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España, como se ha dicho tantas veces, fue el único país conquistador que puso en duda su derecho a ejercer una acción dominadora. El asunto no sirvió de nada, pues la conquista de América tuvo la misma virulencia de cualquier otra, pero dice bastante de la capacidad de autocrítica del pueblo español en el siglo XVI. En realidad la conquista, como tal, no fue ordenada por nadie. No existen unas capitulaciones de conquista similares, por ejemplo, a las de Santa Fe, que iniciaron el descubrimiento. La conquista de las Indias se planteó tan pronto como se comprobó que las tierras encontradas no eran China, ni Japón, ni la India, lo que hizo inoperante la idea inicial de fundar unas factorías comerciales para realizar en ellas el intercambio de especias, oro, piedras preciosas, telas finas, etc. Colón se hartó de buscar las mercadurías de que hablara Marco Polo y, finalmente, se dedicó a buscar oro. Las incursiones en busca del metal precioso despertaron el recelo de los naturales y cuando éstos se sublevaron emprendió contra ellos una campaña, al término de la cual les capturó como esclavos y les impuso un tributo. El problema se mixtificó con el hallazgo de indios caribes (antropófagos), que fueron considerados igualmente susceptibles de ser dominados mediante la guerra y esclavizados. Los Reyes se alarmaron ante el envío masivo de esclavos indios a España y consultaron el asunto a juristas y teólogos, que confirmaron la posibilidad de esclavizar a quienes se enfrentaban a los españoles, así como a los antropófagos. Contra los primeros se esgrimió el principio medieval de la guerra justa contra infieles, pero aplicado a paganos, y contra los segundos el de su irracionalidad. Boyl y Margarit señalaron entonces que los métodos empleados por Colón habían llevado a los indios a la rebelión. Los monarcas efectuaron nuevas consultas de las que vino a resultar, en 1500, la declaración de los indios como vasallos libres (se pusieron en libertad los esclavizados sin motivo alguno), si bien continuó manteniéndose el principio de que los rebeldes podían ser sometidos por la guerra y los caribes esclavizados. Ovando realizó luego las grandes campañas militares de la Española contra todos los rebeldes e impuso el repartimiento de los indios como mano de obra de los españoles. Su ejemplo fue secundado en otras islas antillanas, sin que nadie pusiera objeción alguna. En 1511 se complicaron las cosas, pues el padre Montesinos (portavoz de los dominicos de La Española) escandalizó a todo el mundo disertando desde el púlpito contra la explotación de los indios y poniendo, de camino, en tela de juicio la autoridad con que se les dominaba y hasta la guerra que se les hacía. A partir de entonces, los dos problemas del trabajo indígena y de la guerra a los naturales se afrontaron conjuntamente. Los Reyes volvieron a consultar nuevamente a teólogos y juristas que ratificaron la legitimidad de ambos, dándoles además una solución jurídica. El trabajo obligatorio del indio fue considerado justo y necesario, pero siempre que no supusiera su aniquilamiento, ni impidiera su evangelización. Bastaba por tanto reglamentarlo adecuadamente, cosa que empezó a hacerse en la Junta de Burgos de 1512, donde se dieron las primeras leyes en favor de los indios, que formaron en realidad una legislación laboral dirigida a mitigar la explotación indiscriminada de los naturales. Los naturales gozarían de días festivos, remuneración por el trabajo, buen tratamiento, adoctrinamiento, etc. Se complementaron luego con las Ordenanzas acordadas en la Junta de Valladolid el año 1513 y las de la Junta de Madrid de 1516. Naturalmente todas estas leyes no lograron evitar los abusos, sino únicamente castigar a los culpables que explotaban inmisericordemente a los indios... cuando eran denunciados (rara