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La Sagrada Familia será un tema muy habitual en la producción de El Greco durante los últimos años del siglo XVI y primeros del XVII. En esta imagen que contemplamos repite un modelo que hoy guarda el Museo de Santa Cruz de Toledo por lo que podríamos estar ante un estudio preparatorio debido al mayor abocetamiento de esta escena. Las figuras corresponden a ese amplio y alargado canon que tanto estimaba el cretense, modelando a través de la luz y el color como hacía la Escuela veneciana.
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Entre 1648 y 1652, Poussin pintó varias obras sobre el tema, a un ritmo anual. Una de ellas es esta Sagrada Familia, de características muy similares a la Sagrada Familia llamada de la Bañera. En todas ellas juega Poussin con su sentido de la armonía y la construcción geométrica, en una composición que debe mucho a Rafael. Ésta en concreto fue pintada para la esposa del superintendente Fouquet, en 1651.
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El estilo de este lienzo es típico del último periodo de Poussin, con una incuestionable influencia de Rafael, que se manifiesta de forma más clara en la solidez de la composición. Si lo comparamos con la Sagrada Familia con el Bautista niño, de factura un tanto anterior, vemos cómo esta obra es más equilibrada, serena, como corresponde al estilo de la segunda mitad de los cincuenta. Esta obra fue encargada a Poussin en 1647 por Chantelou, su mecenas, y terminada en 1655, en un trabajo largamente pospuesto ante el exceso de encargos a que hacía frente. De hecho, en estos mismos años realizó algunas de sus más celebradas Sagradas Familias, como la "Sagrada Familia con Santa Isabel y el Bautista niño y cuatro angelitos y la Sagrada Familia con Santa Isabel y el Bautista niño del Louvre. Tal y como se desprende de la correspondencia del pintor con su cliente, Poussin deseaba alcanzar una nueva interpretación sobre el tema, lo cual no debió serle fácil, ya que en numerosas ocasiones alegaba estar aún trabajando en la idea, que no terminó de perfilar hasta 1653. Para el pintor francés, el tema de la Sagrada Familia expresaba no tanto una idea específicamente religiosa como una generalización, esto es, simbolizaba la cercanía y amor espiritual de las personas. A pesar de la grandeza e incluso solemnidad de la representación, este lienzo es, por encima de todo, una representación del amor fraterno, de la familia espiritual. Existen varios dibujos preliminares, como el de la Sagrada Familia con San Juan y Santa Isabel del Ermitage. Gracias a ellos puede seguirse el desarrollo de esta búsqueda de la idea.
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El archiduque Alberto de Austria, gobernador de los Países Bajos españoles gracias a su matrimonio con la infanta Isabel Clara Eugenia, será uno de los principales clientes de Rubens. Para el oratorio del palacio ducal de Bruselas encargó esta Sagrada Familia acompañada de Santa Isabel y San Juanito, dentro de la tradición contrarreformista. La Virgen María aparece en el centro de la composición, sosteniendo en su regazo al Niño Jesús que acerca su mano izquierda hacia san Juanito. Tras la Sagrada Familia se ubica san José, cuyo protagonismo en la escena es mínimo; santa Isabel ocupa la zona derecha de la composición, sosteniendo entre sus manos a su hijo, vistiendo una túnica y un manto en tonos azules que contrasta con la túnica roja de la Virgen, color que simboliza el martirio psicológico sufrido por María al contemplar el sufrimiento de su hijo.Las figuras ocupan todo el espacio pictórico, interesándose el maestro por resaltar su monumentalidad gracias al empleo de una potente iluminación que provoca contrastes de luz y sombra, recordando el estilo de Caravaggio. También encontramos cierta referencia a la escuela veneciana, tanto en los colores empleados como en la sensación atmosférica que envuelve a los personajes. Algunos especialistas consideran que para los niños se utilizarían como modelos a sus propios hijos.
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El misticismo de las escenas interiores del Tríptico de San Ildefonso se repite en la escena que se pinta en las hojas cerradas, la Sagrada Familia bajo el manzano, que recibe este nombre porque la Virgen y el Niño se ubican bajo este árbol frutal, símbolo del árbol de la vida, identificando a Jesús con el nuevo Adán y a la Virgen con la nueva Eva. El cortinaje rojo que da sombra a san José corresponde con los pesados cortinajes de las tablas interiores. En la zona izquierda de la composición observamos a san Juanito, acompañado de sus padres Isabel y Zacarías, aproximándose a la Sagrada Familia. Las figuras se ubican en un paisaje, rompiendo de esta manera con la estructura interior del tríptico abierto. Al igual que en el resto de las tablas, la influencia de la escuela veneciana se manifiesta en el empleo de luces y colores así como la atmósfera que se consigue, recordando especialmente a Tiziano.
