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La astuta personalidad y el poder político que poseía el cardenal Richeleu son los principales protagonistas de este retrato de Philippe de Champaigne, mostrando a su protector de frente y en sus dos perfiles, obteniendo una obra muy personal. Los rojos del traje del religioso, sirven para contrastar con el fondo neutro sobre el que se recorta la figura.
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Cuando en 1511 Rafael hace el retrato del papa Julio II establece el esquema de representación pontificia. El modelo aparece sentado, girado en tres cuartos, vistiendo el bonete y la manteleta rojos y el roquete blanco. Ese mismo esquema será empleado años después por Tiziano para retratar a Paulo III, interesándose también por la captación psicológica de su modelo. El Greco utilizará como fuente la obra de Rafael al realizar hacia 1600 el retrato del cardenal don Fernando Niño de Guevara, Inquisidor General desde 1599 y arzobispo de Sevilla al año siguiente. El modelo aparece en diagonal, sentado sobre un sillón frailero, ante una pared forrada de cordobán en la que se aprecia una puerta de madera. Cuando en 1650 Velázquez pinta al papa Inocencio X también sigue el modelo inicial, consiguiendo un espectacular retrato que al ser presentado al pontífice, éste pronunció: "Demasiado real". Incluso el pintor del siglo XX Francis Bacon utilizará como fuente el Julio II de Rafael al pintar el Estudio según el retrato del Papa Inocencio X de Velázquez, obra que representa la expresión atormentada de un papa salpicado de sangre, y que se encuentra prisionero en una construcción tubular, que da la sensación de ser una especie de trono desguarnecido.
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Mientras atendía los trabajos para San Pietro, Bernini afrontó la realización de otras muchas obras, que le fueron confiadas por su ya asentada fama como escultor, planteándole la necesidad de organizar su complejo taller de ayudantes y colaboradores. Entre 1615-20, un grupo de bustos retratos, ligados a los modos paternos y al naturalismo de Mariani, que hablan de su habilidad como retratista, justificarán la comisión de una serie de bustos del papa Urbano y de otros miembros de su familia, además de tantos más oficiales y privados. En ellos acusa su alta capacidad de individuar los rasgos físicos y psicológicos de los personajes, creando el llamado retrato parlante, cuyas cimas serán los del cardenal Scipione Borghese (1632) y Costanza Buonarelli (hacia 1635). Y es que, contrariamente al uso, Bernini no retrataba a sus modelos en pose inmóvil, sino moviéndose o hablando libremente durante las sesiones, con el fin de que tal circunstancia le permitiese captar la postura más espontánea y el gesto más personal (F. Baldinucci, "Vita del Cavalier.. Bernino", 1682). Por lo demás, su virtuosismo para obtener del mármol cualquier efecto de luz y color, comparables a la riqueza pictórica de Rubens o Velázquez, le permitió dar vida, incluso pasión, a aquellos retratos oficiales elaborados a partir de cuadros, sin tener al modelo real delante, como en aquel de Francesco I d´Este (1652, Módena, Galería Estense), en el que supo expresar a un tiempo la dignidad de la realeza. Difícil es hallar de la arrogancia personal y del poder absoluto una representación interpretativa tan puntual como la de su busto retrato de Luis XIV (1665, Versalles).No es posible aquí el análisis exhaustivo de la obra berniniana: memorias, escudos, tumbas, fuentes, que mezcla con la restauración de estatuas clásicas de la colección Barberini (Fauno Barberini, hallado en 1624) y tantas más cosas, lo impiden. El problema es su inagotable fantasía inventiva, capaz ya de vivificar el repertorio tipológico y los motivos iconográficos tradicionales, ya de crear nuevos prototipos y elementos, sin caer nunca en la extravagancia incomprensible o conceptual. Escogiendo, por ejemplo, las fuentes, comprobaremos su