En Indochina lo sucedido durante la guerra resultó de importancia decisiva para el proceso descolonizador. En marzo de 1945, liquidada la presencia francesa por los japoneses, fue proclamada la República de Vietnam. La Francia de De Gaulle no dudó, sin embargo, un momento en enviar una fuerza expedicionaria dirigida por el general Leclerc para restablecer su influencia; su propósito no era ahora volver a restablecer la antigua colonia, sino que ésta quedara convertida en un Estado independiente, aunque dentro de la Unión Francesa. Pero para ello era imprescindible empezar por reconquistarla. Las operaciones bélicas, sin embargo, no fueron nada sencillas. En marzo de 1946, se llegó a un acuerdo en Indochina entre los beligerantes y, en septiembre, Ho Chi Minh, el líder vietnamita, y el Gobierno francés firmaron en Fontainebleau un tratado de ratificación. Pero ninguno de los contendientes estaba dispuesto a respetarlo en la práctica. Al final de este mismo año, tras una serie de matanzas de franceses, había estallado ya una guerra que habría de durar ocho años. Francia intentó en junio de 1948 la creación de un Estado vietnamita al que prometió la independencia total, bajo la fórmula monárquica del emperador Bao Dai, pero que nunca tuvo la menor oportunidad de ser aceptado por el adversario. A partir del estallido de la Guerra de Corea, la de Indochina se convirtió en otro punto más de conflicto entre las superpotencias. En enero de 1950, Ho Chi Minh consiguió el reconocimiento por parte de soviéticos y chinos. Logró, además, en este mismo año importantes victorias militares, pero el Ejército francés, mandado por el general De Lattre de Tassigny y apoyado por los norteamericanos, pareció ser capaz de conseguir enderezar la situación. Pero las dificultades militares francesas acabaron por agravarse con el transcurso del tiempo. El alto mando francés tomó la decisión de convertir Dien Bien Phu en una especie de base de resistencia, destinada a proteger el camino hacia Laos y formada por una sólida guarnición muy bien dotada de medios. Su misión sería imponerse progresivamente sobre el hostil medio rural. Sin embargo, sus 11.000 hombres se vieron rodeados por los 50.000 del general Giap, sin que les cupiera otra posibilidad de recibir auxilio que el que pudiera llegar por avión. En marzo de 1954 la base fue atacada por los vietnamitas, en un momento en que se debatían en Ginebra, a la vez, el armisticio en Corea y la paz en Vietnam. A comienzos de mayo, la posición cayó en manos del enemigo y con ello se desvanecieron las posibilidades de que Francia pudiera seguir desempeñando un papel decisor en esta parte del mundo. Ya para entonces, la mayor parte de la financiación de la guerra había quedado en manos de los norteamericanos. Al acuerdo de armisticio no se llegó hasta julio de 1954. De acuerdo con él, Vietnam quedó dividido en dos por el paralelo 17: mientras en el Norte dominaban los comunistas, en el Sur ese papel le correspondía a los nacionalistas de Ngo Dinh Diem, que pronto se desembarazó del emperador Bao Dai, mientras que la influencia francesa se desvanecía sustituida por la norteamericana. Como en el caso de Alemania y de Corea, un nuevo país había quedado dividido como consecuencia de la guerra fría. Lo sucedido testimonió en todo caso que en el Extremo Oriente había un nuevo poder político con el que era imprescindible contar. China, en efecto, había dotado de medios militares a los vietnamitas y había acabado convenciéndoles de que limitaran su esfera de dominio al paralelo 17. Francia, por su parte, había acudido a esta guerra con nula convicción y sin perspectivas de futuro. Aunque hasta 1950 el Gobierno no se manifestó dispuesto al abandono, un año antes sólo un quinto de la población estaba a favor del mantenimiento de una Indochina francesa. La guerra, en cierta forma, permaneció oculta a la vista de la población, a pesar de las protestas de los comunistas: tan sólo 70.000 franceses combatieron en ella; de ellos, 19.000 murieron, junto a una cifra tres o cuatro veces superior de soldados coloniales. Así quedó presagiado lo que habría de ser el fin del Imperio francés en años sucesivos.
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La primera Guerra del Golfo concluyó con la derrota de Iraq. El régimen iraquí sufrió la condena internacional, que se materializó en un fuerte embargo económico que, con el tiempo, fue tendiendo a suavizarse. En lo político, Hussein no fue depuesto del poder por los vencedores de la guerra, pues se temió que el vacío consiguiente provocara una serie de reacciones en cadena que desestabilizara una región, el Oriente Medio, ya de por sí bastante inestable. Como resultado, Estados Unidos y Gran Bretaña permitieron que Hussein y su partido, Baas, se mantuvieran en el poder, aunque el control militar sobre el país se plasmó en dos zonas de exclusión aérea, una al sur y otra al norte, que no podían ser sobrevoladas por los aviones iraquíes. En los años sucesivos, el régimen de Hussein sería sometido a una fuerte vigilancia, siempre en el punto de mira militar de los Estados Unidos. Iraq había pasado de ser un aliado frente al chiismo iraní a un enemigo de la paz en la región. Los castigos impuestos al régimen iraquí -embargo económico, vigilancia de buena parte de su espacio aéreo- dieron lugar a múltiples conflictos. Fueron muy numerosas las incursiones de castigo por parte de aviones británicos y norteamericanos, especialmente en la zona de exclusión aérea del norte, en las que se trató de proteger a la población kurda, tradicionalmente perseguida por el régimen iraquí. Durante los años finales de la década de los 90 la comunidad internacional, a la vez que suavizó las sanciones económicas al régimen de Hussein -programa "petróleo por alimentos", es decir, permiso para exportar petróleo a cambio de comprar víveres para paliar las penurias de los iraquíes-, impuso la presencia de inspectores de Naciones Unidas para asegurarse de la destrucción completa de los arsenales químicos en poder de los iraquíes. La labor de los