Las cuatro décadas centrales del siglo pasado, entre 1830 y 1870, constituyen un periodo en el que la prosperidad material se acentúa y, aunque persisten notables desigualdades, se experimenta una generalizada mejora de las condiciones de vida de las que se benefician casi todos los sectores de la sociedad. En buena medida, estos cambios fueron debidos a las grandes transformaciones que se produjeron en el mundo de los transportes y a los progresos experimentados en el abastecimiento de los productos alimenticios. Michael Biddis ha escrito que las transformaciones económicas de aquellos años provocaron una serie de cambios que modificaron la vida ordinaria de los europeos en un grado sólo comparable a la revolución que supuso la aparición de las herramientas neolíticas.Desde mediados de siglo, especialmente, esta expansión económica resultó notable y claramente perceptible en países como el Reino Unido y Bélgica, que tenían un indudable liderazgo en los procesos de transformación económica que llevaron a la sociedad capitalista, pero también empezaron a notarse en Francia, en Prusia, y en otros pequeños Estados alemanes. La Exposición Internacional de Londres de 1851, en la que catorce mil empresas expusieron sus productos, fue la primera gran demostración del nacimiento de una sociedad próspera y consciente del progreso que se experimentaba. Biddis ha sugerido que el Crystal Palace, construido por Joseph Paxton para albergar la Exposición, podría representar una catedral secular en la que se ponía de manifiesto el esplendor de la nueva religión del progreso material. Las celebraciones de esta nueva liturgia continuarían con las exposiciones de París (1855), Londres (1862), de nuevo París (1867), Viena (1873) y, ya fuera de Europa, Filadelfia (Centennial Exhibition de 1876).La amenaza revolucionaria, persistente desde medio siglo antes, comenzó a alejarse en el horizonte, mientras que la percepción generalizada de mejoras, a partir de los avances en los campos científico y tecnológico, alcanzó a las circunstancias normales de la vida diaria, y los habitantes de los países más avanzados empezaron a adquirir el convencimiento de que era posible el cambio y la mejora permanentes.
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Durante los años que siguieron al Congreso de Viena se fue desarrollando lo que más tarde se llamaría el sistema de Metternich. El canciller austriaco había inculcado a la alianza europea un carácter conservador y antiliberal, pero su sistema estaba destinado a servir, sobre todo, a los intereses de Austria. Estaba claro que era ya imposible conseguir que todos los territorios que estaban bajo su dominio formasen una unidad compacta, así pues, Metternich optó por un modelo de Estado austriaco más bien multinacional. Pero al mismo tiempo, grandemente influido por su colaborador Friedrich von Gentz, trató de conseguir en el interior de los Estados un equilibrio basado en el orden social. Consciente de que la debilidad del Imperio austriaco radicaba sobre todo en que el único lazo de unión de los diversos territorios que lo formaban era la dinastía Habsburgo, trató de obviar el peligro que representaban los nacionalismos alemán, italiano o eslavo.En Alemania dejó bien claro Metternich que no permitiría ningún brote nacionalista en la Dieta de la Confederación (Bund) que se reunió en Frankfurt en 1816, cuando disolvió las sociedades patrióticas de estudiantes (Burschenschaften) que existían en casi todas sus universidades, y cuando impuso una rígida censura de prensa. Tampoco dejaba lugar a dudas su actitud de limitar las cuestiones que podían ser discutidas en las asambleas parlamentarias y de hacer reconocer el derecho de intervenir en los Estados por parte de la autoridad federal.En Italia, la política de Metternich provocó mayor inquietud que en Alemania, porque a ésta le había ido mejor con el dominio napoleónico que a aquélla. Había disfrutado de una mayor cohesión y los métodos de los Habsburgo consiguieron soliviantar los ánimos, al menos en Lombardía y en Venecia, en donde se nombraron a alemanes y a eslavos en los puestos más importantes de la administración para impedir cualquier aspiración autonomista. El pequeño ducado de Parma estaba gobernado por María Luisa, la Habsburgo que había casado con Napoleón, y no ofrecía ningún problema para su control por parte de Austria, y en cuanto a Nápoles y Sicilia en el sur, que se hallaban bajo el gobierno de Fernando I de Borbón, tampoco planteaban ninguna dificultad ya que imperaba una general pobreza e ignorancia de la población, junto con una estrecha censura y control de la autoridad. La fuerza del sistema de Metternich en Italia residía también en el mantenimiento de la división entre sus distintos estados y en la ausencia de una fuerza capaz de aglutinar las aspiraciones nacionalistas.Para reforzar su sistema en el interior de los territorios del Imperio austriaco, Metternich había organizado un sistema de información increíblemente sofisticado que le permitía estar al tanto de todo los asuntos que se trataban en ellos. Mediante una centralización de toda la correspondencia con el extranjero, que tenía que pasar necesariamente por Viena, conseguía interceptar todas aquellas cartas que ofrecían información sobre los distintos gobiernos extranjeros y sobre todos aquellos asuntos que pudiesen interesar a su Cancillería.El sistema de Metternich iba más allá de las fronteras de Austria y alcanzaba a los destinos de Europa, que había llegado a adquirir para él "el valor de una patria". Por eso se convirtió en el adalid de la creación de una maquinaria que concertase la acción de los monarcas europeos. Para él, los asuntos internos y los internacionales eran inseparables, de tal manera que lo que ocurría dentro de algún Estado interesaba en cierta medida a los demás y justificaba el que éstos recabasen información y que, incluso, pudieran ponerse de acuerdo para llevar a cabo una intervención. El zar Alejandro sostenía la misma doctrina, pero en su forma más radical: quería que la alianza de las grandes potencias sirviese para sofocar la revolución dondequiera que se manifestase. Frente a esta concepción, ya fuese en su forma más moderada o en la más radical, los liberales y los nacionalistas sostenían lo contrario. Es decir, que los gobiernos debían depender única y exclusivamente de los pueblos a quienes gobernaban y que por lo tanto éstos no podían estar supeditados a los intereses y a los deseos de otros gobiernos extranjeros porque eso violaba el ideal de la independencia nacional y de la autodeterminación. Estas dos concepciones irreconciliables estuvieron vigentes en Europa, al menos, hasta 1848 y marcaron el desarrollo de las relaciones internacionales en el continente.Metternich sabía que tarde o temprano estallarían conflictos entre Austria y sus vecinos orientales, entre Rusia y Turquía, o entre Prusia y el Piamonte, por consiguiente había que poner en marcha la maquinaria para resolverlos mediante una acción concertada. Sería el "concierto de Europa" que había servido para derrotar a Napoleón y que había que mantener de alguna forma una vez que había desaparecido el peligro napoleónico. La fórmula consistía, como ya se ha visto, en la celebración de congresos periódicos en los que los gobiernos de las naciones más importante pudieran ponerse de acuerdo para resolver las disputas y los problemas que amenazasen con quebrantar la paz y el equilibrio europeo. Metternich asumió esta idea y fue el que siempre llevó la iniciativa de su convocatoria. Tales congresos se celebraron en Aix la Chapelle en 1818, en Troppau en 1820, en Laibach en 1821 y en Verona en 1822.En el Congreso de Aix la Chapelle se trató especialmente de la marcha de los asuntos en la Francia restaurada y las grandes potencias la invitaron a entrar en una Quíntuple Alianza para preservar la paz europea, pero al mismo tiempo renovaron secretamente la Cuádruple como salvaguardia contra ella. El zar Alejandro intentó que se tomase el acuerdo de crear una fuerza internacional para que detuviese cualquier intento revolucionario, pero tanto Castlereagh como Metternich bloquearon este proyecto. Tampoco prosperó el intento del zar de organizar una ayuda a España para impedir la emancipación de sus colonias de América.En el Congreso de Troppau, celebrado en octubre de 1820, fue de nuevo el zar el que intentó convencer a los restantes socios de la coalición de que había que intervenir en España, donde acababa de triunfar la Revolución de 1820 que había obligado