vez) y se comprobaban sus delitos (más raro aún). En cuanto a la cuestión de hacerles la guerra, se salvó mediante el llamado Requerimiento, que estrenó Pedrarias Dávila en 1513. Fue un documento de carácter ético jurídico en el cual se libraba a la real conciencia de responsabilidades, gracias al uso de la advertencia. Dando por sentado el hecho de que los españoles tenían derecho a ocupar las Indias, se interpretó que cuando los indios se oponían a ello era por dos posibles razones; por mala intención, en cuyo caso se les podía hacer la guerra justa sin el menor reparo, o por falta de información. Para solventar este último obstáculo, se decidió explicarles bien el derecho que asistía a los españoles. Se redactó un documento en el que se les ilustraba sobre el particular con toda clase de detalles. Debía leérseles cuando los españoles comprendiesen que los indios iban a lanzarse al ataque, que era considerado el momento oportuno. El Requerimiento, que así se llamó, fue redactado por el famoso jurista Palacios Rubio, y explicaba que Dios hizo el cielo y la tierra y una pareja humana de la que todos venimos (tesis monogenista), y que dejó a San Pedro para que fuese superior del linaje humano. El descendiente de este San Pedro vivía en Roma y era el Papa, quien hizo donación de todas las Indias a los Reyes de Castilla en virtud de ciertas escrituras que, se decía, "podéis ver (estaban en latín) si quisiéredes" y que por tales señores habían sido recibidos por otros indígenas, permitiendo su adoctrinamiento. Se exhortaba luego a los indios a entender todo lo explicado, tomándose el tiempo necesario: "Por ende, como mejor puedo vos ruego y requiero que entendáis bien esto que os he dicho, y tenéis para entenderlo y deliberar sobre ello el tiempo que fuere justo ...." Finalmente se les amenazaba con que si a pesar de todo no aceptaban la presencia española "certifícoos que con el ayuda de Dios yo entraré poderosamente contra vosotros y vos haré guerra por todas las partes y manera que yo pudiere, y vos sujetaré al yugo y obediencia de la Iglesia y de sus Altezas, y tomaré vuestras personas y de vuestras mujeres e hijos y los haré esclavos, y como tales los venderé ...." A modo de colofón, se añadía que la culpa de todo lo que ocurriera sería de los indios, y no de los españoles: "y protesto que las muertes y daños que della se recrescieren sean de vuestra culpa, y no de Su Alteza, ni mía, ni déstos caballeros que conmigo vinieron". Como el Requerimiento había que leerlo necesariamente a unos indios no conquistados y cuando se disponían a defenderse de los invasores, lo normal es que no hubiera un intérprete capaz de traducir todo aquello, por lo que se recurría a uno de alguna lengua cercana, o se leía en castellano. El efecto era aproximadamente el mismo. Los indios, una vez repuestos de la sorpresa de haber escuchado aquella perorata ininteligible, y por lo regular antes de que concluyera su lectura, se lanzaban a combatir y con verdadera furia. Resultó así que el Requerimiento no solucionó nada, salvo librar de pecado a los invasores y a sus reyes, pero el formalismo se mantuvo durante décadas y fue compañero inseparable de la conquista. Los dominicos, sobre todo el padre Las Casas, no se quedaron muy conformes con el remedio dado, como se decía entonces, y siguieron atacando la conquista, por considerarla injusta y opuesta a la misión evangelizadora. Las Casas llegó a calificar la palabra conquista de "mahomética", pues hasta ese extremo le parecía infernal. La polémica se agudizó a partir de 1525, cuando se formaron ya verdaderas escuelas de expertos en defender y rechazar el derecho de conquista. Contra ella estaban fray Antonio de Córdoba, Las Casas, Vitoria, Domingo de Soto, Vázquez Menchaca, etc. A favor estaban Palacios Rubio, Fernández de Enciso, Solórzano, etc. El enfrentamiento alcanzó