Busqueda de contenidos

contexto
La conquista árabe del África septentrional a mediados del siglo VII, bajo las enseñas de una religión institucionalizada por los coreixitas, tras la predicación de un inspirado beduino árabe, Mahoma, habrá de constituir un hecho de transcendental importancia no sólo para la historia del continente africano, sino también para todo el continente euroasiático. La invasión musulmana, iniciada con la conquista del Egipto bizantino por Amr Ibn Al-As, tras una campaña iniciada en el 639 y que termina con la rendición de Alejandría (642), señala el inicio de una expansión imperialista hacia todo el oeste. Ella habrá de decidir concretos desplazamientos demográficos motivados por la superposición a las poblaciones de las regiones de origen, de otra nueva, constituida en un principio por beduinos de la península arábiga que encontraron en la predicación del Islam la fuerza centrífuga que hizo posible su expansión. Así, el dominio árabe habrá de tener muy relevantes consecuencias, mayores que otras que se producen con el ocaso del mundo antiguo. No se trata aquí de encontrar una nueva ubicación geográfica de un pueblo, como ocurrió con las Völkerwanderungen bárbaras sobre el Imperio romano, sino la expansión de una experiencia religiosa particular, que impone una religión monoteísta que conocerá la universalidad y que es capaz de modelar de forma nueva la estructura de toda una sociedad. Fue precisamente por esto por lo que la conquista islámica, que continuaba desde Egipto por Cirenaica y Berbería, llega a penetrar en España y Francia, hasta ser detenida en Poitiers, lograría divorciar de forma irreversible a todo el África septentrional de la civilización euromediterránea que venía echando su pulso con la beréber, hasta hacer desaparecer al cristianismo, aún vigente como último legado de una presunta unidad mediterránea intentada por Roma. Así la civilización islámica terminará enraizándose profundamente en el África septentrional, manifestando una capacidad de penetración mucho mayor que la de las civilizaciones mediterráneas que la precedieron, circunstancia en la que influyó más que la misma acción árabe las iniciativas y celo religioso beréber junto con otros pueblos norteafricanos ganados por el Corán. La primera oleada árabe se detuvo ante el Sahara, que ya había sido barrera para Roma y Cartago. Sin embargo el desierto no lograría impedir que la religión y la cultura islámicas arribasen al África subsahariana negra, influyendo de forma particular entre los siglos IX y XIV en la historia de los reinos o Estados que se han configurado en la franja sudanesa, ya que el Islam, a decir de Richard Molard, vino a ser un estimulante cíclico de las sociedades sudanesas. La propagación islámica hacia el África Menor se produce tras la fundación de Kairuán, que permite al caudillo árabe Oqba-Ibn-Nafi iniciar la ocupación del Magreb, continuada en el 702 por Mussa Ibn-Nusair. No obstante, los beréberes optarán por el islamismo coreixita, opuesto al de los califas de Damasco, produciéndose diversos movimientos autonómicos. Sin embargo, en el 750 el advenimiento de una nueva independencia califal, la de los Abbásidas, permite al Magreb su práctica independencia con diversos gobiernos autónomos mientras que Ifrikiya conoce tres reinos autónomos desde finales del siglo VIII: los Idrissitas de Marruecos, los Ibaditas de Tahert y los Aglabitas de Ifrikiya. Entretanto, se produce la propagación islámica al África subsahariana mediante dos líneas de penetración: la oriental, a través del valle del Nilo y que terminará por enfrentarse con la resistencia etíope, que logra mantenerse como una inexpugnable isla cristiana emergiendo en el mar de los pueblos islamizados, y la línea occidental, que partiendo del norte del Sahara llega hasta el golfo de Guinea. Entretanto, el Magreb islamizado alimenta el sueño de un gran Estado beréber, merced primero a estímulos que darán lugar a la aventura almorávide (1042-1047), tras la predicación del derviche Ab Alla Ibn Yasin. Fue entonces cuando los tuaregs del Sahara occidental pusieron su talante belicista al servicio de la causa almorávide y desde Marrakech desarrollaron una amplia ofensiva conquistadora en dos direcciones. Al norte, penetrando en la Península Ibérica, donde son contenidos por los cruzados cristianos, y al sur, hasta el Imperio negro de Ghana (1070). Fue entonces cuando el expansionismo almorávide contribuiría decisivamente a la difusión del Islam entre los sudaneses y de esta forma, árabes y beréberes, desde el siglo IX, tras rebasar el Sahara habrían de descubrir el África negra, un mundo aparte e ignoto para fenicios, griegos y romanos. La penetración del islamismo trajo ciertas ventajas a los Estados sudaneses, creando idóneas condiciones