al monarca Fernando VII a aceptar la Constitución de 1812 y a sustituir la Monarquía absoluta por una de corte liberal, lo cual era estimado por Alejandro como un grave peligro que había que abortar. De nuevo Castlereagh, que no asistió a este Congreso, se opuso, alegando que cuestiones como esas afectaban únicamente a la política interior de cada país y que una intervención era "impracticable y objecionable", poniendo así las bases de lo que sería la política exterior británica en el futuro. Metternich, por su parte, tampoco estaba muy convencido de que el asunto de España mereciera tal atención, pero cuando estallaron revoluciones en Portugal, el Piamonte y Nápoles, aceptó convocar un nuevo congreso para ocuparse de la cuestión. Gran Bretaña y Francia aceptaron solamente enviar observadores.En el Congreso de Laybach -la actual Liubliana-, en enero de 1821, Metternich, con el apoyo de Prusia y Rusia, decidió reprimir la revolución en el Piamonte y en Nápoles, a pesar de las protestas británicas. En marzo de 1821 los ejércitos austriacos restablecieron la plena soberanía de sus respectivos reyes.El Congreso de Verona de 1822 fue convocado con motivo de una nueva revolución en el sur de Europa: esta vez en Grecia. Los griegos se habían levantado contra el dominio turco en marzo de 1821. El peligro para Metternich, Castlereagh y para todos los que deseaban mantener la paz en Europa, radicaba en la posibilidad de que el zar Alejandro interviniese contra los turcos para apoyar a los griegos. Cuando el nuevo Congreso se reunió en Verona en el otoño de 1822, los asuntos de España habían cobrado tal importancia que se les prestó más atención que a los de Grecia. Para entonces, Castlereagh se había suicidado y le había sucedido Canning, cuya postura hacia los congresos y hacia la intervención en los asuntos internos de otros países era aún más reticente que la de su predecesor. Las potencias enviaron una nota al gobierno liberal español de Evaristo San Miguel para que diese un giro a su política y cambiase la Constitución. En caso de negativa, Rusia se ofreció a enviar sus ejércitos, ante la alarma de Austria. Francia, por su parte, no deseaba que pisasen de nuevo su suelo tropas extranjeras, ni siquiera para pasar a España, pues el recuerdo, todavía fresco, de la presencia de las fuerzas aliadas después de la derrota napoleónica no hacía agradable la perspectiva. Así pues, fue la misma Francia la que se ofreció para enviar a España un ejército -los Cien Mil Hijos de San Luis- cuyo éxito le permitiría restablecer al primo de Luis XVIII, Fernando VII, en la plenitud de su soberanía, contribuiría a unir a los franceses interiormente en una empresa común y, por último, serviría para demostrar al mundo la fuerza del régimen restaurado.La intervención en España de los Cien Mil Hijos de San Luis consiguió su propósito de restablecer la Monarquía absoluta de Fernando VII, y quizá contribuyó a consolidar la Monarquía restaurada en Francia, pero fue también la causa de la desintegración del sistema de Congresos, pues Gran Bretaña, opuesta a la intervención, se retiró definitivamente de la Alianza; Rusia salió disgustada por no habérsele dado la oportunidad de participar en la empresa, y Francia actuaría desde entonces de forma cada vez más independiente. En definitiva, el sistema de Metternich iría languideciendo a partir de entonces y la política de concertación sería sustituida por la actuación individualista de cada potencia hasta desaparecer por completo con motivo de la oleada revolucionaria de 1830.Al margen de la política de concertación entre las grandes potencias europeas, después de la derrota napoleónica se abrió una etapa en la que cada una de ellas trataría de adaptar la experiencia revolucionario-napoleónica, dando respuestas a los interrogantes que se abrían ante su futuro. Para unos, como Francia y Gran Bretaña, la política reaccionaria imperante chocaba con las nociones europeas occidentales de libertad política y de garantía constitucional que habían aportado las revoluciones del siglo XVIII, aunque su aplicación se hiciese de forma distinta en cada lugar. Para otras, como las de la Europa central y oriental, los principios libertarios eran todavía demasiado peligrosos y lo único que provocaron fue una política de represión de toda manifestación en contra del orden establecido.En Francia, la restauración de los Borbones en la persona de Luis XVIII, había sido aprobada por las grandes potencias en nombre de la "legitimidad" y a propuesta de Talleyrand, pero en la inteligencia de que la Monarquía habría de reconocer y de confirmar las principales reformas sociales y políticas de la Revolución. La Carta misma que se promulgó en 1814, garantizaba las libertades individuales e instauraba en Francia una forma constitucional de monarquía limitada. Y aunque el nuevo monarca, al aceptar estas limitaciones daba muestras de su deseo de no arriesgar su cabeza como su antecesor en el trono, ni de volver a emigrar, como lo había tenido que hacer durante los tiempos revolucionarios, no tuvo más remedio que escapar de Francia otra vez cuando Napoleón regresó de la isla de Elba. Pero después del episodio de los Cien Días, cuando se produjo lo que se llamó la Segunda Restauración, se encontró con una Francia muy dividida, en la que hacía falta una mano dura y un gran tacto político al mismo tiempo. Para Dominique Bagge, el torrente de vitalidad que había derrochado Francia en los últimos años no se había agotado aún y la labor del nuevo monarca debía dirigirse a canalizarlo, trazándole un nuevo cauce. Sin embargo, su esfuerzo se limitaría a restaurar, cuando lo que hacía falta era reconstruir.Uno de los primeros problemas que tuvo que abordar Luis XVIII fue el de los emigrados. Muchos de ellos pensaron a su vuelta que había llegado el momento de ver recompensados sus sacrificios y premiada su fidelidad. Para la mayoría de ellos la historia había detenido su marcha desde el momento en que la Monarquía había sido sustituida por otro sistema y vivían todavía en el Antiguo Régimen. El rey francés no quiso dejarse llevar por la presión de estos emigrados y evitó en la medida en que le fue posible la depuración de los que habían estado ocupando cargos públicos. Bertier de Sauvigny ha señalado que sólo un 35 por 100 de los prefectos fue reemplazado. "Union et oublier" era el lema que había impuesto Luis XVIII al ocupar el trono. Sin embargo, en las primeras elecciones de agosto de 1815 obtuvieron mayoría los llamados ultra-realistas que formaron la "chambre introuvable". El duque de Richelieu, desde el gobierno, trató de limitar la reacción castigando a algunos culpables, como el general Ney, entre otros, que fue fusilado el 7 de diciembre de 1815. Unas nuevas elecciones en septiembre de 1816 dieron una mayoría moderada y Richelieu pudo comenzar a reparar los desastres de la derrota con una política de conciliación que fue apoyada por todos. En el orden relativo a las finanzas del Estado tuvo también un éxito notable la política de otro primer ministro, el conde de Villèle, que presidió el Consejo entre 1822 y 1824. Durante su mandato, el ministro de Asuntos Exteriores, Chateaubriand, arrastró a Francia a la intervención en España mediante el envío de los Cien Mil Hijos de San Luis, y cuando Luis XVIII murió en septiembre de 1824, Francia había recuperado el prestigio militar y político a los ojos del resto de Europa y en el interior se había restablecido la prosperidad y el orden, sólo alterado por algunas conspiraciones liberales (Didier, los cuatro sargentos de la Rochela, Berton) que tuvieron poco éxito.Con el nombre de Carlos X subió al trono francés el conde de Artois, hermano del rey fallecido. No poseía ni el tacto político ni la inteligencia de su predecesor y con su mayor conservadurismo daba la impresión de querer volver al Antiguo Régimen. Indemnizó a los emigrados con compensaciones por las propiedades que les habían sido confiscadas durante su ausencia; para reforzar la aristocracia inspiró un proyecto destinado a restablecer una especie de derecho de mayorazgo y proporcionó toda clase de favores a la Iglesia, con lo que generó una ola de anticlericalismo. En el exterior, dio satisfacción a los sentimientos de los nacionalistas impulsando una intervención a favor de la independencia de Grecia. Conservó en un principio al primer ministro Villèle, pero éste tuvo que dimitir ante los constantes ataques de que era objeto por parte de una brillante prensa liberal. En agosto de 1829, Carlos X facilitó el