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En comparación con el aristocracia del Antiguo Régimen, la alta aristocracia pierde su papel dominante, si bien sigue teniendo enorme peso e influencia. Numéricamente, la nobleza de todo tipo comienza su descenso desde el siglo XVIII. La mayoría eran miembros de la pequeña nobleza (la hidalguía). Si se mantiene durante toda la Edad Moderna es gracias a los privilegios, especialmente fiscales que ahora van a desaparecer y por ello su existencia deja de tener razón de ser. Los escudos nobiliarios permanecieron a las puertas de las casas por inercia, prestigio, recuerdo y estética. Antes de adentrarnos en los diversos grupos sociales es conveniente un comentario sobre la hidalguía, una parte de la población que distorsiona toda clasificación social de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Cerca de 500.000 individuos, en los censos de finales del siglo XVIII, que, sumados a sus dependientes, estarían próximos a los dos millones de personas, lo que constituye más del 13% de los españoles. El gran problema es la comparación de estos censos con los del siglo XIX en los que no se recogen los hidalgos como tales sino por sus respectivos trabajos. Aparte de otras consideraciones, la hidalguía, a efectos prácticos, tenía su importancia en orden a la exención del pago de tributos, del alistamiento forzoso de las milicias y de la obligación de alojar en sus casas a las tropas. El interés de probar la hidalguía con estos fines fue el más frecuente en la época moderna, como bien atestiguan los miles de pleitos que se conservan en la correspondiente sección del Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. Cuando estas exenciones dejaron de estar en vigor, de manera general, la hidalguía pasó a ser un recuerdo, sólo presente quizás en algunas actitudes y comportamientos tan difusos que difícilmente se pueden generalizar y comprobar. La inmensa mayoría de los hidalgos se encontraban en la zona central de España al norte del Duero. Su localización corresponde a las actuales provincias marítimas, desde Asturias a Guipúzcoa y las de León, Palencia, Burgos, Álava, Navarra, Soria y Rioja. Aunque en todas ellas los hidalgos se contaban por decenas de miles, su proporción con respecto al conjunto de la población no era homogénea. Según los censos de la segunda mitad del siglo XVIII, al Norte de la Cordillera Cantábrica eran hidalgos más de la mitad de sus habitantes con porcentajes máximos de Asturias y La Montaña, en donde llegaban al 70 y 90% respectivamente (Censo de Aranda). En Vizcaya y Guipúzcoa, la hidalguía, al menos teóricamente, tenía carácter general. Las provincias limítrofes eran zonas de transición: León, Burgos, Álava y La Rioja (con un porcentaje entre el 40 y el 18%), Navarra, Palencia (en parte pertenecía a la antigua provincia de Toro) y Soria (entre el 5 y 10%). En la zona del Alto Aragón, donde abundaban los ricos-hombres, barones, infanzones y mesnaderos (asimilables a los hidalgos castellanos) la situación era análoga a la de estas provincias de transición. A medida que se avanza hacia el oeste por Galicia, al sur por la línea del Duero y al este hacia el antiguo Reino de Aragón, decrece drásticamente la proporción de hidalgos. En Galicia, según el Censo de 1787, apenas sobrepasaban el uno por ciento. En las tierras del antiguo reino de Castilla, al sur del Duero, así como en la mayoría de Aragón, Cataluña, Levante y los Archipiélagos balear y canario el número de hidalgos se hace menor, con porcentajes que no suelen llegar al uno por ciento. La situación socioprofesional de los hidalgos era muy semejante en la España cantábrica y pirenaica, desde Asturias hasta la zona norte de Aragón: ejercían todo tipo de trabajos y oficios en proporción no muy diferente al resto de los habitantes. Sin embargo, al sur del Duero los nobles eran pocos. Los hidalgos, aunque con una situación diferente al norte de España, frecuentemente aparecen clasificados en los más variados oficios o dedicaciones. Entre los censados como nobles abundaban los titulados y solían ser terratenientes cuyas propiedades les proporcionaban rentas normalmente más que suficientes para mantener su situación social sin recurrir al trabajo. La alta nobleza titulada, singularmente la grandeza, está constituida por un pequeño número de familias situadas más bien en Castilla y Andalucía. El Censo de 1797 especifica concretamente 1.323 familias nobles tituladas que he considerado como rentistas propietarios: No están todos los que son, pero son todos los que están. Sería un error pensar que esta nobleza titulada ha desaparecido, como ocurrió en Francia. En España, como en el sur de Italia, se adaptan a las nuevas circunstancias: Todo debe cambiar para que nada cambie, en expresión del protagonista de El Gatopardo de Lampedusa. Muchos se pondrán a la cabeza del liberalismo, al menos de cierto liberalismo, y otros se aprovecharán del liberalismo. Concretamente, en España muchos nobles van a entrar en el mercado de las tierras después de la desvinculación señorial, fenómeno que prácticamente está por estudiar, y además comprarán fincas rústicas y urbanas procedentes de la desamortización. En ocasiones, como la casa de Alba, estas compras se van a realizar en condiciones excepcionalmente ventajosas y, probablemente, de manera ilegal (algunas tierras les serán adjudicadas al precio de tasación sin subasta previa) con respecto al resto de los españoles. La nobleza, en cuanto elite terrateniente, salió relativamente bien parada de la revolución liberal si la comparamos con otros países. Perdió los ingresos derivados de sus derechos jurisdiccionales pero se les compensó con títulos de la Deuda. Según cálculos de Angel Bahamonde, el nominal de estos títulos se vería reducido a unos 150 millones de reales si éstos se hubieran vendido en bolsa pero, como acabamos de ver, una parte que utilizaron para comprar tierras desamortizadas por lo que mantuvieron todo su valor. Varias casas nobiliarias importantes, las de Alba o Medinaceli, por ejemplo, no sólo acrecentaron su patrimonio rural sino que, a comienzos del siglo XX, invirtieron más activamente, como el propio Rey, en empresas industriales y de servicios, si bien en los años centrales del siglo XIX sus fortunas seguían consistiendo en bienes inmuebles (rurales y urbanos) sin que apenas invirtiesen en industria. Algunos miembros de la nobleza perdieron buena parte de sus propiedades. Los nobles con tierras en Valencia y Alicante, con arrendamientos enfitéuticos, no pudieron transformar los señoríos en propiedad privada y los arrendatarios acabaron convirtiéndose en propietarios plenos. Como ha observado Antonio Fernández (1986), las dificultades de la Guerra de Independencia trastornaron el mercado, lo que provocó el impago de las rentas y generó en el campesinado el hábito de no satisfacerlas. Los pleitos entre nobles y campesinos se entrecruzan con los pleitos entre los herederos, al desaparecer las vinculaciones y mayorazgos. Varias familias se adaptaron mal a la nueva economía liberal. En vez de crear nuevas riquezas siguieron gastando como si tuvieran las mismas rentas y derechos que en el Antiguo Régimen. Acabaron encontrándose con más gastos que ingresos lo que supuso un endeudamiento que sólo pudieron superar vendiendo sus propiedades, a menudo a sus antiguos administradores -quienes habían actuado de prestamistas-. Este fue el caso de los duques de Medina-Sidonia o los de Osuna. Ambos ducados enajenaron la gran mayoría de sus miles y miles de hectáreas a lo largo del siglo XIX. En los años cuarenta del siglo pasado ambas casas nobiliarias todavía se encuentran entre los mayores receptores de rentas agrarias del país. Cuando se hicieron los inventarios para llevar a cabo la Reforma Agraria en la II República, sus posesiones apenas llegaban a mil hectáreas cada uno. Otros nobles menores, como los marquesados de Montilla, Dos Hermanas, Castellón, Astorga o el Conde-Duque de Benavente siguieron una suerte parecida. Otro signo de las dificultades económicas -como destaca Shubert- fue la venta de palacios de Madrid. Hubo al menos 37 ventas de este tipo. La baja nobleza regresó a menudo a sus palacios en provincias y vivió en Madrid de alquiler. Los demás buscaron en Madrid casas nuevas que fueran a la vez prestigiosas y más económicas y las encontraron en el barrio de Salamanca. Los casos anteriores fueron frecuentes pero no se pueden generalizar. Otras casas nobiliarias van a aumentar su potencial económico y, desde luego, a mantener una no desdeñable influencia social y política. Aun con dificultades en algunos momentos, se enriquecen a través de los mecanismos del mercado y con los restos de antiguos privilegios (siguen manteniendo una representación institucional en el Senado, una considerable presencia en el Congreso y el casi monopolio de ciertos cargos públicos como los diplomáticos y las funciones cortesanas). Todo ello sin contar con la tradicional acumulación de fortunas, por matrimonios nobiliarios, a los que ahora se van a añadir los concertados con la nueva clase alta: la burguesía de los negocios. La Casa de Medinaceli tenía a comienzos del reinado de Isabel II un patrimonio de unos 80 millones de reales que proporcionaban rentas anuales por más de tres millones. Tras los pleitos de los herederos la casa tuvo dificultades y enajenó parte de su patrimonio por lo menos hasta 1860. También la casa de Alba tuvo problemas financieros para mantener el tren de vida que deseaban hasta que el enlace matrimonial con los Montijo les permitió sanear su hacienda. Unos, por naturaleza, y otros, por imitación, van a mantener el estilo de vida nobiliario que se traduce en ostentación, lujo y unas relaciones sociales intensas y de ámbito cerrado. Prueba de que la aristocracia mantenía un gran prestigio social fue el hecho de que la monarquía siguió premiando con títulos a los militares que combatieron en las guerras carlistas, americanas o -más tardíamente- marroquíes, así como a personas relevantes de la política, las finanzas, la industria o a cortesanos y parientes de la familia real. En el reinado de Isabel II se concedieron 401 títulos. Es la nueva nobleza vinculada frecuentemente a la burguesía de los negocios.
