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Ciudad que alcanzó un gran desarrollo en la Corona de Aragón, se cuenta entre las más antiguas de la península Ibérica. Sus orígenes deben ser buscados en un poblado prerromano, denominado Osca, que con la entrada de las tropas latinas se convirtió en capital de la comarca pirenaica. Durante las guerras sertorianas fue la sede de Sertorio, quien desde aquí desafió al poder de Roma en Hispania. La romanización hizo de Osca una gran ciudad, que contaba con senado y fue titulada como Urbis Victrix en tiempos de Julio César. La invasión musulmana hizo que se convirtiera en una importante posición del norte peninsular, especialmente durante los primeros tiempos. Fueron levantadas grandes murallas desde las cuales los árabes rechazaron el empuje franco. Por aquél entonces la ciudad pasó a denominarse Vechca. Desde los primeros tiempos de la llamada Reconquista cristiana Vechca se convirtió en un objetivo principal. Así, fue sitiada por el rey Sancho Ramírez en 1094, estando gobernada por el rey de Zaragoza Mostaín II. Durante el sitio, el monarca cristiano fue alcanzado por una flecha, falleciendo no sin antes hacer prometer a sus hijos Pedro y Alfonso que no se rendirían sin tomar la plaza, lo que logró Pedro I de Aragón tras la victoria de Alcoraz. A partir de este momento queda incorporada a Aragón. Huesca es entonces capital del reino aragonés, si bien la conquista de Zaragoza por parte de Alfonso I y la expansión de la Reconquista hacia el sur desplaza el centro de gravedad política en esta dirección, lo que hace que Huesca sea relegada a un segundo plano en beneficio de Zaragoza. No obstante, en Huesca se celebran Cortes del reino en tres ocasiones. La Edad media deja en Huesca numerosos restos y monumentos. En el mismo sitio en el que se levantaba la mezquita musulmana Jaime I comenzó a erigir su catedral gótica a finales el siglo XIII. En el siglo XIV fue dotada con un Estudio General y Universidad Literaria, centros de gran prestigio y únicos estudios superiores con que contó Aragón en los siglos siguientes. Conocida también es la ermita de San Jorge, en un promontorio que domina la llanura en la que se libró la batalla de Alcoraz entre Pedro I y las tropas musulmanas. Es preciso destacar también las iglesias de San Lorenzo, patrono local, la de San Miguel o Las Miguelas y la de de San Pedro el Viejo, entre otras muchas joyas medievales. Un episodio famoso relacionado con la localidad es el llamado de "la campana de Huesca". Según este relato, el rey Ramiro II hubo de enfrentarse a la oposición de un grupo de nobles. Con la excusa de que iba a mandar fundir una gran campana, los mandó llamar para que comparecieran ante él en el antiguo palacio de los reyes de Aragón, al que fueron llegando de uno en uno. Al momento, iban siendo decapitados y sus cabezas puestas en círculo sobre el suelo. Por último, cuando fue asesinado el líder opositor, su cabeza fue colgada de una cuerda que pendía sobre el centro del círculo, a modo de badajo, con lo que el rey apodado El Monje se deshizo de toda oposición.
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Conviene recordar en primer lugar que, en general, y salvo excepciones, la conquista se apoyó en la iniciativa privada, y que no hubo ningún plan elaborado para conquistar América por parte de la Corona española, que se limitó a legitimar las conquistas hechas. Y si no fue una empresa planificada -ni, menos aún, financiada- por la Corona, tampoco fue llevada a cabo por el ejército castellano, que ya existía en el siglo XVI, y bien organizado y actuando en muchos sitios de Europa y fuera de Europa, pero los famosos tercios nunca fueron enviados a conquistar las Indias. Por sorprendente que parezca, es cierto que la mayor parte de la América española fue conquistada en menos de 50 años por un reducido número de hombres armados -se calcula que no más de diez mil individuos-, que ni eran militares profesionales ni apenas tenían experiencia militar anterior, salvo en el caso de los caudillos. Estos hombres, aventureros en su mayor parte, integraron la llamada hueste indiana, caracterizada por la total voluntariedad de sus integrantes, que es lo que más la diferencia de las mesnadas y otros grupos armados medievales. Viene a ser, por tanto, un tipo peculiar de hueste, que puede considerarse real porque actúa con autorización de la Corona, y a su servicio, pero que se organiza por iniciativa privada y con financiación privada. Entre los miembros de la hueste -que van sin soldada, por eso no se les llama ni son soldados- no se establecen relaciones vasalláticas (de superior a