poder a un grupo de hombres que se destacaban por su mentalidad reaccionaria y a cuya cabeza estaba el nuevo jefe del gobierno, príncipe de Polignac. Éste quiso poner remedio a su impopularidad mediante la organización de una nueva empresa militar en el exterior. El pretexto que encontró no fue otro que el insulto que el bey de Argel había infligido al cónsul francés por haber organizado una expedición contra los piratas berberiscos. La operación dio como resultado la toma de Argel el 5 de julio de 1830. Sin embargo, aunque parezca paradójico, esa sería también la causa de su caída, por cuanto el éxito de la empresa le animó en su política reaccionaria, lo que provocaría el levantamiento de la oposición en unos momentos en que sus mejores tropas se hallaban fuera de Francia. En efecto, la Revolución de 1830 le obligaría a dejar el trono y a salir del país.En Gran Bretaña las tradiciones y los hábitos parlamentarios hacían funcionar la Monarquía constitucional sin grandes sobresaltos. Los tories se mantuvieron en el poder bajo lord Liverpool hasta 1827 y bajo Canning, Goderich y el duque de Wellington hasta 1830, gracias sobre todo a la división de sus oponentes, los whigs. Una prudente política financiera y una forma de manejar los asuntos públicos como si de una empresa se tratara, consiguieron revitalizar la economía inglesa después de la crisis agrícola de 1815-1816 y la crisis comercial de 1819. Sin embargo, de la misma manera que en Francia, la política conservadora impidió la puesta en marcha de nuevas reformas. El clima que se respiraba en Gran Bretaña en los años posteriores a la derrota napoleónica era de temor ante cualquier manifestación de disidencia, y de restricción de libertades públicas. El rey Jorge IV había ocupado la regencia desde 1811 hasta 1820, y desde ese año hasta su muerte en 1830, el trono británico. No fue un monarca muy popular y así lo ponía de manifiesto el comentario del periódico londinense The Times en su necrología: "Nunca hubo una persona cuya muerte fuera menos lamentada por sus súbditos que este rey. ¿Qué lágrimas se han derramado por él? ¿Qué corazón ha dado muestras de dolor desinteresado?"A partir de los años veinte, se inició un cierto cambio en la política de los tories. Los dos ejemplos más claros del prudente reformismo de los conservadores británicos de este periodo fueron, por una parte, la abolición de las Combination Laws en 1824, y por otra, la concesión de igualdad de derechos a los protestantes disidentes y a los católicos en 1829. La primera de estas medidas venía a suprimir unas leyes aprobadas a principios de siglo, mediante las cuales se prohibían las asociaciones de varios tipos y entre ellas las de carácter sindical que podían ser objeto de acusación de conspiración. Sin embargo, los empresarios creían que estas medidas provocaban los problemas más que los evitaban, así es que los sindicatos volvieron a autorizarse para la negociación de los salarios y de las horas de trabajo, pero con una expresa prohibición del uso de la intimidación y la violencia. A lo largo de la década, los sindicatos experimentaron un gran desarrollo y pudieron tratar con libertad las mejoras en las condiciones de trabajo. En cuanto a la segunda de las medidas, permitía que los protestantes disidentes pudiesen acceder a los puestos de la administración en igualdad de condiciones con respecto a los miembros de la Iglesia de Inglaterra. Con respecto a los católicos, la medida afectaba especialmente a los irlandeses ya que en Inglaterra había solamente unos 60.000. En Irlanda no había parlamento, pero sus habitantes tenían derecho a enviar representantes al Parlamento inglés de Wetminster, donde no podían sentarse los católicos. El irlandés Daniel O'Connell organizó un movimiento destinado a conseguir el levantamiento de esa prohibición y cuando él mismo fue elegido diputado, consiguió que se le reconociese a los católicos el derecho a ser elegidos para todos los cargos en el Reino Unido, excepto para algunos muy específicos, así como los mismos derechos civiles que a los protestantes. Para David Thompson, éstas eran muestras del triunfo de los métodos de la legalización de las asociaciones populares que otros iban a imitar pronto.Junto con este reformismo moderado, Gran Bretaña conoció también por estos años una corriente radical que tomó fuerza como consecuencia de la crisis económica de 1815-1816. Uno de sus líderes más destacados fue John Cartwright y su propósito era el de proponer la reforma del Parlamento y el sufragio universal. Los radicales organizaron un movimiento de protesta contra la Corn Law de 1815 alegando que encarecía el pan, en el que contaron con la virulenta pluma de William Cobbet a través de su periódico Political Register. En esta atmósfera, cuando una multitud de alrededor de 60.000 personas se disponía a escuchar en St. Peter´s Field, en Manchester, a un orador que iba a pronunciar un discurso de protesta, un escuadrón de caballería recibió la orden de cargar provocando el pánico de los reunidos. Se produjeron 11 muertes y más de 400 personas resultaron heridas en lo que sardónicamente se le llamó la Batalla de Peterloo. Aquel episodio contribuyó a aplacar el movimiento radical, pero al mismo tiempo pasó a convertirse en un mito popular de la lucha por las libertades. Aquel mismo año de 1819 se aprobaron las llamadas Seis Leyes mediante las cuales quedaban prohibidas las manifestaciones, las reuniones para escuchar protestas políticas o religiosas, se autorizaban los registros domiciliarios, se reducían los derechos de los acusados en un proceso criminal y se imponía a los diarios un pesado impuesto para restringir su circulación. El propósito de estas leyes y de la política represiva en general, era el de evitar que la agitación política calase en las capas más bajas de la sociedad, y esta actitud era respaldada tanto por los tories como por los whigs, quienes no estaban dispuestos a admitir que las clases trabajadoras tomaran conciencia de la lucha política. Con tiempo y con un gobierno prudente, su situación podía mejorar, pero el radicalismo y la democracia sólo podían acarrear frustración y desilusiones.En 1822 Robert Peel fue nombrado ministro del Interior en el gabinete británico presidido por lord Liverpool, y unos meses más tarde, George Canning ocupó la Secretaría del Foreign Office, después del suicidio de Castlereagh. Estos hombres, a pesar de que la represión había hecho desaparecer a muchos agitadores y que la presión por los cambios había desaparecido en la práctica, emprendieron una política de reformas destinadas a recuperar la prosperidad económica y a aliviar la miseria de los más desheredados que era lo que había alimentado la inquietud popular. Sin embargo, no hubo mucho interés en llevar a cabo una reforma parlamentaria y hasta que no se produjo la Revolución de 1830 en Francia y el fallecimiento del rey Jorge IV, no se volverían a producir intentos para llevar adelante algunos avances democráticos.En la Europa mediterránea, la etapa de la Restauración se desarrolló en medio de los enfrentamientos entre las fuerzas que pugnaban por implantar las innovaciones surgidas de la Revolución y aquellas que se resistían a ceder los presupuestos del Antiguo Régimen. En España, el reinado de Fernando VII (1814-1833) estuvo jalonado por una serie de cambios mediante al que una etapa de seis años en la que se restauró la Monarquía absoluta, siguió otra de tres años en la que el rey se vio forzado a aceptar la Constitución de 1812 y a reinar como monarca constitucional, para implantar finalmente, y por segunda vez, la Monarquía absoluta durante los diez últimos años de su vida. El liberalismo español, triunfante después de la Revolución de Riego en 1820, fue el que desató el temor entre las potencias europeas y motivó el envío del ejército francés de "Los Cien Mil Hijos de San Luis" para reponer a Fernando VII en la plenitud de su soberanía. A partir de 1823, estos liberales tuvieron que sufrir la persecución o el exilio hasta que la muerte del rey diera paso definitivamente a un régimen constitucional a pesar de la oposición de los llamados carlistas, partidarios de mantener aún las estructuras del Antiguo Régimen.En Portugal, la revuelta de los liberales hizo que el rey Juan VI regresase a Lisboa como monarca constitucional, dejando a su primogénito Pedro como rey de Brasil. Sin embargo, los elementos más reaccionarios de la corte se ampararon en su segundo hijo, Miguel, para obligarle a renunciar a las reformas liberales. A la