desbordante fantasía creadora, en este caso basada en la relación agua-vida. Hechizado por el agua, su transparencia, su movimiento, sus sonidos -tanto que durante su viaje a Francia lo confesaría: "yo soy muy amigo de las aguas, ellas hacen mucho bien a mi espíritu" (P. Fréart de Chantelou, "Journal de voyage... (1665)", 1885)-, ideó para Roma una serie de fuentes que, aun arrastrando tradición en lo sustancial de sus tipologías, la supera y modifica al imprimir nueva vida formal al repertorio de motivos ya consagrados: conchas, delfines o tritones, más allá de que se renueven sus valores simbólicos (ahora relativos a la familia Barberini), sino por la misma sensibilidad orgánica con que los anima. Así, aunque ejecutada bajo la dirección de su padre, la fuente de la Barcaccia, en la plaza de Spagna (1628-29), con la solución de la gran tina a nivel del suelo, por la falta de presión en esa zona, jugando con el suave fluir del agua, insufla vida a la insulsa fuente de la Neviscara, ante Santa Maria in Domnica, su modelo quinientista. O como, en las fuentes del Tritón, en la plaza Barberini (1642-43), y de la Lumaca, en origen para la plaza Navona hoy en la villa Doria-Pamphili (1652), en donde el primitivo esquema arquitectónico de la fuente-vástago lo cambia por un tallo biológico por el que fluyen formas vivientes (en la última fuente, tres delfines enroscados sostienen, juguetones, una gran caracola) que los juegos de agua conexionan y unifican.Algo parecido sucede si analizamos cómo afronta la tipología del monumento funerario, aunque en este caso comprobaremos una ruptura más clara con el repertorio quinientista, a pesar de los muchos y posibles antecedentes. Su vitalidad se afirma con la creación del prototipo áulico y de grandes dimensiones -Tumbas de Urbano VIII (1628-47) y de Alejandro VII (1671-78), ambas en el Vaticano- o del modelo gentilicio más sencillo y reducido -Laudas de Alessandro Valtrini (1639), S. Lorenzo in Damaso, y de sor Maria Raggi (1643), Santa Maria sopra Minerva-. Si en las dos primeras unifica el monumento conmemorativo y el sepulcral, y fija el tipo hasta casi el siglo XIX: el papa bendice, sentado en un trono, o reza, de rodillas, sobre un pedestal que se sitúa detrás de un sarcófago, flanqueado por figuras alegóricas alusivas al difunto, en el caso de las dos últimas propone los elementos base destinados a tener una similar fortuna temporal: sobre una tarjeta o un trapo agitado por el viento, se coloca el medallón con el retrato del difunto, que lo sostienen un par de angelitos o un esqueleto (que también aparece en el anterior prototipo). Como sea, en ambos arquetipos, las tumbas son expresiones ideales de la dramaticidad religiosa del Barroco, tocada de vida por los valores naturalistas y de teatral ilusionismo que se cuelan en su concepción, convirtiendo la última morada en un modo más de vanidad humana, política, religiosa o social.
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El cardenal Dovizi Bibbiena será uno de los mejores amigos de Rafael en Roma. Hombre de mundo y destacado humanista encargó a Sanzio la decoración de sus aposentos en los Palacios Vaticanos junto al tercer piso de las galerías. El retrete o "estufilla" del cardenal nos ofrece una decoración tremendamente intimista e incluso erótica, adecuada a la estancia. El tema elegido son diversos episodios de la vida de Venus y su relación con los otros dioses, junto a numerosos amorcillos que juguetean con animales. Los grutescos acompañan al conjunto, tomando un aspecto tremendamente clásico. Rafael dirigió los trabajos que fueron ejecutados por sus ayudantes Giulio Romano, Gianfrancesco Penni y Giovanni da Udine, satisfaciendo enteramente al cardenal que quiso dotar al pintor con su sobrina María para que la tomara en matrimonio aunque no se pudo llevar a cabo por fallecer antes de casarse.En el siglo XIX el retrate fue convertido en capilla cubriéndose las paredes con tablas y la bóveda con una tela.
