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Desde finales del siglo XIII la república de San Marcos había dado un claro giro institucional, centrado en el fortalecimiento de la oligarquía gobernante. En 1297 el Gran Consejo quedaba cerrado al ingreso de nuevas familias, para luego desaparecer como asamblea en 1423. El Senado junto con el Colegio de los Veintiseis, órgano ejecutivo de la "Serenísima", terminaron por perder la mayoría de sus atribuciones. Sus funciones pasaron a ser competencia del Consejo de los Diez, antiguo comité de seguridad. Desde 1310 los dogos fueron elegidos por este consejo entre un grupo cada vez más reducido de familias. El dux, pese a ser elegido de por vida, perdería poco a poco gran parte de su prestigio, convirtiéndose en un hombre de paja en manos del Consejo de los Diez. Sus miembros, máximos exponentes del carácter restringido de la oligarquía veneciana, no dudaron en condenar a muerte al dogo Marino Faliero en 1355, acusado de conjurar contra las instituciones venecianas. Al amparo del cambio institucional, las directrices venecianas habían cambiado radicalmente desde el segundo tercio del siglo XIV, al iniciar una política de expansión hacia el interior (terraferma) en perjuicio de sus tradicionales intereses en el Mediterráneo oriental. Algunos autores han destacado con acierto la sincronía existente entre la expansión otomana en los Balcanes y la política de "terraferma" de la república de San Marcos. El cambio de orientación respondería por tanto a la necesidad de asegurar la supervivencia del estado frente a la posibilidad de perder la costa dálmata a manos de los turcos. Sin embargo, no cabe olvidar el papel jugado en dicha transformación por la abierta hostilidad de sus vecinos territoriales: los Visconti de Milán, los Scaligieri de Verona, los Carrara de Padua y los Habsburgo, duques de Austria. El primer logro de las nuevas perspectivas de la república fue la conquista de Treviso en 1339. Pero la orientación expansiva de la política veneciana se hizo más patente durante el gobierno de los dogos Miguel Steno (1400-1413), Tomás Mocénigo (1414-1423) y, sobre todo, Francisco Foscari (1423-1457). Venecia se impuso sobre los Visconti en el Véneto, llegando a controlar las áreas rurales del interior hasta el río Mincio y ciudades como Padua, Vicenza o Verona (1405). También consiguió el dominio sobre el Friuli a costa de los duques de Austria y del patriarca de Aquilea. Su empuje en el Milanesado a lo largo del siglo XV provocó la caída de Bérgamo, Brescia y Cremona del lado veneciano, pese a la resistencia de Visconti y Sforza. A pesar de todo, la república veneciana no abandonó por completo su política mediterránea, centrada en la rivalidad con genoveses y turcos. Entre 1351 y 1355 mantuvo una dura pugna con Génova por la hegemonía comercial en el Mediterráneo, saldada con la pérdida de Dalmacia (1358) en favor de Luis de Hungría, aliado de los genoveses. Años mas tarde, la llamada guerra de Chioggia (1377-1381) llegó a poner en peligro las conquistas venecianas en el Véneto, ante el empuje por tierra y por mar de húngaros y genoveses. La acción militar de Víctor Pisani consiguió equilibrar la situación, pero no pudo impedir que la Paz de Turín (1381) reconociera la teórica soberanía húngara sobre Dalmacia y la pérdida de Treviso en favor de los Habsburgo. Una vez descartada Génova como rival, Venecia tuvo que afrontar la expansión otomana en la cuenca oriental. La Serenísima, apoyada por los estados cristianos orientales, utilizó una doble estrategia para contrarrestar el avance turco en Hélade y en los Balcanes. Por una parte ofreció su protectorado a los puertos de Morea y Albania entre 1423 y 1444. Por otro lado trató de mantener con el sultán Murad II (1421-1451) sus antiguos acuerdos comerciales con Bizancio. Pero con la derrota de los cruzados húngaros en Varna (1444), la república de San Marcos tuvo que continuar en solitario la lucha contra los turcos, apoyando en vano sublevaciones locales contra el imperio otomano como la del caudillo albanés Skanderberg (muerto en 1467). A pesar de la actividad diplomática veneciana, fue inviable un acuerdo entre las potencias cristianas para actuar de forma conjunta contra los turcos, dueños de Constantinopla desde 1453. Venecia tuvo que claudicar y firmar una paz poco ventajosa en 1479, que supuso la pérdida de Negroponto y Argos y el pago de un canon anual de 10.000 ducados al sultán Mohamed II (1451-1481) para poder comerciar en sus territorios. Con el acceso al sultanato de Bayaceto II (1481-1512), los venecianos vivieron una etapa de cierta tranquilidad, que les permitió adquirir la isla de Chipre. Pero el avance otomano era ya imparable y resultó del todo imposible para Venecia mantener sus últimas bases en Morea.