su punto culminante en la Junta de Valladolid de 1542, año en el cual Las Casas redactó tres escritos importantes para defender su postura: "La Brevísima relación de la destruición de las Indias", el "Memorial de Remedios" y una "Representación al Emperador". La "Brevísima" es un relato terrorífico sobre la conquista de América hecho con la finalidad que nos dice su autor: "suplicar a Su Majestad con instancia importuna que no conceda, ni permita, las que los tiranos inventaron, prosiguieron y han cometido (que) llaman conquistas". Contiene muchas verdades y mentiras sobre tales conquistas. Es de anotar que las mayores exageraciones se hicieron al narrar las campañas realizadas en el Perú y en el Nuevo Reino de Granada, que el dominico escribió utilizando fuentes de segunda mano y malintencionadas, como eran una "Relación" de Marcos de Niza, para la primera, y una probanza hecha contra Jiménez de Quesada, seguramente de Jerónimo de Lebrón, para la segunda. Impresa posteriormente en 1552, la "Brevísima" sirvió de base para la Leyenda Negra, como es sabido. El "Memorial de Remedios" era un plan de colonización de las Indias, acorde con la más exigente moral católica, en el que se suprimían la encomienda y la esclavitud indígena, y se proponían formas diversas en conformidad con la situación en que se encontrase el territorio. Para los no conquistados se proponía únicamente la penetración mediante misioneros. En cuanto a la "Representación al Emperador", constituyó la mayor utopía lascasiana -y las tuvo grandes- pues sugería a Carlos I la restitución por parte de los conquistadores de los bienes robados a los indios, que irían a parar a los naturales, si se les localizaba, o a la Corona. La solución pragmática de la Corona al escándalo promovido por la conquista y explotación del indio mediante la encomienda fueron las Leyes Nuevas, otorgadas el 20 de noviembre de 1542 en las que, entre otras muchas cosas, se suprimió el traspaso de encomiendas, se prohibió que ningún Virrey ni Gobernador hiciera nuevos descubrimientos, ni por mar, ni por tierra. Sólo los autorizarían las Audiencias y en caso de extrema necesidad, llevando un religioso, y teniendo prohibido tomar bienes de los indios o las personas de éstos. Unos años después, en 1549, el Consejo de Indias propuso al Rey la suspensión absoluta de todos los descubrimientos y las conquistas que estuvieran pendientes. En realidad ya se había conquistado casi toda la América hispana y el resto tenía escaso interés, por carecer de riquezas. En 1573, el jurista Juan de Obando propuso que en el futuro se sustituyese la palabra conquista, de tan malas resonancias, por la de pacificación; una solución muy española que consiste en cambiar de nombre a las cosas, pensando que con ello se resuelve algo. Las únicas pacificaciones importantes fueron las de Filipinas y Nuevo México, pues el resto estaba ya pacificado a sangre y fuego. Pese a todos los esfuerzos realizados, fue imposible parar a tiempo la conquista, que cumplió su ciclo de destrucción y barbarie. No caeremos nosotros en la trampa de justificarla con los argumentos tradicionales de necesidad de la evangelización o de incorporar los pueblos americanos a la cultura occidental, o de asegurar que era un proceso inexorable que habrían emprendido otros países europeos de no llevarlo a cabo los españoles, ni de decir que las conquistas se han seguido haciendo hasta nuestros días por otros pueblos prepotentes, pues todo esto no es más que la razón de la sinrazón. La conquista pudo haber sido diferente si se hubiera hecho en otra coyuntura histórica, pero es difícil aventurar si habría sido mejor o peor. En cualquier caso, está justamente en el origen de la formación de los pueblos americanos y es preciso conocerla a fondo para comprender la Historia de América. De nada sirve ocultarla o cambiarla de nombre.
