La Hispania de la Antigüedad tardía, y más precisamente la de finales del siglo V hasta principios del siglo VIII, ofrece un panorama histórico, cultural, económico y social muy semejante al del resto de las provincias del desaparecido Imperio romano. A pesar de ser la zona más occidental y situarse en el último punto del mundo conocido, su problemática histórica se inserta directamente en la historia mediterránea y europea. El cristianismo había empezado tiempo antes a transformar lentamente los comportamientos sociales, tanto en los núcleos urbanos como en las zonas rurales. Sin embargo, en unos y otros ámbitos siguen perviviendo modos y formas paganos. Las altas capas sociales romanas, procedentes de las familias senatoriales, siguen -en determinados casos- persistiendo en su tradición pagana, puesto que esta actitud responde a una precisa concepción del modo de vida, basada en el otium. Las grandes propiedades rurales, con una parte dedicada a la explotación agrícola y ganadera y otra residencial, son el espacio ideal para vivir el otium como una forma de cultura. Los mosaicos pavimentales de estas grandes villae reflejan ese modo de vida, la persistencia de las viejas costumbres romanas, como reacción frente a la cultura cristiana. En definitiva, con mayores o menores logros, la diocesis Hispaniarum se había convertido en un territorio sustancialmente romanizado, aunque hubiera zonas de romanización bastante superficial; su sociedad estaba organizada de acuerdo con las reformas que la administración imperial había introducido a partir de Diocleciano, a las que se había adaptado; y era, a su vez, un territorio bastante cristianizado, aunque hubiera supervivencias de creencias y manifestaciones paganas. En Hispania, como en otros lugares, había tenido lugar el proceso de asimilación y desarrollo de la cultura latina. Tras un siglo de relativa paz y prosperidad -por utilizar la afirmación de J. Arce- como el siglo IV, la situación se deterioraría a partir del año 409, debido al traslado de las luchas imperiales al territorio de Hispania y a la penetración de los primeros pueblos bárbaros: suevos, vándalos asdingos, silingos y alanos. Es dentro de este horizonte, y una vez que el poder del Imperio de Occidente se ha extinguido en la práctica totalidad, en el que se establecerá definitivamente en Hispania esa nueva gens, esa nueva comunidad, la visigoda, que ya a lo largo del siglo V, desde su asentamiento de Tolosa había penetrado como colaboradora del Imperio en diversas expediciones. Dicha gens, como veremos, no era ajena en absoluto al mundo latino. Su instalación y posterior desarrollo en la geografía peninsular supone la culminación de un largo proceso de aculturación, iniciado a partir del momento en que empiezan las migraciones desde el septentrión atravesando la frontera del Danubio en el año 376. Su asentamiento definitivo en Hispania, a partir del año 507, tras las mencionadas épocas de inestabilidad y luchas abiertas, condujo a la creación de un reino estable donde hispanorromanos y visigodos quedaron integrados en grandes unidades territoriales. La integración vino favorecida por el abandono del arrianismo y la conversión al catolicismo, proceso que, no obstante las graves controversias entre ambas religiones, ya habría iniciado un primer acercamiento al convertirse los bárbaros al cristianismo arriano. Con el paso del tiempo y el desmembramiento de la rígida y compleja administración del Imperio, las jerarquías gubernamentales van siendo sustituidas por otras sólidas jerarquías, esta vez monárquicas y eclesiásticas. La aparición del poder regio supondrá el afianzamiento definitivo de la Iglesia dentro de la política estatal. Sin embargo, ese reino teóricamente estable -que, sobre todo desde mediados del siglo VI, vive una época de cierta uniformidad-, con el tiempo habría de soportar el peso de dos tendencias opuestas: la unificadora, territorial y política, que optó por nombrar a Toledo como sede regia, en competencia con otras ciudades, y que acuñó el concepto de gens et patria Gothorum -utilizado por minorías cultas-, y la disgregadora, puesta de manifiesto a cada paso de la evolución política, a través de las luchas de familias o grupos nobiliarios por el poder y la sucesión al trono; lo que llevó a no pocas acciones violentas y usurpaciones, y condujo inevitablemente a un progresivo deterioro de esa estabilidad y a una atomización de facto del poder oficial.
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Un aspecto de primera importancia para comprender los Estados Unidos de fines de los cuarenta y los cincuenta es el fenómeno de la histeria anticomunista. No fue un fenómeno nuevo, pues ya había existido tras la Primera Guerra Mundial, en 1919-1920. Además, nació, en realidad, antes del final del conflicto e incluso del estallido de la Guerra Mundial. La HUAC -"House on Unamerican Activities Comittee"-, es decir, el comité parlamentario para perseguir las actividades "antiamericanas"- fue establecido en 1938 y en 1940 se aprobó la Smith Act persecutoria de los defensores del comunismo; éstos eran los momentos en los que el comunismo soviético parecía un aliado firme de los nazis. Sin embargo, fue en la posguerra cuando todas esas actitudes se demostraron más peligrosas en la vida política y cultural norteamericanas, porque tanto el FBI como la CIA, organismos que en teoría debían servir para la defensa de las libertades personales, fueron empleados en sentido contrario de lo que debía ser su propósito auténtico. Edgar Hoover, que estuvo al frente del primer organismo casi medio siglo, se caracterizó por el empleo de procedimientos carentes de todo tipo de escrúpulos. Obseso del orden y la rutina, apasionado por los rumores insignificantes, sobre todo si se referían a la vida sexual de los presuntos subversivos, fue utilizado sucesivamente por todos los presidentes norteamericanos. Truman, el primero de ellos, llegó a pensar que "esto debe acabar" pero acabó por utilizar estos servicios. El temor al peligro comunista no hizo otra cosa que crecer a partir de mediados de los años cuarenta y estaba ya consolidado en 1949, cuando la Administración tomó la decisión de construir la bomba de hidrógeno y llegar a una nueva política general con respecto a la URSS. Una serie de incidentes, que tenían un aparente fundamento pero que en realidad fueron muy exagerados, contribuyeron a una histeria anticomunista que se trasladó al conjunto de la sociedad norteamericana. Ya en 1945 se planteó el asunto del periódico Amerasia, partidario de los comunistas chinos, al que se descubrió que poseía documentación secreta. Vinieron a continuación los interrogatorios públicos realizados por la HUAC a todo tipo de personas conocidas, principalmente relacionadas con el mundo cultural y cinematográfico. Las comparecencias les parecieron a muchos de quienes las sufrieron una especie de sucesión de llaves de judo: si, por ejemplo, los interrogados recurrían a la quinta enmienda de la Constitución para no responder acerca de lo que no eran más que sus relaciones personales con otros miembros de su profesión, ésa, para quienes preguntaban, era la señal de que algo tenían que ocultar y, por lo tanto, entraban en las listas negras que