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Rubens se va afianzando durante la década de 1620 como el mejor pintor de Europa. Le llueven los encargos tanto de las cortes como de los particulares. En este caso se trata de una obra destinada al palacio de los duques del Infantado en Madrid.Aquiles cabalga sobre el centauro Quirón, al que se le conocía por su bondad y sabiduría, hasta llegar a ser el educador de todos los hijos de los héroes. La escena se encuadra por dos cariátides que representan a Esculapio y Terpsicore, simbolizando la salud y la cultura, respectivamente. Al fondo encontramos un paisaje en el que se insertan perfectamente las figuras, iluminadas con un fuerte haz de luz. La posición del centauro recuerda a las esculturas helenísticas que tanto motivaban la imaginación del maestro. El rico colorido marca la composición, junto a las diagonales tan típicas del Barroco.
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El duque de Urbino, Federico II Gonzaga, encargó a Correggio dos obras de temática mitológica donde el desnudo se convertía en el principal protagonista: Venus, el Amor y un sátiro y esta Educación de Eros que contemplamos. Hijo de Venus y Marte, en la educación de Eros-Cupido colaboró Mercurio, el dios de la elocuencia, el comercio y los ladrones. Mercurio aparece aquí sentado, enseñando a leer al pequeño Eros en cuya espalda contemplamos unas alitas coloreadas. Venus, en pie, dirige su mirada al espectador, sujetando con su mano izquierda un arco que su hijo utilizará para lanzar las flechas del Amor. Los desnudos muestran la suavidad y dulzura del estilo de Allegri, utilizando un atractivo claroscuro inspirado en Leonardo para dotar de mayor intensidad al episodio. La narración de la historia está perfectamente interpretada, destacando los gestos de los diferentes dioses y la calidad aterciopelada de sus carnes. Las figuras se ubican ante un fondo vegetal dominado por la oscuridad, manifestándose unos pronunciados escorzos en sus posturas que anticipan el estilo barroco que más tarde apreciaremos en Rubens.
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El tema de la educación de María provocó discusiones en los círculos intelectuales de la Sevilla del siglo XVII. Tras el cisma protestante, los pintores recibieron normas desde la Iglesia para tratar los temas más fundamentales de la doctrina católica de tal manera que resultaran fácilmente comprensibles para el vulgo iletrado. De este modo, la Virgen, cuya inmaculada concepción fue puesta en duda por los protestantes, pasó a ser uno de los temas más queridos por los fieles. Por ello proliferaron escenas de su vida, como el capítulo referente a su educación. Pero esto creaba problemas como el de la perfección de María, que no hubiera necesitado aprender nada. Sin embargo, el éxito de una escena que muestra a la madre de María, Santa Ana, enseñando a leer a su joven hija, fue grande entre los clientes que encargaban y compraban pintura. Precisamente a propósito de este cuadro de Roelas, el teórico Pacheco hizo un comentario en contra de lo apropiado del asunto. Sin embargo, el cuadro se conservó gracias a lo querido del episodio y a la calidad técnica de su autor. Los rasgos intimistas, como los objetos cotidianos que rodean a las mujeres, lo hacían muy cercano a los espectadores de la época, por lo que se siguió pintando en este estilo.
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El asunto iconográfico de la Educación de la Virgen empieza en el siglo XV pero en el Barroco alcanzará gran popularidad. Cano, como otros artistas de su generación, lo trata en alguna ocasión. La Virgen ocupa la zona derecha de la composición, recortando la infantil figura ante un amplio cielo. En la zona opuesta se halla santa Isabel, cubierta la cabeza con una toca e inclinándose para sostener el libro en su regazo. El aspecto naturalista de esta zona contrasta con el amplio cortinaje rojo que cubre la zona superior del lienzo, cortinaje que es abierto por dos angelitos en posturas escorzadas. Las tonalidades brillantes y el efecto atmosférico conseguido por el maestro indican su admiración por la escuela veneciana, especialmente por Veronés y Tiziano.
