Allá por los albores del siglo IV de nuestra era paseaban sus banderas triunfantes por el sur de Mesoamérica unas gentes que eran mitad guerreros, mitad mercaderes. No sabemos de qué manera se llamaban a sí mismos, pero los aztecas, mucho después, denominaban a su ciudad capital Teotihuacán, una inmensa urbe, la más grandiosa que los indios americanos construyeron jamás, cuyas ruinas cubren alrededor de veinte kilómetros cuadrados en el altiplano central de México, cerca del moderno Distrito Federal. Estos teotihuacanos dominaron una red de rutas comerciales hasta Guatemala, y fundaron colonias o embajadas mercantiles un poco por todas partes. Justo al lado de la ciudad de Guatemala ocuparon un sitio de nombre Kaminaljuyú, y desde él se adentraron en las selvas yucatecas dispuestos a obtener las plumas ricas, las pieles del jaguar y del venado, el copal, la resina del chicozapote, la cal, y otros productos vegetales o minerales que sólo existen en la tierra caliente. El reino más poderoso en ese tiempo, o quizá el lugar central, mejor situado para las incursiones comerciales, era Tikal, y allí se establecieron los teotihuacanos, no sin apoyo militar -los mayas designaban a los forasteros, al parecer, como el pueblo del lanzadardos, un arma superior a las lanzas locales-, y fundaron una dinastía que dio reyes famosos como Cielo Tormentoso (hacia 435 d.C.). Portaban además un arma de efectos más contundentes porque repercutían en la economía de Mesoamérica, la obsidiana, el vidrio volcánico útil para cortar en unos países donde no se conocían los metales; el monopolio de la obsidiana, sobre todo de la bella variedad verde extraída cerca de la metrópoli, en Pachuca, dio a los teotihuacanos su Imperio en los cuatro puntos cardinales. Pero la hipertrofia de ese gigantesco Estado condujo a la bancarrota final, a mediados del siglo VII en el altiplano de México, y antes en las selvas mayas; Tikal y otros lugares se vieron libres de extranjeros, pero algo del espíritu emprendedor, del estilo político y de las fórmulas religiosas teotihuacanas quedó para siempre en Guatemala y Yucatán. Los dioses dinásticos del período Clásico Tardío, los antepasados fundadores, guardaron desde entonces cierta semejanza con el dios nacional y étnico de los hombres del lanzadardos, la famosa deidad acuática Tláloc, a la que los aztecas concedieron más tarde el honor de compartir el Templo Mayor de Tenochtitlan con su numen guerrero Huitzilopochtli.
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Hacia el siglo V a.C., una buena parte del norte y centro de Italia está controlada por los etruscos. Al sur de la península, en los litorales costeros, se halla la Magna Grecia, territorio dominado por los griegos, mientras que los cartagineses están asentados en Cerdeña y parte de Sicilia. A finales del siglo siguiente, Roma, apenas un pequeño enclave en territorio etrusco, inicia su expansión. Después de las guerras samnitas, del 343 al 290 a.C., ya controla toda la Italia central, iniciando la ocupación de la Magna Grecia. Hacia el año 218 a.C., Roma ha conseguido dominar toda la península italiana, Córcega, Cerdeña, Sicilia y parte de la costa de Iliria. Muy poco después, hacia el año 202, el mundo romano se amplía por las costas del sur y este de la península Ibérica, así como por el litoral mediterráneo de Francia. En el año 100 a.C. Roma controla buena parte del Mediterráneo, fraccionando sus posesiones en provincias. Hispania es dividida en Ulterior y Citerior; la Galia romana se organiza en Narbonense y Cisalpina. Además, se han establecido otras provincias romanas en Africa, Macedonia, Acaya, Asia y Cilicia. Cuando muera César, en el año 44 a.C., se habrá sumado al mundo romano toda la Galia. También serán provincias romanas el Africa Nova, Cirene y Creta. Por último, se han incorporado las provincias de Bithinia-Pontus, Cilicia, Chipre y Siria.
