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Se trata de otro de los estudios previos y croquis que ejecutó Poussin para el lienzo El Bautismo, encargada por Chantelou en 1644, que ocupó al artista durante cuatro años de forma casi obsesiva. Presenta escasas diferencias respecto a los otros estudios sobre el bautismo de Cristo como representación del sacramento. Lo más destacable es el marco arquitectónico, muy diferente respecto a los demás de esta serie de dibujos.
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Éste que nos ocupa es uno de los estudios preparatorios para el lienzo El Bautismo, realizados hacia 1646. En él, el fondo arquitectónico se encuentra ya reducido de manera considerable respecto a los otros estudios. El paisaje gana así terreno, tendencia que es apreciable ya en casi todas las obras de este periodo definitivo en Roma, tras su retorno de París en 1642. La composición apenas varía, dividida por la escena del bautismo de Cristo en dos partes o grupos, tal y como sucedía ya al comienzo de la serie de estudios.
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Muy cercano al lienzo de El Bautismo, para el que fue realizado como estudio previo, presenta ya las características casi definitivas que se pueden encontrar en la obra pictórica. La composición, que apenas ha variado desde los primeros croquis y bocetos, se divide en dos partes casi simétricas por las figuras centrales de Cristo, que paulatinamente se ha ido arrodillando desde una posición erguida, y San Juan Bautista. Lo verdaderamente destacable es cómo el paisaje ha ido ganando terreno a la arquitectura, que queda confinada a un mero elemento inserto en la Naturaleza. Si bien la escena en primer plano nos indica claramente cuál es el tema de la obra, el hecho de la progresiva reducción de la arquitectura nos indica la cada vez mayor convicción del Poussin maduro de la inutilidad y futilidad de los esfuerzos y creaciones humanas frente al orden natural y divino, proceso que se irá acentuando a medida que nos aproximamos a sus últimos lienzos, en que el paisaje ya absorbe por completo las escenas.
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Esta obra, al igual que El Bautismo de Cristo de Gosford House, muestran en Poussin un sentido de la composición poco convencional, con los protagonistas de perfil, al estilo de los relieves de la Antigüedad, en dirección al bautismo y la aparición del Espíritu Santo en forma de paloma. Esta unidad interna y su mayor emotividad hacen que se puedan, incluso, considerar superiores al Bautismo de la segunda serie de Los Sacramentos. Esta época, a mediados de los años cincuenta, es de una gran capacidad para renovar los temas tradicionales.
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Representa, junto con el Bautismo de Cristo de Filadelfia, la secuencia del momento en que San Juan Bautista vierte el agua sobre la cabeza de Jesucristo, mientras se oye la voz de Dios, que se supone surge desde la izquierda de la escena. En el lienzo "gemelo", es la paloma del Espíritu Santo que desciende sobre Jesús. Es destacable que el anciano arrodillado procede de una escultura que Poussin pudo ver en el Palacio Borghese, de época clásica, que representa a Séneca, el filósofo estoico, a quien su admirador había llevado al lienzo en alguna otra ocasión.
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Los dos protagonistas de la escena aparecen relegados a un segundo plano, iluminados por un potente foco de luz que impacta en la espalda de Cristo, quedando su rostro en la zona de sombra en la que también se encuentra san Juan, inclinado hacia adelante para derramar el agua del río Jordán sobre la cabeza del Salvador. Alrededor de ambos personajes queda un espacio vacío, delimitado en la zona de la derecha por una roca ante la que se desnudan algunos neófitos, ante la atenta mirada de un cofrade de la Scuola Grande di San Rocco en oración. La parte superior de la composición está ocupada por una amplia fila de candidatos al bautismo, recortados ante la espesa arboleda, figuras realizadas con un trozo rápido resaltadas por la luz y el color empleados. Las amenazadoras nubes sirven de telón de fondo a la escena. La sinfonía lumínica y los diferentes espacios establecen un ritmo espiral en el conjunto que refuerzan la intensidad dramática del acontecimiento. Otra importante novedad la encontramos en el tratamiento iconográfico del tema evangélico, en sintonía con la religiosidad salida del Concilio de Trento.
