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Palabra hebrea que se traduce como "Génesis" y hace referencia al primer libro de la Torá y parashá de ésta.
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FRANCISCO DE AGUILAR Y SU OBRA Su autor Francisco de Aguilar nació en 1479 y falleció en 1571. Su existencia se prolongó durante nueve largas décadas, aunque por desgracia no la conocemos íntegramente. Y es una lástima, porque nos encontramos ante un apasionante personaje, que en medio siglo ejerció actividades tan variopintas como la de soldado de fortuna, mesonero, fraile y cronista: Y había otro soldado que se decía Alonso de Aguilar, cuya fue la venta que ahora se llama de Aguilar, que está entre la Veracruz y la Puebla y estaba rico y tenía buen repartimiento de indios, todo lo vendió y lo dio por Dios, y se metió a fraile dominico, y fue muy buen religioso; este fraile Aguilar fue muy conocido y fue muy buen fraile dominico1. Efectivamente, Aguilar trocó la espada por la jarra de vino en 1525; pero el trajín del negocio, que producía pingües beneficios, no acallaba las dudas y escrúpulos de conciencia que de vez en cuando le asaltaban. Por eso, cuatro años después, liquidó sus bienes e ingresó en la orden de Santo Domingo. Los últimos años de su vida fueron un verdadero calvario, pues la artritis úrica que padecía llegó a tal punto que: El humor se apoderó del cuerpo, dejándolo gafo de pies y manos, y tan imposibilitado, que no podía sin dolor estar en pie, ni sentado, ni acostado. Llegó su trabajo a no poder comer con sus manos, ni a aprovecharse de ellas para cosas tan necesarias y frecuentes como a los hombres sirven2. La obra Aguilar, como él mismo señala en su crónica, escribió a ruego e importunación de ciertos religiosos, que con una notoria ausencia de tacto le solicitaron que redactara sus memorias, dado que estaba ya al cabo de la vida3. Obedeció el antiguo soldado con ejemplar obediencia, y el resultado fue una de las obras más hermosas de la cronística novohispana. Tan hermosa que el arzobispo Pedro Moya de Contreras, conocedor de las aficiones históricas del Rey Prudente, se la obsequió el mismo año en que falleció Francisco de Aguilar. La relación pasó de inmediato a la selecta biblioteca de El Escorial, y allí se conserva, encuadernada junto con otros manuscritos del siglo XVI tocantes al Nuevo Mundo. Redactada en un estilo sencillo y llano, la historia presenta muchos puntos notables, como tendrá el lector ocasión de comprobar. En mi opinión, lo más notorio de la misma reside en su gran humanidad, una humanidad que se trasluce en todas y cada una de sus páginas. Magnífico conocedor del alma humana, el dominico reflejó con acertada psicología los más íntimos deseos, sensaciones y miedos que embargaron a los soldados cortesanos. Esta profundización anímica, verdaderamente magistral, compensa con creces los fallos cronológicos y los errores --bastante abundantes, todo hay que decirlo-- que aparecen en el relato. Ediciones La primera edición de la Relación breve se debió a Luis González Obregón, quien aprovechó la copia que don Francisco del Paso y Troncoso sacara del manuscrito escurialense en 18924. Este texto, mal transcrito y carente de las apostillas o notas marginales, fue modernizado por Alfonso Teja Zambre y publicado en 19375. El flamante revisor destrozó aún más la venerable crónica, porque no sólo conservó los fallos y omisiones de Obregón, sino que, además, atribuyó la autoría a Alonso de Aguilar, un soldado cortesiano sin ningún parentesco con el dominico. La editorial Botas reimprimió la deficiente versión de Teja un año después6. La tercera edición adoleció de los mismos males, pues el autor de la misma se limitó a imprimir un trasunto de la edición pristina. En aras de la objetividad histórica, cabe añadir que Vargas Rea tuvo el acierto de encabezar la crónica con el título que le diera fray Francisco7. En 1954, Federico Gómez de Orozco dio a las prensas una nueva edición que reproducía a pie de página las apostillas del manuscrito original8. El volumen incluía dos apéndices: el primero reproducía el estudio del padre Mariano Gutiérrez sobre el manuscrito, y el segundo un pasaje de Agustín Dávila Padilla, cronista de la provincia dominicana de Santiago de México, sobre la vida del antiguo conquistador. Recientemente, Jorge Gurría Lacroix ha presentado una nueva y completa edición de la Relación breve de la conquista de la Nueva España, que incluye un detallado estudio introductorio, el texto íntegro del manuscrito, y un amplio conjunto de apéndices que recogen la reproducción fotostática del original, así como las introducciones y apéndices de las anteriores ediciones9. Respecto a ediciones en leguas extranjeras, sólo conozco la impresión norteamericana de 1963. El texto, que se tomó del publicado por Federico Gómez de Orozco, se acompañó con una nota introductoria de Patricia de Fuentes10. Criterio editorial Para la presente edición he cotejado la versión modernizada de 1977 con el manuscrito original, lo cual me ha permitido corregir algunos errores de nimia importancia paleográfica, pero históricamente importantes. Así, he trocado el término Malinche por Malinchi, pues, como bien saben los conocedores de la lengua mexicana, el primero es renombre y el segundo patronímico. Siguiendo el criterio general del presente volumen, he respetado la mayoría de los arcaísmos, destrabado las contracciones y completado las frases con palabras o sílabas entre corchetes. Para evitar malas interpretaciones añadiré que en la Octava jornada hay varios lapsus calami (fundamentalmente repetición de frases), cuya autoría debe atribuirse al pendolista dominico de Aguilar. Por lo que respecta a las voces nahua, las transcribo tal y como aparecen en la relación.
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Relación breve de la conquista de la Nueva España Fray Francisco de Aguilar, fraile profeso de la orden de los predicadores, conquistador de los primeros que pasaron con Hernando Cortés a esta tierra, y de más de ochenta años cuando esto escribió a ruego e importunación de ciertos religiosos que se lo rogaron diciendo que, pues que estaba ya al cabo de la vida, les dejase escrito lo que en la conquista de esta Nueva España había pasado, y cómo se había conquistado y tomado, lo cual dijo como testigo de vista y con brevedad sin andar por ambajes y circunloquios, y si por ventura el estilo y modo de decir no fuere tan sabroso ni diere tanto contento al lector cuanto yo quisiera, contarle ha a lo menos y darle a gusto la verdad de lo que hay acerca de este negocio, la cual, como principal fin y scopo, pienso siempre que lo que aquí tocare llevar por delante, e iré poniendo lo que pasó en la toma de esta tierra por las jornadas que viniendo a su conquista veníamos haciendo1. Primera jornada Por don Diego Colón, almirante que descubrió a Santo Domingo2, fue enviado Diego Velázquez adelantado y caballero noble a la isla de Cuba, la cual descubrió y pobló, el cual envió al rey don Hernando y a la reina doña Isabel a tratar el dicho descubrimiento y población, cuya industria, sagacidad y trabajos considerados por los reyes y cuán buena maña el adelantado Diego Velázquez se había dado en la toma y población de la isla de Cuba, acordaron lo recompensar y pagar de su servicio y trabajos, de hacerlo gobernador de la dicha isla de Cuba, dándole también facultad y licencia para descubrir y poblar en tierra firme; y así, queriendo usar de ella, hizo una armada de cinco navíos con doscientos soldados, buena gente, y por cabeza y capitán de ellos puso a un Juan de Grijalva, hombre de valor por su persona y noble en linaje y sangre, el cual después de haberse hecho a la vela navegando con próspero tiempo por sumar adelante llegó y tomó puerto en tierra de Yucatán, en un río, el cual después se llamó el río Grijalva, en cuyas vertientes había una muy grande y espaciosa población de indios. Habiendo, pues, el dicho capitán surgido3 con sus soldados y toda la demás gente de guerra que consigo traía, después de haber amarrado las naos y asegurándolas porque no recibiesen algún daño de los vientos, saltó con buen orden y concierto en tierra, donde después de haber pedido a los indios agua y bastimentos para su gente, no sólo no se lo quisieron dar, mas en lugar de dárselo le dieron muy cruda guerra, tal que le mataron un hombre, y a él y a su gente le fue forzado tornarse a embarcar y volverse a Cuba, de adonde había venido, donde el dicho adelantado Diego Velázquez por ver la ruin cuenta que de sí había dado le quitó la armada. Segunda jornada Estando en esto, porque los navíos no se le perdiesen y la gente no se le fuese, envió a llamar a Hernando Cortés, que a la sazón era alcalde ordinario4, hidalgo y persona noble, al cual rogó y dijo que debería tomar aquella armada a cargo, el cual le respondió en breve que sí, y el dicho Diego Velázquez se la dio y entregó; y así entregado en ella se dio tan buena maña y con tanta diligencia, como hombre muy sagaz que era, porque en pocos días buscó dineros prestados entre sus amigos e hizo hasta otros doscientos hombres, y recogió y proveyose de muchos bastimentos, todo aquello con mucha diligencia; y después el adelantado don Diego Velázquez, arrepentido de lo que había hecho, le quiso quitar el armada, y fue con gente al puerto para habérsela de quitar; pero el dicho Hernando Cortés, como hombre sagaz y astuto, porque era ya sobre tarde y hacía buen tiempo, levantó las áncoras y alzó velas y fuese. Pasaron con Hernando Cortés personas muy nobles: don Pedro de Alvarado, don Pedro Puerto Carrero, hermano del conde de Medellín5, Diego Velázquez, sobrino del dicho Diego Velázquez, adelantado6, Sandoval, Cristóbal de Olid y otras personas muy nobles. Por manera que hubo gente de Venecia, griegos, sicilianos, italianos, vizcaínos, montañeses, asturianos, portugueses, andaluces y extremeños7. Tercera jornada Embarcado el dicho Cortés con su gente, viniendo por la mar se juntaron todas aquellas personas nobles, y al dicho Hernando Cortés lo alzaron por capitán por el rey y no por don Diego Velázquez el adelantado, y luego hizo capitanes y generales, que fue el uno don Pedro de Alvarado, y su hermano Jorge de Alvarado, y Gonzalo de Sandoval, segundo capitán, Cristóbal de Olid, Andrés de Tapia, personas nobles y por sus personas valerosas. Navegando por la mar aportó el armada a la isla que se llama Cozumel que es en tierra firme y la costa en la mano. Pareció en la costa un hombre que venía corriendo y capeando con una manta, y un bergantinejo le tomó, y súpose cómo era cristiano que se llamaba Hernando de Aguilar, el cual y otro su compañero habían escapado en poder de indios de una armada que allí había dado al través8. Andando más adelante, costeando, llegando al río ya dicho de Grijalva