Las raíces del misticismo cristiano hay que buscarlas en las Sagradas Escrituras, aunque beben directamente de las fuentes clásicas greco-latinas. Así, Plotino, filósofo pagano, defendió la contemplación y el abandono del mundo como una forma de acercarse a la idea del Absoluto y lograr la unión con Dios. Para Pablo, los fieles podían experimentar la presencia de Dios a través del amor de Cristo. San Agustín, ya en los siglos IV y V, intentó conciliar la filosofía griega y la teología cristiana, determinando que Dios está en el centro de toda realidad, trascendiendo el pensamiento y el ser concretos. Otros pasos en el camino de la mística cristiana fueron dados en los siglos siguientes. Seudo-Dionisio Areopagita elevó el ascetismo cristiano a un plano intelectual, propugnando la renuncia a lo mundano, el sacrificio abnegado y el abandono de la mente como una forma de acercamiento a la forma oculta de la divinidad. Para el cristianismo, la mística gira en torno a la idea de un Dios trascendente al que los fieles pueden experimentar por medio del amor. La mística cristiana puede dividirse en dos grupos: la filosofía mística y el misticismo práctico. El primero analiza la naturaleza de la unión divina, mientras el segundo describe la experiencia de Dios con un lenguaje metafórico. La unión mística (unio mystica) consiste en experimentar la conciencia directa de Dios, para lo que es preciso llevar a cabo una larga preparación, caracterizada por la reflexividad, la introspección y el alejamiento del mundo físico. La unión mística es el resultado de una trayectoria vital cuyo primer paso es el despertar a la conciencia de Dios, seguido por la purificación de los pecados, una iluminación y, por último, la unión. En otros casos, sin embargo, los autores describen cómo la unión se ha experimentado de manera súbita y espontánea. Otra forma de misticismo es la denominada contemplativa, muy importante para la Iglesia ortodoxa. Consiste en la repetición constante de la llamada Oración de Jesús ("Señor Jesucristo, ten piedad de este pecador"), una práctica conocida como "hesycham" -tranquilidad, paz-. Para los devotos, el abandono de la mente y la repetición constante de esta oración les produce un estado de paz y quietud, explicándolo como una experiencia trascendente en la que participan de la naturaleza de Dios. Pronunciando la oración, el devoto pretende ver la Luz Divina, de la que se piensa que es igual a la luz de la Transfiguración.
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La experiencia mística cristiana tuvo un gran desarrollo durante la Edad Media. Para los místicos, ellos mismos eran una herramienta divina, llevando una vida de virtud y devoción que contraponían, críticamente, a la que llevaban papas y gobernantes. Ascetas y rodeados de un halo de santidad y sabiduría, fueron personajes importantes, siendo pedido su consejo en muchas ocasiones. Hildegarda de Bingen (1098-1179), abadesa alemana, fue una de las más conocidas. Decía tener visiones apocalípticas y proféticas, que explicaba con símbolos alegóricos. También importante fue San Bernardo de Claraval, quien habló de la unión metafórica entre Cristo y el alma, una unión que explicaba empleando las imágenes del Cantar de los Cantares. El italiano San Francisco de Asís fue el primer místico con estigmas, practicando un misticismo basado en la imitación de la vida de Cristo. Por último, Juliano de Norwich (1342-h. 1415) habló metafóricamente de Cristo como madre y explicó el carácter infinito del amor de Dios.
