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Morisot sabe escoger en cada momento la fuente idónea para realizar su obra. En este caso podemos hablar de cierta influencia de Degas por el intimismo del momento, siendo las escenas más conocidas y atractivas de Berthe. Una muchacha vestida de blanco se contempla ante un espejo, dando un maravilloso toque femenino al conjunto. La luz invade la estancia donde se desarrolla la escena a través de los amplios ventanales de los laterales; los visillos intentan tamizar el fuerte foco de luz, cuyos reflejos podemos apreciar en el sofá, moteado de tonalidades blancas y rojas al igual que las cortinas. Esa luz resbala por el traje de la joven y crea zonas sombreadas con tonalidades malvas, siguiendo las pautas impresionistas. El efecto ambiental diluye los contornos, aunque se pueden apreciar las excelentes dotes de dibujante que tenía la artista. Los rápidos toques de pincel organizan el conjunto como si de un puzzle se tratara, resultando una escena de inolvidable belleza.
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La mayoría de los críticos consideran que este refinado retrato formaría parte de la producción juvenil de Tiziano, a pesar de haber sido tradicionalmente atribuido a Giorgione. La similitud con trabajos como Cristo y la mujer adúltera o la Virgen con el Niño de Bérgamo hacen más plausible la hipótesis que apunta a Tiziano como el autor. La modelo podría ser una cortesana veneciana tanto por los adornos de la cabeza como el descaro sensual de la pose. Las calidades de las telas son resaltadas por la dorada iluminación empleada, iluminación que resalta las tonalidades en contraste con la oscuridad del fondo.
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Los críticos mantienen serias disputas sobre la autoría de este lienzo que está firmado y fechado como un Rembrandt. Pero comparándolo con el retrato de Agatha Bas en el que se inspira directamente y con la Muchacha en la ventana encontramos a esta figura algo más rígida y menos sensible. Los defensores de la paternidad de Rembrandt piensan que se trata de un retrato de Saskia o Hendrickje, pero sus rostros en nada se parecen al de esta joven. También se ha planteado que podría tratarse de una huérfana del Hospicio Municipal de Amsterdam. La muchacha viste un traje de época, con chaqueta corta y corpiño de encaje, correspondiente al traje regional de Waterland, región al noreste de Amsterdam de donde procedían numerosas sirvientas como la propia Geertje Dircks. Parece bastante probable que fuera Samuel van Hoogstraten el autor de esta imagen, inspirada directamente en Rembrandt como acostumbra en sus primeras obras para después alejarse del estilo del maestro por lo que la fecha podría ser buena. El colorido oscuro empleado, la iluminación dorada que crea profundos contrastes y el deseo de proyectar la figura hacia el espectador son elementos típicos del lenguaje de Rembrandt en esta década de 1640 en la que Samuel permaneció en el taller, donde la pincelada se hace más rápida, aplicando el color a base de toques.
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Las graves dolencias reumáticas sufridas por Renoir le obligarán en 1911 a utilizar una silla de ruedas para desplazarse. Los dedos encogidos deben ser vendados pero él exige que le aten los pinceles entre el pulgar y el índice, pintando todavía excelentes obras como esta escena protagonizada por el hijo del industrial Thurneyssen, cuya familia encargó al maestro varias obras, para lo que se desplazó a Wessling, junto a Munich, donde pudo contemplar los cuadros de su admirado Rubens.La figura del joven pastor ocupa buena parte del espacio pictórico, "saliéndose" del cuadro si estirara las piernas. El acertado dibujo y el modelado definen la figura como si de una escultura se tratara, mientras en el paisaje encontramos unas elevadas dosis de abocetamiento que relacionan a Renoir con los trabajos de Monet. Pero la diferencia entre ambos artistas será la inclusión de las figuras en el paisaje, convirtiéndose éstas en las auténticas protagonistas en la obra de Renoir. Las pinceladas son rápidas y fluidas, abundando las tonalidades rojizas, verdes y amarillas, creando un efecto atmosférico alrededor del joven pastor que le hace más bucólico, más romántico, nota identificativa de las últimas obras del maestro.
