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A nivel teórico toda América, suelo y subsuelo, era propiedad del rey de Castilla, en virtud de la donación papal. El monarca cedió el usufructo de su tierra a los particulares y se limitó a cobrarles unos derechos por ello que ingresaban en su hacienda personal, la Real Hacienda. Para evitar equívocos los monarcas tuvieron buen cuidado de escamotear la administración económica de sus indias a la Contaduría de Castilla (que la tuvo en los primeros años), pues no eran bienes castellanos, sino de la persona de su rey, organizando una planta independiente con funcionarios propios. Podía así recaudar impuestos y gastarlos como le placía, sin necesidad de dar cuentas a ningunas Cortes. Esto les permitió destinar enormes sumas a sus grandes campañas hegemónicas en Europa, para las que no siempre contaba con la comprensión de los castellanos, y menos con la de otros pueblos de España. La Real Hacienda se configuró como un aparato gigantesco y bastante eficaz que cobraba impuestos a todos los que vivían en las Indias. Colón puso en marcha el sistema con el famoso tributo indígena (un cascabel de oro al año, que luego se pudo pagar en especie) que debían dar todos los varones comprendidos entre 15 y 50 años. Los indios no pudieron preguntar por qué tenían que pagarlo, ni Colón se molestó tampoco en explicarlo. Los impuestos se hicieron luego extensivos a los españoles y finalmente a todo el mundo. Se llegó al extremo de cobrar un tributo gracioso a los mestizos e indios, por el simple hecho de haber nacido así. Los únicos que no pagaron fueron los esclavos, y esto porque sus amos aportaron por ellos. Naturalmente los indianos inventaron los más ingeniosos mecanismos para eludir la presión fiscal, algunos de los cuales como el soborno o el contrabando minaron considerablemente los ingresos reales. La máquina tributaria constaba de dos aparatos sincronizados en España y en América. El primero estuvo centralizado por la Casa de la Contratación y el Consejo de Indias. El segundo era supervisado por los Virreyes y Gobernadores, hasta que en 1605 se crearon los tres tribunales de Cuentas de México, Lima y Santa Fe de Bogotá, además de dos plazas de revisores de cuentas en La Habana y Caracas para la contabilidad de Las Antillas y Venezuela. Su cometido, según la cédula fundacional era que "se tomen las cuentas de las rentas y derechos que a nos pertenecen en aquellos Reynos y Señoríos, a todos y a cualesquier persona en cuyo poder hubiere entrado y entrare hacienda nuestra". Es decir, controlar entidades o personas relacionadas con la hacienda real. Los oficiales de los Tribunales de Cuentas eran tres contadores de cuentas (en México y Lima se añadieron otras dos en 1629) y dos contadores de resultas. Sus enormes atribuciones hicieron que chocaran pronto con virreyes y presidentes. Para la recaudación de los impuestos en todas las comarcas de interés económico se crearon las cajas reales, cuya función era recaudar los impuestos, pagar los costos y remitir anualmente el sobrante a la cabecera de distrito. De aquí se enviaba a la Casa de la Contratación, donde se asentaban las partidas pertinentes y se notificaba al monarca el dinero disponible. La contabilidad se llevaba con dos partidas, una de cargo y otra de data, que eran el haber y el debe. Los oficiales de las cajas eran un contador, un tesorero, un factor y un veedor. El contador llevaba el control de entradas y salidas de los distintos ramos de la caja y certificaba el movimiento de la caja. El tesorero custodiaba lo recaudado en el arca de tres llaves y efectuaba los pagos. El factor era el responsable de la venta de los productos depositados en los almacenes de la corona por tributos, comercio o decomisos. El veedor vigilaba pesos y medidas de lo tributado. En muchas cajas sólo aparecen los oficios de contador y tesorero. La burocracia fiscal no pudo librarse de los dos grandes males del siglo XVII: la lentitud administrativa y la corrupción de los funcionarios. Los Tribunales de Cuentas se fueron alcanzando en las revisiones, llegando a estar pendientes cuentas de cinco y más años. Muchos oficiales utilizaron el dinero de los impuestos para sus negocios particulares, confiando en reponerlo antes de que se hicieran las remisiones. Otros recurrían a arrendar algunos renglones (naipes, pulque, pólvora) mediante terceras personas, siendo ellos mismos los que fijaban el cánon de arrendamiento. Actualmente se están realizando muchos estudios sobre las cajas reales y pronto contaremos con estudios globales. La Real Hacienda recaudó un promedio anual de 57.345 pesos en la década transcurrida desde 1510 a 1520, que subieron a 519.700 pesos en la década de los cincuenta del siglo XVI. Hamilton calculó que las remesas a España entre 1503-1600 fueron de 62.666.551 pesos de minas. Entre 1536 y 1660 ascendieron a 117.386.086 pesos. Los impuestos formaban la denominada masa común de la Real Hacienda, que podríamos clasificar como relativos a las personas, a la minería, al comercio, a los cargos y transferencias y, finalmente, a las rentas estancadas.
