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En la Península, las relaciones, relativamente cordiales entre Castilla y la Corona de Aragón, en época de Alfonso XI (1313-50), se deterioraron con su sucesor, Pedro el Cruel, cuando se alió con Génova. Una acción corsaria de naves catalanas contra embarcaciones genovesas en aguas de Castilla serviría de pretexto para desencadenar las hostilidades, pero la contienda, que para la nobleza combatiente podía ser una forma de obtener recursos que compensaran la caída de la renta, también pudo obedecer a otras razones como, por ejemplo, el deseo castellano de recuperar las tierras alicantinas. Como dice María Teresa Ferrer, "la Corona de Aragón, que no deseaba la guerra, en un primer momento defendió únicamente sus propios territorios, pero, ante la posibilidad de destronar a Pedro el Cruel y sustituirlo por el infante Fernando (el hijo de Alfonso el Benigno y Leonor de Castilla) o por Enrique de Trastámara (hermanastro de Pedro el Cruel), formuló posteriormente reivindicaciones territoriales a cambio de su ayuda a los pretendientes: el reino de Murcia y algunas plazas fronterizas". Durante la primera fase de la contienda (1356-61) hubo incursiones militares de ambos bandos por territorio enemigo, pero el incidente principal fue el ataque de la flota castellana, con ayuda genovesa, al puerto de Barcelona (1359). Al terreno de las maniobras políticas pertenece el intento de Pedro el Cruel de servirse de los infantes Fernando y Juan, hermanastros del Ceremonioso, para resucitar los movimientos unionistas, y la acogida dispensada por el Ceremonioso al grupo de nobles castellanos, dirigidos por Enrique de Trastámara, que, luchando contra el autoritarismo del Cruel, buscaron refugio en la Corona. Siendo ambos monarcas vengativos y, de algún modo, ruines, en el juego de las intrigas, el Ceremonioso siempre fue más hábil (consiguió atraerse a Fernando, que se sentía amenazado en Castilla, donde se había convertido en cabecilla de un sector de la alta nobleza), mientras Pedro el Cruel era más impulsivo (castigó la deserción de Fernando con el asesinato de su madre y su hermano). La paz de Deza-Terrer (1361), que cerró esta fase de la contienda con la restitución de plazas y el intercambio de prisioneros, daría un respiro al monarca aragonés, siempre agobiado por sus problemas fiscales, y ahora inquieto porque sus aliados, y Enrique de Trastámara, empezaban a rivalizar por sus pretensiones a la corona castellana. Por su parte, la paz serviría a Pedro el Cruel para liquidar la oposición interior y castigar al rey de Granada, que había osado romper la alianza y aproximarse al Ceremonioso. La segunda fase del conflicto (1362-63) se caracterizó por la rapidez de los ataques castellanos, que encontraron escasa resistencia y llevaron a la ocupación de muchas villas y ciudades de Aragón y Valencia y al asedio de sus capitales. El Ceremonioso tuvo entonces enormes dificultades para conseguir subsidios (Cortes generales de Monzón, 1362-63), aunque consiguió finalmente contratar los servicios de mercenarios franceses (las Compañías Blancas de Bertrand du Guesclin) y, en las rivalidades entre Fernando de Aragón y Enrique de Trastámara, acabó dando sus preferencias a Enrique, el más fuerte, que llegó de Francia con más tropas y la promesa de entregarle el reino de Murcia. La paz de Murviedro (1363), que interrumpió las hostilidades, fue humillante para el monarca aragonés, que hubo de aceptar la ocupación castellana de parte de sus tierras, y quizá un pacto secreto de eliminación de sus aliados, los infantes Fernando de Aragón y Enrique de Trastámara. El Ceremonioso, que quería unificar el frente interior debilitado por las rencillas, hizo efectivamente asesinar a su hermanastro Fernando (1363), y, para descargarse de la responsabilidad de tan humillante tratado, aceptó que los partidarios de la guerra y los enemigos del autoritarismo real acusaran al consejero Bernat de Cabrera, su negociador, de traición, y lo ejecutaran (Zaragoza, 1364). La tercera y última etapa del conflicto (1363-69) comenzó con una ostensible manifestación de superioridad bélica castellana (ocupación de villas y ciudades del reino de Valencia) y acabó con la muerte de Pedro el Cruel en los campos de Montiel. Este cambio fue debido a la habilidad del Ceremonioso para atraerse al rey de Navarra (con la promesa de cederle Guipúzcoa y Álava) y encender la guerra civil en Castilla. A partir de 1365 Enrique de Trastámara pasó a primer plano, y con la ayuda de las Compañías Blancas, fieles castellanos y tropas catalanoaragonesas exportó la guerra a Castilla obligando a Pedro el Cruel a replegarse y abandonar las posiciones que ocupaba en la Corona. No obstante, el final de la contienda, con el asesinato de Pedro el Cruel y la entronización de Enrique de Trastámara (1369), no dio al Ceremonioso las ventajas que esperaba. El Trastámara se negó a entregarle Murcia y las plazas fronterizas que le había prometido, y el rey de Aragón hubo de satisfacerse con una indemnización (paz de Almazán, 1375). Puesto que de 1356 a 1365 el conflicto se había desarrollado en territorio de la Corona y a ella se habían ocasionado las mayores pérdidas humanas y materiales, no puede decirse que este desenlace fuera en absoluto favorable al Ceremonioso, sino más bien al contrario: el reino teóricamente vencido (Castilla) había resultado, de algún modo, vencedor. "En el futuro la Península estaría sometida a la hegemonía castellana" (J. L. Martín).
