El progreso tecnológico alcanzado a partir del siglo décimo repercutió enseguida en el arte militar. Muchas máquinas de asedio fueron concebidas y experimentadas por toda Europa, en una época en la que las ciudades, sobre todo las italianas, vivían en continuo conflicto. La mayoría de estas máquinas encontró su inspiración en los tratados bélicos que procedían del ocaso imperial romano, pero incluso las que fueron invención del Medievo tenían antecedentes lejanos. Por ejemplo, fueron muy usadas catapultas y ballestas, máquinas de lanzamiento, basadas en la palanca, bien conocidas en la Antigüedad. De origen antiguo era la "tortuga", una especie de techo móvil blindado, cuya finalidad era proteger a los soldados que atacaban las murallas; fueron empleadas en el 1159 por el ejército del emperador Federico I durante el asedio de Crema. Muy abundantes fueron las torres de madera -a veces revestidas de pieles- desde las que los sitiadores podían lanzar proyectiles de todo tipo contra la fortaleza asediada o penetrar en ella mediante apropiados puentes. En las torres, a veces, fueron atados prisioneros para que sirvieran de escudos humanos, en la esperanza de que los asediados no se atrevieran a defenderse para evitar la muerte de sus compañeros; esperanza a menudo vana, como ocurrió durante el asedio de Brescia por Federico II en 1238. Más innovadora fue la aparición, en 1160, de unos carros creados por el ejército de la ciudad de Milán contra las huestes de Federico I. Estas máquinas de madera, de forma cónica, eran arrastradas por caballos o bueyes y armadas por dos filas de guadañas -emplazadas sobre los lados, como si se tratase de los remos de una nave- manejadas por soldados protegidos en el interior; su objetivo era perforar las filas de la infantería enemiga, como si surcaran las aguas. La impresionante visión de estos "carros armados" indujo al emperador a retirarse. No debían ser muy eficaces, pues su empleo no se generalizó. Más importante, pues permitió un notable progreso en la construcción de máquinas de lanzamiento, fue el mecanismo de contrapeso, puesto a punto en la segunda mitad del siglo XII. Gracias a él funcionaba el trabuco, especie de honda de grandes dimensiones dotada de palanca y cuya potencia era aumentada con la colocación de dos contrapesos. Estas máquinas podían arrojar proyectiles de piedra de hasta trescientos kilos y su fuerza destructiva era tan conocida que, en más de un caso, bastó con la amenaza de su empleo para rendir a los asediados. A pesar de que sus lanzamientos podían ser muy precisos, generalmente no eran utilizados para abrir brechas en las murallas, que por otra parte tenían una resistencia considerable; principalmente se las empleaba para dañar los edificios de las ciudades asediadas, en las que causaban un fuerte trauma psicológico al sitiado, golpeado día y noche y sin poder prever dónde caería el siguiente pedrusco llovido del cielo... El tiro no se concentraba sobre un punto específico, sino que se dirigía sobre toda la extensión del blanco, sugiriendo tras cada destrucción la conveniencia de rendirse. Las máquinas de guerra medievales solían construirse con rapidez sobre el propio campo de batalla, utilizadas y después desmontadas; si estaban dañadas se las quemaba para evitar que el secreto de su tecnología cayese en manos enemigas.