adonde entraron, y el dicho Cortés mandó sacar dos caballos armados y ciertos ballesteros y escopeteros y peones a resistir el ímpetu de los indios que venían de guerra, los cuales serían hasta cuarenta mil hombres, poco más o menos, donde los tiros que se jugaron y las ballestas que tiraban y los caballos que corrían mataron muchos de los indios, por manera que como cosa nueva para ellos, atemorizados, huyeron y dejaron el campo9. Luego otro día vinieron de paz y se dieron por vasallos del emperador, y trajeron bastimentos y comida con que los españoles se holgaron y regocijaron, y así mismo trajeron un presente de mantas y ocho mujeres por esclavas, y entre ellas una que se llamó Marina, a la cual después pusieron Malinchi, la cual sabía la lengua mexicana y entendía la lengua del dicho Aguilar que habíamos tomado en la costa10, porque había estado cautivo seis o siete años, de lo cual se recibió muy mucha alegría y contento en todo el real. De allí se embarcaron en los navíos y fueron, costa costa, buscando puerto, y poco a poco llegamos al puerto que se dice de San Juan de Olúa, que por otro nombre se dice de Lúa, y el capitán mandó que saliesen ciertos españoles con él a tierra, y visto por los naturales de ella cosa tan nueva para ellos y que nunca tal cosa habían visto, se dieron al dicho capitán y a su gente de paz, y les trajeron mucho bastimento y comida y presente de ropa y otras cosas. Aquí dieron un presente de un sol de oro en unas armas, y una luna de plata y ciertos collares de oro, lo cual se envió al emperador. Allí junto adonde estábamos aposentados, había una provincia que se llamaba Quetlaxtla, de más de cuarenta mil casas, y cerca de ésta había otras muchas provincias de pueblos muy grandes y poderosos; y de aquí tuvo noticias el rey de la tierra, que se llamaba Motecsuma, cómo eran llegados los dichos españoles, a los cuales pusieron por nombre theules, que quiere decir dioses, y nos tenían por hombres inmortales. Y luego el dicho rey envió sus embajadores con muchos presentes de oro y collares al dicho Hernando Cortés y a su gente, y esto muy muchas veces. El dicho Hernando Cortés mandó a la gente que se embarcasen unos por mar y otros por tierra, en donde los que veníamos por tierra llegamos a un pueblo que se llama Senpoal, el cual estaba metido en una gran llanada y puesto y situado entre dos ríos, pueblos de mucha arboleda y frutales y de mucho pescado, en donde el dicho capitán Hernando Cortés y su gente fueron muy bien recibidos de los naturales, gente muy buena y muy amiga de los españoles, y siempre les fueron leales. Contáronse en aquel pueblo pasadas de veinte mil casas, de donde se partieron y fueron más adelante a buscar otro puerto a otro pueblo, que después se llamó la Vera Cruz, en donde los españoles se aposentaron en un pueblo junto a la mar; y como los españoles viesen tanta noticia, por la dicha lengua Marina y Aguilar, de la grandeza de la tierra dentro, hubo muchos hidalgos y personas nobles que se volvieron o querían volver. Díjose que lo hacían unos de miedo, otros por dar relación de la tierra al adelantado don Diego Velázquez, lo cual fue causa de mucha alteración. Considerado esto por Hernando Cortés, se hizo con ciertos extremeños amigos suyos, mas empero sin darles cuenta de lo que tenía acordado hacer, mandó llamar a un compadre suyo, maestre de un navío, muy su amigo, al cual rogó en secreto que aquella noche entrase en los navíos y les diese a todos barrenos, habiendo mandado salir la gente primero a tierra (a); y así el dicho maestre entró en los navíos sin que nadie lo viese ni pensase lo que había de hacer y los barrenó, y otro día de mañana amanecieron todos los navíos anegados y dados al través11 salvo una carabela que quedó. Visto por los españoles se espantaron y admiraron y, en fin, hicieron de las tripas corazón, y disimularon el negocio; mas empero no de tal manera que no se sintiesen, porque un Juan Escudero y Diego de Ordaz, dos personas nobles, y otro que se decía Umbría, trataron entre sí de tomar la carabela e ir a dar nueva de lo que pasaba al adelantado don Diego Velázquez; lo cual venido a noticia del dicho capitán Hernando Cortés los hizo parecer ante sí, y, preguntándoles que si era verdad aquello que de ellos se decía, dijeron que sí, que querían ir a dar nuevas a don Diego Velázquez. El dicho Hernando Cortés los mandó luego ahorcar; y al dicho Juan Escudero, al cual no le quiso guardar la hidalguía, de hecho, lo ahorcó; y al Ordaz por ser hombre de buen consejo y tener a todos por rogadores y así se quedó, por manera que Ordaz no murió porque los capitanes rogaron por él12. Por manera que este hecho, y el echar los navíos a fondo, puso mucho temor y espanto a todos los españoles, después de lo cual Hernando Cortés, a cabo de pocos días, mandó se hiciese allí una villa, y dejó en ella poblados cuarenta o cincuenta españoles con un capitán que se llamaba Escalante, que quedaba también por teniente. Hecho esto, mandó a don Pedro de Alvarado que con ciento y cincuenta hombres caminase la vía de México, y él con otros tantos se partió para allá, y fuéronse a juntar al despoblado, y caminando por él fueron a dar a unas poblaciones grandes sujetas al dicho Motecsuma en donde salieron de paz y dieron bastimento al dicho Hernando Cortés y su gente. Caminando más adelante llegaron a vista de una provincia grande que se llama Taxcala, en la cual parecieron y se vieron muchas poblaciones y torres a su modo de ellos, siete u ocho leguas de llanos se parecía, en los cuales se hallaron y vieron gente de guerra sin cuento con muy buenas armas a su modo, conviene a saber, con echcaupiles de algodón13, macanas14 y espadas a su modo15 y mucha arquería, y muy muchos de ellos con banderas y rodelas de oro y otras insignias que traían puestas y ceñidas a las espaldas, las cuales le daba un parecer y semblante fiero, porque venían tiznados16 haciendo muy malos gestos y visajes17, dando muy grandes saltos, y con ellos muy muchos alaridos, gritos y voces que causaban en los que los oíamos muy gran temor y espanto, tanto que hubo muchos españoles que pidieron confesión; mas empero, el dicho capitán Hernando Cortés se mostró muy magnánimo y de bravo y fuerte corazón, y así hizo un razonamiento animando a los soldados, que fue causa de que se les quitase parte del temor que cobrado habían, y así puso en buena ordenanza a la gente de pie y de caballo para poder dar batalla. Y yendo con aquel concierto y orden por el camino, que era muy ancho y bueno, llegamos a la salida del monte el cual estaba todo enredado con sogas de esparto, a manera de cerca, para estorbarnos el camino. Y luego salido Cristóbal de Olid con otro de caballo, como hombre esforzado, a dar en la gente de guerra, y como los caballos iban corriendo con sus cascabeles y los tiros se dispararon, los indios espantados de ver cosa tan nueva se detuvieron un poco, y solamente dos indios aguardaron a los de a caballo, uno de una parte del camino y otro de la otra, y el uno de ellos cortó de un revés todo el pescuezo del caballo donde iba Cristóbal de Olid, y luego el caballo murió (b); y el otro que estaba de la otra parte tiró otra cuchillada al otro que iba a caballo, y cortando toda la cuartilla del caballo18 en el cual hizo el golpe, cayó también como el otro, muerto. Visto aquel atrevimiento los del ejército, se espantaron; mas no por eso dejaron de seguir tras ellos, en donde hubo muchos reencuentros, y cercados de todas partes se fueron defendiendo con mucho ánimo; y aquí en aquel hecho se mostró muy animoso y valiente Hernando Cortés, peleando valerosamente y animando la gente. Los de caballo que quedaban con el artillería, que eran once, poco a poco nos fuimos defendiendo un gran rato hasta llegar a un cerro redondo en el cual estaba una población, y arriba una iglesia a su modo en donde el dicho capitán se aposentó e hizo fuerte con todos los demás españoles, que pareció haber Nuestro Señor puesto allí aquel cerro para nuestra defensa (c). Estuvimos quince días alojados en aquel cerro, cada día de los cuales fuimos de los indios por todas partes combatidos y guerreados, y como el cerro era redondo y la tierra llana salían los caballos y escopeteros y ballesteros, y tirando con el artillería hacíaseles mucho daño a los indios de guerra, que por todas partes estaba la tierra cuajada de ellos. Lo que comíamos era que como toda la tierra era población hallaban los españoles algún maíz y melones de la tierra y unos jagüeyes de agua llovediza bellaca19 en donde se pasó mucho trabajo. Los indios venían por todas partes, así al alba como al cuarto del alba20, a dar guerra, de la cual siempre los dichos naturales salían heridos y muertos, y de los nuestros ninguno, que parecía cosa de milagro, porque de los nuestros no hubo ninguno. Duró como tengo dicho aquella guerra o batalla catorce o quince días con sus noches; aquéllos nos tenían por dioses inmortales viendo que de ninguno de nosotros había muerto, y así muchos de ellos dejaban el campo y se venían al real de los españoles con manzanas y pan, los cuales venían armados y solamente venían, a lo que después pareció, a ver el modo y arte que teníamos, y presentaban al dicho capitán lo que traían y no hablaban palabra sino que todo se les iba en mirar por dónde poder entrar. Venían también de noche, a los cuales mandó el capitán decir, con la lengua21, que no viniesen de noche porque aquellos caballos y hombres los matarían, y también les mandaba decir que dijesen a los demás sus compañeros que por qué le daban guerra, que él no se la quería dar, sino que iban de camino a ver a Motecsuma, y así les rogó que no le diesen guerra. El dicho capitán, con los demás capitanes y gente que traía, se mostraron muy animosos y nunca jamás desfallecieron ni perdieron el ánimo con verse cercados de tanta multitud de gentes; y así se tuvo muy gran vigilancia de noche y de día en guardarse de los contrarios, que por todas partes acometían y daban guerra; mas empero con mucho ánimo el capitán y los suyos los resistían valerosamente. Los indios venían todavía a media noche y al cuarto del alba a ver si nos podrían entrar en el real, pero las velas22, ya con su demasiado atrevimiento, enojadas, los tomaban y prendían a las cuales porque ya les habían avisado y mandado que no viniesen, y viendo el capitán que eran ya en aquello rebeldes les mandó cortar las narices y atárselas al cuello, y así los enviaba atemorizados sin matar a ninguno23. Viendo los indios que había ya tantos días que daban guerra de noche y de día y que no mataban a ningún cristiano, se arredraron24 un buen espacio del dicho cerro, y ya como cansados no daban tan recios combates como solían. Hernando Cortés, el capitán, siendo como era tan solícito y animoso, vio desde su aposento, como una legua de allí, poco más o menos, que