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obra
Basándose en el opúsculo teológico escrito por San Buenaventura, la biografía más temprana y más fiable sobre los episodios de la vida de San Francisco, Giotto figuró la Renuncia de los bienes, la escena que ejemplifica la decisión del santo de llevar una vida de pobreza y amor hacia los más desfavorecidos. De familia rica, San Francisco fue denunciado por su padre, Pietro Bernardone, a quien la utilización de su dinero por parte de su hijo, que lo repartía entre los pobres, no pareció la más conveniente. El momento que se representa aquí es el de la renuncia pública de San Francisco hacia su padre y hacia su vida de lujos y grandezas, acogiéndose ahora a los dictados de su nuevo padre, Cristo, a cuya mano mira el santo, en señal de acatamiento y obediencia. Giotto sitúa la escena en el espacio abierto de la ciudad, flanqueando los dos grupos de personajes; San Francisco a la derecha despojándose de sus ropas, su padre y el séquito de ciudadanos sorprendidos a la izquierda, entre dos arquitecturas. La composición deja libre el espacio del centro, con lo que se separa más aún a los dos bloques, quedando el espacio donde aparece la mano de Cristo, en el cielo, a la que se dirige con su ademán San Francisco. Las figuras aparecen con gran consistencia, recortándose poderosas por los edificios que le sirven de marco. Giotto también logra dotar a los personajes de actitud propia, en su rostro y en sus movimientos, quedando ejemplarmente compuesta la escena, el momento dramático en el que el santo abandona su antigua vida de riqueza y poder, para acogerse al nuevo mundo a imitación de Cristo. Las innovaciones del arte de Giotto son la primera piedra en la que se sustentará el arte posterior del Renacimiento. Pero, incluso, Giotto será el primero en figurar en un ciclo narrativo la historia de un santo.
obra
En el registro superior de la capilla Bardi, en el luneto de una de las paredes, Giotto figura esta Renuncia a los bienes, dentro del ciclo dedicado a la vida de San Francisco. El artista italiano presenta un bloque macizo de grandes dimensiones como marco donde se desarrolla el episodio. Mucho más evolucionado se muestra Giotto a la hora de componer un espacio en profundidad economizando sus elementos figurativos; muy evolucionado con respecto al mismo tema que representó para la basílica Superior de Asís. En esta ocasión se deja toda la potencia de la escena a la estructura arquitectónica. En la arista que forma la confluencia de dos de sus paramentos, se sitúa la figura de San Francisco, que ya se ha despojado de sus ropas y está siendo cubierto con una túnica por un eclesiástico. A la izquierda, todo el grupo de ciudadanos que asisten en el desconsuelo al padre del santo, destacado de este grupo y muy caracterizado en su rostro de rabia y en su ademán violento. Además, siguiendo con el edificio, Giotto ha aprovechado el arco del luneto para remarcar más aún las formas cúbicas de la construcción, así como la disposición oblicua y distinta perspectiva con que está tratado, que lo adelanta en su rotundidad hacia el primer plano, y hace más importante la división entre la vida de lujo y comodidades y la nueva vida de San Francisco: Obediencia, Castidad y Pobreza.
