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La primera estrategia del Régimen para adquirir legitimidad había sido acentuar sus características católicas, la segunda sería hacer mayor uso del monarquismo. El desarrollo de los acontecimientos en Europa fue el motivo, en gran medida, de que Franco pasara los primeros nueve años de su mandato contemporizando y se negara a introducir los cambios institucionales necesarios en el sistema. Si hubieran ganado la guerra Hitler y Mussolini, no hay duda que una dictadura perpetua o semifascista hubiera sido factible. Pero Franco había sido lo suficientemente astuto para darse cuenta de que lo más viable sería una monarquía autoritaria en la que se combinara la legitimidad tradicional con nuevas características específicas. Incluso después de que don Juan escribiera el Manifiesto de Lausana, Franco declaró ante el Consejo Nacional, el 17 de julio de 1945, que para "asegurar mi sucesión... de los sistemas universalmente aceptados para la gobernación de los pueblos solamente uno se presenta a nosotros como viable: el tradicional español... de acuerdo con los principios de nuestra doctrina" (citado en López Rodó, Largo marcho, 5556), y anunció que en breve se prepararía la legislación necesaria a este fin. Siempre con la esperanza de obtener el apoyo del pretendiente legítimo, Franco tuvo mucho cuidado, tanto en público como en privado, de no mostrarse a favor del principio de la legitimidad dinástica. Decía que éste era especialmente dudoso en el caso de los Borbones españoles, a la vista de su historia familiar. En una ocasión en que se estaba hablando en privado de la promiscuidad de la reina Isabel II, comentó que "el padre del rey no podía haber sido el último con quien se acostaba doña Isabel". La sucesión monárquica era un asunto delicado en el que había que mostrar habilidad y principios, no había que dejarse cegar por los resultados biológicos. Uno de sus típicos comentarios sería "lo que salga del vientre de la reina, a ver si es apto" (según las notas de Martín Artajo citadas en Tusell, Franco y los católicos, 58). El 2 de febrero de 1946 don Juan fijó su residencia en Estoril, cerca de Lisboa, para tener una base cerca de España. Enseguida empezó a haber rumores de un posible acuerdo con Franco y 458 miembros de la elite española, entre ellos dos ex ministros, firmaron una carta de apoyo al pretendiente. Esto enfureció a Franco, quien pidió a su hermano Nicolás -embajador en Lisboa- que comunicara al pretendiente el 15 de febrero que habían roto relaciones. Pasaron meses hasta que Carrero Blanco suplicó a Franco que hiciera uso del apoyo al Gobierno que se había ido fraguando entre 1946 y 1947 -en parte, real- para establecer una sucesión monárquica factible en sus propios términos. De este modo les quitaría la iniciativa a los políticos monárquicos y se legitimarían los poderes de Franco, al convertir el sistema en una monarquía nominal. Además, el anuncio de la doctrina Truman el 12 de marzo de 1947, con la que se inauguraba oficialmente la primera fase de resistencia a la expansión del comunismo, abría nuevas perspectivas para una situación internacional polarizada que un Régimen español legitimado podría explotar para poner fin al ostracismo. El 27 de marzo estaba preparada la nueva Ley de Sucesión. En el primer artículo estipulaba que España, como unidad política, es un Estado católico, social y representativo, que, de acuerdo con su tradición, se declara constituido en Reino. En el segundo, que La Jefatura del Estado corresponde al Caudillo de España y de la Cruzada, Generalísimo de los Ejércitos, Don Francisco Franco Bahamonde. Se declaraba así que el Estado español era una monarquía que Franco podía gobernar hasta su muerte o incapacidad. Tendría el derecho de nombrar a su sucesor real para que fuera aprobado en Cortes. El futuro monarca tenía que ser varón, católico, tener al menos 30 años y debía someterse a las Leyes Fundamentales del Régimen y del Movimiento. No se hacía mención a ningún derecho dinástico de sucesión de la familia real hasta que Franco hubiera designado un sucesor real, mientras que la ley le reservaba el poder de cancelar el derecho de cualquier miembro de la familia real en caso de que ésta se alejara de los principios fundamentales del Estado. Se crearon dos nuevas instituciones, el Consejo de Regencia y el Consejo del Reino. El Consejo de Regencia tenía que estar compuesto por tres miembros: el presidente de las Cortes, el General más veterano de las fuerzas armadas, y el prelado de más rango sería consejero del Reino. La función de este Consejo sería la de servir como regencia en el ínterin de la transición hacia el sucesor de Franco y, en el caso de que éste muriera sin nombrar a uno, reunir a los miembros del Consejo del Reino y al gabinete y elegir a uno