Runge realizó esta obra dos años antes de que Friedrich concluyera su Altar de Tetschen. Ambas suponen un punto clave en la renovación del arte religioso, aunque en diferente medida: si Runge limita los aspectos puramente románticos al tratamiento del color, según su propia teoría, Friedrich romperá con los temas y la iconografía tradicional en todos sus aspectos, otorgando la primacía al propio paisaje. Runge ejecutó esta obra para la Marienkirche de Greifswald, la ciudad natal de Friedrich. El tema es tradicional y procede del Evangelio de San Mateo: recién nacido Jesús, un ángel advierte a su padre José que el rey Herodes busca al niño para matarlo; por ello, deben huir a Egipto y esperar allí a la muerte del tirano. De este modo, José y la Virgen María se dirigen con Jesús a Egipto para escapar al terrible propósito de Herodes. El asunto había sido tratado con profusión desde el Renacimiento. Compositivamente, Runge se basa en este tratamiento tradicional. Cristo niño es el centro focal, así como el eje de toda la simbología. Las figuras mantienen su importancia habitual, e incluso sus gestos y disposición se acercan a un cierto Manierismo. Sin embargo, el valor de la luz y el color, así como el contenido simbólico, son típicamente románticos. Runge, en su tratado "La esfera de los colores", de 1810, distinguió en las gradaciones cromáticas los colore transparentes de los opacos; esta cualidad viene determinada por su tendencia a la luz o la oscuridad. Aprovechó esta distinción para reforzar el contenido poético empleando colores "opacos" para las figuras en primer término y colores "transparentes" para el fondo paisajístico. De este modo, la naturaleza se ve iluminada por un nuevo amanecer, asociado al nacimiento de Cristo Salvador. Por su parte, la alegoría del renacimiento de la Humanidad se completa con el mágico florecimiento del árbol, sobre el que aparecen dos ángeles. De esta manera, Runge se aproxima a Friedrich en dos conceptos: la composición dualista y la asimilación alegórica de los ciclos de la Naturaleza (día-noche, por ejemplo) con la presencia de Dios en su Creación y los estados espiritual y vital.
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La reina consorte Enriqueta María encargó a Van Dyck una serie de cuadros de temática religiosa entre los que se incluía un Descanso en la huída a Egipto; algunos especialistas consideran que se trata del lienzo que guarda la Galleria Palatina di Palazzo Pitti de Florencia. Las numerosas copias y grabados realizadas de esta composición indican que tuvo una alta estima en su tiempo. El pintor flamenco ha utilizado como fuente directa la Ofrenda a Venus de Tiziano para el paisaje del fondo y los angelitos mientras que Rubens sería el maestro en el que inspiró para la Sagrada Familia, situada bajo un árbol como en el Descanso en la huída a Egipto que conserva el Museo del Prado. Las tonalidades brillantes y la iluminación también corresponden a la escuela veneciana, en sintonía con las escenas mitológicas pintadas por Van Dyck. Las figuras principales se desplazan a la izquierda de la composición, ocupando el resto de la escena con angelitos que parece distraer a la Sagrada Familia ya que uno de los grupos baila mientras que el del cielo canta al son de flautas.
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Este cuadro desmiente la imagen de Zurbarán como pintor oscuro de frailes y mártires. En este lienzo se demuestra que puede llegar a ser un maestro de la luz y el color, así como del intimismo y la vida cotidiana. El episodio que recoge trata de la huida de la Sagrada Familia a Egipto, tras el sueño de San José en el que un ángel le advierte de la matanza programada por Herodes sobre los hijos varones de los judíos. El momento elegido era muy común en la pintura: los padres hacen un descanso en el camino para alimentar al niño. María y José aparecen como unos jóvenes padres que se inclinan solícitos sobre el bebé amamantado. La iconografía de José como hombre joven y fuerte era relativamente reciente, frente a la tradicional imagen del San José viejo y secundario. Aquí su presencia es tan importante como la de María, y su papel es el de protector de Jesús. Los personajes están representados en un pequeño espacio con habilidad, inclinados los cuerpos y centrada la atención sobre el niño. La luz es suave, dorada y en los rostros se aprecia la aplicación del sfumato, una técnica que difumina suavemente los contornos y que Zurbarán incluye en sus lienzos de última época, cuando su estilo se hace más blando y dulce que en épocas anteriores.
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Con otras cinco lunetos sobre la Vida de la Virgen, este lienzo decoraba la capilla del palacio Aldobrandini, de Roma. Su atribución, como la de La Deposición, es aceptada por toda la crítica. Por contra, aún sigue abierta la discusión en torno a la autoría de los restantes lunetos, que suelen asignarse a Domenichino y Albani. Sea lo que fuere, esta obra abrió el camino al gran paisaje heroico del Seiscientos europeo, representado en Roma por los franceses Poussin y Lorrain.