inspectores fue larga y estuvo plagada de problemas. Por un lado, Hussein puso todo tipo de trabas para evitar rendir cuentas sobre sus arsenales, mientras que, por otro, los Estados Unidos y sus aliados presionaban a Iraq para que abriese sus instalaciones. El asunto se convirtió en un complejo tira y afloja, una guerra de propaganda a la que ninguna de las partes parecía querer poner fin. Iraq se había convertido, para los Estados Unidos, en un enemigo útil, alguien a quien poder recurrir en caso de necesitar un golpe de efecto ante la comunidad internacional y ante los propios votantes norteamericanos. Así estaban las cosas de estancadas cuando una serie de acontecimientos iban a precipitar el final régimen iraquí. El nuevo presidente norteamericano, George W. Bush, se mostraba mucho más partidario de la línea dura de lo que lo había sido su antecesor, Bill Clinton. Ante el problema Israel-Palestina -el gran punto de fricción entre el mundo árabe y el occidental-, Bush incrementó e hizo más explícito el apoyo norteamericano a Israel, país que, a su vez, había optado por una línea dura, excluyendo la negociación. De hecho, el conflicto palestino-israelí se había recrudecido tras la llegada al poder de Ariel Sharon, dando lugar a una segunda Intifada. De esta forma, si la tradicional alianza entre Estados Unidos e Israel había sido vista por los países árabes como una amenaza imperialista, la conjunción de dos líderes "halcones", Bush y Sharon, no hacía sino añadir gasolina a la hoguera. El gran incendio no tardaría mucho en producirse. El 11 de septiembre de 2001, en defensa de una difusa y etérea "causa árabe", la organización terrorista Al-Qaeda, dirigida por el millonario saudí Osama Bin Laden, lanzó contra los Estados Unidos el ataque terrorista más demoledor de su historia. Los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York y al edificio del Pentágono en Washington se saldaron con cerca de 3.000 muertos y provocaron en el pueblo norteamericano una sensación de inseguridad como nunca había tenido. En respuesta, el gobierno de los Estados Unidos inauguró una política de defensa contra el terrorismo, tanto dentro como fuera de sus fronteras. El presidente Bush señaló con el dedo acusador no sólo a Al-Qaeda, sino además a determinados países que, desde hacía algún tiempo, estaban claramente enfrentados a los intereses norteamericanos, como Irán, Siria o Corea del Norte. El primer ataque se produjo en Afganistán, invadiendo el país y acabando con el régimen talibán, de corte islamista radical y aliado de Bin Laden, al que daba refugio. El segundo objetivo sería Iraq. El 3 de enero de 2003, Bush señaló que atacaría a Iraq en caso de que éste se negase a destruir las supuestas armas de destrucción masiva que, a su juicio, este país almacenaba. A esta amenaza se sumaban otros países, principalmente Gran Bretaña y otros aliados menores, como España. Se inauguraba entonces una cadena de acontecimientos que habrían de precipitar la guerra. Los inspectores de Naciones Unidas presentes en Iraq, pese a realizar su trabajo acosados por el régimen de Hussein, señalaron que no existían evidencias de la existencia de estas armas y que, en cualquier caso, necesitaban más tiempo y menor presión para concluir un informe definitivo. Poco a poco, el mundo se fue encaminando hacia la guerra. Estados Unidos y sus aliados prepararon sus contingentes militares para invadir el país, pese a las recomendaciones de la ONU y la oposición de ciertos estados, como Francia y Alemania. Las llamadas a la calma por parte de líderes como Chirac, Schroeder o el papa Juan Pablo II no pudieron impedir que la coalición internacional continuara preparando el ataque, tanto por medio de acuerdos diplomáticos -por ejemplo, la reunión de Bush, Blair y Aznar en las Azores, el 15 de marzo de 2003- como a través de la movilización y envío de tropas al Golfo. Mientras tanto, los inspectores pedían más tiempo y señalaban que, de momento, nada habían hallado, informes que eran contrarrestados con los ofrecidos por los servicios de inteligencia estadounidenses o británicos. El 18 de enero de 2003 comienza una oleada de movilizaciones ciudadanas en diversas ciudades de Europa y EE.UU. en contra de una guerra que se avecina y que no cuenta con el respaldo de las Naciones Unidas. La presión popular consigue un aplazamiento el 25 de enero, cuando Bush decide que los inspectores prosigan su labor, lo que no impide que, por otro lado, desde el gobierno norteamericano se continúe señalando que al régimen iraquí "el tiempo se le está acabando" (Collin Powell). En los días siguientes se suceden los informes de los inspectores indicando que, de momento, no se ha encontrada nada, así como las reuniones políticas al más alto nivel, en las que Estados Unidos busca el apoyo de la comunidad internacional. Ésta, por su parte, aparece dividida entre quienes son partidarios sin reservas del ataque y quienes solicitan que continúen las inspecciones. Por parte iraquí se afirma que no existen las famosas armas de destrucción masiva y se acusa a Estados Unidos de manipular la información e inventar pruebas. Además, Collin Powell, Secretario de Estado norteamericano, presiona a la ONU para que se acuerde una resolución de condena a Iraq por no haberse desarmado y faculte a los Estados Unidos para iniciar el ataque. El 22 de febrero son ya 210.000 los militares norteamericanos desplazados a la región. Tres días más tarde, Bush afirma públicamente su disposición a entablar una guerra pese a todas las críticas, al señalar que no es necesaria ninguna resolución de la ONU para ello. Con la tensión al máximo y en medio del clamor popular en contra de la guerra, el 17 de marzo Bush lanza un ultimátum a Saddam, instándole a exiliarse en un plazo de 48 horas. El día 20, finalmente, tropas estadounidenses y británicas comienzan la invasión por tierra de Iraq, tras un intenso bombardeo de misiles Tomahawk lanzados desde varios buques. La guerra se prolonga durante varias semanas. Bagdad, Mosul, Kirkuk o Basora son bombardeadas, mientras el