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La extrema escasez de datos, tanto arqueológicos como textuales o iconográficos, es el rasgo -negativo- más característico para el estudio del armamento y tácticas en el reino visigodo y, posteriormente, en los reinos cristianos de los primeros siglos de la Edad Media y poco más sabemos sobre los omeyas. En conjunto, y hasta el s. XI, el cuadro que aquí se traza se ha de limitar a líneas generales. En el s. VII al núcleo godo se añadieron contingentes hispano-romanos, en pie de igualdad, y debieron existir contingentes permanentes. La caballería- y en particular el empleo de arqueros a caballo- era arma importante, aunque la infantería nunca desapareció. La organización pudo tener base decimal, con unidades de diez, cien, quinientos y mil hombres. Entre las armas contamos con las habituales espadas y lanzas, pero también hachas de combate o franciscas. Muchas de las armas, corazas y cascos serían evolución de los romanos tardíos. La irrupción de un pequeño ejército musulmán en la Península en 711, y el desplome definitivo del reino visigodo, no debieron alterar de golpe las viejas tradiciones militares, y parece que algunos elementos, como los cascos de hierro de vieja tradición tardorromana perduraron largo tiempo. Los escasos datos disponibles indican que, en adelante, musulmanes de Sur y cristianos del Norte se influyeron mutuamente en cuanto a equipamiento militar y tácticas, aunque en ambos casos fueron los reinos musulmanes los que hasta el s. XI llevaron la iniciativa tecnológica. El Emirato de Córdoba, y más adelante el Estado omeya, mantuvieron un núcleo profesional de tropas bien armadas y entrenadas que, incluso en el s. X, incluía fuertes contingentes de mercenarios extranjeros y de cautivos cristianos, algunos convertidos al Islam y otros no. Este núcleo incluía caballería- en número y peso específico crecientes según pasó el tiempo- e infantería, y era complementado por fuertes contingentes de infantes, tanto permanentes en las fronteras como temporales en levas ocasionales. Los contingentes norteafricanos variaron en importancia según el periodo: poco sabemos, militarmente hablando, de los primeros contingentes bereberes que cruzaron el Estrecho en el s. VIII, salvo que constituían el conjunto más numeroso del ejército y que en su gran mayoría eran infantes. A fines del s. XI los almorávides parecen haber confiado sobre todo en infantería estática, formada tras grandes escudos de piel. Entre las tropas profesionales, el casco de hierro sencillo y la cota de malla, importados a menudo de Europa desde el s. X al menos, se fueron haciendo populares, y la segunda sustituyó a las corazas de escamas, que nunca debieron llegar en gran número a la Península. Sin embargo, entre la mayoría de las tropas de leva que complementaban el núcleo profesional del ejército musulmán las protecciones de cuero, acolchadas o de fieltro más o menos elaboradas, debieron ser mucho más comunes que la protección metálica. Aunque al principio los musulmanes estuvieron escasos de caballería, esta carencia se remedió pronto. Con todo, la caballería en la Península Ibérica -tanto la cristiana como la islámica- tendió a ser más ligera que su contemporánea en Europa Central y Próximo Oriente; los arqueros a caballo perduraron bastante tiempo, mientras que la caballería de choque con lanza larga tardó más en imponerse. Parece que algunas innovaciones técnicas, como el estribo o la silla de arzón alto, se introdujeron en España más lentamente que en otras regiones. Entre los cristianos, como entre los musulmanes, la infantería siguió siendo una fuerza significativa, aunque bastante estática en combate: las formaciones cerradas, con grandes escudos apoyados en tierra y lanzas asentadas al modo de picas parecen haber sido normales; también es probable el apoyo de arqueros a pie. Respecto a los reinos cristianos, todo indica que hasta el s. XI debió ser importante la influencia musulmana, junto con la perduración de viejas tradiciones visigodas. A partir del s. XI se produjo en los reinos cristianos una fuerte irrupción de elementos europeos: la cota de malla, con capucha para la cabeza, se hizo más frecuente; en Cataluña, y luego en la Meseta, se introduce el escudo en forma de cometa, apto para la caballería -pequeño al principio, con el paso del tiempo fue creciendo en tamaño y desplazando al pequeño escudo circular-. Los jinetes adoptaron una posición distinta en la nueva silla arzonada, con las piernas estiradas, más apta para el combate de choque a caballo, según nos muestra una rara imagen del salterio de San Millán de la Cogolla. Poco a poco, estas innovaciones se extendieron también a los reinos musulmanes del Sur, que también adoptaron la costumbre de llevar la cota de malla visible por encima de la túnica. La vieja y buena costumbre dé fortificar los campamentos parece haberse mantenido entre los siglos VIII - XI al menos entre los musulmanes. Aunque no faltaron las batallas campales, como Zalaca en 1086, la mayoría de las campañas se desarrolló, por ambos bandos, en forma de incursiones de destrucción y saqueo en territorio enemigo, donde la primacía de la caballería ligera y el empleo abundante de jabalinas, arcos y sobre todo ballestas, suponen un rasgo distintivo frente a las formas de guerra en el resto de Europa.