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La Revuelta de los Países Bajos ocupa, sin duda, un lugar central en el reinado de Felipe II, pero, aún más, en la historia europea de toda la Edad Moderna, pues constituye un impresionante proceso de definición comunitaria y afirmación política en uno de los puntos cruciales del panorama cultural y de la geoestrategia económica continental. El proceso propiamente dicho arranca a comienzos de la década de 1560 con las protestas contra el Cardenal Granvela y la política religiosa de un Felipe II empeñado en aplicar en la zona los decretos tridentinos, pero se convertirá en un movimiento revolucionario en 1568 al colocarse Guillermo de Orange al frente de los rebeldes. Se inicia entonces la llamada Guerra de los Ochenta Años, que no concluirá hasta 1648, cuando Felipe IV reconozca oficialmente la independencia de las Provincias Unidas, la confederación de los territorios que habían roto todo lazo de dependencia con la Monarquía Hispánica. Con Holanda y Zelanda a la cabeza, las Provincias Unidas se convertirán en una potencia de escala mundial, creadora de un gran imperio comercial que desplazará a los viejos imperios portugués y español. Han sido varias las causas que se han apuntado para explicar la sublevación de la que era una parte emblemática de los dominios de los Austrias, al fin y al cabo herederos de los Duques de Borgoña. De un lado, se ha señalado que el proceso se debió a la defensa de la libertad religiosa reformada contra el tridentinismo católico que encarnaba Felipe II; de otro, ha sido interpretado globalmente como una revolución contra el absolutismo tiránico de un rey que quería suprimir a su voluntad las libertades de unos territorios que lo reconocían como señor, pero no sin ciertas condiciones. Superados ya los tiempos en los que Felipe II aparecía en escena para representar el papel del tirano y del fanático, habrá que insistir en que la revuelta fue un movimiento que sólo fue posible en una Europa que se estaba confesionalizando a marchas forzadas, donde el Rey Católico encarnaba el credo romano y los rebeldes el calvinista. En esas circunstancias, la conciliación que aún había sido posible en el caso del luteranismo defendido por los príncipes alemanes resultó ser inviable. Además, cabe preguntarse si los rebeldes, cuyos líderes pertenecían a las elites locales, bien a la nobleza territorial, bien a la oligarquía urbana, luchaban por las libertades de las Provincias o, más bien, por su propia situación privilegiada que había sido alterada con la política de nombramientos eclesiásticos que quería imponer el rey y a la que servía el Cardenal Granvela. Es indudable que Felipe II dio muestras de cierto empecinamiento en su política flamenca, sobre todo si tenemos en cuenta que la guerra de los Países Bajos fue impopular en Castilla, hacia donde, una vez más, el Rey Católico tenía que dirigirse para mantener el esfuerzo financiero que ésta suponía. A su salida de los Países Bajos en 1559, Felipe II dejó como Gobernadora a su hermanastra Margarita de Parma-Austria, quien se retiró en 1567 cuando llegó a Flandes el Duque de Alba, Fernando Alvarez de Toledo, cuya fama en los Países Bajos está estrechamente unida a la actuación del célebre Tribunal de Tumultos. Su política de represión y de acción militar se considera fracasada definitivamente en 1572, y Alba es sustituido por Don Luis de Requeséns y Zúñiga, quien trató de llevar adelante una política más conciliadora en un marco de angustias financieras; no en vano 1575 es el año de la segunda bancarrota de Felipe II. Requeséns muere en 1576, y en su lugar se nombra a don Juan de Austria, quien tuvo que hacer frente a una calamitosa situación en la que el descontento era general contra los tercios, que acababan de protagonizar el Saco de Amberes con su furia española, tanto por parte de los católicos como de los protestantes. Pese a las esperanzas despertadas en que lograse alguna suerte de conciliación con los rebeldes, también su gobierno se ha de dar por fracasado, muriendo Don Juan en Namur a finales de 1578. Alejandro Farnesio, Duque de Parma e hijo de Madama Margarita, se convertirá en el nuevo Gobernador y llevará adelante una sorprendente recuperación militar a lo largo de la década de 1580, permitiendo dominar de nuevo muchos de los territorios que se habían perdido durante los años 1570. En sus tiempos se produce la definitiva ruptura de los Países Bajos, entre un sur católico (definido en la Unión de Arras) y un norte protestante y rebelde (Unión de Utrecht). Este último rompe sus lazos con Felipe II completamente en 1581 mediante el Acta de Abjuración por la que el Rey Católico es depuesto como señor de las Provincias rebeldes gobernadas por Guillermo de Orange. Este había sido declarado proscrito en 1580 y, como respuesta, publica su Apología, una pieza clave de la literatura antifilipina y de la Leyenda Negra. Uno de los pilares básicos de la resistencia de las Provincias Unidas fue su capacidad propagandística a través de textos como el de Orange y por medio de estampas y grabados con los que inundarán media Europa. Asimismo, supieron aliarse con todos los otros enemigos y rivales de Felipe II, ante todo con la Inglaterra de Isabel I, decidida defensora de la revuelta holandesa tanto diplomática como militarmente. Como ya se ha señalado, la solución al problema flamenco no se consiguió hasta 1648. Felipe II, sin embargo intentó al final de sus días una fórmula que, sin duda, suponía cierta intención de conciliación: la entrega de la soberanía de los Países Bajos a su hija Isabel Clara Eugenia casada con el Archiduque Alberto de Austria. A la muerte del Archiduque sin hijos en 1621, los Países Bajos volverán plenamente a la soberanía española.
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En octubre de 1956 se produce el ataque israelí contra Egipto, en respuesta a las incursiones de comandos árabes de sabotaje y al cierre del Canal de Suez y del puerto de Eilat. La Guerra de Suez culmina con la retirada egipcia y la ocupación israelí de la península del Sinaí y la franja de Gaza, territorios de los que un año más tarde se harán cargo los cascos azules de Naciones Unidas. Pero esta situación de ninguna manera pudo considerarse, ni siquiera de forma remota, como una paz. Negando la posibilidad de entablar cualquier negociación, Egipto buscó el apoyo militar de Siria y Jordania, mientras que Israel demostró su deseo de establecerse permanentemente en los territorios ocupados, al iniciar sus grandes proyectos de irrigación con agua traída del Mar de Galilea. Desde finales de 1966 el camino hacia una tercera guerra entre árabes e israelíes pareció ya imparable, favorecida ésta por la llegada al poder en Siria de los sectores más radicales del partido Baas. A mediados de mayo de 1967 el Gobierno de El Cairo pidió a la ONU la retirada de sus fuerzas de interposición y, días después, firmó un acuerdo con Jordania al mismo tiempo que impedía el paso del tráfico marítimo israelí por el estrecho de Tirán. La ofensiva israelí se produjo en las primeras horas del 5 de junio, tras percibir en los radares la aproximación de aviones egipcios y de unidades acorazadas que avanzaban hacia la frontera de Israel. Las defensas israelíes, al mando del Comandante General Rabin, habían sido movilizadas a partir del 20 de mayo, para hacer frente a los masivos Ejércitos árabes que cubrían las fronteras. La sorpresa de los egipcios fue mayúscula, pues esperaban que Israel dirigiera su ataque contra Siria. Además, la aviación israelí procedió del mar, haciendo pensar a sus enemigos, por un momento, que se reproducía la Guerra de Suez de 1956. Las Fuerzas Aéreas de Israel efectuaron un ataque con objeto de destruir la aviación egipcia y sus aeródromos. En vuelo casi rasante, en plano inferior a las pantallas de radar egipcias, los aviones israelíes destruyeron eficazmente a las Fuerzas Aéreas enemigas. El ataque de la aviación israelí logró destruir, en apenas 3 horas, 391 aviones egipcios que no llegaron a despegar, mientras que derribó en combate otros aparatos. Las pérdidas propias fueran sólo 19. El éxito aéreo permitió un cómodo avance de la infantería israelí sobre los