para futuras relaciones, provechosas y duraderas, con los países ya islamizados del África septentrional, y el bienestar y riqueza para Ghana, Mali y Songhai. Por otra parte, la cultura islámica aporta a los reinos sudaneses estructuras socio-políticas nuevas, más funcionales, haciéndoles ver las ventajas de una administración centralizadora y centralista y el valor que asume en política el principio de autoridad, más efectivo que el que regía hasta entonces, basado en las relaciones de parentesco. Emerge así una clase cultivada, formada en las escuelas del Islam y preparada para la gestión del Estado. De esta forma, diversos Estados sudaneses terminarán integrándose en el mundo islámico, que se expresa aparatosamente en la ciudad de Tombuctú, en el cruce de importantes vías de tráfico y que sería denominada Alma Mater del desierto, por sus escuelas y mezquitas. La penetración islámica en el África subsahariana se inicia mediante los Sanhadja, una confederación de tribus tuaregs que vivían en el Adrar y que desplazándose hasta el río Senegal, al que dan el nombre, llegarán a controlar la ruta sahariana entre el África Menor y Ghana. Fue así como, ya entrado el siglo IX, los Sanhadja logran arrebatar Audoghast a los negros Soninkés de Ghana y, no obstante, a mediados del siglo X, el soberano beréber de Audoghast es el rey y señor de todos los beréberes del Sahara occidental con 23 régulos negros como tributarios. Es dueño indiscutible de un Imperio cuya extensión equivale a 60 días de camino de norte a sur y de este a oeste. Llegaría a contar con un ejército de 100.000 guerreros montados sobre camellos de raza. Aparte de las exageraciones que pueden encontrarse en el relato de Al-Bakri, es indudable que se trataba de un muy poderoso príncipe. Pese a todo, en el 990 el rey de Ghana consigue arrebatarle Audoghast, instalando un gobierno negro, aunque no de mucha duración. Los árabes ya habían oído hablar de los fabulosos incentivos del País de los negros, incluidos oro y atractivas mujeres. De aquí que en el 734, y desde Marruecos, los califas Omeyas mandasen una primera expedición hacia el Sudán, que les proporcionaría un enorme botín en oro y esclavos. Previendo el futuro, los marroquíes dejaron instalada una línea de pozos que les permitiría nuevas y fructuosas correrías. Fue entonces cuando un beréber de Sidjilmasa, ya citado, coincidió con otro beréber, Yahia ben Ibrahin, que volvía totalmente fanatizado de una peregrinación a La Meca. Ambos predican en su patria por un Islam más puro y riguroso, pero son mal acogidos, por lo que con siete discípulos se retiran a una ínsula del Senegal. Allí levantan un morabito que alcanza pronto enorme reputación, hasta el punto de que pocos meses después cuentan ya con más de 1.000 seguidores incondicionales. Se les llamaría los del convento -Al Morabetin- y de su nombre en árabe surgirá posteriormente el nombre de almorávides. Hacia 1042, sintiéndose fuertes, se decidirán a ponerse en marcha para vengar las burlas y afrentas de que han sido objeto, y después... a la conquista del mundo. Los primeros conversos fueron sus primos los Lemtas, que se asociaron a ellos. Desde ahora la ofensiva almorávide se orientará hacia dos direcciones: hacia el norte, donde tras la toma de Sidjilmasa fundarán en 1062 una nueva capital, germen del actual Marrakech. En 1063 logran conquistarlo degollando a sus moradores; hacia el sur, toman Audoghast, que saquean implacablemente: desde este momento pondrán sus ojos en Ghana. Por entonces el rey -Tunka- de Ghana, que había vivido como sus antecesores en una larga tradición de tolerancia, decide convivir con los almorávides, a los que permite incluso construir un barrio en su capital. Sin embargo, éstos ya instalados, deciden rebelarse a una autoridad que, aparte de negra, consideran infiel. Así en 1076, tras 15 años de lucha, los almorávides acaudillados por Abu Beker toman la capital de Ghana en medio de una sonada matanza. Los ganados de los nómadas victoriosos, que acceden a miles a los pozos de agua, terminarán convirtiendo en pedregal una tierra cultivada hasta entonces. No obstante, tras el saqueo de los nómadas, regresarán al desierto, dependiendo de pastos ocasionales y levantando sus tiendas, de manantial a manantial, llevando consigo sus ocasionales botines y librando peleas intertribales. Pese a todo, desde el África septentrional hasta el Senegal, se han hecho los dueños de la situación. Un decenio más tarde, Abu Beker, el caudillo que tomó Ghana, cae asesinado y con él se hunde todo el poder almorávide. A partir de entonces Ghana recupera una cierta autonomía, aunque los súbditos del Tunka no volverán a conocer sus leyes. Reconstruida en parte, la ciudad, 200 años después bajo Sundiata, rey de Mali, conocerá un nuevo saqueo.