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Esta obra, de sencillez compositiva, desprende una atmósfera de devota espiritualidad que aglutina a las diferentes figuras presentes en la escena. Dicha composición es muy similar a la de La Matanza de los inocentes, estructurada en tres planos diferentes. En el primero, Cristo es bautizado por San Juan Bautista, cuya mano derecha traza un arco hacia la cabeza de Jesús. Tras este arco, tres ángeles, uno de ellos a la izquierda, recogen las ropas de las figuras principales. El tercer plano viene dado por el fondo paisajístico, entre cuyas nubes desciende la paloma del Espíritu Santo. El colorido de la representación es brillante, sabiamente contrastado con la oscuridad de la vegetación y las nubes del plano del fondo. En el segundo plano dominan los tres colores primarios: azul, amarillo, rojo.
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Es una excepción dentro de la obra de Poussin por el material en que se haya pintado, una tablita de madera de ciprés, dado que Poussin casi invariablemente empleaba el lienzo para sus cuadros. Fue solicitado por Jean Fréart de Chantelou en 1645, pero aunque se hallaba bastante avanzada su idea, plasmada en varios dibujos, al año siguiente, no será terminado hasta 1648, lo que da una idea de la lentitud de trabajo y afán perfeccionista del pintor francés. Parece ser, además, que la serie de los Sacramentos de Chantelou absorbía sus esfuerzos. De hecho, había pintado en varias ocasiones el tema de Cristo bautizado por San Juan Bautista, como en las series de los Sacramentos, o como volverá a hacer en El Bautismo de Cristo, de Filadelfia. Lo diminuto de las figuras forzó un tipo de composición simple, cercana a Rafael. En cualquier caso, esta obrita devocional es testigo de la apertura de una nueva etapa, tras los años de esfuerzo dedicados a los sacramentos, de los que esta tabla puede considerarse una secuela.
contexto
La inquietud espiritual de una mujer, mestiza china de Binondo, Ignacia del Espíritu Santo, fue el origen del establecimiento del primer beaterio de Manila. Ésta, animada por su confesor, el Padre Paul Klein, comenzó a reunir en torno a sí un grupo de doncellas indias pobres en 1685. Las primeras que se unieron a la Madre Ignacia -como enseguida empezó a llamarle la gente- fueron Cristina Gonzales, su prima, y otras dos jóvenes, Teodora de Jesús y Ana Margarita. Seis mujeres más se unieron al grupo inicial de cuatro y no pasó mucho tiempo cuando llegaron a ser treinta y tres. Se establecieron en una casa a la espalda de la iglesia de San José y recibieron tanto a mestizas como a indias. El beaterio se puso bajo la protección de Nuestra Señora de la Asunción, y aunque los jesuitas no intervinieron nunca en su gobierno -por prohibírselo sus estatutos-, la estrecha relación derivada de la dirección espiritual que ejercían, hizo que fuera conocido como el beaterio de la Compañía de Jesús, porque recibían los sacramentos en la cercana iglesia de San Ignacio y tenían allí muchos de sus actos litúrgicos, además de que los Padres de la Compañía eran sus confesores y directores espirituales. Gráfico El 3 de julio de 1732 el vicario general del arzobispado recibía la casa bajo su protección y autoridad, aprobaba sus constituciones y el mantenimiento de la dirección espiritual jesuita; pero señalaba que la administración de los sacramentos debía estar al cargo del cura de los naturales y morenos de Manila, por ser el párroco que les correspondía. La vida de estas beatas estaba centrada en la contemplación de los sufrimientos de Cristo y en el intento de imitarle a través de una vida de servicio y humildad. Rezaban constantemente a Dios y hacían penitencia para mover su misericordia. Su espiritualidad se expresaba en la capacidad de perdonar, soportar pacientemente los defectos y corregir con amabilidad. Se manifestaba en una gran paz y armonía en la comunidad, el mutuo amor y unión de voluntades porque deseaban ser ante los demás testigos del amor de Cristo. Esta espiritualidad sostenía a las beatas en los momentos