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La medicina fue la ciencia en la que los egipcios adquirieron mayor fama en la antigüedad e incluso posteriormente. Los egipcios suponían que un hombre sano no tenía nada que ver con el hombre enfermo, ya que la enfermedad era siempre el efecto de potencias hostiles al ser humano, fuerzas ocultas y no reducibles a un examen objetivo. Con este razonamiento era necesario recurrir a poderes irracionales, como la magia y la hechicería. Sin embargo, la observación desarrollada por los profesionales egipcios abrirá un camino directo de indagación que servirá para acumular experiencias que en muchos casos darán acertadas soluciones para la curación de dolencias. Los altos círculos cortesanos disponían de una medicina bastante sofisticada, ya desde el Imperio Antiguo. Aparecen dentistas y oftalmólogos, así como especialistas en enfermedades internas y digestivas. Quizá sea el Papiro Smith el mejor documento médico que disponemos. Se trata de una descripción de las heridas desde la cabeza hasta la columna vertebral media, donde se interrumpe el manuscrito, con su correspondiente diagnóstico y su tratamiento científico. En el Papiro Ebers encontramos 870 párrafos con exorcismos referentes a medicina general y el tratamiento de enfermedades internas, ojos, piel, brazos y piernas, por lo que se trata de un documento de carácter más mágico que científico, aunque en la referencia al corazón dice que "hay vasos en el corazón que van a todos los miembros". Al corazón pensaban que iban a parar toda clase de humores líquidos como las lágrimas, la orina, el esperma o la sangre. En este papiro encontramos las instrucciones para curar de mal estomacal a través de "un remedio de hierbas, (...) planta pa-serit, nuez de dátil; serán mezcladas y humedecidas en agua, y el hombre los beberá durante cuatro mañanas, de manera que vacíe su vientre". En el Papiro de Berlín se hace referencia a la pediatría, mezclándose ciencia con magia. En una medicina puramente empírica había remedios que efectivamente no estaban del todo alejados de la eficacia curativa. Como remedio para la bronquitis y laringitis empleaban la miel y las inhalaciones, así como la sobrealimentación para las afecciones pulmonares. Las enfermedades gástricas e intestinales eran combatidas con ricino y lavados de estómago. Conocían y trataban la bilarzia, afección hepática muy frecuente en Egipto; curaban las enfermedades de la boca, empastaban dientes, operaban encías, combatían con cierta eficacia el tracoma, las cataratas y demás afecciones oftálmicas, utilizando extractos hepáticos. La farmacopea era variada y pintoresca, utilizando desde plantas medicinales hasta excrementos de animales, así como el uso de moscas o elementos procedentes del hipopótamo. A esto debemos añadir la magia y hechicería que dominaban la medicina egipcia. A pesar de sus aspectos más rudimentarios, la medicina egipcia gozó de un gran prestigio en la antigüedad: los griegos no ocultaban su admiración por ella. Incluso la influencia de la medicina egipcia en la ciencia tardoantigua y medieval se pone de manifiesto en múltiples detalles.
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Los sumerios consideraban que las enfermedades estaban causadas por espíritus demoníacos, por lo que sólo podían ser contrarrestadas con determinadas prácticas que mezclaban lo empírico y lo espiritual. Los sanadores, que reciben nombres diversos como ka-pirig o mash-mash, eran personas especializadas, generalmente miembros del sacerdocio. Estos personajes realizaban determinados rituales en torno al enfermo -prácticas adivinatorias, recitación de oraciones, aplicación de ungüentos, etc.-. Además existieron médicos cuya práctica estaba más relacionada con el empirismo, capaces de realizar intervenciones quirúrgicas. Entre estos médicos (a-zu) fue conocido Urlugal-edinna, que vivió hacia el 2020 a.C. Los médicos y especialistas sanitarios sumerios conocieron las propiedades curativas de algunas plantas, minerales y productos de origen animal. Gracias a una tablilla encontrada en Nippur del III milenio a.C. sabemos que utilizaron sustancias como el cloruro sódico y el nitrato, junto a las que aparecen la leche, el polvo de concha de tortuga, la piel de serpiente, plantas como el tomillo y el mirto o frutos como el dátil, el higo o la pera. Los conocimientos químicos les llevaron a elaborar varios tipos de cerveza, pomadas, manipular metales o fabricar otras bebidas alcohólicas. Las sustancias curativas logradas eran administradas al paciente por medio de cataplasmas, pomadas o pulverizaciones, así como por vía oral.