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La obra del arquitecto Brunelleschi (1377-1446) marca el comienzo de la nueva arquitectura. Formado en Florencia, donde trabajó como escultor y como arquitecto, es sobre todo como arquitecto como ha pasado a la historia. La cultura científica en la Florencia de Brunelleschi explica en parte las características de una obra que va a basar en la medida, la proporción y la perspectiva la belleza de formas y espacios. En el ambiente en que Brunelleschi se formó, relacionado con el matemático y físico Paolo del Pozzo Toscanelli, se conocía a Vitrubio, a Alhazen, a Euclides, a Peckman..., así que el hecho de que Brunelleschi fuera un artista científico parece lógico teniendo en cuenta su contacto con filósofos, eruditos y sabios florentinos. Muchos de los datos que conocemos de este arquitecto los debemos a su biógrafo Manetti, pues Brunelleschi a pesar de su condición de científico, no dejó obra teórica escrita. Eso ha llevado a decir que permanecía todavía, en algún aspecto, anclado en una tradición artesanal que consideraba que era preciso guardar los secretos de su arte. En ese sentido podemos entender el comentario que le hizo al sienés Mariano di Jacopo, llamado el Taccola, a quien conoció a mediados de los años treinta, y cuya obra teórica como ingeniero hay que resaltar en este siglo de progresos que fue el XV. El Taccola escribió lo que le dijo Brunelleschi en el sentido de que no había que explicar a muchos las propias invenciones, sino sólo a aquéllos capaces de comprender y amar esa ciencia. Ese no ser escritor, el no haber difundido sus secretos, diferenciará bastante radicalmente a Brunelleschi de otro arquitecto a quien luego nos referiremos, como es Alberti. Si debió su formación a la cultura científica florentina, no es menos cierto que fue uno de los hombres que más contribuyó a crear la imagen de Florencia como Nueva Roma, como cuna del nuevo arte que estaba surgiendo. Aunque todas sus obras son muy significativas en ese sentido, hay una que destaca entre todas ellas, que es la cúpula de Santa María de Fiore, catedral de Florencia. De ella escribió Alberti que era "amplia como para cubrir con su sombra todo el pueblo toscano" y en ella se puede decir que toma forma ese deseo de asimilar la imagen de Florencia a la de la antigua Roma, pues se busca un paralelismo con la cúpula del Panteón. Brunelleschi se enfrentó en esa obra al reto que supone trabajar sobre algo ya hecho. No sólo existía ya el campanile de Giotto, verdadero emblema del orgullo ciudadano, sino que de la catedral, en la que había trabajado Arnolfo di Cambio, tan sólo quedaba por hacer la cúpula, de la que incluso las medidas estaban ya dadas. Después del concurso celebrado en 1418 para adjudicar el proyecto de la nueva cúpula, ésta fue encargada a Ghiberti y a Brunelleschi. Los mismos artífices volvieron a concursar en 1436 para la realización de la linterna, pero en ambos casos el triunfador fue Brunelleschi pues, incluso en la obra de la cúpula, en la que no le quedó más remedio que compartir funciones con Ghiberti, logró con sus ausencias dejar clara la falta de preparación técnica de éste para ocuparse en solitario de las obras y, de hecho, se sabe que en 1423 Brunelleschi era llamado "inventor y gobernador de la cúpula mayor". La consideración y el nuevo el papel del arquitecto en una obra fue también consolidado por Brunelleschi, pues todo estuvo bajo su dirección -se enfrentó incluso a una huelga- abriendo el camino del arquitecto/tracista, cuya consideración intelectual le aleja del artesano que trabaja con las manos. La vinculación que existía entonces entre dos profesiones que hoy diferenciamos, como son las de ingeniero y arquitecto, se pone de manifiesto en el hecho de que Brunelleschi, además de ocuparse de obras de fortificación, hiciera relojes y -lo que ahora nos interesa más- ingenios para transportar materiales a la obra. Ya no existían carpinteros que supieran hacer las grandes armaduras de madera necesarias para construir la cúpula, así que Brunelleschi, utilizando el aparejo en forma de espina de pez -que habían utilizado los romanos- y cimbras de madera en forma de anillos, consiguió que la cúpula se autosustentara durante la construcción. El alarde técnico que supuso se ha puesto en relación con el importante desarrollo de la burguesía florentina, identificada con el progreso ligado al nuevo arte. En 1436 se acabó la cúpula y fue bendecida oficialmente por el papa Eugenio IV, pero la linterna, diseñada también por Brunelleschi, no se acabó hasta 1464. El conjunto es emblemático del primer Renacimiento, con su cúpula doble para que la exterior, "más magnífica y henchida", según palabras atribuidas a Brunelleschi, se convierta en ese referente urbano que fue desde su creación. La linterna, en la que confluyen los nervios de la cúpula, se muestra así como una suerte de punto de fuga -acentuado por el bicromatismo- y sobre todo como el nexo entre esa arquitectura creada por el hombre y la ciudad e, incluso, la bóveda celeste. Los conocimientos de perspectiva que Brunelleschi demostró en esta obra los codificó en unas famosas tablas hoy perdidas y que sólo se conocen por descripciones de contemporáneos. En ellas representó el Baptisterio y la Plaza de la Señoría de Florencia. Aplicando sus conocimientos de óptica y matemáticas demostró la correspondencia existente entre la visión del ojo humano y el nuevo sistema de representación basado en la perspectiva. La relación del edificio con la ciudad, que ya hemos visto al tratar de la cúpula, fue un tema del que Brunelleschi se ocupó en otras ocasiones. Un proyecto no realizado fue el del palacio de Cosme de Médici, que debía haberse situado enfrente de la iglesia de San Lorenzo con una plaza en medio. Algunos historiadores han señalado que en ese proyecto tendría su origen la tipología urbana de palacio/plaza/iglesia que tanto éxito tendrá en el Renacimiento y el Barroco. Un proyecto que, en cambio, sí se realizó fue el del Hospital de los Inocentes, que fue pensado por Brunelleschi en relación con el espacio de la plaza de S. Annunziata, en la cual, ya en el XVI, intervinieron otros arquitectos, como A. da Sangallo el Viejo. Fue un hospital realizado para recoger niños abandonados y Brunelleschi dirigió las obras desde 1419 hasta 1427, cuando se hizo cargo de ellas F. della Luna, a quien se ha atribuido el segundo piso de la fachada. En el pórtico a base de arcos se refleja el sistema de proporciones en que se basa la arquitectura brunelleschiana, pues el ancho del vano y del pórtico es igual al alto de las columnas, con lo cual lo que encontramos es un cubo que se repite nueve veces. El predominio de las horizontales y el racionalismo que está en la base de su diseño, han llevado a Antal a afirmar que este hospital es "la más moderna realización burguesa de la arquitectura florentina". Como ya hemos indicado, medida, proporción y razón, son el fundamento de su arquitectura. El mismo arquitecto convirtió a sus obras casi en manifiestos de ese sistema de construir a base de módulos, pues en muchas de ellas unas pequeñas ménsulas recuerdan a quien las contempla la medida del módulo empleado para conseguir la correspondencia armónica entre todas las partes del edificio. Ejemplo de ello pueden ser tanto la capilla de los Pazzi en la iglesia de Santa Croce, como la Sacristía Vieja de San Lorenzo, que tienen además la misma estructura arquitectónica. En ambas el sistema de proporciones empleado, del que se ha analizado su correspondencia con la escala musical, se muestra y casi se dibuja mediante las ménsulas y la alternancia de colores, que permiten visualizar esa base geométrica y racional de la arquitectura de Brunelleschi.
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En la Italia del siglo XV, además de poderosas ciudades como Milán, Florencia, Venecia, Roma o Nápoles, hubo otros centros, como Ferrara o Urbino, en los que también se puso de manifiesto que aquella sociedad era ante todo una sociedad urbana. Las ciudades fueron un campo de actuación prioritario para los príncipes y, gracias a los instrumentos que la posesión del poder les otorgaba, algunas de ellas resultaron transformadas. Para ello necesitaron una idea de ciudad, unos modelos a los que aproximarse, temas como el de la plaza de trazado regular, asociado siempre a la ciudad moderna del Renacimiento. Esos modelos los proporcionaron los tratadistas. Se ha señalado que las propuestas urbanas de los teóricos del siglo XV no deben ser consideradas como ciudades ideales, pues de ningún modo se encuentran fuera del tiempo y del espacio en que se crearon, sino que son resultado de ese tiempo y ese espacio. Según Franchetti Pardo, lo que las aproximaría a una ciudad ideal sería el que en esas propuestas teóricas hay una voluntad de generalizar, de proponer modelos realizables en muy distintos lugares. En ese sentido, en tanto que modelos pensados para ser aplicados, fueron conocidos por mecenas y artífices y, en muy contados casos, llevados a la práctica. León Battista Alberti fue el primero en tratar el tema de la ciudad incluyendo factores como el estético. Según él, en una ciudad se deben combinar la commoditas, es decir, su carácter funcional, con la voluptas o belleza. Es en su tratado "De re aedificatoria" donde aborda el problema del urbanismo, un tratado que fue dedicado al papa Nicolás V, que intentará en Roma parangonar la grandeza de la Roma antigua con una grandeza presente que había que crear.
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Las dos provincias hispanas existentes durante la República y los territorios recientemente conquistados fueron reestructurados en tres provincias; la antigua Provincia Hispania Ulterior fue subdividida en dos provincias delimitadas grosso modo por el Anas (Guadiana); de ellas la Provincia Ulterior Baetica fue considerada senatorial, con capital en Corduba. Abarcaba los territorios fuertemente romanizados de la Turdetania y el mundo de las factorías fenicio-púnicas costeras, donde se había producido una importante equiparación jurídica de sus principales centros urbanos, más una parte periférica de la Bastetania y de la Oretania, donde la urbanización era menos intensa y la equiparación jurídica menos difundida. La otra provincia formada a partir de la Hispania Ulterior fue denominada Ulterior Lusitania y considerada como imperial, con capital en Emerita Augusta, la nueva colonia fundada con contingentes militares que habían participado en la guerra contra los astures; se extiende por el territorio de los lusitanos y vetones, donde predominan formas de organización tribales y centros protourbanos; a esta provincia se le adscriben los territorios correspondientes a los galaicos y astures que serán objeto de modificación en años posteriores. La antigua provincia Hispania Citerior dio lugar a la Citerior Tarraconense con capital en Tarraco y de carácter imperial; a ella se incorporan en esta primera subdivisión de Hispania los restantes territorios conquistados en años sucesivos en las guerras contra los pueblos del Norte; la heterogeneidad existente en el interior de esta circunscripción provincial se pone de manifiesto en la mera comparación entre la urbanización del mundo ibérico y de las zonas costeras afectadas por la colonización griega o cartaginesa y el mundo de la Celtiberia o de los pueblos del norte, heterogéneo a su vez en su grado de evolución histórica, pero donde el fenómeno urbano se encontraba menos implantado o donde dominan formas de organización basadas en los lazos de sangre y de parentesco. Estas delimitaciones provinciales fueron reformadas posteriormente en fecha discutida para la que se ha propuesto los años comprendidos entre el 16 y el 13 a.C. o entre el 13 y el 7 a.C. La nueva distribución territorial implica un aumento ostensible de la extensión de la Provincia Hispania Citerior, a la que se incorpora el territorio de los astures y de los cántabros más las tierras al norte del Duero pertenecientes actualmente a Galicia y Portugal; con ello la Provincia Ulterior Lusitana quedó relegada a las tierras comprendidas entre el Guadiana y el Duero con proyección hacia el interior de la Península Ibérica en las actuales provincias de Cáceres y Salamanca. También, la provincia senatorial de la Betica fue desgajada de parte de sus territorios orientales en favor de la Tarraconense; concretamente, los importantes distritos mineros del territorio bastetano en las altiplanicies de Granada y del territorio oretano en torno al centro de Cástulo pasaron a integrarse en la mayor de las provincias imperiales. La amplia extensión de las provincias y su compleja conformación geográfica e histórica dieron lugar a una vertebración interna mediante fórmulas intermedias entre sus fundamentos básicos, conformados por centros urbanos u organizaciones étnicas, y la circunscripción provincial. Algunas de las fórmulas que se pusieron en práctica tuvieron una pervivencia efímera. Tal ocurre con las diócesis que el geógrafo Estrabón documenta exclusivamente en la Provincia Hispania Citerior y que, creadas por Augusto, desaparecieron durante el reinado de Claudio. Concretamente, se acepta que en número de tres poseen una función eminentemente militar con una proyección territorial cuya delimitación precisa resulta difícil de fijar y para la que se han propuesto diversas fórmulas correspondiente a las zonas de Galicia y Asturias, Cantabria y cuenca del Ebro. En cambio, los Conventus Iuridici, posible creación de Augusto, constituyen el eslabón intermedio en el organigrama provincial. Esta fórmula administrativa tenía precedentes durante la administración republicana en el sentido de que definía las reuniones periódicas que los gobernadores provinciales convocaban en un determinado lugar para proceder a la administración de justicia. Con la reforma augústea se consolida su delimitación territorial, puesto que el marco provincial se subdivide en una serie de circunscripciones definidas por el centro de mayor relevancia. En ellos se procede fundamentalmente a la administración de justicia, pero en las zonas escasamente urbanizadas del noroeste hispano desempeñaron asimismo otras funciones relacionadas con el culto al emperador o con la recaudación de impuestos. La información pormenorizada de estas circunscripciones administrativas intermedias nos la proporciona Plinio el Viejo en la Naturalis Historia; concretamente, en la Provincia Hispania Citerior Tarraconense constata la existencia de siete conventus, que articulan conjuntos demográficos y realidades-históricas heterogéneos. Se trata del lucense, bracarense, astur, cluniense, caesargaugustano, cartaginense y tarraconense, cuyas capitales respectivas están constituidas por Lucus Augusti (Lugo), Bracara Augusta (Braga), Asturica Augusta (Astorga), Clunia (alrededores de Coruña del Conde), Caesaraugusta (Zaragoza), Carthago Nova (Cartagena) y Tarraco (Tarragona). De algunos de estos conventus nos ofrece Plinio el censo de población, como ocurre concretamente con el Lucense donde habitan 166.000 personas libres, con el bracarense con 285.000 con el mismo estatuto jurídico o con los 240.000 hombres libres del astur. Pero al mismo tiempo, en su información se constata la compleja realidad histórica que albergan estos conventus, donde se aprecia la existencia paralela de realidades protourbanas, denominadas con los términos de populus y civitas, y de centros plenamente romanos con rango colonial o municipal. La Provincia Ulterior Lusitania queda estructurada en tres conventus, que se denominan a partir del nombre de la colonia de ciudadanos romanos que les sirve de centro. Se trata del Emeritense, Pacense y Escalabitano con capitales respectivas en Emerita Augusta (Mérida), Pax Julia (Beja) y Escalabis (Santarem). También el territorio adscrito a estos tres conventus lusitanos se caracteriza por la gran heterogeneidad histórica en la organización de las poblaciones que incluye, ya que junto a entidades basadas en los lazos de sangre y de parentesco, de claro carácter protourbano, nos encontramos con fundaciones de colonias o con centros indígenas que han sido promocionados al estatuto municipal. Finalmente, la provincia senatorial de la Betica queda organizada en cuatro conventus con criterios derivados de su propia conformación geográfica y de su evolución histórica; de esta forma, la zona costera, donde se integran las antiguas factorías fenicio-púnicas, gozando de autonomía derivada de su carácter de ciudad federada como ocurre con Malaca (Málaga) o promocionadas al estatuto municipal como en los casos de Sexi (Almuñécar) y Gades (Cádiz), queda organizada en el conventus gaditano, con capital en el municipio romano de Gades. Los otros tres conventus se definen en gran medida en virtud de los dos grandes ejes de la red fluvial de la provincia que articulan a su vez la red viaria; de esta forma, mientras que el bajo Guadalquivir queda organizado en el conventus Hispalense con capital en la Colonia Julia Romula Hispalis (Sevilla), su curso medio se organiza en el conventus cordubense con centro en la Colonia Patricia Corduba, y el curso del Singilis (Genil), afluente por la izquierda del Guadalquivir, queda organizado en el astigitano, con capital en la Colonia Augusta Firma Astigi (Ecija). Una clara diferencia se aprecia en la información que Plinio nos proporciona sobre la realidad histórica que se organiza en estos conventus béticos; se trata de la fuerte implantación de la vida urbana, fenómeno que se proyecta en la terminología empleada por el propio naturalista, quien reitera al definirla el uso del término oppidum, con el que debemos genéricamente definir a comunidades autónomas que poseen un centro urbano plenamente consolidado. El contraste histórico de la Betica con los restantes conventus hispanos se aprecia en la terminología empleada por Plinio, quien reitera para la composición de estos últimos el uso de populus y civitas, en los que debemos ver, al margen de sus diferencias, un tipo de comunidad no poliada, conformada por lazos de sangre y de parentesco y organizada en centros protourbanos. No obstante, semejante información no implica el considerar a los conventus béticos como homogéneos en su grado de urbanización, ya que la implantación urbana era más intensa en la zona costera y en el valle del Betis que en las colindantes zonas montañosas, y a determinados conventus como el hispalense se adscriben territorios como la Beturia céltica, que expresan en su propia denominación el contraste histórico con el mundo turdetano.