conjuntamente. Las funciones del Consejo del Reino serían ser consejero especial del ejecutivo con prioridad sobre otros cuerpos consultivos y asistir al Jefe del Estado en los asuntos y resoluciones trascendentales de su exclusiva competencia. El presidente de las Cortes también lo sería de este Consejo junto con el prelado de más rango y antigüedad en las Cortes, el General más veterano, el jefe del Alto Estado Mayor, y dos miembros elegidos por el Consejo Nacional del Movimiento, los sindicatos y los oficiales del Gobierno local, y un miembro elegido por los rectores de las universidades y los colegios profesionales. El Consejo del Reino tendría la responsabilidad de declarar la guerra y revisar todas las leyes votadas en las Cortes. Esta legislación se diseñó para legitimar el caudillaje de la Guerra Civil y reconocer a Franco como cabeza suprema del Estado, al que no se podía relevar de su cargo sin la aprobación de dos tercios de los ministros del Gobierno y dos tercios del Consejo del Reino, seguida por una votación de dos tercios de las Cortes. Como todos los miembros de estas instituciones estaban nombrados directa o indirectamente por Franco, era bastante inverosímil, a no ser que cayera en un coma prolongado. El 31 de marzo, horas antes de que Franco anunciara esta legislación, Carrero Blanco le entregaba el texto de la misma al pretendiente en Estoril. Esto produjo grandes iras en el círculo de la realeza. Don Juan escribió otro manifiesto en el que defendía el principio de la sucesión e insistía en que el nuevo sistema seguía un sistema de selección que no se basaba ni en la dinastía real ni en un parlamento elegido democráticamente. Este mensaje no se hizo público en España, donde los órganos del Movimiento lanzaron una campaña contra don Juan convirtiéndole en un enemigo del Régimen y del país. La Ley de Sucesión se aprobó en las Cortes el 7 de junio y se fijó la celebración de un referéndum para el mes siguiente. Esto no suponía un gran peligro, desde el punto de vista del Gobierno, ya que en un sondeo realizado por la Delegación Nacional de Provincias del Movimiento se comprobó que de las 50 provincias españolas sólo dos, Vizcaya y Guipúzcoa, eran claramente enemigas del Régimen y otras seis eran dudosas. El 25 de junio, el Boletín Oficial del Estado anunció -entre otras formas de persuasión- que se exigirían las cartillas de racionamiento para identificar a los votantes y que se sellarían en el colegio electoral. En ese momento, ya estaba bastante claro que la presión diplomática internacional y la oposición interna no estaban obteniendo resultados. Tanto si apoyaban realmente al Régimen como si no, pocos españoles veían una alternativa factible, y después de la votación del 6 de julio el Gobierno anunció una abrumadora aprobación popular. Era un gran paso para el Régimen. No importaba cuáles fueran las cifras reales, se había creado una legitimidad teórica y un mecanismo de sucesión, y se había logrado sin hacer grandes concesiones. Franco actuaba como si estuviera preparado para dar la espalda a la dinastía de los Borbones y buscar un sucesor en otra parte, pero un acercamiento al Conde de Barcelona en sus propios términos sería lo más sensato y reforzaría el Régimen. Por su parte, el heredero tenía pocas alternativas así que aceptó acudir al encuentro que se organizó en el yate del Caudillo, el Azor, en la costa de San Sebastián el 25 de agosto de 1948. Durante las tres horas de conversación no congeniaron del todo ya que Franco trataba al heredero como si fuera un político ignorante de lo que estaba ocurriendo en España. En cualquier caso, don Juan vio que no tenía otra elección más que aceptar una tregua política. Franco prometió dejar de hacer propaganda contra la familia real y don Juan sugirió que sería apropiado que su hijo y heredero, el pequeño príncipe de pelo rubio y ojos castaños, Juan Carlos, continuara sus estudios en España. Franco aceptó gustoso, ya que esto le daba la oportunidad de educar a un joven Borbón y posible heredero dentro del marco del propio Régimen. El príncipe, de 10 años de edad, llegó a España el 7 de noviembre de 1948, con una tarea difícil. Franco no cumplió del todo su promesa de poner fin a la propaganda antimonárquica y, durante una década, Juan Carlos tendría que enfrentarse a la hostilidad intermitente de algunos miembros del Régimen. Fue durante estos años de adolescencia lejos de su familia y en un ambiente de incertidumbre, donde adquirió esa expresión melancólica que luego sería característica. En esta prueba desigual, Franco tenía casi todas las cartas en su mano. Don Juan daba instrucciones a sus seguidores para que continuaran con sus actividades independientes e intentó mantener sus contactos militares, pero no tenía más opción que seguir en los términos de esta relación desigual con Franco.
