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Muerto Pedro el Grande (1285), sus reinos patrimoniales (Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca -entonces en proceso de anexión-) pasaron al primogénito Alfonso el Liberal, mientras que su segundogénito, Jaime, heredaba Sicilia. Esta división, que pretendía apartar de la Corona la presión internacional y dar cierta satisfacción al Papa, enemigo de un poder fuerte en Sicilia, no resolvió el conflicto. Los reyes hermanos firmaron un pacto de ayuda mutua y, mientras Jaime defendía su corona con las armas, Alfonso se servía de la guerra y la diplomacia para afianzar la posición de su linaje. Artífice de la anexión de Mallorca, Alfonso se lanzó después sobre Menorca, la última de las Baleares que seguía en manos musulmanas, y la ocupó (1287). Acto seguido empezó una fase (1289-1291) de hostilidades fronterizas con Castilla (por tierras de Soria y Cuenca), en parte porque Sancho IV, lejos de apoyarle, se inclinaba hacia Francia, y en parte porque se sentía tentado de aupar a los infantes de la Cerda hacia el trono castellano a cambio de obtener el reino de Murcia (1289), que años antes había sido pacificado por Jaime I. La diplomacia y la fuerza también daban resultados en el Norte de Africa donde el sultán de Tremecén se convertía más que nunca en tributario del rey de Aragón (1286) y el sultán de Túnez, que había pasado a ser tributario de Jaime de Sicilia, aceptaba también exigencias políticas y económicas de la Corona. La combinación de la diplomacia y la guerra se ensayó asimismo para resolver el conflicto por Sicilia. La flota de los reyes de la Casa de Aragón hizo incursiones por aguas de Provenza y Languedoc y del golfo de Nápoles, pero también tropas francesas y de Jaime de Mallorca hicieron incursiones por Cataluña. Con el tiempo se hizo evidente que la Corona, aunque tenía un rehén precioso en la persona de Carlos II de Nápoles, no podría resistir largo tiempo una guerra de desgaste como aquella. Así ganó protagonismo la diplomacia. El rey Eduardo I de Inglaterra, señor de Aquitania, que había prometido a su hija en matrimonio con Alfonso el Liberal, jugó un papel mediador en sendas entrevistas con representantes de las partes en conflicto en Huesca (1286), Burdeos (1287), Olorón (1287) y Jaca-Canfranc (1288), donde se acordó la puesta en libertad de Carlos II de Nápoles, a cambio de la entrega de otros rehenes y la promesa de trabajar por la paz. Las hostilidades se recrudecieron todavía en todos los frentes (Castilla, Nápoles, Cataluña), en 1289-90, pero, agotados los contendientes, se alcanzó un principio de acuerdo en Brignoles o Tarascón (1291) sobre la base de levantar las sanciones pontificias sobre el rey de Aragón y sus reinos a cambio de que éste prometiera inducir a su hermano a renunciar a Sicilia. El escollo, de momento insuperable, era la isla de Mallorca, que Alfonso se negaba a devolver. Y esta era la situación cuando la prematura muerte de Alfonso el Liberal desbarató lo acordado. Jaime de Sicilia, que sucedió a su hermano como Jaime II de Aragón, no quiso renunciar a Sicilia (donde dejó a su hermano Federico como lugarteniente), y se aproximó a Sancho IV de Castilla (Monteagudo, 1291) con la esperanza de que éste le secundara en las negociaciones con sus enemigos. A cambio, le ayudó con fuerzas navales en la lucha contra los benimerines. Pero Sancho, que no quería enemistarse con el rey de Francia y con el Papa, adoptó los razonamientos de éstos y, en unos encuentros en Guadalajara y Logroño (1293) quiso persuadir a Jaime II de que renunciara a Sicilia. La falta de acuerdo distanció de nuevo a Castilla y la Corona de Aragón, preludio de nuevas hostilidades, y empujó a Jaime a buscar negociaciones directas con Carlos II de Nápoles (La Junquera, 1293). Los contactos fueron fructíferos y allanaron el camino para la definitiva solución del conflicto (tratado de Anagni, 1295) sobre la base del matrimonio de Jaime II con Blanca de Anjou (hija de Carlos II de Nápoles); la paz entre Francia y la Corona de Aragón; la donación de Sicilia