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Fue la más rica y populosa de las colonias españolas. Rica, porque su minería argentífera pudo desarrollar otros sectores económicos, como la agricultura, la ganadería y el comercio. A fines de la colonia, estos últimos equivalían en valor a las extracciones mineras. Populosa, porque tenía la mitad de la población hispanoamericana: 6.122.354 habitantes en 1810. Plata y habitantes fueron las dos locomotoras que impulsaron su auge. El proceso demográfico inició un rápido crecimiento a partir de 1720, coincidiendo con el aumento de la minería. Empezó a bajar desde mediados de siglo, alcanzando crecimiento negativo en los años ochenta. Posteriormente aumentó de forma vertiginosa. El virreinato pasó de dos a tres millones y medio de habitantes en 1760, a casi cinco (4.833.569) en 1793, sobrepasando los seis millones (6.122.354) en 1810, como dijimos. Sus intendencias más densamente pobladas fueron las de Guanajuato, México y Puebla, siguiéndoles a mucha distancia las de Oaxaca, Valladolid y Yucatán. Por su número de habitantes destacaron México, Puebla, Oaxaca, Guanajuato y Yucatán. La mitad de esta población era indígena, la sexta parte blanca y el resto, estaba formado por mestizos, negros y mulatos. En cuanto a sus ciudades de más de 50.000 habitantes, eran México, Puebla y Guanajuato. Oaxaca, Guadalajara, Valladolid y Zacatecas tenían más de veinte mil. La administración fue realizada hasta 1760 por virreyes pertenecientes a la nobleza (dos condes, tres marqueses, tres duques y dos arzobispos), uno de los cuales, el Marqués de Casafuerte, fue criollo limeño, un caso insólito. Sus problemas principales fueron los usuales de fomentar la minería, sofocar sublevaciones indígenas, enviar situados, fortificar el Caribe, cuidar la Real Hacienda, perseguir el contrabando inglés y holandés, reprimir el bandolerismo en los caminos, evitar la corrupción administrativa, fundar poblaciones y soportar con estoicismo los pleitos entre instituciones y funcionarios a su cargo. En 1765, fue enviado a México como visitador don José de Gálvez, que realizó una profunda reforma, creando nuevos impuestos, aumentando los existentes, estableciendo el estanco del tabaco, ayudando a la expulsión de los jesuitas (y a la represión de los motines que ésta suscitó) y creando la Comandancia de las Provincias Internas con las provincias de Sonora, Sinaloa, California, Nuevo México, Coahuila y Texas, que nació con carácter oficial en 1776. Los doce virreyes que gobernaron de 1760 a 1808 fueron, en cambio, militares (hubo cinco nobles). Gran parte de los mismos obtuvo su cargo por nepotismo y favoritismo. Salvo rara excepción, no brillaron por sus cualidades de gobierno, limitándose a obedecer las órdenes reformistas, que cumplieron fielmente: expulsión de la Compañía, creación de las doce intendencias (1786), libre comercio, etc. A ello añadieron la intervención en las guerras de turno, las fortificaciones (Perote y Acapulco), y cierto interés por las obras públicas y el embellecimiento y aseo de la capital. La prosperidad de Nueva España se reflejó en la Real Hacienda, que vio duplicar sus ingresos durante los sesenta primeros años del siglo, pasando de tres a seis millones, y cuadruplicarse luego en los cuarenta años restantes, cuando llegó a ingresar más de 22 millones. Eran las dos terceras partes de lo que recibía de toda Hispanoamérica. Esto permitió atender con prodigalidad los enormes gastos de defensa del Caribe. Los situados enviados a Cuba, Puerto Rico, Campeche, Florida, Filipinas y Trinidad ascendían a unos cuatro millones y medio de pesos anuales. México realizó, durante el siglo XVIII, un enorme avance hacia el norte, asimilando el Bajío y tratando de incorporar otros territorios más septentrionales. El Bajío estaba situado entre los centros mineros septentrionales y las regiones occidentales y centrales de México. Fue objeto de un intenso tráfico de apoyo a la minería que terminó por revalorizar sus tierras, surgiendo ciudades y villas en cuyo entorno se ubicaron importantes producciones agrícolas (maíz y trigo), ganaderas, manufactureras (obrajes) y un activo comercio. Su riqueza atrajo emigrantes del sur y llegó a ser una de las regiones de mayor densidad, triplicando su población entre 1700 y 1760. Posteriormente sufrió un estancamiento que motivó incluso la emigración hacia otras regiones menos pobladas. La expansión minera hacia el septentrión (Parral, Chihuahua) fue estirando cada vez más la colonización. En cuanto al avance hacia el norte, permitió casi duplicar la superficie del territorio virreinal, que alcanzó unos cuatro millones de kilómetros cuadrados. Fue una frontera móvil, pero careció de una infraestructura ocupacional, lo que la convirtió en muy frágil frente al avance de otras colonizaciones extranjeras. Prácticamente se realizó con misioneros jesuitas y un escaso apoyo militar. Resultado de este avance fueron las ocupaciones de California, Nayarit, Texas y Tamaulipas. El interés por California venía del siglo anterior, cuando los padres Kino y Salvatierra establecieron algunas misiones en ella (1697), comprobando que era una península. Fundaron San Ignacio en su parte meridional y luego San Blas, en 1767. Tras su expulsión, fueron sustituidos por los franciscanos, que fundaron San Diego y San Francisco (1776) y Los Ángeles (1781). Nayarit, territorio montañoso y habitado por indios insumisos existente entre Nueva Galicia y Nueva Vizcaya, fue dominado militarmente entre 1721 y 1724. Texas fue conquistado a partir de 1716 para impedir el avance francés desde la Louisiana. Se fundaron la villa de Béjar, un presidio y varias misiones franciscanas. En 1721 se convirtió en Gobernación independiente, con capital en Adaes. Para establecer la comunicación entre Texas y Tampico se realizó la conquista de Tamaulipas, emprendida en 1715 y concluida en 1748. Aquí se establecieron 24 poblaciones y numerosas misiones franciscanas. También tuvo gran importancia la exploración de la costa pacífica septentrional, aunque careció de resultados en materia de colonización. Se relacionó con la expansión rusa desde Alaska hacia el sur. En 1773 la había denunciado el Conde de Lacy, embajador español en San Petersburgo, quien hizo llegar a Grimaldi un mapa ruso de 1758 con los descubrimientos de Behring en Alaska. El gobierno pidió informes al virrey Bucarelli y éste mandó al alférez de fragata Juan Pérez, para que explorase la costa al norte de San Blas tratando de encontrar a los rusos. Pérez hizo su periplo en 1774, alcanzando los 55°. Una segunda expedición, mandada por Bruno Haceta y Juan Francisco Bodega y Quadra zarpó en 1775, explorando hasta los 58°. En 1779, Ignacio Arteaga y J. F. Bodega y Quadra continuaron explorando la costa y llegaron hasta Alaska (60°). En 1788, dos buques mandados por Esteban Martínez y Gonzalo López de Haro establecieron contacto con los rusos en Onalaska. Hubo entendimiento con ellos, ya que los rusos no pensaban seguir bajando al sur, ni los españoles subir al norte. La expedición de Malaspina puso término a estos viajes. En cuanto al aumento de la economía minera mexicana, ha sido tratado anteriormente. Se reflejaba en la Casa de Moneda de México, donde se acuñaron 3,3 millones de pesos anuales a comienzos del siglo XVIII, 13 millones hacia 1795 y unos 25 millones a fines de la colonia. La Corona protegió el sector fundando el Consulado de Minería, el Banco de Avío, para facilitar dinero a los mineros, y el Colegio de Minería. También hemos hablado de su comercio, que siguió con el régimen de flotas hasta 1789, imponiéndose luego el de navíos sueltos y neutrales. España iba perdiendo progresivamente el comercio mexicano, pues de los mil barcos que llegaron a Veracruz en la última década del siglo XVIII sólo 430 eran españoles. En el período 1800-08 entraron 1.500 barcos, de los que sólo eran españoles 483.
