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Siempre que sea posible, el individuo ha de pronunciar la oración de la sema', la confesión de fe en la unidad de Dios, en los últimos momentos de su vida. Tradicionalmente, su cuerpo debe ser lavado y amortajado con sencillez, antes de ser enterrado. En ningún caso se permite la cremación, pues es contraria a la resurrección. La parte central del funeral es la recitación de la oración de duelo tradicional, el qaddis (santificación), plegaria de alabanza a Dios. Durante los funerales o inmediatamente antes de recibir sepultura el cadáver, el ministro que ejerce como oficiante solicita a cada familiar del difunto que corte un trozo de la vestimenta de éste. Esta ceremonia, llamada keri'ah (corte), recuerda la vieja tradición de rasgarse las vestiduras en señal de duelo. Tras el funeral, que debe celebrarse antes de que haya pasado un día del óbito, la semana siguiente es de recogimiento y dolor para los familiares del difunto, que deben permanecer en sus casas. Todo el tiempo arde una lámpara y el dolor se hace visible en objetos y actitudes: los espejos son cubiertos, no se visten ropas nuevas, etc. Pasado este tiempo, el luto de los parientes se relaja durante el mes siguiente (sheloshim), aunque las muestras de aflicción permanecen hasta que hayan transcurrido once meses. En este periodo, los hijos del difunto o bien la hija mayor asisten a diario a la sinagoga para recitar el qaddis. El difunto es también recordado en el aniversario de su muerte (yahrzeit).
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En Egipto, tras la muerte, el "ka" comparecía ante el tribunal de Osiris para responder de sus acciones. Los que habían cometido malos actos serían castigados, mientras que los justos entrarían en el reino de Osiris, donde llevarían una vida placentera, comiendo y bebiendo, por lo que era necesario dejar ofrendas ante el muerto. Como era necesario un cuerpo en ese otro mundo, los egipcios eran embalsamados con el fin de recuperar el cuerpo incorrupto. Otra fórmula era utilizar una estatua representativa del finado. Para el egipcio es fundamental conservar el cadáver como base sustentadora de la existencia en el más allá. En un principio, los cadáveres fueron enterrados en arena caliente, que los secaba por completo y conservaba, una práctica que siguieron realizando los egipcios pobres. Los egipcios ricos hacían preservar sus cuerpos usando una sal natural llamada natrón. La operación de embalsamamiento duraba 70 días. Comenzaba por retirar los órganos internos, que se descomponían con rapidez, para embalsamarlos por separado y depositarlos en cuatro contenedores especiales llamados canopos. El hueco dejado por las vísceras era rellenado con los objetos más diversos, pues el cuerpo debe conservar la misma forma de que gozó en vida. En el cuerpo sólo quedaba el corazón, con el objetivo de que fuera juzgado por Osiris en la ceremonia llamada el "peso del corazón". Después se envolvía el cadáver con vendas de lino y sobre la cara se depositaba una máscara ornamental para que el espíritu de la momia lo reconociera. El último acto era colocar el cuerpo en las cajas mortuorias, un sarcófago antropoide, y enterrarlo en la que será su casa, donde vivirá el ka del difunto. Los sarcófagos estaban decorados con elaboradas pinturas y jeroglíficos, que debían acompañar al espíritu de la momia en su viaje a la otra vida. En la tumba se colocaban pequeñas figuras parecidas a momias llamadas "shabtis" para que actuaran como sirvientes en la otra vida. También se enterraban los enseres más querido del difunto, así como el Libro de los muertos, rollo de papiro que describía el viaje del alma a la otra vida y garantizaba al difunto una existencia feliz.
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En la religión hindú es costumbre incinerar al cadáver, una tradición que tiene innegables connotaciones rituales y sanitarias. La muerte es considerada una contaminación de la vida, por lo que el mejor elemento para liberar el alma es el fuego, el elemento purificador por antonomasia. Tradicionalmente la cremación se realizaba con madera de sándalo, pero su alto precio actual hace que ésta sólo sea usada por las familias más pudientes, si bien se deposita en la pira funeraria un pequeño trozo a modo de símbolo. El cuerpo de los varones es envuelto en un lienzo blanco, siendo el rosado el color de las mujeres. Tras confeccionar la pira con madera, el cuerpo es llevado en andas por los familiares varones del difunto desde su casa hasta el lugar de la cremación, donde será sumergido previamente en el agua sagrada del río. Llena la boca del cadáver de agua, será colocado sobre la pira por los encargados de la cremación, generalmente miembros de una casta inferior, siendo después tapado con madera. A la cremación asisten habitualmente sólo los hombres de la familia. Los hijos varones del muerto visten túnicas blancas y llevan la cabeza rapada. El hijo mayor deberá rodear la pira cinco veces antes de proceder a prender el fuego. Cuando éste se extingue, las cenizas son arrojadas al río sagrado o bien guardadas por un familiar para llevarlas en peregrinación al Ganges u otro río. Tras la incineración, los familiares del difunto siguen un periodo de luto en el que es importante aislarse socialmente, mostrarse recogidos, y seguir una serie de prescripciones alimenticias, como la de cocer los alimentos en cazos de barro y sobre un fuego hecho en el suelo. Este periodo, que puede durar quince días, finaliza con un banquete familiar. Existen tres supuestos en los que no se lleva a cabo la incineración del cadáver: cuando el muerto es un niño, siendo el cuerpo arrojado al río; si el finado era un enfermo de lepra, pues se considera que su vida de sufrimiento ya hace innecesario purificar su alma; y si se trata de un personaje santo, pues también su vida espiritual hace que no se requiera un último acto purificador.