inferior) sino bastante igualitarias (de compañeros, aunque con las jerarquías de mando características como grupo militarizado), y todos entran en el reparto del botín, aunque en distintas proporciones según hubiera sido la aportación y méritos de cada uno. El móvil económico constituye, sin duda, el verdadero aliciente de las huestes, hasta el punto de que han sido definidas como buscadores de tesoros. Claro que es difícil imaginar que hubiera podido ser de otra manera, pues como dice un documento de la época: "¿Cómo han de querer ir los cristianos a reducillos (a los indios) sin algún interés en su trabajo? ¿Con qué quiere VM. que compren el caballo que les matan, y las armas, y el comer, el vestido y calzar, y otros gastos muchos que se ofrecen? Y las heridas que les dan, ¿con qué las han de curar?" Con todo, la verdadera recompensa de la conquista fue de otro tipo: el conquistador anhelaba ser rico, pero más aún convertirse en encomendero, en señor de indios. La mayor parte de los conquistadores pertenecían a sectores populares (registrados en las listas de enganche como hijos de, hombres de bien, eran marineros, artesanos, labradores, profesionales urbanos), aunque hubo también bastantes caballeros e hidalgos, que contagian de su mentalidad y aspiraciones a los demás. La edad media del grupo conquistador se ha estimado en 27,3 años, es decir, no tan viejos como a veces se ha pretendido, pero tampoco ya mozos para la época. Ellos protagonizaron una página cruel de la historia, y fueron agentes conscientes o inconscientes de la destrucción de las poblaciones indígenas, y del paralelo proceso de europeización de América, que supone la incorporación al mundo occidental de un continente que durante milenios había sido una prolongación étnica de Asia. Por esta imbricación entre conquista y colonización, Alcina dice que "la conquista española de América ha sido la más destructiva... después de la romana, pues, en efecto, ambos sistemas al incorporar a las poblaciones nativas a su propio sistema cultural, las destruyen". Se produce, pues, un etnocidio, mucho más sutil y destructivo, aunque menos sangriento, que el genocidio. En este punto hay que señalar que desde luego es imposible explicar el resultado militar de la conquista en términos de heroísmo o audacia, que por lo demás existió por ambas partes. La superioridad tecnológica española (armas de acero y de fuego, caballos, perros de caza) es sólo una explicación parcial como lo es la ventaja inicial representada por la serie de profecías y creencias que tanto entre los aztecas como entre los incas parecían identificar a los españoles con dioses. Pero las civilizaciones indígenas constituían imperios militaristas, contaban con grandes ejércitos profesionales, mientras los españoles eran grupos de pocos cientos de hombres, escasos de armas, desconocedores del terreno, mal aclimatados... Y sin embargo, son precisamente los grandes imperios los que se conquistan con mayor rapidez y éxito. La clave está en los propios indígenas americanos, que fueron el principal instrumento de la conquista, y no sólo como guías, intérpretes, espías, sino como aliados. La cooperación indígena fue tan decisiva que no parece sino que América se conquistó a sí misma, en beneficio de España. Y todavía los conquistadores españoles contaron con otros aliados: un ejército de bacterias que diezmó a las poblaciones indias, a veces antes de que se produjera el contacto.
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En la época de la Contrarreforma, la accesibilidad de lo representado era un factor favorable al éxito de la obra. El idealismo de Carracci permitía expresar una gama de sentimientos mayor que la impuesta por el naturalismo de Caravaggio. De esta manera, resultaba más aceptable la transmisión de las tensiones inherentes a la historia representada. Los paisajes de Carracci, como los de Nicolas Poussin, expresan la armonía, el idealismo y el clasicismo por encimas del drama real. Aunque las personas se insertan en el paisaje, lo que innovó el boloñés fue la concepción de éste como entidad autónoma, independiente, no manipulable por el hombre, muy por encima de su categoría de mero decorado de los sucesos humanos. En esta obra, de tema muy conocido, explota Carracci el potencial del entorno natural, de forma que alcanzase a desempeñar un papel autónomo, que se impone por sí mismo, a través de los matices de luz, de la gradación atmosférica. A pesar de la lejana introducción de camellas, la escena se sitúa, idealmente en un bucólico paraje clásico, no en Egipto; este tipo de re-creación de lo natural será muy frecuente en Claudio de Lorena.