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Al contrario que Polonia o Turquía, el siglo XVII es el del nacimiento de Rusia como una potencia europea, reconocida como tal por las demás y capaz de enfrentarse a ellas en el terreno militar. Es el siglo de la expansión territorial en Europa y del avance por Siberia. El impulso mayor vendrá a fines de siglo con Pedro I el Grande, pero ya desde el establecimiento de los Romanov, una vez superadas las turbulencias internas, se había iniciado una firme trayectoria. Durante el período 1613-1682 los tres primeros zares Romanov empezaron la reconstrucción de Rusia y la restauración de los hábitos e instituciones, por encima de las intrigas de las familias boyardas, agotadas tras la época "de las perturbaciones", que habían provocado la intromisión de países extranjeros en las cuestiones internas. La situación interior fue lo suficientemente sólida como para poder reanudar una política conquistadora. La ayuda prestada a Polonia frente a la invasión sueca y la sublevación de los cosacos del Dniéper le permitieron obtener por el Tratado de Andrusovo de 1667 la Ucrania oriental, con Kiev y Smolensk, cuya posesión le discutirá en los decenios siguientes el Imperio otomano. Sólo en 1681 el sultán reconoció el dominio ruso sobre la orilla izquierda del Dniéper, región que inmediatamente fue colonizada con numerosos inmigrantes y dotada de una administración dependiente de Moscú. El siguiente enfrentamiento con la Sublime Puerta ocurrió con motivo de la constitución de la Liga Santa, a la que Rusia se unió en 1686. Las campañas de Crimea (1687-1689) resultaron un fracaso y provocaron la caída de la regente Sofia. Sin embargo, la campaña del mar de Azov (1697-1699), llevada a cabo por Pedro I, se saldó favorablemente y la región le fue cedida en el Tratado de Karlowitz (1699). Así conseguía el Imperio ruso por primera vez una salida al Mar Negro y aseguraba la frontera sur ante los tártaros. Las grandes conquistas de Pedro I habrían de llegar con el nuevo siglo. Su participación en la Gran Guerra del Norte (1700-1721) junto a daneses y polacos contra Suecia, le habrían de deparar definitivamente la tan anhelada salida al Báltico. La paz de Nystadt de 1721 ratificó su dominio sobre las regiones conquistadas, Ingria, parte de Carelia, Estonia y Livonia, es decir, la porción de costa existente entre el río Dvina y Finlandia. La posesión de ciudades como Riga, Reval o Viborg consolidaron su hegemonía en el Báltico oriental, facilitada por el hundimiento de Suecia tras el fracaso de las campañas de Carlos XII. La fundación de San Petersburgo en 1703, a orillas del río Neva, manifestó claramente la intención de Pedro I de convertir a Rusia en un país plenamente europeo, con una ventana abierta a Occidente, símbolo de la nueva Rusia que se abría a las ideas que llegaban con el naciente siglo. Todos estos contundentes éxitos no hubieran sido posibles sin la reforma del ejército ruso. Mal equipado y mal adiestrado, la necesidad de su reforma se hizo evidente en la campaña de Azov. Pedro I contrató a oficiales alemanes, polacos e ingleses para la enseñanza de las tropas. Se crearon academias militares, y se obligó a la nobleza terrateniente a prestar servicio militar obligatorio y a los campesinos a dar al ejército los hijos no necesarios para las prestaciones agrícolas. El equipamiento también fue renovado a base de armas de fuego de diferentes calibres, que en un principio se compraban en el extranjero y más tarde produjo la propia industria. Ya en 1632 el holandés Vinius creó la primera gran manufactura de armas de fuego, y se realizaron prospecciones por todo el territorio para descubrir yacimientos de los minerales necesarios. A comienzos del siglo XVIII, Rusia contaba con un ejército respetable y bien entrenado, capaz de defender, e incluso ampliar, tan extensas fronteras.