les impedían en muchos casos trabajar. En 1947 se produjo una agresión en toda regla a Hollywood. Hubo personas que colaboraron con todo entusiasmo con el fervor persecutorio anticomunista como Gary Cooper, Walt Disney o el, por entonces, actor Ronald Reagan. Otras se negaron a responder y lograron el apoyo de artistas como Lauren Bacall, Kathreen Hepburn o Danny Kaye. Algunas figuras del espectáculo como Frank Sinatra o Judy Garland protestaron en contra de esos furores inquisitoriales. Pero quienes se habían negado a responder, junto con otras 240 personas, fueron puestos en listas negras y sufrieron en mayor o menor grado en sus carreras profesionales el hecho de haber tenido amistades supuestamente poco recomendables, aunque la mayoría de ellos no tenían nada de comunistas. Figuraron entre los presuntos subversivos personas como los actores Edward G. Robinson y Orson Welles, el director de orquesta sinfónica Leonard Bernstein y el cantante de música "folk" Pete Seeger. Desde 1948 hubo también expulsiones de comunistas de sus puestos en todos los grados de la enseñanza; aunque sería exagerado decir que hubo un auténtico terror por este motivo, se puede calcular que unos 600 profesores perdieron sus puestos. Sobre el creciente anticomunismo de la sociedad norteamericana da cuenta el hecho de que, en 1947, el 61% de los electores era partidario de la ilegalización del partido comunista pero, sobre todo, la realidad de que auténticas fortunas individuales en el campo político fueran conseguidas a base de esgrimir un anticomunismo. Este fue el caso de Mc Carran, uno de los más conspicuos defensores del régimen de Franco en el Congreso norteamericano. También Richard Nixon, el futuro presidente, se inició en la política norteamericana con esta actitud, identificando incluso el antiamericanismo con la propensión de que el Estado se entrometiera excesivamente en la vida de los ciudadanos, de modo que una actitud muy característica del partido demócrata podía ser asimilada a una peligrosa deriva hacia el comunismo. Nixon, por ejemplo, jugó un papel importante en el caso de un funcionario prestigioso, Algernon Hiss, denunciado por un antiguo comunista Whittaker Chambers. Ambos personajes eran la antítesis y todo parecía favorecer al primero desde el punto de vista de su fiabilidad, pero acabó siendo condenado por perjurio a tres años de cárcel, aunque nunca reconociera sus culpas. Casos como éste fomentaron la histeria anticomunista porque dieron la sensación de que existía una conspiratoria penetración de espías en los niveles más altos de la Administración norteamericana gracias a una fuerza poderosa y tentacular. La verdad distaba mucho de esta descripción. En 1949 el partido comunista era, en realidad, una fuerza despreciable y ni siquiera recibía ayuda alguna de la URSS. Los dirigentes comunistas fueron finalmente procesados en 1951 cuando su influencia había quedado reducida a la nada. En 1956 había 5.000 comunistas en Estados Unidos y el número de agentes del FBI infiltrados en su interior era tan grande que, si hubiera querido, el propio Edgar Hoover hubiera podido convertirse en su presidente. A estas alturas había pasado ya el momento peor de la histeria anticomunista pero todavía no había desaparecido por completo del horizonte quien quedó principalmente identificado con ella, el senador por Wisconsin, Joe Mc Carthy. En realidad Mc Carthy fue un tardío llegado a este fenómeno pero también quien más se benefició de él. En febrero de 1950, Mc Carthy denunció doscientos supuestos casos de comunistas infiltrados que trabajarían en el Departamento de Estado. Era, en realidad, un mentiroso patológico dispuesto a inventarse un pasado de héroe de guerra del que carecía y fabular conspiraciones de las que nunca ofreció pruebas. Bebedor, con un escaso balance positivo en su trayectoria en el Senado, necesitaba buenos argumentos para ser reelegido. Su estrategia consistió siempre en argumentar a base de documentos que no revelaba porque decía que eran secretos. Nunca identificó a un solo subversivo y, además, éstos en realidad no le interesaban sino para armar ruido. Sus adversarios reales eran personas pertenecientes al "stablishment" liberal de la costa Este, como Dean Acheson, de quien abominaba de sus pantalones a rayas y su acento inglés. Pronto logró un apoyo populista entre quienes pertenecían a medios sindicales y culturales muy distintos y veían en Washington una administración lejana y prepotente. Lo que más llama la atención de Mc Carthy es el éxito que logró pese a la endeblez de sus argumentos. Una encuesta aseguró, a comienzos de los cincuenta, que el 84% de los norteamericanos le había oído y el 39% pensaba que sus denuncias tenían al menos una parte de razón. Sin duda, tuvo el apoyo de Taft, la figura más prominente de los republicanos conservadores, pero también el futuro presidente Kennedy pensó que podía haber algo de verdad en sus acusaciones. Sólo en 1954, durante algunos meses, las encuestas parecieron probar que una mayoría de los norteamericanos consideraba que podía tener razón. Pero a estas alturas ya unas decenas de miles de personas habían perdido sus puestos de trabajo, unos centenares fueron encarcelados, unos ciento cincuenta fueron deportados y dos -los Rosenberg, acusados de ser espías a favor de la Unión Soviética- fueron ejecutados, con motivos o sin ellos. Lo peor, sin embargo, del ambiente creado por la histeria anticomunista fue que polucionó el debate político e impidió la difusión e incluso la subsistencia de cualquier causa progresista que pudiera ser acusada, por remotamente que fuera, de tener que ver con el comunismo. Como es lógico, la histeria anticomunista tuvo un inevitable impacto en el mundo de la cultura. Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo (1951), estableció una fundamentada identificación entre el nazismo y el comunismo mientras que en la película La invasión de los ladrones de cuerpos (1956) se establecía una metáfora de los temores anticomunistas a través de unos seres extraños y perversos de los que se temía que llegaran a apoderarse del mundo. En la alta cultura de estos años un tema recurrente fue el enfrentamiento del individuo contra el sistema, como se demuestra en la obra de Tenessee Williams o en Arthur Miller, pero también en los personajes cinematográficos de actores como Bogart y Dean. Los años de la posguerra fueron también un período de un extraordinario desarrollo de la educación en todos los niveles. Además, el liderazgo norteamericano en muchas parcelas de la vida social se transmitió también al mundo de la cultura. En los quince años posteriores a la Guerra Mundial el número de orquestas sinfónicas se duplicó. Jackson Pollock, la figura más significada del expresionismo abstracto, se convirtió en una especie de héroe nacional y Nueva York en la capital de las artes plásticas contemporáneas, sustituyendo al París de otros tiempos. No obstante, fue la cultura popular aquel terreno en el que la primacía norteamericana resultó más evidente y abrumadora. La temprana difusión de la televisión convirtió a una de sus actrices, Lucille Ball, en personaje tan popular como para competir en audiencia pública con Eisenhower el día en que éste tomó posesión.