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Elsheimer llegó a Roma cuando tenía 22 años, entrando en contacto con artistas flamencos como el paisajista Paul Brill y Peter Paul Rubens, uno de los pintores que más valoró la obra del alemán. Buena parte de su escasa producción -no más de 30 obras ya que falleció en 1610, a la edad de 32 años- la constituyen los paisajes, en los que intentaba transmitir la emoción de la historia narrada, como podemos observar en esta Huída a Egipto, pequeño óleo sobre cobre en el que se presentan tres fuentes de luz diferentes: la antorcha en la mano de san José, el fuego encendido por los pastores y la luna y su reflejo en el agua. Cada uno de estos focos de luz modela los objetos de su entorno de manera fragmentaria, yuxtaponiendo cada uno de los espacios, haciendo especial hincapié en la importancia de la naturaleza. Con este paisaje nocturno, el artista intenta transmitir la incertidumbre de la Sagrada Familia que felizmente pasará la noche en compañía de un grupo de pastores.El empleo de contrastes de luz y de sombra está inspirado en Caravaggio, pero en sus obras Elsheimer crea un estilo propio en el que encontramos la influencia italiana junto a la concepción del paisaje derivada de la pintura flamenca y alemana.
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A finales del mes de abril de 1945, Mussolini tenía ya conciencia de la inminencia del fin, pero seguía pensando que era un deber moral plantear alguna forma de resistencia. Tras haber afirmado que, si fuese necesario convertiría a Milán en una segunda Stalingrado, centró su atención en la comarca de la Valtellina. Zona montañosa, podría convertirse en un efectivo reducto de resistencia definido por las milicias fascistas y respaldado por las fronteras suiza y alemana. La detención invernal de la ofensiva lanzada sobre la Línea Gótica había contribuido a levantar su ánimo, e incluso había llegado a pensar que los aliados pretendían hacer de él un interlocutor válido para tratar con Hitler. Sin embargo, la idea de establecer esta resistencia iría esfumándose con el paso de los días al comprobar la imposibilidad material de llevarla a cabo. Mientras, el Duce sigue ignorando las conversaciones secretas que se llevan a cabo entre todas las partes interesadas, para las cuales él es solamente el último escollo a anular. Personalmente, da muestras de una gran volubilidad, y si un día pretende ofrecer el poder a los socialistas, al siguiente manifiesta su deseo de tratar con la resistencia. En la tarde del 25 de abril, en la residencia del cardenal de Milán, tiene lugar una entrevista entre Mussolini y varios representantes del Comité de Liberación Nacional. No se obtiene en ella acuerdo alguno y poco más tarde, enterado el Duce de la voluntad de los partisanos de entregarlo a la decisión de un tribunal popular, abandona precipitadamente la ciudad y marcha hacia el lago de Como. Atravesando una región ya situada prácticamente en manos de la guerrilla, la caravana alcanza en la mañana del 26 la localidad de Menaggio. Le acompaña un destacamento de las SS que, más que como protector, se comporta como vigilante de un grupo de prisioneros. Las poblaciones de la zona se encuentran llenas de responsables del régimen, que buscan la protección de la inmediata frontera suiza. Trasladado en la tarde del mismo 26 al vecino pueblo de Grandola, Mussolini, en medio de un clima de temor e inseguridad, sigue negándose a tomar el camino del exilio. A las cinco de la mañana del 27, el grupo reemprende la marcha hacia el norte, por la carretera que bordea el lago. Poco después deben detenerse ante los obstáculos colocados por los guerrilleros. Entonces, el comandante del contingente alemán trata de convencer a Mussolini de la necesidad de pactar el transito con aquellos. A partir de ese momento, enterado el comité local de liberación de la presencia del dictador en la zona, decide realizar una serie de demostraciones que hagan pensar en una fuerza que realmente no posee. Pero esta estratagema da resultados, y sirve para incrementar todavía más el miedo de los huidos. Dentro del grupo, las dudas y los recelos mutuos se apoderan de todos. Mientras, en la noche del 26, una delegación italiana -de la que forma parte un hijo del mismo Mussolini- acordó con los responsables de la resistencia en Como que las personalidades fascistas serían entregadas con vida a los aliados. Para entonces, ya se había unido voluntaria e inesperadamente a la caravana Claretta Petacci, amante del Duce, que quiere