se hacían grandes humadas, donde daban a entender que allí había mucha gente de guerra; y así se determinó, como ya los indios aflojaban, de tomar una noche con algunos soldados y seis hombres de a caballo de ir a ellos allá a la media noche con hasta cien hombres, y así concertado, venida la noche aplazada para el efecto, el capitán con sus soldados empezamos a marchar y caminar con muy mucha quietud y silencio, y a cabo de un rato que con mucho ánimo íbamos caminando, súbitamente el caballo en que iba Hernando Cortés empezó a temblar y cayó aturdido en el suelo, y el capitán, con un ánimo invencible, sin cobrar punto de turbación, no por eso dejó de caminar, antes se dio muy mucha prisa a andar y a tener compañía a los que iban a pie (d). Algunos hubo que le dijeron: "Señor, mala señal nos parece ésta, volvámonos". A los cuales respondió: "Yo la tengo por buena, adelante". Andando más adelante cayó otro caballo de la misma manera, y persuadiéndole al capitán la vuelta, él como magnánimo y de grande esfuerzo dijo: "Nunca plega a Dios que yo vuelva atrás, adelante". Y de esta manera cayeron todos los caballos que quedaban, por manera que con todo esto con mucho esfuerzo los animó como capitán valeroso que pasasen adelante, porque no había de parar hasta llegar a los indios y sus humos. A poca de hora que aquello pasaba, el mozo que había quedado con el caballo del capitán trujo el caballo bueno y sano en el cual subió el dicho capitán, y de esta manera trajeron los otros cinco sanos y sin mal ninguno. Visto aquello los que allí iban, recibieron mucha alegría y contento; y así llegaron donde las dichas humadas se habían hecho, que era una gran población, la cual se decía Zumpanchinco, en donde yendo como íbamos con mucho silencio los tomamos a todos durmiendo y descuidados de nuestra venida. Visto aquello por Hernando Cortés, mandó que ninguna persona tocase a ningún indio, ni hiriese a nadie, ni les hiciese otro mal ninguno, ni les tomasen maíz ni otra cosa alguna so graves penas; y así mandó cercar los aposentos donde dormían, no para más de que no se saliesen, y él entró allá dentro donde había mucha gente de guerra de los taxcaltecas durmiendo, y con algún ruido que oyeron recordaron; y ya que amanecía, viendo los capitanes y la gente que allí estaba que no les había hecho ningún mal ni daño, mandolos llamar ante sí Hernando Cortés, donde vinieron mucha gente a los cuales habló con la lengua Amalinchi y Aguilar, diciéndoles cómo ya habían visto que él se había defendido de todos ellos y que a ninguno de sus compañeros ni a él habían muerto; que de ellos habían muerto muchos no lo queriendo él hacer sino que ellos mismos le habían estorbado el camino y fueron causa de su daño, "por manera que bien habéis visto la verdad, pues que os hemos tomado solos durmiendo y no os hemos querido matar ni hacer daño ninguno; y porque veáis la verdad salid por vuestro real y miradlo y volved y si alguna cosa hubiere yo os lo haré volver luego; lo que os ruego es que para mis soldados me deis algún bastimento"25. Los indios salieron fuera y miraron por todas partes y, como no hallaron ningún daño hecho ni tampoco ninguna gente muerta sino que todo pasaba a la letra como el capitán lo había dicho, dieron muy muchas gracias por ello; y así, viendo el buen tratamiento y voluntad que Cortés les hacía y mostraba, dieron muy mucha cantidad de maíz y aves que hubo para todo el real a donde ya Hernando Cortés se había ido, y los españoles se alegraron mucho y mataron la hambre. De manera que aquellos indios y capitanes, advirtiendo el buen tratamiento que con ellos se había usado, se partieron luego para la ciudad de Taxcala en donde dando relación a los señores y ciudadanos de lo que pasaba y de cómo no les habían hecho ningún mal ni daño, recibieron muy gran contentamiento y todos ellos juntos determinaron de ir a ver al dicho capitán Hernando Cortés y a su gente, y llevaron consigo mucho bastimento y pan hecho26 y frutas de las que en su tierra había, con lo cual y con sus personas se presentaron delante de Hernando Cortés y le dieron el parabienvenido27, en donde todos ellos juntos le hablaron que fuese muy bien venido y que ellos no le habían dado guerra, excusándose mucho del hecho pasado y culpando a los chichimecas y otomíes, que eran sus vasallos, dando a entender que era una gente desbaratada28 y que ellos sin parecer suyo habían hecho aguella guerra; a los cuales el capitán dio muchas gracias por ello y les dio unos collares de cuentas con que ellos se alegraron mucho, y le rogaron de parte de los señores y ciudadanos de Taxcala que se fuese a ver y holgar con ellos. El capitán se lo agradeció mucho y determinó hacerlo así e irse con ellos. Podría haber hasta la dicha ciudad cinco leguas, el cual camino estaba todo lleno de gente y poblado, cosa que a todos nos puso muy grande admiración de ver una cosa tan grande y tan amplia población. La dicha ciudad podría tener hasta cien mil casas y, antes que en ella entrásemos, salieron los señores de ella con muchos presentes de ropa, que ellos usaban, y comida, de manera que a cada caballo ponían una gallina y su pan, y a los perros así mismo y a los tiros; por manera que fue muy grande el regocijo y contentamiento que aquellos señores hubieron con nuestra venida, y nos aposentaron muy bien en unas muy lindas casas y palacios en donde cada día daban de comer gallinas, aves y frutas, y pan de la tierra29 que bastaba para todo el ejército, con muy gran regocijo y alegría. El capitán Hernando Cortés les hizo una plática muy alta y muy buena, agradeciéndoles mucho su buena voluntad, dándoles a entender cómo era venido a aquellas partes por un gran rey cristianísimo para les favorecer y ayudar, y entre muchas pláticas que entre ellos pasaron dijeron que se daban por vasallos de su majestad, y que ellos le obedecerían y servirían en todo lo que ellos pudiesen. Y así cierto fue verdad, y no diré otra cosa porque ya estoy al cabo de la vida. Porque ellos cumplieron y cumplen hasta el día de hoy, porque los dichos taxcaltecas en todos los rebates30 y reencuentros de guerra que los mexicanos hubieron con los cristianos les favorecieron y ayudaron con todo su poder, hasta por ellos poner muchas veces la vida al tablero31, como pareció después claro, por lo cual los dichos taxcaltecas merecieron mucho, y el rey nuestro señor tenía y tiene obligación de tenerlos en mucho y ponerlos en toda libertad. Estuvimos en aquella ciudad algunos días descansando y tomando reposo del trabajo pasado. Motecsuma, señor y emperador de la tierra, sabida la guerra que con los taxcaltecas catorce o quince días había durado, concibió miedo y espanto de ver que el capitán iba encaminado a su gran ciudad, y así enviaba siempre embajadores y señores principales con presentes de collares y oro, rogándoles que no fuese a su ciudad porque estaba metida y asentada en una laguna, y que se hundirían los caballos y nosotros, persuadiéndole siempre que allá no fuese. Y así, el dicho Motecsuma, según pareció, tenía puesto en los caminos un gran ejército aunque no le vimos más de por relación que nos fue hecha. Sabido por Magiscaçin, señor de Taxcala, y los demás señores que era a México nuestra derrota32, dijeron al capitán: "Señor, no entréis en México, porque sabed que el señor de allá usa de traición y os matará, y así lo tiene determinado; por tanto, mira lo que hacéis y si mandáis, daros hemos grande ejército para que entréis". El capitán les respondió que él se lo agradecía muy mucho, y que en ello hacía muy gran servicio al rey, y que no quería llevar gente, sino poca; que le enseñasen el camino. Y así, ciertos señores y capitanes se partieron con él33. Cuarta jornada Salido Hernando Cortés capitán, con su ejército, de la ciudad de Taxcala, caminando para otra ciudad que se llamaba Cholula, ciudad grande y aliada de Motecsuma, que tendría entonces cincuenta o sesenta mil casas, todas en sí muy apeñuscadas34 y juntas, con sus azoteas muy buenas; esta ciudad está asentada en un sitio llano y muy grande con un río que le pasa por delante; había en ella muchas torres y muy espesas de las iglesias que ellos tenían, la cual nos puso admiración de ver su grandeza y torrería. Tenía esta ciudad continua guerra con los taxcaltecas. En medio de aquella ciudad estaba hecho un edificio de adobes, todos puestos a mano, que parecían una gran sierra, y arriba dicen que había una torre o casa de sacrificios, la cual entonces estaba deshecha35. Todos estos ciudadanos tenían buenas casas de azoteas y sus pozos de agua dulce. Delante, a un estado36, tenía esta ciudad gran circuito de sementeras, labranzas, y eran tan guerreros que no temían a los taxcaltecas. Por manera que al tiempo que ya entrábamos en la ciudad salieron ciertos sacerdotes, vestidos a su modo, incensándonos por delante de nosotros, sin hacer razonamiento ninguno. Visto por los señores de Taxcala, dijeron al dicho capitán: "Sabed, señor, que esta manera de recibimiento es mala, y dan a entender que están de guerra, y os quieren sacrificar o matar; por tanto estad apercibido con vuestros españoles, que nosotros os ayudaremos". Y así entramos en la ciudad en unos aposentos grandes que eran de unas iglesias suyas donde nos aposentaron, en donde ninguna cosa dieron al dicho capitán y su gente si no fue cántaros de agua y leña, y los dichos taxcaltecas proveían al ejército todo lo mejor que podían. La ciudad estaba despoblada de gente; dieron a entender que lo hacían de miedo o que estaban de guerra. El dicho capitán, viendo que tan mal lo hacían y que no les daban ningún mantenimiento para su gente, mandó llamar a unos indios de aquellos que traían agua y leña y no otra cosa, a los cuales dijo por las dichas lenguas, que se maravillaba de ellos en no darle ningún bastimento para comer; que les rogaba y hacía saber que él no venía a darles guerra ni hacerles mal ninguno sino que iba su camino derecho a ver a Motecsuma a México, y que si no les daban el mantenimiento necesario les hacía saber que lo había de buscar por las casas y se lo había de tomar por fuerza; y así se lo apercibió y rogó ciertas veces hasta que se cumplieron cinco días sin dar cosa ninguna ni hacer caso de lo que el capitán les decía y rogaba. Lo cual visto por los capitanes y nobles del ejército requirieron a Hernando Cortés les diese guerra o buscase mantenimientos para el ejército, porque padecían necesidad; a los cuales respondió, que esperasen algunos días para ver si venían de paz; pero fue tan importunado con requerimientos de los capitanes que les diesen guerra, que mandó el capitán Hernando Cortés que matasen a aquellos indios que traían agua y leña; y así los mataron, que serían hasta dos mil poco más o menos. A algunos pareció mal este mandato, porque bien se pudiera disimular y pasar37. De manera que el dicho capitán y su gente se partió de esta ciudad camino de México para ir a ver a Motecsuma. Magiscaçin señor de Taxcala, con otros señores, le dijeron y avisaron que no entrase en México porque era una ciudad puesta en una laguna, y que el señor de ella era cauteloso y que no guardaba palabra y que le matarían, y que de más de esto le hacían saber cómo cerca de allí estaba un ejército grande de Motecsuma para matarlos, que por tanto mirase lo que hacía; y el dicho Hernando Cortés, capitán, como hombre de valiente ánimo, todavía se determinó en seguir su jornada.