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La historia antigua del Mayab Diego de Landa encontró en Yucatán una cultura viva y una civilización en ruinas. De la sagacidad del franciscano para separar ambos conceptos hay buenas pruebas en su obra; los conquistadores habían combatido denodadamente, y con irregulares resultados, tratando de dominar a varios grupos sociales que eran sólo herederos empobrecidos de lo que tiempo atrás fue una brillante civilización. Cualquier observador atento podía percibir entre la floresta de la península los vestigios de inmensas ciudades abandonadas, altísimas pirámides y ornamentados muros cubiertos de vegetación salpicaban el paisaje aquí y allí, como mudos testigos de una remota época de esplendor. La memoria histórica de los indígenas, la tradición oral, o la información que figuraba en los libros pintados, apenas abarcaba escasas centurias, cuando los señores del país habitaban Mayapán o Chichén Itzá. El resto se confundía con los mitos o estaba rodeado de una oscuridad impenetrable; si un maya del siglo XVI era preguntado por las soberbias construcciones de Uxmal o por la identidad de las solemnes figuras que llenaban las estelas erigidas de costa a costa, acudían en tropel a su mente los viejos cuentos que entremezclaban noticias de poderosos gobernantes de antaño con espíritus, magos y hechiceros, profecías sobre la destrucción del mundo, máximas morales y alguna que otra fabulosa experiencia personal. El conocimiento que entonces existía sobre Tikal, el más opulento reino de la antigüedad, era semejante al que mostraron ante Layard los beduinos que excavaban para él la colina de Nemrod. Y, sin embargo, no es posible comprender la cultura de los mayas tardíos --el período que los arqueólogos denominan Postclásico (900-1542 d. C.)-- sin tener en cuenta los quince siglos que habían transcurrido con anterioridad. Es por eso que el manuscrito de Landa representa únicamente el acto postreto de un drama iniciado mucho tiempo atrás, y es por eso también que parece ineludible resumir en unas cuantas páginas apretadas los principales sucesos acaecidos desde que las tribus de agricultores aldeanos elevaron los primeros templos de piedra por encima de los árboles de la selva tropical. El escenario no ha sufrido modificaciones sustanciales. La base de la península de Yucatán es el territorio actual de Guatemala, Belice y los Estados mexicanos de Chiapas y Campeche. Los ríos Usumacinta y Motagua forman los lados inferiores del enorme triángulo maya, y en sus proximidades se asentaron las poblaciones protagonistas de la futura evolución hacia las jefaturas y los reinos clásicos. Los suelos son delgados y están amenazados constantemente por la erosión, las fuertes lluvias tropicales convierten en pantanos extensas zonas, la vegetación exuberante se renueva en rápidos ciclos dejando gruesas capas de materia orgánica putrefacta, y, finalmente, la vida animal prolifera bajo todas las apariencias y características imaginables. A medida que se asciende hacia el norte la pluviosidad decrece, el bosque achaparrado sustituye al de galería, y desaparecen las corrientes de agua superficiales. En la costa más septentrional el ambiente es casi desértico, con plantas xerófitas y dilatados arenales. Lagunas, manglares, manchas de sabana y modestas sierritas de escasa elevación, son otros rasgos típicos de la región. En conjunto, la fisiografía del área maya no invita al poblamiento denso y es un obstáculo formidable para que surjan organizaciones sociales complejas, verdaderas aglomeraciones urbanas y poderes políticos centralizados. De hecho, en todos los medios semejantes de la tierra los casos de antiguas sociedades civilizadas selváticas se pueden contar con los dedos de una mano. Pero fue en esa región hostil donde las gentes del siglo V antes de nuestra Era comenzaron a levantar la más admirable de todas las civilizaciones americanas precolombinas. Descubrimientos recientes confirman la presencia de seres humanos en el territorio maya desde, al menos, nueve mil años antes de Jesucristo. Las exploraciones del prehistoriador Richard S. MacNeish en diversos lugares de Belice, aunque necesitadas de ulterior desarrollo y de más precisas dataciones, han proporcionado suficientes indicios de ocupación paleolítica, y ello, unido a los datos obtenidos en cuevas de profunda estratigrafía, como la yucateca de Loltún, permite cerrar definitivamente la larga polémica sobre la antigüedad de los primeros asentamientos. El sedentarismo y la producción controlada de alimentos vegetales fueron fenómenos gestados a lo largo de varios milenios, pero en el 2000 a. C. ya existían aldeas agrícolas como la de Cuello, en Belice, donde los labradores contaban con los utensilios típicos de la roza tropical y fabricaban una cerámica de gran calidad. El perfeccionamiento de las técnicas de cultivo, el recurso nunca olvidado de la caza y la recolección de frutos o plantas silvestres, y las transformaciones internas de unas comunidades que crecían y dominaban mejor su medio, dieron origen quince siglos después a las primeras jefaturas, es decir, agrupaciones sociales no igualitarias organizadas bajo un régimen jerárquico. Entonces empezó la construcción de los conjuntos monumentales llamados centros ceremoniales, expresión seguramente de las ideas religiosas que sustentaban el nuevo orden. Los sitios ejemplares de esta etapa formativa son El Mirador y Cerros, aunque en seguida podríamos añadir Tikal, Dzibilchaltún y otros más o menos distantes entre sí. La arquitectura de piedra es el indicador principal de los profundos cambios; templos sobre basamentos troncopiramidales, edificios de aspecto palaciego, juegos de pelota, capillas o adoratorios, y plataformas de desconocida función, constituyen el grueso de las obras en esos centros focales del poder y de la ideología. Centenares de trabajadores debieron ser movilizados durante meses, para acarrear los materiales y dar forma a los majestuosos espacios sagrados, todos ellos obedientes a una sola autoridad cuyas prerrogativas se extendían sin duda a la gestión de los asuntos económicos, la exacción tributaria, el arbitraje de los litigios, la orientación religiosa y la dirección de la guerra. Alrededor del comienzo de la Era cristiana llegaron al corazón de las tierras bajas mayas --el área del moderno departamento guatemalteco del Petén-- las influencias de una cultura que había madurado en sectores de la vertiente costera del Pacífico y en el altiplano; portadores de la escritura jeroglífica y de la costumbre de labrar estelas y altares, y haciendo uso de complicados procedimientos cronológicos, esos emigrantes bien pueden ser considerados los fundadores de la época clásica. Su origen es todavía objeto de controversias; al parecer, los olmecas del litoral de Veracruz y Tabasco penetraron profundamente hacia el sur y sureste durante el primer milenio antes de Jesucristo, y algunos de sus rasgos culturales característicos, mezclados con otros de Oaxaca y Guatemala, acabaron por germinar en los sitios de Izapa, Abaj Takalik y Kaminaljuyú, ocasionando aquellas ideas acerca de la vida social y de la cosmología que luego fueron trasplantadas a las selvas del lado norte de las cordilleras. Los mayas de la cuenca del Usumacinta, del Petén y Belice, adoptaron con prontitud tales innovaciones a las que no eran ajenas sus propias líneas de desarrollo; el año 292 de nuestra Era los moradores de Tikal erigieron la más antigua de las estelas de piedra con inscripción de Serie Inicial --que así se llama el procedimiento maya de computar el tiempo transcurrido desde un punto de origen convencional-- que se conoce en la región, y con ella dio comienzo el período de apogeo. Los arqueólogos dividen esta etapa de seis siglos aproximadamente, en tres partes. El período Clásico Temprano se distingue por la consolidación de la estructura cultural integradora de los distintos elementos que habían confluido en las tierras bajas nucleares: una sociedad diversificada de agricultores y comerciantes cuyos rasgos básicos eran las relaciones de parentesco y de rango, una religión politeísta, que legitimaba el poder absoluto de los gobernantes y que tenía como pilares el culto a los antepasados y una cosmovisión determinada por conceptos cronológicos, y la expresión tangible de todo ello, los centros ceremoniales con multitud de edificios distribuidos por la floresta, la escultura monumental con las efigies de los reyes y de los dioses, las pinturas murales, los suntuosos enterramientos, la escritura jeroglífica, las observaciones astronómicas y los meticulosos cálculos aritméticos. Entonces se dejó sentir también la presencia de gentes venidas