compartir con él su destino. Los alemanes trataban entonces de convencerle para que huyese con ellos vestido de soldado de la Wehrmacht, pero él se negaba reiteradamente a soportar lo que consideraba una humillación. Finalmente, las presiones de todos consiguieron que aceptase esta salida y, cubierto por un capote y un casco alemán fue introducido en uno de los camiones entre los demás soldados. Había afirmado: "Confío más en los alemanes que en los italianos". Algunos de los altos jerarcas decidieron entonces volverse atrás, pero fueron inmediatamente apresados por los partisanos. A continuación, una inspección realizada por éstos en los vehículos alemanes pondría a Mussolini en sus manos. Detenido en nombre del pueblo italiano, el jefe guerrillero que lo apresa -conocido por Bill- le asegura su integridad física bajo su propia responsabilidad. Encerrado primero en el ayuntamiento de Dongo, Mussolini es trasladado en la misma tarde del 27 al cuartelillo de Germasino. A las 3 de la madrugada del 28, los responsables locales de la resistencia -que quieren verse libres de tamaña responsabilidad- lo envían a Bonzanigo. De hecho no tenían intención alguna de suprimir al prisionero, pero tampoco la de entregarlo a las autoridades aliadas. Desde el día 19 de abril existía contra Mussolini una sentencia de muerte dictada por el Comité de Liberación de la Alta Italia, que contaba con delegación de poderes de actuación por parte del Gobierno de Roma. Esta sentencia era, pues, legalmente válida, pero todavía hoy están confusas las circunstancias concretas que impulsaron su inmediato cumplimiento. En esta decisión intervino de forma muy destacada el dirigente comunista Luigi Longo, antiguo combatiente en la guerra civil española. Así, desde Milán fueron enviados en busca del Duce dos miembros del partido dignos de toda confianza: Walter Audisio -alias Coronel Valerio- y Aldo Lampredi -alias Guido-, este último mano derecha de Longo, acompañados de doce hombres armados. Llegados a las 8 de la mañana del 28 a Como, se encontraron con dificultades y resistencias de toda clase al exigir la entrega de los prisioneros. Para entonces ya se movía gran cantidad de intereses de variada índole en torno a los mismos. Finalmente obtienen la información del paradero de éstos tras ejercer una serie de presiones sobre los responsables locales de la resistencia. Y, a las 2 de la tarde, Valerio y Guido hallan a Mussolini y a Claretta Petacci en su encierro. Tras haberles asegurado que vienen a liberarles, les introdujeron en un vehículo que inmediatamente tomó la carretera que bordea el lago de Como. Allí, después de recorrer poco más de cuatrocientos metros, fueron obligados a descender del mismo y situados contra el muro de una finca particular. La pareja tomó entonces clara conciencia de su destino, pero no hizo nada por defenderse, vista la situación planteada. El mismo Coronel Valerio les ametralló de cerca y, tras dejar los cuerpos en el mismo lugar, marchó a Dongo con parte de sus fuerzas. Llegado allí comprobó la presencia e identidad de los jerarcas fascistas detenidos, que sumaban un total de quince, y ordenó su inmediata ejecución. A pesar de los ruegos de las autoridades locales que trataban de evitar en la población todo acto de violencia, Valerio ordenó que fuesen trasladados a la plaza del ayuntamiento. A continuación, situados contra un muro, fueron ametrallados de espaldas como traidores. Sus cuerpos, cargados en camiones, fueron trasladados a Milán junto con los de Mussolini y Petacci. En esta ciudad tuvo inmediatamente lugar una sucesión de hechos especialmente horribles. Los diecisiete cadáveres fueron amontonados sobre el pavimento de la Piazzale Loreto y entregados a la ira de la masa. Esta, comportándose de la forma más despiadada, se enseñó con ellos hasta dejarlos irreconocibles. Luego fueron colgados de la marquesina de una gasolinera próxima y expuestos a la curiosidad y al vituperio de la población. Allí permanecieron por algún tiempo hasta que fueron retirados por las fuerzas aliadas que habían entrado en la ciudad. Este episodio, que lanzó sobre el pueblo italiano extensas críticas en la opinión internacional, venía a sellar de la forma más dramática veintitrés años de dominio fascista sobre el país. Las iras contenidas durante tanto tiempo por muchos se habían venido a unir a las penalidades soportadas durante la guerra para crear un estado de ánimo capaz de impulsar a la comisión de un acto de esta naturaleza, algo que no puede hallar explicación racional posible.