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Eumenes de Pérgamo murió en el 159 y ascendió al trono su hermano Atalo II. Las relaciones con Roma siguieron siendo estrechas y clientelares. Así, por ejemplo, cuando Roma reconoció la independencia de Galacia, Atalo renunció a las pretensiones que Pérgamo tenía sobre la misma y acató la decisión de Roma. En el 156, Prusia, rey de Bitinia, invadió Pérgamo pero el Senado intervino y obligó a Prusia a retirar sus tropas del territorio de Atalo. Éste había tomado parte en la guerra de Roma contra Andrisco y en la de Corinto del 146, obviamente en el partido romano. Cuando murió en el 136 a.C., ascendió al trono Atalo III, hijo de Eumenes. Este fue un personaje extraño, dotado tal vez de un cierto escepticismo político o de un sentido pragmático que le llevó a reconocer la situación real (de pura ficción soberana) de Pérgamo. La cuestión es que firmó un testamento por el cual cedía su reino como herencia a Roma. Las razones que justifican esta decisión ciertamente no son muy conocidas. Sin duda la personalidad de Atalo III fue un factor decisivo, pero también podrían añadirse otras tales como amenazas externas o incluso internas, si es cierto lo que cuenta Diodoro Sículo sobre las matanzas que éste había llevado a cabo en su reino. Jurídicamente, el testamento era válido y conforme a la naturaleza de las monarquías helenísticas, que contemplaban que el rey era el máximo propietario privado del reino. Mediante este singular procedimiento, Roma se anexionó el territorio de Pérgamo y la convirtió en la provincia de Asia en el 133-129 a.C. La situación del Egipto ptolemaico, después de la guerra de Antíoco, era bastante confusa. El poder se dividió entre dos hermanos: Ptolomeo Filometor y Ptolomeo Evergetes. Pero en el 164 a.C. una sublevación había derrocado a Filometor. Roma arbitró una solución: a Filometor le correspondían Egipto y Chipre y al hermano menor, la Cirenaica. El arreglo, no obstante, duró poco puesto que Evergetes se hizo con Chipre y las luchas entre ambos continuaron. Roma decidía e intervenía en Egipto con total libertad y si la situación no acababa de resolverse es porque entre los senadores romanos había partidarios de Filometor -como Catón, por ejemplo- y de Evergetes. Éste redactó así mismo un testamento, en el 153, según el cual si moría sin herederos, dejaba la Cirenaica a Roma. Este testamento no se ejecutó, pero es significativo respecto a la debilidad de los reinos helenísticos y de la sujeción a Roma, a la que reconocían como dueña inevitable de sus destinos políticos. Así, por ejemplo, lo evidencia el hecho de que Filometor, aprovechando los desórdenes del reino seléucida, lo invadiese en el 147 y recuperase la Celesiria. Pero si no se decidió a reunir los dos reinos fue por el temor a la cólera de Roma. Poco después, este rey murió y su hermano continuó como monarca único de un Egipto convulsionado por revueltas sociales y atroces crímenes dinásticos . Por su parte, la suerte del reino de los seléucidas no era más envidiable que la de Egipto. Tras la muerte de Antíoco III el reino fue asignado a su hijo de nueve años, Antíoco IV, actuando como regente Lisias. El Senado romano decidió enviar a tres senadores para que actuasen como tutores del niño rey. Tutores ciertamente muy especiales, pues entre sus funciones figuraban las de matar a los elefantes adiestrados para la guerra y destruir las naves de Antíoco IV. Su actitud provoco una revuelta durante la cual fue asesinado el jefe de la delegación, Cneo Octavio, en el año 162. Lisias envió disculpas al Senado, pero aúnque fueron aceptadas, en Roma -con la complicidad de un sector de senadores, además de la de Polibio- se fraguó un nuevo plan político para el reino seléucida. Puesto que en Roma tenían como rehén a Demetrio, hijo de Seleuco IV, éste fue enviado allí con el propósito de reivindicar la herencia de su padre. La primera medida fue el asesinato de Lisias y el joven príncipe. Posteriormente, Demetrio sometió a su poder todo el reino y fue reconocido por Roma en el 160. Las revueltas dinásticas y los continuos aspirantes al trono marcarán todo el proceso posterior hasta que Roma, varios años después, se asienta en Asia Menor, transformando Pérgamo en la provincia romana de Asia. El último rey de la dinastía, Demetrio II, debió de recuperar el trono tras enfrentarse a un usurpador, Alejandro Bala, que se hacía pasar por hijo de Antíoco IV, y a un soldado llamado Tritón que, convertido en regente -y asesino- del hijo de Alejandro Bala, se había hecho con el poder. Durante los últimos años del reinado de Demetrio II, las ciudades se hicieron independientes del poder real. La insumisión se extendía a lo largo del territorio de los antiguos seléucidas y las monarquías helenísticas vivían sus últimos años en medio de una inestabilidad política total, hasta el momento de la intervención decisiva de Roma.
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RELACIÓN DE ALGUNAS COSAS DE LAS QUE ACAECIERON AL MUY ILUSTRE SEÑOR DON HERNANDO CORTÉS, MARQUÉS DEL VALLE, DESDE QUE SE DETERMINÓ IR A DESCUBRIR TIERRA EN LA TIERRA FIRME DEL MAR OCÉANO ANDRÉS DE TAPIA Y SU OBRA Su autor Andrés de Tapia, buen capitán y esforzado soldado, al decir de Bernal Díaz1, contaba veinticuatro años cuando se alistó en la hueste cortesiana. Su valor y fidelidad le ganaron la confianza de don Hernán, quien, corriendo el tiempo, le entregó la capitanía de Alonso de Ávila, cuando el oficial partió para Castilla2. Este aguerrido leonés participó en hechos tan sobresalientes como el hallazgo de Aguilar, el cautivo cristiano de Yucatán, o la captura del rebelde Cuauhpopoca. Posteriormente, intervino en las querellas entre los cortesianistas y la primera Audiencia, acompañó a don Hernán en su viaje a España, participando con toda seguridad en la malhadada expedición a Argel y, algún tiempo después, volvió a México, donde ocupó los cargos de Contador y Justicia Mayor3. Hombre íntegro, responsable y leal en lo anímico, en lo físico era de rostro algo ceniciento y no muy alegre, y de buen cuerpo, y de poca barba rala4. La obra La Relación de algunas cosas de las que acaecieron al muy Ilustre señor don Fernando Cortés, marqués del Valle, desde que se determinó ir a descubrir tierra en la Tierra Firme del Mar océano es, ante todo y sobre todo, un alegato en favor de Cortés, protector y amigo del militar leonés. El autor, qué duda cabe, muestra una sonrojante falta de objetividad5; pero también presenta la pétrea veracidad de los testigos oculares. Más pasional, Agustín Yáñez afirma tajantemente que la dimensión épica de la relación, unida a la ausencia de disgresiones y alegatos personales, la convierten en una pieza muy superior a la historia del viejo Bernal6. El arrojo heroico y la humana flaqueza --continúa Yáñez--, la crueldad bárbara y la cristiana compasión, las penas, los enojos violentos, las alegrías de la victoria se conjugan con fluencia vital, con dramático realismo, en este enjundioso cronicón7. En mi opinión --mediatizada tal vez por los temblorosos fríos que me invaden siempre que debo enfrentarme al enjundioso cronicón--, la grandeza del mismo no reside tanto en lo literario como en lo historiográfico. Creo que nos encontramos ante una obra de capital importancia, cuyos datos han sido transcritos con sin par impudicia por una larga caterva de historiadores y cronistas. El capellán de Cortés, el tan loado Francisco López de Gómara, no dudó en saquear el triste relato del leonés. El fruto del plagio --la Conquista de México-- fue a su vez pirateado por otro corsario de Clío, el cronista de la Ciudad de México, Francisco Cervantes de Salazar, quien tuvo que aguantar las imposiciones de don Antonio de Herrera y Tordesillas, una especie de Francis Drake de la historiografía americana. Para no prolongar estas notas, dignas de figurar en la introducción a Piratas de América, me limitaré a señalar que el plagio finalizó en el venerable padre Diego Luis Motezuma, un clérigo barroco autor de una surrealista Corona mexicana o Historia de los nueve Motezumas (vid el cuadro adjunto). INFLUENCIA DE LA CRÓNICA DE ANDRÉS DE TAPIA Siglas.-- CM: Conquista de México. CNE: Crónica de la Nueva España. HG: Historia general de los hechos de los castellanos en las Islas y Tierra Firme del mar océano. ACA: Anales de la corona de Aragón. HCM: Historia de la conquista, población y progresos de la América septentrional conocida por el nombre de Nueva España. CM: Corona mexicana o Historia de los nueve Motezumas. ? Hace ya tiempo --en 1942, para ser exactos--, Ramón Iglesia afirmó que Gómara recibió información oral de Tapia8. Desde entonces, la especie se ha repetido una y otra vez; mas nadie se ha tomado la molestia de profundizar en el tema. Tal vez porque resulta poco placentero cotejar la tremebunda prosa de Tapia con las pulidas y soporíferas páginas de Gómara. El último editor de la Conquista de México, por ejemplo, tras citar un pasaje del capellán, donde admite haber recibido información del leonés9, dice: No conocemos la fecha en la que Tapia escribió, ni si Gómara leyó el relato, pero es cierto que se asemejan bastante10. Tan cierto es que algunos pasajes se parecen como dos gotas de agua. He aquí un ejemplo. De fuera de este hueco estaban dos ídolos sobre dos basas de piedra grande, del altor las basas de una vara de medir, y sobre éstas dos ídolos del altor de casi tres varas de medir cada uno; y serían del gordor de un buey cada uno; eran de piedra de grano bruñida, y sobre la piedra cubiertos de nácar, que es conchas en que las perlas se crían, y sobre este nácar, pegado con betún a manera de engrudo, muchas joyas de oro, y hombres y culebras y aves e historias hechas de turquesas, pequeñas y grandes, y de esmeraldas y amatistas, por manera que todo el nácar estaba cubierto, excepto en algunas partes donde lo dejaban para que hiciese labor con las piedras. Tenían estos ídolos unas culebras gordas de oro ceñidas, y por collares cada diez o doce corazones de hombre, y por rostro una mascarilla de oro, y ojos de espejo, y tenían otro rostro en el colodrillo, como cabeza de hombre sin carne11. Hasta aquí Andrés de Tapia. Veamos a continuación lo que escribe López de Gómara: Eran de piedra, y del