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La revitalización de la monarquía requería más funcionarios dispuestos a ordenar racionalmente la administración, mejores fuerzas armadas prestas para el combate exterior en defensa de los mercados coloniales y mayores infraestructuras que dinamizaran la economía nacional. Para la realización de estas ambiciosas obras se precisaba dinero contante y sonante. Al margen del tímido capital privado, eran los recursos del Estado los que podían movilizarse para impulsar tamaña empresa de dinamización de la administración y la economía. Sin embargo, el numerario público estuvo siempre en dificultades para hacer frente al aumento del gasto interno que la empresa reformista demandaba y a los recursos extraordinarios que los conflictos internacionales exigían. Con una balanza comercial deficitaria y con buena parte de la plata americana destinada a impedir el aumento de la deuda con el extranjero, sólo cabía la posibilidad de conseguir más recursos para el erario público a través de los propios súbditos o mediante los préstamos con intereses que nacionales o extranjeros pudieran otorgar a la Corona. Y lo primero no era fácil, pues la mayor parte de los pecheros estaban ya suficientemente exprimidos en un sistema fiscal lleno de privilegios para las clases poderosas, y lo segundo suponía un grave peligro para la propia estabilidad financiera del Estado. En efecto, el sistema tributario se centró en su mayor parte en los impuestos indirectos. En términos generales puede argumentarse que el mundo rural y la tierra, principal bien del siglo y de las clases dominantes, soportó una modesta carga fiscal. En cambio, los impuestos tuvieron a los consumidores urbanos como los principales focos de recaudación: la alcabala (gravamen sobre la compra-venta) y los derechos aduaneros fueron los principales recursos impositivos, de ahí el interés añadido que los gobiernos tenían en incentivar el comercio. Es decir, la presión fiscal recayó precisamente sobre las clases que aumentaban su nivel de vida, impidiendo que éste se tradujera en un incremento del consumo y a medio plazo de la propia fiscalidad. De esta manera, con unas clases privilegiadas protegidas del fisco y unas clases trabajadoras sin recursos para contribuir, no resulta extraño que la historia de la hacienda durante el Setecientos sea la de un déficit crónico que debía superarse mediante el endeudamiento de la monarquía con el gran capital financiero. A la muerte de Carlos II la situación hacendística era poco halagüeña, siguiendo el difícil caminar que en estos asuntos siempre había tenido la casa de Austria. Ante cualquier evento exterior, sobre todo las guerras en Italia, la hacienda de Felipe V mostraba sus debilidades estructurales. Al margen de algunas medidas de mejora técnica en la recaudación y de la rebaja del interés de los juros en Castilla, establecido en 1727 en el 3 por ciento, lo más significativo del reinado del primer Borbón fue la fijación, en la antigua Corona de Aragón, de un nuevo régimen fiscal de contribución única tendente a equiparar los esfuerzos castellanos con los aragoneses en la financiación del Estado y a conseguir un modelo más estable, barato y rentable de