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Lo que hoy forma el Pórtico de la Gloria no es más que una parte de lo que construyó Mateo, ya que lo cerraba una fachada que nada tenía que ver con la descrita en el Calixtino, y que llegó hasta los primeros años del siglo XVI, momento en el que el cabildo acordó colocar puertas de madera que permitieran cerrar la iglesia. Como el arco central era tan amplio resultaba imposible cumplir el acuerdo por lo que, en 1519, se mandó convertirlo en dos más pequeños y que así se colocasen las hojas de madera. El gran arco medieval, que permitía la visión del pórtico desde el exterior, fue destruido; sólo se respetó el que, por dentro, sostenía las bóvedas. Es decir, que la perfección de la obra de Mateo permitió la alteración sin que el conjunto peligrase, lo que se repetirá en el siglo XVIII cuando se derribe lo que quedaba de la fachada para hacer la del Obradoiro. Puede reconstituirse la obra medieval gracias al dibujo del canónigo Vega y Verdugo, de 1657, y a los restos que se han encontrado. La conservación de la fachada antigua de la catedral de Orense y su relación con la de Santiago hacen el resto. El primer cuerpo del hastial compostelano se abría a la lonja que todavía existe y tenía tres puertas, como la organización arquitectónica del interior. El arco central se conoce a partir de las dovelas recuperadas a partir de 1964 por el doctor Chamoso, a quien se debe la reconstrucción de una parte. Su luz era de unos ocho metros, que coincide con el que abarca las dos puertas centrales del Obradoiro. Tenía tres arquivoltas. La mayor con una serie de ángeles, cobijados por arquitos de medio punto moldurados y con pequeñas rosetas en sus enjutas. Llevan las cabezas ceñidas por coronas, las alas desplegadas y las manos se disponen en actitud orante, o agarran cartelas o libros. Tal fórmula fue seguida con ligeras variantes en el mismo arco de la fachada de Orense, así como por otras: arquivolta que ciñe el tímpano de Clavijo de la catedral de Santiago y en las principales de San Lorenzo de Carboeiro y San Salvador de Camanzo (Vila de Cruces, Pontevedra). La dovela que serviría de clave al arco compostelano reitera las figuras de ángeles, pero con una particularidad: en sus manos, en parte veladas por un paño, sostienen un disco solar llameante, el de la izquierda; y un creciente lunar, el de la derecha. La vinculación con la representación de las claves de las bóvedas de la cripta es clara y el mensaje, el mismo: necesidad que tiene el mundo terrenal de tales cuerpos celestes para alumbrarse, pero no así el interior "porque la gloria de Dios la iluminaba". El tema no fue de los que alcanzaron mayor difusión en Galicia, pero sí se encuentra en otros edificios en los que intervinieron gentes del taller de Mateo, por ejemplo se ven en claves de las bóvedas del gran salón del Palacio de Gelmírez, inmediato además a la fachada; en la catedral de Orense, aunque aquí el que lleva el sol se encuentra en la clave de la capilla mayor, y el que porta la luna está en las arquivoltas de la puerta norte o, por último, en la portada de San Esteban de Ribas de Miño. La segunda arquivolta del mismo arco de la catedral de Santiago se ornamenta con grandes hojas dispuestas de manera radial y talla cuidada y voluminosa, como es propio del taller mateano. Este motivo, capaz de múltiples variaciones, alcanzó larga difusión en el arte gallego en torno al 1200. La parte superior de la rosca se perfila, con un entrelazo de ascendencia islámica, formado por una cinta. Esta se repite alrededor de los arcos trebolados de la arquivolta menor, en cuyo intradós se cobijan florones con botón central. Su trascendencia fue importante. De las puertas laterales las noticias y restos son menores. En el siglo XVI se limitaron a colocar en ellas las correspondientes hojas de madera, por lo que llegaron hasta las reformas barrocas. En el citado dibujo de Vega y Verdugo se ve que tenían arco de medio punto peraltado y parece que el menor se apeaba en ménsulas, como en la de Orense. A la puerta derecha -de la izquierda no se conocen restos- pudieron pertenecer dos dovelas en las que se representa a un hombre y una mujer que son castigados por su lujuria, tema repetido en la mitad del semicírculo que ciñe a los réprobos en el Pórtico de la Gloria. ¿Había en esta arquivolta una representación de los vicios? Para Yarza, sin embargo, podrían datar de los años medios del siglo XII y no les atribuye ningún lugar en la catedral. Sobre estas puertas iban sendos rosetones, con tracería geométrica perdida. Los restos de uno en el Museo de la Catedral, habitualmente atribuidos al de la parte superior de la fachada a pesar de su tamaño, podrían proceder, para algunos, de éstos. En la fachada occidental de la catedral de Orense todavía se conservan tales rosetones, necesarios, como en Santiago, para alcanzar, sin un pesado muro, la altura a la que llegaba el arco central. Servían, además, para iluminar mejor los arcos laterales del pórtico, y las naves correspondientes a través de los óculos abiertos sobre ellos. De los soportes de los arcos de esta fachada es poco lo que se sabe. A tenor de lo que queda en la contraportada y de los restos conocidos puede afirmarse que los cimacios se decoraban con palmetas, como los de aquélla. A sus capiteles cabe pensar que perteneciera uno, con ornamentación de hojas con detalles al trépano en sus bordes y ejes perlados, que guarda el Museo de la Catedral. Mayor interés tiene precisar si en la fachada había o no estatuas-columna como las del interior. El primero que se lo planteó fue López Ferreiro, afirmando que "faltan en el gran monumento algunas esculturas", idea reiterada por otros autores, y que se ha visto confirmada por la existencia de varias. Dos se encuentran en el pretil de la lonja del Obradoiro, y la misma situación tenían ya en el siglo XVII, pues son reconocibles en el dibujo citado. Representan a dos reyes bíblicos: David y Salomón. Ambos se sientan en sillas de tijera, ropas con abundantes y quebrados pliegues. Gran detallismo en la talla del arpa-salterio que tañe David. Salomón lleva el cetro en la mano, como el del coro, y su cabeza es de 1730; sustituye a la que le destruyó un rayo. Otras dos figuras, en pie y con largas cartelas en sus manos, talladas en un tablero rectangular, que evidencia su colocación en unas jambas por el paralelo con el Moisés y san Pedro del pórtico, fueron adquiridas por el Museo de Pontevedra hacia 1957 por 250.000 pesetas. En alguna ocasión se identificaron con Abraham y Jacob, lo que, al no ser seguro, dio lugar a otras interpretaciones de personajes del Antiguo Testamento. Dos nuevas esculturas fueron propiedad del conde de Gimonde, quien las vendió