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Fuera de las grandes mansiones que acabamos de describir, la ciudad es una mezcla abigarrada de viviendas, divididas en barrios con sus propias leyes y autoridades -los comisarios franceses, los alcaldes de barrio, españoles...- para su mejor gobernación. Estas otras construcciones dan aún menos oportunidades a la privacidad. Suelen poseer varias alturas, todas habitadas y comunicadas por una o varias escaleras con ventanas. Las habitaciones dan a descansillos. Los pisos principales -del primero al cuarto- se reservan a familias burguesas y de clase media, el bajo lo ocupa una tienda o taller, a medio camino entre el espacio interior y el exterior, cuyos aprendices y empleados se alojan en el entresuelo o en los desvanes, con frecuencia propiedad del mismo maestro o comerciante que se los arrienda. Cada habitación acoge a varias personas que duermen en jergones utilizados, además, para guardar el dinero que a duras penas consiguen reunir.
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En el Quattrocento, la ciudad jugó un papel decisivo en la nueva cultura arquitectónica, tanto en el plano real como en el teórico, y también en relación con la imagen figurativa de la misma. La ciudad, en este sentido, no solamente fue objeto de una serie de representaciones nuevas, sino qué muchas de las nuevas intervenciones arquitectónicas se efectuaron atendiendo al efecto figurativo que comportaban. Ya vimos cómo los primeros ensayos del sistema perspectivo se produjeron en las dos tablas realizadas por Brunelleschi con una vista del Baptisterio y Plaza del Duomo, desde la puerta central de Santa María de las Flores, cuya ejecución se sitúa entre 1401 y 1409, y otra con la representación de la Piazza della Signoria. Es evidente que la representación de la ciudad, como fondo y escenario de composiciones religiosas o profanas, era una práctica ampliamente difundida durante la centuria anterior. Pensemos, como uno de sus ejemplos más elocuentes, el fresco que representa Los efectos del Buen Gobierno (Siena, Palazzo Publico) pintado por Ambrogio Lorenzetti entre 1337 y 1339, y que constituye una representación reconocible y real de la ciudad frente al desarrollo esquemático y convencional de la ciudad como simple fondo ambiental. De ella Vasari dijo que "...el pintor representa la vida interior de la ciudad, las artes, los oficios, el movimiento que en ella se produce; y las ocupaciones, el trabajo y la industria de la ciudad: es decir, la vida urbana y la vida del campo al estar bajo los efectos beneficiosos de la Paz y La Concordia". Se trata según este mismo autor "de una populosa ciudad, la cual es ciertamente la Patria de Ambroggio, como se desprende de los grandes palacios dotados de torres, de las casas hechas de ladrillo, de la representación del Duomo en el ángulo del muro". Es decir, se trata de una visión de la ciudad real aparentemente equivalente a la que acotando una parte de la misma, acomete Brunelleschi. Ahora bien, la novedad de las representaciones de Brunelleschi no consisten, pues, en que en ellas aparezca una representación de la ciudad existente, Florencia, sino en que esta representación se acomete desde las leyes del nuevo sistema de representación perspectivo.
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El auge urbano durante los primeros siglos del Islam fue importantísimo; muchas ciudades antiguas crecieron otra vez, después de épocas de estancamiento, y otras nuevas vinieron a añadirse a ellas. Además del aspecto cuantitativo hay que valorar otro cualitativo que se refiere a la importancia de las funciones económicas, políticas y culturales de muchas de aquellas ciudades, nudos de comunicación bien servidos por redes de caminos y organizaciones caravaneras florecientes. La nueva vitalidad urbana se dejó sentir pronto en el antiguo dominio bizantino: por una parte, nuevas ciudades fronterizas junto al Taurus y en Cilicia; por otra, auge de puertos como Acre o Tiro, y de ciudades del interior como Alepo, Jerusalén, segunda ciudad santa del Islam, y, sobre todo, Damasco, capital bajo los omeyas e importante centro manufacturero de aceros y cobres damasquinados y de tejidos o damascos de algodón y seda. Las principales fundaciones ocurrieron en Mesopotamia: antiguos campamentos de los conquistadores