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La producción cerámica de la etapa de las Urnas no es particularmente atractiva. Las vasijas que contuvieron las cenizas en los cementerios de incineración adoptan diferentes formas bulbosas, con cuellos cilíndricos, pero la decoración escasea, y cuando aparece lo hace en forma de meras acanaladuras o de simples, muy simples, dibujos geométricos incisos. La producción cerámica del Bronce Final queda, pues, reducida a un nivel artesanal. Ocasionalmente, sin embargo, y en particular en las postrimerías de aquel período, próximo ya el tiempo de la Edad de Hierro, sobresalen, por su excepcional decoración, urnas, platos y vasos de ofrendas en las que la ornamentación geométrica, profusa con respecto a la norma general, adquiere, a veces, carácter figurativo. La mayor parte de esta clase de cerámica, a la que se viene llamando pictográfica, procede de cuevas y establecimientos humanos. Sus representantes se concentran en las regiones francesas del Sur (Languedoc) y del Oeste (Charente), aunque se han señalado también en otros territorios de Francia (Rin-Alpes, Macizo Central, etc.), e incluso en Escandinavia. La ornamentación de estos vasos pictográficos en el sector occidental de Europa está ejecutada a base de trazos incisos cortos, que forman, además de cuadrados, o espinas de pez, redondeles que parecen soles, y simulacros de animales de dos patas, que parecen aves. A veces, la representación se complica con figuras humaniformes con las manos enlazadas (en algún ejemplar de la gruta de Quéroy, Charente), que parecen danzantes; o se extiende en una procesión en la que desfilan carros, como en ciertos fragmentos de cerámica de la órbita del yacimiento de Campos de Urnas de Mailhac (Languedoc): Camp-Redon, Lansargues, Hérault; Moras-en-Valloire, Drôme; Sublaines (Indre-et-Loire), etc. Un ejemplo realmente significativo de esta clase de cerámica es una urna de Dinamarca, procedente de Gludsted. En ella, y dispuestas en bandas corren grecas de semicírculos; en la más alta de éstas circulan caballitos resueltos con trazos sumamente elementales, lo suficientemente expresivos, sin embargo, para que no confundamos al animal representado. Si se trata de una intromisión accidental de artesanos con mayor capacidad de inventiva, o si es testigo esta cerámica de un cambio de mentalidad más a tono con la época en ciernes de la Edad de Hierro, son posibilidades a tener en cuenta. Sin embargo, el contexto donde se ha hallado esta cerámica y la colección de los motivos pictográficos hacen sospechar un sentido ritual, o una finalidad, en la esfera de lo religioso, que harían apropiados al espíritu del Bronce Final los particulares atributos decorativos de esta cerámica.
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Durante muchísimo tiempo la cerámica desempeñó exclusivamente su función específica -contención de líquidos, granos y provisiones- sin que se hiciera de ella un objeto bello, artístico. Luego, a partir de la fase calcolítica de Hassuna (h. 5800-5500) comenzó a bruñirse y a decorarse con motivos geométricos muy sencillos -rombos, triángulos, líneas puntilleadas-, haciendo de ella un objeto hermoso. Tras la cerámica de Hassuna apareció la de Samarra, mucho más interesante, de tonos monocromos y estilizadas decoraciones geométricas, zoomorfas y antropomorfas con tendencia a la abstracción. La audacia plástica de aquellos ceramistas les llevó a reproducir, parcialmente en relieve, sobre los cuellos de las jarras, rostros humanos (un ejemplar, en el Museo de Iraq). Mientras se hallaba en pleno auge la cerámica de Samarra, se originó la de Halaf, sin discusión la más bella de toda la fabricada en cualquier etapa de la Historia de Mesopotamia y nunca después superada. Estaba hecha a mano y era de paredes finas, con engobe de tonos rosados o bruñida en algunos casos; la decoración de sus