con ciertas condiciones, posteriormente incumplidas, al Ayuntamiento de Santiago en 1948 por 60.000 pesetas. Hacia 1960 fueron regaladas al general Franco y están en poder de sus herederos. Son dos personajes sedentes, con larga cartela y abundante barba que en alguna publicación han aparecido como Abraham e Isaac. A veces a estas imágenes se añade otra más, decapitada, también sedente y que probablemente representa a un rey. Tiene los pies cruzados, cartela en la mano derecha, amplio manto sobre el brazo izquierdo, y lo que parece la vaina de una espada en la parte inferior y central de la figura. El plegado de sus ropas es bastante diferente de las anteriores, aunque las proporciones de la obra son semejantes. Es de propiedad particular y se encuentra en la localidad coruñesa de Ponte Maceira. También en colección particular se guarda una magnífica cabeza que Ramón Yzquierdo localizó y publicó hace pocos años y que corresponde, sin duda, a una nueva estatua-columna de esta fachada. Es de un varón barbado, con cabellera rizada y plácida expresión en el rostro, en el que se llega a esbozar una tenue sonrisa. Al valor que por sí misma tiene es necesario añadir el que proporciona acerca de la técnica seguida en la ejecución de algunas esculturas. Mientras que el cuerpo se labra en el mismo bloque del soporte, sin llegar al bulto redondo, la cabeza sí que lo alcanza y se talla separadamente, siendo luego encajada en el correspondiente cuerpo mediante un vástago de piedra y que esta cabeza ha conservado. La finura de la labor, la colocación en alto y la pintura hacían imperceptible la unión de las piezas. Todas estas figuras, y otras que se desconocen o que se han perdido, completaban el mensaje del Pórtico de la Gloria, aunque no sea posible concretarlo. No se cuenta tampoco con el paralelo de Orense, también afectado por reformas a partir del siglo XVI. Según el dibujo de Vega y Verdugo, entre este cuerpo de las puertas y las ventanas, abiertas a la altura de las tribunas, iba un tejaroz con arquitos de medio punto. Se han encontrado cinco arcos; cada uno cobija el busto de un ángel de alas desplegadas y que agarra con sus manos una cartela extendida ante el pecho o un libro abierto. Sus cabezas están aureoladas. Una cinta perfila los arcos y en las enjutas se han tallado rosetas con botón central, algunos pétalos están trepanados. Organizaciones similares se ven en fachadas como las de San Juan de Portomarín y San Esteban de Ribas de Miño, entre otras. A pesar de ello algunos piensan en su inclusión en el claustro medieval de la catedral, lo que llevaría su cronología a mediados del siglo XIII. Las cuatro ventanas abiertas a la tribuna debían de ser tan sencillas como las del resto del edificio. Las de las naves laterales han conservado, por el interior, los antiguos arcos de descarga, ya que de lo contrario se hubiera venido abajo la bóveda de estos tramos al construirse el Obradoiro. Las dos ventanas centrales desaparecieron al respetarse, únicamente, el arco superior para poder abrir los grandes huecos de la fachada barroca. Las calles laterales del hastial medieval remataban con tres arcos ciegos cobijados por una especie de gablete. El conjunto, conocido sólo a través del dibujo citado, recuerda algunas formas, más decorativas que constructivas, de los cimborrios de las catedrales de Zamora y Vieja de Salamanca, y en menor medida de la sala capitular de Plasencia. Más arriba iban unos arcos que actuaban de arbotantes. El cuerpo central estaba presidido por un gran rosetón, a juzgar por el apunte de Vega y Verdugo, y por la denominación de espejo grande que le dan los documentos del XVI. Alrededor de él, en los cuatro ángulos, se abrían otros tantos ojos de buey. El rosetón tenía, según el dibujo, una compleja tracería que coincide con la del Museo de la Catedral que he mencionado, pero, como ya dije, entre ambos hay una evidente diferencia de tamaño. Los gastos que originaban las frecuentes reparaciones de su vidriera influyeron en la determinación capitular de derribarlo para llevar a cabo la fachada de Fernando de Casas. La construcción de este rosetón impulsó la realización de otros a lo largo de la primera mitad del siglo XIII, como por ejemplo el de la fachada principal de la catedral de Orense, único que se acompañaba de otros más pequeños, y hoy convertido en un gran óculo, el de San Juan de Portomarín, San Esteban de Ribas de Miño, o el que hubo en San Lorenzo de Carboeiro y ha dejado inequívoca huella. A través de ellos la luz inundaría los interiores, incorporando así nuevas valoraciones. Por la parte interior de estos rosetones había un andito que permitía el acceso a él y que se abría hacia la nave. En Santiago esta peculiar tribuna iba sobre el trasdós de las ventanas, y en los extremos tenía ménsulas con ángeles, que permanecen in situ. Tras ellos, en la jamba del ventanal del Obradoiro, perteneciente a la estructura medieval, se ven unos arcos ciegos por los que se salía a él. Era necesario subir por las torres, y al final de la sexta rampa de sus escaleras se encontraban sendas puertas, hoy tapiadas, que a través de un pasadizo de unos 60 cm de anchura, practicado en el espesor del muro, desembocaba en el andito. Este paso coincidía con el remate de arquitos y gablete de las calles laterales que así se justificaba. Más arriba de los arcos citados, y en las mismas jambas, se ve una imposta con palmetas anilladas que señala el arranque del gran arco que corona la obra y apea la bóveda. Aproximadamente a esta misma altura se encontraba el diámetro del rosetón. Es, pues, un punto en el que se ejercen fuertes presiones que hacían necesarios los arbotantes vistos para trasladarlos hacia las torres que flanquean la fachada. La edificación de estas torres dio lugar a diversas opiniones. Tras los estudios del profesor Caamaño no hay duda de que son coetáneas del pórtico. Tienen planta cuadrada y se organizan en calles y cuerpos. El primero llegaba hasta el arranque del rosetón central y remataba con arcos de medio punto sobre ménsulas. El segundo se organizaba con nuevos arcos semicirculares que ahora se apoyan sobre columnas, todavía visibles por la parte posterior y laterales. En la torre izquierda, sobre este cuerpo había otro más pequeño que sostenía un tejado de cuatro vertientes; en la derecha había otro cuerpo más. En el interior de las torres se encuentra un núcleo central cuadrado y con estancias superpuestas. Alrededor de él se desarrollan las escaleras. Esta estructura fue respetada por los constructores del Obradoiro, que se limitaron a decorar las partes correspondientes a la fachada y a levantar los cuerpos superiores. La decisión de construir el Obradoiro fue adoptada por el cabildo el 14 de enero de 1738.