ejército iraquí se desploma cada vez a mayor velocidad. Las víctimas iraquíes se cuentan por millares mientras que, por el lado atacante, las pérdidas son ínfimas. El 3 de abril tropas de la coalición toman el aeropuerto de Bagdad, pese a las arengas televisadas de Saddam Hussein. En los días sucesivos se acentúa el control norteamericano de la ciudad, mientras que destacados elementos del régimen iraquí comienzan a entregarse. El 14 de abril cae el último bastión de Hussein, Tikrit, su ciudad natal, lo que, de hecho, significa la total victoria de estadounidenses y británicos. Acabada la guerra, el conflicto, sin embargo, sigue abierto. Los ocupantes, ya sin un enemigo claro, se enfrentan al escepticismo de una población deprimida por decenios de dictaduras y guerras, además de a la oposición directa de los elementos más afectos al régimen de Saddam, la población suní. La posguerra iraquí está resultando sumamente dura y violenta. Se suceden los atentados, los secuestros y los asesinatos de extranjeros y de colaboradores con las fuerzas ocupantes. El acto final, de momento, reúne elementos para la ironía, como es el hecho de que Estados Unidos está sufriendo más bajas en la paz que durante la guerra. A pesar de lo afirmado antes de la misma, finalmente se demostrado la inexistencia de armas de destrucción masiva, mientras que nada se ha ofrecido para probar los supuestos vínculos entre Saddam Hussein y Al-Qaeda. A pesar de todo ello, Bush insiste en que, sin Saddam -finalmente capturado y a la espera de juicio-, se ha instalado la democracia en Iraq y el mundo es algo más seguro. Lo cierto es que, desde entonces, miles de personas han muerto en Iraq, no se ha acabado con la amenaza terrorista internacional -como cruelmente mostraron los atentados de Madrid el 11 de marzo de 2004- y la reconstrucción de Iraq sólo parece estar beneficiando a un buen número de empresas de los países ocupantes, más aún después del levantamiento de las sanciones por parte de la ONU. El último acto, la celebración de unas elecciones democráticas, lejos de abrir una vía para la esperanza de lograr una paz, es tan sólo una puerta para la incertidumbre.
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El máximo interés de Napoleón era lograr la intervención de España en Portugal, el inveterado aliado de Inglaterra. Para lograr ese fin, al que era reticente Carlos IV por motivos familiares, ya que el rey portugués era su yerno, Bonaparte contaba con la ambición personal del Príncipe de la Paz y con la presión diplomática que podía ejercer a través del embajador de Francia en Madrid, su hermano Luciano. Godoy no había olvidado que su negativa a atacar Portugal en 1798 había contribuido a su sustitución por Saavedra-Urquijo, y las intimidaciones de Napoleón eran continuas y harto explícitas, como testificaba en su correspondencia José Nicolás de Azara, reintegrado a la embajada de París desde finales de diciembre de 1800. En una de sus cartas, Azara se hacía eco del tono de la amenaza transmitida por Napoleón en una de sus conversaciones: "Es posible pues, me dijo, amigo Azara, que sus amos de Vm. estén tan cansados de reinar, que quieran exponer su trono provocando una guerra cuyas resultas pueden ser las más funestas". Godoy y Luciano convencieron a Carlos IV que una guerra rápida con Portugal sería beneficiosa para la familia real portuguesa y que, incluso, podría colaborar así a salvar el trono luso, pues al liberarlo de su alianza con Inglaterra se impedirían los planes napoleónicos de situar en Lisboa a un monarca satélite de París. Godoy, nombrado generalísimo en enero de 1801, anunció que atacaría Portugal si éste no cumplía rápidamente dos condiciones, expuestas a modo de ultimátum: la ruptura de relaciones con Inglaterra, con el consiguiente cierre de los puertos portugueses a la flota británica; y la cesión de una parte del territorio portugués a los españoles hasta que los ingleses devolvieran la isla de Trinidad a España y la de Malta a Francia. El 27 de febrero de 1801 se efectuó la declaración de guerra, aunque los combates no se iniciaron hasta mediados de mayo, dado el escaso interés español a causa del cambio de gobierno en Inglaterra. Pitt fue sustituido por Addington, lo que abría la posibilidad de negociar con los nuevos responsables de la política inglesa, esperanzas de negociación que desaparecerían caso de atacar Portugal. Es por ello por lo que en el mes y medio posterior a la declaración de guerra la campaña se limitó a dificultar la entrada de buques británicos en los puertos portugueses, pues el propósito prioritario de Carlos IV seguía siendo separar a Lisboa de la órbita de Londres o, al menos, obligarla a la neutralidad, ímpidiendo así que sus puertos sirvieran de refugio a la flota británica. El 19 de mayo se realizó un ataque español limitado. Fue una contienda brevísima, conocida como la Guerra de las Naranjas, por el envío a la reina de un obsequio consistente en un ramo de naranjas portuguesas, objeto de chanza por parte de la oposición a Godoy, que divulgó sátiras más o menos ingeniosas, pero todas malévolas, sobre las relaciones entre el ministro y María Luisa. Tras la toma por los españoles de la ciudad de Olivenza, muy próxima a la frontera extremeña, dos semanas después se iniciaron conversaciones de paz, que finalizaron al poco tiempo con el Tratado de Badajoz, firmado el 8 de junio, por el que Portugal aceptaba cerrar sus puertos a los navíos ingleses, cedía Olivenza a España, tomando el curso del Guadiana en aquella parte como frontera natural entre los dos países, y a Francia un territorio al este de la Guayana, entre Oyapock y el Amazonas, y se comprometía a firmar con la República un tratado comercial y a pagar indemnizaciones por valor de 15 millones de libras. El resultado de la guerra hispano-portuguesa no fue del agrado de Napoleón, que deseaba la conquista territorial de Portugal para negociar con Inglaterra la devolución de Menorca, Malta y Trinidad, por lo que decidió acentuar la subordinación de España a los intereses de la política francesa.
