El cambio político nacido en la bahía de Cádiz fue algo más que el derrocamiento de una reina, y, con ella, de una dinastía. Se presentaba el momento de concretar un conjunto de transformaciones que variasen la esencia del contexto político y racionalizasen la vida económica; en suma, que democratizasen la vida política y destruyesen las trabas que se oponían a la modernización del sistema económico. Estaba en juego la implantación, en toda su potencialidad, de los principios del liberalismo democrático que ensancharan los cauces participativos, en un intento de socializar la vida política, integrando al conjunto de la ciudadanía en un nuevo modelo de actuación liberal.
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La hermosura corporal en la cultura renacentista era importante en cuanto reflejaba la virtud interior, que era aún más importante. Es decir, que belleza interior y belleza exterior eran dos caras de la misma moneda, aunque se admitiese que en la realidad no iban siempre unidas. Gráfico La emperatriz Isabel de Portugal es un ejemplo de construcción de una imagen hermosa. De ella escribió Prudencio de Sandoval en su obra Crónica del Emperador Carlos V: "Ya dije quién era esta princesa, y vuelvo a decir, que los que la conocieron dicen que era hermosísima, y en sus retratos que ahora vemos se echa bien de ver, que lo son mucho con haber en ellos la diferencia que hay de los vivo a los pintado; y si era hermosa en el cuerpo, mucho más lo fue en el alma." (60) Sandoval que había nacido en 1553 no pudo conocer en persona a la emperatriz Isabel de Portugal que murió en 1539 a los 36 años de edad. Por lo tanto, su afirmación se apoya en los testimonios y en los retratos, especialmente los de Tiziano. Tales retratos, rígidos y no tan vívidos como otros del magistral veneciano, proporcionan sin embargo una imagen verosímil, un retrato de majestad y sencillez imponentes, a la vez que el recuerdo de una gran belleza: majestad, sencillez y belleza que, no obstante, el pintor nunca conoció. Tiziano no viajó a la península Ibérica, e Isabel de Portugal jamás salió de ella. Los retratos que pintó de la emperatriz se hicieron entre cuatro y diez años después de su muerte, basándose en un retrato que le envió Carlos V, un modelo sin gran valor artístico, pero de gran parecido a la difunta. Sobre esa base, Tiziano procedió a la "resurrección", a la representación de la emperatriz de acuerdo con las indicaciones del emperador, con tal efectividad que dejó sentada su imagen para la posteridad, imagen no ya indiscutida, sino modélica apenas dos generaciones más tarde.
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La conquista cristiana en 1149 supuso para Lleida la recuperación del antiguo episcopado. Inicialmente, la hasta entonces mezquita debió de ser convertida en la nueva sede de la diócesis (Santa Maria in Sede), cuya ubicación exacta es difícil precisar. Hacia la última década del siglo XII, en la misma colina que preside la ciudad, y en el marco de la Roca Mitjana, empezaron a efectuarse compras de terrenos con el fin de emplazar allí un nuevo conjunto catedralicio. Simultáneamente, Pere de Coma aparece ya relacionado con el proyecto de la nueva catedral, habiendo llegado a Lleida hacia 1180 y comprometido con la obra desde 1193. Diez años más tarde debió de tener lugar la solemne colocación de la primera piedra, según el epígrafe que se encuentra en el crucero del edificio, junto al lado del Evangelio del presbiterio. Son importantes las referencias al obispo Gombau de Camporrells, y a Pere de Coma como magister y fabricator, a la vez que aparece un Berenguer como operarius. Cabe destacar que en dicha lápida, que fue perdida y reapareció en 1859, han sido detectadas ciertas irregularidades que hacen poner en duda su total originalidad. Se trate o no de una copia o falsificación posterior, la fecha de 1203 tampoco se contradice con lo que da a la luz el análisis de los primeros pasos de la construcción. La consagración en 1278 marcaría el límite aproximado para el fin de las obras de la iglesia. El conjunto catedralicio, en su resultado global exceptuando cambios posteriores al siglo XIII, es el de una iglesia de dimensiones considerables, de planta de cruz con cabecera escalonada, provista de cinco ábsides, amplio transepto y tres naves. Esta disposición se ha considerado como una variante de la cabecera de tipo benedictino, a causa de la necesidad de contar con más capillas, solucionada con su apertura en los brazos del transepto. Las catedrales de Tarragona y de Orense, entre otras, siguen un esquema similar. En el crucero se levanta el cimborrio, de sección octogonal y sostenido sobre trompas, constituyéndose en una de las principales entradas de luz. El claustro se encuentra a los