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Japón había decidido ocupar la Birmania británica para proteger su retaguardia en China, mantener expedita la llamada ruta de Birmania o de China -la carretera que unía la India británica con el sur de China-, y apoderarse del petróleo y arroz birmanos. Si esto tenía lógica, la ocupación iba a aumentar la dispersión de las fuerzas japonesas y la extensión de sus líneas de suministros. Asimismo, podía tener consecuencias imprevistas, debido a la probable reacción aliada, en un área próxima a la joya de la Corona británica, India. Por otro lado, los japoneses esperaban que birmanos e indios se levantasen contra sus dominadores coloniales. La campaña de Birmania había sido preparada por Tokio durante años y los contactos con los nacionalistas locales o los hindúes eran anteriores a la guerra: agentes japoneses habían llegado ya a este país, entre ellos el dinámico general Suzuki, organizador de la colaboración política y militar con Birmania. Birmania dependía militarmente de la India. Los británicos nunca pensaron que pudiera ser atacada, y para ellos mismos era una zona estratégica secundaria. Su geografía, además, solía considerarse una garantía contra veleidades de este tipo: el suelo era muy montañoso, con grandes ríos que eran casi las únicas vías de comunicación en este país sin carreteras ni ferrocarriles. Los obstáculos naturales serían, según el dogma militar británico, suficientes para desanimar a un enemigo, y los tanques, otro dogma, no podrían cruzar los bosques tropicales. Muy malas eran también las comunicaciones entre Birmania y la India, de las que sus dominadores apenas se habían ocupado, y si esto era un inconveniente para un invasor, lo era también para quien quisiese defender Birmania, dificultando aún más los ya difíciles movimientos de tropas en un país quebrado y boscoso. Las fuerzas británicas (metropolitanos -pocos-, indios, gurkhas, etc.) tenían escaso entrenamiento, escaso armamento, su moral era sólo mediana, no disponían de suficientes vehículos ni carros de combate, y mucho menos, de aviación. Estaba prevista la ayuda del Ejército regular chino -del Gobierno de Chiang Kai-chek-, en la frontera del norte. Los británicos se quejaban, ingenuamente, de que los birmanos no los querían y les ponían trabas; no podrán ni siquiera imaginar la amplitud que va a tomar la adhesión birmana a los liberadores japoneses. En zonas periféricas de Birmania, pobladas por etnias no birmanas y tradicionalmente hostiles al predominio político birmano, como los chin (oeste), karen (centro-este), kachin (norte), shan (norte), etc., los británicos, con la ayuda de antropólogos, habían formado unidades irregulares con miembros de estas etnias, muy probritánicas, que resultarán muy eficaces. En el norte, finalmente, pagados por los chinos en una primera etapa, operarían pilotos y soldados estadounidenses, como veremos.
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Un factor de radicalización de estos acontecimientos había sido la presión exterior proveniente de las otras naciones europeas, que presenciaban con recelo lo que estaba ocurriendo en Francia. En efecto, el triunfo de la Revolución dio lugar a un proceso de expansión de sus principios por toda Europa. La actitud de cada país ante el movimiento revolucionario fue, no obstante, distinta según sus respectivas características políticas, sociales y económicas. En Inglaterra, por ejemplo, la participación que la burguesía tenía ya en el gobierno, los cambios políticos que se habían producido en el siglo XVII y su sistema fiscal, evitaron una repercusión directa de los acontecimientos que se estaban desarrollando en Francia. En España, Polonia o Austria, por el contrario, las reformas impulsadas desde el poder para modernizar esos países con el apoyo de la burguesía, se paralizaron ante el temor de un estallido revolucionario. No obstante, ya era tarde para detener ese proceso y no pudo evitarse que, antes o después, se corriese la llama revolucionaria por todos ellos.Sin embargo, la primera reacción de estas naciones contra la Revolución vino determinada por la presión de los aristócratas franceses emigrados, y especialmente por el conde de Artois, hermano de Luis XVI. También el monarca francés mantuvo contactos con los soberanos de otros países para organizar una intervención en Francia. No obstante, hubo al principio una actitud generalizada un tanto reacia a la intervención, incluso en aquellos de los que más podía esperarse una actitud de apoyo a la Corona francesa, como era el caso de José II de Austria, hermano de María Antonieta. A pesar de todo, a raíz de la huida del monarca francés a Varennes, Leopoldo II, sucesor de José II, y Federico Guillermo de Prusia firmaron el Tratado de Pillnitz (27 de agosto de 1791) por el que se comprometían a intervenir a favor de los reyes de Francia, siempre que así lo hiciesen también los monarcas de otras naciones europeas. La razón de este cambio de actitud no estaba dictada tanto por el peligro que pudiesen correr Luis XVI y su esposa, sino por las nuevas ideas en materia de Derecho internacional público que emanaban de la Revolución. La afirmación del derecho de los pueblos como depositarios de la soberanía, afectaba directamente a los intereses de estos monarcas. Por ejemplo, en Alsacia o en Aviñón, donde había intereses señoriales de los príncipes alemanes y del papado, sus respectivas asambleas decidieron anexionarse a Francia.El 1 de marzo de 1792 murió Leopoldo II y su sucesor Francisco II se convirtió en el defensor de los derechos de la legitimidad monárquica frente al derecho de los pueblos de decidir por sí mismos su destino y en paladín de los derechos feudales. La guerra parecía inevitable, pero en Francia no había unanimidad de criterio. En efecto, en marzo de 1792 los girondinos, con Dumouriez a la cabeza, estaban en el poder. Ellos eran partidarios de la guerra puesto que esperaban que por medio de ella los principios revolucionarios podrían "extenderse a todo el universo" y además esperaban también eliminar en el interior las tendencias contrarrevolucionarias. Por el contrario, Robespierre y los jacobinos creían que antes de propagar la Revolución fuera de Francia había que profundizar en ella en el interior del país y liquidar la contrarrevolución. Por su parte, la Corte, en la que el rey se encontraba muy aislado, sobre todo después de la muerte de Mirabeau (2 de agosto de 1791), estaba dispuesta a practicar la política del desastre porque en ella veía la única posibilidad de salvación. De esta forma, Luis XVI se mostraba favorable a la guerra, mientras que La Fayette y los fuldenses estaban convencidos de que era la forma de que