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En la concepción cristiana la muerte se considera el instante en el que se separan cuerpo y alma. El buen cristiano debe estar preparado en cualquier instante para este momento y las voluntades de los mortales se recogían en los testamentos. Incluso se hace referencia al aumento de la práctica testamentaria desde el siglo XIV lo que motiva cierta "democratización" en esta cuestión. El testamento incluía la voluntad sobre el futuro de los bienes del testador y una referencia a los errores cometidos con los correspondientes deseos de corregirlos. Lo habitual era que se testara cuando la enfermedad llamara a la puerta del protagonista, aunque su redacción podía hacerse en cualquier momento. Los meses de calor, correspondientes al periodo entre abril y octubre, era la época de mayor número de testamentos debido al aumento de las fiebres y las pestes. Podemos afirmar que el testamento se convirtió en el complemento de la confesión. Tras el fallecimiento el finado era envuelto en un sudario de tela blanca y era velado por los familiares antes de ser enterrado. El entierro se realizaba de manera rápida no sólo para evitar contagios y enfermedades sino para alejar el fantasma de la muerte de la familia o el pueblo. La solemnidad caracterizaba el traslado del cadáver desde la casa hasta el lugar de enterramiento. Los familiares, compañeros de oficio y las plañideras -en mayor número cuando el finado era de clase social elevada ya que recibían una gratificación- acompañaban al cadáver. Durante la trayectoria las campanas de las iglesias tocaban para ahuyentar a los demonios. Cantos, plegarias y llantos eran los sonidos del cortejo durante el viaje. El blanco era el color habitual del duelo, estando el negro reservado para las familias aristocráticas. Cementerios e iglesias eran los lugares de enterramiento. El desarrollo económico de la Baja Edad Media motivó al proliferación de capillas en iglesias y catedrales. Tras el entierro la familia debía ofrecer una comida a los acompañantes. Su objetivo era reconstruir la cohesión de la comunidad. Tras el primer aniversario de la muerte se celebraba una misa con la que se ponía punto final al luto que había guardado la familia. En la Edad Media la muerte nunca fue acompañada de caracteres macabros. Sería en los últimos siglos cuando aparecen aspectos tétricos, motivados sin duda por la difusión de la Peste Negra y las epidemias, hambrunas y devastadoras guerras que sacudieron la Baja Edad Media. En las ciudades se desarrollaría incluso la idea de muerte-espectáculo. Para conseguir la salvación de los difuntos era necesaria la mediación de los clérigos lo que motivaba el encarecimiento de la muerte. La misa era la fórmula de conectar el mundo de los vivos con el de los muertos y ahí también encontramos una evidente diferenciación social ya que los ricos podían ofrecer más misas por sus difuntos al tiempo que tenían más posibilidades de realizar la caridad con los pobres. La vida terrenal sería considerada en la Edad Media como un mero tránsito hacia la eternidad. El cielo era el destino deseado por todos pero por mucho que el individuo se preparara el camino para la salvación nada estaba asegurado y el infierno constituía un serio peligro tal y como lo describe Dante o lo pinta El Bosco en sus cuadros. "Bajo un cielo sin estrellas, resonaban suspiros, quejas y profundos gemidos (...) Diversas lenguas, horribles blasfemias (...), voces altas y roncas, acompañadas de palmas, producían un tumulto que va rodando siempre por aquel espacio eternamente oscuro". De esta manera nos narra el poeta italiano su visión infernal. El purgatorio sería el lugar intermedio entre cielo e infierno. La idea de este espacio tuvo especial difusión desde el siglo XIV, abriéndose una nueva vía de acceso al cielo en un momento de guerras, hambrunas y pestes. La esperanza en el más allá insuflaba un cierto halo de esperanza a los horrores vividos en este mundo terrenal.
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En 1911 Schiele conoce a una bella modelo -que ya había posado para Klimt- llamada Wally con la que mantendrá una estrecha relación. La joven se prendó de Schiele y convivió con el hasta que en 1915 el pintor decidió dar un giro a su vida y volver a sus costumbres burguesas, casándose con Edith Harms. Sin embargo, Schiele propuso a Wally que pasaran los veranos juntos lo que la modelo rechazó tajantemente, alistándose como enfermera, falleciendo durante la Primera Guerra Mundial.El final de esa relación está representado en este lienzo que contemplamos, inspirado en La Tempestad de Kokoschka y La Mujer y la Muerte de Käthe Kollwitz. Schiele y Wally se dan el último abrazo en un entorno yermo y vacío, que simboliza el estado del artista al perder a su amada. Wally se agarra con fuerza a su amante pero Egon la acoge en su seno con indiferencia, sin responder al potente abrazo de la mujer de la misma manera, ya que sólo apoya la huesuda mano derecha en su hombro y con la izquierda mesa sus cabellos. De esta manera, el último abrazo se llena de dolor más que de sensualidad, aludiendo a ésta a través de las sábanas blancas sobre las que se sitúan ambos personajes.Las tonalidades empleadas por Schiele acentúan la sensación de tristeza que supone la ruptura, al igual que la forma de aplicar los colores, de manera rápida y empastada, queriendo expresar de esta forma sus sentimientos, en una línea marcadamente expresionista.