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"Sobre la fundación de Gádeira (Cádiz), he aquí lo que dicen recordar los gaditanos: que cierto oráculo mandó a los tirios fundar colonias en las Columnas de Hércules; los enviados para hacer la exploración llegaron hasta el estrecho que hay junto a Calpe y creyeron que los promontorios que forman el estrecho eran los confines de la tierra habitada y el término de las empresas de Heracles; suponiendo entonces que allí estaban las columnas de las que había hablado el oráculo, echaron el ancla en cierto lugar de más acá de las Columnas, allí donde hoy se levanta la ciudad de los exitanos (=Sexi, Almuñecar?). Mas como en este punto de la costa ofreciesen un sacrificio a los dioses y las víctimas no fueron propicias, entonces se volvieron. Tiempo después fue enviada una nueva expedición que atravesó el estrecho, llegando hasta una isla consagrada a Heracles, sita junta a Onoba (=Huelva) en Iberia, y a unos mil quinientos estadios fuera del Estrecho; como creyeran poder identificar este lugar con las Columnas, los tirios sacrificaron de nuevo a los dioses; mas otra vez fueron adversas las víctimas, y regresaron a la patria. En la tercera expedición fundaron Gádeira en el lugar en el que acabó su viaje: el templo fue construido al oriente de la isla, la ciudad al occidente" (Estrabón 3.5.5). Este texto de Estrabón, tomado de Posidonio, escritor que visitó Cádiz hacia el año 100 a. C., recoge la versión que los propios gaditanos facilitaban sobre sus orígenes, en la que se destaca el carácter oracular de la fundación y el destacado lugar que desde el inicio de la ciudad tiene el templo de Melqart-Heracles.
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Las esculturas de Josep Clarà reflejan perfectamente la razón, la armonía y la depuración de las formas, características que marcan la obra de los noucentistes y, a la vez, plasman la representación de la mujer catalana ideal, definida por Eugeni d'Ors en "La bien plantada". Este escultor, una de las principales figuras de la escultura catalana durante diversas décadas, opta por unos planteamientos estéticos derivados de un clasicismo de raíz mediterránea basado en un rigor formal y una claridad de concepto que se traducen plásticamente en la representación de la figura femenina de formas rotundas.
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Concluidas las Leyes de Burgos de 1512 llegó a Castilla desde Santo Domingo fray Pedro de Córdoba, quien informó al Rey Fernando sobre la situación real de los indios en América y no estuvo de acuerdo con el consenso alcanzado en Burgos, lo que motivó una nueva reunión de consejeros y teólogos para que revisasen las Leyes. Fray Tomás de Matienzo; Fray Alonso del Bustillo, maestro en Santa Teología; el predicador licenciado Gregorio; el Dr. Palacios Rubios, el licenciado Santiago y Juan Rodríguez de Fonseca añadieron cuatro nuevos artículos que completaban y mejoraban las Leyes de Burgos, sobre la protección de las mujeres embarazadas y los niños, perfilando mejor algunas cuestiones relativas específicamente al régimen laboral de las mujeres. Se consideraban como circunstancias a tener en cuenta el hecho de que fueran casadas o solteras, las tareas que podían realizar, de manera que se garantizara el buen tratamiento y sobre todo el respeto a su integridad física de forma que en ningún caso pudieran ser forzadas o raptadas por los españoles. Gráfico
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El deportado en un campo nazi no tenia ninguna posibilidad de escapar. Rudolf Höss así lo confesó antes de ser ejecutado: "El interno político es enviado a un campo de concentración por un período que no ha sido fijado de antemano: quién sabe si para un año, quién sabe si para diez años. La decisión pertenece a la oficina (la Gestapo) que ha ordenado su internamiento, la cual no está dispuesta a reconocer que se ha equivocado. El internado es la víctima de esta oficina que ha decidido su suerte. No tiene posibilidad alguna de protestar o de presentar recurso". En alguna ocasión, y excepcionalmente, se procedía a hacer encuestas suplementarias a los casos más favorables, las cuales finalizaban en sorprendentes liberaciones. Generalmente, la duración del