de las lejanas montañas del centro de México; los teotihuacanos, que habían levantado un vasto imperio económico y político, penetraron en la selva y establecieron colonias en diferentes lugares, tomando tal vez a Tikal por sede de sus capitanes y embajadores. La acción y el prestigio de Teotihuacan fueron tan profundos que ciertos aspectos de su cultura perduraron entre los mayas aun después de la caída y destrucción de la poderosa metrópoli. Hay científicos que aseguran que fue precisamente el hundimiento de ese colosal imperio mexicano la causa del paréntesis que cierra la primera parte del período Clásico. En efecto, a lo largo del siglo VI se aprecia una crisis de gran magnitud en el sur del Mayab que puede estar conectada con la retirada paulatina de los mercaderes teotihuacanos ante la debilidad de su gobierno y la inseguridad de las rutas. Graves acontecimientos debieron suceder en Tikal y otras ciudades, pues se interrumpe la creación de estelas, signo inequívoco de disturbios sociales y alarmas ideológicas. El siglo de hierro de la historia maya, cuya luz mortecina apenas llega hasta nosotros a través de escasos vestigios arqueológicos, termina sin embargo tan abruptamente como empezó, dando paso a la época de mayor esplendor. Hacia el año 590 los pobladores de la jungla recuperan su identidad nacional, fortalecen las viejas tradiciones y se agrupan bajo el poder de monarquías hereditarias de derecho divino que van a impulsar los logros materiales e intelectuales hasta extremos sorprendentes. Es el período Clásico Tardío. El incremento demográfico se hace ostensible, nuevas construcciones se emprenden por doquier, aumenta la producción de los campos y se ponen en práctica audaces e ingeniosas técnicas para aprovechar los pantanos y las laderas de las colinas, florece el arte y los sabios sacerdotes se entregan sin pausa a la astrología y a las matemáticas. Ciudades-Estado o reinos de regular extensión se reparten el territorio, no sin encarar frecuentes conflictos con sus vecinos; la guerra es una actividad que otorga reputación y abundantes beneficios, y en algunas zonas fronterizas o de especial interés estratégico los señores se ven obligados a acometer campañas militares casi constantemente. Por eso, los símbolos de la gloria de los monarcas de Yaxchilán, Piedras Negras o Bonampak son, sobre todo, la lanza y el escudo. De igual modo, los dioses guerreros van adquiriendo mayor relieve en el panteón; se llevan a cabo sacrificios humanos, a los cautivos se les arranca el corazón o se les humilla con torturas y despojándoles públicamente de sus insignias de rango. En este momento se realizan las obras más grandiosas y bellas: la cripta del Templo de las Inscripciones de Palenque, los frescos de Bonampak, los inmensos templos I y IV de Tikal, las mayores estelas de Quirigúa, los relieves de la Acrópolis de Copán, el Palacio del Gobernador y el Cuadrángulo de las Monjas de Uxmal, el arco de Labná, el Palacio de Sayil, la calzada que une Cobá con Yaxuná, por citar sólo unos cuantos ejemplos de la fiebre constructora y el apogeo artístico que caracterizan los siglos VII y VIII d.C. Bien se puede afirmar que los bosques que cubrían la península estuvieron en trance de desaparecer ante el empuje de los labradores y los canteros. Quien atraviese hoy con mirada despierta la enorme distancia que separa Seibal de Izamal, o Comalcalco de Lubaantún, no dejará de percibir ni por un instante las huellas devoradas por la vegetación de lo que fue una explosión de actividad y de vida, y si su mente es sensible a la voz de las ruinas podrá imaginar el bullicio de los poblados y los cánticos solemnes de los sacerdotes que ascendían las escalinatas de las pirámides. Mas de pronto, como segada por una fuerza incontenible, la civilización se detiene y retrocede. Las ciudades son abandonadas, la nobleza de sangre huye dejando atrás sus palacios y sus ancestros, los reyes renuncian al poder y se encaminan hacia un destino misterioso, los artistas arrojan sus herramientas de trabajo, los astrólogos clausuran para siempre sus observatorios y bibliotecas; en un lapso de cien años regresa el silencio y la selva destroza despiadadamente lo que habían sido lujosas habitaciones y ornamentados santuarios. No existe todavía una causa convincente y unánimemente aceptada para explicar semejante catástrofe, ninguna calamidad natural o social parece bastante poderosa para dar razón del fin súbito de la civilización clásica en la cúspide de su progreso y en tan dilatado territorio. Pero la realidad se impone con argumentos irrebatibles; uno por uno caen los reinos del Petén, Belice, Izabal, Honduras, Chiapas, Campeche, Yucatán y Quintana Roo, la población que permanece en las cercanías de los centros ceremoniales adopta un modo de vida tribal y de vez en cuando profana los antiguos lugares sagrados para saquear los templos, hacer ofrendas o dar modesta sepultura a sus muertos. Sólo en el norte de la península el extraño y enigmático fenómeno que acaba con la época clásica se manifiesta de manera amortiguada, siguen en pie algunas ciudades y el orden social no se resquebraja. Entre los siglos IX y X toda Mesoamérica, desde los ríos Pánuco y Lerma hasta el Ulúa, es sacudida por un gigantesco movimiento de pueblos cuyos orígenes y circunstancias son oscuros. Las fuentes históricas de los primeros tiempos de la colonia hacen mención de estos sucesos y de la confusión que produjeron, pero los relatos disponibles, puestos en el papel centurias más tarde, están llenos de ambigüedad y entretejidos con leyendas o fórmulas religiosas. Sabemos que aprovechando el hundimiento de Teotihuacan grupos seminómadas irrumpieron por el norte hacia las fértiles tierras del centre, de México, y que su avance suscitó nuevas luchas, emigraciones y pillajes; sin embargo, tales acontecimientos no bastan para justificar las notables perturbaciones que la arqueología descubre lo mismo en las altiplanicies que en las cálidas llanuras costeras o meridionales. Por lo que afecta a los mayas, apenas somos capaces de esbozar una secuencia inconexa de hechos y asociar a los principales ciertos nombres étnicos de impreciso contenido. Nuestra opinión es que unas gentes que podemos llamar genéricamente nonoalcas, habitantes hasta entonces del litoral comprendido entre los Estados actuales de Tabasco y Campeche, influidos a partes iguales por las culturas de México y del área maya, se expanden en varias direcciones, hasta las montañas y valles de Hidalgo y Tlaxcala, por la costa de Campeche camino del Puuc y Chichén Itzá, y por la cuenca del Usumacinta alcanzando la ciudad de Seibal. No existe certeza alguna en cuanto a las fechas de esas correrías, ni es posible asegurar la homogeneidad de las distintas tribus; lo evidente es que después del siglo IX los nonoalcas se hallan asentados en Tula (Hidalgo), los olmecas xicalancas en Cacaxtla (Tlaxcala), los itzaes en Chichón Itzá (Yucatán), un grupo anónimo --quizá los putún-- en Seibal (Petén), y, tal vez algo después, los quichés, cakchiqueles y tzutujiles en las montañas de Guatemala. Se abre así el período Postclásico, por tanto, con estos dos rasgos esenciales: desaparición de la vieja civilización de las regiones nucleares, sin que acertemos siquiera a conjeturar qué fue de los señores de Palenque, Yaxchilán, Tikal, Copán y demás capitales, y arribo a la mitad septentrional de la península de Yucatán de los portadores de una cultura fuertemente mexicanizada (entendiendo este calificativo como ideas y costumbres no mayas procedentes sobre todo de los altos valles y planicies de México). Los putún fundadores del enclave foráneo de Seibal evacuan el lugar en pocos años con el mismo sigilo con que lo ocuparon. Hay que añadir aún los fragmentos del mito de Quetzalcoatl que nos conciernen. Según las crónicas y tradiciones, el rey de los toltecas de Tula, llamado Ce Acatl Topiltzin Quetzalcoatl, se vio impelido a dejar su ciudad hacia mediados del siglo X, poniendo rumbo con sus partidarios a la costa oriental y terminando finalmente en Yucatán. Diego de Landa inicia las noticias históricas de la Relación hablando de este famoso personaje, al que los mayas denominaban Kukulcán (traducción literal del nombre náhuatl, es decir, serpiente quetzal o serpiente con plumas), y dice que es creencia de los indígenas que con los itzaes que poblaron Chichén Itzá reinó un gran señor llamado Kukulcán, que entró por la parte de poniente, aunque dudan si vino antes o después de los itzaes o con ellos. Desde luego, parece razonable suponer que Kukulcán acaudillaba una partida de nonoalcas expulsados de Tula por la fracción tolteca de los adoradores o seguidores de Tezcatlipoca, su oponente en el