contexto
En la escala de valores de los metales, el hierro es el menos noble de todos. Ello significa que es más perecedero, por oposición al oro, incorruptible. Mientras que los instrumentos, las armas, los adornos de bronce, al paso de los siglos recobran con facilidad su textura y su pátina, aquellos fabricados en hierro se corroen y desaparecen. Teóricamente podríamos imaginamos a los primeros metalúrgicos del hierro preguntándose si su trabajo realmente merecía la pena. Como consuelo les quedaría la certeza, no obstante, de que sus conocimientos técnicos eran muy considerados. Al menos, en los albores de la metalurgia del hierro, los productos salidos de la forja eran joyas muy estimadas: alfileres, anillos, brazaletes, que se distinguían por su rareza en contrapartida con lo vulgar del bronce. Pero esta situación durará poco. La Edad de Bronce estaba llamada a su fin desde que la técnica del hierro carbonizado se convirtió en un arte logrado. La experiencia no tardaría en compartirse, y los caminos de difusión en el Viejo Continente estaban abiertos, una vez más, a la expansión de la nueva tecnología. Las vías de difusión por las que la metalurgia del hierro penetró en Europa sólo pueden trazarse a grandes rasgos. Se da por aceptado que el invento tuvo lugar en Anatolia, aunque se descarte que su salida a Occidente ocurriera tras la caída del Imperio hitita. En Siria, Fenicia, Palestina y el Egeo la nueva era se inaugura en el 1000 a. C. A partir del siglo X a. C. dejan prácticamente de fabricarse armas de bronce en Grecia. En Centroeuropa la introducción del nuevo metal se constata en el 800 a. C., aunque la nueva era no quede definitivamente inaugurada hasta poco antes del 700 a. C. La difusión de la técnica, hemos de aceptar, se produjo por la ruta de los Balcanes y la cuenca del Danubio, hasta alcanzar la zona de máxima concentración de hallazgos de hierro en época temprana: los Alpes orientales. Desde este núcleo geográfico el paso a Europa occidental estaba asegurado por las tradicionales vías de penetración fluvial: el Rin, el Loira y el Elba. Si la Edad de Hierro estaba llamada a sobrevivir e imponerse por obra y gracia de la dureza y eficacia de las herramientas y de las armas de hierro, la producción de bronce no se interrumpió en Europa durante mucho tiempo. Es más, las artes de metal siguieron en manos de los broncistas y de los orfebres. Las piezas ceremoniales (hachas, recipientes, cascos, etc.); las de culto (carros votivos, estatuillas de toros); los adornos personales de prestigio (fíbulas o broches); las vasijas ceremoniales (situlae, calderos, etc.) que acabarían depositadas en las tumbas de la Edad de Hierro, son de bronce. El nuevo metal fue, en cambio, más apropiado para las armas (espadas puñales); los atalajes de los caballos (frenos y guarniciones); la armadura de los carruajes (lanzas, ejes de las ruedas, etc.), y, obviamente, las herramientas (algunas de ellas utilizadas en el trabajo del bronce y en muchos casos idénticas en la forma a las ya vetustas y anticuadas de bronce). Muchos metalúrgicos dispuestos a poner en práctica la nueva tecnología hubieron de ser, a su vez, broncistas, o poseer, al menos, las dotes de éstos. Es difícil, de lo contrario, aceptar y defender la existencia de dos clases de artistas del metal radicalmente distintas. Los prehistoriadores europeos han dedicado mucho tiempo a dilucidar por qué razones el metal de hierro, con tantos inconvenientes, y con una única ventaja virtual, su dureza, terminaría desterrando al bronce a efectos de sus usos prácticos. La primera razón lógica del cambio en la Edad de los Metales es la presumible rareza y dispersión de las fuentes del estaño y del bronce. Como contrapartida, los yacimientos de hierro eran mucho más accesibles y abundantes. La prueba de que el factor de la carestía del bronce estuvo presente en el fenómeno de la aparición de objetos de hierro la proporcionan los