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Tras la concesión, a remolque de Francia, de la independencia a la zona Norte del protectorado en Marruecos en abril de 1956, las relaciones con el vecino del Sur lejos de mejorar no hicieron sino enturbiarse. Mientras que unas milicias armadas hostigaban a las unidades militares españolas en Ifni, Tarfaya y el Sahara, el movimiento nacionalista marroquí Istqlal reivindicaba las imposibles fronteras de un Gran Marruecos que se extendiese a costa de Argelia y Mauritania. Estas reivindicaciones fueron impregnando al resto de los partidos políticos marroquíes y el propio monarca Mohamed V terminó asumiéndolas como objetivos nacionales. En agosto de 1957 el Gobierno del sultán marroquí reclamaba Ifni y la zona de Tarfaya. Castiella se mostró dispuesto a negociar y a llevar, incluso, el pleito ante el Tribunal Internacional de La Haya. Sin embargo, en noviembre cerca de 2.000 hombres armados de un Ejército de Liberación atacaron a las guarniciones españolas, que tuvieron que replegarse hacia los principales núcleos urbanos de la costa. Las dificultades de suministro y la prohibición norteamericana para utilizar el armamento más moderno situaron al Ejército español en una grave tesitura que traía el recuerdo de los desastres ocurridos en las primeras décadas del siglo. Hubo que esperar a la colaboración francesa que, mediante una convergencia de operaciones, permitió la expulsión de las unidades irregulares marroquíes en febrero de 1958. Estas operaciones de limpieza coincidieron en el tiempo con una rebelión de la población bereber de la antigua zona de protectorado español en el Rif. Unos meses después, en junio, se alcanzaba el alto el fuego de una pequeña guerra que, sin embargo, había costado la vida a más de 200 españoles: 152 muertos, 58 desaparecidos y 518 heridos. Al devolver la zona Sur del Protectorado -la región de Tarfaya- en abril de 1958, España pretendía dar por concluido el proceso de descolonización en Marruecos. Sin embargo, la voluntad de resistencia española en Ifni y el Sahara pronto habría de enfrentarse a un nacionalismo marroquí que extendía sus reivindicaciones a las plazas de soberanía (Ceuta y Melilla) y los peñones. Las últimas tropas españolas abandonaron las zonas del protectorado en Marruecos en 1961, mientras que la mayor parte de la población española residente tuvo que emigrar y desmantelar sus intereses. Diez años más tarde de esta guerra olvidada, en enero de 1969, España cedió el territorio de Ifni a Marruecos. Un territorio que si bien no había figurado nunca en el texto que estableció el Protectorado en 1912, había sido concedido a España mediante un tratado colonialista tras la guerra con Marruecos de 1860. Con esta concesión, el Gobierno de Franco quizá esperaba que Marruecos congelara su presión sobre las plazas de soberanía y el territorio sahariano, sobre el que se hicieron grandes inversiones.
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Es probable, al menos al principio, que la victoria les pareciese a los rusos algo lejano y, tal vez, inalcanzable; con todo, la llamada de Stalin tuvo un efecto galvanizador sobre la población. Miles de hombres, trabajadores, campesino, viejos y jóvenes, corrieron a enrolarse. El entusiasmo era tal que en las mesas de alistamiento tuvieron que rechazar voluntarios porque no había armamento suficiente, y otras, porque las fábricas se arriesgaban a quedarse sin mano de obra. Enseguida comenzó el adiestramiento de los voluntarios en el uso de las armas. Todo se desarrolló con rapidez. Los batallones tuvieron que ser enviados al frente con tan sólo algunos días de instrucción. En todo el frente, las tropas alemanas comenzaron a darse cuenta de que algo estaba cambiando en las líneas enemigas.