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La lengua hablada en China consiste en un conjunto de varias vertientes, los dialectos, que en ocasiones resultan de difícil entendimiento mutuo, siendo el denominado mandarín, hablado en el área de la actual capital Beijing -Pekín-, el más conocido. Realmente la variedad de los dialectos es tan grande -incluso el mandarín y el cantonés no se pueden comprender si no es por escrito- que explica la profunda separación y la dificultad existentes en el ámbito de la comunicación. El mandarín hablado en el norte del territorio chino, el cantonés hablado en las provincias de Kwangtung, Hong Kong, etc., y el denominado amoy, que es la lengua común de la isla de Taiwan y el sureste de Asia, son algunos ejemplos de las distintas lenguas y sus correspondientes etnias que han habitado en China desde muchos siglos antes de Cristo. La lengua hablada pertenece a una rama de la familia lingüística chino-tibetana. Fonéticamente cada sílaba tiene unos tonos determinados, por lo que la lengua en definitiva depende del tono empleado. Cada palabra o vocablo tiene varios tonos, cuyo empleo define el carácter afirmativo o interrogativo de una frase. Cada sílaba es representada por un carácter escrito, así la lengua china puede ser definida como monosilábica. Consecuentemente, los vocablos chinos son fundamentalmente monosílabos sin ningún componente adicional. Y debido a que éstos no cambian ni en la declinación ni tampoco en la conjugación, su orden general es el siguiente: sujeto + verbo + objeto. Es decir, el sentido se expresa principalmente por medio de la colocación de las palabras en la frase y el uso de partículas auxiliares. En cuanto al método de la romanización de la lengua china, habría que mencionar dos sinólogos, los principales estudiosos de la lengua china que fueron los ingleses sir Thomas Francis Wade -quien creó el primer sistema en el año 1859- y Herbert A. Giles, que lo corrigió más adelante. Este sistema, denominado Wade-Giles, fue utilizado en la mayoría de las transcripciones hasta mediados del siglo XX, cuando fue desarrollado el sistema Pinyin, que resolvió algunos de los problemas y lagunas del anterior. Los sistemas arriba mencionados se basan en la pronunciación, es decir, es un método fonético. El sistema de Wade-Giles ha sido el más utilizado en Occidente en la mayoría de los libros o cualquier otro texto relacionados con China. En el sistema de Wade-Giles, todas las "a" son pronunciadas como la "a" de la lengua española, y si las consonantes "ch", "k", "p" y "t" son seguidas por un apóstrofo, se pronunciarán como tales consonantes, pero si no tienen apóstrofos, se pronuncia como "j", "g", "b" y "d". Las dos letras "j" y "g" tienen sonidos iguales a los de pronunciación inglesa. Tanto el sistema de Wade-Giles como el de Pinyin están hechos basándose en la pronunciación de la lengua inglesa, por lo que para la pronunciación correcta de las palabras chinas para los hispanoparlantes sería conveniente modificar el Pinyin siguiendo la pronunciación de la lengua española.
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La lengua de Colón Este capítulo no se puede desligar del anterior. Ambos caminan inseparablemente unidos, hasta el punto de que la mayor parte de los que han polemizado sobre la patria política de Colón lo han hecho desde las dudas que ofrece su patria lingüística, su formación cultural primera. En algo coinciden todos los testigos castellanos que conocieron y trataron al futuro descubridor antes de 1492: lo veían ageno a su lengua14, a la lengua castellana. Dirán que conocía el español y se expresaba en él, pero con claros matices diferenciadores. Un eminente lingüista como don Ramón Menéndez Pidal quiso esclarecer las particularidades de la Lengua de Cristóbal Colón15, y tras un estudio profundo de los escritos colombinos que se conocen, llegó a conclusiones muy significativas que otros autores corroboran, matizan o complementan. Los principales puntos de acuerdo son los siguientes: -- La primera lengua en que Colón aprendió a escribir fue el castellano. Y lo hizo antes de llegar a Castilla. Es posible que durante su estancia portuguesa. También escribía en latín, pero nunca en italiano ni en portugués. Muchos se extrañan de cómo habiendo vivido casi diez años en Portugal aprendiese en ese reino a escribir castellano y no portugués; este idioma debía hablarlo. Sorprende también su nulo conocimiento del italiano escrito. La abundante correspondencia colombina con sus hermanos, con genoveses e italianos importantes se produce siempre en castellano y sólo en castellano. únicamente conocemos dos notas marginales del descubridor (una en el Libro de las Profecías y la otra en la Historia Natural de Plinio) como que quieren ser italianas, pero resultan una extraña y grosera mezcla de castellano e italiano. Indudablemente desconocía este último idioma. Acaso supiera hablarlo, lo mismo que podría conocer el dialecto genovés, pero no escribirlo. -- El español que escribe Colón está lleno de portuguesismos que se notan sobre todo en la grafía y en el vocalismo. No distingue a menudo entre la l y la ll; confunde el diptongo ue por oe, y no capta la diferencia ortográfica entre gue/ge o gui/gi, por citar algunos ejemplos. Se atribuye a influencia portuguesa (M. Pidal); en algunos casos a italianismos (Arce); o a ambas cosas a la vez con clara preponderancia portuguesa (Varela). -- El latín que escribe Colón en notas marginales a la Imago Mundi, Historía Rerum, etc., suele hacerlo repitiendo las palabras y frases del original que quiere resaltar; no lo domina, comete frecuentes errores que son hispanismos (De Lollis). Es decir, no parece que aprendiera un latín genovesco, sino un latín hispánico, con grafía hispánica. -- Tampoco faltan en sus escritos algún que otro catalanismo. En consecuencia, la nota más característica le los escritos colombinos es su complejidad. Más parece --apunta Varela-- que estemos ante el típico hombre de mar que chapurrea mil lenguas sin lograr expresarse bien en ninguna. Acaso practicara una jerga levantisca, o habla marinera del Mediterráneo en general, ampliada más tarde con expresiones oceánicas aprendidas de marineros portugueses y andaluces. Todo lo dicho aclara bien poco los orígenes y primeros pasos colombinos, si acaso incita más a la duda. ¿Puede sorprender a alguien que haya quienes intenten buscar entronques castellanos a don Cristóbal Colón? Si la lengua significa tanto para reflejar mundos interiores y perspectivas vitales de las personas, Castilla y lo castellano adquieren sitial de protagonista en el mundo del descubridor. Colón pudo nacer físicamente en Génova, pero a la cultura y a la elaboración ideológica de su proyecto descubridor nació de la mano de lo castellano.