se convirtieron rápidamente en grandes ciudades como Basra, con 200.000 habitantes, Kufa, con 100.000, o Wasit. Bagdad, fundada en el año 762 como nueva capital, tendría en época de Harun al-Rasid nada menos que 2.000.000 de habitantes; heredera de Babilonia y de Ctesifón, Bagdad era en aquel momento el principal nudo de comunicaciones de todo el Oriente Próximo, como correspondió a su capitalidad aunque, a partir del año 836, la construcción de Samarra, 100 kilómetros al Norte, la privó de sus funciones palatinas y después, la decadencia del califato provocó la suya propia, que tocó fondo en 1258, cuando fue arrasada por los mongoles. La situación urbana era más floreciente en el Irán sasánida, donde muchas ciudades se habían desarrollado como centros mercantiles en oasis bien cultivados. Tras la conquista, a la parte antigua persa (sharistán) se unió a veces la ciudad nueva árabe, pronto unidas en un solo núcleo, como sucedió en Ispahán, Marw, Bujara o Samarcanda: en época samaní, esta última ciudad llegó a tener 500.000 habitantes, como otras grandes capitales regionales del siglo X. Recordemos también la importancia de ciudades ya mencionadas como Rayy, cercana a la actual Teherán, Tabriz, Herat, Nishapur o Kabul. En Egipto, Alejandría conocería sucesivos renacimientos gracias a su indiscutida capitalidad mercantil, pero la gran creación fue El Cairo, a partir de fundaciones anteriores: el punto de partida fue la ciudad helenística de Babilonia, próxima al canal que unía el Nilo con el Mar Rojo. Luego, el campamento fortificado de Fustat (Fossatum) establecido por los árabes en el año 641. Un siglo después, algo más al Norte, el nuevo emplazamiento de al-Askar (El Campo). En el 872 los Tuluníes construyeron su palacio y una mezquita en las proximidades (al-Qata'i) y al cabo de otro siglo, desde el ano 972, los fatimíes alzaron en un nuevo emplazamiento "la ciudad fundada cuando se eleva Marte" (al-Qahira), que fue su capital y albergó más de 500.000 habitantes en la época de esplendor del califato. El urbanismo de nuevo cuño tuvo mucha importancia en el Magreb, donde la decadencia de los siglos anteriores había deteriorado las ciudades mientras que las poblaciones bereberes eran, en general, rurales. Qairuán, fundada en el año 670 como plaza fortificada, experimentó diversas ampliaciones hasta el siglo X. Túnez comenzó siendo un arrabal de Cartago antes de sustituir a la ciudad antigua. La expansión del Islam está jalonada, como ya indicamos, por fundaciones de ciudades: Tahert, Fez, Marraquech. El desarrollo urbano andalusí partía de bases mejores, aunque también cambió el signo de una época anterior de decadencia: Córdoba alcanzaría los 100.000 habitantes en su apogeo califal del siglo X, Sevilla los 80.000 cuando fue capital de los almohades en el XII y Granada los 50.000 en su época nasri (siglos XIV y XV): no son cifras desmesuradas si se las compara con las de otras capitales islámicas. Aunque la red urbana era ya bastante densa en la parte de la Península dominada por los musulmanes, las fundaciones no escasearon en zonas peor dotadas o en las que existió mayor necesidad de defensa o bien en puntos costeros estratégicos: Badajoz o Murcia en el primer caso, Calatayud, Tudela, Lérida, Medinaceli o Madrid en el segundo, Gibraltar o Almería en el tercero. A la vista de las ciudades actuales del mundo musulmán podría pensarse que hay un urbanismo peculiar, una especie de tipo de ciudad islámica con rasgos bien definidos cuando lo cierto es que esto no fue así en principio sino que el plano desordenado de muchas ciudades es efecto de la falta de autoridades y reglamentaciones urbanas suficientes, aparte de las aplicadas por el cadí y el muhtasib, y de un concepto de la vida familiar y privada que orienta la casa hacia el interior y apenas presta atención a las áreas de uso compartido -calles, plazas- ni a lo urbano como unidad pues la ciudad se fragmenta en barrios y zonas poco interrelacionadas e incluso con murallas propias, o se rodea desordenadamente de arrabales. Sin embargo, "el Islam tiene necesidad de la ciudad para realizar su ideal social y religioso" (Planhol), por lo que hay un centro indudable, la mezquita mayor, rodeada de zocos o mercados, alcaicerías y bazares, alhóndigas o almacenes, baños, talleres de los oficios más preciados. El mismo esquema puede