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El café fue el producto de la agricultura tropical que conoció una de las más rápidas y notables expansiones, a tal punto que el consumo mundial aumentó durante el siglo XIX a un ritmo superior al crecimiento de la renta de los países desarrollados. El mercado más importante fue el norteamericano, que en la década de 1880 absorbía el 40 por ciento de la demanda mundial. En Europa, los mercados más destacados fueron Francia y Alemania. El dinamismo de la demanda exigió una rápida respuesta de los posibles productores. La expansión de sus cultivos transformó el paisaje de las regiones intertropicales de media altura, tanto en Brasil (Sáo Paulo), como en algunas zonas de Colombia, Venezuela, México y América Central y desplazó a los productores tradicionales, establecidos en las Antillas, que vieron peligrar las posiciones adquiridas en el pasado. Desde la década de 1810, Brasil había tenido un gran desarrollo cafetero y entre 1821/25 y 1851/55 las exportaciones de café pasaron de 208 sacos anuales a 2.514 miles de sacos, con un ritmo de crecimiento de casi el 9 por ciento. En 1898, las exportaciones brasileñas llegaron a casi 25 millones de libras esterlinas (prácticamente el mismo nivel que las argentinas) y a principios del siglo XX Brasil controlaba más del 70 por ciento del comercio mundial del café. Gracias a ello, los terratenientes brasileños, especialmente los paulistas, se situaron en una posición de mayor fuerza que la de sus restantes colegas hispanoamericanos y estuvieron en condiciones de defenderse mejor de las oscilaciones de los precios en el mercado internacional y de las presiones de los grandes comerciantes. En 1906, los productores brasileños decidieron almacenar los excedentes disponibles para enfrentar una seria crisis de sobreproducción. Las existencias se venderían de forma gradual, a fin de evitar la caída en picada de los precios. Del sistema no sólo se beneficiaron los productores, sino también los bancos que los habían financiado. La costumbre de retener las cosechas del café en épocas de sobreproducción y precios bajos se extendería en el futuro, pese a sus costos elevados. Este mecanismo sólo fue posible por el auxilio financiero del Estado y el gobierno central y el del estado de Sáo Paulo se alternaron en subsidiar a los exportadores del café. En 1930, en medio de la Gran Depresión y de la pavorosa contracción del comercio internacional, el sistema se desplomó definitivamente. Hay que tener en cuenta que en esas fechas las reservas de café que no encontraban salida en el mercado se habían ido acumulando de forma considerable desde 1924. En medio de la crisis, buena parte del café acumulado debió utilizarse como combustible con el que alimentar calderas. Si bien puede sonar paradójico, la práctica brasileña de proteger su producción del desplome de los precios causado por la sobreproducción no sólo benefició a los productores locales, sino también a otros exportadores latinoamericanos, como los colombianos, cuyas exportaciones se expandieron considerablemente a la sombra del paraguas protector brasileño, que permitía mantener precios altos en los mercados internacionales. En efecto, Colombia pasó de exportar una media anual de más de 220 mil sacos en el quinquenio 1880/84 a casi 617 mil en el período 1905/09. El café se convirtió en el motor del crecimiento económico brasileño, ya que su explotación mediante técnicas extensivas supuso un alto consumo de tierra y mano de obra. La abundante y barata oferta de tierras permitía que una vez agotadas las tierras en cultivo, éstas se pudieran abandonar fácilmente y trasladar las explotaciones a un nuevo emplazamiento. De este modo, la frontera cafetera se desplazaba continuamente hacia el interior, hacia el Oeste, en busca de nuevas zonas que roturar, ya que la mayor parte de las explotaciones tenía lugar en el marco de la gran propiedad. La abundante mano de obra requerida recibía una parte de su pago en dinero y la otra en especie. Para satisfacer la gran demanda de trabajadores, que había sido el principal problema del sector en las décadas centrales del siglo XIX, los terratenientes paulistas recurrieron a los inmigrantes (en su mayoría italianos, pero también numerosos españoles). El flujo inmigratorio fue considerable y antes