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La lengua y el estilo Hay que estudiar la lengua de Díaz de Guzmán y también su estilo literario. Este escritor improvisado, que redactaba cartas y denuncias judiciales, un día sintió la tentación de escribir la historia de su patria. Lo hizo con el idioma que había aprendido en Paraguay. Sin duda conocía perfectamente el guaraní, la lengua de su madre y de todos los jóvenes nacidos en esa región. Los lingüistas deben analizar La Argentina para descubrir en ella posibles influencias guaránicas, giros o expresiones no puramente españoles. Y también deben comprobar cómo este semimestizo paraguayo escribía un español que podría ser el de la Península. ¿De qué parte de España? ¿Hay algo de vascuence en sus giros idiomáticos por la proximidad de su abuelo vasco, de la villa de Vergara? (Sabido es que a veces se le llamó el capitán Vergara.) ¿Hay andalucismos en su prosa, por los andaluces que, en aquellos años, abundaban en Asunción? Repetimos que los amantes de la estilística y de la filología tienen en las páginas de Díaz de Guzmán materiales preciosos para un estudio analítico que aún ningún lingüista ha realizado. Es curioso, sintetizamos, que en las lejanas selvas del Paraguay alguien, que nunca había salido de ellas, escribiese con tanto dominio de la lengua castellana páginas que parecen compuestas en algún rincón de la vieja España. El concepto de patria Muchas veces se ha hablado, y aun exagerado, acerca de los sentimientos que unían y desunían a los españoles, a los indígenas, a los mestizos, a los negros, a los mulatos y a los zambos. Todos ellos eran habitantes de la América hispana. Hubo un tiempo en que la escuela del conde de Gobineau, unida al materialismo histórico de Maix, inspiró a los historiadores hispanoamericanos. Fue entonces cuando se inventaron las teorías de que la independencia había nacido de los odios de razas y de los problemas económicos. Los odios de razas fueron, más que de razas, de estratos sociales, de ricos y pobres, de nobles o de clases elevadas, y de las consideradas más inferiores. Todos sabían muy bien que eran españoles; pero unos, sobre todo los mestizos, a menudo odiaban a sus padres. Esta división existía también entre criollos, o sea, hijos de europeos nacidos en la tierra, y sus propios padres. Los testimonios abundan. Lo cuentan conquistadores de Asunción en cartas aún inéditas, llenas de datos preciosos, y hombres de estudio, como Félix de Azara, en el siglo XVIII. Es un sentimiento que, en esta parte de América, y, sin duda, en otras muchas, abarca tres siglos de duración. No obstante, no podemos hallar en estas separaciones raciales y sociales --en algunas conspiraciones los hijos nativos de la tierra quisieron asesinar a sus padres europeos-- ningún intento de independencia política, sueños de crear una nueva nación. Las grandes rebeliones indígenas y las llamadas de los comuneros, tanto de Paraguay como de Nueva Granada, tuvieron otras razones: políticas unas y económicas otras. Díaz de Guzmán no sintió estos sentimientos de aversión hacia lo español ni los españoles. No era una excepción. Las excepciones eran las de los otros: los que odiaban a sus padres. En tiempos actúales hemos visto en calles de ciudades de Europa manifestaciones con carteles que decían: Muera la familia. Abajo los padres y las madres. No más sujeción al hogar. Maldito sea el hogar, y monstruosidades semejantes que, por fortuna, van quedando en el recuerdo. No nos detengamos en los odios del tiempo de la monarquía, en la América hispana, y pasemos a analizar las ideas nacionalistas de Díaz de Guzmán de acuerdo con lo que él mismo expresa en sus escritos. En primer término, se sentía y consideraba español. Estas tierras eran una prolongación de España. Los nacidos en América eran, en su mayoría, hijos de españoles. Díaz de Guzmán dedicó su Argentina, obra, según él, falta de toda erudición y elegancia, a su pariente en la Península Alonso Pérez de Guzmán. Al fin --decía-- es materia que toca a nuestros españoles. Por ello rogaba a Pérez de Guzmán que se digne de recibir y aceptar este