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Durante la Gran Depresión México estaba dominado por Calles y el recién creado Partido Nacional Revolucionario (PNR), que le permitía al Jefe Máximo ejercer el poder sin ocupar la presidencia. En 1933 se planteó la sucesión de Abelardo Rodríguez, y tras algunos movimientos internos el general Lázaro Cárdenas, que ocupaba la secretaría de Guerra, fue elegido candidato oficial. La fama honesta y progresista del candidato, junto con su campaña política, presagiaban un giro radical en la forma de gobernar el país. El primer gabinete de Cárdenas estuvo dominado por hombres de Calles, pero el presidente tomó ciertas medidas opuestas a las directrices callistas, apoyándose en algunos caudillos campesinos provinciales y en el movimiento obrero, insatisfechos con el Jefe Máximo. Ante los ataques de Calles, Vicente Lombardo Toledano, el principal dirigente del movimiento obrero, creó el Comité Nacional de Defensa Proletaria en apoyo del presidente. El enfrentamiento entre Calles y Cárdenas se agudizó, pero la victoria presidencial acabó con el maximato y Calles tuvo que marcharse a Estados Unidos en 1935. El programa de reformas se desarrolló plenamente hasta 1938 gracias a la decisión de Cárdenas y al importante respaldo popular logrado. El apoyo se canalizó a través de la Confederación Nacional Campesina (CNC) y de la Confederación de Trabajadores Mexicanos (CTM), que reemplazó a la Confederación Regional de Obreros Mexicanos (CROM). Lorenzo Meyer señala que el apoyo a los obreros, la reforma agraria, la creación de organizaciones populares, el énfasis en una educación de corte socialista basada en el materialismo histórico contribuyeron por primera vez en la historia revolucionaria a dar contenido a las consignas favorables a la construcción de una democracia de trabajadores. Según los planteos reformistas, la modernización del país sería posible mediante la creación de nuevas unidades agrarias y del impulso de una industria descentralizada. La reforma agraria afectó en cuatro años a casi veinte millones de hectáreas y supuso el reemplazo de numerosas haciendas por ejidos comunitarios. Pero como la reforma afectó a grandes propietarios extranjeros las relaciones internacionales mexicanas, especialmente con los Estados Unidos y las principales potencias europeas, comenzaron a deteriorarse. La situación internacional de México quedó todavía más afectada por la nacionalización de las explotaciones petroleras. Ante el apoyo gubernamental a las reivindicaciones gremiales, las empresas interrumpieron la explotación. La respuesta del gobierno fue contundente: primero requisó los pozos y luego los nacionalizó. Gran Bretaña rompió relaciones con México, los Estados Unidos suspendieron las compras de plata mexicana y las compañías petroleras afectadas establecieron un estricto boicot a su producción, impidiendo el abastecimiento a los clientes tradicionales. Alemania y Japón ávidos de productos energéticos se ofrecieron como mercados alternativos. Cárdenas explotó hábilmente el nacionalismo mexicano e hizo del petróleo un tema prioritario y de orgullo nacional. Poco después de la expropiación petrolera el oficialismo se reorganizó en el Partido de la Revolución Mexicana (PRM), creado en reemplazo del PNR. El PRM estaba formado por los sectores que apoyaban a Cárdenas y tenía una base semicorporativa; lo integraban la CTM y algunos sindicatos independientes, la CNC y los militares. La inclusión del ejército neutralizó el desarrollo de una importante fracción anticardenista que se estaba formando entre la oficialidad. La creación del PRM fue un paso más en la eliminación del poder de los caciques locales y en la centralización del poder, todo bajo el férreo control del presidente. El descontento creado por algunas reformas aumentó en la población y la candidatura opositora del general Juan Andreu Almazán para las elecciones presidenciales aumentó su respaldo popular. Cárdenas se convenció de la inconveniencia de profundizar en las reformas si quería que el pueblo siguiera apoyando la obra del gobierno y designó como candidato al también general Manuel Ávila Camacho, su ministro de Guerra. A partir del gobierno de Ávila Camacho se abandonaron los proyectos de reforma social y política y el gobierno apostó por propiciar el desarrollo económico a fin de cambiar en poco tiempo la estructura del país. La izquierda política y sindical fue desalojada definitivamente de sus posiciones cuando el mediocre Fidel Velázquez se hizo con el control de la CTM, en lugar de Vicente Lombardo Toledano. El siguiente sexenio inició el período postrevolucionario con el presidente Miguel Alemán, un político que ni provenía del Ejército ni había participado en la revolución. El PRM se convirtió en el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y al perder su rama militar pudo apartar al Ejército de la esfera del poder, algo infrecuente en América Latina, y uno de los elementos estabilizadores del sistema mexicano. Alemán apostó por el desarrollo económico y la industrialización, basada en la gran empresa privada. La actividad económica de su gobierno fue notable y no sólo la industria creció a tasas elevadas, sino también la agricultura, que lo hizo a una velocidad mayor. En parte, el crecimiento se financió con inflación, generando un gran descontento en los sectores urbanos, alarmados por el avance de la corrupción, que se había convertido en un poderoso mecanismo de cooptación política y de formación de la elite gobernante. El excedente de la población rural migraba hacia el distrito federal, que sufría un crecimiento demográfico sin precedentes y daría lugar a la mayor concentración urbana del mundo. En 1952 Adolfo Ruiz Cortines fue elegido presidente, bajo la consigna del "desarrollo estabilizador". El gobierno intentó eliminar la corrupción y modificar la política financiera de Alemán. Para ello devaluó drásticamente el peso mexicano, favoreciendo al sector exportador, a la industria y al turismo. Su sucesor, en 1958, fue Adolfo López Mateos, que imprimió un nuevo giro a la política mexicana y pareció que las reivindicaciones de justicia social volvían a tener un sitio destacado en la labor gubernamental. Pero ello no significaba que el gobierno estuviera dispuesto a tolerar la conflictividad social. La huelga ferroviaria impulsada por el Partido Comunista fue duramente reprimida y sus responsables severamente castigados por una justicia poco independiente del poder político.