pies, comunicándose con las naves a través de tres puertas, en una ubicación excepcional que parece obedecer a razones topográficas; en su ala meridional se abre un mirador que altera la imagen habitual del espacio claustral, mientras que el lado opuesto, el espacio llamado Santa Maria L'Antiga, se corresponde con las dependencias canonicales. Entre las modificaciones que se produjeron a partir de la disposición original hay que destacar las que afectaron a los ábsides laterales, abiertos en los brazos del transepto. Solamente una de las capillas, la de Les Neus, primitivamente dedicada a Santiago, contigua al presbiterio del lado del Evangelio, mantiene el tramo preabsidal y el semicírculo iniciales; a su izquierda, la de San Antolín, luego transformada en 1397 y llamada de La Gralla, fue destruida a causa de una explosión en 1812. En el lado sur, la interior, inicialmente dedicada a San Pedro, fue rehecha en el siglo XIV por los Montcada; a su lado, la de La Concepció o de Colom también se renovó durante el siglo XIV. A pesar de ello, se conserva la embocadura de todas ellas. Otras capillas fueron sucesivamente construidas a lo largo de las naves. Siempre se destacó de la seo el uso de pilares cruciformes con pares de columnas adosadas como elemento sustentante, así como de la bóveda de crucería. A grandes rasgos, todo respondería a las novedades que encontramos también en conjuntos más o menos contemporáneos como la catedral de Tarragona o, fuera de Cataluña, la colegiata de Tudela, a cuya consagración asistió precisamente el arzobispo tarraconense, Ramón de Rocaberti, en 1204. No debemos olvidar las experiencias llevadas a cabo en los monasterios cistercienses que, como sabemos, constituyen las otras grandes empresas constructivas de la época. Recientemente se ha intentado hallar una explicación a ciertas diferencias y posibles incoherencias en el resultado final, que hacen pensar en alteraciones respecto al proyecto inicial, en lo que sería una adaptación de soluciones góticas a los elementos románicos de la idea precedente. Así, la solución de los pares de columnas adosadas a los pilares cruciformes, que tradicionalmente se había interpretado como un rasgo característico de lo que se denominaba arquitectura hispanolenguadociana, puede responder a otro concepto. De hecho, se ha visto en el núcleo del esquema el pilar cruciforme, un elemento tradicional en Cataluña desde el siglo XI, con lo que la utilización de las columnas, no sólo en los extremos sino también en los codillos de dichos pilares, puede constituir el equivalente al ambiente decorativista del 1200. Hasta aquí, como en el sistema de soporte aplicado al cimborrio (a través de las trompas), parece que nos encontramos ante un proyecto calificado como románico. Iniciado este proyecto, que determinaría la planta y los soportes, se llegaría a la decisión de cubrir el edificio con un sistema gótico, la bóveda de crucería. La base de esta idea está en la observación de que el doblado previsto inicialmente para los arcos formeros se sacrifica para que las columnillas de los codillos den soporte a los nervios de la crucería. Este sería el resultado de una hábil adaptación al sistema de soportes existente. El aspecto exterior del edificio viene marcado por la anchura del transepto y la altura del cimborrio. Este último elemento, con una estructura similar, se repetirá en otros monumentos contemporáneos: tal es el caso de la catedral de Tarragona, el del monasterio de Sant Cugat del Vallés, y el del monasterio cisterciense femenino de Santa María de Vallbona de les Monges. En general, estos cuerpos han sido fechados más allá de mediados del siglo XIII. El tratamiento mural mantiene una cierta austeridad, a pesar de las columnillas y los detalles decorativos de los ventanales, marcada por los contrafuertes anchos y escasamente salientes. En el transepto sur, el cuerpo resaltado de la puerta de La Anunciata contrasta con la severidad del conjunto. Dicho carácter varía sensiblemente en una visión longitudinal de toda la seo, con el mirador del claustro y la torre campanario, ésta acabada en el siglo XV que dan airosidad y ligereza a esta parte. Difícilmente se pueden precisar las fechas en que se produjeron los cambios más significativos en el desarrollo de la construcción y de los posibles proyectos. Hacia 1220 debió morir Pere de Coma, fecha en que el avance sería significativo, pero se desconocen los nombres de sus sucesores, a pesar de haberse especulado con los de un Berenguer de Coma. Desapareció la lápida que aludía a la consagración de la iglesia, el 1278, en época del obispo Guillem de Montcada, que se encontraba encima de la puerta central de los pies, dando al claustro. En aquellos momentos, el artífice de las obras era Pere de Pennafreita.