de 1914 llegaron al país casi 2 millones de personas, que fueron insuficientes para cubrir todas las necesidades existentes. El principal atractivo que países como Brasil o Argentina tenían para los inmigrantes europeos eran sus condiciones económicas, especialmente el nivel salarial, mejores que las existentes en sus lugares de origen. En estos mismos países las posibilidades de enriquecimiento y ascenso social también eran mayores y si bien la vida del inmigrante era muy dura, y por cada uno que hacía la América había muchos cuya experiencia no podría catalogarse como exitosa, sus condiciones de vida poco tenían que ver con la miseria que habían dejado atrás. En la dedada de 1920 se incrementó el número de italianos propietarios de explotaciones cafeteras en la región de Sáo Paulo. En definitiva, se puede señalar que las expectativas de los inmigrantes frente a los países receptores eran muy elevadas. El crecimiento demográfico repercutió en las ciudades y Sáo Paulo, el principal centro cafetalero, pasó de 65.000 habitantes en 1890 a 350.000 en 1905. Las circunstancias bajo las cuales se producía el café en otros países del continente eran muy distintas a las brasileñas, especialmente por el comportamiento de los factores de producción (tierra, trabajo y capital). Mientras en Brasil había una gran abundancia de tierras vírgenes que permitían ampliar de un modo casi indefinido la frontera del café, en la zona delimitada por los ríos Paraná, Paranapanema y Grande, en los restantes países existía una mayor disponibilidad de mano de obra. Esta provenía de un importante crecimiento demográfico (como en Colombia o El Salvador) o bien de la mayor vinculación de las comunidades indígenas con la economía de mercado (Guatemala), lo que obligó a sus miembros a trabajar a cambio de un salario. Sin embargo, en todas partes se observa una cierta expansión de la frontera cafetera, aunque a costa de otros cultivos. En Colombia, por ejemplo, la producción que estaba concentrada en el departamento de Cúcuta se expandió a los de Pamplona y Ocaña. Los sistemas de explotación del café dependían básicamente del régimen de propiedad de la tierra existente y variaban de un país a otro, de una región a otra. En Guatemala y México encontramos grandes haciendas cafetaleras, mientras en Colombia predominaba la mediana explotación y también nos encontramos con haciendas a cargo de arrendatarios. Pese a esta diversidad, en casi todos los casos destacaba la debilidad de los productores frente a los comerciantes. Uno de los motivos de esta debilidad era la escasa flexibilidad del cultivo del café para reaccionar con rapidez a las variaciones de la demanda. Cuando por fin habían madurado los cafetos sembrados en una coyuntura de aumento de precios, el productor se podía encontrar con que la situación había cambiado radicalmente y que sus nuevas plantas incrementaban los efectos de la sobreproducción y de la caída de los precios, dado su prolongado tiempo de maduración. La especulación estaba a la orden del día y era favorecida por las variaciones estacionales de los precios y por las oscilaciones de los mercados internacionales, debidas especialmente a las crisis de sobreproducción. Las crisis se repetían con cierta frecuencia: 1896, 1906, 1913. Gracias a ellas los comerciantes alemanes establecidos en Colombia pasaron a controlar el 60 por ciento de las tierras dedicadas al cultivo del café, que explotaron más productivamente que las haciendas controladas por los terratenientes locales. Tras la Primera Guerra Mundial, los productores brasileños continuaron con su política de sostenimiento de los precios, especialmente a partir de 192,4, cuando la sobreproducción se hizo permanente. En Sáo Paulo se creó el Instituto del Café, encargado de comprar la totalidad de la producción brasileña, pagando un precio sostén. Y si bien esta práctica permitió mantener elevados los precios, también perpetuó la sobreproducción. Se trataba de un círculo vicioso, ya que la misma existencia de precios altos estimulaba los cultivos, al carecer los productores de estímulos para disminuirlos. Los productores sabían que el Estado subsidiaría sus cosechas mediante el pago de un precio superior al que se pagaba en los mercados internacionales, de modo que no estaban interesados en reducir sus explotaciones.
