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Para los cristianos occidentales, la expectativa de peregrinar a Jerusalén y obtener indulgencias y gracias especiales se encuadra dentro del auge general de las peregrinaciones, práctica piadosa encaminada también a otros grandes centros como Santiago de Compostela y Roma, en la que se ponía de relieve la condición fugaz de esta vida como camino hacia la otra (homo viator), pero añade un elemento peculiar pues hablar de Jerusalén -prácticamente desconocida para los occidentales en su realidad física- evocaba la imagen de la Jerusalén Celestial, de la perfección del nuevo Cielo y la nueva Tierra que surgirían tras la segunda venida de Cristo. No en vano los mapas simbólicos de aquellos siglos situaban a la ciudad en el centro del orbe. La cruzada se alimenta, así, de una concepción religiosa escatológica, convencida del próximo fin de los tiempos, del que sería anuncio la peregrinación a la Jerusalén terrestre y su conquista por los cristianos. El Papa, al promover la cruzada, acrecía su prestigio y el peso de su primado, tal como lo definía la reforma gregoriana, al vincularlo a una corriente de religiosidad cristiana occidental que entonces producía emociones y entusiasmos colectivos, y al mismo tiempo la sometía a sus directrices eclesiásticas, pues los legados pontificios aseguraban el buen orden religioso de la peregrinación masiva. Los nobles y reyes que habían de apoyarla o dirigirla obtenían también beneficio, al poner de manifiesto la fundamentación y objetivos religiosos de su poder; aunque los argumentos escatológicos perderían paulatinamente fuerza, conservaron cierto valor hasta comienzos del siglo XVI y fueron utilizados por emperadores y reyes, que se sentían llamados a recuperar la "Casa Santa" (Jerusalén) colaborando así a la inmediata plenitud y fin de la Historia. Las circunstancias políticas de la segunda mitad del siglo XI también coadyuvaban al éxito y difusión de la cruzada: para la aristocracia feudal del norte de Francia, Borgoña y Alemania era un medio de derivar violencia y excedentes humanos hacia el exterior, mientras que para los normandos del sur de Italia, e incluso de Inglaterra, constituía una prolongación de sus empresas guerreras anteriores. Al ampliarse el concepto de cruzada a toda empresa o contra los musulmanes o para la defensa y expansión de la fe, se dio mayor respaldo a aquellos impulsos belicosos, que se combinaban con los religiosos propios de la peregrinación. Por otra parte, la conquista de las rutas mediterráneas por los marinos y mercaderes italianos encontraba en la cruzada un elemento de apoyo, aunque sus fines fueran, en definitiva, otros, pues predominaba en ellos el interés comercial referido a unas tierras mucho más variadas y amplias que la Palestina buscada por los cruzados. La llamada pontificia desencadenó una cruzada popular a la que acudieron muchos miles de campesinos de Renania, exaltados por predicadores que anunciaban la inminencia del fin de los tiempos y la conveniencia de purificarse y atender el suceso en la misma Jerusalén; las agresiones contra los judíos de Worms, Maguncia, Colonia y otras ciudades eran una novedad en la historia europea, pero formaban parte de aquel estado de espíritu para el que la conversión forzosa de los judíos a la fe cristiana formaba parte de los signos anunciadores de la nueva era, y la violencia contra ellos estaba justificada por su culpa colectiva como pueblo deicida. Aunque la cruzada popular, que precedió en varios meses a la de los caballeros, fue deshecha en Asia Menor, importa como primera y más intensa manifestación de los movimientos y emociones de masas a que dio lugar el espíritu de cruzada, que permanecería vivo durante mucho tiempo. No obstante este clima de enfrentamiento entre Islam y Cristiandad, la interacción entre ambos hizo que la cultura occidental entrara en contacto, a través de los eruditos árabes, con las tradiciones filosóficas perdidas de la antigua Grecia, en particular con Aristóteles. Este redescubrimiento supuso una revigorización de la filosofía cristiana, como quedó reflejado en los teólogos escolásticos. Entre éstos, el más importante fue Santo Tomás de Aquino, quien intentó reconciliar la teología cristiana con los antiguos sistemas filosóficos. El auge del escolasticismo coincidió con el florecimiento de universidades en muchas partes de Europa y con la reforma de la larga tradición de la orden religiosa benedictina. Esta reforma movió a la aparición de varias órdenes nuevas, que reaccionaban contra lo que denominaban excesos del clero, al que achacaban haberse alejado de los ideales de pobreza y humildad que caracterizaron a la Iglesia de Cristo. Así, se formaron las órdenes mendicantes de franciscanos y dominicos, imitadores de la vida de Jesús y sus discípulos. Los intentos de reforma, con todo, fueron constantes a lo largo de todo el periodo bajomedieval, favoreciendo un clima de ruptura que está en la base de un cisma posterior, aquél del que surge el protestantismo. Reformadores como John Wycliff o Jan Hus cuestionan a la jerarquía eclesiástica, a la que acusan de corrupción. Condenados por herejes, estos pensadores no hacen sino recoger un clima de creciente animadversión hacia la autoridad eclesiástica, un clima que continuará en los siglos siguientes.