ejércitos egipcios del Sinaí, que contaban con 7 divisiones y unos 1.000 tanques. La ofensiva judía se produjo mediante un triple avance. Por el Norte, el general de Brigada Israel Tal rompió las defensas egipcias y alcanzó en la noche del 5 de junio la población de El-Arish. Otro avance importante se produjo como efecto de la acción combinada de las brigadas de Yoffe, por el centro, y Sharon, por el Sur. Yoffe realizó una incursión por el desierto que le permitió adentrarse por detrás de las líneas egipcias, dominando el 6 de junio la carretera que enlaza Abu Ageila con Bir Lahfan. Al mismo tiempo, la división de Sharon atacó en plena noche las defensas egipcias en Umm Kataf, logrando dominar el cruce de Abu Ageila. Ambas defensas fueron definitivamente tomadas mediante la intervención de una brigada de paracaidistas transportada en helicóptero. Simultáneamente, el avance israelí en el frente del Sinaí continuó por el Norte, rompiendo la resistencia de las tropas egipcio-palestinas que defendían la franja de Gaza. El mismo día 5, el rey Hussein de Jordania recibe informaciones erróneas según las cuales las tropas egipcias están derrotando a las israelíes en el Sinaí. De esta forma, el acuerdo entre Egipto y Jordania empuja a este país a intervenir en el frente occidental, ordenando un bombardeo de las principales ciudades israelíes, que alcanza incluso las cercanías de Tel Aviv y, especialmente, Jerusalén. El contraataque israelí no se hizo esperar, tomando rápidamente el poblado de Sur Bahir, en la carretera de Belén. Al mismo tiempo, tropas israelíes conquistaron posiciones al norte de Jerusalén, mientras que otros efectivos tomaban posiciones al sur de Ramallah. Ese mismo mediodía, aviones israelíes que habían participado en el bombardeo de Egipto castigaron las ciudades jordanas de Amman y Mafraq. Por la noche, una brigada de infantería tomó el pueblo de Latrum, avanzando por la carretera de Beit Horon con el propósito de contactar con los efectivos situados a las afueras de Ramallah. Los movimientos de avance israelíes en el frente occidental quedaron desde este momento fijados en torno a Jerusalén, donde se estableció el Mando Central. Éste ordenó primero un ataque hacia el Sur de la ciudad, para, algo después, realizar un ataque de la infantería de Marina y una brigada acorazada hacia el Norte de Jerusalén. Posteriormente, el avance se produjo hacia el Este, logrando cortar la comunicación entre las fuerzas jordanas con base en Jerusalén y sus refuerzos situados en Samaria. En la noche del 6 junio, los combates se produjeron en el área norte. Tropas jordanas atacaron territorio israelí, pero debieron retirarse al sufrir un duro contraataque a base de infantería y acorazados. Así, fuerzas israelíes penetraron en territorio jordano, rodeando la población de Jenin. La cruenta lucha de blindados se saldó con el triunfo de Israel y la ocupación de una amplia franja de terreno. Después de un día entero de enfrentamientos, el despliegue israelí permitía enlazar las tropas de los Mandos Central y Norte, que convergían en el centro de las posiciones jordanas tras su avance por el Sur, Oeste y Norte. El segundo día de guerra en el Sinaí, las tropas del general israelí Tal continuaron su avance paralelo a la costa desde El Arish, en dirección al Canal de Suez, al mismo tiempo que otra columna atacaba las defensas egipcias en Bir Lafhan, logrando enlazar con las tropas del general Yoffe. El despliegue de éste siguió una línea directa hacia Egipto, mientras que, por el Sur, las tropas de Sharon continuaron operando en dos direcciones, hacia Abu Ageila, al Norte, y hacia El Kuseima, al Sur. Simultáneamente, un ataque conjunto de infantería, blindados y paracaidistas ocupó la ciudad de Gaza, no sin gran esfuerzo. En Jerusalén Este, en el mismo momento, se están librando cruentos combates. Al Norte de la ciudad, tropas israelíes intentan desalojar las defensas jordanas que impiden la comunicación con la ciudad de Ramallah, convertida ahora en un punto estratégico. La ciudad finalmente cayó. En el mismo escenario, desde el Norte, las fuerzas israelíes continuaron su avance en dirección Sur, al mismo tiempo que desde el Oeste caía la ciudad de Kalkiliya. El ataque israelí concluyó con la toma definitiva de Jenin, al mediodía del segundo día de guerra. Otro avance israelí se produjo hacia la carretera de Tubas-Nablús, chocando con los tanques jordanos. Por la noche, lograron ocupar la primera población, continuando su avance hacia el río Jordán. El 7 de junio las tropas israelíes lograron su victoria más significativa, al tomar por completo la Ciudad Vieja de Jerusalén. Desde aquí, se produjo un nuevo despliegue, que permitió conquistar Belén y Hebrón sin efectuar un solo disparo. Tras tomar Ramallah, el ejército israelí siguió avanzando hacia Jericó, al mismo tiempo que, desde Nablus, de desplegaban tropas hacia el río Jordán. En la península del Sinaí, fuerzas navales israelíes ocuparon Sharm el-Sheij, permitiendo abrir los estrechos de Tirán. La libre circulación marítima quedaba así asegurada. Al mismo tiempo, el avance israelí estaba culminando. Tres divisiones intentaban aislar a los acorazados egipcios, con la finalidad de cortar su retirada hacia el canal de Suez. Las tropas de Tal conquistaron la base egipcia de Bir Gafgafa, resistiendo el último contraataque egipcio, mientras que las de Yoffe tomaron Bir Hassneh y avanzaron hacia el paso de Mitla, para cortar la retirada egipcia. De esta manera, quedaron formadas bolsas egipcias en El Kusseima, Abu Ageila y Kuntilla, que no tardaron en caer ante el avance de las tropas de Sharon hacia Nakhl. El cuarto día de guerra, el ataque israelí en el Sinaí se hacía ya imparable. Las tropas de Tal ocuparon Kantara e Ismailía, mientras que las de Yoffe avanzaron en tres líneas hacia la ciudad de Suez, el Lago Amargo y Ras Sudat. El despliegue de tropas fue perfecto, enlazando en Abu Zenima con las tropas paracaidistas que, tras ser lanzadas sobre Sharm el-Sehij, marchaban hacia el Norte. La desesperada defensa egipcia en el Paso de Mitla convirtió este lugar en el escenario de un acto desesperado, que no impidió la ocupación total de la península del Sinaí en tan solo cuatro días. La debacle sufrida por egipcios y jordanos propició la aceptación de un alto el fuego promovido por Naciones Unidas, al que también se sumó Israel. Sin embargo, la guerra aun no había finalizado. Siria, instigadora de la guerra, se había limitado a bombardear los poblados israelíes en los altos del Golán, ocupando el kibbutz Dan. En respuesta, las fuerzas israelíes, ya libre de la presión de los otros frentes, atacaron las bien defendidas posiciones sirias en el Golán. El ataque principal se produjo por el Norte, combatiendo casi cuerpo a cuerpo. El avance israelí permitió tomar Tel Fakhr, no sin sufrir numerosas pérdidas humanas y materiales. De todo un batallón acorazado, sólo dos tanques quedaron intactos. Simultáneamente, fuerzas israelíes atacaron la línea defensiva siria en el Golán por el Sur, en el área situada al norte del Mar de Galilea. El día siguiente, 10 de junio, ambas columnas cayeron sobre Quneitra, mientras que a la vez se lanzaban paracaidistas desde helicópteros muy por detrás de las líneas enemigas y una unidad acorazada penetraba hacia Harab y Rafid. La toma de los altos del Golán estaba así completada, lo que obligó a Siria a aceptar el alto el fuego de Naciones Unidas, justo cuando los israelíes se dirigían hacia Damasco. La guerra había acabado. En apenas 6 días, Israel en solitario había derrotado a sus oponentes árabes. Mientras que estos sufrieron 15.000 muertos y 6.000 prisioneros, los israelíes habían tenido tan solo 777 bajas, 2.586 heridos y 17 prisioneros. Como resultado, Israel anexionó territorios que le permitieron incrementar su tamaño, incorporando la península del Sinaí, la franja de Gaza y las áreas de Samaria, Judea y los Altos del Golán. Con todo, las incorporaciones serán en el futuro fuente de nuevos conflictos, pues las poblaciones palestinas que, con la ocupación de Gaza y Cisjordania quedaron bajo control israelí o se refugiaron en los países limítrofes, pugnarán más adelante por recuperar su dominio sobre estos territorios.