el nuevo régimen se viese consolidado. Así pues, el 20 de abril de 1792 la Asamblea declaró casi por unanimidad la guerra al rey de Bohemia y Hungría, esperando con esta sutileza que Francisco II, que era también emperador del Sacro Imperio, arrastrase a éste al conflicto. Sin embargo, la guerra se generalizó, ya que Prusia hizo causa común con Austria.La guerra, como nos ha recordado J. Godechot, modificó profundamente el sistema e incluso el sentido de la Revolución. Este historiador llega incluso a afirmar que la guerra implicó una segunda revolución. Hasta entonces, la Revolución apenas había producido violencia, salvo algunos asesinatos producto de las grandes emociones populares de julio y octubre de 1789. Hasta entonces, la Revolución había sido más liberal que igualitaria y solamente el clero había sufrido las expoliaciones que, por otra parte, tampoco se diferenciaban mucho de la práctica que se estaba llevando entonces en otros países. Además, el clero estaba recibiendo unas compensaciones regulares que en la mayor parte de las ocasiones superaban hasta cuatro veces la parte congrua del Antiguo Régimen. De la misma forma, los que detentaban derechos feudales debían recibir, como especificaba la declaración de los Derechos del hombre, una justa indemnización. La guerra, sin embargo, iba a cambiarlo todo.Los primeros enfrentamientos, que tuvieron lugar en la frontera del Norte, fueron desfavorables a las tropas francesas. El ejército revolucionario, con poca disciplina y falto de cohesión, no era capaz de hacer frente con eficacia a los soldados enemigos. No obstante, para la opinión francesa la culpa de estas primeras derrotas había que buscarla en la traición de los oficiales nobles y de la corte que informaban a los soberanos extranjeros de los movimientos y de los planes que iban a llevarse a cabo. Algo de cierto había en esta acusación, ya que María Antonieta había suministrado ciertas informaciones al embajador austríaco que pudieron tener alguna repercusión en el resultado de estos primeros enfrentamientos. A partir de ahí, se desarrolló la idea de un gran complot en el que la nobleza, la corte y los sacerdotes refractarios estarían maniobrando para acabar con la Revolución con la ayuda de las potencias extranjeras.Las manifestaciones de descontento entre las clases populares se extendieron por los barrios de la capital al son de la canción revolucionaria Ça- ira. El miedo cundió en París y bajo una fuerte presión, la Asamblea votó tres decretos. El primero de ellos el 27 de mayo y por él se establecía la deportación de los curas refractarios; el segundo, el 29 de mayo, decretaba el licenciamiento de la guardia real; y por último, el 6 de junio, se promulgaba el tercer decreto mediante el cual se movilizaba a 20.000 hombres de la Guardia Nacional de las provincias, federados entre ellos, que deberían reunirse en Soissons para proceder a la defensa de París. El rey se negó a sancionar los dos últimos decretos y el ministerio girondino se vio obligado a dimitir, dando paso a uno nuevo integrado por elementos fuldenses. El 20 de junio las secciones parisienses organizaron una manifestación ante las Tullerías para protestar contra el veto real y la Guardia Nacional, dividida, no fue capaz de contener a las masas. El palacio fue invadido y el rey fue obligado a colocarse el gorro frigio de los sans-culottes y a brindar por la salud de la nación. Sin embargo, se negó a sancionar los decretos.El asalto a las Tullerías había causado la indignación de muchos franceses. Numerosos departamentos y muchos cuerpos constituidos enviaron su protesta por lo que estimaban una grave ofensa al rey y a la Constitución. En la misma capital se recogieron rápidamente 20.000 firmas en el mismo sentido. El alcalde de París, Petion, fue obligado a dimitir por no haber sabido evitar el asalto, aunque fue repuesto más tarde. El 28 de junio el mismo La Fayette reclamó en la Asamblea en nombre del ejército mejores medidas para someter a los facciosos y propuso la disolución de los clubs. Pero la Asamblea se hallaba muy dividida y un intento de unión nacional el 7 de junio, conocido como el beso Lamourette, no pudo sostenerse durante mucho tiempo. Los jacobinos, con el apoyo cada vez más decidido de los girondinos y de aquellos que propugnaban una política más radical, prepararon una jornada contra el veto real para la que contaban con los federados que comenzaron a llegar a París. Pero las noticias que llegaban sobre el curso de la guerra eran cada vez peores y el día 11 de julio la Asamblea decretó que la Patria está en peligro, lo que acabó por soliviantar a las masas. El día 14 se celebró la Fiesta de la Federación en la que participaron los federados y el propio rey, a pesar de que éste no había levantado el veto sobre el decreto que los autorizaba. Después de las ceremonias, la mayor parte de los batallones de los federados permaneció en la capital y otros vinieron a unírseles entonces, entre ellos los marselleses con su "Canto de guerra del ejército del Rin", compuesto por Rouget de L´Isle y que fue rebautizado como La Marsellesa.En este clima se dio a conocer en París el 1 de agosto el manifiesto del duque de Brunswick, comandante del ejército austro-prusiano, en el que amenazaba a los parisienses con brutales represalias si se ultrajaba de nuevo al rey. Esa torpe maniobra de intimidación no hizo más que exacerbar los ánimos revolucionarios y facilitar los planes de los republicanos. El 10 de agosto las masas, que -como advierten Furet y Richet no eran la hez del pueblo sino que integraban a muchos burgueses de provincias-, se apoderaron del Ayuntamiento y formaron una Comuna rebelde. A continuación volvieron a asaltar el palacio de las Tullerías tras un duro combate con la guardia suiza que lo defendía. La familia real no tuvo más remedio que refugiarse en la Asamblea para escapar a la matanza de las turbas que se lanzaron a destruir todo aquello que simbolizase la soberanía real. La Asamblea, aunque en aquellos momentos reunía sólo a un tercio de los diputados, decretó la suspensión del rey hasta la reunión de una Convención Nacional que debía ser elegida por sufragio universal. El monarca y su familia fueron entregados al Ayuntamiento que los encerró en la torre del Temple.La jornada del 10 de agosto señala el fin de la primera fase de la Revolución francesa. El compromiso mantenido difícilmente durante tres años entre la Monarquía, la burguesía y el constitucionalismo jurídico, entre el rey, la Ley y la Nación, había fracasado. Los elementos moderados habían agotado su papel y el poder estaba ahora en la calle y eran los clubs y las secciones los que iban a tomar la voz cantante en la marcha de la Revolución.
