Faraón que llevo a cabo una importante política expansiva, que convierte a Egipto en la primera potencia expansiva del mundo de entonces. Tutmosis III quiere que le representen de una forma majestuosa, pero con un carácter modesto y asequible, algo que podemos comprobar en esta estatua donde el rostro esboza una sonrisa y su expresión es dulce.
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Esta magnífica estatua sedente, de caliza, representa a Idrimi, rey de Alalakh y vasallo de Parattarna de Mitanni. Toda la superficie del cuerpo aparece recubierta con una inscripción en acadio que relata su biografía, ciertamente accidentada. A pesar de su rigidez formal y de la tosquedad de su labra, la pieza alcanza gran expresividad. Se trata de una obra de estilo sirio-hurrita, indudablemente de carácter funerario.
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Este tipo de figuras votivas, también llamadas "umbras" son muy frecuentes en el arte etrusco arcaico. Sin embargo, normalmente se caracterizan por su esquematismo y alargamiento de formas. En este caso, observamos una mayor perfección y detallismo, especialmente en su desarrollo anatómico. Este es el resultado de varios intentos anteriores.
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Se trata del conjunto donde se sitúan las piezas mejor realizadas por los metalúrgicos baleares, casi siempre imitando representaciones importadas -si es que en algunos casos no son los propios objetos los traídos del exterior- pero con frecuencia reinterpretándolas con personalidad propia, como ocurre en el caso de las armas y otros utensilios de prestigio social o adorno corporal. Por el tipo de representaciones dominantes, deben establecerse dos grandes grupos, el de las representaciones de divinidades antropomórficas y el de las figuraciones zoomórficas, en la mayoría de los casos relacionables igualmente con actividades de tipo cultural. En Mallorca, la figura más arcaizante es el denominado arquero de Llucmajor, de absoluta simetría frontal y cuerpo desnudo, con un carcaj a la espalda y probablemente un arco en sus manos. Parece pieza a fechar dentro del siglo VI a. C., y su posible origen, si no está batida en la isla, es difícil de precisar. Quizá pueda tratarse de un prototipo griego. El resto de las figuras, en particular el grupo de los guerreros, que es el más numeroso y representativo, se compone de obras más tardías, que habitualmente se sitúan a partir del siglo IV a. C. Los conjuntos mejor documentados, como los de Son Favar o Roca Rotja, aparecen formando parte de depósitos, entre los que estas piezas ocupan un lugar destacado. En Son Favar se recogieron cuatro estatuillas, tres de ellas de individuos jóvenes y otro de más edad. Van desnudos, en actitud de blandir la lanza con su mano derecha y sostener un escudo en la otra. La única prenda sobre su cuerpo es el casco con que cubren su cabeza, en dos ocasiones de alta cimera mientras que en las restantes imitan el pilos o tocado frigio. Las dos estatuillas de Roca Rotja (Sóller) son más arcaizantes. Repiten la misma actitud, pero una de ellas conserva restos de un posible tocado herácleo, mientras la otra se cubre con un gorro frigio de amplio desarrollo ascendente. En Menorca, los hallazgos de este tipo de piezas se han producido siempre de manera aislada, como ocurre en algunos casos también en la otra isla. Por su arcaísmo destaca el guerrero de Biniatram (Ferreríes), desnudo excepto por su casco corintio, y que repite el gesto del guerrero presto a lanzar. De proporciones más clásicas es la pieza hallada en Son Gall (Alaior), con casco corintio, mientras que la encontrada en Torelló (Maó), con casco frigio, es más tosca. La mejor factura corresponde sin duda al guerrero de Es Pujol Antic (Es Mercadal), con casco corintio de cimera baja, pero es posible que se trate de una copia de época ya romana que imita modelos lisípeos. Fuera de las representaciones de guerreros, hay que destacar en Menorca la Atenea Promachos, actualmente en el Museo de Bellas Artes de Boston. De factura burda y algo rústica, aparece cubierta con égida, chitón e himatio y debe ser copia de un original ático de fines del siglo VI. Los llamados Martes baleáricos deben ser una versión iconográfica, llegada al archipiélago a través de sus relaciones con el sur de Italia, de la divinidad semítica Reshef, dios de la guerra que en ocasiones se asocia a Melkart, cuyo culto se conoce en la Ibiza púnica. Desde el punto de vista religioso, indica la existencia de adoración a una deidad de marcado carácter bélico, lo que en principio sí se asimila a la idea de Marte que ha prevalecido para estas figuras, pero respondiendo a una tradición oriental que existe en todo el Mediterráneo y no en relación única con la versión clásica. Además, es interesante señalar que en Oriente, en algunos casos, esta creencia religiosa va unida a la del toro como símbolo de fuerza y poder, un elemento que, como es sobradamente conocido, es característico también del archipiélago.
