Con 60 años Muñoz Degrain da un vuelco a su producción artística y viaja a Oriente Medio. La consecuencia de este viaje serán nuevas aventuras pictóricas que le aproximan al fauvismo y al postimpresionismo. Convulsión estética y tal vez religiosa porque en sus viajes a Oriente Medio el pintor está dominado por preocupaciones de tipo religioso y metafísico, quizás en busca de esa riqueza que puede alumbrar el contacto con otras religiones.
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La observancia rigurosa de los ritos y la guerra son las principales competencias de Estado, consideraba en los siglos V-IV a.C. el compilador del "Zuozhuan". En la antigüedad china, las campañas militares se desarrollaban de manera cíclica, en periodos determinados del año, para evitar que el combate se produjera en circunstancias adversas, al tiempo que se salvaguardaban las actividades agrícolas, a las que los soldados estaban dedicados en tiempos de paz, ya que la mayoría de los integrantes de las tropas eran campesinos. Las tropas de élite estaban compuestas por miembros de la aristocracia, que luchaban en función de un código de honor. A partir del siglo VI a.C. la nobleza guerrera dejaba paso a las imponentes legiones de infantería al servicio de jefes sin escrúpulos, apoyados por la caballería y las fuerzas de carros de combate, introducidos durante la dinastía Shang. Estas fuerzas de combate eran generalmente mercenarios que se vendían al mejor postor, convirtiéndose en auténticos señores de la guerra. En época imperial, el Ejército fue potenciado por el Estado, estando en condiciones de movilizar a lo largo de sus fronteras cientos de miles de hombres perfectamente adiestrados y equipados. Las armas se mejoraron y se hicieron más sofisticadas. Junto a las lanzas, hachas y alabardas encontramos arcos, ballestas y espadas, sin olvidar complejas maquinas de ataque y defensa montadas sobre carros. Los soldados se protegían con armaduras, formadas por piezas de cuero de forma rectangular, enlazadas entre sí para constituir una estructura flexible y eficaz ante el ataque enemigo. A finales del periodo Zhou se cubrieron con piezas de hierro, que aumentaban la eficacia defensiva, aunque también las hacía más pesadas. El paso del tiempo hizo que las armaduras fueran más elegantes y funcionales, extendiéndose también la protección a los caballos. En época Tang se hace referencia a seis tipos en metal y seis en cuero, todas ellas decoradas y pintadas. La guerra fue teorizada durante el periodo de los Estados Combatientes, dedicándole numerosos tratados, entre los que sobresale el "Sunzi bingfa" manual escrito por Sunzi. En el tratado se explica, a lo largo de trece capítulos, todos los aspectos que se deben considerar antes, durante y después de la batalla. El escritor emplea un lenguaje repleto de metáforas y símiles, aunque al mismo tiempo claro y contundente, convirtiéndose en uno de los primeros tratados de estrategia de la historia.
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Los finlandeses pensaban en otoño de 1939 que, pese a sus negativas a acceder a las exigencias soviéticas, las relaciones iban a mejorar, y eso creían las potencias occidentales; en todo caso, estimaba Mannerheim, en caso de guerra se produciría una intervención estadounidense o británica . En esto, un incidente fronterizo precipitó las cosas. El 26 de noviembre, el bombardeo artillero de Mamila (Carelia), que ambas partes se atribuyeron (es posible que proviniese de Finlandia), fue aprovechado por la URSS para exigir la retirada de las tropas finlandesas a 25 kilómetros de la frontera. Helsinki negó las acusaciones, pero se avenía a una retirada mutua de tropas. El 28 Molotov rechazó las explicaciones y consideró, con alguna razón, que retirar las tropas soviéticas de la frontera equivaldría a "situarlas en los suburbios de Leningrado". Con todo, Moscú buscaba ya el pretexto para la intervención y acabó exigiendo la retirada unilateral, y al no hacerlo así los finlandeses, denunció el Pacto de No-Agresión y el 29 rompió relaciones. Cuando los finlandeses se avinieron a retirar sus tropas ya era tarde. Ese mismo día los soviéticos habían realizado una incursión en la zona de Petsamo y el 30 iniciaron el ataque general, con bombardeos sobre Helsinki. Los