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En octubre de 1956 se produce el ataque israelí contra Egipto, en respuesta a las incursiones de comandos árabes de sabotaje y al cierre del Canal de Suez y del puerto de Elath. La Guerra de Suez culmina con la retirada egipcia y la ocupación israelí de la península del Sinaí y la franja de Gaza, territorios de los que un año más tarde se harán cargo los cascos azules de Naciones Unidas. Pero esta situación de ninguna manera pudo considerarse, ni siquiera de forma remota, como una paz. Negando la posibilidad de entablar cualquier negociación, Egipto buscó el apoyo militar de Siria y Jordania, mientras que Israel demostró su deseo de establecerse permanentemente en los territorios ocupados, al iniciar sus grandes proyectos de irrigación con agua traída del Mar de Galilea. Desde finales de 1966 el camino hacia una tercera guerra entre árabes e israelíes pareció ya imparable, favorecida ésta por la llegada al poder en Siria de los sectores más radicales del partido Baas. A mediados de mayo de 1967 el Gobierno de El Cairo pidió a la ONU la retirada de sus fuerzas de interposición y, días después, firmó un acuerdo con Jordania al mismo tiempo que impedía el paso del tráfico marítimo israelí por el estrecho de Tirán. La ofensiva israelí se produjo en las primeras horas del 5 de junio, tras percibir en los radares la aproximación de aviones egipcios y de unidades acorazadas que avanzaban hacia la frontera de Israel. Las defensas israelíes, al mando del Comandante General Rabín, habían sido movilizadas a partir del 20 de mayo, para hacer frente a los masivos Ejércitos árabes que cubrían las fronteras. La sorpresa de los egipcios fue mayúscula, pues esperaban que Israel dirigiera su ataque contra Siria. Además, la aviación israelí procedió del mar, haciendo pensar a sus enemigos, por un momento, que se reproducía la Guerra de Suez de 1956. Las Fuerzas Aéreas de Israel efectuaron un ataque con objeto de destruir la aviación egipcia y sus aeródromos. En vuelo casi rasante, en plano inferior a las pantallas de radar egipcias, los aviones israelíes destruyeron eficazmente a las Fuerzas Aéreas enemigas. El ataque de la aviación israelí logró destruir, en apenas 3 horas, 391 aviones egipcios que no llegaron a despegar, mientras que derribó en combate otros aparatos. Las pérdidas propias fueran sólo 19. El éxito aéreo permitió un cómodo avance de la infantería israelí sobre los ejércitos egipcios del Sinaí, que contaban con 7 divisiones y unos 1.000 tanques. La ofensiva judía se produjo mediante un triple avance. Por el Norte, el general de Brigada Israel Tal rompió las defensas egipcias y alcanzó en la noche del 5 de junio la población de El-Arish. Otro avance importante se produjo como efecto de la acción combinada de las brigadas de Yoffe, por el centro, y Sharon, por el Sur. Yoffe realizó una incursión por el desierto que le permitió adentrarse por detrás de las líneas egipcias, dominando el 6 de junio la carretera que enlaza Abu Ageila con Bir Lahfan. Al mismo tiempo, la división de Sharon atacó en plena noche las defensas egipcias en Umm Kataf, logrando dominar el cruce de Abu Ageila. Ambas defensas fueron definitivamente tomadas mediante la intervención de una brigada de paracaidistas transportada en helicóptero. Simultáneamente, el avance israelí en el frente del Sinaí continuó por el Norte, rompiendo la resistencia de las tropas egipcio-palestinas que defendían la franja de Gaza. El mismo día 5, el rey Hussein de Jordania recibe informaciones erróneas según las cuales las tropas egipcias están derrotando a las israelíes en el Sinaí. De esta forma, el acuerdo entre Egipto y Jordania empuja a este país a intervenir en el frente occidental, ordenando un bombardeo de las principales ciudades israelíes, que alcanza incluso las cercanías de Tel Aviv y, especialmente, Jerusalén. El contraataque israelí no se hizo esperar, tomando rápidamente el poblado de Sur Bahir, en la carretera de Belén. Al mismo tiempo, tropas israelíes conquistaron posiciones al norte de Jerusalén, mientras que otros efectivos tomaban posiciones al sur de Ramallah. Ese mismo mediodía, aviones israelíes que habían participado en el bombardeo de Egipto castigaron las ciudades jordanas de Amman y Mafraq. Por la noche, una brigada de infantería tomó el pueblo de Latrum, avanzando por la carretera de Beit Horon con el propósito de contactar con los efectivos situados a las afueras de Ramallah. Los movimientos de avance israelíes en el frente occidental quedaron desde este momento fijados en torno a Jerusalén, donde se estableció el Mando Central. Éste ordenó primero un ataque hacia el Sur de la ciudad, para, algo después, realizar un ataque de la infantería de Marina y una brigada acorazada hacia el Norte de Jerusalén. Posteriormente, el avance se produjo hacia el Este, logrando cortar la comunicación entre las fuerzas jordanas con base en Jerusalén y sus refuerzos situados en Samaria. En la noche del 6 junio, los combates se produjeron en el área norte. Tropas jordanas atacaron territorio israelí, pero debieron retirarse al sufrir un duro contraataque a base de infantería y acorazados. Así, fuerzas israelíes penetraron en territorio jordano, rodeando la población de Jenin. La cruenta lucha de blindados se saldó con el triunfo de Israel y la