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Bajo Imperio está unido íntimamente en la historiografía moderna al término decadencia. La desaparición, en el año 476, del Imperio Romano Occidental como figura política y administrativa a cuyo frente estaba el emperador ha llevado a los estudiosos a investigar los antecedentes remotos de tal desaparición. Así, se ha establecido la curva descendente en este período que se iniciaría con las reformas de Diocleciano. El Bajo Imperio o Antigüedad Tardía ha sido definido como el fin del mundo antiguo en el título mismo de obras clásicas como la de Gibbon, Mazzarino, Chastagnol y Momigliano, entre otros. Hoy día se tiende a sustituir el término decadencia, que implica un juicio de valor, por el de transformación, esto es, la creación de una nueva realidad surgida a partir de la anterior, que coincidiría con la idea de Croce: "La historia -de esta época- no es la historia de su muerte, sino la historia de su vida". Una época marcada por las transformaciones que modificaron la vida política, económico-social y religiosa y por las trágicas circunstancias en que el Imperio Romano Occidental se debatió durante ese período. Tales circunstancias propiciaron la crisis de la unidad romana y su percepción aparece en muchos autores de la época: Lactancio (Inst. diu. VII,15), Ambrosio (Exp. in Lucam, 10, 10), Jerónimo (Don. II, 140), Sulpicio Severo (Chron. II, 3, 6) o Hidacio (Chron. XX) entre otros. Los autores antiguos tuvieron clara consciencia de la gravedad del hundimiento de la pars Occidentalis y, en cierto modo, la fecharon el 23 de agosto del 476, fecha en que un bárbaro, Odoacro, se proclamó rex tras deponer al último emperador romano que, ironía del destino, se llamaba Rómulo y, al ser un niño, Augústulo. La idea de la recuperación, del renacimiento imperial, tal vez permaneció vigente en la esperanza de muchos durante algún tiempo, pero cuando en el 518 se habla de la caída del Imperio en el Chronicon del comes Marcelino o en la Vita di S. Severino, del monje Eugipio, tal caída se establece como una constatación. No hay nostalgia ni esperanzas de restauración. Habían pasado ya los años suficientes para vencer toda resistencia ideológica que pudiera acariciar la utopía de la reinstauración. Ciertamente, lo que en Italia acaeció en el 476 no era muy diferente a cuanto había sucedido en las Galias o Hispania bastantes años antes, pero la reducción de Italia, su sumisión a un germano, supuso sin duda una gran commoción, a pesar de que Odoacro adoptara durante su reinado el gentilicio de Flavius, aparentando así cierta romanidad y a que siguiera gobernando sin modificar las cancillerías anteriores, ni al senado romano, al que intentó complacer en compensación por su apoyo. Así, el Imperio sólo desapareció como entidad política, pero no hubo una ruptura inmediata desde el punto de vista administrativo. No obstante, el ejército era realmente un ejército de ocupación, integrado por bárbaros y fuertemente implantado. Casi desde entonces hasta nuestros días los estudiosos de la historia han reflexionado sobre las razones de la desaparición del Imperio Romano. Entre los autores modernos las teorías son múltiples. Para Montesquieu (Considérations sur les causes de la grandeur des Romains et de leur décadence), la introducción del epicureísmo en Roma aceleró la corrupción de los romanos. Para Gibbon (Decline and Fall of the Roman Empire), el triunfo del cristianismo y la acción de la Iglesia fueron el fermento de una civilización y un modo de gobierno diferentes y opuestos a la tradición y al espíritu clásico de Roma y un elemento determinante de la caída del Imperio. Para Piganiol (Historia de Roma), retomando la idea de los humanistas que contraponían civilización y barbarie, Roma habría sido asesinada por los bárbaros y el hecho externo de las invasiones bárbaras habría sido el elemento decisivo del hundimiento del Imperio Romano. Esta teoría, que hoy día es considerada, curiosamente, como marginal o superada es, en nuestra opinión, no la única, pero sí la más claramente determinante. Rostovzeff ve en los conflictos sociales un factor de desintegración definitiva (Historia económica y social del Imperio Romano). Tal vez sea la suma de todos estos factores que se habrían gestado muchos años antes del 476, los que determinaron el final del Imperio Occidental y el posterior surgimiento, en las antiguas provincias romanas, de estados particulares cuyo desarrollo ocupará toda la Edad Media.