soviéticos habían movilizado 15 divisiones (distrito de Leningrado), con 300.000 hombres, que luego ampliarían a 30 divisiones, con 600.000. El 30 de noviembre 140.000 soviéticos atacan las líneas enemigas en el istmo, con 1.500 carros de combate. Los 13.000 finlandeses de las guarniciones de frontera son cogidos por sorpresa y se retiran, dejando un vacío ante los atacantes. Cuando éstos chocan con 70.000 finlandeses, tras 20 kilómetros de avance, han perdido empuje y entusiasmo, y se detienen. Pero el avance les permite ocupar algunas localidades. Una de ellas, Terijoki, sirve de capital de una República Popular de Finlandia creada de la nada por los soviéticos, con la colaboración de Otto Kuusinen, un dirigente comunista finlandés exiliado en la URSS tras la guerra civil, que se convierte en presidente. Esta república no será reconocida por ningún país ni por el pueblo de Finlandia. La Sociedad de Naciones condenará a la URSS por la agresión y la expulsará del organismo. Los ejércitos enfrentados son muy distintos entre sí en tamaño, concepciones y características. El finlandés es obra del héroe nacional Mannerheim, presidente del Consejo de Defensa Nacional desde 1931, que emprende varias reformas sobre la base del servicio militar obligatorio en 1922 y las Unidades de Defensa -reserva activa-. Mannerheim adoptó el criterio de movilización territorial, que permitía enviar unidades ya completas al frente, con rapidez, y que convertía a las fuerzas armadas en una mezcla de ejército tradicional y ejército guerrillero. En 1931-32 y 1939 se había fortificado el istmo de Carelia y hacia 1938-39 se había aumentado el escaso presupuesto de defensa, pero la fábrica de cartuchería estaba aún incompleta al estallar la guerra. Finlandia disponía de dos cañoneras acorazadas y unos cuantos barcos más. Sus aviones eran anticuados y pocos (120 según Battaglia; 98 según Condon; más tarde serán 287). Poseía menos de 200 carros de combate. El ejército cuenta con 33.000 hombres, que con el nuevo sistema pueden aumentar hasta 127.800 (9-10 divisiones y otras unidades) más los 100.000 de la Guardia Cívica y, con movilización total, hasta 400.000 aproximadamente, pero en un primer momento no habrá armamento suficiente para todos. Hay que añadir los 100.000 miembros de la Lotta Svärd, cuerpo femenino auxiliar, bajo el mando, desde 1929, de Fanni Lukkoonen. Las fortificaciones eran anticuadas, incluidas las de la Linea Mannerheim, de 140 kilómetros de longitud, que los carros soviéticos superarán fácilmente. Finlandia tiene, de entrada escasas posibilidades de abastecimiento. Su dotación de municiones para armas ligeras no supera los dos meses, y un mes la de carburante para la aviación, y algo más de veinte días para la munición de morteros y cañones. Ya antes de la guerra efectuará compras a Suecia. Los finlandeses están preparados psicológicamente contra el "enemigo secular" -los rusos-, pero hay que preguntarse por qué no lo estaban igualmente contra otro enemigo secular, los suecos... El poderío soviético es infinitamente superior. Por lo pronto, una división finlandesa consta de 14.200 soldados; una soviética, de 17.500. Disponen de 85-90 divisiones de infantería, 30 de caballería, 5 ó 6 acorazadas, 5 motorizadas, etc. Cuentan con más de 800 aviones, que pronto son 2.500. La flota del Báltico cuenta con tres viejos acorazados y varios cruceros y destructores.
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En 1938 se suicida Ernst Ludwig Kirchner (1880-1938). En la exposición de Arte Degenerado (Entartete Kunst) él era uno de los que más cuadros consiguió colgar. En el mismo año Paul Klee (1879-1940) pinta una Danza del Miedo (Berna, Fondation Klee) en tonos sombríos -ocres, marrones, tierras- que son los habituales en estos últimos años que vive, aquejado por una enfermedad incurable y consciente de la guerra que se avecina; en la misma exposición había diecisiete obras suyas. Georges Rouault (1871-1958) se encierra aún más en su mundo peculiar de religión, que ya había constituido su preocupación fundamental en los años anteriores. La guerra y la muerte acechan a la sociedad, pero también a los individuos, a los artistas. La represión contra el Arte Degenerado llegó a París. Ya antes de que cayera la ciudad se creó un Kunstschutz (Servicio para la protección artística), al mando de Metternich, y bajo él desaparecieron muchas obras de artistas contemporáneos, tanto de colecciones particulares como de museos, y se vendieron miles de cuadros y esculturas degeneradas, según la calificación oficial.Porque el rechazo de la estética degenerada, es decir moderna, era muy fuerte, pero el dinero podía más que los principios y se obtenían más beneficios vendiendo los cuadros -en una zona neutral, como Suiza- que destruyéndolos. Los nazis, en un alarde insuperable de cinismo, abrieron en Lucerna en el verano de 1939 una importante subasta de Arte Degenerado; pragmáticos ellos, hicieron un negocio redondo, armas por cuadros. Otras obras se vendieron de modo -y para beneficio- particular de los jerarcas por medio de marchantes en el extranjero y algunas -unas mil pinturas y tres mil dibujos-, se quemaron en un gigantesco auto de fe en Berlín el 20 de marzo de 1939.La guerra sacó a los artistas de sus lugares de trabajo, incluso a los que fueron a América. Y sacó también las obras de arte de los museos, para refugiarlas en castillos y lugares aislados, más seguros -en apariencia- que las ciudades.Robert Delaunay (1885-1941), peregrinó desde Auvergne hasta Montpellier, para morir allí en 1941; Georges Braque (1882-1963) fue a los Pirineos, Jacques Villon (1875-1963) a Tarn, Picabia al sur de Francia... La diáspora afectó también a los que se quedaron en París, como Picasso, que permaneció tan aislado como el resto de los que se quedaron en la Europa ocupada, trabajando en secreto y en peligro muchas veces. Emil Nolde, degenerado, a pesar de haber pertenecido al partido nacionalsocialista y de que Goebbels coleccionaba sus obras antes del anatema, hacía sus Imágenes no pintadas (Ungemalde Bilder) con acuarelas y del tamaño de una mano, respondiendo así paradójicamente a la prohibición de pintar que pesaba sobre él.Picasso, a partir de la Pesca nocturna en Antibes (de 1939, Nueva York, MOMA) -un pariente del Guernica en muchos aspectos-, pinta el horror en las mujeres que se peinan sentadas en sillones que las aprisionan y hace esculturas en las que la necesidad aguza el ingenio. La Cabeza de toro (1942, colección Picasso) está hecha con un sillín y un manillar de bicicleta, pero tiene toda la fuerza y el poder simbólico del toro mediterráneo, que lo emparentan con el minotauro de Creta.Las dificultades para trabajar eran grandes, y más aún para los escultores. Henri Laurens (1885-1954) tiene que olvidar temporalmente la escultura, por falta de materiales y se dedica a ilustrar textos de la Antigüedad clásica (los "Idilios" de Teócrito, los "Diálogos" de Luciano), con formas coloreadas que proceden del cubismo. La vuelta a las tres dimensiones no se produce hasta 1945, con esculturas en bronce como La aurora y la sirena (1945, colección particular).Un pequeño grupo de escritores surrealistas -Louis Aragon, Paul Eluard y Tristan Tzara- se unió a la resistencia francesa y, en medio de las dificultades, editó "La main á la plume", una revista que mantenía viva la llama del surrealismo.A otros les fue aún peor: Max Ernst (1881-1976) y Hans Bellmer (1902-1975) estuvieron en un campo de concentración en Milles, y Benjamin Péret, que volvía de España, fue detenido por atentar contra la seguridad del Estado.En la Francia libre se quedó el llamado Círculo de Grasse: Hans Arp (1887-1966), Sophie Taeüber (1889-1943), Sonia Delaunay (1885-1979), con Susi y Alberto Magnelli (1888-1971), en 1940, hacían gouaches entre dos, tres o cuatro de ellos, por sugerencia de Arp, en un trabajo que recuerda los fatagaga de la colonia dadaísta.Matisse (1869-1954), con ochenta años y enfermo del estómago, se fue a Niza y luego a Venecia, donde vivió los últimos años entre plantas y palmeras, pintando con las tijeras y los papeles recortados, mientras mantenía en medio del caos -su mujer y una hija en la resistencia- la armonía y la sensualidad que le habían acompañado siempre: la serie Jazz, publicada en 1947, las decoraciones para la Capilla de Vence (1947-1951 o los grandes Desnudos azules (1952), hechos con gouaches recortados. Para Matisse estas obras, en las que simplifica la forma e intensifica los valores cromáticos, son la culminación lógica de sus búsquedas hasta entonces: "No