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En el verano de 1833 Turner visitó Venecia, viéndose sorprendido por su luz y su atmósfera. Realizó numerosos bocetos y acuarelas, muchos de ellos plasmados después en lienzo. Este caso que nos ocupa es el resultado de un encargo realizado por Henry Mc Connell quien se sorprendió por la belleza de esas instantáneas. En la vista de Venecia que contemplamos van a predominar los colores claros, interesándose el maestro londinense por la perspectiva y el movimiento pero sin olvidar el ambiente de la Ciudad de los Canales, con sus barquitas y sus góndolas. También observamos cierta preocupación por representar fielmente la arquitectura veneciana con sus espléndidos palacios e iglesias decorados por artistas de la talla de Tiziano, Tintoretto o Veronés. Pero las líneas de la iglesia del fondo se difuminan debido a la luz, una iluminación fuerte y dorada que diluye los contornos. Las figurillas dispersas por el espacio otorgan un aspecto más realista a la imagen. De esta forma conseguimos una vista espléndida de Venecia vista desde los ojos de un enamorado de esta ciudad, una de las más bellas del mundo, que Turner volvió a visitar en 1840.
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<p>Venecia resulta un ejemplo muy especial dentro del arte renacentista, en parte debido a su carácter diferenciado del resto de Italia, su poderío económico, y sus extensas relaciones con otras culturas lejanas, especialmente orientales. Marco Polo era veneciano, y ya en el siglo XIV se establecieron relaciones comerciales con la China Yuan, que se prolongaron también a lo largo de la Dinastía Ming, con el consiguiente enriquecimiento en objetos exóticos, pinturas, diseños, inventos y avances científicos. A través de las rutas hacia Oriente también tuvieron contacto ocasional con la India y, por supuesto, con los restos del Imperio bizantino, presto a caer en manos sarracenas. Cuando este hecho se produjo, Venecia supo mantener las buenas relaciones con los turcos, para de esta forma conservar las rutas de la seda abiertas para sus barcos y caravanas. A mediados del siglo XV se dejaban sentir con fuerza los vientos de la renovación intelectual del Quattrocento y Venecia se apuntó a su manera al tren del cambio. A fines del XV se traza un concreto plan de renovación exterior de la ciudad por parte de las poderosas familias que se alternaban en el poder. La renovación estaba centrada en el núcleo de San Marcos y se prodigó en una remodelación de espíritu escenográfico o teatral de las fachadas: se iluminaron con un Gótico heterodoxo, pintoresco, lleno de colores gracias a materiales polícromos como los ladrillos, cerámicas y mármoles. Al tiempo, se asimilan superficialmente las innovaciones quattrocentistas adaptando sobre las fachadas modelos decorativos de grutescos y molduras geométricas. En pintura el efecto fue similar en principio, pero la renovación terminó por ser mucho más profunda que en arquitectura. Las relaciones con Constantinopla introdujeron formas muy recargadas, decorativas, con escenas de la vida urbana, populosa y tendente a lo anecdótico. En estas escenas era frecuente observar personajes vestidos a la musulmana o retratos de los sultanes junto a los de gobernantes venecianos, plasmados con extrema riqueza en los vestidos y adornos personales. En la renovación de estas iconografías de representación del poder jugó un papel destacado Giovanni Bellini. Los venecianos se van a caracterizar por su luminosidad y colorido; para ellos, el espacio ha de estar conformado precisamente por luz y color, que asocian con lo sensual, frente a otras Escuelas que prefieren el dibujo y lo intelectual, aunque siempre pueden combinarse ambos conceptos como hizo Antonello da Messina en la imagen de San Jerónimo en su estudio. Típico también de la Escuela veneciana es el paisaje. Son los primeros en tratarlo de forma naturalista, aunque nunca tomándolo directamente del natural, sino a modo de recreación de la Arcadia ideal. Es en estos puntos donde ofrecen el contraste, teñido de rivalidad, a la Escuela romana. En pintura religiosa resultan más arcaicos en sus modelos y todavía siguen volcados en las palas de altar, inmensos lienzos que se colocaban tras el altar, con una imagen o escena edificante. La pintura de tipo profano es sin duda la más interesante. A los magníficos retratos se suman los ciclos al fresco que propiciaban las scuolas: instituciones benéficas que se mantenían gracias al aporte de los socios, que solían buscarse entre los personajes más prestigiosos de la ciudad. Las scuolas eran símbolo de prestigio y sus partícipes trataban de convertirlas en las mejores, encargando su decoración a los pintores más codiciados: son famosos los frescos de Carpaccio o Tintoretto. Ejemplo de ello son los cuadros de Veronés, Giorgione y Tiziano. El Lavatorio de Tintoretto es la imagen que acompaña a estas líneas y constituye una muestra claramente representativa de las tendencias de esta Escuela veneciana.