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En este mundo marginal y carente de unidad, ajeno a los movimientos del mundo culto de la época, nació, en un momento fatalmente propicio, el movimiento religioso más repentino y expansivo que los siglos recuerdan. El Islam, palabra inventada por su fundador para designar la sumisión o renuncia del creyente a sí mismo ante la voluntad del Dios Unico, es la religión del libro por antonomasia, pues el Corán glorioso, inscrito en la Tabla guardada cuidadosamente (en el cielo) fue dictado en árabe por el arcángel Gabriel al Profeta entre los años 610 y 632, memorizado por éste, recitado a sus seguidores a la manera del kahin, o augur tribal, y compilado finalmente hacia el año 653.Mahoma tomó la mayor parte de su material exterior de formas laterales y semiheréticas del judaísmo y del cristianismo oriental, casi siempre mal entendidas y manipuladas, y así el Islam pudiera haber sido otra de las numerosas sectas cristianas que florecían por doquier en aquella época; no obstante, su insistencia en ser una revelación directa de Allah y su idea de completar y superar el mensaje del Viejo Testamento y el Evangelio, la convirtió en una forma religiosa nueva, moderna, sencilla y fecunda.Mahoma, o Abu-l-Qasim Muhammad ibn Abd Allah, nació en La Meca hacia el año 570, en el seno de una familia importante pero pobre del clan de los Banu Hasim, de la qabila Qurays; su abuelo, Abd al-Muttalib, que era el guardián del pozo sagrado de Zemzem se encargó de él a la temprana muerte de sus padres. Mahoma fue pastor y parece que viajó en las caravanas hasta Siria, donde llegó a tener alguna información sobre el cristianismo, quizá a través de eremitas, quizá esenios. A los veinticinco años se casó con Jadiya, viuda acomodada que le había tomado a su servicio, alcanzando la seguridad económica que no tenía de nacimiento.Cuando tenía treinta y ocho años fue reconstruida la Kaaba, empresa que refleja el ambiente religioso y artístico de La Meca; para la obra se utilizó la madera procedente de un barco naufragado e incluso se encargó a un marinero de éste, de origen abisinio, la dirección de los trabajos, completados con una decoración pictórica entre cuyos temas aparecían Abraham y María con Jesús en el regazo. Hasta después de cumplidos los cuarenta años no inició Mahoma la práctica de retirarse, al modo de los anacoretas sirios, a una cueva del monte Hirat, cercano a La Meca, y fue allí, durante la Laylat al-qadr (Noche del Destino), donde se le apareció en sueños el arcángel Gabriel, que le ordenó leer en nombre de Dios; a raíz de esta experiencia, su familia y enemigos le confirmaron en la idea de su misión trascendente, como profeta nacional de los habitantes de Arabia, capaz de abolir los cultos antiguos pero, como cesaron las visiones durante tres años, cayó en una persistente depresión.Pero llegaron nuevos mensajes, casi siempre en el contexto de ciertos estados psíquicos, y con ellos el mandato de recitar públicamente lo que se le revelase. Al principio no existió conflicto con sus paisanos, pero hacia el año 613 comenzaron a ridiculizar sus novedades y al poco hubo de buscar refugio con su familia y algunos adeptos entre las gentes de su tío Abu Manaf. En aquellos años de dificultades murieron éste y Jadiya, y el Profeta, tras algunos ensayos de emigración, volvió a su ciudad natal donde se casó con otra viuda, iniciando así una serie polígama de nueve esposas.En el año 620 inició los contactos con habitantes de Yatrib, la segunda ciudad del Hiyaz y no pasaría mucho tiempo (24 de septiembre del 622) sin que se produjese la emigración (Hégira, o hiyra inicio de la cronología islámica establecido en el 16 de julio de aquel año) a esta ciudad, pronto rebautizada como Madinat al-Nabi (Ciudad del Profeta). Allí, en pugna constante con la poderosa comunidad judía local, se constituyó la primera Umma o comunidad islámica, que pronto poseyó una cierta expresión arquitectónica, pues, aunque el Profeta consideraba que "la cosa más inútil a la que se pueden dedicar los medios del creyente es a construir", sus decisiones en esta materia inauguraron ciertos aspectos básicos del futuro arte musulmán, pues hizo construir una casa consistente en un recinto cuadrado de tapial, con cobertizos de palma y barro además de unas cabañas de adobe, adosados todos ellos al cercado; en ella residió con su familia y sus seguidores más necesitados, iniciando con ello la práctica de uno de los cinco Pilares del Islam, es decir la zakat o limosna.Otro de estos arkan al-Islam fue la salat u oración ritual, que en tiempos de Mahoma se realizaba en cualquier lugar, pero sobre todo en una explanada suburbana, que se llamó la musalla, cuyo uso como lugar de inicio de expediciones militares fue preponderante hasta que, a imitación de las sinagogas e iglesias, los musulmanes crearon la mezquita, que fue en origen como una porción de la musalla trasladada al interior de la ciudad. Ya en un primer momento Mahoma, como era norma en casi todos los usos religiosos antiguos, instituyó una dirección para la plegaria colectiva, que fue, para atraer a los judíos medineses, la de Jerusalén (al noroeste de Medina), pero pronto, hacia el año 624, ante la contumaz hostilidad de éstos, la cambió hacia La Meca, al Sur. Pasado el tiempo, en cada ámbito de oración la orientación hacia la Kaaba (qibla) quedó inequívocamente asignada por un nicho vacío (mihrab) en el que se ha querido ver, además, el recuerdo de ábsides cristianos o la exedra abovedada considerada como lugar de honor.El ambiente urbano y el incremento de sus adeptos aconsejó a Mahoma, lo mismo que despreció los días sagrados de las otras gentes del libro, adoptando por eliminación el viernes como día de la oración comunitaria, la necesidad de convocarla desde un lugar alto, haciendo a grito pelado la llamada (adan) que contiene la expresión de otro de los pilares, la sahada o profesión de fe en el Islam; así surgió la necesidad de la torre que en castellano llamamos alminar (manar).El monarca y profeta de Medina incrementó su poder a costa de los judíos, que fueron masacrados en cuanto se convenció de la imposibilidad de convencerlos; poco a poco fue consolidando su dominio sobre las poblaciones y territorios vecinos, de forma que el 11 de enero del año 630 ocupó La Meca, tras una serie de lances entre tropas de ambas ciudades. Ante la Kaaba, Mahoma, tras destruir los ídolos y fetiches, proclamó los principios e intenciones básicas de la nueva manera de entender la existencia, pero aun entonces tuvo varios gestos, como el de conservar los frescos cristianos mencionados anteriormente, que explicaban su idea de la superación de las religiones reveladas y, de paso, su voluntad de no cerrarse a la coexistencia con ellas.Desde este momento el dominio islámico se extendió, prácticamente, a toda Arabia, ya fuese mediante conquista o pactos, que incluyeron el envío de misioneros; entre los sometidos se encontraron algunos pequeños Estados cristianos, con quienes el Profeta estableció acuerdos muy tolerantes para todos, incluidos los entes eclesiásticos. En el 632 institucionalizó Mahoma, con su presencia triunfal, la peregrinación ritual a La Meca, que, junto a la celebración del noveno mes del nuevo calendario, aumentaron la cifra de los arkam al-Islam. Pocas semanas después el Profeta enfermó en su casa de Medina, donde murió el 8 de junio del año 632; fue sepultado en la misma habitación. El lugar no se convirtió en santuario hasta el año 657, cuando la capitalidad se trasladó a Kufa.
