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Las buenas relaciones que Carlos IV había sostenido, siendo Príncipe de Asturias, con Aranda, habían llevado a suponer al conde aragonés y a sus partidarios que Floridablanca sería desplazado de la Secretaría de Estado al acceder al trono el nuevo rey. El 19 de marzo de 1781, el príncipe Carlos había remitido una carta a Aranda, con carácter secreto, solicitándole un plan "de lo que debiera hacer en el caso de que mi padre viniese a faltar, y de los sujetos que te parecen más aptos para Ministros, y algunos otros empleos", dado, en opinión del heredero del trono, lo "desbaratada que está esta máquina de la Monarquía". Aranda consideró, no sin razón, que el futuro Carlos IV le confiaría la gobernabilidad de España en sustitución de Floridablanca, una vez llegado al trono. La respuesta de Aranda, todavía embajador en París, al Príncipe de Asturias es conocida como el Plan de gobierno para el Príncipe, en el que el político aragonés daba cuenta de su concepción del gobierno de la Monarquía. El largo memorial constaba de dos partes: la primera diagnosticaba los males que afectaban a la administración; y la segunda señalaba los remedios que se debían aplicar. En su opinión, al gobierno de Floridablanca le faltaba la necesaria coordinación, y para lograrla resultaba necesaria la existencia de un ministro confidente del rey y un Consejo de Estado políticamente revalorizado que controlase debidamente las distintas Secretarías, que actuaban a manera de ministerios y cuyos titulares habían adquirido un poder excesivo. Para sorpresa de Aranda, que había regresado a España desde la embajada de París en 1787 con el objeto de prepararse adecuadamente para el alto destino que creía próximo, la muerte de Carlos III no supuso su nombramiento, sino, por el contrario, la confirmación de José Moñino en su puesto de Secretario de Estado. Carlos III, en el momento mismo de su muerte, había recomendado a su sucesor que mantuviera en el cargo al político murciano, lo que pospuso sine die las "pretensiones arandistas", y creó la sensación en Aranda de que su figura perdía crédito en la Corte. Los mayores apoyos del conde estaban en el Consejo de Castilla, donde los arandistas estaban dispuestos a colaborar en el desgaste de Floridablanca y favorecer los intereses políticos de Aranda, como se puso de manifiesto en 1790 en el proceso contra el marqués de Manca, un diplomático que no había prosperado en su carrera y que había sido acusado de ser el autor de un libelo que corría anónimo contra el Secretario de Estado, titulado Confesión general del conde de Floridablanca. En el escrito clandestino se hacían graves imputaciones al ministro, como poner en su boca que "siempre he tenido malignidad, y nunca aplicación ni amor al trabajo", por lo que se abrió una investigación que culminó con el convencimiento de que el marqués de Manca, un reputado arandista, era responsable del texto y de su difusión. Detenido, Manca fue juzgado por el Consejo de Castilla, que recibió instrucciones de Floridablanca para que infligiera al acusado un castigo ejemplar. Sin embargo, Floridablanca tuvo ocasión de comprobar, en el momento del veredicto, la fuerza de los arandistas en el Consejo, pues once consejeros votaron en favor de la exculpación de Manca y trece en contra. La segunda decisión del nuevo rey, tras la confirmación del equipo ministerial heredado de su padre, fue convocar Cortes.
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La etapa mediterránea de Colón Aunque su hijo Hernando se esfuerce en presentarnos a un Cristóbal Colón sabio y ducho en letras16, lo que engrandecería aún más al personaje y explicaría de forma más lógica y no tan casual el descubrimiento de América, careció de una formación científica sólida. Sus estudios universitarios son leyenda pura. Es un autodidacta, un hombre que va aprendiendo al contacto con los que le rodean; un espíritu inquieto que observa la naturaleza y busca, siempre que puede, respuesta a aquello que le interesa; un hombre, en suma, que sintetiza ejemplarmente la época contradictoria que le tocó vivir. Su niñez, más que abundante en letras, fue necesidad, iniciación al trabajo manual, y, sobre todo, inclinación al mar. El escenario en que pasa su adolescencia --desde que nació, en el año de gracia de 1451-- no puede ser más propicio. Génova vive condicionada por esa vía abierta y comercial que es el mar Mediterráneo, por donde le llega la prosperidad y también el peligro. Luchas y rivalidades, tanto políticas como económicas, son cada vez más frecuentes, y Génova participa en ellas activamente. Aragoneses, venecianos, florentinos, franceses, etc., pugnan por mantener posiciones privilegiadas e incluso ampliarlas, siempre a costa del rival. Estamos ante un emporio de riqueza y, por ello, ante un punto caliente, que diríamos hoy. La difícil situación de Génova se comprende mejor teniendo presentes las ambiciones de sus poderosos vecinos. Venecia ya la había limitado por el oriente mediterráneo. Y por si esto fuera poco, desde el siglo XIII la amenaza llegaba del expansionismo aragonés con Barcelona como eje impulsor: Baleares, Sicilia, Cerdeña, y a mediados del siglo XV la conquista de Nápoles. Génova se opondrá a esta expansión política que precederá, sin duda, a otra económica mucho más temible para ella. El reino de Nápoles, escenario de grandes pugnas, era rico y poblado. Lo gobernaba una reina muy singular llamada Juana II, quien haciendo gala de ligereza política había logrado enfrentar a la casa real de Aragón con la de Anjou17; y cuando uno, cuando otro, miembros de ambas casas --Alfonso V de Aragón y Luis de Anjou-- habían sido nombrados en distintos momentos herederos al trono de Nápoles una vez que ella muriera. Y murió en 1435, pero un año antes había fallecido también su entonces favorito a la sucesión Luis de Anjou. Estas muertes, sin embargo, no trajeron la paz a la zona. Un caballero entusiasta, hijo y sucesor de Luis de Anjou, y por tanto al trono de Nápoles, llamado Renato, se dispuso a defender la corona. Apoyado por Génova y Francia, mantendrá inalterable durante casi medio siglo una lucha intermitente, pero firme, con los de Aragón. Y exceptuando alguna que otra defección como la sucedida en 1461, en que los genoveses se oponen a Renato y matan indiscriminadamente a franceses, Génova defendió siempre al de Anjou. Entre 1466 y 1473 volvía a recrudecese la guerra entre Juan II, rey de Aragón, y Renato de Anjou. Esta vez la contienda tuvo como escenario las tierras catalanas. La burguesía y los gremios barceloneses, enemigos del autoritario Juan II, ofrecieron la corona condal a Renato de Anjou, quien encontró derechos suficientes --ser hijo de una princesa de la Casa de Aragón-- para ponerse al frente de los revoltosos y justificar la guerra. Guerra al fin que se resolvió a favor de Juan II y en la que tuvo un papel muy activo su hijo, el príncipe Fernando y futuro Rey Católico. En medio de este conflicto, Cristóforo Colombo, estaba en puertas de iniciar su vocación marinera; alicientes no le faltaban. Cuatro o cinco años de grumete aprendiendo técnicas y saberes le consolidarían a los catorce o quince años como tripulante fijo de barco. Ya a los 21 ó 22 años, era capitán de una galera que apoyaba al de Anjou. Corría el año de 1472 y la guerra civil catalana estaba a punto de concluir. Sólo Barcelona resistía ya, aunque pronto quedó asediada y Renato de Anjou intentó romper el cerco marítimo con el apoyo de naves genovesas18. Capitaneaba una de ellas el futuro descubridor de América. Al parecer, no le faltaba autoridad en el mar, y así nos cuenta él mismo cómo engañó a su tripulación mudando la punta de la brújula cuando Renato de Anjou le envió a Túnez a tomar la galera aragonesa Fernandina. Al enterarse los marineros de que iba protegida por dos navíos y una carraca se echan para atrás y Colón aprovecha la noche para poner en práctica ese ardid --costumbre muy suya que repetirá en otras ocasiones-- y seguir su propósito. A la mañana siguiente nos hallamos dentro del cabo de Cartagena, estando todos en concepto firme de que íbamos a Marsella, cuenta él mismo a los Reyes Católicos en una carta de 149519.