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En el Siglo de Oro la mujer tenía básicamente tres funciones: ordenar el trabajo doméstico, perpetuar la especie humana y satisfacer las necesidades afectivas de su esposo. Esa es la razón por la que el matrimonio sería un fin para la mujer. Para contraer matrimonio las féminas debían aportar una dote cuyo valor variaba en función de las condiciones económicas de la futura esposa. La dote sería un importante problema para algunos padres por lo que aparecieron instituciones que dotaban a las muchachas pobres. En las clases hidalgas numerosos matrimonios eran concertados de antemano por lo que este fenómeno produciría fracaso matrimonial y abundancia de relaciones extramaritales. Los bastardos serán una consecuencia de estas relaciones extramatrimoniales. La soltería tenía un sentido peyorativo entre las mujeres de las clases medias. Esa es la razón por la que las mujeres se preparaban casi exclusivamente para el matrimonio, convirtiéndose en doncellas. De ella se esperaba que fuera obediente, casta, retraída, vergonzosa y modesta. Debía ser callada y estar encerrada en casa. La mujer pasaba de depender del padre a depender de su marido. Uno de sus escasas vías de escape será el templo por lo que las iglesias acabarían convirtiéndose en punto de cita. Otra de las fórmulas para escapar del aburrido hogar era taparse con una capa desde la cabeza hasta los pies y mezclarse con el gentío de la calle. A pesar de las limitaciones matrimoniales, el matrimonio era preferible a la soltería. Siempre quedaba la posibilidad del adulterio, algo bastante común tanto entre hombres como entre mujeres. Evidentemente, el tratamiento social y legal era diferente si lo cometía uno u otra. Si la mujer casada era sorprendida en pleno adulterio, el marido tenía la potestad de matarla en ese momento, siempre y cuando también ejecutase al amante. Si el marido tenía solo sospechas de adulterio, debía denunciar el caso ante los tribunales y cuando fuera probado, los culpables eran entregados al marido para que hiciese justicia o los dejara libres. Lo habitual, a pesar de los que ocurría en las comedias de capa y espada, era que el marido perdonara la vida a los adúlteros. Parece ser que la virginidad en el Siglo de Oro era un bien bastante escaso, siempre si tenemos en cuenta las informaciones de los literatos. Tirso de Molina dice que "doncellas y Corte son cosas/ que indican contradicción". Quevedo dice "Solían usarse doncellas/ cuentanlo así mis abuelos./ Debiéronse de gastar/ por ser muy pocas, muy presto" mientras que Alonso de Malvenda escribe "Invisible y enfadosa/ sin duda es la doncellez/ pues en los tiempos que corren/ ninguno la puede ver". A pesar de que era difícil encontrar mujeres vírgenes, siempre eran muy preciadas por los hombres. La reparación de virgos debía ser un fenómeno bastante generalizado y en algunos casos se llegó a realizar incluso en cinco ocasiones. Las celestinas eran las encargadas de realizar estas operaciones, al tiempo que también se dedicaban a depilar, hacer filtros amorosos o buscar amantes. El celestineo era una profesión que generaba pingües beneficios y de ella decía Cervantes que era "indispensable en toda república bien organizada".