grosor, altura y tamaño de gigante. Estaban cubiertos de nácar, y encima muchas perlas, piedras y piezas de oro engastadas con engrudo de zacotl, y aves, sierpes, animales, peces y flores, hechas como mosaico, de turquesas, esmeraldas, caledonias, amatistas y otras piedrecillas finas que hacían bonitas labores, descubriendo el nácar. Tenían por cintura sendas culebras de oro gruesas, y por collares diez corazones de hombres cada uno, de oro, y sendas máscaras de oro con ojos de espejo, y al colodrillo gestos de muerto12. Se nota el superior estilo del mundano clérigo; pero también que tuvo a la vista el texto modificado. Queda claro, por tanto, que Francisco López no sólo conoció la relación del soldado leonés, sino que la manejó cuando pergeñaba su Conquista de México13. En mi opinión, Gómara, que conoció a Tapia en Argel, pidió al leonés que recogiera por escrito los datos que le proporcionó oralmente. El disciplinado conquistador así lo hizo, y el capellán dispuso de una rica fuente de información, que manejó a su antojo cuando las circunstancias lo exigieron. De lo expuesto se desprenden dos deducciones. De un lado, que la relación de Tapia no es sino una noticia, un apuntamiento, un apunte, como confirma la temporalidad del escrito, la rápida redacción, a caballo entre el castellano y el cerrado leonés, los graves errores estructurales, y otros detalles menores. Del otro, que la crónica se redactó en el período que va desde el regreso de Tapia a la península (1540) hasta su vuelta a México, fecha que lógicamente debe situarse antes de 1547, año en que muere el marqués del Valle. Ediciones Por razones que me son del todo incomprensibles, la relación del capitán Andrés de Tapia sólo tiene dos impresiones en lengua castellana. La primera edición se debió a los desvelos de Joaquín García Icazbalceta, quien publicó una copia autorizada del escrito en su Colección de documentos para la historia de México14; la segunda a Agustín Yáñez, que incluyó una versión modernizada en la obra Crónicas de la conquista15. A ellas debe sumarse una traducción inglesa publicada en una antología titulada The Conquistadors16. Criterio editorial Don Joaquín García Icazbalceta, editor purista y ortodoxo, respetó el infernal estilo del original; pero, como a mí me interesa más el lector que el autor, no he tenido escrúpulos a la hora de modernizar el texto, evitando con ello la tortura que supone la lectura de párrafos como el que sigue: E visto que a todo esto el marqués les satisfacía, hicieron a los mismos del pueblo que dijesen que do Muteczuma estaba habie mucho número de leones e tigres e otras fieras, e que cada que Muteczuma quirie las hacie soltar, e bastaban para comernos e despedazarnos. He eliminado, pues, la cerrada fonética leonesa, modificado las construcciones dislésicas y corruptas, y destrabado las contracciones. Respeto, empero, algunos arcaísmos y, sobre todo, los dequeísmos, ese vicio gramatical tan frecuente en nuestros días. Para facilitar la lectura, he dividido la relación en párrafos. Tanto el título como los rótulos, que van entre corchetes, son factura mía. Respecto a los términos nahua, reproduzco la grafía de Tapia, que es bastante correcta y poco vacilante, pues sólo he podido observar dudas en la palabra Cholula, transcrita también como Chitrula y Cherula.?
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Relación de algunas cosas de las que acaecieron al muy ilustre señor don Hernando Cortés, marqués del Valle, desde que se determinó ir a descubrir tierra en la Tierra Firme del Mar Océano1 Cómo el señor marqués del Valle se partió de la isla de Cuba, y de las dificultades que para bastecerse tuvo. El cual salió de la isla de Cuba, que es en las dichas Indias, y fue al puerto de la Villa Rica de la Veracruz, que es el primer nombre que puso a una villa que pobló y fundó en lo que él después llamó Nueva España. Llevaba el dicho marqués una bandera de unos fuegos blancos y azules y una cruz colorada en medio; y la letra de ella era: Amici, sequamur crucem, et, si nos fidem habemus, vere in hoc signo vincesus2. Salió de la dicha isla de Cuba el dicho señor marqués no tan bastecido cuanto él quisiera para seguir su viaje, y fuese por de largo de la dicha isla de Cuba a un puerto que en ella está, que se llama Macaca, donde hizo hacer cierto pan de raíces, que se dice yuca, que nacen sembrándolo en unos montones de tierra y salen como nabos, las cuales raíces, antes de ser desmenuzadas y cocidas en cierta manera son ponzoña y tóxico, y después de ralladas y estrujadas y cocidas, es pan y razonable mantenimiento3. Y de aquí, de este puerto, despachó ciertos navíos a la punta de la isla, y otro navío a otra isla que se llama Jamaica, con cosas de bastimentos de Castilla y con algún oro para que le mercasen4 de ello de este pan que hemos dicho, y tocinos de puerco, porque en aquella isla lo había al presente más que en la isla de Cuba. Y asimismo tuvo aviso que un navío de un vecino de Cuba venía cargado de este pan para irlo a vender a cierta parte donde se cogía oro en la dicha isla; y mandó a ciertos de su compañía que fuesen en busca del dicho navío, y por fuerza o de grado lo trajesen a la punta de la isla, que es donde él había mandado ir sus navíos. Lo cual fue hecho así como el dicho marqués lo mandó. De esta manera algún tanto5 basteció su armada; y pagó en ciertas joyas de oro lo que valía el bastimento y navío que así tomó. Después de lo cual, el dicho marqués anduvo perdido quince o veinte días entre unos bajíos e islotes; y al fin fue a la villa de San Cristóbal del puerto de la Habana, que es en la isla de Cuba, donde mercó bastimentos de uno que tenía los diezmos6 de la dicha isla arrendados y de otro que era receptor de unas bulas7, y en precio de ellas le daban tocinos y pan, porque en aquella parte no se coge oro. Y de esto se acabó de bastecer, con algún otro bastimento que después mercó a los dichos vecinos, y lo fue a tomar a otro puerto que se dice Guaniguanico, que es en la misma isla de Cuba. Cómo aportamos a Aquçamil, y cómo era el ídolo que los naturales adoraban. En el dicho puerto de Guaniguanico juntó el dicho señor marqués del Valle sus navíos, y repartió por ellos el bastimento que había y la gente e hizo capitanes, a los cuales dio sus instrucciones según le pareció que debían seguir las derrotas, y para cómo se habían de regir y gobernar la gente que cada uno llevaba. Y luego que se desabrazó de la isla, dio en su armada un temporal que derrotó los navíos, y por la instrucción que les había dado de por donde habían de navegar aportaron todos a una isla pequeña que en la mar se halló, cerca de la tierra firme, a quien los indios de ella llaman Aquçamil8, y de todos los navíos no faltó más de uno, del que después diremos. En la dicha isla se hallarían como dos mil hombres, y la isla será de cinco leguas9 por lo más largo y una y media o dos de ancho. Adoraban la gente de ella en ídolos, a los cuales hacían sacrificios, en especial a uno que estaba en la costa de la mar en una torre alta. Este ídolo era de barro cocido y hueco, pegado con cal a una pared, y por detrás de la pared había una entrada secreta por donde parecía que un hombre podía entrar y envestirse el dicho ídolo; y así debía ser, porque los indios decían, según después se entendió, que aquel ídolo hablaba. En esta isla se halló delante del ídolo, abajo de la torre, una cruz de cal de altor de estado y medio10 y un cerco de cal y piedra almenado alrededor de ella, donde los indios decían que ofrecían codornices y sangre de ellas y quemaban cierta resina a manera de incienso, y que esto hacían cuando tenían necesidad de agua y haciéndolo llovía. Cómo el que esto escribe topó con un cristiano, que estaba cautivo en poder de los indios. En esta isla se entendió por señas, o como mejor se pudo entender, que en la tierra firme que estaba frontera de esta isla había hombres con barbas como nosotros, hasta tres o cuatro. El señor marqués del Valle dio ciertas joyas y cosas de rescate de las que él llevaba a un indio porque llevase una carta a aquellos cristianos, y con este indio envió un bergantín, cuatro bateles y un capitán; y porque el indio decía que estaban cerca de la costa de la mar les escribió en la carta que aquellos bajeles los esperarían cinco días y no más; y con esto se fueron el bergantín y los bajeles, y estuvieron ocho días, y el indio que llevó la carta volvió a nuestra gente e hizo señas que no querían venir, y así se volvieron todos a la dicha isla. Y luego el dicho señor marqués mandó embarcar toda su gente, y se embarcó e hizo señal que todos hiciesen vela, y así lo hicieron. Y de improviso se tornó el viento tan contrario, que fue necesario tornar al puerto sin poder hacer otra cosa, y tornarse a desembarcar. Y otro día, estando en un navío el que esta relación da y otros ciertos gentileshombres11, vieron venir por la mar una canoa, que así se llama, que es en lo que los indios navegan y es hecha de una pieza de un árbol cavada, y, reconociendo que venía a tomar tierra en la isla, salieron del navío en tierra y por la costa se fueron lo más encubiertamente que pudieron, y, llegando adonde la canoa quería tomar tierra, y la tomó, vieron tres hombres desnudos12, tapadas sus vergüenzas, atados los cabellos atrás como mujeres, y sus arcos y flechas en las manos. Y les hicimos señas que no obiesen miedo, y el uno de ellos se adelantó y los otros dos mostraban haber miedo y querer huir a su bajel, y el uno les habló en lengua que no entendimos y se vino hacia nosotros, diciendo en nuestro castellano: "Señores, ¿sois cristianos, y cuyos vasallos?" Dijímosle que sí, y que del rey de Castilla éramos vasallos. Alegrose y rogonos que diésemos gracias a Dios, y él así lo hizo con muchas lágrimas, y, levantados de la oración, fuimos caminando al real y él llevó los dos compañeros suyos, que eran indios, consigo, y por el camino nos fue diciendo que había diez años que, yendo en un navío por la mar, no sabe a qué parte, mas de que habían partido de la isla de Santo Domingo13, y, yendo a la Tierra Firme, hacia las Perlas14, se les abrió el navío, y que trece hombres de él tomaron el bajel y le pusieron una vela, y corrieron donde el viento los quiso llevar. El navío se fue a fondo con los demás, y que a ellos los había llevado Dios a aquella tierra, y que él había trabajado de contentar a un señor indio en cuyo poder había estado, y otro español había tomado por mujer a una señora india, y que a los demás los indios los habían muerto; y que él sintió del otro su compañero que no quería venir por otras veces que le había hablado diciendo que tenía horadadas las narices y orejas y pintado el rostro y las manos; y por esto no lo llamó cuando se vino15. El señor marqués se holgó mucho con este español, el cual servía de intérprete16, y con