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Asentados los españoles y sus aliados tlaxcaltecas en la gran capital mexica, Tenochtitlan, desde el 8 de noviembre de 1519, los éxitos de Cortés llegaron a los oídos del gobernador de Cuba, Diego Velázquez quien, celoso, resolvió enviar una tropa al mando de Pánfilo de Narváez para capturarlo y enviarlo a Cuba. El conocimiento de este hecho obligó a Cortés a salir de la ciudad y dirigirse a Cempoala para atajar a las tropas de Narváez, dejando a Pedro de Alvarado como responsable de las huestes cristianas y sus aliados indios. En un alarde más de astucia, dirigió un ataque por sorpresa que consiguió reducir a las tropas de Narváez e incorporarlas a su ejército, formado ahora por 1.300 hombres con 96 caballos y 160 ballesteros y escopeteros. Entretanto, en Tenochtitlan los mexica se preparaban para celebrar la gran fiesta del mes "toxcatl" en honor de sus dioses principales, autorizada por Cortés a cambio de no realizar sacrificios humanos. Los españoles comenzaron entonces a sospechar que la fiesta podría ser el comienzo de una rebelión, posiblemente alentados por sus aliados indios, y así, el mismo día de la fiesta, cuando toda la nobleza mexica se hallaba reunida, Alvarado ordenó el asesinato de más de seiscientos señores principales. La respuesta indígena no se hizo esperar, y al regreso de Cortés a la ciudad se encontró a sus hombres cercados, hambrientos y desesperados. Intentó calmar la situación obligando a Moctezuma a dirigirse a la multitud desde el balcón de palacio, pero resultó asesinado sin que las crónicas acuerden si fueron las pedradas o flechas de la multitud o el puñal de un español. Hostigados y hambrientos, los españoles y sus aliados resuelven abandonar cautelosamente la ciudad siete días más tarde, la noche del 30 de junio de 1520, no sin antes repartir el oro entre los hombres y apartar el quinto para el rey. Puestos en camino por la Calzada de Tacuba, los primeros en salir consiguieron hacerlo sin ser advertidos, llevando consigo puentes portátiles de madera para cruzar los canales. Al llegar al cuarto canal, una mujer que sacaba agua los vio y dio el grito de alarma. Inmediatamente se corrió la voz y multitud de barcas y guerreros a pie se dirigieron hacia el canal para cortarles la retirada, pertrechados los mexica con escudos, macanas y lanzadardos. Una multitud de flechas y piedras cayeron hacia los españoles, quienes respondieron a golpe de ballesta y arcabuz. Los muertos caían de uno y otro lado, mientras los supervivientes españoles intentaban avanzar a duras penas. El peso del botín de oro hundió a muchos en las aguas. Al llegar al llamado canal de los toltecas, perseguido por los mexicas, numerosos españoles, indios y caballos se despeñaron, quedando el canal cegado por los cuerpos. Apoyándose en las víctimas consiguieron atravesarlo y llegar hasta Popotla. Tras una breve pausa, hasta allí llegaron "dando alaridos, hechos una bola en torno de ellos los mexicanos", apresando y matando a los españoles y a sus aliados. Estos se ven obligados a seguir huyendo, perseguidos, hasta Tacuba, donde muere el hijo de Moctezuma atravesado por un tiro de ballesta. Luego de ahí vadearon un riachuelo, deteniéndose en la población de Otumba, protegida por una muralla de madera. El jefe del poblado les dio la bienvenida y les ofreció refugio y comida. Aquí, debieron rechazar un último y feroz ataque del que se salvaron de morir gracias a que consiguieron matar al capitán de los mexica. Las primeras luces del día hicieron cesar el ataque de los indios, quienes decidieron volver sobre sus pasos al "canal de los toltecas" y apropiarse de los dejado por los españoles en su huída: cañones, arcabuces, espadas, lanzas, albardas, arcos de metal y saetas de hierro. También se lograron cascos de hierro, cotas y corazas, escudos de cuero, de metal y madera. Y recuperaron el oro, en barras, en discos, en polvo, en collares... Guiados por sus aliados, las tropas de Cortés alcanzaron la ciudad amiga de Tlaxcala una semana después. Estaban enfermos, heridos y despojados. El resultado de la batalla fue desastroso para los españoles, contando centenares de bajas, entre ellas Ana, la hija de Moctezuma, embarazada de Cortés. El mismo Cortés perdió dos dedos de la mano izquierda. Las víctimas entre sus aliados, atacados con especial saña por los mexica, se contaron por miles. Tras veinte días de reposo, Cortés comienza de nuevo la conquista de Tenochtitlan, abandonando la anterior actitud diplomática y organizando un calculado ataque por tierra y agua que, esta vez sí, dejará la ciudad en manos españolas.