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El objetivo principal de la mujer china era el matrimonio y para ese momento era preparada desde la infancia. Sin embargo, como a través del matrimonio la mujer pasaba a depender del clan familiar del marido, en la familia china eran despreciadas, llegando incluso a ser ahogadas por la propia comadrona al nacer. No en balde, un proverbio dice que "educar a una niña es como estar labrando el campo de otro hombre". Al no ser muchas las muchachas casaderas, todas las mujeres encontraban esposo, dedicándose sólo algunas al cuidado de los padres, por lo que quedaban solteras. También quedaban solteras las chicas que ingresaban en un monasterio. La edad de contraer matrimonio para una mujer eran los 17 años. La boda estaba pactada entre las familias, por lo que la novia no conocía a su esposo ni a sus suegros hasta la celebración, habitualmente de manera suntuosa. Desde ese momento, la mujer abandonaba su clan familiar y dependía directamente del marido y su clan. La virtud femenina más valorada era la fidelidad, especialmente después de casada, pues el matrimonio no era sino el tránsito de depender del padre a hacerlo del marido. Sin embargo, por cuestiones económicas contraer matrimonio tras la muerte del esposo era una práctica habitual, aunque moralmente la mujer quedaba en una situación bastante repudiable, tal y como se refleja en los libros sobre castigos; en las representaciones de los infiernos, las viudas que habían vuelto a contraer matrimonio aparecen siendo cortadas en dos por los demonios, para adjudicar así cada mitad a uno de sus maridos. Estos planteamientos motivarían que, a partir del siglo XI, la fidelidad en las viudas aumentara de manera significativa, estimulando la creación de un buen número de poemas o inscripciones conmemorativos que llegarán hasta la recompensa imperial. Las numerosas invasiones de pueblos "bárbaros" que acabaron con el poder en China motivaron diferencias entre las mujeres extranjeras y las naturales del país. Las "bárbaras" disfrutaban de mayor grado de libertad, aunque en algunas épocas -como durante la dinastía Tang- las damas chinas empezaron a montar a caballo y a realizar algunas actividades que suponían cierta apertura. A partir de la dinastía Song del sur se puso de moda entre las mujeres chinas el vendado de los pies para evitar su crecimiento. Parece ser que las primeras que sufrieron esta práctica fueron las bailarinas de la corte, extendiéndose posteriormente a las damas de la aristocracia y después a la masa de la población, excepto a las más humildes y a las de regiones más meridionales. Curiosamente, esta práctica acabó con el arte de la danza, ya que los pies se atrofiaban de tal manera que impedían bailar. La explicación de porqué se produjo esta práctica resulta difícil de encontrar, apuntándose a cuestiones de distinción social entre las mujeres chinas y las de origen bárbaro, sin olvidar consideraciones sexuales que apuntan que la atrofia de los pies determina el estrechamiento de la vagina, con lo que se aumenta el placer sexual. Una de las causas de esta práctica será la drástica reducción de las actividades femeninas, aunque existen datos que apuntan a la existencia de mujeres que se dedicaban al comercio e incluso algunas empresarias. A finales de la época imperial surgieron algunos escritores que se dedicaron a reivindicar el papel de la mujer en la sociedad, abogando por la igualdad con el hombre en algunos aspectos, como en los asuntos intelectuales y creativos. El más importante de estos autores será Cao Xuequin, autor de "La historia de la piedra". La insurrección taiping de mediados de la década de 1850 llevará consigo un importante papel en la mejora de la situación femenina. Los insurrectos consideraban iguales a hombres y mujeres, pues para ellos eran hijos e hijas de Dios. Se prohibió la prostitución y el vendado de los pies, permitiendo a la mujer una mayor libertad en sus movimientos, al tiempo que se otorgaban los mismos derechos sobre la propiedad de la tierra. Sin embargo, este movimiento apenas tuvo éxito y en su propio fuero interno se produjeron curiosas contradicciones, como someter a trabajos forzados a las mujeres con los pies vendados capturadas durante la revuelta. Los misioneros protestantes y sus esposas apoyaron los movimientos contrarios al vendado de los pies y favorables a la enseñanza a las niñas, movimientos que pronto tuvieron resonancia entre la sociedad china. Desde su llegada la poder, el Partido Comunista Chino ha hecho un gran esfuerzo por promover la igualdad entre los sexos, aunque no se han eliminado buena parte de las estructuras tradicionales perjudiciales para las mujeres. Esta sería la razón por la que numerosas familias continúan abandonado a sus hijas, que son recogidas en orfanatos públicos.