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Dentro de los numerosos encargos que realizó la infanta Isabel Clara Eugenia a Rubens hay que destacar una Sagrada Familia para la iglesia de los Agustinos de Amberes. La escena que contemplamos, propiedad del Museo del Prado, es una reducción realizada por el maestro de ese gran encargo, para ser mostrada al cliente o para tener en su colección una reproducción de esta obra maestra al encontrarse satisfecho con el resultado. Rubens se inspira en las famosas Sacras Conversaziones del Renacimiento Italiano, como también hace en el Descanso en la huida a Egipto. La Virgen con el Niño se sitúan sobre un pedestal y a su alrededor se muestran Santa Catalina, San Pedro, San Pablo y San Jorge, entre otros santos. Las figuras son típicamente barrocas, marcando los escorzos y las diagonales, tanto en plano como en profundidad. La situación de los personajes en el espacio recuerda a Tiziano. La técnica y la alta calidad del lienzo muestran las buenas maneras de Rubens en la década de 1630, sus mejores años.
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En sus últimos años Mantegna realizará varias imágenes protagonizadas por la Sagrada Familia acompañada por una santa - posiblemente santa Isabel - y San Juanito. La que contemplamos es una de las más espirituales, inspirando una perfecta sensación de devoción y ternura. El maestro ha suprimido todas las referencias arquitectónicas y anecdóticas de cuadros anteriores para centrar su atención en las figuras sagradas, especialmente el Niño Jesús y la Virgen. Tras ellos contemplamos en semipenumbra a santa Isabel y san José, representados con un aspecto naturalista, mientras que san Juanito se sitúa a los pies de Cristo, dirigiendo su mirada al espectador para implicarnos en el asunto. Las figuras forman la perspectiva en diferentes planos, creando una perfecta sensación espacial, reforzada por la iluminación empleada. Sus cuerpos monumentales cubiertos con pesados ropajes vuelven a recordar a la estatuaria clásica y a la obra de Donatello, que tan bien conocía el maestro. Cierto aire veneciano existe en la luz, en el ambiente creado y en el colorido empleado, siguiendo a Giovanni Bellini, su cuñado.
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Entre los pintores más destacados del Renacimiento italiano surge la figura de Antonio Allegri, el Correggio, cuyo estilo anticipa el Barroco. Corregggio recoge en sus trabajos influencias de Mantegna, Rafael y Leonardo para elaborar un estilo propio donde el movimiento y la gracia son características principales, dotando de una atmósfera femenina a sus conjuntos, como en esta Sagrada Familia con San Jerónimo y Santa María Magdalena. Las figuras se sitúan en posiciones escorzadas, especialmente la Magdalena, recostada sobre la Virgen para que el Niño Jesús acaricie su cabeza. Un ángel pasa las páginas de las Sagradas Escrituras traducidas por el santo, que aparece acompañado por un león que dirige su mirada al espectador. La escena se desarrolla bajo una tela roja, mostrando al fondo un paisaje de gran profundidad; las líneas oblicuas organizan la composición, destacando el desequilibrio entre los grupos así como la blandura de las figuras - que recuerdan a Rafael - mientras que en el claroscuro se inspira en Leonardo. La sensación atmosférica y la espiritualidad de la escena muestran la maestría de Correggio en este tipo de composiciones de belleza excepcional.
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Durante su estancia en París de 1640 a 1642, Poussin no olvidaba a su fiel clientela romana, más acorde que la nobleza francesa a su gusto por los lienzos de reducido tamaño destinados no a sorprender con su monumentalidad sino a satisfacer un gusto emanado dela reflexión. Para su marchante Stefano Roccatagliata, que gestionaba sus asuntos en Roma, realizó este cuadro entre 1641 y 1642. Pasó luego a manos de la familia Dal Pozzo, tan fiel al artista francés. Es una escena de sobria composición, austera, sin caer en el costumbrismo tan frecuente en los autores españoles del barroco, tan influidos por el naturalismo caravaggista a la hora de representar a la Sagrada Familia. Sus colores son frescos y la iluminación suave, por lo que se encuentra más cerca de los modelos renacentistas.
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En las Sagradas Conersaciones pintadas por Tiziano durante la segunda mitad de la década de 1510 se pone de manifiesto una importante novedad respecto a este tipo de imágenes realizadas durante el Quattrocento. El maestro de Cadore aporta una significativa humanidad en las escenas, relacionando las figuras a través de miradas o gestos, abandonando la Virgen el papel de trono de Dios para convertirse en madre, mientras que el Niño Jesús intenta jugar con los personajes que tiene alrededor. Estas novedades se manifiestan en este lienzo que contemplamos, presidido ahora por San José -cuyo papel empezará a ser cada vez más importante en las escenas de la Sagrada Familia- mientras que la Virgen y el Niño quedan en la zona de la izquierda y el pastor ocupa la derecha. Las figuras se integran a la perfección en el paisaje -herencia de Giorgione- mientras reciben un potente foco de luz que resalta las tonalidades de sus vestimentas, tonalidades brillantes en sintonía con las obras de Bellini.