internamiento dependía del destino o, si se quisiere, del azar. En todos los campos había varias categorías de deportados. Los detenidos por derecho común llevaban un triángulo verde al lado del número de matrícula. Este color designaba a los criminales. El triángulo negro era para los asociales. Para los deportados no había diferencia entre ambas categorías, pues entre ellos se reclutaba a los que mostraban más aptitudes para ejercer de kapos o de verdugos. El triángulo rosa era para los homosexuales, el amarillo para los judíos (en realidad eran dos triángulos de este color que, superpuestos, formaban la estrella de David), el rojo para los detenidos políticos y resistentes y el morado para los objetores de conciencia. Los deportados españoles llevaron el triángulo azul de los apátridas con la S de Spaniard cosida en el centro. El comandante supremo de la Wehrmacht, mariscal Wilhelm Keitel, es el autor de la orden Nacht und Nebel (Noche y Niebla), publicada el 12 de diciembre de 1941: "Las personas que en los territorios ocupados cometan acciones contra las fuerzas armadas han de ser transferidas al Reich para que sean juzgadas por un tribunal especial. Si por alguna razón no fuese posible procesarlas, serán enviadas a un campo de concentración con una orden de reclusión válida, en términos generales, hasta el final de la guerra. Parientes, amigos y conocidos han de permanecer ignorantes de la suerte de los detenidos: por ello, estos últimos no deben de tener ninguna clase de contacto con el mundo exterior. No podrán escribir ni recibir paquetes ni visitas. No deben transmitirse a ningún organismo extranjero informaciones sobre la vida de los detenidos. En caso de muerte, la familia no debe de ser informada hasta nueva orden. Falta todavía una reglamentación definitiva sobre este aspecto de la cuestión. Las disposiciones anteriores son válidas para todos aquellos detenidos sobre los que, durante las diligencias de la reclusión por razones de seguridad realizadas por la Oficina Central de Seguridad del Reich, haya la anotación Nacht und Nebel". Los nazis elegían fórmulas poéticas para referirse a sus crímenes y atrocidades. Otra designación era Meerschaum, espuma del mar y, lo mismo que la vida efímera de estas burbujas que se forman sobre el líquido, los deportados clasificados con esta imagen tenían que diluirse sin dejar huella. Unos y otros deportados estaban destinados, pues, a ser engullidos por la nada, eran cómo espuma del mar o bien desaparecían en la noche y en la niebla. Himmler, tal vez inspirado poéticamente, tomó esta expresión del libreto de la ópera de Ricardo Wagner, El oro del Rin, cuando Fafner dice a los enanos del bosque: "Seid Nacht und Nebel gleich!", sed como la noche y la niebla. Es decir, desapareced. El 27 de julio de 1944, el mariscal Keitel ponía en marcha el Kügel Erlass (decreto bala): "Todo prisionero de guerra evadido y capturado, oficiales y suboficiales incluidos (excluidos los ingleses y los americanos) debe ser puesto a disposición del jefe de la Policía de Seguridad. Naturalmente, esta medida no debe divulgarse por ningún motivo. No se informará de ella a los demás prisioneros (...) Evadido no recuperado será también la respuesta que se dará a las preguntas de la Cruz Roja Internacional". Más tarde, este decreto fue también válido para los trabajadores civiles que desertaban y los soldados enemigos hechos prisioneros, incluidos ingleses y americanos. Reinhard Heydrich, jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA), dividió, en 1941, los campos en tres categorías: Dachau y Sachsenhausen fueron considerados de primera categoría; Buchenwald y Mosseriburg, de segunda; Mauthausen, de tercera. A este último campo eran enviados todos los elementos irrecuperables para el régimen. Los burócratas del RSHA llamaban a Mauthausen molino de huesos. De la prevención o reforma de los primeros momentos, los nazis pasaron con toda naturalidad a la idea de exterminio. Mientras tanto, Heydrich maduraba la famosa solución final para millones de judíos y el campo de Auschwitz era ya un hecho. Convoyes enteros de deportados eran gaseados cuando llegaban a los campos. En Treblinka, miles de judíos iban todos los días a las cámaras de gas. Muchos morían por el camino, transportados