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El hombre y la tierra en los Andes El espacio andino estaba dominado, a la llegada de los españoles en la segunda década del siglo XVI, por el mayor estado construido hasta entonces en la región: el de los Incas. El Tahuantinsuyu, "reino de los cuatro suyus", era una inmensa extensión de terreno que abarcaba desde el sur de Colombia hasta el río Maule, en la actual república de Chile. Y en todo este territorio se había impuesto el gobierno de uno de sus pueblos, de tronco quechua, establecido al menos desde el siglo XV de nuestra era en la ciudad del Cuzco. El espacio geográfico en el que nos introducimos viene marcado por la imponente fortaleza natural que es la cordillera de los Andes. Recorre este inmenso accidente orográfico la casi totalidad del continente sur en su vertiente pacífica y marca la división en tres regiones, costa, sierra y selva. División natural que será desafiada por el hombre en su afán por integrar bajo una sola entidad política todos los elementos de la geografía andina. Gráfico El hombre andino ha tenido que hacer frente, a lo largo de la historia, a condiciones naturales ciertamente adversas. La resistencia natural de los Andes a ofrecer terrenos cultivables fue vencida mediante la construcción de terrazas, y de importantes obras de canalización e irrigación que permitieron sacar el mayor partido posible a terrenos aparentemente poco favorables al cultivo. El frío de la sierra se combatía gracias al calentamiento proporcionado por pieles y por la lana de auquénidos. La necesidad llevó a la especie humana en los Andes a inventar sistemas de conservación mediante procesos de deshidratación, transformando la papa en chuño y la carne de llama en charqui. En esta región fueron diversas las culturas que se desarrollaron hasta que impuso su poderío el estado inca. Y de la misma manera que en Mesoamérica, habrá elementos culturales que permanezcan asimilados por diferentes pueblos, y cuyo origen puede rastrearse hasta la aparición de las primeras civilizaciones. La dualidad en el mundo andino La vida en la región andina se teje en torno a un mundo dual, en que las dos partes no son opuestas, sino complementarias. Esa división se da en todos los aspectos que guardan relación con el hombre y su medio. Arriba-abajo, izquierda-derecha, hombre-mujer... son las mitades que dividen el cosmos y el universo mental de los habitantes andinos. Esa dualidad se plasma en las mitades hanan-hurin que definen tantos aspectos de la vida de aquella región. Esto era así antes del proceso de desarrollo y formación del imperio inca, y este pueblo lo asumió e implantó en todos los territorios del Tahuantinsuyu. La complementariedad masculino-femenina está presente en múltiples actividades, que van desde los rituales religiosos hasta las tareas domésticas. En el máximo nivel del estado la dualidad viene representada por los dirigentes, el Inca y su esposa-hermana, la Coya, que a su vez reflejan el orden cosmogónico basado en la cúspide religiosa marcada por la presencia del Sol (Inti) y la Luna (Killa). Parece que esta dualidad era también llevada al plano de sucesión, concebido en línea paterna para los varones, y materna para las mujeres: los hombres se sentían descendientes de sus padres, mientras que las mujeres se percibían como descendientes de sus madres. Igualmente constatamos la complementariedad en las tareas llevadas a cabo por hombres y mujeres, que si bien no eran tan estrictas que no pudieran intercambiarse, se concebían unas específicamente masculinas y otras más adecuadas para el desempeño femenino de las mismas. De esta manera se concebía la presencia indispensable de unos y otras para el correcto y equilibrado funcionamiento de todos los ámbitos de la vida, pública y privada. Igualmente esta dualidad se va a dar en las creencias. Un viejo mito habla de la esposa de Pachacamac, que forzada por un jaguar dio a luz a dos hijos, que con el tiempo subieron al cielo, convirtiéndose en el sol (máximo exponente de los masculino) y la luna. Igualmente constatamos cómo una de las divinidades más antiguas, el dios de las Varas , cuyas representaciones se encuentran desde la cultura Chavín hasta Tiahuanaco, tendrá su versión femenina en la representación de la diosa de las varas, hallada en una tumba de Paracas necrópolis. Esta r femenino aparece como senos representando ojos y vajina con dientes y colmillos entrecruzados.