pobre servicio como fruta primera de tierra tan inculta y estéril y falta de educación y disciplina, no mirando la bajeza de su quilate, sino la alta fineza de voluntad con que de la mía se ofrenda. Díaz de Guzmán quiso, como Bernal Díaz del Castillo, reivindicar los méritos de los españoles que habían pasado a las indias y aquí habían muerto. Decía, en su recuerdo y homenaje: En diversas armadas pasaron más de cuatro mil españoles y entre ellos muchos nobles y personas de calidad, todos los cuales acabaron sus vidas en aquellas tierras con las mayores miserias, hombres y guerras de cuantas han padecido en las Indias, no quedando de ellos más memoria que una fama común y confusa de lamentable tradición, sin que basta ahora haya habido quien por sus escritos nos dejase alguna noticia de las cosas sucedidas en ochenta y dos años que ha se comenzó esta conquista....Era el homenaje a los caídos en la exploración, conquista y civilización de estas tierras. Cuando escribía estas líneas, el 25 de julio de 1612, se hallaba en Charcas, en el Alto Perú. Sentía, más que nunca, el amor a su patria. ¿Cuál era su patria? Era Paraguay, era América, era España: la España de todas las tierras donde ondeaba su bandera y se hallaba su lengua. Díaz de Guzmán --entiéndase bien, pues el detalle o el hecho tiene su importancia-- fue el primer escritor semimestizo de esta parte de América que empleó la palabra patria. En su obra dice: De que recibí tan afectuoso sentimiento como era razón por aquella obligación que cada uno debe a su misma patria. Es así cómo nacen, en esta parte de América, el concepto y el sentimiento de patria. Este concepto y este sentimiento los estudió, hace años, en la Academia Colombiana de la Lengua, el insigne Luis López de Mesa. Nosotros hemos ampliado este estudio en nuestro extenso ensayo sobre Díaz de Guzmán. No vamos a repetirlo. El concepto nació en Grecia y pasó a Roma. En el Mediterráneo la palabra patria designaba la tierra de los padres. Los pueblos nórdicos empleaban directamente estas palabras para designar lo que los latinos y neolatinos llamaron patria. Decían, en sus diversas lenguas: la tierra de los padres. En las Novelas ejemplares de Cervantes hallamos patria como lugar de nacimiento, separado de nacionalidad. Patria, por tanto, para los hombres de entonces, el lugar en que se había nacido. Este lugar podía extenderse a toda la nación. Díaz de Guzmán fue el primer paraguayo que habló de su patria. El segundo fue un criollo: Hernando Arias de Saavedra, el 3 de febrero de 1619, en una carta al rey: Hace cuarenta años que sirvo a Su Majestad en esta provincia que es mi patria... Hernándarias era hijo de Martín Suárez de Toledo y María de Sanabria, españoles puros. La patria, como tierra de los padres, en los países europeos del Norte, significaba el principio del jus sanguinis. En los países del Sur hacía pensar en el jus soli, el derecho del suelo, del país donde se nace. El jus soli, aceptado e impuesto por todas las naciones hispanoamericanas, en un principio jurídico y político tan antiguo como la conquista y colonización del Nuevo Mundo.
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Una de las conclusiones del XX Consejo Nacional de la Sección Femenina fue elevar a las Cortes una propuesta sobre el acceso de las mujeres en igualdad de condiciones con los hombres, a las oposiciones y concursos que exigían títulos profesionales o universitarios. El borrador fue titulado "Proposición de Ley sobre Derechos Políticos, Profesionales y de Trabajo de la mujer", que apenas difiere del aprobado por las Cortes en 1961. Pilar Primo de Rivera había contestado a Mercedes Formica que "El congreso no se limita a la propaganda, sino a conseguir realidades, trata la ponencia como quieras", cuando esta le informó de que su ponencia iba a defender la incorporación sin restricciones de las mujeres al mundo del trabajo. Gráfico La noticia de la aprobación de la Ley de 22 de julio de 1961 fue recibida con grandes titulares en la prensa, aunque posteriores valoraciones le dieron valor propagandístico, ya que se trataba de un logro de la Sección Femenina.