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Entre tanto se construía el cháteau de Vaux-le-Vicomte por Louis Le Vau se estaban llevando a cabo importantes obras en el palacio del Louvre para adecuarlo como verdadero palacio real, pues era intención de Colbert que Luis XIV residiera en un edificio digno en la capital. Frente a él estaba la idea del propio rey, quien posiblemente recordando los amargos días de la Fronda en que hubo de escapar de París a toda prisa, deseaba vivir fuera de la gran ciudad, donde en caso de motines estaría indefenso.Las intenciones de Colbert eran las de finalizar los trabajos en los palacios del Louvre y las Tullerías, para posteriormente unirlos. En el primero restaba por construir la fachada oriental, la que asomaba hacia Saint-Germain-l'Auxerrois, en la que venía trabajando Louis Le Vau y que se configuraba como la más importante del palacio.Pero, entre tanto, se llevaban a cabo las obras, el día 6 de febrero de 1661 se produjo un incendio en el palacio, lo que sirvió para motivar a los responsables de las construcciones reales a acometer los trabajos de la fachada de una manera más seria.Louis Le Vau hizo entonces un proyecto en el que repitió aproximadamente el esquema de Vaux-le-Vicomte, pues en el eje de esa ala habría dos salones consecutivos, de los que el situado hacia el patio del palacio -la Cour Carrée- tendría una planta cuadrada dividida en tres naves por medio de pilares, mientras que el que daba hacia el exterior sería oval y estaría cubierto mediante una cúpula con tambor truncado, rematada en su parte exterior con estatuas.Sin embargo, en enero de 1664 Colbert era nombrado Suritendant des Bâtiments y, dada su enemistad con Le Vau, ordenó detener las obras, sometiendo los planos al estudio y juicio de François Mansart, y tal vez, de Le Brun. Mansart hizo por su parte una serie de proyectos, cada uno de ellos con numerosas variantes que, al no agradar, también fueron rechazados, de tal forma que para intentar poner fin a los problemas del diseño de aquella ala oriental, se hizo un concurso entre arquitectos franceses e italianos, al que concurrieron entre los primeros Jean Marot, Pierre Cottard y François Le Vau, y entre los segundos Candiani, Pietro da Cortona, Carlo Rainaldi y Bernini.Finalmente, dada la valía de Bernini, reconocida en toda Europa, se pensó en su persona como la más idónea para llevar a cabo tan importante empresa. En su proyecto, entregado en el mes de junio de 1664, articulaba la fachada mediante un orden colosal sobre un alto zócalo, dominando en ella el juego de las formas curvas con las planas. Este aspecto de movilidad venía determinado de una manera prioritaria por la disposición de dos alas curvas que enmarcaban de forma cóncava un bloque oval, situado en el centro de la fachada y que estaba rematado mediante un ático retranqueado que se ha supuesto podía hacer alusión a la corona real.Se hicieron críticas a este proyecto que el arquitecto italiano aceptó y se propuso remediar en otro que elaboró en febrero de 1665. En él hacía desaparecer el pabellón elíptico y las líneas curvas, obteniendo también un mayor número de alojamientos al transformar el zócalo anterior en una planta baja.Pero este proyecto no tuvo trascendencia, pues muy pronto fue invitado a acudir a París, lo que pudo hacer a fines de abril de 1665 tras la concesión del pertinente permiso por parte del papa Alejandro II, quien, deseoso de la amistad con el monarca francés, permitió la marcha del insigne arquitecto. En este viaje, a cuyas incomodidades se enfrentó a pesar de su edad avanzada, fue tratado a su llegada a Francia como una altísima personalidad.A finales del mes de junio llegó a París y pronto vio in sito la obra con la que había de enfrentarse, planteando entonces no sólo una nueva fachada hacia Saint-Germain-l'Auxerrois, sino incluso toda una remodelación de la Cour Carrée que implicaba numerosas reformas en todo el conjunto. Realizó así el proyecto de un gran palacio que, sin embargo, seguía siendo incómodo. Por otra parte, dispuso nuevamente la fachada oriental sobre un alto zócalo a la rústica y estructurada con un orden colosal, presentando cubiertas planas y ante ellas balaustradas con estatuas.Aprobado el proyecto y puesta la primera piedra el 17 de octubre, Bernini regresó a Roma tres días después. Pero inmediatamente la obra se detuvo a causa de problemas burocráticos, hasta que finalmente en julio de 1667 se le comunicó oficialmente y con disculpas baladíes, que su proyecto no se iba a ejecutar.Mucho se ha especulado sobre esta negativa. Algunos han aducido un enfrentamiento entre barroquismo y clasicismo; otros han querido ver un problema en el difícil carácter de Bernini, aunque bien es verdad que, si de primeras siempre protestaba cuando se le pedían cambios en los proyectos, al final, aunque fuera refunfuñando, siempre acababa cediendo a lo que se le solicitaba; también se ha especulado sobre si fue un rechazo por ser extranjero. Sin embargo, la hipótesis apuntada por Teyssédre parece contar con una gran lógica, pues, según él, a Bernini se le pedían cosas imposibles de realizar, porque Luis XIV ya tenía determinado abandonar París y para ello querría dar la disculpa de no tener un palacio adecuado a su persona.De todas formas, desde el punto de vista de la historia de la Arquitectura ese tercer proyecto de Bernini tuvo gran trascendencia, ya que a la larga