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En las relaciones familiares, y en el desenvolvimiento inicial de la vida, tanto en niños como niñas, la mujer tenía importantes obligaciones que le hacían tener un relevante papel en el ámbito privado, aunque su vida generalmente estaba sujeta a la obediencia de un varón, ya fuera su padre o su marido. Gráfico Las mujeres vestían unas túnicas sencillas, y llevaban el pelo largo, a veces hasta la cintura, suelo o recogido con adornos de algodón. Usaban de pinturas para el cuerpo, y mascaban una sustancia negra llamada tzictli, una especie de pez que obtenían del chapaputli marino. Esta sustancia ayudaba contra el reuma e impedía el mal aliento. También los hombres lo mascaban pero nunca en público, igual que las mujeres viudas o casadas. El chapaputli servía además para aromatizar, y se solía mezclar con copal, obteniendo una especie de incienso.
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El Virrey de Nápoles, don Fernando Afán de Ribera y Enríquez, tercer duque de Alcalá, encargó a Ribera uno de los cuadros más extraños de su producción. Se trata del retrato de Magdalena Ventura con su marido y en una inscripción que aparece en la zona derecha del lienzo cuenta el extraño caso. A Magdalena, mujer procedente de los Abruzzos, le empezó a crecer la barba a los 37 años y 15 después tuvo el hijo con el que aquí aparece representada. El encargo responde al deseo del Virrey de tener una excepcional prueba de un extraño caso que se produjo durante su mandato, de la misma manera que Carreño realizará los retratos de la Monstrua vestida y desnuda.Doña Magdalena aparece en el centro de la composición, vestida como una mujer y dando de amamantar a su pequeño pero su rostro es absolutamente viril, mostrando en su gesto cierto dolor y abatimiento. A su lado podemos ver a su marido cuyo retrato también es soberbio, captando la amarga resignación con la que vive el caso. Sobre las piedras que contienen la inscripción podemos apreciar un huso y una devanadera de hilo, símbolos de la feminidad que se supone a la mujer, a pesar de su aspecto.El estilo empleado por Ribera sigue las pautas del tenebrismo de origen caravaggista, utilizando una iluminación que crea intensos contrastes con los que se acentúa la tensión del asunto. Rostros, manos, paños y objetos están tomados con absoluto naturalismo, de la misma manera que el bebe amamantando. El resultado es una obra de carácter documental tratada con exquisito respeto y de manera casi científica.