repetirse, en tamaño menor, alrededor de las mezquitas. El barrio del palacio y de los centros gubernativos (majzén) es otro centro de organización del plano pero con frecuencia se sitúa en un extremo de la ciudad o fuera de ella, en forma de ciudadela con sus propios servicios y miles de personas que rodeaban al califa o al emir: la descripción de la vida en palacio, "síntesis de lo mejor que podía obtenerse en confort material, utilitarismo, estética, capacidad defensiva y administrativa" (Sourdel), forma parte del estudio de la ciudad musulmana. Las ciudades estaban integradas por barrios, a menudo habitados por grupos de etnia u origen diferente, musulmanes en su mayoría, aunque podía haber barrio judío (melláh), muchas veces cerca del majzén por motivos de protección. Aquella falta cruel de unidad, que se extendía a los arrabales, se añadía a la ausencia de autoridades urbanas específicas y contribuyó a la irregularidad del plano a medida que el tiempo pasaba: los dueños de viviendas tenían derecho preferente (fina) sobre el uso de los espacios públicos colindantes, lo que multiplicó el número de voladizos y pasadizos, el bloqueo de callejas sin salida (darb) y la irregularidad y estrechez del trazado viario aunque se respetara el entorno de las mezquitas y algunas vías principales de circulación. Las funciones artesanales y de mercado singularizaron a las ciudades musulmanas, contribuyeron a la complejidad de su estructura social y requirieron algunos criterios de organización que llegaron a la madurez entre los siglos IX y XI. Los tratados de hisba suelen contener algunos de ellos ya que el responsable de su cumplimiento era el muhtasib, secundado por maestros de cada profesión (amín, arif) especialmente cualificados, y se refieren a calidades, precios y condiciones requeridas para la práctica del oficio con taller abierto. No formaban los artesanos gremios o corporaciones autónomas pero aquellas formas de control en manos de autoridades exteriores les daban, con todo, cierta cohesión por oficios, así como la costumbre, heredada de épocas anteriores a menudo, de que los talleres y tiendas de cada oficio estuvieran en las mismas calles o sectores urbanos, o dispusieran a veces de mercadillos propios, lo que es lógico dentro de un sistema que no pretende fomentar la competencia entre los artesanos sino controlar sectores de la producción manufacturera y del mercado urbano. Desde luego, las actividades artesanales más abundantes y de mayor especialización se desarrollaban en las ciudades, y en ellas se difundieron o perfeccionaron numerosas técnicas de trabajo. Las manufacturas textiles eran las más importantes siempre, por la necesidad de los productos que fabricaban y por el valor intrínseco que éstos tenían y conservaban largo tiempo: pañería de lana magrebí y egipcia, lienzos de lino egipcios, tejidos de algodón iraquíes, del Yemen y del Irán, y sederías también iraníes, iraquíes y palestinas aunque hubo una difusión general de la sericicultura en el mundo islámico, y de mejores técnicas de tinte con grana, azafrán e índigo. Los tapices y paños de seda e hilo de oro o tiraz, tan vinculados al lujo no sólo de la Corte sino incluso de los campamentos nómadas, eran en algunos casos objeto de monopolio de fabricación en talleres califales. Otras actividades manufactureras de gran desarrollo fueron las relativas al cuero (Egipto, Yemen, Córdoba, Fez) y a la carpintería para construcción e interiores -carpintería de lo blanco como se diría siglos después en Castilla-, en la que los musulmanes alcanzaron gran calidad, así como en tareas más delicadas de obraje de puertas, mobiliario, tribunas portátiles y taraceado, con empleo de maderas nobles y marfil. Otros aspectos a recordar son las mejoras técnicas en la fabricación de cerámica de tonos metalizados, la introducción del papel, de origen chino, que se producía en Samarcanda ya en el siglo VIII, y el descubrimiento del cristal en el IX. Por el contrario, la metalurgia apenas experimentó avances, salvo en la fabricación de sables en el Yemen o el Jurasan, y el empleo del hierro no alcanzó gran desarrollo; para muchos objetos de la vida cotidiana se usaba el cobre, más abundante y fácil de obtener, y a su labor se refieren algunas técnicas de adorno como el damasquinado, originario del Asia Central. Si el artesanado daba