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A partir de la muerte de Cristo comenzó la difusión de su doctrina, a lo largo de todo el Imperio romano, por parte de sus seguidores. Partiendo de Jerusalén, la nueva religión encontró sus centros de cristianización principales en Roma y Bizancio. Roma se encargó de expandir la doctrina por la parte occidental del Imperio, apoyándose en Toledo, Armagh y Reims. Desde Bizancio partió la cristianización del Este de Europa y Rusia. También fueron creados numerosos centros metropolitanos, como los de Santiago, Burdeos, York, Tréveris, Milán, Salónica o Alejandría, entre otros muchos. Durante el siglo I, las zonas cristianizadas se encontraban principalmente en el Mediterráneo oriental, es decir, el Levante, Anatolia, el delta del Nilo y el este de Grecia. También ya habían sido fuertemente evangelizadas Cartago, la región de Roma, Iliria y los enclaves de Vienne, Tarragona y Zaragoza. A fines del siglo V la cristianización se ha extendido por todo el Mediterráneo, alcanzando, en el norte de Europa, a Irlanda y el oriente de Inglaterra. Entre los siglos VII y IX se completa la cristianización de Inglaterra y Alemania. Finalmente, hacia el siglo X la religión cristiana alcanza a amplias área del oriente y Norte de Europa.
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A la muerte de Mahoma, en el año 632, el mundo islámico ha experimentado una rápida expansión, que le ha llevado, a partir de las ciudades santas de Medina y La Meca, a asentarse en buena parte de la península Arábiga. Entre los años 632 y 656, los cuatro primeros califas consiguen que el Islam se expanda por toda Arabia, Egipto, Siria, Irán y el Jurasán. Muy importante va a ser la expansión musulmana con la dinastía omeya, alcanzando, por el Oeste, a todo el Magreb, la península Ibérica y Sicilia, y por el Este, la Transoxiana y el Sind. Hacia el año 1250, el mundo musulmán, pese a perder la mitad de la península Ibérica, ha logrado avanzar hacia el sur en el Magreb y se ha extendido por la costa oriental de Africa. Además, son zonas islámicas buena parte de Anatolia, la región de Kazán, las tierras entre los mares Caspio y Aral y el norte de la India. Pese a que los cristianos han acabado de reconquistar la península Ibérica hacia el 1500, es entonces cuando el Islam alcanza su máxima extensión. En esa fecha la religión musulmana llega a toda la mitad norte de Africa y avanza por la costa oriental y Madagascar. También ha vuelto a penetrar en Europa por Grecia y los Balcanes, mientras que controla ya una gran extensión del sur de Rusia, casi toda la India y zonas Malasia, Sumatra y Java.
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Los historiadores han elaborado, a partir de estas fuentes, una versión de los hechos admitida en su conjunto. Estos acontecimientos tienen lugar en un contexto histórico que es preciso recordar brevemente. A principios del siglo VIII la conquista musulmana se había extendido hasta el Atlántico y hasta la orilla marroquí del estrecho de Gibraltar. El inmenso imperio musulmán que se estaba edificando lo gobernaba desde Damasco el califato omeya, régimen dominado por los aristócratas árabes cuyos elementos dirigentes pertenecían al grupo qurayshí, que había dominado políticamente La Meca antes del Islam. Eclipsado durante un corto período de tiempo por los compañeros más próximos al Profeta, este grupo había recuperado el poder al socaire de la gran crisis de los años 656-661 y había instaurado un Estado centralizado que tenía bastante bien controladas las provincias al tener la facultad de nombrar y destituir gobernadores. En este marco, a la vez religioso y político, la etnia árabe jugó un papel dominante. Las guarniciones que controlaban militarmente el conjunto y que, en principio, estuvieron asalariadas, estaban constituidas principalmente por elementos tribales árabes instalados en las provincias conquistadas, sobre todo en los núcleos urbanos más importantes o en su alrededor. Uno de los mayores problemas de este grandioso edificio político era el de las relaciones del elemento árabe dominante con los pueblos conquistados. Ciertos historiadores, como Shaban, consideran incluso que esta rivalidad entre facciones tribales de árabes del norte (qaysíes) y del sur (yemeníes), que existía desde mucho antes pero que provocaba conflictos cada vez más frecuentes e inquietantes para la solidez del régimen tras la muerte del califa Abd al-Malik en el 705, no sería de hecho más que la traducción en términos tradicionales de una oposición entre dos tendencias políticas: la que quería mantener un dominio árabe duro (los árabes del norte o qaysíes) y la de los yemeníes, que aceptaba una evolución hacia una mayor integración de los elementos musulmanes no árabes surgidos del movimiento de conversión al Islam de los pueblos conquistados.
