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Evoca de nuevo en este dibujo, uno de los más barrocos de Poussin, otro pasaje tomado de Ovidio. Se trata de la muerte de Hipólito, hijo de Teseo y Fedra, excelente cazador y adorador exclusivo de la diosa Diana. Celosa de tan exclusiva devoción, Venus decide castigar a Hipólito haciendo que su madre, Fedra, abrigue un obsesivo e incestuoso amor hacia su hijo. Horrorizado por ello, Hipólito recrimina a su madre su ilícito deseo. En venganza por el rechazo, Fedra se suicida, dejando una nota en que acusa a su hijo de crímenes horrendos. Teseo expulsa a Hipólito de Atenas, quien parte a toda prisa en un carro tirado por cuatro caballos. Lleno de cólera, Teseo pide a Neptuno que le conceda un deseo: que muera su hijo ese mismo día. Neptuno, dado que en su huida Hipólito pasaba junto al mar, envía un gran lobo marino para acabar con él. Asustados los caballos, Hipólito no puede conseguir que sus caballos avancen en línea recta. Por ello, las riendas del desgraciado fugitivo se enganchan en una rama, y el carro va a dar de costado contra un montón de piedras, y se despedaza. Enganchado a las riendas, a la manera griega, Hipólito es arrastrado por los caballos desbocados, y luego lanzado contra las piedras, muriendo en el momento. La puesta en escena que Poussin hace de esta trágica narración es inusitadamente tensa, agitada, con los caballos, por pares, avanzando en direcciones opuestas, los hombres alzando el carro, sujetando las riendas... Como contrapunto, la naturaleza se mantiene calma, impasible, como las dos figuras diminutas que contemplan la escena a lo lejos, ajenas a las pequeñas historias humanas, minúsculas ante su grandeza. A la izquierda se aprecia el templo de Diana ante el que Ovidio sitúa el accidente mortal.
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Por todo lo apuntado, la salud de las soberanas era un asunto que preocubapa y ocupaba a sus súbditos. Así fue con motivo de la enfermedad de la reina Isabel de Borbón en 1644 (31) , que generó la correspondiente procesión de rogativa a Nuestra Señora de Atocha, el día 4 de octubre. Desgracidamente los ruegos no surtieron el efecto deseado y la primera mujer del rey Felipe IV entregaba su alma al Creador el día 6 de octubre. La noticia de su indisposición no llegó a la ciudad de Burgos hasta el día 10. Las autoridades municipales organizaron inmediatamente procesiones y ruegos por la salud de la reina sin saber que llevaba cuatro días muerta. Pero, además, la información no llegó a todos por igual. En Burgos no se supo nada hasta que la reina estaba "muy al cabo" e indirectamente, a partir de la noticia de la celebración en Atocha, comunicada por sus representantes en Madrid. La distancia a recorrer, la necesidad de un día al menos para organizar las oraciones y procesiones con la mayor participación ciudadana eran factores que actuaban en perjuicio de la ciudad a la hora de celebrar actos impetratorios por la salud de la reina. En cambio, el Cabildo ante estas situaciones podía ordenar de forma inmediata las oraciones y procesiones en el templo catedralicio. El Consejo había tenido que informar a las autoridades madrileñas y del santuario de Atocha con antelación. Por tanto entre el 3 de octubre y el 10 transcurrió una semana en la que no llegó a Burgos ninguna noticia, cuando un correo extraordinario podía recorrer la distancia entre Madrid y Burgos en un día. En este caso también se podría hablar de cierto retraso en la llegada de las cartas de los informadores de Cabildo y Regimiento. Conocedores de la situación al menos desde el día 4 sus cartas no se recibieron hasta el día 9 y 10 respectivamente. El rey viudo era el encargado, a través de la correspondiente cédula real, de comunicar oficialmente a sus vasallos la pérdida de su reina. En este caso, Felipe IV mostró sobriamente el sentimiento y el dolor ante la perdida de su esposa y un pesar añadido, el no haberla podido acompañar en su último mal, por hallarse en Aragón ocupado en sofocar la rebelión catalana (32). Gráfico De la misma forma el Regimiento burgalés comunicaba la mala nueva a sus vecinos a través de un pregón repetido en los lugares más concurridos de la ciudad para facilitar su difusión. En ellos se sintetizaba un mensaje ideológico, político y religioso compartido con otro tipo de documentos, cédulas reales, cartas de pésame, sermones, relaciones de honras. Dentro de ese mensaje está presente la convicción absoluta de que la reina está ya gozando de la plenitud celestial, de que su recto actuar y las virtudes que la adornaban habían sido valores decisivos para que hubiese logrado la plenitud de la eternidad. En caso de fallecimiento de una reina se repetían una serie de expresiones destinadas a ensalzar y enaltecer su figura, destacando su "singular piedad", "religión" y sus "altas y esclarecidas virtudes", que eran garantía de su segura salvación. Aludían de forma general a dichas virtudes, sintetizando de esta forma las ricas apologías y generosas semblanzas de las fallecidas que con gran profusión recogían algunas crónicas y relaciones de honras. Este mensaje justificaba la magnitud de la pérdida y, por tanto, la obligación vasallática de homenajear la memoria de la persona real difunta, de rendir pleitesía a quien había personificado esos valores que no morían con ella, sino que debían pasar a ser representados y salvaguardados por sus sucesores. De esta forma, quedaban incluidos de forma perenne y sistemática en este medio de difusión, esparciendo el tono laudatorio y apologético en una síntesis de un programa político y religioso que la monarquía se interesaba en extender. Cuando se producía este desenlace llegaba el monento del homenaje y de la encomendación del alma de la persona real difunta a través de la celebración de unas solemnes honras fúnebres (33) , que se repetían con mayor o menor brillantez en todos los territorios integrantes de la Monarquía Hispánica. Las instituciones receptoras de la misiva real (Regimientos, Cabildos, Universidades, etc) a partir de ese momento se aplicaban con denuedo a la organización de las reales exequias.
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El famoso José Delgado - más conocido como Pepe Hillo - falleció en la plaza de toros de Madrid el 11 de mayo de 1801, hecho que causó una enorme impresión en toda la España de la Ilustración. La sobriedad del conjunto y la distribución de las luces y las sombras hacen de esta estampa una de las mejores de la serie de la Tauromaquia. Con ella se ponía punto y final a la edición que Goya publicó en 1816.
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En este dibujo a pluma y aguada gris evoca de nuevo Poussin un pasaje clásico, tomado de la "Eneida" de Virgilio. La atribución es segura, a pesar de una extraña adscripción a Tiziano escrita de forma clara en la parte inferior izquierda. El relato corresponde a la destrucción de Troya en la célebre guerra, al momento de la destrucción final de la ciudad por parte de los griegos. Pirro, hijo de Aquiles, entra en el palacio real de Troya, en donde encuentra al rey Príamo, su esposa Hécuba y su hijo Polites. Tras dar muerte al príncipe, anuncia su intención vengadora al rey troyano, quien se resiste. Al fin, lo toma del cabello y lo arrastra hacia un altar, junto al cual lo ejecuta, ante el llanto de Hécuba y los siervos. El dibujo representa fielmente la escena. El marco se ajusta a la letra del texto, el cual ambienta la escena en un patio a cielo abierto, en cuyo centro había un gran altar. Un gran laurel cubría de sombra las estatuas de los dioses penates. Este espacio cerrado produce una mayor densidad dramática, acentuada por la expresión de los personajes. De este modo vemos cómo Poussin representaba de forma directa las imágenes que el texto suscitaba en su mente.
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Pertenece a la serie de dibujos mitológicos realizados en Francia por Poussin, en su primera época, antes de emigrar a Italia. Al igual que en El nacimiento de Adonis o Polifemo espiando a Acis y Galatea, desarrolla aquí Poussin un relato de las "Metamorfosis" de Ovidio. Quione, la hija del rey Dédalio, enamora a la vez a Apolo y a Hermes. Envanecida por esto, la muchacha se proclama más bella que Diana, la cual, en castigo, la castiga atravesándole la lengua con una flecha. A la izquierda, su padre Dédalio, se lamenta. Los niños son los hijos que la joven tuvo con sus amantes: Antólico, hijo de Hermes, y Filamón, hijo de Apolo.
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A primeros de abril, cuando los angloamericanos avanzaban arrolladoramente hacia el Elba, y cuando era esperado el mazazo soviético en el Oder, el ministro de propaganda del Reich recordaba la historia de Federico II de Prusia, por quien Hitler sentía gran admiración hasta el punto de tener su retrato único cuadro que colgaba en su reducido despacho del búnker. Durante la guerra de los siete años, tras una serie ininterrumpida de derrotas y pérdidas territoriales, con las tropas rusas cerca de su capital y sin hallar salida alguna, Federico II de Prusia había pensado suicidarse. La situación cambió repentinamente con la muerte de la zarina Isabel. Los ejércitos rusos paralizaron su campaña y semanas más tarde, Pedro III, sobrino y sucesor de la zarina, firmó la paz con Prusia. Cuando los dirigentes nazis esperaban un milagro semejante, ocurrió la muerte de Franklin D. Roosevelt, presidente de los EE.UU. El óbito sucedió en la tarde del 12 de abril; la noticia llegó a Berlín en la mañana del 13. Goebbels saltó de alegría en su despacho del Ministerio de Propaganda, pidió champán y telefoneó al búnker de Hitler, sacándole de la cama: "¡Le felicito, mi Führer! Roosevelt ha muerto. Está escrito en las estrellas que la segunda mitad de abril marcará para nosotros el giro decisivo. Hoy es viernes y 13 de abril. Es el día que han tomado un nuevo giro las cosas". Pero las noticias siguieron siendo catastróficas. Ese día los norteamericanos penetraban en Nuremberg, la ciudad de los grandes fastos nazis, convertida en un montón de escombros. También en esa fecha las tropas soviéticas lograban la conquista de Viena... Hitler, sin embargo, había recuperado el resuello y dictó una proclama a sus soldados del Este, decía entre otras cosas: "¡Berlín sigue siendo alemán!" La proclama concluía: "Ahora que el destino ha borrado de la faz de la tierra al mayor criminal de guerra de todos los tiempos, (4) ha llegado el momento en que el signo de la guerra cambiará". Su fe en la ruptura de los aliados era tan firme como certera -no tardaría mucho en demostrarse-, pero para que se produjera era preciso conseguir tiempo. Ese tiempo debería ganarse frenando a los soviéticos y, también, a los aliados. De esa forma podría negociar en plan de casi igualdad, sobre todo si disponía de amplios territorios en el extranjero... Por eso Hitler se negaba a retirarse de territorios tales como Curlandia, Hungría, Checoslovaquia, Noruega, Italia, etc. Por eso y porque para prolongar la resistencia alemana, para ganar ese tiempo, precisaba las materias primas de tales territorios: carbón, acero, petróleo, mineral de hierro, etc. Quienes como Speer, Guderian o Göring se mostraban partidarios de volcar todo su poder en el Este y frenar a los soviéticos, tenían menos fe en una rápida ruptura entre los aliados y, sobre todo, deseaban ahorrar los tremendos sufrimientos que se abatirían sobre la población civil alemana si se prolongaba mucho la guerra y si, además, se permitía que las tropas soviéticas penetraran dentro de Alemania. Pero tales sufrimientos le importaban poco a Hitler.