muchos y ricos depósitos de objetos y armas de bronce en desuso que, a modo de aprovisionamiento de metal, se han recuperado en el Bronce Final de las zonas atlánticas europeas. Pero esta no pudo ser la causa única o definitiva. Los recursos de bronce pudieron restringirse, pero no estaban agotados. En las regiones nórdicas europeas se siguieron produciendo armas, recipientes y adornos de ese material durante mucho tiempo después de que el hierro se hubiera establecido como metal de fabricación común. La explicación no es sencilla ni univalente, pero hemos de asumir que unas nuevas condiciones económicas se habían impuesto en Europa que obligaban a una demanda de metal muy superior a la que hubo durante la Edad de Bronce. Una mayor producción agrícola, una intensificación de las comunicaciones rodadas, una sociedad en guerra endémica, etc. hubieron de contribuir al impulso acelerado de la metalurgia del hierro.
contexto
Esta acusación -la presencia de agentes británicos en Yugoslavia- no engañaría a nadie, y ni siquiera volvería a ser esgrimida a partir del momento en que la guerra relámpago fue lanzada con toda su potencia sobre el débil país. Así, en la madrugada del día seis de abril, las fuerzas de la Werhrmacht penetraron en territorio yugoslavo por varios puntos de forma simultánea. Los italianos lo hicieron desde Albania y desde la frontera común, mientras que Hungría tendría una reducida participación armada que le permitiría aprovechar la ocasión para hacerse con una fracción de espacio yugoslavo que reivindicaba desde hacía dos decenios. La naturaleza accidentada del suelo obligaba a las fuerzas invasoras a utilizar muy escasas vías de comunicación, lo que reducía su capacidad de acción, al tiempo que facilitaba -como se vería más adelante- la actividad de la guerrilla. De todas las fuerzas dispuestas para penetrar en territorio yugoslavo, las que contaban con mayor grado de eficacia, eran las comandadas por el general von Kleist, situadas en Bulgaria y dirigidas hacia el mismo corazón del país atacado. De forma paralela, y dentro de la idea de represalia que le animaba, el Führer ordenó la sistemática destrucción de la capital por parte de su aviación. El dictador alemán había dado órdenes explícitas para que Belgrado fuese totalmente arrasado por medio de ataques aéreos ininterrumpidos día y noche. Así, a partir de la misma fecha del seis de abril, y durante tres días consecutivos, la ciudad fue bombardeada con gran intensidad. Carecía por completo de sistema de defensa antiaérea, y los atacantes prescindían del hecho de que previamente había sido declarada "ciudad abierta". Esta acción, denominada por sus autores Operación Castigo, destruyó una elevada proporción de las edificaciones de la ciudad, causando un número de muertos situados alrededor de los veinte mil. Göring quería con ello rehabilitar el nombre de su aviación, cuya eficacia estaba siendo cuestionada debido a su fracaso en la batalla de Inglaterra, que en esos momentos comenzaba a perder intensidad. A partir del día nueve, comenzó el ataque del Ejército y la aviación en todos los frentes y de forma sistemática. Desde el norte, los alemanes ocupan la asolada capital; desde el mar, el general Kleist asciende hacia la misma, a la que llega el 15 tras mantener tres días de combate en sus proximidades. Desde el oeste, las fuerzas alemanas parten de Hungría y ocupan Croacia, uniéndose a los italianos que cruzan la frontera común. Los factores que se unieron en esos momentos para facilitar el rápido hundimiento de Yugoslavia, a pesar de la dura resistencia ofrecida por su ejército, fueron ante los escasos y deficientes medios de defensa existentes, la carencia de aprovisionamientos de toda clase y, finalmente, el perfecto plan de ataque que integraba la guerra relámpago, modalidad en la que los alemanes estaban consiguiendo magníficos progresos en la práctica. En otro orden de cosas, el profundo