al Papa; el levantamiento de las condenas papales a la Casa de Aragón; la restitución de Mallorca con la condición de que Jaime de Mallorca se hiciera vasallo de Jaime de Aragón; y quizá el acuerdo secreto de compensar la renuncia de Sicilia con la aceptación de una eventual conquista catalanoaragonesa de Cerdeña. Anagni liberó a la Corona del lastre que entonces representaba Sicilia, porque, aunque los sicilianos no aceptaron el acuerdo y coronaron rey de la isla al lugarteniente Federico de Aragón (1296), Jaime II quedó libre de la presión internacional, aunque obligado a actuar con las armas contra su hermano para forzarlo a entregar Sicilia. La flota del rey de Aragón, unida a la angevina, luchó entonces contra los sicilianos (1298-1300) sin conseguir reducirlos (quizá tampoco lo pretendía), después de lo cual Jaime II pudo retirarse de la contienda pretextando haber cumplido sobradamente sus compromisos. Los angevinos, reducidos entonces a sus propias fuerzas (la monarquía francesa y el pontificado habían entrado en conflicto), tuvieron que pactar la paz por separado con los sicilianos (Caltabellotta, 1302). Se consolidó así en Sicilia una rama de la Casa de Aragón que gobernó hasta 1409, cuando murió Martín el Joven, primogénito del rey de Aragón y viudo de la reina María de Sicilia, y la isla volvió a la Corona de Aragón. Los años 1291-1295, cuando el conflicto por Sicilia todavía no había encontrado solución, Jaime II participó de algún modo en la lucha por el control del estrecho de Gibraltar y acentuó las presiones sobre los sultanatos del Magreb. Por el pacto de Monteagudo (1291), los reyes de Aragón y de Castilla se repartieron el Norte de Africa en zonas de influencia: Marruecos, considerada una prolongación de Andalucía, se reservaba a Castilla, mientras que la zona al este de la desembocadura del río Muluya correspondería a la expansión catalanoaragonesa. En cumplimiento del acuerdo, una escuadra de Jaime II colaboró con los castellanos en el asedio de Tarifa (1292) y en la vigilancia del Estrecho (1293-94). Desaparecida la amenaza de los benimerines en la Península, el rey de Aragón, que no estaba dispuesto a facilitar la conquista castellana del reino de Granada, sino a fomentar los intereses mercantiles de sus súbditos en la zona, adoptó un papel conciliador (1294). La posterior muerte de Sancho IV y la minoridad de Fernando IV, con la consiguiente interrupción de la política expansiva castellana, le facilitó las cosas. Entre tanto, en el Magreb central (sultanato abdaluida de Tremecén) y oriental (sultanato hafsida de Túnez y emirato de Bugía) Jaime II conjugó la diplomacia y la presión militar y avivó las rencillas entre los cabecillas de la zona y los conspiradores para ampliar las ventajas comerciales y la dependencia tributaria, lo que, hipotecado por el conflicto siciliano consiguió a duras penas. Pero el tratado de Anagni (1295), al desviarlo y liberarlo de la presión internacional, le permitió concentrar fuerzas en otros ámbitos.
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Una segunda fase de la guerra comprende desde finales de 1808 hasta 1812, algo más de tres años en los que se despliega el dominio más aplastante de los franceses sobre el territorio español. Napoleón, que se hizo consciente de las dificultades que presentaba la ocupación de la Península a causa de la hostilidad y la resistencia del pueblo español, lanzó a más de 250.000 hombres al sur de los Pirineos. Además, estos hombres no eran ya novatos, sino soldados con experiencia, curtidos en los campos de batalla europeos y capaces de enfrentarse a las situaciones más comprometidas. El propio Napoleón acudió a la Península para dirigir personalmente las operaciones que se fueron desarrollando en esta fase. El ejército imperial marchó hacia Burgos y desde allí lanzó a Ney sobre Tudela y a Soult sobre Santander, buscando asegurarse los flancos y destruir al ejército español. Sin embargo, éste, consciente de su inferioridad y de que poco podía hacer frente a la formidable máquina de guerra que tenía delante, rehusó presentar batalla. Los únicos resultados de esta campaña fueron la ocupación de Madrid y el repliegue de las tropas inglesas que, al mando de Moore, habían acudido a apoyar a los españoles y que se vieron forzadas a reembarcar en La Coruña. A cambio de ello y gracias a no haber intentado resistir en campo abierto, los españoles conservarían prácticamente intactos sus recursos humanos y una parte de sus recursos materiales, aunque tuviesen que padecer la falta de organización y la dispersión de sus efectivos. La situación a finales del invierno de 1809-1810 era la siguiente: Suchet consiguió ocupar, no sin grandes esfuerzos, las plazas de Aragón y Cataluña. En el centro, los españoles sufieron una derrota en Ocaña en noviembre de 1809 y esto permitió a Soult conquistar Andalucía y llegar hasta las puertas de Cádiz, que pudo resistir todos los ataques de que fue objeto, en parte gracias a su especial configuración geográfica y a que estaba perfectamente fortificada por tierra, y en parte por la ayuda en los abastecimientos que continuamente le ofrecían los ingleses. En la parte occidental de la Península, los ejércitos napoleónicos fracasaron en las dos expediciones que enviaron a Portugal contra los ingleses, que se hallaban bajo el mando de Arthur Wellesley, duque de Wellington. Esta situación defensiva de los españoles y de los ingleses en la Península se mantuvo hasta la victoria angloportuguesa de Arapiles, que tuvo lugar el 22 de julio de 1812. En estos años fue precisamente en los que se generalizó esa forma tan peculiar de entender la guerra, como fue la guerrilla. El origen de la guerrilla hay que buscarlo en la derrota y el desmoronamiento del ejército español a finales de 1808. La situación en la que cayó el ejército regular queda perfectamente reflejado en las palabras del duque del Infantado, cuando intentaba recomponer a las tropas dispersas y se encontró con "un ejército destrozado y una tropas que presentaban el aspecto más lastimoso, con unos soldados descalzos enteramente, otros casi desnudos, y todos desfigurados, pálidos y debilitados por el hambre más canina". Dada esta situación del ejército convencional español y ante la aplastante superioridad de la Grande Armée, no cabía otro tipo de resistencia que una guerra no convencional, como fue ésta de la guerrilla, término que el vocabulario español ha transmitido desde entonces a otros idiomas para hacer referencia a esta forma de hacer la guerra, y que al parecer tuvo su origen en la expresión "petite guerre" que utilizaron los franceses para calificarla. Así pues, la guerrilla era la forma de hacer la guerra a las tropas napoleónicas que adoptaron los españoles ante la manifiesta inferioridad en la que éstos se encontraban. Los guerrilleros se reunían en partidas, que consistían en grupos no muy numerosos de combatientes y que hacían gala de una gran movilidad y de una extraordinaria eficacia. Sus jefes eran con frecuencia militares que habían sido vencidos con sus unidades y por eso habían decidido echarse al monte para combatir por su cuenta. Los que se unían a ellos podían ser soldados o civiles de todas clases: campesinos, pastores, estudiantes, contrabandistas y bandidos, algún que otro noble y bastantes clérigos. ¿Por qué llegaron a convertirse en guerrilleros? A veces por puro patriotismo, pero a veces también para reparar algún daño sufrido a manos de franceses o por el deseo de vengar alguna afrenta personal. Es lógico que entre los guerrilleros hubiese también elementos anárquicos, o simples criminales, y éstos no sólo luchaban contra los franceses, sino que se aprovechaban de las circunstancias por las que atravesaba el país para robar y saquear en cuantas poblaciones caían en sus manos, estuvieran o no en poder de las tropas napoleónicas. Pero había que aceptar estas partidas tal como eran, pues como afirma G.H.E. Lovett, los aspectos políticos en lo concerniente a la independencia nacional superaron ampliamente a estos aspectos negativos. Resulta difícil evaluar numéricamente a los guerrilleros. Canga Argüelles calculaba que su número podía ascender a