hay ruptura -escribía- entre mis cuadros anteriores y los papeles recortados, sólo, de un modo más absoluto y más abstracto, he logrado una forma depurada hasta lo especial".Miró, tras una etapa salvaje, en torno a los años de la guerra civil española, se traslada en 1940 a su país -la España neutral- que sufre una feroz posguerra. Aislado, como Picasso en París, trabaja en Mallorca en la serie de las Constelaciones, gouaches sobre papel que había iniciado en Francia. En 1944 vuelve al lienzo, fascinado por la música como en otro tiempo -siempre- lo estuvo por la poesía, y pinta cuadros como la Bailarina oyendo tocar el órgano en una catedral gótica (1945, Norwich, colección Warner).Muchos no sobreviven a la guerra, o por poco tiempo: Paul Klee había muerto en Suiza en 1940 de una enfermedad incurable; Edouard Vuillard (1868-1940) en La Boule el mismo año; Julio González en 1942; Maurice Denis en 1943; Piet Mondrian muere en febrero de 1944 en Nueva York y Vasili Kandinsky en diciembre del mismo año en París.Mondrian, que se había trasladado a América tras el cierre de la Bauhaus por los nazis, casi con setenta años, acusó la inyección de energía que el nuevo país joven y libre era para él. "Siento que mi sitio está aquí", decía. Sus cuadros en los Estados Unidos se animan y se mueven. Las líneas negras se hacen menos evidentes y los colores ganan protagonismo. La música de jazz está detrás de estas obras, como lo dejan ver sus títulos, Victoria del Boogie-Woogie (1943-1944, Meriden, colección Tremaine), un cuadro que dejó sin terminar a su muerte. Como Paul Klee unos años antes en el norte de Africa, Mondrian se siente pintor en América: "Ahora me doy cuenta -escribe- de que mi trabajo en blanco y negro con pequeños planos de colores sólo ha sido dibujo hecho con pintura al óleo. En el dibujo las líneas son el principal medio de expresión. En pintura son los planos de color. Porque, en pintura, las líneas son absorbidas por los propios planos de color, cuyas limitaciones conservan, sin embargo, todo su valor de líneas".También se anima la pintura de Fernand Léger (1881-1955), un hombre más joven y que permanece en Estados Unidos hasta 1945, donde se hace, según sus propias palabras, "más ligero y menos rígido". Sus cuadros empiezan a poblarse de personajes (acróbatas, ciclistas...) que juegan tranquilos en un mundo de color que se libera del dibujo. Quizá Léger, en este momento, exprese mejor que ningún otro europeo emigrado la fascinación por América como un nuevo mundo donde todo es posible: barcos de chimeneas humeantes, rascacielos de colores alegres y la estatua de la Libertad delante de todo, como se ve en sus Estudios para un Mural Cinemático, gouaches de 1939-1940 (Nueva York, MOMA).
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A pesar del acuerdo británico-prusiano, Federico II se sentía en una posición de inferioridad y quiso anticiparse a un ataque combinado ruso-austriaco e invadió Sajonia en agosto de 1756, tomó Dresde, sitió Pirna e incorporó a su ejército las fuerzas sajonas cuando Augusto III pasó a Polonia. Kaunitz explotó esta acción para dar forma a la ansiada coalición, que coincidió con el cese de los ministros franceses antivieneses. En mayo de 1757 se firmaba el segundo Tratado de Versalles, con carácter ofensivo, que incluía un posible reparto de Prusia entre los príncipes alemanes, subsidios para Austria y la participación, casi altruista, militar y económica dé Francia, pues sólo contaba con la promesa de algunas compensaciones en los Países Bajos, convertibles en principados para don Felipe cuando la archiduquesa recuperase Silesia. La diplomacia versallesca buscaba la derrota prusiana, para, después, continuar la guerra únicamente con Gran Bretaña. La liga austro-francesa había logrado el compromiso de los príncipes alemanes, Rusia y Suecia, esta última con la esperanza de la recuperación de Pomerania por la imposición de los criterios de la Dieta sobre los de la Monarquía. Las fuerzas reunidas resultaban impotentes frente a la difícil situación de Federico II, sobre todo por los recelos londinenses sobre la participación continental, opinión pública capitaneada por Pitt, ya que Jorge II quería la aproximación a Francia y Austria para asegurar la neutralidad de Hannover. En definitiva, se