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"Recuerdo -le contó el 24 de julio de 1914 Albert Ballin, un influyente hombre de negocios alemán a Churchill, entonces ministro de Marina británico- que el viejo Bismarck me dijo un año antes de morir que, un día, la gran guerra europea estallaría a causa de alguna maldita estupidez en los Balcanes". Cuando la conversación tenía lugar, la "maldita estupidez" ya se había producido. El 28 de junio de aquel año, un joven estudiante serbio de 19 años, Gavrilo Princip, vinculado a la organización nacionalista clandestina Mano Negra había asesinado en Sarajevo (Bosnia-Herzegovina) al heredero del trono austro-húngaro archiduque Francisco Fernando y a su esposa, la duquesa Sofía. La imprudencia y la casualidad habían sido factores determinantes. Primero, porque la visita de Francisco Fernando a Sarajevo fue una obstinación personal pues le había sido desaconsejada por razones de seguridad. Y porque, ya en la capital bosnia, el archiduque insistió en continuar con los actos programados para la jornada incluso después que se produjera un primer atentado, al lanzar los terroristas (eran cuatro) una bomba contra su automóvil, hiriendo a 20 personas. Segundo, porque un error del conductor de ese mismo vehículo hizo que, horas después, retornando de uno de aquellos actos desviase su trayectoria y fuera a detenerse prácticamente junto al joven Princip (que había huido desconcertado y desalentado tras el fracaso del primer atentado). El carácter azaroso del atentado reforzaba -sobre todo vistas las catastróficas consecuencias que tendría- la tesis de la "estupidez balcánica" del viejo Bismarck. La guerra, además, no estalló de inmediato. Incluso, en un primer momento el atentado de Sarajevo pareció algo remoto e irrelevante. Se dijo que el subdirector de la agencia de prensa Reuter de Londres pensó que el mensaje urgente que le llegó vía París transmitía el resultado de una carrera de caballos: Sarajevo (1°), Fernando (2°), Asesinado (3°). A Stefan Zweig, el escritor vienés, la noticia le sorprendió en Baden, cerca de Viena, y pudo comprobar que el asesinato no produjo pesar, que la gente charlaba y reía en los paseos como de usual, y que a última hora de la tarde la música había vuelto a sonar en los lugares públicos.
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En 1890 Guillermo II ascendió al trono alemán, destituyendo como canciller al anciano Bismarck. Con este cambio, la política exterior alemana se encaminó a la búsqueda de la hegemonía en el mundo, comenzando un proceso que finalmente llevará a la I Guerra Mundial. Alemania se lanzó a la construcción de buques de guerra, lo que fue respondido por Inglaterra con el desarrollo de un nuevo tipo de acorazados, los Dreadnought, cuya velocidad y poder de fuego hacían que ningún acorazado de la época pudiera vencerles. Por otro lado, el colonialismo impulsó los choques entre potencias, más aún desde la entrada en escena de Japón y Estados Unidos. Las rivalidades territoriales se fueron haciendo cada vez mayores. Francia y Alemania mantenían un duro enfrentamiento desde 1870, cuando la primera se anexiona la Alsacia-Lorena. Finalmente, el gigante turco, cada vez más débil, no puede evitar la penetración del Imperio austro-húngaro y de Rusia en los Balcanes, un foco de tensiones nacionalistas. Los enfrentamientos entre países hacen que no tarden en formarse alianzas y bloques. Los llamados "Imperios Centrales", Alemania y Austria-Hungría, formarán una coalición a la que se unirán Bulgaria y Turquía. Además, las colonias alemanas de Togo, Camerún, el Africa Oriental, Africa del Sudoeste y la Micronesia aportan materias primas y el control de estratégicas posiciones. Frente a ellos se sitúan Francia, Gran Bretaña y el Imperio Ruso. Se les sumarán Serbia y Montenegro, Bélgica, Italia, Grecia, Rumanía, Portugal y, en el extremo oriente, Japón. Los aliados cuentan con extensas colonias en el continente africano, Canadá, las posesiones inglesas en América, parte de la Península Arábiga, la India, Australia y enclaves del Sudeste asiático y Oceanía. Además, se sumarán a la alianza EE. UU., todos los países centroamericanos y caribeños, Ecuador, Perú, Bolivia, Uruguay, Brasil, Liberia, China, Mongolia, el Tíbet, Filipinas y el reino de Siam. En un ambiente de gran tensión internacional, el 28 de junio de 1914 fue asesinado en Sarajevo el Archiduque Francisco Fernando, sobrino del Emperador Francisco José I y heredero al trono austro-húngaro. El atentado desencadenó una fatal serie de acontecimientos que desembocó en una guerra sin precedentes. La Guerra comenzó inmediatamente. Alemania, encerrada entre sus dos enemigos, Francia y Rusia, se propuso atacar a la primera a través de Bélgica, esperando lograr una fácil victoria que le permitiera concentrarse después en el frente oriental. A finales de agosto de 1914 los