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La conquista de México produjo un proceso expansivo del que resultaron dos conquistas frustradas, las de Las Hibueras y la de California, ambas intentadas por Cortés, y otras dos efectivas, las de Nueva Galicia y Yucatán. El último de estos territorios formaría luego gobernación independiente, aunque estuvo integrado en el virreinato novohispano. Cuando Hernán Cortés supo, en 1522, la noticia de la vuelta al mundo dada por Sebastián Elcano, dispuso la salida de una expedición al sur de México, concretamente al Golfo Dulce, donde suponía que podía existir un estrecho mejor que el de Magallanes. La mandó Cristóbal de Olid, quien se alzó contra su jefe. Cortés decidió entonces ir en persona a descubrir y conquistar el Estrecho. Fue su famosa expedición a las Hibueras. Partió de la capital con un enorme ejército (demostrando así su proyecto conquistador) y un gran séquito, en el que iban personas tan notables como el monarca azteca Cuauhtemoc y su primo el rey de Tacuba. Descendió a Orizaba y atravesó los Tuxtlas hasta Coatzalcoalcos y los Ahualulcos. Acosado por las penalidades de la selva y la falta de alimentos, llegó a temer una rebelión indígena instigada por sus rehenes y mandó ahorcarles. Fue un acto cruel que lamentaron casi todos los españoles que le acompañaban. Bernal Díaz afirma: "Y antes que los ahorcasen (a Cuaúhtemoc y al señor de Tacuba) los fueron confesando los frailes franciscos con la lengua de doña Marina: e yo tuve gran lástima del Guatemuz (Cuaúhtemoc) y de su primo, por haberles conocido tan grandes señores... Y esta muerte que les dieron muy injustamente dada, y pareció mal a todos los que íbamos en aquella jornada". Cortés salió de la selva por la provincia de Naco, Puerto Caballos y llegó al fin a Trujillo, en Honduras, donde encontró la gente de Gil González Dávila y Francisco de Casas. Decepcionado por no hallar el estrecho, regresó a México por mar y puso todo su empeño en organizar expediciones para descubrir otras islas de la Especiería en la Mar del Sur. De ello resultó la expedición de Alvaro de Saavedra a las Molucas. Hernán Cortés marchó luego a España. Durante su estadía en Europa, el presidente de la Audiencia de México don Nuño de Guzmán aprovechó la ocasión para realizar una campaña militar en el norte de México, donde se aseguraba que había grandes riquezas. Reunió una fuerza de 500 hombres y unos 12.000 indios y salió de la capital mexicana a fines de 1529. Don Nuño se dirigió hacia Toluca y la región tarasca, realizando una campaña muy cruel contra los indios. Incluso mandó quemar al cacique Caltzontzin. Pasó luego a Tonalá, donde dio una gran batalla y dividió su fuerza en tres escuadrones, mandados por él, por Cristóbal de Oñate y por Peralmíndez Chirino. La tropa de Oñate sojuzgó varios poblados indígenas, entre ellos Nochistlán, donde se fundó la villa del Espíritu Santo de Guadalajara. En 1530, Nuño de Guzmán consideró conquistada la mayor parte del territorio que bautizó como Castilla la Nueva de la Mayor España y procedió a trasladar Guadalajara a Tonalá. En 1535 se fundó Santiago de Compostela, con ánimo de que fuera la capital de aquel gran territorio. Con el transcurso de los años, Compostela perdió importancia y la adquirió en cambio Guadalajara. Cortés había vuelto ya a México, con la intención de descubrir nuevas islas especieras en la costa pacífica mexicana, donde creía que existían (el Rey había renunciado a las Molucas