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Asentados los españoles y sus aliados tlaxcaltecas en la gran capital mexica, Tenochtitlan, desde el 8 de noviembre de 1519, los éxitos de Cortés llegaron a los oídos del gobernador de Cuba, Diego Velázquez quien, celoso, resolvió enviar una tropa al mando de Pánfilo de Narváez para capturarlo y enviarlo a Cuba. El conocimiento de este hecho obligó a Cortés a salir de la ciudad y dirigirse a Cempoala para atajar a las tropas de Narváez, dejando a Pedro de Alvarado como responsable de las huestes cristianas y sus aliados indios. En un alarde más de astucia, dirigió un ataque por sorpresa que consiguió reducir a las tropas de Narváez e incorporarlas a su ejército, formado ahora por 1.300 hombres con 96 caballos y 160 ballesteros y escopeteros. Entretanto, en Tenochtitlan los mexica se preparaban para celebrar la gran fiesta del mes "toxcatl" en honor de sus dioses principales, autorizada por Cortés a cambio de no realizar sacrificios humanos. Los españoles comenzaron entonces a sospechar que la fiesta podría ser el comienzo de una rebelión, posiblemente alentados por sus aliados indios, y así, el mismo día de la fiesta, cuando toda la nobleza mexica se hallaba reunida, Alvarado ordenó el asesinato de más de seiscientos señores principales. La respuesta indígena no se hizo esperar, y al regreso de Cortés a la ciudad se encontró a sus hombres cercados, hambrientos y desesperados. Intentó calmar la situación obligando al huey tlatoani Moctezuma a dirigirse a la multitud desde el balcón de palacio, pero resultó asesinado sin que las crónicas acuerden si fueron las pedradas o flechas de la multitud o el puñal de un español. Hostigados y hambrientos, los españoles y sus aliados resuelven abandonar cautelosamente la ciudad siete días más tarde, la noche del 30 de junio de 1520, no sin antes repartir el oro entre los hombres y apartar el quinto para el rey. Puestos en camino por la Calzada de Tacuba, los primeros en salir consiguieron hacerlo sin ser advertidos, llevando consigo puentes portátiles de madera para cruzar los canales. Al llegar al cuarto canal, una mujer que sacaba agua los vio y dio el grito de alarma. Inmediatamente se corrió la voz y multitud de barcas y guerreros a pie se dirigieron hacia el canal para cortarles la retirada, pertrechados los mexica con escudos, macanas y lanzadardos. Una multitud de flechas y piedras cayeron hacia los españoles, quienes respondieron a golpe de ballesta y arcabuz. Los muertos caían de uno y otro lado, mientras los supervivientes españoles intentaban avanzar a duras penas. El peso del botín de oro hundió a muchos en las aguas. Al llegar al llamado canal de los toltecas, perseguido por los mexicas, numerosos españoles, indios y caballos se despeñaron, quedando el canal cegado por los cuerpos. Apoyándose en las víctimas consiguieron atravesarlo y llegar hasta Popotla. Tras una breve pausa, hasta allí llegaron "dando alaridos, hechos una bola en torno de ellos los mexicanos", apresando y matando a los españoles y a sus aliados. Estos se ven obligados a seguir huyendo, perseguidos, hasta Tacuba, donde muere el hijo de Moctezuma atravesado por un tiro de ballesta. Luego de ahí vadearon un riachuelo, deteniéndose en la población de Otumba, protegida por una muralla de madera. El jefe del poblado les dio la bienvenida y les ofreció refugio y comida. Aquí, debieron rechazar un último y feroz ataque del que se salvaron de morir gracias a que consiguieron matar al capitán de los mexica. Las primeras luces del día hicieron cesar el ataque de los indios, quienes decidieron volver sobre sus pasos al "canal de los toltecas" y apropiarse de los dejado por los españoles en su huída: cañones, arcabuces, espadas, lanzas, albardas, arcos de metal y saetas de hierro. También se lograron cascos de hierro, cotas y corazas, escudos de cuero, de metal y madera. Y recuperaron el oro, en barras, en discos, en polvo, en collares... Guiados por sus aliados, las tropas de Cortés alcanzaron la ciudad amiga de Tlaxcala una semana después. Estaban enfermos, heridos y despojados. El resultado de la batalla fue desastroso para los españoles, contando centenares de bajas, entre ellas Ana, la hija de Moctezuma, embarazada de Cortés. El mismo Cortés perdió dos dedos de la mano izquierda. Las víctimas entre sus aliados, atacados con especial saña por los mexica, se contaron por miles. Tras veinte días de reposo, Cortés comienza de nuevo la conquista de Tenochtitlan, abandonando la anterior actitud diplomática y organizando un calculado ataque por tierra y agua que, esta vez sí, dejará la ciudad en manos españolas.
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El agua tuvo una importancia fundamental en la cultura de al-Andalus. Buena parte de sus expresiones artísticas juegan con su movimiento y sonido o recurren a imágenes de ella. El agua permite una agricultura intensiva y nueva. Es además una fuerza motriz de primera importancia y una energía renovable. Para su aprovechamiento se idearon numerosos ingenios. Uno de ellos es la noria llamada de sangre. Esta noria era accionada por tracción animal y se utiliza como sistema de elevación de las aguas de pozos que no superan los 10 metros de profundidad. Consta de un engranaje de dos ruedas de eje corto: una horizontal que a su vez impulsa otra vertical. A ésta se ataban varios envases o alcaduces. Al girar la rueda dentro del pozo los alcaduces se llenan y se vacían en el exterior, donde el agua se recoge. Además de este ingenio, la agricultura andalusí se sirvió de muchos otros sistemas de aprovechamiento hidráulico, que convirtieron algunas zonas de al-Andalus en un auténtico vergel.
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El grupo El Paso no era el único movimiento artístico en la España de los últimos años cincuenta, ni siquiera el único interesante. El mismo año que ellos se dio a conocer el Equipo 57, un grupo formado por tres pintores -Agustín Ibarrola (1930), Angel Duarte (1930) y José Duarte (1928)- y dos arquitectos -Juan Cuenca y Juan Serrano-, a los que se unió más tarde Thorkild Hansen, un danés. Se proponían aprovechar las ventajas de la máquina para llevarlas al campo del diseño y la arquitectura, renunciando a cualquier voluntad burguesa y capitalista de personalismo, autoría, etc. Descendientes de los constructivistas y del arte concreto y bajo la influencia de Jorge Oteiza, querían cambiar la realidad social, cambiando el medio en el que se desarrolla la vida; de ahí su interés por la arquitectura y el diseño.Sus pinturas y esculturas son de colores planos, delimitados por formas geométricas que se superponen o se interpenetran; pero su labor no se limita a la plástica. Llevados por la voluntad de transformación, publicaron numerosos textos teóricos y buscaron sistemas alternativos para hacer llegar sus obras a un público amplio, vendiéndolas a precios asequibles, en un deseo de romper con la tradición del arte como patrimonio de unos pocos. No querían marchantes ni galerías como El Paso, ni protección oficial, sino una nueva sociedad. Estaban "contra las maniobras monopolizadoras de los marchands y de las galerías de arte, contra los organismos oficiales destinados a la instrucción pública. Consideramos -decían- que mientras no se realicen las condiciones necesarias para una total integración de las artes plásticas en la vida material, nuestra única arma posible de defensa contra la actual situación es negarnos a entrar en las capillitas de los marchands, anticuarios de arte, coleccionistas de mariposas abstractas, concretas o informales... poniendo nuestros trabajos al alcance de todo el mundo a precios de coste".Así, geométricos, abstractos, normativos, fríos y opuestos al mercado artístico y al régimen político español de manera más clara que El Paso, no consiguieron triunfar y es ahora, casi cuarenta años después, cuando se empieza a revisar su obra y el papel que jugaron como precursores de experiencias posteriores de carácter analítico. Muy activos hasta el fin de la década, ya en 1960 eran conscientes de no haber alcanzado lo que se proponían, y consecuentes con sus ideas, algunos formaron parte de Estampa Popular, como Agustín Ibarrola -uno de los artistas más comprometidos en la lucha política- o Pepe Duarte y otros se dedicaron al diseño industrial. Pablo Palazuelo (1916) hace también pintura, y posteriormente escultura, relacionada con esta vertiente normativa.