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Mientras las circunstancias bélicas en frentes tan distantes como los que han sido mencionados empezaban a proporcionar la impresión de que se había llegado a un equilibrio entre los contendientes, tenían lugar también semanas decisivas en la guerra marítima, cuyo desenlace definitivo se produjo ya bien entrado el año 1943. La guerra en el mar juega un papel decisivo en el frente del Pacífico y por eso ha sido necesario tratar de ella en su momento, pero, además, constituye el telón de fondo para explicar muchos de los acontecimientos bélicos producidos en tierra. A diferencia de lo sucedido en la Primera Guerra Mundial, en que los aliados conservaron siempre el frente francés, ahora, a partir de 1940, lo perdieron y volver a poner el pie en el continente suponía la concentración de unos efectivos formidables, de los que dependió siempre el resultado de la guerra. La Batalla del Atlántico, que tuvo un resultado dudoso durante la mayor parte de la guerra y que, en 1942, pareció incluso decantarse a favor de Alemania, jugó por tanto un papel decisivo. Durante la guerra, atravesaron el Océano unos 75.000 barcos, trasladando 270 millones de toneladas de productos y tres millones y medio de combatientes. Sin todos estos recursos, la victoria aliada hubiera sido completamente imposible. En realidad, esta batalla comenzó incluso antes de que hubiera tenido lugar el estallido de la guerra pues, dos semanas antes de él, ya habían partido los submarinos alemanes de sus bases. Fue Alemania, en efecto, quien, en el Atlántico, se convirtió en protagonista casi exclusiva del intento de estrangular la comunicación marítima entre ambos lados del Océano. La Marinaitaliana se demostró anticuada y no jugó papel alguno fuera del Mediterráneo, donde casi siempre fue derrotada por la británica; la francesa tampoco tuvo papel decisorio alguno en el desarrollo del conflicto. La alemana estaba en mantillas al comenzar la guerra: en tonelaje, apenas era una octava parte del arma naval francobritánica e incluso su arma submarina tampoco era tan importante en términos comparativos. Los propios alemanes calcularon necesitar unos 300 submarinos para estrangular el tráfico marítimo anglosajón, pero al iniciarse el conflicto sólo disponían de una sexta parte. El arma naval alemana tenía, sin embargo, la ventaja de la modernidad y ésta, en especial merced a la velocidad en los navíos de superficie, le podía permitir unas iniciativas que constituyeron, desde un principio, una amenaza grave para el tráfico marítimo anglosajón. Lo cierto es, sin embargo, que esas unidades decepcionaron pronto a los responsables supremos e incluso al propio Hitler, de modo que se acabó por confiar de manera exclusiva en los submarinos. Pero, por un momento, las unidades de superficie parecieron efectivas. Desde muy pronto, algunas de las grandes unidades burlaron el bloqueo británico y se lanzaron a "raids" por todo el mundo, poniendo en peligro a los navíos mercantes aliados. La primera decepción se produjo, sin embargo, en el caso del acorazado de bolsillo Graf Spee que, a fines de 1939, fue hundido por su tripulación temiendo verse acosado por unidades muy superiores en fuerza, lo que no era cierto. Cuando, en mayo de 1941, el Bismarck, probablemente el buque más poderoso de la Tierra y la joya de la Marina alemana, intentó lanzarse a una operación semejante, fue descubierto y aunque logró librarse de un buque británico de mayor tonelaje pero envejecido -el Hood- finalmente fue hundido por los ataques coincidentes de la Marina y la Aviación británicas. Otras unidades alemanas utilizaron la amplia costa ocupada por los alemanes, tras la conquista de Noruega y de Francia, para operaciones semejantes. Lo cierto es, sin embargo, que fueron protagonistas de operaciones arriesgadas, pero no tan relevantes; quizá, no obstante, consiguieron atraer al enemigo, que hubo de retener efectivos importantes sin darles otra utilidad. Éste fue el resultado de mantener las principales unidades en Noruega, con lo que amenazaban las rutas de aprovisionamiento hacia la URSS por el puerto de Murmansk. Sin embargo, con frecuencia los alemanes fracasaron en su intento de detener los convoyes adversarios. Uno de estos fracasos tuvo como consecuencia la dimisión del responsable de la Marina, almirante Raeder, que fue sustituido por Dönitz, el responsable de los submarinos. Sobre ellos descansó, en realidad, el peso principal de los intentos del Eje por estrangular la resistencia británica, primero, y para impedir, luego, la llegada de los ejércitos norteamericanos al Viejo Continente. Las unidades de las que se sirvieron los alemanes en realidad distaban mucho de ser los submarinos atómicos de hoy: eran muy lentos cuando estaban sumergidos y, en la práctica, un tercio de sus torpedos no funcionaba o no estallaba. Aunque su radio de acción era mayor que hacía treinta años, no se podían alejar en exceso del litoral europeo, lo que explica la utilización de submarinos-nodriza dedicados a aprovisionarlos. Habían conseguido, sin embargo, fabricar unos torpedos que no dejaban rastro de burbujas y, sobre todo, optaron por atacar en grupo y por la noche, desde la misma superficie, al adversario, con lo que empezaron a obtener grandes éxitos. La guerra submarina siempre fue extraordinariamente dura. En un principio, se sujetó a las reglas previstas en las convenciones internacionales, pero con el paso del tiempo se dio a los submarinos alemanes la instrucción de que no debían rescatar a las tripulaciones de los barcos hundidos. De 41.000 tripulantes de los submarinos alemanes, 28.000 perdieron la vida en el océano. A lo largo de 1940 y 1941, los alemanes calcularon que, hundiendo unas 200.000 toneladas mensuales de buques británicos, superaban la capacidad de construcción enemiga. Sin embargo, el momento decisivo de la batalla submarina fue los primeros meses a partir de la intervención norteamericana, cuando se libró a las unidades alemanas de cualquier restricción respecto a posibles hundimientos junto a las costas americanas y sus nuevos adversarios todavía no se habían organizado para una defensa adecuada de sus convoyes. En 1942, cuando los alemanes consiguieron mantener en actividad unos cincuenta submarinos a la vez, hundieron siete millones y medio de toneladas de buques aliados. Desde el verano de 1942 hasta marzo de 1943, en tres ocasiones los alemanes consiguieron hundir una media mensual de 700.000 toneladas, cifra que, de haberse mantenido, hubiera supuesto la pura y simple imposibilidad de que el adversario los repusiera. El inconveniente para los alemanes, que consiguieron multiplicar la eficacia de sus submarinos gracias a la utilización de aviones de reconocimiento con gran radio de acción, fue que la acción indiscriminada de sus submarinos les valió la declaración de guerra de Brasil y México. Pero sus adversarios no sólo tenían mayor capacidad de construcción de buques, sino que, además, fueron capaces de recurrir a nuevos procedimientos defensivos. La superioridad técnica en radar y en aparatos de detección de las radios adversarias explica buena parte de esos triunfos, pero éstos estuvieron también motivados por la organización del tráfico marítimo en convoyes, con barcos de protección cada vez más rápidos y portaaviones de bolsillo que proporcionaban cobertura aérea inmediata, al margen de que también dispusieran de aviones de gran radio de acción. En cambio, nada se consiguió bombardeando las bases adversarias, bien protegidas. La situación que se había hecho angustiosa para los aliados en marzo de 1943 cambió bruscamente a partir de entonces hasta el punto de que el almirante Dönitz debió admitir su derrota ya en mayo. En el tercer trimestre de 1943, fueron hundidos más de setenta submarinos alemanes. En 1944, los barcos aliados hundidos en el Atlántico fueron ya una proporción mínima del total que lo cruzó. Aunque los alemanes introdujeron novedades, como torpedos acústicos y el "snorkel", procedimiento novedoso de ventilación, los nuevos submarinos alemanes, eléctricos y más rápidos, no pudieron en la práctica ser empleados a tiempo para cambiar la tendencia bélica en el mar. El caso de Japón prueba hasta qué punto la guerra submarina podía haber sido efectiva para estrangular la comunicación entre los dos lados del Atlántico. En este caso, el escaso tonelaje de la Marina mercante y la imposibilidad para reponerlo se unieron a la falta de organización de convoyes y a la eficacia de los submarinos norteamericanos. De poco les sirvió a los japoneses haber conquistado las materias primas que necesitaban si no podían transportarlas. Al final de la guerra, más de cuatro millones de soldados japoneses permanecían aislados por vía marítima y sin haber entrado en combate contra el adversario. Los norteamericanos no sólo hundieron gran parte de la Flota mercante japonesa, sino también alguno de sus barcos mayores, incluidos los portaaviones. Los japoneses, en cambio, dedicaron sus submarinos a una función tan incongruente como la de actuar como modestos barcos de aprovisionamiento de las guarniciones aisladas en las islas del Pacífico.