recaudación. Así nacieron el equivalente en Valencia, la única contribución en Aragón, el catastro en Cataluña y la talla en Mallorca. A finales del siglo esta importante reforma pareció dar globalmente buenos resultados, al haber racionalizado los métodos de recaudación, posibilitado una mayor redistribución social de las cargas tributarias y permitido el cálculo económico de los particulares dado que era un impuesto de cupo. Además, en los territorios de la Corona de Aragón, el estancamiento de la base impositiva fue abriendo brecha entre unos recursos económicos en crecimiento y una presión fiscal relativamente estabilizada. En tiempos de Fernando VI, parece que la política exterior de neutralidad permitió reequilibrar un tanto las cuentas. En este panorama se produjo una profunda reorganización hacendística pasando el Estado a gestionar su recaudación sin intermediarios, cuestión conseguida a mediados del siglo. Por contrapartida, los intentos de Ensenada (1749) de imponer la única contribución en Castilla, se saldaron con un sonoro fracaso por la presión de las clases privilegiadas y las oligarquías locales. Un intento que, por lo demás, ha sido calificado por algún estudioso como un resabio arbitrista impracticable en la España del Setecientos y a contracorriente de las teorías hacendísticas que en la nueva economía política se iban imponiendo. Fue en el reinado de Carlos III cuando tras una etapa de relativa estabilidad fiscal, los conflictos bélicos vinieron a suponer un serio agravamiento hacendístico, salvado en parte por la emisión de deuda pública a través de los conocidos vales reales. La posterior agudización de la inestabilidad política en tiempos de Carlos IV ocasionó los mayores quebrantos de todo el siglo, hasta conducir a una verdadera quiebra del conjunto del sistema hacendístico en la bisagra finisecular. Ni las nuevas emisiones de vales reales ni los tímidos intentos desamortizadores de Godoy tuvieron serias repercusiones fiscales y tampoco pudieron impedir el aumento de la deuda. Una deuda que suponía una parte importante de los gastos anuales del Estado a los que había que añadir otros dos capítulos fundamentales: el pago de la ascendente burocracia y, sobre todo, los recursos para la defensa, que en tiempos de Carlos III llegaron a suponer casi la mitad de los desembolsos del tesoro público. Dispendios en defensa que, cada vez más, buscaron salvaguardar el estratégico bastión colonial americano más que la gloria retórica de la dinastía. De cualquier forma, parece evidente que las dificultades hacendísticas hispanas no se debieron a una mala organización del fisco (muy parecida a la inglesa y similar a la francesa), sino que en realidad vinieron a reflejar las deficiencias estructurales del sistema tardofeudal español y las limitaciones sociopolíticas de los reformistas gubernamentales. Las autoridades ilustradas organizaron un modelo de hacienda que era el más barato, estable, seguro y eficaz que en aquella España podía edificarse sin tocar el entramado social existente. Así pues, la hacienda no fue tanto un obstáculo para el crecimiento económico como el reflejo de los límites (sociales, políticos e institucionales) que el mismo tuvo en la España del Setecientos.