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Cuando Francisco Franco anunció el final de la guerra civil el 1 de abril de 1939, era más poderoso de lo que había sido ningún gobernante en la Historia de España hasta ese momento. Ningún rey había tenido semejante control y capacidad de intervención en un régimen autoritario organizado del siglo XX. Franco y sus ejércitos habían triunfado en una agotadora batalla de casi tres años, que en esencia fue un conflicto civil de revolución-contrarrevolución entre la derecha y la izquierda. Franco había movilizado a casi un millón de hombres y había recibido ayuda -a veces vital- de la Italia fascista y de la Alemania nazi. Su movimiento comenzó en julio de 1936 como una insurrección militar en la que apenas participó la mitad del Ejército regular. Sin embargo, la rebelión del 18 de julio la dirigió el Ejército con el apoyo de carlistas y falangistas, y más adelante de otras fuerzas políticas que se oponían al Frente Popular. La necesidad de tener un comandante supremo hizo que los seguidores de Franco le nombraran Generalísimo en septiembre de 1936. Cuando tomó el poder el 1 de octubre de 1936 también lo hizo como Jefe del Estado del movimiento insurgente; su autoridad no tenía límite. Franco llegó a esta posición por sus méritos profesionales. Se había destacado por su valentía y capacidad de liderazgo en las campañas de Marruecos, tras las cuales se convirtió en el General de brigada más joven de cualquier ejército europeo de la época. Más adelante fue director de la nueva Academia General Militar en Zaragoza -entre 1928 y 1931- y Jefe del Estado Mayor del Ejército durante un breve periodo bajo la República -1935-1936-. Era más famoso que cualquiera de los demás generales insurrectos. Las ideas políticas y filosóficas de Franco no eran muy diferentes de las del sector más derechista del cuerpo de oficiales del Ejército. Era conservador, católico y nacionalista; creía en una política autoritaria y, en abril de 1931, todavía era un monárquico convencido. También era pragmático en sus actitudes políticas y fue prudente en los primeros años de la República, durante los cuales no sólo recuperó su posición en el ejército, sino que alcanzó la máxima autoridad bajo el Gobierno cedista radical de 1934-1936. Aunque era enemigo de la izquierda, y especialmente de la izquierda revolucionaria, demostró su prudencia y realismo al negarse a iniciar una revuelta militar en los últimos meses antes de que regresara la izquierda al poder en febrero de 1936. Siempre estuvo en contacto con los conspiradores militares, pero Franco fue firme en su decisión de no comprometerse con la rebelión hasta el asesinato de Calvo Sotelo el 13 de julio de 1936; hecho que hizo que la inminente guerra civil fuera prácticamente inevitable. En otras palabras, Franco se decidió a participar en la revuelta cuando llegó a la conclusión de que era más peligroso no hacerlo. Como monárquico y admirador del carlismo, cuando se convirtió en Jefe del Estado Franco estaba decidido a no repetir lo que él mismo llamó "el error de Primo de Rivera": la incapacidad del primer dictador español para crear una nueva doctrina y un nuevo sistema político. Franco estaba convencido de que él iba a jugar un papel providencial en la Historia de España y que debía construir una alternativa viable no sólo a la izquierda revolucionaria sino a toda la historia del liberalismo español. Tomó como modelo los nuevos Estados de un solo partido y su candidato principal era la Falange Española; el partido fascista fundado en 1933 e inspirado en gran parte en su equivalente italiano. El 19 de abril de 1937, Franco había unido la Falange con la organización de corte carlista llamada Comunión Tradicionalista, para crear un nuevo grupo llamado Falange Española Tradicionalista. Era la única fuerza política del nuevo Estado y como programa mantuvo los Veintiséis Puntos de la Falange. Durante la guerra, Franco había acabado con otras políticas sin encontrar excesiva oposición por parte de los antiguos líderes de la Falange, de la que se había erigido en jefe nacional. Al principio su política fue algo ecléctica, pero durante la segunda mitad de la Guerra Civil se fue inclinando hacia el modelo fascista italiano para su nuevo Estado, con la diferencia de que Mussolini gobernaba bajo el reinado de Vittorio Emanuele, que era el Jefe del Estado, y Franco tenía todos los poderes en sus manos. Otras fuerzas políticas, como los monárquicos alfonsinos que predicaban la instauración de una nueva monarquía corporativa autoritaria y los antiguos miembros del partido católico, CEDA, se quedaron al margen o se hicieron miembros circunstanciales de la FET, que contaba con 650.000 afiliados hacia el final de la guerra, lo que la convertía en la organización política más numerosa de la Historia de España. El nuevo régimen de Franco era el más centralizado que había habido en el país. Sólo las provincias de Navarra y Álava, que habían abjurado del nacionalismo vasco y habían apoyado enormemente al Ejército Nacional, mantuvieron cierto grado de autonomía en su administración provincial. En Cataluña, que se mantuvo republicana hasta casi el final de la guerra, una fuerza especial de ocupación mantuvo el poder desde el 26 de enero hasta el 1 de agosto de 1939. Se prohibió el uso del catalán y del eusquera en publicaciones, en juzgados e incluso en servicios religiosos, y durante los años siguientes enormes carteles instarían a la población a "hablar el idioma del Imperio". El repentino crecimiento del entramado estatal hizo necesario el empleo rápido de personas con escasa formación, lo que trajo como consecuencia altos niveles de incompetencia y, quizá, fomentó la corrupción que invadió la administración en el primer año de paz. Por un decreto del 25 de agosto de 1939 se adjudicó la mayor parte del empleo público a los seguidores más directos de Franco; en el se estipulaba que el 80 por ciento de los puestos estatales estaban reservados para veteranos del Ejército Nacional, civiles que habían hecho sacrificios especiales para la causa, prisioneros de los Republicanos y parientes de las víctimas del "terror rojo". En 1939 dominaba el estilo fascista con las invocaciones rituales de "Franco, Franco, Franco" (a imitación del italiano "Duce, Duce, Duce"). Se pintó el nombre del caudillo en las paredes de los edificios públicos de toda España, se colocó su fotografía en las oficinas públicas y su efigie en sellos y monedas. Las primeras celebraciones de la victoria llegaron a su punto culminante el 19 de mayo en Madrid, con un deslumbrante desfile, que se convirtió en una especie de apoteosis de aclamación popular a Franco. Los líderes del nuevo Estado español creían que el orden europeo estaría compuesto por regímenes orgánicos autoritarios y, durante los primeros cuatro años después de la Guerra Civil, Franco gobernó el país como si fuera un ejército, por leyes de prerrogativa. Se promulgó una nueva Ley de la Jefatura del Estado el 9 de agosto de 1939 para ampliar sus poderes. Se declaraba que Franco tendría permanentemente las funciones de gobierno y que cuando razones de urgencia así lo aconsejen, no sería necesario que sometiera nuevas leyes o decretos a su gabinete. Aunque la sociedad española y las instituciones de la posguerra no eran estructuralmente totalitarias en términos de un control completo y directo sobre la gobernabilidad, el sistema era una dictadura más personal que las de la Alemania nazi o la de la Unión Soviética. Franco reorganizó su gabinete el 8 de agosto de 1939. Sólo mantuvo al Ministro de la Gobernación -su cuñado, Ramón Serrano Suñer, en quien confiaba más que nadie- y su Ministro de Obras Públicas, Alfonso Pena Boeuf. Los cambios más destacados tuvieron que ver con la Falange y las Fuerzas Armadas. Frente al anterior gabinete en el que sólo había dos falangistas, en éste había cinco de los cuales tres eran militares. Uno de ellos era el Coronel Juan Beigbeder, el nuevo Ministro de Asuntos Exteriores, que había obtenido sus credenciales neofalangistas cuando era Alto Comisario del Protectorado de Marruecos durante la Guerra Civil. Se nombraron ministros diferentes para el Ejército, la Marina y las Fuerzas Aéreas. Aparte de los nombramientos de falangistas y militares, las demás carteras se adjudicaron a monárquicos de indudable lealtad, entre ellos el nuevo Ministro de Justicia carlista, Esteban Bilbao, tenía una tendencia a la retórica púrpura y más adelante se le adjudicaría el mérito de haber acuñado la frase "Francisco Franco, Caudillo de España por la gracia de Dios", que empezó a aparecer en las monedas españolas. La voz popular no tardó en cambiar la frase a "Francisco Franco, Caudillo de España por una gracia de Dios". Obviamente, Franco seguía siendo Presidente del Gobierno y Jefe del Estado. El puesto de Vicepresidente se cambió por una nueva Subsecretaría de la Presidencia, para coordinar el trabajo del Ejecutivo, y se nombró al oficial antifalangista y monárquico Coronel Valentín Galarza, es decir, que había seis militares en el gabinete. Aunque al principio algunos tildaron a este Gobierno de falangista, evidentemente no lo era. El nuevo gabinete representaba el típico balance que haría Franco entre las diversas familias ideológicas del Régimen. Lo más cercano que había a una concentración del poder era el Ejército, aunque ni siquiera los militares tenían mucho poder corporativo, ya que cada militar nombrado se elegía cuidadosamente según su personalidad, lealtad e identidad política -o carencia de ella- para un puesto esencialmente individual. Durante toda la primera fase del Régimen hasta 1945, el personal militar acaparó un 45,9 por ciento de los nombramientos ministeriales y un 36,8 por ciento de todos los puestos más altos del Gobierno (según Jerez Mir), concentrados sobre todo en el ministerio de las Fuerzas Armadas y el de la Gobernación. Los falangistas tendrían un 37,9 por ciento de los nombramientos y sólo un 30,3 por ciento de los puestos más altos de aquellos años, concentrados sobre todo en la administración de la FET, en el ministerio de Trabajo y el de Agricultura, según un estudio de C. Viver Pi-Sunyer. El nuevo Secretario General de la FET era el General Agustín Muñoz Grandes, un oficial de cierto renombre que se había hecho falangista durante la guerra civil. Ramón Serrano Suñer, además de ser Ministro de la Gobernación, fue Presidente de la nueva Junta Política de la FET. Sin embargo, la influencia falangista quedó diluida incluso en la Junta Política, ya que sólo uno de los nueve miembros era un camisa vieja o miembro de la Falange desde antes de la guerra civil. La situación era muy similar en el nuevo Consejo Nacional de la FET, donde de 100 miembros, sólo había 24 camisas viejas, el mismo número de monárquicos, alrededor de 20 eran oficiales del Ejército y sólo 7 eran carlistas. El número de miembros de la FET siguió aumentando, hasta alcanzar 932.000 en 1942, el máximo que tuvo en su historia. Para prosperar profesional o económicamente, muchos hombres en edad activa consideraban que era una necesidad hacerse miembro. La FET fue responsable del adoctrinamiento de la población española y, al principio, de la infraestructura política del nuevo sistema, aunque la mayoría de los afiliados era pasiva y raramente se movilizaba. Cuando cientos de camisas viejas se dieron cuenta de que la nueva España no era el sistema sindicalista dinámico y revolucionario que esperaban, abandonaron la participación activa. Se hizo cierto esfuerzo, sin embargo, en las ciudades más grandes, para crear una red de jefes de bloque falangistas a imitación de la Alemania nazi y de la Unión Soviética, pero la estrategia duró poco. En general, la administración de la FET estaba satisfecha con una base militante numerosa pero poco activa. El Régimen le dio mucha importancia a la juventud a la que siempre prestaba especial atención en su propaganda. En 1939 al Sindicato Español Universitario (SEU) se le otorgó el monopolio de la organización estudiantil universitaria, para consternación de los grupos católicos. Por añadidura, el 16 de agosto de 1939 Franco aprobó la formación de una nueva agrupación juvenil, el Frente de Juventudes, pero no empezaría a organizarse hasta el 6 de diciembre de 1940 e, incluso entonces, no se desarrolló del todo. Las actividades más destacadas del Frente de Juventudes eran los campamentos y los deportes. Según sus propias estadísticas, su brazo principal, las Falanges Juveniles de Franco, nunca llegó a movilizar a más del 13 por ciento de los chicos españoles y el 8 por ciento de las jóvenes, entre 7 y 18 años; ni siquiera en su momento culminante entre 1941 y 1942, y este porcentaje no haría más que decaer después.
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La ofensiva soviética se desencadena el 1 de febrero en el frente del istmo, donde se hallan el VII y el XIII Ejércitos soviéticos: ataques de infantería apoyada por carros y aviones y bombardeos artilleros muy intensos hacen que para el día 5 los finlandeses comiencen a vacilar. El 6 la ofensiva es general y el VII ejército abre una brecha en Lähde, en dirección a Viipuri, el día 13. Los contraataques finlandeses son cada vez más débiles. El 15 los soviéticos arrollan las posiciones enemigas en Lähde; el 21 ocupan la isla de Koivisto, al sur de Viipuri; un contingente sueco llega a la zona de Salla y permite a Mannerheim trasladar al istmo nuevas tropas. Viipuri es bombardeada. Los finlandeses son incapaces ya de detener la avalancha enemiga. El 26, el primer ministro Risto Ryti pide el cese de las hostilidades. De acuerdo, dicen en Moscú, pero exigen a cambio Viipuri, todo el istmo, la orilla norte del Ladoga, con la ciudad de Sortavala, algunas islas del golfo de Finlandia, la base de Hanko, Petsamo y la península de los Pescadores. Es mucho, y Ryti, desesperado, vuelve a Helsinki y pide urgente ayuda a los occidentales. Sin embargo, cuando estaba a punto de desencadenarse lo que se llamó "nueva cruzada antibolchevique", se supo que estaban en curso las negociaciones de paz. Británicos y franceses están descontentos, pues deseaban que la URSS se desangrase en la guerra. Para prolongarla, se habló del envío urgente de 13.000 británicos, luego se planeó el de 20.000 anglo-franceses, finalmente, el de un cuerpo de 50.000 aliados, que desde Narvik, en Noruega, se habría dirigido a Finlandia, "habría desbaratado las hordas desordenadas de Rusia y habría marchado hacia Leningrado". Pero los acontecimientos se precipitan. En marzo se produce un profundo repliegue de las tropas finlandesas -que la Prensa soviética consideró exageradamente como una hazaña militar-: el día 1 los invasores se hallan a pocos kilómetros de Viipuri y marchan en dirección a Helsinki, defendida por el 11 Cuerpo de Ejército, y por la Agrupación de Costa de K. L. Oesch. Chamberlain anuncia que está a punto un ejército de 100.000 hombres, pero Suecia prohibirá el tránsito por su territorio, advirtiendo que se uniría a la URSS si pese a todo los aliados intentaban pasar por él. Mientras, los finlandeses dudan entre urgir la ayuda occidental o tratar con la URSS, pues piensan que franceses y británicos sólo quieren abrir un segundo frente contra Alemania y atacar a la URSS. Mannerheim es partidario de detener la guerra ahora que todavía no han sido derrotados, y muchos militares comparten ya su opinión. El día 4 los finlandeses pierden varias islas del golfo y sufren un ataque general: algunas unidades finlandesas se desbandan, presas del pánico, que contagia a otras unidades, mientras los miles de refugiados aumentan el desconcierto. Si bien Viipuri resiste heroicamente -lo hará hasta el 13- el 12 se estipula el alto el fuego, firmado por Ryti. El fin de Finlandia y el fracaso de los planes de cruzada precipitarán la caída del gobierno francés de Daladier, sustituido por Reynaud, más claramente antialemán. Cuando Hitler ataque a Noruega en abril, todo lo de Finlandia se olvidará. Pensamos menos en luchar contra el hitlerismo que en golpear a la URSS, reconocerá De Gaulle.