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La expansión nazi. La invasión de Polonia. La guerra ruso-finlandesa. La campaña escandinava. La invasión de Holanda-Bélgica. Dunkerque. La invasión de Francia. Caída de Paris. La Batalla de Inglaterra. Europa en 1941.
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La guerra entre la URSS y Finlandia de 1939-40 es consecuencia inmediata del Pacto germano-soviético de agosto de 1939. En sus cláusulas secretas se dejaba las manos libres a la URSS respecto de los países bálticos y Finlandia -y, como vimos, respecto de Polonia-, y en septiembre y octubre de 1939 Lituania, Estonia y Letonia accedían a conceder bases y facilidades a los soviéticos en sus territorios. Y es consecuencia mediata de la obsesión soviética, en parte justificada por las repetidas agresiones exteriores desde 1917, por la seguridad de sus fronteras y la creación de muros que amortigüen el contacto directo con posibles enemigos occidentales. La posibilidad de un acuerdo -luego frustrada- entre Francia, Gran Bretaña y la URSS para tratar de contener el expansionismo alemán en Europa, no gusta a Finlandia -como no gusta a Polonia-, al implicar, entre otras cosas, la posibilidad de verse envuelta en una guerra, o al menos, de ver utilizar su territorio para el tránsito de tropas, que podrían ser soviéticas, pues Moscú ha ofrecido su ayuda a Helsinki en caso de necesidad... Los finlandeses no han olvidado todavía la reciente dominación rusa. Y los soviéticos no han digerido del todo la reciente independencia de Finlandia, pese a que ellos mismos la habían concedido. Mientras subsistía en muchos finlandeses la idea de la Gran Finlandia, los soviéticos veían con aprensión que Leningrado era muy vulnerable, a sólo 35 km. de la frontera con Finlandia, desde cuyo territorio, teóricamente, podría incluso ser bombardeada. Para evitarlo, la URSS pretendía alejar la ciudad de la frontera y en 1938 había propuesto ya a Helsinki una permuta de territorios que hiciese retroceder la frontera con el vecino, y su ayuda en caso de agresión alemana. Finlandia había dicho que no a la permuta y que no apoyaría a Alemania contra la URSS. El ofrecimiento se repite en octubre de 1939: la URSS propone un tratado de asistencia mutua, el arriendo de la base naval de Hanko, la parte occidental de la península de los Pescadores, en el Ártico, algunas islas, como la de Suursaari, en el golfo de Finlandia, retrasar la frontera de Carelia hacia Viipuri, y la demolición de las fortificaciones de ambos países a lo largo de ella. En concreto, los soviéticos ofrecen 5.529 km. de su Carelia oriental a cambio de 2.761 km. de la parte finlandesa del istmo de Carelia. El presidente finlandés Paasikivi y el presidente del Consejo de Defensa Nacional, mariscal Mannerheim, eran partidarios de ceder, pues en realidad, no era tanto, y además se evitarían problemas en el futuro y quizá una guerra (que, si se perdía, podía acarrear pérdidas mayores). La Dieta y la opinión pública eran contrarias -y estaba en su derecho-, porque Carelia era una de las zonas más ricas y pobladas y, como dice Westwood, no se deseaba perder la línea defensiva natural del istmo; asimismo, era fuerte el recelo mutuo y el antirrusismo y anticomunismo de los finlandeses. Por otro lado, se decía, el gobierno que accediese a la cesión cometería un suicidio político (asimismo, Alemania podía llegar a hacer demandas parecidas). Los finlandeses se amparaban en el Tratado de Tartu de 1920, en el Pacto de No-Agresión con la URSS de 1932, en la neutralidad tradicional. Tras prolongadas y duras conversaciones, los finlandeses se mostraron dispuestos a aceptar una ligera rectificación en el istmo, la cesión del sur de la isla Suur -o de toda ella en caso extremo- y la nueva relación del Tratado de No-Agresión (ninguna de las dos partes apoyaría a un tercero si éste atacaba a la URSS o a Finlandia); pero no se cedería Hanko ni la península de Pescadores, y no se firmaría ningún tratado de asistencia mutua. A Stalin y a Molotov esto les pareció poco: "¿Es su intención provocar un conflicto?", dirá Molotov a Paasikivi, que contestará: "Nosotros no deseamos tal cosa, pero, al parecer, ustedes sí" (23 de octubre). Mientras el 27 de octubre Finlandia pedía ayuda a Suecia en caso de conflicto -los suecos prometían apoyo diplomático y económico pero no militar, por temor a Alemania (y a la URSS)-, los soviéticos rebajaban un poco sus peticiones y los finlandeses repetían su ofrecimiento, incluyendo la península de Pescadores, pero nada más. El 31, Molotov cortó las conversaciones: "Ahora, ya," dijo, "había llegado el turno de los militares".