mito, o sencillamente por los representantes de las tribus inmigrantes del norte de México. Sea como fuere, lo importante es que la invasión, si debe ser separada de la de los itzaes, trajo consigo gobernantes extranjeros y nuevos modos de vida ajenos a los del período Clásico; el arte de Chichén Itzá, la primera capital de los acompañantes de Kukulcán, muestra con claridad el enfrentamiento y posterior fusión de ambas culturas, por ejemplo en las pinturas murales de batallas entre toltecas y mayas, o en la arquitectura del Templo de los Guerreros, donde las columnas serpentiformes exóticas conviven en perfecta armonía con los mascarones del primitivo dios local de la lluvia: Chac. Landa informa también que Kukulcán, o mejor, sin duda, uno de sus descendientes que portaba idéntico título, fundó más adelante otra ciudad, tratando con los señores naturales de la tierra que él y ellos se establecieran allí. Fue Mayapán, la urbe amurallada que sirvió de sede al último gran poder centralizado e independiente de la mitad norte de la península yucateca. Los arqueólogos suponen que Chichén Itzá perdió preponderancia hacia principios del siglo XIII, y que la recién fundada Mayapán heredó la supremacía merced a los pactos sellados entre los distintos grupos que se repartían a la sazón el país, algunos de los cuales tenían a su cabeza a los viejos linajes mayas. Las fuentes coloniales, por su lado, narran los conflictos intermitentes en que se enzarzaban unos señores y otros; cualquier percance podía desencadenar la rebelión o la guerra, pues a la fidelidad política se anteponía el sentimiento de solidaridad étnica celosamente guardado por las familias dirigentes. Y fue una de estas escaramuzas por el prestigio y los honores lo que provocó el levantamiento contra la dinastía Cocom de Mayapán a mediados del siglo XV, que tuvo como fatal desenlace el arrasamiento de la ciudad y la dispersión de los pobladores. Rotas las alianzas, afloraron otras rencillas y deseos de venganza; los ochenta años siguientes, hasta que los españoles impusieron su dominio, fueron de marcada decadencia, muy lejos ya el recuerdo de la época de esplendor, cuando se edificaban majestuosas pirámides para albergar a los soberanos difuntos y honrar a sus divinos antepasados. No obstante, a pesar de la desunión que imperaba en Yucatán, los conquistadores hallaron enconada resistencia en los caciques y reyezuelos de las diferentes provincias; el sometimiento de la península, de aquel mosaico de linajes nobles, mercenarios veteranos y acaudalados mercaderes, costó más tiempo y esfuerzo que el de México. Con la pacificación llegaron los colonos, los encomenderos y los frailes, las instituciones españolas y las medidas para apartar a los indios de sus hábitos y prácticas religiosas seculares. Entonces, cuando todavía los mayas no se habían repuesto de la terrible derrota, es decir, cuando aún trataban de entender la naturaleza del cataclismo que puso fin a su mundo, apareció en escena el franciscano Diego de Landa.
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La pintura de Historia fue probablemente el género más apropiado durante el romanticismo. Su temática era impulsada a través de los concursos y oposiciones académicas desde la segunda mitad del siglo XVIII. Así, en 1766, se exigió a Goya y a sus compañeros realizar como tema de concurso un episodio de la vida de la emperatriz Marta de Bizancio y, más tarde, en 1761, en Parma, su Academia le obligaba a plasmar el momento en que Aníbal pasa los Alpes. El género que conocemos como pintura de Historia surgió en el siglo XVIII bajo el patrocinio de la Academia francesa y con el apoyo de la monarquía para activar el patriotismo galo. Sin embargo, como tantas veces en el devenir histórico, las cosas tomaron otros giros. Así, David, dignificador del género, hizo -tal señala Argán- que en sus cuadros las figuras dejaran de ser símbolos o alegorías y encarnasen ideas, convirtiéndose en panfletos revolucionarios. Indudablemente, la pintura de tema histórico debe de tener un sentido moralizante y pedagógico. Para los historiadores del momento los personajes históricos son exempla virtntis e impulsan la idea de las conciencias nacionales. Esta es la línea que trazan dos discípulos españoles de David: José de Madrazo (17811859) y Juan Antonio de Ribera (1779-1860), quienes practican el clasicismo romántico, suprimiendo todo elemento pintoresco que distraiga de la contemplación y de la meditación, en busca de la estética de lo sublime. El madrileño Ribera se inició con Ramón Bayeu y en París, al lado de José Aparicio -autor del polémico cuadro El hambre en Madrid (1818)- trabajó asiduamente en el estudio de David, donde llevó a cabo su primer cuadro de Historia, Cincinato (Museo del Prado), que por su claridad compositiva y su carencia de falsa elocuencia supera a la mayoría de los cuadros de esta temática. El santanderino José de Madrazo logró ser, junto a Vicente López, el más reputado artista plástico de su generación. En la Academia recibió lecciones de Gregorio Ferro y, gracias a un retrato de Godoy, consiguió la beca para estudiar en París, ciudad que en estos momentos sustituía a Roma en la formación de los jóvenes españoles. Sin embargo, poco después se trasladó a la Ciudad Eterna, donde permaneció hasta 1818. También se negó a reconocer al Rey intruso, lo que le condujo al Castillo de Sant'Angelo. En Italia realizó, entre otras obras, la Muerte de Lucrecia, obra prodigiosa por su forma y colorido. Su amistad con Küntz -se casó con su hija- le permitiría introducirse en el ambiente cultural de la Roma del momento, conociendo a Canova y a los nazarenos Overbeck y Cornelius, que incidirían en sus composiciones. Desde la muerte de Carlos IV y María Luisa, a los que se había mantenido fiel, regresó a Madrid en 1819; en su equipaje traía un gran número de yesos, que reforzaron los ya estropeados de Mengs, para impartir sus clases en la Academia, donde ensayó un nuevo método basado también en el estudio del natural y del color: oficialmente no llegó a implantarse hasta 1838, y con recortes que pusieron frenético a Galofré. En 1838 fue nombrado director del Museo del Prado; doce años más tarde sustituiría a Vicente López como Pintor de Cámara. Esta temática adquiere su desarrollo en la segunda generación, la cual se adentra en el pleno romanticismo en época de Isabel II. Los asuntos, por lo general tomados de la Historia antigua que habían servido de base a los pioneros del género, son sustituidos por otros extraídos de la Historia medieval y renacentista, que se adecuan al espíritu neomedieval que embarga la época. El artista que hace de puente entre las dos generaciones es el excelente retratista murciano Rafael Tejeo (1798-1856). Discípulo del mediocre Aparicio en Madrid, fue pensionado en Roma en 1824. Su primer tema académico corresponde al feroz Hércules y Anteo, aún más clásico que romántico. Más tarde muestra conocer la pintura nazarena cuando ejecuta su Ibrain-el Djerbi en el sitio de Málaga, en donde practica la tendencia medievalista al gusto de la época. Los primeros pintores que practican el género histórico dentro del medievalismo con indudable personalidad son, a su vez, dos hijos de artistas: Federico de Madrazo y Küntz y Carlos Luis de Ribera. Sin embargo, la fama ambos la adquieren en el retrato. Entre lo nazareno y el tardoclasicismo se muestra el murciano Germán Hernández Amores (1823-1894), pero será el gerundense Benito Mercadé (1821-1897) quien sobresalga dentro de la pintura nazarena que se practica en Cataluña. Su Colón recibido en la Rábida logra el éxito en la Exposición Nacional. Ahora bien, en 1855 el mismo tema será plasmado por el madrileño Eduardo Cano (1823-1897) con sensatez y gran dominio de los valores plásticos. La renovación del género llegará de manos de otro madrileño, Eduardo Rosales (1836-1873). Su vida está marcada por una lucha constante y voluntariosa contra los infortunios, lo que fortalece su personalidad artística. Después de estudiar en la Academia, el cólera cercena la vida de sus padres, en 1854, quedando en la penuria económica. Lo mismo que Goya, se encamina a Italia por el medio más económico, o sea, pasando por Francia. En Roma realiza múltiples estudios para llevar a cabo una obra maestra, el Testamento de Isabel la Católica. Presentado en la Exposición Nacional de 1864 llama la atención del público erudito, lo mismo que más tarde en París. En la Muerte de Lucrecia efectúa el último cuadro del romanticismo español adentrándose en el Realismo. Esta corriente brota líricamente en el más bello desnudo de la pintura española de su siglo, el de Nicola, de espaldas (1869), donde iguala a Manet sin imitarle.