en vagones para el ganado, noches y días, sin alimento alguno y sin casi aberturas para poder respirar. A su llegada a los campos, los SS asesinaban a los que se habían vuelto locos o a los que estaban en el límite de sus fuerzas. En el campo, las durísimas condiciones en los kommandos de trabajo o la escasa alimentación (a veces no superaron las 800 calorías diarias, cuando las condiciones impuestas por el trabajo exigían un mínimo de 3.000), la falta de higiene, la promiscuidad, la falta de medicamentos para simples enfermedades que se convertían en mortales, además de las torturas y los castigos corporales, convertían a cada deportado en un aspirante de la muerte. Según un cuadro elaborado en la oficinas administrativas de Berlín, la vida de un deportado en un campo de concentración estaba programada para unos nueve meses. La gran mayoría de las veces no alcanzaba los seis meses. El 8 de julio de 1941, Himmler da la orden de que los gitanos detenidos en toda Europa sean ejecutados. Diecisiete mil gitanos, hombres, mujeres y niños, son asesinados a tiros o con gas monóxido. El 9 de septiembre de 1941 se usa por primera vez el gas Cyclon B en el campo de Auschwitz. Este método será estrenado con novecientos prisioneros de guerra rusos. En Treblinka, en sólo dieciséis meses, se asesinó fríamente a setecientos mil prisioneros. Como declaró uno de los acusadores durante el proceso de Nuremberg, las atrocidades nazis no fueron perpetradas bajo la influencia de una pasión furiosa o de una cólera guerrera, sino en virtud de un frío cálculo, de métodos perfectamente conscientes, de una doctrina preexistente. Ya en 1932, Adolf Hitler había dicho: "No todos deben tener los mismos derechos (..), nunca consentiré que otros pueblos tengan los mismos derechos que el pueblo alemán. Nuestro deber es dominarlos. El pueblo alemán ha sido elegido para convertirse en la nueva clase de señores en el mundo (...), en el orden social del futuro habrá una clase de señores, una clase histórica, elegida para la lucha entre los elementos más diversos; estará la masa de miembros del partido, organizada de manera jerárquica, y éstos formarán la clase media; estará la multitud anónima, la colectividad de los servidores, los eternos inferiores. Más abajo estará, también, la clase sometida de las razas extranjeras. Llamémosla tranquilamente la moderna clase de esclavos". En los campos de concentración nazis, los SS no tropezaron con ninguna barrera, jurídica o ideológica, que les impidiera ejecutar su misión de exterminio. Todo estaba programado para que llevaran a la práctica las teorías en que habían sido educados.
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La momificación es una de las prácticas fundamentales de la cultura egipcia. Herodoto y Diódoro Sículo nos cuentan que se realizaban tres tipos de momificaciones. La más esmerada costaba un talento de plata (siglo I a.C.) y suponía la extracción del cerebro a través de las fosas nasales gracias a unos ganchos, introduciéndose diferentes productos por el mismo lugar al tiempo que se tapaban con cera de abeja los orificios de la cabeza. Se abría el abdomen del finado y se sacaban los intestinos, el hígado, el estómago y los pulmones, procediéndose a lavar estos órganos con vino de palma para introducirlos más tarde en los llamados vasos canopos, cubiertos cada uno de ellos con las cabezas de los hijos de Horus. La cavidad abdominal era rellenada con sustancias aromáticas como canela o mirra molida. Una vez cosida la incisión, el cadáver era colocado en baño de natrón durante 60 días. Pasado este tiempo, el cuerpo se lavaba y envuelto en vendas impregnadas en goma arábiga. Cada una de las vendas llevaba escrita una oración que iba dirigida a las divinidades protectoras, colocándose al tiempo amuletos entre ellas, destacando el escarabajo sobre el corazón. La segunda momificación era más barata y consistía en inyectar resina de miera en la cavidad abdominal, sin extraer las vísceras, a través de los orificios. También se conservaba el cuerpo en el baño de natrón, dejándose salir el producto inyectado. El tercer tipo era reservado a los pobres y consistía en vaciar la cavidad abdominal mediante purgas y conservar el cuerpo en el correspondiente baño de natrón.