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En 1991 todavía el 74% de la población india vivía en el campo, lo que parecía identificarla con los países más subdesarrollados. Lo característico de India ha sido siempre, sin embargo, en primer lugar, la existencia de un modelo secularizado de democracia occidental y, en segundo, de un sistema económico que ha permitido un crecimiento importante, aunque muy lejano al de Japón y los "cuatro dragones" y que, con oscilaciones, ha hecho posible la convivencia entre la propiedad colectiva y la privada de los medios de producción. La democracia ha pervivido a pesar de la existencia de fuertes tentaciones autoritarias y personalistas. El Congreso en sus inicios fue un partido de notables que tenía a su favor "vote banks", es decir, depósitos de votos procedentes de notabilidades locales. No era, además, un partido monolítico sino que se caracterizaba por la existencia de distintas tendencias, a veces muy contradictorias; al mismo tiempo era también capaz de pactar en distintas direcciones. Se trataba, en fin, de un partido muy relacionado con un Estado fuerte que, a su vez, influía de forma destacada en una sociedad poco estructurada. En consecuencia, la oposición contra él fue impotente y, al mismo tiempo, ambigua o, lo que es lo mismo, dominable. Los comunistas, los más inasimilables, se dividieron pronto, principalmente por motivos derivados de la división entre la URSS y China Popular. Lo que obtuvo más éxito entre la oposición fue el "no-congresismo", es decir, la oposición formada por socialistas y nacionalistas, cuyos propósitos eran más antagónicos que constructivos. Pero el Congreso siempre pudo reaccionar por el procedimiento de recurrir a la estrategia tradicional de cooptar a alguno de sus antiguos adversarios e integrarlo en el Gobierno. Aun así, en mayo de 1963 sufrió una derrota en elecciones parciales. Nehru murió en mayo de 1964 y dejó a su país en una situación que parecía fomentar las luchas internas. La larga etapa de predominio político de Indira Gandhi, su sucesora, se caracterizó por el populismo, el autoritarismo y la voluntad socialista. En el ínterin, hasta que ella consiguió hacerse con el poder, Shastri había demostrado haber dejado a su país mejor preparado para el estallido de una guerra como sucedió con Pakistán en 1965 que lo que había estado Nehru en 1962 cuando estalló la guerra con China. También Indira Gandhi consiguió gran parte de su prestigio gracias a la Guerra de independencia de Bangla Desh (1971-1972) que dividió a Pakistán y le redujo a la impotencia. En las elecciones de 1967 el Congreso no conservó más que el 54% de los puestos en el Parlamento. Gandhi tuvo el apoyo de una sola parte del partido y en 1969 entró en conflicto con el resto, en parte debido a su voluntad de imponer un candidato para presidente de India, que acabó triunfando. También hubo, sin embargo, otros motivos de protesta contra ella como, por ejemplo, la nacionalización de los catorce grupos bancarios más importantes que, al final, llevó a cabo; en ese momento la apoyaron diputados que se situaban en la izquierda del espectro político. De hecho, cada vez Indira Gandhi hablaba más de socialismo y su partido acabó chocando con el Tribunal Supremo que se opuso a la nacionalización de los grupos bancarios más importantes. En las elecciones de 1971 se lanzó a una campaña populista diciendo combatir la pobreza ("garibi hatao") y apelando directamente a las masas. Pero de la política populista y socialista pronto pasó también, tras la Guerra de Bangla Desh, al autoritarismo. En el verano de 1975 proclamó un estado de urgencia que le llevó a hacer incluso 100.000 detenciones; en enero de 1976 introdujo, además, un sistema de censura. La política india cada vez aparecía más dominada por una familia: su hijo Sanjay monopolizaba la Administración de Nueva Delhi. El autoritarismo llegó a conllevar incluso acusaciones de que el sistema de limitación de la