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Entre las muchas unidades de producción agrícola sobresalieron la hacienda y la plantación. La primera era una explotación de un solo propietario, con escasa inversión de capital, en la que unos trabajadores asalariados producían alimentos para un mercado cercano. Generalmente era mixta, agrícola y ganadera, y su mercado próximo una urbe o un centro minero. La hacienda apareció en el siglo XVII coincidiendo con la crisis de los envíos de metales preciosos a España, el máximo decrecimiento de la demografía indígena y el hundimiento de la encomienda, por lo que se la ha relacionado con ellos. Para la formación de la hacienda hicieron falta tres factores esenciales: inversión de pequeños capitales en agricultura (quizá trasladados de la minería), existencia de una mano de obra asalariada (mestizos y forasteros) y demanda de alimentos motivada por el crecimiento de los centros urbanos y por los reales de minas. La existencia de complejos mecanismos para retener la mano de obra (adelantos de jornal, tiendas de raya que les suministraban lo que necesitaban a cuenta, y subarriendos de parcelas a cambio de trabajo) demuestran que tal mano de obra no debía ser excesivamente abundante. La plantación fue una explotación agroindustrial, originada en el siglo XVI, en la cual se practicaba el monocultivo y la semielaboración de determinado producto (azúcar principalmente) destinado a los mercados internacionales. Exigía gran extensión territorial y una fuerte inversión de capital para la compra de instalaciones, herramientas y esclavos. Entre la hacienda y plantación existieron numerosas fórmulas intermedias.
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La Hansa teutónica inició su dominio comercial sobre el Báltico gracias al control de la sal, producto indispensable para las pesquerías de arenques de la región. Más tarde comenzó a monopolizar los intercambios entre el Mar del Norte y el Báltico, comerciando con productos ingleses y holandeses (tejidos y especial) y mercancías bálticas (productos primarios). Pero desde 1400 la Hansa tuvo que competir con mercaderes ingleses y holandeses: tal es el caso de la aura pugna comercial de Lübeck contra Amsterdam y Rotterdam. La Hansa influyó sobre el urbanismo local (construcciones en ladrillo), sobre la vida religiosa de la región (cofradías) y sobre los más variados aspectos de la sociedad báltica. La germanización del derecho y de la lengua fueron consecuencias directas del influjo hanseático; según J. Heers el 20 por 100 de los burgueses de Copenhague contaban con un nombre alemán a finales del siglo XIV, porcentaje que asciende al 35 por 100 para la población burguesa de Estocolmo hacia 1460. Los mercaderes hanseáticos compraban en los mercados escandinavos hierro sueco, madera, pieles y pescado. Este último producto era el principal motor de las llamadas Ferias de Escania, articuladas en torno a la ciudad de Falsterbo. Esta localidad era en realidad un mercado estacional al que acudían cada año más de 10.000 visitantes entre hanseáticos, ingleses, flamencos y franceses. Cada nación obtenía del rey de Dinamarca una concesión territorial o vitte, en donde se levantaban campamentos y barracas bajo la protección real. La Hansa frecuentaba otras regiones como las islas de los estrechos daneses (Rugen, Mon, Lolland y Bornholm), Malmö, Trälleborg, Jutlandia (Aalborg, Viborg y Flensburg), Bergen (controlada por Lübeck), Oslo, Stravanger y Tonsberg (controladas por Rostock), la comarca de Wiek y Estonia (Dorpat). La presencia hanseática auspició la creación de algunas corporaciones de artesanos alemanes en los centros de intercambio más relevantes. Este es el caso del gremio de zapateros alemanes de Bergen (1330), del de artesanos germanos de Oslo o de las corporaciones artesanas de Tonsberg y Trondheim.