muerte de Juan, en 1826, don Miguel asumió la regencia de la legítima heredera, doña María II, hija de su hermano Pedro de Brasil. Alentado por el apoyo de los conservadores, Miguel declaró a su sobrina incapacitada para gobernar en 1828, asumió todo el poder y declaró nula la Constitución. Miguel comenzó a reinar como rey absoluto, de la misma forma que Fernando VII lo estaba haciendo en España.La situación de Italia era también de enfrentamiento entre las fuerzas liberales y las conservadoras con la complicación añadida de la división del territorio y la presencia de fuerzas extranjeras. Tras la derrota napoleónica, que había convertido al Reino de Roma en una pieza importante en el conjunto del Imperio, Italia presenció el retorno de las viejas dinastías con sus privilegios y el predominio de la aristocracia. Por esa razón, la caída de Napoleón no fue vista de igual forma que en otros territorios europeos, como una liberación. Quizá también por eso, los movimientos liberales adquirieron aquí un aire especial, con una gran actividad clandestina a través de las sociedades secretas de "los carbonari", "los adelphi", etc., cuyos líderes Buonarotti, Pecchio, Pepe y otros, tuvieron un destacado protagonismo en la lucha por las libertades dentro y fuera de Italia. Sin embargo, en el reino de las Dos Sicilias, en los Estados Pontificios, en el Piamonte y Saboya, así como en los pequeños Estados de Parma y Piacenza, o en el gran Ducado de Toscana, prevalecieron los regímenes de plena soberanía real, a pesar de que a principios de la década de 1820 estallasen movimientos revolucionarios, pronto sofocados por la acción policíaca o la intervención extranjera.En el extremo oriental de Europa, Rusia había visto frenada sus ambiciones expansionistas por el resto de las naciones europeas. No obstante, el imperio del zar Alejandro I se extendía desde Polonia y Finlandia en el oeste, hasta Siberia y las orillas del Amur en el lejano Oriente, y desde el Ártico en el norte hasta las orillas del Mar Negro y del Mar Caspio en el sur. A pesar de las expectativas iniciales, Alejandro no llevó a cabo en estos territorios ninguna política de reforma. Los requerimientos en el exterior y su voluble carácter le impidieron concentrarse en los asuntos internos y, por otra parte, fue abandonando el moderado reformismo de su juventud, influido por los consejeros reaccionarios de los que se rodeó. A su muerte, en diciembre de 1825, su hermano y sucesor Nicolás I continuó esta tendencia absolutista. El nuevo zar tuvo que enfrentarse con la crisis conocida como la Revolución Decembrista, en la que 3.000 soldados de diversos regimientos se sublevaron en la capital el 14 de diciembre, y que podría encajarse con los movimientos similares de España, Portugal, Nápoles, etc., en lo que algunos historiadores han llamado el ciclo revolucionario de 1820. Manifestaban así su descontento por las condiciones de vida, por la corrupción de la administración, por la precariedad de la situación de los militares y por la situación de los siervos. Las tropas del gobierno sometieron a los rebeldes y sus principales líderes fueron condenados a muerte y ejecutados. Aquel episodio fue seguido por una dura política de represión por parte de Nicolás I, quien se mostró contrario a cualquier clase de reforma. La policía secreta -la famosa Tercera Sección- en manos del conde Benckendorff, se convirtió en el símbolo de su reinado. Cuando en la mayor parte de Europa se producía el nuevo ciclo revolucionario de 1830, en Rusia permanecían inamovibles la rígida dictadura policial y todo el aparato burocrático del zarismo.
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En 1943, los aliados parecen haber tomado ya la iniciativa, tras las derrotas japonesas en Oriente, alemanas en la URSS y tras la caída definitiva de Italia. Sin embargo, Alemania disponía aun de las suficientes reservas para proseguir la guerra en Europa en dos frentes, el del Este y el de Italia. Antes de junio de 1944, Hitler sabía que no tardaría en abrirse otro frente en Europa occidental, probablemente mediante una invasión a través del Canal de la Mancha. El Führer suponía además que habrían de producirse una serie de invasiones suplementarias en todo el territorio europeo ocupado, por lo que repartió el grueso de sus fuerzas entre los distintos flancos amenazados. Sin embargo, ya estaba claro que el ataque principal habría de producirse desde Gran Bretaña, por lo que las más fuertes defensas se habían establecido en la Francia ocupada.
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Goethe publicó en 1816 el artículo "Ruysdael como poeta", en el que alababa la facultad de este pintor para satisfacer "todas las exigencias de nuestro sentido externo" y decía que "su visión convence tanto al aficionado como al experto". Y esto era producto de su voluntad naturalista. Pero Goethe interpreta también en este artículo a Ruysdael como poeta o como artista pensante, comentando sucesivamente tres cuadros suyos de la Pinacoteca de Dresde. Sobre las ruinas que aparecen en Monasterio, a las que se refiere como viejo lugar de peregrinación, escribe:" El que aquí hubo un movimiento permanente de gentes y una corriente de vida humana lo indican los fundamentos que en el agua han quedado de los pilares de un puente. Estos sirven hoy a fines pintorescos, en cuanto alteran el curso del río y crean pequeñas cascadas rumorosas.Pero, el que este puente esté destruido no puede impedir hoy el tráfico vivo, que en todas partes busca su camino. Hombres y animales, pastores y caminantes vadean estas aguas poco profundas y confieren a su delicado curso un nuevo encanto. Hoy en día son estas corrientes tan ricas en pesca como en aquellos tiempos en los que necesariamente este plato se consumía en días de ayuno: (..) Los pescadores aún hoy se encuentran con estos inocentes habitantes originarios".Sobre otro estupendo óleo de Ruysdael, el Cementerio judío, comenta: "El tercer cuadro está dedicado al pasado, sin conceder derecho alguno a la vida de la actualidad. Se conoce por el nombre de Cementerio de la iglesia, y es, en efecto, uno de estos. Las tumbas en estado ruinoso apuntan incluso a un más que pretérito, son tumbas de sí mismas".La fricción entre lo que llama Goethe "la vida de la actualidad" y el enigmático pretérito que estuvo ligado a esa naturaleza que ahora lo acoge simplemente como un residuo de lo ausente, responde a una poética afianzada en el 1800 por esa vía, lo mismo que por los recursos evocativos del capriccio. La composición pictórica es poesía pintada, un paisaje en vías de reflexión, que hace intuir ese feliz orden ausente. Ocurre algo parangonable con los recursos evocativos de la jardinería inglesa, con sus atractivos monumentos semiocultos, ruinas, epitafios y demás apoyos para la asociación de ideas y el estímulo de la memoria literaria. La búsqueda de efectos empáticos de este tenor sobre la imaginación da pie a todo un modo de pintar paisaje en la época que nos ocupa, y esta poética va a conocer un verdadero ductus épico en los quehaceres románticos.Al comentar por escrito cuáles eran las intenciones de un cuadro que había sido objeto de crítica, La cruz en la montaña (1808), C. D. Friedrich consideró lo siguiente: "El efecto o, hablando en alemán, la Wirkung de un cuadro, testifica mucho a su favor, siempre que el efecto se proponga la verdad y la verdad atienda a la nobleza. Si el cuadro opera anímicamente en el espectador, si traslada su ánimo a una hermosa afección, ha satisfecho esa primera exigencia de toda obra de arte".Y después, tras describir el cuadro y comentar sus motivos, al referirse al tema de este paisaje añade lo siguiente: "Es intencionado el que Jesucristo, adosado en la cruz, se vuelva hacia el sol poniente, como imagen del Padre Eterno. Con la doctrina de Cristo murió un viejo mundo en el que Dios Padre se movía de forma inmediata en la tierra, en el que preguntaba a Caín: ¿por qué te irritas y se alteran tus ademanes?, en el que entregó entre rayos y truenos las tablas de la ley, en el que dijo a Abraham: ¡descálzate, pues es sagrada la tierra que pisas!".Este lienzo, conocido también como Altar de Tetschen, estaba destinado a ser cuadro de altar en una capilla privada, aunque nunca se utilizó como tal. Nos encontramos con el tema de la naturaleza abandonada por la divinidad, lo que en Hölderlin y Jean Paul es el mundo abandonado por los dioses. El asunto se presenta en su ausencia, o, de otra manera, el cuadro remite a lo que todavía no está realizado