natalidad revestía un carácter compulsivo. Sólo en enero de 1977 se levantó definitivamente el estado de sitio. En las elecciones de este año el Partido del Congreso fue derrotado obteniendo tan sólo el 34% de los votos mientras que el Partido Janata, resultado de la unión entre el Partido Socialista y el principal de los nacionalistas, llegó al 41%. En su ideario y programa había un fuerte componente de fundamentalismo hindú que manifestaba quejas respecto a la forma en que los manuales escolares presentaban la invasión musulmana. Si este partido acabó dividiéndose, la situación del Congreso no resultó mejor. El hijo de Indira Gandhi fue declarado persona no grata por el Congreso y eso supuso una nueva escisión que hizo nacer un Congreso (I) con la inicial de Indira Gandhi. En las elecciones de 1980 consiguió el triunfo con el 42% de los votos pero Sanjay Gandhi, su hijo y sucesor, se mató volando con su propio avión. A partir de 1982 el Congreso se enfrentó con la realidad de una multiplicación de las tensiones separatistas en la sociedad india lo que le hizo insistir en la especificidad hindú. En octubre de 1984 fue asesinada Indira Gandhi por miembros de su escolta sikh y, como consecuencia, tuvieron lugar fuertes disturbios como resultado de los cuales se produjeron miles de muertos. El heredero del Partido del Congreso fue Rajiv Gandhi, otro hijo de la dirigente desaparecida, sin duda no preparado desde el punto de vista político para esa responsabilidad: tenía tan sólo 41 años y, muestra de la occidentalización de la clase dirigente, estaba casado con una italiana. En 1989 ganó las elecciones Singh pero el panorama político se convirtió en cada vez más inestable y se vio crecientemente complicado como consecuencia del fundamentalismo religioso aparecido también en la religión hindú. En junio de 1991 el Congreso obtuvo la victoria pero fue, sobre todo, por el previo asesinato de Rajiv Gandhi. De hecho el partido vinculado con la independencia había perdido ya una buena parte de sus apoyos tradicionales. Narasimha Rao que lo dirigió en este momento tuvo la particularidad de lanzar a la India por una vía nueva, la de la liberalización económica que presidió la vida pública durante la primera mitad de la década de los noventa. Enfrentada la democracia india a un creciente problema de estabilidad por la confluencia de populismo, corrupción, faccionalismo y de fundamentalismo, sin embargo, ha mantenido sus rasgos esenciales desde el momento de su fundación. En el terreno económico, en una primera etapa se procuró que la India tuviera un desarrollo económico a base de industria pesada. Las dificultades alimenticias fueron resueltas durante este período gracias a la entrega de aprovisionamientos de grano y de arroz por parte de los Estados Unidos; éstos proporcionaron más del 50% de la ayuda exterior mientras que los soviéticos sólo otorgaron un máximo del 12% y para proyectos específicos de carácter industrial. Al mismo tiempo, las guerras padecidas a mediados de los años sesenta obligaron a la India a doblar su presupuesto de defensa con el consiguiente sacrificio de sus posibilidades de desarrollo. A partir de 1965 la India se lanzó a una revolución "verde" que le llevó a la autosuficiencia por el procedimiento de la utilización de semillas de alto rendimiento. Las cosechas por hectárea llegaron a triplicar; además, la constitución de fuertes reservas alimenticias almacenadas por el Estado tuvieron como resultado la superación del hambre endémica. Pero la política económica del Estado intentó centrarse de forma exclusiva en la industria pesada y en las infraestructuras. El problema económico principal de la India fue el crecimiento demográfico que era del 1.25% en los años cuarenta y llegó al 2.2% en los setenta y ochenta de tal manera que en 1981 se llegó a una cifra de 681 millones de habitantes. Este crecimiento demográfico limitaba las posibilidades de un desarrollo sostenido. Pero hubo otras dificultades adicionales. India representaba en 1950 el 12% de la producción industrial del Tercer Mundo y llegó en 1980 a suponer tan sólo el 4.5%; en el mismo período pasó de ser la décima potencia industrial del mundo a la vigésimo séptima. Había conseguido, como máximo, la autosuficiencia alimenticia pero sin lograr un crecimiento fuerte ni tampoco una espectacular reducción de la desigualdad social. A partir de 1981 la situación económica mejoró. El PIB creció ya a un 5.5% anual frente a 3.5% en los tres decenios siguientes; además, el flujo de las inversiones extranjeras se hizo mucho más activo. No obstante, lo que les llamaba la atención a los dirigentes indios era la diferencia de desarrollo entre su país y otros. En 1960 Corea e India tenían idéntica renta per cápita pero la primera se desarrolló a continuación a un ritmo muy superior. India había conseguido electrificar el 85% de sus pueblos pero, al mismo tiempo, contaba con diez millones de empleados de la industria estatal, trabajadores privilegiados en un país que no podía permitírselos. De ahí la importancia de los programas liberalizadores. La variable más constante de la política india ha sido siempre la política exterior en el sentido de que ésta siempre se ha fundamentado en una cierta visión del no alineamiento. En gran medida eso se debió a razones biográficas: Nehru había participado en reuniones internacionales de nacionalidades oprimidas desde 1927. El volumen demográfico de la India siempre le dio una cierta sensación de invulnerabilidad y de capacidad de iniciativa. La política exterior fue objeto de un consenso entre todas las fuerzas políticas a pesar de tratarse de un país muy dividido por otras razones. La relación privilegiada con la URSS se explica en gran medida por el deseo de compensar el peligro que representaba otro país cuya fuerza derivaba de su peso demográfico, China.
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Es un boceto preparatorio para la obra que también se titula En el balcón. Berthe Morisot apenas cambia la concepción inicial en el lienzo definitivo, mostrando aquí su rapidez a la hora de trabajar y su maestría con la acuarela, pudiendo tratarse de una imagen tomada directamente del natural. Es posible que las protagonistas sean su hermana Madame Pontillon y la hija de ésta. El abocetamiento que caracteriza a la escena está determinado por la técnica empleada, en una imagen de gran frescura.
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El tratado de Nystadt había tenido importantes consecuencias, en Europa septentrional por la alteración del equilibrio buscado por Francia desde el siglo anterior, ya que Suecia escapó a su intervencionismo y penetró en la órbita rusa. Los conflictos interiores por la Constitución de 1720 acabaron con el poder absolutista de la Monarquía, supeditándola a la Dieta, incluso en las cuestiones clave. Sin embargo, Versalles no renunciaba a restaurar el antiguo poder del soberano para, así, recuperar el prestigio perdido y reforzar su posición en Europa con un aliado indiscutible. Gustavo III, rey desde 1771, albergaba los mismos propósitos con respecto a la Corona y no rechazó los subsidios franceses que le permitieron liberarse del control de la Dieta con la parcial y violenta derogación, en agosto de 1772, de la Constitución de 1720 y el consiguiente establecimiento de las prerrogativas monárquicas. La comunidad internacional no podía permanecer impasible ante tales mutaciones, en especial Rusia, por los cambios en el juego de poderes en el Norte, el reajuste del Báltico y la influencia francesa. Lógicamente, el constitucionalismo sueco estaba muy arraigado entre la totalidad de los sectores sociales como para desaparecer y, además, aún permanecía el recuerdo del autoritarismo de Carlos XI y Carlos XII. Con la firma del Tratado de París, en 1776, Gustavo III imponía un gobierno francófilo. La diplomacia de Vergennes había neutralizado las intrigas británicas, pero la