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Durante el siglo XVII Francia realizó un enorme esfuerzo colonizador creando el Canadá, penetrando por el Mississippi y estableciendo la Louisiana. El fundador de la Nueva Francia fue Samuel de Champlain. Era un marino de gran experiencia (fue geógrafo de Enrique IV) y conoció varias colonias españolas, según dijo. Champlain fue enviado a Canadá por el gobernador de Dieppe, que había obtenido el privilegio de negociar en pieles. Zarpó de Honfleur, en compañía de Pontgrave, el año 1603. En este viaje, primero de los once que realizó, remontó el río San Lorenzo hasta el rápido de Saint Louis. Al año siguiente regresó con 120 colonos. Recorrió la península de Acadie, nombre que los franceses tomaron de un vocablo indígena que significaba rico, y fundó Port-Royal. Este establecimiento subsistió hasta 1607, cuando los colonos decidieron regresar a Francia. En 1608 Champlain hizo su tercer viaje. Durante el mismo, exploró el río San Lorenzo 650 kilómetros adentro, al cabo de los cuales encontró un buen sitio para poblar. Allí surgió Quebec, el 3 de julio de 1608, que se convertiría en el núcleo de la colonización francesa. Champlain exploró las tierras de los hurones y algonquinos y luego se dirigió hacia el sur, donde encontró a los iroqueses. Eran enemigos de los algonquinos que le acompañaban. Al apoyar Champlain con las armas a sus aliados se convirtió en su enemigo acérrimo. Los iroqueses llegarían al extremo de aliarse con los holandeses (que les dieron armas de fuego) y con los ingleses contra los galos. En cuanto a Champlain, regresó a Francia, se casó, y volvió a Canadá en 1610. Al año siguiente fundó Place-Royale, otra colonia situada a 240 kilómetros de Quebec, que se convertiría luego en Montreal. Posteriormente descubrió los Grandes Lagos. Una armada inglesa fletada por comerciantes y dirigida por el almirante Kirke, tomó Quebec en 1629 y atacó posteriormente Acadia, pero en 1632 se devolvieron los territorios canadienses a cambio de una compensación económica. Por estos años, la colonización corrió a cargo de las compañías comerciales, que fueron quebrando excepto una, la de los Cien Asociados. Fundada por Richelieu, tuvo un monopolio comercial hasta 1663. La política del Cardenal respecto a la Nueva Francia era convertirla en una colonia similar a las españolas. Mandó a ella a la Compañía de Jesús, prohibió la emigración de los hugonotes y pretendió enviar 4.000 colonos católicos, sin lograrlo. La colonización selectiva mermó las posibilidades de desarrollo del Canadá. En 1663, Luis XIV retiró a la Compañía de los Cien Asociados sus privilegios y Canadá pasó a ser territorio real. La Nueva Francia se administró desde entonces mediante un Gobernador, encargado de la defensa y las relaciones exteriores, y un intendente, a quien competían la justicia, la policía y las finanzas. Se nombró además un Obispo, François de Laval, para la dirección de la Iglesia colonial. El Obispo fundó el mismo año la primera universidad canadiense. Finalmente, se establecieron tres tribunales de justicia en Quebec, Trois-Rivières y Montreal. La colonia mejoró notablemente durante el tercer cuarto del siglo XVII, gracias a figuras tan notables como el intendente Talon y el gobernador Frontenac. No lograron, sin embargo, resolver sus problemas más graves: falta de colonos, agricultura deficiente, balanza comercial deficitaria con Francia y necesidad de moneda. Jean Talon intentó incrementar la agricultura repartiendo señoríos sobre las riberas del San Lorenzo y proyectó un comercio triangular, que no resultó. Consistía en vender el trigo canadiense en las Antillas y las pieles en Francia, utilizando el azúcar antillano como escala intermedia. Tras su fracaso se acentuó más la falta de moneda, llegándose al extremo de utilizar unas tarjetas como instrumento de cambio. Los conflictos anglofranceses fueron ya frecuentes. Primero fue la llamada Guerra del Rey Guillermo, en la que los franceses, aliados con los indios, atacaron las colonias anglonorteamericanas. Los colonos británicos respondieron tomando Port-Royal y Quebec en 1690. La Paz de Ryswick de 1697 no reconoció ninguna conquista territorial. La Nueva Francia tuvo unas características que la diferenciaron de las colonias inglesas y españolas, como las siguientes: 1. Abarcó un territorio enorme con una población muy escasa. Fue todo lo contrario de las Trece Colonias. Nueva Francia tuvo incluso una densidad menor que las colonias españolas. En 1653 había unos 2.000 franceses en Canadá, que habían ascendido a 3.418 en 1666 y a 7.200 en 1672. A fines del siglo XVII no llegaban a 20.000. 2. En la sociedad novofrancesa fue frecuente el mestizaje, especialmente con indios algonquinos, semejándose a la hispanoamericana y diferenciándose de la angloamericana. 3. Su economía fue principalmente peletera, mientras que la de las colonias inglesas fue pesquera y agrícola y la de las españolas minera y agropecuaria. 4. Los franceses practicaron, igual que los españoles aunque en menor escala, la política de evangelización del indio, resultando así la aparición de otro foco católico indígena al norte de las colonias inglesas. La Iglesia tuvo, igualmente, un inmenso poder y prestigio. Casi la cuarta parte de las tierras canadienses eran de ella. 5. La administración territorial se llevó principalmente desde Francia: débil y tardíamente desde el propio Canadá. 6. La colonia quedó desconectada de los circuitos comerciales frecuentes y unida casi exclusivamente a la Rochela, de la que dependía para subsistir. Esto incidió en su estado de pobreza, que motivó su propia debilidad. Desde la Nueva Francia se realizó una política expansiva por el Mississippi, cuyo resultado sería la formación de una nueva colonia en su desembocadura, la Louisiana, y el cierre a la expansión colonial inglesa por el occidente, lo que produjo el enfrentamiento entre Francia e Inglaterra en el siglo XVIII. Precursor de la exploración por el Mississippi o padre de las aguas, como le llamaban los indios, fue el jesuita Jean Nicolet, que abandonó Quebec en 1629 y vivió ocho o nueve años con los indios nipissings aprendiendo su lengua y costumbres. Hacia 1634, exploró el lago de Michigan, descendió luego por el río Fox y penetró en el actual estado de Wisconsin hasta la divisoria de aguas entre los ríos San Lorenzo y Mississippi. En 1665, otro jesuita llamado Claude Jean Allouez, que misionaba detrás de los Grandes Lagos, oyó hablar de un gran río llamado Mississippi. Tres años después otro jesuita, el P. Marquette, fundó una misión al sur del Salto de Santa María, en lo que hoy es Michigan. Con sus informes, el Gobernador Frontenac organizó una expedición para explorar hacia el Mississippi, en 1673, que confió al trampero Louis Jolliet y al jesuita Marquette. La extraña pareja siguió la ruta de Nicolet, bajó a Green Bay y alcanzó luego el río Wisconsin, desde donde pasó al Mississippi. Jolliet y Marquette descubrieron y navegaron este durante más de mil kilómetros aguas abajo, hasta que temieron entrar en territorio español (estaban en la confluencia con el río Arkansas), regresando entonces a Canadá. Informaron entonces que el gran río no iba al Pacífico, como se pensaba, sino al Golfo de México. Encargado de explorar el Mississippi fue Cavelier de la Salle. Era un favorito del gobernador Frontenac y vivía obsesionado por encontrar el camino hacia China. Inició sus exploraciones en 1669. El gobernador Frontenac le envió a Francia para obtener el apoyo de Colbert. Regresó en 1678 y se le confió la tarea de establecer una serie de fuertes a orillas del Ontario y de realizar algunas incursiones. En 1682, bajó por el río Mississippi hasta su desembocadura, que alcanzó el 9 de abril. Allí tomó posesión del territorio que se llamaría Louisiana, en nombre del rey Luis XIV. Tras marchar a Francia para informar sobre su descubrimiento, regresó a Louisiana en 1684 con objeto de organizar una serie de establecimientos en el río Mississippi, para unir la nueva Colonia con el Canadá. La expedición fue a parar a la bahía de Matagorda, en Texas, desde donde se adentraron en el territorio en busca del gran río. En una de estas exploraciones, La Salle fue asesinado por dos de sus hombres el 19 de marzo de 1687. El proyecto colonizador se reavivó en 1698, cuando se interesaron por el mismo Pierre y Jean Baptiste Le Moyne, señores de Iberville y de Bienville. Los hermanos zarparon de Brest en dicho año con dos fragatas y alcanzaron el delta del Mississippi. Al año siguiente, establecieron una colonia cerca de la actual ciudad de Biloxi, unos 100 km al oeste de la desembocadura (entre New Orleans y Mobile). El señor de Iberville fue luego a Francia, en busca de refuerzos. La colonia de la Louisiana se consolidó en el siglo XVII. En 1662, Pierre Esprit Radisson y su primo Des Groseilliers descubrieron un camino para llegar por tierra hasta la bahía de Hudson, descubierta medio siglo antes por el famoso marino inglés del mismo nombre. Los franceses hallaron allí un verdadero tesoro: maravillosas pieles de castor, de marta, de zorro, etc. Procedían de todo el gran norte, pues numerosos ríos iban a desaguar a la Bahía. El lugar fue codiciado como El Dorado de los tramperos canadienses. Radisson y Des Groseilliers quedaron despechados, pues pensaron que el rey francés debía haberles premiado por su hallazgo. En 1668 fueron a Inglaterra y allí se les dio la misión de guiar una expedición a la bahía de Hudson. Dos años después se formó la Compañía del Hudson, integrada por 20 nobles y comerciantes. Los ingleses reivindicaron dicho territorio por haberlo descubierto uno de sus marinos, y decidieron establecer allí una colonia por interés económico y político: tener una posesión al norte de las colonias francesas. Pronto surgió un servicio regular de barcos entre Londres y la Bahía para el transporte de las pieles. El negocio no fue todo lo bueno que se esperaba, sin embargo, pues los franceses volvieron a encontrar la ruta hacia la Bahía en 1671, y en 1686 arrasaron todos los fuertes ingleses establecidos en dicho lugar.