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Además, pese al auge ya señalado de las dictaduras y aunque las esperanzas democráticas suscitadas por la guerra mundial fueran un espejismo, los años veinte distaron de ser un desierto democrático. Hasta una de aquellas dictaduras, la dictadura del general español Primo de Rivera, caería (en 1930) y dejaría paso a una situación democrática, la II República. En Estados Unidos, las presidencias de los republicanos Warren G. Harding (1920-23) y Calvin Coolidge (1923-29) representaron el retorno de la "normalidad" tras la etapa de intenso intervencionismo internacional y presidencialismo fuerte de la presidencia de Woodrow Wilson. En política exterior, la normalidad significó no un decidido repliegue aislacionista sino, en todo caso, una menor presencia internacional. En política interna, normalidad significó menos gobierno (y por ello, menos reformas), presidencias desideologizadas y discretas, mayor dinamismo de la sociedad. Harding desarrolló una política arancelaria claramente proteccionista. Adoptó medidas restrictivas en materia de inmigración y, para satisfacer a la opinión conservadora del Sur y del Oeste, impulsó la entrada en vigor de la enmienda constitucional que prohibía la fabricación y venta de licores (por más que sólo sirviera para favorecer el crecimiento del crimen organizado, con epicentro en Chicago y con el gángster Al Capone como encarnación más siniestra). Coolidge, un tipo taciturno y honrado, de ideas simples y vida frugal y sencilla, que fue vicepresidente con Harding, presidente interino a la muerte de éste en 1923 y presidente electo tras su victoria en las elecciones de 1924, acabó con la corrupción y los escándalos que habían salpicado la presidencia de Harding, pero su política no se diferenció de la de éste. Si cabe, redujo aún más el papel del gobierno central en cuestiones económicas y sociales. Introdujo importantes economías en el gasto público, disminuyó los impuestos y favoreció decididamente el libre juego de la economía de mercado, como clave para la prosperidad del país. La normalidad había sido, pues, una operación conservadora. Pero los resultados fueron muy brillantes: la presidencia Coolidge coincidió con los mejores años del boom de la posguerra. En Gran Bretaña, los años veinte fueron en gran medida esenciales para la democracia. Fue en esa década cuando el laborismo emergió definitivamente como fuerza de gobierno, y cuando el partido conservador dejó de ser el partido de las clases dirigentes para ser un partido de sectores de todas las clases sociales británicas. Lloyd George, que gobernaba al frente de una coalición de liberales y conservadores desde 1916, cayó en octubre de 1922. Los conservadores, que ya habían aceptado con disgusto la solución dada al problema irlandés en 1921, le retiraron su apoyo por la actitud progriega que adoptó en la crisis greco-turca de 1922; los liberales, por oposición al aumento arancelario que Lloyd George acordó también en ese año, 1922. El hecho más significativo de las elecciones de 1922 y 1923 -convocadas por los conservadores, que gobernaron tras la caída de Lloyd George- fue el espectacular aumento de los laboristas. En las de diciembre de 1923, lograron 4.438.508 votos, esto es, el 30,5 por 100 del voto (un aumento de 8 puntos sobre 1918) y 191 escaños (63 en 1918), desplazando a los liberales como segundo partido del país (4.311.147 votos, 159 escaños). Como los conservadores no obstante haber ganado las elecciones (5.538.824 votos, 258 escaños) carecían de mayoría absoluta, el Rey encargó al líder laborista Ramsay MacDonald la formación del gobierno (22 de enero de 1924). Los laboristas, por tanto, llegaban al poder en el que todavía era el mayor imperio del mundo y la primera potencia mundial. Que aquel primer gobierno laborista durase apenas diez meses; que fuese un gobierno minoritario dependiente del apoyo parlamentario de los liberales; y que por ello no pudiera hacer política socialista (aunque aprobó una ley de viviendas populares, reconoció a la URSS y, distanciándose de la tradicional política imperial británica, participó activamente en la Sociedad de Naciones), todo ello importaba tal vez menos que el hecho mismo de la llegada del laborismo al gobierno. Había cristalizado un nuevo sistema político en el que el partido de los sindicatos aparecía como la principal alternativa al gobierno de las elites tradicionales del país. Tan significativo, además, fue el cambio que se operó en el conservadurismo británico cuando en mayo de 1923, al morir Bonar Law (1858-1923), líder del partido y primer ministro en ejercicio desde la caída de Lloyd George, el rey Jorge V decidió encargar la formación del gobierno -lo que conllevaba la jefatura del partido- a Stanley Baldwin (1867-1947), a quien prefirió sobre lord Curzon. La elección era significativa. Baldwin pertenecía a los círculos industriales y su experiencia gubernamental, que había comenzado en 1916, había estado siempre vinculada a los ministerios económicos; Curzon era un aristócrata de impecable origen, educado en Eton y Oxford y que había sido virrey de la India entre 1899 y 1905 y ministro de Asuntos Exteriores entre 1919 y 1923. El nombramiento de Baldwin fue una sorpresa. Churchill escribió que la decisión del Rey había "desviado el curso de la historia". La Corona y sus asesores habían entendido que la sociedad industrial británica necesitaba un nuevo tipo de liderazgo político, que la situación exigía partidos y líderes con sensibilidad y capacidad para dar respuesta a las demandas y aspiraciones de las masas. Baldwin cumplió a la perfección el papel que se esperaba de él. Tras gobernar brevemente en 1923, formó nuevo gobierno tras la gran victoria de su partido en las elecciones de 1924 (48,3 por 100 de los votos y 419 escaños; laboristas: 33 por 100 y 151 escaños; liberales, 17,6 por 100 y 40 escaños) y gobernó hasta junio de 1929. Baldwin trajo un nuevo estilo de gobierno. Proyectó la imagen del hombre tranquilo y apacible, de costumbres tradicionales y sencillas (la casa en el campo, la pipa, las veladas en torno a la chimenea, la pesca en el río), la imagen de un político de la conciliación y del consenso que cifraba las aspiraciones del gobierno en el trabajo honrado y en el mantenimiento de la tranquilidad social. Su política exterior, que dirigió Austen Chamberlain, buscó la colaboración con Francia y Alemania, favoreció el clima internacional de distensión que inspiraron los pactos de Locarno (1925) y Kellogg-Briand (1929), e impulsó la transformación del Imperio en una confederación de Dominios autónomos. El gobierno Baldwin rebajó la edad de jubilación (de los 70 a los 65 años). Extendió la cobertura del seguro de desempleo. Concedió el voto a todas las mujeres mayores de 21 años. Nacionalizó la electricidad y la radio. Trató, además, de estabilizar los precios y de devolver la confianza a los círculos financieros a través del retorno de la libra al patrón-oro de 1914 (medida tomada por el ministro de Hacienda, Churchill, en abril de 1925). La era Baldwin coincidió -como la presidencia Coolidge en Estados