inestabilidad interna era la nota dominante y sus enemigos estaban expectantes en busca de la oportunidad de guerrear con Gustavo III. Rusia, Prusia y Dinamarca perseguían el reparto de Suecia, basándose en anteriores tratados y conversaciones y en la ayuda británica, hostil desde su participación en la Liga de la Neutralidad Armada. Tras un análisis de su situación, el monarca sueco comprendió que el país estaba abocado a una guerra civil, tanto por los conflictos internos como por las intrigas exteriores, si no actuaba con rapidez y atraía a sus súbditos a una colaboración con el trono en defensa de los proyectos expansionistas que devolvieran a la nación la gloria de los tiempos de Gustavo Adolfo, pero, a mediados de 1788, la marcha hacia San Petersburgo terminó en desastre. Circunstancia aprovechada por la aristocracia para formar la Liga de Anjala, que reivindicaba la independencia de Finlandia y denunciaba la manipulación de la Dieta por la Corona. Ahora bien, el ataque de Dinamarca a Goteborg supuso la reaparición del espíritu nacionalista y los odios antidaneses por el antagonismo ancestral. Gustavo III supo unir a los suecos ante la amenaza exterior y acabó con los descontentos, reforzándose su autoridad cuando se puso a la cabeza de los ejércitos. Gran Bretaña temió entonces por sus ventajas comerciales en el Báltico y, con el consenso de Prusia, disuadió a Cristian VII de la campaña. Copenhague, defraudada por la actitud de sus coaligados, abandonó la proyectada invasión. Al igual que anteriores monarcas, después de la agresión danesa, se granjeó la amistad del clero y de los Estados populares en la Dieta de febrero de 1789 y los opuso a la nobleza. El rey se convirtió, así, en el verdadero defensor de las libertades suecas, mientras que los magnates se presentaron como un peligro para la unidad del país y los causantes de los anteriores disturbios en su propio beneficio. Con tal planteamiento y enfrentados los brazos, la Dieta aprobó el Acta de Unión y Seguridad, que suponía una reforma constitucional en provecho de la autoridad real a propuesta de todos los súbditos. Las resoluciones tuvieron importantes consecuencias sociales y políticas: En primer lugar, la aristocracia perdía sus privilegios y dejaba de considerarse la cabeza estamental en ventaja de los otros miembros; en segundo lugar, la movilidad social quedaba asegurada para la baja nobleza y la burguesía ante la inexistencia de requisitos para ocupar los cargos oficiales; en tercer lugar, las tierras de realengo que habían pasado a manos de la aristocracia por concesión o venta retornaban al trono y se restauraba la libertad jurídica de los campesinos; en cuarto lugar, Gustavo III recuperaba la función de dictar leyes, obtenía autonomía económica con las atribuciones para fijar impuestos y dirigía la política internacional y la diplomacia sin trabas para declarar la guerra o concertar alianzas. Los suecos se habían puesto en las manos del monarca al devolverle las facultades legislativa, ejecutiva y judicial perdidas en 1720; había seguido los mismos pasos que su antepasado Carlos XI en la Dieta de 1693. Después de tales logros, Gustavo III se propuso terminar con los peligros que amenazaban su país desde el exterior y acabar con el fantasma del reparto. En 1790 venció a su principal enemigo, Catalina II, en la batalla naval de Svensksund, que supuso un duro golpe para la flota rusa, doblemente grave por la guerra con Turquía en el mar Negro. La Paz Blanca de Varela, de ese mismo año, significó la victoria de Gustavo III: concluían, de momento, las pretensiones de intervencionismo zarista en el Báltico y prescindía de sus compromisos con los otomanos como medida de presión frente a otros enemigos. De nuevo parecía que se iba a reconstruir el Imperio sueco de la segunda mitad del Seiscientos, pero había sido más una victoria personal que real y las potencias circundantes nunca olvidaron el escenario báltico cuando dibujaron sus políticas.