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El 17 de agosto de 1940 Hitler declaró el bloqueo total a Inglaterra y, desde principios de septiembre, los submarinos alemanes hundieron buques de todas las Marinas beligerantes. El torpedeamiento del paquebote Athenia, con 1.400 pasajeros a bordo, hizo recordar el asunto del Lusitania en la guerra anterior. Ante la protesta diplomática, la Marina alemana negó el hecho y Goebbels dijo que el Almirantazgo británico había hundido al Athenia para acusar al Reich. Un submarino alemán, el U-47, mandado por el oberleutenant Prien, obtuvo un éxito espectacular al penetrar en la base británica de Scapa Flow, situada en las Orcadas y defendida por un complejo sistema de defensas y redes metálicas. Una vez dentro de la base, el U-47 torpedeó y hundió al acorazado Royal Oak y el crucero Repulse, abandonando el puerto entre el desconcierto británico. Mucho más lejos, en el Atlántico sur, el inicio de la guerra sorprendió al acorazado de bolsillo Admiral Graf Spee cuando llevaba guardiamarinas en un viaje de prácticas. Inmediatamente inició una campaña contra los mercantes británicos y, en dos meses, hundió nueve buques y casi 50.000 toneladas. A principios de diciembre, necesitado de petróleo y suministros, se aproximó a la costa uruguaya en busca de sus barcos auxiliares, que eran controlados por la marina británica. El día 13, fue interceptado por los cruceros ingleses Exeter, Achilles y Ajax. El Exeter situó dos impactos en el Admiral Graf Spee, que se refugió en Montevideo, donde solicitó quince días de asilo para reparar. Cuando las presiones británicas lograron reducir el permiso a un solo día, el comandante alemán desembarcó la tripulación y voló el crucero. El Atlantis era un mercante preparado para actuar como corsario, puesto bajo el mando de un marino de guerra y equipado con cañones, torpedos, minas y un pequeño hidroavión. Partiendo de su base en Noruega llevaba a cabo periplos de unos 20 meses en la ruta del cabo de Buena Esperanza, abastecido por submarinos en alta mar. Cobró 22 piezas hasta que, en septiembre de 1941, fue capturado por los ingleses. Al estallar la guerra, la Kriegmarine contaba con 50 submarinos costeros y 65 oceánicos y la Royal Navy con 38 submarinos y 66 buques escolta. El Almirantazgo tomó diversas medidas a fin de proteger el comercio marítimo: instaló armas antiaéreas en los mercantes, desvió los buques rápidos al norte y obligó a que los restantes formaran convoyes que navegaban cerca de la costa, por un canal delimitado y controlado por la aviación británica. La verdadera batalla del Atlántico no se inició hasta que, en marzo de 1941, Alemania botó gran número de nuevos submarinos. En el Mediterráneo, en cambio, la flota italiana contaba con ocho acorazados, 26 cruceros ligeros, 61 destructores, 120 submarinos y muchas embarcaciones menores. Sus enfrentamientos principales de 1940 con la Royal Navy ocurrieron en Punto Stilo (julio) y Cabo Taulada (noviembre) demostrando que los buques italianos, faltos de recursos técnicos, no podían competir con los ingleses.
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"Tan recia fue la herida que cayó de la silla; /tanto hincole la lanza, por medio, en la tetilla /que fuera, por la espalda, asomó la cuchilla". Los versos del Poema de Fernán González narran una de las brutales facetas de la guerra medieval: el efecto de una lanzada. No era más liviano el golpe de una espada manejada por un brazo diestro y poderoso: "Diole con la espada en medio del cervical, / le bizo dos rebanadas partidas por igual", aseguran las estrofas del Libro de Alejandro. En aquellos vertiginosos enfrentamientos se mezclaban los golpes, los alaridos de los heridos, el relincho de los caballos, los toques de las trompetas, el sonido de los atabales, el silbido de las flechas, las maldiciones, órdenes y avisos, el pulular desenfrenado de los que se perseguían y acuchillaban, los chillidos de pánico o atención, las acometidas de todos contra todos, el chorrear de la sangre que embarraba la tierra, los cadáveres pisoteados por todos, los heridos rematados en el suelo... En medio de aquella espantosa confusión y algarabía, un guerrero armaba el brazo y lanzaba "al aire un venablo que le había quedado, /lo asestó entre los dientes y lo dejó tirado, / en plena boca dio, de aquel parlero osado" o, más frecuentemente, mientras un guerrero se medía con su enemigo, le alcanzaba una flecha sin que pudiera hacer nada para evitarla, sin que llegara ni siquiera a verla: "Le llegó una saeta -que sea maldecida- /que antes de verla estaba en su constado hendida (..) /tanta sangre salió del boquete horadado / que incluso un caballo se hubiese desangrado". Estos versos, entresacados de las dos obras mencionadas, reflejan con mucha mayor fidelidad y crudeza que el cine la realidad de la guerra medieval. Durante buena parte del siglo XX, el cine creó un estereotipo caballeresco, honorable, casi elegante de la guerra medieval, a la que redujo a poco más que justas, torneos y enfrentamientos singulares. Hay que reconocer que algunas películas, filmadas a partir de los años ochenta del pasado siglo, mostraron cierto realismo en las confrontaciones, pero son las menos. La realidad de la guerra medieval fue muy distinta, tan cruel, mortífera y sórdida como la actual, o aún peor. Las batallas eran terriblemente sangrientas y los vencidos terminaban esclavizados, cuando no asesinados, para ejemplo y escarmiento. Esto se conocía. Lo aseveraba la Historia y lo reflejaban poemas, cantares y crónicas, a veces con un realismo estremecedor. Para que no quedase sólo en literatura, la arqueología colaboró con la investigación de las grandes fosas comunes que quedaron de algunas batallas medievales; en España han aparecido cosas, aunque en general no demasiado expresivas por la destrucción que presentan los restos después de tantos siglos. Pero fueron reveladoras las grandes fosas comunes halladas en Wisby, donde los suecos vencieron a los daneses en el siglo XIV, pues los restos humanos se habían conservado muy bien gracias a la naturaleza del terreno. Todo ello, Historia, Arqueología y Literatura, han contribuido a elaborar el siguiente mosaico sobre la guerra medieval, vista desde la particular óptica de un médico.