</p> ,Venecia resulta un ejemplo muy especial dentro del arte renacentista, en parte debido a su carácter diferenciado del resto de Italia, su poderío económico, y sus extensas relaciones con otras culturas lejanas, especialmente orientales. Marco Polo era veneciano, y ya en el siglo XIV se establecieron relaciones comerciales con la China Yuan, que se prolongaron también a lo largo de la Dinastía Ming, con el consiguiente enriquecimiento en objetos exóticos, pinturas, diseños, inventos y avances científicos. A través de las rutas hacia Oriente también tuvieron contacto ocasional con la India y, por supuesto, con los restos del Imperio bizantino, presto a caer en manos sarracenas. Cuando este hecho se produjo, Venecia supo mantener las buenas relaciones con los turcos, para de esta forma conservar las rutas de la seda abiertas para sus barcos y caravanas. A mediados del siglo XV se dejaban sentir con fuerza los vientos de la renovación intelectual del Quattrocento y Venecia se apuntó a su manera al tren del cambio. A fines del XV se traza un concreto plan de renovación exterior de la ciudad por parte de las poderosas familias que se alternaban en el poder. La renovación estaba centrada en el núcleo de San Marcos y se prodigó en una remodelación de espíritu escenográfico o teatral de las fachadas: se iluminaron con un Gótico heterodoxo, pintoresco, lleno de colores gracias a materiales polícromos como los ladrillos, cerámicas y mármoles. Al tiempo, se asimilan superficialmente las innovaciones quattrocentistas adaptando sobre las fachadas modelos decorativos de grutescos y molduras geométricas. En pintura el efecto fue similar en principio, pero la renovación terminó por ser mucho más profunda que en arquitectura. Las relaciones con Constantinopla introdujeron formas muy recargadas, decorativas, con escenas de la vida urbana, populosa y tendente a lo anecdótico. En estas escenas era frecuente observar personajes vestidos a la musulmana o retratos de los sultanes junto a los de gobernantes venecianos, plasmados con extrema riqueza en los vestidos y adornos personales. En la renovación de estas iconografías de representación del poder jugó un papel destacado Giovanni Bellini. Los venecianos se van a caracterizar por su luminosidad y colorido; para ellos, el espacio ha de estar conformado precisamente por luz y color, que asocian con lo sensual, frente a otras Escuelas que prefieren el dibujo y lo intelectual, aunque siempre pueden combinarse ambos conceptos como hizo Antonello da Messina en la imagen de San Jerónimo en su estudio. Típico también de la Escuela veneciana es el paisaje. Son los primeros en tratarlo de forma naturalista, aunque nunca tomándolo directamente del natural, sino a modo de recreación de la Arcadia ideal. Es en estos puntos donde ofrecen el contraste, teñido de rivalidad, a la Escuela romana. En pintura religiosa resultan más arcaicos en sus modelos y todavía siguen volcados en las palas de altar, inmensos lienzos que se colocaban tras el altar, con una imagen o escena edificante. La pintura de tipo profano es sin duda la más interesante. A los magníficos retratos se suman los ciclos al fresco que propiciaban las scuolas: instituciones benéficas que se mantenían gracias al aporte de los socios, que solían buscarse entre los personajes más prestigiosos de la ciudad. Las scuolas eran símbolo de prestigio y sus partícipes trataban de convertirlas en las mejores, encargando su decoración a los pintores más codiciados: son famosos los frescos de Carpaccio o Tintoretto. Ejemplo de ello son los cuadros de Veronés, Giorgione y Tiziano. El Lavatorio de Tintoretto es la imagen que acompaña a estas líneas y constituye una muestra claramente representativa de las tendencias de esta Escuela veneciana.
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Asentada sobre una laguna, el hechizo de Venecia reside en la infinidad de canales que conforman su geografía. En sus más de mil trescientos años de historia, la ciudad ha pasado por diversas vicisitudes. Su momento de máximo esplendor corresponde a la Edad Media, cuando las naves venecianas surcaban todos los rincones del Mediterráneo oriental, comerciando con los más diversos puertos, trayendo a Europa los productos más preciados. El león de san Marcos se convertía en seña de identidad de una ciudad en máximo apogeo. Será en este momento cuando se construyan los principales edificios: los palacios, las iglesias, la basílica. Se creaba entonces la imagen de una ciudad sobre las aguas, aguas surcadas por las típicas góndolas, de las que Thomas Mann dijo: "son negras como ninguna otra cosa en este mundo, con la excepción de los ataúdes".
obra
La ciudad de Venecia será una continua fuente de inspiración para Turner. En dos ocasiones pudo visitar la Ciudad de los Canales y realizó una enorme cantidad de dibujos, bocetos y acuarelas que más tarde utilizaría como base para la ejecución de sus lienzos. Sin embargo, los trabajos definitivos incorporan elementos imaginarios como en este caso el alargado campanario y el gran edificio de la derecha. El motivo de estos añadidos debemos buscarlo en otorgar una mayor belleza a la escena. La luz veneciana ha sido captada a la perfección por el maestro londinense, centrando su atención en la transparencia característica que se ve perturbada por algunas nubes. También nos presenta el trasiego del Gran Canal, el otro gran protagonista de la composición. Las bracas que navegan por él otorgan mayor dinamismo y viveza a la composición. De hecho, la impresión de que el espectador navega en una de las habituales góndolas venecianas es perfectamente creíble. El colorido utilizado por Turner es claro y luminoso, haciendo un perfecto uso de azules, amarillos y blancos. El romanticismo que encierra Venecia ha sido representado por Turner a la perfección en sus numerosas imágenes.
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En el siglo XVI la República de Venecia seguía manteniendo un mayor potencial y una más sólida posición, destacando por encima de los restantes núcleos políticos de la península italiana. El régimen de la Señoría mantuvo a lo largo del Quinientos la significación política que la había caracterizado en siglos anteriores. Seguía siendo, pues, una pieza importante del mapa político europeo, interviniendo activamente en las disputas internacionales merced al poderío territorial y marítimo que conservaba desde su etapa anterior como potencia mediterránea. Con un sistema de gobierno y administración que se mostraba operativo y eficaz, con una organización social bastante representativa en comparación a lo que para entonces era usual, sin graves problemas internos que combatir y con unas disponibilidades económicas que le permitían contar con unas fuerzas militares adecuadas a sus necesidades de defensa y a sus pretensiones exteriores, el Estado veneciano supo conservar su papel de primera estrella del firmamento italiano. El aristocratismo republicano no era patrimonio de una cerrada oligarquía nobiliaria que ocupase el poder de forma tiránica, permanente y exclusiva, sino que, por el contrario, una relativa rotación y alternancia en las esferas gubernamentales eran notas distintivas de su peculiar ordenamiento constitucional, eso sí, siempre sobre la base de una estructuración socio-política estamental en la que la nobleza, aunque abierta y en renovación, no había perdido ni mucho menos su posición sobresaliente. La representación del Estado recaía de forma vitalicia en la figura del Dux, personaje símbolo de la grandeza de la Señoría, al que se le rodeaba de majestuosidad y exaltación ceremonial, a pesar de que su poder efectivo resultaba mínimo. El dux recibía un sueldo por su cargo, sueldo con el que apenas podría sufragar su amplia nómina de gastos. Al estarle prohibido mantener negocios privados, el cargo implicaba disponer de una amplia fortuna previa al nombramiento. El dux veneciano pagaba impuestos como sus convecinos y estaba obligado a no abandonar el Palacio Ducal, excepto con motivo de las fiestas. No podía salir al extranjero sin permiso y sin la compañía de un miembro del Collegio, salvo en caso de guerra. El Consejo tenía derecho a abrir la correspondencia oficial del dux, mientras que el resto de la correspondencia debía ser leída ante los miembros del Consejo. El cuerpo