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Durante mucho tiempo, la etapa inicial de la historia de Roma se ha venido situando más en el terreno de la leyenda que en el de la historia. Según las fuentes antiguas, la fundación de la ciudad tiene relación con el mundo griego, puesto que los fundadores descendían de estirpe troyana. Esta interpretación que encontramos en algunos historiadores griegos mencionados por Plutarco -Helánico de Mitilene, Eráclides Póntico- y en otros -Timeo, Dionisio de Halicarnaso- se propago no sólo en el ámbito griego, sino que, a partir de los siglos IV-III a.C., también se afirmó en el mundo itálico frente a otras tradiciones diversas que le suponían un origen arcadio o aqueo, relacionadas con el mito de Evandro, la primera, y con el de Odiseo o Ulises, la segunda. Esta leyenda, recogida por los analistas romanos Nevio y Fabio Pictor, presenta a Eneas como antepasado directo de Rómulo y Remo y que, tras casarse con la hija del rey Latino, se convirtió a su vez en rey. Más tarde, el historiador Livio sigue la misma tradición. La historiografía griega helenística concedió un origen divino y griego a la fundación de Roma, versión que ésta, a su vez, posteriormente asumió. Ciertamente, es inadmisible la tradición de un origen troyano de Roma cuando se compara la fecha tradicional de la destrucción de Troya (1200 a.C.) con la realidad arqueológica del poblamiento del Lacio y el Septimontium, semejante a otros muchos poblados del Bronce Final de Italia y muy lejos de ser considerado ni siquiera un poblamiento importante, cuanto menos una ciudad. A pesar de que los autores antiguos presentan a veces relatos distintos y de muy desigual valor de la historia de la Roma arcaica, hay algunas constantes que permiten suponer la validez de determinados elementos o vicisitudes de la Roma de esta época. Una de ellas es la de que la primera forma de organización política romana era de tipo monárquico. La lista canónica de los siete reyes de Roma -u ocho, de incluir a Tito Tacio, que durante algún tiempo habría constituido con Rómulo una especie de diarquía- es la siguiente: Rómulo, Numa Pompilio, Tulio Hostilio, Anco Marcio, Lucio Tarquinio Prisco, Servio Tulio y Tarquinio el Soberbio. La existencia de los tres últimos es aceptada por todos los historiadores modernos, en gran parte porque la documentación arqueológica es más abundante y aporta bastantes confirmaciones a los textos de los autores antiguos y también porque las características de estos tres monarcas cuya soberanía es similar a la de los tiranos griegos han resistido cualquier análisis crítico de las fuentes antiguas. Pero incluso sobre los primeros reyes no hay suficientes argumentos que nos lleven a creer en la falsedad de los mismos. Como la fecha de la fundación de Roma propuesta por Varrón y aceptada por la analística romana se sitúa en el 754 a.C., cada reinado tendría una media de treinta y cinco años, que habría que alargar o reducir en caso de admitirse la fecha del 814 a.C. propuesta por el historiador griego Timeo en el siglo III a.C., o del 729 según Cincio Alimento, también del siglo III a.C. Sin embargo, la fecha del 754 a.C. es la más aceptada, con un valor orientativo, esto es, se acepta que la primitiva Roma pudo ya existir en la últimas décadas del siglo VIII a.C., cualquiera que fuese entonces su nombre y su organización en ciudad o más bien, inicialmente, bajo la forma de federación de aldeas. La tradición señala que el primer rey fue Rómulo, hijo de Marte y rey en cierto modo mítico, al que había correspondido crear el primer ordenamiento político de la ciudad. Es además el rey epónimo, pues su nombre significa Romano. De él nos dicen las fuentes que, después de fundar la ciudad, habría buscado incrementar el número de sus súbditos por dos procedimientos: abriendo un asilo o