él hizo llamar los indios de la isla y les predicó e hizo amonestaciones y les rogó que derribasen sus ídolos, y lo hicieron de buena voluntad al parecer, y le pidieron imágenes, y se las dio de Nuestra Señora la Virgen María, y puso e hizo poner por toda la isla en partes y en la torre donde estaba el ídolo cruces, dando a los indios de lo que él tuvo que veía que les parecía bien; y así se partió de la dicha isla. Y después supimos que, cuando por allí algún navío venía, los indios salían a él en una canoa con una imagen de Nuestra Señora y le daban de lo que tenían. Cómo hallamos un navío que nos faltaba, y lo que acaeció a los que en él iban. Partió el dicho señor marqués con su armada de esta isla algo llegado a la tierra firme en busca del navío que le faltaba; y, yendo por la derrota que había mandado seguir, halló en un portezuelo el navío que le faltaba, el cual navío tenía por la jarcia de él mucho número de pellejas de conejos y liebres, y algunos pellejos de venados pequeños y grandes. Y dijeron los españoles del dicho navío que luego que allí llegaron vieron andar un perro español por la costa y ladraba hacia el navío; y cómo17 saltaron en tierra el capitán del navío y algunos españoles vieron una lebrela de buen talle, y se vino a ellos y los halagaba, y se volvió al monte y les comenzó a traer conejos, y con esta lebrela cazaban los días que allí estuvieron, y tenían hecha alguna cecina18 de conejos y venados. Cómo el señor marqués llegó a la Isla de las Mujeres, y lo que en ella nos sucedió. De aquí partió el señor marqués y fue a la punta que llamó de las Mujeres, porque todos los ídolos que en unas salinas que ende19 estaban eran a manera de mujeres20. Allí estuvo dos días por falta de buen tiempo, y yo vi que en el navío donde yo estaba tomamos un pescado que llaman tiburón, que es a manera de marrajo21, y según pareció había comido todas las raciones que daban de carne a los soldados y personas que iban en la armada, que, como era de puerco salada para la echar en mojo22, cada cual la ataba al bordo de su navío en el agua. Y tomámosle en nuestro navío con un anzuelo y con ciertos lazos que le echaron por la veta23 donde iba el anzuelo; y, no pudiéndolo subir con los aparejos, porque daba mucho lado al navío, con el batel lo matamos en el agua, y como pudimos lo metimos a pedazos en el batel y en el navío con los aparejos, y tenía en el cuerpo más de treinta tocinos de puerco y un queso y dos o tres zapatos y un plato de estaño, que pareció después haberse caído el plato y el queso de un navío que era del adelantado Alvarado, a quien el señor marqués había hecho capitán de un navío de los de su armada. Eran los navíos que llevaban trece e irían en toda la armada quinientas y sesenta personas. Los navíos eran el mayor de hasta cien toneles24, y otros tres de sesenta hasta ochenta toneles; de los demás de allí abajo, pequeños. La carne que se sacó del pescado la comimos, porque estaba más desalada que la otra y sabía mejor. Cómo llegamos a la provincia de Tabasco, y las guerras que hubimos con los naturales de ella. De aquí partió el armada y fue a un río, que llaman Tabasco a la provincia por donde él pasa. Dejó los navíos mayores fuera, en la mar, y metió la gente y artillería en los bajeles más pequeños y entró con ellos por el río donde le salieron ciertos indios de guerra, y con el intérprete les habló y prometió de no les tomar cosa alguna, ni consentirles hacer mal si lo recibiesen de paz y le escuchasen la razón porque allí era venido. Ellos tomaron de término para responder hasta otro día de mañana y el dicho señor marqués se estuvo con su gente en sus bateles en una islitilla que el río hacía, y según pareció pedían el término para alzar su ropa25. Otro día, como a las diez, el marqués llegó con su gente junto a la tierra en los bateles y los indios se mostraban de guerra con sus arcos y flechas y varas y tiraban hacia los bateles, y el marqués les tornó a requerir muchas veces que le recibiesen de paz, y que se lo rogaba tanto, porque sabía que habían de ser destruidos si otra cosa hacían, y no quisieron sino amenazarnos que si saltábamos en tierra que nos matarían. Y así saltamos y ganóseles el pueblo, y en un patio de aposentos de la gente que servía a los ídolos del dicho pueblo se aposentó el dicho señor marqués y su gente; y, después de recogida, puso esa noche guarda en su real, y por la mañana envió por tres partes alguna de su gente por caminos anchos que del pueblo salían, los cuales iban a buscar algunas cosas de yerbas y frutas para comer, y los caminos los llevaron a los unos y a los otros a las labranzas de los de aquel pueblo, y hallaron alguna gente con quien pelearon y trajeron ciertos indios. Y, llegados al real, dijeron cómo ellos se andaban juntando para nos dar batalla y pelear a todo su poder para nos matar y comernos; y que estaba acordado entre ellos que, si los cristianos los vencían, de servirlos dende en adelante como a señores, lo cual se entendió por el intérprete español de quien ya dijimos. El señor marqués les habló y los envió por mensajeros, y los aseguró de que, si quisiesen no pelear, se les haría muy buen tratamiento y él los tendría como a sus hijos y no volvieron con respuesta, mas de que alguna gente que andaba de guerra entre unas acequias y rías decían a los nuestros que dende aquí a tres días sería junta toda la tierra y nos comerían; y así se juntaron y aparecieron una mañana. El marqués y toda su gente oyó misa y salió a ellos; y porque la tierra es acequiada y por el camino por donde habíamos de ir había rías hondas, tomó con diez de caballo, de trece que tenía, y fuese sobre la mano izquierda de largo de la ría para ver dónde podría encubrirse con unos árboles y dar en los enemigos o por las espaldas o por un lado, y la gente de pie se fue camino derecho pasando acequias. Y como los indios sabían los pasos, que son más sueltos que los españoles, pasábanse por las acequias y dende la otra parte nos tiraban muchas flechas y varas y piedras con hondas; y, aunque matábamos algunos de ellos con ciertos tirillos de campo que teníamos y con las ballestas, ellos hacían gran daño en nosotros por ser mucho número de gente como eran, y nos vimos en mucho peligro, y no sabíamos del marqués, porque no halló por dónde pasar a los enemigos, antes hallaba muchos malos pasos de acequias; y como los enemigos nos tuviesen ya cercados a los peones por todas partes, apareció por la retaguardia de ellos un hombre en un caballo rucio26, picado, y los indios comenzaron a huir y a nos dejar algún tanto por el daño que aquel jinete en ellos hacía; y nosotros, creyendo que fuese el marqués, arremetimos y matamos algunos de los enemigos, y el de caballo no pareció más por entonces. Volviendo los enemigos sobre nosotros, nos tornaban a maltratar como de primero, y tornó a parecer el de caballo más cerca de nosotros, haciendo daño en ellos, por manera que todos lo vimos y tornamos a arremeter y tornose a desaparecer como de primero, y así que lo hizo otra vez, de manera que fueron tres veces las que apareció y le vimos; y siempre creíamos que fuese alguno de los de la compañía del marqués. El marqués con sus nueve de caballo volvieron a venir por nuestra retaguardia, y nos hizo saber cómo no había podido pasar, y le dijimos cómo habíamos visto uno de caballo, y dijo: "Adelante, compañeros, que Dios es con nosotros". Y arremetió estando ya fuera de las acequias y dio en los enemigos, y la gente de pie tras él; y así los desbaratamos, matando muchos de ellos y huyendo los demás a se guarecer en los malos pasos entre las acequias. El marqués se volvió al real con su gente, y de algunos prisioneros que se habían tomado hizo mensajeros y envió a decir a los enemigos que le pesaba del daño que en ellos había hecho, y que todavía los tendría por amigos si ellos quisiesen venir a obediencia; y vinieron ciertos señores y trajeron aves que acá llamamos gallinas de las Indias27 y frutas de aquella tierra y otras cosas de bastimento, y dieron la obediencia al dicho marqués, y éste les rogó que quitasen sus ídolos y pusiesen cruces en el lugar donde los tenían; y ansí se hizo en lo que por allí vimos. Y tomado algún maíz, que es una semilla de que ellos se mantenían y algunas frutas, y enviádolo a los navíos, los señores de la tierra dieron al marqués veinte mujeres de las que ellos tenían por esclavas, para que moliesen pan. Y después de andada la procesión el Domingo de Ramos y dicha misa en el patio de los ídolos, nos fuimos a embarcar. Decían los indios que serían los que con nosotros habían peleado hasta cuarenta y ocho mil hombres, porque su manera de contar es de ocho en ocho mil, y decían que se habían juntado por copia seis veces ocho mil28.
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<p><strong>Relación de Fray Ramón acerca de las antigüedades de los indios, las cuales, con diligencia, como hombre que sabe el idioma de éstos, recogió por mandato del Almirante.</strong></p><p><em><strong>Yo, fray Ramón, pobre ermitaño de la Orden de San Jerónimo, por mandato del ilustre señor Almirante, Virrey y Gobernador de las islas y de la tierra firme de las Indias, escribo lo que he podido averiguar y saber acerca de las creencias e idolatría de los indios, y cómo veneran a sus dioses. De lo cual trataré en la presente relación.</strong></em></p><p><em><strong>Cada uno, al adorar los ídolos que tienen casa y les llaman cemíes, guarda un modo particular y superstición. Creen que hay en el Cielo un ser inmortal, que nadie puede verlo y que tiene madre, mas no tiene principio; a éste le llaman Yucahu Vagua Maorocoti y a su madre llaman Atabey, Apito y Zuimaco, que son cinco nombres. Estos de los que escribo son de la isla Española; porque de las demás islas no sé cosa alguna, pues no las he visto jamás. También saben de qué parte vinieron, y de dónde tuvieron origen el sol y la luna, cómo se hizo el mar y a dónde van los muertos. Creen que los muertos se aparecen por los caminos cuando alguno va solo; porque, cuando van muchos juntos, no se les presentan. Todo esto les han hecho creer sus antepasados; porque ellos no saben leer, ni contar sino hasta diez.</strong></em></p><p>&nbsp;&nbsp;</p><p><em>CapÍtulo I</em></p><p>De dónde proceden los indios y de qué manera</p><p><em>La isla Española tiene una provincia llamada Caonao en la que hay una montaña de nombre Cauta, y en ella dos grutas denominadas Cacibajagua y Amayauna. De Cacibajagua salió la mayor parte de la gente que pobló la isla. Cuando vivían en aquella gruta, ponían guardia de noche, y se encomendaba este cuidado a uno que se llamaba Mácocael, el cual, porque un día tardó en volver a la puerta, dicen que lo arrebató el sol. Viendo, pues, que el sol se había llevado a éste por su mala guardia, te cerraron la puerta y fue transformado en piedra cerca de la entrada. Dicen también que otros, habiendo ido a pescar, fueron cogidos por el sol, y se convirtieron en árboles llamados jobos, y de otro modo se llaman Mirobálanos. El motivo por el que Mácocael velaba y hacía la guardia era para ver a qué parte enviaría la gente o la repartiría, y no parece sino que tardó para su mayor mal.