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El hecho de que las provincias meridionales de los Países Bajos permanecieran unidas a la Corona española, fue decisivo en el dominio espiritual. Tras la triunfal campaña de Alejandro Farnesio, la Reforma perdió definitivamente los Países Bajos del Sur. Rechazada la idea de tolerancia religiosa por Felipe II, dadas las implicaciones políticas que los ideales protestantes conllevaban, en especial los calvinistas, la única vía para olvidar la sublevación y restaurar los privilegios era el restablecimiento de la religión católica. De no aceptarse esta exigencia, la única salida era la expatriación. Movilidad poblacional y desarraigo social, no siempre relacionados con motivos religiosos o políticos, fueron sus consecuencias en uno y otro lado: no extraña que un flamenco como Rubens fuera alemán de nacimiento y que aprendiera su oficio con O. Venius, holandés de cuna pero flamenco de adopción.La Contrarreforma, así asegurada, no sólo se contentó con refutar y proscribir la herejía, sino que se entregó de lleno a revigorizar la ortodoxia. Para asegurar su triunfo la Iglesia cuidó de la elección de los obispos, deanes y párrocos entre los religiosos más preparados y celosos, regularizó los nexos con Roma y fortaleció las relaciones jerárquicas, controló la disciplina eclesiástica, aseguró la formación teológica y canónica del clero, fomentó la instrucción religiosa de los fieles, potenció la catequesis y la predicación y, en fin, vigiló la observancia de los dogmas, las prácticas culturales y la piedad. Y todo ello, sin duda que con un celo mayor que en ningún otro sitio.Pero la restauración católica no se hizo de golpe, y hasta 1600-1620 no se recuperaron los niveles anteriores al levantamiento. Desde entonces florecieron por doquier las órdenes religiosas -protegidas o introducidas en Flandes por los propios archiduques-, remodelándose y erigiéndose de nueva planta iglesias, conventos y colegios, poblándose de nuevo las casas regulares y los béguinages (beaterios). Carmelitas descalzos, franciscanos recoletos o capuchinos, agustinos, jesuitas... rivalizaron entre sí. Si en el apostolado popular los franciscanos se llevaron la palma, la Compañía de Jesús alcanzó un importante éxito en la enseñanza, en verdad muy selectiva, gracias a su renovado hurañanismo cristiano y por medio de sus cátedras de Teología y de Filosofía en la Universidad de Lovaina y de casi treinta colegios públicos repartidos por todos los Países Bajos católicos. Excelentes pedagogos y diestros confesores, los jesuitas dominaron los ambientes cultos, los círculos burgueses, las casas aristocráticas y hasta la intimidad de los mismos archiduques, de los que obtuvieron su confianza y apoyo. Allí donde sus acciones pedagógica o confesoria no llegaban, se internaron apoyándose en sus antiguos discípulos, agrupados en congregaciones marianas (unos 25.000 miembros en 1640, entre los que se encontraba Rubens, que había sido secretario del sodalicio de Amberes), en el reparto de centenares de catecismos impresos o en el impacto de sus retóricas predicaciones, favoreciendo la devoción sensible y el culto fervoroso a las imágenes.No es de extrañar que la piedad popular se volcase, llenando las iglesias multitudinariamente, venerase a la Virgen María y los santos, colocara sus efigies hasta en las fachadas de sus casas, subvencionara construcciones, pinturas y decoraciones escultóricas en los templos y peregrinase en muchedumbre hasta los santuarios de Foy Notre-Dame, Halle y Montaigu. Tal fervor y piedad tocaron también la vena sensible tanto de príncipes y gobernantes como de nobles y burgueses, ganándose la de intelectuales y artistas.Ni sorprende, en consecuencia, que en el arte flamenco abunde la temática religiosa -de tono heroico, taumatúrgico o extático-, sobre todo en su pintura, muy inclinada al gran formato por dirigirse en un alto porcentaje a la decoración interior de las iglesias, de un altar conventual, de una capilla palatina o de un oratorio privado, cuando no a la de un hogar burgués. Los asuntos bíblicos, la vida de Cristo, de María y de los Santos, además de las alegorías sobre las Virtudes, los Dogmas y los Sacramentos, el magisterio y el papel director de la Iglesia, las ideas y los principios cristianos, negados o combatidos por los herejes protestantes, vinieron a constituirse en los temas más solicitados por una clientela eclesiástica y una comitencia particular y devota que exigían vivir el fervor místico sin anular la experiencia sensible en la figuración de un martirio o del triunfo de la Religión. De ahí, el aparente paganismo -siempre superficial y, en todo caso, reflejo del buen conocimiento que los artistas y el público educado en las aulas jesuitas tenían de la Antigüedad clásica-, la sensualidad desbordante, la espectacularidad dinámica, la bulliciosa facundia que están siempre presentes, como en los cuadros profanos, entremezclados con su atávico realismo, en el arte flamenco del Seiscientos.Entre 1653-60, coincidente con el recrudecimiento de la guerra y las derrotas militares, además de solaparse con las dificultades tanto financieras como comerciales, la cuestión jansenista volvió a sacudir las ya adormecidas pasiones religiosas. La difusión, especialmente entre los opositores a la Compañía de Jesús, de las concepciones de Port-Royal y la querella moral que enfrentó a rigoristas y laxistas, conllevó el enfriamiento paulatino de la piedad en todos los medios y clases sociales, patente sobre todo a partir de 1680, con inevitables repercusiones en el campo de la comitencia y el patronazgo artísticos.