refugio sobre la colina del Capitolio, donde se establecieron gentes marginadas de otras comunidades y comerciantes extranjeros, y raptando mujeres sabinas. Este último episodio se sitúa durante la celebración de las fiestas en honor del dios Conso, a las que habían acudido muchos sabinos y gentes de otros pueblos vecinos. Los hombres de Rómulo se apoderaron de sus mujeres. Tito Tacio, rey del pueblo sabino de Curi, asaltó Roma y tomó el Capitolio. Posteriormente, ambas aldeas se fusionaron y llegaron a constituirse en una sola ciudad con dos reyes hasta la muerte de Tito Tacio. A través de este relato apreciamos el carácter abierto de la ciudad de Roma desde sus inicios. Individuos de distintos lugares y condiciones se acogieron al derecho de asilo que la tradición atribuye a Rómulo. Así, el sucesor de éste, Numa Pompilio, era un sabino, como también lo fueron Tulio Hostilio y Anco Marcio. Esto viene a probar la presencia de un importante número de sabinos en la Roma de los comienzos y, probablemente, la fusión inicial de dos comunidades distintas: la del Palatino, núcleo original de la ciudad, y tal vez la del Quirinal, ya que existen justificadas teorías sobre la existencia en esta colina de un poblado de sabinos emigrados del interior apenínico. Algunos de los ritos, cultos y costumbres sabinas pasaron a formar parte del patrimonio cultural romano desde épocas muy arcaicas. Por ejemplo, el culto al dios sabino Quirino, identificado por los romanos a veces con Marte y a veces con el divinizado Rómulo. La existencia de las tres tribus primitivas -Ramnes, Tities y Luceres- y de triadas divinas, como Júpiter, Marte y Quirino, que es la más antigua, podría relacionarse con la anexión de una tercera colina, tal vez el Aventino, a la que, según la leyenda, se retiraría Remo, el hermano y rival de Rómulo. Posteriormente, el número pasará a cuatro, con la anexión tal vez del Celio y así hasta culminar el proceso de unificación de las aldeas de las siete colinas. Aunque el proceso ordenado de la unificación de las colinas no puede establecerse con seguridad, sí sabemos con certeza que se fue produciendo un fenómeno de sinecismo entre las comunidades asentadas en las distintas colinas y que el núcleo primitivo de la ciudad fue el Palatino, tal como confirma la tradición y los hallazgos arqueológicos.
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El reino Ashanti es el gran centro político y foco de atracción de todos los pueblos de la etnia akan. La razón de esta ausencia se halla, precisamente, en su estructura política centralizada: en África Negra, todo monarca que quiera imponer su voluntad y crear una administración dócil y efectiva, ha de enfrentarse por fuerza a las sociedades secretas, señoras de los ritos y dueñas de las máscaras. O logra dominarlas, ocupando sus puestos rectores y convirtiéndolas en instrumentos de su poder, o -como hicieron los reyes ashanti- las ha de reducir a la práctica aniquilación política. Como dice un poema akan, la autoridad del jefe es total y absoluta: "El jefe es aquel cuyo juramento no debe ser tomado a la ligera; / es el que detesta ver al enemigo volver vencedor a casa; / libera a viejos y jóvenes del terror de la guerra; / es el que agota a los ejércitos enemigos. / Él es el escudo: disparad sobre él y perderéis las balas. / Su poder anula los presagios de los sacerdotes; / captura a los sacerdotes y les arranca sus campanillas. / Es imposible capturarlo o cortarle la cabeza en plena batalla; / es como el árbol robusto y el viejo tronco mojado, / que no pueden ser cortados ni el uno ni el otro". Por tanto, no cabe extrañarse de que, a partir de la fundación del reino Ashanti por Osei Tutu, allá por el 1700, el arte de este pueblo se haya apartado por completo del mundo de los dioses y de los espíritus. Tan sólo cabría señalar, como excepción