</em></p><p><em>&nbsp;&nbsp;</em></p><p><em>CapÍtulo II</em></p><p>Cómo se separaron los hombres de las mujeres</p><p><em>Sucedió que uno, que se llamaba Guahayona, dijo a otro, de nombre Yahubaba, que fuese a coger una hierba llamada digo, con la que se limpian el cuerpo cuando van a bañarse. Este fue delante de ellos, más lo arrebató el sol en el camino y se convirtió en pájaro que canta por la mañana, como el ruiseñor, y se llama Yahubabayel. Guahayona, viendo que éste no volvía cuando lo envió a coger el digo, resolvió salir de la gruta Cacibajagua.</em></p><p><em>&nbsp;</em></p><p><em>&nbsp;CapÍtulo III</em></p><p><em>Entonces, Guaguyona, indignado, resolvió marcharse, viendo que no volvían aquellos que había enviado a coger el digo para bañarse, y dijo a las mujeres: «dejad a vuestros maridos y vámonos a otras tierras y llevemos mucho güeyo. Dejad a vuestros hijos y llevemos solamente dicha hierba con nosotros, que después volveremos por ellos.»</em></p><p><em>&nbsp;</em></p><p><em>&nbsp;CapÍtulo IV</em></p><p><em>Guahayona salió con todas las mujeres y anduvo buscando otros países, y llegó a Matininó, donde muy luego dejó a las mujeres y se fue a otra región llamada Guanín, y habían dejado a los hijos pequeños junto a un arroyo. Después, cuando el hambre empezó a molestarles, dicen que lloraban y llamaban a sus madres que se habían ido. Y los padres no podían dar consuelo a los hijos, que llamaban con hambre a sus madres, diciendo mamá, indudablemente para demandar la teta. Llorando así y pidiendo la teta, y diciendo "toa, toa", como quien demanda una cosa con gran deseo y mucho ahínco, fueron transformados en animalillos, a modo de ranas, que se llaman tona, por la petición que hacían de la teta; y de esta manera quedaron todos los hombres sin mujeres.</em></p><p><em>&nbsp;</em></p><p><em>&nbsp;CapÍtulo V</em></p><p>Cómo volvieron después las mujeres a la isla llamada Española, que antes llevaba el nombre de Haití, y así la llaman los habitantes de ella; anteriormente, ésta y las otras islas se llamaban Bohío</p><p><em>Como los indios no tienen escritura ni letras, no pueden dar buena información de lo que saben acerca de sus antepasados, y por esto no concuerdan en lo que dicen, y menos se puede escribir ordenadamente lo que refieren.</em></p><p><em>Cuando se marchó Guahayona, aquel que se llevó todas las mujeres, también se fueron con él las de su cacique, llamado Anacacuya, engañándolo como engañó a los otros. También se fue un cuñado de Guahayona, llamado Anacacuya, que entró en el mar con él, y dijo Guahayona a su cuñado, estando en la canoa "mira qué hermoso cobo hay en el agua" el cobo es el caracol del mar. Cuando Anacacuya miraba el agua para el cobo, su cuñado Guahayona lo cogió por los pies y tirólo al mar; luego tomó todas las mujeres para sí, y las dejó en Matanino, donde hoy se dice que no hay más que hembras. El se fue a otra isla llamada Guanin, y se llamó así por lo que se llevó de ella cuando fue allí.</em></p><p><em>&nbsp;</em></p><p><em>CapÍtulo VI</em></p><p>Cómo Guahayona volvió a la mencionada Cauta, de donde había antes sacado a las mujeres</p><p><em>Dicen que estando Guahayona en la tierra donde había ido, vio que había dejado en el mar una mujer, de lo que él recibió gran alegría, y muy luego buscó muchos lavatorios para limpiarse, por estar lleno de aquellas úlceras que nosotros llamamos mal francés. Fue puesto luego en una guanara, que quiere decir lugar apartado; y así, estando allí, curó de sus llagas. Después pidió permiso para seguir su camino y él se lo concedió. Llamábase esta mujer Guabonito. Y Guahayona cambió de nombre, llamándose en lo sucesivo Albeborael Guahayona. La dueña Guabonito dio a Albeborael Guahayona muchos guanines y muchas cibas, para que las llevara sujetas a los brazos, pues en aquel país las cibas son piedras que semejan mucho al mármol, y las llevan atadas a los brazos y al cuello. Y los guanines los llevan en las orejas, que se las agujerean cuando son pequeños, y son de metal casi como de florín. El origen de estos guanines dicen que fueron Guabonito, Albeborael Guahayona y el padre de Albeborael.</em></p><p><em>Guahayona se quedó en la tierra con su padre, llamado Hiuna. Su hijo de parte de padre se llamaba Hiaguaili Guanin, que quiere decir hijo de Hiauna; y desde entonces se llamó Guanin, y hoy lleva el mismo nombre. Como los indios no tienen letras ni escrituras, no saben contar bien estas fábulas, ni yo puedo escribirlas con exactitud. Por lo cual creo que pongo primeramente lo que debía ser lo último, y lo último lo que debía estar antes. Pero todo lo que escribo es según me lo contaron, y por tanto, yo lo refiero como lo supe de los indios.</em></p><p><em>&nbsp;</em></p><p><em>CapÍtulo VII</em></p><p>Cómo hubo de nuevo mujeres en la isla de Haití, que ahora se llama la Española</p><p><em>Digo que un día fueron a bañarse los hombres, y estando en el agua, llovía recio, y sentían mucho deseo de tener mujeres; y muchas veces, cuando llovía, habían ido a buscar las huellas de sus mujeres; pero no podían encontrar alguna noticia de éstas. Mas aquel día, bañándose, dicen que vieron caer de algunos árboles, por medio de las ramas, cierta forma de personas que no eran ni hombres ni mujeres, pues no tenían sexo de varón ni de hembra, procuraron cogerlas, pero ellas se escurrían como si fuesen anguilas. Por esto llamaron a dos o tres hombres por mandato de su cacique, para que, pues ellos no podían cogerlas, esperasen cuantas eran, y buscasen para cada una un hombre que fuese Caracaracol, porque tenían las manos ásperas, y así las sujetarían fuertemente. Dijeron al cacique que había cuatro, y llevaron estos cuatro hombres que eran caracaracoles; caracaracol es una enfermedad como sarna, que hace al cuerpo muy áspero. Después que las hubieron cogido, deliberaron cómo podrían convertirlas en mujeres, pues no tenían sexo de varón ni de hembra.</em></p><p><em>&nbsp;</em></p><p><em>&nbsp;CapÍtulo VIII</em></p><p>Cómo hallaron medio de que fuesen mujeres</p><p><em>Buscaron un pájaro que se llama inriri, y antiguamente inrire cahubabayael que agujerea los árboles, y en nuestro idioma se llama pico. Juntamente tomaron aquellas personas sin sexo de varón ni de hembra, les ataron los pies y las manos, cogieron el ave mencionada, y se la ataron al cuerpo; el pico, creyendo que aquéllas eran maderos, comenzó la obra que acostumbra, picando y agujereando en el lugar donde ordinariamente suele estar la naturaleza de las mujeres. De este modo dicen los indios que tuvieron mujeres, según contaban los muy viejos. Como yo escribí con presura, y no tenía papel bastante, no podré poner en un lugar lo que por error llevé a otro; pero con todo ello no me he equivocado, porque ellos lo creen todo como lo llevo escrito. Volvamos ahora a lo que habíamos de colocar antes, esto es, acerca de la opinión de los indios en punto al origen y principio del mar.</em></p><p><em>&nbsp;</em></p><p><em>&nbsp;CapÍtulo IX</em></p><p>Cómo cuentan que fue hecho el mar</p><p><em>Hubo un hombre llamado Yaya, del que no saben su nombre; el hijo de éste llamábase Yayael, que quiere decir hijo de Yaya. Queriendo Yayael matar a su padre, éste lo desterró, y así estuvo ausente cuatro meses; después, su padre lo mató, puso los huesos en una calabaza y la colgó en el techo de su casa, donde estuvo pendiente algún tiempo. Sucedió que un día, con deseo de ver a su hijo, Yaya dijo a su mujer: «quiero ver a nuestro hijo Yayael». Ella se alegró con esto, y tomando la calabaza, la volcó para ver los huesos de su hijo. De ella salieron muchos peces grandes y pequeños; por lo que viendo que aquellos huesos se habían transformado en peces resolvió comérselos.</em></p><p><em>Dicen que un día, habiendo ido Yaya a sus conucos, que quiere decir posesiones, que eran de una herencia, llegaron cuatro hijos de una mujer llamada Itiba Cahubaba, todos de un vientre y gemelos; pues esta mujer, habiendo muerto de parto, la abrieron y la sacaron los cuatro dichos hijos. El primero que extranjeron fue Caracaracol, que quiere decir sarnoso, Caracaracol fue llamado; los otros no tenían nombre.</em></p><p><em>&nbsp;</em></p><p><em>&nbsp;CapÍtulo X</em></p><p>Cómo los cuatro hijos gemelos de Itiba Cahubaba, que murió de parto, fueron juntos a coger la calabaza de Yaya, donde estaba su hijo Yayael, que se había convertido en peces, y ninguno se atrevió a tomarla sino Deminán Caracaracol, que la descolgó, y todos se hartaron de peces</p><p><em>Mientras comían, sintieron que venía Yaya de sus posesiones, y queriendo en aquel apuro colgar la calabaza, no la colgaron bien, de modo que cayó en tierra y se rompió. Dicen que fue tanta el agua que salió de aquella calabaza, que llenó toda la tierra, y con ella salieron muchos peces. Entonces dicen que tuvo origen el mar. Salidos después de allí, hallaron un hombre al que llamaron Conel, que era mudo.</em></p><p><em>&nbsp;&nbsp;</em></p><p><em>CapÍtulo XI</em></p><p>De lo que aconteció a los cuatro hermanos cuando iban huyendo de Yaya</p><p><em>Estos, tan luego como llegaron a la puerta de Bayamanaco y notaron que llevaba cabeza, dijeron: «Ahiacabo Guarocoel, que quiere decir: conozcamos a nuestro abuelo». Entonces, Deminán Caracaracol, viendo delante a sus hermanos, entró a su casa para ver si podía hallar algún cazabe, que es el pan que se come en aquel país. Caracaracol, entrando en casa de Bayamanaco, le pidió cazabe, que es el mencionado pan. Este se puso la mano en la nariz, y le echó en la espalda un guangayo lleno de cohoba, que había mandado hacer aquel día; la cohoba es cierto polvo que ellos toman algunas veces para purgarse y para otros efectos que después se dirán. Toman ésta con una caña de medio brazo de larga; ponen un extremo en la nariz y otro en aquel polvo; y así lo aspiran por la nariz y les hace purgar grandemente. De este modo les dio por pan aquel guangayo, en vez del pan que hacía; y se fue muy indignado porque se lo habían pedido... Caracaracol, después de esto, volvió a sus hermanos y les contó lo que le había sucedido con Bayamanacoel, y cómo te había echado un guangayo en la espalda, la que le dolía fuertemente. Entonces, sus hermanos le miraron la espalda, y vieron que la tenía muy hinchada; creció tanto aquella hinchazón, que estuvo a punto de morir, por lo que procuraron cortarla, y no pudieron; mas tomando una hacha de piedra se la abrieron y salió fuera una tortuga viva, hembra; entonces edificaron una casa y llevaron a ella la tortuga. De esto yo no he sabido más; poco vale lo que llevo escrito.