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La potencialidad de Suecia se mantendría con Carlos XI (1660-1697), cuyo reinado se prolongaría hasta finales de la centuria, cerrándose así el ciclo de esplendor de esta Monarquía nórdica abierto en sus inicios. Cuando heredó el trono el nuevo soberano, hijo del anterior, tan sólo tenía cinco años de edad, originándose por tanto la inevitable y siempre perturbadora etapa de regencia, que en esta ocasión tuvo como elementos destacados a la reina madre y al canciller Magnus La Gardie; período que nuevamente iba a ser aprovechado por la alta aristocracia para seguir ostentando su destacada posición como grupo dominante y para aumentar todavía más sus posesiones territoriales, ya que las necesidades financieras exigidas por las campañas bélicas que estaban desarrollándose obligaban a continuar con las enajenaciones de las tierras realengas, práctica que venía produciéndose desde reinados anteriores y que tanto malestar había venido sembrando en los grupos no privilegiados de la sociedad, ante la abusiva concentración de bienes inmuebles en manos de la nobleza, que por otra parte supo aprovecharse de las dificultades económicas de los campesinos humildes adquiriendo las tierras que éstos se veían obligados a poner en venta. En teoría se habían decidido ya algunas reducciones, es decir, la devolución por parte de la nobleza de las tierras enajenadas en su favor, pero esta medida tardaría aún unos años en poderse poner en práctica, debiéndose esperar a la última fase del reinado de Carlos XI, cuando éste pudo afirmar su absolutismo y, tras contar con el apoyo de los demás estamentos representados en la Dieta, someter a la alta aristocracia. En 1672 el rey había tomado el poder poniendo fin a la regencia, pero tuvo que esperar un decenio para conseguir afianzar su poder soberano. Así pues, en las dos últimas décadas del siglo XVII se produjo el triunfo más evidente del absolutismo monárquico en Suecia, sancionado por la Dieta, en la que la nobleza había perdido su dominio y que acordó la supresión del Consejo de regencia y concedió la libertad de legislar a la Corona sin control alguno. No obstante, en el siguiente reinado todo cambiaría.
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La política exterior de Luis XIV tenía como principal motivación la demostración del poder de Francia y la magnificencia del propio rey. Por ello se fue determinando conforme se presentaban las circunstancias. Sin embargo, es cierto que existían ciertos condicionamientos objetivos que orientaban los intereses exteriores de una manera determinada, aunque en la decisión de adoptar una expeditiva vía militar tuviese gran parte la consecución de gloria personal. Por una parte, Luis XIV heredaba una tradicional rivalidad con los Habsburgo, sobre todo los de Madrid, que había tenido su último acto en la Paz de los Pirineos (1659); por otro, la consecución de unas sólidas fronteras naturales era un viejo anhelo de Richelieu, siempre dejado de lado por otros problemas más urgentes; por último, existía una clara rivalidad económica con las Provincias Unidas. La reorganización del ejército por Le Tellier y su hijo Louvois lo convirtió en el más poderoso de Europa, por su número, su armamento y su disciplina. Vauban, comisario de fortificaciones, construyó un cinturón inexpugnable de fortalezas alrededor del Reino. La marina recibió menor atención, pero aun así la mejora de los puertos, la reactivación de los astilleros y el progreso de la formación de los marinos la hicieron susceptible de enfrentarse victoriosamente ante enemigos navales tan peligrosos como ingleses y holandeses.
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A partir del siglo III a.C. el mundo romano vivirá un contundente proceso de helenización que afecta al ámbito cultural y educativo. Este proceso en un primer momento afectará a los círculos nobiliarios, para irse diluyendo paulatinamente entre el resto de la sociedad. El proceso se acentuará tras la Tercera Guerra Macedónica, al difundirse la utilización del griego entre los miembros de la nobilitas, al tiempo que un amplio número de retóricos y filósofos griegos desembarcan en la península Itálica, muchos de ellos como esclavos. Este acercamiento al mundo helenístico no estuvo exento de polémica, como el decreto de expulsión de todos los filósofos y retóricos griegos que dictó el Senado en el año 161 a.C., expulsiones que se sucederán en el tiempo. Pero a la helenización de la sociedad no se le podía poner freno y el propio Catón, uno de los más encendidos defensores de la tradición romana, estudiará a los maestros griegos. Como es lógico pensar, este proceso de helenización tendrá su reflejo en la educación. Desde los últimos años de la República lo educativo abandona el entorno familiar para convertirse en algo público. Algunos emperadores regularán el proceso educativo o reducirán los impuestos a los gramáticos y retóricos. Vespasiano creará en Roma sendas cátedras de retórica latina y griega. Este mecenazgo pedagógico se extiende desde los emperadores a las aristocracias locales, que también participan de la educación en sus ciudades, financiándola si es necesario.