contexto
La investigación sobre el asesinato confirmó las sospechas. El preboste de París averiguó que los sicarios se habían refugiado en el castillo de Artois, residencia del duque de Borgoña. Rápidamente, ante la amenaza de un registro, Juan Sin Miedo admitió ser el instigador del crimen. El asesinato de un miembro de la familia del Rey, por parte de un pariente rival, no era en sí mismo un hecho extraño en la Edad Media. Sin embargo, en la particular coyuntura de aquellos años, -como perfectamente ha demostrado el historiador Bernard Guenée- aquel homicidio abrió una crisis en el Reino, que se prolongó durante algunos decenios, hasta que, fallecidos todos los protagonistas del suceso, sus descendientes se reconciliaron definitivamente en 1435. En el desarrollo de este conflicto, más allá de rivalidades y rencores personales, puede entreverse la afirmación gradual de una nueva concepción de la justicia pública y Estado. Pero veamos a continuación cuáles fueron las reacciones de sus protagonistas. Por todos los conceptos, el crimen revestía extrema gravedad. El duque de Borgoña, no solamente era un asesino despiadado, capaz de matar a sus propios parientes, sino también un traidor. Muchos recordaban la ceremonia pública, los gestos y las palabras, con los que poco tiempo antes los dos primos se habían jurado recíprocamente "fraternidad y amor para toda la vida". Juan Sin Miedo encarnaba de este modo la viva imagen de traición, era un nuevo Ganelón en Roncesvalles, nuevo Caín, un nuevo Judas. Los parientes y los partidarios del duque de Orleans, y sobre todo su viuda, la italiana Valentia Visconti, reclamaban un castigo ejemplar, y era misión del Rey, como representante supremo del Estado, hacer justicia; además, no debía dejar tiempo a que se produjera la venganza privada de los herederos. Sin embargo, dados el rango del asesino y su poder, se consideró más oportuno buscar la vía del acuerdo: después de una confesión solemne, de petición de clemencia y del ofrecimiento de reparación por parte del culpable, que había huido de París, el soberano le concedería su perdón. Pero la reacción del duque de Borgoña fue imprevista y desconcertante. Juan rechazó altivamente la posibilidad de arrepentirse y, por consiguiente, la gracia ofrecida por el Rey. Además, como si esto no bastara, recompensó con la exorbitante pensión anual de 1.200 francos de oro a Raul de Auquetonville, el autor material del asesinato de su real primo. Se trataba de un movimiento perfectamente calculado: para poder sacar partido de la muerte del duque de Orleans, era necesario modificar la opinión pública, y que pasara a considerarse como un acto necesario -cometido exclusivamente en interés del bien común, de la Corona y del Estado- lo que había sido un brutal asesinato.
lugar
Localidad de Cantabria, integra los pueblos de Quijas, Puente San Miguel, Valles, Helguera, La Veguilla, Barcenaciones, Golbardo, Caranceja, Cerrazo, Villapresente y San Esteban. El municipio de Reocín se encuentra situado en la costa occidental, a 31 km. de Santander. Existen evidencias de ocupación humana ya desde la Prehistoria, destacando las cuevas de La Clotilde y La Peña. La minería será el principal atractivo de esta comarca, lo que hará que los romanos establezcan aquí distintas explotaciones. A comienzos de la época medieval, Reocín estará integrado en la Merindad de Asturias de Santillana, aunque a partir del siglo X pasará a ser propiedad del Señorío de la Vega. Este territorio será objeto de permanentes disputas entre diversas casas nobiliarias durante los siglos siguientes, un contenciosos que finaliza en el siglo XVI con el llamado Pleito de los Nueve Valles. La zona experimenta un gran auge económico durante los siglos XVII y XVIII, gracias a la aportación de capitales provenientes del Nuevo Mundo. Posteriormente se constituye el ayuntamiento de Reocín, con capital en Puente de San Miguel, y se descubren las minas de zinc, que se encuentran entre las más importantes de Europa. Son muchos los monumentos que el visitante se encuentra en Reocín. Por citar algunos, señalaremos la Casona-Palacio de Bustamante o la de Manzanedo, la finca de la familia Botín - Jardín Histórico, la iglesia de la Asunción y la ermita de los Valles -en Quijas-, así como las distintas casas blasonadas que jalonan sus núcleos de población.
contexto
La necesidad de aumentar los ingresos del tesoro imperial para mantener los crecientes gastos de la Administración y las campañas militares llevó al emperador mogol Akbar a emprender una serie de reformas en el terreno económico. El sistema tradicional mogol de recaudación de impuestos a los campesinos no los incitaba a la puesta en cultivo de nuevas tierras, cuyos rendimientos iban a provocar un mayor acoso del recaudador de impuestos. Una serie de medidas tales como la concesión de créditos, las rebajas fiscales en años de malas cosechas o el gradual pago en metálico permitió el aumento de las inversiones en nuevas roturaciones y de la producción total, a pesar de que la corrupción de los funcionarios limitase el alcance de las reformas. Otras medidas se encaminaron al fomento de los intercambios, como la mejora de la fabricación y comercialización de los tejidos, la rebaja de ciertos impuestos a los mercaderes, la estandarización en el sistema de pesos y medidas o la construcción de nuevas carreteras.