en 1529). En 1533, envió dos naves desde Santiago (Manzanillo) con los capitanes Hernando de Grijalba y Diego Becerra. El primero descubrió el archipiélago que luego se llamó de Revillagigedo y regresó a Acapulco. El segundo, Becerra, descubrió la Baja California, llegando a la bahía de la Paz, donde los indios mataron a la mayor parte de los tripulantes. La nave regresó con los supervivientes a Jalisco y fue capturada por Nuño de Guzmán. En 1535, Cortés en persona dirigió una expedición a California con el propósito de conquistarla. Embarcó su tropa en tres naves en el puerto de Chametla y alcanzó Santa Cruz. Desde allí envió dos de sus buques por colonos a Chametla, pero uno embarrancó en la costa de Jalisco y el otro tardó mucho tiempo en reunir los colonos. Cortés se impacientó y fue en busca de refuerzos con la tercera nave. Una vez conseguidos, volvió a Santa Cruz dispuesto a colonizar California. Le llegó entonces la noticia de que había arribado a México un virrey que reclamaba su presencia, lo que le obligó a abandonar la conquista. Posteriormente, en 1539, Cortés envió una cuarta y última expedición a la costa californiana con tres naves mandadas por Francisco de Ulloa. Este marino costeó hasta el Golfo de las Perlas, Mar Bermejo o Mar de Cortés, comprobando que California era una península y no una isla, como se creía. En cuanto a la conquista de Yucatán, fue tardía y difícil. La desintegración del antiguo imperio maya había ocurrido hacía muchas décadas y el territorio agonizaba, dividido en pequeños cacicazgos independientes que fue preciso dominar uno por uno. La conquista fue capitulada en 1526 por Francisco de Montejo. Había estado en Centroamérica, en Cuba y en México a comienzos de su conquista. Partió de España en 1527, llevando como lugarteniente a Alonso de Avila. Reforzado luego en Santo Domingo, tocó en Cozumel y desembarcó en la costa yucateca próxima, donde fundó Salamanca. Inició su conquista por el norte de Yucatán, mediante una larga correría cuyo objetivo era localizar la capital del territorio. La encontró al fin, Chichén Itzá, pero estaba en ruinas desde hacia muchos años. Montejo regresó a Salamanca y desde allí intentó la conquista por el sur de la Península. Fracasado, marchó a México por refuerzos (1528) dejando a Avila en Yucatán. Montejo obtuvo luego la gobernación de Tabasco, que trató de convertir en su plataforma de asalto a Yucatán, conquistándola en 1531. Nuevamente en Campeche, trasladó allí Salamanca. Luego cruzó la península hasta Tulum y Chetumal. La enorme resistencia indígena le hizo renunciar a la conquista en 1535. La continuó su hijo Francisco Montejo El Mozo, a quien el Adelantado dejó su gobierno. El joven Montejo trajo refuerzos de México y lanzó una gran ofensiva desde Champotón en 1540. Recorrió el norte de Yucatán, donde fundó San Francisco de Campeche, y luego se dirigió hacia el interior con ánimo de establecer la capital territorial en T-Hó. Esta ciudad tenía enormes ruinas de cal y canto que le recordó Mérida. La Mérida yucateca fue fundada el 6 de enero de 1542. La ciudad tuvo que hacer frente, seis meses después, a un ataque general de las tribus mayas. Tras éste, Francisco Montejo el Sobrino sometió el noreste de Yucatán erigiendo Valladolid, mientras Montejo El Mozo dominó el oriente. La conquista fue completada por los Pacheco, padre e hijo, que llegaron hasta el Golfo Dulce. En 1544 Yucatán pasó a depender de la Audiencia de los Confines, creada dos años antes.