vida a buena parte de la diversidad social urbana, otras procedían del comercio, la política y la religión, actividades que se concentraban en las ciudades. Los grupos de mercaderes y financieros poderosos no participaban como tales en el poder político pero eran los notables de la sociedad urbana (a'yan), a los que más de una vez apelaba el poder, organizado en el seno de la burocracia y del ejército que rodeaban al califa o al emir; sus altos cargos eran una aristocracia (jassa) no hereditaria sino de función, aunque cabe suponer que los lazos profesionales y familiares harían de ella un grupo relativamente estable en sus componentes. La vinculación y circulación de personas entre el mundo del comercio y el de la religión y de la ley era, por lo que parece, más frecuente: los grupos de ulemas, faquíes, cadíes, incluso algunos sufíes, tenían el prestigio que daba el hecho de ser el núcleo principal en torno al que tomaba conciencia de sí misma y sentido de identidad la sociedad en su conjunto; muchos de sus nombres y creaciones profesionales han llegado a nuestros días a través de los diccionarios biográficos escritos entonces, puesto que se refieren sobre todo a ellos. Pero hasta el siglo XI no comenzó a haber centros de estudios religiosos superiores o madrazas anejos a mezquitas mayores donde se institucionalizaran las funciones de algunos miembros de aquella aristocracia intelectual. Los lazos de familia, vecindad y etnia, los aspectos profesionales y económicos, la relación con el poder y con la religión, no eran los únicos en crear estratificaciones y solidaridades de grupo dentro de las sociedades urbanas, que concentraban a mucha gente en poco espacio y estaban expuestas a problemas de orden público y a movimientos de presión que era preciso controlar o, si llegaba el caso, utilizar en las luchas por el poder. Hubo también fenómenos asociativos que mezclaron con frecuencia aspectos generacionales -se referían a la juventud masculina-, iniciáticos -similares en algunos aspectos a las cofradías- y para-militares, pues daban lugar a milicias y policías paralelas de barrio: de todo esto se encuentra en los ayyarun de Bagdad y otras ciudades iraquíes e iraníes y en los ahdat de las sirias, que, según algunos autores, se inspiraron en el modelo de los bandos o demes de Constantinopla y otras ciudades bizantinas en siglos anteriores. En momentos o tierras de dominio si´i, especialmente en el Egipto fatimí, algunas de aquellas corporaciones podían acentuar su carácter sectario, de iniciación religiosa secreta y resistencia oculta en medio de un poder y una sociedad considerados impíos.
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Una de las características principales de los sumerios fue que se organizaron en comunidades urbanas o uru, dominadas principalmente por su autonomía política y su autarquía económica. Todas las ciudades estaban dominadas por un gran templo, resultando ser mucho más grandes que las que existieron durante el periodo Uruk. Algunas, como Erech, se extienden a lo largo de unas 440 ha y pueden albergar a 24.000 habitantes. Las ciudades sumerias siguen un patrón común. En general, el gran templo de la ciudad está separado de los edificios adyacentes por dos recintos amurallados, en los que se abren diversas puertas vigiladas por guardianes. Existe también un patio, a cuyo alrededor se sitúan estancias, almacenes y altares. Extramuros se amontona una multitud de casas pertenecientes a los grupos menos pudientes o a extranjeros. Las casas de estos, decidado generalmente al comercio, suelen ser más grandes y mejores, pues se benefician de una actividad muy lucrativa. El aspecto de las ciudades es grandioso. Levantadas junto a los grandes ríos Tigris o Éufrates, de los que aprovechan su abundante agua y sus fértiles llanuras, sus mercados aprovisionan de productos a sus habitantes y sus murallas les ofrecen refugio, algo importante, si se tiene en cuenta las continuas guerras entre ciudades.