Unidos- con la recuperación de la economía británica. Eso no significó ausencia de conflictos. Al contrario, Baldwin tuvo que hacer frente a la única huelga general de toda la historia de Gran Bretaña, que tuvo lugar del 4 al 12 de mayo de 1926, declarada por los sindicatos en solidaridad con los mineros que, a su vez, habían ido a la huelga en abril contra las rebajas salariales impuestas por las empresas a la vista de las enormes dificultades que atravesaban. Lo significativo, con todo, fue que la huelga general, secundada por unos 10 millones de trabajadores, fue en todo momento una huelga pacífica. La radio mantuvo al país distraído e informado. Baldwin, que veía en el movimiento sindical, en el Trade Union Congress, un elemento de estabilidad, no quiso adoptar medidas enérgicas. Pensó que la huelga se agotaría, y acertó: el TUC aceptó las bases para la negociación propuestas por sir Herbert Samuel, presidente de la Comisión Real nombrada para estudiar la crisis de la industria del carbón. Los mineros, dirigidos por su obstinado líder A. J. Cook, continuaron en huelga hasta noviembre, pero tuvieron finalmente que aceptar su derrota. El clima de distensión no se alteró en ningún momento; la sociedad británica había convivido con una huelga general sin que en modo alguno se deteriorara la convivencia ciudadana. La democracia se estabilizó igualmente en los años veinte en otros países europeos. En Suecia, Noruega y Dinamarca, países regidos por monarquías constitucionales sólidamente institucionalizadas, que habían mantenido su neutralidad durante la I Guerra Mundial y en las que para 1918 se había introducido ya el sufragio universal masculino y femenino, el hecho esencial radicó en la fuerte presencia electoral de la socialdemocracia. En efecto, los partidos socialdemócratas escandinavos fueron por lo general partidos reformistas y gradualistas, aunque en los tres países existieran importantes sectores radicales y se registraran fuertes movimientos huelguísticos. Esos partidos propiciaron la evolución escandinava hacia el modelo de moderado pluralismo que caracterizaría a la región a todo lo largo del siglo XX. En Suecia, los socialdemócratas formaron su primer gobierno homogéneo en 1920, año en que se convirtieron en el primer partido del país; luego, gobernaron desde 1932 por espacio de cuarenta años. En Dinamarca, lo hicieron, también ininterrumpidamente, entre 1924 y 1942, y en Noruega desde 1935 (tras una primera y efímera experiencia gubernamental en 1928). La excepción fue la nueva Finlandia. La independencia desembocó en 1918 en la guerra civil entre el ejército blanco del mariscal Mannerheim y los bolcheviques finlandeses. Luego, el legado de la independencia, los problemas del mundo rural y conflictos fronterizos con Suecia y Rusia, polarizaron la política. Entre 1920 y 1940, Finlandia, gobernada por gobiernos minoritarios, conoció una gran inestabilidad ministerial, una no desdeñable agitación comunista y la aparición de un relativamente importante movimiento fascista (Lapua) que en 1930 y 1932 protagonizó sendos intentos de golpe de Estado. También Bélgica y Holanda, países que prosperaron notablemente durante los años veinte y que introdujeron en esa década importantes leyes sociales (jornada de 8 horas, pensiones de jubilación obligatorias, amplios sistemas de seguridad social), evolucionaron hacia sistemas políticos pluralistas y democráticos. La adopción de leyes electorales con representación proporcional favoreció el multipartidismo (tres grandes partidos en Bélgica; cinco en Holanda). Ello obligó a que en ambos países se gobernara en coalición. Entre 1919 y 1940, hubo un total de 18 gobiernos en Bélgica y 12 en Holanda. Pero la estabilidad y espíritu cívico de los electorados de ambos países, el pragmatismo y hasta falta de ideas y la voluntad conciliadora de sus dirigentes, favorecieron el equilibrio y la moderación políticas. En Bélgica, gobernaron en los años citados o gobiernos de coalición católico-liberales o ministerios católico-socialistas; en Holanda, gobiernos formados en torno a los partidos de denominación religiosa (calvinistas, cristianos históricos, católicos) y a los liberales. En Bélgica, sólo hubo un sobresalto. En las elecciones de 1936, los "rexistas", el movimiento fascista, lograron 21 escaños y el 11,49 por 100 de los votos; pero sufrieron un fuerte retroceso en las elecciones de 1939. En Holanda, el Partido nacionalsocialista de Anton Mussert sólo obtuvo, en mayo de 1937, cuatro escaños (y el partido comunista, tres). Hasta en Alemania y en Francia, los años veinte fueron años de aparente normalización democrática. En Alemania, la "prösperitat" del periodo 1925-29 permitió hasta creer que la República de Weimar pudiera estabilizarse. Ya quedó dicho que esos fueron los años en que el partido nazi, aún sobreviviendo al fracaso del "putsch" de 1923, vivió su travesía del desierto (14 diputados en 1924, 13 en 1928). Los socialistas, el SPD, ganaron las elecciones de 1924 y 1928. Pese a que la derecha nacional, el DNVP, obtuvo buenos resultados (103 y 79 escaños, respectivamente), los partidos de centro -el "Zentrum" católico, el partido popular de Gustav Stresemann y el partido demócrata- aún retenían suficientes escaños y votos como para equilibrar el juego político. Ciertamente, que un hombre del pasado asociado al prusianismo y al militarismo como Hindenburg fuera elegido Presidente (abril de 1925) era un mal presagio. Pero Hindenburg pareció en principio dispuesto a convivir con la República. Incluso dijo del socialista Hermann Müller, jefe del gobierno entre 1928 y 1930, que era su ideal de canciller. Más aún, con Stresemann en Exteriores (1923-29), Alemania, como enseguida veremos, hizo sustanciales contribuciones a la paz internacional y fue por ello admitida en la Sociedad de Naciones en 1926. En Francia, los viejos demonios de la III República -inestabilidad ministerial, influencia de los notables locales, indisciplina de los grupos parlamentarios, inexistencia de grandes partidos nacionales- reaparecieron tan pronto como se recobró la normalidad política tras la guerra mundial. Las dos grandes experiencias de gobierno de los años veinte -el Bloque Nacional de 1920 a 1924 y el Cartel de izquierdas, de 1924 a 1926- fueron así experiencias en buena medida decepcionantes. El Bloque Nacional, la gran coalición de la derecha republicana, ganó, como se recordará, las elecciones de noviembre de 1919, favorecida por el clima de exaltación patriótica generada por la victoria en la guerra y por el giro a la derecha de una parte del electorado francés ante la oleada de huelgas de 1919 y la radicalización del movimiento obrero (en parte, influencia de la revolución soviética: el Partido Comunista francés se creó en diciembre de 1920). Los gobiernos del Bloque -que presidieron Millerand, su hombre fuerte, Leygues, Briand y el ex-presidente Poincaré, ya en 1922-24- fueron gobiernos nacionalistas y conservadores que vincularon la solución de los grandes problemas del país (reconstrucción, compensaciones a viudas y huérfanos de guerra, endeudamiento exterior, inflación, déficit presupuestario, escasez