variadísimos tipos era polícroma con motivos geométricos, zoomorfos y florales bellamente realizados, pudiéndose ver en los mismos claros simbolismos religiosos. Su área de dispersión fue muy amplia, influyendo también en la cerámica del sur mesopotámico, en concreto, sobre la de Hajji Mohammed (una subcultura del período de Eridu). La cerámica de la fase de El Obeid -elaborada a torno lento- está definida por sus tonos monocromos mates, marrones o verdosos y su decoración elemental, claramente geométrica. Técnica y artísticamente, era inferior a la de Halaf, aunque aportaba como novedad los picos, las asas y algunas originales formas. Durante las épocas de Uruk y de Jemdet Nasr la plena utilización del torno de alfarero motivó la elaboración de una mayor cantidad de cerámica de variadísima tipología, pero de baja calidad. La pobreza artística de esta cerámica se vio compensada, sin embargo, con la fabricación de copas y vasos rituales, tallados en piedra, de largos picos y con incrustaciones de caliza y conchas coloreadas, formando metopas ornamentales con cuadriláteros, losanges, ojos mágicos y rosetas de ocho pétalos, como puede verse en un magnífico vaso de Uruk y en una copa de Khafadye, ambos en el Museo de Iraq.
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La cerámica constituye el verdadero hilo de Ariadna para reconstruir las vías de influencia de unas zonas a otras y la evolución interna de las culturas neolíticas. Ampliamente utilizada desde su invención, constituye la base arqueológica principal para el establecimiento de la cronología. Gracias a su abundancia y al estudio de sus piezas, muchas de ellas de un gran valor artístico, es posible señalar la existencia de grupos culturales y sus áreas de influencia. Su desarrollo comienza en la etapa inmediatamente anterior al período de Sesklo. Con formas simples al principio, predominan las jarras y diversos tipos de cuencos abiertos, con una superficie lisa y oscura, bruñida y decorada en ocasiones con motivos geométricos incisos. Algunas cerámicas cuentan ya en esta fase con decoraciones pintadas, a base de motivos geométricos y ciertas representaciones humanas de toscos danzantes. Ya en la etapa de Sesklo y a todo lo largo del III milenio, las formas cerámicas se diversifican, adquiriendo una bella decoración pintada, de colores rojos u ocres sobre un fondo blanco. Los motivos más frecuentes son los ajedrezados, torres escalonadas, redes de líneas entrecruzadas y algunas líneas curvas. Estas formas y decoraciones se enriquecerán aún más en el período de Dímini, predominando un fondo mate pintado, sobre el cual y en varios colores se pintan motivos más variados: rayas entrecruzadas y multitud de temas curvilíneos. En la Grecia central y el Peloponeso, la cerámica polícroma de Tesalia y Macedonia convive con un tipo de cerámica oscura, pulida y con alguna decoración incisa, del tipo conocido como de barniz primitivo (Urfirnis). Esta cerámica oscura, que después recordará la superficie metálica de vasijas de la Edad de Bronce, perdurará hasta la época clásica en ciertas formas de copas y jarras, además de prototipos primitivos de ánforas, paralelamente a las cerámicas con decoración pintada de las etapas sucesivas. En Creta, el Neolítico mantiene ciertas formas cerámicas distintas al resto de Grecia, debido a su aislamiento y a sus contactos con Anatolia. En la cerámica cretense predominan las superficies pulidas de color oscuro, con una evolución hacia tipos de decoraciones incisas con pastas de colores incrustadas; los motivos son líneas simples, cruzadas, en zigzag, triángulos o espinas de pez. Las formas más comunes son pequeños vasos globulares o cónicos y jarras o ánforas. En general, la cerámica neolítica de Creta no permite un parangón con las de Sesklo o Dímini y, desde luego, no deja adivinar en absoluto la riqueza de formas y decoraciones de la época minoica.
