieza, hermano del cronista y cura de Castilleja de la Cuesta (Sevilla), que debió hacer la entrega entre 1566 y 68, al Consejo de Indias. El Consejo los dio a su vez a Alonso de Santa Cruz, cosmógrafo del Consejo y no los devolvió, comenzando Rodrigo Cieza sus reclamaciones, alegando que fue despojado de los manuscritos. Sus gestiones tienen relativo éxito -al menos oficial- porque por Real Cédula de octubre de 1568 se ordena que muerto Alonso de Santa Cruz- se devuelvan a Rodrigo Cieza los manuscritos, pues éste quiere imprimirlos. Nada se debió hacer, porque en años siguientes Rodrigo Cieza continúa insistiendo, y en los documentos que hay sobre el particular se afirma que los manuscritos están en poder de Juan López de Velasco, del Consejo de Indias, procedentes del arca de Santa Cruz, con lo que llegamos a febrero de 1568, en que el cura de Castilleja sigue reclamando, e incluso pide que el alguacil ponga en la cárcel a López de Velasco, hasta que haga la devolución. Que Cieza, hermano y heredero de Pedro, no consiguió su objetivo, parece probarlo el que el original de la Segunda Parte o Señorío de los Incas, conservado en El Escorial, lleva una anotación, en letra de la época, en que se dice que procede "De las relaciones del tiempo de la visita", refiriéndose sin duda a la larga visita o inspección realizada por Ovando al Consejo de Indias entre 1567 y 1570. Pero la prueba definitiva que nos persuade de que no salieron de este Consejo es la utilización sin límites que hace del escrito de Cieza -como veremos en el apartado siguiente- el cronista de Indias, nombrado en mayo de 1596, Antonio de Herrera y Tordesillas. Y ya no hay más pistas sobre el destino de los manuscritos, aunque, como veremos en el siguiente parágrafo, Herrera se lucró de ellos. Admitido esto, provisionalmente, tenemos pues que el primer descubridor de lo que dejara en su encandado escritorio Cieza, es Herrera, a fines del siglo XVI. Habrían de pasar tres siglos para que se fueran, poco a poco, exhumando los textos del cronista. Fue Obadiah Rich, librero anticuario, el que dio noticia50 de haber visto en Madrid la Segunda y Tercera partes del manuscrito, tomando por esta última a lo que realmente era el Libro Tercero o Guerra de Quito, de la Cuarta Parte. Este libro lo tuvo Ternaux Compans. Desde 1896 pertenece a la Biblioteca Pública de Nueva York. La Segunda Parte o Señorío de los Incas, empieza a revelarse a finales del siglo XIX, por una inconclusa edición de Manuel Toribio González de la Rosa, y por la edición de 1880 de Marcos Jiménez de la Espada. En el estudio preliminar de esta Segunda Parte, que aparecerá en esta misma colección, nos detendremos más en ella. La Tercera Parte comenzó a conocerse también por obra de don Marcos, en 1897, completándose su conocimiento gracias a las dosis avaramente proporcionadas a la ciencia americanista, sin demasiada prisa, por el cuidadoso investigador peruano Rafael Loredo51. Ya vimos que respecto a los cinco libros de la Cuarta Parte, y los Comentarios, se duda mucho de que llegaran a ser terminados éstos y los de Huarina y Jaquijahuana. Entra en escena, para dar a conocer La Guerra de Las Salinas y La Guerra de Chupas otro erudito, al que debe mucho la ciencia histórica española, don Feliciano Ramírez de Arellano, Marqués de la Fuensanta del Valle, que en 1877, en la Colección de Documentos inéditos para la Historia de España (tomo LXVIII), publica el primero de ellos. En 1881, en la misma Colección (tomo LXXVI) se editaba el segundo. Sabido es que esta colección documental -que incluye, como vemos no solamente documentos, sino crónicas- fue dirigida también por don José Sancho Rayón. Para conocer al editor del tercer libro -La guerra de Quito- volvemos al maestro Jiménez de la Espada52, que comenzaba a publicar este libro en una edición extraordinaria por el magnífico Prólogo, en que hace el más profundo estudio y análisis que sobre el cronista se ha realizado, y que sigue siendo guía insustituible para saber de él. Lamentablemente la edición sólo aportaba los primeros 53 capítulos. Otro importante historiador tomarla el relevo, y subsanaría la falta de los restantes capítulos: Manuel Serrano y Sanz. Este erudito, autor de importantes investigaciones americanistas, edita en 1890 la totalidad de La Guerra de Quito, en el tomo XV de la Nueva Biblioteca de Autores Españoles, y dentro de ella el segundo de Historiadores de Indias. No cabe duda de que si este lento aparecer de la obra completa de Cieza no hubiera ocurrido, es decir, si tras la publicación en 1553 de la Primera Parte, que hoy volvemos a editar, se hubiera continuado por sus herederos o albaceas la serie, la fama que hoy tiene Cieza de "Príncipe de los cronistas del Perú", se hubiera acuñado desde el siglo XVI, y probablemente hubiera servido de modelo a muchos otros, tanto que sin haberse editado, sus manuscritos fueron saqueados. Si hay que buscar una culpa -valga la acusación-, ésta corresponde a los escrúpulos del propio Cieza, que ordenó a sus albaceas que esperaran quince años para dar a luz los escritos que ya tenía concluidos. Nadie puede prever el futuro y aunque su hermano, el cura de Castilleja, insistió ante el Consejo de Indias -con afán de editar los manuscritos, como las Reales Cédulas atestiguan- comenzaría la peregrinación de que hemos hecho mérito. Plagios y seguidores.-La incierta fortuna de los manuscritos, como hemos visto, desembocaría en la mayor empresa histórica americana del Consejo de Indias, cuando se encargó al Cronista del mismo, Antonio de Herrera y Tordesillas la redacción de la historia del Descubrimiento y conquista de las Indias, que él titularía cuando la redactó, Historia de los hechos de los castellanos en Tierra Firme e Islas del Mar Océano. Don Antonio Ballesteros, en su estudio preliminar a la edición de esta obra por la Real Academia de la Historia53, muestra cómo Herrera hizo llegar a sus manos todos los libros editados, y gran parte inéditos, de que se sabe que entre ellos se contaban los papeles de Fr. Bartolomé de las Casas y muchos de la Real Cámara. Quizá entre éstos se contaron los de Cieza. Como se sabe, por los documentos relacionados con las reclamaciones de Rodrigo Cieza, y las cédulas despachadas para que Santa Cruz y López de Velasco devolvieran los libros incautados por el Consejo de Indias, en los inventarios posteriores éstos no figuran. Pese a ello, lo cierto es que Antonio de Herrera los conoció, pues se lucra de un modo total de la obra de Cieza, sin citarlo, sin decir que lo que presenta como suyo, en relación con el Perú, no es otra cosa que obra ajena. Lo más que hace (y porque la Primera Parte estaba impresa) es decir Este Pedro de Cieza es el que escribió la historia de las provincias de Quito y Popayán, con mucha puntualidad, aunque (contra lo que se debe esperar de los príncipes), tuvo la poca dicha que otros en el premio de sus trabajos. Herrera, pues, plagia inconsideradamente a Cieza. El primero en localizar este hecho es Jiménez de la Espada, en el estudio preliminar a La Guerra de Quito54, cuyas palabras es mejor copiar que glosar. Dice así: Ninguno de los historiadores de Indias, sin embargo, ha llegado donde Antonio de Herrera en esto de apropiarse los trabajos ajenos... el Cronista de Castilla y mayor de Indias, sobre haber incurrido en otras comisiones semejantes55, se atrevió a sepultar en sus Décadas una crónica entera y modelo en su clase, y con ella el nombre de un soldado valiente y pundonoroso, los afanes y desvelos de un soldado honrado y de elevada inteligencia y una reputación de historiador más grande y bien ganada que la suya56. El plagio de Herrera, suponiendo que no hubiera intentado corregir algo, fue tan descarado y -podemos decirlo- tan indiscriminado que al repetir lo escrito por Cieza llega a reproducir palabras de él, en que se queja de los padecimientos y autoalaba su empresa, por el servicio del rey y el interés de todos, y del esfuerzo de su trabajo. Copiemos, como lo hace Jiménez de la Espada, algunos de estos pasajes, que Herrera reproduce y que no pudo -a poco que hubiera puesto atención- atribuirse a sí mismo en primera persona: Y verdaderamente yo estoy tan cansado y fatigado del continuo trabajo y vigilias que he tomado, por dar fin a tan grande escritura, que más estaba para darme algún poco de contento y gastar mi tiempo en leer lo que otros han escrito, que no es proseguir cosa tan grande y tan prolija. En otro lugar vuelve Cieza sobre ello: Y hago a Dios por testigo de lo que en ello yo trabajo, y cierto, muchas veces determiné de dejar esta escritura, porque ya casi ha quitado todo el ser de mi persona trabajar tanto en ella, y ser por ella de algunos no poco murmurado... Baste ya de Herrera y pasemos a los seguidores. Estos, naturalmente usan lo que era conocido, o sea la ya impresa Primera Parte. El padre Las Casas, ignorante sin duda del testamento de Cieza, y que nunca tuvo en sus manos los manuscritos que, de no ser publicados, le iban destinados, aprovecha en su Apologética las informaciones de Cieza, así como cosmógrafos posteriores, como Jerónimo de Girava, Santa Cruz y el geógrafo -que tanto se resistió a devolver papeles? López de Velasco. Como hemos visto, a fines del siglo XVI comienza en España, en el Consejo de Indias, un afán historicista acerca de las Indias, y de lo que en ellas hicieron "los castellanos", cuyo mejor ejemplo es Antonio de Herrera. Es este un modo o moda que dura todo el siglo XVII, con el padre Bernabé Cobo, Antonio Solís y muchos más. Quizá a esto se deba, aparte de sus méritos literarios, el auge y fama de la obra del Inca Garcilaso, creador de la aureola del Incanato. Asombra la memoria de este mestizo ilustre para presentar, con términos exactos de la lengua quechua, la brillante estructura del Tahuantinsuyu o imperio de "Las Cuatro Regiones"; pero no todo el mérito hay que achacárselo a esta memoria y su documentación, sino también a su búsqueda de informes sobre las cosas de su tierra, y Cieza fue una de las fuentes que utiliza, pero más honesto que Herrera, lo cita muchas veces en sus escritos. No podemos consignar en la lista de sus seguidores a los que editaron sus obras -cuyo mérito ya ha sido hecho en parágrafos anteriores- sino a los que se aprovecharon de ellas como fuente. Entre ellos cuenta el primero, en el siglo XIX, el por tantos motivos benemérito y asombroso investigador57 norteamericano Guillermo Prescott. Este conseguía sus fuentes -disponía de saneada fortuna- por medio de corresponsales, uno de ellos Obadiah Rich, que le proporcionó una copia del Señorío de los Incas, probablemente de la conservada en El Escorial (como veremos en la edición de esta obra de Cieza, en esta misma colección), que por la equivocación, ya indicada anteriormente, del por y el para atribuyó al Presidente del Consejo de Indias, Sarmiento, que fue el mismo que en 1563 había reclamado al inquisidor Gascó un libro de "Zieza". Era la copia para el Presidente. Prescott (1847) usó liberalmente de esta crónica, que como vimos luego editaría Jiménez de la Espada. Información y documentación.