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Abiertos ya los primeros talleres y establecido un mercado artístico esencial -el destinado a cubrir las necesidades funerarias de las gentes más ricas-, el arte tirreno puede definitivamente comenzar su evolución. En este aspecto, es indudable que las primeras décadas del siglo VII a. C. son testigo de su espectacular enriquecimiento: la progresiva jerarquización de la sociedad etrusca alcanza su cenit, y ocupan la cumbre unos personajes a los que nosotros, convencionalmente, llamamos príncipes. Estos brillantes aristócratas, reyes o jefes de las principales familias y tribus, multiplicarán el tamaño y riqueza de sus ajuares fúnebres, y alcanzarán tal fasto en sus tumbas, que no en vano se ha llegado a llamar Período de las tumbas principescas el que llega, en la Etruria costera, hasta el 630 a. C., poco más o menos, perdurando en el interior unos treinta años más. Aparte de su lujo y de su rito inhumatorio -que venía introduciéndose en la Etruria meridional desde fines del siglo VIII-, los enterramientos de esta época se caracterizan inmediatamente por el peculiar estilo de sus ajuares. El arte geométrico griego pierde su función rectora y es sustituido por la plástica siria, fenicia y chipriota; nos hallamos ante lo que, en todo el Mediterráneo, suele denominarse fenómeno orientalizante. Parece que puede darse una cierta explicación histórica a este hecho: los problemas de Eubea debieron de afectar por entonces al comercio griego en Occidente, y buena parte de él caería en manos de los fenicios de Chipre. Pero sin duda debe matizarse esta opinión en el caso concreto de Etruria: junto a los objetos orientales (egipcios, urartios, sirios, etc.), no faltan desde luego obras griegas, y hay quien piensa en comerciantes e intermediarios predominantemente griegos, y aun en artesanos orientales que trabajasen en colonias helénicas. De cualquier modo, parece indudable la superficialidad del influjo fenicio en Toscana: no sólo se mantuvo el alfabeto griego occidental, sino que los elementos culturales más profundos recibidos en el siglo VII proceden sin duda del Egeo: el caso más evidente lo constituyen los poemas homéricos. Es posible que la propia idea de realizar tumbas principescas procediese también del ámbito griego; al fin y al cabo, la más antigua que conocemos se halla en la colonia griega de Cumas; pero pronto su aceptación fue tan grande en Toscana, y aun en el Lacio y otras regiones próximas, que hoy pasa por ser uno de los mayores exponentes de la cultura etrusca. En estas tumbas no sólo hallamos piezas importadas, sino que también, y sobre todo, apreciamos el asentamiento de nuevos artistas extranjeros en la zona costera meridional, y el aprendizaje e incluso perfeccionamiento de técnicas recientemente adquiridas. Después de un período, hasta el 700 a. C., en que Tarquinia pareció descollar como la ciudad más avanzada y atractiva, son ahora Caere (con su producción de orfebrería, que se envía incluso al Lacio), Vetulonia (la gran productora de bronces de la época), Veyes y Vulci quienes se colocan a la cabeza de la artesanía de lujo: de sus talleres salen las refinadas fíbulas cargadas de decoraciones en granulado y repujado, los asombrosos pectorales de oro, los trípodes de bronce con sus inmensos calderos, los tronos con apliques ebúrneos, los mangos de abanico, también de marfil, los carros fúnebres... en fin, todo ese abrumador y riquísimo conjunto de piezas que, completado por vasijas múltiples -el banquete se ha convertido ya en un rito funerario indispensable para los aristócratas-, abarrotaba las monumentales tumbas de la época. Basta visitar la sala etrusca de los Museos Vaticanos para darse cuenta de la riqueza con que fueron enterrados, en la Tumba Regolini-Galassi unos príncipes de Caere. Sin embargo, una vez superada la impresión que tal lujo de materiales produce, pronto notamos sus limitaciones. Hasta en las piezas más ostentosas, como esas fíbulas de oro con más de un centenar de animalillos que aparecieron en las Tumbas Barberini y Bernardini de Palestrina (Lacio), se advierte una incómoda e insalvable dicotomía entre los sabios conocimientos metalúrgicos del orfebre y su escasa imaginación plástica: leones, grifos, rosetas, palmetas, todos los vocablos, en fin, de la gramática orientalizante, aparecen ante nuestros ojos, pero sin una sintaxis capaz de unificarlos, de darles sentido. Si ya en el período anterior podía echársele en cara al etrusco su incapacidad de entender la profunda armonía compositiva de un vaso geométrico griego, limitándose él a colocar aisladas las líneas, las cruces gamadas o las grecas, ahora se le puede decir lo mismo en relación con la plástica oriental: salvo en las meras sucesiones de animales, que no podían simplificarse más, nuestro artista prescinde de la organización de sus modelos fenicios. Dando un salto en el espacio, no podemos sino evocar cuán opuesta es su actitud a la del espíritu griego, el cual, al recibir de Oriente bandejas decoradas con figuras, se esforzaba en interpretar las escenas, y hasta en convertirlas en una historia fascinante, como hizo Homero en su descripción del escudo de Aquiles. El príncipe etrusco, por el contrario, no debía de tener un espíritu tan mitifcador; lo que le pedía a sus artesanos eran, sobre todo, objetos ricos, recargados incluso, que mostrasen su preeminencia social. El día de su muerte, su cadáver debía convertirse en un verdadero muestrario de joyas, y sus ornamentos no tenían por qué sugerir más valor ni significado que su propia perfección técnica y sus prestigiosas formas exóticas.