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En el cuarto año de su reinado el faraón Amenofis IV abandonó Tebas y se estableció en una nueva capital fundada al efecto en el Alto Egipto, cerca de el-Amarna, llamada Akhetatón. El motivo de la salida de Tebas era claro: quería alejarse de los poderosos sacerdotes de Amón e imponer una nueva religión, en la que Atón se convertía en el dios único frente al politeísmo anterior. La nueva religión era, de hecho, una auténtica revolución, pues suponía decantarse a favor del culto al disco solar Atón y abandonar todo el complejo sistema de creencias previo, especialmente el culto a Amón. Con el cambio, el faraón abandonó también su nombre y se hizo llamar Akhenatón, "el esplendor de Atón". Desconocemos el papel que jugaron en esta decisión, si es que lo hicieron, su esposa Nefertiti y su familia, aunque sí sabemos que la ruptura con la tradición supuso un fuerte enfrentamiento. Privilegios, funciones y riquezas les fueron sustraídas a los sacerdotes del clero de Amón; el nombre de este dios fue eliminado de todas las inscripciones, una decisión que va mucho más allá de lo simbólico, dado el carácter mágico de la escritura; todos los funcionarios civiles y religiosos, así como los miembros de la familia, fueron obligados a incorporar el nombre de Atón al suyo propio. La decisión del faraón conllevó fuertes tensiones, debiendo el Estado afrontar revueltas y agresiones exteriores, especialmente de Siria-Palestina. La tensión alcanzó a la pareja real, enfrentando a Akhenatón con su esposa Nefertiti. La muerte del faraón hacia el año 1335 a.C. y la subida al trono, poco después, de Tutankhatón, facilitó una vuelta al viejo dogma religioso. La reforma y sus partidarios se fue debilitando, de tal forma que el joven faraón sólo tuvo que cambiar su nombre por el de Tutankhamón para que todo volviera a su anterior cauce. La capital fundad por Akhenatón fue abandonada tras veinte años de ocupación, aun sin haber sido completada. Las excavaciones arqueológicas han sacado a la luz objetos interesantes, como el retrato de Nefertiti conservado en el Museo de Berlín, o la cuantiosa correspondencia entre el faraón y algunos territorios de Mesopotamia.
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Existe en Fortuny un acusado respeto por el verismo ambiental y los cuadros que va creando con escenas de mercados, zocos, camelleros, o la impresionante fiesta Corriendo la pólvora, ofrecen una visión que pretende reflejar en lo posible la realidad, ajena a las interpretaciones de corte literario ofrecidas por los pintores románticos. Junto a ellas, El herrador marroquí o Árabe muerto, recogen "con nervio cierto, con apasionado amor, con dignidad por encima del exotismo, el escenario marroquí" (Juan Antonio Gaya Nuño). Obras que suponen una de las mayores aportaciones del artista, tanto en su interpretación como en la manera de concebir y plasmar los valores puramente plásticos de la pintura. El color, la luz, el movimiento adquieren y se presentan con tal exaltación, vivacidad, dinamismo y ritmo, que la pintura orientalista de Fortuny es también -como quiso Delacroix- un auténtico deleite para la vista. A partir de notas y bocetos que trae de Marruecos, realiza toda una serie de acuarelas, grabados, dibujos y óleos, cuyos motivos y técnica brillante, atraen tanto al público como a los propios pintores. Tras regresar de este segundo viaje a África, comienza a destacar en los ambientes comerciales y sus obras y las "hechas a lo Fortuny" dominan el mercado artístico romano durante dos décadas, entre 1865 y 1888. En este período, su influencia no se limita exclusivamente a la que pudo ejercer sobre sus más próximos amigos -José Tapiró, Tomás Moragas, Joaquín Agrasot, Bernardo Ferrándiz, José Jiménez Aranda, Martín Rico, Ricardo y Raimundo de Madrazo, Eduardo Zamacois o el francés Henry Regnault- sino que la moda abierta por su estilo supuso un verdadero