más numeroso del conjunto institucional era el Gran Consejo, integrado por un amplio colectivo aristocrático, órgano soberano del poder de la República del que emanaban las leyes y desde el que se hacía el nombramiento de los cargos públicos, así como la elección de los miembros que integraban el Senado, especialmente orientado éste hacia la dirección y supervisión de los asuntos exteriores. Otros colegios especializados y el "Tribunal de la Cuarantia", junto al Consejo de los Diez, principal organismo ejecutivo, completaba el aparato institucional del Estado veneciano, que había dado y estaba dando muestras de una gran estabilidad y fortaleza en el transcurso de los años y de una notable adecuación a las exigencias de estructuración política que demandaban los nuevos tiempos modernos. El dominio veneciano de los territorios del Véneto y la Lombardía motivarán los recelos de la mayoría de las potencias europeas y de los demás estados italianos. Cada una de las pérdidas territoriales sufrida por los venecianos a manos de los turcos en el Mediterráneo oriental era acogida con satisfacción en Europa. Incluso en el año 1508 se constituye la Liga de Cambrai, formada por el papa, el emperador, España y Francia, para luchar contra la Serenísima República. La Liga contó con el apoyo de los duques de Mantua, Saboya y Ferrara. Las tropas aliadas conseguían derrotar a las venecianas y la República alcanzaba en su momento más bajo. Sin embargo, la urdimbre diplomática era tal que en el año siguiente la Liga se disolvía y Venecia conseguía poner fin al conflicto sin apenas pérdidas territoriales. A pesar de esta victoria "in extremis", la República estaba agotada y tocaba fondo. El descubrimiento de América en 1492 y la colonización del nuevo continente no serán la causa del inicio del descalabro económico de la ciudad. Más bien los motivos debemos buscarlos la falta de interés por parte de los nobles venecianos en invertir en negocios más arriesgados, buscando la seguridad económica al adquirir grandes fincas. Pero no debemos pensar que el comercio con Oriente se paró. A pesar del bloqueo turco tras la caída de Constantinopla en 1453, los mercaderes venecianos siguieron realizando transacciones en los mercados orientales y aportando a Europa los ricos productos que tanto éxito tenían: especias, oro, ricos tejidos, etc. Para mantener su espacio comercial en la zona, Venecia no dudó en participar en la famosa batalla de Lepanto, junto a España y el Papado, batalla en la que consiguió vencer don Juan de Austria, hermano de Felipe II. El gran triunfo de Venecia en estas fechas sería mantener su propia independencia, en unos años en los que los estados italianos eran piezas claves en la política territorial de las grandes potencias europeas: España, Francia y los Estados Pontificios.
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Desde finales del siglo XIII la república de San Marcos había dado un claro giro institucional, centrado en el fortalecimiento de la oligarquía gobernante. En 1297 el Gran Consejo quedaba cerrado al ingreso de nuevas familias -configurando entre todas el llamado "Libro d'Oro" en el que aparecen recogidos los nacimientos y las bodas de sus miembros-, para luego desaparecer como asamblea en 1423. El Senado junto con el Colegio de los Veintiséis, órgano ejecutivo de la "Serenísima", terminaron por perder la mayoría de sus atribuciones. Sus funciones pasaron a ser competencia del Consejo de los Diez, antiguo comité de seguridad. Desde 1310 los dogos fueron elegidos por este consejo entre un grupo cada vez más reducido de familias. El dux, pese a ser elegido de por vida, perdería poco a poco gran parte de su prestigio, convirtiéndose en un hombre de paja en manos del Consejo de los Diez. Sus miembros, máximos exponentes del carácter restringido de la oligarquía veneciana, no dudaron en condenar a muerte al dux Marino Faliero en 1355, acusado de conjurar contra las instituciones venecianas. Al amparo del cambio institucional, las directrices venecianas habían cambiado radicalmente desde el segundo tercio del siglo XIV, al iniciar una política de expansión hacia el interior (terraferma) en perjuicio de sus tradicionales intereses en el Mediterráneo oriental, política que contó con algunas voces contrarias. Algunos autores han destacado con acierto la sincronía existente entre la expansión otomana en los Balcanes y la política de "terraferma" de la república de San Marcos. El cambio de orientación respondería por tanto a la necesidad de asegurar la supervivencia del estado frente