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En 1548, Carlos I ordenó que se procediese a la introducción en la corte castellana de la etiqueta al estilo de Borgoña. En lo fundamental, consistía en la aparición de nuevos oficios para la asistencia personal del Príncipe Felipe, ante todo un nuevo estilo ordenado para el servicio de las comidas. La decisión no fue muy bien recibida. El mantenimiento del estilo borgoñón suponía un incremento de los gastos en Palacio, pues, aunque disminuyera el número de cargos, aumentaban las cantidades que a cada uno les estaban asignadas. Por ello, en las peticiones de las cortes castellanas de 1555 y 1558 se pidió que en la casa que había que poner a Don Carlos se volviese al tradicional estilo de Castilla. Para la mayoría de los cortesanos, la etiqueta borgoñona fue una dificultad añadida, puesto que suponía mayores dificultades para ese "tener entrada" que todos ansiaban. Sin embargo, no hizo otra cosa que reforzar las pautas anteriores de ambicionar los lugares próximos al rey, puesto que éstos habían venido a ser todavía menos y el acceso a la regia persona se había hecho considerablemente más restringido y difícil. Desde el punto de vista de la majestad real, la importancia de la etiqueta de Borgoña no radica tanto en que diera una mayor magnificencia o boato a la vida en Palacio. La corte castellana anterior a 1548 parece haber sido de una divertida y espléndida brillantez caballeresca, que no parece que tuviera tanto que envidiar a los fastos septentrionales que el Príncipe Felipe conoció en su célebre viaje a los Países Bajos iniciado el mismo año que se reformaba su Casa a la borgoñona. Por otra parte, la práctica de la etiqueta implantada en Castilla no consistió en la restauración del mítico estilo Borgoña de tiempos de Carlos el Temerario, sino que resultó una mezcla del orden cortesano del Emperador con pervivencias castellanas. La transcendencia capital de la etiqueta borgoñona consistió en que facilitaba el retraimiento del Príncipe dentro de la corte. El historiador Ludwig Pfandl apuntó que esta etiqueta venía a convertir al Príncipe en una especie de tabú dentro de las paredes del Palacio. El nuevo estilo de servir levantaba una barrera en torno a la persona real que muy pocos llegaban a atravesar y la vida palaciega giraba, precisamente, alrededor de la proximidad al rey y de los lugares que se ocupaban en su estela. El espacio de la corte, siempre sujeto a reglas, aparecía, ahora, indisponible y mucho más limitado. Todavía se habría de estrechar bastante más, porque la tendencia de retraimiento regio no dejaría de crecer a lo largo de la segunda mitad del siglo XVI. Se ha dicho que Felipe II se convirtió en una especie de Rey Oculto, tema que ha sido estudiado brillantemente por Fernando Checa. El cronista Pierre Matthieu describió las prácticas de ocultamiento de Felipe II de una forma muy expresiva. Para este autor, "no (a)parecía, sino como San Telmo en las nubes pasado la tempestad y vendía tan cara su vista a los españoles que ninguno, por grande que fuese, le vio sin primero solicitarlo". Escenario predilecto de ese retraimiento habrían sido, en primer lugar, las casas y sitios reales, como el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, donde -escribe Matthieu- "se encerró... resuelto en no salir más y en mirar desde allí las ondas y las borrascas de la tierra". Pero incluso en el interior del Alcázar de Madrid, Felipe II habría buscado ocultar su visión al común de los cortesanos; en la capilla real con el recurso a la cortina que velaba su imagen; en esa torre en que tanto le gustaba estar porque desde ella podía verlo todo y no ser visto: "Ve su Majestad por las vidrieras encajadas en mármoles todos los que entran y salen sin ser él visto". Pero también en la ya analizada práctica del despacho de los negocios se deja observar ese retraimiento característico, pues éste se primaba, sin duda, al prescindir del despacho a boca y a pie en beneficio de la consulta escrita, con el desarrollo de la figura de los secretarios reales que Felipe II propició. Las críticas que recibió por abandonar el despacho tradicional, recuérdese, insistían en que era un mandato divino que los reyes "fuesen y sean públicos y patentes oráculos a donde todos sus súbditos vengan por respuestas y por remedio de sus necesidades y consuelo de sus afliciones, lo cual todo llevan muchos y muchas veces con sólo haber visto la cara de su rey y llevar una palabra buena de su boca". Felipe II no habría querido ser público y patente oráculo que se manifestaba a sus súbditos y prefirió ocultarse. Para Pierre Matthieu, lo que había conseguido el rey con ello era que: "Cuanto más lejos estaban de él sus vasallos tanto más le temían, conociendo por el apartamiento una grandeza admirable y alguna cosa más que las ordinarias". He aquí un objetivo político claro tras el ocultamiento real, una forma de realzar la majestad al hacerla, si se quiere, más misteriosa e incrementar, de esta forma, el poder monárquico, preeminente, pero todavía limitado en el siglo XVI. Otros monarcas de la Edad Moderna también usaron su imagen para conseguir objetivos similares, aunque el caso de Felipe II y los Austrias posteriores resulta extraordinario porque lo habitual es incrementar y facilitar la visión de los reyes, no impedirla. Entre los coetáneos del Rey Prudente, por ejemplo, Isabel I Tudor parece haber sido plenamente consciente de la importancia de la majestad para desplegar su poder en escena. Entre los monarcas del siglo siguiente, Luis XIV es, sin duda, quien nos ofrece el ejemplo más completo de uso de la majestad con estos fines, pero, también en este caso, se recurre a la participación en espectáculos de corte y toda clase de ceremonias palaciegas. En las Memorias de Luis XIV encontramos una interesante teoría del valor político de dejarse ver abiertamente entre sus súbditos. En un pasaje recuerda la práctica de ocultamiento característica de los Austrias hispanos que había iniciado su antepasado Felipe II: "Hay naciones en las que la majestad de los reyes consiste, ante todo, en nunca dejarse ver. Esto es posible entre espíritus acostumbrados a la servidumbre, a los que sólo se gobierna mediante el miedo y el terror". Quiere Luis XIV que una monarquía en la que el rey no se deja ver por sus súbditos es una forma proclive a la tiranía, pero, aunque la condena expresamente, obsérvese que, como ya antes Pierre Matthieu, no deja duda de la efectividad política de esta práctica de ocultamiento en el robustecimiento del poder real. Para los cortesanos el paso del siglo se había ido sustanciando en una serie de modificaciones en el que había sido su orden tradicional. Bien a través de la etiqueta de Borgoña o de las nuevas formas de despacho, la presencia del rey se les negaba y, con ello, la posibilidad de ascender en la corte se hacía más complicada y debía correr por nuevos caminos. Uno de éstos era acercarse a esos nuevos privados que también habían pasado a ocupar un lugar en el despacho