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Durante el Bajo Imperio la mayoría de los aristócratas y personajes importantes, anteriormente vinculados a las ciudades, se establecen en sus villas de campo, al frente de unos latifundios que progresivamente van constituyéndose en unidades políticas, sociales, económicas y, en cierto modo, incluso religiosas, con la aparición de las iglesias domaniales y la extensión del monaquismo. La deserción ciudadana de este estamento gobernante ha llevado a considerar a muchos estudiosos que, durante esta época, la ciudad es una entidad en cierto modo residual y sumida en una crisis económica y política sin solución. Actualmente se tiende a matizar el concepto de crisis de las ciudades, considerando que si bien la función de éstas cambió respecto a la que había sido durante el Alto Imperio fue más el resultado de un cambio de mentalidad -consecuencia de la nueva concepción del Estado y de la burocracia- que de declive económico. Gran parte de la antigua prosperidad de las ciudades se basaba en el evergetismo de los magistrados y en la mayor autonomía de las curias municipales. Esta práctica, vinculada a unos honores que cada vez tenían menos fuerza, se había ido debilitando ya a partir de finales del siglo II. Por lo mismo se explica que durante esta época disminuyera en gran medida el número de inscripciones y que la construcción o rehabilitación de obras públicas fuese muy escasa. Mientras en otras zonas occidentales se aprecia una vitalidad de las ciudades que corrobora la relatividad de la crisis, como sucede en el Africa romana, en Hispania la poca documentación con que topamos para casi todos los aspectos de la vida bajoimperial vuelve a repetirse respecto a las ciudades. Una de las fuentes de información sobre las ciudades hispanas de esta época es la correspondencia entre Décimo Magno Ausonio, poeta residente en Burdigalia (Burdeos) y Paulino, futuro obispo de Nola y casado con una mujer hispana, Terasia. En una de estas cartas, Ausonio reprocha a su amigo la larga estancia de éste en Hispania y le incita a reunirse con él en Burdeos. En tono de queja se asombra de que, abandonando sus antiguas costumbres, se haya ido a vivir entre los vascones y enterrado su dignidad consular entre las ruinas de ciudades desiertas como Bilbilis, Calagurris e Ilerda. Que éstas no eran ciudades en ruinas se desprende de otro pasaje del propio Ausonio en el que habla de un tal Dinamio, rétor de Burdeos que, a consecuencia de un escándalo por adulterio, se había retirado a Ilerda (Lérida), a la que da el epíteto de pequeñísima. Allí, bajo el seudónimo de Flavinio, se casó con una española rica y permaneció toda su vida ejerciendo su profesión. Que en estos tiempos Ilerda fuera pequeñísima no es de extrañar, pues tampoco antes había sido mayor. La respuesta de Paulino es tal vez más creíble, puesto que mientras éste conocía bien Hispania, no se sabe que Ausonio la hubiese visitado nunca. Dice Paulino que él no vive entre los ladrones vascones: "Tú me echas en cara -dice- los dilatados bosques de Vasconia y los nevados albergues del Pirineo, como si me hubiera establecido en la entrada misma de Hispania y no tuviera otro lugar donde vivir ni en el campo ni en las ciudades, cuando la rica Hispania, vuelta hacia el sol poniente, se extiende hasta el confín del orbe. Pero aunque la fortuna me deparara vivir en bosques de bandoleros ¿me he endurecido en un país bárbaro, volviéndome como uno de sus habitantes por el contacto con su bestialidad al vivir entre ellos?..." Y añade: "Pero ¿por qué se me va a tachar a mí de un crimen de este tipo si vivo y he vivido en lugares distintos, donde abundan las ciudades ilustres y que son celebradas por sus costumbres civilizadas y agradables?" En concreto, entre estas ilustres ciudades menciona Caesaraugusta (Zaragoza), Barcino (Barcelona) y Tarraco (Tarragona), ciudades que -según él- se distinguen por sus extensos territorios y sus murallas. Y como estas ciudades, dice Paulino, hay muchas en Hispania, entre el Betis y el Hibero (Guadalquivir y Ebro, respectivamente). De esta correspondencia no se obtiene, ciertamente, una imagen de decadencia de las ciudades hispanas. Entre las ciudades más florecientes de Hispania se encontraba Hispalis, a la que de nuevo Ausonio otorga la primacía sobre otras ciudades como Corduba, Braccara (Braga) y Tarraco, ciudad esta última que en su tiempo había sido arrasada por los francos. En la Betica estas dos, Hispalis y Corduba, parecen constituir el eje económico principal, mientras que Gades (Cádiz) debió de haber entrado en una fase de decadencia, como se desprende de las palabras de Avieno: "Ciudad grande y opulenta en tiempos