fenómeno de consecuencias difíciles de precisar. En 1873, el Gobierno de la Restauración fundaba en Roma la Academia Española de Bellas Artes, cuya dirección pudo ocupar Fortuny. Eduardo Rosales fue, aunque sólo nominalmente debido a su fallecimiento, el primer director de la Academia. Se ofrecía con esta fundación cierto respaldo oficial a la colonia de pintores españoles que, en buena medida atraídos por el éxito de Fortuny, se habían ido instalando en Roma. Pocos años después, en 1881, la inauguración de la Academia en San Pietro in Montorio, reforzará los vínculos establecidos con Italia y facilitará la estancia a nuevos pensionados. Movidos en parte por aquel mercado favorable a la colonia artística española, nuestros pintores seguirán acudiendo a la capital italiana, a pesar de ser París el centro más innovador, donde habían surgido los cauces de la pintura moderna. La fama y éxito de Fortuny se verán reforzadas al abordar otros temas igualmente queridos por la pintura de género, los asuntos de casacón de ambiente rococó. De forma paralela a la pintura orientalista, venía dedicándose a esta otra vertiente representada por el francés Ernest Meissonier (1815-1891) y el alemán Adolf Menzel (1815-1905). A ellos se debía el haber ideado, en parte como réplica a los oficiales cuadros de historia, el llamado "cuadrito de anécdota o tableautin", de asuntos intrascendentes, descripción detallada de lo accesorio, riqueza de colorido y absoluta corrección formal. La acuarela titulada Il Contino fue la primera obra de Fortuny sugerida por la temática rococó. Realizada en 1861, después de conocer en París las pinturas de Meissonier y sus seguidores, se inspira, sin embargo, en el auténtico maestro de la pintura galante, Jean-Antoine Watteau (1684-1720). Dos años después, en 1863, El coleccionista de grabados, del que tendrá que hacer varias versiones, dejaba bien claras las posibilidades comerciales de su meticulosa y a la vez brillante soltura. Los bibliófilos, El botánico, El coleccionista de cerámica volverán a ser nuevas ocasiones en las que comprobar su gusto por los objetos, su minuciosa descripción, el perfecto asesoramiento en cuestiones referentes a indumentaria y marco escenográfico, la gracia con la que sabe presentar a los personajes en gestos y actitudes y la creación de una serie de temas que darán lugar a distintas versiones por parte de sus seguidores. Pero su maravillosa capacidad para ambientar, captar, transmitir, en definitiva escenificar los asuntos, queda fijada en la obra que le dio mayor fama, La Vicaría. Inspirada en Madrid -mientras preparaba su boda con Cecilia de Madrazo, que tuvo lugar en noviembre de 1867- será expuesta tres años más tarde en la capital francesa -sala Goupil- consiguiendo una extensa crítica de uno de los escritores franceses que con mayor pasión había visto a España, Théophile Gautier. Reflejo apasionado del entusiasmo provocado por la obra, el escritor la define acertadamente como "esbozo de Goya retocado por Meissonier". Fortuny superaba al maestro de la pintura de género, al introducir en esa corriente "algo que no poseía la pintura de Meissonier, fría y erudita, dibujística en exceso y sin agrado de color. Fortuny traerá al género la rica herencia de Goya, una refinada sensibilidad de colorista, una ejecución chispeante en la que tantas cosas posteriores están adivinadas, su pasión por la luz y una complacencia excepcional en la materia pictórica" (Enrique Lafuente Ferrari). Con este estilo derivado del tableautin, Fortuny también presentará algunos temas orientales, acuarelas y óleos, como El vendedor de tapices o La matanza de los abencerrajes. Estilo anecdótico y complaciente con el gusto del público, que practicará durante toda su vida pero del que quiso y supo liberarse en los últimos años. Con El jardín de los Arcades y, sobre todo, La elección de modelo, -expuestas en 1874- llegará a un grado absolutamente terminal de virtuosismo técnico.