dilucidaba el futuro de Centroeuropa y los posibles reajustes serían motivados por la caída de Prusia y el ascenso de Rusia y Austria. En el entramado diplomático, Italia y España quedaban relegadas a un segundo plano, mientras había dos bandos bélicos bien diferentes: el franco-británico en las colonias y Alemania occidental y el de Federico y sus enemigos en Alemania oriental, Silesia, Bohemia y Polonia. Prusia no esperaba demasiada ayuda de Gran Bretaña, contraria a la contienda de Silesia. En abril de 1757, Federico II pasó a Bohemia y sufrió la derrota de Kolin, con la consiguiente retirada a Sajonia. Los británicos no se alejaron de Hannover y el ejército del duque de Cumberland fue vencido con facilidad en Hastenbeck, siendo ocupado el Electorado. Empujados por las circunstancias, las fuerzas del Reino Unido capitularon en Klosterseven, en septiembre de 1757, y se comprometieron a la retirada del conflicto, suceso humillante para el gabinete de Pitt. Federico II luchaba con los rusos en el Este, donde volvió a sufrir la derrota de Jaegersdorf; con los austriacos en el Sur, con los suecos en el Norte, ya desembarcados en Pomerania, y con los franceses en el Oeste, que avanzaban para atacar la retaguardia prusiana. La guerra estaba en manos de Berlín, que no cejaba en su empeño por conservar los subsidios británicos, mantener en Westfalia los batallones de Fernando de Brunswick y animar a Pitt a una invasión de las costas francesas, para que se vieran obligados a la retirada de sus tropas del escenario alemán. Sin embargo, Federico II demostró de nuevo su genio militar y convirtió en sus mejores aliados a los incompetentes mandos del adversario. Tras el rechazo de las ofertas de paz por Francia, con la utilización de una táctica inesperada cambió el curso bélico con la famosa victoria de Rossbach contra los franco-alemanes, en noviembre de 1757, y poco después frente a los austriacos en Leuthen. Pero estas batallas sólo representaron un respiro, porque sus enemigos le aventajaban en número de soldados, sus ejércitos habían sido mermados y padecían el azote de las enfermedades, los suecos persistían en la toma de Pomerania y, finalmente, fue derrotado por los austriacos en Hochkirth, en octubre de 1758. Los temores prusianos ante las consecuencias de la unión de las fuerzas rusas y austríacas se materializaron en el revés más cruento de la guerra: la batalla de Kunersdorv, en agosto de 1759. Berlín sólo se salvó por la falta de consenso y coordinación entre los coaliados, en especial por el repliegue de los rusos hacia Polonia, debido a problemas internos; no obstante, Sajonia fue ocupada por los austriacos. Federico II reaccionó y persiguió a los vencedores hasta las derrotas de Liegnitz y Torgau, en 1760. Los fracasos militares provocaron la caída de Bernis y el optimismo derivado de los éxitos iniciales dejó paso al pesimismo motivado por la indignación ante los desastres, aún más acusado cuanto la opinión pública no quería el enfrentamiento ni la alianza con Viena. Desprovistos de figuras castrenses de importancia, nunca recuperaron el suficiente protagonismo en los campos de batalla y tampoco lograron la devolución de los territorios perdidos en Hannover, objetivo primordial y casi único junto a ello, la retirada del respaldo político y el giro de actitud de Choiseul confirmaron el papel secundario de Francia en las disputas internacionales. Al mismo tiempo, el gobierno Newcastle-Pitt, tras la capitulación de Klosterseven, se acercó a Prusia con la firma de un tratado económico, en abril de 1758, donde se estipulaba la entrega regular de subsidios que le permitieron a Federico II el mantenimiento de su ejército en Alemania. Fernando de Brunswick tomó el mando de los batallones alemanes y hannoverianos y paralizó a los franceses en la frontera occidental, mientras Federico II arremetía contra las fuerzas ruso-austríacas. Con la nueva orientación de la política francesa de Choiseul, el escenario oriental perdía importancia y había que centrarse en los problemas con las potencias del Oeste. El tercer Tratado de Versalles, en marzo de 1759, disgustó a Viena y conllevó un enfriamiento de las relaciones por las reducciones económicas y militares, el abandono de la cuestión de Silesia y la entrega de los Países Bajos