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La mortalidad, por su parte, experimentó un ligero descenso, si bien no del todo homogéneo ni simultáneo en los diversos países, motivado, sobre todo, por la menor incidencia de las crisis demográficas y por la atenuación de algunos de los componentes de la mortalidad ordinaria. Bien entendido, la mortalidad catastrófica no llegó a desaparecer. Pero las crisis fueron más infrecuentes y, sobre todo, menos virulentas. Por lo pronto, no hubo una conflagración bélica en el XVIII comparable por sus efectos negativos a la Guerra de los Treinta Años. La mayor profesionalización, organización y disciplina de los ejércitos, su acuartelamiento en edificios apropiados, las mejoras de los abastecimientos y los avances de la higiene militar limitaron -sin anular, por supuesto- las consecuencias de las guerras. Y las cosechas de los nuevos cultivos que se estaban difundiendo (patata, sobre todo), al tener ciclo distinto al del cereal, se protegían mejor de los desmanes de las tropas. La guerra de sucesión de Baviera entre Prusia y Austria (1778-1779) es conocida como Kartoffelkrieg (guerra de las patatas) por su incidencia en el desarrollo del cultivo de la patata precisamente para eludir las destrucciones militares. Por otra parte, estos nuevos cultivos, pese a sus limitaciones, contribuían a paliar las crisis de subsistencia. Entre otras razones, por su comportamiento distinto al del cereal frente a las variaciones climáticas, lo que vinculó en algunas zonas su extensión a épocas de dificultades (gran hambre de los primeros años setenta en amplias zonas centroeuropeas, por ejemplo). Y también tienen su importancia a este respecto el incremento de la producción agraria en general, las mejoras en las comunicaciones (lo que facilitaba el transporte y distribución de granos a los lugares donde escaseaba) y, finalmente, el nivel más elevado de humanitarismo y las mejoras en la asistencia pública. Con todo, en una Europa en que el pan seguía siendo el alimento básico, la concurrencia de varios años de malas cosechas provocaba aún situaciones muy difíciles. Pero sus efectos fueron más moderados que en el pasado. Y J. Meuvret pudo escribir, refiriéndose a Francia, que se estaba pasando de las crisis a las crisis larvadas. La mayor novedad en este sentido fue, sin lugar a dudas, la práctica desaparición de la peste, que desde mediados del siglo XIV había sido uno de los mayores azotes de la población europea. Sus últimas grandes oleadas en Europa occidental fueron, salvo algunos contagios menores, la de Londres de 1665- que afectó, en realidad, a una extensa área del noroeste europeo- la de Marsella de 1720, si bien Europa oriental vivió todavía algún tiempo bajo su amenaza -recordemos, por ejemplo, la epidemia de Moscú en 1770-1771- para ver cómo desaparecía en el primer tercio del siglo XIX. No es fácil precisar el porqué de la erradicación de una enfermedad cuyo agente causante -el bacilo de Yersin- no fue descubierto hasta 1894 y que sólo es eficazmente combatido con antibióticos y sulfamidas. Se ha hablado de posibles mutaciones genéticas en el bacilo, de cambios en la relación patógena agente-paciente tras un contacto de siglos (menor virulencia del microbio, progresiva inmunización del hombre), del más frecuente empleo de piedra en la construcción, de la mejora de la higiene urbana -ambos factores reducirían la presencia de roedores en las ciudades- o del desplazamiento de la rata negra, portadora del bacilo, y de la pulga que lo transmitía, por la rata gris como principal roedor parásito de las aglomeraciones humanas. Pero, sin menospreciar la posible intervención de estos factores, sí es seguro que una parte de la responsabilidad corresponde a las distintas administraciones -triunfo de la organización humana, en definitiva-, por la aplicación rigurosa de medidas profilácticas y preventivas, entre las que destacan la exigencia de cuarentenas e inmovilización de mercancías y personas procedentes de zonas infectadas. En concreto, hay que señalar la más que probable eficacia de la barrera militar (de hecho, barrera sanitaria, en caso necesario) establecida en las nuevas fronteras habsburgo-otomanas. Y no está de más recordar que fue