-Si a Cieza se le titula "Príncipe de los cronistas" es precisamente por el caudal de información que brinda en cada una de las cuatro partes de su obra, y por la seguridad de veracidad que respiran sus escritos en cada página. Podemos dividir sus fuentes de información en tres tipos: a) Personales, de su propia observación y experiencia; b) Encuestador o inquiridor, y c) Documentales. Añadamos que sometió a revisión sus originales (no la obligada del permiso de impresión) ante personas que juzgó competentes. En este último extremo sabemos que en septiembre de 1550, en Lima, entregaba a Hernando de Santillán (que también escribió sobre la materia) y a Melchor Bravo de Saravia su manuscrito -que había terminado el 8 de ese mes- para que lo vieran. Lo mismo hizo con lo que tenía escrito de la Tercera y Cuarta Parte. Uno de los tipos de fuentes, quizá el más importante, es el que hemos calificado de Personal. Especialmente en la Primera Parte, que ahora ve nuevamente luz pública, siempre va por delante su testimonio, no solamente de sucesos -que interesan al historiador-, sino de paisajes (que interesan al geógrafo) y de productos de la tierra, en los reinos vegetal, animal y mineral. Y también cómo son los habitantes, sus costumbres, buenas o malas -a juicio del cronista, con mentalidad del siglo XVI-, como, por ejemplo, el canibalismo o el "pecado nefando", todo lo cual es inapreciable botín informativo para el antropólogo. Viajeros hay muchos en el curso de la Historia, desde la monja Roswitha a Benjamín de Tudela, que han informado de lo que ven, o narran cosas que les "han contado", generalmente las más maravillosas. La curiosidad de los siglos XV y XVI es ávida de noticias exóticas, y por ello tuvieron tanto éxito las ediciones de las cartas de Pedro Martyr de Anghiera y su Décadas de Orbe Novo, así como las Cartas de Relación de Hernán Cortés, o el Sumario, de Gonzalo Fernández de Oviedo. Como lo había tenido el falsario autor que se enmascaró con el nombre de Sir John de Mandeville (Mandavila, en castellano) con sus fantásticos y apócrifos viajes por todo el mundo. Cieza -lo hemos dicho, y lo han dicho muchos autores fiables- es un hombre honesto, honrado, que escribe para que su Rey -lo repite mucho- sepa lo que sus vasallos han hecho en las Indias, y para que los españoles sepan igualmente cómo son las tierras indianas, que si ricas, para hacerse con ellas hay que sufrir grandes penalidades. Como lo que narra Cieza, a él mismo le parece extraordinario -exótico decimos hoy58- no quiere solamente contarlo o describirlo, sino que, convencido de la confianza que le harían los lectores, en cada caso afirma que lo vio con sus ojos. Y esta frase es la que emplea él mismo, como veremos. Las frases de Cieza, aseguradoras de que lo que narra o describe lo vio, son frecuentes. Un ejemplo que ha servido mucho a los arqueólogos modernos59, es lo que dice de su curiosidad de ver el ídolo que había en Cacha (él dice Cachan), lugar que hoy se llama Racchi: Yo pasando por aquella provincia, fui a ver este ídolo, porque los españoles publican y afirman que podría ser algún apóstol, y aún a muchos oí decir que tenía cuentas en las manos, lo cual es burla, si yo no tenía los ojos ciegos60, porque aunque mucho la miré, no pude ver tal ni más de que tenía puestas las manos encima de los cuadriles...61. En otra ocasión, hablando de los indios payaneses, dice y una cosa noté, porque infinitas veces lo vi con mis propios ojos... o asegura lo cual yo vi cuando íbamos a juntarnos y yo digo lo que vi; o afirma de tal o cual cosa que lo vio en todas las partes de las Indias que yo he andado. En una palabra, Cieza es un testigo de visu, que cuando informa afirma que es experiencia o conocimiento personal. Este "yoismo" no le abandona, o no lo olvida, en ningún caso, hasta cuando lo que asegura se le ha informado o narrado. Con lo que pasamos al segundo aspecto de su información, el que he llamado encuestador. Este se manifiesta especialmente en la Segunda y Tercera Parte, porque ni él vivió en los tiempos incáicos, a los que dedica su Señorío de los Incas, ni él tomó parte en las expediciones descubridoras y de conquista. Pero incluso en la Primera Parte, en que tiene que dar información de latitudes y situaciones, procura tener información segura, y bien claramente lo dice en el Capítulo V de esta Primera Parte, al hablar de distancias y latitudes, en que al tiempo que afirma yo he estado, dice que para mayor seguridad había consultado con pilotos y navegantes, que son -en la mentalidad pragmática de los conquistadores- los que saben de estas cosas. Del mismo modo -lo cual trataremos más ampliamente en la edición del Señoría- en 1550, en Cuzco, reúne a Cayu. Tupac Yupanqui, descendiente de Huayna Capac, y a otros orejones y capitanes, para conocer del origen de los incas y de la organización del Imperio. En cuanto al tercer aspecto, documentación, Cieza la obtiene de dos formas, la primera utilizando los papeles que le dio el Presidente Gasca (de cuyo orden en anotarlo todo lo que sucedía, se hace lenguas), y la segunda utilizando su calidad de cronista en las Indias nombrado por el mismo Gasca, y las recomendaciones para que se les abrieran los archivos oficiales. Los corregidores de Potosí, La Plata y Cuzco le facilitaron la consulta de los papeles, así como los notarios de estas poblaciones. No ocultó Cieza la liberalidad o interés de Gasca en facilitarle papeles, y en el Capitulo CCXXXIII de La Guerra de Quito, dice textualmente: E sepan los que esto leyeren que el licenciado Gasca desde que salió de España hasta que volvió a ella, tuvo una orden maravillosa para que las cosas no fuesen olvidadas, y fue, que todo lo que sucedió de día lo escribía de noche en borradores quel tenía para este fin, y así, por sus días, meses y años contaba con mucha verdad todo lo que pasaba. E como yo supiese él tener tan buena cuenta y tan verdadera en los acaecimientos, procuré de haber sus borradores y dellos sacar un traslado, el cual tengo en mi poder, y por él iremos escribiendo hasta que se de la batalla de Xaquixahuana, desde donde daremos también noticia de la manera con que escribimos lo que más contamos en nuestros libros62. Aunque no podemos figurarnos dónde pudo leer, o cómo llegaron a su poder libros como la Historia de Fernández de Oviedo, lo cierto es que lo cita -llamándolo Hernández- en el Capítulo LII. Tuvo, pues, Cieza toda la escrupulosidad necesaria a un historiador, pero... con las dificultades en que hubo de desenvolverse en Indias. Suponemos que hubo de hacer retoques en España, pero también, como en toda su vida, con prisa, con apremio, con los pocos años de existencia que le quedaban, como él mismo debía suponer, por la enfermedad que le minaba y que le llevaría a la tumba. Valor y significado de Cieza como cronista.-Aunque parezca una disquisición bizantina, no lo es la distinción entre cronista e historiador, aunque en ocasiones el que escribe sea a la vez las dos cosas. Recordando lo que era el cargo de cronista y lo sigue siendo63 hasta el presente. Cronista es el que narra lo que va sucediendo (así aún hablamos de los "cronistas de sociedad", a quienes nadie llamaría historiadores), y tal era el cargo que en Castilla existía desde la Edad Media, y cuando las Indias fueron descubiertas y ocupadas, acabó creándose, dentro del Consejo de Indias un cargo similar. Rómulo D. Carbia ha estudiado suficientemente el tema y a él nos remitimos64, aunque este autor yerra al creer que Fernández de Oviedo fue el primer cronista oficial de Indias. Siguiendo una tradición castellana consagrada, es por lo que Gasca designa a Cieza cronista en las Indias, con la finalidad -y por ello le da sus papeles, de que Cieza hizo traslado, como vimos- de que narre lo que ha sucedido en el Perú, desde que los castellanos entraron en aquella tierra. Cieza, en cierto modo, se extralimitó, introduciendo todo lo relativo al Señorío de los Incas, por el sentido lógico historiográfico de que ya hemos hecho mérito. Sentados estos conceptos nos encontramos con que Pedro Cieza de León fue simultáneamente cronista (de aquello que había vivido y conocido personalmente), pero también historiador de lo que supo por informaciones, por consultas o por papeles que se le dieron. El se incorpora con Belalcázar a las huestes realistas cuando ya Pedro de la Gasca llevaba tiempo en la tierra peruana. Contaría de allí adelante lo que él vivió -cronísticamente- pero lo anterior históricamente. Y en los dos aspectos fue maestro. Copiemos lo que la autoridad, todavía indiscutible, de Jiménez de la Espada escribe de esta faceta, la más importante, de la obra de nuestro escritor: Ejercitó nuestro cronista, ciertamente, sus grandes cualidades de historiador en ésta65 como en la primera parte de su obra; aunque, a decir verdad, en ambas lucen en primer término el tino con que observa e investiga, la animación y propiedad con que describe y la facilidad con que su pluma discurre por donde se te antoja. Mas cuando aquéllos se mostraron con toda su virtud, fue al entrar ya de lleno en el asunto capital de su crónica: los ecos de los conquistadores, y especialmente sus guerras intestinas..., donde para juzgar y discernir lo criminoso de lo heroico, lo justo de lo malo, era preciso ser dueño de una prudencia consumada, una imparcialidad a toda prueba, una intención sanísima, un juicio perspicaz y reposador, y una cabeza y voluntad de hierro. Leída la magistral opinión de don Marcos, no cabe añadir mucho más. Pero si comparamos a Cieza, por ejemplo, con Miguel de Estete o con Zárate, que cuentan, a veces sin demasiada exactitud, lo que vieron, pero sin valorarlo, como periodistas poco experimentados, y farragosamente, sobresale el juicio de Cieza, que al tiempo que hace la exposición narrativa de sucesos, hace crítica de ellos, afirmando una fe muy castellana en el valor de las instituciones (audiencias, virreinatos, adelantamientos, leyes, etc.) para poner orden en la anarquía de las pasiones desatadas, por la codicia o por la emulación, creada por lo que él llama "guerras personales". Valor y significado de la obra de Cieza como fuente.-No parece necesario insistir sobre el tema, porque ha quedado suficientemente claro en las líneas que llevamos escritas, pero no sobra que lo digamos. Jiménez de la Espada repite continuamente que de tal o cual suceso o noticia de las Indias, Cieza goza de primacía cronológica absoluta, y esto es totalmente cierto: él es el primero que escribe sobre los sucesos de la Nueva Granada y de los conflictos entre las jurisdicciones de los conquistadores, hasta la trágica muerte de Robledo, y también el primero que describe las gentes y las tierras, desde Cartagena de Indias y Cenú hasta Popayán. Todos los que escriben después se nutren de sus noticias. Así lo han estimado autoridades científicas modernas, como Hermann Trimborn66. Y si esto es ciertísimo, no nos cabe la menor duda sobre lo relativo a los Incas, ya que, aunque desconocida por siglos su obra sobre el Señorío de los Incas, es también la primera que trata de un modo sistemático y no superficial lo que fue la organización e historia del pueblo rey del Tahuantinsuyu. Lo mismo cabe decir de lo relativo a las Guerras Civiles entre los castellanos y la rebelión provocada por las Leyes Nuevas y el dramático final de los encomenderos y conquistadores sublevados, a las órdenes de Gonzalo Pizarro. Como cronista es la fuente principal, y Pedro Pizarro, movido por rencores familiares, y los demás, sólo aportan precisiones sobre tal o cual cosa, sin desmentir lo fundamental trazado por Cieza. Juicios sobre la obra de Cieza.-Podíamos emitir un juicio personal -que ya lo venimos emitiendo- sobre Cieza, verdadero "Príncipe de los cronistas", pero para proporcionar una visión de cómo han ido opinando las grandes autoridades peruanistas de la ciencia histórica repasemos los términos en los que ellas se fueron manifestando. Veamos estos juicios. Jiménez de la Espada -comencemos por el primero que se dedicó a exhumar la obra de Cieza-, al corregir la suposición de que Cieza no había concluido su obra, afirma: Su crónica está hecha, el magnífico plan67 realizado, y el reino que conquistó don Francisco Pizarro, cuenta con la historia mejor, más concienzuda y más completa que se ha escrito de las regiones sur americanas68. Espigando opiniones, vemos que Luis Baudin, en su Imperio socialista de los Incas, opina que la obra de Cieza es una especie de Baedeker (guía turística, con explicaciones científicas) del Perú de su tiempo; el británico Markham.69 lo califica del ... más grande y muy ilustre entre los historiadores del Perú, y del ... más valioso de todos los escritores relativos al Perú. Luis Alberto Sánchez, considera a Cieza el más completo de todos los cronistas, por la extensión y alcance de su obra y por su estupenda objetividad70. Aranibar71, el minucioso editor de El Señorío de los Incas, resume su juicio diciendo: Es mérito del organizado espíritu de Cieza haber trazado a mediados del XVI un primer esquema de la historia peruana. Concibió una correcta y balanceada72 crónica general, donde Oviedo o Las Casas hicieron amasijo; y casi elevó a historia lo que antes de él, en manos de Mena, Xerez, Estete o Sancho no pasó de relaciones y noticias. Y es lo más curioso, quizá, que resultara fecundo su programa a pesar de no haber publicado de sus escritos otra cosa ... que la Primera Parte, o crónica del Perú. Probablemente el juicio más autorizado, por la calidad del que lo hace, sea el del gran historiador peruano Raúl Porras Barrenechea, muchas veces invocado para afirmar la calidad Y valía de la obra de Cieza. Copiemos lo que dice: Admira como en una época tan convulsa como la de 1548 a 1550, en que estuvo Cieza en el Perú, haya podido escribir obra de tan sólida armazón, documentación tan segura y verídica, y de tanta madurez, sobre la historia e instituciones del Imperio73. No había antes de Cieza sino escasos y dispersos apuntes en los cronistas sobre la historia incaica... El avance realizado por Cieza de esos desordenados y escasos datos a la obra orgánica y definitiva que es el Señorío de los Incas, produce en el terreno histórico el mismo efecto de un brusco salto a la cadena de las especies biológicas. La historia del Incario nace adulta con Cieza. Cerremos esta lista de juicios, que podríamos aumentar mucho más, con el que sobre la persona del cronista hace Maticorena74, editor de la documentación sobre la estancia de Cieza en Sevilla, como ya vimos: Estos documentos encajan perfectamente en el contorno vital de Cieza, en una vida corta, oscura y diligente, fecunda y fatigosa, proyectada en una búsqueda interior llena de armonía y equilibrio, pero contenida por una resignación sencilla Y melancólica.
Busqueda de contenidos
contexto
La obra: Manuscritos y ediciones La edición de la obra de Juan Rodríguez Freyle, debida al estudioso Mario Germán Romero y publicada por el Instituto Caro y Cuervo de Bogotá en 1984, constituye la última noticia, hasta hoy, acerca de los manuscritos y ediciones conocidos de El carnero. Como afirma el investigador citado, no se conoce hasta el momento el manuscrito original de Rodríguez Freyle, pero se conservan varias copias, de las cuales las dos primeras reseñadas están en la Biblioteca Nacional de Bogotá. Son éstas el manuscrito de Ricaurte y Rigueyro, copia del año 1784, y el de del Castillo, de 1875. Los demás son los siguientes: Manuscrito del Colegio de San Bartolomé, de 1793; Manuscrito de propiedad del padre Jaime Hincapié Santamaría, probablemente del siglo XVIII; Manuscrito de Sierra y Espineli, copia hecha en Tunja en 1812, y Manuscrito de Yerbabuena, en el que al final de la Introducción aparece una nota, escrita en letra y tinta diferentes de las del texto, que dice: Copiado y enmendado en algo e ilustrado con algunas notas por el presbítero Miguel Espineli en Tunja, año de 1810, que lo copia de otro manuscrito bien trabajoso. Este de Yerbabuena, encuadernado en cuero, tiene una leyenda, al reverso de la pasta anterior, que dice: Bade de Domingo Acosta, y en la posterior se lee: Soy de Dn. Ignacio Vergara. Según Romero, para las guardas se utilizaron dos hojas de un libro de cuentas de la Hermandad del clero de Tunja, 1809-1810, de la cual era mayordomo tesorero el presbítero Antonio de Guevara. Dicho manuscrito comprende La Introducción, veinte capítulos, catálogos de los gobernantes y arzobispos y prebendados de Santafé, un Suplemento e ilustración de esta historia, el índice y un Discurso que aludiendo a la necesidad de la historia forma en obsequio de un amigo otro que se precia de serlo, fechado este último en Santafé el 6 de enero de 1819. Romero advierte, por último, que en el manuscrito de Yerbabuena hay seis cambios de letra y que en su texto se advierte la supresión de numerosos párrafos, sobre todo aquellos que contienen consideraciones morales, con que el autor pretende dar al relato un carácter ejemplarizante. Parece lógico preguntarse, a la vista de tales advertencias, por qué Romero eligió --él no lo aclara-- este manuscrito para su, por lo demás, valiosa y muy cuidada edición de El carnero. Mario Germán Romero proporciona también la relación completa de las ediciones publicadas, hasta la suya, de la obra de Rodríguez Freyle. La primera fue hecha por don Felipe Pérez en Bogotá, Imprenta de Pizano y Pérez, 1859, precedida de un interesante estudio del libro por el editor, en el que éste, tras explicar el título de Carnero, afirma que el manuscrito utilizado por él --cuyo paradero se desconoce-- es uno que merece la mayor fe por su antigüedad; pues está escrito en letra pastrana y tiene tales caracteres de vejez, que bien pudiera ser el manuscrito autógrafo. La segunda edición fue la de don Ignacio Borda, de 1884, que añade el Catálogo de los arzobispos y prebendados que han sido de la iglesia metropolitana de este Nuevo Reino de Granada, desde el año de 1569 que fue erigida en metropolitana basta el presente de 1638, en que se cumplen los cien años de la conquista de este Nuevo Reino. Seis años después, en 1890, el propio Borda hizo la tercera edición, que reproduce la anterior. La cuarta es de 1926, sigue el texto de la primera y fue hecha por Germán Arciniegas. En 1935 aparece la quinta edición, con prólogo y notas de don Jesús M. Henao, que también reproduce el texto de la primera, aunque actualiza la ortografía y divide algunos párrafos muy largos. La sexta edición, incluida en la Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, es de 1942 y reproduce la anterior. El Ministerio de Educación Nacional colombiano publicó en 1955 la séptima edición de El carnero, con arreglo al texto manuscrito de 1784. Seis años después, en 1961, apareció la traducción inglesa de la obra, hecha por William C. Atkinson. La octava edición fue publicada en 1963, en la Biblioteca de Cultura Colombiana; reproduce el texto de la primera impresión y fue hecha por el doctor Miguel Aguilera, quien en 1968 reprodujo la anterior y la publicó en la Editorial Bedout con su estudio y otro de Oscar Gerardo Ramos. Después, en el mismo año 1968 aparece la edición de la Biblioteca Schering Corporation U.S.A.; en 1975, la del Círculo de Lectores, con introducción de Rafael H. Moreno-Durán; en 1979, la de la Biblioteca Ayacucho, con prólogo, notas y cronología de Darío Achury Valenzuela; y, por último, la de 1984, ya citada, con introducción y notas de Mario Germán Romero17. En cuanto a nuestra edición, primera que se publica en España, debo manifestar que sigue el texto de la primera, a través de la publicada por Aguilera en la Editorial Bedout. Sin embargo, se han corregido las erratas y malas lecciones de ésta, así como la puntuación, con objeto de hacer más comprensible el texto para el lector actual. Debe tenerse en cuenta, a este respecto, que la presente edición no va dirigida exclusivamente al lector erudito y especializado, sino a toda clase de lectores, tanto americanos en general --sobre todo no colombianos--, como, y principalmente, españoles. Por ello, aun aprovechando no pocas de las anotaciones hechas por el doctor Aguilera, se prescinde de otras, excesivamente eruditas para éstos, y se añaden también otras notas, que facilitan la comprensión del texto.