ocupación de una amplia franja de terreno. Después de un día entero de enfrentamientos, el despliegue israelí permitía enlazar las tropas de los Mandos Central y Norte, que convergían en el centro de las posiciones jordanas tras su avance por el Sur, Oeste y Norte. El segundo día de guerra en el Sinaí, las tropas del general israelí Tal continuaron su avance paralelo a la costa desde El Arish, en dirección al Canal de Suez, al mismo tiempo que otra columna atacaba las defensas egipcias en Bir Lafhan, logrando enlazar con las tropas del general Yoffe. El despliegue de éste siguió una línea directa hacia Egipto, mientras que, por el Sur, las tropas de Sharon continuaron operando en dos direcciones, hacia Abu Ageila, al Norte, y hacia El Kusseima, al Sur. Simultáneamente, un ataque conjunto de infantería, blindados y paracaidistas ocupó la ciudad de Gaza, no sin gran esfuerzo. En Jerusalén Este, en el mismo momento, se están librando cruentos combates. Al Norte de la ciudad, tropas israelíes intentan desalojar las defensas jordanas que impiden la comunicación con la ciudad de Ramallah, convertida ahora en un punto estratégico. La ciudad finalmente cayó. En el mismo escenario, desde el Norte, las fuerzas israelíes continuaron su avance en dirección Sur, al mismo tiempo que desde el Oeste caía la ciudad de Kalkiliya. El ataque israelí concluyó con la toma definitiva de Jenin, al mediodía del segundo día de guerra. Otro avance israelí se produjo hacia la carretera de Tubas-Nablús, chocando con los tanques jordanos. Por la noche, lograron ocupar la primera población, continuando su avance hacia el río Jordán. El 7 de junio las tropas israelíes lograron su victoria más significativa, al tomar por completo la Ciudad Vieja de Jerusalén. Desde aquí, se produjo un nuevo despliegue, que permitió conquistar Belén y Hebrón sin efectuar un solo disparo. Tras tomar Ramallah, el ejército israelí siguió avanzando hacia Jericó, al mismo tiempo que, desde Nablus, de desplegaban tropas hacia el río Jordán. En la península del Sinaí, fuerzas navales israelíes ocuparon Sharm el-Sheij, permitiendo abrir los estrechos de Tirán. La libre circulación marítima quedaba así asegurada. Al mismo tiempo, el avance israelí estaba culminando. Tres divisiones intentaban aislar a los acorazados egipcios, con la finalidad de cortar su retirada hacia el canal de Suez. Las tropas de Tal conquistaron la base egipcia de Bir Gafgafa, resistiendo el último contraataque egipcio, mientras que las de Yoffe tomaron Bir Hassneh y avanzaron hacia el paso de Mitla, para cortar la retirada egipcia. De esta manera, quedaron formadas bolsas egipcias en El Kusseima, Abu Ageila y Kuntilla, que no tardaron en caer ante el avance de las tropas de Sharon hacia Nakhl. El cuarto día de guerra, el ataque israelí en el Sinaí se hacía ya imparable. Las tropas de Tal ocuparon Kantara e Ismailía, mientras que las de Yoffe avanzaron en tres líneas hacia la ciudad de Suez, el Lago Amargo y Ras Sudat. El despliegue de tropas fue perfecto, enlazando en Abu Zenima con las tropas paracaidistas que, tras ser lanzadas sobre Sharm el-Sehij, marchaban hacia el Norte. La desesperada defensa egipcia en el Paso de Mitla convirtió este lugar en el escenario de un acto desesperado, que no impidió la ocupación total de la península del Sinaí en tan solo cuatro días. La debacle sufrida por egipcios y jordanos propició la aceptación de un alto el fuego promovido por Naciones Unidas, al que también se sumó Israel. Sin embargo, la guerra aun no había finalizado. Siria, instigadora de la guerra, se había limitado a bombardear los poblados israelíes en los altos del Golán, ocupando el kibbutz Dan. En respuesta, las fuerzas israelíes, ya libre de la presión de los otros frentes, atacaron las bien defendidas posiciones sirias en el Golán. El ataque principal se produjo por el Norte, combatiendo casi cuerpo a cuerpo. El avance israelí permitió tomar Tel Fakhr, no sin sufrir numerosas pérdidas humanas y materiales. De todo un batallón acorazado, sólo dos tanques quedaron intactos. Simultáneamente, fuerzas israelíes atacaron la línea defensiva siria en el Golán por el Sur, en el área situada al norte del Mar de Galilea. El día siguiente, 10 de junio, ambas columnas cayeron sobre Quneitra, mientras que a la vez se lanzaban paracaidistas desde helicópteros muy por detrás de las líneas enemigas y una unidad acorazada penetraba hacia Harab y Rafid. La toma de los altos del Golán estaba así completada, lo que obligó a Siria a aceptar el alto el fuego de Naciones Unidas, justo cuando los israelíes se dirigían hacia Damasco. La guerra había acabado. En apenas 6 días, Israel en solitario había derrotado a sus oponentes árabes. Mientras que estos sufrieron 15.000 muertos y 6.000 prisioneros, los israelíes habían tenido tan solo 777 bajas, 2.586 heridos y 17 prisioneros. Como resultado, Israel anexionó territorios que le permitieron incrementar su tamaño, incorporando la península del Sinaí, la franja de Gaza y las áreas de Samaria, Judea y los Altos del Golán. Con todo, las incorporaciones serán en el futuro fuente de nuevos conflictos, pues las poblaciones palestinas que, con la ocupación de Gaza y Cisjordania quedaron bajo control israelí o se refugiaron en los países limítrofes, pugnarán más adelante por recuperar su dominio sobre estos territorios.