de viviendas, dificultades financieras) al mantenimiento de una política exterior de prestigio y autoridad que impusiese la estricta aplicación del tratado de Versalles, garantizase la seguridad colectiva europea y obligase a Alemania a cumplir con los pagos de las reparaciones de guerra (pieza esencial para financiar los gastos de la reconstrucción de Francia). Así, para garantizar la supervivencia de Polonia y asegurar la frontera oriental de Alemania, Francia envió tropas a Varsovia durante la guerra rusopolaca de 1920; inició una política de alianzas en Europa central -con la propia Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia y Rumanía- para garantizar el nuevo status quo; y en enero de 1923, para asegurarse el pago de las reparaciones alemanas, el gobierno Poincaré decidió la ocupación militar del Ruhr, conjuntamente con Bélgica. Pero los resultados fueron contraproducentes. La actitud francesa provocó su aislamiento internacional y un evidente deterioro en las relaciones con Gran Bretaña y Estados Unidos. La ocupación del Ruhr no logró sus objetivos. Estados Unidos y Gran Bretaña, convencidos de que la seguridad europea requería la recuperación de Alemania, impusieron en abril de 1924 el Plan Dawes que contemplaba modificaciones en los plazos de pago de las reparaciones, un plan que Francia, agobiada por sus propias dificultades financieras, tuvo que aceptar. Más aún, para combatir la inflación, el gobierno Poincaré acordó drásticos recortes presupuestarios y una fuerte subida de impuestos. Esas circunstancias determinaron el resultado de las elecciones de mayo de 1924: el Cartel de izquierdas, que agrupaba al partido radical y a los socialistas (SFIO), logró 286 escaños (radicales, 139; SFIO, 105; republicanos socialistas, 42); el Bloque, 233; el nuevo Partido Comunista Francés, 28. Pero las grandes expectativas suscitadas por la victoria de la izquierda -que procedió a sustituir a Millerand por Gaston Doumergue en la Presidencia de la República y a la formación de un gobierno presidido por el líder radical y alcalde de Lyon, Edouard Herriot (1872-1957)- quedaron pronto defraudadas. El Cartel (gobiernos Herriot, junio 1924 a abril 1925; Painlevé, mayo-noviembre 1925; Briand, noviembre 1925 a julio 1926) puso en marcha el cambio en la política exterior francesa que, asociado a la personalidad de Aristide Briand (1862-1932), ministro de Exteriores casi sin interrupción entre abril de 1925 y enero de 1932, crearía la ilusión de que la paz internacional era posible. El Cartel puso fin a la ocupación del Ruhr (julio de 1925), aceptó el Plan Dawes, estableció relaciones diplomáticas con la URSS y aprobó la ya mencionada admisión de Alemania en la Sociedad de Naciones. Pero el Cartel no pudo sobrevivir a las diferencias políticas que separaban a los dos socios principales (partido radical, SFIO) ni resolver el que aparecía como principal obstáculo a la reconstrucción de Francia, la crisis monetaria. Primero, el partido radical vivió en una permanente ambigüedad política oscilando entre el entendimiento con la SFIO y el apoyo a fórmulas de centro-derecha. Segundo, los radicales, expresión del "francés medio", de una idea republicana, laica y tranquila de Francia, eran contrarios a la política de intervencionismo estatal en cuestiones económicas y sociales que defendían los socialistas y seguían viendo en el laicismo y la educación los grandes problemas de la República. Tercero, la SFIO, una gran federación de grupos socialistas locales más que un partido moderno, tampoco quiso llevar su colaboración con los radicales hasta sus últimas consecuencias (limitándose a apoyarles en el Parlamento) por temor a verse desbordada a su izquierda por el PCF. El gobierno Herriot no pudo contener la devaluación del franco, que entre mayo de 1924 y julio de 1926 perdió un 30 por 100 de su valor (que la izquierda atribuyó no sin fundamento a maniobras especulativas de los círculos bancarios y financieros, al "muro del dinero", como lo llamó Herriot). El Cartel se vio, además, sorprendido por el estallido del problema colonial, primero en Marruecos -donde desde abril de 1925 a mayo de 1926, el ejército francés colaboró a gran escala con el español para acabar con la guerrilla de Abd-el-Krim- y luego en Siria, donde se produjeron insurrecciones y violencias de distinto tipo a partir de julio de 1925. Como consecuencia, los radicales decidieron liquidar la experiencia del Cartel -julio de 1926- y propiciar, mediante combinaciones parlamentarias, sin necesidad de convocar nuevas elecciones, la formación de un gobierno de centro-derecha, un gobierno de Unión Nacional (presidido por Poincaré, que retuvo a Briand en Exteriores). El nuevo gobierno procedió de forma expeditiva -y de acuerdo con las exigencias de los grandes círculos económicos- a sanear la moneda y estabilizar la situación financiera (revaluación del franco, reducción de tipos de interés, drástica reducción del déficit presupuestario), lo que consiguió en muy poco tiempo y con gran éxito. Pero la dimisión de Poincaré en julio de 1929 por problemas de salud hizo que retornasen las prácticas habituales en la política francesa: entre 1929 y 1932, se sucedieron un total de 10 gobiernos (de centro-derecha, de acuerdo con los resultados de las elecciones de 1928). Inestabilidad gubernamental, falta de partidos modernos e incoherencia de los grupos parlamentarios hacían de la III República francesa una democracia débil. Pero al menos, antes de 1932-35, la democracia francesa no estuvo amenazada por la polarización y la tensión civil. Al contrario, Francia en 1930 parecía disfrutar de una espléndida salud. El crecimiento de su economía, y desde 1928 la solidez de su moneda, eran evidentes. Los automóviles Citroën y Renault, por ejemplo, competían muy favorablemente en los mercados internacionales. Los tenistas franceses ganaban la Copa Davis (1927) y otros grandes torneos. París era, en expresión de Hemingway, "una fiesta", el centro de la vida cultural e intelectual de Europa, como evidenciaban el dinamismo de sus vanguardias (el surrealismo, Picasso, por ejemplo) y la difusión y calidad de la literatura francesa. Unos 16 millones de personas visitaron la Exposición de Artes Decorativas que se celebró en 1925. La Costa Azul era el centro mundial del turismo elegante y elitista. Si André Gide encarnaba ante la "intelligentsia" europea la imagen del intelectual libre e independiente, otro escritor francés, Paul Morand, el autor de Lewis e Irene, Magia Negra, París-Tombouctou, Nueva York y otros libros, viajero, diplomático, rico, encarnaba el cosmopolitismo y la mundanidad que parecían corresponderse con una situación que invitaba a la confianza y al optimismo. Con Briand en Exteriores (1925-1932), la proyección internacional de Francia se reforzó extraordinariamente. Briand trabajó tenazmente por reforzar el papel de la Sociedad de Naciones, planteó en ésta la entonces audacísima tesis de la unión europea y, con el apoyo de su colega alemán Stresemann, hizo de la reconciliación franco-alemana el principio fundamental para lograr una paz duradera en Europa y en el mundo.