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Los biógrafos de los Reyes Católicos suelen atribuir a su genio personal y a su habilidad diplomática la construcción de una estrategia familiar que produjo durante su vida una importante presencia hispana en el conjunto de relaciones entre los distintos Estados europeos y con el Papado, y que desembocó en una herencia de singulares proporciones. La práctica de una estrategia familiar orientada a emparentar con las principales casas nobiliarias y con las dinastías reales no era nueva; sirvan como ejemplo dos de las muchas situaciones precedentes: los padres de Fernando el Católico, Juan II de Aragón y Juana Enríquez, hija del Almirante de Castilla, planearon el destino de su hija Juana de Aragón, tercera de las hermanas que tuvo Fernando, hasta cuatro veces. Juana de Aragón, que había nacido en 1455, fue ofertada a un hermano del rey Enrique IV, después al duque de Berry, hermano de Luis XI, más adelante a Federico, hijo de Fernando I de Nápoles y, por fin, lograron casarla con Fernando I de Nápoles. Algo semejante ocurrió con la misma Isabel la Católica; antes de contraer matrimonio con Fernando, se estudió la posibilidad de que lo hiciese con el rey de Portugal, el duque de Berry y Ricardo de Gloucester, hermano de Eduardo IV de Inglaterra. Esta estrategia, común en todas las cortes europeas, además de revelar la necesidad de cimentar las relaciones internacionales con relaciones personales, originó situaciones muy complejas que a su vez señalan la práctica de una fuerte endogamia, necesaria para intentar mantener unas relaciones diplomáticas más basadas en la desconfianza mutua que en la colaboración formal. Como resultado, las estrategias de las familias reales necesitaron recurrir al Papado en busca de múltiples dispensas que resolviesen los frecuentes impedimentos de parentesco. Además, dicha estrategia afectó también a los hijos procedentes de relaciones extraconyugales; sin salirnos del ejemplo de la familia de Fernando el Católico, su padre Juan II de Aragón, que contrajo dos matrimonios, primero con Blanca de Navarra y después con la ya citada Juana Enríquez, además de los siete hijos legítimos contabilizados entre los dos matrimonios, tuvo otros cinco hijos de relaciones extraconyugales, algunas de las cuales no fueron episódicas. De estos cinco hijos, uno fue conde de Ribagorza, otro fue arzobispo de Zaragoza, y su hija Leonor fue casada con Luis de Beaumont, conde de Lerín y condestable de Navarra. Los otros dos, Fernando y María, murieron siendo niños. Los ejemplos podrían multiplicarse por detrás, por delante y durante el tiempo al que se refiere esta historia. En la propia familia nuclear de los Reyes Católicos el destino de algunos de los hijos exigió la intervención pontificia, también se decidió la estrategia que había que seguir con los hijos bastardos de Fernando, y hasta tuvieron que hacer frente a un caso de divorcio. Los Reyes Católicos tuvieron cinco hijos, de los que cuatro fueron mujeres, y sólo uno varón, el malogrado príncipe don Juan; intereses interiores relacionados con la pacificación de los bandos nobiliarios, y exteriores, significados por una política de buena vecindad, contribuyeron a que el destino de sus hijos se orientase a contratos matrimoniales muy particulares en cuyo fondo existieron tres decorados: el Atlántico, el Mediterráneo y la relación con los países rivales, singularmente con Francia, a la que los Reyes trataban de aislar por la competencia que ambas monarquías mantenían respecto de los territorios italianos. Con esta finalidad han de entenderse las bodas de sus hijas Isabel y María, que relacionaron a la Monarquía Católica con Portugal: la hija mayor, Isabel, casaría con el infante portugués don Alfonso, y cuando murió éste, con el rey don Manuel. A la muerte de Isabel, ocupó su lugar su hermana María, que hacía el cuarto lugar en el total de hijos habidos por los reyes. Los otros tres hijos permitieron estrechar las relaciones con el imperio y con Inglaterra; Juan y Juana contrajeron matrimonios con Margarita de Austria y con Felipe de Borgoña, el Hermoso, ambos nietos del emperador Maximiliano de Austria, y la más joven de la descendencia legítima, Catalina, lo hizo primero con Arturo y después con Enrique VIII de Inglaterra. La práctica de los matrimonios dobles era frecuente; Maximiliano de Austria preparó en 1507 una doble alianza matrimonial que afectaría a otros dos de sus nietos: María de Habsburgo casaría con Luis, heredero de la corona de Hungría, y su hermana Ana de Hungría lo haría con Fernando de Austria. Tanto las alianzas matrimoniales con Castilla como las realizadas con Hungría acabaron beneficiando a los nietos del emperador Maximiliano. En la historia de la familia todas las estrategias, pese a los intereses del dirigismo que ejercitó la patria potestad, no acabaron igual, y las que terminaron