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Cuando comenzó la guerra, el Mediterráneo era un mar dominado por tres potencias: Gran Bretaña, desde Egipto, controla el Mediterráneo Oriental, Italia, el centro del Mare Nostrum y Francia, la zona occidental. Tras la derrota de Francia quedaba en el aire la incógnita de la valía real de la escuadra italiana. De momento, cuando todo estaba a su favor, la falta de planes italianos para una guerra impidió a sus militares ver la conveniencia de la inmediata toma de Malta, que apenas contaba con guarnición (un batallón de infantería por cada 30 kilómetros de costa), que no disponía de defensa aérea ni antiaérea significativa y que apenas hubiera podido contar con el apoyo de la flota ante una decidida ofensiva italiana. Pasado el verano, ya nada seria igual. Malta fue reforzada y se convirtió en una agresiva fortaleza capaz de defenderse y de atacar y, sobre toda, en una formidable base intermedia entre las dos bocas del Mediterráneo dominadas por Gran Bretaña: Gibraltar y Egipto. Evidentemente, Londres no se planteó seriamente nunca la posibilidad de una invasión alemana de las islas. La mejor demostración de esto es que reforzó poderosamente sus medios navales de combate en el Mediterráneo, en vez de retirar hacía las costas del Canal las que allí tenia. Londres se garantizó en todo momento una flota superior a la italiana en potencia de fuego y, además, dotó a sus grupos de combate de uno o dos portaaviones, con los que contrarrestar la teórica superioridad italiana en medios aéreos con base en sus aeropuertos de tierra, casi siempre próximos a los escenarios de combate. !Qué fatuas sonaban en el otoño de 1940 las baladronadas de Mussolini! El Duce decía pocos años antes, cuando rechazaba el plan de construir portaaviones,"¿para qué los queremos? ¡Italia es un gran portaaviones anclado en el centro del Mediterráneo!" Pues bien, la falta de portaaviones, la mala organización militar, la descoordinación entre marina y aviación convirtieron a la gran flota italiana en poco más que un objeto decorativo que había que cuidar constantemente para que no fuera mandada a pique. En efecto: la flota británica metió cuantos convoyes quiso en el Mediterráneo y los hizo pasar desde Gibraltar a Alejandría con pérdidas mínimas, reforzó Malta, acudió en ayuda de Grecia, causó graves pérdidas a los convoyes italianos que suministraban al ejército de África y, de paso, humillaron a los italianos en cuantos encuentros tuvieron, atreviéndose a golpear a la Supermarina incluso en sus bases. Las cosas comenzaron a quedar claras desde el primer choque importante, que tuvo lugar en Punta Stilo el 9 de julio de 1940. Con fuerzas parejas se enfrentaron británicos e italianos; resultó tocado el acorazado Giulio Cesare, nave insignia del almirante Campioni, que ordenó la retirada. Le persiguieron los navíos del almirante Cunningham hasta 40 kilómetros de la costa italiana... cuando quisieron enterarse en Roma, lanzaron contra los británicos a la aviación, que con más de un millar de bombas sólo logró un ligero blanco. Los marinos italianos se alegraron de la mala puntería de sus aviadores, pues la preparación de los pilotos era tan mala que parte del ataque lo realizaron contra sus propios buques. El Conde Ciano escribía en su diario "La verdadera polémica en materia naval no se produce entre los británicos y nosotros, sino entre nuestra Marina y nuestra Aviación". Cuando Italia atacó a Grecia, demostrando una vez más su ínfima preparación para la guerra, la marina tuvo que cumplir la dura tarea de suministrar a buena parte del ejército expedicionario y lo hizo con notable eficacia, pera sufrió en aquellas negras fechas un duro y humillante descalabro. El 11 de noviembre, a 170 millas de la gran base naval de Tarento, donde se hallaban fondeados 6 acorazados y 3 cruceros pesados, el portaaviones Illustrious puso en el aire 20 aviones Swordfish -lentos biplanos próximos a su jubilación- contra la flota italiana. Más de 500 cañones y ametralladoras antiaéreos no fueron capaces de rechazar a los británicos, que lanzaron sus torpedos y consiguieron 6 blancos: el acorazado Cavour nunca volvió al mar, el Duilio y el Littorio estuvieron 6 meses en reparación. Dos Swordfish no regresaron al Illustrious. Ante los descalabros italianos en Grecia, África y el mar, Hitler decidió intervenir en el Mediterráneo. Envió a Sicilia unos 400 aviones (reconocimiento, caza y bombardeo en picado) al mando del general Geisler, cuya primera intervención, los días 10 y 11 de enero, consiguió averiar gravemente al Illustrious -que tuvo que entrar en grada y estuvo inactivo medio año- y hundir al crucero Southampton. El golpe afectó a !os británicos, que suspendieron sus convoyes por el Mediterráneo hasta el 6 de mayo. En los meses siguientes se convertiría en critica la situación de Malta, sometida a fuertes bombardeos y privada de suministros. Simultáneamente, mejorarían las comunicaciones de Italia con África. Las cosas cambiarían de signo a partir del mes de abril. La aviación de Geisler empleó sus bombarderos y cazas de largo radio de acción (Me-110) en apoyo de Rommel, en África, dando un respiro a Malta y a las comunicaciones británicas. El almirante Cunningham reforzó la marina de la isla con 4 modernos destructores, que en unión de los submarinos ya establecidos en Malta hundieron 15 mercantes durante la primavera-verano de 1941, poniendo al ejército del Eje en grandes apuros por falta de suministros en África. No es cuestión en tan somero resumen reseñar aquí las docenas de acciones navales en el Mediterráneo. Sólo hacer constar que la marina italiana se desangró en el apoyo a sus ejércitos en África. Pero fueron solamente sus pequeñas unidades, sus torpederos, submarinos, destructores y lanchas las que hicieron el terrible trabajo y las que sucumbieron causando graves daños a la ilota británica. Los grandes buques fueron un lastre. Sobre los marinos italianos, sumamente denostados por su derrota en el Mediterráneo, escribió el almirante alemán Friedrich Ruge "La oficialidad era en general buena, tal vez demasiado teórica. Mandaba excelentemente y podía disparar, pero estaba insuficientemente preparada para el combate nocturno y, en parte, sujeta a las oscilaciones del temperamento latino. La fuerte arma submarina no estaba a la altura debida, ni técnica ni militarmente. En cambio, los medios pequeños de combate eran inesperadamente buenos. Un inconveniente decisivo fue el complejo de inferioridad frente a la flota británica. Un éxito inicial hubiera podido variar esta situación."