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En la época en la que la muerte aparecía como uno de los elementos característicos de la vida cotidiana, resultaba imprescindible disponer todo lo necesario para lograr al fin la tan ansiada salvación. Dada la unánime creencia en la inmortalidad del alma y la vida eterna, lo mejor sin duda era ponerse a bien con el Creador, y de hecho una de las condiciones imprescindibles para ser admitido en los hospitales era precisamente la confesión. En cualquier caso, todos sabían que ante una grave enfermedad debían acudir a la parroquia para que rápidamente se enviase un sacerdote. En procesión solemne, precedido de una cruz, linternas y campanillero, el cura llevaba el viático al enfermo, administrándole la absolución y la eucaristía. La contemplación del cortejo, que evidenciaba el encomiable deseo de un fiel de morir cristianamente, era no sólo un ejemplo a seguir, sino también un recordatorio de la vanidad humana, a lo que todos asentían arrodillándose ante la presencia de la eucaristía. Cuando el desenlace parecía inevitable debía recibirse el último sacramento: la extremaunción. Verdadera preparación pare la partida al más allá, la unción de los moribundos tenía la finalidad de lograr la curación del enfermo, no tanto desde el punto de vista físico (aunque la imaginación popular lo afirmara a veces) como desde el moral. Este aspecto de la remisión final de los pecados fue precisamente destacado por los escolásticos, siendo universalmente admitido en 1274 por el II Concilio de Lyon. Durante la Plena Edad Media el sacramento, sin embargo, distó mucho de alcanzar una difusión masiva. De hecho, la mayoría de los laicos vieron siempre a la extremaunción como un sacramento de nobles, pues en efecto muchos de ellos lo utilizaban como medio de ingreso en una orden religiosa (professio ad succurrendum), solucionando así los espinosos temas de la sepultura perpetua -y hereditaria- y de las oraciones post mortem. Otro problema añadido fue el de la similitud del rito sacramental con los de la ordenación y penitencia pública de la que algunos deducían la irrepetibilidad de la extremaunción. Aunque los autores eclesiásticos afirmaran su iteración, la mayoría identificó al sacramento con el abandono del mundo, rechazándolo o recibiéndolo todo lo más en plena agonía. Respecto a la liturgia de la muerte, alcanzó también en el Pleno Medievo una clara maduración, paralela a la referente a la teología del más allá. Tras el fallecimiento, el cadáver era revestido con una mortaja por la familia, encargada también del velatorio, o bien por una comunidad religiosa, en el caso de que el fallecido así lo hubiera dispuesto en su testamento. Al día siguiente tenía lugar el entierro, precedido de una misa y del funeral. En el caso de los más acomodados, o de que el difunto formase parte de una cofradía, el funeral suponía un enorme gasto, ya que incluía un pomposo cortejo con luminarias y la procesión de pobres y plañideras contratados pare la ocasión. El entierro para estos afortunados tenía lugar en el cementerio parroquial y conllevaba a menudo la sepultura perpetua, aunque la mayoría eran inhumados en vastos cementerios comunes -como los de las ciudades-, simples descampados donde solían realizarse toda clase de actividades profanas (mercado, juegos, etc.). Desde tiempos inmemoriales la Iglesia había propiciado la oración por todos aquellos difuntos que, no habiendo alcanzado la total expiación de sus faltas, se enfrentaban así a un más que incierto futuro. A partir del siglo XI se generalizó asimismo la absolución solemne de los fallecidos. Ambos rituales implicaban la creencia en una posibilidad suplementaria de perdón, y por lo mismo de salvación, que sin embargo no tenía una clara apoyatura en el texto bíblico. Este vacío sirvió de acicate a numerosos teólogos, que se preocuparon crecientemente por ese lugar intermedio ("locus poenalis", según Pedro Damián) a donde iban a parar las almas de quienes, sin estar condenados por haber recibido la absolución al morir, tampoco habían alcanzado aún la salvación. Surgió así, a lo largo del siglo XII, una elaborada teoría del purgatorio que no era sino el resultado de la aquilatación coetánea de la teología penitencial, y en suma de una percepción cada vez más individualizada del destino del alma. La obsesión por lograr a toda costa la salvación, expresada en la creencia en el purgatorio y en la práctica de las indulgencias, sirvió también de fundamento a numerosos ritos pertenecientes a la liturgia de difuntos. Así, según avanza el siglo XIII, son cada vez más frecuentes las llamadas donaciones, mandas testamentarias destinadas a promover la celebración periódica de misas de aniversario.