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Como indicamos anteriormente, contra la actitud positivista acrítica predominante desde mediados de siglo, aproximadamente, surgió una reacción que en los años noventa comenzó a adquirir peso en el ambiente intelectual europeo. Esta reacción supuso un cambio tan radical en la forma de pensar acerca del hombre y la sociedad que, por su profundidad y repercusiones, ha sido comparado con la revolución mental que tuvo lugar en Europa en el siglo XVI. H. Stuart Hughes ha señalado la dificultad de dar un nombre a esta nueva orientación del pensamiento. Denominaciones como neorromanticismo, irracionalismo, o antiintelectualismo son sólo parcialmente válidas; adecuadas en cuanto expresan la vuelta a la imaginación, o el desprecio por el razonamiento abstracto, alejado de la realidad; pero equivocadas en la medida que sugieren un distanciamiento del pensamiento ilustrado -de la corriente racionalista del pensamiento europeo- mucho mayor de lo que fue en realidad. Junto a otras cosas, el nuevo pensamiento tenía también una considerable dosis de abstracción, al mismo tiempo que contenía abundantes elementos críticos; sus impulsores, "lejos de ser " irracionalistas" se esforzaban por reivindicar los derechos de la investigación racional. Alarmados por la amenaza de un determinismo férreo, buscaron restituir a la mente libremente especulativa la dignidad de que había gozado un siglo antes". Entre los elementos afirmativos que caracterizan la nueva corriente, el mismo Hughes señala el interés por los problemas de la conciencia, y la motivación inconsciente, junto con el significado del tiempo y la duración en la vida humana, una nueva teoría del conocimiento en relación con las ciencias humanas o del espíritu, y una forma más realista de analizar la política, interesada no en las formulaciones teóricas, los mitos y las apariencias, sino en el ejercicio del poder, las elites y los partidos. En definitiva, se pasó del estudio de lo evidente y objetivamente observable -cuya superficialidad e insuficiencia les parecían manifiestas- a otras esferas, íntimamente relacionadas con lo subjetivo, que requerían nuevos instrumentos de análisis. Son muchos los protagonistas de este viraje del pensamiento europeo, cuyo antecedente próximo es el romanticismo de comienzos del siglo XIX. Entre ellos, por su carácter pionero, es preciso señalar a Nietzsche, Durkheim y Freud. Los dos últimos continuaron trabajando y desarrollando su pensamiento en las primeras décadas del siglo XX, pero en su obra de finales del siglo XIX está ya el núcleo de lo que será su principal contribución a la historia intelectual europea. La revisión critica del marxismo, llevada a cabo por Bernstein, es también profundamente representativa de la nueva orientación intelectual. Friedrich Nietzsche fue el más importante e influyente crítico de la racionalidad y de la modernidad. Su principal fuente de inspiración fue el pensamiento de Schopenhauer -"bajo el intelecto consciente se encuentra la voluntad consciente o inconsciente, una fuera vital esforzada y persistente, una actividad espontánea"-, quien jugó un papel semejante en la biografía intelectual de Nietzsche al que Hegel había jugado en la de Marx. La realidad más profunda, aprendió Nietzsche de Schopenhauer, era una fuerza, un instinto oscuro e irracional, que impulsaba a vivir. Sin embargo, las conclusiones del vitalista Nietszche fueron radicalmente distintas de las del pesimista Schopenhauer. Éste, muy influido por filosofías orientales, pensaba que el espíritu del mundo engañaba a los hombres para que lucharan, y que el filósofo, el hombre sabio y consciente, debía controlar ese instinto, reprimiendo el deseo y renunciando al juego de la vida. Por el contrario, para Nietzsche, lo que el hombre debía hacer era seguir, dejarse llevar por ese instinto. Su obra más importante, el poema filosófico Así habló Zaratustra (1883) -compuesto cuando contaba treinta y nueve años, cinco antes del último año lúcido de su vida- es una incitación apasionada a la búsqueda individual de los valores y el sentido de la vida. "Muertos están todos los dioses: ahora queremos que viva el superhombre". La causa principal de la decadencia tanto del hombre como de la sociedad, de la "aburrida mediocridad" presente, radicaba, sobre todo, según Nietzsche, en el desarrollo desmesurado de la razón a costa de la creatividad, que sólo tiene lugar con la espontaneidad del instinto o de la voluntad. El origen de la actitud racional predominante en la cultura occidental -afirmaría en su primera obra, El nacimiento de la tragedia (1872)- estaba en Sócrates, a quien cabía atribuir todos los males y no todos los bienes de la civilización europea, como habitualmente se afirmaba. Rechazó el cristianismo -"una religión de esclavos que niega la vida"- y la moral tradicional -"la especie más perniciosa de la ignorancia"-. Nietzsche fue igualmente un crítico de la modernidad por todo aquello que valoró positivamente -la voluntad de poder, la alta cultura y la aristocracia- y por aquello que combatió -la burguesía, la nivelación política, social y cultural, y sus principales consecuencias, la democracia y el nacionalismo-. La voluntad de poder no era cuestión de mera fuerza bruta: de hecho consideraba las aspiraciones y los logros de artistas y filósofos como quintaesencia de ese impulso. Como ha señalado Arno Mayer, la visión del mundo de Nietzsche era socialdarwinista "de una forma. pesimista y brutal" porque, aunque rechazaba los sueños progresivos de la teoría evolucionista, consideraba el mundo como el escenario de un combate permanente, no sólo por la mera supervivencia, sino por la dominación creadora, la explotación y el sometimiento. Su admiración por la aristocracia le llevó a ensalzar al mismo tiempo la estética de la cultura aristocrática y la brutalidad de la política aristocrática de fuerza. Sentía un hondo desprecio por el hombre común, y nunca aceptó los costos que representaba la ascensión de la burguesía, los "filisteos", de quienes se burlaba implacablemente: los "filisteos, incluidos los judíos, formaban el núcleo de una nueva elite que intentaba desesperadamente encubrir la vulgaridad de sus orígenes y su aspecto". Las concesiones que, a su juicio, Richard Wagner hizo en Bayreuth a la vulgaridad de los "filisteos", le llevaron a criticar y apartarse del compositor a quien antes había venerado. Contrario a la igualdad, criticó a Rousseau por haber infundido a la revolución "una moral y una doctrina de igualdad", que era "el más tóxico de los venenos". Con estos supuestos, es lógico que se manifestara contra la democracia, que representaba el "absurdo de los números y la superstición de las mayorías", y contra el socialismo que no tenía más virtud que la de mantener a los europeos viriles y belicosos. Su influencia política fue, intensa e, igual que ocurrió con Darwin, se ejerció en direcciones opuestas. El tono iconoclasta de su obra y la incitación a construir un mundo nuevo, despertó interés y simpatía por parte de la izquierda socialista y anarquista. Pero también, y de forma más duradera, la "derecha revolucionaria", se sintió atraída por el irracionalismo y el culto al heroísmo, contenidos especialmente en sus últimos escritos, los aforismos de La voluntad de poder, corregidos en sentido reaccionario por la hermana del filósofo. Hitler y los nazis le glorificaron posteriormente. Entre los escenarios de la vida intelectual europea de fin de siglo se ha destacado el lugar preeminente de Viena. El paso del "hombre racional" al "hombre psicológico", como Carl E. Schorske ha definido la coyuntura intelectual de los años 1890, encontró en la burguesía de la capital austríaca un perfecto caldo de cultivo. Allí la frustración política, el desplazamiento social, y una adaptación de la cultura estética y