alemanes se lanzaron hacia París. Las fuerzas francesas e inglesas se interpusieron para frenar el ataque alemán. La gran batalla se producirá en el Marne, entre el 6 y el 9 de septiembre. Los alemanes dispusieron a sus tropas formando tres líneas de avance cuya intención era rodear París. Por su parte, los aliados dispusieron una línea defensiva con el 5? y 6? Ejército francés y el Cuerpo Expedicionario británico. Los aliados, a la desesperada, decidieron iniciar ellos mismos el ataque. En la mañana del día 6 el 6? Ejército francés comenzó su avance. El 5? y el Cuerpo Expedicionario Británico aprovecharon para descargar todo su potencial y empujar sobre las líneas germanas. Con los alemanes resistiendo, el 6? Ejército francés estuvo a punto de caer, pero la llegada de 6.000 hombres de reserva inclinó la balanza a su favor. El comandante en jefe alemán, Moltke, se vio obligado a ordenar la retirada general. La batalla del Marne, la primera de este nombre, segó las vidas de unos 250.000 franceses y alemanes, así como 12.000 británicos. Los aliados habían conseguido frenar a los alemanes, pero la situación era de empate táctico. Esto dio lugar a una larga guerra de trincheras que producirá miles de muertos, sin que ninguno de los adversarios consiga avances significativos. Estancada la guerra en el frente occidental, en el oriental los rusos lanzaron a primeros de agosto un ataque imparable sobre Alemania, venciendo en Gumbinnen. Pero el avance ruso es detenido por las tropas del capitán general von Hindenburg. Rehechos los alemanes, a finales de agosto consiguieron la victoria en Tannenberg. El año 1914 se cierra con avances rusos en Austria-Hungría y con el fracaso de las tropas austro-húngaras en su ataque a Serbia. 1915 y 1916 son los años de la guerra de posiciones. Las naciones pusieron todo su potencial industrial al servicio de la guerra, lo que hizo que se alcanzasen una violencia y destrucción nunca antes vistas. Nuevas armas como granadas, lanzallamas, tanques, gases... incrementaron el horror de la guerra, pero llevó al frente occidental a un empate táctico. En 1915 Italia entró en la guerra en el bando aliado, lo que abrió el frente alpino, entre Italia y Austria-Hungría. En Ypres, ese mismo año, los alemanes usaron por vez primera gases tóxicos. El horror de la guerra se manifestó con toda su crudeza en 1916 en Verdún, batalla que dejó más de 60.000 muertos sin avances significativos. En el Mar del Norte, Gran Bretaña activó el bloqueo sobre Alemania y se produjo la batalla naval de Jutlandia, de resultado incierto. En el frente oriental, Alemania avanza en 1915 sobre Polonia y Lituania, Austria conquista Serbia, y Bulgaria se une a los Imperios Centrales. Rumanía es rápidamente derrotada y se produce un desembarco francés en Grecia. En otros frentes, el ejército turco se adentra en el Cáucaso frente a los rusos, los británicos inician su avance desde Egipto, tomando Palestina y se produce un sangriento desembarco británico en Gallipoli, Turquía. La guerra se estaba cobrando miles de vidas. El enorme costo que suponía luchar en tantos frentes, la amargura por su duración y las penalidades de la población civil hicieron cundir el pesimismo en todos los países. En Gran Bretaña comenzaron a sucederse las huelgas, mientras que en el ejército francés surgieron los motines y en Austria-Hungría florecieron las demandas nacionalistas. En el frente occidental la guerra se encontraba estancada. En Verdún el número de bajas era terrible, con 315.000 franceses y 281.000 alemanes muertos. Los aliados decidieron poner fin a este pulso inútil lanzando un ataque de distracción. El lugar elegido fue un frente de 30 km al norte del río Somme. Desde Gommecourt hasta Montauban, los batallones aliados se desplegaron codo con codo, agrupados en el 3?, 5? y 4? Ejércitos británicos y el 6? Francés. Enfrente, los alemanes contaban con el poderoso 2? Ejército de von Below. Los británicos lanzaron un feroz ataque, que, el primer día, el 1? de julio de 1916, se saldó con 58.000 bajas. Los combates más encarnizados se produjeron en Montauban. Montauban se encontraba defendida por cuatro líneas defensivas alemanas, bien parapetadas. Enfrente, los aliados británicos y franceses dispusieron dos líneas de ataque con lo más granado de sus batallones. La ofensiva comenzó con una fuerte preparación artillera. Por el flanco izquierdo aliado, pronto los franceses tomaron las ruinas de Mametz. Todas las líneas aliadas avanzaron en masa, luchando cuerpo a cuerpo con las defensas alemanas, que no tenían más remedio que retroceder. El potente ataque lanzado por la 30 División británica consiguió tomar la línea defensiva alemana y avanzar 900 metros hasta Montauban, que fue ocupada a las 10,30 horas. Los éxitos aliados, sin embargo, apenas produjeron frutos. Tras varios meses de combates, las primeras nevadas de noviembre precipitaron el fin