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La Ley de 24 de abril de 1958, sustituyó el concepto "casa del marido", con el que se definía entonces la vivienda común del matrimonio, para transformarlo en el "hogar conyugal", el término propuesto por Mercedes Fórmica. Desde entonces los jueces pudieron decretar que fuese la mujer la que disfrutase de la vivienda conyugal tras la separación. También se eliminó la figura degradante del "depósito de la mujer", ese derecho-obligación del marido de "depositarla" en casa de los padres o en un convento. Además se limitaron los poderes casi absolutos que tenía el marido para administrar y vender los bienes del matrimonio, y se permitió que las mujeres viudas que contrajesen nuevo matrimonio pudieran mantener la patria potestad sobre sus hijos. Mercedes Fórmica reclamó también la eliminación de otros preceptos legales que atentaban contra la dignidad de la mujer, como el tratamiento discriminatorio de la mujer adúltera frente al hombre adúltero en el Código Penal, reforma que no llegó hasta la democracia, en 1978, cuando se despenalizó el adulterio. Poco antes se había eliminado la licencia marital y la obediencia al marido, que hasta 1975 habían sido obligaciones legales. La activa participación de Fórmica en el impulso de esta reforma hizo que fuese bautizada, con ironía, como "la reformica", aludiendo a su apellido y al limitado alcance de la misma, pese a que fue un importantísimo primer paso hasta que la ley reconociera ¡en 1981! la plena igualdad del marido y la mujer en el matrimonio. Las voces que desde comienzos de los años cincuenta habían solicitado una revisión de al situación jurídica, siguieron escuchándose después de 1958. La revista Teresa, publicación de la Sección Femenina, aportó un amplio reportaje elaborado entre 1956 y 1958, "Las mujeres quieren trabajar", donde se recogían las profesiones a su entender "mas adecuadas" para las mujeres, y de manera novedosa, se indicaba también un amplio abanico de posibilidades profesionales que se iban adecuando más a la realidad social del momento, y que iban de traductora de idiomas a la creación de un cuerpo de policía femenino. Desde el ámbito jurídico no faltaron aportaciones. En 1959, un grupo de alumnas de cuarto curso de Derecho de la Universidad Central de Madrid organizaron un ciclo de conferencias bajo el lema "La mujer en la vida jurídica española". So objetivo era plantear públicamente, en un entorno universitario, las limitaciones que se encontraban las licenciadas en Derecho para acceder a la vida jurídica. En el ciclo participaron destacados juristas y algunos de los profesores que ya habían participado en la encuesta del diario ABC en 1953. Gráfico Estaba claro que ya a finales de los cincuenta, existía un estado reopinión cada vez más favorable a la reforma de las limitaciones jurídicas de las mujeres. Algunos factores como la puesta en marcha en 1959 del Plan de Liberalización y Estabilización Económica; el turismo; la emigración; la influencia del cine, la radio y las revistas; así como las necesidades del Régimen franquista y de la Sección femenina de dar una imagen más acorde con los tiempos, contribuyeron a los siguientes pasos para la aprobación de la Ley de 22 de julio de 1961.
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El día ocho de marzo de 1941, la Cámara Alta de los Estados Unidos aprobaba, por sesenta votos contra treinta y uno, el texto de la denominada Ley de Préstamo y Arriendo. Por ella se facultaba al Presidente Roosevelt para una actividad discrecional que iba mucho más allá que cualquier otro grado de poder de disposición había podido tener ninguno de sus predecesores en el cargo. Mediante la puesta en práctica de la misma, Norteamérica entraba en virtual situación de guerra con Alemania y sus aliados. Así culminaba un proceso iniciado con la demostración de la amenaza que el Reich suponía para la libertad de los países europeos. Esta disposición legal convertía a los Estados Unidos en un verdadero "arsenal de la democracia", en expresión de su Presidente, quien podía decidir con absoluta libertad sobre una serie de planos que, sintetizados, eran los siguientes: selección de los países beneficiarios; fabricación y entrega de armas y municiones; venta transferencia, cambio, préstamo y arriendo de cuantos artículos desease; reparación y acondicionamiento de los mismos una vez en poder de los gobiernos favorecidos; comunicación con dichos gobiernos acerca de cuanta información considerase necesaria; y, finalmente, determinación de los plazos de entrega y pago. Podía, en definitiva, obrar con entera libertad en este amplio campo, sin interferencias de ninguna clase. Esta nueva realidad introducía de nuevo a los Estados Unidos en el bando democrático empeñado en su lucha contra el totalitarismo agresor, en la misma forma en que lo había hecho en 1917. Hasta ese momento, el país había prestado mucho más que su proclamada "ayuda moral" a una Gran Bretaña situada en posición de progresivo debilitamiento. A finales del año 1940, la isla se encontraba exangüe debido al alto costo de la guerra que, si bien se libraba con éxito tanto en el Canal como en el Mediterráneo, había agotado prácticamente la totalidad de sus reservas económicas. Acerca de esto, escribiría Winston Churchill en sus memorias: "Habíamos pagado más de 4.500.000.000 de dólares en dinero efectivo. Sólo nos quedaban mil millones, la mayor parte en inversiones, muchas de las cuales no eran negociables. Resultaba evidente que no podíamos continuar de aquel modo. Aunque nos despojásemos de todo nuestro oro y divisas extranjeras no podríamos pagar ni la mitad de lo pedido y la extensión de la guerra hacía necesario poseer diez veces más". Estos párrafos ilustran a la perfección la trascendencia que tendría para Inglaterra la aplicación de dicha ley de ayuda. Hasta entonces, el sistema denominado de "cash and carry", basado en la práctica de pagar el material y llevárselo, había supuesto un costo excesivamente elevado y que no podía seguir manteniendo por más tiempo. En el interior de Estados Unidos se cerraba, por su parte, un período que en algunos momentos había alcanzado elevados grados de tensión social, al dividir a la opinión con respecto a la implicación o no del país en la conflagración iniciada. Ahora Roosevelt, fortalecido tras su tercer triunfo electoral del mes de noviembre de 1939, había podido impulsar con éxito su política de compromiso con los países que luchaban contra el Eje. Hasta ese momento había hecho todo lo posible en aquella dirección, a través de una serie de acciones que lo habían situado en posición de no beligerante, sustituyendo a la anterior de neutral. Esto lo aproximaba cada vez más hacia el interior del conflicto generalizado al que el mundo se veía abocado de forma irreversible. Frente a la actividad desplegada por bien organizados grupos -sobre todo el denominado "América ante todo"-, que propugnaban la inhibición frente a la política agresiva de Alemania y sus aliados, los grupos centrados en la figura del Presidente demócrata trataban de actuar sobre tres frentes complementarios. En primer lugar, prestar ayuda a Inglaterra en su lucha particular; junto a ello, ganar tiempo para llevar a efecto las necesarias operaciones de rearme propio; finalmente, frenar al Japón mediante la utilización conjunta de la diplomacia y la fuerza disuasoria de la armada estacionada en el Pacífico. De hecho, en 1940, los Estados Unidos todavía no se encontraban en situación propicia para soportar con posibilidades de triunfo un enfrentamiento con Tokio, integrado en el Eje y por tanto potencial enemigo a combatir. Ya a partir del momento de la derrota de Francia el gobierno norteamericano había decidido, además del reforzamiento de su arsenal bélico, una serie de medidas referentes a la movilización masiva de sus contingentes de posibles combatientes. Gran Bretaña ya había recibido buques y material energético, mientras que Norteamérica, mediante el Acta de La Habana firmada en julio de 1940, extendía su protección a la totalidad del territorio continental. A fines de aquel mismo año, Churchill, en vista de la precaria situación expresada en los párrafos citados antes, había enviado una comunicación a Roosevelt exponiéndosela bajo los términos más crudos. Fue precisamente la comprobación de esta sombría realidad el elemento que decidiría al Presidente norteamericano a dar el paso que deseaba desde hacía largo tiempo. En ningún momento había ocultado su inclinación a entrar en la guerra, aunque respetaba las limitaciones legales que se lo impedían. Ello no era obstáculo, sin embargo, para que en plena situación de neutralidad llegase a afirmar: "En el mundo de hoy no existe nada tan absolutamente importante como la derrota de Hitler". Así, como escribe el historiador J. F. C. Fuller, mientras Roosevelt afirmaba que el país no entraría en la guerra, removía cielo y tierra para provocar a Hitler a declarar la guerra al mismo pueblo al que tan ardientemente prometía la paz. Entregó de esta manera destructores a Gran Bretaña, descargó tropas en Islandia y emprendió el patrullaje de las rutas navales atlánticas para salvaguardar a los convoyes ingleses. Es decir, llevó a cabo actos de guerra declarados. Ello, por otra parte, no hacía sino enconar todavía en mayor medida las actitudes opuestas de los ya mencionados grupos aislacionistas, acerca de varios de los cuales se descubriría posteriormente que se encontraban por entonces subvencionados económicamente por el Reich. La Ley de Préstamo y Arriendo comprendió en su ámbito de acción de forma inicial a Gran Bretaña y a su aliada y amenazada Grecia; más tarde acogió a China y, a partir del mes de junio de 1941, a la Unión Soviética invadida por Alemania. De esta forma, actuando con rapidez extrema, la administración norteamericana se incautó de todas las embarcaciones de los países del Eje atracadas en sus puertos, desplegó sus efectivos militares sobre Groenlandia y clausuró los consulados de aquellos países. A partir de este momento, la manifiesta situación bélica habría de plasmarse además a través de los enfrentamientos que tuvieron lugar en aguas del Atlántico. Antes de que finalizase el año, siete mercantes norteamericanos habían sido hundidos por submarinos alemanes en el océano. Cuando Roosevelt había apelado al Congreso para conseguir la aprobación de la ley había hablado de la necesidad de defender las que él calificaba de Cuatro libertades: De palabra, de religión, de actuación y de posesión de los derechos inherentes a la persona integrada en un sistema democrático. Así, en función de esta idea básica los Estados Unidos proporcionaron a los británicos cerca de 8.000 millones de dólares en armamento, materiales alimenticios y servicios de variada índole. Al mismo tiempo, el país incrementaba su producción en general, orientándola hacia la fabricación de los artículos necesarios para afrontar la situación bélica planteada. Norteamérica ya solamente debía esperar al domingo, día siete de diciembre, para que el ataque lanzado sobre su base de Hawai le permitiese entrar con pleno derecho en el conflicto. Para entonces, Roosevelt se había entrevistado con Churchill en la isla de Terranova el día catorce de agosto, con el fin de concretar el texto de una declaración conjunta acerca de los objetivos de guerra de los aliados. De esta reunión nacería la denominada Carta del Atlántico, que integraba una serie de principios comunes "sobre los que basar sus esperanzas en un futuro mejor para el mundo", según su propia expresión. Aquí, además de las ya citadas Cuatro libertades se añadía la específica renuncia a posibles modificaciones territoriales, la promesa general de restauración del autogobierno en los países que habían sido privados de él por la fuerza y, finalmente, el ofrecimiento de igualdad de oportunidades para las actividades comerciales y el intercambio de materias primas. Esta reunión inauguraba así la serie de conferencias que a lo largo de la guerra servirían para configurar la faz del mundo una vez producido el hundimiento de las potencias del Eje.
