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Zurbarán no fue sólo pintor de la vida monástica, también relató episodios históricos, como este que aquí nos ocupa, encargado por los mercedarios del Convento de la Merced Calzada de Sevilla. La Orden estaba interesada en mostrar su relación con la conquista de Sevilla durante la ocupación de los moros, así como su servicio a la corona castellana, igual que hicieran los monjes jerónimos con la serie que encargaron a Zurbarán para el Monasterio de Guadalupe. El asunto que se relata es la entrega de las llaves de la ciudad por parte del gobernador Achacaf al rey Fernando III el Santo, quien comanda las tropas de la Orden de la Merced. Estos caballeros se distinguen por sus bruñidas armaduras sobre las que penden los escudos mercedarios, mitad religiosos, mitad guerreros, los mismos que adornan los hábitos blancos de los monjes. Entre éstos se encuentra nada menos que el fundador de la Orden, San Pedro Nolasco, caracterizado como un anciano, pues según la historia moriría al año siguiente de la conquista, en el año 1248. La escena es rica en personajes, que denuncian la torpeza de Zurbarán a la hora de componer escenas complejas. El espacio resulta abruptamente segmentado entre el primer plano, donde se apelotonan los personajes principales, y el fondo, con el campamento de los cristianos que han participado en el sitio de Sevilla. La escena es similar en las posturas de los protagonistas a un lienzo de igual título de mano de Francisco Pacheco, reconocido maestro sevillano durante la juventud de Zurbarán.
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Pacheco pintó este cuadro de tema histórico-legendario en el mismo año en que Zurbarán pintaba su propia Rendición de Sevilla. Parece evidente que el joven Zurbarán se fijó en la composición del maestro Pacheco, mejorando la calidad técnica y enriqueciendo la escena con mayor número de personajes. Pacheco presenta una imagen más sencilla, con tan sólo cinco personajes. A un lado, el rey Fernando III el Santo con dos de sus soldados, ataviados con típicas armaduras españolas del XVII y no con las propias del siglo XIII, que es cuando tuvo lugar la entrega de las llaves de la ciudad. Por el otro bando tenemos al príncipe moro Achacaf en postura sumisa, arrodillado con su túnica y su turbante ante el rey, acompañado por un sirviente. En una bandeja dorada entrega la llave de Sevilla. El fondo de la escena lo constituyen las murallas de la ciudad, fácilmente reconocible por la catedral coronada por la Giralda, sobre la que se aparece la Virgen. La presentación es más convencional de lo que veremos en el lienzo de Zurbarán, con posturas más rígidas y menos complicaciones estructurales, tal como corresponde a un maestro dependiente de las formas estilísticas anteriores.
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El artista que pintó esta Rendición era conocido por el sobrenombre de "Esteban de las Batallas", debido a las numerosas escenas bélicas que produjo. Solían narrar batallas bíblicas o episodios históricos recientes, aunque en este caso desconocemos a qué lucha en concreto se refiere. Por el estilo, se ha pensado que el autor de este cuadro pudiera ser su hijo, pero no existen datos suficientes para decidirse por uno u otro. La escena responde a los esquemas del Barroco, pintada con gran dinamismo y efectos de color y luz. La atmósfera se presta a juegos de transparencias, creando con las nubes una trama de luces y sombras que se cierne sobre los contendientes. Los personajes están dispuestos en un largo segundo plano, sobre el que destaca la figura del general que da la espalda a la batalla para mirar al espectador desde su caballo blanco levantado en corbeta.