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La causa realista había hecho notables progresos en Cataluña, donde se habían dado gritos favorables a Carlos V en poblaciones como Tortosa, Tarragona, Vich y Reus. El descontento social y el malestar creado por la presencia de las tropas francesas de ocupación en aquella región estaban entre las causas de esa actitud. Entre los meses de marzo y abril, y aprovechando la concentración de tropas en la frontera portuguesa, se produjeron varios intentos de los realistas exaltados por ocupar diversas plazas en nombre del pretendiente Don Carlos. Sin embargo, la población, que a juicio de J. Torrás no estaba aún suficientemente preparada para sublevarse contra su rey legítimo, no secundó esta llamada. Tanto más cuanto que los exaltados llegaron a enarbolar banderas en las que aparecía el rey Fernando colgado de los pies cabeza abajo, lo que pareció a muchos una iniciativa demasiado audaz. En el mes de julio de 1827, el movimiento alcanzó una mayor envergadura ya que se incorporaron a él los descontentos sociales provocados entre el campesinado a causa de su difícil situación. Por otra parte, la insurrección también pudo contar con los jefes militares realistas descontentos por haber sido relegados a una situación de ilimitados -o cesantes- y con unas pagas reducidas que ni siquiera les llegaban. Se sumaron también los voluntarios realistas, instigados por sus superiores que se habían mostrado siempre contrarios a los derroteros que tomaba el régimen. Se organizaron unas juntas locales bajo la autoridad de una Junta superior provisional con sede en Manresa y de la que formaban parte algunos civiles y otros tantos religiosos. El gobierno de Fernando VII tardó en reaccionar a causa de su preocupación por los asuntos portugueses, y eso permitió que la revuelta se extendiese durante el verano por Manresa, Vich y Cervera. A comienzos de septiembre, el gobierno se decidió a intervenir, descartando cualquier tipo de ayuda extranjera para evitar así caer en la dependencia del exterior y que fuera de nuevo otro país el que sofocara los problemas surgidos en el interior de España. El gobierno pidió al rey que lo dispensara de pasar este asunto por el Consejo de Estado para darle mayor agilidad a sus decisiones y Fernando VII accedió a su deseo, decantándose así claramente en el pleito que sostenían ambos Consejos (el de Ministros y el de Estado) desde hacía algún tiempo. Se adoptaron dos medidas importantes: en primer lugar la reunión de un contingente de tropas al mando del conde de España para hacer frente a los insurrectos; en segundo lugar, la visita del rey Fernando al Principado para disipar toda duda acerca de su supuesta falta de libertad. El conde de España fue nombrado Capitán General de Cataluña el 9 de septiembre, y cinco días más tarde salió de Madrid con un ejército de 20.000 hombres, al que se le unirían más tarde otras fuerzas provinientes del ejército del Tajo. En Daroca estableció su cuartel general para controlar desde allí otras zonas a donde podría extenderse la revuelta. Por su parte, el rey partió el 22 de noviembre y llegó a Tarragona seis días más tarde. Allí pronunció una alocución en la que, después de desmentir su supuesta falta de libertad y el peligro que corrían la religión y el trono, exhortó a los sublevados a que abandonasen las armas y que regresasen a sus hogares. Si así lo hacían, no se les molestaría y sólo los cabecillas serían puestos a disposición de su soberana voluntad. En caso contrario, todos sufrirían el castigo. Tanto el envío de un ejército como la presencia del rey tuvieron un efecto inmediato sobre los sublevados. La jerarquía eclesiástica del Principado animó a los fieles a deponer las armas y a restablecer el orden, aunque la iniciativa de la rebelión había contado con el apoyo del sector más conservador de la Iglesia catalana. Esta actitud motivó la repulsa de algunos de los agraviados, como fue el caso de uno de sus jefes Narciso Abrés Pixola, pero la revuelta fue cediendo terreno y en menos de un mes toda Cataluña se encontró aparentemente pacificada. Sólo los cabecillas fueron castigados. No obstante, las intrigas continuaron y así lo ponían de manifiesto los oficiales de las tropas francesas que permanecían en aquella región, los cuales informaban a su gobierno que el descontento no había desaparecido y que podían volver a surgir nuevas convulsiones. En realidad, las causas de la revuelta de los agraviados nunca han sido del todo aclaradas. Aunque los gritos de ¡Viva Carlos V! estaban en la boca de muchos sublevados, no ha podido probarse documentalmente que el hermano de Fernando VII ni las sociedades secretas realistas fuesen los instigadores del levantamiento. Lo que sí parece claro es que los participantes en él, alrededor de 7.000, eran campesinos humildes y gente sencilla que se quejaba de los abusos de la administración y de las arbitrariedades de la Hacienda. La denuncia de una administración en manos de masones y de negros (liberales) era frecuente en las filas de los agraviados. Este malestar fue aprovechado por los elementos más exaltados del realismo para intentar la rebelión. La reducción del problema de los agraviados abrió un periodo en el que el régimen pareció alcanzar un cierto equilibrio y en el que se emprendieron algunas reformas importantes. Una de las más destacadas fue la que llevó a cabo por Sáinz de Andino, antiguo afrancesado, para elaborar un Código de Comercio, que fue aprobado en octubre de 1829. También en ese mismo año se creó el cuerpo de Carabineros de Costas y Fronteras, con el objeto de frenar el escandaloso contrabando que se llevaba a cabo desde las fronteras de Francia y Portugal y especialmente desde la colonia inglesa de Gibraltar. Precisamente para combatir este comercio fraudulento y para atender las reclamaciones de Cádiz, cuyo puerto había disminuido considerablemente su tráfico marítimo con América como consecuencia de la emancipación de las colonias españolas en aquel continente, se concedió a aquella ciudad el privilegio de un puerto franco. La concesión duró, no obstante, poco tiempo y en septiembre de 1831 fue suprimida la franquicia. El proyecto de creación del Banco de San Fernando y la Ley orgánica de la Bolsa fueron otras realizaciones de estos años que hay que atribuir a la diligencia de Sáinz de Andino, y a la labor reformista de los elementos moderados que formaron parte del gobierno de Fernando VII.
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Cuando en el otoño de 1940 Italia atacó Grecia en busca de una expansión territorial que le aportase el prestigio que Mussolini buscaba para su país, la península balcánica se vio envuelta en el conflicto bélico iniciado un año antes. Los italianos no conseguirían ver realizados sus planes ante la resistencia griega, por lo que sus aliados alemanes deberían intervenir en su ayuda. Antes, Yugoslavia había conocido la invasión y la desmembración a manos de los ocupantes tras uno de los episodios más cruentos de los habidos en la guerra. Grecia, por su parte, arrollada por la potencia de la Wehrmacht, conocería a partir de entonces una de las ocupaciones más rigurosas de las impuestas sobre Europa. El bajo vientre de Europa se veía de esta forma intervenido por el Reich, y los aliados expulsados del mismo hasta el final de la conflagración. Pero debido a la campaña de los Balcanes los planes de invasión de la Unión Soviética se verían retrasados, lo que en gran medida provocaría su fracaso.