sentimiento antiservio existente entre las unidades croatas había impedido que éstas actuasen con la debida eficacia, facilitando de esta forma la penetración del enemigo. Ya el mismo día 10, el cuartel general del frente había enviado a Berlín un informe en el que se detallaba de forma perfecta la inmediata situación de triunfo que existía para las fuerzas invasoras. Por su parte Mussolini había pretendido adelantarse a la segura ayuda que su aliado iba a prestarle en Grecia, ante todo para arrojar de allí a los ingleses, y por ello lanzó sus fuerzas contra Yugoslavia. Su actuación, dirigida a conseguir una participación en la victoria, no pudo ser sin embargo menos brillante. Y como siempre, serían los alemanes quienes le sacasen del atolladero que para él se había convertido la inacabable campaña de Grecia. El 17 de abril, once días después de iniciada la ofensiva, tuvo lugar la firma del acta de rendición del Ejército yugoslavo, que todavía conservaba intacto un total de dieciocho divisiones. El rey y su gobierno, tras recorrer el país al amparo de las cada vez más reducidas zonas no ocupadas, se verán obligados a huir al extranjero. Muchos combatientes, negándose a coexistir con el enemigo, se lanzarán a la guerrilla, que determinará la futura evolución del país a todos los niveles.
contexto
El mismo día de la invasión de Noruega, los alemanes cruzaban la frontera con Dinamarca y ocupaban el país. Dinamarca era neutral y mantenía relaciones correctas con Alemania. A la agitación nazi en el Slesvig danés (donde había algunos miles de alemanes), más o menos apoyada por Berlín, no se contraponía una agitación semejante en el Schleswig alemán (donde había una minoría danesa). Alemania no parecía mostrar ningún interés por Dinamarca que, por otra parte, y a diferencia de sus vecinos escandinavos, sí había aceptado la firma de un pacto de no-agresión con Alemania. Los daneses creían que éste era garantía suficiente para no verse envueltos en una probable guerra, lo que reforzaba el pacifismo oficial, y posponía una vez más la modernización y reforzamiento de las fuerzas armadas. En cuanto a éstas últimas, tras la Primera Guerra Mundial el gobierno socialdemócrata (1924-1926) había propuesto el desarme total, pero la idea no había prosperado. En 1929 no prosperó tampoco una propuesta de desarme parcial, pero se redujo el presupuesto. Las leyes de defensa de 1932 redujeron a dos las tres divisiones del ejército (se pasó de 8.500 a 7.500 reclutas al año), y se redujo la Marina de guerra. La llegada al poder de los nazis en Alemania condujo a un alto en la política de desarme, y la ley de 1937 permitió modernizar, pero no aumentar, las fuerzas armadas. Así, al estallar la Segunda Guerra Mundial Dinamarca se hallaba muy debilitada. Además, los británicos dieron a entender a Dinamarca que no debía contar con la ayuda aliada. Cuando el ataque alemán era ya inminente los daneses no se movilizaron. Y cuando el ataque se produjo, sólo se dieron resistencias esporádicas, breves, meramente formales. El gobierno y el Rey cedieron y los alemanes prometieron respetar el estado de cosas existente (se mantuvieron incluso pequeños contingentes del ejército). Los alemanes no impusieron ningún gobierno fascista, y una coalición de todos los partidos políticos gobernó el país hasta que las exigencias alemanas fueron aumentando y la situación fue deteriorándose, y comenzaron a aparecer focos de protesta, pero esto forma parte de la historia de la resistencia. La conquista de Dinamarca fue considerada un acto casi gratuito, pero sirvió para facilitar la defensa de las líneas de comunicación entre Alemania y Noruega. Una consecuencia de la invasión de Dinamarca fue la ruptura de los vínculos constitucionales existentes entre este país y su posesión atlántica de Islandia. El 10 de mayo, además, los británicos ocupaban militarmente la isla para evitar un posible intento alemán en el mismo sentido.