influyó en numerosos palacios europeos construidos posteriormente, entre los que cabría destacar el palacio Madama de Turín o el palacio Real de Madrid.El caso es que ya en abril de ese mismo año de 1667 se había formado una comisión para que elaborase un proyecto definitivo que acabara de una vez por todas con el problema de la fachada oriental del Louvre. Formaban esta comisión Louis Le Vau, Charles Le Brun y Claude Perrault. Este era hermano de Charles Perrault, el principal ayudante de Colbert en la Surintendance des Bâtiments, y aunque no era arquitecto, sino médico cirujano, contaba con unos grandes conocimientos humanísticos y arquitectónicos que hacían de él una persona idónea para afrontar la empresa.De todas formas, aquel equipo era muy ambiguo y se mostró incapaz de llegar a un acuerdo unitario, por lo que determinaron presentar al rey dos proyectos para que fuese él mismo quien eligiera el que finalmente habría de realizarse. El primero mostraba un orden de columnas pareadas formando un peristilo o galería abierta en el primer piso y un monumental frontón en la parte central de la fachada, mientras que el segundo era mucho más sencillo y carecía de la columnata.Y, paradójicamente, el rey se decidió por el primero, lo que nuevamente a juicio de Teyssédre es una prueba más de la intención de Luis XIV de abandonar el Louvre, ya que al quedar sus habitaciones retranqueadas a causa de la columnata, resultarían sumamente oscuras, lo que apoyaría su intención de trasladarse a Versalles.Contando ya con la aprobación real, a finales de 1667 se dio comienzo a las obras, siendo sustituido Louis Le Vau, fallecido en 1670, por su discípulo François d'Orbay, quien retocó algo los planos y forjó la obra definitiva. Mantuvo la columnata, pero cegó los vanos tras ella sustituyéndolos por nichos con estatuas y dio más amplitud a los pabellones de los extremos, lo que confirió mayor grandeza al conjunto; igualmente, los trofeos con tragaluces que en el primer proyecto se habían dispuesto en el zócalo fueron sustituidos por ventanas.La obra quedó así compuesta con dos pabellones en resalte en los extremos y un piso bajo con ventanas en forma de arcos escarzanos. En el segundo piso, y entre los pabellones de los extremos, se dispuso la columnata, articulada mediante columnas pareadas de orden corintio, rematando la parte central de ésta, también en resalte, un monumental frontón triangular.Sobre esta curiosa columnata que es ajena a todo lo construido hasta entonces en Francia, se ha pensado si fue una aportación de Perrault a través de sus conocimientos de las obras clásicas, pero el caso es que ya aparecía en un dibujo de François Le Vau conservado en el Museo Nacional de Estocolmo para esta fachada y por otra parte, columnas pareadas también pueden verse en el hôtel de Lionne, de Louis Le Vau. De todas formas, aún podrían rastrearse precedentes en la Italia renacentista, como, por ejemplo, la fachada al jardín del Palazzo del Te de Mantua. En otro sentido, también es interesante el que las columnas están reforzadas por unas varillas de hierro que las atraviesan verticalmente, idea que se atribuye a Claude Perrault, quien la tomaría de los ejemplos de templos griegos que emplearon el mismo sistema.Sin embargo, la fachada no llegó a concluirse y hubo de esperar a los tiempos de Napoleón para que se le diera fin, aunque todavía recientemente recibió un último retoque cuando en el año 1965 se abrió ante ella un foso que aparecía en el proyecto y que hasta entonces había estado cegado.
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Al igual que la familia europea durante el Antiguo Régimen, la española será una familia de escasos componentes. Los demógrafos consideran que el número de integrantes del hogar o fuego sería cuatro. La estructura familiar era nuclear, teniendo especial desarrollo la filiación que implica la transmisión de la propiedad a los hijos varones como podemos apreciar en los mayorazgos o el "hereu" catalán. La exigencia de la limpieza de sangre, casi una obsesión en el Siglo de Oro, justificará la preocupación por el linaje, multiplicándose los estatutos de limpieza de sangre entre el siglo XV y el XVII. Para ejercer diversos oficios era imprescindible justificar "sangre pura", sin mezcolanza de judíos o moriscos, surgiendo la figura del castellano viejo. Para limpiar de antepasados judíos o moriscos aparecieron una legión de linajistas que fabricaban falsas genealogías en las que demostraban la inexistencia de sangre impura en la familia. La muerte marcará las relaciones familiares al privar de solidez al matrimonio. Al programarse un futuro familiar relativamente corto se condicionará la debilidad del vínculo conyugal y resulta extraño encontrar donaciones intervivos entre los esposos mientras que la vinculación entre hermanos y tíos se refuerza de manera significativa. La soltería será algo extraño en España, limitado casi exclusivamente al clero. La soltería femenina se consideró un trauma debido a la visión machista de la época al considerar que uno de los papeles fundamentales de la mujer era la reproducción. Al contrario, la soltería masculina acabaría idealizándose debido a la dificultad por mantenerla. Tras enviudar, lo habitual era contraer otra vez matrimonio por lo que el miedo a la soledad parece obsesivo en esta sociedad. La frecuencia de la muerte de los cónyuges motivará hasta tres y cuatro matrimonios.