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Los incas se establecen como tribu en el valle de Cuzco poco antes del 1.300 d.C., fundando su capital en Cuzco. Las evidencias de que disponemos señalan que los cuzqueños tienen su origen en el territorio Huari, aunque no podemos establecer de manera definitiva su origen. La historia legendaria narra de dos maneras distintas este acontecimiento. Unas tradiciones desplazan su lugar de origen a la Colina de las Ventanas en Pacaritambo, situada a unos 25 km de Cuzco. De allí salieron varios grupos; de la ventana central procedían los jefes de los grupos tribales, de las dos laterales salieron los diez clanes o ayllus. Los jefes en cuestión eran cuatro hermanos: Ayar Manco, Ayar Cachia, Ayar Uchu y Ayar Auca, casados con cuatro hermanas: Mama Ocllo, Mama. Huaco, Mama Cora y Mama Raua. Estas parejas dirigieron la emigración hacia el valle del Cuzco, momento en que nació Sinchi Roca, hijo de Manco Capac y Mama Ocllo que habían logrado integrar a los demás grupos tribales. Otra leyenda narra que por mandato del dios sol, Inti, una pareja -Manco Capac y Mama Ocllo- salió del lago Titicaca con la intención de civilizar la región. Manco fue el fundador de una dinastía real que se estableció en el Hurin Cuzco (Bajo Cuzco), de la cual procederán los reyes incas con la siguiente secuencia: Manco Capac Sinchi Roca Lloque Yupanqui Mayta Capac Inca Roca Yahuar- Huacac Viracocha Inca Pachacuti IncaYupanqui (1.438-1.471) Topa Inca Yupanqui (1.471-1.493) Huayna Capac (1.493-1.527) Huáscar Atahualpa El valle del Cuzco antes de la llegada de los incas estaba ocupado por grupos aymaras, que pronto fueron asimilados por los incas. La fundación del Cuzco por los diez ayllus sirvió de ejemplo para la planificación de futuras ciudades incaicas, ya que se dividió en cuatro barrios, y éstos a su vez tuvieron divisiones internas por cada grupo. Desde la fundación de la ciudad hasta la ascensión al trono de Inca Roca disponemos de una historia legendaria de los gobernantes incas afincados en el Hurin Cuzco. A partir de este gobernante, y quizás como consecuencia de las confrontaciones entre distintos linajes, se fundó una segunda dinastía en el Hanan Cuzco (Alto Cuzco) desde tiempos de Inca Roca quien, junto a sus dos sucesores, Yahuar Huacac y Viracocha Inca, sientan las bases para el futuro imperio que se inicia a finales del siglo XIV. Pachacuti convirtió el reino de Cuzco en el imperio del Tawantinsuyu (el de los cuatro suyus o regiones). Antes de que él se instalara en el poder, la arqueología ha definido una etapa pre-inca denominada con el nombre de una cerámica, K'illke. Esta cerámica de pintura rojo y negro sobre fondo crema tiene su origen en Huari, y una secuencia desde 1.100 d.C. hasta 1.250 d.C. Como sostiene Lumbreras, durante esta etapa el patrón de asentamiento es aquel de unidades rectangulares compuestas de dos a doce casas juntas como en Cuyo. Algunas de ellas tienen una posición estratégica, mientras que otras se sitúan directamente sobre las tierras arables. La tónica general del momento está caracterizada por la variedad en la cerámica, lo que manifiesta la existencia de diferentes grupos étnicos cuya situación ha quedado bien establecida por Rostworowski: los ayamarcas estaban localizados en el área de Cuzco, collas y lupacas ocupaban el Titicaca y lindaban con los chanca, quechuas, incas y otros grupos, que estaban en disputa por el control político de la región. Pachacuti es quien construyó el imperio, pues una victoria en 1.438 sobre los chanca le permitió obtener el control absoluto de la región. A partir de este momento, se dedicó a formar lo que sería un vasto imperio y, como consecuencia de esta etapa de bondad económica, planificó el Cuzco monumental, construyendo el Coricancha, el templo del sol y otros edificios religiosos y político-administrativos. Desde un punto de vista militar, entre 1.438 y 1.471 colonizó Cajamarca, los reinos de Cuismancu y Chuquismancu en la costa -apoderándose del santuario de Pachacamac, la región de Chachapoyas al este, y zonas de Piura y Túmbez al norte, en buena medida por medio de su hijo y heredero Topa Yupanqui. Este dirigió también la campaña contra los cañaris y el reino de Quito y el reino Chimú, que quedaron asimilados al imperio. Topa Inca Yupanqui (1.470-1.493) amplió la unidad política que se distribuía desde Quito a Nazca hacia el este y sureste, llegando al río Madre de Dios en los límites de la Amazonía y hasta el Gran Chaco, y colocando el límite fronterizo por el sur en la Araucania chilena, donde quedó establecida la frontera sur del imperio inca de manera definitiva. Durante su mandato construyó la fortaleza de Sacsahuaman y los palacios de Chinchero. A su muerte le sucedió Huayna Capac (1.493-1.525), quien consolidó la frontera norte con la conquista del golfo de Guayaquil y con su campaña contra los Pastos, reconstruyendo Tomebamba. La muerte de Huayna Capac ocurrió en Quito, cuando estaba en campaña junto a su hijo Atahualpa, que comandaba las tropas. Este decidió enfrentarse con su hermano y heredero, Huáscar, que había accedido al poder en 1.525 y se inició una cruenta guerra civil. Esta es la situación que aprovechó Pizarro en 1.532 para apresar a Atahualpa en Cajamarca y ajusticiarlo poco después. Con ello da comienzo la decadencia definitiva del imperio inca y la conquista de su vasto territorio por parte de los españoles en 1.537.