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La medicina experimentará importantes avances, manifestando Hipócrates de Cos que "todas las enfermedades tienen una causa natural, sin la cual no pueden producirse". A pesar de esta acertada máxima, todavía se otorgaba un importante papel a la magia en la curación de enfermedades. Continuando el nivel médico alcanzado en Egipto, la medicina griega obtuvo un grado de desarrollo significativo, introduciendo la experimentación como fórmula de conocimiento. En esta línea debemos plantear la habitual práctica de disecciones a partir del siglo V a. C., estableciéndose un amplio número de escuelas médicas en todo el territorio de la Hélade. Figuras como Alcmeón de Crotona -autor del primer tratado médico griego conocido-, Empédocles -quien sanó a la ciudad de Selinunte de la malaria al desviar el cauce de uno de los ríos para incrementar de agua al otro-, o Demócrito de Abdera anteceden a Hipócrates, quizá el médico más popular de Grecia gracias al famoso Juramento Hipocrático y a la realización de importantes operaciones con las que consiguió curar a numerosos enfermos. Proxágoras de Cos establecería una aceptable distinción entre venas y arterias, al tiempo que planteaba cómo entre la columna vertebral y el cerebro existía continuidad. Serapión de Alejandría y Filino de Cos son los creadores de la escuela empírica, basada en la experiencia y en la observación, produciéndose un importante desarrollo de la cirugía, especialidad en la que destaca Filoxeno de Alejandría, el autor del primer tratado de cirugía conocido. Pero no debemos olvidar la importancia de los santuarios de Asclepio y Dionisos como lugares de curación relacionados con la magia, realizándose ceremonias curativas en las que el dios y el enfermo se unían para sanar los males. Los baños serán una de las terapias más recomendadas por los médicos helenos, existiendo una red de balnearios curativos frecuentemente visitados. La sanidad era costeada en buena parte por el Estado al pagar a los médicos y financiar los tratamientos de los sectores sociales más humildes. En relación con la medicina se produjo también un importante desarrollo de la botánica gracias a Empédocles, Teofrasto o Aristóteles. Las plantas fueron divididas en árboles, arbustos y hierbas. La botánica permitió el avance de la farmacología, elaborándose herbarios que compilaban las plantas medicinales conocidas.
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En realidad, no es tan diferente lo sucedido en el terreno de la cultura y de las mentalidades al final de este siglo, pues también en este caso se nos aparece como un tiempo de crisis, evanescente o inaprensible y susceptible, como tal, de interpretaciones contradictorias. La desaparición de las reglas corrientemente admitidas hasta tiempos recientes ha generado un tiempo de inseguridades y peligros que el ensayista francés Alain Minc ha descrito como "una nueva Edad Media". Esta sensación de crisis deriva con frecuencia de los resultados inesperados de acontecimientos cuyo origen conocemos y cuya significación nos parecía clara, pero que al final han experimentado una profunda metamorfosis. Éste es el caso de la revolución de 1968 que, nacida con propósitos libertarios, tuvo el inesperado resultado de promover el individualismo y el liberalismo. Lo primero que resulta característico del fin de siglo es la desaparición de las interpretaciones omnicomprensivas de la vida humana, los "metarrelatos" o los paradigmas interpretativos de carácter global. Todas ellas tenían en realidad una vocación a la vez salvadora de los seres humanos y totalitaria en su traducción política. El que de forma más evidente ha experimentado este resultado final ha sido el marxismo, pero de un modo más general se puede decir que algo parecido ha sucedido con todo ese género de concepciones del mundo. Pero en definitiva, puesto que el principal de los difuntos ha sido ése, resulta correcto decir que el fin de siglo ha sido también el de la "cultura de la revolución", entendiendo por tal un acto por el que se produce un cambio radical y milagroso que transforma el conjunto de la existencia de quienes lo experimentan. Esta realidad ha tenido también como consecuencia la desaparición del intelectual como sacerdote e intérprete de esta religión revolucionaria, impelido por el compromiso, y su sustitución por el intelectual como resistente frente al poder político. En definitiva, se trata