de la ofensiva. A cambio de escasos avances de no más de 12 kilómetros, los británicos tuvieron 420.000 bajas, los franceses 200.000 y los alemanes en torno al medio millón. La batalla del Somme no había valido para nada. 1917 va a ser el año más decisivo de la guerra. La revolución soviética en Rusia provoca que abandone el conflicto y ceda grandes territorios a los Imperios Centrales. Al cerrar el frente oriental, Alemania concentra sus esfuerzos contra Francia, lo que motiva que Estados Unidos entre en el conflicto, enviando tropas en masa. Por otro lado, Grecia se suma al bando aliado y los británicos avanzan por Oriente Medio. La ayuda norteamericana propicia la contraofensiva definitiva de los aliados. Tras el ataque francés desde Grecia, Bulgaria firma el armisticio en septiembre de 1918, seguido por los de Turquía y Austria-Hungría. Alemania está cada vez más arrinconada. Hindenburg y Ludendorff, cabezas principales del Reich, comunican al kaiser Guillermo II que la guerra está perdida. La conciencia de la derrota provoca la revolución en Alemania. El kaiser acaba por abdicar y huir a Holanda, proclamándose la República. El 11 de noviembre de 1918 Alemania pide la firma de un armisticio. La Gran Guerra ha acabado, dejando millones de muertos, heridos e inválidos. A Alemania, considerada la gran culpable, las naciones vencedoras le impondrán en el Tratado de Versalles el pago de severas reparaciones y unas limitaciones muy restrictivas a su industria militar. El empobrecimiento de la población generará odio, creando un caldo de cultivo que estará en el origen de la II Guerra Mundial. Apenas dos décadas después, el mundo estará condenado a sufrir de nuevo los horrores de la guerra.
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El 11 de febrero de 1873 el Congreso y el Senado, reunidos en Asamblea Nacional, proclamaron la República, por 258 votos a favor y 32 en contra, contraviniendo el principio constitucional que prohibía su deliberación conjunta. Lo que la Asamblea había aprobado era la siguiente proposición: "La Asamblea Nacional resume todos los poderes y declara como forma de gobierno de la Nación la República, dejando a las Cortes Constituyentes la organización de esta forma de gobierno... Se elegirá por nombramiento directo de las Cortes un poder ejecutivo que será amovible y responsable ante las Cortes mismas". La República no partió de una mayoría definida, pero el vacío de poder que provocó la marcha de Amadeo precipitó la colaboración de los radicales monárquicos. La nueva forma de gobierno, pues, llegaba como resultado de un pacto político coyuntural, muy frágil. Resultaba transitorio el nuevo consenso surgido entre radicales y republicanos federales. Cada uno de ellos tenía su propio modelo republicano, pero ambos grupos se comprometieron a sostener la República, todavía indefinida. Se demostraba así el interés de los radicales por valorar el ideario democrático, que antepusieron a la forma de gobierno. Los federales, por su parte, sacrificaron su proyecto y consintieron el avance de la República unitaria, pero las bases del partido no aceptaron la postergación y comenzaron a elaborar, por su cuenta, la República federal. De la coalición de gobierno surgió un primer presidente del Poder Ejecutivo, el federal Estanislao Figueras, arropado por tres destacados republicanos: Pi y Margall, Nicolás Salmerón y Emilio Castelar. Los radicales estaban representados en cinco carteras: Echegaray, en Hacienda; Córdoba, en Guerra; Beranger, en Marina; Becerra, en Fomento y, finalmente, Francisco Salmerón, en Ultramar -todos ellos, salvo el último, habían sido ministros del último Gobierno de Amadeo-. La actuación de este gabinete estuvo repleta de tensiones y salpicada por múltiples intentonas de relevo. La alianza entre radicales y republicanos originó fuertes roces que provocarían, a los pocos días, la elección de un nuevo Gobierno, esta vez dominado por los federales. Estaban ya en disposición de lograr su objetivo: disolver la Asamblea Nacional y convocar elecciones a Cortes constituyentes, para proclamar después la República federal. Antes de que eso sucediera había tenido lugar una secuencia de sucesos que constataron la imposibilidad de mantener la República indefinida: en Andalucía se habían reavivado las protestas de los campesinos sin tierra, que confiaban en que la República traería, por fin, el reparto social. A primeros de marzo, los comités republicanos, con intervención de varios internacionalistas, intentaron proclamar el Estado Catalán dentro de la República Federal Española, intento que fue abortado desde el poder por los propios federales. La situación en Cataluña estaba determinada, además, por la guerra carlista; de ahí el conflicto que se originó por el abandono de muchos soldados republicanos del ejército. Pero el intento de sustituir el ejército por un cuerpo de voluntarios