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La guerra chino-japonesa fue un anticipo de la mundial. El 7 de julio de 1937, a raíz de un tiroteo en Pekín (puente de Marco Polo), se extendió mientras el Gobierno nacionalista de Nankin expresaba su voluntad de combatir hasta el final y pactaba la resistencia común con el Gobierno comunista de Mao. Los japoneses bombardearon por sorpresa Shanghai y desembarcaron en sus inmediaciones, mientras otro ejército avanzaba por el norte de China y un tercero actuaba en la cuenca del Yangtse, hasta ocupar Nankin en diciembre. El año 1938, un nuevo desembarco en Tsinstao presagió una ofensiva que concluyó con la unión en Suchou de los ejércitos japoneses del norte y del Yangtse. El Gobierno de Chiang Kai-chek se refugió en Chungking, a orillad del alto Yangtse, ciudad que en un solo año pasó de 200.000 habitantes a 1.000.000. Allí se concentraron los almacenes, las fábricas de municiones, los servicios administrativos y hasta los estudiantes nacionalistas con sus profesores. El choque entre la China rural del interior y los recién llegados fue completo, y duró lo que la guerra, porque los japoneses no pudieron llegar a aquella región de difíciles comunicaciones. En el otoño de 1938 habían ocupado la China desarrollada, avanzando a lo largo de los ferrocarriles, pero, en marzo de 1939, los chinos lograron detener su avance. La inmensidad del país quedó reticulada por la ocupación japonesa que dominaba sólo las grandes ciudades y las vías de comunicación. Enormes espacios quedaban vacíos y abandonados por las temerosas autoridades del gobierno de Chungking. Fue la gran oportunidad de los comunistas, que ocuparon las zonas libres y los puestos de las autoridades huidas. Su actividad militar no fue mucho más eficaz que la del Ejército nacionalista, pero su trabajo social y guerrillero fue considerable. Los campesinos estaban acostumbrados a los atropellos de la soldadesca, a los impuestos, y no tenían otra intención que la de sobrevivir y defenderse. La acción de los japoneses y la del Ejército regular chino coincidían en imponer tributos y en abusar de la población rural. Y el Ejército chino imponía además el reclutamiento con la seguridad de que el trato dado a los reclutas sería pésimo. Los comunistas llevaron a cabo una importante tarea de captación. Se presentaron como defensores contra los japoneses, los soldados, los recaudadores de impuestos y los terratenientes, es decir, de todas las plagas sociales antiguas y modernas que afligían al campesino. Para la población rural, las palabras comunista y resistente fueron sinónimos, y las guerrillas atacaron a los japoneses, que se vengaron terriblemente contra la población desarmada. Así, como había ocurrido en la URSS, el odio a los japoneses se extendió entre la población y aumentó la militancia en las guerrillas. El premier japonés, Konoye, ofreció la paz al Gobierno chino con la promesa de integración en la Gran Asia Oriental a cambio de reconocer el Manchukuo; Chiang Kai-chek no aceptó, y su antiguo compañero Wang Ching-wei, favorable a la oferta, fue tratado de traidor. Cuando el Ejército japonés ocupó Hong Kong, Singapur, Filipinas o las Indias holandesas, todos los americanos, ingleses y holandeses fueron enviados a campos de concentración o a trabajos forzados, mientras los escandinavos, suizos, españoles, franceses de Vichy, alemanes, rusos e italianos quedaban en libertad. Para los internos, el trato fue atroz, pero quizá el dado a los soldados japoneses fue peor. La toma de Singapur por los japoneses conmocionó Asia y su rápida expansión a costa de los blancos remató la imagen de los colonialistas. Salvo los comunistas, la mayor parte de los grupos políticos recibieron a los japoneses como libertadores y su propaganda exaltó la idea de la cultura asiática y la proclamación de la independencia de todos los pueblos. La actuación brutal del ejército japonés acabó con el espejismo. El despotismo de los militares, el sometimiento a trabajos forzosos y la explotación económica les enajenaron las simpatías iniciales. Sin embargo, muchos grupos nacionalistas se beneficiaron de su presencia para introducirse en la Administración pública, crear los primeros ejércitos nacionales y apoderarse de ciertas