en él. Es el problema de la ausencia que tan de cerca afecta a la poética de lo sublime, que siempre busca una afección tal del espectador que éste se sienta impelido a imaginar a propósito de lo tan sólo evocado.Friedrich escribió este texto que acabamos de citar como respuesta a una crítica bastante extensa y minuciosa que le hizo Basifus von Ramdohr, un teórico conservador. Es muy interesante observar cuáles son los objetos de crítica de este comentarista de la obra de Friedrich. Para Ramdohr el género del paisaje necesitaba una forma específica de representación: "Variedad es aquí lo primero que busco, y, si al tiempo, para mi satisfacción requiero composición y coherencia quiero de todos modos que se oculte, y que no sea notoria. Quiero que las masas se balanceen conjuntamente, que se cadencien los contornos de los distintos términos; esto es, que se conjuguen unos con otros, que corran juntos con suavidad (..). Armonía es lo que debe estar presente, pero no melodía, como en la pintura de figuras".Friedrich no se proponía esa interconexión cadenciada de las partes del cuadro. Antes bien, el desarrollo de la imagen es unívoco sólo por la severa composición en el plano, pero busca la diferenciación de las partes en todos los momentos. La unidad plástica se basa en una fusión no armónica, sino oscura, de los elementos en juego, y está, pues, llamada a forzarse a la cohesión de elementos disociados, como comentábamos más arriba acerca de los efectos estéticos de las estructuras dualistas. Frente al juego equilibrado de las sensaciones que requeriría un paisaje arcádico, Friedrich se adentraba en los atractivos de las emociones indeterminadas, de la abstracta ambigüedad expresiva, y de los efectos tensos de la imagen sobre nuestros hábitos sensitivos.Las convenciones del paisaje clasicista imponían también reglas en el empleo del color que Friedrich no cumplía. Se invitaba a diferenciar cromáticamente las partes del cuadro, sin contrastes acusados, en una trabazón que facilitara la accesibilidad visual del ambiente, y a aunar el aspecto de éste con una tonalidad de conjunto. Friedrich, en cambio, utiliza el color local, el color ligado a los objetos, en un grado propio de la pintura de figuras y con contrastes arriesgados. El tratamiento cromático del paisaje sufre un cambio muy acusado en el Romanticismo. En el caso de Friedrich, Blechen, Rottmann y otros alemanes llama la atención la revalorización del color local, hecho que también afecta significativamente a los pintores no paisajistas.Entre los ingleses, en cambio, la alteración de los usos cromáticos convencionales del paisaje tuvo lugar por otra vía, pero fue igualmente radical. Hay que tener en cuenta que J. R. Cozens y después pintores de Norwich como John Sell Cotman (1782-1842), entre otros, crearon una sólida tradición de paisaje pintado a la acuarela que incidirá sobre la pintura de caballete. Las propiedades de la acuarela hicieron que el color aislado y el interés por los detalles se relegaran en favor del juego de transiciones de color y del uso de tonalidades claras.Esto se hace muy evidente en los lienzos tardíos de Turner, y es remarcable ya en sus acuarelas de primera época. La acuarela servía para traducciones cromáticas rápidas de la realidad, como las cultivaron Turner y Constable. La definición formal pierde en ellos relevancia, no como en los alemanes, pero es común a la mayor parte de los pintores el que los cambios surjan de la atención por la imagen de la realidad en oposición a los modelos pictóricos dados. En el caso de Turner el ímpetu por transmitir las sensaciones del medio, la vitalidad de la atmósfera, provoca unas tonalidades muy tamizadas, cuya expresividad se fundamenta en las transiciones entre gamas muy reducidas de color. Los colores de Turner, frente a los de su coetáneo Friedrich, están muy rebajados y se independizan de su relación con los objetos. Basándose en la experiencia, ambos buscaron medios, aunque radicalmente distintos, para la transcripción de una imagen de inmensidad y plenitud de la naturaleza que celebraron en sus cuadros.
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La decadencia de Cuicuilco y de otros asentamientos al sur de la cuenca sirvió para que las poblaciones emigraran hacia el noreste y se concentraran en Teotihuacan. La afluencia y el control de la población permitió erigir las Pirámides del Sol y de la Luna antes del 100 d.C. Gran parte de esta población se dedicó, no obstante, a las tareas agrícolas. Sin embargo, también fundamentaron la evolución urbana en la explotación de las canteras de obsidiana gris que existían en el propio valle de Teotihuacan y de la obsidiana verde del Cerro de las Navajas en Pachuca (Hidalgo). Durante la fase Tzacualli (1-150 d.C.) surgió un patrón de construcción de tres templos dispuestos en torno a una plaza rectangular, de los cuales el más alto fue el del centro. Más de veintitrés complejos de tres templos se erigieron, la mayoría de ellos, en torno a la Calzada de los Muertos y en el noroeste del asentamiento. La contemporaneidad de estos complejos parece indicar la dimensión política del sitio en esta fase. Millon supone que la orientación de la ciudad tiene un significado astronómico, sugiriendo que fue creada como un modelo cósmico, el ombligo del mundo. Para sacralizar aún más su función, la Pirámide del Sol fue construida sobre una cueva natural que adquirió un carácter sagrado, y estuvo emparentada con los mitos de la creación de la Humanidad. En Miccaotli (150-200 d.C.) la orientación del centro cambió hacia el sur con la construcción de la Avenida Este-Oeste, donde se levantó la Ciudadela que contenía uno de los templos más carismáticos dedicado a la Serpiente Emplumada; el edificio estaba decorado con serpientes emplumadas y escenas acuáticas. Junto a él se colocaron dos amplios conjuntos de apartamentos en los que pudieron vivir los dirigentes de la ciudad. Enfrentado a la Ciudadela, en el sector oeste, se construyó el Gran Conjunto que pudo funcionar como un mercado regional. Esta nueva concepción del sitio es radicalmente diferente de la anterior, sugiriendo un profundo cambio político, donde el templo y la residencia de los dirigentes y el centro mercantil se sitúan juntos, muy centralizados. Se inicia la decoración de talud-tablero, que poco a poco cubrirá de manera uniforme todos los edificios y se convertirá en uno de los rasgos más sobresalientes de Teotihuacan. Las fases Tlamimilolpa (200-400 d.C.) y Xolalpan (400-650 d. C.) fueron típicas de alta centralización y carácter corporado. En parte, esto estuvo relacionado con el desmesurado aumento poblacional, que llegó a alcanzar más de 150.000 habitantes. Algunos antiguos complejos de tres templos vuelvieron a ponerse de moda y se inició un gran programa constructivo de conjuntos de apartamentos, renovándose la importancia de la Calzada de los Muertos. Los conjuntos de apartamentos son edificios multifamiliares, muchos de los cuales fueron construidos según medidas standarizadas de 60 por 60 m., y llegaron a ser cerca de 2.000. Son construcciones rodeadas de altas paredes y con una sola puerta de entrada. Comprenden habitaciones orientadas a uno o varios patios con áreas de vida, de actividades artesanales y de ritual, en cuyo centro suele haber un pequeño altar con talud tablero. El plano general de los conjuntos recuerda al de la Ciudadela. Las habitaciones porticadas son oscuras y sin ventanas, y sirvieron como cocina, almacén y para el descanso personal. Muy a menudo se colocó un importante enterramiento en el centro o debajo del altar del patio principal del conjunto, el cual guardaba los restos del antepasado fundador del grupo familiar de cada conjunto. En cada edificio multifamiliar vivieron entre 60 y 100 personas, organizadas como unidades corporadas de familias emparentadas con una función, especialización e ideología religiosa similar. El tamaño y status de los conjuntos varió interna y externamente, de modo que la localización, extensión, materiales de construcción, decoración y restos internos de cultura material, evidencian la existencia de muchos estratos sociales. A un nivel superior, estos conjuntos se organizaron en barrios o distritos, dirigidos desde edificios más importantes de integración social, económica y religiosa. De esta manera, el Estado teotihuacano pudo controlar con relativa facilidad una población tan heterogénea; pues cada sector de unidades corporadas pudo ser aislado de los demás en momentos de dificultades sociales y políticas.