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Especialmente delicada era la situación en el Imperio, donde, además de los problemas internos, debido a su situación geográfica confluían los intereses del resto de Europa. Así, la guerra de los Treinta Años se entrecruzará con la guerra de los Ochenta Años entre los Países Bajos y España; la rivalidad entre ésta y Francia, que no terminará hasta 1659; la guerra de independencia portuguesa, clausurada en 1668; la inestabilidad endémica de la frontera danubiana; el permanente problema báltico, salpicado de conflictos recurrentes. De ahí la facilidad con que el conflicto abierto en 1618 pasará de guerra imperial a guerra europea, que no terminará hasta 1660.
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El reinado de Felipe V no iba a resultar un mundo de placidez. Amén del estado poco halagüeño de la monarquía, las primeras acciones del soberano como gobernante se vieron fuertemente condicionadas por las aspiraciones austriacas al trono de España y por los deseos hegemónicos de su abuelo Luis XIV. En efecto, pese al deficiente estado en que parecía encontrarse, España resultaba todavía un apetitoso bocado para las demás potencias europeas, sobre todo por sus posesiones americanas. Aunque hacía tiempo que las ambiciones de otras monarquías habían puesto a funcionar sus diplomacias, los dos grandes pretendientes aparecieron pronto en escena con total nitidez: la Francia borbónica de Luis XIV puso sus miradas en Felipe de Anjou y la Austria Imperial de Leopoldo I centró sus aspiraciones en el archiduque Carlos. A priori, este último parecía reunir las mejores condiciones: pertenecía a la familia Habsburgo que había gobernado España los dos últimos siglos, la reina madre era austriaca y la reina consorte alemana, y una buena parte de las clases privilegiadas y de los altos funcionarios veían con simpatía la continuidad de los Austrias. Las ambiciones francesas por el contrario parecían más difíciles de conseguir: el testamento de Felipe IV prohibía la unión de ambas coronas en una misma persona y la presión bélica que Luis XIV ejercía sobre España en los últimos años del siglo había granjeado muchos enemigos internos a las aspiraciones galas. A pesar de estas condiciones de partida, fue Felipe quien acabó ciñendo la corona. A ello contribuyó sin duda la biología: pese a sus dos matrimonios y a los esfuerzos hechizadores del fraile Froilán Díaz, Carlos II no pudo proporcionar un heredero a la monarquía. Pero también influyó sobremanera el contexto internacional. Vista la poca salud del soberano, la cuestión sucesoria al trono de España se convirtió rápidamente en un problema de hegemonía política en Europa. Franceses y austriacos pasaron a disputarse enconadamente el espacio español porque ello era tanto como saldar en su favor el precario equilibrio europeo. Y como quiera que dominio político significaba al mismo tiempo crecimiento económico, potencias industriales y comerciales del calibre de Holanda o Inglaterra no tardaron en tomar cartas en el asunto. Al principio se intentó la vía de la negociación. Esta pareció conseguirse mediante un cierto consenso entre las principales potencias sobre el reparto de las posesiones españolas en Europa y la elección de José Fernando, hijo del elector de Baviera, como heredero de la corona hispana. Pero el acuerdo no pudo materializarse porque quiso el destino que este último muriese en 1699, cuando sólo contaba con seis años de edad. Pese a este contratiempo, se continuó intentando la vía negociadora con un acuerdo en La Haya, ratificado un año después, por el cual se pactaba que el archiduque Carlos fuera el heredero a cambio de que Francia se quedara los dominios italianos y Guipúzcoa pasara a manos de Luis de Borbón. Ahora bien, los españoles tenían algo que decir en la cuestión sucesoria de su propio país. Y si bien todos estaban de acuerdo en la necesidad de mantener la unidad del imperio a través de una corona fuerte, discrepaban acerca del candidato ideal que pudiera ofrecer mejores garantías. Oropesa y sus partidarios pensaban en la pujante Austria, siguiendo así la dinastía hasta entonces reinante, pero el Tratado de La Haya estaba lejos de garantizar la integridad de la monarquía española. Por el contrario, el influyente cardenal Portocarrero apostaba decididamente por el aspirante francés, pero era dudoso que Luis XIV tuviera la intención de respetar la condición de que la misma persona no ciñera ambas coronas. En una situación interna contraria al gobierno de Oropesa (motines madrileños de 1699) que perjudicaba a la causa austracista y después de numerosas intrigas palaciegas alimentadas por las embajadas francesa y austriaca, el siempre vacilante y cada vez más debilitado psíquicamente Carlos II, el 3 de octubre de 1700, firmaba su último testamento en favor de Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV. La nueva disposición testamentaria puso al monarca francés en un serio dilema: aceptar el pacto firmado en La Haya con las potencias marítimas o recoger el legado carolino. Tras no pocas vacilaciones, Luis XIV optó por la segunda opción y en febrero de 1701 Felipe V era calurosamente recibido en Madrid. En un primer momento Inglaterra y Holanda parecieron apoyar al nuevo monarca español. Sin embargo, la situación pronto cambió de signo a causa de las pretensiones amenazadoras y expansionistas de su abuelo. El monarca francés envió tropas para sustituir las guarniciones holandesas en las fortalezas de la Barrera, cedió el gobierno efectivo de los Países Bajos a su nieto, otorgó a los comerciantes galos importantes privilegios en las colonias americanas (entre ellos, el derecho de asiento para la importación de esclavos negros) y reconoció como rey de Inglaterra a Jacobo III. Y por si fuera poco, el 1 de febrero de 1701 el Parlamento de París ratificaba los derechos de Felipe de Anjou a la monarquía francesa, contrariando así el testamento de Carlos II en esta fundamental cuestión. En este contexto no le iba a resultar difícil al monarca austriaco Leopoldo I encontrar en Inglaterra y Holanda unos fáciles aliados para constituir la Gran Alianza contra Francia, acuerdo al que se unieron más tarde Portugal (Tratado de Methuen) y el duque de Saboya. La guerra por la corona de España y por la hegemonía europea que tanto parecía haberse querido evitar, terminó por ser el instrumento elegido para dilucidar las posiciones en el firmamento europeo y mundial. Corría el año de 1702, Felipe V tenía a la sazón diecisiete años y hacía quince meses que gobernaba España con la cohorte de consejeros franceses que su abuelo le había proporcionado (Ursinos, Orry). Pronto iba a poder comprobar el nuevo monarca que al hostil contexto internacional que se había creado, culminado en 1703 con la proclamación en Viena del archiduque Carlos como rey de España, iba a sumarse la decidida resistencia de una parte de los propios españoles, partidarios del pretendiente austracista al que veían más respetuoso hacia las instituciones forales.