contexto
La nulidad de Gamelin, comandante en jefe de los ejércitos de Francia, era opinión común entre todo el generalato francés. Gamelin lo mismo pudo "ser general, que prefecto, que obispo", decía de él Paul Reynaud, primer ministro francés, que hubiera deseado deshacerse de sus servicios, pero no podía porque el general estaba apoyado por el ministro de Defensa, Daladier, y en aquel gabinete, constituido el 30 de marzo de 1940, el equilibrio político era tan precario, que cualquier movimiento brusco hubiera promovido una crisis. El 9 de mayo, sin embargo, Reynaud sintió que había llegado la ocasión. Tras el fracaso de las fuerzas expedicionarias aliadas a Noruega, se reunió aquel día el Consejo, que juzgó muy duramente la dirección de Gamelin. Ni las fuerzas fueron enviadas a tiempo, ni se eligió a las más adecuadas, ni la preparación era idónea, ni las armas fueron apropiadas y, ni siquiera, el suministro de municiones resultó correcto... Gamelin quedó sentenciado y el Gabinete, desintegrado por la crisis, estaba dimitido, a expensas de la formal presentación al Presidente de la República... Ese mismo 9 de mayo, salió Hitler de Berlín en automóvil. A las 4,38 tomó un tren hacia Hamburgo, pero al caer la noche, el tren invirtió su marcha y comenzó a rodar velozmente hacia el sur, hacia Hannover, a donde llegó a las 9 de la noche. Sólo Hitler y sus más próximos colaboradores conocían el destino de aquel misterioso tren, que no paraba en ninguna estación y que, para mayor seguridad, había dado marchas y contramarchas hasta alcanzar, hacia las 4 de la madrugada, la estación de Euskirchen, al suroeste de Bonn. Luego, en automóviles que esperaban camuflados en aquella pequeña población, Hitler y sus acompañantes recorrieron la zona de Hohe Eifel, de cuyos pueblos habían sido eliminados los carteles indicadores. A las 5,30 de la mañana del 10 de mayo llegó el grupo a una pequeña colina, donde una posición antiaérea les sirvió de refugio. Amanecía. Un sordo rumor avanzaba por todos los valles próximos: la Werhmacht se acercaba a la frontera belga. A las 5,35, un inmenso trueno comenzó a nacer en el este y avanzó agrandándose hacia el oeste: centenares de aviones de la Lutwaffe cargaban contra Bélgica. Lieja estaba a menos de 50 kilómetros en línea recta. Hasta el refugio de Hitler, tenso y pálido por la emoción y con la mirada perdida en las tierras belgas contiguas a la frontera, comenzaron a llegar los primeros rugidos de la artillería. Había comenzado la guerra en el oeste: la guerra. En Francia ya no fue posible reemplazar a Gamelin. El gabinete de Reynaud no presentó la dimisión: había que unirse ante el peligro. Pero ya era tarde. Gamelin ordenó poner en marcha el plan D, pues según su criterio y el de sus más próximos asesores, los alemanes volvían a reeditar el Plan Schlieffen y el Plan D, para todos aquellos generales de la vieja escuela, era la mejor manera de contrarrestar el ataque alemán. Por tanto, los anglo-franceses pudieron penetrar en el territorio de la neutral Bélgica porque había sido invadida. El Primer Grupo de Ejércitos -General Billotte- giró hacia la derecha sobre el eje de Sedán, el VII Ejército -Giraud- avanzó por Bélgica hacia la frontera de Holanda, para apoyar a los ejércitos neerlandeses si fueran atacados. La Fuerza Expedicionaria Británica -9 divisiones mandadas por el general Gort- penetró en Bélgica para tomar posiciones en el Dyle, al este de Lovaina y Wavre, protegiendo Bruselas; el I Ejército -Blanchard- era el mejor equipado de los franceses, pues según los planes de su Estado Mayor estaba destinado a sufrir el impacto más importante del ataque alemán entre Wavre y Namur. Inmediatamente más al sur se estableció en IX Ejército (Corap) que debía defender un largo frente situado tras Las Ardenas, desde Namur hasta casi Sedán. Finalmente, enlazaba con éste el II Ejército -Huntziger-, que guarnecía el frente hasta Longwy, extremo izquierdo de la formidable línea Maginot. No insistiremos, porque específicamente se ha hablado de ello en el anterior capítulo, sobre el descalabro belga en el Canal Alberto y su repliegue precipitado hacia el Dyle Mosa, cinco días antes de lo que calculaba el mando franco-británico. La precipitación belga ya se ha estudiado, pero hay que añadir que la improvisación aliada no hubiera sido compensada con una mayor resistencia de los belgas: sobre el Dyle no se habían hecho grandes fortificaciones y, sobre todo, allí no iban a atacar los alemanes, que, como también se sabe, sólo lanzaron ataques de tanteo en la zona.