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La estructura familiar de la Alta Edad Media recuerda a la que se manifestaba tanto en la sociedad romana como germánica al estar integrada por el núcleo matrimonial -esposos e hijos- y un grupo de parientes lejanos, viudas, jóvenes huérfanos, sobrinos y esclavos. Todos estos integrantes estaban bajo el dominio del varón -bien sea de forma natural o por la adopción-, quien descendía de una estirpe, siendo su principal obligación proteger a sus miembros. No en balde, la ley salia hace referencia a que el individuo no tiene derecho a protección si no forma parte de una familia. Como es de suponer, esta protección se paga con una estrecha dependencia. Pero también se pueden enumerar una amplia serie de ventajas como la venganza familiar o el recurso a poder utilizar a la parentela para pagar una multa ya que la solidaridad económica es obligatoria. No obstante, si alguien desea romper con su parentela debe acudir a los tribunales donde realizará un rito y jurará su renuncia a la protección, sucesión y beneficio relacionados con su familia. La familia vive bajo el mismo techo e incluso comparte la misma cama. Tíos, sobrinos, esclavos y sirvientes comparten la cama donde la lujuria puede encontrar a un amplio número de seguidores en aquellos cuerpos desnudos. Esta es la razón por la que la Iglesia insistirá en prohibir este tipo de situaciones y favorecer la emancipación de la familia conyugal donde sólo padres e hijos compartan casa y cama. El padre es el guardián de la pureza de sus hijas como máximo protector de su descendencia. Las mujeres tiene capacidad sucesoria a excepción de la llamada tierra salia, los bienes raíces que pertenecen a la colectividad familiar. Al contraer matrimonio, la joven pasa a manos del marido, quien ahora debe ejercer el papel de protector. El enlace matrimonial se escenifica en la ceremonia de los esponsales, momento en el que los padres reciben una determinada suma como compra simbólica del poder paterno sobre la novia. La ceremonia era pública y la donación se hacía obligatoria. Entre los francos alcanzaba la suma de un sueldo y un denario si se trataba de un primer matrimonio, aumentando hasta tres sueldos y un denario en caso de sucesivos enlaces. La ceremonia se completaba con la entrega de las arras por parte del novio a la novia, aunque el enlace pudiera llevarse a cabo incluso años después. Los matrimonios solían ser concertados, especialmente entre las familias importantes, por lo que si alguien se casaba con una mujer diferente a la prometida debía pagar una multa de 62 sueldos y medio. La joven tenía que aceptar la decisión paterna aunque conocemos casos de muchachas que se han negado a admitir el compromiso como ocurrió a santa Genoveva o santa Maxellenda. Lo curioso del caso es que diversos concilios merovingios y el decreto de Clotario II (614) prohiben casar a las mujeres contra su voluntad. Esta libertad vigilada motivaría que algunas mujeres tomaran espontáneamente a un hombre, en secreto, o que se produjeran raptos de muchachas, secuestros que contaban con el beneplácito de la víctima que rompía así con la rígida disposición paterna. Como es lógico pensar, todos los códigos consideran a estas mujeres adúlteras mientras que el hombre se verá en la obligación de pagar a los padres el doble de la donación estipulada. En caso de que no se pague, el castigo es la castración. Si un muchacho se casa con una joven sin el consiguiente mandato paterno, deberá pagar a su suegro el triple de la donación determinada. Si esto se produce, el matrimonio ya es irreversible por lo que debemos preguntarnos si el matrimonio no dejaba de ser un pequeño negocio para los progenitores. Tras los esponsales se realiza un banquete donde la comida y la bebida corren sin reparo -siempre que la economía familiar lo permita-. El jolgorio se acompañaba de cantos y bailes de talante obsceno para provocar la fecundidad de la pareja. Durante el banquete la novia recibe regalos tales como joyas, animales de compañía, objetos del hogar, etc. El novio también le hace entrega de un par de pantuflas, como símbolo de paz doméstica, y un anillo de oro, símbolo de fidelidad de clara tradición romana. Los romanos llevaban el anillo en el dedo corazón de la mano derecha o en el anular de la izquierda -continuando la tradición egipcia según la cual desde esos lugares había un nervio que llevaba directamente al corazón-. Las damas nobles también solían llevar un sello en el pulgar derecho, una muestra de la autoridad que poseía para administrar sus propios bienes. La ceremonia concluye con el beso de los novios en la boca, simbolizando así la unión de los cuerpos. Tras este rito, la pareja era acompañada a la casa y se quedaba en el lecho nupcial. El matrimonio debe consumarse para que alcance su legitimidad, consumación que se produce en la noche de bodas. Al mañana siguiente el esposo entrega a su mujer un obsequio llamado "morgengabe" para agradecer que fuera virgen al matrimonio, dando fe de la pureza de la joven desposada y asegurándose que la descendencia es suya. Esta donación post-consumación no se realiza en caso de segundas nupcias. De este "morgengabe" la viuda se queda con un tercio y el resto será entregado a la familia en caso de muerte del marido. La edad de matrimonio debía de estar próxima a la mayoría de edad, es decir, los doce años, según nos cuenta Fortunato al hacer mención del matrimonio de la pequeña Vilitutha a la edad de trece años, quien falleció a consecuencia del parto poco después. Ya que la virginidad suponía el futuro de la parentela, se protege a la mujer de raptos o violaciones, al tiempo que se reprime la ruptura del matrimonio y se castiga contundentemente el adulterio y el incesto. Los galo-romanos castigan la violación de una mujer libre con la muerte del culpable mientras que si la violada era esclava, el violador debía pagar su valor. Los francos castigaban este delito con el pago de 200 sueldos en época de Carlomagno. Podemos considerar que se trataba de una mujer "corrompida" por lo que carecía de valor, incluso deben renunciar a la propiedad de sus bienes. La única salida a la violación era la prostitución. El incesto estaba especialmente perseguido, a pesar de no tratarse de relaciones entre hermanos. Los matrimonios con parientes se consideran incestuosos, entendiendo por parentela "una pariente o la hermana de la propia esposa" o "la hija de una hermana o de un hermano, la mujer de un hermano o de un tío". Los incestuosos eran separados y quedaban al margen de la ley, a la vez que recibían la excomunión y su matrimonio era tachado de infamia. El adulterio era considerado por los burgundios como "pestilente". La mujer adúltera era estrangulada y arrojada a la ciénaga inmediatamente mientras que