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La muerte del último Habsburgo español, Carlos II, ocurrida en 1700, genera grandes expectativas de beneficio en dos candidatos a controlar la sucesión, Luis XIV de Francia y el Emperador austriaco, Leopoldo I. La herencia española, que comprende el dominio sobre diversos puntos estratégicos europeos, como Nápoles, Cerdeña, Sicilia, Milán y los Países Bajos, amén de los territorios peninsulares y americanos, convertirá a su beneficiario en la potencia hegemónica mundial y hará peligrar el precario equilibrio europeo. Para evitar dicho fin, se llevan a cabo sucesivos repartos y soluciones, optando finalmente Carlos II por testar a favor de Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, lo que garantizaría la integridad de los territorios de la monarquía hispánica. La solución, a la que en principio sólo se opuso el Emperador, no tardó en generar el conflicto al confirmar el monarca francés a su nieto como heredero al trono, lo que pondría en sus manos un poder excesivo, a juicio de sus rivales. La coalición antifrancesa no tardó en formarse, integrando a Inglaterra, Holanda, el Imperio alemán, Portugal, Dinamarca y el Ducado de Saboya, quienes apoyarán al archiduque Carlos como pretendiente al trono español. La guerra habrá de durar trece años y conocerá una solución de compromiso, de la que Inglaterra será la gran beneficiada: Felipe V será reconocido como soberano de la monarquía hispánica a cambio de no ostentar el trono francés, mientras Francia habrá de renunciar a sus proyectos expansivos sobre los Países Bajos e Italia.
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Para entender las dimensiones internacionales del conflicto, debemos tener en cuenta que numerosos países lo tomaron como pretexto para dilucidar cuestiones particulares, pues, de otro modo, no se justificarían sus repercusiones diplomáticas en otros escenarios geopolíticos. La muerte de Augusto II, el 1 de febrero de 1733, precipitó los acontecimientos. Pronto quedaron destacados dos candidatos, Estanislao Leszczynsky, apoyado por Francia, y Augusto de Sajonia, hijo del anterior y casado con la sobrina del emperador, propuesto por Austria y Rusia después de reconsiderar su postura y la conveniencia de un nuevo rey sometido a sus criterios que restablecería su deteriorado prestigio. Con tales planteamientos, el problema alcanzó dimensiones internacionales y tanto Luis XV como la zarina Ana se enfrascaron en una lucha por la aceptación de su candidato en la Dieta. Primero lo fue Estanislao y después Augusto III, gracias a la actuación del ejército ruso. Versalles consideró necesario el refuerzo de su posición y utilizó su red diplomática con excelentes resultados: concertó el Tratado de Turín, de 1733, con Carlos Manuel II del Piamonte, con la promesa de que recibiría el Milanesado cuando fuera arrebatado a Carlos VI; renunció a cualquier intervención en los Países Bajos contra Austria y, así, calmó a las potencias marítimas y se mantuvieron al margen; también, en 1733, firmó el Tratado de El Escorial con España, el primer Pacto de Familia, por el que aseguraba para don Carlos los territorios de Parma y Toscana, y se comprometía a la cesión de otros obtenidos durante la contienda. Sin embargo, la escasa ayuda militar recibida por Estanislao aclaró que los verdaderos enfrentamientos no se darían en el Este. Debido a la confluencia de intereses, los teatros de operaciones fueron el Rhin e Italia, aunque de los combates no se desprendió un claro vencedor, ya que Francia no aportó demasiados hombres y sus coaligados no realizaron grandes esfuerzos, mientras que Carlos VI tampoco logró movilizar a tiempo las fuerzas imperiales y la ayuda rusa llegó demasiado tarde. Suecia no quiso inmiscuirse en un conflicto tan poco claro, y dio prioridad a los problemas interiores que requerían toda la atención; había perdido de momento su vocación imperialista. La guerra turco-persa disuadió al sultán de la apertura de un nuevo frente en el Oeste e ignoró la ruptura por la zarina Ana de las cláusulas incluidas en los tratados de 1711 y 1713. Gran Bretaña desoyó las peticiones del emperador porque la rivalidad colonial con franceses y españoles preocupaba de forma especial a los círculos comerciales de Londres. Todos los participantes en el Tratado de Viena de 1738 estaban interesados en la apertura de conferencias que clarificasen los confusos resultados de los campos de batalla. En octubre de 1735 se acordó una paz provisional, los Preliminares de Viena, que puso fin a las hostilidades, pero no ratificados hasta el 2 de mayo de 1738, en el tercer Tratado de Viena, por Francia, España, Gran Bretaña, Holanda, el emperador y Saboya. -Destacaban los siguientes puntos: - Leszczynsky renunciaba al trono polaco, con lo que se reconocía la legalidad de su elección, a cambio de Lorena y Bar, con la condición de ser heredados por la reina de Francia, su hija, a su muerte. - Francia aceptaba la Pragmática Sanción. - Francisco de Lorena, esposo de María Teresa, recibía Toscana, en contra de los deseos de los españoles, y, así, Francia evitaba el peligro en sus fronteras y conseguía un sueño secular. - Carlos Manuel de Piamonte reconocía la Pragmática Sanción a cambio de las ciudades de Novara y Tortona. - El Milanesado pasaba de nuevo al emperador, además de Parma y Piacenza. - Don Carlos conseguía el reino de las Dos Sicilias. - Se confirmaba a Augusto III en el trono polaco, ahora comprometido por anteriores promesas hechas a Austria, Rusia y la Santa Sede, como la renuncia a los derechos polacos sobre Livonia, el traspaso de Curlandia a Rusia, el juramento y respeto de las tradiciones del país y la defensa del catolicismo. Diplomáticamente, Francia triunfó en el Tratado de Viena sin que hubiera realizado importantes inversiones en dinero y hombres y se convertía, otra vez, en el árbitro de Europa. Su aproximación a Austria posibilitaba prescindir de las relaciones con Gran Bretaña, más enemigo que amigo. También aumentaba su influencia en el Mediterráneo al colocar en el trono de Nápoles a un Borbón, al tiempo que se desinteresaba de los asuntos polacos y dejaba las manos libres a las tres potencias del Centro y del Este, con el dibujo definitivo de la frontera del Noroeste. Por otro lado, resultaba evidente que la Guerra de Sucesión polaca había sido el telón de fondo de exigencias internacionales concretas, pues la política de trueques había modificado el mapa de Europa con efectos bastante duraderos. Por el contrario, el perdedor fue Carlos VI, obligado a participar en agotadoras guerras cuando lo concluyente se trató en las mesas de negociaciones, e incluso perdió partes importantes del Milanesado por compensaciones a terceros, sin que pudiera oponerse ante la presión ejercida por el entramado tejido por Francia.