antiguos; ahora es pobre, ahora es pequeña, ahora abandonada, ahora un montón de ruinas. Nosotros en estos lugares no vimos nada digno de admirar excepto, el culto de Hércules". No obstante es exagerado hablar de Gades como de una ciudad en ruinas. Que continuaba la actividad económica de la ciudad, al menos en lo tocante a la fabricación del garum, se desprende de la afirmación de Libanio, rétor célebre de Antioquía, que hace mención de la salazón de caballa, pescado al que considera barato y bueno, especialmente el de Gades, el cual compraba con preferencia ¡en Antioquía! También Emerita Augusta parece haber continuado siendo una próspera ciudad ya que era la sede habitual del vicarius hispaniarum, si bien no hay referencias literarias a la misma. Algunas ciudades, como Caesaraugusta o Tarraco, fueron en su momento sedes de una corte imperial; como sucedió en la primera, al asentarse en ella Constante, o el usurpador Máximo, que se entronizó como emperador en la segunda. A pesar de todo ello, apenas pueden rastrearse más noticias sobre la vida de las ciudades hispanas en las fuentes literarias. Tampoco la arqueología ha hecho estudios sistemáticos sobre muchas ciudades. No obstante, sí se sabe, a través de la epigrafía, que Tarraco contó con importantes obras de restauración: un pórtico (en época de Diocleciano), el anfiteatro y -por decisión del gobernador de la provincia, en el siglo IV- las termas. También en Barcino se han encontrado restos de unos importantes depósitos de salazón de pescado, y es de nuevo Ausonio quien agradece a su hijo que le haya enviado aceite de Hispania y muria o garum de Barcelona. Sin pretender ser exhaustivos, también en Mérida se conservan inscripciones alusivas a la restauración del teatro y el circo. Del siglo IV son las basílicas de Santa Eulalia y San Fructuoso de las que habla Prudencio. Italica, que ya había experimentado una pérdida de importancia desde el siglo II al ser reemplazada por Sevilla como puerto fluvial, continuó no obstante existiendo como ciudad de cierta entidad, como lo demuestra la construcción en el siglo IV de algunos importantes edificios privados, entre ellos la llamada Casa de la Exedra, de 3000 m2 y el que el teatro siguiera utilizándose, pues al menos uno de los nombres de los magistrados que tenían asiento reservado en él es del siglo IV. Por el contrario, otras ciudades fueron abandonadas. Por ejemplo, Numantia. También Emporiae, después de las invasiones del siglo III, fue prácticamente abandonada. Tampoco Boetulo (Badalona) fue reconstruida tras las invasiones y desapareció prácticamente la vida urbana de la misma. Al igual que Iluro, ambas fueron anuladas por la actividad de Barcelona. Otras ciudades, que anteriormente habían alcanzado un alto grado de prosperidad gracias a su dependencia de determinadas actividades económicas, languidecieron al entrar en crisis tales actividades, como sucedió con Asturica Augusta (Astorga) muy vinculada a la explotación de las minas del NO, ahora prácticamente abandonadas. En esta zona noroccidental fue Braccara (Braga) la ciudad más próspera. Diocleciano y Constantino dedicaron una atención preferente a la reconstrucción de muchas ciudades del Imperio, en un programa político-económico que pretendía el mantenimiento de las ciudades como centros de producción. No obstante, las propias contradicciones de esta época implicaron un debilitamiento de las bases económicas de las ciudades y éste marcará a la larga una progresiva decadencia de las mismas. Las ciudades eran administradas por las curias o senados municipales. Estos estaban formados, en Hispania, por un número variable de curiales según la importancia y las necesidades de las mismas. Se considera que durante el siglo IV el número aproximado era de cien curiales para las ciudades más florecientes. La clase social de la que se nutrían las curias municipales había sido y aún era en gran medida en esta época, la de los terratenientes de tipo medio. Estos habían invertido parte de su riqueza en la ciudad, en forma de construcciones públicas, fiestas, etc. Pero el proceso generalizado de la creación de grandes latifundios, que suponía la concentración de la tierra en un número cada vez más reducido de propietarios, dio lugar, por una parte al empobrecimiento gradual de esta clase media o curial y, por otra, a la depauperación