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Casado pintó este lienzo en Roma donde recibió los elogios de los pintores y la nobleza y la aristocracia local. La escena recoge el escarmiento dado por el rey Ramiro II de Aragón a los levantiscos nobles que se habían rebelado contra su autoridad. El suceso se desarrolla en los sótanos del palacio y nos presenta al monarca acompañado de su fiero mastín. Don Ramiro aparece de pie, erguido y desafiante a pesar de su vejez, extendiendo la mano para exponer el dantesco espectáculo. Con las cabezas de los nobles díscolos ha formado el anillo de una gigantesca campana. Entre las cabezas estaban las de los caballeros Ferriz de Lizana, Roldán, Gil Atronillo y García de Vidaura. La testa del arzobispo Pedro de Lucria, líder de la conspiración, hace de badajo colgando de una gruesa cuerda. En la zona derecha de la composición nos encontramos con los demás nobles de la corte, llamados por el rey para contemplar la terrible escena. Los personajes se precipitan por las estrechas escaleras de la estancia y quedan helados ante la horrenda visión del escarmiento. Cada una de sus indumentarias está descrita con minuciosidad, llamando nuestra atención las calidades táctiles de telas o metales. Pero más interesante es la galería de expresivos rostros que configuran esta zona. Estos espléndidos retratos nos muestran las diferentes expresiones que provoca el suceso: ira, miedo, repulsa, rabia o incluso deseos de venganza en la mirada del primer noble. El centro de la escena queda casi vacío para aumentar la tensión dramática del momento. Resulta curioso el contraste entre la bóveda oscura del muro del fondo que enmarca la figura del monarca mientras que el lado derecho de la escena está plenamente iluminado. El estilo de Casado conjuga un excelente y seguro dibujo con una pincelada rápida, jugosa y precisa al mismo tiempo, no sólo en rostros o atuendos, sino en elementos más anecdóticos como el perro o los sillares de la pared. El resultado es un cuadro lleno de realismo con el que Casado consiguió importantes triunfos. Casado envió el lienzo a la Exposición Nacional de 1881, cosechando sólo una mención honorífica debido a las envidias. Los discípulos y amigos del maestro le obsequiaron con una corona de oro para desagraviar la afrenta sufrida y el Estado compró el lienzo en 35.000 pesetas. El cuadro fue enviado a las exposiciones de Munich y Viena consiguiendo las más altas recompensas y en la Internacional de París (1889) causó gran sensación.
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Casado del Alisal pintó en 1880 una de las obras maestras del género: La leyenda del rey monje, también conocida como La campana de Huesca. La escena recoge el escarmiento dado por el rey Ramiro II de Aragón a los levantiscos nobles que se habían rebelado contra su autoridad. El suceso se desarrolla en los sótanos del palacio y nos presenta al monarca acompañado de su fiero mastín. Don Ramiro aparece de pie, erguido y desafiante a pesar de su vejez, extendiendo la mano para exponer el dantesco espectáculo. Con las cabezas de los nobles díscolos ha formado el anillo de una gigantesca campana. Entre las cabezas estaban las de los caballeros Ferriz de Lizana, Roldán, Gil Atronillo y García de Vidaura. La testa del arzobispo Pedro de Lucria, líder de la conspiración, hace de badajo colgando de una gruesa cuerda. En la zona derecha de la composición nos encontramos con los demás nobles de la corte, llamados por el rey para contemplar la terrible escena. Los personajes se precipitan por las estrechas escaleras de la estancia y quedan helados ante la horrenda visión del escarmiento. Cada una de sus indumentarias está descrita con minuciosidad, llamando nuestra atención las calidades táctiles de telas o metales. Pero más interesante es la galería de expresivos rostros que configuran esta zona. Estos espléndidos retratos nos muestran las diferentes expresiones que provoca el suceso: ira, miedo, repulsa, rabia o incluso deseos de venganza en la mirada del primer noble. El estilo de Casado conjuga un excelente y seguro dibujo con una pincelada rápida, jugosa y precisa al mismo tiempo, no sólo en rostros o atuendos, sino en elementos más anecdóticos como el perro o los sillares de la pared. El resultado es un cuadro lleno de realismo con el que Casado consiguió importantes triunfos.