explotaciones económicas. La ocupación japonesa incidió desigualmente sobre los grupos sociales. Los blancos de las potencias colonialistas desaparecieron, mientras los demás desarrollaron sus actividades, aparentemente en libertad, pero bajo la suspicacia de la policía. Ciudades como Shanghai mantuvieron, durante toda la guerra, cierta apariencia de normalidad y hasta conservaron los antiguos lugares de diversión. En sus restaurantes podían coincidir los chinos ricos, los europeos no enemigos y los oficiales japoneses, en una vida que se esforzaba por sobrevivir entre catástrofes. Las capas populares quedaron poco afectadas por la ocupación: la guerra ideológica les alcanzaba y ponía en evidencia la injusticia de los antiguos amos. Los japoneses fueron generalmente bien recibidos, pero la guerra impidió cualquier modificación positiva. La ocupación militar y el esfuerzo económico acabaron perjudicando a las poblaciones, que, en ciertos casos, también se volvieron contra ellos. La acción del Kempe Tai, la policía política japonesa, fue muy dura. Sus reclusos solían desaparecer sin dejar rastro ni noticia de la detención. Bastaban las simples conjeturas para el arresto, las torturas más atroces y la desaparición, porque jamás se daba noticia de los muertos. A medida que la guerra fue más desfavorable para los japoneses, su acción se hizo más violenta y concitó mayores odios y deseos de venganza. Las élites locales salieron beneficiadas muchas veces por la ocupación. Desaparecidos los blancos, los sectores administrativos y económicos, que habían estado vedados a los indígenas, cayeron en sus manos y fortalecieron las nuevas clases nacionalistas. Quienes menos sintieron los cambios fueron las poblaciones primitivas. En ciertos casos, la guerra alteró sus vidas, como en los archipiélagos, cuando los japoneses instalaban posiciones en pequeñas islas de las que a veces fue desalojada la población. En las Carolinas, los 15.000 habitantes fueron desplazados. Pero normalmente los pueblos primitivos prosiguieron sus vidas, tan al margen de los japoneses como lo habían estado de los blancos. Al fin y al cabo, todos eran igualmente extraños. Ilustrativamente, los cazadores de cabezas de Borneo trabajaron para los japoneses, que les pagaban por las cabezas de blanco huido en la selva. Cuando los aliados recuperaron la isla, los naturales prosiguieron sus actividades con cabezas de japoneses fugitivos. Naturalmente, pagadas al mismo precio.
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En estas condiciones, los primeros veinte años del reinado personal de Luis XIV transcurrieron entre victorias militares y logros territoriales. Las primeras anexiones las proporcionó la Guerra de Devolución, llamada así por las reclamaciones de Luis XIV sobre la herencia de su esposa la infanta María Teresa, basándose en una antigua costumbre brabanzona, según la cual los hijos del primer matrimonio eran los herederos, que abusivamente se transfería del ámbito del derecho privado al público. Con este pretexto, el ejército francés se dirigió, en 1667, hacia los Países Bajos y el Franco Condado, territorio perteneciente a la Monarquía española que obstaculizaba la comunicación con Alsacia, sobre la que Francia había adquirido importantes derechos en Westfalia. La Triple Alianza firmada por Inglaterra, las Provincias Unidas y Suecia, inquietas por el avance francés, precipitó la paz, cuyas condiciones se establecieron en el Tratado de Aquisgrán (1668), según el cual la Monarquía española cedió a Francia doce plazas en los Países Bajos, entre otras Lille, Douai, Charleroi y Tournai. Aquisgrán refrendó la evidencia de que España, que en el mismo año debió reconocer la independencia portuguesa, había dejado de ser la potencia hegemónica de Europa. No era difícil prever que el siguiente obstáculo a eliminar era Holanda, rival comercial y presumible enemigo ante cualquier intento expansionista francés. Mientras estuvieron enfrentadas al enemigo común español fueron aliadas, y en este sentido se había firmado un tratado en 1662, para hacer frente al poderío naval inglés. La alianza francesa resultó vital a Holanda para evitar su invasión por Inglaterra, pero las relaciones entre ambos países se deterioraron por las medidas proteccionistas