los galo-romanos establecían que los adúlteros sorprendidos en flagrante delito serían muertos en el acto " de un solo golpe". Los francos consideraban el adulterio como una mancha para la familia por lo que la culpable debía ser castigada con la muerte. También entendían que el hombre libre que se relacionaba con una esclava de otro era un adúltero por lo que perdía la libertad, lo que no sucedía en el caso de que fuera su esclava con quien se relacionara. Curiosamente los burgundios hacían extensión de la definición de adulterio a aquellas mujeres viudas o jóvenes solteras que se relacionaban con un hombre por propia voluntad. Si el violador o el raptor son duramente castigados, el adúltero apenas recibe castigo ya que los posibles hijos de esa relación son suyos. La mujer sí es culpable porque destruye su porvenir. Afortunadamente, la influencia del Cristianismo cambiará estos conceptos. En palabras de Michel Rouche "mientras que el paganismo acusa a la mujer de ser el único responsable del amor pasional, el Cristianismo lo atribuye indiferentemente al hombre y a la mujer (...) Se abandona la idea pagana conforma a la cual el adulterio mancilla a la mujer y no al hombre". Cierta idea de igualdad de sexos empieza a despuntar en el Occidente europeo. Buena parte de la culpabilidad a la hora de no considerar al hombre adúltero debemos encontrarla en la práctica por parte de los germanos de la poligamia, mientras los galos-romanos mantenían el concubinato. Las relaciones con las esclavas parecen habituales tanto en un grupo como en el otro, naciendo abundantes descendientes de estos contactos. Los hijos nacidos de esa relación eran esclavos, excepto si el padre decidía su liberación. Ya que las mujeres eran elegidas entre personas cercanas al linaje familiar, la costumbre germánica permitía al marido tener esposas de segunda categoría, siempre libres, añadiéndose las esclavas. La primera esposa era la poseedora de los derechos y sus hijos eran los receptores de la sucesión. Si la primera esposa era estéril, los hijos de las concubinas podían auparse al rango de heredero. Los enfrentamientos en los harenes nobiliarios y reales serán frecuentes. Chilperico llegó a estrangular a su esposa, Galeswintha, para poder dar a su esclava Fredegonda el puesto de favorita, lo que desencadenó la guerra civil entre los años 573 y 613. El papel de la Iglesia respecto a la poligamia supondrá la más absoluta de las prohibiciones, apelando a la indisolubilidad matrimonial y a la monogamia, llegando a prohibir el matrimonio entre los primos hermanos. Será en el siglo X cuando los dictados eclesiásticos en defensa de la monogamia empiecen a surtir efecto. La ley burgundia y la ley romana autorizaban el divorcio, mientras que la Iglesia lo prohibía. Evidentemente existen condicionantes que lo permiten, siempre desfavorables con la mujer. El divorcio es automático si la mujer es acusada por su marido de adulterio, maleficio o violación de una tumba. El marido será repudiado en caso de violación de sepultura o asesinato. El mutuo acuerdo sería la fórmula más acertada para el divorcio, siempre y cuando los cónyuges pertenecieran a la etnia galo-romana. Esta fórmula incluso será aceptada, a regañadientes, por la Iglesia, al menos hasta el siglo VIII. Siempre era más razonable que el llamado "divorcio a la carolingia", consistente en animar a la mujer a que de una vuelta por las cocinas y ordenar al esclavo matarife que la degollara. Tras pagar la correspondiente multa a la familia, el noble podía volver a casarse porque quedaba viudo. No tenían igual suerte las viudas ya que las leyes germánicas intentarán poner todo tipo de impedimentos a un segunda matrimonio de una mujer viuda. Conserva su dote y el "morgengabe", por lo que mantiene independencia económica. Pero si vuelve a contraer matrimonio, perderá esta independencia al caer en el ámbito familiar del nuevo marido y revertir el patrimonio en su propia parentela. Los hijos eran especialmente protegidos en la época altomedieval. En numerosos casos se intenta atraer hacia el niño las cualidades de aquel animal querido y envidiado, por lo que se impondrán nombres relacionados con la naturaleza: Bert-chramm, brillante cuervo, que hoy se ha convertido en Bertrand; Wolf-gang, camina a paso de lobo; o Bern-hard, oso fuerte, del que ha surgido Bernardo. De todas maneras se siguen produciendo casos de exposición de hijos, ahora a las puertas de la iglesia. Afortunadamente para el neonato, el sacerdote anunciaba su descubrimiento de manera pública y si nadie reclamaba al pequeño pasaría a ser esclavo de quien lo había encontrado. El niño sería confiado a alguna nodriza, siendo amamantado hasta los tres años entre el pueblo. En caso de guerra los niños se convertían en un preciado botín. Si una ciudad era conquistada, los conquistadores asesinaban a "cuantos podían orinar contra la muralla" y se llevaban a las mujeres y los niños menores de tres años. A pesar de la enorme natalidad, la mortalidad infantil también era elevada por lo que el núcleo familiar no debía de contar con numerosos niños. Alguno solía ser entregado a un monasterio para su educación, lo que equivalía entregar a Dios aquello que más se ama. La educación estaba vinculada al mundo violento que caracteriza la Alta Edad Media. El deporte y la caza serán los ejes educativos que se inician tras la "barbatoria", el primer corte de la barba del joven. La natación, la carrera o la equitación formaban parte de las enseñanzas fundamentales del joven germano que tiene en el animal y en las armas a sus estrechos colaboradores. Subir al caballo era todo un ejercicio gimnástico al carecer de estribo hasta el siglo IX, siendo el animal uno de los bienes más preciados, tal y como podemos comprobar en el caso de un joven llamado Datus, quien conservó su caballo y dejó a su madre prisionera de los musulmanes durante un ataque de éstos a Conques en el año 793. El joven no entregó su caballo a pesar de que los islámicos arrancaron los senos de la madre y luego le cortaron la cabeza ante sus propios ojos. En un mundo tan marcado por la violencia parece cargado de lógica que la preparación militar sea la elegida para los jóvenes nobles, si bien en las escuelas monásticas podían aprender los rudimentos de la lectura y la escritura. Los ancianos ocupan un curioso papel en el entorno familiar altomedieval. Ya que la media de vida alcanzaba los 30 años, no debía ser muy común ver a ancianos en la sociedad. Su escaso número es proporcional a su utilidad, excepción hecha de los jefe de clanes o tribus, los llamados "seniores". Si el anciano mantiene sus fuerzas será aceptado por la sociedad. Si esto no es así, su futuro sólo le depara donar sus bienes a una abadía donde se retirará. En la abadía recibirá comida, bebida y alojamiento.