precisamente el quebrantamiento de la cuarentena impuesta al mercante Grand Saint-Antoine, sospechoso de traer apestados a bordo, lo que provocó el contagio marsellés de 1720. Una epidemia que se cobraría un elevadísimo número de víctimas -en Marsella, por ejemplo, 40.000 de un total de 90.000 habitantes; en Toulon, 13.000 de un total de 26.000-, pero que, finalmente, pudo ser controlada, impidiendo su expansión más allá de los límites regionales. El inicio de la lucha contra la viruela, enfermedad causante del 7 al 10 por 100 del total de las defunciones, constituye uno de los más importantes capítulos de la historia de la medicina en el siglo XVIII. La inmunización experimentada por quienes la superaban dio pie a los intentos de vencerla por la vía preventiva. Primero, por medio de la inoculación o variolización, práctica importada de Turquía a comienzos de los años veinte (tras algún ensayo veneciano anterior) y consistente en provocar el contagio en individuos jóvenes, sanos y fuertes que, de sobrevivir, quedarían inmunizados. Acompañada siempre de una viva polémica, se desconocen los reales efectos positivos de esta práctica. El paso siguiente fue el descubrimiento de la vacuna por el médico inglés Edward Jenner (1749-1823) en 1796. Pero los beneficiosos efectos de este eficaz medio de lucha contra la viruela se proyectarán, como es lógico, sobre el siglo XIX. Hubo otros avances en el campo médico-sanitario, tanto desde el punto de vista científico progresos en los conocimientos de anatomía, fisiología y patología, introducción de nuevas sustancias curativas, por ejemplo-, como en el académico y organizativo -fundación de academias de medicina, mejoras de las tasas de asistencia sanitaria, aumento del número de hospitales-. Pero su incidencia en la reducción de la mortalidad no dejó de ser modesta. Y los hospitales, en la mayoría de los casos, continuaban siendo centros donde apenas se ofrecía algo más que cobijo a los enfermos menesterosos y en los que no era rara la extensión de enfermedades contagiosas. Con todo, no se debe menospreciar la tarea de titanes emprendida por muchos médicos y otras personas cultas para desarraigar viejas creencias y supersticiones y mejorar la atención sanitaria primaria y las condiciones higiénicas privadas y públicas, contribuyendo a popularizar las prácticas -algunas, tan elementales como la necesidad de extremar la limpieza en los partos, lavar frecuentemente a los bebés o ventilar las habitaciones de los enfermos y cambiar sus sábanas con frecuencia- recomendadas en los libros de divulgación que, como los escritos por el suizo S. A. Tissot, se publicaron, preferentemente, en la segunda mitad del siglo y fueron traducidos a diversas lenguas. La posible influencia de la mejora de la nutrición en la reducción de la mortalidad ordinaria ha originado la controversia historiográfica. Si para algunos -con T. McKeown al frente- fue primordial, hay historiadores -M. Livi-Bacci, por ejemplo, entre ellos que matizan su importancia, manteniendo que el crecimiento agrícola del siglo XVIII sostendría, sin duda, el crecimiento de la población y estimularía la nupcialidad en el mundo rural y, por lo tanto, la fecundidad, pero su contribución a la reducción de la mortalidad se limitaría a la atenuación de las crisis de subsistencia lo que no es poco, de todas formas-, y siempre en conjunción con otros muchos factores de diverso orden ya citados..., sin olvidar esas posibles causas biológicas (de imposible constatación) aludidas al hablar de la desaparición de la peste. No obstante, debemos insistir en que, si bien se estaban dando los primeros pasos hacia la eficiencia (desarrollo biológico de la mayoría de los nacidos) y el orden (mantenimiento probable del orden natural de precedencia: que abuelos y padres muriesen normalmente antes que nietos e hijos) demográficos, subsistían muchos elementos del pasado, no faltaban las contradicciones aun entre los innovadores -un ejemplo: el mismo Tissot recomendaba sangrías para las parturientas con dificultades de dilatación- y, en definitiva, nada en el corto y precario camino andado se habría mantenido ni apuntalado sin las grandes innovaciones y cambios económicos y médicos del siglo XIX y aun del XX.