contexto
A partir del día 7 de diciembre de 1941, en que tiene lugar el ataque contra la base de Pearl Harbor, se desencadena con extrema rapidez el despliegue militar japonés sobre el espacio del Pacífico. Durante las primeras etapas del mismo fueron las fuerzas de la Commonwealth las que debieron enfrentarse -y finalmente retirarse- ante el empuje nipón. Pero el ataque dirigido contra el archipiélago filipino había de constituir la primera ocasión en que se enfrentaron directamente los adversarios que habían de contender durante los siguientes cuarenta y cuatro meses: los Estados Unidos y el Imperio japonés. Los norteamericanos mantenían en el país, desde el momento de su obligada cesión por España en 1898, una especie de protectorado que no era ocultado por unas aparentes formas de independencia. Esta circunstancia había hecho nacer entre la población filipina un creciente malestar dirigido en contra de esta dependencia. Un estado que ahora la propaganda japonesa trataba de instrumentar en su favor. Al igual que hacía en el resto de los países asiáticos colonizados por las potencias europeas, Japón se presentaba como liberador de las nacionalidades oprimidas, y encontraba así unas condiciones favorables entre amplios sectores de opinión que le sirvieron para facilitar su conquista y fortalecer de forma inicial su presencia en ellos. La isla de Luzón, la mayor y más próxima al Japón dentro del conjunto filipino, fue el objetivo de los primeros ataques organizados por el Alto Mando militar de Tokio. Estos dieron comienzo en las horas centrales del día 10 de diciembre de 1941, saldándose rápidamente con los mejores resultados por medio de un impetuoso avance que no pueden contener ni las fuerzas filipinas ni las norteamericanas que luchan a su lado. El general Mc Arthur solicita entonces de Washington permiso para bombardear la isla de Formosa, desde donde partían los ataques enemigos, pero su petición no es tenida en cuenta y debe decidir una apresurada retirada hacia el sur en busca de lugares adecuados donde hacerse fuerte. Mientras tanto, Manila, la capital, soporta intensos bombardeos, lo que obliga al almirante Hart a retirar de sus bases a la flota de guerra norteamericana allí apostada. Con ello, esta zona vital queda absolutamente desguarnecida y abierta a la acción de los invasores. McArthur ha llegado para entonces a la pequeña península de Batán, que se convertirá, junto con la isla de Corregidor, en el único foco de resistencia durante varios meses más. El día 2 de enero de 1942 termina el asedio de Manila, y el XIV Ejército japonés desfila eufórico por las avenidas de la capital al mando del general Homma. Esta simbólica conclusión de la conquista había de verse, sin embargo, oscurecida por la presencia de aquellos dos exiguos enclaves, que se convertirían en objetivos prioritarios a anular por parte de los vencedores del momento. La situación dominante en el interior de la península de Batán no puede ser, por otra parte, más negativa. El enclave se encuentra defendido por un total de 65.000 soldados filipinos y alrededor de 15.000 norteamericanos, en general deficientemente pertrechados y peor entrenados. Las pérdidas sufridas a lo largo de los combates habidos superaban ya para entonces la cifra de 13.000 hombres, y los que todavía resistían se encontraban físicamente agotados y moralmente debilitados. Sin embargo, justamente una semana después de la caída de Manila, el primer ataque japonés lanzado contra esta posición será enérgicamente detenido por la artillería, en la misma forma en que lo es el emprendido durante la noche del siguiente día 12. El avance nipón se convierte así en algo especialmente dificultoso, a pesar de la gran diferencia existente entre ambos contendientes en cuanto a los medios de que disponen. Los japoneses no cesan de incrementar sus efectivos humanos y materiales, mientras que por el contrario Mc Arthur no consigue obtener nuevos aprovisionamientos, a pesar de la insistencia manifestada ante sus superiores en los Estados Unidos. Pero, por el momento, los sucesivos ataques lanzados por los japoneses en los últimos días del mes de enero solamente supondrán un elevado número de bajas causadas por la acción de la artillería de los resistentes. Ello hace que el mes de febrero sea dedicado a la reparación de los daños sufridos, a la espera de que el angustioso clima reinante en el interior de la posición acabe por entregársela en un breve plazo de tiempo. En efecto, las deficientes condiciones materiales existentes son marco de los permanentes enfrentamientos que se producen entre filipinos y norteamericanos. Los primeros acusan a los segundos de someterles a un trato desigualitario, situándoles en los puestos de combate más peligrosos y entregándoles ínfimas raciones alimenticias. Al mismo tiempo, la propaganda japonesa actuaba por medio de un persistente lanzamiento de folletos en los que se exhortaba a los nativos al abandono de la resistencia. Esto haría nacer un extenso sentimiento de entreguismo entre el contingente de filipinos, que el mando norteamericano se vio obligado a anular de la forma más drástica. Mc Arthur tiene ya por entonces clara conciencia de la real imposibilidad de resistir durante más tiempo, pero trata de prolongar la situación con ánimo de mantener a los japoneses ocupados en una acción concreta e impedir, siquiera parcialmente, su avance. Para entonces, ya han caído sucesivamente las colonias británicas de Hong Kong, Birmania y Malasia -con la ciudad de Singapur- y la holandesa de Indonesia. Japón se manifestaba así como el dueño absoluto de la situación, y miraba amenazante hacia la India y Australia. Finalmente, el día 10 de marzo de 1942, una orden del Presidente Roosevelt decide la retirada de Mc Arthur y su estado mayor hacia Australia. Desde allí tomaría el mando absoluto de las fuerzas que estaban organizándose para pasar a la contraofensiva, una vez detenido el avance enemigo. En el momento de emprender la marcha, el general dirige un breve discurso a sus fuerzas, y lo concluye con la célebre expresión "Volveré", que a partir de entonces iba a servir como consigna tanto para los movimientos de resistencia interior como para la acción liberadora que se emprende desde el exterior. Quedan así en el enclave sus defensores, que -lo saben ellos tanto como sus adversarios- solamente deben esperar el momento de una nueva ofensiva, en este caso la definitiva. El ataque se inicia el 3 de abril, mediante una operación de cerco que no se encuentra ya con los mismos grados de resistencia mostrados hasta entonces. La ocupación de Batán es de esta forma una mera cuestión de tiempo. Los bombardeos se incrementan día a día, hasta que durante la jornada del 9 explotan los depósitos de combustible que aprovisionaba a los cercados. Esto impide ya de forma definitiva la continuación de la resistencia, por lo que se impone el hecho consumado de la rendición. Comienza a partir de entonces el largo martirio para los sobrevivientes -64.000 filipinos y 12.000 norteamericanos- que en medio de las más espantosas condiciones son obligados a recorrer la isla de Luzón camino de los campos de concentración que les esperan. Los japoneses tratan a los vencidos con la más extrema brutalidad, fomentando el incremento de muertes debidas al agotamiento o la enfermedad producidas por los malos tratos recibidos y la carencia de alimentos y atención médica. También parece haber llegado la hora para el enclave de Corregidor, que obviamente no puede subsistir sólo, una vez caído el de Batán. Sin embargo, a pesar de las circunstancias, la pequeña isla se mantendrá libre durante cuatro semanas todavía. Los japoneses, decididos a terminar con esta mínima resistencia que les impide completar la conquista del archipiélago, lanzan sobre ella enormes cantidades de munición, que el día 4 de mayo llegan a suponer una cifra superior a los 16.000 proyectiles. Las condiciones en que se desenvuelve la precaria existencia de los defensores no pueden ser más difíciles en todos los planos. A ellas viene a unirse la extrema dureza de los combates entablados, que en algunos casos llegan a producirse directamente cuerpo a cuerpo. El día 5 de mayo, una vez terminado el masivo bombardeo, los atacantes efectúan un gran desembarco contando con carros de combate. Esto decide ya de forma definitiva al general norteamericano Wainwright a la rendición. La enorme desigualdad de fuerzas en presencia ponía de manifiesto de la forma más evidente la imposibilidad de realizar cualquier esfuerzo destinado a resistir. Los prisioneros capturados se unen a sus compañeros de Batán en los campos de concentración, aunque en este caso el trato que reciben de los vencedores es menos duro que el soportado por éstos. Mientras tanto, comienzan ya a organizarse en las zonas selváticas los iniciales núcleos de resistencia, formados tanto por civiles filipinos como por los soldados de esta nacionalidad que consiguen huir de sus centros de prisión. Habían sido necesarios cinco meses para la conquista del archipiélago, la operación más difícil de su proceso expansivo. La extrema dureza con que los conquistadores tratarían a la población había de servir para anular en muy poco tiempo las esperanzas puestas en la prometida liberación nacional.