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La familia ha sido el centro de la vida social china a lo largo del tiempo. El linaje familiar era un concepto fundamental de la sociedad, heredado de padres a hijos de manera indefinida y cuyo deber era asegurar la continuidad en el futuro, creándose incluso la creencia de una especie de "inmortalidad familiar". En época arcaica se consideraba que los vivos y los muertos eran interdependientes, por lo que los antepasados necesitaban sacrificios, mientras que los descendientes necesitaban la protección y el beneplácito de dichos antepasados. El poder religioso supremo y estos antepasados estaban íntimamente ligados en un primer momento, pero esa vinculación se debilitó con el paso del tiempo en beneficio de la autoridad religiosa. El "poder de los antepasados" quedaría limitado a los asuntos cotidianos y a "procurar el bienestar" de sus descendientes. Mediante el matrimonio, la mujer se integraba en el linaje del esposo, por lo que se sentía más vinculada a la familia paterna. Se mantenía la devoción por la descendencia, como se demuestra en el interés mostrado por muchas viudas en la educación de los hijos adoptivos de sus maridos, fallecidos sin descendencia. La vida familiar determinará muchas de las virtudes chinas. Nadie podía llevar una vida social independiente hasta la muerte de los padres o los suegros, ya que la esposa les debía obediencia (xiao), de la misma manera que su hijo. Es lógico pensar que dicha esposa quedaba sujeta al marido mientras éste viviera y a la familia de él si fallecía. Incluso el propio Estado legislaba para apoyar esta obediencia filial, ya que un padre o una madre viuda podía solicitar la ejecución de un hijo y el tribunal debía dictar sentencia a favor de los padres, sin posibilidad de apelación. Otra muestra la encontramos en que los castigos ante delitos cometidos en el seno familiar eran castigados más severamente que ante extraños. Por otra parte, quienes se distinguían en la práctica de esta piedad filial eran recompensados con el reconocimiento oficial y diversos premios, convirtiéndose en modelos a imitar. Existía una verdadera creencia popular en torno a la piedad filial, considerada la responsable de un buen número de pequeños milagros, como librar a los virtuosos de los incendios o reverdecer plantas marchitas. Las diversas ramas familiares convivían a lo largo de generaciones, conservándose los bienes en común y reuniéndose para comer. Las más numerosas llegaban a contar con varios centenares de personas que vivían en común, de manera disciplinada. El Emperador recompensó este tipo de familias hasta la llegada de la dinastía Ming. Esta dinastía consideró peligrosos estos linajes, ya que la mayoría contaba con su propio ejército y las disputas entre ellos eran habituales. La sociedad china estuvo basada en la subordinación, de las nuevas generaciones a las viejas y de las mujeres a los hombres. La proximidad del parentesco especificaba la intensidad de las relaciones y de las obligaciones del sujeto, en el centro de esas relaciones. Lógicamente, el sistema chino de autoridad y obediencia no se creó desde el primer momento de la historia china y tuvo diversas fluctuaciones. Con motivo de la invasión de China por dinastías extranjeras surgieron problemas con respecto al matrimonio con la viuda de un familiar fallecido, algo execrable para la estructura social china. También surgieron problemas en la época de las Primaveras y Otoños. Confucio consideró la devoción al progenitor por encima de la debida al Estado, considerando incluso que un hijo debía proteger al padre responsable de un crimen. Durante la dinastía Qin se realizó el único intento de quebrar la cohesión familiar al obligar a los hijos segundones a apartarse de los padres cuando alcanzaran la edad adulta, amenazando con sanciones fiscales si no se producía la emancipación. Pero los Han recuperaron la estructura familiar clásica, incluso obligando a los funcionarios a abandonar el trabajo durante los 27 meses de duelo que seguían al fallecimiento de los padres, prolongando de esta manera la estructura social al Estado. Serán las leyes relacionadas con la herencia las que quebraron la estructura familiar. Durante el periodo imperial fue obligatorio que los herederos varones repartiesen las propiedades de una manera casi igualitaria, lo que evitó las acumulaciones de riqueza. Para evitar esta obligación, los clanes familiares fundaron propiedades colectivas que pusieron en manos de un administrador, abandonándose la práctica de grandes latifundios transmitidos de generación en generación.
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Llegada la hora del matrimonio, en torno a los veinte años, el incesto quedaba rechazado, incluyendo la prohibición de matrimonio entre primos. Antes de la edad de matrimonio, los jóvenes vivían en casas exclusivas para varones. Generalmente el matrimonio era concertado por las familias; la elección solía hacerla el padre del chico o el de la muchacha. Cuando uno de estos jóvenes solicitaba matrimonio a una muchacha, debía aportar dote, y tras el matrimonio tenía que trabajar de 4 a 6 años en casa de los suegros. Era el cacique quien, tras la ceremonia, conducía a la pareja a la casa. No parece que se valorase especialmente la virginidad antes del matrimonio, tampoco en las mujeres. Si los contrayentes eran dos viudos, el matrimonio se realizaba sin ninguna ceremonia especial; bastaba que el hombre fuera a casa de la mujer y ésta lo aceptara; esto facilitaba la volatilidad de las uniones. No solía consentirse la poligamia, al menos en la región del Yucatán. Esta afirmación, hecha por Diego de Landa, debe referirse a los indios del común, pues sí parece haberse generalizado la poligamia entre los gobernantes, como una fórmula de consolidación de poder. En general, las hijas no solían heredar, esto era exclusivo de los varones, y solo "por caridad", según Landa alguna vez se dejaba herencia a las mujeres. Si eran menores, se hacían cargo de ellos los hermanos del padre. Igualmente, para la sucesión de los señores, recaía sobre los hijos varones o sobre los hermanos del difunto. Se permitía el divorcio, y entonces los hijos se iban con el padre y las hijas con la madre. No había problema si el matrimonio roto decidía volver a convivir. Estaba mal visto que un viudo o viuda se casara antes de un año. El adulterio era castigado: al hombre con la muerte; a la mujer, le bastaba con la infamia como castigo. Gráfico Las indias criaban a sus hijos. Practicaban la deformación craneal, colocando a los cinco días de nacer la criatura, dos pequeñas tablas que modelaban su cabeza. Los llevaban desnudos, y hacia los cinco años los cubrían levemente, tanto a niños como a niñas. Las madres criaban con su leche a los hijos hasta los tres o cuatro años. Cuando quitaban las tablas de la cabeza a las criaturas, las llevaban al sacerdote para que les impusiera un nombre. Eran religiosas, y practicaban muchos rituales, pero siempre en el ámbito doméstico. Pocas veces iban a ceremonias religiosas públicas. En cualquier caso, el pueblo maya era muy devoto, y tenían un fuerte sentido de la vida de ultratumba. Creían que los difuntos empezaban otro género de vida tras la muerte, y que allí encontrarían premio o castigo, según hubiera sido su comportamiento en la vida terrena.