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Parece indudable que la crisis del siglo XIV se tradujo, asimismo, en una disminución de las tierras dedicadas tradicionalmente a cultivos, por más que su cuantificación resulte en todo punto imposible. En cualquier caso es preciso señalar que el fenómeno no puede ser contemplado sólo desde el punto de vista negativo, pues con frecuencia las tierras que dejaban de ser cultivadas eran las de peor calidad. Como dice el historiador francés R. Fossier, con indudable agudeza, lo primero que se produjo en el siglo XIV fue el "rechazo de los suelos que la presión demográfica de la época anterior había obligado a arrancar de la maleza". La documentación de los dos últimos siglos de la Edad Media alude una y otra vez a los campos abandonados. Son, por ejemplo, los "masos rònecs" de la documentación de Cataluña de la segunda mitad del siglo XIV y de los primeros años del XV. En las cuentas de la catedral de Burgos del año 1352 el racionero utiliza la palabra "vazío" a propósito de diversas heredades en donde la institución eclesiástica percibía tradicionalmente rentas en forma de cereales, cosa que no sucedió en la fecha citada. Pero salgamos del ámbito hispánico. La superficie dedicada al cultivo del trigo en el obispado ingles de Winchester, sin duda uno de los mejor documentados, había descendido en 1350 un 24 por 100 con relación a 1270 y aún retrocedió un 20 por 100 más antes de 1400. Una abadía próxima a la localidad de Douai, en Francia, cosechaba 350 modios de cereales en 1330, pero sólo 17.5 hacia 1370. Numerosas aldeas francesas de las regiones de Ile-de-France, la cuenca de París o el Bordelais vieron, asimismo, cómo se reducía tanto la superficie orientada al cultivo de cereales (en algunos casos por encima del 60 por 100 del espacio que se les dedicaba) como la que se plantaba de viñedo. En Cambresis, en el periodo comprendido entre 1320 y mediados del siglo XV, el cultivo del trigo retrocedió entre un 40 y un 45 por 100 y el de la avena alrededor de un 60 por 100. ¿Y que decir del panorama que ofrecían en el siglo XV las llanuras francesas de Beauce, Brie y Vaxin, las cuales, según el testimonio de un coetáneo, T. Basin, se encontraban, todavía a mediados del siglo XV, "absolutamente desiertas, incultas, abandonadas, vacías de habitantes"? Las tierras que dejaban de cultivarse podían tener destinos muy diversos, pero los más frecuentes fueron la dedicación a pastos o simplemente el regreso a su vegetación natural. Por lo que se refiere a los pastos es de sobra conocida la hipótesis que establece una correlación entre la crisis bajomedieval y el progreso de la ganadería. Castilla, con la espectacular expansión que alcanzó en los siglos XIV y XV el ganado lanar trashumante, constituye en este sentido el ejemplo más característico. ¿No ha llegado a decirse, sin duda de forma un tanto retórica, pero con un indiscutible sustrato de verdad, que la ganadería ovina trashumante es hija de la peste? Mas si importante fue el crecimiento de los pastos no lo fue menos el incremento de las masas boscosas. El ejemplo paradigmático de retorno al bosque, por tratarse de un estudio ejemplar a la par que pionero en el tema, nos lo ofrece la aldea inglesa de Tusmore, cercana a Oxford, que fue abandonada en 1357. Por lo demás, el progreso del bosque en la época final de la Edad Media, efectuado a costa del retroceso del espacio cultivado, está plenamente atestiguado en otras muchas regiones europeas, casos del Artois francés o de la Alemania central. G. Duby dijo en su día que la invasión de la vegetación salvaje en los siglos XIV y XV constituye, en la historia de la civilización europea, un episodio de igual importancia a la historia de las roturaciones. La crisis del siglo XIV, desde ese punto de vista, significaba el final de un ciclo expansivo, pero al mismo tiempo el comienzo de una nueva estructuración del mundo agrario. Ciertamente el viejo equilibrio agro-silvo-pastoril se rompió, dando paso a una nueva situación, en la que la ganadería ganó muchos enteros. Pero no es menos cierto, como antes señalabamos, que se abandonaron ante todo las tierras más mediocres. El abandono de los suelos estériles suponía que paralelamente se concentrara la producción en los más fértiles. Así se explicaría, por ejemplo, que en las tierras del obispado inglés de Winchester crecieran los rendimientos del trigo, que pasaron de 4,22 granos por unidad sembrada en la primera mitad del siglo XIV a 4,35 en la segunda mitad de dicha centuria y a 4,45 en la primera de la siguiente.