de la victoria de Camus sobre Sartre. Cuando en 1983 murió el filósofo francés Raymond Aron, tras haber conocido el éxito de sus Memorias, ya era patente el triunfo del liberalismo democrático sobre el marxismo. Desde fines de los años setenta, después de la aparición de Archipiélago Gulag, de Solzhenitsin, habían surgido en el panorama literario francés jóvenes escritores como Glucksmann y Lévy, que condenaron el totalitarismo comunista. Así, si la vuelta a él desde el punto de vista político resulta impensable, más aún lo es en el terreno de las ideas. Eso ha producido una cierta "nostalgia del sentido" o melancolía por el tiempo en que existía este género de seguridades, pero también un sentimiento de limitación del ser humano o, lo que es lo mismo, de su capacidad de entender y de hacer. En el terreno de la política, esta afirmación tiene mucho que ver con la interpretación de Popper, de acuerdo con la cual, lejos de los grandes principios, la democracia es tan sólo un régimen en el que periódicamente pueden ser sustituidos quienes gobiernan. En el terreno de la cultura, el sentido de la limitación tiene que ver con el llamado "pensamiento débil", concepto que fue lanzado por el filósofo italiano Gianni Vattimo, en 1983. Se dijo de él que se trataba de una mera operación editorial, pero lo esencial en esta interpretación consistió en que supieron deshacer la mitología de lo fuerte. Vattimo resumió su propuesta con estas palabras: "Frente a una lógica férrea y unívoca, necesidad de dar libre curso a la interpretación; frente a una política monolítica y vertical del partido, necesidad de apoyar a los movimientos sociales trasversales; frente a la soberbia de la vanguardia artística, recuperación de un arte popular y plural; frente a una Europa etnocéntrica, una visión mundial de las culturas". Como se ve, Vattimo trasladaba su defensa de la "debilidad" a los más heterogéneos aspectos de la vida actual. En política, lo característico del fin de siglo sería "la tercera vía", todas las terceras vías en las que se desdibuja el fondo de una ideología nítida del pasado. El voto motivado por la clase social se ha visto reducido a la mínima expresión y las fronteras de fidelidad, por cualquier otra razón, son también imprecisas. De ahí que los grupos políticos intenten, sobre todo, proponer fórmulas aceptables por todos y que se basan en un fondo común; estas propuestas se fundamentan en la novedad. La "tercera vía socialdemócrata", definida por Anthony Giddens, se caracteriza, por ejemplo, por la plena aceptación de la globalización y el repudio de instrumentos habituales de la política socialdemocrática, como las nacionalizaciones. Este cese de crispación e imagen de "deslizamiento" en lo político resulta también generalizada en el fin de siglo. En él, si ha desaparecido prácticamente la violencia revolucionaria -más aún desde el punto de vista de su justificación racional- surge la violencia gratuita provocada por la marginalidad. La sociedad del fin de siglo se caracteriza por ser "humorística" y buena prueba de ello es uno de sus símbolos fundamentales, el director y actor norteamericano Woody Allen. En ella ha desaparecido el humor grotesco y crítico y ha sido sustituido por el humor irónico y distante que no se toma por completo en serio a sí mismo. Incluso en arte, es perceptible esta realidad: la época posmoderna en arte viene a ser una crítica desencantada de la modernidad, incluso de las innovaciones aportadas por la vanguardia. Muy característico del fin de siglo es que en él se ha hecho ya patente "una segunda revolución individualista". Esta actitud generalizada tiene mucho que ver con la evolución experimentada en los Estados Unidos a partir de mediados de los setenta y comienzos de los ochenta. Supone cosas diferentes que, en ocasiones, pueden incluso ser parcialmente contradictorias: un repudio, por ejemplo, de todas las soluciones políticas en general, pero también una posible movilización para actuar en otros campos o una diversificación incomparable de los modos de vida, pero también una defensa beligerante de esos modos de vida como derechos de la persona. El individualismo viene, en efecto, acompañado por una cierta nostalgia de la solidaridad o del sentido de comunidad. En su último libro, el influyente Fukuyama ha podido reivindicar el "capital social" de algunas sociedades orientales del que las occidentales carecen. Pero en la propia vida cotidiana, es también posible