sensual aristocrática a los moldes individualistas y seculares burgueses, crearon un ambiente propicio para manifestaciones artísticas peculiares y para la introspección psicológica, para la Viena de Otto Wagner, Hugo von Hofmannsthal, Gustav Klimt, Oscar Kokoschka, Arnold Schönberg y Sigmund Freud. La influencia ejercida por Sigmund Freud en las ideas de su tiempo fue extraordinaria, con difícil parangón en la historia, por su profundidad, su extensión y la rapidez con que se produjo. Como ha escrito R. Wollheim, "contradijo, y en algunos casos invirtió completamente, las opiniones dominantes sobre muchos de los temas de la existencia y la cultura humanas, tanto las del especialista como las del hombre de la calle. Hizo que la. gente pensara en sus apetitos y en sus poderes intelectuales, en el conocimiento de uno mismo y de sus autoengaños, en los fines de la vida y en las profundas pasiones del hombre, y también en sus deslices más íntimos y triviales, de un modo que hubiera parecido a generaciones anteriores escandaloso y, al mismo tiempo, necio". Freud vislumbró los fundamentos de lo que habría de ser el psicoanálisis durante los años 1885-1886, que pasó en París, a poco de terminar sus estudios de medicina, trabajando con enfermos de histeria, a las órdenes del doctor Jean Martin Charcot. Allí comprendió que las ideas, y no ningún defecto orgánico, podían ser la causa de la enfermedad, y que las palabras, cuando el enfermo habla de sus síntomas, pueden ser un medio curativo. De vuelta en Viena, terminó de perfilar su teoría, trabajando en su consulta, durante la siguiente década. En principio parecía que el acontecimiento traumático, origen de la enfermedad, había tenido lugar siempre en la infancia, entre los seis y los ocho años, y que era de tipo sexual. De creer a sus pacientes, todos habrían sido objeto de abusos sexuales por sus padres. Freud no podía aceptar esto y orientó su investigación hacia la sexualidad infantil -una idea revolucionaria y tabú-. Llegó a la conclusión de que la causa de la enfermedad no eran los recuerdos, sino impulsos y deseos que estaban en el subconsciente, donde eran llevados por la represión. Ésta era, por tanto, la causa de la enfermedad: el subconsciente dominado por instintos sexuales reprimidos. La insistencia exclusiva en lo sexual provocó intensas críticas y la posterior separación de discípulos como A. Adler y C. Jung. Freud asumió de alguna forma estas críticas ocupándose, más adelante, de otros instintos, como el de la muerte. En otra fase de su investigación se ocupó no ya de lo reprimido, sino del agente represor, estableciendo una distinción entre el ello y el yo. Al final de su vida sus reflexiones se dirigieron más hacia la sociedad que hacia el individuo. Al considerar que a través de los sueños los hombres llegaban a realizar sus deseos reprimidos, Freud rechazó la idea, ampliamente aceptada en su época, sobre el carácter premonitorio de los sueños -es decir, su utilidad para conocer el futuro-. Por el contrario, afirmó su utilidad para conocer el pasado de un individuo, al ser "el verdadero camino para el conocimiento de las actividades inconscientes de la mente". Como ha escrito M. Biddiss, "Freud, igual que Darwin, a quien tanto admiraba, creó teorías susceptibles de una interpretación tosca (..) que parecen favorecer más la bestialidad que la dignidad del hombre. Precisamente por eso, es necesario subrayar que él nunca intentó reivindicar la irracionalidad (..) Estaba convencido, como Hume y Kant antes de él, que sólo después de desechar las ilusiones vanas y reconocer las necesarias limitaciones, el frágil pero indispensable instrumento de la razón podía ser usado y dignificado". En el campo de la sociología, Durkheim resulta representativo de la nueva orientación del pensamiento por el lugar central que lo subjetivo ocupa en toda su obra -y concretamente en sus primeras publicaciones: De la division du travail social (1893) y Les Regles de la méthode sociologique (1895)- tanto en lo relativo a la estructura social como al comportamiento individual; por la confianza en la posibilidad de mejorar nuestro conocimiento de la realidad, aunque destacara los límites de lo racional en la personalidad humana; y, finalmente, por su negación de la idea de progreso. Durkheim elaboró por primera vez el concepto de "psicología colectiva", destacando su importancia para la sociedad y para el individuo. La sociedad no es algo enteramente exterior al hombre, el escenario de la lucha por satisfacer unas necesidades personales cuyo origen es independiente del entorno social, como afirmaban los utilitaristas, representados en esta época especialmente por H. Spencer. Por el contrario, afirma Durkheim, la sociedad tiene una realidad sui generis, medio objetiva medio subjetiva, en la medida que es algo exterior al individuo pero que, al mismo tiempo, éste hace suya al interiorizar sus normas y valores fundamentales, condicionando así no sólo la forma de satisfacer sus necesidades personales, sino también la formulación de las mismas. Igualmente Durkheim se opuso a la creencia utilitarista en el carácter armónico de todos los intereses individuales, sosteniendo que la cohesión social, lejos de ser un hecho natural, es un producto histórico, cultural, dependiente del grado en que los individuos hacen suyos los valores en que el sistema social se fundamenta. En Le Suicide (1897) Durkheim aplicó su teoría al análisis del acto individual del suicidio, señalando la importancia de los factores sociales en el mismo y en particular de la "anomie", la anomía un concepto elaborado por él y fundamental desde entonces para la sociología, que Talcott Parsons define como "aquel estado de un sistema social que hace que una determinada clase de miembros considere que el esfuerzo para conseguir el éxito carece de sentido, no porque le falten facultades u oportunidades para alcanzar lo que se desea, sino porque no tienen una definición clara de lo que es deseable". De forma similar a Freud, Durkheim señaló la importancia de lo inconsciente en el comportamiento individual -en su caso, de lo inconsciente que proviene del sistema social, las normas y valores que son interiorizados por cada persona-. También señaló la importancia de los sentimientos, como la solidaridad, el egoísmo o el altruismo. Pero ello no equivalía a adoptar posiciones irracionalistas: lo irracional era una componente más de la sociedad y del hombre, pero era susceptible de conocimiento y de un cierto control. Por último, Durkheim afirmaba que el desarrollo material no suponía un aumento de la felicidad de la mayor parte de la gente, sino todo lo contrario; las tasas de suicidio de una sociedad aumentaban al mismo tiempo que su grado de crecimiento económico. Durkheim era un pesimista y un conservador que miraba atrás con cierta nostalgia, considerando que la disolución de los lazos sociales tradicionales, la libertad impuesta -el "hombre forzado a ser libre", según frase de Rousseau- era algo demasiado duro de soportar para muchos hombres y mujeres. La importancia intelectual de Eduard Bernstein no es, desde luego, comparable a la de Nietzsche, Freud o Durkheim. Su crítica del marxismo ortodoxo, sin embargo, refleja muy bien el nuevo estilo de la vida intelectual de los años 1890. Bernstein había sido editor, entre 1881 y 1890, del órgano oficial del partido socialdemócrata alemán, Der Sozialdemokrat (ilegal en Alemania desde la ley antisocialista de Bismarck) en Zurich y en Londres, ciudad donde vivió desde 1880 hasta su vuelta a Alemania en 1901. Había llegado al marxismo a mediados de los años setenta, especialmente por la influencia teórica de Engels, con quien más tarde habría de entablar una estrecha amistad en la capital británica, hasta el punto de llegar a ser nombrado albacea literario por éste. Entre 1896 y 1898, Bernstein publicó