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El llamado sacerdote de Cádiz es en realidad una representación de Ptah, el dios egipcio protector, entre otras cosas, de las actividades metalúrgicas, y objeto, por tanto, de la mayor devoción entre los fenicios; aquí aparece con la apariencia habitual de las imágenes fenicias de bronce, y el rostro dorado, como se hacía en el segundo milenio a. C., pero son también muy abundantes las imágenes estereotipadas de sus servidores o patecos, hechos en fayenza egipcia y de pequeño tamaño, para engarzar en collares y pulseras. Parece que el Ptah de Cádiz se había depositado en la tumba de algún devoto; es de un arte sencillo y sumario, posiblemente importado de talleres orientales.
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Esta estatuilla localizada no hace mucho tiempo en el escondrijo de una casa al sur del enclave urbano de Ugarit, junto a otras figuritas, representa muy probablemente al dios Ilu (el El de la Biblia), creador de las criaturas y jefe del panteón ugarítico, sentado y en actitud benéfica, como bendiciendo a sus seguidores. Ciertamente envejecido, está tocado con una corona osírica, de inspiración egipcia.
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Cubierto con un manto típicamente sirio y coronado a la egipcia, la divinidad ugarítica tiende el brazo izquierdo como lanzando un arma. Este tipo de esculturas muestran una fuerte influencia de la cultura egipcia tanto en la postura como en los atributos reales con los que se las representa.
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Esta figura, junto a con otras tres masculinas del mismo material y tamaño, proceden de Brolio (Val de Chiana). Sin embargo, a pesar de tener un origen común los guerreros aparecen ataviados con cascos lirios y taparrabos muy comunes en Grecia, y esta mujer, magníficamente labrada, nada tiene que ver con la plástica helénica.