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La dualidad en el Estado Inca se plasmaba en la complementariedad establecida por el Inca y su esposa, la Coya, que era la mujer más importante del Tahuantinsuyu. Basándose en las leyendas de origen de los incas, que describen la filiación solar de la dinastía, la pareja gobernante debía contraer matrimonio adelfogámico para mantener la pureza de la sangre de hijos del sol. Cuando los cronistas nos hablan del matrimonio del Inca con su hermana, parece que más bien hacen referencia a la unión con una pariente de la misma generación, que podría ser hermana o prima del mismo grupo de edad. Tenemos pocos datos concretos y fiables sobre las Coyas. Dos cronistas que aparentemente incluyen en sus obras una sucesión de biografías de las esposas de los gobernantes son Martín de Murúa y Felipe Guamán Poma de Ayala. Pero la lectura de estos textos no permite el conocimiento real de la vida de las Coyas, tratándose más bien de la descripción de una serie de estereotipos que ambos cronistas repiten en las diferentes biografías. Incluso puede ser que ambos cronistas se inspirasen para la redacción de sus textos en unas pinturas hechas a manera de retratos de las diferentes coyas. Esta afirmación se basa en que los dos textos incluyen algunas descripciones físicas de las soberanas, que difícilmente habrían ellos podido conocer. Ya hemos dicho que entre el Inca y la Coya el matrimonio tenía carácter incestuoso como medida para perpetuar la legitimidad de la dinastía, en su supuesto ascendiente como hijos del sol. Tal práctica fue iniciada por el creador de la dinastía, el legendario Manco Capac, que contrajo matrimonio con su hermana Mama Ocllo. Algunos cronistas difieren de la versión más generalizada, diciendo que Manco casó con su madre Mama Huaco. Gráfico La elección de la Coya por parte del Inca se realizaba entre las mujeres de parentesco próximo y de la misma generación que el gobernante. Seguramente el matrimonio se realizaba cuando el futuro soberano era aún heredero. Y el día de la proclamación del Inca se procedía también a la formalización de tal matrimonio, que "entronizaba" a la Coya. Previamente a la celebración del matrimonio, el Inca debía solicitar permiso a la madre de la futura Coya (que, según la mayoría de las versiones, era la madre del propio Inca). Una vez hecha la elección y obtenido el permiso de la madre, se iniciaban las ceremonias nupciales. El Inca salía del templo del sol y se dirigía a la casa de la novia, que estaba con su madre, y le entregaba diversos regalos. La novia le entregaba un vestido. Una vez intercambiados los presentes, el Inca la tomaba de la mano y la conducía a su casa, con grandes fiestas. Los primeros cuatro días debían ser continentes, y dedicarse a ofrecer sacrificios. Una vez pasados estos días, se entregaban a las fiestas y regocijos, que podían prolongarse durante dos meses. Desde el día de la toma de la mascaypacha, o insignia real, la Coya adquiría determinadas obligaciones dentro del Estado, y además contraía un carácter sagrado, dentro del linaje de los hijos del sol, y como esposa principal del soberano. Porque los gobernantes Incas podían tener multitud de esposas, de las que una era la principal, la Coya.
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Un tema recurrente en la Época Moderna fue el de los discursos y representaciones que en todo tiempo y lugar, los hombres intelectuales o políticos han elaborado sobre las mujeres; sobre el ser y el deber ser de las mujeres. El ideario que manejaban los hombres cultos y letrados de aquellas épocas no siempre coincidía con el pensamiento y la vida de las mujeres, que mostraban su autonomía en muchos casos. Pero el peso de ciertas tradiciones de pensamiento fue evidente en la construcción de la vida de las gentes y específicamente sobre las mujeres. Los textos de los humanistas sobre la intención de educarlas para el matrimonio y la vida familiar, los discursos de los sacerdotes católicos en cuyo centro destaca la figura de la Virgen María son de gran interés. Gráfico En el siglo XVIII se convirtió en un tema crucial los discursos sobre la educación femenina. En 1726 la Defensa de las mujeres publicada por Feijoo significó la reapertura en la sociedad española de