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<p>Francia e Inglaterra se enzarzarán en la Plena Edad Media en un largo conflicto que durará más de cien años (1339-1453), conflicto en el que intervendrá buena parte de las potencias europeas de la época. </p><p> </p><p>ÉPOCA </p><p>1.Crisis de la Baja Edad Media. </p><p>Capetos y Valois en Francia. </p><p>La Inglaterra de Eduardo II.</p><p>La primera fase de la Guerra de los Cien Años.</p><p>Victorias inglesas y paz de Bretigny.</p><p>Península Ibérica y reconquista francesa.</p><p>La Europa de las grandes treguas.</p><p>Segunda fase de la Guerra de los Cien Años. </p><p>Embestida inglesa y paz de Troyes.</p><p>La Francia dividida.</p><p>Congreso de Arras y fin del conflicto.</p><p>Consecuencias de la Guerra. </p><p> </p><p>BATALLAS </p><p>1.La guerra en la Baja Edad Media. </p><p>2.El castillo, una clave de la Edad Media. </p><p>Iglesias y viejas villas romanas.</p><p>Nace el pueblo.</p><p>Cambios en el paisaje agrario.</p><p>El poder feudal. </p><p>3.Batalla de Crécy. </p><p>4.Batalla de Azincourt. </p><p>5.El triunfo de los cañones: Castillon.</p><p>Odio al inglés.</p><p>Un pie en Calais. </p><p>6.El asesinato de Luis de Orleans.</p><p>Reo confeso. </p><p>Sangre llama a sangre.</p>
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La Edad Media europea se cerró con un fatídico broche de sangre: el inacabable conflicto que enfrentó a las monarquías francesa e inglesa desde mediados del siglo XV, la llamada Guerra de los Cien Años. La contienda involucró a Francia e Inglaterra a partir de la década de 1330. En realidad, la guerra fue el resultado de numerosos conflictos anteriores. Desde hacía mucho tiempo, el Canal de la Mancha era escenario de encuentros entre navíos ingleses y franceses y, lo que era más grave, Francia animaba a Escocia en su lucha contra Inglaterra. Pero el motivo principal de la guerra fue la existencia de posesiones inglesas en suelo francés, en Guyena y Flandes. Debido a ello, los reyes ingleses debían rendir vasallaje al monarca galo, aunque a cambio, sin embargo, podían optar al trono francés en el caso de que el rey falleciera sin descendencia masculina. Esto es lo que finalmente ocurrió en 1328, cuando murió el último de los hijos de Felipe IV el Hermoso. La reclamación del trono por parte del monarca inglés fue el estallido de una larga guerra. La Guerra de los Cien Años no consintió sólo en más de un siglo de lucha continua, sino en un rosario de etapas bélicas separadas por largas treguas y períodos de paz. Las campañas se desarrollaron en territorio francés, cuyas principales víctimas fueron los campesinos, que tuvieron que contemplar cómo sus escuálidas cosechas eran arrasadas por los ejércitos y las villas eran saqueadas por hordas de combatientes hambrientos. Fue en Flandes donde se inició la guerra. En febrero de 1340 los ingleses realizaron un desembarco, y en junio barrieron a la flota francesa. Pero la gran ofensiva se inició en 1346, cuando las tropas inglesas desembarcaron en Saint-Vaast, avanzaron rápidamente hacia el interior y luego se desviaron al norte, cruzando el Somme. En Crécy, ocuparon excelentes posiciones en espera de la caballería francesa, que venía a su alcance. El 26 de agosto de 1346 se producirá la gran batalla. El rey inglés Eduardo III situó a su ejército entre los pueblos de Crécy y Wadicourt. Él mismo y su segunda línea de jinetes ocuparon el centro, flanqueados por dos cuerpos de arqueros. Por detrás, cerca de un bosque, se situaron carros y caballos con las provisiones de flechas. La formación inglesa principal contaba con dos grupos de a pie y jinetes con un millar de arqueros entre ellos, dispuestos en flecha. En total, eran unos 7.000 soldados. Enfrente, los franceses situaron un ejército de cerca de 12.000 hombres, confusamente formados debido a la impaciencia por entrar en combate. A las 6 de la tarde comenzaron los combates con una sucesión de cargas frontales de la caballería francesa, recibidas con una lluvia de flechas inglesas. Cuando el ataque francés se volcó en su lado izquierdo, los infantes ingleses avanzaron para amenazar a la derecha francesa, lo que provocó la desbandada de buena parte de las tropas galas. El empuje de la retaguardia francesa aumentó el caos, al tiempo que los ataques por la izquierda no hicieron sino aumentar las pérdidas. Hasta quince cargas realizaron los franceses, todas ellas rechazadas. La victoria en Crécy dio a Inglaterra el control de Calais y la convirtió en una nación militar. El triunfo inglés se debió no sólo a la mejor conducción y disciplina de las tropas, sino también a su uso del arco largo, un arma eficaz, que permitía a cada arquero disparar hasta diez flechas por minuto. Tras una tregua de ocho años, la guerra se reanudó en 1354. El príncipe de Gales, Eduardo, llamado el Príncipe Negro, asoló desde Burdeos el sur de Francia hasta el Languedoc y destrozó en 1356 en Maupertuis al ejército francés, cuyo rey cayó prisionero y fue conducido a Londres. La ausencia del monarca abrió un período crítico entre 1358 y 1360, con una insurrección en París y una sangrienta revolución social campesina, la Jacquerie, en el norte del país. Sofocadas ambas revueltas, finalmente en 1360 Francia e Inglaterra firmaron un acuerdo de paz, por el que los ingleses pasaban a controlar la Francia sudoccidental. La reclamación sobre Guyena fue el motivo aducido por Francia para romper de nuevo las hostilidades en 1370. La táctica militar francesa dio un resultado excelente: los ingleses, acosados por varios frentes, poco a poco fueron cediendo terreno, hasta el punto de que en menos de cinco años de guerra, en 1375, solo conservaban en Francia algunas cuantas plazas, como Burdeos, Calais o Bayona. La guerra parecía llegar a un desenlace muy favorable para Francia, cuando una profunda crisis en ambos países impuso un largo paréntesis a las operaciones bélicas. La guerra se reanudó en 