Personaje
Nació en Palma de Mallorca en 1944. Se licenció en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid en 1967 y posteriormente realizó un Máster en Comunidades Europeas y Derecho Comunitario por la Universidad Politécnica de Madrid (1991). Hasta 1982, ejerció como asesor letrado del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso de los Diputados y entre 1981 y 1983 colaboró en un bufete privado dedicado a asuntos administrativos, civiles, mercantiles y fiscales. Ha sido al menos hasta 2009, la única mujer que ha ejercido, de manera interina, como Defensora del Pueblo. Desde el momento de la creación institución ha estado ligada ella. En 1983 fue nombrada adjunta segunda del primer Defensor, Joaquín Ruiz-Giménez. Cinco años después, en 1988, fue nombrada adjunta primera del siguiente Defensor del Pueblo, Alvaro Gil Robles. En 1993 asumió las funciones de Defensor del Pueblo con carácter interino tras el cese de Gil Robles y durante un espacio de año y medio, hasta que fue elegido para el cargo Fernando Alvarez de Miranda, siendo de nuevo ratificada como adjunta primera al Defensor del Pueblo. Allí permaneció hasta 1996 que, al ser elegida vocal del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), hubo de renunciar al mismo. Fue una inagotable luchadora a favor de los derechos de las personas. En su calidad de experta en Derechos Humanos, su participación activa en Congresos y Seminarios fue muy amplia, tanto en el marco de Naciones Unidas, como en el del Consejo de Europa, además de otras intervenciones en el Parlamento Europeo y en la Conferencia Europea de Seguridad y Cooperación. Perteneció al Comité Español contra el Racismo y el Comité Nacional del 50 Aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos, en representación del Consejo General del Poder Judicial. Su labor la hizo recibir importantes condecoraciones: la Gran Cruz de San Raimundo de Peñafort, máxima distinción del ámbito de la Justicia, y la medalla de Oro de la Cruz Roja, por su labor en defensa de los derechos de los extranjeros, el asilo y el regugio. Autora de numerosos estudios y artículos especializados sobre Derecho Administrativo, Internacional, Derechos Humanos, Derecho Comunitario, et. También impartió cursos de postgrado en las Universidades Rey Juan Carlos I, Francisco de Vitoria y en el Colegio de Abogados de Madrid. En 2002 fue nombrada la primera Defensora del Paciente de la Comunidad de Madrid, cargo que intentó fuera equiparado al de Defensor del Pueblo. Retuerto destacaba haber conseguido que los enfermos que ingresaran en urgencias de los hospitales madrileños fueran acompañados por un familiar. Madre de tres hijos, su lucha por los derechos humanos la mantuvo también en su vida familiar, de modo especial cuando a su marido le diagnosticaron Alzheimer a los 56 años. Fruto de esta experiencia publicó un libro testimonial "Mi vida junto a un enfermo de Alzheimer" en el que compartía sus viviencias, los conocimientos que había ido adquiriendo y los problemas éticos que se le planteaban como cuidadora. Para Retuerto, lo peor de esta enfermedad era el aislamiento y la soledad. Fue vicepresidenta de la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzheimer.