En el verano de 1883 Renoir pasa una temporada en Yport donde recibe el encargo de pintar a los hermanos Robert y Aline Nunès. El pintor está viviendo un periodo de crisis -"Hacia 1883 yo había agotado el impresionismo y al final había llegado a la conclusión de que no sabía pintar ni dibujar. Dicho en pocas palabras, el impresionismo llevaba a un callejón sin salida" comentó el propio artista- que le llevará al "periodo seco", crisis que también afectará a sus compañeros Monet, Degas o Pissarro.El estilo impresionista da paso a un dibujo más cuidado, donde las figuras están modeladas con mayor perfección y ubicadas de manera correcta y estudiada en el espacio, mientras los colores son más suaves y fríos. Este retrato es un perfecto ejemplo de la nueva manera de trabajar de Renoir, fórmula que no agradó a los críticos -el irlandés George Moore escribió que en dos años Renoir había destruido por completo su exquisito arte en el que había trabajado durante veinte años-. Sin embargo, nos encontramos ante obras llenas de gracia y belleza, como este exquisito retrato en el que aún podemos encontrar elementos típicos del impresionismo como la sombra coloreada o las pinceladas rápidas y empastadas con las que ha pintado el jardín en el que posa la joven modelo. Y es que pocos artistas han sabido captar la elegancia en sus retratos como Renoir, lo que le llevó a convertirse en uno de los retratistas favoritos de la alta sociedad francesa de fin de siglo.
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Hacia 1883 Renoir introduce un significativo cambio en sus obras, iniciando el llamado "periodo seco" caracterizado por la fuerza que manifiesta el dibujo, al querer dar volumen y forma a los objetos que se estaban diluyendo en las obras impresionistas, de la misma manera que deseaba hacer Cézanne. Los colores también se hacen más vivos, predominando los naranjas y rosas, aplicados con largas y vibrantes pinceladas que contrastan con la seguridad de los trazos del rostro y las manos. La luz vuelve a ocupar un papel preponderante, resaltando el brillo de las tonalidades. El intimismo de este tipo de composiciones recuerda a Berthe Morisot.
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El 14 de abril de 1890 Renoir contrae matrimonio civil con Aline Charigot, a la que conocía desde diez años antes y con quien ya tenía un hijo, Pierre. En el mes de julio se instala en Essoyes, localidad natal de su esposa, donde realiza una serie de obras protagonizadas por jóvenes en los prados de los alrededores. Son trabajos envueltos en un halo de romanticismo y armonía que parece más bien una visión fantástica de la naturaleza. Las figuras gozan de una volumetría casi clasicista mientras que el paisaje que las envuelve está muy esbozado, cargado de una atmósfera que recuerda a los trabajos de Monet. De esta manera, Renoir continúa con la línea impresionista abierta en la década de 1870 y quebrada cuando en 1883 llegó un momento de crisis que le llevaría al periodo seco. Renoir se convertirá en el pintor amable y tierno que tiene a la mujer como principal protagonista, sin entrar en ninguno de los debates que se abrirán entre los jóvenes artistas como Gauguin, Van Gogh, Seurat, Signac o Matisse.
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Las obras realizadas por Monet en el otoño de 1886 mostraban una significativa tendencia a la reducción de elementos y hacia la abstracción. Esta tendencia será criticada por algunos compañeros del grupo impresionista como Renoir, Pissarro o Cèzanne que buscarán nuevas formulas de trabajo. En el verano, Monet se interesa por la figura, utilizando a las hijas de Alice Hoschedé como modelos, quizá como reacción a la pérdida de formas y volúmenes por la que recibía esas críticas. Resulta significativo cómo las figuras son volumétricas mientras que en el agua del estanque se pierde toda referencia a la forma, anticipando los trabajos de Nenúfares de la etapa madura. De todas formas, Monet no renuncia a sus experiencias impresionistas al interesarse por efectos de luz y color, utilizando sombras coloreadas y una pincelada rápida y empastada, sin olvidarse de sensaciones atmosféricas.
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En esta escena Degas se acerca al Simbolismo al presentarnos una especie de danza ritual de unas jóvenes desnudas a la orilla del mar y en el atardecer. La zona del fondo con la puesta de sol, los barcos y el embarcadero no está exenta de cierto romanticismo que es difícil de encontrar en la obra madura de Degas. Incluso el primitivismo de las figuras refuerza ese contacto con las vanguardias artísticas del momento. La pincelada no puede ser aquí más suelta, especialmente en el mar donde las manchas son visibles.