fue sólo una realidad transitoria, sucumbiendo ante los nuevos embates del carlismo. En defensa de la República se postergó la abolición de las quintas para un futuro incierto. A finales de marzo los federales lo tenían todo a su favor para conseguir sus propósitos desde la legalidad. Suspendidas las sesiones de la Asamblea, una Comisión permanente se hizo cargo de la situación hasta las elecciones. Por fin estalló el último acto del conflicto entre radicales y federales, los días 23 y 24 de abril. Aquéllos intentaron derribar al Gobierno, con la colaboración de batallones de voluntarios, de tendencia monárquica, apostados en la plaza de toros de Madrid, y la connivencia del capitán general de Castilla, el general Pavía. El golpe fue abortado por la actuación de los voluntarios de la República, y al día siguiente fueron disueltos por decreto la comisión permanente y los batallones de voluntarios rebeldes. Los republicanos, que gobernaron solos a partir de entonces, lograron las posibilidades legales de una República federal, pero a costa de alejar a los radicales del régimen. Entre el 10 y el 13 de mayo de 1873 se celebraron las elecciones a Cortes Constituyentes. El sufragio universal se aplicó, por primera vez, a todos los varones mayores de 21 años, ampliando todavía más el electorado. El abstencionismo siguió su carrera al alza, ya que alcanzó el 60 por ciento del total del censo. De esta manera la indiscutible victoria de los republicanos, con el 90 por ciento de los votos, resultaba engañosa. A la indiferencia o cansancio de buena parte del electorado se unía la política de retraimiento ordenada por todos los partidos de la oposición. A título individual, algunas personalidades de estas tendencias políticas ocuparon escaño de diputados. Pero la realidad es que los republicanos se habían quedado solos, lo que suponía, de un lado, que los otros partidos cuestionaran la legitimidad del nuevo régimen y, de otro, que la soledad hiciera más visibles las tensiones siempre latentes en el seno del republicanismo español.
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Desde luego, en la querella se mezclaron factores que no eran religiosos, como antaño en la cuestión monofisita, pero éstos le daban su carácter. El culto a las imágenes, consideradas sólo como símbolo, venía creciendo entre los ortodoxos desde el siglo VI, a menudo en términos de enorme veneración y culto locales, "por medio de las que los individuos y comunidades aisladas se daban a sí mismos valor y esperanza ante las turbaciones políticas y sociales de su tiempo" (Ducellier), pero en contraste con "la diversidad y la fuerza en el mismo momento de las tendencias anicónicas entre los monofisitas, los armenios, algunas sectas maniqueas de Asia Menor surgidas en el siglo VII y conocidas con el nombre de paulicianas, entre los judíos y, en último lugar, en el Islam" (Lemerle). En el año 723 el califa Yazid había ordenado retirar las imágenes de los templos cristianos en las tierras sujetas a su dominio y León III, que conocía el gran número y fuerza de los iconoclastas en Asia Menor, tierra próxima al mundo islámico, quiso aumentar su apoyo en ella e impedir cualquier debilitamiento de su capacidad de defensa al tomar medidas a favor de la iconoclastia, aunque parece que no lo hizo por influencia directa de las corrientes anicónicas musulmanas sino por motivos de recuperación del poder imperial sobre un culto que, en cierto modo, prescindía de toda referencia al Estado. Sin embargo, como señala el mismo Lemerle, "los iconódulos están en la línea del cristianismo humanista transido por la tradición greco-romana; los iconoclastas, como anteriormente los monofisitas, en la del cristianismo semita y asiático... que trasciende la divinidad y condena la materia; el occidente greco-latino no se decide ni a concebir una divinidad totalmente incognoscible, incomprensible, imposible de circunscribir y representar, ni a condenar definitivamente la materia. El cristianismo cree en un Dios que fue al mismo tiempo un Hombre... su dogma fundamental es el de la Encarnación", de modo que el culto a las imágenes, que para sus adversarios era idolatría y acto de magia porque consideraban consustancial la imagen y el ser al que representaba, para sus partidarios subrayaba la naturaleza humana de Cristo, el vínculo profundo entre tiempo y eternidad establecido por Dios sin merma alguna de su unicidad y trascendencia. Claro está que el prestigio e influencia sociales de muchos monasterios, principales promotores del culto a imágenes, y el fruto de peregrinaciones y ofrendas no fueron elementos desdeñables, y también lo fue que a menudo se generaban abusos y formas poco convenientes de práctica religiosa y muy ajenas a la parquedad de representaciones figuradas propia de los primeros siglos del cristianismo, pero esto no altera el fondo doctrinal de la cuestión.