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La Historia del Almirante. Origen y finalidad El trabajo de ver de nuevo el Pleito en su totalidad acabó con la Sentencia de Dueñas (27 de agosto de 1534) que resultó ser más negativa y contraria a los intereses colombinos que ninguna de las dictadas anteriormente29. El hecho, como síntoma de lo que podría suceder en adelante, era para preocupar al más optimista. Hernando Colón había estado cerca y vigilante los últimos meses. Pero algo estaba cambiando. La Virreina de las Indias, responsable última de las decisiones familiares como tutora de su hijo, Luis Colón, debió hacerle perder algo el protagonismo de antaño. Ahora, entre criados, familiares y asesores con poderes de doña María de Toledo formaban tropa. ¿Hubo discrepancias sobre la estrategia a seguir tras lo de Dueñas? Así parece. Casi seguro que Hernando, después de manifestar por escrito su opinión en contra de la Sentencia, puso tierra por medio e inició un largo viaje que habría de durar año y medio (todo 1535 y hasta junio de 1536). Hubo apelación colombina y también del representante de la Corona, con lo que el ambiente se caldeó. El 9 de agosto de 1535 el fiscal Villalobos, entre sensacionalista e insolente, quiso dar un vuelco al proceso y presentó un escrito por el que se negaba que Cristóbal Colón tuviera la exclusividad del descubrimiento de América, estando dispuesto a probarlo. Argumentaba que el protagonismo y prioridad de dicho descubrimiento debía atribuirse a los Pinzones antes que a Colón; que fueron ellos, cuando en un momento del primer viaje Colón iba ya sin tino y desconfiado, y se quería volver, los que le animaron a seguir y descubrir tierra; y por si todo esto no fuera suficiente decía que si se respetaban los privilegios colombinos la Corona y los pobladores de las Indias sufrirían un daño enormísimo. Para hacer más sugerente la idea, el fiscal conseguía poco después un testimonio de Juan Martín Pinzón, hijo legítimo y heredero de Martín Alonso Pinzón, según el cual, y aludiendo a un acuerdo verbal entre su padre y Colón para repartirse los beneficios del descubrimiento, cedía y traspasaba a la Corona Real de Castilla la mitad de los derechos que, en consecuencia, le correspondieran. Era grave --para los Colón, se entiende-- que a estas alturas un fiscal se atreviese a poner en entredicho lo que al Almirante le había sido reconocido en cien fechas y lugares por ser tan público y notorio. Y preocupaba no poco, a su vez, que los jueces del Consejo permitieran que tamaña argucia se sometiera a prueba. También debió herir --y mucho-- la forma descortés e insolente empleada por Villalobos en el curso de esta fase cuando se refería al dicho Cristóbal Colón como si de un plebeyo cualquiera se tratara. Vuestra Alteza no lo debe consentir, antes se le debe reprender, protestará un representante legal de los Colón (de nombre Diego de Arana, por si sugiere algo) y añadirá que antes de este fiscal nadie había quitado al dicho Almirante su título y nombre y le honran como se debe hacer a semejantes personas de título. Bien mirado, el montaje era perfecto: si don Cristóbal había llegado alto fue gracias al Descubrimiento; demostrado que esto no fue obra suya, consecuentemente se derrumbaría el pedestal de privilegios sobre el que se había encaramado. De haberse restringido el hecho al marco exclusivo de los pleitos, posiblemente no hubiera pasado de pura anécdota, tan duradera como el tiempo que tardaran en declarar los testigos. Al fin y al cabo tampoco podía pillar de sorpresa si tenemos en cuenta que algo parecido --aunque no se haya insistido en ello-- había sido intentado en 1515 durante los últimos meses de gobierno del Rey Católico30, de ese mismo rey al que con escasas simpatías se alude en la Historia. Otra cosa bien distinta era que a tales teorías les saliesen seguidores o divulgadores. Llegado ese caso, habría que dar la batalla en el mismo terreno y con todas las armas disponibles. Si a un memorial jurídico se respondía con otro, a un libro o libros se contestaría de la misma manera. En este sentido, nos interesa destacar a dos autores: Oviedo y Giustiniani. En septiembre de 1535, Gonzalo Fernández de Oviedo publicaba en Sevilla la primera parte de su Historia General de las Indias. Que todo un cronista oficial de las Indias, bien que reciente y deseoso de hacer méritos para su amo el Emperador, se destapase ahora con la fábula aquella de identificar las Antillas con las Hespérides de la Antigüedad sorprendió mucho. Pero que además se atreviese a publicar que dichas islas Hespérides habían pertenecido 1.600 años a. C. al entonces rey de España Hespero XII, capaz era de hacer saltar Pluma en ristre al mismísimo don Hernando Colón. Ciertamente, el asunto no parecía baladí, llegando a interesar al propio Rey de Romanos --léase Carlos V--. Y no lo parecía entonces porque el matiz en juego era importante: no significaban lo mismo unas tierras regaladas por Colón a los reyes castellanos que reincorporar a la soberanía de España algo que antaño fue suyo. A don Hernando, en cuanto leyera la Historia de Oviedo, debió parecerle muy necesario ponerse a ordenar papeles o ideas y acaso empezar a escribir alguna relación relativa a los viajes de su padre. Porque a ojos hernandinos el peligro no radicaba tanto en el tratamiento hecho al Almirante --del que Oviedo contaba mucho y bueno-- cuanto en el juicio, también positivo, que ofrecía de los adversarios de don Cristóbal (sublevación de los españoles ante la dureza de los Colón, elogio a Bobadilla y de manera especial a Ovando). Además, dejaba caer entre visos de rumor extendido algunas llamadas con atención sobre ciertos puntos oscuros de la biografía colombina, como la leyenda del piloto anónimo o el haber ocultado a los reyes el descubrimiento de las perlas. El otro escritor, blanco de la pluma hernandina, se llamaba Agostino Giustiniani, genovés para más señas y erudito obispo de Nebbio en la isla de Córcega. Basándose en informaciones del cronista oficial de Génova y canciller del Banco de San Jorge, Antonio Gallo, en 1516 había escrito que Cristóbal Colón procedía de esa tierra y de una familia de origen humilde. Esto mismo volvió a repetirlo en su obra Anales... sobre la muy excelsa e ilustrísima República de Génova, impresa en dicha capital el 18 de marzo de 1537. Giustiniani insistía, sin prever la réplica, en que los Colombo genoveses habían ejercido oficios de manos o mecánicos, como tejedores de paños. ¡Qué desgracia para don Hernando: su madre plebeya, y ahora tejedores los Colombo! Como siguieran así le iban a dejar harto chico su orgullo nobiliario, sobre todo, si empezaba a difundirse en demasía. El ataque a este autor genovés ya nos lleva a una fecha (1537) en que Hernando debía estar puesto manos a la obra en la tarea de escribir la vida de su padre. En plena faena incorporaría el capítulo dedicado a Giustiniani. Este acababa de ponerle en bandeja la manera de salir airoso de otro pasaje oscuro sobre don Cristóbal: el de su origen humilde y sus actividades artesanales. Decíamos que en 1537 ya estaba Hernando escribiendo la Historia del Almirante. Ello se comprenderá mejor si no olvidamos un hecho capital en relación con los Pleitos Colombinos: el 28 de junio de 1536 se dictaba el Latido arbitral de Valladolid que cerraba el viejo pleito --quedarán aún pequeñas derivaciones-- con la Corona a cambio de concesiones importantes en favor del Tercer Almirante de las Indias Luis Colón y de sus hermanas. El acuerdo se había logrado a espaldas de don Hernando, que en junio de 1536 llegaba a Barcelona y de agosto a octubre estaba en Valladolid, y de ninguna manera podía ser de su agrado31, Para el paladín de la intransigencia colombina la Sentencia de Valladolid era una claudicación que en modo alguno podía aprobar, mas tampoco modificar ya. Sólo le quedaba la protesta personal y solitaria de hombre que coge la pluma con el fin de desahogar comezones internas y una infinita sensación de fracaso. Con este fondo nacía la Historia del Almirante, empezada a escribir posiblemente en 1536, desarrollada con seguridad durante 1537-38 y culminada por la primavera de 1539.