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Antes de morir, y siempre y cuando sea posible, es deseable que el musulmán se prepare para el tránsito a la otra vida, recostándose sobre su costado derecho y de cara a La Meca, pronunciando la shahada. Cuando el sujeto fallece, una persona del mismo sexo que el difunto procede en primer lugar a lavar el cadáver, empezando por los pies. Después se le amortaja con una tela, generalmente blanca. El siguiente paso es llevar el cuerpo del finado a la mezquita en parihuelas, donde se realiza una plegaria. Después es enterrado en el cementerio, habitualmente fuera de las poblaciones. Las necrópolis musulmanas son un abigarrado complejo funerario, en el que se suceden las tumbas encaladas. Éstas han debido ser construidas en suelo virgen y sin cultivar, sin ningún tipo de edificación, con las tumbas orientadas hacia la ciudad sagrada de La Meca y el cadáver recostado sobre su lado derecho.
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Esta tela es una de las más célebres de Poussin, y sería la que le abriría las puertas de la fama en sus intentos por alcanzarla a finales de los años veinte en Roma. Fue encargada por el Cardenal Francesco Barberini a finales de 1626 y entregada en enero de 1628. Era la primera vez que Poussin abordaba la historia de Roma. El asunto procede de los "Anales" del historiador romano Tácito, el cual narra la muerte de Tiberio Druso Nerón, llamado Germánico por sus resonantes victorias como general contra los germanos. Movido por la envidia y el temor a su popularidad, su padre adoptivo, el emperador Tiberio, le envía a Siria, en donde se gana la enemistad del gobernador Calpurnio Pisón y su esposa Plancina. Fieles al emperador, de quien de seguro reciben la orden, Calpurnio Pisón y su mujer envenenan a Germánico, quien se retira a Antioquía gravemente enfermo, para morir rodeado de sus amigos y su familia. Este momento trágico, el de la expiración, es el elegido por Poussin para crear una composición compleja, a causa del número de personajes implicado y el dramatismo de la escena. Germánico, agonizante, señala con el índice de su mano derecha a su mujer, Agripina, y a sus hijos, a quienes pone bajo la protección de sus amigos. Uno de los militares alza el dedo en señal de venganza ante la injusticia. La obra refleja, muy por encima de sus bacanales y "poesie", el lenguaje barroco del momento. De hecho, si entre sus influencias decisivas se encuentra el sarcófago con los relieves de la "Muerte de Meleagro", obra antigua copiada para el Museo Cartaceo de dal Pozzo, es indudable que Poussin conocía el tapiz de la "Muerte de Constantino" de Rubens, de la serie de tapices sobre el emperador que había sido ofrecida por Luis XIII al Cardenal Barberini en 1625. Por su parte, el colorido saturado refleja la influencia de la Escuela veneciana. También es característicamente barroca la superposición de las figuras y la ausencia de formas definidas. Por primera vez, en lo que será una constante durante toda su vida, Poussin aborda un "exemplum virtutis", un ejemplo moralizante, tomado de la Historia, de lo que los romanos, y con ellos los humanistas, entendían por virtud, entendida como valor, la cualidad principal del héroe. Su tono grandioso, su belleza subordinada a los temas más profundos, como la amistad, la justicia, la muerte... alcanzó un amplio reconocimiento y supuso un punto de inflexión en la suerte artística del pintor francés.
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Es la obra preparatoria del lienzo La muerte de Germánico, proceso del que se conservan varios dibujos. En todas, con ligeras variantes, se repite la misma composición. Entre los detalles más interesantes, los dos personajes que ascienden por una escalera a la izquierda de la escena, habían sido inicialmente plasmados en el lienzo, según se desprende de diversos estudios, y luego eliminados. Además, en el dibujo no se hace referencia al tema de la venganza, simbolizada por el soldado en primer término que, a diferencia del que aquí contemplamos, en el lienzo alza la mano derecha.