bien en apariencia, contribuyeron a que se produjeran nuevas e importantes complicaciones. A largo plazo, y sólo concediéndole el valor de una simple invocación, que en ocasiones resulta ser accesoria, las reivindicaciones dinásticas y sucesorias se produjeron dentro de un marco mucho más amplio que siempre estuvo presidido por otro conjunto de problemas: la política seguida con Portugal -que es anexionado a la Corona de Castilla en 1580-; con Inglaterra, que exigió la intervención hispánica más conocida por uno de sus episodios más llamativos, el del desastre naval de su flota; con el Imperio, con las sociedades controladas en Italia, o con los Países Bajos, la estrategia familiar de los Reyes Católicos también ha de dejar su hueco a una interpretación menos triunfalista que permita relacionar lo que se ha denominado justamente imperio español con las bases que lo hicieron posible. Y es que en toda cuenta de resultados, desde otras perspectivas además de las que produce nuestra visión del tiempo presente, deben colocarse en cada columna contable los éxitos y los fracasos. La singular herencia de Carlos, nacido en Gante en 1500, vino propiciada por una cadena de infortunios; el príncipe don Juan murió en 1497, malográndose además el resultado del embarazo de su mujer Margarita que dio a luz una niña muerta, y al año siguiente, en 1498, murió la hija primogénita Isabel, y dos años más tarde, su hijo Miguel que había sido jurado como heredero por Castilla, Aragón y Portugal. Desde 1502, en que son proclamados herederos Juana y Felipe el Hermoso, hasta el otoño de 1517, año en el que viene a Castilla el que va a ser emperador Carlos, primero la enfermedad de Juana y después la muerte de su marido, dejaron a Carlos como heredero de todos los Estados, y desde la muerte de su abuelo paterno Maximiliano, emperador del Sacro Imperio. La llegada a este final no fue nada fácil; una complicada red de intereses, agravados por la muerte de Felipe el Hermoso, hizo muy dudosa la candidatura de Carlos al trono castellano, que realmente ocupaba su madre doña Juana. Castilla y los Países Bajos se convirtieron en escenarios de estrategias dinásticas enfrentadas; por un lado, el emperador Maximiliano, a la muerte de Felipe el Hermoso, nombró a su hija Margarita regente de los Países Bajos, quien además de encargarse activamente de la educación de Carlos, sirvió con la oposición de la nobleza local y de los personajes que rodeaban al futuro emperador a los intereses antifranceses de Fernando el Católico. Por otro lado, en Castilla, la incapacidad de la reina doña Juana dejó a Fernando el Católico con la libertad suficiente para desear que fuese Fernando quien le sucediese en Castilla, y antes, entre 1506 y 1511, a pensar en un heredero de sus reinos orientales en el fruto de su matrimonio con Germana de Foix. Sólo a partir de 1515, con el fin de la regencia de Margarita de Austria en los Países Bajos y el triunfo diplomático de los consejeros de Carlos ante Fernando y Cisneros, inclinó definitivamente la balanza en beneficio de Carlos. Medio siglo separa la última voluntad de Isabel la Católica de la de su nieto, y cuando Carlos V hace su testamento en 1554, casi triplica el número de títulos que heredó de sus abuelos: "Emperador de los Romanos, Augusto Rey de Alemaña, de Castilla, de León, de Aragón, de las Dos Secilias, de Hierusalem, de Ungría, de Dalmaçia, de Croacia, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galizia, de Sevilla, de Mallorca, de Cerdeña, de Córdova, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algezira, de Gibraltar, de las islas de Canaria, de las Indias, islas y Tierra Firme del Mar Océano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante, de Lothoringia, de Carintia, de Carniola, de Linburj, de Luçenburg, de Gueldres, de Athenas, de Neopatria, Conde de Barcelona, de Flandes, de Tírol, de Auspurg, de Arthois y de Borgoña, Palatino de Henao, de Olandia, de Zelandia, de Ferrete, de Friburg, de Hanurg, de Rosellón, de Hutfania, Langrave de Alsacia, Marqués de Burgonia y del Sacro Romano Imperio, de Oristán y de Gociano, Príncipe de Cataluña y de Suevia, Señor de Frisia, de la Marcha Esclavonia, de Puerto Haon, de Vizcaya, de Molina, de Salinas, de Tripol y de Malinas, etc". Esta gran herencia, que no sólo ha de atribuirse a la estrategia familiar desarrollada por los Reyes Católicos, sino también a las guerras de conquista, a la actividad diplomática ante las cortes europeas y el Papado, y al descubrimiento de las islas y continente americano, constituye el punto de partida del gobierno de una dinastía extranjera que se proyectó como un imperio universal. Su fundamental base social y económica fueron los territorios peninsulares e insulares de un complejo de Estados, Castilla, Aragón, Navarra, sobre los que previamente se había desarrollado la tarea de gobierno de la reina Isabel y del rey Fernando.