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La familia tradicional romana estaba constituida por el padre, su mujer, dos o tres hijos o hijas, los esclavos domésticos y los antiguos esclavos, ahora liberados, denominados libertos. Se trata de una familia absolutamente patriarcal donde el pater familias controla todo el poder sobre los demás miembros así como la disponibilidad de los bienes que poseen. La familia será uno de los elementos esenciales de la sociedad romana. Pertenecer a una familia vinculaba la posesión de derechos de ciudadanía por lo que los que perdían los derechos ciudadanos se veían excluidos de la posibilidad de formar una familia. Diversas familias forman una gens, caracterizada por la posesión de diferentes elementos que la identifican como el ritual funerario o el culto a los antepasados comunes. La importancia de la gens alcanzará su momento culminante durante la monarquía y los primeros años de la República. El pater familias es la pieza clave de la familia. Subordinados a su autoridad se encuentran todos los demás miembros: esposa, hijos -ya estén casados o no- esclavos, libertos, serviles. Todo ciudadano romano que no tuviera ascendentes varones vivos era un pater familias. A la muerte del padre, los hijos se convertían en sus propios pater familias. El matrimonio romano es un acto privado, ningún poder público tiene que sancionarlo y no existen contratos matrimoniales. Bien es cierto que conocemos procedimientos matrimoniales, en concreto tres: el más antiguo se manifiesta cuando el pater familias posee a su familia durante un año ininterrumpidamente pudiendo ser disuelto cuando pasa tres noches consecutivas fuera del lecho conyugal. El segundo procedimiento consiste en la realización de un sacrificio en honor de Júpiter ante su sacerdote y el Pontífice; el sacrificio consiste en la ofrenda de un pan de trigo. El tercero era una falsa compra que se realizaba en presencia del padre de la novia, cinco testigos y el portador de la balanza. El segundo componente familiar eran los hijos. Hijos eran considerados aquellos niños y niñas nacidos del matrimonio que eran aceptados por el pater familias. El decidía sobre la anticoncepción o el aborto pero si el niño nacía debía aceptarlo o no como hijo. Por eso se depositaba al recién nacido a los pies del pater; si levantaba a la criatura era considerada hijo/a pero si no quedaba excluido de la familia, exponiéndose a la puerta del domicilio o en algún basurero público donde lo recogerá alguien que lo desee. Las criaturas malformadas eran expuestas o ahogadas -Séneca dice que "Hay que separar lo bueno de lo que no sirve para nada"-. Los pobres solían abandonar a aquellos bebés que no podían alimentar. Si el bebé era aceptado se integraba en la familia al octavo día del nacimiento cuando se le imponía el nombre individual -praenomen- y se le colgaba una pequeña cápsula de metal -bulla- rellena de sustancias que poseían propiedades favorables en una ceremonia llamada ilustratio. Dada la elevada mortalidad infantil era bastante posible que la línea familiar se perdiera a la muerte del pater por carecer de herederos. Para evitar esto se instituyó la adopción, ceremonia de carácter privado celebrado delante de un magistrado en el que se separaba al adoptado de la patria potestas de su padre natural y se procedía a su integración en la familia del padre adoptivo. Como hemos comentado el pater tiene la potestad sobre los esclavos de su familia. Sólo él podrá manumitir al esclavo que pasará a ser liberto, adoptando el gentilicio de su patrono y estableciendo una serie de obligaciones jurídicas y materiales con el pater. El pater familias tiene también las prerrogativas religiosas de la familia, especialmente en los relacionado con el culto doméstico. Tres elementos forman este culto: el culto al hogar -constituido por Lares y Penates-, el culto al Genius -principio de la fertilidad- y el culto a los Manes -los antepasados-. No es de extrañar que el pater tuviera la potestad de imponer castigos, mancipar -vender- a los hijos o concertar sus matrimonios, normalmente a edades muy tempranas como los siete años. En el acuerdo matrimonial se establecía la dote y el día de la boda. El divorcio era legal aunque sólo estaba justificado en determinados casos como "el adulterio, el beber vino o la falsificación de la llave de la cella vinaria". Durante el Alto Imperio el fenómeno se generalizará y se agilizarán los trámites necesarios. Los poderes del pater también se proyectaban sobre los bienes de la familia ya que ningún miembro puede tener o adquirir bienes propios. A partir del siglo II a.C. la familia sufre una evolución acorde con los tiempos, manifestada especialmente en una limitación de las prerrogativas del pater. También se manifiesta una evolución en la atribución a la madre de determinadas potestades, concretamente en la posibilidad de ejercer la custodia sobre los hijos en el caso de tutela o si existe una conducta reprochable en el marido. El derecho de vida o muerte del padre sobre los hijos desaparece e incluso se castiga a los parricidas con el exilio. También se aprecia una limitación de las prerrogativas sobre la esposa. En el Imperio se manifiesta una tendencia hacia el descenso de la natalidad entre los miembros de los ordines, el grupo privilegiado por excelencia. Para evitar la desaparición de esta clase social, Augusto estableció una serie de leyes que obligaban a los hombres entre 25 y 60 años a contraer matrimonio mientras que las mujeres debían hacerlo entre los 20 y los 50 años. De estos matrimonios debía nacer al menos un hijo legítimo. Durante el Bajo Imperio la patria potestas se limitará casi al máximo, castigándose con la muerte el asesinato de recién nacidos o la exposición, excluyendo el derecho a disponer del matrimonio de los hijos o disponiendo que los hijos pudieran recibir la herencia de la madre. La llegada del cristianismo provocó la realización de un acto donde se bendecía religiosamente el matrimonio y la limitación del divorcio a tres supuestos: adulterio femenino, que la esposa fuera alcahueta o se dedicara a violar tumbas.
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El matrimonio debía realizarse pronto ya que fundar una familia era de gran importancia en la sociedad egipcia. La edad adecuada para ese matrimonio sería 20 años para el hombre y entre 15 y 18 para la mujer. Estos enlaces solían ser concertados entre los miembros de la familia, siempre dentro de la misma clase social. El permiso del padre para llevar a cabo la boda era un requisito imprescindible. Concertado el matrimonio, se procedía a la redacción de un contrato en el que se incluían las aportaciones y los derechos de ambos cónyuges, en términos de igualdad, lo que resulta chocante. Para la celebración del matrimonio no era necesaria ninguna ceremonia. Existía el divorcio al ser una de las partes repudiada, lo que motivaba el abandono del hogar por parte de uno de los cónyuges, generalmente la mujer. El marido debía mantener a la ex-esposa. El adulterio podía ser castigado hasta con la muerte, especialmente si la adúltera era la mujer. Pero, según los textos que nos han quedado, la sociedad egipcia no era excesivamente machista. El objetivo del matrimonio era la procreación para asegurar el linaje y un decoroso entierro para los padres. La criatura sería amamantada por la madre en los tres primeros años. Parece ser que no transcurría mucho tiempo desde el destete al inicio de la educación. El padre solía dirigir el proceso educativo, enseñando al hijo el oficio familiar en el taller o la tienda. El niño se iniciaría así como aprendiz, sistema que se continuará en los gremios medievales.