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Para exaltar las glorias de su vida y de su regencia, la reina madre de Francia María de Medicis encargó a Rubens una serie de lienzos que decoraran el Palacio del Luxemburgo en París. El encargo también incluía una serie dedicada a exaltar al esposo de María, Enrique IV, que no se llegó a completar al ser exiliada la reina en 1631 por su hijo Luis XIII.Para la elaboración de los 25 lienzos que constituyen la serie, el maestro flamenco empleó figuras alegóricas inspiradas en la mitología clásica, combinadas con símbolos cristianos. No todos los cuadros salieron de los pinceles del maestro, considerando los expertos que en esta tela que observamos apenas intervino el maestro, quedando su ejecución en manos de los miembros del taller, siempre considerando que los bocetos en los que se fijaba la composición general sí eran obra de Rubens.La Educación de María de Medicis es la tercera tela de la serie y en ella se muestra a la diosa Minerva enseñando lectura a la joven y futura reina; Apolo será el encargado de enseñarla música, mientras que Mercurio- que parece en una escorzada postura en la parte central del lienzo- debe instruir a María el arte de la elocuencia. Las Tres Gracias ofrecen su belleza a la pequeña María, ataviada elegantemente como corresponde a una muchacha de su rango. Sobre el suelo encontramos un instrumento musical, un escudo y una paleta con sus pinceles, las artes liberales que la reina debe ayudar a su florecimiento, dejando la guerra de lado -de ahí el escudo caído-. El grupo formado por María y Minerva recuerda la iconografía de la educación de la Virgen, muy habitual en la pintura barroca.Las diferentes figuras están bañadas por una dorada iluminación que crea contrastes lumínicos y acentúa las brillantes tonalidades, especialmente los rojos, en sintonía con la escuela veneciana. La felicidad de la Regencia de María de Medicis y el Encuentro de María de Medicis y Enrique IV también forman parte de la serie.
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Entre el año 1986 y el 1996, la población universitaria en España ha conocido el extraordinario aumento de un 70%. Si los universitarios de hace medio siglo representaban una parte mínima de su generación, en el año 2000, prácticamente el 30% de los jóvenes españoles de entre 30 y 34 años poseía un título de educación superior. Posteriormente, ha ido ralentizándose, e incluso se aprecia una progresiva reducción en el número de alumnos universitarios a partir del curso 2000-2001. Gráfico
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Una buena educación fue privilegio de unos pocos. La analfabetización estaba presente en gruesas capas de la población, sobre todo los grupos rurales, los oficios manuales y las mujeres, aunque fueran nobles. La enseñanza comenzaba a los cinco o seis o a partir de la primera comunión, cuando el niño aprendía a leer y escribir, hacer algunas operaciones matemáticas y repetir de memoria partes del catecismo. Naturalmente, esto no estaba al alcance de todos los niños. La opción más deseada, aunque la menos común, era contratar un tutor que se alojara en la casa y que enseñara a los niños de modo particular. La alternativa eran los "maestros de primeras letras", una enseñanza privada fuera de la casa que resultaba insuficiente por el alto número de niños que tenían a su cargo, lo que generaba una baja calidad de la enseñanza y problemas de indisciplina. Además, era una educación cara -si bien se aceptaban alumnos pobres ("de limosna")-, por lo que apenas podía ser adquirida por una mínima parte de la población. La educación secundaria la desempeñaban las Escuelas de Gramática. La base de la enseñanza era el latín, y sobre este idioma se impartían Geografía, Historia, Matemática, Filosofía o retórica. El acceso a esta educación fue muy generalizado entre las clases menos privilegiadas, siendo muy alto el número de Escuelas hasta que los arbitristas las criticaron, considerando que la educación era inútil para la juventud y les alejaba de producir y trabajar. En consecuencia, fueron limitadas por Felipe IV, lo que supuso una merma del desarrollo cultural de la población a partir de entonces. En estos centros, la educación abarcaba hasta los diecisiete años, y una vez concluida facultaba al alumno para entrar en la Universidad o la Iglesia. Las clases nobles desconfiaban de la enseñanza popular e implantaron sus propios