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Buscar un comienzo verosímil para describir la arquitectura contemporánea plantea tantos problemas como intenciones puedan esconderse en cada historiador. Lo hemos podido comprobar tanto en las historias canónicas, en las que se insistía en diferentes pioneros, como en otras más recientes y críticas en las que el comienzo teórico y figurativo se establecía en torno a 1750, pero también hay quien lo ha situado convincentemente en las últimas décadas del siglo XVII francés, sobre todo en relación a la propia crisis del Clasicismo contenida y planteada en la famosa quérelle entre antiguos y modernos. En términos aparentemente cronológicos también puede afirmarse que la arquitectura contemporánea comienza en 1900, aunque se trata de una fecha que significa demasiadas cosas a la vez.En efecto, porque desde la atalaya de ese año el origen de la arquitectura contemporánea podría situarse en fenómenos con frecuencia contradictorios entre sí, ya se trate del Art Nouveau, de la tradición Beaux-Arts, de las diferentes permanencias de lo Clásico, de las tradiciones vernáculas, de los modernos debates entre arquitectura y técnica propiciados por la revolución industrial y los cambios sufridos en las técnicas de la construcción. Pero también las nuevas condiciones sociales y urbanísticas, la nueva idea de la metrópoli, las tradiciones académicas, populares o historicistas, pueden constituir una buena excusa para las diferentes historias que se cruzan o coinciden a lo largo del siglo XX. Y, en este contexto histórico y metodológico, no parece inoportuno elegir como posible origen una decisión formal que también es histórica y, en cierta medida, excepcional. Me refiero a la arquitectura vienesa de comienzos de siglo.
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Junto a esta hornada de artistas reclutados en Epidauro y Atenas, los agentes de Mausolo cuidaron de llevar a Halicarnaso a otros dos maestros, arquitectos y escultores a la vez, más vinculados en principio al mundo jonio y oriental. Uno de ellos sería Sátiro de Paros, cuya trayectoria anterior al Mausoleo desconocemos, a no ser que sea el mismo Sátiro que trasladó en Egipto un obelisco Nilo abajo desde su cantera (Plinio, NH, XXXVI, 67, 68). El otro era Piteo, destinado a convertirse con el tiempo en un gran tratadista de la arquitectura, pero también desconocido hasta entonces. Una vez reunidos todos en la capital de Caria, se plantearía la división de funciones. Los arquitectos serían Sátiro y Piteo, sin duda con la colaboración de Escopas, y la escultura se dividiría de la siguiente forma, según nos relata Plinio: "La parte que da a oriente la esculpió Escopas, la de septentrión Briaxis, Timoteo, la del mediodía, y la de poniente, Leócares... También tuvo acceso un quinto artista; pues por encima de la columnata se eleva una pirámide de la misma altura que la parte del edificio que está por debajo de ella, que va estrechándose hasta el vértice en 24 escalones. En su parte más elevada hay una cuadriga de mármol obra de Pitis" (y Piteo) (NH, XXXVI, 31; trad. de M.? E. Torrego). Dado el lastimoso estado en que ha sido descubierto el Mausoleo, sigue siendo un verdadero problema reconstruir idealmente su aspecto, aun exprimiendo hasta el máximo los datos arqueológicos y los que proporcionan las fuentes escritas. Estas últimas parecen bastante concretas, sobre todo por lo que se refiere a las medidas: "De sur a norte se extiende a lo largo de 63 pies (un pie mide unos 30 cm), más estrecho por el frente; su perímetro es de 440 pies. Tiene 25 codos de altura (el codo mide un pie y medio) y está ceñido por 36 columnas... Si se incluye la cuadriga, la altura total del edificio es de ciento cuarenta pies" (Plinio, NH, XXXVI, 30). Pero en realidad se plantean dudas insolubles, y hay que utilizar a título orientativo edificios semejantes, como el Monumento de las Nereidas. Aunque muchos detalles se nos escapen, no cabe duda que el Mausoleo fue una obra esencial en la resurrección del orden jónico, comenzada precisamente por entonces. Coincide, en efecto, con el inicio de la reconstrucción del inmenso templo dedicado a Artemis en Efeso, quemado por un loco en el 356 a. C. Pero, mientras que en este último caso la obra se hizo siguiendo fielmente los planos del destruido santuario arcaico, y simplemente realzando su infraestructura, en el Mausoleo se plantearon con seguridad diversas novedades, por ejemplo en el diseño de los capiteles, y hubo que buscar soluciones originales para un tipo de edificio que, a esa escala, resultaba completamente nuevo. Por lo que a la decoración escultórica se refiere, era muy profusa: aparte de la cuadriga que coronaba el conjunto (obra de Piteo, como hemos visto, y bastante seca por los restos que nos han llegado), había otras figuras exentas (unos leones que ocupaban probablemente los intercolumnios, unos grupos con tema cinegético y de sacrificio que estarían fuera del monumento propiamente dicho, varios retratos de cuerpo entero, de los que conocemos bien dos, los llamados convencionalmente Mausolo y Artemisia), y, finalmente, en torno al cuerpo del edificio se desarrollaban tres frisos: una Centauromaquia, una carrera de carros y -lo mejor conservado de todo- una Amazonomaquia. No es momento aquí de adentramos en agudas y resbaladizas distinciones estilísticas para intentar adjudicar a cada uno de los escultores los diversos fragmentos llegados hasta nosotros y conservados, casi todos ellos, en el Museo Británico. Para dar idea de la complejidad de las disquisiciones a que la crítica ha llegado en este punto, bastará recordar la teoría de Buschor, según la cual el Mausoleo se abandonaría antes de acabarse, poco después del 350 a. C., y los escultores retornarían para terminarlo en 333 a. C., ya en un estadio más evolucionado de sus respectivos estilos. Sin embargo, casi por encima de las diferencias, lo que más asombra es la relativa homogeneidad del conjunto, prueba, como en Epidauro, del intento unificador que se daba en las grandes obras colectivas. En estas ocasiones, solía tomar el mando del conjunto uno de los artistas (posiblemente Escopas en nuestro caso), se imponían normativas rígidas (por ejemplo, la sistemática organización del friso de la Amazonomaquia a base de diagonales y de posturas geométricas relativamente simples), y tendían a limarse las peculiaridades personales. Si a ello añadimos que, en el caso del Mausoleo, al menos dos de sus escultores se hallaban al principio de su carrera, con un estilo aún sin definir, y que Timoteo, como mostró en la Leda, no estaba cerrado a las novedades del siglo IV, haremos bien en ser humildes a la hora de planteamos atribuciones concretas. El Mausoleo fue, para todos los que en él trabajaron, un verdadero trampolín hacia la fama. Sátiro y Piteo escribieron un libro sobre el monumento y, retomando de nuevo las palabras de Plinio, "la reina (Artemisia) murió antes de que estuviera acabado (se fecha su muerte en 350 a. C.), pero, a pesar de ello, la obra no se paró hasta que estuvo concluida, pues ya los propios artistas se dieron cuenta de que éste era un monumento a su propio arte y gloria" (NH, XXXVI, 31). Salvo el anciano Timoteo, todos los demás recibirían numerosos encargos tanto en Asia como en la Grecia Propia.