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En abril de 1955 los dirigentes de la URSS proclamaron su decisión de no aceptar en adelante el monopolio en la práctica de los países occidentales sobre la política de Oriente Medio que el Pacto de Bagdad acababa de hacer todavía más visible. Como ya hemos visto, la muerte de Stalin había dado lugar no sólo a un cambio en la política interna sino también a diversas iniciativas de "deshielo" en lo que respecta a la política internacional. Pero todo ello no supuso para los occidentales una posibilidad real de hacer desaparecer la guerra fría sino que tuvo como contrapartida potenciar la acción de la URSS en escenarios de los que había estado ausente hasta el momento. En septiembre de 1955 Egipto y Checoslovaquia anunciaron un acuerdo por el que el segundo de los países citados se comprometía a entregar al primero cantidades importantes de armamento moderno, incluidos tanques y aviones, pagando con una materia prima de la que disponía el primero -algodón- y con un pago aplazado en el tiempo. Antes había tratado de obtener de los Estados Unidos una colaboración semejante, sin lograrlo, de manera que a partir de este momento se convirtió en habitual que aquellos países del Tercer Mundo que no obtenían lo que querían de una de las superpotencias inmediatamente se dirigían a la otra. Pero, sobre todo, el acuerdo supuso la concreción de una presencia soviética en Medio Oriente que tuvo efectos inmediatos. Jordania renunció a adherirse al pacto de Bagdad y, desde 1955, se iniciaron las relaciones estrechas entre la URSS y Siria que habrían de convertir a este último país en un sólido apoyo del primero. Pero el cambio más decisivo no se produjo en relación con estos países sino con Egipto. Este país ya desde antes se había convertido en el más importante Estado árabe independiente, en una situación de rivalidad permanente con respecto a Irak por una cierta hegemonía en la región: este papel había quedado ratificado tras el golpe de los oficiales libres en 1952. En marzo de 1954 el general Neguib fue desplazado de la dirección política de Egipto y sustituido por el coronel Gamal Abdel Nasser, convertido en un campeón del panarabismo y decidido adversario de Israel, Estado al que quería hacer desaparecer y del que había sido prisionero durante la primera Guerra árabe-israelí. Convertido en uno de los motores esenciales del movimiento de países no alineados, Nasser obtuvo de los británicos la evacuación total de su país, incluido el canal de Suez. Las negociaciones sobre este punto fueron muy complicadas. Los británicos quisieron mantener una base tan amplia que hubiera supuesto, según se afirma en las propias memorias de Eisenhower, una especie de enclave en el seno de un país independiente. Gran Bretaña y Estados Unidos habían discrepado desde hacía tiempo respecto a Nasser. La primera había sido siempre contraia al líder egipcio de acuerdo con su visión colonialista que le hacía preferir a la Monarquía saudí, un aliado tradicional, mientras que los segundos estaban interesados, sobre todo, en detener el peligro comunista y, por lo tanto, en crear una barrera de alianzas para evitar la posible penetración soviética. En realidad, a los norteamericanos no les interesaba otra cosa que la libertad de circulación por el canal de Suez; no quisieron participar en estas negociaciones y menos aún verse involucrados en el contencioso paralelo que los franceses tenían con los egipcios por la ayuda que estos prestaban a la independencia argelina. Nunca dieron la menor seguridad de que apoyarían cualquier acción bélica emprendida por franceses y británicos para recuperar su influencia en Egipto, sino que más bien su actitud fue disuasoria desde un principio y más todavía cuando arreció la posibilidad de que esta intervención tuviera lugar. En definitiva, para Eden, el premier británico, Nasser había cometido ni más ni menos que "un robo"; Dulles le quería hacer "vomitar" lo que se había tragado pero sin violencia. Al mismo tiempo, Nasser, deseoso de promover el desarrollo económico de su país, pretendió de los norteamericanos la financiación suficiente como para hacer posible la construcción de la presa de Asuán, destinada a hacer posible la promoción de los regadíos en el Sur de Egipto y la producción de energía eléctrica. El proyecto tenía una importancia de primera magnitud para el país pues suponía multiplicar por un tercio la superficie regada y por la mitad la potencia eléctrica instalada. Pero, tras algunas dudas, el secretario de Estado norteamericano Foster Dulles, se inclinó por no apoyar esta petición en un momento en que el peticionario parecía demasiado vinculado con un neutralismo que a él le parecía inmoral. No se olvide que acababa de tener lugar la ya mencionada Conferencia de Brioni. Pero, sin duda, en la forma de negarse a la propuesta de Nasser, Dulles resultó innecesariamente ofensivo al aludir a la incapacidad egipcia para afrontar el pago. Los británicos y franceses no fueron consultados sobre esta decisión norteamericana que se veían obligados a seguir. El 26 de julio de 1956, aniversario de su régimen, Nasser anunció ante la muchedumbre reunida en la plaza de la Liberación en Alejandría la nacionalización del canal de Suez. En el pasado había asegurado que de los cien millones de dólares que reportaba a la sociedad constructora del canal, en manos de capitalistas británicos y franceses, su país recibía tan sólo tres; por su parte, los británicos aseguraban que un tercio de los barcos que utilizaban el canal pertenecían a su país. La ocasión para la nacionalización derivaba, según Nasser, de la necesidad de obtener recursos para Asuán, que se habían demostrado imposibles por otros procedimientos. De todos modos, aseguró estar dispuesto a pagar las correspondientes indemnizaciones como consecuencia de la decisión nacionalizadora. Pese a las afirmaciones en contrario por parte de británicos y franceses, el canal siguió funcionando de forma normal. Pero, al mismo tiempo, la tensión mundial creció, Nasser había desafiado a los británicos pero también a los franceses como consecuencia de la ayuda prestada a la insurrección argelina y a los israelíes, a quienes declaró que impediría el acceso al canal. En el proceso negociador que se abrió a continuación es preciso comprender la visión de las antiguas potencias coloniales, por errada que pudiera resultar su decisión final. Gran Bretaña y Francia veían en peligro sus aprovisionamientos petrolíferos, que en un 90% pasaban por el canal, aunque el efecto de su decisión bélica fue precisamente interrumpirlos. Por otro lado, con la vista puesta en la Europa de los años treinta, conceptuaron a Nasser como un dictador a quien era preciso parar los pies cuanto antes pues de lo contrario podía ser peor. En las memorias de Eden la referencia a ese pasado durante los años treinta es constante: parece haberle considerado como un dictador megalómano como Mussolini, sólo distinto por la diferencia de escala. El acuerdo al que británicos y franceses llegaron