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Los italianos tienen mucho apetito y pocos dientes, decía Bismarck. Medio siglo después, con Mussolini en el poder, había aumentado el apetito italiano pese a no reforzar apenas su dentadura. Aunque firmó un Pacto de Acero con Hitler, Italia no se lanzó a la guerra cuando lo hizo su aliado nazi argumentando que no estaría preparada ¡hasta 1942! Pero cuando el ejército alemán arrasó en pocas semanas al francés y obligó al inglés a reembarcar a Dunkerque con graves pérdidas, Mussolini reconsideró su no beligerancia. El mundo viejo se desmoronaba e Italia debía contribuir al empujón final. Bastaba disponer de unos miles de muertos que dramatizasen la gloria del triunfo y diesen derecho a participar en el botín. Con este pensamiento, Italia entró en la contienda el 10 de junio de 1940. Mejor sería precisar, sin embargo, que no fue tanto a la guerra como en socorro de la victoria. La caída de Francia no supuso la de Gran Bretaña. Frente a ésta, Alemania sólo podía combatir por mar y aire. La lucha por tierra, cruel ironía y fatal destino, habrían de afrontarla los italianos, cuyas colonias Áfricanas limitaban con las inglesas. Un régimen preparado para el protocolo, la apariencia y el desfile encaraba la gran prueba con unas fuerzas mal entrenadas, frecuentemente desganadas, en general mal armadas, sin unos planes militares correctos y con unos mandos incompetentes. ¡Tan mal preparada estaba Italia para la guerra que su producción de armamento no fue ni el 1 por 100 de la mundial en 1942! Si Mussolini creía que había tardado en incorporarle a la guerra relámpago iniciada por Hitler, la realidad le demostró que "había entrado en la Guerra de los Seis Años, demasiado, demasiado pronto" (1). En el norte de África y Mediterráneo, tuvo Italia una oportunidad magnífica de derrotar a Inglaterra. Su flota, con dos docenas de buenas bases en el centro del Mediterráneo y con aeropuertos próximos al escenario del conflicto, habría dominado el Mare Nostrum. Y desde su colonia de Trípoli en el norte de África, habría acabado con la presencia británica en Egipto. No estaba Gran Bretaña como para reforzar su presencia en esta zona. Tras la desastrosa expedición a Francia reorganizaba su ejército, mientras Alemania atacaba continuamente por tierra y mar y se temía el desembarco de la Wehrmacht. En estos meses de suma debilidad británica, Italia perdió un tiempo precioso. Increíblemente, su Estado Mayor no había previsto la más leve operación contra la flota inglesa, contra Egipto o Malta.
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La disputa por la hegemonía europea iba a convertirse en España en una especie de guerra civil destinada en su fondo a dirimir la forma constitucional de gobierno, es decir, qué naturaleza política debía tener la monarquía española: la vieja planta pactista de los Austrias o el modelo centralizado que en Francia había ido imponiendo Luis XIV. Desde el punto de vista geográfico, los antiguos reinos de la Corona de Aragón, aunque no faltaron felipistas en ellos (la catalana Cervera, la aragonesa Jaca, la valenciana Morella), apostaron por el archiduque, sobre todo tras el estallido bélico europeo que les hizo pensar que el poderío militar austriaco y las escuadras anglo-holandesas que patrullaban por el Mediterráneo eran una garantía de éxito. Por su parte, la mayoría de Castilla simpatizó con la causa felipista, aunque tampoco estuvieron ausentes los focos de austracismo. Desde una perspectiva social, la casuística resulta muy compleja, como es propio de las contiendas civiles que tienen siempre un fuerte componente interclasista. La alta nobleza adoptó una postura expectante, aunque sus simpatías parecieron decantarse en Castilla por el pretendiente austracista y en la Corona de Aragón las adhesiones se dividieron entre los dos candidatos, con una progresiva incorporación al bando felipista a causa del miedo a las reivindicaciones sociales que iban incorporadas en los partidarios populares de la causa austracista. En referencia al clero, parece que las inclinaciones fueron hacia Felipe en el caso castellano y para Carlos en el de los reinos forales, sin faltar las vacilaciones y los cambios de bando, especialmente en la alta prelatura siempre más proclive a verlas venir. Finalmente, el tercer estado apostó con decisión por uno de los dos bandos en litigio. En Castilla las clases medias y el pueblo llano fue decididamente felipista en espera de mejorar posiciones económicas con una monarquía fuerte que pusiera en vereda las pretensiones nobiliarias. En la Corona de Aragón, la burguesía valenciana y catalana tenía un buen recuerdo económico del último Austria, mientras que las clases productoras de artesanos y campesinos lo veían como un libertador frente a los abusos de la nobleza o la competencia comercial y laboral de los franceses, especialmente en el caso catalán. Por unas y otras razones, España acabó cuarteada. Y la división se dirimió cruentamente en el campo de batalla. Aunque en Europa las hostilidades se habían desatado tres años antes, en la Península Ibérica la guerra no fue una realidad hasta 1704. Los generales de la Gran Alianza establecieron en suelo hispano una doble estrategia: utilizar Portugal como base de operaciones para conquistar Madrid y alentar a la rebelión a los partidarios austracistas de la Corona de Aragón mediante la presencia de una poderosa armada anglo-holandesa en el Mediterráneo. En 1705 se lograba el objetivo: Carlos era proclamado rey por los reinos aragoneses. En términos generales, la contienda pareció favorable a los aliados hasta 1707, aunque ambos bandos cosecharon victorias y derrotas. Carlos dominaba Barcelona, a la que había convertido de hecho en su capital y en su cuartel general, mientras que los ingleses habían conquistado Gibraltar. Un año después, los aliados lograban conquistar Madrid, pero la falta de apoyo popular y la reacción felipista les obligó a abandonar la capital y dirigirse hacia Valencia, donde fueron vencidos en la decisiva batalla de Almansa, en la que nueve mil aliados resultaron capturados por el duque de Berwick. A partir de esta derrota la suerte de la guerra se fue inclinando a favor de las tropas franco-españolas del rey Borbón, iniciándose una rápida conquista de buena parte de la vieja corona aragonesa. A pesar de la mejora de la situación borbónica en tierras hispanas, el precario panorama de las tropas de Luis XIV en el escenario europeo y las progresivas dificultades de la hacienda francesa, obligaron al monarca galo a reconsiderar su posición y realizar conversaciones con los aliados al tiempo que reducía notablemente el apoyo a su nieto, llegando incluso a considerar la posibilidad de aceptar a Carlos como rey de España y devolver Alsacia. Esta retirada parcial de los franceses fue aprovechada por los aliados para recuperar posiciones en la Península y volver a ocupar Aragón y Madrid en 1710. Pero fueron los últimos coletazos austracistas. Ante las duras imposiciones de los aliados (que incluso llegaron a proponerle que fuera el propio monarca franco quien derrotara a su nieto por las armas) y ante la progresiva toma de conciencia de que estaba negociando en una situación de debilidad, precisamente por la relajación de su presencia en la Península, Luis XIV decidió dar marcha atrás y aumentar nuevamente su presencia en la contienda peninsular. Los nuevos refuerzos enviados por Francia al mando del duque de Vendôme y la puesta en acción de la guerrilla castellana, lograron impedir la fusión de las tropas aliadas del centro con las ubicadas en la Corona de Aragón, lo que de conseguirse podría haber variado el signo de la guerra. La nueva situación vino pronto a ser confirmada en las decisivas batallas de Brihuega y Villaviciosa, que pondrían de manifiesto la cada vez más inevitable victoria felipista. Únicamente Cataluña y Baleares resistían el envite borbónico. En esta tesitura de victorias borbónicas en la Península y de triunfos aliados en buena parte de Europa, tres hechos contribuyeron al establecimiento de conversaciones de paz y a favorecer decisivamente los intereses felipistas. Primero, el último esfuerzo realizado por Francia había puesto de manifiesto el agotamiento de sus posibilidades económicas. Segundo, el triunfo de un gobierno conservador en Inglaterra comportaba un mayor desinterés por continuar la contienda. Y tercero, la muerte del emperador José I, en 1711, convertía al archiduque Carlos en heredero del Imperio austriaco. Este último acontecimiento obligaba a las potencias marítimas a variar su posición, puesto que en adelante el peligro de hegemonía más que de Francia podía venir de la propia Austria, especialmente si Carlos lograba ceñir también la corona española. En Europa los cañones iban a dejar paso a los esfuerzos diplomáticos comenzados secretamente entre Gran Bretaña y Francia en 1711 y culminados finalmente con la firma de los complejos y transcendentes tratados de Utrecht (1713) y Rastadt (1714). La nueva situación tendría sus lógicas repercusiones en la guerra peninsular, donde Cataluña no pudo encajar el abandono de los apoyos aliados y pese a su heroica resistencia cayó en manos borbónicas el 11 de septiembre de 1714. Acabada la oposición catalana la Guerra de Sucesión había llegado de hecho a su final.