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La serie de bañistas que Degas había realizado años atrás vuelve a ser retomada en la década de 1890, en esta ocasión tomando como soporte el lienzo. La pintura de Edgar se ha hecho más "abstracta", interesándose por la aplicación del color a base de grandes manchas, olvidándose de aquellos contornos tan marcados aunque el volumen aún no se ha perdido, como ocurre en los Paisajes. Las líneas todavía son visibles pero dejando de lado la delicadeza de otras escenas.
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Vasari inició su carrera pictórica en Florencia durante el año 1524, relacionándose con Andrea del Sarto y sus discípulos Rosso y Pontormo. Esta influencia del Manierismo florentino enlaza con la admiración hacia los trabajos de Rafael y Miguel Ángel, cuyas notas se aprecian también en su producción, tal y como observamos en este Baño de Venus, sensual imagen en la que la diosa y sus ninfas ocupan todo el espacio pictórico, recordando los relieves clásicos que tanta admiración causaron en el Renacimiento. Las figuras se envuelven en una intensa iluminación que provoca contrastes de luz y sombra, resbalando sobre los cuerpos desnudos y resaltando las tonalidades de las telas. Venus se mira en un espejo, convirtiéndose esta composición en una muestra más de este característico tema de la pintura moderna, "excusa" perfecta para que los pintores pudieran presentar figuras femeninas desnudas eludiendo posibles persecuciones religiosas.
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Simon Vouet representa, en el conjunto del Barroco francés, la línea academicista, más plegada a un arte cortesano, querido por la monarquía. Si en el siglo XVII las principales corrientes de la pintura francesa discurren por senderos de libertad artística, como es el caso de Poussin o Claudio de Lorena, retirados casi de por vida en Roma, no debemos menospreciar tampoco la atención que la obra de Caravaggio y sus seguidores suscitaron en Francia, hasta el punto de que el propio Luis XIV compró varias obras del artista italiano. Vouet representa la tercera vía, la oficiosa, en la que predomina la destreza técnica y el apego al dibujo sobre los contrastes de luz, las pasiones y el color. El tema de esta obra, la diosa Venus aseándose, es un tema muy abundante desde el Renacimiento en la obra de la mayoría de los pintores. En ocasiones escondía el retrato de alguna dama de elevada posición. Vouet no se despega de los precedentes, aunque presenta todas las características de su obra a su vuelta a París tras los años de triunfo - y aprendizaje - en Italia, en 1627. Lejos de la agresividad en el colorido de Rubens, Vouet se deleita en la palidez de la piel, a la que enmarca, para resaltarla, con una gran cortina roja. El recurso del espejo es, asimismo, muy frecuente en esta época, hasta el punto de hacer célebre un lienzo de Velázquez sobre parecido asunto. Este dominio del dibujo, tan del gusto de su clientela parisina, abonará el terreno para el triunfo de la llamada corriente "Poussinista" y, tras un enconado debate con los "Rubenistas" en el París del siglo XVII, su consumación en el Neoclasicismo francés.
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Tras la Visita del candidato, se celebra el tradicional banquete donde una vez más Hogarth nos presenta una ácida y brutal sátira de la sociedad de su tiempo. Ambas estampas forman parte de la serie titulada La campaña electoral con la que el pintor británico pretende desentrañar los manejos políticos que esconden las elecciones, la compra de votos o los habituales "pucherazos". En esta ocasión la escena se desarrolla en un interior, presidida la mesa por el candidato tras engullir un amplio número de ostras, necesitando la ayuda del agua para salir de su perjudicial estado. Los demás comensales disfrutan de la música y de los manjares mientras en el fondo parecen producirse movimientos de revuelta. El colorido y el acertado dibujo permite al maestro individualizar las diferentes figuras, destacando sus gestos, expresiones y actitudes Gracias a la sabia iluminación empleada, Hogarth ha sabido resaltar las diversas escenas que se contienen en la composición, presentando un retazo de la corrupta sociedad de su tiempo que para él, ardiente defensor de la virtud puritana, pronto debe ser sustituida.