contexto
Oficialmente, el califato desaparece en 1031 cuando los cordobeses deciden convertir la capital en una ciudad-estado controlada por los notables locales. Pero desde mucho antes el califato es sólo una ficción a cuyo frente alternan omeyas y beréberes ayudados y combatidos unos y otros por las intrigas cortesanas y familiares, por los jefes eslavos que sólo buscan crear sus propios dominios, y por los cristianos, interesados en controlar determinadas plazas fronterizas y ávidos de botín y de parias: incapaces de conquistar los dominios musulmanes por no disponer de hombres suficientes para proceder a una ocupación efectiva y a la repoblación del territorio, prefieren explotar económicamente su superioridad militar alquilando sus servicios a unas taifas contra otras y exigiendo el pago de tributos -parias- como garantía de la no intervención armada; se preferirán las campañas de intimidación a las de conquista y se ofrecerá ayuda militar a unos reinos contra otros a cambio de parias que llevan implícito el reconocimiento por quien las paga de una cierta dependencia vasallática hacia quien las recibe. El interés de las parias es doble: económico (se convierten en la principal fuente de ingresos de los reinos y condados cristianos) y político (las fronteras del reino protector se extienden teóricamente hasta las del protegido; éste pasa a formar parte de aquél).Seguros de su fuerza, los reyes cristianos no sólo cobran parias por la prestación de servicios militares, sino también por no intervenir, por no atacar los dominios del que paga; no dudan en cobrar parias a dos reinos enfrentados entre sí, reservándose el derecho de actuar en favor de uno u otro según sus conveniencias, ni tienen inconveniente en atacar a otro reino cristiano para defender a sus protegidos, para defender sus fronteras. Fernando I, rey de Castilla en 1035 y de León desde 1037 apoyó a al-Mamún de Toledo en 1043 contra Sulaymán ibn Hud de Zaragoza, y veinte años más tarde sus tropas defenderán al rey zaragozano contra Ramiro I de Aragón -hermano de Fernando-, que hallará la muerte en la batalla de Graus. En su testamento, Fernando I divide sus dominios y con ellos los reinos de taifas entre sus hijos reservando Badajoz y Sevilla al rey de Galicia; a León cede Toledo con Valencia, y Zaragoza quedaría para Castilla. En la no aceptación del testamento por el castellano Sancho II influyó sin duda el reparto de las parias-taifas que cortaba la expansión castellana hacia el Sur y lo obligaban a orientarse hacia el Este en competencia con aragoneses, navarros y catalanes. Renovadas las parias zaragozanas, Sancho intentará recobrar las tierras de Castilla cedidas por Sancho el Mayor a Navarra, y en la guerra Castilla tuvo el apoyo militar de su vasallo el rey musulmán de Zaragoza; una actitud semejante tendrán los reyes de Toledo y de Sevilla, acogiendo en sus dominios a los destronados Alfonso VI de León y García I de Galicia. Reunificados los dominios paternos tras la muerte de Sancho de Castilla y la prisión de García, Alfonso VI mantiene frente a los musulmanes la política de épocas anteriores: apoyo a Sevilla contra Granada al negarse los beréberes a pagar parias, al tiempo que ayuda a Toledo a ocupar Córdoba, anexionada por Sevilla. El resultado de esta política es un aumento de las parias y con ellas del descontento popular, que adopta formas violentas en Toledo a la muerte de al-Mamún (1075). El nuevo rey, al-Qadir, cede a las presiones de quienes le acusan de exigir impuestos ilegales, expulsa de Toledo a los partidarios de la sumisión a Castilla y se niega a pagar las parias. Sin el apoyo de León-Castilla, al-Qadir fue incapaz de sofocar una revuelta en Valencia, probablemente instigada por los agentes de Alfonso VI, que tampoco fueron ajenos a la guerra entre Badajoz y Toledo, a consecuencia de la cual el reino toledano perdió la mayor parte de las tierras cordobesas (1077) y terminó negociando su rendición a Alfonso VI, al que ofreció la ciudad siempre que los ejércitos castellanos le ayudaran a ocupar el reino valenciano (1080), y en 1085, tras cuatro años de asedio, Toledo se rendía pacíficamente después de que Alfonso diera garantías de respetar las personas y bienes de los musulmanes y de permitirles seguir en posesión de la mezquita mayor. Por su parte, los toledanos se comprometían a abandonar las fortalezas y el alcázar, es decir, a renunciar a toda actividad bélica.Doscientos años después de que los clérigos de la corte de Alfonso III profetizaran la reunificación por su rey de los territorios visigodos y, de manera expresa, la ocupación de las tierras musulmanas, Alfonso VI -rey de León y de Castilla- entraba victorioso en Toledo y comenzaba a utilizar el título de emperador al tiempo que reivindicaba la vinculación de su dinastía a los últimos reyes visigodos: "la ciudad, por decisión divina, permaneció durante 376 años en poder de los moros, blasfemos del nombre de Cristo, por lo que yo, entendiendo que era vergonzoso que se invocara el nombre del maldito Mahoma... en un lugar donde nuestros santos padres adoraron a Dios..., desde que recibí el imperium de mi padre el rey Fernando y de mi madre la reina Sancha... moví el ejército contra esta ciudad en la que en otro tiempo reinaron mis progenitores, poderosos y opulentos".La ocupación de Toledo, las nuevas presiones económicas ejercidas por el castellano, que llegó a nombrar fiscalizadores de las finanzas de los reinos musulmanes, y la construcción de la fortaleza de Aledo, entre Lorca y Murcia, hicieron ver a los musulmanes que al cobro de parias podía suceder una nueva etapa caracterizada por la ocupación del territorio, y los reyes de Sevilla, Badajoz y Granada se decidieron a solicitar la intervención de los musulmanes del Norte de África unificados por Yusuf ibn Tashufín, emir de los almorávides. Yusuf y sus aliados derrotaron a Alfonso en Zalaca o Sagrajas (1086), pero su victoria no tuvo efectos graves por la falta de acuerdo entre los reyes hispanos de al-Andalus y los almorávides, que sólo unos años más tarde se asentaron en la Península llamados por los alfaquíes y por los creyentes musulmanes, que acusaban a los reyes de incumplir los preceptos coránicos y de cobrar impuestos ilegales. En 1090 Abd Allah de Granada era depuesto y desterrado al norte de África; un año más tarde, Yusuf ocupaba Sevilla y en 1094 se apoderaba de Badajoz a pesar de los intentos de Alfonso VI de salvar ambos reinos.Los ataques almorávides pusieron en peligro la conquista de Toledo, que sin duda habría sido ocupada si los norteafricanos hubieran logrado unir a sus dominios andaluces los reinos de Valencia y de Zaragoza, que mantuvieron su independencia hasta 1102 y 1110. La resistencia de los valencianos (el reino era paso obligado para ocupar Zaragoza) se debió a la presencia en el reino de Rodrigo Díaz de Vivar, cuya historia ilustra mejor que cualquier tratado las relaciones entre cristianos y musulmanes.Momentáneamente, la presencia almorávide sirvió para incorporar a Castilla ciudades como Santarem, Lisboa y Cintra, cedidas por el rey de Badajoz a cambio de ayuda contra los norteafricanos (1093). La ocupación de Badajoz por los almorávides supuso la pérdida de Lisboa (sería conquistada definitivamente en 1147 con la ayuda de un ejército de cruzados ingleses en camino hacia Jerusalén) y obligó a reforzar la frontera repoblando y fortificando las ciudades del valle del Duero, en poder de los cristianos desde años antes y semiabandonadas mientras su defensa no fue necesaria. Raimundo de Borgoña dirige la repoblación de Zamora, Segovia y Salamanca, y Pedro Ansúrez la de Valladolid (1095) con ayuda de catalanes de Urgel, a cuyos condes veremos actuar en León a lo largo de todo el siglo XII. Por estos mismos años se repoblarán y fortificarán Ávila, Ayllón, San Esteban de Gormaz, Iscar, Coca, Cuéllar, Arévalo, Olmedo, Medina... cuyas milicias serán un eficaz contrapeso a la presión de los almorávides.La presencia de los condes de Urgel en tierras leonesas puede deberse, entre otras razones, a su alejamiento de la frontera musulmana, que les impide ampliar sus dominios y participar de las parias en condiciones normales. Cuando, en un ensayo de lo que serán las Cruzadas, Roma organiza y dirige una campaña contra Barbastro en la que participan caballeros italianos, franceses y catalanes, el conde de Urgel será uno de los jefes de este ejército y tendrá el control de la plaza junto al rey Sancho de Aragón, durante el año que dura el dominio cristiano de la ciudad, reconquistada en 1065 por el rey musulmán de Zaragoza. La presencia de aragoneses y urgelitanos en Barbastro no permite hablar de colaboración sino de rivalidad, que se extiende al cobro de las parias zaragozanas cuya importancia, así como los excesos de los cruzados de Barbastro, explican que en 1069 el rey de Navarra y el conde de Urgel se comprometan a no apoyar a los francos ni a los aragoneses que pretenden atacar Zaragoza, y a mantener la paz y la seguridad de los caminos a cambio del pago de parias por esta ciudad.La pugna entre navarros y aragoneses perjudica a ambos, y cuando muere el monarca navarro, Sancho Ramírez de Aragón es aceptado como rey único -1076- atendiendo a sus derechos, y, también, al interés de los barones de uno y otro reino que esperan obtener, actuando unidos, nuevos beneficios en el cobro de parias, cuya cuantía se incrementa desde la unión así como las tierras ocupadas a los musulmanes aprovechando las dificultades del rey de Zaragoza tras la invasión almorávide. Por estos años Aragón se extiende por Monzón, Albalate de Cinca y Zaidín, Almenar y Graus, y Sancho inicia los ataques a Huesca, en cuyo asedio muere en 1096. Su hijo Pedro ocupará la ciudad y cuatro años más tarde incorpora a sus dominios la fortaleza de Barbastro.
contexto
El 24 de marzo entraba en Madrid el nuevo monarca, cuando las tropas francesas del general Murat, cuñado de Napoleón, se hallaban ya en Aranda. Ante las noticias de los sucesos de Aranjuez, Murat se dirigió rápidamente a la capital con 20.000 infantes y un numeroso cuerpo de caballería. Una vez en Madrid, y creyendo que si actuaba hábilmente podría conseguir ser nombrado rey de España por el Emperador, persuadió al rey destronado y al propio Fernando VII para que se dirigiesen a Bayona para entrevistarse con Napoleón. Toda la familia real aceptó la sugerencia pensando que podría tratar al emperador de igual a igual y que cada uno acabaría por obtener su apoyo para su causa personal. Primero salieron Carlos y María Luisa, y con ellos Godoy. Al poco lo hizo Fernando. Napoleón les esperaba en el castillo de Marrac, cerca de Bayona, y allí, con una habilidosa jugada diplomática, consiguió que Carlos renunciase a todos sus derechos sobre el trono español y que después fuese Fernando quien abdicase en su padre. De esa forma el Emperador se quitaba de en medio a padre e hijo y disponía de los derechos a la corona española para designar como rey a quien mejor conviniese a sus intereses. Fernando, su hermano Carlos, así como su tío el infante don Antonio, serían recluidos por Napoleón en el castillo de Valençay. Carlos y María Luisa marcharían a Italia, donde acabarían sus días, y Godoy quedaría también en Francia. Las vergonzosas abdicaciones de Bayona tuvieron lugar el 5 y el 6 de mayo de 1808. Unos días antes, concretamente el día 2 de ese mismo mes, se había producido el levantamiento contra los franceses en Madrid. Con él daba comienzo la Guerra de la Independencia, que mantendría en vilo al país durante los seis años siguientes y daría lugar a grandes acontecimientos de incalculables consecuencia para todos los españoles. Como advierte J. R. Aymes, la Guerra de la Independencia no ha de inscribirse en la tradicional enemistad entre Francia y España, pues durante más de un siglo el gobierno galo asumió gustosamente el papel de tutor al pretender inspirar la política extranjera del país vecino, estando destinada España a servir a aquélla. Las lanas españolas y las riquezas de su imperio colonial -todavía intacto-, habían suscitado el interés del Directorio, y a Napoleón le interesaba el valor estratégico de la Península para el control del Mediterráneo occidental y para poder neutralizar a Portugal, la tradicional aliada de Inglaterra. Pero por otra parte, también entra en juego en esta atención sobre España, la antipatía personal de Napoleón hacia los Borbones, aunque hasta las entrevistas de Bayona, en las que el Emperador se hace consciente de la gravedad del enfrentamiento en el seno de la familia real española, no concibe el proyecto de colocar en el trono español a un miembro de su propia familia. Napoleón creía en aquellos momentos que esta empresa no iba a encerrar mayor dificultad, puesto que pensaba que la Monarquía española era un edificio que estaba derrumbándose y que sus súbditos habían perdido las virtudes de las que habían hecho gala en épocas pasadas. "En fin -concluye Aymes- la expedición a España deriva de una serie de consideraciones entre las que se encuentran mezclados la debilidad militar del estado vecino, la complacencia de los soberanos españoles, la presión de los fabricantes franceses, la necesidad de arrojar a los ingleses fuera de Portugal, la enemistad del Emperador hacia la dinastía de los Borbones, los imperativos de una estrategia política para el conjunto del Mediterráneo y, por fin, para remate y para ocultar ciertos cálculos sucios, los designios de Dios o las exigencias de una filosofía ad hoc". Este párrafo resume acertadamente, en muy pocas palabras, la multiplicidad de causas que llevaron a Napoleón a volcar su interés por el dominio de España. Cuando Fernando VII partió desde Madrid hacia Bayona, nombró una junta de Gobierno presidida por el infante don Antonio e integrada por cuatro ministros de su, hasta entonces, efímero reinado. Esta Junta sería depositaria de una soberanía que no será capaz de ejercer a satisfacción de los españoles que demandaban una actitud firme frente a los invasores franceses. El descontento de la población ante el descrédito que le merecía la Junta, sería el desencadenante del conflicto. El incidente que hizo estallar la crisis fue el traslado del infante don Francisco de Paula, el único de los hijos de Carlos IV que aún permanecía en Madrid. Un grupo de personas intentó que abandonara la villa y atacó a un escuadrón francés que sólo pudo salvarse del linchamiento gracias a la intervención de un destacamento de soldados españoles. Estos incidentes determinaron una violenta reacción popular que se extendió por toda la ciudad. Las tropas francesas que se hallaban acantonadas en los alrededores de la ciudad acudieron a sofocar la revuelta, que cobraba por momentos una mayor dimensión. Las turbas madrileñas consiguieron tomar el arsenal de la calle de la Montera y obtener la adhesión de los capitanes de artillería Daoiz y Velarde. No obstante, Murat pudo desplegar sus tropas y reprimir los núcleos de resistencia, centrados en el Parque de Monteleón y en la Puerta del Sol. Las medidas de castigo que se tomaron inmediatamente fueron tajantes. Los fusilamientos que tuvieron lugar al día siguiente, magistralmente reflejados en la famosa pintura de Goya, pusieron de manifiesto la gravedad del enfrentamiento, pero al mismo tiempo contribuyeron a hacer correr como la pólvora la llamada a la insurrección a lo largo y a lo ancho de todo el país. Algunos historiadores, como Carlos Corona y más recientemente Aymes, han insinuado la posibilidad de que el levantamiento del 2 de mayo no fuese tan espontáneo como tradicionalmente se había pensado. Corona defendía la hipótesis de que la actitud de los españoles respondía a una conspiración preparada con anterioridad, quizás para derribar del poder a Godoy y al propio Carlos IV, y que no hubo que materializar a causa de la rápida caída de éstos tras el motín de Aranjuez. Toda la trama permaneció intacta y fue ahora, a comienzos de mayo, cuando se utilizó, no para la finalidad originaria para la que se había creado, sino para actuar contra la ocupación de los ejércitos napoleónicos. Fuera, o no tan espontáneo el levantamiento del 2 de mayo, de lo que no cabe la menor duda es de su popularidad. La inmensa mayoría de los españoles, sin distinción de edad, condición o sexo, se sumaron inmediatamente a la resistencia contra los franceses.
contexto
Los aliados habían ocupado la totalidad de Alemania. La cuestión era cómo administrar el país y cómo dividirlo en zonas de ocupación. Será finalmente en Potsdam donde se concreten, tras la reunión de los ejércitos aliados, Montgomery, Zhukov y Eisenhower, las normas a seguir durante el tiempo de control aliado: extirpación del militarismo alemán y del nazismo; abolición de todas las fuerzas germanas; disolución de las organizaciones nacionalsocialistas; abolición de las leyes hitlerianas discriminatorias por razón de raza, credo y oposición política; arresto y posterior juicio de los criminales de guerra; proceso de desnazificación, control de enseñanza y del sistema judicial, y, por último, las cuestiones fronterizas y los estatutos territoriales de algunas provincias del Este. Respecto a la futura administración de Alemania, se decidió desarrollar una política de descentralización junto al fomento o restauración de los Gobiernos locales mediante consejos electivos y demás procedimientos democráticos, siembre bajo la vigilancia y control de los ocupantes. Aunque no se establecería de momento ningún Gobierno central, se hacía imprescindible el funcionamiento de los departamentos administrativos esenciales, de Finanzas, Transportes, Comunicaciones, Comercio Exterior e Industria, siempre bajo la dirección del Consejo Aliado de Control. La división de Alemania en tres zonas, primero, y en cuatro, más adelante, mediante un nuevo reparto, para incluir a Francia, en la región occidental, permitió ver cómo se dibujaban dos posiciones opuestas. Mientras que Rusia y Francia, las principales víctimas del nazismo, pugnaban independientemente por una Alemania invertebrada, sujeta, dividida, Estados Unidos e Inglaterra optaban por una Alemania liberal, centralizada y fuerte, aunque también con sendas diferencias en su interpretación del futuro. Ciertamente fueron los norteamericanos los más prácticamente decididos a olvidar y los menos preocupados por un posible resurgimiento del nacionalsocialismo. La presencia británica resultó más dura. Los rusos trataron en todo momento de obviar cualquier coordinación política y, lo mismo que los franceses, se mostraron contrarios, aunque por razones diversas, a la creación de organismos centrales alemanes. Las autoridades norteamericanas y británicas sintonizaron muy pronto tanto en su aversión hacia la división en zonas -el miedo a la balcanización de Alemania- como en la proyección de sus pensamientos y propósitos, y por imperativos económicos y razones de eficacia fueron proclives a la fusión de sus zonas. Cuando, a principios de 1947, se consiguió la fusión nadie pudo sorprenderse, se trataba de lograr una zona económica conjunta capaz de autoabastecerse, y sólo resultó posible mediante la creación de un Consejo Económico alemán capaz de actuar con la autonomía concedida por otro Consejo bipartito compuesto por norteamericanos e ingleses. Hasta el otoño de 1949, una vez constituida la República Federal Alemana, no se unió la zona francesa, y ello por imperativos de eficacia y exigencia de coordinación occidental plena, una vez que el Consejo económico alemán desde 1948 equivalía en la práctica a un Gobierno alemán que reducía sus actividades fundamentalmente al aspecto y objetivo económicos. Algo semejante se dio en el orden político como consecuencia de la división. En la zona confiada a Estados Unidos el Gobierno militar nombró desde principios de la ocupación un ministro presidente en cada uno de los Länder, y entre ellos formaron gabinetes de ministros también alemanes, previamente aprobados por el Gobierno militar norteamericano. Esos gabinetes, desde principios de 1946, se apoyaron en asambleas consultivas, cuyos miembros procedían de los cuatro principales partidos políticos. Fueron el origen del Consejo Regional -el Länderrat-, fiscalizado por la Oficina Coordinadora Regional del Gobierno militar de Stuttgart, que creó una secretaría permanente, más tarde ampliada y convertida en directorio. En la práctica y progresivamente se fue convirtiendo en un Gobierno alemán con jurisdicción en asuntos de importancia secundaria, aunque siempre bajo la tutela de las autoridades norteamericanas. Los británicos siguieron de cerca, aunque más pausadamente, el ejemplo norteamericano y crearon, con menos entusiasmo y con más reticencias, un organismo central alemán aglutinante de sus tres Länder. Sólo en marzo de 1946 se llegó en Hamburgo a la consolidación de una entidad política alemana parecida al Consejo Regional o Länderrat. Los franceses fueron los más reacios en el sector occidental a la creación de estos organismos alemanes. Nunca llegaron a permitir la consolidación de sus Länder en un organismo común, y sólo permitieron a los alemanes participar en consejos y comisiones secundarios, sin carácter ejecutivo alguno. En la zona soviética, finalmente, el control y la vigilancia fueron mayores. La Administración central alemana allí establecida vivió estrictamente subordinada a las autoridades militares soviéticas, y sólo en 1947 crearon los rusos una Comisión Económica que sustituía a todos los organismos administrativos y sirvió de núcleo para el futuro Gobierno alemán en la República Democrática. Como síntesis de la ocupación y de la política de los vencedores en cada una de sus zonas destaca la prisa y casi impaciencia de Estados Unidos por traspasar el gobierno a los alemanes, ceder la Administración a personas civiles, transferir a los Länder las funciones desempeñadas por el Gobierno militar. Todo ello facilitó que, en abril de 1946, los representantes y fuerzas de este Gobierno militar se retiraran de municipios y distritos, y a fines del mismo año pudo el Gobierno dar por concluidas sus funciones administrativas, aunque siguió reservándose la fiscalización y el asesoramiento oportuno. El problema más arduo y el que más complicó en adelante tanto la marcha de la ocupación como el desarrollo de la guerra fría fue la división de Berlín en sectores. Aquí las líneas de demarcación tomaron en la práctica carácter de fronteras, de modo que se hicieron precisos pasaportes y permisos especiales para cruzar del Oeste al Este, y viceversa. En cada zona la vida se organizó según las características y exigencias de las autoridades de ocupación, y hasta las actividades culturales y políticas reflejaban esta influencia y dirección. Pese a este particularismo reinante en cada zona, el Consejo Aliado de Control dictó disposiciones que comprendían a toda Alemania; pero, como el mismo K. Adenauer señala en sus Memorias, en la práctica el Consejo no funcionaba. El 9 de septiembre se publicó una disposición del Consejo disponiendo que en el futuro los aliados regularían todas las cuestiones que afectasen a las relaciones de Alemania con otros países, pero la anulación de todos los servicios diplomáticos y consulares alemanes supuso, en la práctica, el trasvase de la división a cualquier relación exterior.
obra
La Apoteosis de Homero, enorme lienzo que se le encargó a Ingres para decorar el techo delLouvre, requirió enormes trabajos y estudios preparatorios de las figuras. Esta Odisea es un estudio previo a la figura que representa simbólicamente al famoso libro de Homero. En el cuadrito, aparece bajo la apariencia de una joven mujer, pensativa, al estilo de las estelas funerarias griegas, muy conocidas durante el Neoclasicismo. Está de perfil, con una túnica corta, como se reservaba a las mujeres guerreras de la Antigüedad. En la mano lleva una lanza rota y parece meditar acerca de temas solemnes. Está sentada sobre una roca sobre la que se ha grabado en caracteres griegos su nombre, Odisea, el viaje de Odiseo o Ulises. En el cuadro definitivo la figura ha variado un poco: la lanza está atravesando la diagonal del cuerpo femenino y la mujer lleva una túnica larga que le cubre también los brazos, y el pelo recogido en un moño, como una matrona y no como una guerrera.
contexto
El acorazado de bolsillo alemán Graf Spee, 14.000 toneladas de desplazamiento equipado, 28 nudos de velocidad punta y un formidable armamento inició su vida como corsario el 3 de septiembre de 1939. Lo mandaba el capitán de navío Hans Langsdorff, de 43 años y gran prestigio en la marina. Este buque fantasma recorrió el Atlántico de norte a sur, donde estableció su centro de correrías, actuando preferentemente sobre las rutas marítimas que desde Asia, África y América se dirigen hacia Gran Bretaña. En cien días de actuación en estos escenarios, con una incursión en el Índico para despistar a siete grupos navales anglofranceses que le perseguían, hundió nueve mercantes con un desplazamiento bruto aproximado de 50.000 toneladas. En esa dilatada singladura corsaria, Langsdorff dio muestras de gran astucia y capacidad, burlando una y otra vez a sus perseguidores, y se granjeó el respeto de sus enemigos pues ni un sólo marinero murió en los buques mercantes atacados por él. El 13 de diciembre, acechaba Langsdorff la ruta de los mercantes británicos, cuando hacia las seis de la mañana sus vigías dieron la voz de alarma; tres buques a poco más de 20 millas de distancia. El Graf Spee se hallaba frente al gran estuario del Plata, a unas 280 millas de Punta del Este. El capitán alemán creyó que se trataba de un crucero y dos destructores, que protegían la andadura de un convoy de mercantes. Langsdorff ordenó zafarrancho de combate a las 6,20 de la mañana y abrió fuego con sus cañones de 280 mm. sobre los tres buques enemigos, que realmente eran los cruceros ligeros Ajax y Achilles y el crucero pesado Exeter, mandados por el comodoro Hartwood El Gran Spee alcanzó pronto al Exeter, que en una hora encajó siete impactos de 280 mm. y padeció un constante ametrallamiento. A las 7 de la mañana debía abandonar el combate con todas sus torres inutilizadas y a muy escasa velocidad, pues tenía muchas vías de agua. Pero mientras los dos buques grandes se cañoneaban, el comodoro Hartwood, logró acortar distancias con sus dos cruceros ligeros, cuya artillería de 152 mm, acertó numerosas veces al acorazado de bolsillo, causándole numerosos daños superficiales. Pero dos impactos consecutivos del Graf Spee desmontaron la mitad de la artillería al Ajax. A las 7,30, a sólo 4 millas de distancia, el buque alemán podía disparar más del doble que sus dos oponentes juntos, con la particularidad que sus granadas taladraban a 1os británicos como si fueran de lata, mientras que estos no dañaban la obra viva, ni las torres blindadas del acorazado. A las 7,38, el Ajax perdía sus mástiles y antenas y su obra muerta era una criba. El comodoro Hartwood ordenó retirada, tratando de salvarse in extremis. ¡Cuál no sería su asombro cuando vio que el corsario alemán se alejaba, sin perseguirles ni dispararles! Lo que queda de la historia es un completo misterio. Ese día, sin que difiera ninguna voz autorizada, Langsdorff pudo echar a pique a los tres cruceros británicos y, en vez de perseguirles cuando eran fáciles presas, se internó en Montevideo, tratando de reparar sus daños, tarea estimada en dos semanas. No autorizó el gobierno uruguayo tan dilatada estancia pese a las ciegas presiones de la embajada alemana. El día 17 sacó Lansdorff su buque del puerto y lo barrenó en el estuario del Río de la Plata. Increíble victoria británica, que ese día sólo podía oponer al poderoso buque alemán dos pequeños y heridos cruceros. Langsdorff, desequilibrado por tan prolongada estancia en el mar, por el intenso combate, por su error inicial de haber entablado aquella batalla, por unas pequeñas heridas sufridas en su curso, cometió un error tras otro, hasta su suicidio el 20 de diciembre en Buenos Aires.