y que tenían entrada gracias a la etiqueta borgoñona. El Conde de Portalegre se hizo eco de todos estos cambios en la Instrucción de 1592, un magnífico texto de corte compuesto "para lectura de curiosos" y no sólo para su hijo, como se quiere aparentar en su personalizada redacción. Como Portalegre, que se había criado en la corte anterior a 1548, trazaba sus preceptos sobre la base de la instrucción que Juan de Vega había escrito a mediados del siglo, la comparación entre ambas arroja mucha luz sobre la capacidad de reacción de que los cortesanos hicieron gala para adaptarse a una corte cambiante. Cómo enfrentarse o encarar la figura de los privados se contaba entre las novedades: "Para subir a estos puestos (los mayores) el camino del atajo es el de la negociación, más llano el de los merecimientos, pero rodéase mucho por él. Tomaría que fuésedes por medio entre la solicitud indigna y baja de los más y la entereza, y al revés de Juan de Vega, que nunca se rindió a los lobos,... procurad merecer las cosas v fundaos en esto, mas no disgustéis a los privados, sufridlos, disimulad con ellos y granjeadlos con decoro y destreza". Un cortesano no debería incurrir nunca en la indecorosa mentira, pero sí le estará permitido disimular con destreza. La disimulación de que aquí se habla será uno de los signos más característicos de la vida de corte moderna. Era ésta una especie de razón de estado cortesana que, sin entregarse a la mentira, tampoco llegaba a decir la verdad. A finales del siglo, los preceptos de Portalegre sancionaban la adopción de esta ambigua actitud como algo necesario para quien quisiera vivir en la corte y ascender en ella. Sin embargo, setenta años antes disimular era un paso que no todos querían dar porque se hallaba demasiado cerca del mentir, limitándose a emplearse en los otros dos ejercicios que la teoría de corte recomendaba, esperar y desconfiar. Uno de los primeros y mejores retratos conservados de la vida de corte en la España del XVI fue el que Johannes Dantiscus trazó en su correspondencia. En 1519, se encontraba en Barcelona durante la celebración del capítulo del Toisón de Oro presidido por Carlos, el nuevo Emperador, y le escribió a un amigo cómo era aquel laberinto en el que, confesaba, se hallaba algo perdido. Comparando la corte como una gran escuela, el embajador Dantiscus apunta que en ella se aprenden cuatro grandes facultades, es decir, materias de enseñanza: "... la primera enseña la paciencia, la segunda a no confiar, la tercera a disimular y la cuarta y la principal a cómo mentir con educación". Dicho esto, a continuación expone el estado de sus progresos en el adiestramiento cortesano que estaba recibiendo en Barcelona: "Yo mismo soy consciente de cuánto he aprovechado en la primera; en la segunda escucho lecciones a diario; las dos últimas exigen un carácter más sutil que el mío y nadie puede progresar en ellas a no ser por inclinación natural"; para terminar pidiendo que el rey Segismundo Jagellón "me haga volver, pues ya estoy más que medianamente instruido en las dos primeras. No sea que, al demorar aquí mi estancia, la maldad venza a la naturaleza en las dos siguientes". Como puede verse, a comienzos del XVI se desaprobaba, claro, la mentira, pero también la disimulación, porque una y otra eran incompatibles con la naturaleza, es decir, con la naturalidad que, según la preceptiva, constituía el ideal del caballero en corte. No sólo no debía falsear la verdad mintiendo, el perfecto cortesano tenía que huir de toda afectación, también engañosa, en sus ademanes y actitudes para mostrarse tal cual era. Esto ya sería suficiente para probar lo egregio de su condición, porque la perfecta cortesanía era una expresión de la virtud interior, una especie de privilegio estamental que de forma natural poseían damas y caballeros. Esa natural virtud interior donde se demostraba con mayor brillantez era en la agilidad al dialogar y en el ingenio al hacer comentarios, se decía, "de repente". Recuérdese aquí a Folch de Cardona que, por no mentir, sólo hablaba su nativo catalán en la corte y es que la expresión oral también debía ser natural y no falseada. Sin duda, la cortesanía del XVI supone el triunfo de la oralidad y su quintaesencia, El Cortesano de Castiglione, como escribió Garcilaso de la Vega, era un libro que "trata de todas las maneras que puede haber de decir donaires y cosas bien dichas a propósito de hacer reír y de hablar delgadamente". El término italiano "sprezzatura" venía a definir esa buscada falta de afectación en comportamiento, gestos y expresión que debían adoptar los cortesanos. En castellano, la idea se tradujo en la máxima de moverse con un "desembarazo compuesto". Sin embargo, comportarse así exigía más de un esfuerzo porque la ansiada naturalidad no era afectada, pero tampoco podía caer en simpleza o rusticidad. La cortesanía era una forma de mesura entre todos los extremos posibles de la que resultaban amenidad, entre el disgusto y la burla, alegría, entre la gravedad y el ridículo, agudeza, entre la tosquedad y la erudición, apostura, entre la fealdad y la lindeza, etc., etc. En castellano, a este segundo carácter de la cortesanía se le llamó comedimiento. En suma, para la nobleza cortesana el Palacio es un espacio moral y su cultura una forma de ética, algo innato, no estudiado, fruto apenas de la virtud estamental de sus componentes. Pero esto no supone que tras esa mesurada ética de la naturalidad no se escondiera una política, una respuesta a una pregunta clave para el siglo XVI, la de en quiénes deberá apoyarse el monarca o, en el fondo, cómo se ha de gobernar. Un principio inamovible del perfecto cortesano es que no se puede aprender a serlo, que, por más que se imiten ademanes y gestos, la cortesanía no tiene reglas y sólo se alcanza, lo hemos visto, como expresión de una innata virtud aristocrática. Ese rechazo de lo aprendido es el mismo que sale a relucir en la negativa nobiliaria a aceptar que una formación escolástica fuera base suficiente para enfrentar las tareas de gobierno y que fue lanzada contra el ascenso político de los letrados juristas. Por ejemplo, cuando Felipe II, recién llegado al trono en 1556, introdujo un número mayor de letrados en los consejos en detrimento de la presencia nobiliaria, Juan de Vega, al que ya conocemos por sus advertencias cortesanas, le escribió al mismo rey sin contemplaciones que: "... muy diferente cosa es saber las leyes y pragmáticas de cómo se ha de gobernar los reinos y provincias y hacer justicia al ejecutar el gobierno y la justicia, que, si por reglas e instrucciones se pudiesen aprender las cosas semejantes, no habría nadie que con un poco de ingenio no diese a aprender estas reglas, así de la paz como de la guerra y no saliese excelente y bastante en el arte, mas como la cosa no está en la ciencia adquista (i.e. adquirida), sino en otras virtudes del alma y del ánimo que Dios da a quien es servido, hay tan pocos sujetos para semejante oficio, por más leyes ni libros que hayan visto ni estudiado".