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Pero ¿qué valor realmente histórico pueden tener esos relatos, en los que el mito se mezcla con la realidad? ¿Cómo los interpretaron y transmitieron los cronistas españoles que han dejado la versión castellana de esa tradición? El origen del pueblo inca está envuelto en la fantasía mítica que habla de la llegada al valle del Cuzco, procedente de la legendaria región del Titicaca o de algún lugar más cercano pero igualmente legendario, de la pareja de hermanos-esposos Manco Capac y Mama Ocllo, fundadores de la dinastía incaica. A través del mito, en sus variadas versiones se puede interpretar el asentamiento de un pequeño grupo étnico, originario de algún lugar no muy alejado ni muy diferente del valle que será escenario de ese proceso admirable del desarrollo histórico y de integración cultural de una serie de pueblos, creadores de rasgos peculiares que comportan una respuesta diferente a la diversidad del medio geográfico donde cada uno de ellos se ha desarrollado. El destino del pequeño grupo de los incas será el de aglutinar, consolidar e institucionalizar costumbres y tradiciones de pueblos diversos, unificándolos bajo la estructura de un gran Imperio, el del Tahuantinsuyu, cuyos límites máximos parece que se habían alcanzado definitivamente cuando en noviembre de 1532 la llegada de Francisco Pizarro y su reducida hueste a Cajamarca puso fin, en un audaz golpe de fuerza y de suerte, al proceso del desarrollo histórico inca, al capturar al príncipe Atau Huallpa, pretendiente a la insignia y la dignidad imperiales, frente a los derechos reconocidos por la aristocracia cuzqueña de su hermano Huascar. Ese proceso, que hizo llegar a un simple pequeño Estado rural a extender su hegemonía sobre todo el territorio andino, desde Colombia a Chile y desde la cuenca amazónica al Pacífico, fue estimulado por las constantes apetencias expansionistas de otro grupo étnico, guerrero y fuerte, establecido en un área cercana al asentamiento originario inca en el valle del Cuzco: el de los chancas. La rivalidad inca-chanca forzó a ambos pueblos a buscar alianzas entre sus vecinos y la colaboración de uno de éstos, el de los quechuas, con los descendientes de Manco Capac, fue un factor importante en la supremacía final del grupo inca sobre el chanca, y no por cuestiones simplemente estratégicas. Del pueblo quechua tomarán los incas uno de los elementos más decisivos para la unificación política y administrativa del futuro gran Imperio: el idioma. El quechua será en adelante el Runa Simi, la Lengua de los hombres. Pero veamos quiénes fueron los artífices, los jefes de ese grupo conquistador, limitado en principio a la posesión de un pequeño territorio, que consiguieron crear el Imperio Inca. La tradición indígena, recogida por los cronistas españoles, refiere de forma casi unánime la historia de doce emperadores, el último de los cuales, Huascar, había sucumbido a la potencia y al empuje de los ejércitos de su hermano Atau Huallpa, que se disponía a hacerse reconocer como el decimotercer soberano del Tahuantinsuyu en el año 1532. Esa misma tradición insiste en la sucesión de dos dinastías, la Hurin Cuzco, cuyos soberanos se asentaron en la parte baja de la ciudad, y la de los Hanan Cuzco, que trasladaron su residencia a la parte alta de la misma. Los cinco primeros soberanos integraron la dinastía Hurin y la Hanan se entronizó con el sexto: Inca Roca. Aunque la moderna corriente historiográfica orienta sus investigaciones hacia la consolidación de una teoría, según la cual ambas dinastías gobernaron de manera paralela, sincrónica y no consecutiva, aquí se expondrá el desarrollo de la historia incaica siguiendo la versión tradicional de esa sucesión de los Hurin Cuzco y Hanan Cuzco. Dada la inseguridad de los datos disponibles, que ni siquiera permiten reconstruir con certeza los primeros tiempos del Incario, no existen aún condiciones para presentar esta nueva teoría sino como una mera, aunque muy verosímil, hipótesis. Sólo a partir del octavo soberano, el Inca Viracocha, se puede hablar con propiedad de una historia del Tahuantinsuyu, cuyo verdadero forjador fue el hijo y sucesor de éste, Pachacuti, el Gran Reformador, que reinó al parecer entre 1438 y 1471, es decir, en una época relativamente cercana a la llegada de los españoles al Perú. La verdadera historia incaica abarca, según esto, apenas un siglo, tiempo suficiente sin embargo para crear uno de los más poderosos Imperios del mundo.
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Los territorios de la Ruta del Califato se integraron con rapidez en el naciente estado de al-Andalus tras la llegada de los musulmanes a la Península. Sus poblaciones, herederas de un rico pasado romano y visigodo, crecieron y se ampliaron, adoptando una configuración urbana. Cabra, Luque, Baena, Alcaudete... aparecen pronto citadas en las fuentes más antiguas. Con la proclamación del Califato por Abd al-Rahman III, Córdoba y su área de influencia viven su época dorada. A la suntuosa corte califal llegan emisarios, sabios y artistas de todos los rincones del mundo conocido. A partir del siglo XI, tras la caída del estado califal, Córdoba y Granada se convierten en sendos reinos. La unidad impuesta por almorávides y almohades, entre finales del siglo XI y finales del XII, dio un nuevo impulso a las poblaciones de la comarca, que juegan ahora un papel militar de primer orden. La victoria cristiana en las Navas de Tolosa, en 1212, convirtió en fronterizos a los pueblos de la Ruta. Castillos y atalayas jalonan un paisaje sobre el que castellanos y nazaríes juegan las últimas bazas antes de la caída de Granada. Apagado el estruendo de las armas, los pueblos ven cambiar poco a poco su fisonomía. Las iglesias se alzan donde antes había mezquitas, y los palacios de los señores dejan en las calles la impronta de la nueva situación. Culturas superpuestas, el resultado es una integración maravillosa, en ocasiones realizada con dolor. La consecuencia: un crisol de monumentos y paisajes, un sobrecogedor viaje por la historia viva y la tradición.
obra
Los años finales de la Guerra de la Independencia suponen un duro golpe para Goya, al ver su corazón totalmente dividido: apoya ideológicamente al gobierno de José I pero no admite el brutal enfrentamiento armado que vive el pueblo español. Por esto, las obras que realiza por estas fechas tienen la violencia como denominador común. La escena que aquí contemplamos es alucinante: en una cueva, al amor del fuego de una hoguera que da título al cuadro, se observan los cuerpos desnudos de varias figuras. En este tipo de imágenes el maestro nos muestra sus fantasmas personales, de la misma manera que en las Pinturas Negras. Goya se preocupa por el dramatismo de la escena, reforzado por el contraste tan intenso entre luz y sombra. Las figuras no se diluyen en el fondo gracias a la luz del fuego que le da un efecto irreal a la composición, convirtiéndose en el gran protagonista. La técnica suelta empleada le acerca al Expresionismo.