de mayor dificultad sobre todo en los tiempos de extrema pobreza, cuando incluso tenían que pedir arroz y sal por las calles. Se mantenían con el trabajo de sus manos y a veces recibían donativos de gente piadosa. El progresivo aumento del número de beatas exigía un estilo de vida más estable y la promulgación de una Regla. La Regla, que escribió la madre María Ignacia, seguía el espíritu de San Ignacio y exhortaba a las beatas a vivir siempre en presencia de Dios y crecer en pureza de corazón. La presencia de la Virgen recorría todo el reglamento, en quien la madre Ignacia se inspiraba para saber dirigir a sus beatas. Las animaba a ser la imagen de la Virgen para las demás y que la siguieran como modelo para seguir a Jesucristo. Muy pronto, la madre Ignacia vio la necesidad de desarrollar además una tarea apostólica. Así se empezó a admitir a chicas jóvenes como alumnas para enseñarles la doctrina cristiana y las tareas domésticas. También aprendían a leer, a coser y abordar. No se hacía distinción de color o de raza, sino que eran aceptadas indias, mestizas y españolas. Llegaron a tener unas cuarenta y cinco alumnas. La casa dónde vivían las beatas se llamaba Casa de Retiro porque era ahí dónde tenían lugar los retiros para las mujeres que desearan hacerlos. La Madre Ignacia inició esta práctica del Retiro y ella misma lo promovió entre las mujeres. Durante ocho días concurrían en los meses de septiembre, octubre y noviembre unas doscientas indias y ochenta españolas y mestizas, aproximadamente. Acudían a la iglesia de San Ignacio para oír los puntos de meditación que les dirigía uno de los sacerdotes. Luego volvían al beaterio para reflexionar sobre lo que habían oído. Allí las beatas les explicaban en su propia lengua lo que no habían entendido y las preparaban para la confesión general. En julio de 1748, a la muerte de la madre fundadora, residían en la casa un total de cincuenta beatas. Además vivían dieciséis niñas españolas y veintinueve mestizas e indias, que recibían educación, y una mujer casada. El beaterio se sostenía con las rentas de las obras pías, pero sobre todo con su trabajo y con algunas limosnas que recibían de sus bienhechores. Su modo de vida se ceñía escrupulosamente a sus constituciones. La real Cédula del 25 de noviembre de 1755 autorizó la subsistencia bajo las condiciones de su fundación, haciendo mención expresa de la prohibición de que se impusiera clausura para evitar que la casa acabara transformándose en convento. Quedaba además bajo la protección real. Durante los años 1748-1770, las beatas siguieron ayudando a los jesuitas en la atención de los retiros espirituales. No limitaron su labor apostólica a Manila, sino que salieron a las diferentes provincias en grupos de dos o más según lo aconsejaran las circunstancias. Sus sacrificados esfuerzos fueron recompensados cuando muchos hombres y mujeres volvieron a recibir los sacramentos después de haberlos abandonado durante veinte, treinta o cuarenta años. En 1758 el centro contaba con cincuenta y tres beatas y treinta y dos niñas, de las cuales la mayoría pagaba su manutención entre dos y tres pesos. Cuando los jesuitas fueron expulsados de Filipinas, la dirección espiritual quedó a cargo del clero secular o de religiosos. De 1872 a 1900 comenzaron a establecerse en Mindanao, habitada por musulmanes y paganos, era una isla a la que se tardaba en llegar dos o tres meses en barco. Asumieron la formación de huérfanas en el sur de Mindanao, pero la guerra hispano-americana acabó con esta iniciativa. Las beatas de la Compañía también desarrollaron labores de enseñanza en escuelas municipales de dicha isla. En 1880 se hicieron cargo de las de Dapitan y Dipolog y más tarde llegaron a Zamboanga (1893), Lubungan (1895), Surigao (1895) y Butuan (1896) En estos años el beaterio de Manila se había orientado a la enseñanza formal. En 1896 aceptó alumnas seculares y ocho años más tarde se les habilitó para graduar maestras de escuela. El Administrador Apostólico de la diócesis de Manila concedió a las Hermanas en 1902 que pudieran acudir