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En lo que respecta a las relaciones internacionales los años finales de la década de los cincuenta y los primeros sesenta presenciaron no sólo la aparición de la coexistencia pacífica competitiva sino también la generalización del proceso de descolonización que ya no se limitó tan sólo a Asia sino que se convirtió en una realidad también en África. De esta cuestión se tratará más adelante con cierto pormenor pero lo que ahora nos interesa es que la emancipación de las colonias supuso un impacto directo y de primera importancia sobre las relaciones internacionales. Por una parte, la ONU jugó un papel muy importante en el proceso descolonizador -aunque sólo en 1961 vería aprobada una resolución de acuerdo con la cual toda colonia debía llegar a la independencia- y, por otra, no sólo cambió la composición de la ONU sino también el contenido de sus debates que, en adelante, se centraron en gran medida en esta cuestión. Incluso puede añadirse que el propio contenido de las actitudes del grueso de los países presentes en la Asamblea de la ONU se fue modificando de forma significativa. Los países recién llegados a la independencia propendieron a ser críticos respecto a la posición de los occidentales, incluidos los Estados Unidos. A comienzos de los años sesenta hubiera sido mucho menos imaginable, por ejemplo, una resolución como la que se tomó sobre la Guerra de Corea, condenatoria de la agresión por parte del régimen comunista del Norte. Como mínimo, los países del Tercer Mundo hicieron que se oyeran otras voces en este gran escenario de la política mundial. Aunque las grandes potencias conservaran su poder de veto y, por lo tanto, la capacidad de detener en un momento determinado la acción del Consejo de Seguridad, la Asamblea, en donde los países independizados recientemente y aquellos que lo habían sido durante la primera oleada de la descolonización pronto tuvieron la mayoría, adquirió un papel más relevante al menos desde el punto de vista de la opinión pública internacional. También el secretariado general de la ONU desempeñó un papel creciente y no puramente ejecutivo, tal como había sido pensado en un primer momento y sobre él la influencia de los países del Tercer Mundo tendió a ser cada vez más importante. En un principio, los secretarios generales de la ONU fueron escandinavos: el noruego Tryve Lie (1946-1953) y el sueco Dag Hammarskjöld (1953-1961). Esa común procedencia geográfica no debe hacer olvidar, sin embargo, que Noruega era un país alineado con el mundo occidental, incluso en lo que respecta a su integración en la OTAN, aunque no en la naciente Europa, mientras que Suecia siempre mantuvo una estricta neutralidad. Fue el segundo quien por vez primera asumió la organización de misiones de paz protagonizadas por la ONU, como el estacionamiento de tropas de interposición después de la Guerra de Suez o el envío de observadores militares al Líbano. Precisamente en una misión de paz de la organización internacional en el Congo, Hammarskjöld perdió la vida. Quien le sucedió fue el birmano U Thant, por vez primera una persona procedente de un país del Tercer Mundo recientemente emancipado. Aunque la autoridad moral del secretario general no se vio muy acrecentada durante su mandato, la larga duración del mismo (1961-1971) prueba el suficiente grado de consenso en torno a su persona: en general, el perfil del secretario general de la ONU siguió siendo el mismo, es decir una persona procedente del Tercer Mundo, con cuyos votos era elegido. Durante su mandato, la ONU acabó liberándose del papel excesivo que había tenido en el mantenimiento de la estabilidad en el Congo y envió fuerzas de interposición en Chipre entre las comunidades griega y turca. U Thant, además, superó las críticas que el Secretariado general recibió de dos de las potencias permanentes en el Consejo de Seguridad. La URSS desde la etapa de Hammarskjöld, acusado de sesgar la actuación de la ONU en beneficio de los países de Occidente, había pedido vanamente que el Secretariado general fuera desempeñado por tres personas: una procedente del grupo comunista, otra del occidental y otra del Tercer Mundo. También el general De Gaulle, tenaz en considerar que las naciones eran la única realidad internacional digna de consideración, llevó a cabo frecuentes críticas a la actuación del secretario general. Aunque la ONU fuera una realidad consolidada en el panorama internacional, lo cierto es que, en muchos casos, estuvo muy por debajo de las virtualidades que le habían atribuido las potencias vencedoras en la Guerra Mundial. Muy pronto se hizo patente que la llegada a la Asamblea General de las naciones procedentes de la reciente emancipación no iba a impedir ni los actos de fuerza ni tampoco la resolución de los conflictos al margen de la ONU. India, por ejemplo, se hizo por la fuerza con el enclave portugués de Goa violando los principios más elementales de las Naciones Unidas a pesar de que Nehru otorgaba un papel crucial a la organización internacional en la consecución de la paz para el mundo. Este mismo país, India, por otra parte, reguló sus problemas con los vecinos (China y Pakistán) por procedimientos bilaterales y no mediante la intervención de la ONU. Pero, sobre todo, la ONU fue marginada por las dos grandes superpotencias del tratamiento de la cuestión más candente desde el punto de vista del futuro del ser humano: el desarme nuclear. En 1946 el delegado norteamericano Bernard Baruch propuso la creación de una autoridad internacional que tendría como objetivo el control de la producción mundial de materias destinadas a la fabricación de armas nucleares. Pero ya entonces la representación soviética se negó a aceptar la existencia de un procedimiento de control que implicara la posibilidad de inspección. Algo parecido sucedió en 1947 cuando los soviéticos propusieron crear una Comisión de reducción de las armas clásicas: también en este caso fue imposible concretar un acuerdo por la exigencia occidental de que se llegara a un acuerdo en materia de inspección. A partir de 1950, la URSS se retiró de las comisiones de la ONU relativas a desarme justificándolo por el hecho de que en la ONU no estuviera representada la China de Mao. Aunque volvió en 1954, en realidad desde mediados de la década de los cincuenta esta cuestión fue tratada de forma exclusiva por las dos superpotencias y en un ámbito que no fue nunca el de la organización internacional.