1415. Los ingleses desembarcaron en Harfleur y se dirigieron hacia Abbeville y Amiens. El encuentro con los franceses, que habían salido a su alcance, se produjo finalmente en los campos de Azincourt. El campamento francés se situó entre las villas de Azincourt y Tramecourt. En primera línea formaron 8.000 hombres de armas, con 1.600 soldados de caballería a su izquierda y 800 a la derecha. En la segunda línea formaron entre 3 y 6.000 hombres de armas junto a 4.000 arqueros y ballesteros. La retaguardia francesa la componían entre 8 y 10.000 soldados de caballería. Los ingleses dispusieron una formación en línea, con dos formaciones de 2.500 arqueros cada una en ambos flancos y el mismo rey junto a un millar de hombres en el centro, protegiendo su campamento. La contienda se inició con el avance inglés sobre los campos arados, situándose justo frente los franceses. Una vez en posición los arqueros comenzaron a disparar sobre el enemigo. Esto incitó a los franceses a atacar, con una ofensiva directa sobre el campamento inglés y cargas simultáneas de caballería, que serán repelidas. En respuesta, los franceses iniciaron un ataque por el centro, al que responderán los ingleses con un contraataque simultáneo en toda la línea del frente. El empuje inglés es tal que obliga a su enemigo a romper la formación y huir en desbandada. La batalla ha finalizado. La derrota francesa en Azincourt hace que los ingleses ocupen Normandía y París. Inglaterra somete buena parte de Francia, control que se incrementa tras su alianza con Borgoña, dominando ésta la región de Flandes. Azincourt fue un duro golpe para la moral francesa. En 1427 los ingleses pusieron sitio a la plaza de Orleans. Cuando parecía próxima la capitulación aparece la figura de Juana de Arco, la Doncella de Orleáns. Ésta reanima la resistencia francesa y consigue que los ingleses levanten el cerco a la ciudad tras dos años de asedio. Convertida en heroína, Juana logró aglutinar la resistencia francesa en torno a su rey, Carlos VII, y que éste se reconciliase con su enemigo, Borgoña. En 1449 se reanudaron las hostilidades entre Francia e Inglaterra. La campaña de Normandía fue muy rápida: en octubre de 1449 capituló Ruán y en agosto de 1450 Cherburgo. Una fuerza de socorro llegada desde Inglaterra fue destrozada en Formigny. La conquista de Gascuña, la última posesión inglesa en suelo francés, será la última campaña de la Guerra de los Cien Años. El desenlace se producirá en la localidad de Castillon, en 1453. Los franceses, unos 10.000, instalaron estratégicamente a sus infantes y cañones en un campamento fortificado al este de Castillon. Por su parte, los ingleses partieron de Burdeos con una fuerza de 7.000 hombres, asentándose en Saint Laurent. Al observar los ingleses que, tras los primeros escarceos, el enemigo se retiraba, ordenaron un ataque impetuoso de su caballería e infantería. La ofensiva fue recibida por una lluvia de proyectiles disparados por los cañones franceses. A pesar de todo, los ingleses mantuvieron su ataque, momento en el que la infantería francesa, superior en número, aniquiló a los maltrechos supervivientes. La batalla de Castillon es considerada como el primer triunfo en la historia de la artillería móvil de campaña. La victoria francesa supuso la rendición de Castillon y de Burdeos, así como el fin de las posesiones y la presencia inglesa en Francia, aunque todavía conservarían Calais otros 134 años. La derrota inglesa en Castillon puso punto final a la llamada Guerra de los Cien Años. Tras 116 años de conflicto, Inglaterra se hallaba debilitada y, aunque en 1475 envió una nueva expedición a Normandía, finalmente se retiró tras recibir una compensación económica. La Guerra de los Cien Años desangró económica y demográficamente tanto a Francia como a Inglaterra. Por primera vez, son las Coronas de las nacientes monarquías territoriales las que disputan un territorio con grandes ejércitos y sofisticado armamento. Se trata de causar el mayor daño posible al enemigo, y eso se traduce en una destrucción hasta entonces inaudita. Sin embargo, la consecuencia fundamental de la contienda será la afirmación del sentimiento nacional tanto en Francia como en Inglaterra. Tras la Guerra, se abandonará para siempre la posibilidad de formar una monarquía común para ambas naciones, lo que cambiará el destino de Europa.
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Galería de imágenes de la época. Juana de Arco en la coronación de Carlos VII. Miniatura francesa. Catedral de Notre-Dame (París). Derrota y exterminio de la Jacquerie. Nobles ingleses en un palacio-fortaleza. Castillo de El Louvre. Caballero en traje de armas procedente de la catedral de Estrasburgo. Estatua yacente de un caballero inglés. Batalla de Azincourt entre ingleses y franceses. Tropas inglesas embarcan hacia Francia. Vigilias de Carlos VII. Carlos VII dirige el asedio de Gaillard.
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Las dos últimas centurias de la Edad Media son una época convulsa y de graves dificultades para el conjunto de Europa. Al fantasma del hambre y las enfermedades se sumaron las guerras que igualmente incidieron en la caída demográfica del siglo XIV. El conflicto bélico más grave fue la llamada Guerra de los cien años que involucró a Francia e Inglaterra a partir de 1339. El motivo principal de la contienda fue la posesión inglesa de determinados territorios en suelo francés, principalmente La Guyena. La guerra se desarrolló en territorio francés. Los campesinos fueron las principales víctimas pues vieron sus cosechas arrasadas y sus villas saqueadas por soldadescas hambrientas. La guerra duró 116 años, y en ella se sucedieron periodos de tregua y enfrentamiento. Finalmente en 1453, la derrota inglesa en Castillón, dio por finalizado el conflicto. Francia logró expulsar a los ingleses de prácticamente todo su territorio excepto Calais, que será inglesa durante 134 años más.