todas a Manila desde sus diferentes misiones para elegir a su Madre General. Ese mismo año fue elegida la Madre María Ifigenia Alvarez, una nativa de Ermita, la primera Madre General elegida en Capítulo General. Con la nueva Madre General empezó una época de expansión y progreso. Se abrieron muchas casas por lo que había una gran demanda de hermanas que pudieran enseñar. La Madre Ifigenia, con gran perspicacia animó a las Hermanas a cursar estudios superiores en la Universidad de Santo Tomás en Manila para que estuvieran mejor preparadas para la tarea que les estaba esperando. Durante su administración se abrieron diez casas, escuelas y dormitorios. Otras más pequeñas se fundieron pero debido a circunstancias adversas hubieron de cerrarse más tarde. En 1938, la madre Efigenia, que tenía 80 años entonces y llevaba siendo Madre General 30 años (después de cuatro reelecciones) solicitó un permiso especial para ser relevada de su cargo aunque no hubiese expirado el período para el que fue elegida. Su petición fue aceptada y en julio de 1938 fue elegida la Madre Andrea Montejo para sucederle. Actualmente continúa su andadura en la Congregación de Religiosas de la Virgen María.
contexto
Un nuevo beaterio fue fundado en 1750 por la Madre Paula de la Santísima Trinidad, una terciaria dominica que había llegado a Manila un año antes. Era una casa de recogimiento y de enseñanza de niñas jóvenes y pobres, tanto indias como otras castas. Se estableció sin la previa autorización real, que se conseguiría más tarde. En 1768 recibían instrucción ciento ochenta niñas en la doctrina cristiana, la lengua castellana y "los oficios propios de su sexo". Todo bajo la dirección de la madre Paula, que consiguió además un número importante de limosnas tanto en las islas como en Nueva España. La Real Cédula de 2 de julio de 1773 disponía el mantenimiento de la casa de recogimiento tal como había sido fundada y prohibía que se aumentara el número de niñas recogidas. Otra cédula de 22 de septiembre de 1779 autorizaba la permanencia del beaterio hasta el fallecimiento de la madre Paula puesto que no era gravoso para la sociedad filipina, pero una vez que ésta muriera el beaterio debería disolverse fundiéndose con alguna de las otras fundaciones de naturaleza similar existentes en Manila. Prohibía de nuevo aumentar el número de las recogidas. Un año después fallecía la fundadora y se planteaba el problema de la disolución. El testamento de la madre Paula había dejado precisas instrucciones sobre el beaterio. Dejaba como encargada de la educación y de cumplir las contratas con los padres de las niñas a Ignacia de Guzmán de la Santísima Trinidad, que ya llevaba asumiendo estas funciones desde la enfermedad de la fundadora. A ella le encomendaba encarecidamente que realizase las gestiones necesarias para garantizar la continuidad de la fundación. Su mantenimiento estaba asegurado por las limosnas de los bienhechores y por los trabajos que realizaban las niñas, nombradas herederas de todos sus bienes por la madre Paula. Ante la situación la Audiencia optó por mantener el beaterio bajo la administración de la maestra señalada. La Real Cédula del 13 de agosto de 1784 aprobaba el beaterio con carácter definitivo. Sería aprovechada por la hermana Ignacia de Guzmán para solicitar ayudas para el sostenimiento de la casa de enseñanza y para la manutención de las educandas. El Tribunal del Consulado de Manila acordó por unanimidad en su Junta General de 21 de mayo de 1787 conceder una ayuda de 200 pesos anuales sobre la caja de los fondos de los derechos de avería. Esta medida fue aprobada por el gobernador el 25 de mayo de 1787 a la vez que se informaba al rey. La bonanza económica de la ciudad permitía a la sociedad pudiente de Manila dar estas muestras de generosidad. En el siglo XIX las Hermanas de la Caridad tomaron la dirección del centro. También lo hicieron respecto a una nueva institución para la educación de niñas que se formó en 1866, el Colegio de la Concordia, en la calle de su mismo nombre y que contó con una importante donación particular.