misma de las ciudades, cuyas tierras comunales pasaron en muchos casos a ser absorbidas por los particulares o por el Estado. La disposición del Emperador Juliano ordenando la devolución de todas las tierras que habían pertenecido a las ciudades a las mismas hubiera sido una medida sumamente eficaz para la reactivación de su economía, pero ésta no mantuvo su vigencia mucho tiempo. El emperador Valente revocó tal decisión, reservando a las ciudades sólo un tercio de los ingresos de éstas para hacer frente a sus necesidades más acuciantes. Así, estos curiales empobrecidos, agobiados por la responsabilidad fiscal que recaía sobre ellos como perceptores de los impuestos ciudadanos y mermados en su capacidad por el creciente intervencionismo por parte de los gobernadores provinciales y vicarios en los asuntos y finanzas municipales, intentaron frecuentemente desertar de las curias en muchas de las ciudades del Imperio. Hispania no escapó a esta tendencia, como demuestra una constitución de Constantino del 317 dirigida al Comes Hispaniarum en la que se trata de la deserción de muchos curiales hispanos. En muchos casos la vía de escape que buscaban era el ingreso en las filas del clero, tanto más cuanto que la rígida legislación bajoimperial hizo que el cargo de curial fuera hereditario y no ya electivo por un año, como había sido anteriormente. El ingreso en el clero los liberaba de sus obligaciones como curiales por decreto de Constancio II, si bien establecía una serie de condiciones que no siempre se cumplían: que el patrimonio del curial-clérigo pasara a su hijo y éste lo relevara en el cargo. Si no tenía hijos, serían sus parientes más próximos los encargados de asumir sus funciones curiales, etc. La complejidad de las distintas situaciones del curial-clérigo que revela la disposición intenta evitar que la ciudad sufriese pérdidas a causa de tales fugas, pero revela también que éstas eran inevitables. En una disposición del año 369 dirigida al vicario de Hispania Petronio, se ordena que la redacción de los archivos municipales se realice ante tres curiales y un magistrado, probablemente el curator civitatis. El reducido número de curiales hace pensar que las curias municipales eran cada vez más exiguas. El curator civitatis era un burócrata palatino, es decir, perteneciente a uno de los departamentos imperiales, y sus funciones principales eran controlar las finanzas de las ciudades. En Hispania sólo hay noticia de la existencia de un curator civitatis, atestiguado en una inscripción de Tarraco. También los flamines y sacerdotes paganos pertenecían a la curia municipal durante el siglo IV. Aunque a medida que el cristianismo va progresando en las ciudades, es la figura del obispo la que cobra una mayor dimensión social, llegando en muchos casos a erigirse en una especie de patrono de la misma, cómo veremos en el capítulo correspondiente. La crisis del 409 con la llegada de las invasiones bárbaras a la Península produjo la destrucción material de muchas ciudades, aunque en otras ciudades amuralladas los habitantes pudieron resistir e incluso atacar a los pueblos invasores, como señala Hidacio en Galicia bajo el dominio suevo. No obstante, el pánico en esta época parece desolador. Una ley del 409 ordena a los miembros de los collegia (asociaciones profesionales) que hubieran huido al campo regresar a la ciudad. También muchos curiales huyen de las mismas y aquellos que resisten en la ciudad se ven sometidos en algunos casos a la doble presión del elemento invasor y de los recaudadores de impuestos. La imagen que Hidacio da en su Crónica de algunos acontecimientos acaecidos en algunas ciudades de Galicia resulta apocalíptica y marca definitivamente el fin de una época: "Los bárbaros -dice- habían penetrado en Hispania saqueando y masacrando sin piedad. Por otra parte, la peste hacía estragos. Mientras los hispanos eran entregados a los excesos de los bárbaros y la peste los acosaba, las riquezas y víveres almacenados en las ciudades eran arrancados por el tiránico recaudador de impuestos y saqueados por los soldados. He aquí la espantosa hambre: los humanos se comen entre sí por la presión del hambre; las madres incluso se alimentan con los cuerpos de sus propios hijos a los que matan. Las bestias feroces, acostumbradas a los cadáveres de los muertos por las armas, el hambre o la peste matan también a los hombres más fuertes y, alimentadas con su carne, se expanden por doquier... Así los cuatro azotes de las armas, el hambre, la peste y las bestias feroces se reparten por todo el mundo, realizándose lo que había anunciado el Señor por sus profetas".