contexto
En el siglo XVI se leyeron mucho diversas novelas del siglo anterior. Uno de estos libros de éxito fue Grisel y Mirabella; otro, la Cárcel de Amor de Diego de San Pedro. Las dos obras fueron traducidas al italiano, francés e inglés; en el siglo XVI hay 47 ediciones de la primera y por lo menos 27 de la segunda. El mismo éxito tuvo Amadís de Gaula. Esta obra, inspirada en las novelas francesas del ciclo artúrico, fue publicada en 1508 por García Rodríguez de Montalvo. Del Amadís se hicieron unas treinta ediciones entre 1508 y 1517. Durante los cien años que siguieron a la publicación del Amadís, aparecieron unas cincuenta novelas de caballería en España y Portugal. Se publicaron con un promedio de casi una por año entre 1508 y 1550; a éstas se añadieron nueve entre 1550 y el año de la Invencible (1588), y sólo aparecieron tres más antes de la publicación de D. Quijote. El éxito de las novelas de caballerías es increíble. Sabemos que santa Teresa y san Ignacio las leyeron profusamente en su infancia y juventud. La piedad belicosa que transpiraban estas novelas conectaba plenamente con las expectativas y ansiedades de la sociedad española. Otra forma novelística de gran éxito fue la pastoril, que comenzó en España en íntima asociación con las novelas de caballería. En Jorge de Montemayor la concepción del amor es totalmente medieval y desde luego es bien visible la influencia de la doctrina neoplatónica de León Hebreo. La obra de Gil Polo está en buena parte inspirada por Gli Asahoni de Bembo, constituyendo de hecho una visión alternativa de la teoría neoplatónica en versión mucho más puritana que la de Montemayor. La Galatea de Cervantes destaca por su sobriedad, que pretende dar solidez al mundo pastoril. Krauss ha planteado la relación entre la literatura pastoril y el auge económico de la organización de la Mesta. El interés de la problemática del amor como tema literario propició toda una corriente novelística marcada por la descendencia de La Celestina. La novela sin duda más conocida del siglo XVI fue la Vida del Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, de autor desconocido y de la que se conservan tres primeras ediciones separadas (Burgos, Alcalá y Amberes) que datan de 1554. Es muy probable que la primera edición sea de 1552 ó 1553. ¿Cuándo fue redactado el Lazarillo? Márquez Villanueva propone una fecha tardía muy próxima a 1554; M. J. Asensio, por lo contrario, propone una fecha muy temprana. El autor sigue sin concretarse. Las atribuciones, unas con más fundamento, otras con menos, se han sucedido, pero por el momento, con los datos al alcance, parece imposible descubrir el secreto del autor anónimo. Unos creen que fray Juan de Ortega, jerónimo; otros, que don Diego Hurtado de Mendoza; otros, que uno de los hermanos Valdés; otros, que Sebastián de Horozco. El enigma sigue sin desvelarse. El Lazarillo es una obra cómica, de una comicidad a veces brutal, y de hecho uno de los libros más divertidos de la literatura española, escrito en un estilo ingenioso y agudo. La impresión de tres ediciones en un año indica que el libro tuvo éxito comercial. En 1555 se publicó en Amberes una segunda parte. En ésta, Lázaro se convierte temporalmente en un pez y tiene una serie de aventuras submarinas. Es un fárrago extraño, tan extraño que no puede descartarse la posibilidad de una significación alegórica. Las dos partes fueron condenadas por el índice prohibitorio de la Inquisición de 1559. En 1573, apareció una edición expurgada bajo el título de Lazarillo de Tormes castigado, con todas las bromas y episodios irreligiosos suprimidos, que fue reimpresa varías veces en los siglos XVI y XVII. El original lo fue también muchas veces fuera de España (aunque no volvió a serlo dentro de España hasta el siglo XIX). El libro fue popular en Europa: se tradujo al francés ya desde 1560 y volvió a traducirse tres veces en el siglo siguiente. Con el Lazarillo empieza el género de la novela picaresca de tanto éxito en el siglo XVII. Aunque es habitual incluir el Lazarillo de Tormes en el género picaresco, el primer personaje literario que fue llamado pícaro por su autor es Guzmán de Alfarache. El auge del pícaro en la novela nació de hecho por la publicación de la primera parte de Guzmán de Alfarache (Madrid, 1599) de Mateo Alemán. La segunda parte de Alemán apareció en 1604 (escrita por Mateo Luján de Saavedra, seudónimo del valenciano Juan Martí), seguida en los cincuenta años posteriores de gran número de obras picarescas que contribuían con sus variantes al tema de la pillería o de la delincuencia. Del Guzmán se hicieron por separado tres traducciones al francés, que llegaron a alcanzar un total de 18 ediciones en el siglo XVII. También se tradujo al alemán, inglés, holandés, italiano y latín. Es difícil, desde luego, precisar los límites del género picaresco. Se considera, hoy, novela picaresca a toda novela que comparta el mismo marco de referencias del Lazarillo o el Guzmán de Alfarache: relato pseudoautobiográfico, servicio a varios amos, linaje vil y carácter picaresco del protagonista, perspectiva única del narrador, memorias por episodios, vaivenes de la fortuna y explicación por el pasado de un estado final de deshonor aceptado o superado. Es también patente, en los últimos años, la atención de los críticos hacia la vertiente sociológica de la novela picaresca, subrayando que ésta pone el acento en tensiones y problemas de la sociedad coetánea, tales como la obsesión de la limpieza y la honra (que han destacado Molho y Bataillon) y las expectativas de ascenso social de unas clases bloqueadas sociológicamente. Esta interpretación la defiende particularmente Maravall. Para este historiador, "mientras los criados del Renacimiento son gente que busca una nueva situación, una sociedad libre, abierta, móvil, en que se puede salir, los pícaros se dan cuenta de que la sociedad se ha cerrado. El taponamiento de los cauces de ascensión social produce las formas desviadas y semidelincuentes de conducta. Por eso el pícaro se atreve a la mentira, al robo, pero nunca a la rebeldía". La Historia de la vida del buscón llamado don Pablos, de Francisco Gómez de Quevedo y Villegas, fue publicada (probablemente sin la autorización del autor) en Zaragoza en 1626. Al Buscón le separan del Guzmán su falta de compromiso moral, un final abierto y una concepción aristocrática militante. Cuando se reanuda el género tras el paréntesis que enmarca aproximadamente el éxito del Quijote (1605-1614), el carácter cómico y ligero del Buscón se prolonga en varias obras que pretenden enlazar con el punto de partida de la picaresca. Las más famosas fueron la Vida del escudero Marcos de Obregón de Vicente Espinel, El domado hablador del médico Jerónimo de Alcalá Yáñez y la anónima Vida y hechos de Estebanillo González. Cervantes nació en Alcalá, en 1547. Empezó a escribir estando cautivo en Argel, donde compuso obras de teatro para divertir a sus compañeros de cautiverio y algunos poemas. A su regreso a España escribió cierto número de piezas teatrales, de las que sólo han sobrevivido dos (La Numancia y El trato de Argel, ambas publicadas en el siglo XVIII). Durante toda su vida continuó publicando poesía; la mayoría de sus poemas son elogios de libros de otros autores o están diseminados a través de sus