contexto
Desde el mes de junio de 1969, según el programa de la administración Nixon, las fuerzas americanas habían comenzado a regresar a los Estados Unidos, de forma que a comienzos de 1972 su presencia se podía cuantificar en tan sólo unos 139.000 hombres pertenecientes en su mayor parte a unidades logísticas y de soporte. La misma decisión fue adoptada por las unidades neozelandesas y australianas, que para entonces habían regresado completamente a su país. Las únicas unidades de combate que quedaban, con misiones prácticamente defensivas, eran el primer Regimiento de Caballería y la primera Brigada aérea, en el área de Saigón, y la 196 Brigada de infantería de Da Nang. Se cerraron numerosas bases y otras fueron puestas bajo el control del ejército survietnamita. Además, entre las formaciones aliadas que aún se encontraban presentes, había un contingente surcoreano y un cierto número de consejeros militares al abrigo de algunos comandos y unidades de elite. El general Giap, Jefe de Estado Mayor de las fuerzas de Hanoi, pensó que había llegado el momento de ordenar una invasión a gran escala dirigida a la conquista de territorios survietnamitas y, si se consiguiera la victoria, destinada también a llevar al fracaso al gobierno de Saigón. La operación se planificó de forma que las fuerzas atacantes procedieran según tres directivas en tres diferentes áreas tácticas. La primera directiva de ataque se colocó al sur de la zona desmilitarizada teniendo como objetivo Quang Tri; la segunda, a través de los altiplanos centrales, y dirigida hacia Kontum, mientras que la tercera, dividida en dos troncos, apuntaba hacia An Loc y Tay Ninh, situada a cien kilómetros de Saigón. La totalidad del ejército regular nordvietnamita se implicó en esta operación utilizando un elevadísimo número de carros armados de fabricación soviética T34, T54 y T55, además de los vehículos blindados PT76, apoyados por la artillería de largo alcance y por los misiles antiaéreos SAM. La fuerza nordvietnamita implicada en el ataque de norte a sur podía ser cuantificada en unas 14 divisiones además de 27 regimientos autónomos. El primer ataque tuvo lugar durante las primeras horas del 30 de marzo en la zona desmilitarizada, protegido por un violentísimo fuego de artillería que cogió de improviso a las unidades survietnamitas. Las viejas bases de fuego americanas cayeron una detrás de otra bajo la fortísima presión de los atacantes, que parecían, cada vez más, imparables. En cinco días, muchas áreas septentrionales pasaron a ser controladas por Hanoi, excepto la cabeza de partido regional de Quang Tri, a pesar de que la situación no era de las mejores. Así llegó el momento del segundo ataque dirigido, en la parte meridional, contra Tay Ninh, que fue destruida, y contra An Loc, que fue rodeada; mientras, en los altiplanos centrales, otra fuerza de ataque, la tercera, se dirigía hacia Kontum. El ejército survietnamita, privado del soporte combatiente terrestre americano y aliado, se encontró de golpe, sin más opciones, con la necesidad de hacer frente un asalto de enormes consecuencias, para el que, al menos al comienzo, no estaba preparado. La misma elección del período del año, el comienzo de la estación monzónica, querido por el general Giap, estaba a favor de los atacantes en cuanto que impedía un constante apoyo aéreo a los defensores. Los combates fueron particularmente duros durante todo el mes de abril. Un intento de contraataque coreano en la zona de los altiplanos centrales no obtuvo ningún resultado, a excepción de aumentar el número de los caídos en ambas formaciones. El uno de mayo, la presión nordvietnamita fue tal que provocó la caída de Quang Tri. La respuesta americana no se hizo esperar; el presidente Nixon ordenó a los seis portaaviones americanos presentes en el Mar Chino meridional que realizaran incursiones para bombardear a las fuerzas atacantes; la orden, además, se extendió a las formaciones de bombarderos B 52 y a otros bombarderos que operaban desde las bases de Thailandia y la isla Guam. Una verdadera avalancha de fuego se abatió sobre los comunistas. Los bombardeos provocaron numerosas pérdidas en las unidades nordvietnamitas, que no consiguieron detener totalmente la ofensiva. De esta forma, a principios del mes de mayo, el gobierno americano decidió minar los puertos de Vietnam del Norte para intentar desestabilizar la situación que se estaba creando en la península. La estrategia del general Giap no resultó totalmente adecuada; la opción de dividir las propias fuerzas para atacar en tres puntos diferentes llevó a los nordvietnamitas a no disponer de fuerzas suficientes, después de los éxitos iniciales, para posteriores y decisivos avances en profundidad... Además, después de los grandes éxitos iniciales, los atacantes se detuvieron, permitiendo al ejército de Saigón reorganizar sus propias filas y enviar unidades de socorro. Otro elemento negativo a tener en cuenta durante los ataques de las unidades de Hanoi fue el de que la mayor parte de los comandantes desplazados al campo no tenía experiencia en la cooperación con unidades de infantería y unidades acorazadas. Por ello, los medios acorazados se lanzaron con frecuencia en infructuosos ataques sin la protección de la infantería, o fueron enviados a zonas llenas de escombros, creados por la propia artillería nordvietnamita, en donde se convirtieron en una presa fácil, imposibilitados para maniobrar adecuadamente por las unidades de infantería survietnamita armadas con armas anticarro. Además de eso, los continuos ataques de las unidades de infantería contra las plazas fuertes del gobierno de Saigón supusieron unas pérdidas humanas muy elevadas, lo que a la larga hizo que disminuyera la supremacía numérica de los nordvietnamitas en relación con el contingente con que contaba al comienzo de la ofensiva. De esta forma, el tan esperado derrumbamiento del ejército de Saigón no se produjo; es más, éste se armó de valor y detuvo a sus atacantes. Las ciudades de Hué, Kontum y An Loc, aunque llenas de interminables asedios, resistieron: durante el Tet, los soldados survietnamitas comprendieron que estaban combatiendo por la propia tierra y por su propia supervivencia. Hay que hacer notar, además, que la sustitución de algunos oficiales incompetentes, ordenada por el presidente Van Thieu, fue otro elemento que excitó la combatividad de algunas unidades. Las fuerzas de Saigón eran decididamente inferiores a los atacantes, los cuales habían recibido buenos apoyos de medios y materiales de la Unión Soviética y de China, y se habían aprovechado de bases de partida en los vecinos territorios neutrales. Frente a dicha superioridad, el apoyo aéreo estadounidense fue un elemento de soporte nada desdeñable que favoreció el rechazo de las distintas ofensivas actuando sobre las líneas de refuerzo evitando su regularidad. Durante el mes de mayo, los combates prosiguieron en cada una de las tres regiones militares con una intensidad verdaderamente elevada, aunque los atacantes iban perdiendo poco a poco la iniciativa. Durante los primeros días del mes de junio, los comunistas comenzaron a retirarse, atacados por los cuerpos de elite survietnamitas, como los marines y las unidades de paracaidistas. El ejército survietnamita demostró ser capaz de operar a nivel terrestre incluso sin las unidades de infantería americanas, a pesar de que las bases de partida y los "santuarios" enemigos de Camboya y Laos permanecieron intactas, permitiendo las operaciones de salvamento de las unidades de Hanoi supervivientes y su reconstrucción, apoyados por todos los países del Este. Tres años más tarde, tal cantidad de medios y armamentos resultó fatal para Vietnam del Sur, completamente abandonado por los occidentales. Un arma decididamente característica y particularmente utilizada durante los encuentros de la Ofensiva de Pascua fue el lanzamisiles M72 LAW (Light Anti-Armour Weapon). En dotación en las fuerzas armadas estadounidenses como arma ligera anticarro, también fue entregado al ejército survietnamita para los destacamentos de infantería. Se trata de un lanzamisiles de disparo individual utilizable una sola vez, de peso muy contenido (2,35 kg) capaz de perforar corazas de acero de hasta incluso 30 centímetros de espesor. Se compone de dos tubos concéntricos, el exterior de vetroresina, con los mecanismos de disparo y de puntería, y el interior, de aluminio, en el que se contiene el misil. La estabilización del misil se producía durante el vuelo mediante unas aletas especiales. El peso contenido del 72 LAW permitía que, en casos de necesidad, un soldado pudiera llevar incluso dos o tres, además del normal equipamiento. Un inconveniente que se encontró en el arma después de largos períodos de almacenamiento en zonas especialmente húmedas de Indochina era el malfuncionamiento eléctrico. Con todo, el arma demostró ser decisiva y contundente contra los vehículos acorazados comunistas, que en muchos casos pagaron a un alto precio sus distintos intentos de ataque. Otra arma que pudo demostrar durante el conflicto, por enésima vez, sus cualidades, fue la pistola semiautomática Browning HP de calibre 9 mm. Especialmente apreciada durante el segundo conflicto mundial por ambas formaciones, en Vietnam fue adoptada principalmente por miembros de las fuerzas especiales y por los consejeros militares americanos y aliados, convirtiéndose enseguida en el arma utilizada también por los destacamentos de elite survietnamitas. El arma se apreciaba por su precisión de tiro y por tener el cargador de dos hileras de trece cartuchos que le permitía una autonomía de tiro muy superior a la Colt 1911 calibre 45. Estaban disponibles varios modelos con alza regulable o sin ella, según el tipo de uso que se le fuera a dar, o de las demandas del usuario. El único punto, tal vez, en su contra, puede ser, según afirma un cierto número de especialistas con experiencias bélicas en el área, que requiere una mayor necesidad de manutención, siempre en relación con la Colt 1911 reglamentaria de las fuerzas armadas americanas y survietnamitas. A parte este pequeño punto negro, la Browning HP es un arma de óptimo nivel, encontrándose aún hoy en uso en numerosos ejércitos.
contexto
En enero de 1968 el Vietcong y los norvietnamitas llevaron a cabo la ofensiva del Tet (un mes del calendario vietnamita) que supuso una derrota total para ellos, pero que significó también una abrumadora victoria psicológica. Hué, una de las principales ciudades, fue ocupada durante veinticinco días, pero el mayor daño de cara a la opinión mundial fue causado por la imagen de un general sudvietnamita ejecutando de forma sumaria a un Vietcong. Los norvietnamitas pudieron haber ejecutado a 5.000 personas en Hué, en ocasiones por procedimientos tan bárbaros como enterrarlos vivos, pero, al mismo tiempo, sufrieron 40.000 muertes. A partir de este momento la guerra fue ya definitivamente impopular en los Estados Unidos, al mismo tiempo que los medios de comunicación se manifestaban por completo opuestos a la participación en el conflicto. El verdadero campo de batalla fue, pues, la opinión norteamericana y a este respecto no hay que olvidar que lo que se vio por la televisión fue unidimensional porque no aparecieron, por razones obvias, las atrocidades cometidas por los norvietnamitas. Uno de cada tres norteamericanos cambió de opinión acerca de la Guerra de Vietnam en los meses iniciales de 1968. En realidad, nunca hubo una genuina iniciativa de paz de los vietnamitas. Desde 1964 hubo, sin embargo, intentos por parte norteamericana de llegar a ella que no encontraron verdadero apoyo en los soviéticos, los cuales, pese a la distensión, no querían presionar demasiado a los vietnamitas, pues temían que éstos se lanzaran a los brazos de los chinos. Sólo en octubre de 1968 se iniciaron las conversaciones de paz en un momento en que se habían suspendido los bombardeos en el Norte. Los sudvietnamitas se negaron a participar en ellas. Siempre durante la administración Johnson, se partió de la base de que cualquier acuerdo debía suponer la retirada de las tropas nordvietnamitas. Como les había sucedido a los franceses en Argelia, se necesitó un largo período de tiempo para que los Estados Unidos pudieran desembarazarse del problema de Vietnam y se hizo con un grave problema para la conciencia nacional. El problema fundamental para los norteamericanos fue que su opinión pública pedía dos cosas por completo contradictorias, como eran poner fin a la guerra sin, al mismo tiempo, capitular. Lo más grave, sin embargo, era que se sentía una profunda sensación de malestar, pues daban la sensación de ser penosamente conscientes de que estaban en malas compañías.