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La política norteamericana había cambiado también en otro sentido: Estados Unidos era ya un poder mundial. En 1898, había derrotado de forma fulminante a un país europeo, España. En 1917, sus soldados luchaban -por primera vez en su historia- en el viejo continente. En 1919, su Presidente, Wilson, decidía el nuevo orden internacional. El interés y la preocupación por las que se consideraban potenciales áreas de influencia del país -América Central, el Caribe, el Pacífico- eran antiguos. Se remontaban sin duda a la primera mitad del siglo XIX y se habían reforzado a medida que había avanzado la expansión hacia el Oeste (que en parte se hizo a costa de México). El término "destino manifiesto", que significaba que el destino de Estados Unidos era la expansión por el continente americano, se acuñó en 1845. La presencia europea en América -España en Puerto Rico y Cuba, Francia en Guayana y en las Antillas, Gran Bretaña en Canadá, Bahamas, Bermudas y Jamaica- era un desafío permanente a la Doctrina Monroe (1823), que había proclamado el derecho de todo el continente americano a verse libre de la colonización de los países europeos. Las ambiciones europeas sobre China, Japón y el Pacífico suponían igualmente una fuente potencial de amenaza para el país, sobre todo tras la adquisición de Alaska en 1867 (comprada a Rusia por iniciativa del Zar, luego de que la adquisición provocara fortísima oposición). La política exterior norteamericana estuvo, pues, condicionada ante todo por la propia geografía nacional y por el juego internacional de las potencias. Su formidable crecimiento industrial, económico y financiero hizo, luego, que Estados Unidos no pudiera permanecer aislado de la política mundial. Eso no lo convirtió en una potencia territorialmente imperialista. En comparación con el expansionismo europeo de los años 1880-1914 (incluidos países atrasados como Portugal e Italia), el anexionismo norteamericano fue, como veremos, insignificante. Pero su papel cada vez más hegemónico en la economía mundial hizo inevitable su creciente intervencionismo en la esfera internacional. Asia fue un ejemplo característico. La apertura de Japón y China al comercio occidental, a lo que Estados Unidos no había sido ajeno, revalorizó el papel estratégico que para Norteamérica tenía el Pacífico. En 1875, Estados Unidos ofreció un tratado comercial a las islas Hawaii que hizo de ellas en la práctica un protectorado norteamericano. En 1887, lograron de su protegido la concesión de Pearl Harbour como estación carbonífera y base naval. En 1893, un golpe de Estado contra la reina Liliuokalami, promovida por hombres de negocios y plantadores de azúcar de la capital, Honolulu, que contaron con el apoyo del embajador norteamericano, estableció una República, que solicitó la anexión a Estados Unidos. El presidente Cleveland, que era un convencido antiimperialista, la rechazó y restauró la Monarquía nativa; pero su sucesor, McKinley, la aceptó en 1898 como parte de la dimensión asiática de la guerra contra España de aquel año, que incluyó la adquisición de Filipinas y las islas Guam y luego, en 1899, de las islas Wake y concesiones menores en Samoa, negociadas con Alemania y Gran Bretaña. Pero el objetivo último de la política asiática de Estados Unidos, del que esas anexiones eran un simple instrumento, era mucho más complejo: garantizar la estabilidad de la zona y para ello, impedir ante todo la posible desmembración de China, foco de la rivalidad imperialista de las grandes potencias y objetivo potencial del expansionismo japonés. Esa política quedó fijada por el secretario de Estado John Hay (durante la Presidencia McKinley) en la llamada nota de puertas abiertas de 6 de septiembre de 1899, por la que Estados Unidos proponía a las potencias la no alteración del estatus chino (concesiones de puertos francos y tarifas portuarias y ferroviarias dentro de éstos). O lo que era lo mismo: rechazaban las concesiones territoriales por parte de los países europeos -y más aún, las anexiones- y abogaban por una política de apertura de China a la inversión extranjera. Estados Unidos fue el único país que canceló -en 1908, con Theodore Roosevelt como Presidente- parte de la indemnización que China debía pagar a las potencias como consecuencia de la guerra de los boxers. Durante la I Guerra Mundial, a la firmeza norteamericana se debió que Japón no hiciese de China un mero protectorado, aunque no pudo impedirse que los japoneses ocuparan Shangdong y ampliaran sus derechos sobre Manchuria y Fujian. Luego, en 1922, Estados Unidos convocaría una conferencia para lograr que la comunidad internacional garantizase la soberanía e integridad territorial de China. La política norteamericana en Asia era, pues, una política de equilibrio. Posiblemente, tampoco la opinión pública habría aceptado otra cosa: la citada anexión de Filipinas, que se completó en 1902 tras una dura guerra contra la guerrilla de Emilio Aguinaldo en la que murieron unos 4.200 soldados norteamericanos, suscitó gran oposición tanto en el Congreso como en la opinión pública. Respecto a América, los sentimientos de la opinión y la política de las distintas administraciones fueron más complejos y contradictorios. Sin duda, Estados Unidos consideraba desde la Doctrina Monroe, que el Caribe y Centroamérica constituían su área de influencia natural, lo que luego se llamaría, más brutalmente, el "patio trasero" del país. Texas, Nuevo México y California, antes mexicanos, fueron anexionados en 1846-48; en 1854, el presidente Pierce había intentado comprar Cuba. Pero la política europea tuvo también parte no desdeñable en el reforzamiento de las ambiciones intervencionistas norteamericanas sobre la zona. Los intentos franceses de crear, primero, un Estado dependiente en México bajo Maximiliano I (1864-67) y de construir luego (1879) un canal en Panamá causaron gran preocupación: en 1866, el presidente Andrew Johnson envió un ejército de unos 50.000 soldados a la frontera mexicana como un gesto de advertencia a Francia. En julio de 1895, el gobierno norteamericano (presidente Cleveland; secretario de Estado, Olney) envió una enérgica nota al gobierno británico afirmando que toda rectificación por parte de Inglaterra de la frontera entre la Guayana británica y Venezuela -objeto de litigio- supondría una violación de la Doctrina Monroe e incluso amenazó con la guerra en caso de que Gran Bretaña recurriese al uso de la fuerza. En cualquier caso, desde 1883, Estados Unidos había comenzado a construir su propia Marina de guerra. En 1884, se creó en Annapolis, una Escuela Naval. El libro del director de la misma, el almirante Alfred T. Mahan, La influencia del poder marítimo en la historia, que se publicó con gran éxito en 1890, enfatizaba la importancia del poderío naval como fundamento de toda política mundial de dominio, y abogaba por la construcción de una fuerte flota y la adquisición de bases navales en los mares de valor estratégico para Estados Unidos. Pese a ello, cuando a partir de febrero de 1895 se generalizó en Cuba la insurrección contra España, Estados Unidos mantuvo considerable prudencia. El presidente Cleveland, por ejemplo, no reconoció la beligerancia de los rebeldes, a pesar de que la opinión pública así parecía exigirlo, sobre todo a raíz de la indignación que produjo la durísima política represiva (campos de concentración, trochas) llevada a cabo por las tropas españolas bajo el mando del general Weyler. Su sucesor, el republicano McKinley, que otorgó la mencionada beligerancia, apoyó en principio la política de autonomía y pacificación que a partir de septiembre de 1897 quiso llevar adelante el nuevo gobierno español presidido por Práxedes M. Sagasta. Y probablemente no quiso la guerra (como tampoco la quisieron los grandes grupos financieros e industriales, temerosos de que una guerra hiciese peligrar la recuperación económica que empezaba a manifestarse por entonces tras la grave depresión de 1893-96). Pero la acción combinada de la opinión humanitaria y progresista que apoyaba la independencia de Cuba y de la opinión nacionalista y populista orquestada por la prensa sensacionalista que exigía una acción de castigo contra España tras la voladura del barco norteamericano Maine en el puerto de La Habana (15 de febrero de 1898), preparó el clima emocional favorable a la guerra. Ésta, que se declaró oficialmente el 25 de abril de 1898, fue para Estados Unidos una "espléndida guerra pequeña". El 1 de mayo, la flota del almirante Dewey destruyó en Cavite la flota española del Pacífico: tras el bloqueo de Manila, los españoles capitularon el 14 de agosto. El 20 de junio, desembarcó en Cuba un contingente de 17.000 soldados, mal equipados y mal entrenados que lucharon con poca fortuna contra las tropas españolas. Pero el 3 de julio, la escuadra del vicealmirante Sampson hundió la flota española -mandada por el almirante Cervera- cuando intentó salir de Santiago donde había quedado bloqueada. Santiago se rindió el 17 de julio. Las hostilidades cesaron en agosto. La guerra había durado apenas cuatro meses y Estados Unidos había perdido tan sólo 460 hombres en combate y otros 5.000 por fiebres tropicales. Por el Tratado de París (10 de diciembre de 1898), España cedió a Estados Unidos Puerto Rico, las Filipinas y Guam, y abandonó Cuba, que en 1901 se convirtió en una República independiente bajo protección norteamericana. La guerra había hecho de Estados Unidos la potencia hegemónica del continente americano, como quedaría de relieve bajo la Presidencia Roosevelt (1901-08). Gran Bretaña así lo reconoció y por el tratado Hay-Pauncefote de 18 de noviembre de 1901 concedió a Estados Unidos el derecho exclusivo de construcción y control de un canal en Centroamérica, renunciando a acuerdos anteriores que le daban derecho de participación en hipotéticos proyectos de esa naturaleza. Cuando en 1903 se produjo en Colombia la secesión que llevaría a la independencia de Panamá -que tuvo causas internas-, Roosevelt aprovechó aquella gran oportunidad, envió un crucero para proteger al nuevo Estado, reconoció precipitadamente a éste y negoció de inmediato la concesión de una zona para la construcción de un canal (que se empezó en 1904 y se concluyó en 1914). Tras el bombardeo de puertos venezolanos por barcos ingleses y alemanes como castigo por la negativa del gobierno venezolano a pagar sus deudas (diciembre de 1902), y ante el temor de que la situación se repitiera en Santo Domingo, el Presidente anunció en diciembre de 1904 el corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe, afirmando que Estados Unidos intervendría en el continente como fuerza internacional de paz para impedir que la "infracción crónica" de la ley por algunas naciones americanas propiciase la intervención europea en la región. El corolario se aplicó pronto. Estados Unidos no sólo se había anexionado Puerto Rico (1898) y adquirido el Canal de Panamá (1904-14) y luego las islas Vírgenes (1917), sino que intervendría militarmente por razones muy distintas -por lo general, o problemas económicos o insurrecciones revolucionarias- en Cuba (1906-09, 1912, 1917-22), Santo Domingo (1905-07, 1916-24), Haití (1915-34), Honduras (1912) y Nicaragua (1909, 1912, 1926-33). Más aún, la guerra del 98 hizo de Estados Unidos un poder mundial, posición que Roosevelt -ardiente nacionalista, si bien contrario a la adquisición de colonias y muy realista en cuestiones internacionales- consolidó y reforzó durante su mandato. Medió, como vimos, en el conflicto ruso-japonés de 1904-05 y fue el artífice de la paz de Portsmouth que le puso fin. Por iniciativa suya también, se reunió la conferencia de Algeciras (enero-abril de 1906), encuentro internacional de las grandes potencias para resolver la crisis marroquí provocada por Alemania en 1905 -cuando el kaiser Guillermo II desembarcó en Tánger en un acto inamistoso hacia Gran Bretaña, Francia y España-, conferencia que acordó autorizar el protectorado franco-español sobre Marruecos. En noviembre de 1908, finalmente, Roosevelt firmó un acuerdo con Japón, el acuerdo Root-Takahira, que garantizaba el statu quo en el Pacífico y la integridad de China. El sucesor de Roosevelt, William H. Taft (1909-13) y su secretario de Estado, Philander C. Knox, quisieron seguir una vía diferente, una política que sustituyera la presencia militar por la penetración económica, de acuerdo con una idea desarrollista de ayuda financiera a los países atrasados como fundamento de la estabilidad internacional. Pero esa política, que sería denunciada como la "diplomacia del dólar", resultó ilusoria. Los proyectos de inversión en China, mediante la participación de bancos norteamericanos en una gran operación financiera internacional para "rescatar" los ferrocarriles de Manchuria, provocaron gran malestar en Rusia y Japón, y entre los mismos socios potenciales de la operación (bancos ingleses, franceses y alemanes): en 1913, el capital norteamericano se retiró de aquélla. Knox negoció con éxito los problemas financieros pendientes con Guatemala, Haití y Honduras, procediendo a la concesión de créditos norteamericanos contra la designación de administradores estadounidenses para la recaudación de los derechos aduaneros de aquellos países y a cambio de la aceptación por éstos de que esas mismas rentas de aduanas sirviesen como garantía de la operación. Pero en Nicaragua, el estallido de disturbios revolucionarios determinó la intervención de los marines norteamericanos (agosto de 1912), la imposición por Estados Unidos de un recaudador de aduanas y el control del Banco de Nicaragua por los banqueros neoyorkinos (aunque también, la concesión de un gran empréstito para que Nicaragua pudiera hacer frente al pago de su deuda exterior). Además, al producirse la revolución en México (1911), Taft amenazó con intervenir y advirtió al gobierno revolucionario de Madero -al que sin embargo dio su reconocimiento- que se le responsabilizaría de cualquier atentado contra vidas y propiedades norteamericanas. Lo que ocurría ya ha quedado apuntado: su desarrollo económico y la extensión de sus intereses estratégicos y comerciales hacían imposible el