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Con el inicio de la Edad de los Metales y desde Troya, hace su aparición en el Egeo el empleo del torno lento que, poco a poco, irá desplazando a la factura manual de la cerámica. Desde las costas anatolias y a través de las vías comerciales, se observa una generalización de las formas lisas, con aristas pulidas y una superficie con brillos metálicos, además de un progresivo esquematismo de la decoración en aquellos casos en que la posean. Algunas de las piezas más conocidas son los vasos de fondo redondeado y boca acampanada, provistos de dos asas ("depas amphikìpellon" los denominó Schliemann) y unas jarras con un largo pico vertedor, quizá lo más típico de la cerámica anatolia y que tendrá un largo futuro en todo el Egeo (es la tan citada "Schnabelkanne" o jarra de pico, tal como se nombra permanentemente en la bibliografía arqueológica). Un buen número de formas cerámicas halladas en Troya I y II son típicamente heládicas o cicládicas y, en otros casos, producciones locales imitando a aquéllas. En las islas Cícladas, el período de su apogeo se aprecia bien en la cerámica, pues en ellas nacieron dos formas características muy extendidas por todo el Egeo. Una de las formas típicamente cicládicas es el kernos, vasija con una serie de pequeños recipientes unidos a un pie común y con varios formatos; los kérnoi son interpretados como vasijas rituales para las libaciones. La otra forma es la llamada sartén, pieza de cerámica de función desconocida, cuya cara exterior se halla decorada con múltiples temas: espirales enlazadas de tradición neolítica, soles radiados, círculos de líneas onduladas y los barcos, sin velas y movidos a fuerza de muchos remos, con un extremo elevado y rematado por la figura de un pez. La función de las sartenes ha sido muy controvertida: unos las consideran insignias procesionales; otros, discos solares, por la simbología de los motivos incisos en ellas. Otras formas cerámicas de las Cícladas son unas botellas de cuello cónico, con un acabado de tipo metálico, además de ciertas piezas en forma de animales, askoi, entre los que sobresale un ejemplar procedente de Thera, un erizo sentado que sostiene una vasija. En el área heládica, la cerámica destaca por alcanzar la perfección de las formas metálicas, denominada de barniz primitivo (Urfirniskeramik), de origen neolítico. No presenta ninguna decoración y las paredes son notablemente finas, hechas a base de arcilla bien tamizada y mejor cocida, muy duras y con un sonido, al golpe, similar a la mejor porcelana. Una de las formas más características es la llamada salsera (Schnabeltasse), un cuenco con largo pico vertedor y que alcanzó una enorme aceptación por su elegante perfil. La etapa prepalacial de Creta, con nuevas gentes venidas de Asia Menor, presenta una cerámica que, en los primeros niveles del Minoico Antiguo, reemplaza a las formas neolíticas. Es el llamado estilo de Pyrgos, una cerámica oscura, de superficie bruñida y decoración también bruñida, a base de líneas cruzadas o quebradas. La forma más característica es la de la copa o cáliz de pie alto, junto con vasos de dos asas y cuencos globulares con asas perforadas para permitir su suspensión mediante cuerdas. A fines del Minoico Antiguo I, otro estilo cerámico se extiende por toda la isla, es el denominado de Hagios Onuphrios, por el yacimiento del mismo nombre situado en el centro de Creta. Con un fondo de color crema, la decoración pintada forma series de líneas ocres o rojas paralelas y cruzadas. La forma más importante es la jarra de pico o Schnabelkanne, además de tazas, copas cónicas y cuencos. En el Minoico Antiguo II se da un nuevo tipo cerámico, el denominado estilo de Vasiliki, aparecido en el protopalacio arriba estudiado. Esta cerámica, con predominio de la forma llamada tetera, presenta una superficie decorada a base de pintura roja y negra dispuesta en manchas o flameada, como también se la denomina (mottled ware). Este tratamiento parece que comenzó siendo accidental, por haber cocido las vasijas a fuego abierto. Pero después se realizó deliberadamente, para producir este efecto ornamental. Además de las diversas formas ya reseñadas, la cerámica cretense desarrolla, desde los inicios del Minoico Antiguo, vasijas con silueta de animales (principalmente toros) e incluso de figuras humanas, destacando las que aparecieron en los thóloi de Kumasa y tumbas de habitación de Mojlos. De esta última es bien conocido el ritón en forma de mujer embarazada cuyos senos hacían las veces del pico vertedor, una burda representación de la fecundidad. Como resumen, en la cerámica cretense, comparándola con la cicládica o la de Grecia continental, se aprecia una mayor selección en las formas de sus vasijas, mucho más contenidas y sencillas, con una clara aportación de la sensibilidad del artesano minoico. En definitiva, el resultado final está más apartado de la inspiración original del prototipo microasiático, como preludio de la sensibilidad minoica que va a presidir las creencias artísticas de la época de apogeo de los palacios.