contexto
En época reciente, los investigadores han logrado establecer que estas creencias no se corresponden con la realidad. Desde la Antigüedad tardía en adelante, el número de localidades fortificadas no cesó de aumentar y, por tanto, el ataque y la defensa de plazas fuertes se convirtió en la forma de guerra más difundida durante toda la Edad Media. Pero en ella se empleaban medios tecnológicos bastante rudimentarios: el método más simple -y, por tanto, el más difundido para vencer la resistencia de los asediados- era el bloqueo de la fortaleza, de manera que el hambre obligara a los defensores a rendirse; y, entre tanto, se intentaba penetrar en ella mediante el engaño. La misma frecuencia de las guerras impedía, por tanto, que se perdiese completa y definitivamente el recuerdo de las máquinas y de los procedimientos de asedio, mantenidos en uso, tanto por la circulación de ingenieros -que conocían las prácticas de sitio-, como por la utilización de los antiguos tratados, conservados en el Oriente europeo que, gracias a árabes y bizantinos, nunca perdió contacto con Occidente. Testimonios de esto abundaron tras la época carolingia y fueron cada vez más frecuentes a partir del siglo XI, debido a la Reconquista de la Península Ibérica y a las operaciones llevadas a cabo en el Mediterráneo por las repúblicas marítimas italianas y por los normandos en la Italia meridional, contra bizantinos y árabes. Los normandos de Italia, gracias a las relaciones que mantenían con sus compatriotas, que habían permanecido en Normandía y después emigrado a Inglaterra, difundieron rápidamente las nuevas técnicas desde el Mediterráneo al Atlántico. Éstas fueron, posteriormente, empleadas en Palestina durante la Primera Cruzada (1095-1099), cuando los guerreros, llegados desde Occidente, debieron enfrentarse a las poderosas murallas de la Antigüedad tardía de Nicea, Antioquía -asediada y tomada por Bohemundo I- y Jerusalén. Enriquecidas por la experimentación en Tierra Santa, las técnicas de asedio regresaron de rebote a la Europa Occidental, y desde entonces no dejaron de progresar, redescubriendo poco a poco todos los usos empleados en la Antigüedad y poniendo a punto maquinas de artillería basadas en principios que habían quedado olvidados. El asedio de Durrës, bien conocido gracias al relato de Anna Comneno, es precisamente un destacado ejemplo de ese desarrollo, que tuvo continuidad, especialmente en Italia, durante las constantes luchas que enfrentaron, en primer lugar, a las más poderosas comunidades urbanas entre sí y después las mismas ciudades contra los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico: Federico I, Enrique IV y Federico II. Por encima de los demás, es famoso el asedio de Crema, llevado a cabo durante seis meses, en el invierno de 1159 a 1160, por Federico Barbarroja, en el que empleó todas las refinadas técnicas ya experimentadas durante la Primera Cruzada. Los procedimientos de ataque y de defensa, que se afianzaron entre los siglos XII y XIII, permanecieron en uso hasta que fue perfeccionada la artillería de pólvora negra, efectiva desde el inicio del siglo XV: su potencia hizo que a partir de los últimos decenios de ese siglo las milenarias técnicas de asedio quedasen total y definitivamente olvidadas. La Poliorcética -arte de sitiar y tomar plazas fuertes- antigua y medieval es, por tanto, una técnica perdida, sólo reconstruible mediante la lectura de tratados teóricos de época grecorromana (algunos de ellos, acompañados de dibujos) y por medio de las descripciones de los asedios, conservados en la Historia. Ninguna de las dos fuentes es, sin embargo, totalmente satisfactoria: ante todo, la teoría expuesta en los tratados no siempre se corresponde con la práctica y, por otra parte, las narraciones históricas, que están dirigidas a sus contemporáneos, dan por sabidos los detalles de la construcción, funcionamiento y prestaciones de las máquinas, hoy difícilmente comprensibles. Además, las representaciones de época son escasas y muy aproximadas, sin tener en cuenta que los diferentes autores, dependiendo de su época y de su origen, emplean para un mismo objeto denominaciones diferentes, lo que complica aún más la correcta interpretación de los textos. Por todo ello, los intentos de reconstrucción, realizados por los estudiosos desde el siglo XIX, son totalmente imaginativos y no reproducen las verdaderas máquinas utilizadas en la época medieval, sino las que aparecen en los tratados helenísticos y romanos; o bien muestran proyectos -nunca construidos, porque eran irrealizables- sugeridos por fantasiosos ilustradores que proliferaron entre los siglos XV y XVI.