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Así como la Primera Guerra Mundial ha dado lugar a un amplio debate historiográfico acerca de sus causas, sobre la Segunda, éste ha sido mínimo. En los años sesenta, el historiador británico A. J. P. Taylor, tratando de reaccionar contra la autocomplacencia de los años de la posguerra, intentó proponer la tesis de que ninguno de los beligerantes habría sido por completo inocente del estallido de la guerra y llevó su afán provocador hasta no distinguir, en lo esencial, a Hitler del resto de los políticos alemanes de su época. Quizá la afirmación más extraordinaria que el lector se encuentra en su libro -Orígenes de la Segunda Guerra Mundial- es la de que Hitler atacó a franceses e ingleses en 1940 porque temía que los aliados llegaran al Rin. Pero hoy, incluso los libros dedicados a conmemorar la aparición del de Taylor, concluyen descartando sus opiniones y la interpretación de las monografías centradas en la cuestión (Weinberg, Watt) está ya muy distante de la suya. Resulta curioso, sin embargo, que en los momentos inmediatamente anteriores al estallido de la guerra se considerara el aparente motivo concreto para que se produjera como una razón poco menos que banal. Chamberlain juzgó que Dantzig -donde sólo 17.000 de sus 400.000 habitantes eran polacos- no merecía la vida de un granadero británico y la frase "¿Morir por Dantzig?" se convirtió para los pacifistas y los seudofascistas franceses en el principal argumento ridiculizador de sus adversarios. Pero, de hecho, la guerra no fue, como en el caso de 1914, un accidente por un motivo nimio. En 1939, la guerra fue deseada y no involuntaria. Hitler la buscó e incluso lo hizo con cierta urgencia, como si de su estallido llegara incluso a depender el cumplimiento de su misión en la vida. Fue esto lo que tuvo como consecuencia que el tipo de guerra que se produjo y el momento en que tuvo lugar no fueran exactamente tal como había planeado. En definitiva, la guerra de 1939 fue la guerra de Hitler, que consiguió con su actitud superar todos los deseos de sus adversarios por evitarla. El Führer no fue, en absoluto, un político alemán más, poco dispuesto a aceptar el sistema delineado en Versalles y favorable a la expansión de su país. Frente a lo que fue habitual afirmar en la Alemania de los años treinta, el resultado de la Gran Guerra tampoco fue tan catastrófico: permaneció unida y siguió siendo el país más poblado en Europa, con la excepción de Rusia, y el nivel de destrucción bélica tampoco resultó tan grave. Aunque en Alemania hubiera una protesta generalizada contra el sistema de Versalles, Hitler no tuvo nunca como propósito hacerlo desaparecer, sino llevar a cabo una política de relaciones con las restantes potencias en la que la guerra no era un riesgo sino un objetivo final. A pesar de que Hitler tuviera como propósito la expansión alemana hacia el Este -más que hacia el Sureste, como había sido tradicional hasta entonces- en realidad su ambición era mundial. Muchos de sus contemporáneos no llegaron a creerle, pero en Mein Kampf había dejado bien claros sus propósitos y más lo hubieran estado si hubiera publicado un segundo libro, que llegó a escribir, en que reclamaba nada menos que medio millón de kilómetros cuadrados más. También dejó claro que no tenía el menor escrúpulo en la prosecución de su objetivo. La manera de tratar a los individuos como "material humano", como si fueran insectos o plantas, demostraba un universo mental privado de cualquier escrúpulo y que, por ello, hacía imaginables las mayores aberraciones. De entrada, los tratados internacionales eran papeles que contenían normas a las que sujetarse únicamente mientras conviniera y solamente hasta entonces. Así se explica que los violara de forma sistemática: los británicos sólo descubrieron que lo había hecho en lo que respecta al rearme naval cuando hundieron el Bismarck, ya en plena guerra. Se conoce incluso el momento en que Hitler -uno de los dirigentes más previsibles de la Historia humana, pues en nada ocultó sus objetivos finales- explicó a sus generales que sólo concebía el cumplimiento de sus propósitos mediante una conflagración universal. Fue en noviembre de 1937, fecha en que anunció que la guerra se produciría en 1943. Sin embargo su estilo de dirigente que unía, en una extraña mezcla, la intuición con la indolencia y los periódicos arrebatos frenéticos, le llevó a embarcar a su país en una guerra temprana, considerando sus propósitos originales. Lo hizo, además, de un modo que contradecía frontalmente lo que había sido hasta el momento la estrategia de sus generales: evitar un conflicto en dos frentes, como en 1914. A medio plazo, más grave aún fue que su peculiar ideario le impusiera una visión tan peyorativa de sus adversarios anglosajones que le hacía inimaginable su peligrosidad. Al margen de que era falsa la tópica visión de dos países dominados por los intereses capitalistas de una minoría, ni Gran Bretaña carecía de voluntad de resistencia ni los Estados Unidos eran una potencia bárbara y con una capacidad bélica reducida a medio plazo. Pero si Hitler cometió errores, también les pasó algo parecido a sus adversarios. Desde 1945 y durante los años de la inmediata posguerra, la culpabilidad por el estallido del conflicto fue atribuida de forma abrumadora a la "política de apaciguamiento" y a quienes habían sido sus proclamadores y defensores. Lo cierto es, no obstante, que ese género de actitud siempre estuvo en la base de la política exterior británica y que durante mucho tiempo, en un grado mayor o menor, fue aceptada por todos. Quienes la practicaron no eran malvados ni estúpidos, sino que resultaban perfectamente conscientes de la profundidad del sentimiento pacifista en todos los países que habían padecido la Gran Guerra y, en cambio, no llegaban a concebir que hubiera doctrinas políticas para las que el mantenimiento de lo pactado pudiera resultar tan sólo una convención a la que se debía prestar atención sólo en casos determinados, los que les interesaran. Lo peor no fue el "apaciguamiento" en sí, sino la decisión de mantenerlo con el paso del tiempo, a pesar de las abundantes pruebas en contra de que tuviera posibilidades. El sistema de seguridad mutua -la Sociedad de Naciones- fracasó de modo tan total que más de medio centenar de naciones empeñadas en evitar que Italia ocupara la mitad de Abisinia acabaron por aceptar que la engullera entera. La violación de los tratados creó adicción: una vez que algunos Estados decidieron violar ciertas cláusulas de los pactos, éstos acabaron convertidos totalmente en papel mojado, incluso para naciones pequeñas que no tenían las capacidades militares para actuar así y hacerse respetar. Cuando Alemania concluyó con la existencia de Checoslovaquia, tuvo la entusiasta