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No existe unanimidad en la taxonomía (clasificación biológica con criterios jerarquizados) de los primates entre todos los investigadores, aunque las discrepancias mayores proceden de la posición de los especímenes fósiles. Ambos criterios, clasificación y significado evolutivo, están relacionados ya que colocar un grupo de fósiles en casilleros diferentes implica, al menos, la separación en el pasado de una población ancestral en varias distintas (proceso de especiación). Estos mecanismos evolutivos, aunque siguen siendo objeto de discusión, están implícitos en cualquier clasificación taxonómica. Así, por ejemplo, si se acepta que la superfamilia de los Hominoideos se subdivide en dos familias (Hominidae e Hilobatidae) en vez de en tres, como era convencional hasta hace poco (Hominidae, Hilobatidae y Pongidae) es porque se considera relevante la temprana separación genética de los gibones, descubierta en el registro fósil, respecto a los demás hominoideos (hombres y póngidos) cuya diferenciación fue más tardía. Igualmente, diferenciar los grandes monos africanos (gorila y chimpancé) sólo a nivel de tribu, mientras el orangután se hace a nivel de subfamilia, implica una aceptación tácita de las modernas posturas acerca del significado evolutivo del tándem Sivapithecus-Ramapithecus, tal y como se verá a continuación. Debido a este estado de perpetua discusión, existen numerosos cuadros taxonómicos alternativos que reflejan diferentes posturas teóricas respecto a los diferentes problemas evolutivos que la cada vez más numerosa documentación va planteando. Independientemente de este debate, el Orden de los Primates, en el que se incluye el género Homo, reúne a una serie de animales que presentan unas características generales bien marcadas, aunque siempre hay excepciones: (a) Buen desarrollo de la visión, fruto de una vida arborícola presente o pasada. Ojos en posición frontal, que proporcionan una visión en relieve y sensibilidad a una amplia gama de colores. (b) Manos y (la mayoría) pies prensiles, con pulgares oponibles y almohadillado en las plantas. (c) Uñas planas y normalmente cortas. (d) Sólo dos mamas en las hembras. (e) Dieta omnívora. (f) Alta sociabilidad. El orden de los primates se dividía tradicionalmente en antropoides (o monos verdaderos) y prosimios -arborícolas adaptados especialmente a la actividad nocturna-, entre los que se incluía el problemático Tarsio. Hoy en día se tiende a clasificar los primates en dos grandes grupos: Haplorrinos (con placa ósea tras las órbitas oculares), donde se incluyen todos los monos y los tarsiiformes, y Strepsirrinos (sin placa ósea), que corresponden a los antiguos prosimios. Dentro de los simios, la diferenciación principal se hace en función de la morfología nasal: Catarrinos (monos del Viejo Mundo) y Platirrinos (monos americanos). Los catarrinos siguen dividiéndose en dos superfamilias: Hominoidea (sin cola) y Cercopitecoidea (con cola, incluye a la mayor parte de los monos). Dentro de los hominoideos, las mayores novedades residen en la necesidad de señalar la mayor o menor proximidad genética (evolutiva) entre los cinco grupos principales (gibones, orangutanes, gorilas, chimpancés y hombres) determinada mediante pruebas bioquímicas (el denominado reloj bioquímico) que miden la cantidad de material genético común entre distintas especies; diferencias menores señalan fechas de divergencia específica más reciente. Este factor, junto a la paleontología, es el mayor determinante a la hora de reconstruir la historia de nuestro orden. Como se sabe, los mamíferos existieron bajo formas poco diversificadas durante todo el Mesozoico. Un fósil de estos mamíferos primitivos, denominado Purgatorius y datado a finales del Cretácico (c. 70 m.a.), se considera el primer representante del orden de los primates. Su morfología dentaria y su pequeño tamaño indican que se trataba de un insectívoro parecido a las musarañas actuales. A comienzos del Cenozoico los primates están representados por un nutrido grupo de animales arborícolas de pequeño tamaño (los plesiadápidos) de los que por especialización en los hábitos nocturnos se separaron los primeros strepsirrinos (Adapidos; c. 50 m. a.), antepasados de los lemures actuales. La evolución de los haplorrinos durante el Paleoceno y comienzos del Eoceno no es demasiado conocida, salvo en lo que hacía referencia al grupo de los Omomyiformes, antepasados comunes tanto de los tarsios como de los simios. A finales del Eoceno, con la apertura del Atlántico, se produce la definitiva separación de Catarrinos y Platirrinos, que quedan aislados geográficamente. La mejor documentación acerca de la diversificación de los catarrinos procede sobre todo de las asociaciones faunísticas de El Fayum (Egipto). Según las sucesiones de fósiles del Oligoceno, a partir del Oligopithecus y gracias a la expansión de los bosques se produce la separación de los cercopithecos (Paropithecus es su primer representante), mientras la línea evolutiva Propliopithecus-Aegiptopithecus se considera hoy en día el mejor candidato para el posterior desarrollo de los hominoideos. A lo largo del Mioceno se produce la radiación de los hominoideos en tres grupos principales: los protogibones (Pliopithecus), los Proconsulidae, considerados hoy en día antepasados de los homínidos, y otros grupos extinguidos, como el famoso Oreopithecus bambolii, que también desarrollaron la braquiación como rasgo adaptativo a la vida arborícola. Entre los 15 y 10 m.a. se conoce una serie de hominoideos, descendiente de Proconsul, repartidos por Europa meridional, Asia y África oriental, en los que se han centrado numerosas controversias en los últimos años. Para algunos formaban un grupo homogéneo, los driopithecinos -cuyos restos también han aparecido en la Península-, mientras para otros se podían dividir en dos conjuntos: los driopithecinos s.s. y los ramapithecinos - grupo que englobaba a los fósiles de Ramapithecus, Sivapithecus y Kenyapithecus-, justificándose las diferencias de tamaño como dimorfismo sexual. Hoy en día, tras las oportunas rectificaciones de D. Pilbeam, se considera que Driopithecus y Ramapithecus son especies septentrionales, de Europa y Asia, sin descendencia evolutiva, mientras que Sivapithecus, simio de mayor tamaño circunscrito a Asia central y meridional, es el antepasado tanto de los orangutanes como del mayor primate que ha existido hasta ahora, el Gigantopithecus, que se extinguió al parecer ya en el Pleistoceno Medio. Por último, Kenvapithecus, descubierto por L. Leakey en Fort Ternan, es el mejor candidato para ser el antecesor común tanto de los homínidos como del gorila y el chimpancé. Entre los 10 y los 5 m.a. (Mioceno final) existe un enorme vacío de fósiles, achacable a los problemas de fosilización que presentan los primates por su tipo de vida, que impide precisar cómo se da el paso definitivo en la aparición de los homínidos. Los escasos restos datados a finales de este intervalo -un molar de Lukeino, el fragmento de mandíbula de Lothagam, el temporal de Chemeron y el húmero de Kanapoi, todos ellos procedentes de África Oriental-, son ya de homínido, aunque se discute sobre si alguno pertenece al género Homo o si todos son de Australopithecus arcaicos.