percibir la actitud descrita. Tocqueville decía que en los siglos democráticos los hombres se sacrifican raramente los unos por los otros pero que, en cambio, muestran una compasión general hacia todos los miembros de la especie humana. En el mundo actual, se presencia una emergencia del voluntariado de masas que parece chocar con el individualismo. Este supone "la vuelta de Dios", pero también un Dios mucho más interpretable al gusto del consumidor, por así decirlo. Después de una época marcada por la contramoral contestataria, por el rechazo a las normas represivas y el hedonismo, no se ha producido un retorno de la moral en el sentido de la reaparición de la religión tradicional del deber. Lo actual es más bien "la moral del camaleón", basada en la adaptación a las circunstancias y, sobre todo, al criterio propio. Uno de cada dos católicos, por ejemplo, considera que la actitud de la Iglesia sobre los anticonceptivos es errada. En el caso concreto del resurgimiento de la familia y de los valores identificados con ella, también es perceptible esta actitud. Las actitudes contrarias al divorcio han quedado reducidas a la mínima expresión y, en cambio, se ha impuesto como solución la familia "a la carta". Se ha pasado, en fin, de la moral del trabajo al descubrimiento de la realización personal a través de él: ocho de cada diez francesas consideran que no pueden vivir y realizarse sin un trabajo. Y, en fin, por mencionar un último campo de la moral, da la sensación que la del fin de siglo es una ciudadanía fatigada no sólo por el general desinterés ante la política sino por el mínimo porcentaje de personas dispuestas a sacrificar la vida por la patria o los grandes principios. A fin de cuentas, el individualismo también juega un papel en una "política personalizada" que se ha convertido en un campo en donde "lo espectacular" juega un papel decisivo. Esta sociedad finisecular también puede ser caracterizada por la peculiar y ambigua relación que mantiene con los medios puestos a su disposición. En el mundo occidental, se permite un consumo que ha digerido la crítica a la opulencia y que da la sensación de superar los valores materialistas hacia otros radicalmente nuevos que parecen estar más allá de esa civilización. Pero, al mismo tiempo, los medios materiales a veces parecen haber dejado de serlo para apoderarse de los humanos. Para algunos, el acto de "telever" está cambiando la naturaleza del hombre, con el manifiesto inconveniente del empobrecimiento de la capacidad de entender. La televisión no globalizaría el mundo sino que lo "aldeanizaría": convertiría en emotiva la política, de la misma manera que los sondeos inventarían opiniones que no existen. En esto, también los nuevos tiempos parecen esencialmente paradójicos.
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Entre las ciudades más destacadas de la Hispania visigoda cabe destacar a Emerita Augusta, capital de la diocesis Hispaniarum, situada en un punto importante de vías de comunicación, además de ser puerto fluvial gracias al Anas (Guadiana). Estos dos elementos, además de sus estatutos políticoadministrativos, hicieron de Mérida un centro comercial importante, además de económico, cultural y político. Durante el Bajo Imperio, Emerita Augusta sufrió ya importantes remodelaciones de la edilicia pública, pero también de la privada, puesto que las inscripciones conmemorativas así permiten afirmarlo, al igual que los hallazgos de mosaicos pavimentales muestran una gran actividad de los diferentes talleres. Uno de los aspectos fundamentales para comprender la Mérida de la Antigüedad tardía es la presencia de su mártir Eulalia. La noticia y fama del martirio de esta joven se extendió rápidamente y a ello contribuyó de forma indudable el himno que le dedicó Prudencio en su Peristephonon; prueba de ello es la extensión del culto, hasta el punto de venerarse otra Eulalia en Barcelona, a partir de unas Actas martiriales, basadas en el poema prudenciano, que la sitúan en esa ciudad. Mérida se sentía bajo la advocación y la protección de Eulalia, como lo prueba la obra de las Vitas sanctorum patrum Emeretensium, relato hagiográfico construido en torno a la devoción de la ciudad a su mártir y a la acción benefactora de ésta sobre aquélla. Dicho texto ofrece una valiosísima información para el siglo VI, y a través de él se sabe de la construcción y distribución de una serie de edificios dedicados a organizar la vida litúrgica de la ciudad.