obra
Como símbolo del sacramento de la Eucaristía, ha elegido Poussin la Última Cena. Las figuras son de menores dimensiones que en el resto de la serie de Los Sacramentos, como, por ejemplo, respecto a El Matrimonio. Se ha empleado el término "cubista" para explicar el efecto que la luz artificial de la lámpara, en su creación de un contraste luz-sombra, produce sobre los ángulos, resaltados por esta iluminación barroca. La composición, muy geometrizada, recuerda a las del resto de la serie, salvo al Bautismo.
obra
Dentro de la segunda serie de cuadros sobre Los Sacramentos, pintada para Chantelou entre 1644 y 1648, Poussin realizó una composición sobre La Eucaristía conceptualmente distinta de aquélla ejecutada varios años antes para Dal Pozzo. Realizada muy rápidamente, entre septiembre y noviembre de 1647, es un caso extraño en un pintor de morosidad célebre. La escena, encuadrada en un interior austero, ante pilastras, con su única fuente de luz artificial, es severa, monumental. Representa la Última Cena de Cristo junto a los Apóstoles, en el momento en que Cristo consagra el pan para entregarlo a sus discípulos. Estos se disponen en un grupo de estructura prismática inserto en el fondo rectangular. Resaltando la importancia del momento, uno de los discípulos, de espaldas al espectador, traza con su cuerpo una diagonal que se dirige hacia Cristo. A la izquierda, el manto de Judas, que sale del cenáculo, destaca entre la sombría luz, con un diestro manejo del claroscuro, demostrando que siendo un clasicista era también un magnífico pintor barroco.
obra
Como preparación del lienzo La Eucaristía, perteneciente a la serie de los Sacramentos Chantelou, ejecutada de 1644 a 1648, realizó Poussin este dibujo, muy próximo a la obra que hoy puede contemplarse en Edimburgo. Puede, de acuerdo con el lienzo, datarse en 1647. La geometrización y ordenación del espacio son similares a las de la Penitencia, realizada en el mismo año. Evoca la Última Cena, en que fue instituida la Eucaristía. La estructura, piramidal, culmina en Cristo, de cuya cabeza, en concreto del nimbo, emana la luz que preside las tinieblas del cenáculo, un recurso típicamente barroco, aunque tomado del Manierismo italiano. En el lienzo, sin embargo, la luz procederá de la lámpara situada sobre la cabeza de Cristo, que aunque aparece en el dibujo, no es la principal fuente. Con todo, el efecto lumínico es casi el mismo.
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Aunque quebrantado por la Reforma el aparato ideológico-político que sostenía al cristianismo y unía a Europa, la Iglesia Romana -tras experimentar un extraordinario resurgimiento-, en vísperas del Jubileo de 1600, se preparaba para celebrar su triunfo, sin duda que relativo, sobre las iglesias reformadas. Y es que, en su intento de reconquistar espiritualmente los territorios perdidos de Europa, la Contrarreforma católica, inspirándose en los principios dogmáticos y disciplinarios proclamados en Trento, aun no habiendo podido erradicar la herejía, sí había logrado detener el avance protestante, recuperar grandes zonas geográficas e importantes masas de población y corregir sus abusos más irritantes. A mayor abundamiento en lo pírrico del triunfo, en 1598, la muerte de Felipe II había ratificado una realidad política: el fracaso del proyecto filipino por instaurar un Imperio hispánico con pretensiones de hegemonía extracontinental, más allá de los límites europeos, en defensa de la verdadera fe. En ese mismo año, poco antes, España acababa de firmar el Tratado de Vervins que venía a proclamar, tácitamente, la acelerada progresión de Francia como gran potencia hegemónica de Europa.Estas efemérides con las que se inició el siglo, confirmaban el definitivo arraigo y la multiplicidad de las comunidades protestantes y el desplazamiento hacia el Norte del equilibrio de poderes europeo, hechos que se hicieron realidad, sobre todo, a partir de la inflexión crítica señalada por la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), un conflicto político y social originado en los recíprocos y continuos enfrentamientos religiosos. Porque, dicho sea, esta guerra no sólo destrozó los Estados, maltrató las economías y aniquiló a los hombres -a lo que ayudaron, y bastante, las epidemias y el hambre-, sinoque también destruyó la solidez de la Contrarreforma católica y deshizo la coherencia de la Internacional calvinista, consumándose a un tiempo la pérdida de la supremacía habsbúrgica, tanto española como austríaca, al firmarse la Paz de Westfalia (1648) en beneficio del predominio europeo de Francia, cuya imparable ascensión ratificaría la Paz de los Pirineos (1659), pero que, al iniciarse el siglo XVIII, cedería ante el empuje de Inglaterra. Y es que, el concepto inglés del equilibrio de poder político europeo escondía, cínicamente, la idea de hegemonía.Se iniciaba, pues, una era de complejas relaciones, definidas por un fanático pluralismo político y unas crueles guerras devastadoras y propiciadas por las tensiones entre las fuerzas históricas emergentes: el absolutismo monárquico y el capitalismo burgués, a todo lo cual se sumaron, para complicar el panorama, los conflictos religiosos entre católicos y reformados (muy especialmente, calvinistas), las reformas institucionales internas y los cambios dinásticos, los sentimientos nacionalistas y las sublevaciones emancipadoras dentro de los Estados, las