ayuda de dos próximas víctimas, Polonia y Hungría. El paso del tiempo no pareció enseñar todo lo que debía a agredidos ni a agresores. Todavía hasta 1936 se podía interpretar que se vivía en la rectificación de Versalles, pero ya en 1938 el diagnóstico más oportuno consistía en que la conflictividad existente sólo podía ser el preámbulo de un conflicto generalizado. De ahí la importancia de Munich y el peso que tuvo en la conciencia de quienes vivieron esos acontecimientos durante los años de la Guerra Fría. Muy a menudo, la enseñanza de no haber actuado a tiempo llevó a tomas de postura erradas, teniendo como consecuencia un exceso de conflictividad tras 1945. Como quiera que sea, parece evidente que, antes de 1938, hubiera sido más prudente -según ha escrito Kissinger- dedicar más recursos a contrapesar el creciente poder bélico de Alemania y menos tiempo a meditar sobre las peculiaridades psicológicas de quien la dirigía. Pero el error general en que consistió a partir de un determinado momento el "apaciguamiento" se sumó, por si fuera poco, a los de carácter parcial cometidos por cada una de las naciones que se vieron envueltas en el conflicto. Polonia, gobernada por una arrogante dirección, creyó que podía actuar como una gran potencia capaz de frenar el paso a Alemania con la simple exhibición de una resistencia tenaz y carente de medios modernos. Bélgica fue ambigua hasta el final frente a la Alemania de Hitler, a pesar de que estaba bien claro que figuraría en la primera línea a la hora de la agresión. Italia, autosatisfecha por haber perpetrado con Albania una de esas operaciones de política exterior de fuerza tan habituales en el caso de Alemania, pensó erróneamente que ésta tendría entre sus prioridades ayudarla contra Francia o que le resultaría posible hasta el último momento hacer la paz, tal como había conseguido en 1938. Francia fue un ejemplo de vacilación llevada hasta el extremo, siempre en perjuicio de sus propios intereses a medio plazo. Profundamente dividida, hasta el punto de que había quien no tenía reparo en preferir Hitler a Blum, su sociedad demostraba un conservadurismo colectivo de fondo, pese a que la política lo maquillara con otras apariencias. Las doctrinas pacifistas a ultranza habían hecho tal mella en ella que en la declaración de guerra leída por Daladier se hicieron diez menciones a la paz, el triple que las destinadas al inmediato comienzo de las operaciones. También la dirección política británica fue dubitativa, con el agravante adicional de ser casi omnipotente desde el punto de vista parlamentario. Autoconvencida de su sabiduría en el timón de la nación, juzgó a los dirigentes alemanes como unos políticos inexpertos, cuya intemperancia podía ser dirigida por la mano sabia de un país que había dominado la política internacional durante un siglo. Los Estados Unidos, con su peculiar moralismo, emitieron signos contradictorios y, de cualquier manera, débiles en torno a su posición. En 1936 estaban abrumadoramente en contra de cualquier guerra y pecaron de ingenuidad al pedir a Alemania que ratificara su voluntad de no agredir a los neutrales. Sin embargo, eso mismo ya anunciaba el cambio de rumbo que acabó por producirse, aunque ya demasiado tarde para evitar la guerra. Al final, en el caso concreto del conflicto surgido en torno al Corredor de Dantzig, la guerra resultó inevitable. De nuevo, los aliados cometieron un grave error al no darse cuenta del frenesí bélico que se había apoderado de Hitler ni de la política extremadamente realista de Stalin, capaz de pactar con quien fuera con tal de obtener ventajas inmediatas. También en este último caso fueron patentes los signos de lo que vendría: tras la trituración de Checoslovaquia, un diplomático soviético aseguró que los aliados habían hecho inevitable una nueva partición de Polonia. En las últimas semanas, tanto Alemania, por un lado, como Francia y Gran Bretaña, por otro, querían la negociación, pero tan sólo admitían la posibilidad de una victoria final tras una exasperada guerra de nervios. El último grave error fue el de Hitler, quien no previó que no se iba a repetir la capitulación de Munich. Así, la actitud de resistencia francobritánica, en el otoño de 1939, no fue propia del "moralismo de un antiguo alcohólico", como asegura Taylor, sino del coraje moral de quienes se habían dado cuenta de que no podían ceder de nuevo.
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Ante la evidencia del final, los japoneses intentaron en Indochina una operación política similar a la filipina: conceder la independencia antes de que regresaran los colonialistas blancos. La Indochina francesa estaba formada por cuatro protectorados (Annam, Tonkin, Cambodia y Laos), la colonia de Conchinchina y el territorio arrendado de Kang Cheu. Las presiones japonesas habían obligado, en febrero de 1941, a que el Gobierno de Vichy firmara un acuerdo con Japón, desmembrando Indochina y, tres meses después otro, entregando todas las bases navales y aéreas, que desempeñaron un papel fundamental en la conquista japonesa del sudeste asiático. Por su parte, el reino de Tailandia, aliado del Japón, obtuvo 70.000 kilómetros cuadrados de territorio indochino. A medida que se debilitaba la potencia militar japonesa, Indochina se vio envuelta en una complicada madeja de intrigas. El tratado de 1941 había respetado la soberanía francesa y las autoridades de Vichy continuaron en la zona, donde los japoneses controlaban la economía y se habían apropiado de todas las bases militares, incluida la de Cam Rahm, de 75 kilómetros cuadrados, y magnífica posición estratégica respecto a Singapur y Manila. A esta situación se añadió, durante la guerra, una organización nacionalista y revolucionaria, la Liga para la Independencia de Vietnam, presidida por Ho Chi Minh, que luchaba a la vez contra los japoneses y los colonialistas franceses. El 9 de mayo de 1945, los militares japoneses invadieron oficialmente Indochina y confinaron a las tropas francesas como prisioneros de guerra. El imperio de Annam formaba parte de la Unión Indochina desde 1887, dependiente del gobernador francés. Los japoneses integraron en él todos los territorios indochinos y obligaron al emperador Bao Dai a declarar la teórica independencia de Francia, mientras la dominación militar nipona continuaba. La situación se complicaba por la actitud norteamericana, partidaria de liberar Indochina de la colonización francesa, ponerla bajo una Administración internacional o crear varios Estados independientes. En las tortuosas conspiraciones de retaguardia, agentes franceses se preparaban en la India para regresar a Indochina, con ayuda británica, mientras los americanos procuraban evitarlo. Pero las tropas japonesas se mantuvieron en la zona, sin ser atacadas, hasta el final de la guerra.