de Colbert de 1664 y 1667. La decisión de aplastar a la pequeña república se preparó cuidadosamente por medio de acuerdos diplomáticos que la aislaron. En 1670 Francia firmó el acuerdo de Dover con Inglaterra (que recibió una pensión anual de Francia), al tiempo que llevaba a efecto pactos similares con Suecia y príncipes alemanes del Rin, además de obtener la neutralidad del emperador. Con este respaldo, Luis XIV invadió Holanda, que también hubo de defenderse de un ataque simultáneo inglés. Las onerosas condiciones de paz de Luis XIV provocaron una insurrección popular contra el Gobierno de Jan de Witt, que fue asesinado y sustituido por Guillermo de Orange como garantía de eficacia militar. La resistencia holandesa dio tiempo a que se formase a su favor una coalición que incluía al elector de Brandeburgo, el emperador, España y la mayoría de los príncipes alemanes, al tiempo que Inglaterra abandonaba la guerra (1674). Francia ocupó victoriosamente el Franco Condado, los Países Bajos y la Renania, e incluso su armada fue capaz de vencer a españoles y holandeses en el Mediterráneo, pero el conflicto no podía perpetuarse indefinidamente. Por la paz de Nimega (1678-1679) España pagó los gastos, entregando a Francia el Franco Condado y catorce plazas flamencas (entre otras, Cambrai, Valenciennes, Condé y Maubeuge), aunque recuperó algunas ciudades menores perdidas en Aquisgrán. Por el contrario, la guerra se saldó con un resultado mucho más positivo para Holanda, que no sólo conservó indemne su territorio, sino que obtuvo condiciones comerciales favorables. Las paces de Aquisgrán y Nimega habían dado a Francia las deseadas fronteras naturales en la vertiente Norte. Pero la ambición animó a Luis XIV a continuar la política expansionista. La excusa la proporcionó ahora la condición estipulada en los tratados de Westfalia y Nimega de que los territorios cedidos a Francia lo eran con sus "dependencias", es decir, con los feudos que poseyesen y que el rey francés decidió que eran todos los que alguna vez hubiesen dependido de aquéllos, una serie de unos puntos estratégicamente situados entre el Franco Condado y el Sarre. El primer objeto de esta política fue la ciudad libre de Estrasburgo, cuya posesión obstaculizaría la invasión de Alsacia por los imperiales y completaba la ocupación de la región. La ciudad fue tomada en 1681, y a duras penas pudo mantener el derecho a ejercer la religión protestante. Madrid y Viena decidieron intervenir militarmente (1682). Una vez más fue el ejército español el que tuvo que enfrentarse en solitario con el ejército francés en los Países Bajos, puesto que los turcos habían forzado a Austria a desviar la atención hacia su frontera oriental. La tregua de Ratisbona (1684) estableció la cesión por parte de España durante veinte años de la fortaleza de Luxemburgo y algunas plazas de los Países Bajos, además del reconocimiento de la ocupación francesa de Estrasburgo.
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Si bien el elemento central del Friso Stoclet es el Arbol de la Vida, constituido por líneas espirales, dos de los paneles presentan decoración figurativa: La Satisfacción y La Expectación, situados uno frente al otro. En la obra que contemplamos el decorativismo se adueña del vestido de la bailarina, suprimiendo cualquier referencia anatómica a excepción de los brazos y el rostro, en sintonía con los vestidos de algunos retratos como el de Adele Bloch-Bauer I. La geometrización de los elementos decorativos de su vestido -grandes triángulos dorados junto a otros de diversos colores, repitiendo las líneas sinuosas del fondo y con ojos entre ellos- convierte casi la figura en un elemento abstracto del que se salva la parte superior, donde podemos apreciar una de las típicas mujeres fatales de Klimt, con rasgos orientales en sintonía con las geishas. También encontramos elementos egipcios como los ojos e incluso la postura de la bailarina parece recordar las pinturas de las tumbas egipcias, así como la peluca trae a la memoria la formidable estatua de Nefertari.La inspiración para la realización de estos trabajos la encontró el pintor en los mosaicos bizantinos de Ravena, evidentemente más figurativos, pero no muy alejados en lo que a decorativismo se refiere.