tradicional aislamiento internacional de Estados Unidos. Ello quedó particularmente de relieve durante la Presidencia de Woodrow Wilson (1913-20): el Presidente que quiso inspirar su política exterior en los ideales de un internacionalismo democrático y cristiano, que habló de la "diplomacia misionera" como bandera de su país, que condenó tanto el imperialismo de Roosevelt como la diplomacia del dólar de Taft como inmorales, que nombró a un pacifista radical como Bryan como secretario de Estado (1913-15), fue el presidente que se vio envuelto en más intervenciones militares en el exterior en la historia del país hasta aquel momento. El hombre que fue reelegido en 1916 con el lema "nos mantuvo fuera de la guerra", llevó a Estados Unidos, en abril de 1917, a la I Guerra Mundial. En Centroamérica y en el Caribe, Wilson tuvo que volver a la política de intervenciones preventivas que había iniciado Roosevelt y por las mismas razones que éste: asegurar el orden y la estabilidad en la zona (lo que se hizo mucho más urgente una vez que comenzó la guerra mundial, a fin de prevenir posibles ingerencias alemanas en la región, posibilidad nada remota dadas las numerosas posesiones inglesas y francesas en las Antillas). Así, en 1914, la administración norteamericana concluyó con Nicaragua el tratado Bryan-Chamorro, por el que Estados Unidos concedía un préstamo de tres millones de dólares a cambio del derecho a construir un canal a través del país y de arrendar terrenos para establecer una base naval. En julio de 1915, tras una serie de desórdenes, los marines desembarcaron en Haití, impusieron al presidente Philippe Dartiguenave y crearon un protectorado de hecho que duró hasta 1935. En noviembre de 1916, se hizo lo mismo en Santo Domingo. En México, Wilson, guiado por su fe democrática, se negó a reconocer al gobierno dictatorial del general Huerta -al que responsabilizó del asesinato de Madero-, presionó a otros países para que retirasen su reconocimiento y exigió la apertura de un proceso electoral. El 21 de abril de 1914, marines norteamericanos ocuparon el puerto de Veracruz, después de que fuerzas del régimen de Huerta detuvieran a un grupo de marineros estadounidenses en Tampico, hecho que constituyó un revés diplomático (que se resolvió por la mediación de Argentina, Brasil y Chile) y un error político, pues suscitó fuerte oposición en Estados Unidos, numerosas críticas internacionales y el rechazo, en el propio México, hasta de los mismos enemigos de Huerta. Caído éste en julio de 1914, Estados Unidos, tras haber expresado inicialmente su apoyo a Francisco Villa, reconoció a Venustiano Carranza como Presidente legal de México (19 de Octubre de 1915). Ello hizo que Villa se volviera contra Estados Unidos y que sus tropas hostigaran en las regiones fronterizas entre ambos países a las fuerzas norteamericanas y que en alguna ocasión realizaran incluso incursiones contra ciudades del sur de Estados Unidos: el 15 de marzo de 1916, Wilson autorizó que el Ejército realizara operaciones de castigo contra Villa dentro de México a espaldas del gobierno legal de Carranza, lo que generó graves tensiones diplomáticas entre ambos países que hicieron, entre otras cosas, que México se inclinara hacia Alemania durante la I Guerra Mundial. En Europa ocurrió algo parecido. Tan pronto como estalló la Guerra Mundial, Wilson proclamó la neutralidad de su país, sin duda la opción más segura y mejor acogida por la mayoría de la opinión pública (aunque no, por importantes minorías de inmigrantes procedentes de los países beligerantes, favorables a sus respectivos países de origen); y sin duda también, la opción más próxima al rigorismo moral del propio Presidente. Pero el peso internacional que Estados Unidos tenía para entonces hizo la neutralidad insostenible. De una parte, la economía norteamericana estaba fuertemente vinculada a las economías de los países aliados y la situación de guerra no hizo sino reforzar esos vínculos: el comercio entre Estados Unidos y los aliados se multiplicó por cinco entre 1914 y 1916, y los empréstitos concedidos por los bancos norteamericanos a los gobiernos occidentales se elevaban en 1917 a varios billones de dólares. De otra parte, la herencia cultural anglosajona, no obstante ser Estados Unidos un crisol de razas, inclinó cada vez más a la opinión pública hacia Inglaterra. Finalmente, la lógica de la guerra -bloqueo naval de Gran Bretaña, guerra submarina alemana- acabó golpeando a los intereses norteamericanos. El hundimiento en 1915 por submarinos alemanes de los barcos Lusitania, Arabic y Sussex, en los que perdieron la vida numerosos ciudadanos norteamericanos, conmocionó a la opinión pública y predispuso al país contra Alemania. Wilson se resistió a abandonar la neutralidad. De ahí que en 1916 iniciara una verdadera ofensiva diplomática a fin de lograr una paz negociada entre todas las partes. Pero el retorno de Alemania a la guerra submarina indiscriminada (31 de enero de 1917); el descubrimiento del "telegrama Zimmermann" (1 de marzo de 1917), en el que el ministro de Asuntos Exteriores alemán daba instrucciones a su embajador en México para proponer a este país una alianza en caso de que estallara la guerra entre Estados Unidos y Alemania, con la promesa de recuperar Texas, Nuevo México y California; y el torpedeamiento a mediados de marzo de 1917 de tres barcos norteamericanos por submarinos alemanes, no dejaron opción. Wilson convocó al Congreso para el 2 de abril; el día 6, Estados Unidos declaró la guerra a Alemania. Wilson legitimó la intervención de su país en la guerra mundial como la participación en una "cruzada por la democracia". Probablemente así lo vio también la opinión pública norteamericana. En cualquier caso, Estados Unidos hizo un esfuerzo colosal: se alistaron voluntariamente un total de 4.791.772 soldados, tuvieron unas 120.000 bajas y la guerra, que exigió un extraordinario trabajo de coordinación entre gobierno, industrias y Ejército -dirigido por el financiero Bernard Baruch, director de la junta Industrial de Guerra-, les costó unos 35,5 billones de dólares. La posición norteamericana quedó fijada en los 14 puntos que el Presidente Wilson hizo públicos en enero de 1918: en síntesis, Estados Unidos aspiraba a crear tras la guerra un nuevo orden internacional basado en una organización internacional colectiva y democrática como garantía de la paz, y en el derecho al autogobierno de pueblos y nacionalidades. El Tratado de Versalles que puso fin a la guerra mundial no fue la paz de Wilson. Pero éste consiguió al menos una de sus grandes ambiciones: la creación de ése organismo colectivo que regulase las relaciones internacionales, la Sociedad de Naciones. La ironía fue que Estados Unidos no formó parte de ella. Los elementos conservadores y antiwilsonianos del Senado norteamericano, liderados por el senador republicano Henry Cabot Lodge, desencadenaron a lo largo del verano de 1919 una intensa campaña contra la adhesión (técnicamente, contra la aceptación del Tratado de Versalles, ya que Wilson había vinculado ratificación del Tratado y adhesión a la Sociedad de Naciones), con la tesis de que la entrada en la Sociedad de Naciones comprometería la soberanía exterior norteamericana. La cuestión dividió profundamente al país. Wilson realizó un extraordinario esfuerzo -giras, mítines, discursos- en apoyo de sus tesis: en septiembre de 1919, sufrió un gravísimo derrame cerebral del que no se recuperó. Los republicanos, con el senador Warren G. Harding como candidato a la Presidencia y el gobernador Calvin Coolidge a la vicepresidencia, ganaron las elecciones presidenciales de noviembre de 1920 casi en razón de su oposición a la Sociedad de Naciones. Lograron unos 16 millones de votos; la candidatura demócrata, formada por James M. Cox y Franklin D. Roosevelt, en torno a los 9 millones. Estados Unidos quedó así fuera de la Sociedad de Naciones. Una de las primeras disposiciones aprobadas bajo la Presidencia Harding fue la Ley de Inmigración de 19 de mayo de 1921 que limitaba los inmigrantes de un país al 3 por 100 del número de personas de esa nacionalidad residentes ya en Estados Unidos según el censo de 1920. Parecía, pues, que Estados Unidos volvía a la "normalidad", esto es, a su tradición aislacionista, y desde luego, durante las presidencias Harding (1921-23), Coolidge (1923-29) y Hoover (1929-33), el intervencionismo exterior norteamericano fue menor. Pero la realidad era, como hemos visto reiteradamente, que Estados Unidos era ya un poder mundial y que el aislacionismo resultaba literalmente imposible. La cuestión de China seguiría exigiendo de la diplomacia norteamericana una activa política asiática. El problema de la soberanía del canal de Panamá provocó continuas negociaciones y renegociaciones bilaterales a partir de 1926. Tropas americanas desembarcaron una vez más en Nicaragua en mayo de 1926, a la vista de la situación de guerra civil provocada por la insurrección del general Augusto Sandino. Las relaciones con México siguieron siendo complicadas y difíciles, debido sobre todo a que la política de nacionalizaciones prevista en la Constitución mexicana de 1918 amenazaba los intereses y derechos de las compañías petrolíferas norteamericanas. Estados Unidos siguió intensamente implicado -por unas u otras razones- en Cuba, Haití, Honduras y Santo Domingo. Más todavía, los problemas derivados de la consolidación de las deudas contraídas por las potencias aliadas durante la I Guerra Mundial, el complejo asunto de los pagos de las indemnizaciones impuestas a los países derrotados en aquélla, y la cuestión del control militar interaliado en Alemania y del desarme, obligaron a Estados Unidos a participar de forma activa en la política europea. Los llamados planes Kellogg-Briand sobre la paz internacional (agosto de 1928); Dawes, sobre el pago de la deuda alemana (abril de 1924) y Young (febrero de 1929) sobre el mismo asunto, fueron en gran medida iniciativas norteamericanas. El crash de la Bolsa de Nueva York de octubre de 1929 fue el detonante de la gran depresión mundial de los años 1929-33: ello bastaba para demostrar que Estados Unidos era ya la pieza más fundamental de la economía internacional, y que estaba destinado a mandar en el mundo. Eso es lo que habían comprendido, primero, Theodore Roosevelt y luego, desde su ingenuo y también arrogante pacifismo idealista, Woodrow Wilson. Eso es lo que también entendería más adelante, en los años treinta, en un mundo amenazado por el ascenso del totalitarismo y de las dictaduras, Franklin D. Roosevelt.
contexto
El conjunto monumental de San Isidoro sufrió una reforma en la que se demolió la iglesia de Fernando I y doña Sancha para ser sustituida por otra según las fórmulas del Románico pleno. Desconocemos los motivos que impulsaron el hecho. Tal vez resultaba pequeña o se consideraba anticuada en relación con los magníficos resultados plásticos que se habían obtenido en el Panteón Real. Es posible también que se quisiesen emular las proporciones y soluciones plásticas que se habían gestado en las últimas décadas del siglo XI y en los balbuceos de la centuria siguiente. Nada sabemos tampoco sobre las fechas en que se comienza la obra, ni cuando se termina. Si tomamos como punto de partida el epitafio en el que se lee la expresión: "ampliavit ecclesiam", de la infanta doña Urraca, cuyo óbito acaeció hacia 1101, todo parece indicar que el cambio se iniciaría en los albores del siglo XII. No obstante, la fecha de 1124 esculpida en el exterior del ábside del Evangelio no resulta demasiado expresiva e incluso se consideró como inscripción funeraria al margen de la fábrica. Y si tenemos en cuenta la solemne consagración del 6 de marzo de 1149, presidida por Alfonso VII el Emperador y su hermana doña Sancha, es de presumir que entre ambas fechas se llevasen a cabo las obras, aunque bien pudieran haberse acabado con anterioridad a la última data mencionada. En el momento de conclusión, precisamente, fue cuando se abrió la ya citada puerta de comunicación con el Panteón y se destrozó, en el recinto funerario, el panel pictórico de la Natividad. Lo cierto es que se efectúa un arduo proyecto de remodelación que se modifica sobre la marcha; que se mantiene, mientras tanto, en uso para el culto la vieja iglesia de Fernando I y se conserva intacto el Panteón Real. Es posible también que algunas anomalías y desajustes que se observan, cuando se analiza con detenimiento el edificio, sean debidas al hecho de estar el solar disponible para su fábrica, constreñido por las edificaciones del entorno. Quienes admiten que las obras fueron iniciadas por doña Urraca consideran que a ese momento pertenecían la cabecera, con sus tres ábsides semicirculares y escalonados, el transepto y hasta cierta altura los dos tramos contiguos de las naves. De una segunda campaña constructiva sería el resto; es decir, parte de los muros del sur y de poniente, la zona alta de los paramentos y la cubierta. Sin embargo, no parece que todo fuese tan fácil a la hora de erigir el templo; muchas anomalías difíciles de explicar son buena prueba de ello. Entre las más llamativas, podemos enumerar las siguientes: la planta ofrece un estrechamiento en la zona de los pies respecto a los tramos de las naves más próximos al crucero. Por lo que al alzado se refiere, el paramento de esa zona presenta diferente proporción que el del resto del monumento y se construye con distinto tipo de aparejo. Es posible que estos sillares, más pequeños de tamaño, sean materiales de derribo del templo de Fernando I y que se hayan aprovechado en el edificio nuevo. Asimismo, observamos incertidumbre e inseguridad a la hora de cerrar este último trecho, ya que, deliberadamente, se refuerza en el exterior con gruesos contrafuertes. Al mismo tiempo, los soportes poseen notables diferencias y los ábsides laterales no están en línea con los ejes de las naves correspondientes. El central se sustituye por una fábrica posterior de comienzos del siglo XVI. Por otro lado, la cubierta de cañón corrido de la nave principal no se interrumpe en el transepto, lo que resulta novedoso en monumentos de este estilo y, además, mientras que para la bóveda correspondiente al