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Tampoco al norte del golfo de Corinto los atenienses dejaron de intervenir. En Tesalia buscaban la restauración de sus partidarios. A los focidios los presionaban para que consiguieran el control de Delfos. Esto último produjo la reacción espartana, que consiguió la autonomía del santuario. Los datos conocidos se refieren fundamentalmente a la primacía de cada una de las ciudades en la consulta, lo que viene a ser como un reconocimiento internacional de la superioridad, en el plano del prestigio, fuertemente establecido a propósito del valor ideológico que tenía en toda Grecia el santuario apolíneo de Delfos. Parece evidente que, en estos momentos, Esparta intenta recuperar el papel de dirigente panhelénico que le está disputando Atenas. La paz de Calias y el final de la guerra con Persia habían obligado a ésta última a crear nuevos elementos de cohesión ideológica a través de su propio papel aglutinador. En ese ambiente cabe situar la trayectoria que conduce desde el decreto del congreso panhelénico a la fundación de Turios. En 447, sin embargo, Atenas conseguía devolver a los focidios el control sobre el santuario de Delfos. El control ateniense sobre el territorio beocio después de Enófita se había caracterizado fundamentalmente por un intervencionismo creciente en el plano político, con el apoyo de sus partidarios, inclinados normalmente a un sistema de tipo democrático. Con ello, Atenas se garantizaba la fidelidad de las ciudades, pero no la de todos los grupos aristocráticos que, procedentes de varias de ellas, se iban agrupando en torno a algunos centros, como Queronea y Orcómeno, al norte del territorio beocio. La primera acción estalló en Queronea, donde los oligarcas se hicieron dueños de la situación, tal vez en la idea de que la presencia espartana en la vecina Fócide les iba a servir de apoyo. Sin embargo, el ateniense Tólmides, con una fuerza no muy grande, reprimió el movimiento y tomó duras medidas de esclavización de la población, medida que, al parecer, fue criticada por Pericles. A su regreso, Tólmides recibió en Queronea un ataque de las fuerzas oligárquicas procedentes de Orcómeno, donde se habían agrupado gentes procedentes de Lócride y Eubea que, según Tucídides, participaban de las mismas opiniones. Los atenienses fueron derrotados y las ciudades beocias restablecieron los sistemas oligárquicos que sirvieron de base a la Confederación encabezada por Tebas, que controlaría la situación hasta la época de Alejandro. Las condiciones favorecieron la revuelta de Eubea, a donde acudió el propio Pericles para intentar restablecer la situación, pero se vio obligado a volver porque en Mégara se había producido igualmente un movimiento secesionista, apoyado en los espartanos, que pretendían así invadir el Ática. Sólo quedaba controlado el puerto de Nisea. Los megarenses rebeldes tenían el apoyo de Corinto, Sición y Epidauro. Aunque el rey Plistoanacte había llegado en su avance hasta Eleusis y Tría y había devastado el territorio, inmediatamente se volvió, lo que se interpretó como resultado de algún tipo de soborno llevado a cabo por Pericles. De hecho, el rey y su consejero Cleándrides fueron condenados al exilio, lo que, por lo menos, revela la existencia de diferencias internas en Esparta. Gracias a esto, Pericles pudo volver a reprimir la revuelta de Eubea, a castigar a los hipóbotas y a establecer cleruquías que afirmaban el poder imperialista y su capacidad para provocar beneficios para los ciudadanos sin tierra.