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No hay mejor escaparate de la vida y la cultura griega que la cerámica. Basta con esto para comprender la importancia del tema y el interés de su estudio, que puede ser abordado desde diversas perspectivas sin que ninguna defraude, porque siempre aflora el genio en su faceta más pujante y atractiva. Se ha señalado en más de una ocasión, pero no está de más repetir, que detrás de un vaso griego, además de una forma airosa y de una decoración bellísima, hay una función específica. Hay vasos para el ritual del agua y para el ritual del vino -contenerlo, mezclarlo, escanciarlo, beberlo-; hay tarros para perfumes; hay cajas. Muestras tan variadas atestiguan el refinamiento alcanzado por la sociedad en la época arcaica, en especial por los sectores acomodados, que son la principal clientela. Este aspecto de la cuestión, lejos de ser banal, pone de manifiesto la relación de la cerámica con las artes monumentales. No es una relación de igualdad, pues se trata de una producción más barata, más industrial y en grandes cantidades; pero son manufacturas muy apreciadas y solicitadas, conservadas durante largo tiempo, sobre todo, si su calidad va refrendada por artistas cotizados.
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Dos tendencias heredadas de la tradición arcaica predominan en el primer cuarto del siglo V. Una cultiva la decoración de fondos de copas y otra las escenas desarrolladas en las paredes de grandes vasos. Representantes de la primera son el Pintor de Panaitios, Douris, Brygos y Makrón, y de la segunda el Pintor de Kleophrades y el de Berlín. Los decorados de fondos de copas hacen gala de un arte exquisito y refinado, no exento de grandeza e ímpetu. El pintor de Panaitios es de los que exhibe un estilo más depurado, línea en la que se inserta y enriquece el Pintor de Brygos. Este se especializa en escenas báquicas, aunque cultivó también otros temas, pues en ellas podía desarrollar con profusión figuras agitadas y convulsionadas por movimientos violentos, como el Dionisos entre sátiros del kylix de la Biblioteca Nacional de París y la Ménade en éxtasis sobre fondo blanco del kylix de Munich. El refinamiento y la elegancia que imprimen a sus figuras estos pintores no están reñidos con la hondura ni con el humor y así lo demuestra Douris en el grupo magnífico de Eos con el cadáver de su hijo Memnón en brazos, sobre un kylix del Louvre, y en una escena de sátiros juerguistas de un psykter del Museo Británico. Así se ve también en las obras de Makrón, cuyo tono jovial y galante las hacía ser, junto con las de Brygos, sumamente solicitadas. El Pintor de Kleophrades y el de Berlín prefieren, por el contrario, los grandes vasos que decoran con escenas más ampulosas. El Pintor de Kleophrades es un vitalista arrollador, un entusiasta de las formas grandiosas. Sus figuras irrumpen con fuerza torrencial y se caracterizan por el trazo firme en los contornos y por la sólida corporeidad; las composiciones son vigorosas y animadas con un toque emotivo. Como a Brygos, le encanta el tema dionisíaco, con el que cosechó éxitos tan ostensibles como el logrado en las Ménades del ánfora de Munich. Su compañero, el Pintor de Berlín, prefiere espaciar las figuras, para que resalten sobre el fondo negro. Unas veces coloca una sola figura en cada lado del vaso, como en el ánfora de Berlín que le da nombre y, otras, dispone varias figuras como en un friso, modalidad bien ilustrada por un ánfora del Museo Británico decorada con combates entre Aquiles y Héctor y entre Aquiles y Memnón en presencia de dos mujeres que los observan ansiosas.