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La expedición Ya hemos estudiado los antecedentes históricos que hicieron posible la expedición a la Florida; igualmente hemos tratado de las personalidades del jefe, Pánfilo de Narváez, y de su tesorero Alvar Núñez, que gracias a su relación, hará inmortal esta desgraciada expedición. Tan sólo nos resta comentar brevemente el transcurso de la misma. La Relación de Alvar Núñez es realmente un libro de Memorias, resumidos nueve años. Y aunque las vivencias estén recientes, tienen que fallar los detalles, sobre todo si se pretende hacer una descripción minuciosa de todos los lugares por donde pasaron. Tengamos también muy en cuenta que la nomenclatura que los conquistadores o exploradores impusieron en gran parte se ha perdido. Por ello es muy difícil la identificación de tanta isla en el golfo de México, comenzando por la famosa de Malhado. Lo mismo cuando se encuentran con tantos ríos, aunque algunos, por las referencias que Alvar Núñez da, son reconocibles fácilmente, como el Mississippí, el Colorado o el Río Grande. No obstante, a pesar de estos serios inconvenientes, el itinerario de la expedición puede hacerse casi sobre seguro, si tenemos en cuenta la situación o emplazamiento de las naciones indígenas; pero aquí también la certidumbre vacila cuando nos encontramos con la movilidad, el nomadismo de los pueblos de las praderas. Después las localizaciones se hacen más precisas cuando llegan al gran área agrícola del maíz. Ultimados los preparativos de la expedición desde Sanlúcar de Barrameda, tocan en Santo Domingo, costean Cuba por el Sur y, al pretender arribar a La Habana, una tormenta del Sur los dirige a la costa de la Península de Florida, a una bahía situada al Sur de la de Tampa. La localización y descripción de Tampa es bien detallada. Si Alvar Núñez describe con extraordinario realismo las pantanosas tierras de la Florida, intentar precisar por dónde fueron resulta difícil. Nos consta que caminaron por el interior, hacia el Norte, y que tuvieron que atravesar forzosamente el río Swance. Entran en territorio de los seminolas, famosos por su belicosidad, y pasarían posiblemente por las proximidades de la actual Tallahassee, actual capital del Estado de Florida. Aquí comienza el principio del fin de la expedición de Pánfilo de Narváez. El éxito de Cortés de haber conquistado un gran Imperio indígena había sido uno de los acicates para el montaje de la expedición a la Florida, pero indicios de la existencia de ese pretendido imperio indio son totalmente negativos, dado el primitivismo de las tribus con las que se han topado, que apenas conocen la agricultura. De ahí se inicia la vuelta hacia el oeste, llegan al río Alabama y, desengañados, arriban posiblemente a la actual bahía de Mobile, tras una penosa marcha a lo largo de la costa. Allí se plantea el regreso a tierra de cristianos, ya que la expedición se considera totalmente fracasada, porque no se ha topado con el imperio indígena, que se consideraba estaría a continuación del de Cortés. Y van a comenzar los desaciertos, comenzando por el desconocimiento real de la geografía del lugar: creen que el río Pánuco está muy próximo, a unas jornadas de navegación de donde se encontraban. Allí hacen con ímprobos esfuerzos unas barcas y balsas donde embarcan los expedicionarios ya muy diezmados por el hambre y las enfermedades. Montan en estas embarcaciones tan apretados que no nos podíamos menear, y por la costa llegan a las bocas del Mississippí, porque el río entraba en la mar de avenida; lo atraviesan penosamente y surge el desastre. Una turbonada termina por dispersar a la flotilla y Alvar Núñez y unos pocos llegan a la isla de Malhado. ¿Pueden ser las islas Dernieres, todavía en el delta del Mississippí o una de la cinta del litoral colmatoso, que se inicia a partir de la bahía de Galveston? Lo más fácil es la primera posibilidad. Llegan a tierra y comienza la increíble marcha hacia el Oeste; al principio, cerca de la costa: Jennings, Lake Charles, Beaumont; siguen hacia Austin, atraviesan el Colorado, la meseta Edward, alcanzando el río Pecos; finalmente llegan hasta el Río Grande y siguen hacia el Norte, atraídos por las noticias de los pueblos. Cuando llegan a los primeros poblados, inician el regreso hacia el Suroeste, pasando posiblemente por Mesa y atravesando el Río Gila; pasan por los valles de Sonora hasta Pumas, que denominarán los corazones de venados; a partir de aquí comienzan a encontrar señales de los españoles por las márgenes de Petatlén, por Sinaloa y logran el ansiado contacto con ellos en Alcaraz. Ya en tierra de cristianos, seguirán hacia San Miguel, Compostela y México, donde serán recibidos triunfalmente, y los cuatro de la fama se dispersan. Alvar Núñez y su fiel Andrés Dorantes, que le acompaña al Río de la Plata, regresarán a España vía Veracruz-La Habana --isla Tercera-- a Lisboa, adonde llegan el 9 de agosto de 1537.
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En el año 416, los atenienses intervinieron en la isla de Melos, en la que, según algunas versiones, no habría ningún precedente que justificara la represión. La ciudad no pertenecería a la alianza y se trataba, por tanto, de una nueva incorporación basada simplemente en la fuerza. Algunos datos epigráficos muestran, sin embargo, que pudo haber relaciones anteriores que justificaran la intervención. Desde luego, no existía el fundamento ideológico que hablaba de la unidad de los jonios en torno al santuario de Delos, dado que los de Melos eran dorios. Tucídides reproduce un diálogo entre melios y atenienses en el que se plasma la discusión vigente en torno al imperio y sus justificaciones. Para los atenienses su intervención se justifica en el simple hecho de la superioridad conseguida en su anterior defensa de la libertad de los griegos frente al persa. Ahora, su derecho se basa en la existencia misma de esa superioridad. Se formula aquí de nuevo la ley del más fuerte predominante en los fundamentos ideológicos del imperio. Según los atenienses, sólo habla de justicia quien quiere evitar que caiga sobre sí el dominio del poderoso. Los melios no se dejaron convencer y la resistencia fue vencida con la consecuencia de la muerte de los varones y la esclavización de las mujeres y los niños. Los territorios de la isla fueron objeto de colonización. Parece que Alcibíades tuvo una parte en la negociación y representación de los melios, índice del camino que tomaban sus planes de agresividad y continuación del expansionismo imperialista. El episodio donde la tendencia se muestra más claramente fue el de la expedición a Sicilia, escenario de las manifestaciones agresivas del joven aristócrata y de sus coincidencias con el demos. En la isla, en efecto, habían surgido los disturbios entre los oligarcas y el demos, concretamente en la ciudad de Leontinos. La situación se complica porque los oligarcas reciben ayuda de Siracusa, cuando ha quedado establecida la democracia. Una situación parecida se plantea en Segesta, donde los demócratas piden ayuda a Atenas. Un primer enviado ateniense, Féace, regresa con la impresión de que va a ser muy difícil conseguir una coalición de las ciudades sicilianas capaz de unirlas frente a los siracusanos que, con su apoyo a las oligarquías, se han convertido en los enemigos de todas las ciudades en que puede encontrarse una tendencia democrática. En Atenas se plantea entonces un debate sobre la posible intervención activa de las tropas atenienses. Según Tucídides, en el debate estaba presente la idea de que Siracusa se podría convertir en un peligro si se hacía fuerte en toda la Grecia occidental, pero el verdadero motivo que llevó a la decisión positiva hay que buscarlo en las expectativas de una posible sumisión de la isla de Sicilia entera. Tras el pretexto de la actuación defensiva estarían ocultas las verdaderas intenciones imperialistas. La situación interna era tal que, a pesar del profundo desconocimiento de la isla que existía entre los atenienses, la asamblea votó favorablemente el envío de una expedición mandada por Nicias, Alcibíades y Lámaco. Nicias había argumentado en contra sobre la base de la difícil situación en que se encontraban Grecia y Tracia, donde crecía la necesidad de gastos. Podían acusarlo de que trataba de eludir, como rico que era, los gastos propios de las liturgias, pero él sabía que la opinión contraria procedía de "la juventud irreflexiva y ambiciosa que miraba sólo por su bien privado". Por su parte, Alcibíades argumentaba que el imperio era un bien para todos. La votación demostró que los intereses particulares de Alcibíades coincidían con los del demos.
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A finales del siglo IV a.C., Macedonia es una gran potencia, pues ha logrado extenderse hasta el mar Negro, conquistando buena parte de Tracia, y ha ocupado Tesalia, mientras que el resto de la Hélade y del Epiro aparecen como estados aliados o vasallos. Al heredar Alejandro el trono macedonio dejado por su padre, Filipo, contaba pues con un excelente punto de partida para alcanzar su máximo objetivo: la conquista de Asia. En la primavera del año 334 a.C. Alejandro partía de Macedonia, avanzando hacia Tracia y alcanzando las costas de Asia Menor, donde se produjo el primer enfrentamiento con los persas en la batalla de Gránico. La victoria permitió al macedonio continuar su avance hacia Lidia, ocupando las ciudades de Mileto y Halicarnaso. Las regiones de Caria y Frigia cayeron en sus manos. Tras cortar el famoso nudo en Gordión, la Capadocia y Cilicia serán ocupadas antes de producirse una segunda batalla decisiva, la de Issos, donde Alejandro bate al persa Darío de manera contundente. La decisión del monarca macedonio será descender hacia Siria para tomar Tiro y Sidón, sirviendo de cabeza de puente para la conquista de Egipto, donde fundará la famosa Alejandría. Tras visitar el oráculo de Amón se embarcará en la toma de Mesopotamia, produciéndose la definitiva batalla de Gaugamela, donde Darío será nuevamente derrotado. Susa y Persépolis caerán bajo su dominio, estableciendo el próximo objetivo en las satrapías superiores: Bactriana y Sogdiana. Los territorios más septentrionales del Imperio Persa eran ocupados en el año 328 y desde allí Alejandro descendió hasta la India, alcanzando el Indo. Tras ocho años alejadas de Grecia, las tropas presentan sus primeras muestras de cansancio, por lo que se impone el regreso desde Patala. Alejandro dirigía el cuerpo de ejército por tierra mientras Nearco costeaba con una flota hasta llegar al golfo Pérsico. El rey macedonio llegó otra vez a Persépolis y a Babilonia, donde falleció el 30 de junio de 323 a.C. antes de cumplir los 33 años. Con él moría uno de los grandes genios militares de todos los tiempos.
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Si la cesión de Saboya podía tener explicación por los sentimientos franceses de sus habitantes, no había razones que avalaran suficientemente la de Niza, que provocó un fuerte malestar entre los habitantes del reino de Piamonte y, especialmente, entre los sectores republicanos y de izquierdas. Entre los muy afectados estaba Garibaldi, nacido en Niza, que trató de oponerse en el plebiscito que siguió a la entrega del territorio. Sin embargo, un levantamiento popular, iniciado en Sicilia el día 3 de abril, llevó a Garibaldi a cambiar sus objetivos políticos. La petición de apoyo que le dirigieron algunos elementos mazzinianos (Francesco Crispi) hizo que acudiera con la llamada expedición de los mil camisas rojas (de hecho, 1.088 hombres y una mujer), que se había formado después de asaltar pertrechos y navíos en el puerto de Génova. El supuesto carácter espontáneo de la iniciativa debe ser matizado por el hecho de la tolerancia demostrada por el gobierno piamontés hacia la preparación de la expedición garibaldina, que zarpó el día 5 de mayo. Los Mil desembarcaron en Marsala el día 11 y el 14 Garibaldi asumió la dictadura de la isla, en nombre del rey Víctor Manuel; el día 27 entró en Palermo con el apoyo de sus habitantes. A esas alturas ya eran muchos los elementos burgueses que pensaban que se encontrarían más seguros bajo la autoridad del rey de Piamonte. Garibaldi, a la vez que llamaba a los sicilianos a alistarse, hizo promesas de reparto de tierras que crearon una notable alarma entre los sectores acomodados. Las noticias que llegaban de Sicilia, obligaron a cambios políticos en Nápoles. Francisco II prometió, el 20 de junio, una Constitución y un ministerio liberal, a la vez que pretendía la protección de Napoleón III frente a la amenaza de Garibaldi. El emperador francés, por su parte, intentó una mediación con un nuevo proyecto de confederación para Italia, pero tanto el Reino Unido como el propio Cavour se negaron a secundar el proyecto. Garibaldi, mientras tanto, aumentaba su presión. El 20 de agosto atravesaba el estrecho de Mesina y el 7 de septiembre se apoderaba de Nápoles, donde tenía la intención de proclamar una república del sur de Italia. Era un peligro de fragmentación política que Cavour no podía tolerar, por lo que pasó rápidamente a la acción. Tenía que neutralizar la acción de Garibaldi, a la vez que salvar el principio monárquico en el proceso de unificación. Para obtener la aquiescencia de Francia y las demás potencias extranjeras, ante una intervención que tendría que violar los territorios pontificios, presentó la situación como una disyuntiva entre unificación (Piamonte) y revolución (Garibaldi). La amenaza de Garibaldi sobre Roma hace que Cavour se presente incluso como un defensor del Papado. Napoleón, que fue requerido para dar su consentimiento a la intervención piamontesa, parece que prefirió darse por no enterado. "Fatte, ma fatte presto" ("Hacedlo, pero pronto"), pudo ser la contestación que dio a los enviados de Cavour. Y para evitar situaciones engorrosas, derivadas de esta situación, se embarcó para una larga gira por Córcega y Argelia. El 11 de septiembre las tropas piamontesas entraron en los territorios pontificios de Umbría y Las Marcas y, en su marcha sobre Nápoles, derrotaron a las tropas pontificias que le salieron al paso en Castelfidardo (18 de septiembre). La derrota de las tropas napolitanas, a manos de Garibaldi, en Volturno (1 de octubre) obligó a que el Parlamento piamontés aprobase precipitadamente la anexión de Nápoles y Sicilia al reino de Piamonte, lo que fue ratificado por los propios napolitanos en un plebiscito celebrado el día 21 de ese mismo mes. Garibaldi tuvo que abandonar definitivamente sus proyectos republicanos y, el día 26 de octubre, saludó a Víctor Manuel como rey de Italia, y le acompañó durante su entrada triunfal en Nápoles (7 de noviembre). El nuevo avance territorial supuso el abandono del proyecto noritaliano, que dirigió los primeros pasos de Cavour, para adentrarse en un plan de unificación peninsular, que habría de provocar graves problemas de integración entre el norte y el sur. Algunos sectores de la burguesía y de las clases propietarias del reino de Nápoles habían preferido la integración en Piamonte como manifestación de su distanciamiento con la dinastía borbónica, que se había negado reiteradamente a concederles ningún protagonismo social y político, pero también como garantía frente a la demanda de reformas sociales revolucionarias, procedente de un campesinado sediento de tierras. La anexión, sin embargo, tomaría pronto los tintes de una simple piamontización, y no tardarían en manifestarse nuevos conflictos. Desde comienzos de 1861 se generalizó en el sur una auténtica guerra social, con la proliferación del bandolerismo y la acción de tropas dispersas del antiguo reino borbónico. Se podía hablar de una verdadera guerra civil en los territorios recién incorporados.
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El 30 de junio de 1789 salen de Cádiz las corbetas Descubierta y Atrevida rumbo al Río de La Plata. A bordo van el italiano Alessandro Malaspina y más de 200 hombres. Su objetivo, dentro del espíritu ilustrado de la época, es aumentar el conocimiento sobre la flora, la fauna y los pueblos que habitan las posesiones españolas en América y Asia. También, competir con otros exploradores extranjeros, como Cook o La Perouse. La expedición toca Montevideo, Puerto Deseado, las Malvinas y dobla el Cabo de Hornos. En febrero arriban a la isla de Chiloé y se separan: la Descubierta se dirige a la isla de Juan Fernández; la Atrevida, a Valparaíso. Reunidas de nuevo ambas naves, emprenden la navegación hacia el puerto de El Callao, en Perú. Viajan en las corbetas pintores y naturalistas, para plasmar todo lo que van a ver y recoger muestras de especies. También dibujan escenas sobre la vida en las colonias. En septiembre parten de El Callao, tocan Guayaquil y se dan a la vela rumbo a Panamá. En diciembre se separan. La Atrevida se dirige a Acapulco, la Descubierta a Nicaragua. En mayo de 1791 se encaminan a la costa noroeste norteamericana, territorio apenas explorado. La expedición fondea en el puerto de Nutka y toma contacto con los indígenas. Allí exploran las islas, realizan mediciones, excursiones botánicas y recopilan datos. El jefe indio Macuina ratifica una anterior cesión de terreno a la Corona. Es importante dejar constancia de la presencia española, pues estas tierras son ambicionadas por rusos e ingleses. Desde la costa Noroeste vuelven a Acapulco, para partir hacia las Marianas en diciembre de 1792. En marzo llegan a Filipinas. En diciembre recorren Australia y en febrero de 1793, Nueva Zelanda. En junio inician el viaje de vuelta, tocando El Callao, Chile y Montevideo. En septiembre arriban por fin a Cádiz, trayendo consigo innumerables datos y muestras de gran valor científico.