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Tanto en Atenas como fuera de ella, las circunstancias resultaban favorables para que las aristocracias griegas, dentro de ciudades en conflicto, buscaran el apoyo de Filipo. La primera intervención en este sentido tuvo lugar en Tesalia, donde apoyó a los Alévadas de Larisa frente al tirano Licofrón de Feras en 354. Se trataba de una lucha por el control del territorio tesalio desde la perspectiva de la aristocracia o del tirano, heredero de una estructura estatal creada por Jasón, apoyada en el ejército mercenario, aspirante a convertir el puesto de tagos, o cabeza de la liga tesalia, en una monarquía, definida generalmente como tiranía, supuestamente por sus rasgos antiaristocráticos, lo que era forzoso en una situación como la tesalia, tradicionalmente dominada por una familia, la de los Alévadas. Los apoyos con que éstos contaron no sólo sirvieron para derrotar a Licofrón, sino también para ampliar la acción hacia quienes habían sido el principal apoyo de éste último, los focidios. El protagonismo de los focidios se inscribe dentro del proceso de decadencia de la confederación beocia y de sus intentos de recuperación. Los beocios pretendieron aprovecharse de su posición de privilegio en la Anfictionía de Delfos para que se aprobara la imposición de grandes multas contra los focidios por haber cultivado la tierra sagrada de Cirra y contra los espartanos por la ocupación de la Cadmea, igualmente considerada como acto sacrílego. La reacción de los focidios, con la ayuda espartana primero y ateniense más tarde, fue la de ocupar, al mando de Filomelo, el santuario de Delfos. La reacción de los locrios sólo tuvo como consecuencia que los focidios ocuparan también parte de su territorio. Filomelo se convirtió rápidamente en un poderoso jefe de ejércitos mercenarias pagados con las riquezas procedentes del santuario. Los beocios, para hacerles frente, acudieron a los miembros de la Anfictionía y, principalmente, a los tesalios. Todos ellos consiguieron derrotar a Filomelo, que murió al regreso del combate. Fue su sucesor Onomarco quien realizó una importante campaña hacia el norte y acudió en ayuda del tirano de Feras, con éxito inicial, a pesar de la ayuda de Filipo a los Alévadas. Sólo los refuerzos posteriores hicieron posible la victoria de los macedonios en la batalla del Campo de Azafrán, del año 352, que significó el inicio del declive para el efímero imperialismo focidio. Para Filipo, en cambio, significó la consagración como defensor de la causa apolínea frente a los focidios. Ahora fue admitido como miembro de la Anfictionía y se convirtió en el verdadero reorganizador de la confederación tesalia, tal vez con el nombramiento de tagos. Tal posición resultaba en principio favorable para continuar el avance contra los aliados de los focidios y, de hecho, en el verano del mismo año había llegado a las Termópilas, pero la presencia de los contingentes aliados le hizo desistir. Filipo celebró su triunfo en Delfos, a pesar de las protestas atenienses porque la agonothesia fuera desempeñada por un bárbaro. Las consideraciones de tipo étnico vuelven a renacer al recrudecerse las relaciones conflictivas.
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La derrota francesa en junio de 1940 supuso un giro decisivo en la Historia y en el conflicto mismo, inconcebible a la hora de iniciarse éste, en septiembre de 1939. Tan fue así que Alemania pensó que la guerra no tenía continuación posible. Las semanas siguientes, hasta el otoño, demostraron, sin embargo, que Gran Bretaña iba a mantener la resistencia pasara lo que pasara. Pero el panorama del mundo quedó modificado en el verano de 1940, de tal manera que las principales potencias -y, tanto como ellas, las menores- tuvieron que extraer las consecuencias de la nueva situación. Pero ésta no permaneció estable: en el corto plazo de algunos meses, la guerra amplió de forma considerable su escenario, de modo que trascendió las fronteras europeas para convertirse en mundial y lo hizo en un sentido mucho más pleno que en 1914.