unos 35.000. Otros historiadores han aventurado la cifra de 50.000, que podría estar más cerca de la realidad. No obstante, había que tener en cuenta que a medida que avanzaba la guerra, su número inicial fue aumentando, lo que les permitió actuar más como pequeños ejércitos, sobre todo cuando su jefe era un militar, lo que facilitaba también su colaboración con las unidades regulares. Con las tropas inglesas, sin embargo, nunca se entendieron. Para la rígida disciplina militar inglesa, los guerrilleros españoles representaban siempre el espíritu anárquico y desorganizado del pueblo español. Aunque a veces se ha reprochado a estos combatientes su extrema crueldad, hay que tener muy en cuenta las condiciones en las que se desarrolló esta guerra, a la que se la ha calificado de guerra total. El hecho de que fuese la lucha de todo un pueblo, incluidos los ancianos, las mujeres y hasta los niños, contra un gran ejército como el napoleónico, dio lugar a episodios realmente trágicos, como los que reflejó Francisco de Goya en su colección de Los Desastres de la guerra. Los soldados franceses tomaban represalias por la acción de los guerrilleros y éstos a su vez, pagaban a los invasores con medidas más crueles aún. Sin embargo, el historiador francés J.R. Aymes ha señalado que la utilización de armas blancas u otros instrumentos cortantes, no se debía a una constante del carácter de los españoles, como podía ser la ferocidad o el desprecio a la muerte, sino simple y llanamente a la insuficiencia de armamento que padecían estos combatientes. Su valor militar no hay que minimizarlo, a pesar de todo, pues por el contrario, como ha señalado Artola, sus acciones fueron más importantes que las del ejército regular español e inglés. Entre los más famosos guerrilleros hay que mencionar a Juan Martín, apodado El Empecinado. Fue quizás el más humano y generoso. Había nacido cerca de Aranda y con la partida que llegó a reunir a cerca de unos mil quinientos hombres, hostigó continuamente a los franceses en Madrid, Guadalajara, Soria y Cuenca. El general Hugo, padre de Victor Hugo, que fue enviado para combatirle con 5.000 hombres bajo su mando, no pudo controlar sus correrías. Javier Mina y su tío Francisco Espoz y Mina, fueron también dos famosos guerrilleros que operaron en la zona de Navarra, de donde eran originarios. Este último, por su perfecto conocimiento del territorio que controlaba, por su arrojo y por su valor, se ganó la admiración de todo el pueblo navarro, que le facilitó toda clase de ayuda. Por el hecho de que llegó a dominar toda la red de comunicaciones de los franceses con el auténtico ejército guerrillero que creó, fue denominado por sus enemigos como "Le petit roi de Navarre". El cura Merino, como se conocía al sacerdote Jerónimo Merino, encabezó una partida que operaba en los alrededores de Burgos. Con 300 hombres, sembró el terror entre los soldados franceses, y de él se comentaba su extrema crueldad. Después de que los franceses ahorcaran a los elementos que formaban la junta local de resistencia de Segovia, ordenó a sus hombres que tomaran a 20 soldados enemigos por cada uno de los seis españoles ahorcados y los mandó ejecutar de la misma forma. Las acciones de éstos y otros hombres como ellos fueron sin duda eficaces para combatir y enfrentarse a un ejército que presentaba tanta superioridad, pero también hay que considerar su importancia como elemento de intimidación psicológica para un ejército como el napoleónico, que no estaba acostumbrado a esta forma de guerra. La movilidad, la sorpresa y la improvisación eran unos motivos por los que los militares franceses no pudieron sentirse nunca seguros. La correspondencia, informes y memorias de los soldados galos, muchos de los cuales pueden consultarse aún en los archivos militares del vecino país, reflejan la inquietud y el desasosiego de unos hombres que nunca se sintieron seguros durante su estancia en la Península. En esta segunda fase de la guerra, fue la guerrilla la que pudo mantener la llama de la resistencia patriota frente al aplastante dominio de Napoleón.
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Dos tercios de Macedonia se entregaron a Bulgaria como recompensa por haber permitido el paso de tropas alemanas por su territorio. El resto, junto con la región serbia de Prizren, se incorporó a la Albania italiana. Mussolini recibió otras tres sustanciosas tajadas del botín: Carniola, la mayor parte de Dalmacia y Montenegro, convertido en una especie de protectorado bajo ocupación militar. Los húngaros se anexionaron la región de Backa y dos pequeños distritos fronterizos con Alemania. El Tercer Reich añadió a su territorio la provincia de Estiria y ocupó militarmente el Banato, donde vivían muchos "volksdeutsche", personas de origen alemán.. La Serbia histórica, ocupada también por los germanos, se vio sometida a un régimen de administración militar. Pero pronto surgieron colaboracionistas dispuestos a gobernar por cuenta de los vencedores. Especialmente el pequeño partido fascista Zbor, cuyo líder era Dimitrije Ljotib. Gracias a ello, los alemanes permitieron la creación de un Consejo de comisarios, especie de Gobierno fantasma que se encargó de poner en marcha la Administración y la policía. En el mes de agosto el general Milán Nedic, antiguo ministro de la Guerra, asumió la presidencia de un Gobierno colaboracionista que logró el traspaso de algunas competencias bajo la mirada vigilante de las tropas de ocupación. Cuando la actividad de los partisanos comenzó a ser inquietante, los alemanes permitieron a Nedic la formación de una Guardia del Estado Serbio, pequeño ejército que incluía a miembros del Zbor y de la organización Chetnik, heredera de una vieja tradición guerrillera. Pero, a pesar de ello, Nedic nunca pasó de ser un "quisling" sin el menor poder ejecutivo. En Croacia había proclamado la independencia el 10 de abril Slavko Kvaternik, lugarteniente del líder independentista, el Poglavnik Ante Pavelic. Éste se encontraba exiliado en Italia, bajo la protección de Mussolini, que veía en él un importante peón de su política balcánica. Antes de salir hacia Zagreb, Pavelic envió un telegrama a Hitler que era todo un programa de gobierno: "La Croacia independiente ligará su porvenir al Nuevo Orden Europeo que usted, Führer y el Duce, han creado". El nuevo Estado nacía condicionado por la doble ocupación militar italiana y alemana. De Hitler obtuvo el Poglavnik la cesión de Bosnia y Herzegovina, regiones que bajo ningún concepto podían considerarse croatas. En cambio, el 18 de mayo tuvo que reconocer la anexión de Dalmacia por Italia (Protocolos de Roma). Un miembro de la Casa de Saboya, el duque Aimón de Spoleto, fue proclamado rey de Croacia como Tomislav II, aunque tuvo el buen sentido de no pisar jamás su reino. A partir de entonces las relaciones italo-croatas se enconaron. Los sectores nacionalistas se quejaban del yugo fascista y las autoridades de ocupación se comportaban como si en lugar de un aliado Croacia fuera un país conquistado. El 20 de abril de 1943 anotaba Göebbels en su Diario: "Los italianos presionan de tal modo a los croatas que no dejan en pie ni siquiera la menor apariencia de un Estado libre". Aun así, los dominios del Poglavnik abarcaban casi 100.000 km2 y englobaban a 6.300.000 habitantes, de los que la mitad eran croatas, un millón se repartían entre musulmanes bosnios, "volksdeutsche", eslovenos, judíos, etc., y los restantes eran de origen serbio. El rencor acumulado por los nacionalistas croatas durante años estalló súbita y violentamente. Los "ustachi", los seguidores del padre de la nación croata, se entregaron durante meses a una campaña de exterminio de la población serbia y judía, auxiliados con idéntica saña por los musulmanes bosnios. Bajo la dirección del secretario de Estado para la Seguridad, el siniestro Eugen Kvaternik, las milicias de Pavelic exterminaron poblaciones enteras y obligaron a los serbios supervivientes a convertirse al catolicismo. Miles de refugiados afluyeron hacia la Serbia ocupada huyendo del exterminio. Otros muchos pasaron a engrosar el movimiento de resistencia armada que comenzaba a extenderse por toda Yugoslavia.
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Julio Romero de Torres inició su vida artística en una época de corrientes pictóricas enfrentadas. El impresionismo que había aparecido en Francia, era seguido en España por Darío de Regoyos y enseñó a pintar la luz mediterránea a Joaquín Sorolla, el retratismo fotográfico en los pinceles de Federico de Madrazo, el realismo tipo Courbet, el dominio preciosista de Fortuny, el simbolismo francés, el prerafaelismo inglés, el romanticismo inspirador de su padre y maestro... Y Romero de Torres fue procesando información, tendencias, gustos personales y oficio. Y con los vaivenes propios de todo creador, acaba pintando muchachas morenas, agitanadas, con una sólida técnica académica y con unos ligeros toques impresionistas. El atrezzo es marcadamente folclórico: guitarras, mantones de Manila, abanicos, zarcillos...
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Fue una colonia perdida en Suramérica de la que nadie se preocupaba: ni siquiera los enemigos de Francia. En el Tratado de Utrecht fue mermada territorialmente, subiéndose su frontera meridional del Amazonas al Oyapock. Guyana contaba con una exigua población de 5.354 habitantes en 1740, de los que 4.634 eran negros, 666 blancos y los restantes 54 mulatos. Los blancos se atrincheraban en la capital Cayenne, a la sombra del fuerte Saint-Michel, donde servía una dotación de 300 hombres. Allí vivía también el Gobernador, el intendente y el Lugarteniente del Rey. En el interior estaban los indios y algunos religiosos jesuitas empeñados en evangelizarles. También había algunas haciendas de la Compañía, donde trabajaban los esclavos. En cuanto a su economía, se limitaba a la producción de algo de azúcar y café, más algunos colorantes, como índigo y bixa orellana. Tras la pérdida de Canadá, el ministro Choiseul se propuso convertir la Guyana en una próspera colonia. Envió a ella 13.000 emigrantes de la Alsacia y la Lorena, la mitad de los cuales murió en unos meses a causa del clima insalubre, regresando el resto a Francia. Nada pudo ya resarcir la economía de la Guyana, aunque se intentó por todos los procedimientos posibles: libertad de comercio a sus puertos (1768), fomento del cultivo de nuevas especies y creación de la Compañía de Guyana, que se transformó luego en la de Senegal, dedicándose al tráfico esclavista. A fines del siglo XVIII, Guyana tenía 12.670 habitantes, de los que 10.475 eran esclavos. Su territorio servía, además, de amparo a los esclavos huidos de la vecina Guayana holandesa. El cambio de régimen político en la metrópoli fue recibido con hostilidad por el gobernador y los plantadores, enviando entonces la Asamblea Legislativa tropas y un nuevo gobernador revolucionario (Jeannet-Oudin) para imponer el nuevo orden francés.
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Vincent van Gogh quiere inspirar tranquilidad y sosiego en este lienzo en el que solamente se observa su austero dormitorio. La pequeña estancia está vista en perspectiva, marcando las líneas del suelo y de las paredes para crear el volumen de la habitación. En la izquierda observamos su silla y en la derecha, la puerta de acceso y la cama. Unos cuadros decoran la pared y al fondo encontramos una mesilla, otra silla, un perchero, un espejo y otro cuadro flanqueando la ventana. Vincent abandona las sombras y la textura tradicional, creando superficies planas de clara inspiración oriental. Mezcla de esta manera la tradición europea en la perspectiva con las simplificaciones japonesas, uniendo así sus dos fuentes de inspiración. Para delimitar los objetos emplea gruesas líneas oscuras con las que consigue crear un mayor efecto volumétrico en los elementos presentes en la escena. Los tonos empleados son los más apreciados por Vincent; el amarillo y el azul aparecen en la mayor parte de su producción, convirtiéndose en sus tonalidades emblemáticas. Añade a estos colores pequeñas pinceladas de verde y rojo para jugar con los contrastes. La pincelada suelta a la que recurre el artista se aprecia claramente en algunas partes del lienzo, especialmente en la zona de la izquierda. Pero esa pincelada suelta no implica que olvide el detallismo de los objetos -las telas o el bodegón sobre la mesa- heredero de la tradicional pintura flamenca y holandesa del Barroco que tanto atrajo en su juventud a Vincent.
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La turbulenta amistad que Gauguin había mantenido con Van Gogh tiene el contrapunto en la afable relación de mutua ayuda y respeto que unió a Bonnard y Vuillard. La pintura de ambos es, entre los Nabis, la más alejada de Gauguin. Los dos fueron amigos hasta la muerte; los dos vivieron aislados del bullicio, con un vida cómoda y discreta. Vuillard nunca se casó mientras que Bonnard lo hizo en 1925 con la mujer que había sido modelo de muchos de sus cuadros, que vivía con él hacía tiempo. Por principio Bonnard reacciona contra el Impresionismo, como casi toda su generación. Lo hace desde una posición estética que tiene mucho de modernista, por su decorativismo y por acudir a la estampa japonesa como fuente de inspiración a la hora de componer espacio y figuras. Más adelanté utiliza una paleta mucho más rica dejando que la luz modele el espacio y, ya en la madurez, Bonnard hace los colores más brillantes hasta aproximarse a determinados matices de los impresionistas, combatidos en la juventud.
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A nivel teórico toda América, suelo y subsuelo, era propiedad del rey de Castilla, en virtud de la donación papal. El monarca cedió el usufructo de su tierra a los particulares y se limitó a cobrarles unos derechos por ello que ingresaban en su hacienda personal, la Real Hacienda. Para evitar equívocos los monarcas tuvieron buen cuidado de escamotear la administración económica de sus indias a la Contaduría de Castilla (que la tuvo en los primeros años), pues no eran bienes castellanos, sino de la persona de su rey, organizando una planta independiente con funcionarios propios. Podía así recaudar impuestos y gastarlos como le placía, sin necesidad de dar cuentas a ningunas Cortes. Esto les permitió destinar enormes sumas a sus grandes campañas hegemónicas en Europa, para las que no siempre contaba con la comprensión de los castellanos, y menos con la de otros pueblos de España. La Real Hacienda se configuró como un aparato gigantesco y bastante eficaz que cobraba impuestos a todos los que vivían en las Indias. Colón puso en marcha el sistema con el famoso tributo indígena (un cascabel de oro al año, que luego se pudo pagar en especie) que debían dar todos los varones comprendidos entre 15 y 50 años. Los indios no pudieron preguntar por qué tenían que pagarlo, ni Colón se molestó tampoco en explicarlo. Los impuestos se hicieron luego extensivos a los españoles y finalmente a todo el mundo. Se llegó al extremo de cobrar un tributo gracioso a los mestizos e indios, por el simple hecho de haber nacido así. Los únicos que no pagaron fueron los esclavos, y esto porque sus amos aportaron por ellos. Naturalmente los indianos inventaron los más ingeniosos mecanismos para eludir la presión fiscal, algunos de los cuales como el soborno o el contrabando minaron considerablemente los ingresos reales. La máquina tributaria constaba de dos aparatos sincronizados en España y en América. El primero estuvo centralizado por la Casa de la Contratación y el Consejo de Indias. El segundo era supervisado por los Virreyes y Gobernadores, hasta que en 1605 se crearon los tres tribunales de Cuentas de México, Lima y Santa Fe de Bogotá, además de dos plazas de revisores de cuentas en La Habana y Caracas para la contabilidad de Las Antillas y Venezuela. Su cometido, según la cédula fundacional era que "se tomen las cuentas de las rentas y derechos que a nos pertenecen en aquellos Reynos y Señoríos, a todos y a cualesquier persona en cuyo poder hubiere entrado y entrare hacienda nuestra". Es decir, controlar entidades o personas relacionadas con la hacienda real. Los oficiales de los Tribunales de Cuentas eran tres contadores de cuentas (en México y Lima se añadieron otras dos en 1629) y dos contadores de resultas. Sus enormes atribuciones hicieron que chocaran pronto con virreyes y presidentes. Para la recaudación de los impuestos en todas las comarcas de interés económico se crearon las cajas reales, cuya función era recaudar los impuestos, pagar los costos y remitir anualmente el sobrante a la cabecera de distrito. De aquí se enviaba a la Casa de la Contratación, donde se asentaban las partidas pertinentes y se notificaba al monarca el dinero disponible. La contabilidad se llevaba con dos partidas, una de cargo y otra de data, que eran el haber y el debe. Los oficiales de las cajas eran un contador, un tesorero, un factor y un veedor. El contador llevaba el control de entradas y salidas de los distintos ramos de la caja y certificaba el movimiento de la caja. El tesorero custodiaba lo recaudado en el arca de tres llaves y efectuaba los pagos. El factor era el responsable de la venta de los productos depositados en los almacenes de la corona por tributos, comercio o decomisos. El veedor vigilaba pesos y medidas de lo tributado. En muchas cajas sólo aparecen los oficios de contador y tesorero. La burocracia fiscal no pudo librarse de los dos grandes males del siglo XVII: la lentitud administrativa y la corrupción de los funcionarios. Los Tribunales de Cuentas se fueron alcanzando en las revisiones, llegando a estar pendientes cuentas de cinco y más años. Muchos oficiales utilizaron el dinero de los impuestos para sus negocios particulares, confiando en reponerlo antes de que se hicieran las remisiones. Otros recurrían a arrendar algunos renglones (naipes, pulque, pólvora) mediante terceras personas, siendo ellos mismos los que fijaban el cánon de arrendamiento. Actualmente se están realizando muchos estudios sobre las cajas reales y pronto contaremos con estudios globales. La Real Hacienda recaudó un promedio anual de 57.345 pesos en la década transcurrida desde 1510 a 1520, que subieron a 519.700 pesos en la década de los cincuenta del siglo XVI. Hamilton calculó que las remesas a España entre 1503-1600 fueron de 62.666.551 pesos de minas. Entre 1536 y 1660 ascendieron a 117.386.086 pesos. Los impuestos formaban la denominada masa común de la Real Hacienda, que podríamos clasificar como relativos a las personas, a la minería, al comercio, a los cargos y transferencias y, finalmente, a las rentas estancadas.