folclórica, la existencia de pequeñas muñecas o akuaba que las jóvenes llevan consigo para pedir descendencia, como ocurre en múltiples pueblos de toda África. Los demás objetos artísticos de los ashanti -y son muchos- están vinculados al simbolismo del poder, desde el del simple jefe de casa, pasando por los de gobernadores y reyezuelos de aldeas y ciudades, hasta la suprema majestad del rey de los ashanti o ashantehene: pequeños tronos o taburetes de madera, telas ricas y multicolores, instrumentos musicales, joyas, parasoles coronados por símbolos heráldicos, todo sirve para componer una brillante escenografía a las recepciones del estado. En este campo el oro desempeña un papel esencial: lo hallamos en las espadas ceremoniales de los nobles; en el propio trono dorado que simboliza a la monarquía y que, según la tradición, bajó del cielo sobre las rodillas de Osei Tutu; en cabezas cinceladas que colgaban de los símbolos regios... Baste, para abreviar, que recordemos la descripción que hizo el viajero Th. Bowdich de un ashantehene, cuando visitó su corte en 1817: "(Llevaba) un collar de piezas de oro... y, sobre su hombro derecho, una cinta de seda roja que sostenía tres zafiros engastados en oro; en sus brazaletes se mezclaban con la mayor riqueza oro y cuentas, y sus dedos estaban cubiertos de anillos; su vestidura era de seda, de color verde oscuro... (Llevaba también) ajorcas con adornos de oro de un arte consumado: tamborcitos, arpas, banquetas, espadas, fusiles y pájaros, todo a la vez; sus sandalias, de cuero blanco y flexible, iban adornadas en el empeine con zafiros engastados en oro y plata; estaba sentado sobre una silla baja, ricamente adornada con oro, y llevaba un par de castañuelas en sus dedos índice y pulgar, con cuyo sonido reclamaba silencio".
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El apogeo del imperio ghanés fue en el siglo X, cuando se venció a la confederación de bereberes Sanhaja y se tomó su capital, Awdagost, en 990. Después de esta victoria los límites de Ghana se extienden desde Tagant, al Oeste, hasta Tombuctú, al Este, y casi hasta Bamako, al Sur. La capital del poderoso y rico imperio ghanés fue Kumbi Saleh (antigua Ghana) situada en la encrucijada del África negra y el mundo árabe. Kumbi Saleh se componía de dos aglomeraciones distantes entre sí unos 11 kilómetros: una, la musulmana o ciudad comercial, habitada por los mercaderes arabo-beréberes con una población de unos 20.000 habitantes; la otra era la ciudad de los soninke o ciudad del rey. Este alejamiento es interpretado como una muestra de desconfianza entre las dos culturas que convivían en el Imperio. La ciudad árabe, con sus doce mezquitas, era un claro exponente del poderío islámico, que presionaba sobre la cultura ancestral negra representada por una tecnología rudimentaria y unas construcciones tipo choza de techo redondo, destacando únicamente las más consistentes en donde vivía la corte del rey o tunka, nombre que se dio a los últimos y más poderosos soberanos. Los más famosos reyes fueron el tunka Menin y el tunka Beci, del siglo XI. Según al-Bakri, ambos soberanos eran tío y sobrino y la sucesión era matrilineal. El tunka ejercía los poderes políticos y religiosos que emanaban de su propia pertenencia legitima a la familia real. Un Consejo del tunka formado por numerosos dignatarios le asistía en los actos y decisiones oficiales en medio de un vestuario y ceremonial rico en colorido y en adornos de oro, que para muchos recordaba a la corte del Egipto faraónico. El tunka delegaba sus poderes en administradores locales representantes de los principales clanes territoriales que controlaban la situación política en las llamadas provincias imperiales. Mientras que en las provincias conquistadas la administración la ejercían gobernadores que daban cuenta directamente al rey.