la querella de las mujeres, una de las polémicas más recurrentes en toda Europa desde la baja Edad Media, justamente en un momento clave para la construcción de la identidad femenina. El autor utilizó la imagen de Bárbara de Braganza y su patronazgo sobre la educación femenina como ejemplo para hacer valer su afirmación de la supuesta inferioridad física, moral e intelectual de las mujeres como uno de los errores comunes asumidos por la sociedad y su reivindicación del talento de las mujeres. Lo que interesa actualmente no es tanto el tema de los discursos sino la recepción que las mujeres pudieron hacer de tales discursos que, sin duda, debieron influir en la construcción de la identidad femenina, creada en la intersección de los discursos y de prácticas de formación y de adecuación social que fueron propias del Antiguo Régimen. En aquella centuria hubo una gran preocupación pedagógica y muchas órdenes religiosas femeninas pasaron de la vida contemplativa a la actividad docente. La influencia de las mujeres en el terreno de la cultura comenzó a reconocerse por algunos pensadores en el Renacimiento, aunque la filosofía, y las humanidades en general, continuaron en manos masculinas. En este sentido, se elaboraron elencos de mujeres célebres, con el fin de completar la trayectoria del pensamiento humano desde la antigüedad. Progresivamente se fueron debilitando las condiciones que impedían el acceso de las mujeres a la cultura y aumentó el número de ellas que escribían poesía y se interesaban por la ciencia, la política y la música, fundamentalmente entre la clase noble. Así por ejemplo, Galileo mantuvo correspondencia con la duquesa de Toscana, Cristina de Lorena, a propósito de sus descubrimientos en astronomía y la defensa de las tesis copernicanas. La ciencia se desarrolló en Europa a partir sobre todo del siglo XVII. En las Academias Científicas, primer paso en la institucionalización de la ciencia, se impidió expresamente la participación de las mujeres. La Real Sociedad de Londres, creada en 1662, no admitió a ninguna mujer como miembro de pleno derecho. En España, la creación de Academias tuvo su inicio en el siglo XVIII. El primer caso fue el de las "Sociedades Económicas de Amigos del País", creadas a finales de dicha centuria por el monarca Carlos III. Estas Sociedades suponían la institucionalización de los "salones" de los aristócratas, pero, a diferencia de éstos, en los que las mujeres aristócratas participaron activamente, las Sociedades Económicas recién creadas no permitieron el acceso a las mujeres. Josefa Amar y Borbón se preguntaba "cómo una Sociedad cuyo nombre es de "Amigos del País" puede excluir de su seno a toda una parte del país, la más numerosa, que son las mujeres". El debate establecido en la alta sociedad sobre la conveniencia o no de la entrada de las mujeres en las sociedades tenía para ella una sola causa: "Los hombres en esta discusión llevan ventaja, pues son ellos los que se han erigido a sí mismos en jueces del litigio, al tomar en sus manos la decisión de admitir o no a las damas". 3.1. La educación de la mujer en el Antiguo Régimen. Discursos sobre la capacidad intelectual de las mujeres. 3.2. Mujeres escritoras y lectoras 3.3. Mujeres promotoras artistas: los mecanismos de ocultación. 3.4. La obra de las mujeres pintoras: algunos ejemplos. 3.5. La mujer y la música 3.6. Universidades, Academias y Salones científicos. 3.7. Mujeres científicas. El nacimiento de la ciencia moderna 3.8. Figuras femeninas de la literatura, pintura, música, ciencia, etc. durante los siglos XVI, XVII y XVIII. En definitiva, la nueva historia de la mujer ha de superar, ha escrito García Cárcel, la concepción primitiva de justificarse en función de una serie de mitos personales, (...) el análisis histórico debe pasar por la superación de la vieja y lacrimógena cantinela del victimismo masoquista de la sufrida condición femenina, determinada por la opresora condición masculina. (...) Nada se avanza científicamente repitiendo los tópicos -por reales que sean- de la opresión de la mujer (...) La historia de la mujer debe ser la historia de las situaciones dialécticas entre el hombre y la mujer mantenidas a lo largo del tiempo y no la fatalista servidumbre que la condición femenina presuntamente impone. (6)