contexto
Pese a su breve duración, la campaña de Polonia había fatigado a los alemanes, que habían salido de ella con bastante menos material y levemente desorientados por la fácil victoria y por las deficiencias observadas. Todo ello agravado por el clima de suspense respecto a las intenciones de los hasta ahora inoperantes aliados. Ahora, precisamente, se trataba de llevar la guerra contra ellos. Ya en septiembre se habían barajado algunos planes de ofensiva, pero Alemania no había atacado todavía y la "Sitzkrieg" o "drôle de guerre" continuará durante varios meses. Tanto Hitler como el comandante en jefe del ejército alemán. Walther von Brauchitsch, no saben cuándo atacar y dónde, pero sí saben que hay que hacer algo. Finalmente, en octubre se elabora el Plan Amarillo o ataque a Francia y Gran Bretaña, con cierta prisa, pero sin entusiasmo, simplemente para aprovechar la pasividad aliada. El Plan consiste en atravesar Bélgica, llegar a la región Gante-Brujas para evitar un ataque aliado contra el Ruhr, y aproximarse a las costas británicas y a la frontera francesa, pero sin que esté prevista ninguna acción de envergadura ni mucho menos la destrucción de los ejércitos enemigos. En la frontera con Holanda y Bélgica se hallan los ejércitos del Grupo B de von Bock; en lo que queda de frontera belga y en la luxemburguesa se halla el Grupo A de Rundstedt; en la porción sur, en la frontera francesa, el Grupo C de Leeb. Para el historiador británico A. Horne el plan era un esquema "mezquino, tan conservador y tan poco inspirado, que parecía ideado por un Estado Mayor británico o francés de los años de entreguerras, con objetivos menos ambiciosos que los del Plan Schlieffen de 1914", al que por otra parte se parecía mucho. Hitler, por el contrario, va a mostrarse más original que sus generales. Aun aceptando en general el Plan, no dejará por ello de criticarlo e introducirá, sin consultar con Brauchitsch, novedades -empleo de carros y aviones en masa sobre un frente extenso, y de planeadores y paracaidistas- la principal de las cuales es un ataque en el Mosa, al sur de Lieja (Bélgica), el paso del río, y luego penetración hacia Reims y Amiens, ya en Francia. Brauchitsch aceptará a regañadientes. Pero por el momento, todo está en el aire y no se ha llegado a ninguna decisión final. A fines de octubre el Plan, con todo, prevé acabar con las fuerzas francesas en el Somme -pero había que pasar por Holanda y Bélgica- y abrirse paso hasta el Canal de la Mancha. Aun con este plan, el centro de gravedad de la ofensiva seguiría siendo la penetración por Bélgica y Holanda, misión que sería confiada al Grupo de Ejércitos B, de von Bock, pero, una vez más, Hitler añadió una novedad: la posibilidad de alcanzar Francia a través de las Ardenas belgas, llegando a Sedán (Francia), sin tener que atravesar Luxemburgo. Pero este plan tampoco cuajó en algo concreto. La preocupación de los militares aumentaba, pues las indecisiones desmoralizaban a los oficiales y se corría el riesgo de tener que hacer frente de improviso a un ataque aliado. Por otro lado, las prisas de Hitler tampoco gustaban a los mandos, que preferían esperar, pero reforzándose y preparándose mejor. De ahí el plan presentado por Rundstedt (noviembre), elaborado en gran parte por von Manstein, jefe de su plana mayor, que coincidía en buena medida, sin ellos saberlo, con el de Hitler, y que fue presentado a éste. Consistía