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Una joven se peina su larga cabellera ante la fuerte luz que penetra por los visillos transparentes de su ventana. Completamente desnuda, Degas ha recortado la bella figura sobre un fondo claro, contrastando zonas de luz. El erotismo de la escena provocará críticas en numerosas ocasiones.
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En los años finales de la década de 1860 Degas va a inaugurar una temática que será muy frecuente en imágenes de la década de los 80: las planchadoras. De esta manera entronca con el Realismo social de Courbet y Daumier, reflejando un aspecto de la vida moderna, cuya protagonista es una joven trabajadora. Bien es cierto que diferentes obras de otros artistas protagonizadas por estas mujeres trabajando con sus planchas fueron enviadas al Salón con cierta frecuencia, por lo que Degas pudo aprovechar el tirón y realizar esta imagen. La muchacha que se afana en planchar una delicada tela de color blanco sería una amiga del artista, al carecer de la autenticidad de Mujeres planchando. Se sitúa tras un planchador, más atenta a la mirada del espectador que de su trabajo, apareciendo tras ella el resto de las ropas que tiene que planchar, colgadas para su secado. El rostro de la joven es lo que primero nos llama la atención, convirtiéndose en el centro del lienzo. Observamos cómo los brazos han sido numerosas veces retocados al contemplarse los repintes que los situaban en posiciones diferentes, creando una actitud más dinámica antes de las rectificaciones. La sinfonía de blancos con la que trabaja el pintor recuerda la obra de James Whistler, uno de los artistas norteamericanos más atractivos para los jóvenes pintores que desembocarán en el Impresionismo. Frente a esos tonos blancos coloca ciertas tonalidades oscuras para crear un contraste muy del gusto de Manet. La transparencia de las telas - tanto las que plancha la joven como su propia camisa - resulta verdaderamente sorprendente, indicándonos la facilidad de Degas para mostrar detalles cuando resulta necesario. A pesar de ello, la pincelada suelta domina una composición en la que la iluminación penetra por la derecha y se refleja en algo parecido a un espejo situado en el fondo, resultando un bello efecto.
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Durante su estancia en Madrid pintó Esquivel este magnífico cuadro de costumbres en el que emplea la figura femenina teñida de un sutil erotismo, una especie de desahogo frente a los encorsetados principios morales de la sociedad de la época. En la escena podemos apreciar el sensacional y firme dibujo que siempre hace gala el maestro, un académico dibujo con el que se consiguen sensacionales detalles como la puntilla del vestido o el estampado de la alfombra. Sin embargo, la joven no destaca por su expresividad. El pintor ha empleado una fuerte luz blanca para bañar toda la figura, dejando el resto de la estancia en semipenumbra. También hay que resaltar la forma de interpretar las calidades de las telas, el aspecto táctil de la carnación o el bello rostro de la muchacha que dirige su mirada al espectador.
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En 1882 Toulouse-Lautrec inicia sus estudios artísticos en París ingresando en el taller de Bonnat, abandonando la influencia de Princeteau para acercarse más al estilo de Manet, interesándose ahora por los temas campestres derivados de Millet como este joven que contemplamos. Los retratos serán una de las especialidades de Henri destacando en ellos la personalidad de los modelos. Routy se sitúa en primer plano, apreciándose tras él ligeras referencias a la maleza y un banco, interesándose el joven pintor por la luz tomada del natural siguiendo el Impresionismo. El color es aplicado de manera rápida y vigorosa ocupando un papel relevante por encima del dibujo que también se halla presente resultando un conjunto de gran belleza.
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La mujer rubia con unos deslumbrantes ojos azules que Manet retrató en este pastel inacabado ha sido identificada como Ellen Andrée. Desgraciadamente, sólo realizó el artista un ligero bosquejo en el que ya se apunta la belleza y la personalidad de la modelo. La materia pictórica está tratada con una sensibilidad poco frecuente en el maestro, constatando que la serie de retratos al pastel realizados en los años finales de su producción son de soberbia categoría.