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El lugar elegido para su emplazamiento era un llano desértico de la orilla derecha del Nilo, bordeado de un circo de escarpaduras del desierto oriental, de modo que sólo era accesible por el Nilo y por dos pasos estrechos y próximos al río, uno al norte y otro al sur. Dos pequeñas guarniciones bastarían para cerrar aquellos accesos en caso de amenaza, de modo que con su defensa asegurada, la nueva capital podía prescindir de la muralla y del foso acostumbrados. Toda la margen izquierda del Nilo, de tierra cultivable, se destinaba a la agricultura y la ganadería que habrían de abastecerla. Catorce estelas con relieves del faraón adorando al Disco Solar delimitaban el perímetro de la ciudad y de su territorio. La planificación se hizo con criterio muy liberal, muy distinto a la de Illahum. Tres calles, aproximadamente paralelas al Nilo, eran las principales arterias en sentido norte-sur, y tres ramblas o wadis, perpendiculares a ellas, dividían la ciudad en tres sectores. Unicamente para el central se impuso un plano ordenador. Los otros dos quedaron a merced de los nuevos pobladores. Había terreno de sobra para disponer de parcelas grandes, de modo que se implantó un módulo de casa individual, más parecida a una casa de campo que a una vivienda urbana. También las calles eran anchas y de aspecto moderno. No estaban pavimentadas, pero sí limpias de arena y de guijarros y orladas de árboles que se habían plantado en hoyos abiertos en el piso del desierto y rellenos de tierra vegetal, que en muchos casos han localizado los excavadores. El área edificada llegó a ser un rectángulo de nueve kilómetros de largo por uno de ancho, de modo que todas las casas podían abastecerse de agua del Nilo, entonces potable, o de pozos abiertos en sus proximidades. A unos cuantos kilómetros al este había un barrio obrero muy diferente, de casas pequeñas, dispuestas según un plano ortogonal, y rodeadas de una cerca común. El sector central de la ciudad estaba cuidadosamente planificado y ocupado en su mayor parte por los templos y los edificios oficiales. En el meridional vivía una mayoría de gente rica, pero también artesanos y gente modesta, como los escultores. Las parcelas de los primeros disponían de un amplio jardín con piscina en su lado norte, y de un área de servicio en el del sur, donde estaban las habitaciones de los criados, los hornos del pan, las bodegas, los establos y los silos para el grano. La casa del dueño disponía de dos o tres salas de recepción y todas las comodidades de una buena residencia. La prisa con que la ciudad se había construido impuso el adobe como material de construcción y la techumbre aterrazada. Sólo las columnas y los marcos de las puertas eran de caliza, y de yeso las celosías de las ventanas, pequeñas y situadas en lo alto de las paredes. El nuevo credo religioso requería templos hipetrales, es decir, a cielo descubierto: grandes patios como los de los antiguos templos de Re, al estilo del de Neuserre en Abu Gurab. Ni siquiera el robusto obelisco de antaño era ya necesario. No había, en efecto, ni una imagen divina que custodiar en un naos, ni habitaciones domésticas de residencia de un dios antropomorfo. La costumbre recomendaba, sí, atenerse a una planta rectangular, con simetría bilateral; a un muro de ceñimiento que delimitase el recinto sagrado (témenos): orientar el edificio hacia el este, poniendo la fachada hacia el oeste; ennoblecer su acceso con unos pílonos; disponer de un patio, de matadero de víctimas cruentas, y, sobre todo, de otro patio, provisto de una plataforma o altar, con una o varias escaleras o rampas de acceso. Este último, precedido de un pórtico que miraba a levante, fue el elemento básico de los nuevos templos. En los tres ejemplares de Amarna los altares están flanqueados por mesas de ofrenda; en un caso, 365 mesas a cada lado del eje, una por cada día del año, pues Atón renacía cada mañana y sus patios, hasta seis, con extensiones de cientos de metros, habían de estar literalmente cubiertos de estas mesas.