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De entre las culturas cerámicas tempranas del Noroeste destaca Condorhuasi, la más interesante artísticamente pero de las más desconocidas culturalmente y que aproximadamente se incluiría entre 200 a. C. y 200-300 d. C. La mayor parte de las obras proceden de cementerios saqueados, lo que dificulta cualquier relación cultural. Hay algunas posibles evidencias de agricultura, pero debió de ser un recurso más importante la llama, que se representa con frecuencia en la cerámica y se ha encontrado sacrificada en algunas tumbas. Aunque no se han excavado sistemáticamente poblados, se conocen viviendas aisladas de planta circular y cimientos de piedra. La cerámica y la escultura en piedra son las manifestaciones artísticas más reseñables. Dentro de la primera destaca el estilo Condorhuasi Polícromo, de gran variedad formal y decorativa. Hay figuras de aspecto vagamente antropomorfo, con cabezas desproporcionadas y esquemáticas de aire ornitomorfo cuya nariz prominente se asemeja a un pico. Pueden llevar pintura facial y bezotes -de los que se han encontrado ejemplares reales de turquesa- y narigueras en forma de disco. La postura sedente o a cuatro patas se recoge en un cuerpo esquemático, robusto, que a veces se reduce a una masa globular, con miembros rudimentarios. Sobre estos cuerpos desnudos se pintan diseños de carácter geométrico que representarían adornos corporales. La policromía es llamativa, con los motivos negros sobre fondo rojo y delineados en blanco. Esta síntesis de elementos humanos y animales aparece también en la escultura en piedra, frecuentemente de carácter felino, y concretamente en morteros en los que aparece un rostro humano por un lado y otro zoomorfo en el lado opuesto. Aunque en estos ejemplares no es clara la contribución a Condorhuasi, existen al menos grandes semejanzas entre las ideas representadas.
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La cerámica Nazca, la producción artística más conocida de su cultura, llama la atención por su gran calidad pictórica. Las variaciones estilísticas y temáticas han originado multitud de clasificaciones con terminologías diversas. En una de ellas se establecen cinco fases: Protonazca (200-100 a. C.), donde existen muchos motivos propios de la cerámica Paracas; Nazca temprano (100 a. C.-200 d. C.), donde empiezan a aparecer elementos de un nuevo estilo; Nazca medio (200-300 d. C.), que muestra una evolución estilística hacia motivos cada vez más simbólicos y alejados de las formas naturales; Nazca tardío (300-600 d. C.), o triunfo de los motivos complejos; y Nazca final (600-700 d. C.). La cerámica Nazca muestra un enorme desarrollo de la técnica de manufactura y la presencia indudable de artistas especializados para su elaboración. Se utilizó siempre una arcilla de grano fino con concha molida o arena con mucha mica como desgrasante. La confección se hacía por adujado o enrollamiento sobre una base convexa y también con adujado se hacían los elementos complementarios, pitorros, adornos, que se incorporaban posteriormente, haciéndose del mismo modo las vasijas figuradas. La superficie se alisaba con cuidado, interior y exteriormente, donde a veces un espatulado confería un brillo especial. La pintura se aplicaba anteriormente a la cocción, siendo característica la calidad de colores utilizados, diez básicamente: blanco, negro, rojo, rojo oscuro, naranja, amarillo, gris, marrón, violeta y rosa. Los motivos se delineaban primero en negro, generalmente sobre un fondo blanco aunque pueden darse otros colores y luego se rellenaban con colores planos. Los diseños se disponen de una manera predeterminada, generalmente en el exterior y en una