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El extraordinario aumento de la producción industrial durante estos años centrales de siglo no nos debe hacer olvidar que la agricultura aún desempeñó un importante papel en el conjunto de la producción económica y que sus progresos fueron regulares, aunque lentos. Fue una época de subida generalizada de precios agrícolas, quizás favorecida por la nuevas ciudades y por las posibilidades que la revolución de los transportes ofrecían al desarrollo del comercio internacional. Este crecimiento de la productividad, por otra parte, se vio favorecido por la introducción de abonos (nitrato de Chile, fosfatos) y de máquinas (arados y trilladoras mecánicas) que aumentaron sensiblemente los rendimientos. La producción de trigo por hectárea pasó en Inglaterra de 15 a 20 quintales entre 1850 y 1870.De todas maneras, el fenómeno más característico de estos años tal vez fuera el de la especialización agraria regional, que acabó con la tendencia al policultivo, una vez que el ferrocarril aseguró el transporte de los productos en las mejores condiciones. Ucrania derivó hacia los puertos de Rostov y Odessa su producción de trigo, lo mismo que se hacía desde las tierras del interior de España. Por otra parte, muchas zonas mediterráneas se orientaron hacia la producción de vino, que proporcionó grandes beneficios hasta la aparición de la plaga de la filoxera en Francia, a comienzos de los años ochenta.Lo más característico de la producción industrial en aquellos años fue la construcción del ferrocarril y la estrecha relación que esa empresa estableció con la industria siderúrgica, que tenía que proporcionar el material para la construcción de locomotoras, raíles y material rodante, y con el carbón, necesario para la industria siderúrgica y que, a su vez, necesitaba de las nuevas líneas ferroviarias para ser transportado hasta los altos hornos. El descubrimiento del convertidor Bessemer, en 1856, y la puesta en funcionamiento, a partir de 1864, de los hornos Siemens-Martin fueron avances técnicos que resultaron decisivos en aquel proceso.El Reino Unido mantuvo su papel de líder en estas actividades ya que su producción de hierro le permitió una consistente actividad exportadora durante aquellos años, a la vez que su industria mecánica y sus astilleros (Clyde) se ponían a la cabeza de la producción mundial. De todas maneras, los productos textiles significaban todavía el 62 por 100 del valor total de las exportaciones británicas, a finales de la década de los sesenta, frente al 15 por 100 representado por el hierro y el acero, y el 3 por 100 de la maquinaria.Las cifras de Francia, por el contrario, revelaban un cierto estancamiento de su producción industrial, ya que no estaba en condiciones de satisfacer la demanda generada por la construcción del ferrocarril. Su producción de hulla, 15.000.000 de toneladas métricas a la altura de 1870, equivalía a la octava parte de la producción británica y su producción de hierro fundido (1.400.000 toneladas en 1869) era la cuarta parte de la producción inglesa. En esas condiciones se vio obligada a fuertes importaciones para construir sus ferrocarriles ya que el hierro francés sólo podía abastecer el 70 por 100 de sus necesidades.Los Estados alemanes, por el contrario, extremaron las precauciones para no depender en exceso de las exportaciones británicas. Su producción de carbón, desdeñable a comienzos de siglo, suponía ya un tercio (31.000.000 de toneladas) de la producción inglesa a mediados de los años sesenta, y la producción de hierro fundido experimentó un espectacular auge desde mediados de siglo, lo que le permitió proporcionar la cuarta parte del material necesario para su propio tendido ferroviario.