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A principios de siglo todavía estaba dominado este género por los grandes maestros de Versalles. Mignard había muerto en 1695, pero a Largilliére y a Rigaud les quedaban muchos años de vida, durante la que prolongaron el retrato aparatoso, con majestuosas figuras y teatrales cortinajes de fondo. Este respeto, sin embargo, por la tradición no les impide abrir una rendija a los renovadores aires del siglo XVII.Nicolás de Largillière (1656-1746) mezcla el, prestigio de la gran puesta en escena con el estudio minucioso de las telas, claras y luminosas, y suele preferir en los fondos de sus retratos femeninos un frondoso paisaje frente a las tradicionales pesadas cortinas. Amplía además su campo de acción a clientes ajenos a Versalles como actrices, artistas o miembros de la municipalidad parisina.Hyacinthe Rigaud (1659-1743) es el pintor predilecto de Luis XIV y el más afamado de la Corte. Aunque sus retratos oficiales encarnan toda la pompa y el aparato de los retratos del XVII, en su obra de madurez se trasluce una cierta gracia, un estudio más naturalista del rostro del retratado y un aire más ligero propios del nuevo siglo.El ambiente más libre y desenfadado de la sociedad que nace durante la Regencia no podía por menos de favorecer una nueva concepción del género que afecta incluso al más oficial; para dar nobleza al retrato mundano inventa el mitológico, resultado del realizado con traje de disfraz ya conocido en el siglo anterior. El máximo representante de este género es Jean-Marc Nattier (1685-1766), que llena las residencias parisinas de todos los dioses del Olimpo. La moda se extiende hasta tal punto que no hay dama de la Corte que no quiera retratarse como Diana, como Flora o como Venus. Son obras decorativas en las que la verdad del análisis psicológico cede el puesto a la adulación. Pero las modas cambian rápidamente en el XVIII y su yerno, Louis Tocqué (1696-1772), discípulo y heredero de su clientela abandonó pronto el retrato mitológico por una fórmula más clásica y más simplificada. Trabajó también en Rusia, Suecia y Dinamarca. De una generación más joven François Hubert Drouais (1727-1775) se especializó en retratar a los niños de las familias nobles.En un tiempo en que la evolución de las costumbres y el pensamiento exaltaban al individuo no podía dejar de atenderse al estudio y a la expresión de los caracteres, y así un artista como Charles-Antoine Coypel (1694-1752), pintor de escenas teatrales y cartones para tapices, analiza con precisión en los retratos los rostros de sus personajes. El mismo Boucher nos muestra en las varias efigies de su protectora la Pompadour, en un ambiente típicamente rococó, el mejor estudio que puede hacerse de la favorita como árbitro de la elegancia pero también como patrona de las artes y las letras. Basta comparar este retrato con el de Luis XIV para comprender sin más el cambio tan radical que se había producido en la sociedad francesa.Esta nueva sociedad en la que la burguesía pretende que su imagen quede reflejada en las artes como hasta entonces lo había hecho la nobleza, es lógico que favorezca la expansión del género. Pero el cliente moderno exige al retratista que acerque cada vez más el modelo al espectador y la mejor forma de conseguirlo fue acudiendo a una técnica diferente, el pastel, que había lanzado a su paso por París la pintora italiana Rosalba Carriera. Ya vimos cómo Chardin había utilizado esta técnica precisamente para ejecutar retratos en los últimos años de su vida pero son Perroneau y La Tour sus mejores intérpretes en Francia.Maurice Quentin de la Tour (1704-1788) marcha desde San Quintín, su ciudad natal, a París en el año 1722 a la búsqueda de un marchante que le acoja. Ante el fracaso de su intento dedica los siguientes años a hacer retratos por distintos lugares de Francia e incluso va a Londres en donde permanece dos años. A su vuelta a París se presenta como pintor inglés para conseguir mayor clientela y hacia el año 1726 ya era conocido. Es por entonces cuando cuentan que Luis de Boulogne, primer pintor del rey, en una visita a su estudio y ante sus retratos le espeta "No sabéis ni pintar ni dibujar... Dibuje, joven, dedíquese a dibujar". Lo más sorprendente es que le hizo caso y se encerró durante dos años practicando el dibujo. Cuando reapareció se había convertido en experto técnico, salvándose de la banalidad, y así lo entendieron los parisinos que pronto le convirtieron en el pintor de moda de toda la sociedad parisina, desde la familia real hasta el más desconocido burgués pasando por escritores, músicos, artistas y financieros.En 1737 presenta varios retratos al pastel en la Academia, que le acepta como académico. Este mismo año se reanuda la celebración del Salon, que desde ahora será regular y allí expone La Tour todos los años. En 1746 presenta su pieza de recepción como académico de pintura de retrato al pastel que, cómo no, es un retrato, el del pintor Jean Restout.Es un pintor que trabaja mucho pero que trabaja bien y solo, únicamente acepta alguna ayuda para los accesorios. Su técnica no varía con el tiempo, una vez que ha alcanzado el éxito no le interesa cambiar, pero ello no quiere decir que no se preocupe por profundizar en su estudio y así colabora con Pellechet para elaborar una fórmula que permita dar al pastel la consistencia de la pintura al óleo. Ya en 1741 presentó el retrato de cuerpo entero del presidente de Rieux y en el Salón de 1755 repitió la hazaña al exponer el de Madame Pompadour, también de cuerpo entero, con unas medidas (1,75 x 1,28) insólitas para un pastel, que suele ser mucho más pequeño. Su deseo de ahondar en la solución de problemas técnicos le llevó a experimentar en pasteles en los que él mismo era el modelo y así evitaba el peligro de disgustar a su clientela acostumbrada siempre a un mismo estilo.Sus retratos son una continua indagación psicológica a la busca del carácter del personaje, de su semejanza física, pero también de su situación social. Diderot (Salón de 1769) pone en boca de La Tour: "creen que sólo capto los rasgos de sus caras, pero yo penetro hasta el fondo en ellos sin que se enteren y me los llevo enteros" y un poco después "Todo ser ha debido soportar, más o menos, las fatigas propias de su estado". Ello se traduce en una huella más o menos profunda, de manera que, cuando se ha de pintar un rey, un general, un ministro, un magistrado, un sacerdote, un filósofo, un mozo de cuerda, estos personajes reflejen lo mejor posible su condición.En los últimos años sus excentricidades alcanzan los límites de la locura, la demencia senil le hace decir que tiene miles de años y que posee tantas riquezas como el emperador de la China. Muere en 1788 en su ciudad natal a donde se vieron obligados a llevarlo desde París por su penoso estado.El otro gran pastelista francés del siglo XVIII, Jean-Baptiste Perroneau (1715-1783), nace en París en el seno de una familia burguesa e inicia su formación con Natoire. Pronto, sin embargo, se distancia del estilo de éste y se entrega de lleno al pastel, convirtiéndose en el principal rival de La Tour. Su factura es mucho más atrevida y directa, sin disimular las posibles imperfecciones del modelo. Tal vez esta falta de adulación en sus retratos y la avasalladora competencia de La Tour determinó que su clientela procediera de la burguesía y de los habitantes de provincias, de los que nos ha dejado deliciosos ejemplos.En 1743 ante el éxito que habían tenido los cuadros de La Tour y el temor de que saliera perjudicado el retrato al óleo, decidió la Academia no recibir a ningún otro pintor al pastel. Esto obligó a Perroneau, tres años después, cuando solicitó su aceptación en esta institución, a presentar cuadros pintados al óleo, entre ellos el de Madame de Sorquainville (Museo del Louvre), buen ejemplo de agudeza psicológica y refinado colorido, y lo mismo tuvo que hacer en 1753 cuando su recepción definitiva con los retratos del pintor Oudry y del escultor Adam.Como prueba de su ingenuidad frente al astuto y mal intencionado La Tour, que por su orgullo y su codicia no consentía en tener rivales en la Corte, está la historia ocurrida con ocasión del Salón de 1748. Perroneau decide presentar un homenaje al maestro, La Tour con traje de terciopelo negro, para el que, según las malas lenguas, posó al día siguiente de una francachela, marcados en su rostro los efectos. El avieso La Tour pintó un autorretrato con sus mejores cuidados y lo expuso al lado del de su rival, con lo que salió vencedor en la comparación.Ante la dura competencia existente en la capital trabajó en varias provincias francesas y viajó por Italia, Rusia y Holanda, muriendo en Amsterdan en 1783.