banda interna al lado de la boca. En los platos o vasijas abiertas de poca altura se decora la superficie interior y la banda es externa. La decoración suele ajustarse a una disposición en frisos, ocupados por una o varias figuras, pudiendo aparecer una banda o varias, y en este caso ser de anchura semejante y temática diferente o destacar una de ellas en extensión y es la que lleva entonces el motivo principal. Los dibujos se realizaban sin un patrón previo por lo que podían sufrir modificaciones y correcciones según el espacio disponible. Resultan así unos descuidos aparentes pero que solamente son observables si se mira el ejemplar con detalle. La cerámica Nazca es una de las cumbres de la cerámica pictórica americana. Las formas de los vasos son tradicionales en Perú. Hay platos, cuencos y vasos. Jarras, que tienen una diferenciación clara entre el cuello y el cuerpo, y botellas, recipientes cerrados, generalmente con dos picos unidos por un asa plana. Hay formas mixtas, mezclándose dos diferentes y formas modeladas, esculturas de carácter antropo o zoomorfo o incluso cefalomorfas y fitomorfas, un vaso o botella transformado en una figura. Tanto la decoración como las formas varían a lo largo del tiempo, siendo más comunes en unas fases unas que otras. La decoración se desarrolla en tres estilos básicos. El primero fundamentalmente geométrico, se dispone en forma de frisos para separar otras formas de decoración o rellenar espacios vacíos. Los motivos de carácter naturalista permiten un cierto reconocimiento del modelo representado. Hay vegetales, generalmente de plantas utilizadas como alimento: maíz, yuca, pallar, fríjol y animales de diferentes especies. Destacan los mamíferos y son frecuentes la orca, el zorro, roedores y camélidos. Las representaciones de seres humanos permiten aproximarnos a elementos de cultura, como vestimenta, armamento y actividades concretas como agricultura, caza, o guerra. Tema favorito fue el de las cabezas cortadas, tanto pintadas como modeladas, aisladas o en asociación con otros motivos. Muchas veces son representaciones claras de cabezas-trofeo, preparadas, con la boca cosida por medio de espinas y pintura facial. Este tipo de representación puede asociarse con prácticas guerreras y es común en muchas regiones de Suramérica. Los motivos fantásticos, transformación de figuras humanas o animales o mezcla de ambas, son de difícil reconocimiento e interpretación. Algunos de estos seres aparecen asociados con cabezas-trofeo, otros con escenas agrícolas. Y unos de aspecto más humanizado se han asociado con una especie de deidad suprema. Todas las representaciones se colocan aisladamente, sin componer escenas, sin volumen y, en general, con una acusada falta de movimiento. No hay una intención narrativa, aunque el investigador pueda obtener de los dibujos muchas clases de información. No existe tampoco una perspectiva clara y las disposiciones corporales pueden encontrarse distorsionadas existiendo también desproporción en las dimensiones. El estilo Nazca parece ir perdiendo calidad a partir del Periodo Medio, surgiendo trazos menos cuidadosos y más gruesos, mayor abundancia de claros entre las líneas de las siluetas y las masas de color interior y, en ocasiones, el modelado no concuerda con los trazos pintados. En el período final las figuras carecen de detalle y de la precisión que en principio fue habitual. La espléndida cerámica Nazca tiene también un contexto funerario. Fue hecha para ser enterrada y tal vez sus representaciones tengan que ver con el intento de acompañar al cadáver de una serie de figuraciones que reproducían de alguna manera el mundo natural y el sobrenatural familiar y cotidiano para el difunto en vida.