en reforzar el centro, es decir, el Grupo A de Rundstedt, atravesar las Ardenas, rodear a los aliados (que, seguramente, penetrarían en Bélgica para hacer frente a los alemanes), cruzar el Mosa al sur de Namur, y luego dirigirse hacia Arras y Boulogne (Francia), ya en la costa. Pero por el momento nada de esto se hizo, debido a que el plan no coincidía en un cien por cien con el de Hitler, por la oposición de Brauchitsch, y, además, por el mal tiempo. A fines de diciembre ni Hitler ni Brauchitsch sabían muy bien todavía qué hacer. Pero los generales, en particular Rundstedt y Manstein, seguían insistiendo en su plan, que iban perfeccionando. El cruce del Mosa se efectuaría en Dinant, en Bélgica, y luego el Grupo A, encabezado por las fuerzas acorazadas de Guderian, se dirigirían hacia el sur, pero sin olvidar la penetración hacia Sedán. En enero el tiempo mejoró y empeoró varias veces, lo que mantuvo indecisos de nuevo a los militares, a quienes Hitler se refería insultantemente por sus dilaciones. Mientras los mandos perfeccionaban el Plan Amarillo, al que ahora se añadían de nuevo paracaidistas y masas de aviones, algunos documentos de éste cayeron en manos francesas, lo que convenció a los mandos aliados de que los alemanes repetirían los movimientos de 1914 a través de Bélgica. Al saberlo los alemanes, hubieron de cambiar los planes, invirtiéndolos, y aceptándose por tanto el Plan Manstein -enero-, arriesgado pero de sorpresa casi garantizada: penetración por las Ardenas, acciones sólo demostrativas en Holanda y Bélgica septentrional, y penetración por el punto débil del despliegue aliado, entre Namur y Sedán. Era un buen plan, como se verá luego, y en él los alemanes van a poner en práctica de nuevo el Blitzkrieg (empleo de carros, aviación e infantería-artillería como un todo orgánico, utilizado rápida y enérgicamente, con gran movilidad) pero ahora contra un enemigo comparable a los alemanes. Para el cruce del Mosa se disponía de siete de las diez divisiones blindadas del ejército alemán, que irían en vanguardia. Mientras el Grupo A se reforzaba con nuevas divisiones tomadas de los otros grupos, pasando de 22 a 45; el Grupo B pasaba de 43 a 29; y el C dispondría de 17. El plan se ultimó el 24 de febrero, y se lo denominó Operación Golpe de Hoz, dentro del Plan Amarillo. Los militares habían conseguido posponer la ofensiva algunos meses y con ello mejorar la preparación, que ahora era muy minuciosa. Hitler se había avenido a escuchar y había aceptado el nuevo plan. Si, como dice H. Michel, el plan alemán tenía éxito, los aliados quedarían separados en dos porciones, una de ellas embolsada en Bélgica y Holanda. El plan de las Ardenas era arriesgado, a causa de las escasas y malas carreteras, y porque los aliados podían literalmente aplastar a los alemanes en ese área antes de que saliesen de ella. Asimismo, si las tropas alemanas quedaban detenidas en el Mosa podían verse en aprietos, lo mismo que cuanto atacasen en dirección al mar, pues podían verse envueltas por la derecha y la izquierda por los aliados. En la segunda mitad de marzo todo está a punto, pero la "prioridad noruega" obliga a posponerlo de nuevo, para mayo. Hitler, todavía traumatizado por las inútiles batallas "igualadas" de la Gran Guerra, confía a Mussolini que "Alemania marcha hacia en oeste con tres veces más tropas que en 1914". Preocupación sensata, pero, como veremos, innecesaria.