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Presenta una clara relación con Cristo y la mujer adúltera, pintada en esa misma época. El tema está tomado de los Hechos de los Apóstoles: un hombre, Ananías, y su mujer Safira venden una propiedad y guardan una parte del dinero. Ananías acude a los Apóstoles, a quienes ofrece el dinero que no han guardado, pensando, en contra de lo que estaba instituido, quedarse con la ganancia. Pedro, que lo sabe, le dice: "No has mentido a los hombres, sino a Dios". Al oírlo, Ananías cayó y expiró. Los jóvenes lo amortajaron y llevaron a sepultar. Al poco llegó Safira, quien ignoraba lo ocurrido. Pedro le preguntó si habían llevado todo el dinero que les reportó la venta de la heredad. Safira respondió que sí, cayendo a su vez fulminada y falleciendo en el acto. Ya Rafael se había ocupado del tema, con gran éxito. Pero Poussin, aunque se inspira en el artista del Renacimiento, crea una obra personal. La avaricia de Safira, en primer término, se funde con un acto de caridad, que es el que ocupa el centro de la composición, en segundo plano. Hacia este acto, realzado magistralmente por Poussin gracias a una profunda perspectiva, converge nuestra vista, acompañada por la arquitectura del Palacio de los Conservadores de Miguel Ángel, a la izquierda, y el Palacio Alberini de Rafael y Giulio Romano, a la derecha.
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Poussin, hombre incardinado en el clasicismo barroco, se mostró, al igual que muchos otros de los intelectuales y artistas del siglo XVII, como un gran estoico de raíz romana. Uno de los temas preferidos del estoicismo romano, fielmente plasmado en la obra de ciertos historiadores clásicos, era el de la virtud en sentido amplio, entendida como compendio y perfección de las cualidades que elevan al hombre hacia un estado superior de conocimiento y comportamiento. Poussin, al igual que los escritores romanos, encontró en la legendaria historia romana, mayoritariamente en la anterior al Imperio, numerosos ejemplos de estas virtudes, como muestran La continencia de Escipión, La muerte de Germánico, o Mucio Escévola ante Porsena. De nuevo nos hallamos ante un ejemplo de virtud, o "exemplum virtutis", tomado en este caso del historiador Tito Livio, gran exponente de esta corriente moralista de la historia romana. Se trata de uno de los crímenes cometidos por los decemviros, el caso de Apio Claudio y Virginia, joven plebeya hija del centurión Lucio Virginio. Apio forzó a su cliente Marco Claudio a declarar a Virginia su esclava, hija de una de sus esclavas, para así poder poseerla. No pudiendo evitar legalmente la tropelía, ante la injusticia, a Virginio no le quedó otro recurso que apuñalar a su hija para evitar el deshonor. A la derecha del dibujo vemos a Virginio, con la daga en la mano; a la izquierda, a gran tamaño, Apio Claudio, sobre la cátedra desde la que imparte justicia. En el centro, Virginia, muerta por su padre. Este cuadro, realizado antes de regresar a París, es un ejemplo claro de su creación como "pintor filósofo".
contexto
Hacia las 18,00 horas del primer día de la ofensiva, el General Kussin, comandante encargado de la defensa de los puentes de Arnhem, resultó muerto en los alrededores del pueblecito de Wolfheze por paracaidistas ingleses, todos ellos armados con Sten, mientras volvía de mantener una conversación con el General Model. Lo extraño fue que el puente de aquel pueblecito fue hecho saltar un poco antes de que los paracaidistas pudieran alcanzarlo, mientras que en el mismo Arnhem, que se encontraba a unos 50 km., el puente se quedó completamente indefenso, ya que los alemanes, al darse cuenta de que habían perdido a su comandante, abandonaron sus posiciones, permitiendo a los ingleses que lo ocuparan con total libertad.