obras en prosa. El viaje del Parnaso (Madrid, 1614) es un estudio heroico-burlesco del estado de la poesía. Por orden de publicación sus obras son: Primera parte de la Galatea (Alcalá, 1585); El ingenioso hidalgo D. Quijote de la Mancha (Madrid, 1605); Novelas ejemplares (Madrid, 1613); Ocho comedias y ocho entremeses nuevos (Madrid, 1615); segunda parte de El ingenioso hidalgo D. Quijote de la Mancha (Madrid, 1615); Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional (Madrid, 1617). Cervantes no fue un genio precoz. La primera parte del Quijote salió a la luz a sus sesenta años. Fueron los diez últimos años de su vida los de producción cuantitativamente abundante y cualitativamente genial. La última novela de Cervantes, cuya dedicatoria al conde de Lemos la formula tres días antes de su muerte, fue Los trabajos de Persiles y Sigismunda, obra según el patrón de la novela bizantina que tuvo un enorme éxito, comparable al del Quijote, con seis impresiones en su primer año de publicación (1617), ya muerto el novelista. Pero naturalmente la gran obra cervantina fue el Quijote. La primera parte salió publicada en 1605, la segunda en 1615. El éxito del Quijote fue inmediato. La obra se reimprimió cinco veces en 1605. La fortuna editorial se comprueba por el hecho de la publicación en 1614 de una segunda parte apócrifa, bajo el nombre de Alonso Fernández de Avellaneda, con toda probabilidad un seudónimo. Es evidente que el autor no era amigo de Cervantes, a quien critica e incluso insulta en el prólogo. La obra es de inventiva rudimentaria y carece de la chispa de Cervantes. Hasta el siglo XVIII el Quijote sólo fue visto como la obra maestra de la comicidad, sin concienciarse de la trascendencia de la obra. La crítica cambió a partir del siglo XIX. Los románticos vieron al Quijote como una obra patética, defensora de ideales aplastados por la chata realidad. Desde la generación del 98 los análisis interpretativos han sido múltiples. Desde los estrictamente filológicos -los más interesantes, las observaciones de Riquer sobre los antecedentes y modelos literarios del loco- a los esencialistas hispánicos como los de Unamuno, que considera la obra la biblia de lo español- pasando por los ideológicos -que inciden en la influencia de Erasmo (Bataillon), en las sátiras de las utopías (Maravall) o en los mensajes progresistas (Osterk)- o los raciales -D. Quijote como converso y Sancho como cristiano viejo (A. Castro). Hoy los críticos parecen estar de acuerdo en detectar en la obra de Cervantes elementos medievales (sobre todo, el espíritu heroico) al lado de componentes modernos, muy ligados al erasmismo. Pero sobre todo se subraya la transcendencia de la coyuntura histórica en la que se inserta. Abellán ha insistido últimamente en las connotaciones barrocas de la obra. Desde el punto de vista estético, el mismo planteamiento del Quijote como obra de arte obedece a una tendencia barroca que se observa en múltiples aspectos. El más evidente es la polaridad D. Quijote-Sancho que se extiende a lo largo de toda la obra, donde el primero representa el idealismo y el segundo el realismo, sin que en ningún momento lleguen a un compromiso o mutuo entendimiento, ni siquiera cuando al sanchificarse el uno y quijotizarse el otro parece que debían llegar a un punto de convergencia. Precisamente, es este antagonismo barroco -nervio de toda la obra- el que explica todos los opuestos que aparecen constantemente: ser-parecer, realidad-fantasía, locura-cordura, drama-comedia, sublime-grotesco, etc... "En cuanto al problema de más alcance, el del conocimiento de la realidad y del sentido de la vida -dice Angel del Río-, la solución del Barroco contrarreformista español es la del desengaño: la que veremos en Quevedo (el mundo como pesadilla), la de Calderón (el mundo como teatro o sueño, cosas fingidas) o la de Gracián (el mundo como engaño, cueva de la nada). Tras de todo lo cual está la realidad verdadera, la de la otra vida, y la gloria perdurable que el hombre tiene que conquistar con su voluntad, ayudado por la gracia divina". Aunque el D. Quijote fue muy leído, Cervantes ejerció una influencia mayor con sus Novelas ejemplares, que naturalizaron la novela italiana en España. Así Lope de Vega escribió cuatro novelas. La más famosa fue La Dorotea, inspirada en La Celestina y de contenido autobiográfico, en la que Lope cuenta sus errores de juventud con Elena Osorio. La banalización de la novela, a medida que va avanzando el siglo XVII, es un reflejo de la sociedad para la que fue escrita: una sociedad en decadencia que va sumiéndose en la irresponsabilidad y en la frivolidad, aunque asiéndose cada vez con más tenacidad a las apariencias y a las ceremonias sociales, incluido un sentido del honor desprovisto progresivamente de contenido.
obra
El 6 de febrero de 1918 Klimt fallece de un ataque de apoplejía y en su estudio quedan varios cuadros sin concluir, entre ellos Adán y Eva o La novia. Gracias a estos trabajos podemos comprobar la manera de trabajar del maestro; al igual que Ingres o Degas, Klimt también situaba en sus cuadros a las figuras desnudas para luego ir recubriéndolas con los diversos paños coloreados, con formas y figuras puramente decorativas, recordando a los caleidoscopios por el empleo del color en pequeñas teselas, como si de un mosaico se tratara. No en balde, Klimt sentía profunda admiración por los mosaicos bizantinos de Ravena que inspirarán buena parte de sus trabajos.En algunas de sus últimas obras -La Virgen, El bebé o Muerte y vida- las figuras se arremolinan como en los trabajos para la Universidad, creando una composición piramidal en la que se elimina toda referencia a la perspectiva, situando las figuras en dos dimensiones. Esta influencia del arte japonés será muy habitual en los retratos de la década de 1910 -véase Eugenia Primavesi o La Bailarina- tomada de los impresionistas y neo-impresionistas como Van Gogh.La figura de la novia aparece en el centro de la escena, apoyando su cabeza en el hombro del futuro esposo, recordando la postura de El Beso. Sin embargo, la expresión de felicidad que vemos en el rostro de la joven no se corresponde con lo atormentado del gesto masculino, uno de cuyos brazos parece sujetar a la mujer que dirige su mirada hacia el espectador. ¿Sería una alusión a las infidelidades masculinas? ¿Querrá Klimt representar una vez más el erotismo y el ciclo de la vida? Independientemente del significado oculto de esta simbólica escena, nos encontramos ante una de sus obras más llamativas por el empleo de vivos colores, enlazados gracias a las ondulantes líneas que organizan el conjunto, demostrando una vez más la facilidad de Klimt para el dibujo.
obra
Podemos considerar a Samuel Palmer como uno de los mejores pintores de paisajes pastorales, en los que podemos apreciar la influencia de William Blake. En esta composición observamos a un grupo de pastores conduciendo un rebaño de ganado en un sensacional paisaje otoñal, con un amplio cielo cubierto de nubes blancas. La brillante y dorada luz solar baña todo el conjunto, resaltando los colores pardos y sienas de los trigos y de las hojas de los árboles. Los toques rápidos y difuminados, casi puntillistas, que Palmer emplea consiguen crear efectos de gran belleza que cargan de romanticismo la composición.