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Debido a los pocos fragmentos que de la estatuaria cassita de bulto redondo han llegado, no podemos hacernos una idea exacta de su calidad. La nómina de ejemplares, parca en número y de calidad más bien media, hace pensar que tales gentes aceptaron la tradición paleobabilónica, plasmando su personalidad artística únicamente en el relieve. Nada nos dicen, por su escaso interés, los fragmentos de una estatua colosal de diorita, hallada en Aqar-Quf, con el nombre de Kurigalzu (no sabemos si I o II), ni tampoco otro fragmento, también de diorita, encontrado en Ur, aparte de constatar que se continuó tallando esta piedra dura. Es en las piezas de terracota, en pequeño número, donde puede evaluarse algo la plástica cassita, siempre de mediana calidad. Nos ha llegado de Dur Kurigalzu un hermoso ejemplar de cabeza masculina (4,3 cm; Museo de Iraq), pintada de rojo y negro, con nariz aguileña, ojos ligeramente oblicuos sobre arcos supraciliares bien marcados y barba puntiaguda. Para algunos podría tratarse del tipo racial cassita, para otros, la testa, sin más, de un príncipe o dignatario sirio. Coetánea a esta pieza es una cabeza femenina de Ur, rota por los hombros, y labrada en caliza (7 cm; Museo de Iraq); el rostro, de rasgos groseros, tiene ojos incrustados y hubo de portar tocado metálico. En cualquier caso, la pieza es de pobre calidad artística, inferior a la antes reseñada.
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La estatuaria en piedra, por lo que hoy sabemos, cayó en desuso en el Bajo Egipto, incluido el cantón de Menfis, durante este Primer Periodo Intermedio. Las estatuas de palo, en cambio, siguieron haciéndose como antes y con el mismo destino: acompañar a los muertos en sus tumbas. Aun sin alcanzar niveles artísticos comparables a los del pasado, estas estatuas tienen el mérito de conservar viva una tradición que no tardaría en volver por sus fueros. Una curiosa variante de este género, surgida ahora, es la de tallar el retrato del difunto en la tapa de su sarcófago de madera, lo que no sólo se hace en Sakkara, sino en localidades de más al sur, como Asiut y Rife. Este nuevo género había de tener su influencia sobre la escultura en piedra cuando ésta quedase restablecida. Todas las estatuillas de sirvientes, cada vez en números mayores, se hacen ahora de madera y de varias piezas; sobre todo los brazos, suelen ser independientes y por supuesto, los utensilios o herramientas que éstos manejan (muchos de ellos de cobre); a veces los vestidos son de tela natural. Una novedad a señalar consiste en la aparición de grupos numerosos representando escenas de una gran variedad. Las figuras están pintadas; con arreglo a lo tradicional, los hombres tienen una tez morena, las mujeres clara. Las faenas agrícolas ofrecen una rica temática: labradores arando; dos de ellos atendiendo a una vaca en el parto; otros ordeñando vacas o conduciendo un rebaño en presencia del dueño, que contempla la escena desde debajo de un baldaquino; edificios como casas de muñecas, con todas sus habitaciones y las actividades que en ellas se desarrollan; establos del ganado; graneros; talleres de hilado y tejido; panaderías; cervecerías; carpinterías; un matadero en que son sacrificados un buey, una cabra, etc. Las figuras más corrientes, deliciosas algunas de ellas, son las sirvientes que solas, por parejas o en fila, aportan las viandas, las ropas y otros artículos que el muerto necesitará en la otra vida. El traslado lo suelen hacer en un cesto o en un recipiente que llevan en la cabeza sujeto por el brazo izquierdo mientras el derecho se ocupa de agarrar por las alas a un pato u otro volátil vivo. El apogeo de este género de artesanía (arte en ocasiones) tiene lugar durante el Imperio Medio; pero el impulso venía dado desde el Primer Periodo Intermedio. La falta de valor artístico de que adolecen algunas figuras y maquetas se ve compensada por el documental y etnográfico de todas ellas. Una curiosa novedad, aquí como en el relieve, es la aparición de formaciones militares. La serie más impresionante apareció en la tumba de Mesehti, en Asiut. Se trata de dos secciones de 40 hombres que marchan formados en filas de a cuatro sobre tablas. Una de las unidades va armada de escudo y lanza con punta de cobre, machete y casco; la otra es menos uniforme de estatura, sus componentes son algo más bajos y de tez más oscura que los de la primera, y van todos ellos armados por igual, de un arco en la mano izquierda y de un haz de flechas con puntas de sílex en la derecha.
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Por mucha que sea su relación con la escultura en piedra, las estatuas en madera se rigen por sus propias leyes y tienen su propia dinámica. La producción que se desarrolla tan lozana en el Primer Periodo Intermedio continúa en la época de la Dinastía XII y con algo más que lo acostumbrado: estatuas de faraones. En cuanto hasta hoy conocemos, el primer faraón que ha conseguido salvar muestras de las suyas ha sido Sesostris I en dos estatuillas, de poco más de medio metro de altura, procedentes de Licht. Una de ellas (Museo de El Cairo) lo ofrece con la corona del Alto Egipto; la otra (Metropolitano de Nueva York), con la del Bajo. Este distintivo es lo único que las diferencia, pues por lo demás, el rey camina empuñando un largo cayado en la mano izquierda que le da un gracioso aire de pastor de almas. Los rostros tienen una expresión vivísima, como es propio de la madera. También tiene una estatua de madera, y bastante mayor que las anteriores (1,35 m), un faraón por lo demás desconocido: Hor. La estatua representa al ka del faraón; de ahí la pareja de brazos orantes que lleva en la cabeza en lugar de corona, y de ahí también la peluca tripartita, signo de que el personaje pertenece ya al círculo de los dioses. La calidad de la estatua es tan extraordinaria que en medio de tantas obras maestras como encierra el Museo de El Cairo, esta pieza se ha hecho justamente famosa. La halló Morgan en una tumba de pozo de Dahsur y enseguida se ganó la consideración que merece como muestra del exquisito arte del taller de la corte.