luchas entre las oligarquías aristocráticas o burguesas contra los poderes soberanos, las crisis sociales de subsistencia y las revueltas populares.Europa, fuertemente marcada por un permanente estado de tensión y conflicto, de violencia y disimulo, llegó a la extrapolación de sus problemas y a trasladar sus disputas a otros continentes. En el deseo de conquistar la unidad, de imponer su hegemonía política o de someter y colonizar comercialmente otros territorios en su beneficio, los distintos Estados maniobraron a escondidas, ejecutaron increíbles fintas diplomáticas, dieron golpes de efecto aquí y de fuerza allá, o retorcieron sus líneas políticas.Significativo en este sentido, fue el caso de las protestantes y burguesas Siete Provincias del Norte de los Países Bajos, que no sólo declararon su independencia de España con la constitución de la Unión de Utrecht (1579) -segregación que la Corona española admitiría de hecho al firmar la Tregua de los Doce Años (1609), pero sólo la sancionaría oficialmente por la Paz de La Haya (1648)-, sino que también, con el fin de explotar determinados productos (café, caña de azúcar, etc.) y de reforzar su comercio de esclavos, atacaron varias posesiones ultramarinas hispanoportuguesas, ocupando temporalmente Bahía (1624) y Recife (1630) y asentándose definitivamente en Curazao (1634) y la Guayana (1636); de este modo, la nueva República, además de conquistar su independencia, coadyuvó en América al hundimiento del poder español en Europa y creó su propio imperio colonial, convirtiéndose en una de las mayores potencias marítimas y comerciales del mundo, tras fundar sus Compañías de las Indias Orientales (1602) y de las Indias Occidentales (1621).Por el ascenso político de las clases mercantiles en Inglaterra y Holanda y por la consolidación del poder en la persona del soberano en Francia, estos países -en los que se acometieron, en diversa medida, unos acusados cambios institucionalesrepresentan, no sin reservas y ciertas contradicciones recurrentes, la encarnación de los principios doctrinales y políticos del liberalismo burgués capitalista y del absolutismo monárquico de origen divino, definidores del siglo XVII europeo. Sin duda, junto a la relevante singularidad del advenimiento histórico del Estado holandés, el caso más significativo sería el vivido por Inglaterra, que entre 1641 y 1688 conoció toda una serie de reformas estructurales y de revoluciones político-sociales internas, incluyendo una guerra civil, la ejecución de un rey y la abolición de la monarquía, la instauración de un régimen republicano parlamentario, en extremo puritano, y su degeneración en una dictadura personal, y la restauración monárquica absolutista que, finalmente, con un cambio dinástico por medio, se trocaría en monarquía constitucional.En esta acusada ceremonia de la confusión, los Estados italianos, Francia, Portugal y España, junto con los territorios de Flandes -los Países Bajos del Sur, bajo soberanía de la Corona española, con más o menos autonomía gubernativa, pero por idiosincrasia y tradición tan burguesas, capitalistas y liberales como sus copaisanos del Norte-, permanecieron fieles a la fe católica; por el contrario, Inglaterra, Escandinavia y la República de las Siete Provincias Unidas, afirmaron su fe protestante, ya anglicana, ya luterana, ya calvinista.Después de la Guerra de los Treinta Años, se confirmó la adhesión de Renania, Bohemia, Polonia, Hungría y Austria al catolicismo, mientras que la fe reformada arraigaba definitivamente en la Alemania nórdica. Pero, la Paz de Westfalia, al verificar la libertad de los príncipes germánicos frente al poder imperial habsbúrgico -reducido desde entonces a sus posesiones dinásticas de Austria y Hungría-, autorizó la fragmentación del Sacro Imperio Romano, que pasaba a constituir una confederación de Estados independientes, originando el súbito nacimiento político de casi trescientos cincuenta pequeños Estados principescos autónomos (se recordarán, por su incidencia histórica, Brandenburgo-Prusia, Baviera y Sajonia), y sancionó, por atomización, el triunfo del absolutismo monárquico. En consecuencia, además de los modelos italianos católicos de Génova y Venecia, el sistema republicano tan sólo se mantendría en los Países Bajos neerlandeses y en la Confederación Helvética.Además de un período de contiendas generalizadas, el Seiscientos europeo fue, paralelamente, una fase de fuerte contracción y recesión económica, con un colapso general de los precios y una caída de los salarios, a lo que se unió una acusada crisis demográfica. Con todo, la clave para superar esta acentuada recesión debe situarse en el distinto tipo de reacciones que ante estos fenómenos se plantearon y las soluciones que acometieron los diversos países. Así, ante unas dificultades y circunstancias adversas (que, sin ser las mismas, eran similares o cuanto menos parangonables), mientras algunas comunidades pecaron de un gran inmovilismo conservadurista, tanto en lo económico como en lo social, refeudalizando sus estructuras, las sociedades inglesa y holandesa -a las que favoreció su situación geográfica ante el traslado del tráfico comercial desde el eje del Mediterráneo al eje del Atlántico- se movilizaron en extremo y tomaron la iniciativa, permitiendo vía libre, comercial y financiera, a la nueva burguesía y creando nuevas y participativas formas de gobierno parlamentario.