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En el estado actual de las investigaciones arqueológicas no se puede hacer depender a todos los grupos de cerámica excisa (citaremos como más importantes los de los valles del Ebro y del Duero) del fenómeno único de las oleadas indoeuropeas, pues existen en la Península varios grupos cerámicos decorados mediante la técnica excisa; todos ellos representan características tipológicas y estilísticas propias y pertenecen a entidades culturales diversas. Por ejemplo, no se puede hacer depender las cerámicas excisas que aparecen en el horizonte de Cogotas I de unos estímulos centroeuropeos llegados a partir de la segunda mitad del I milenio a. C. Las fechas que se dan actualmente para las cerámicas excisas de la Meseta (ss. IX-VIII) son más antiguas que las de la Cuenca del Ebro. Hoy se piensa en la existencia de una técnica excisa peninsular que se desarrolla a partir de la cultura del vaso campaniforme, sin tener que buscar su origen en las cerámicas excisas indoeuropeas. Surgirían en la Meseta enlazando con tradiciones culturales anteriores. Hay otra cuestión que se liga a las cerámicas excisas y a los enterramientos bajo túmulos, que es la importancia que adquieren las actividades pastoriles (ganadería, pastoreo, trashumancia), importancia que surge como consecuencia de la llegada de poblaciones de pastores procedentes de Centroeuropa, a las que se considera como portadoras de las cerámicas excisas. A este respecto conviene hacer dos matizaciones: que las cerámicas excisas aparecen tanto en yacimientos de altura (Las Cogotas, El Berrueco), que podrían tener como actividad económica básica la pastoril, como en los situados en las llanuras fluviales (por ejemplo, los de Valladolid), lo que significa que, aunque una parte de su economía es pastoril, no quiere decir que la cultura de la Meseta está desligada de la actividad agrícola y que, por otra parte, las actividades ganaderas no suponen una novedad en la zona, ya que han estado presentes como factor económico relevante en la Península-Ibérica desde el Eneolítico.
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La cerámica adquiere en Grecia un importante desarrollo, dejándonos creaciones de gran belleza. A través de estas obras nos hacemos una idea de cómo sería la gran pintura y nos permiten conocer la vida cotidiana de los griegos. En el siglo VI a.C. se impone la moda de las figuras negras, dejando el color rojo del barro como fondo. A finales de esta centuria se produce un importante cambio al invertirse la policromía. El color rojo del barro queda reservado para las figuras y el fondo se pinta de negro. Uno de los ejemplos más atractivos de este estilo lo encontramos en esta crátera, pieza de boca ancha y dos asas que se utilizaba para mezclar líquidos. La decoración se debe al Pintor de las Nióbides y se fecha hacia el año 460 a.C. En la parte superior y en las asas nos encontramos con una intensa decoración de volutas que casi impide contemplar el fondo. En el cuello del vaso podemos apreciar una serie de escenas violentas que narran la Centauromaquia, el enfrentamiento entre los Centauros y los lapitas. Las figuras se sitúan en serie y están delimitadas por líneas que acentúan su anatomía. El grupo central está constituido por el centauro en el suelo defendiéndose ante el lapita armado, mientras otro centauro en pie se dispone a lanzar su arma. La violencia de la franja superior se continúa en la zona central, donde observamos el tema de la Amazonomaquia, el enfrentamiento del legendario pueblo de las mujeres guerreras con sus múltiples adversarios. Al representar las amazonas el mundo de la barbarie y el desorden frente a la ordenada civilización helénica, había que combatirlas y vencerlas. Aliadas de los troyanos, serán batidas por Aquiles a quien contemplamos en ademán de derrotar a una de las amazonas que cae herida en el suelo, destacando las armas y armaduras que se identifican con la época. Una nueva greca cierra la composición. En la cerámica griega ocupan un capítulo especial los lékythos, vasija de carácter funerario, de forma cilíndrica y alargada que deforma la figura humana, incluyendo en su policromía azules, amarillos, ocres oscuros y morados, empleándose temas de carácter funerario en su decoración.