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No es muy habitual que Gauguin utilice modelos masculinos ya que prefería las féminas por las mayores posibilidades que ofrecen sus trajes. Pero en esta escena Paul se interesa por el baño que seguía a la lucha bretona, tema por el que también se interesa en Niños luchando. Los dos jóvenes aparecen cubriendo su rostro, herencia intimista de Degas, ocupando el ángulo izquierdo del lienzo mientras en la derecha contemplamos un espacio casi vacío, trabajado en colores amarillentos que dejan lugar a un paisaje de casas con tonalidades rojizas. Gauguin mezcla varios estilos, siendo un momento de transición en su evolución artística. Las rápidas pinceladas del paisaje contrastan con las líneas más oscuras de los contornos de las figuras, encontrando las primeras muestras de sintetismo y las últimas de Impresionismo. Esta escena supondría el contrapunto masculino a El baile de las niñas bretonas.
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El triunfo en el Salón de París se convierte en una obsesión para los jóvenes pintores que destacan en la década de los 60. Es cierto que un éxito en este único lugar de exposiciones aseguraba la fama y casi la fortuna, por lo que había que adaptarse a las exigencias del jurado, compuesto por personalidades y profesores de la Escuela de Bellas Artes. La temática histórica era una de las favoritas para este jurado por lo que Degas se va a enzarzar en varias composiciones históricas durante estos años. Curiosamente sólo expuso en el Salón una de ellas. Desconocemos el significado exacto de Jóvenes espartanos, opinándose que sería una alusión a la rigidez del sistema educativo de Esparta o a la eugenesia - asesinato de niños deformes o enfermizos - realizada habitualmente desde el monte Taygetus, monte que se aprecia al fondo de la escena, para preservar la fortaleza de la raza. Un grupo de niñas a la izquierda del lienzo se enfrenta dialécticamente con los niños de la derecha. Ambos grupos, en primer plano, dominan la composición, observándose en segundo plano otro nuevo grupo, esta vez de personas adultas que rodean al anciano filósofo Licurgo, el ideólogo del sistema pedagógico espartano. Degas se interesa especialmente en esta obra por el dibujo a la hora de realizar sus figuras, dejando de lado sus preocupaciones cromáticas de La hija de Jephthah, por ejemplo. Tomó como modelos a los niños y niñas de las calles de París, ofreciendo una muestra significativa de realismo. Su deseo de satisfacer al espectador le llevó a retocar en numerosas ocasiones a los jóvenes, especialmente el grupo femenino, como se puede apreciar por los repintes. Es destacable la actitud de tensión que ha sabido reflejar el artista entre sus figuras, existiendo algunas que desean relacionarse con los miembros de su sexo opuesto - en ambos casos - y otras que se mantienen más distantes e incluso indiferentes. Los bellos cuerpos desnudos o semidesnudos del primer plano contrastan con los gruesos ropajes de las figuras que se colocan inmediatamente detrás de ellos. Respecto al color, resulta interesante el empleo de tonos muy armónicos, presididos por los amarillos y los ocres, añadiendo algunas tonalidades para contrastar como el negro, el azul o el blanco. Al recurrir a una iluminación de atardecer se intensifica el color amarillento dominante, creándose cierta sensación atmosférica. Degas se mostró siempre satisfecho con esta obra, a pesar de no exponerla en ninguna ocasión.
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A partir de la época de los Antoninos se produce un nuevo despertar de la decoración en mosaico que recuerda a la etapa republicana. Las pequeñas teselas abandonan el pavimento de habitaciones y casas para decorar paredes de edificios públicos, especialmente termas, rompiendo con la monocromía tradicional para mostrar escenas polícromas de gran belleza. Buena parte de ellas -como ésta que contemplamos- son un excelente ejemplo de la vida cotidiana en la Roma imperial. El mosaista demuestra su habilidad con el dibujo y el color, resultando una escena cercana a la pintura mural. Algunos especialistas argumentan el motivo económico como la razón de la moda por este material, argumento que no es compartido por todos los críticos.