crucero se usa la piedra, la que cubre la nave central se fabrica en adobe. Es evidente, por otro lado, que el contrarresto de los empujes no debió estar, desde un principio, bien resuelto. Prueba de ello son las maltrechas bóvedas de crucería de las naves laterales y la colocación de una columna delante de las ventanas más próximas al crucero, lugar a todas luces inadecuado para este fin. Es comprensible, no obstante, que un edificio tan complejo como el que nos ocupa haya suscitado todo tipo de controversias e hipótesis sobre su planificación y estructura espaciales. Se ha hablado también, y J. Yarza así se pronuncia, sobre la posibilidad de una reforma previa iniciada ya a finales del siglo XI. Con ese proyecto se conseguiría una iglesia más sencilla que la actual. Tendría tres capillas en la cabecera y otras tantas naves, a la manera de los modelos erigidos en torno a 1080, como lo fueron San Martín de Frómista (Palencia), las iglesias monásticas burgalesas de Santo Domingo de Silos y San Pedro de Arlanza y la catedral de Jaca (Huesca). Tal vez, además, para esa estructura que correspondía, cronológicamente, al reinado de Alfonso VI, se proyectase un cimborrio. Es evidente, por tanto, que tal proyecto no se concluye y se introduce una forzada modificación añadiendo el transepto y la cabecera actuales, descritos anteriormente. Figura decisiva en la última fase de la nueva iglesia fue el maestro Petrus Deustambem que "super edificavit ecclesíam hanc" y quien, por su buen hacer, y según reza en su epitafio, recibió el honor de ser enterrado a la sombra de esos vetustos muros por deseo expreso de Alfonso VII y su hermana doña Sancha. De la problemática que hemos expuesto se deducen dos hechos evidentes: el deseo de conservar intacto el Panteón y el de ennoblecer el templo, de acuerdo con su rango, por la importancia del lugar sagrado que ocupaba en el Reino y en la ruta de la peregrinación jacobea. El recinto sacro, pues, es reflejo de la moda vigente y responde a los esquemas, volúmenes y soluciones técnicas del Románico pleno. Estos hechos se pueden apreciar muy bien en la lograda solución lumínica que se obtuvo calando el muro, con vanos de amplia luz, sobre las arquerías de separación de naves. Ello le confiere unas proporciones mucho más esbeltas que las logradas en otros edificios, como es el caso de San Martín de Frómista. Sin embargo y, a pesar de lo dicho, no se olvida el recuerdo del pasado en la utilización de arcos peraltados en las arquerías de la nave central y en los canecillos ornados con modillones de lóbulos. Tampoco se ignoran los lejanos ecos islámicos en los arcos polilobulados del crucero y de la puerta, de traza de herradura, que comunicaba con el Panteón. En todo caso, si nos fijamos en el capítulo de la escultura, la problemática no se reduce demasiado. Parece que, al menos, en líneas generales, sigue una evolución paralela a la vista en la arquitectura y, como ocurre con ésta, tampoco es fácil establecer su datación. Por lo que se refiere a la ornamentación de los capiteles de los ábsides, es notorio el recuerdo de algunos del Panteón. A pesar de que en el diseño y factura de lacerías y palmetas se evidencian ciertos matices diferenciadores con los del ámbito funerario anterior, podemos intuir que no hubo entre ambos un lapso de tiempo demasiado dilatado. Igualmente, tanto en éstas como en los de motivos zoomórficos y figurados se observan conexiones con Jaca y con el entorno jaqués. Por otro lado, la misma atmósfera de la escultura de las capillas del testero invade los relieves del transepto y deja su impronta en la portada norte donde, tanto en el desnudo de algunas figuras como en el tratamiento de las cabezas, son visibles las fuentes de inspiración en la Antigüedad clásica. Si paulatinamente recorremos con la mirada los capiteles de las naves observamos ciertos cambios de interés. En los más cercanos al crucero aún perduran las grandes hojas de acanto y palmetas. Parecen continuación de otras del Panteón, pero también están próximas a algunos capiteles de Toulouse y, en la proliferación de hojas nervadas, el recuerdo se acerca más a lo que se estaba haciendo, por aquellas fechas, en la catedral compostelana. En esta zona de las naves se concentran los capiteles historiados más bellos e interesantes, como los que representan, entre otros, a Cristo en Majestad, el Sacrificio de Isaac, el conocido como Sansón sobre el león, el ascenso del alma, los juglares y acróbatas, gruesos leones de abundantes melenas, aves y otros en los que se mezclan lacerías, animales y figurillas humanas desnudas. En todos los relieves son manifiestas las dotes del maestro escultor que ha logrado un modelado perfecto en las figuras y en el tratamiento de los amplios y suaves plegados del ropaje. En estos aspectos enumerados, así como en el alto relieve, movimiento, armonía y magníficos desnudos muy bien conseguidos, se pueden parangonar perfectamente los capiteles de la nueva Iglesia isidoriana, con tres hitos fundamentales de la escultura del Camino: Toulouse, Jaca y Compostela y, a través de algunos detalles más concretos, con Moissac. Al mismo tiempo, las esculturas de estos capiteles han aportado una serie de matices muy singulares que han definido, con un sello muy peculiar, los relieves más exquisitos del templo leonés; en el aspecto que concierne a las figuras voluminosas que parecen escaparse del soporte, con cuerpos en movimiento, posturas bien descritas, rostros rechonchos y dulces enmarcados por una cabellera de rizos trabajados con esmero. Finalmente, en el último tramo del edificio, en la zona de los pies, se reiteran los modelos a la vez que languidecen, en el campo estético, hacia una mediocridad manifiesta. Aunque no parece claramente definido un programa iconográfico en la escultura interior del templo, sí podemos intuir que, al menos, temas relacionados con la salvación se repiten bajo diferentes modalidades icónicas. No sería extraño que, en algunos aspectos, el programa bastante unitario del Panteón Real tuviese su continuación en los referidos capiteles. De todas formas, la escultura de la nueva iglesia de San Isidoro tiene su mejor expresión en las dos portadas que se abren en el costado sur del edificio; una en el muro de la nave y la otra en el hastial. En relación con sus relieves se han planteado cronologías diversas en razón de distintos planteamientos e interpretaciones iconográficas. La Portada del Cordero se abre en el muro de la nave de la Epístola, en un cuerpo saliente como era habitual en el románico. La flanquean dos columnas, a cada lado, en las que descansan otras tantas arquivoltas, que cobijan un tímpano. Este se apea en un par de cabezas de carneros. En los relieves que cubren dicho tímpano se disponen dos temas esenciales y superpuestos. En el centro y en la parte superior se dispuso el Agnus Dei en el círculo de la Eternidad, acompañado por dos ángeles tenantes y en íntima conexión con el pasaje bíblico del registro inferior en el que se narra la historia del Sacrificio de Abraham. Si efectuamos una lectura iconográfica de derecha a izquierda se advierte, en primer lugar, la figura de Sara, esposa de Abraham, que a la puerta de la tienda despide a su hijo. Isaac, sobre el asno, se dirige al monte Moriah. Seguidamente, el muchacho se quita las sandalias en señal de respeto hacia el lugar santo. En la parte central, bajo la Imago clipeata, Abraham, en el momento más dramático de la escena, está presto para degollar al joven, en el preciso instante en que se hace patente la intervención divina. Como en el capitel ya citado del Panteón, siguiendo modelos paleocristianos y bizantinos, aquella se efectúa mediante la Dextera Dei saliendo de la nube y el Ángel del Señor que detiene a Abraham y le muestra el carnero. Seguidamente, una figura femenina y un personaje a caballo que dispara un dardo completan el ciclo. Sobre este relieve se han efectuado muchas interpretaciones. J. Williams cree ver en los dos últimos personajes, tomando como texto exegético la Epístola de san Pablo a los Gálatas (IV, 22 y ss.), las figuras de Agar, la esclava de Abraham, y su hijo Ismael, en clara oposición a Sara e Isaac como inicio del linaje libre. Por otro lado, y continuando con esa línea de análisis y profunda reflexión en la que se identifican Agar e Ismael con los sarracenos y a Sara e Isaac con el pueblo elegido, sugiere que en el tímpano del Cordero se plasma, implícitamente, la situación peculiar de la Hispania medieval, añadiendo al pasaje bíblico lo que se podría llamar iconografía de la Reconquista con serias connotaciones políticas antiislámicas. Desde su punto de vista, la situación histórica más idónea para esculpirlo aquí podría ser el reinado de Alfonso VII. Y quizá, más concretamente, en torno a 1147 en relación con la toma de Baeza, fechas a todas luces demasiado tardías para tales relieves. Más adecuado parece, por el contrario, adelantar su factura en torno a las primeras décadas del siglo XII. Además, a la interpretación tradicional de la iconografía del tímpano, como visión de la Redención, se le han añadido otras nuevas ya que, "el tema de la Redención aparece más apoyado y orientado hacia un contenido eucarístico en razón a la presencia del Cordero en el eje mismo del sacrificio" (S. Moralejo). Desde el punto de vista estético se puede relacionar con algún capitel de la nave del Evangelio en la línea de modelos evolucionados de Jaca y Compostela. Por otro lado, los ángeles con la cruz, tal vez mal emplazados, ya que están vueltos hacia el Agnus Dei, no difieren demasiado, por lo que al gesto se refiere, de otros de la puerta de Miégeville de Saint-Sernin de Toulouse. Se completa la ornamentación de la portada con una serie de relieves reutilizados, que configuran un bello zodíaco en buen estado de conservación y que ha sido estudiado por S. Moralejo. Es un viejo tema al que, cristianizado, se le ha conferido relación con el bautismo, ya que por ese sacramento, "por el bautismo, el hombre se sustrae al destino dirigido por los astros, al participar de la gracia" (J. Yarza), según parece que se desprende de los sermones de san Zenón de Verona. Dos figuras de gran porte, sentadas y con los pies apoyados en protomo de bóvidos, que recuerdan los de capiteles del interior de la iglesia, flanquean el complejo programa de la fachada. Son dos santos gloriosos: san Isidoro, titular de la Colegiata y san Vicente de Ávila, que, en ocasiones, se ha interpretado también como san Pelayo. La Portada del Perdón, algo más tardía que la anterior, se abre en el brazo sur del crucero, en un esquema compositivo del hastial, de recuerdo clásico. En él se combina armónicamente la puerta enmarcada, a su vez, por una moldura semicircular y coronada por una triple arquería con ventana central. El diseño fue imitado en la iglesia berciana de San Miguel de Corullón y, más tarde, junto con otros recursos plásticos más complejos en la Portada del Obispo de la catedral de Zamora. El vano es de medio punto, y recuerda al de la Portada del Cordero, aunque resulta algo más sencilla. Destaca por su interés el tímpano, con tres interesantes escenas relacionadas con la vida de Cristo. La central corresponde al tema del Descendimiento, en el que se advierte la ausencia de la figura de san Juan, debido, sin duda, a la falta de espacio. Se completa el relieve, entre los brazos de la cruz, con dos ángeles turiferarios. A la derecha se esculpieron Las tres Marías ante el Sepulcro vacío tras la Resurrección y custodiado por un ángel. Es una composición muy bella que se adapta al formato del soporte de acuerdo con las formas de hacer propias de la estética románica. Son las Marías, por otro lado, la expresión de los testigos de la Ley judía. Sin embargo, el elemento simbólico más expresivo de la escena es el arco de herradura que cobija al sarcófago. Con él se alude al Santo Sepulcro de Jerusalén, que tenía planta central y se cubría con una gran cúpula. Para ello, su artífice se valió del recurso plástico de mostrar al espectador, un arco como el elemento constructivo más significativo que puede sugerir el ámbito arquitectónico en su globalidad. Finalmente, en el otro extremo, se esculpió la escena de la Ascención acompañada del texto explicativo: ASCENDO PATREM MEUM ET PATREM VESTRUM. Estilísticamente, el relieve del tímpano de la Portada del Perdón es de curvas suaves y plegado ondulante que recuerda ciertos capiteles del interior de las naves, como el de la Maiestas. Por otro lado y en la escena de la Ascensión, los gestos se asemejan a los de las figuras de la puerta de Miègeville y conserva ciertos ecos de la escultura compostelana. A ambos lados del tímpano se empotraron dos placas esculpidas con las figuras de san Pedro y san Pablo que recuerdan, por las rosetas de la parte superior de las mismas, las conocidas del claustro de Moissac y las de la girola de Toulouse. Es posible que la fuente de inspiración común haya sido el nudo de la orfebrería o de la eboraria, como es el caso de la arqueta de los marfiles del tesoro de la Colegiata. Es decir, el sistema de fijación de placas ornamentales a un soporte estructural. Como en la Portada del Cordero, el tímpano descansa en cabezas de animales que, simbólicamente, defienden la entrada al recinto sagrado. Otra portada de cierto interés, aunque el tímpano carece de escultura, es la del brazo norte del crucero, envuelta, actualmente, en la fábrica de la Capilla de los Quiñones. Finalmente, merece un recuerdo el tímpano con Crismón de la pequeña puerta abierta en el muro de poniente de la iglesia y que comunica con dependencias anejas modernas. Al oeste del Panteón Real y exenta del monumento se erigió una torre de planta cuadrada y cuatro cuerpos superpuestos. El inferior, macizado, envuelve un cubo de la muralla. El segundo, de planta más reducida, dispone de un ámbito abovedado. En ambos tramos se refuerzan los ángulos con gruesos mechones, salientes en planta y estrechas pilastras. Esta es la parte más amplia de la torre que, se remata con otros dos pisos. De ellos, el superior o cuerpo de campanas, se caló con dos amplios vanos a cada lado, flanqueados por columnillas con capiteles sencillos y ornato floral.