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La gran aportación de Giorgione a la pintura renacentista será la perfecta integración de las figuras en el paisaje. Esta interesante novedad será tratada también por el joven Tiziano como podemos observar en esta pequeña tabla donde nos presenta un sensacional paisaje tras las figuras sagradas, que se ubican en el primer plano de la composición. La monumental Virgen ocupa el centro de la escena, vistiendo túnica roja y manto azul, cobijando entre sus brazos al Niño. En la izquierda San José contempla la maternal escena, quedando en una zona de penumbra. La composición se organiza de forma similar al Noli me tangere de la National Gallery de Londres al situar un árbol para dividir la escena en dos. Los gestos de las figuras recuerdan a los frescos de la Scuola de San Antonio en Padua. La influencia de Giovanni Bellini se manifiesta en la brillantez de los colores, demostrando Tiziano en estos primeros momentos una interesante asimilación de lo aprendido con sus dos maestros, estilos que se manifiestan complementarios.
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Cuando Gerard David pintó este Descanso en la huida a Egipto, la pintura flamenca había recibido la influencia del Renacimiento italiano, así como los artistas del Cinquecento habían conocido las obras cumbres del arte flamenco. David realiza una escena que demuestra el conocimiento del paisaje y la composición del norte de Italia. La Virgen se sienta en un paisaje rocoso, con un hermoso paisaje en la lejanía, que azulea y parece lleno de bruma. Este efecto de atmósfera fue desarrollado por los italiano, en especial por Leonardo da Vinci. Sin embargo, la base del estilo de David es típicamente flamenca: las vestiduras caen en pesados pliegues que se doblan angulosamente, aunque con una mayor naturalidad y sentido del volumen. La escena está impregnada de una espontaneidad y una verosimilitud que sólo los pintores flamencos conseguían dar a sus óleos. Todos los elementos están sacados de la vida diaria de una familia neerlandesa: la cesta donde María lleva los efectos personales, las uvas que le da de comer al Niño... y sin embargo, todo tiene una segunda lectura, puesto que las uvas son el símbolo de la Eucaristía, el ritual que recuerda la muerte de Jesús en la cruz. El costumbrismo continúa al fondo, donde vemos a José vareando un nogal para conseguir algo de comida para su familia. El efecto general es de apacibilidad y normalidad absoluta.
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El pintor valenciano Fernando Llanos es, junto a Yáñez el principal representante de la corriente renacentista en Valencia. Esta tabla es una de las doce que realizó junto a Fernando Yáñez para el retablo del altar mayor de la catedral valenciana, dedicadas todas ellas a episodios de la vida de la Virgen. A pesar de que existan numerosas dificultades para determinar la autoría de cada una de las pinturas, la crítica coincide unánimemente en atribuir este Descanso en la huida a Egipto a Llanos. El Tránsito y Asunción de la Virgen es su compañero.
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Joachim Patinir realizó cuadros maravillosos de formato amplio sobre paisajes abiertos, azules y verdes, como el que enmarca a esta Virgen en el Descanso durante la huida a Egipto, motivada por las matanzas de inocentes ordenadas por Herodes. Patinir mezcla dos tipos: por un lado la Madonna, típicamente construida sobre un sólido esquema piramidal, y por otro, el paisaje que él solía llevar a cabo como cuadros independientes o como colaboraciones en cuadros de otros pintores. Patinir así mismo se nos muestra ligado a la obra de El Bosco y Brueghel, sus coetáneos. La imagen presentada se puebla de figuritas y labores del campo, que dan un aire cotidiano a la escena bíblica. A la izquierda aparece una ciudad de arquitecturas fantásticas, según el exotismo que se entendía en el siglo XVI, con un templo circular con escalinatas. De allí viene San José, que trae un recipiente con leche para su familia. El formato es marcadamente horizontal, centrado por la figura a gran tamaño de la Virgen, que protagoniza la escena. El paisaje y el cielo azul transmiten una impresión de serenidad muy apropiada para el tema.
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El motivo religioso lo transforma Baldung Grien en una escena amable y doméstica insertada en un paisaje primaveral. A pesar de contar en su producción artística con muchas escenas de carácter religioso, este pintor, alumno de Durero, seguirá, unos años después, las doctrinas de Lutero dejando a un lado las escenas sagradas para realizar temas moralizantes, alegóricos y de brujería.
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Hacia 1517 Correggio recibió el encargo de un gran cuadro de altar destinado a la capilla Munari de la iglesia de San Francisco en su pueblo natal, Correggio, de donde le viene el nombre al pintor. Su estilo está madurando aunque aun encontremos influencias de Leonardo como el potente claroscuro y la blandura de las figuras, añadiendo de su lenguaje personal los primeros escorzos y el ambiente de empalagosa suavidad que los críticos del siglo XVIII denominaron "morbidezza". La influencia del Manierismo ya está presente en este trabajo presidido por la Virgen con el Niño en brazos, acompañada de san José y san Francisco, una licencia curiosa tratándose de una temática concreta que vendría determinada por el lugar a donde se dirigía la tabla. La oscuridad de la noche envuelve el espacio donde se desarrolla la composición, creando un atractivo juego de luces y sombras con el foco que procede de la derecha e impacta en María, resaltando su túnica blanquecina y su manto azulado.