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El período de regencia teodoriciana (511-526), conocido como intermedio ostrogodo, marcó el intento de sometimiento de Hispania a la corte ostrogoda itálica. La posesión, por parte de Teodorico, del tesoro real visigodo, jugó un papel relevante en la legitimidad de Amalarico como único rey visigodo. También tuvo su importancia para anexionar los territorios visigodos de la Gallia a la Italia ostrogoda la restitución de la prefectura de las Galias en Arlés. La política gubernamental y económica de Teodorico no estuvo falta de opositores feroces como Teudis, general ostrogodo que se había casado con una noble hispanorromana propietaria de grandes extensiones de tierras, gracias a la cual pudo organizar un ejército privado de 2.000 hombres. Amalarico tomó el poder a la muerte de su abuelo en el año 525, renunció a los territorios de la Provenza pero no a los de la Narbonense, liberó a Hispania del pago de tributos a Italia, recuperó el tesoro real y quiso asegurarse unas buenas relaciones con los francos. Por ello se casó con la hija de Clodoveo y hermana de Childeberto, Clotilde. Clotilde, defensora ferviente del catolicismo, llevó a cabo vanos intentos para convertir al rey. Amalarico la maltrató y Childeberto la vengó. Ambos monarcas se enfrentaron en Narbona y Amalarico fue vencido. Fugitivo, es asesinado -probablemente por sus propias tropas- en Barcelona en el año 531. La política de alianzas franco-visigodas será concebida por los diferentes monarcas como un vehículo de poder para relativizar las ofensivas militares y las políticas expansionistas a ambos lados de los Pirineos. Teudis, que gozaba del apoyo de muchos nobles visigodos e hispanorromanos, fue elegido rey. Con la idea clara de levantar un reino en Hispania trasladó definitivamente la capital de Narbo a Barcino. La principal tarea de Teudis fue el sometimiento de los diferentes territorios de la Península Ibérica, y para ello tuvo que hacer frente a los importantes avances francos en la Tarraconense. Las expediciones militares de Clotario y Childeberto consiguieron sitiar durante más de cinco semanas a Caesaraugusta (Zaragoza), pero fueron aniquilados por el general Teudiselo en su retirada hacia el Pirineo. Viendo la amenaza que suponían las tropas bizantinas dirigidas por Belisario en el Mediterráneo, Teudis creyó necesario establecer un control de la línea costera de la Bética y conquistar uno de los lugares más estratégicos, la ciudad de Septem (Ceuta). Los intentos fueron vanos y Septem, junto con el control del fretum gaditanum, quedó en manos de los bizantinos. Poco después, en el año 548, Teudis fue asesinado y sucedido por el breve reinado de Teudiselo (548-549), que fue a su vez muerto en Hispalis (Sevilla). En aquel momento la capital fue trasladada de Barcino a Hispalis y Agila proclamado rey. La Bética siempre había sentido gran hostilidad a la presencia de los pueblos germánicos y orientales y por ello las sublevaciones y resistencia encabezadas por la aristocracia hispanorromana, que seguía ostentando la administración provincial, fueron continuas. Agila tuvo que hacer frente a una de estas rebeliones en el año 550 en Corduba donde fue derrotado, habiendo profanado antes la tumba del mártir Acisclo, lo que muestra a la vez el enfrentamiento entre católicos y arrianos. Huyó a Emerita Augusta (Mérida) donde estableció su corte. A los pocos meses, un noble de origen visigodo, Atanagildo, se proclamó rey frente a Agila. La guerra civil entre los dos posibles gobernantes no tardó en estallar. Atanagildo, apoyado sólo por algunos sectores de la aristocracia hispanorromana de la Bética, para mantener un posible gobierno, tuvo que solicitar la ayuda de uno de los enemigos más peligrosos, los bizantinos. El calificativo de peligrosos no es excesivo cuando se tiene en cuenta que el emperador Justiniano estaba llevando a cabo su política expansionista basada en la renovatio Imperii, anexionándose una gran parte de los territorios de la cuenca mediterránea. Los bizantinos, al mando de Liberio, desembarcaron en la costa, aunque se discute si fue en las cercanías de Hispalis o bien en Malaca. Atanagildo se hallaba acuartelado en Hispalis y ambos ejércitos vencieron a Agila en las cercanías de dicha ciudad. El vencido se refugió con su ejército, llevando consigo el tesoro real, en la ciudad de Emerita Augusta, pero al cabo de dos años fue asesinado por sus propios partidarios, que se unieron al nuevo monarca. A pesar de la victoria, Atanagildo tuvo que hacer frente durante todo su reinado a los bizantinos, que habían enviado nuevas tropas a Carthago Spartaria (Cartagena). Los continuos enfrentamientos no consiguieron su expulsión, al contrario, los bizantinos ampliaron cada vez más sus conquistas en toda la franja costera de la Baetica y la Carthaginensis. La