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Existen serias dudas sobre la identidad de este joven noble que aquí contemplamos apuntándose a Francesco Maria della Rovere, nombrado heredero del ducado de Urbino por su tío Guidobaldo en 1504. La relación entre los duques y Rafael sería estrecha en estos años iniciales del siglo XVI por lo que no sería muy descabellado pensar en esa identidad. Fruto de esta relación surgen obras como la Partida de Eneas Piccolomini o el San Jorge y el dragón del Louvre. El retratado aparece en primer plano, recortada su figura ante un fondo de paisaje a la luz del atardecer, destacando la delicadeza y el detalle de sus telas, especialmente su calidad táctil. Pero el centro de atención lo encontramos en el rostro del modelo, verdadera referencia de la tabla, con cuyos ojos cautiva al espectador, mostrando el carácter del personaje, introduciéndose en su alma como más tarde hará Tiziano. En la obra podemos encontrar ecos de la pintura flamenca que estaba influyendo poderosamente en el Renacimiento italiano como se aprecia en algunas obras de Piero della Francesca o Mantegna.
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La sociedad holandesa del siglo XVII demandaba una importante cantidad de retratos debido a la existencia de una próspera burguesía. Esta elevada demanda motivó la existencia de varios pintores en cada ciudad que dedicaban a la realización de retratos buena parte de su tiempo. Este es el caso de Ferdinand Bol, Carel Fabritius o el propio Rembrandt en la ciudad de Amsterdam.El maestro había iniciado su arte de retratar en la década de 1630 con destacable éxito como lo avalan los retratos del Reverendo John Elison o de María Trip, sufriendo un importante descenso desde 1642 y recuperándose de nuevo en la década de 1650. Lógicamente su manera de trabajar varió a lo largo de 30 años como podemos apreciar en esta anónima figura. La pincelada se ha hecho más suelta y empastada, anulándose todos los detalles lo que provoca una mayor concentración del espectador en el rostro. En su momento, a este estilo se le denominaba "manera áspera" y será Rembrandt el pintor que lo popularice.Tiziano y la escuela veneciana sirvieron al maestro holandés como importante fuente de inspiración en las grandes composiciones y en los retratos. Pero la gran aportación de Rembrandt será su genial estudio lumínico que hace salir a la figura de entre las sombras que la rodean. Esta luz dorada será el principal punto de referencia de la obra de este genial pintor.
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<p>En la producción de Vermeer existen cuatro obras en las que apenas existen alusiones narrativas, lo que indica que podría tratarse de retratos. En este grupo sobresale el lienzo que aquí contemplamos, una de las obras más famosas del pintor de Delft. La ubicación de la modelo en un primer plano refuerza esta hipótesis, aunque por desgracia desconocemos los nombres de las modelos. La bella muchacha recorta su busto de perfil ante un oscuro fondo neutro, girando la cabeza en tres cuartos para dirigir su intensa mirada hacia el espectador. Su boca se abre ligeramente, como si deseara hablar, dotando así de mayor realismo a la composición, recordando obras de Tiziano, Tintoretto, Rembrandt o Rubens. La atractiva y cautivadora joven viste una chaqueta de tonalidades pardas y amarillentas en la que sobresale el cuello blanco de la camisa, cubriendo su cabeza con un turbante azul del que cae un paño de intenso color amarillo, creando un contraste cromático de gran belleza. La gran perla que le ha dado nombre adorna su oreja, recogiendo el brillante reflejo de la luz que ilumina su rostro, recordando a Caravaggio al interesarse por los potentes contrastes lumínicos. En el fondo oscuro, la figura de la joven destaca como un fondo de luz y de pintura, o mejor dicho, de pintura hecha luz. Pintura y luz en los ojos y en la perla, en el blanco del cuello de la camisa, en los entreabiertos labios. Como bien dice Blankert "la materia de las cosas se ha hecho luz y ésta no es más, ni menos, que pintura". A diferencia de otras figuras femeninas adornadas con perlas también pintadas por Vermeer -véase la Joven dama con collar de perlas- algunos expertos consideran que en este caso nos encontramos ante un símbolo de castidad, apuntando E. de Jongh a los escritos de Francisco de Sales como fuente directa. La Cabeza de muchacha y la Muchacha con sombrero rojo serán las demás obras a las que aludíamos en un principio.</p>
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Para sus escenas de café pintadas en los últimos años de la década de 1870 - Camarera o Café concierto - Manet realizó numerosos dibujos al natural entre los que destacan En el teatro, la Mujer tocando el piano o esta joven con sombrero. En todos ellos se admira la seguridad en los trazos del maestro, así como la perfecta aplicación de las sombras con el carboncillo. En estas obras existe un acercamiento de Manet a Degas, interesados ambos por mostrar la noche parisina, el ocio en la época que les tocó vivir.
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La aparición del dibujo de un Joven en la puerta realizado por Samuel van Hoogstraten sirve de base para atribuirle este lienzo que contemplamos, considerado habitualmente como una obra de Nicolaes Maes. Junto a este boceto debemos añadir su similitud con el Autorretrato con medalla y la Joven muchacha en la ventana por lo que existirían escasas dudas sobre su atribución. El joven proyecta sus manos hacia el espectador, siguiendo los trabajos de Rembrandt como el retrato de Agatha Bas. Las luces doradas crean un acentuado contraste que recuerda a Caravaggio, mientras que la pincelada rápida y amplia es tomada del maestro. Como especialista en escenas de género y retratos, encontramos tres buenas muestras del estilo de Van Hoogstraten.