diversos artículos, e intervino en el congreso del partido de Stuttgart de este último año, exponiendo una serie de ideas recogidas de forma más amplia y sistemática en Los supuestos del socialismo y la tarea de la socialdemocracia (1899). En esta obra llevaba a cabo una crítica de la base teórica del marxismo y proponía un nuevo discurso para el partido socialdemócrata alemán. La tesis fundamental de Bernstein era que la revolución -la destrucción del capitalismo- no sólo no estaba próxima, sino que no era previsible, y ello por tres razones básicas: 1) porque la economía capitalista gozaba de buena salud, e iba superando crisis cada vez de menor entidad, debidas sobre todo a falta de información; 2) porque la lucha de clases en lugar de agravarse se iba mitigando, debido tanto a la mejora de las condiciones de vida de la clase trabajadora por el aumento de los salarios reales y por el efecto positivo de la política reformista llevada a cabo por el Estado- como a la falta de homogeneidad de las clases; y 3) porque el Estado no era un instrumento represivo en manos de los poderosos, sino que cada vez respondía más al interés general. En consecuencia, Bernstein proponía que el partido de los socialistas alemanes abandonara el discurso catastrofista, acorde con la ortodoxia marxista, y adoptara no ya una política de reformas socialistas y democráticas, porque de hecho, esa era la política que venía siguiendo, sino una teoría acorde con la misma. Lo más destacado de la obra de Bernstein, para nuestro propósito, es el abandono de la base materialista del marxismo y la vuelta a Kant que supone. Bernstein analizaba con una metodología marxista, si se quiere -la atención al desarrollo social de acuerdo con la evolución económica- la situación de Alemania. Pero de sus conclusiones no se seguía un esquema cerrado como el del marxismo ortodoxo, un plan de la historia que era inevitable y que determinaba lo que eran actitudes progresistas o reaccionarias, en función del acuerdo o no con la dirección ineludible de los acontecimientos. Dado que ésta no existía, era necesario encontrar otra justificación de los valores identificados con el socialismo: la justicia y la igualdad. Estos valores, concluía Bernstein, deben ser defendidos por razones éticas, porque creemos que son buenos en sí mismos, de acuerdo con una certeza que, según el dualismo kantiano, no procede del conocimiento del mundo de los fenómenos, del conocimiento científico de la historia, como afirmaba el marxismo, sino del mundo de la conciencia, de los sentimientos, del espíritu. Al defender esta raíz espiritual de los valores, independiente de las condiciones sociales, lo que el revisionismo venía a negar en el fondo era una de las claves del materialismo histórico: la afirmación de que los factores ideológicos no hacen más que reflejar las modificaciones producidas en la base económica de la sociedad. Las artes plásticas, en especial la pintura y la literatura, impulsaron y reflejaron de una forma muy intensa el nuevo papel que la imaginación y la subjetividad habían empezado a desempeñar nuevamente en la vida intelectual y artística. También la quiebra de la creencia en el progreso y, con ella, una actitud pesimista sobre la vida. La idea de decadencia alcanzó una amplia difusión y arraigo, especialmente en los países latinos, a fines de siglo. En este contexto, la generación del 98 en España -y en particular la obra de Miguel de Unamuno-, no son sino un reflejo, de extraordinaria calidad, de un fenómeno europeo. El debate intelectual de la época, en el campo particular de la historiografía, tiene particular interés no sólo por su influencia en el desarrollo posterior de esta disciplina, sino por el planteamiento de problemas básicos acerca del conocimiento.
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El estudio regional de Hispanoamérica durante la última centuria colonial plantea infinitos problemas, el más notorio de los cuales es indudablemente el de la relación entre sus marcos socioeconómicos y político-administrativos. El hecho de que la Corona española organizara unas unidades administrativas y de que éstas se conformaran luego, al cabo de unos años, como naciones independientes, salvo raras excepciones, hace pensar que dicha Corona planificaba admirablemente tales regiones o que los gobiernos nacionales no fueron capaces de hallar otras mejores, quizá porque habían engendrado unos vínculos de interacción que resultaba imposible o peligroso destruir. Interpretaciones recientes sobre la historia regional, como la configuración de vastos espacios coloniales en torno a una producción dominante, orientados por el comercio exterior o por los grupos de demografía creciente, no han logrado resolver aún la cuestión, que sigue planteando serias incógnitas. Quizá la respuesta sea tan simple como la señalada por Bolívar a Sucre en su carta del 21 de febrero de 1825, cuando se refirió a la formación del Alto Perú como país: "ni Usted, ni yo, ni el Congreso mismo del Perú, ni de Colombia podemos violar la base del Derecho Público que tenernos reconocido en América. Esta base es la de que los gobiernos republicanos se fundan entre los límites de los antiguos virreinatos, capitanías generales o presidencias, corno la de Chile. El Alto Perú es una dependencia del virreinato de Buenos Aires; dependencia inmediata, como la de Quito de Santa Fe". Con todo, no deja de ser extraña. Mucho más en boca de un hombre que trató precisamente de romper el esquema administrativo colonial, ideando la Gran Colombia, integrando Guayaquil en Colombia y creando Bolivia. A comienzos del siglo XIX, Hispanoamérica estaba dividida en ocho grandes unidades administrativas (cuatro virreinatos y cuatro capitanías generales), más algunas intendencias caribeñas (Louisiana, Florida y Puerto Rico), vinculadas a la Nueva España pero dotadas de gran autonomía. Una quinta capitanía general era la de Filipinas, unida teóricamente al virreinato mexicano. La explotación económica de que eran objeto tales unidades y su supeditación a los intereses metropolitanos (cesión de Santo Domingo y Louisiana a Francia y posterior venta de la Florida) hacen imposible considerarlas reinos, como antaño, pues para el despotismo tenían la consideración de verdaderas colonias, aunque no, indudablemente, en el sentido posterior decimonónico. La división administrativa de las colonias sufrió una transformación. Los cuatro virreinatos fueron los dos antiguos del siglo XVI, el de Nueva España y Perú, y los dos nuevos del siglo XVIII, Santa Fe y el Río de la Plata. Las capitanías generales de Guatemala, Cuba, Venezuela, Chile, y Filipinas tuvieron una vida prácticamente independiente de los virreinatos y mucha dificultad para integrar sus zonas regionales, salvo quizá Cuba. Los enfrentamientos subregionales aflorarían junto con la emancipación política. Territorios dependientes del virreinato mexicano fueron otras zonas del Caribe, como las grandes Antillas y el arco septentrional del Golfo de México, donde se operó una progresiva decadencia durante el último medio siglo colonial, a excepción quizá de Puerto Rico. Santo Domingo, Louisiana y Florida marcharon inexorablemente a su ocupación por potencias extranjeras.
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Después de las primeras manifestaciones, el Neolítico alcanzó su desarrollo pleno entre el 5000 y el 1900 a.C. aproximadamente, a partir de las diferentes tradiciones locales y regionales, y como resultado de contactos más amplios entre todas las culturas. Hacia el 5000 a.C. se constata la presencia en todo el territorio chino de culturas neolíticas agrupadas en regiones bien definidas. Entre los focos regionales existentes, se pueden distinguir tres sistemas culturales principales: Yangshao, Hemudu y Dewenku y Baiyang cun que responden a modelos económicos distintos.
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A las cuatro de la madrugada del 21 de junio, los alemanes cruzaron el Niemen. Comenzaba su mayor aventura. Tres Ejércitos invadieron la URSS simultáneamente, uno por el norte (Von Leeb), otro en el centro (Von Bock) y otro hacia el sur (Von Runstedt). Al norte, el mariscal Von Leeb debía marchar sobre Leningrado mientras las tropas alemanas de Noruega atacaban el Ártico ruso y los aliados finlandeses, Carelia. El Ejército del centro tenía a Moscú por objetivo, a las órdenes de mariscal von Bock; mientras los soldados del sur avanzarían hacia Stalingrado, dirigidos por el mariscal Von Runstedt. Junto a los alemanes participaron en la campaña tropas rumanas, húngaras, eslovacas, italianas y finlandesas; más tarde se les unieron voluntarios belgas, franceses croatas y españoles. En dirección Bialystok-Minsk, sobre todo, los alemanes realizaron operaciones destinadas a encerrar al Ejército ruso en grandes bolsas. La maniobra fue siempre en dos direcciones sensiblemente paralelas, pero muy alejadas, con dos columnas encabezadas por formaciones blindadas. En un momento concreto los blindados rectificaron la dirección para marchar en líneas convergentes. Las tropas rusas de Bialystok quedaron encerradas y cayeron prisioneras. Después, se repitió la operación al oeste de Minsk y en Przemysl. Los rusos perdieron tropas en cantidades enormes, pero reconstruyeron el frente más al este. Los alemanes repitieron insistentemente su maniobra de cerco en Reval, Narva, al oeste del lago Peipus, y en Smolensko. Los rusos tenían escasas posibilidades militares, pero la soberbia enemiga fue un aliado inesperado que alentó algunas resistencias. Hitler dio la orden de asesinar a todos los comisarios políticos prisioneros. En consecuencia, y dispuestos a no dejarse coger con vida, los comisarios estimularon la resistencia a ultranza de oficiales y soldados. Los nacionalistas ucranianos y bálticos acogieron a los alemanes como libertadores del yugo ruso. Pero cuando comprobaron que los nazis les trataban como a una raza inferior, la invasión perdió sus apoyos. En cambio Stalin hizo resucitar todos los viejos mitos patrióticos y nacionalistas, superados por la revolución, para impulsar la resistencia popular. Rusia puso en marcha la táctica terrible empleada contra Napoleón: tierra calcinada. Nadie debía quedar en las inmensas llanuras para beneficiar al invasor. Las poblaciones, los ganados, los tractores, las fábricas, se replegaron hacia el Este, las granjas ardieron, se hundieron los puentes. Más allá de los Urales se formaron cien nuevas divisiones rusas. Entretanto, los alemanes avanzaban y sus Panzer III y IV penetraban profundamente en el territorio de la URSS. Ahora los carros no cruzaban, uno tras otro, pueblos franceses o belgas, pintados y confortables. En Rusia el ruido de los motores rebotaba, sólo de cuando en cuando, contra "isbas" miserables de madera techada con paja. Y casi siempre se perdía en el silencio despoblado. Los soldados se deprimían en la monotonía de las llanuras y los bosques inmensos. Atacar Rusia era abrazar a un gigante interminable, inasequible como los campesinos míseros que, a veces, miraban pasar a los blindados. Las maniobras alemanas eran espectaculares y brillantes. Embolsaban a los rusos fácilmente, pero la rendición sólo llegaba después de una resistencia empecinada. Así, el avance se frenó lentamente en un país que era un inacabable espacio vacío, cruzado por pocas carreteras. Las tropas de Guderian llegaron al río Beresina en sólo nueve días. Pero no se logró una batalla decisiva. Julio fue lluvioso. Entre Minsk y Moscú había una autopista recién construida, la única carretera asfaltada de la zona. Y las lluvias convirtieron el campo en una trampa de fango. Los camiones no podían moverse, los blindados sólo durante cierto tiempo. Pero los invasores no cedieron en su batalla contra el fango y la resistencia de numerosos destacamentos rusos que, aislados, y a menudo sin órdenes, no estaban dispuestos a rendirse. Los ríos, crecidos por las lluvias, carecían de pasos. Sólo la autopista tenía puentes para cargas pesadas; las restantes carreteras desembocaban en plataformas de madera que no aguantaban un tanque y, muchas veces, ya habían sido voladas. El Beresina, el histórico río que contuvo la retirada de Napoleón, era una maraña de brazos a través de un pasaje enfangado donde chapoteaban los soldados. Para la máquina militar alemana nada fue un obstáculo insalvable. Poco a poco, resolvió cada problema, pero en ese poco a poco estaba oculta la tragedia. Las tropas habían partido a la campaña sin equipo de invierno. La invasión de Rusia se consideraba casi como un ejercicio de maniobras. Los alemanes, que habían atacado en el frente norte, tenían como objetivo la toma de Leningrado y la protección del Ejército del centro. Inicialmente, el avance no tuvo grandes problemas y las unidades motorizadas ganaron terreno, con la intención de ocupar los puentes antes de que fueran volados por los rusos. A menudo, su prisa fue tanta que los prisioneros quedaron sin custodia, después de desarmados, y las vanguardias perdieron, durante días, el contacto con la infantería que las seguía penosamente. Los intentos rusos de contención fueron infructuosos, su aviación se empeñó duramente, pero los aparatos eran lentos y anticuados y no podían defenderse del fuego antiaéreo y cazas alemanes. En algún caso (Sebes, Luga) los rusos aprovecharon campos atrincherados para ofrecer mayor resistencia y causar muchas bajas a los atacantes que, sin embargo, acabaron arrollándolos. Cuando llegaron las lluvias del verano estaba en marcha una maniobra de envolvimiento muy amplia para dominar Leningrado; las condiciones climáticas y la falta de comunicaciones retrasaron el avance alemán, pero el 2 de septiembre, la ciudad estuvo a tiro de la artillería de campaña. El plan alemán era asaltar Leningrado, con una maniobra que la tomara desde el sur y, en agosto de 1942, el XI Ejército fue trasladado desde el frente de Crimea para unirse a las unidades encargadas del ataque. Este comenzó el 27 de agosto, pero los alemanes no lograron penetrar en la ciudad y la maniobra se convirtió en una batalla en la que el XVIII Ejército alemán resultó arrollado, mientras el XI Ejército contenía y fijaba a los rusos. Una reacción alemana, desde el sur, embolsó a parte del enemigo y destruyó el II Ejército soviético. Pero Leningrado no cayó. La ciudad se convirtió en un bastión donde cinco millones de personas soportaron el asedio. Los ataques aéreos, los bombardeos de artillería y las penalidades fueron tremendas; sólo el tifus mataba todos los días 2.000 personas y el hambre era la realidad cotidiana. A pesar de ello, la industria pesada de la ciudad (Altos Hornos Vorochilov, Metalargua 25 de Octubre, fábrica Kirow, entre otras) siguió en funcionamiento. El invierno de 1941-1942 fue en Rusia el más duro del siglo. En el frente de Leningrado se alcanzaron los 15 grados bajo cero el 12 de noviembre y los 40 bajo cero a principios de diciembre. La ciudad, completamente cercada, buscó seriamente la supervivencia. La única vía de abastecimiento era el lago Ladoga, completamente helado. Primeramente se pretendió tender una doble vía férrea sobre el hielo, que fracasó; después colocaron los raíles de tranvía de la ciudad, con igual resultado; al final se construyó una doble pista por la que pudieran circular camiones entre las ventiscas glaciales y las brumas. A esta empresa casi imposible llamó la propaganda el tren del hielo, aunque nunca circuló el ferrocarril. La resistencia de la ciudad inmovilizó la campaña alemana del norte y entretuvo numerosas tropas. Leningrado era un núcleo básico de comunicaciones, un centro de industria pesada que trabajaba para la guerra y en su base naval estaba concentrada la flota del Báltico, que en invierno quedaba aprisionada por los hielos. Los cañones de los buques colaboraron en el duelo artillero contra los alemanes durante los dos años que duró el asedio.
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El nuevo escenario ecuménico del mundo helenístico favoreció el desarrollo de los cambios de largo alcance, no sólo por el hecho de que se controlaran nuevos territorios, sino también porque los límites entran en contacto con poblaciones como las de la India e incluso de la China, productoras de ricos objetos de lujo, atractivos para las nuevas clases dominantes. El poder político estaba en condiciones de controlar rutas por territorios exóticos para garantizar el acceso de los traficantes a esos lugares. También se desarrollaron los intercambios dentro del mundo mediterráneo, donde alguna ciudad adquiere en este campo un protagonismo específico, como Alejandría, convertida dentro de Egipto en una especie de isla, más comunicada por mar que por tierra. El caso más sobresaliente es el de Rodas, protegida por los grandes reinos como puerto libre de obstáculos, el mercado de esclavos más notable de la época. El desarrollo de los cambios a escala ecuménica favoreció la difusión e intensificación del uso de la moneda, apoyado en el renacimiento del sistema redistributivo basado en el evergetismo. Las grandes acumulaciones de capital se ven aliviadas por la labor de reyes y ricos en las ciudades, como distribuidores entre las poblaciones de parte de sus ganancias gracias al uso de la moneda, instrumento especialmente adecuado para ese momento. Paralelamente, el asentamiento de los ejércitos mercenarios favoreció al mismo tiempo el desarrollo de esa otra forma de distribución de las ganancias garantizadas con el esfuerzo de los soldados, a través de esa forma precapitalista de trabajo asalariado. La moneda fue asimismo el más eficaz instrumento de propaganda regia, por el que se transmitían las consignas del poder y se daba a conocer a las colectividades la personalidad de los gobernantes y su extremada capacidad para protegerlas. Las poblaciones de la ciudad reciben sin duda las repercusiones de todas estas transformaciones, pero los intercambios internos no dejaron de ser los mismos de antes, los que proporcionan el suministro a una población alejada de la producción de alimentos.
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El interés de los poderes públicos por conocer el volumen de la población fue constante durante la Edad Moderna, pero estuvo motivado más por preocupaciones fiscales o militares que por las puramente demográficas, teniendo como uno de sus resultados la habitual oposición, pasiva o activa, a los recuentos. Todavía en 1753, en Inglaterra, la Cámara de los Comunes rechazaba un proyecto de censo general, entre otras razones (las hubo diversas, religiosas incluidas), porque amenazaba las libertades inglesas. Sin que las preocupaciones fiscales y militares llegaran a desaparecer, durante el siglo XVIII se comienza a considerar la población como una variable de conocimiento necesario para planificar la acción política. Y poco a poco se fueron llevando a cabo los primeros censos con criterios modernos. Suecia introdujo, a partir de 1749, la periodización de los recuentos, que tardará cierto tiempo en imponerse de forma generalizada. En España los primeros censos modernos fueron los denominados Censos de Aranda (1768-1769), Floridablanca (1786-1787) y Godoy (1797), dándose un paso más, al publicarse los resultados de los dos últimos. Había en ello, como se reconoce en el prólogo de la edición del Censo de Floridablanca, una finalidad propagandística: hacia el interior, para que se apreciaran los beneficios derivados de la política gubernamental, y hacia el exterior, "para que vean los extranjeros que no está el reino tan desierto como creen ellos y sus escritores". Y es que desde mucho tiempo atrás, población abundante se identificaba con riqueza, potencia y eficacia política. Era una concepción derivada de los planteamientos mercantilistas y que, en líneas generales, se mantuvo durante este siglo, en el que se desarrollaron notablemente los estudios y reflexiones sobre la población. Entre ellos, Recherches et considérations sur la population de la France (1778), de J. B. Moheau, merece ser señalada como el primer auténtico tratado de demografía. En un ambiente mayoritariamente populacionista, el radical optimismo de que hacían gala muchos de los autores les llevaba a confiar en la -infinita, según Condorcet- perfectibilidad del hombre y la sociedad para resolver los delicados problemas derivados del equilibrio entre población y recursos. Algo que fue drásticamente cuestionado por el pastor inglés Robert Malthus en su Essay on the Principle of Population (1798). Malthus partía del diferente ritmo de crecimiento de la población, que en ausencia de control se multiplicaría siguiendo una progresión geométrica, y las subsistencias, que sólo lo harían en progresión aritmética. El desequilibrio, obviamente, terminaría por producirse y, para evitar que la pobreza, las calamidades y el vicio fueran los frenos positivos a un crecimiento desmesurado de la población, abogaba por su limitación mediante la puesta en práctica de la constricción moral, esto es, restringiendo el acceso al matrimonio a quienes pudieran mantener adecuadamente una familia y retrasándolo hasta el momento en que esto ocurriera. La obra, de repercusiones inmediatas, planteaba crudamente una polémica que ha seguido vigente hasta nuestros días.
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A partir de 7600 a.C. la fase de transformaciones focalizada del periodo anterior va a conocer una fase de consolidación y de expansión en la zona del Levante mediterráneo. Esta fase se encuentra enmarcada en el horizonte cultural del Pre-Pottery Neolitic B (PNNB). Definida en los años 1930 en el yacimiento de Jericó (Palestina), por M. K. Kenyon, la denominación PPNB ha sido aceptada a lo largo de la historiografía a nivel terminológico, ampliando y modificando progresivamente su definición y ubicación crono-cultural. Actualmente se define como una koiné cultural o zona de interacción cultural, definida por unas características básicas generales que cubren la práctica globalidad del Levante mediterráneo, existiendo unas variaciones culturales y cronológicas, según su formación y las características particulares de cada zona geográfica: Siria, Palestina, Anatolia, Zagros. Cronológicamente, las dataciones radiométricas la han situado entre el 7600 y el 6000 a.C., con cierta extensión hasta el 5500 a.C. en zonas marginales, permitiendo reconocer una periodización (Early, Middle, Late y Final) de la evolución interna de la misma. Se trata de una cultura precerámica, pero con un verdadero conocimiento de la economía de producción, es decir, se produce la generalización de la agricultura y el inicio de la domesticación animal. La circulación de materias primas y, en general, los signos de intercambios se incrementan de manera acentuada. La unidad cultural de esta civilización ha sido definida por una serie de características que pueden resumirse de la siguiente manera. Los poblados adquieren una estructura compleja, tanto a nivel de una primaria ordenación del espacio como de las propias unidades habitacionales. Generalmente, éstas presentan una planta rectangular, a menudo pluricelular, cuya novedad reside en una extensa documentación del uso intenso de la cal y el yeso como materiales de construcción. Práctica de una economía agrícola, plenamente consolidada, muy a menudo acompañada de una ganadería de ovicápridos. Tecnológicamente, y a nivel de industria lítica, se produce el total abandono de la tendencia microlítica y el afianzamiento de la técnica de talla laminar, a partir de la explotación de núcleos con dos planos de percusión. Se aprecia un desarrollo de las técnicas de talla por presión, mientras que en el utillaje destacan las puntas de flecha, las cuales son ahora verdaderas puntas con pedúnculo y aletas. Finalmente, las prácticas funerarias, hasta este momento poco diferenciadas, se caracterizan por un tratamiento diferenciado del cráneo humano, que separado del resto del cadáver y recubierto con materia plástica -arcilla, yeso- y otros elementos minerales (obsidiana) reproducen las facciones del rostro, será depositado en el suelo de las habitaciones. El resto del cuerpo se entierra en fosas debajo del propio nivel de hábitat. Las diferenciaciones o facies geográficas distinguidas en la actualidad son las siguientes: Siria, Palestina y sureste de Anatolia.
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A partir del VI milenio, en las regiones de Oriente Próximo el registro indica una clara consolidación de las nuevas prácticas económicas de producción de subsistencia, con un incremento de la producción agrícola debido tanto al cambio en la distribución de los asentamientos, buscando los terrenos con una mayor fertilidad, como a la mayor y mejor variedad de semillas. La producción ganadera, plenamente consolidada, adquiere al mismo tiempo un rol complementario de gran importancia. A partir del V milenio, las primeras evidencias de la práctica de la irrigación (culturas de Samarra y Choga Mami) inician el proceso irreversible hacia la transformación socioeconómica que dará paso a la aparición de sociedades complejas. La evolución arquitectónica y de concepción del hábitat, en este contexto crono-cultural, muestra también este proceso de transformación con la aparición de unas construcciones complejas de planta rectangular (por ejemplo las de tipo Samarra o de tipo Obeid), cuya formulación necesita un plan preliminar del conjunto y no la simple yuxtaposición progresiva de habitaciones en torno a un núcleo o espacio primitivo, técnica observada en las fases anteriores. Por otra parte, se produce una ordenación de las mismas en verdaderos poblados urbanizados donde los espacios se rigen por una estructuración compleja del espacio colectivo con la aparición de espacios libres centrales, la diferenciación de construcciones excepcionales y la presencia de muros que cierran el conjunto de construcciones como ocurre, por ejemplo, en los asentamientos de Tell-es-Sawwan o Tell Abada. En la evolución del Neolítico europeo esta fase cubriría aproximadamente el V y el IV milenios. Se trata del periodo donde se produce la consolidación e intensificación de los poblados, a menudo cubriendo áreas periféricas que conocen por primera vez una ocupación agro-pastoril. En la Europa del sureste se observa un mayor tamaño de los asentamientos, algunos de ellos mostrando construcciones colectivas de tipo murallas, que producen recintos fortificados, por ejemplo en Grecia (Sesko, Dímini). Asimismo, en la zona de la cuenca baja del Danubio y sur de los Cárpatos el poblamiento se hace más estable. A nivel arquitectónico se observa la continuidad del hábitat danubiano con algunas mejoras para solucionar la resistencia al viento, como son la doble alineación de los postes que imprime una mayor robustez a las casas y la modificación de la planta rectangular hacia formas trapezoidales. Las construcciones son, a su vez, de mayores dimensiones e irá generalizándose progresivamente la protección del hábitat con un sistema de empalizada-foso-acumulación de tierra, si bien este tipo de construcción parece inicialmente destinado a la protección de los rebaños. En la zona de Europa central las estaciones litorales constituyen una mejor representación que en el periodo anterior. De idénticas características morfológicas y arquitectónicas, los asentamientos tienen ahora una mayor extensión, formados por una o dos líneas de construcciones situadas de manera paralela a la orilla y destacando la presencia de una empalizada que limita la extensión del poblado por el lado terrestre. En el Mediterráneo, los hábitats son poco característicos y no será hasta en las últimas fases del Neolítico cuando en el conjunto de las islas mediterráneas y en zonas del continente se desarrollará una arquitectura floreciente en piedra, que tendrá una continuidad y esplendor en épocas posteriores. En resumen, en Europa central y occidental se produce una progresiva intensificación de la ocupación en las regiones anteriormente ocupadas y expansión del poblamiento hacia una amplia variedad de territorio, situándose, por ejemplo, en las áreas de Europa central por primera vez más lejos del territorio del loess, en sectores más elevados, en zonas interfluviales de tierras altas.
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No cabía duda de que las resoluciones beneficiaban a los Habsburgo y perjudicaban a los Borbones españoles. Preocupados por el rechazo de Carlos VI al Tratado de Utrecht y las reivindicaciones dinásticas de Madrid, los aliados revisaron los pactos de 1713-1714 para acabar con las negativas de Viena al cambio de Cerdeña por Sicilia, de indiscutible valor económico y estratégico. Felipe V se opuso a tales componendas, sobre todo por los proyectos de la reina Isabel de conseguir los dominios de los Farnesio para sus hijos, enturbiados por la crisis sucesoria de Toscana. Cualquier incidente sin aparente trascendencia podría desencadenar la guerra por el complicado entramado de conveniencias que los diplomáticos no acertaban a dilucidar. El camino a seguir era el acercamiento a Carlos VI, ahora enfrascado con los turcos después de la denuncia de la tregua de 1699 y la victoria de los ejércitos del príncipe Eugenio en Petervarad, en 1716. En 1718 había tomado Belgrado y, gracias a la mediación de Gran Bretaña y las Provincias Unidas, que buscaban su amistad con desesperación, se firmó la Paz de Passarowitz, en julio de 1718, con la recuperación por los turcos de Morea y la obtención por Austria del banato de Temesvar, Serbia y Valaquia. Cuando, en junio de ese mismo año, los españoles pusieron en marcha la campaña de Sicilia, el emperador aceptó adherirse a la coalición y se constituyó la Cuádruple Alianza- Los términos del acuerdo no dejaban lugar a dudas: reconocía los derechos de Jorge I y del regente a sus tronos, renunciaba a la Corona española, aceptaba, bajo su soberanía, el traspaso a don Carlos de Borbón de los territorios de Parma y Florencia, y cambiaba a Saboya la isla de Sicilia por Cerdeña, con la promesa de su candidatura si se extinguiese la rama hispana. Frustrado el entramado de intrigas de Alberoni en todos los frentes, España quedó aislada y su escuadra fue destruida por la británica en la batalla de Passaro, en Mesina. Los Estuardo apenas intranquilizaban a los Hannover, los turcos estaban completamente derrotados, los embajadores de Londres consiguieron un pacto entre Rusia y Francia, Carlos XII había muerto y la conspiración contra el regente sólo sirvió para que París se decidiese a entrar en la guerra e invadiese Fuenterrabía y San Sebastián. Con la caída de Alberoni, en 1719, por considerarle el causante de todos los descalabros, Felipe V se propuso una aproximación a los Borbones franceses para que le apoyaran en la devolución de Gibraltar y en la autonomía de los ducados italianos, pero fracasó. En enero de 1720, por el Tratado de Madrid, España se unía a la Cuádruple Alianza con todas sus consecuencias: la retirada de los ejércitos enemigos de la Península le costó la renuncia a la Corona vecina, Sicilia quedaba en manos del emperador, Cerdeña en las de Saboya y don Carlos tendría Parma, Toscana y Piacenza, si bien bajo la tutela de Viena. Reunidos los plenipotenciarios en Cambray, tal como se estipulaba en Madrid, para dilucidar aspectos concretos necesarios en la ejecución del tratado, las conversaciones denunciaron los roces existentes entre los participantes con un desarrollo lento e infructuoso. España llevó a las mesas la reclamación de Gibraltar sin éxito, aunque sí consiguió el respaldo de Francia y la posibilidad de contactos particulares que llevaron a la firma de un pacto secreto en marzo de 1721, por el que, además, apoyaba las pretensiones italianas de la reina Isabel y quedaban fijados los matrimonios de la infanta española Mariana con Luis XV y de la hija del regente, Luisa Isabel, con el infante don Luis; lo cierto fue que el duque de Orleans se comprometió en asuntos internacionales sobre los que no tenía total autoridad. Al mismo tiempo, Felipe V manifestaba su preocupación por el retraso del permiso imperial a don Carlos para que tomara posesión de las tierras de los Farnesio, en especial cuando se conocían las peligrosas quejas del resto de los pretendientes. Viena también se sintió decepcionada en Cambray, aunque no planteó posturas discordantes, porque su verdadero interés se centraba en el reconocimiento internacional a la Pragmática Sanción. Ya contaba con el respaldo de sus territorios patrimoniales y de aquellos alemanes sobre los que tenia mayor influencia, pero faltaba el consenso de los principales Estados. Por otro lado, su dependencia de los subsidios aportados por las potencias marítimas habían obligado a la aceptación de compromisos intolerables, como era él intervencionismo en las finanzas imperiales. Para evadirse y aumentar sus ingresos, planeó la conversión de Austria en una potencia marítima y comercial con base en los puertos mediterráneos y la reactivación económica de los Países Bajos y de sus centros de intercambio, por ejemplo, Amberes. Tales proyectos chocaron con la política británica, aquejada por una crisis financiera, resultado de la quiebra de las compañías monopolísticas ultramarinas. También en Francia los problemas hacendísticos habían impedido la puesta en práctica del sistema Law, a lo que se unía el pesimismo derivado de la desmembración del Imperio sueco en 1721 y el consiguiente retroceso de su influencia en el Norte. Todos estos hechos contribuyeron al enfriamiento de relaciones y a la existencia de una tensa calma que no mejoró con los cambios ministeriales. En Versalles entró en escena el duque de Borbón y en Londres el duque de Newcastle, caracterizado por su manifiesta hostilidad hacia los Habsburgo. Enemistad ahora reavivada con las reformas introducidas por Carlos VI, la fundación de la Compañía de Ostende en 1722, el enfrentamiento con las potencias marítimas y la descomposición de los sistemas laboriosamente trazados por Dubois y Stanhope. Había resucitado el terror de los holandeses por la reaparición de Amberes en los círculos financieros; tampoco ocultaba sus planes sobre los escenarios ultramarinos. No obstante, la expansión más inmediata estaba proyectada por el Mediterráneo con la instalación de Austria en Nápoles y Sicilia. El monopolio del comercio con Oriente, obtenido en Passarowitz, se entregó a una compañía monopolística, y Fiume y Trieste pasaron a centralizar los intercambios y a rivalizar con Génova y Liorna. Enterado el emperador de la futura propuesta de los holandeses relativa a la desaparición de la Compañía de Ostende en Cambray, bloqueó las negociaciones para que no se llevaran a cabo las propuestas económicas de los diferentes países y empezó a desconfiar de los coaligados. Para mayor confusión, Felipe V exigió el reconocimiento de los derechos de don Carlos, fijados en 1718, y la devolución de Gibraltar. Carlos VI quiso desviar la atención española y concedió cartas de investidura sin valor inicial para Toscana y Parma, pero no dio paso a la toma de posesión. Desoídas las quejas madrileñas por Francia y Gran Bretaña, Felipe V e Isabel decidieron el acercamiento a Viena como único medio de conseguir sus objetivos. El Congreso de Cambray fracasó ante la falta de consenso. Ripperdá fue el encargado de la embajada, favorecida por la crisis diplomática motivada por la devolución de la infanta española. El duque de Borbón aducía la imposibilidad de la espera porque la infanta era una niña, si bien, en realidad su enemistad con la familia Orleans le indujo al rápido matrimonio de Luis XV, pues si moría la Corona pasaría al hijo del anterior regente. El hecho precipitó la aproximación a Austria y, en abril de 1725, se firmaba el primer Tratado de Viena, que borraba el antagonismo de la década anterior. Madrid reconoció la Pragmática Sanción, Carlos VI se comprometió a intervenir para la devolución de Gibraltar, establecieron acuerdos comerciales para la Península y América y concertaron el matrimonio de un hijo de Felipe V con una archiduquesa. La política entre Borbones y Habsburgos resultaba anacrónica y dominada por preocupaciones personales. La reacción diplomática dirigida por Walpole cuajó en la Liga de Hannover, en septiembre de 1725, compuesta por Gran Bretaña, Francia, Dinamarca, Suecia, Holanda y Prusia. A la presencia de barcos británicos en el Báltico, América y el Mediterráneo, siguió la confiscación por España de sus navíos mercantes, y la consiguiente declaración de guerra. Carlos VI se mostró reacio de momento a mezclarse en un problema exclusivamente español y sólo llamó a su embajador en Londres. La política pacifista de Fleury logró que el conflicto no alcanzara mayores dimensiones, apenas unas escaramuzas en Gibraltar, y reunió un nuevo congreso en Soissons, desoyendo las opiniones de Chauvelen. También el duque de Holstein, Carlos Federico, empezó la reconquista de Schleswig, controlado por Dinamarca, y Versalles tuvo que mediar para que Rusia no se aprovechara del incidente con el fin de desacreditar a Federico I de Suecia y conseguir mayores ventajas en el Báltico. Sin embargo, la muerte de la zarina diluyó el problema por la falta de apoyo efectivo de la Corte rusa, lo que hizo reconsiderar su posición a Prusia, que abandonó la Liga para firmar un pacto de neutralidad con el zar y una alianza con Austria. Gran Bretaña, temerosa de la influencia imperial en el Norte, envió una escuadra que sólo sirvió para unir a sus enemigos.