a don Felipe. Ahora concentró sus efectivos contra Gran Bretaña y se proyectó su invasión tras numerosos enfrentamientos en las costas francesas, pero las derrotas en el Mediterráneo y en el Atlántico impidieron llevarla a cabo; las islas aparecían como las dueñas indiscutibles de los mares europeos. Tales acontecimientos se debían al deseo de obtener ventajas en futuras negociaciones que compensaran las pérdidas en Ultramar. No obstante, Choiseul continuó con la segunda fase de sus planes: la formación de una gran alianza con los Estados marítimos no comprometidos. Aquí estaba prevista la entrada de Holanda, Suecia, Rusia, España, Nápoles, Toscana, Cerdeña y Génova. El Mediterráneo, el Báltico y el Atlántico quedarían controlados por unas u otras en beneficio de los coaligados. Todos se quejaban contra Londres y su política a favor de los corsarios, si bien las críticas acusaban, sobre todo, su interpretación de los derechos de neutralidad cuando declaraba que los productos enemigos no se consideraban libres en barcos neutrales y estaba prohibido el comercio con un beligerante si no existía con anterioridad. No se logró la ansiada federación y las discrepancias se trataron de manera particular, aunque también Pitt estableció ciertas correcciones en las islas para no aumentar los descontentos. Mientras que en Europa el conflicto se mantenía más o menos equilibrado, en las colonias pronto tomó un giro favorable a los británicos. La administración de Dupleix tuvo excelentes resultados con la ampliación del protectorado francés a extensos y ricos territorios, como la costa del Dekan, y la ampliación sin trabas del monopolio comercial. Poco antes del estallido de la guerra, las compañías llegaron a un acuerdo para limar las fricciones por el Tratado de Godeheu, en diciembre de 1755, donde Francia hacía las mayores concesiones y mostraba sus deseos de colaboración. Pero la desventaja inicial inglesa fue rápidamente contrarrestada por Robert Clive, que venció a los indígenas en la batalla de Plassey, en 1757, y condujo la ofensiva en el Dekan al año siguiente, justo cuando Versalles concentraba sus esfuerzos en la pugna continental. Las escasas tropas enviadas al mando del conde de Lally no eran suficientes. Sin demasiados medios y con el rencor de la población por su actitud hostil, fracasó en todas las campañas iniciadas, al tiempo que los británicos reforzaban la flota y los ejércitos y se ganaban a los príncipes hindúes por medio de embajadas diplomáticas. Sitiado en Pondichery, Lally capituló en enero de 1761, y la última factoría, Mahé, caía en febrero. Los franceses eran expulsados de Bengala. Durante las hostilidades en Norteamérica existió una evidente desproporción de fuerzas. La pronta superioridad británica aumentó con los continuos refuerzos en hombres y dinero llegados de la metrópoli, donde la opinión pública apoyaba cualquier medida que defendiese la actividad comercial. Por otro lado, los proyectos americanos de Francia quedaron inconclusos por la crisis financiera y la falta de respaldo de la población y de la corte en general. Versalles pronto se comprometió demasiado en la guerra europea y no proporcionó suficientes efectivos y apoyo financiero. El ejército llegó en 1755 al mando del marqués de Montcalm, genio militar, que consiguió, rápidamente, importantes victorias, como la conquista de los fuertes Oswego y William Henry, y derrotó a los británicos en la batalla de Fort Carrillon, cuando se dirigían a Montreal. Pero en 1758 los contingentes estaban agotados, el peligro aumentaba y la falta de recursos acababa con cualquier posibilidad de recuperación. Entonces, Pitt organizó una ofensiva por mar, con la consiguiente caída de Luisburgo en manos de Boscawen, y por tierra, con el ataque en el Ontario, la victoria de Frontenac, la marcha por el Valle de Ohío y la toma de Fuerte Duquesne. En 1759, Montcalm reagrupó sus fuerzas a lo largo del San Lorenzo, pero no pudo impedir la conquista de Quebec, donde murió, y de Montreal. El gobernador Vaudrevil capitulaba en septiembre de 1760, con la pérdida para Francia de Canadá. Similares problemas existían para los franceses en las Antillas con la ruina del monopolio comercial por los fracasos de la armada, la oposición enemiga y el rechazo de los propios colonos.