para su intervención militar final fue, a la vez, demasiado tortuoso y, al mismo tiempo, demasiado cínico y transparente como para evitar que la imagen de ambos países quedara inevitablemente averiada en toda la región. El hecho de que llegaran a un acuerdo con Israel, hacía esa misma incomprensión inevitable. Pero antes de que tuviera lugar la ofensiva franco-británica, por un lado, e israelí por otro, hubo al menos una serie de intentos para llegar a un acuerdo. Una conferencia internacional reunida en Londres en agosto de 1956 fracasó y no consiguió otro resultado mejor la que tuvo lugar con la participación de los países usuarios del canal. A comienzos de octubre, el Consejo de Seguridad, reunido en Nueva York, de nuevo trató del tema y tan sólo unos días después el presidente del Consejo francés, el socialista Guy Mollet, especialmente obsesionado por el recuerdo de los años treinta del que se ha hecho mención y el primer ministro británico, Anthony Eden, enfermo y amargado por el largo período que había tenido que pasar hasta recibir el liderazgo del Partido Conservador británico, llegaron a un acuerdo para intervenir en cooperación con Israel. El recurso por el que se optó para explicar la operación fue que el ataque de este último país en dirección hacia el Sinaí ponía en peligro el libre paso por el canal. La verdad es también que, a base de facilitar los ataques de comandos palestinos desde Egipto, Nasser se había arriesgado mucho. Hubo un momento en que había dos o tres incidentes armados diarios y, contra la voluntad de la ONU, los egipcios prohibían el paso de barcos israelíes por el canal. La operación se llevó a cabo a partir del 22 de octubre de 1956 sin demasiadas dificultades por parte de los israelíes, que conquistaron la mayor parte del Sinaí, pero con mayores problemas por parte de franceses y británicos que sólo consiguieron conquistar una parte del canal con menos de una treintena de muertos propios (los israelíes tuvieron más de un centenar de muertos). La superioridad tecnológica y de preparación se había impuesto netamente. No podía haber sorpresa porque los atacantes habían amenazado con la invasión poco antes de llevarla a cabo, pero la operación militar anglofrancesa estuvo mal concebida y peor realizada; ni siquiera parece haber existido coincidencia en los atacantes sobre los objetivos a lograr. De cualquier manera, el 5 de noviembre la Unión Soviética amenazó a Gran Bretaña y Francia mientras que Estados Unidos también las presionaba y la Asamblea General de la ONU condenaba a las potencias agresoras por una votación abrumadora (54 a 5). El 6 de noviembre se detuvieron las operaciones militares: Eden, presionado por el derrumbamiento de la libra, se había dejado convencer primero y luego se sumó a su actitud Mollet. Ingleses y franceses se retiraron a fines de año de las posiciones que habían conquistado. Israel lo hizo en 1957. La ONU interpuso fuerzas propias entre egipcios e israelíes y mantuvo una guarnición en el estrecho de Tirán para garantizar el paso israelí por la zona; además, los egipcios se retiraron de Gaza. Este país había logrado, al menos, una parte de lo que pretendía. No se debe olvidar que por los mismos días en que se produjo el conflicto entre Egipto y las antiguas potencias colonizadoras tenía lugar la sublevación de Hungría y su inmediata supresión por el Ejército soviético. El presidente Eisenhower dio la sensación de vincularse con los sublevados anticomunistas en este país, con los que dijo estar "de todo corazón", y la radio occidental apoyó su resistencia. Sin embargo, el desarrollo de los dos conflictos en paralelo y su resolución sin que los intereses de las dos superpotencias se vieran afectados pudo dar al conjunto del mundo la sensación de que éste permanecía dividido en dos áreas de influencia en las que no se podía producir la intromisión del adversario. La Guerra de Suez tuvo repercusiones muy profundas sobre las relaciones internacionales no sólo porque supuso un acto de presencia de las naciones no alineadas surgidas de la descolonización y un neto triunfo diplomático de las mismas sino porque también tuvo una importante repercusión sobre el resto de las potencias que se vieron involucradas en los acontecimientos. Suez, por ejemplo, vino a ser algo así como el último rugido del león británico. Macmillan, después de concluido el período bélico, le dijo a Dulles que quizá pasados doscientos años se darían cuenta los Estados Unidos de lo que los británicos habían padecido como consecuencia de esta guerra. Eden en sus memorias aduce que el resultado de la crisis fue impuesto por la actitud norteamericana que no fue la propia de un aliado; su propuesta de que los petroleros británicos dieran la vuelta por el cabo de Buena Esperanza era inviable desde el punto de vista económico. El nuevo premier británico fue capaz de restablecer la relación con los norteamericanos pero al precio de mantener respecto a ellos una actitud de virtual absoluta dependencia. Lo que no consiguió fue restablecer la situación de la economía británica, que dependía ya desde antes por completo de la norteamericana. Curiosamente, los Estados Unidos hubieran podido hundir las cotizaciones mundiales del algodón, el único producto exportable de la agricultura egipcia, por el procedimiento de lanzar al mercado mundial sus inmensas reservas. Pero no lo hicieron, sino que emplearon su poder económico en contra de un aliado sempiterno y que lo fue todavía más a partir de este momento. Los británicos, por su parte, mediante la intervención quisieron conservar o incluso recuperar su influencia en Medio Oriente, pero el resultado de su acción fue reducirla a una mínima expresión. Los norteamericanos quisieron heredar la influencia británica en la zona pero pronto descubrieron que la situación allí era demasiado complicada como para poder ser resuelta por el procedimiento de declararse anticolonialistas. Su vinculación con Israel lo hizo más complicado todavía. Un factor importante fue la inhabilidad norteamericana que les llevó a intervenir en Líbano sin medir las consecuencias de sus actos o a pensar seriamente que el rey de Arabia, Saud, era una alternativa viable a Nasser. Al menos, los Estados Unidos habían tomado una posición en esta crisis mundial pensando de cara al futuro y no lo habían hecho de cara al pasado, como los dirigentes de Gran Bretaña y Francia. Resulta muy posible que lo sucedido en Suez tuviera una importante repercusión en la política exterior francesa: la fragilidad propia percibida en esta ocasión debió fomentar la necesidad sentida de procurarse, mediante el arma atómica, una relevancia mundial que había perdido ya. En cuanto a la Unión Soviética salió, sin duda, de la Guerra de Suez con un prestigio consolidado de cara a la opinión pública árabe; además, en las conferencias posteriores a la finalización del conflicto ratificó esta impresión alineándose sin fisuras con la posición egipcia. Incluso la amenaza de intervención en el conflicto dio la sensación de tener un efecto inmediato