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La merienda formaba parte de los bocetos que Goya presentó para la decoración del dormitorio de las Serenísimas Infantas del Palacio de El Pardo. El Gato acosado, la Pradera de San Isidro, la Ermita de San Isidro y La gallina ciega eran sus compañeros. Solamente se pasó la Gallina ciega a cartón debido al fallecimiento de Carlos III en diciembre de 1788, por lo que el proyecto se paralizó. Esta imagen que observamos refleja una parte de la romería, el hilo conductor de toda la serie. Dos jóvenes elegantemente vestidos han merendado y unos majos se han acercado para festejar con ellos. La joven engalanada observa como su compañero se lleva las manos a la cabeza y se tumba indicando el estado de embriaguez. El majo que intenta flirtear con la joven sujeta un vaso en su mano mientras que sus amigos observan la escena desde el fondo. Las figuras presentadas por Goya exhiben gran expresividad, a pesar de tratarse de un boceto en el que la pincelada es rápida. La composición en triángulo y la amplitud de la masa arbórea son características comunes a buena parte de los cartones.
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La Mesa de los Pecados Capitales es una de las obras más interesantes de El Bosco. En ella se muestra como un artista medieval en cuanto al tema. El centro, con tres anillos concentricos, representa el ojo de Dios, apareciendo en la pupila Cristo resucitado y mostrando los estigmas. Alrededor de la pupila se ha escrito: "Cuidado, cuidado, Dios os ve". Lo que Dios ve son los Siete Pecados Capitales que se muestran alrededor. La Gula aparece como dos hombres que comen y beben lo que el ama trae a su mesa; la Pereza nos muestra a un caballero durmiendo junto al fuego, mientras una mujer con un rosario en la mano indica el olvido de los deberes espirituales; la Lujuria se representa con varios amantes bajo una tienda, con el Arpa divina abandonada; la Soberbia sería una dama vanidosa que se mira al espejo sin advertir que lo sostiene un demonio; la Ira está representada por dos hombres riñendo ante una taberna; la Avaricia con un juez aceptando un soborno; y la Envidia con un pretendiente rechazado mirando a su rival. En las esquinas de la Mesa aparecen cuatro esquinas que completan la iconografía: la Muerte, el Juicio Final, la Gloria y el Infierno, donde cada pecado recibe su castigo. El significado de la obra es muy sencillo: Dios lo ve todo, especialmente los Pecados Capitales, y la visión divina será crucial a la hora de la muerte y el Juicio Final, pudiendo conducir al alma a la Gloria o al Infierno.
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En la parte septentrional de la Meseta (provincia de Burgos) se encuentran las cuevas de Atapuerca (Ibeas) (cabeza de caballo o de oso, pintada cerca de la entrada), Penches (Barcina de los Montes) (cápridos grabados y restos de pintura, todo de estilo muy arcaico), y el complejo troglodítico de Ojoguareña (Sotocuevas), cuyo arte probablemente no es paleolítico o al menos no encaja en los esquemas conocidos de este período ni en el de otros posteriores. Cerca del territorio portugués, en la provincia de Salamanca, se ha encontrado recientemente un bello conjunto de grabados al aire libre en la localidad de Siega Verde. Este grupo está en curso de estudio por R. de Balbín y un equipo de colaboradores, y de él sólo se ha publicado una nota preliminar que anuncia su importancia. Otro hallazgo reciente es la placa de Villalba. Se trata de una pieza encontrada en una terraza desmantelada del río Duero en dicho lugar de Villalba (no lejos de Almazán, al sur de Soria). Se encontró fuera de contexto arqueológico. Se trata de un objeto singular dentro del arte paleolítico: una placa -¿signo de autoridad?- de pizarra paleozoica con grabados en ambas caras. En medio de una maraña de líneas grabadas destacan varios caballos y cabras o machos cabríos. Por el estilo de estas representaciones la placa de Villalba se ha atribuido a un momento avanzado del Solutrense. Se conserva en el Museo de Soria. En la provincia de Guadalajara se halla la caverna de Los Casares (Riba de Saelices), encontrada en 1934 por F. Layna Serrano y publicada por J. Cabré y M. E. Cabré Herreros. Contiene 118 representaciones grabadas: grandes bóvidos, un mamut, un glotón, antropomorfos -algunos formando una escena de pesca por inmersión, etc. -. Muy cerca de ella se encuentra la caverna de La Hoz (Santa María del Espino), con algunos signos y cuatro caballos, todo grabado y en regular estado de conservación. Las figuras de ambas cavidades han sido atribuidas al Solutrense y al Magdaleniense.En la misma provincia de Guadalajara se encontró, en condiciones difíciles de determinar, en el lugar llamado Jarama II, una pequeña escultura que representa un glotón, animal muy representativo de la época glaciar. A falta de un concreto contexto arqueológico se puede atribuir con dudas al Magdaleniense. Un tipo de grabado parecido al de otras cavidades meseteñas sirvió para representar los 14 caballos de la cueva de La Griega (Pedraza, Segovia), que fueron encontrados en 1971 y estudiados primero por M. Almagro Gorbea y luego por G. Sauvet. En la misma provincia y en lugar de Domingo García, se conoce desde hace unos años un santuario al aire libre representado por un magnífico caballo grabado con técnica de punteado (la misma que, en pintura, se ha visto en Covalanas) y rodeado de grabados postpaleolíticos, esquemáticos e históricos. En el mismo sitio se han descubierto recientemente otros grabados paleolíticos todavía inéditos que permitirán ampliar la iconología del arte paleolítico al aire libre y afinar la atribución cronológica (hallazgos de Sergio Ripoll y Luciano Municio).En la provincia de Madrid se encuentra la cueva de El Reguerillo (Torrelaguna), con restos de una decoración grabada de la que quedan varias figuras en muy mal estado de conservación (cápridos, antropomorfos, ¿un mamut?).
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El proceso de neolitización surgió por primera vez en Mesopotamia en las zonas de lo que hoy constituye el norte de Iraq, siendo su desarrollo material muy semejante al de Palestina. En tales zonas iraquíes se ha documentado una serie de enclaves que nos informan de la evolución del Neolítico mesopotámico. De entre ellos podemos citar Qalaat Jarmo (6750-4950) con elementos materiales propios de una primitiva civilización agrícola-pastoril; Umm Dabaghiyah (h. 6000), centro ganadero con diferentes niveles de ocupación; Hassuna (5800-5500), con una cerámica arcaica, relacionada con la de otros yacimientos turcos, sirios y palestinos, y otra standard, de tipo local, con una amplia área de dispersión por las zonas norteñas; Samarra (5600-4800), con materiales del Calcolítico superior; Tell Halaf (5500-4500), con una bellísima cerámica nunca jamás superada y un pequeño templo en la localidad de Tell Aswad (valle del Balikh); y Tepé Gawra (h. 4000), núcleo organizado ya socialmente y con abundantes restos materiales en sus veinte niveles de ocupación. Los establecimientos y culturas de la Baja Mesopotamia más importantes fueron Eridu (h. 5000), con el hallazgo de las ruinas de un antiquísimo templo, sucesivamente reconstruido en el mismo lugar; El Obeid (4800-3750), con restos materiales del Calcolítico medio e inferior, extendidos por toda Mesopotamia y regiones periféricas; Uruk (3750-3150), centro de una cultura que motivó profundos cambios demográficos, técnicos y culturales -allí y entonces se inventó la escritura-; y Jemdet Nasr (3150-2900), prolongación de la anterior cultura. Estos dos últimos enclaves y los demás centros de su mismo horizonte cronológico presentan elementos de civilización sumeria, perfectamente desarrollada. Todas estas culturas siguieron un proceso evolutivo que partiendo de la simple ocupación estable de un lugar alcanzaron la domesticación de animales y vegetales, la utilización de la cerámica, el empleo del tapial o arcilla aglomerada y del adobe (riemchen), la confección de figurillas de barro y metal, la erección de templos, tumbas y viviendas, así como el desarrollo de un activo comercio. Este comercio llegó también a Egipto, entonces en su civilización predinástica, según han demostrado algunos objetos, entre ellos el magnífico cuchillo de Gebel el-Arak (donde se representa a un personaje con faldellín, gorro de ancho reborde y barba redondeada, separando a dos leones), la paleta de Narmer (con animales fantásticos de largos cuellos entrelazados) y numerosos sellos cilíndricos de época de Jemdet Nasr hallados en Naqada. Desde el punto de vista de la Historia del Arte es difícil formular juicios de valor relacionados con los restos protohistóricos hallados en el ámbito mesopotámico, y de si sus artesanos tuvieron voluntad artística plenamente sentida, mientras elaboraban sus obras. Hoy por hoy, dichos restos arqueológicos, tan lejanos en el tiempo, se estudian más desde la óptica del progreso técnico y material que desde valoraciones puramente estéticas.