contexto
Desde el Rin y la Europa central, los testimonios de arte paleolítico se extienden hacia los ricos yacimientos de las llanuras rusas y siberianas. En tan dilatado territorio sólo se pueden señalar dos cuevas con arte parietal. La cueva de Kapova, en los Urales, contiene algunas representaciones de mamuts y caballos de color rojo. En Rumania fue señalada, hace pocos años, por M. Curciumaru, la cueva de Cuciulat (Solaj), con pinturas de color rojo -entre ellas un caballo y un felino-, cuya cronología no está exactamente determinada. Las figuras más antiguas de este territorio son la docena de pequeñas esculturas de marfil de Vogelherd (Stetten, Jura suábico), encontradas en 1931 por Gustav Riek. Representan mamuts, caballos, el león de las cavernas, bisontes y una estilización de una figura humana con una especie de escarificaciones, a no ser que éstas representen un vestido. Pertenecen al Auriñaciense y su datación por el método del C14 lo estima en 34.000/30.000 años. Atribución cultural y fecha están confirmados por las excavaciones y nuevos hallazgos de Geissenklösterle (Valle de Aach, cerca de Blauberen) (un mamut, un bisonte, esbozo de un orante -el primero de la historia del arte- y una plaqueta caliza con tres dobles líneas de puntuaciones rojas) y Hohlenstein-Stadel (valle del Lone) (figurita de hombre disfrazado de león). Pertenecen al Gravetiense diversos lugares de Alemania, la República Checa, Eslovaquia y Austria. En el segundo de dichos países hay que destacar los hallazgos de Dolní Vêstonice (montañas de Pollau, al sur de Brno), el gran yacimiento del Pavloviense (= Gravetiense oriental) que proporcionó unos diez enterramientos a sus excavadores K. Absolon y B. Klíma (desde 1924). Entre numerosos fragmentos, en este lugar se hallaron dieciséis pequeñas esculturas: dos mamuts, dos osos, una cabeza de rinoceronte, una cabeza de león, una cabeza de reno, una cabeza femenina, una máscara, una venus, tres mujeres estilizadas, y una cuchara y una defensa de mamut con decoración de temas geométricos. Sobre un aspecto de este yacimiento, B. Klíma ha escrito: "En Dolní Vêstonice se ha logrado descubrir la vivienda de un artista. Esta quedaba aislada del campamento principal, y se caracterizaba por presentar una forma constructiva diferente. Se encontraron en las cenizas del hogar central, en parte abovedado a modo de horno, más de 2.200 pequeñas obras plásticas y fragmentos de obras de barro cocido. A su vez la existencia de fragmentos de flautas transversales indica que también la propia cabaña era el lugar de celebración de ceremonias mágicas y donde el creador de los objetos de arte, un sabio mago o sacerdote chamán, tenía su morada". En el yacimiento epónimo de Pavlov se encontraron una figura de león recortada sobre marfil, dos esculturillas de mamut, una venus y otras figuras. Del yacimiento, también al aire libre, de Moravany-Podkovica (Eslovaquia), procede otra venus. En Predmost (Moravia), se halló otra serie de objetos de arte mueble: abstracción de una figura femenina, un mamut, objetos con decoración geométrica, etc. Por último, dentro del período Gravetiense destaca la conocida venus de Willendorf (Wachau, Austria, junto al Danubio). En el Magdaleniense los materiales son más abundantes. Los hallazgos se extienden, en este caso, a Suiza. A este país pertenece el yacimiento de Kesslerloch (Thayngen, al norte de Schaffhausen), del que procede un divulgado bastón perforado denominado del Reno pastando y otros dos con sendos caballos cada uno, un fragmento con una cabeza de toro almizcleño y otras piezas. Del mismo período, en Alemania destacaremos el yacimiento de Gönnersdorf (Neuwied), excavado entre 1968 y 1976 por G. Bosinski, que localizó en él varios fondos de cabaña. El conjunto estaba sellado por una capa de piedra pómez correspondiente a una erupción volcánica ocurrida hacia el 9.000 a. de C. Los hallazgos pertenecen al Magdaleniense V de la nomenclatura clásica francesa. Los grabados se encuentran con frecuencia sobre placas de pizarra y llevan representaciones humanas, zoomorfas y signos. Como en el arte parietal, las figuras animales son muy naturalistas, mientras que los antropomorfos son estilizados y esquemáticos. Hay un par de grupos de figuras femeninas que parecen componer una escena de danza. Entre los signos se cuentan triángulos reticulados, círculos, haces de líneas, etc. Entre los animales hay imágenes de caballos, mamuts, rinocerontes, uro, perdiz blanca, foca (?), lobo, etc., aunque lo más importante es el lote diversificado de figuras femeninas. Destaca también el grupo de los mamuts, acerca del cual G. Bosinski ha escrito: "En Gönnersdorf es el mamut el que, después del caballo, ha sido representado en más ocasiones. De cualquier modo las representaciones de mamuts se limitan a una zona de ocupación de invierno en el sureste del yacimiento. El realismo de los detalles de estas figuras, por ejemplo en la reproducción del flequillo, ojo, trompa, oreja, patas, rabo y ano, permite una amplia comparación con los ejemplares conservados en Siberia. Se reflejan tanto animales adultos, con la típica línea de cabeza-espalda que desciende hacia atrás, como animales jóvenes de pelo tupido, con una línea dorsal convexa. A veces se representa a un animal adulto con otro joven o un grupo de animales jóvenes. Un problema lo constituyen los colmillos de los mamuts de Gönnersdorf, puesto que, o bien faltan en muchas ocasiones, o se representan muy pequeños. Teniendo ea cuenta la fidelidad de la reproducción de muchos detalles de los animales, esto sólo puede significar que los mamuts que conocía el dibujante o carecían de colmillos o, en el caso de tenerlos, eran pequeños. Esto va claramente en contra de muchos hallazgos y podría significar que en la segunda parte del Bölling vivían en el oeste de Centroeuropa mamuts con los colmillos atrofiados". En la misma Alemania hay numerosos otros hallazgos de menor importancia pertenecientes también al Magdaleniense. Entre ellos cabe citar el bastón perforado, sobre asta de reno, de Mittlere Klause (valle de Atmühl, cerca de Essing), con la representación tallada y grabada de un macho cabrío. Más numerosos son los objetos del paradero de cazadores de reno de Petersfels (valle de Bruder, Hegau): bastón perforado con las representaciones de dos renos y varias estatuillas femeninas del tipo al que precisamente este lugar ha dado nombre. En la República Checa citaremos para esta época la cueva de Pekárna (Ochoz, Moravia), con dos largas costillas de caballo, una con cuatro caballos pastando y otra con tres bisontes luchando entre sí, una "pala" finamente esculpida y con el grabado de un caballo, entre otras piezas. En el norte de Alemania, hallazgos como los del yacimiento de Ahrensburg (cerca de Hamburgo), corresponden a la tradición del arte que estamos estudiando, pero se trata de materiales claramente epipaleolíticos. Después de los descritos más arriba, hacia el este hay un gran espacio vacío de hallazgos. Más allá, en Rusia y Ucrania, deben señalarse los yacimientos de Mezine (región de Kiev), con curiosas figuras geométricas, y las de Gagarino y Kostienki (en el Don), con varias venus. Finalmente, fuera de Europa, más allá de los Urales, está la estación siberiana de Mal'ta (en el lago Baikal). Desde Moravia hasta Siberia se pone de manifiesto un arte de tendencia geométrica, con un geometrismo complejo que se expresa con motivos en apariencia puramente ornamentales, muy diferentes de las expresiones no figurativas de la Europa occidental. En la antigua Unión Soviética, el total de yacimientos con arte paleolítico rebasa la cincuentena. Z. A. Abramova estableció su amplio corpus iconográfico en 1962. Hasta aquí hemos recorrido, en una síntesis apretada, el territorio que fue propio de los artistas del Paleolítico superior. Quedan por citar algunos casos de la periferia de la Europa occidental. En Bélgica hay algunos lugares que han proporcionado piezas de arte mueble: Sy-Verlaine, Juzaine, Furfooz y algún otro. En las Islas Británicas, casi totalmente ocupadas por el casquete glaciar durante el Paleolítico superior, el único testimonio del arte de dicha época son los restos de figuras de la cueva de Creswell Crags (Derbyshire).