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Se trata de una épica monumental, nacida también como rechazo de la vanguardia racionalista, que tendría en la arquitectura nazi del Tercer Reich y en el arquitecto Albert Speer sus momentos más elocuentes. Pero la misma vanguardia pareció someterse a la tentación de lo clásico e incluso el Art Déco pudo suplantar el rigor del racionalismo, como ocurre en algunos rascacielos y edificios norteamericanos.Fueron los maestros del racionalismo y del Movimiento Moderno los primeros en diagnosticar la crisis de la tradición recientemente inaugurada. Ninguno de ellos se creyó el Estilo Internacional, salvo quizás con la excepción de Gropius. Un estilo que había entrado en el ámbito de lo banal, como demuestran operaciones tan insólitas como la creación de Brasilia. Su planificador, Lucio Costa, escribía, en 1946, a Le Corbusier que los pilotis del Ministerio de Educación y Sanidad de Río de Janeiro poseían un encanto jónico. Observación que, sin duda, Le Corbusier consideraría desatinada.Ante situaciones semejantes, la arquitectura de los maestros podía replegarse sobre sí misma, como hiciera Mies van der Rohe, o explotar críticamente, haciendo estallar las convicciones del pasado para ponerlas a prueba, como harían Le Corbusier o Wright.El primero de ellos sublima sus propias preocupaciones, se refiere a sí mismo, a sus lenguajes, pero ya no proyecta a partir de principios, sino que los vuelve artísticos, recursos retóricos mientras busca una salida genial o poética. Un momento excepcional en la obra de Le Corbusier lo constituye su Capilla de Nôtre Dame du Haut, en Ronchamp, de 1955. Recién construida, Argan pudo escribir: "¿Es que, después de la machine á habiter, Le Corbusier quiere patentar ahora una machine á prier?" Y ciertamente algo de eso hay en su iglesia.El gesto del proyecto es preciso, como siempre en él: dos curvas contrapuestas, la del techo y la de la colina sobre la que se asienta el edificio. Dentro, la forma de la arquitectura, los materiales, las luces tamizadas por el color neoplástico de las vidrieras, la disposición inclinada del suelo, pretenden dirigir al fiel, también arquitectónicamente, hacia el altar de la Virgen. Una Virgen móvil, como en los aparatos del barroco, que gira según los fieles estén dentro o fuera de la capilla.Sin embargo, Le Corbusier, ajeno al desaliento, siguió buscando la forma de la arquitectura, sin olvidar su propia historia, su incesante innovación lingüística. Así, en su arquitectura vuelven a aparecer viejos temas, tratados con gestos geniales, con la estrategia del zorro, como ha querido llamarla C. Rowe. Una estrategia preocupada por una multiplicidad de estímulos. Si su ciudad no podía ser construida, sus proyectos aún tenían la validez de los objetos artísticos y es ahí donde centró su trabajo. Y memorables ejemplos dejó a los arquitectos.Encontró una salida alimentándose de sí mismo. Una salida que formalmente parecía una escapada del Movimiento Moderno y que fue repetida por muchos arquitectos. Entre las obras que marcan significativamente este período final de la actividad de Le Corbusier cabe destacar el fragmento de utopía que constituye su Unité d'Habitation, construida en Marsella entre 1947 y 1952, vivienda colectiva, con servicios comunes, y un tratamiento brutalista y escultórico del material que habría de tener una enorme influencia en los años siguientes. En el Convento de La Tourette, construido en Eveux, entre 1952 y 1960, consigue ensimismar y hacer tensar al máximo la quietud de su arquitectura, mientras que en su proyecto y edificios para la nueva ciudad de Chandigarh, en la India, esa tensión se relaja, no estalla. Es la poética de lo que él mismo denominó como de la Mano Abierta, relajada, armónica, equilibrada, formalista.