sobre la actitud francesa y británica. Pero bien cabe pensar que, como señala Kissinger, a largo plazo la aparición de la URSS en el escenario del Medio Oriente, tuvo graves inconvenientes para ella. Stalin no quiso arriesgar la credibilidad soviética en los países descolonizados y Kruschev corrió demasiados riesgos haciéndolo. Con el paso del tiempo se acabó por descubrir que Oriente Medio era demasiado volátil y costoso para que se empleara a fondo en él. Claro está que tuvieron que pasar muchos años para que se llegara a este descubrimiento. Por el momento, la situación en Medio Oriente tras la Guerra de Suez supuso la aparición de un nuevo escenario de confrontación entre las dos grandes superpotencias. En enero de 1957 el presidente Eisenhower hizo ante el Congreso de los Estados una declaración con la que pretendía "llenar el vacío" que había supuesto la desaparición de la influencia franco-británica para que éste no fuera llenado por la Unión Soviética. La llamada "doctrina Eisenhower" suponía una ayuda económica y militar para la región; se crearía un organismo especial norteamericano destinado a lo primero con un incremento considerable sobre los presupuestos anteriores. Además, la actitud norteamericana consistió también en lanzar una seria advertencia a la URSS. El llamado "plan Chepilov", surgido como respuesta soviética, preconizó la no participación de los países de Medio Oriente en ninguna alianza militar así como el rechazo de las bases extranjeras. En adelante, la confrontación entre las superpotencias en esta zona del mundo se convirtió en una constante de las relaciones internacionales. Mientras que la URSS se apoyó en Egipto y Siria, los Estados Unidos lo hicieron en Jordania y Arabia Saudita al mismo tiempo que mantenían su tradicional vinculación con Israel. La URSS, cuya escuadra empezó a hacer acto de presencia en el Mediterráneo a partir de este momento, no provocó conflictos nuevos y, por el momento, dio la sensación de verse beneficiada por la evolución de los acontecimientos. En efecto, su principal aliado en el Medio Oriente, Egipto, parecía haberse convertido en el "hermano mayor" de las naciones árabes, como sus propios dirigentes afirmaban. En febrero de 1958 el presidente de Siria, un país dominado por un partido laico, progresista y nacionalista denominado Baas, se asoció con Egipto en una República Árabe Unida que tuvo una existencia efímera (1958-1961). Como respuesta, las Monarquías pro occidentales de la zona -Hussein de Jordania y Faisal II de Irak- constituyeron una "Unión árabe" de carácter federal. Sin embargo, en julio de 1958 Irak experimentó un golpe de Estado que supuso la desaparición de la Monarquía, sustituida por el régimen militar del general Kassem y, como consecuencia, la desaparición en la práctica del Pacto de Bagdad. El posterior desarrollo de los acontecimientos propendió a hacer aparecer un escenario siempre cambiante e inestable. En 1962 Egipto intervino en Yemen apoyando un régimen militar frente a la autoridad tradicional del imán Badr. En 1963 dos golpes militares instalaron definitivamente al Partido Baas en el poder en Damasco y Bagdad pero en dos versiones muy distintas que nunca resultaron compatibles. Se comprende, por tanto, la dificultad de los soviéticos y de los norteamericanos por desenvolverse en una madeja tan intrincada de conflictos en esta parte del mundo. Quizá el país que pudo convertirse a la vez en paradigma de inestabilidad y de confrontación entre las grandes potencias fue el Líbano. País plural cuyas instituciones se mantenían en equilibrio gracias a una indudable prosperidad económica, vivía una complicada fórmula de compromiso dominada por los partidos de filiación cristiana, el Líbano había renunciado a romper con Francia con ocasión de la Guerra de Argelia y con Francia y Gran Bretaña en el momento de la Guerra de Suez. En estas condiciones no puede extrañar que Nasser le acusara de "haberse vendido al imperialismo del dólar". Recién fundada la RAU el Líbano quedaba sometido a la presión de un país como Siria, que siempre había tenido pretensiones territoriales en parte del país con quien había estado unido en la época colonial. En junio de 1958 una serie de incidentes que revelaron la existencia en la sociedad libanesa de fuertes apoyos para Nasser tuvo como resultado la petición por parte del presidente Chamun de una intervención norteamericana que, en efecto, tuvo lugar en el mes de julio. Sin embargo, ya a fin de año, un nuevo presidente libanés, Chehab, abandonó la línea pro occidental y norteamericana de su predecesor optando por solicitar la retirada de las tropas. Líbano volvió a reconstruir su complicado equilibrio entre tendencias religiosas y políticas, pero lo hizo en un ambiente de inestabilidad muy característico de toda la región: en 1961, por ejemplo, hubo una conspiración que tenía propósitos unitarios respecto a Siria.
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Estancada la guerra en el frente occidental, en el oriental los rusos lanzaron a primeros de agosto un ataque imparable sobre Alemania, venciendo en Gumbinnen. Pero el avance ruso es detenido por las tropas del capitán general von Hindenburg. Rehechos los alemanes, a finales de agosto consiguieron la victoria en Tannenberg. El año 1914 se cierra con avances rusos en Austria-Hungría y con el fracaso de las tropas austro-húngaras en su ataque a Serbia. 1915 y 1916 son los años de la guerra de posiciones. Las naciones pusieron todo su potencial industrial al servicio de la guerra, lo que hizo que se alcanzasen una violencia y destrucción nunca antes vistas. Nuevas armas como granadas, lanzallamas, tanques, gases... incrementaron el horror de la guerra, pero llevó al frente occidental a un empate táctico. En 1915 Italia entró en la guerra en el bando aliado, lo que abrió el frente alpino, entre Italia y Austria-Hungría. En Ypres, ese mismo año, los alemanes usaron por vez primera gases tóxicos. El horror de la guerra se manifestó con toda su crudeza en 1916 en Verdún, batalla que dejó más de 60.000 muertos sin avances significativos. En el Mar del Norte, Gran Bretaña activó el bloqueo sobre Alemania y se produjo la batalla naval de Jutlandia, de resultado incierto. En el frente oriental, Alemania avanza en 1915 sobre Polonia y Lituania, Austria conquista Serbia, y Bulgaria se une a los Imperios Centrales. Rumanía es rápidamente derrotada y se produce un desembarco francés en Grecia. En otros frentes, el ejército turco se adentra en el Cáucaso frente a los rusos, los británicos inician su avance desde Egipto, tomando Palestina y se produce un sangriento desembarco británico en Gallipoli, Turquía. La guerra se estaba cobrando miles de vidas. El enorme costo que suponía luchar en tantos frentes, la amargura por su duración y las penalidades de la población civil hicieron cundir el pesimismo en todos los países. En Gran Bretaña comenzaron a sucederse las huelgas, mientras que en el ejército francés surgieron los motines y en Austria-Hungría florecieron las demandas nacionalistas.