contexto
La Europa del periodo 1388-1415 mantuvo un statu quo no de paz, pero sí marcado por la voluntad de no proseguir los grandes enfrentamientos bélicos. Pese al grave problema del Cisma (1378-1417), los conflictos militares quedaron localizados y siempre derivaron de otros anteriores. Común a todo Occidente fue el auge del poder de la alta nobleza, especialmente la de parientes del rey, cuyas disputas e intereses provocarían a la larga un nuevo estallido bélico a gran escala. Superadas las agitaciones bélico-sociales del periodo 1380-1389, la victoriosa Francia de Carlos VI (1380-1422) se polarizó en torno a dos grupos que aspiraban al poder. Al principio lo ejerció el formado por los antiguos consejeros de Carlos V, altos letrados y funcionarios de corte, burgueses enriquecidos -llamados "marmousets" (monigotes) por la alta nobleza- de talante reformista y encabezados por el condestable Olivier de Clisson. En 1392 la locura incapacitó a Carlos VI y los "marmousets" fueron expulsados por el grupo formado por la reina Isabel de Baviera y los poderosos tíos del rey -los duques Felipe el Atrevido de Borgoña, Luis de Orleans y Juan de Berry- dueños de grandes dominios (apanages) creados por Juan el Bueno. Estos se volcaron en alocadas aventuras exteriores (la cruzada borgoñona derrotada en Nicópolis en 1396...) hasta la muerte del duque de Borgoña Felipe el Atrevido en 1404. Su hijo Juan Sin Miedo (1404-1419) heredó las dos Borgoñas, Flandes y Artois, un amplio y rico dominio cuya potencia política quebró el precario equilibrio existente entre los grandes nobles del reino. Comenzó entonces el enfrentamiento con su hermano Luis, duque de Orleans, cuyo poder fue en aumento hasta su asesinato a manos de sicarios de Juan Sin Miedo (noviembre-1407). La lucha entre los duques de Orleans y Borgoña degeneró entonces en guerra civil, y Francia se dividió en dos bandos irreconciliables: de un lado, los borgoñones, encabezados por Juan Sin Miedo, fuertes en el norte y este del país y respaldados por Inglaterra y sectores burgueses y reformistas, sobre todo de París; y de otro, los "armagnacs", de tendencias más pronobiliarias, encabezados por el nuevo duque Carlos de Orleans junto a los duques de Berry, Borbón y Bretaña y su suegro el conde Bernardo de Armagnac, que les dio nombre. En 1411 los borgoñones, apoyados por los ingleses, tomaron el poder, pero el inestable gobierno borgoñón de París acabó degenerando en un sangriento conflicto político-social. En mayo de 1413 Simon Caboche, jefe de la corporación de los carniceros, impuso la "Ordenance Cabochienne", programa político destinado a mejorar la administración y sanear las finanzas que desembocó en una brutal ola de violencia contra los partidarios del duque de Orleans. Juan Sin Miedo perdió el control de la situación y las persecuciones alcanzaron también a los miembros de la alta burguesía parisina, lo que propició la entrega de la ciudad a las fuerzas de Carlos de Orleans (septiembre-1413). Los Orleans abolieron la "Ordenanza Cabochienne", pero al terror borgoñón le sucedió el contra-terror armagnac. Decidido a recuperar el poder, el duque Juan Sin Miedo pactó en 1414 con Enrique V de Inglaterra (1413-1422) una nueva intervención militar en el continente. Así, la desmedida lucha por el poder de la alta nobleza en una Francia descabezada por la locura de Carlos VI ofreció al renovado imperialismo inglés, encarnado por Enrique IV, la posibilidad de tomarse el desquite por sus anteriores derrotas. A la muerte de Eduardo III el trono recayó en su nieto Ricardo II (1377-1399), tutelado por sus tíos los duques de Gloucester, Lancaster y York. El reinado comenzó en un clima de grave crisis causado por las derrotas militares en el continente, el acoso castellano en el Canal y los fracasos del regente, tensión que estalló en la revuelta de 1381. Alcanzada la mayoría de edad, Ricardo II trató de gobernar de forma autoritaria, pero chocó desde 1388 con la nobleza (Gloucester, los condes de Warwick y Arundel...) y las fuerzas populares agrupadas en el llamado parlamento sin piedad. El monarca se centró en las empresas exteriores para restaurar su prestigio. Primero afrontó la insumisión de la nobleza anglo-irlandesa (Fitzgerald, Talbot, Butler...) que fue sometida en 1394-1395. Después aceptó una tregua de 25 años con Francia, sancionada mediante su matrimonio con Isabel de Valois, hija de Carlos VI. La impopular francofilia de Ricardo II (uso del título de padre de Francia, devolución de Bretaña desde 1391 y de Normandía desde 1393) culminó en la entrevista de Ardres con Carlos VI (1396), ingenuo intento de iniciar una etapa de colaboración estable entre ambos reinos. Ricardo II cometió su mayor error a la muerte de Juan de Gante en 1398. De forma imprudente reintegró el ducado de Lancaster a la Corona sin contar con Enrique, hijo del duque difunto. Este encabezó una conjura nobiliaria que se nutrió del descontento por la francofilia del rey. Con el apoyo de los grandes linajes (los Percy de Northumberland) y legitimado por el Parlamento, Enrique de Lancaster destronó a Ricardo II en 1399. Un año después moría asesinado el último monarca Plantagenet. El golpe de estado de Enrique IV Lancaster (1399-1413) repitió el modelo castellano creado en 1366-1369. Y como la trastamarista, la revolución lancasteriana colocó a su beneficiario frente a los mismos problemas nobiliarios que había sufrido Ricardo II. Enrique IV atacó la cuestión con dureza y entre 1403 y 1408 derrotó y sometió a los grandes nobles rebeldes a su gobierno (los Percy, los Arundel y los Mortimer). Su política autoritaria se apoyó en el Parlamento, principal fuente de recursos de la Corona. De cara al exterior, el primer Lancaster tuvo que enfrentarse a los problemas británicos de Inglaterra. Hasta 1409 combatió la revuelta de Gales, iniciada en 1400 por Owen Glyn Dwr con ayuda de Escocia, algunos nobles ingleses rebeldes y Francia más tarde. Desde 1402 luchó con éxito contra los escoceses, capturando en 1406 a su rey Jacobo I Estuardo (1406-1437). En estos años ingleses y franceses buscaron un nuevo enfrentamiento armado, pero los problemas internos de ambos reinos retrasaron el choque. Al final de su reinado la oposición nobiliaria dirigida por su hijo Enrique se unió a las incitaciones de borgoñones y armagnacs para que interviniera militarmente en el continente.