sistemas de enseñanza, más restringidos y elitistas. La primera opción era contratar a un tutor, que educara al joven en los principios del saber, la educación y la moralidad. Otra posibilidad fueron los Colegios para nobles, como el Colegio Especial de Reales Estudios de San Isidro, que respondieron a los diferentes intentos por parte de los monarcas para formar a una clase dirigente que consideraban deficientemente preparada. Sin embargo, estos intentos fracasaron por el excesivo elitismo de los nobles, que no querían que sus hijos recibieran educación en clases compartidas con más alumnos. Los alumnos más cualificados salieron de los colegios de los jesuitas, en virtud de una preparación rigurosa y sumamente disciplinada, que obligaba a hablar únicamente en latín y dedicaba al estudio prácticamente la totalidad del año, en régimen de internado. El éxito de los colegios de jesuitas se basó también en la ausencia de competencia por parte de las escuelas municipales, carentes de medios adecuados y excesivamente masificadas. El programa educativo tendía a realizar una rigurosa selección de los mejores alumnos, lo que promovía la competitividad entre ellos. El prestigio de los colegios les hizo crecer en número permanentemente. El último escalón de la enseñanza era el universitario. A las viejas universidades medievales de Salamanca, Valladolid o Lérida se sumaron ahora nuevos centros como Alcalá, Valencia, Barcelona o México. Sus alumnos licenciados nutrían la administración, lo que era salida natural para los hijos segundones y fue motivo de los sucesivos intentos de control por parte de la monarquía. Ésta intervino tanto en el proceso de ingreso en los estudios universitarios -limitando la expansión de las escuelas de secundaria- como en la ocupación de cargos académicos, controlando las cátedras. En la Universidad se estudiaban hasta nueve horas al día, durante todo el año excepto una semana de vacaciones en Navidad, otra en Semana Santa y veinte días de fiestas religiosas. En verano había un mes de vacaciones, excepto para los estudiantes de Gramática. La enseñanza se impartía en latín y la vida académica estaba ceñida por numerosas normas y una rigurosa disciplina. De las universidades salieron alumnos destacados, como san Ignacio de Loyola, Domingo de Soto o Martín de Azpilicueta (Alcalá), Nebrija, fray Luis de León, fray Bernardino de Sahagún, Calderón de la Barca, Cervantes y Hernán Cortés (Salamanca). En esta misma Universidad enseñaron fray Luis de León, Vitoria, Soto, o Azpilicueta, entre otros. La influencia de la Universidad sobre la sociedad de la época fue escasa. Anclada en gremialismos y con una concepción conservadora del saber, la Universidad servía para nutrir de funcionarios a la Administración y mantener y reproducir los valores institucionalizados. La imprenta, por otro lado, multiplicó el número de títulos y ejemplares puestos en circulación, antes restringidos a determinados ámbitos básicamente monacales. Sin embargo, no supuso un aumento en el número de lectores, por cuanto, como hemos visto, la educación, aun la más básica, estaba restringida a unos pocos.
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Niños y niñas eran educados de manera diferente en Babilonia en función del sexo. Puesto que el destino de la mujer era el matrimonio o servir como sacerdotisa, su educación estaba marcada por ambos caminos. Si elegía el primero, se la educaba en las labores del hogar y el respeto al marido y al padre de éste, continuando con la sumisión debida a su propio padre. Si se decidía que fuera sacerdotisa, ingresaba en el templo y comenzaba una carrera en la que podía alcanzar varios rangos, hasta llegar a ser sacerdotisa de Marduk, el más alto lugar de la jerarquía. Los niños también podían ingresar en el templo. En cualquier caso eran educados en la máxima rigidez y disciplina, sufriendo fuertes castigos corporales si desobedecían a su padre o maestros. Existían escuelas a las cuales las familias adineradas enviaban a sus hijos. En éstas (bit tuppi o "Casa de la tablilla") se enseñaban los rudimentos básicos de escritura, lectura y cálculo, además de alguna lengua como arameo, hitita, griego, egipcio, etc., según la época. Algunas escuelas estaban dirigidas por profesores libres, acogiendo a alumnos en sus casas. Acabado el periodo de estudio, que duraba largos años, el joven se podía hacer escriba (tpsharrum), trabajar como funcionario o desarrollar un oficio.