contexto
Desde fines del siglo XV, quedó patente el hecho de que los españoles no tenían inclinación por el trabajo manual y que la mano de obra sería la indígena (a la que se sumaría luego la esclava). Se instituyó por esto el repartimiento, entregando cupos de naturales a los españoles para que les utilizaran en labores agrícolas o mineras. La acelerada disminución del número de amerindios (por causas diversas, como el desarraigo familiar, el mismo trabajo, etc.) aconsejó sustituir el repartimiento por la encomienda (ambas instituciones coexistieron a veces), vieja institución feudal que establecía la servidumbre a los señores a cambio de la protección a los siervos. En el caso americano, se entregaba una comunidad indígena a un español, que debía españolizarles y adoctrinarles en la fe (pagando un doctrinero). Los encomendados entregaban al encomendero un capital anual, el tributo (en oro o en especie) y un capital-trabajo (algunas prestaciones). En ningún caso, el encomendero era propietario de la tierra donde vivían sus encomendados, que seguía siendo de la Corona y entregada en usufructo a la comunidad. Los encomenderos trataron de sacar el mayor rendimiento a los encomendados, manteniendo altos los tributos (pese a que disminuían los tributarios) y exigiéndoles trabajos adicionales, como labrar alguna parcela de maíz para sustento del señor e incluso prestaciones laborales en sus tierras particulares. Esto último era ilegal, pero solucionaba en parte el problema de la falta de mano de obra, cada vez más angustioso. La Corona intentó suprimir la encomienda en 1542 (Leyes Nuevas), impidiendo su transmisión, pero tuvo que ceder ante las presiones de los encomenderos peruanos (rebelión de Gonzalo Pizarro) y sostenerla. La falta de mano de obra indígena originó la reimplantación del repartimiento, pero distinto del existente al principio. Los indígenas próximos a una población española (encomendados y no encomendados), debían ofrecer un cupo de trabajadores (usualmente entre el 2% y el 4%) a modo de pequeño mercado de mano de obra para su contratación en labores agrícolas (escarde, cosechas, etc.) o urbanas (empedrado de calles, construcción de casas, etc.). El reparto lo hacía el Alcalde Mayor que tenía jurisdicción en los términos de la ciudad. La carencia de mano de obra jornalera no empezó a resolverse hasta principios del siglo XVII, cuando hubo un considerable número de mestizos y aparecieron los indios forasteros o huidos de sus encomiendas para no pagar tributos, ofreciéndose a trabajar por un salario. A éstos se sumaron los esclavos echados a jornal o alquilados por sus amos en obras u ocupaciones diversas a cambio de un salario que se embolsaban. En Cuba se utilizaron muchos de ellos en las obras de fortificación. En 1601 se estableció el concertaje o concierto de los trabajadores, por el cual éstos acordaban laborar para determinado propietario a cambio de un jornal. El concertaje robusteció la hacienda, que acabó con la encomienda. El repartimiento quedó reservado para actividades en las cuales no se encontraban jornaleros, como la minera en Nueva España, donde se implantó desde 1632. El concertaje funcionó usualmente durante la segunda mitad del siglo XVII. El concierto se hacía por escrito y por un período que iba de seis meses a un año. El trabajador tenía derecho a una casa y a los servicios religiosos. El salario debía pagarse en dinero y no en especie, pero lo corriente es que se diera una parte en dinero (entre 15 y 30 pesos al año) y otra en especie (ocho fanegas de maíz y media arroba de carne cada dos semanas). Aunque el patrono procuraba explotar a sus trabajadores, tenía siempre el límite impuesto por la oferta y la demanda. Si apretaba demasiado, el jornalero se buscaba otro patrono, siendo inútil tratar de hacer valer el papel del concierto firmado, pues primero había que encontrarle.