a la posibilidad de perder la costa dálmata a manos de los turcos. Sin embargo, no cabe olvidar el papel jugado en dicha transformación por la abierta hostilidad de sus vecinos territoriales: los Visconti de Milán, los Scaligieri de Verona, los Carrara de Padua y los Habsburgo, duques de Austria. El primer logro de las nuevas perspectivas de la república fue la conquista de Treviso en 1339. Pero la orientación expansiva de la política veneciana se hizo más patente durante el gobierno de los dogos Michele Steno (1400-1413), Tomaso Mocenigo (1414-1423) y, sobre todo, Francesco Foscari (1423-1457). Venecia se impuso sobre los Visconti en el Véneto, llegando a controlar las áreas rurales del interior hasta el río Mincio y ciudades como Padua, Vicenza o Verona (1405). También consiguió el dominio sobre el Friuli a costa de los duques de Austria y del patriarca de Aquilea. Su empuje en el Milanesado a lo largo del siglo XV provocó la caída de Bérgamo, Brescia y Cremona del lado veneciano, pese a la resistencia de los Visconti y Sforza. A pesar de todo, la república veneciana no abandonó por completo su política mediterránea, centrada en la rivalidad con genoveses y turcos. Entre 1351 y 1355 mantuvo una dura pugna con Génova por la hegemonía comercial en el Mediterráneo, saldada con la pérdida de Dalmacia (1358) en favor de Luis de Hungría, aliado de los genoveses. Años más tarde, la llamada guerra de Chioggia (1377-1381) llegó a poner en peligro las conquistas venecianas en el Véneto, ante el empuje por tierra y por mar de húngaros y genoveses. La acción militar de Vittorio Pisani consiguió equilibrar la situación, pero no pudo impedir que la Paz de Turín (1381) reconociera la teórica soberanía húngara sobre Dalmacia y la pérdida de Treviso en favor de los Habsburgo. Una vez descartada Génova como rival, Venecia tuvo que afrontar la expansión otomana en la cuenca oriental. La Serenísima, apoyada por los estados cristianos orientales, utilizó una doble estrategia para contrarrestar el avance turco en la Hélade y en los Balcanes. Por una parte ofreció su protectorado a los puertos de Morea y Albania entre 1423 y 1444. Por otro lado trató de mantener con el sultán Murad II (1421-1451) sus antiguos acuerdos comerciales con Bizancio. Pero con la derrota de los cruzados húngaros en Varna (1444), la república de San Marcos tuvo que continuar en solitario la lucha contra los turcos, apoyando en vano sublevaciones locales contra el imperio otomano como la del caudillo albanés Skanderberg (muerto en 1467). A pesar de la actividad diplomática veneciana, fue inviable un acuerdo entre las potencias cristianas para actuar de forma conjunta contra los turcos, dueños de Constantinopla desde 1453. Venecia tuvo que claudicar y firmar una paz poco ventajosa en 1479, que supuso la pérdida de Negroponto y Argos y el pago de un canon anual de 10.000 ducados al sultán Mohamed II (1451-1481) para poder comerciar en sus territorios. Con el acceso al sultanato de Bayaceto II (1481-1512), los venecianos vivieron una etapa de cierta tranquilidad, que les permitió adquirir la isla de Chipre. Pero el avance otomano era ya imparable y resultó del todo imposible para Venecia mantener sus últimas bases en Morea.
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En el siglo XVII la República Serenísima, prototipo de ciudad-Estado, comprendía la provincia del Véneto, una parte de Istria, casi toda Dalmacia y las islas Jónicas; gobernada por un sistema oligárquico-ciudadano cuyos miembros estaban inscritos en el "Libro d'Oro" de la ciudad, seguía estando viva a comienzos de la centuria gracias a su activo comercio, aunque sus iniciativas expansionistas quedarán abandonadas en 1718 con la pérdida de Morea -Creta le había sido arrebatada en 1669- y conservando únicamente sus enclaves en la costa yugoslava, donde bullía ya un cierto nacionalismo antiveneciano. El período que nos ocupa está marcado por la estabilidad, y por un cierto retroceso en el comercio mediterráneo, en parte por la concentración de la propiedad agraria, la vigencia de una agricultura tradicional y la decadencia de la clase dirigente. En efecto, la estabilidad política proviene de la constancia de los ingresos comerciales, dándose muchas exportaciones de cerámicas, objetos de vidrio y obras de arte, llegando a declararse la ciudad puerto franco en 1735; en parte también de una clase política conservadora, anclada en las instituciones tradicionales y dominada por la aristocracia (Gran Consejo de Nobles, Senado y Señoría) opuestos a cualquier conato de reforma, y por último, se debe también a una política de neutralidad en la escena internacional. No obstante, en la segunda mitad del siglo XVIII algo cambió en el panorama político culminando una intensa legislación reformadora, gracias al pensamiento ilustrado, que impulsaría notablemente el desarrollo económico: abolición de los derechos de pastos concedidos a los propietarios ganaderos en determinadas zonas de la llanura véneta, puesta en cultivo de tierras baldías, coto al aumento de las propiedades eclesiásticas, mejora del sistema hacendístico y una redistribución de los impuestos, desarrollo de ciertas industrias (talleres de lino, algodón y lana) y supresión de aduanas internas. Estas transformaciones, aunque no fueron acompañadas de cambios en el terreno institucional, permitieron la aparición de una nueva burguesía en ciudades secundarias y centros rurales, ligada al comercio local, pequeñas industrias o el ejercicio de profesiones liberales. A pesar de sus intentos de neutralidad, la intención austriaca de implantarse en el Mediterráneo hizo que Viena ofreciera en 1747 a la república una permuta de territorios que hubiese supuesto la libre comunicación entre la Lombardía habsburguesa con el Trentino, principado arzobispal, feudatario del Imperio. Dicha negociación no dio ningún fruto. A pesar de que las bases económicas tradicionales en Venecia parecían haberse roto y que las arcas estaban cada vez más vacías, la ciudad no perdía el encanto para los extranjeros. Cada vez un mayor número de visitantes se acercaba a la Ciudad de los Canales, no sólo por razones comerciales sino para disfrutar de las continúas fiestas -el carnaval parecía durar todo el año-, de las salas de juego -ridotti- que abundaban en todos los rincones y de los lujosos burdeles -también de los no tan lujosos-. El dinero se lapidaba en una continua juerga que era famosa en todos los ambientes aristocráticos de Europa. La lenta decadencia veneciana se consolidó cuando el 12 de mayo de 1797, el Gran Consejo declaraba la disolución de la Serenísima República de Venecia. La orden venía impuesta por expreso deseo de Napoleón y poco después las tropas francesas entraban en la ciudad. Napoleón había prometido importantes reformas que nunca se pusieron en marcha, ya que el hábil político francés había negociado con Austria la entrega de la ciudad a cambio de otros territorios. Desde 1797 Austria domina la región del Véneto como una provincia más de su imperio, residiendo en Venecia un regente del emperador, al tiempo que existía una fuerte competencia política con Milán. El dominio austriaco fue en un primer momento muy perjudicial para la región septentrional de Italia, ya que los tributos y los aranceles eran muy gravosos para toda la población, eliminando cualquier posibilidad de negocio.
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La nueva ciudad fue creciendo lentamente. En el siglo XI muchas de las orillas de los pequeños islotes estaban ya consolidadas y se habían excavado algunos canales, mientras que otros eran soterrados para facilitar la comunicación. La urbe se extendía desde la Riva degli Schiavoni hasta la punta de la Dogana y San Giorgio, levantándose algún puente de madera, aunque lo habitual era que la población se comunicara con botes. Las vías interiores sólo servían para unir pequeñas comunidades. Pero ya en estas fechas se estaban empezando a construir dos de las señas de identidad de la ciudad. En el huerto pantanoso del monasterio de San Zacarías se estaba levantando una iglesia dedicada a san Marcos. El antiguo castillo ducal que se erguía poderoso y fortificado con sus torres en los ángulos en la zona de Rialto estaba siendo sustituido por el nuevo en las cercanías de la basílica. Pero Venecia todavía conservaba el aspecto de una ciudad fortificada típica de la Edad Media, con un sistema defensivo que comprendía torres en la punta de la Dogana, San Giorgio y la iglesia de Santa Maria Zobenigo, cerrándose el acceso al Gran Canal a través de una gruesa cadena. Las constantes peticiones de la flota veneciana por parte bizantina para luchar contra los musulmanes supondrán cada vez mayores privilegios y el aumento de la independencia veneciana. Venecia iba obteniendo la supremacía sobre la metrópoli al conseguir la libertad de comerciar por todo el Imperio sin pagar tributos. En el siglo XII crecía la rivalidad de Venecia con Pisa y Génova -apoyadas por Bizancio-, las otras urbes con intereses comerciales en el Mare Nostrum, al tiempo que los venecianos ampliaban sus factorías en todas las costas del Mediterráneo oriental. La amenaza del Sacro Imperio Romano Germánico sobre las ciudades comerciales del norte de Italia era cada vez mayor, ya que las consideraba una legítima herencia del Imperio Romano de Occidente. La posesión bizantina de Venecia dejó a la ciudad al margen de las luchas que tuvieron que mantener el resto de las urbes, apoyadas por el papado, contra el Imperio. Finalmente, Venecia se adhirió a la Liga Lombarda, confiándose a sus representantes los aspectos diplomáticos. No en balde, el dux Sebastiano Ziani consiguió la firma de la paz entre el emperador Federico Barbarroja, el papa Alejandro III y las ciudades del norte de Italia. Venecia se convertía así en una potencia con los mismos derechos que sus aliadas, aunque nominalmente dependiera de Bizancio. La independencia definitiva de Venecia -denominada de esta manera oficialmente ya en el siglo XIII- respecto a Bizancio se consiguió en tiempos del dux Enrico Dandolo. Ya desde hacía tiempo los cruzados partían desde la isla del Lido hacia Tierra Santa en barcos venecianos, pagando el consiguiente tributo. Gracias a sus habilidades, este dux consiguió que los cruzados que partían en barcos venecianos para luchar en la Cuarta Cruzada se avinieran a conquistar Constantinopla. La preparación de la Cuarta Cruzada tenía como finalidad un nuevo ataque al delta del Nilo, bajo impulso veneciano. Su desviación hacia Constantinopla obedeció a móviles políticos y económicos: Alejo, hijo de Isaac II, ofreció a venecianos y cruzados una ayuda inmensa de 200.000 marcos de plata y 10.000 soldados para pelear en la cruzada si, previamente, restablecían a ambos en el trono imperial, del que Isaac había sido desplazado, en 1195 por su propio hermano Alejo. Tal propósito se cumplió gracias a la ayuda occidental en julio de 1203, pero las cláusulas compensatorias no se hacían efectivas y, en enero de 1204, un nuevo golpe instaló en el poder a Alejo V. Aquello precipitó la conquista y saqueo de la capital por los cruzados, en abril, y el reparto de la mayor parte del territorio imperial, atribuido a diversos nobles occidentales. Venecia obtuvo nuevas ventajas económicas y de control político, pudo comerciar directamente en el Mar Negro y mejoró su instalación en el Egeo, se reservó el "cuarto y mitad" de las rentas imperiales e influyó en el nombramiento del nuevo patriarca latino de Constantinopla, Balduino de Flandes. Podemos afirmar que Venecia es "de facto" una ciudad independiente, con una amplia cadena de puertos bajo su control a lo largo y ancho de toda la costa oriental mediterránea, islas incluidas. Entre las numerosas obras de arte llegadas a Venecia destacan los famosos caballos de San Marcos, procedentes del Hipódromo de Constantinopla. El control veneciano del Mediterráneo oriental pronto motivó la aparición de un nuevo enemigo: Génova. En el año 1261 genoveses y bizantinos conseguían unir sus fuerzas y eliminar el reino que los cruzados habían instituido en territorio bizantino. Gracias a la flota y al apoyo genoveses, Miguel VIII recuperó Constantinopla (julio de 1261), las islas que aún controlaba Venecia y algunos territorios complementarios. Génova, por su parte, tuvo libertad de comercio en los mares Egeo y Negro con privilegios mayores que los tenidos hasta entonces por Venecia. Pero los vencidos de 1261 no renunciaron a restaurar la situación anterior: hubo guerra con Venecia hasta 1265. Gracias a la habilidad diplomática veneciana, el emperador bizantino restituiría algunas competencias comerciales venecianas anteriores pero la lucha con Génova se mantuvo viva durante dos siglos más.
obra
Este lienzo formaba parte de la decoración de sala del Magistrato alle Biade del Palacio Ducal; en 1792 se trasladó a la Librería Marciana pero en 1810 fue llevada al Ala Napoleónica de las Procuradurías, desde donde pasó a la Galería. Posiblemente el primer traslado supuso para la tela una importante modificación, ya que sería originalmente cuadrada, pero se recortó para adaptarse al techo de la obra realizada por Sansovino. El sensacional estudio de perspectiva, el refinado cromático y los efectos de contraluz hacen de ésta una de las mejores piezas de Veronés, protagonizada por la figura de Venecia, ricamente ataviada y colocada en un trono con dosel, recibiendo el homenaje de Hércules, a la izquierda de la composición, y de Ceres, la diosa griega de la agricultura, acompañada de dos amorcillos que portan fardos de cereal, el mismo que la diosa ofrenda en su manto a la imagen simbólica de la Ciudad de los Canales.