presencia de las tropas militares justinianeas en el sur de la Península, desde el año 554 hasta el 624, marcó definitivamente el posterior desarrollo del reino visigodo. Por otra parte la provincia bizantina de Spania pasará a ser un punto esencial en la política mediterránea de Justiniano, porque le permitía controlar el Mare Balearicum y el Mare Ibericum, es decir, sus posesiones en el norte de Africa y en Italia. Esta política de control estratégico llevó a instalar la capital de la nueva provincia bizantina en Carthago Spartaria que, además de una situación topográfica clave para su defensa, contaba con un excelente puerto. El gobierno de esta provincia estuvo al mando de un magister militum Spaniae, que tenía a su vez funciones civiles y militares. La presencia de bizantinos en determinadas ciudades debió favorecer también algunas relaciones mercantiles. Las ciudades de Lucentum, Iliici, Lorica, Basti, Acci, Mentesa (?), Iliberris, Egabrum, Tucci, Corduba, Astigi, Carteia, Gades, Mpla, Hispalis y Lacobriga, estuvieron probablemente bajo el dominio bizantino al menos hasta el año 589. Y también lo estuvieron con posterioridad a dicha fecha las regiones integradas en la Mauretania Secunda, el territorio de las islas Baleares y las ciudades de Dianium, Illici, Bigastrum, Urci, Adra, Asidona, Malaca, Ossonoba y evidentemente Carthago Spartaria. Además de la presencia de una población militar y administrativa en las ciudades, hubo con seguridad bizantinos en ámbitos rurales, establecidos mayoritariamente en los castra y castella de tipo defensivo. Las posesiones bizantinas no serán eliminadas hasta Suintila, que recuperó los diferentes territorios de la Bética y la Cartaginense, las cuales, a pesar de las continuas ofensivas que habían llevado a cabo los monarcas visigodos, especialmente Leovigildo, Witerico y Sisebuto, seguían sometidas a las tropas justinianeas. Cuando la capital del reino visigodo fue trasladada a Emerita Augusta y después, muy posiblemente, con Atanagildo en el año 567 a Toletum, la Bética perderá en cierto modo su representatividad -pero no por ello su rebeldía- durante un corto período de tiempo, aunque la atención será de nuevo fijada con el conflicto político-religioso entre Hermenegildo, Leovigildo y Recaredo, que veremos más adelante.
contexto
Tras la independencia se imponía la organización de los Estados, en un proceso que debía reemplazar la estructura colonial por nuevos organismos y para ello las oligarquías y los funcionarios afines a las mismas ocuparon los puestos vacantes ante el cambio de sistema político. La lucha ideológica, agotado rápidamente el debate sobre la forma republicana de gobierno, se centró en dos opciones. La primera entre liberales y conservadores, con una frontera muy tenue entre ambos, que muchas veces se expresaba en cuestiones religiosas o educativas y no en problemas políticos o ideológicos, aunque los enfrentamientos terminaran en guerras abiertas. La segunda, federalismo o centralismo, giraba en torno a la organización administrativa del país y al modelo a aplicar.El principal problema consistía en saber qué sector, o sectores, de la oligarquía nacional se quedaba con el poder, subordinando a los demás a su proyecto. La defensa de determinados criterios doctrinarios, como el intento de transplantar un modelo constitucional determinado, ocupó un lugar secundario en la discusión, ya que las definiciones valían más para diferenciarse del rival que para asumir positivamente los valores reclamados. Este fue el caso del venezolano Antonio Leocadio Guzmán, que llamó federalista a su causa sólo porque sus rivales se reclamaban centralistas. El reemplazo de la administración colonial por una republicana no era tarea fácil, dado el desigual control del territorio. Ningún gobierno dominaba la totalidad de las jurisdicciones y si a esto le sumamos la creciente ruralización, se ve cómo el peso de las desigualdades regionales terminaba por imponerse. La debilidad del poder central, que debía llegar constantemente a acuerdos o alianzas con los poderes locales, especialmente cuando no podía aplastar las opiniones discordantes, hizo que los aparatos estatales, así como sus sistemas burocráticos de una complejidad creciente, no fueran instrumento de una determinada facción política o grupo social, sino producto del compromiso y la síntesis. La necesidad de buscar el equilibrio entre las distintas fuerzas produjo decisiones que no siempre eran del agrado de quienes habían encumbrado a los gobernantes de turno.
obra
Nicolaes Maes aunque acabaría su carrera como retratista también destacó por sus escenas poéticas, rembrandtianas o costumbristas con argumento, inspiradas por P. de Hooch. Sus cuadros de género suelen mostrar interiores domésticos en los que popularizaría el espacio cúbico e ilusionista que más tarde emplearía Vermeer.