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Debido al éxito obtenido con Guitarrista español en el Salón de 1861, Manet repitió la fórmula del hombre vestido a la española para esta obra, que fue enviada al Salón de 1863 junto a Desayuno en la hierba. Ambas fueron rechazadas, siendo exhibidas en el Salón des Refusés, de los Rechazados. Si su compañera recibió duras críticas en este foro, con esta imagen fueron más benevolentes, quizá por el interés que despertaba en Francia lo español desde el Romanticismo. Manet convenció a su hermano menor, Gustave, para que posara vestido de andaluz, empleando uno de los numerosos atuendos hispanos que tenía en su estudio. La figura se presenta a tamaño natural, recortada sobre un minúsculo fondo neutro, recurso muy habitual del artista en estas primeras obras. Emplea el negro puro - tono rechazado por los pintores académicos - y lo contrasta con el blanco, eliminando las tonalidades medias. Ésta sería una de las primeras influencias asimiladas de la estampa japonesa por Manet, estampa que se convertirá en motivo de inspiración para todos los miembros del Impresionismo. Las tonalidades oscuras predominantes son un claro reflejo de la atracción por la pintura del Barroco español, contemplada en sus numerosas visitas al Museo del Louvre para copiar cuadros por consejo de su maestro Couture: allí empezó su admiración por Velázquez y Goya. Pero no debemos olvidar la influencia de Courbet en cuanto al tratamiento realista de los temas, aunque los de éste sean menos costumbristas. En cuanto a la iluminación, existen ciertos aires del naturalismo tenebrista de Caravaggio. Resulta curioso el contraste entre algunas zonas muy dibujadas - el rostro o las manos - y el abocetamiento de otras, como la manta o el fondo.
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En abril de 1876 Renoir presenta quince lienzos a la segunda exposición de los impresionistas. Los críticos se vuelven a cebar con los jóvenes artistas que no dudan en continuar trabajando intensamente. Al tiempo que Renoir pinta escenas de gran tamaño, como Le Moulin de la Galette o El columpio, también hace escenas mas intimistas, como ésta que contemplamos. La joven juega con el gato en una habitación pintada en tonalidades verdes y decorada con una cenefa de flores. La muchacha viste una camisa blanca y se sienta en un sillón rojo por lo que el pintor crea un atractivo juego de contrastes muy admirados, entre otros, por Manet. La fuerte luz del sol penetra por la ventana de la izquierda y proyecta sombras coloreadas en la figura, una de las novedades introducidas por el impresionismo. También debemos advertir que la potente luz solar provoca un efecto atmosférico que aboceta y difumina los contornos, reforzando el aspecto intimista de la escena, en sintonía con los trabajos de Berthe Morisot. Las pinceladas son rápidas, cortas y empastadas, como si de un mosaico se tratara, sin renunciar el maestro al dibujo y el modelado, como bien observamos en la joven y el gato.Un boceto de esta pintura se puso a la venta en Sotheby´s de Londres en 1968, obteniendo un importante éxito de venta.
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Durero dibujó todo aquello que llamó su atención a su llegada a Venecia. Era un joven artista, que había recibido una sólida formación como artesano de la imagen en su Alemania natal. De allí pasó a Venecia, en plena efervescencia renacentista, crisol de culturas donde los alemanes, los españoles, los turcos tenían sus propias colonias donde mantenían sus costumbres. El pintor quedó maravillado antes las novedades y los exotismos. Una de las cosas que más le impresionó fueron los vestidos orientales y los aderezos de las cortesanas, totalmente extravagantes. Así, dibujó esta mujer, que probablemente fuera una esclava circasiana, con sus manos exhibiendo los pliegues y volantes de sus ropas, que al alemán le debían parecer absolutamente fantásticos.
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En el jardín de la casa alquilada por Berthe y su marido en Bougival la pintora realizó numerosas escenas entre las que destacan Eugène Manet y su hija y ésta que contemplamos, protagonizada también por la pequeña Julie, ahora en un segundo plano. La muchacha que cose en la sombra del árbol sobre el que se apoya sería una niñera. El abocetamiento es la característica más destacable de esta obra en donde los largos trazos dominan al dibujo, que se encuentra presente en menor medida. El aspecto fotográfico queda de manifiesto por la intimidad de la composición; la luz también tiene un papel destacado al jugar con dos zonas contrastadas, incidiendo directamente en el color. Con estos trabajos Morisot crea un estilo personal, tanto en la temática como en la técnica, siendo muy respetada por sus compañeros impresionistas.
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Durero había regresado hacía pocos años de su primer viaje por Venecia y en 1505 se marcha de nuevo. Allí su estilo se llena de color y calidez, como podemos apreciar en este retrato de una dama desconocida. Las características que podemos encontrar son la sensualidad, el idealismo y un nuevo manejo de la luz, que el artista aprendió de pintores como Bellini. El descubrimiento del claroscuro fue trascendental para Durero, que lo aplicará a partir de este momento de manera sistemática en sus grabados y dibujos como insrumento para introducir profundidad.En el caso de la pintura, el retrato hace gala de una sutil armonía de colores, reducidos a dos gamas tonales: el amarillo dorado que se extiende desde los cabellos rizados hasta el riquísimo vestido, y el negro, que cubre todo el fondo para destacar la figura y que encuentra un audaz eco en el lazo negro del vestido, los ojos de la muchacha y las cuentas que rodean el cuello.