</em></p><p><em>Dicen también que el sol y la luna salieron de una gruta, que está en el país de un cacique llamado Mautia-TeNuel, a cuya gruta, que llaman Iguanaboina, la veneran mucho, y la tienen toda pintada a su modo, sin alguna figura humana, pero con muchos follajes, y otras cosas semejantes. En aquella gruta había dos cemíes, hechos de piedra, pequeños, del tamaño de medio brazo, con las manos atadas, y en actitud de sudar; cuyos cemíes estiman ellos mucho, y cuando no llovía, dicen que entraban allí a vi sitarlos y de repente venía la lluvia. De estos cemíes, a uno llamaban Boinayel y al otro Márohu.</em></p><p><em>&nbsp;</em></p><p><em>&nbsp;CapÍtulo XII</em></p><p>De lo que piensan acerca de andar vagando los muertos; cómo son éstos y lo que hacen</p><p><em>Creen que hay un lugar al que van los muertos,, que se llama Coaibai, que está en un extremo de la isla, llamado Soraya. El primero que estuvo en el Coaibai dicen que fue uno llamado Maquetaurie Guayaba, que era señor del Coaibai, casa y habitación de los muertos.</em></p><p><em>&nbsp;</em></p><p><em>&nbsp;CapÍtulo XIII</em></p><p>Del aspecto que dicen tener los muertos</p><p><em>Dicen que durante el día los muertos están recluídos; por la noche van a recreo, y comen cierto fruto que se llama guayaba, que tiene sabor de..., que de día están... A la noche se convierten en fruta, tienen su recreo, y van juntamente con los vivos. Para conocer los muertos tienen esta manera: que con la mano les tocan el vientre, y si no les encuentran el ombligo dicen que es operito, que quiere decir muerto, pues dicen que los muertos no tienen ombligo. Y así se engañan algunas veces, porque no reparando en esto, yacen con alguna mujer de las del Coaibai, y cuando piensan abrazarlas, no tienen nada, porque desaparece de repente. Tal es lo que creen hasta hoy acerca de esto. Mientras vive una persona llaman al alma goeiza, y después de muerta, la denominan opía; la goeiza dicen que se aparece muchas veces, ya en forma de hombre o ya de mujer, y afirman que ha habido hombre que se atrevió a pelear con una goeiza, y queriendo abrazarla, desaparecía y el hombre metía los brazos más allá sobre algunos árboles, de tos cuales quedaba colgado. Esto lo creen todos en general, lo mismo los pequeños que los mayores; y también que se les aparecen los muertos en forma de padre, de madre, de hermanos, de parientes, o de otras formas. El fruto del que dicen alimentarse los muertos es del tamaño de un membrillo. Los muertos no se les aparecen de día, sino siempre de noche; y por ello no sin gran miedo se atreve algún indio a ir solo de noche.</em></p><p><em>&nbsp;</em></p><p><em>&nbsp;CapÍtulo XIV</em></p><p>De dónde procede esto, y lo que les hace estar en tal creencia</p><p><em>Hay algunos hombres que practican entre ellos, llamados behiques, los cuales hacen muchos engaños, como más adelante diremos, para hacerles creer que hablan con los muertos, y por esto saben todos los hechos y los secretos de los indios; y cuando están enfermos les quitan la causa del mal, y así los engañan; como yo lo tengo visto en parte con mis ojos, bien que de las otras cosas conté solamente lo que había oído a muchos, especialmente a los principales, con los cuales he tratado más que con otros; pues éstos creen en tales fábulas con mayor certidumbre que los otros, porque, lo mismo que los moros, tienen su ley expuesta en canciones antiguas, por las que se gobiernan, igualmente que los moros por la escritura. Cuando quieren cantar sus canciones, tañen cierto instrumento que se llama mayohavao, que es de madera, hueco, fuerte y muy delgado, de un brazo de largo, y medio de ancho. La parte de donde se toca tiene la forma de tenazas de herrador, y el otro lado semejante a una maza, de modo que parece una calabaza con el cuello largo. Este instrumento que ellos tañen hace tanto ruido que se oye a distancia de una legua y media. Al son de éste cantan sus canciones, que las saben de memoria; lo tocan los hombres principales, que aprenden a manejarlo desde niños, y a cantar según su costumbre. Pasemos ahora a tratar de otras muchas cosas acerca de las ceremonias y costumbres de estos gentiles.</em></p><p><em>&nbsp;</em></p><p><em>CapÍtulo XV</em></p><p>De las observaciones de estos indios behiques, y cómo profesan la medicina, y enseñan a los indios, y en sus curas medicinales muchas veces se engañan</p><p><em>Todos, o la mayor parte de los indios de la isla Española, tienen muchos cemíes de diversos géneros. Unos contienen los huesos de su padre, de su madre, de los parientes, y de otros sus antepasados; los cuales están hechos de piedra o de madera. Y de ambas clases poseen muchos. Hay algunos que hablan; otros que hacen nacer las cosas de comer; otros que hacen llover, y otros que hacen soplar los vientos. Todo lo cual creen aquellos simples ignorantes que lo hacen los ídolos, o por hablar más propiamente, el demonio, pues no tienen conocimiento de nuestra Santa Fe. Cuando alguno está enfermo, le llevan el behique, que es el médico. Este es obligado a guardar dieta, lo mismo que el doliente, y a poner cara de enfermo, lo cual se hace así para lo que ahora sabréis. Es preciso que el médico se purgue también como el enfermo; y para purgarse toma cierto polvo, llamado cohoba, aspirándolo por la nariz, el cual les embriaga de tal modo que luego no saben lo que se hacen; y así dicen muchas cosas fuera de juicio, afirmando que hablan con los cemíes, y que éstos les han dicho de dónde provino la enfermedad</em></p><p><em>.</em></p><p><em>CapÍtulo XVI</em></p><p>De lo que hacen dichos behiques</p><p><em>Cuando van a visitar a algún enfermo, antes que salgan de su casa toman hollín de los pucheros o carbón molido, y con él se ponen negra toda la cara, para hacer creer al enfermo lo que quieran acerca de su dolencia. Luego toman algunos huesecillos y un poco de carne, y envolviendo todo aquello en algo para que no se caiga, se lo meten en la boca, estando ya el enfermo purgado con el polvo que hemos dicho. Entrado el médico en casa del doliente, se sienta, y todos callan; si allí hay niños los echan fuera, para que no impidan su oficio al behique, no quedando en la casa sino uno o dos de los más principales. Estando ya solos, toman algunas matas del güeyo, anchas, y otra hierba, envuelta en una hoja de cebolla, media cuarta de larga; y una de los dichos güeyos es la que toman todos comúnmente, y trituradas con la mano las amasan, y luego se la ponen en la boca para vomitar aquello que han comido, a fin de que no les haga daño. Entonces comienzan a entonar el canto mencionado; y tomando una antorcha beben aquel jugo. Hecho esto lo primero, después de poco tiempo se levanta el behique, va hacia el enfermo, que está solo en medio de la casa, como se ha dicho, le da dos vueltas, como le parece; luego se lo pone delante, le toma por las piernas, le palpa los muslos y de allí hasta los pies; después tira de él fuertemente, como si quisiera arrancar alguna cosa; va a la puerta de la casa, la cierra, y habla diciendo: «Vete luego a la montaña, o al mar, o donde quieras»; y da un soplo, como si despidiese una paja; vuelve de nuevo, junta las manos, cierra la boca; le tiemblan aquéllas como si tuviese frío; se las sopla; aspira el resuello, como cuando chupa la médula del hueso, y sorbe al enfermo por el cuello, el estómago, la espalda, las mejillas, el pecho, el vientre o por otras partes del cuerpo. Hecho esto, comienza a toser, y a poner mala cara, como si hubiese comido alguna cosa amarga, escupe en la mano y saca lo que ya hemos referido que se puso en la boca en su casa o por el camino, sea piedra, o hueso, o carne, como ya es dicho. Si es cosa de comer dice al enfermo: «Has de saber que tú has comido una cosa que te ha producido el mal que padeces; mira cómo te lo he sacado del cuerpo, donde tu cemí te lo había puesto porque no le hiciste oración, o no le fabricaste algún templo, o no le diste alguna heredad.» Si es piedra dice: «Guárdala muy bien.» Algunas veces, por estar ciertos de que estas piedras son buenas y ayudan a parir a las mujeres, las tienen muy custodiadas, y envueltas en algodón, las ponen en cestillas, y les dan de comer lo mismo que a ellos; igualmente hacen con los cemíes que tienen en casa. Si algún día solemne llevan mucho de comer, ya sean peces, carne, pan o cualquier otra cosa, ponen todo en la casa del cemí, para que coma de ello el ídolo. Al día siguiente llevan toda esta provisión a sus casas, después que ha comido el cemí. Y así les ayude Dios, como el cemí come de aquello, ni de otra cosa, porque el cemí es obra muerta, hecha de piedra o de madera.</em></p><p><em>&nbsp;&nbsp;</em></p><p><em>CapÍtulo XVII</em></p><p>Cómo se engañan a veces estos médicos</p><p><em>Cuando después de haber hecho las cosas mencionadas, sin embargo el enfermo llega a morir, si el muerto tiene muchos parientes, o es señor de un pueblo y puede hacer frente a dicho behique, que quiere decir médico, pues los que poco pueden no se atreven a disputar con estos médicos, aquel que le quiere dañar hace lo siguiente: Queriendo saber si el enfermo ha muerto por culpa del médico, o porque no guardó la dieta como éste le ordenó, toman una hierba que se llama güeyo, que tiene las hojas semejantes a la albahaca, gruesa y larga, por otro nombre llamada zacón. Sacan el jugo de la hoja, cortan al muerto las uñas y los cabellos que tiene encima de la frente, los reducen a polvo entre dos piedras, mezclan esto con el jugo de dicha hierba y lo dan a beber al muerto por la boca, o por la nariz, y haciendo esto preguntan al muerto si el médico fue ocasión de su muerte, y si observó la dieta. Esto se lo demandan muchas veces hasta que al fin habla tan claramente como si fuese vivo; de modo que viene a responder todo :aquello que se le pedía, diciendo que el behique no observó dieta, y fue ocasión entonces de su muerte; añaden que le pregunta el médico si está vivo, y cómo habla tan claramente; él responde que está muerto. Después que han sabido lo que querían, lo vuelven al sepulcro de donde lo sacaron para saber de él lo que hemos dicho. Hacen también de otro modo las mencionadas ceremonias para saber lo que quieren; toman al muerto; encienden una gran hoguera semejante a la de los carboneros al hacer carbón, y cuando los leños se han convertido en ascuas, echan el muerto en aquel fuego, lo cubren de tierra, como el carbonero cubre el carbón, y allí lo dejan cuanto quieren; estando así, le preguntan, como ya hemos dicho en el otro caso; el muerto responde que nada sabe; se lo interrogan diez veces, y en adelante ya no habla más. Le preguntan si está muerto, pero él no habla más que estas diez veces.</em></p><p><em>&nbsp;&nbsp;</em></p><p><em>CapÍtulo XVIII</em></p><p>Cómo los parientes del muerto se vengan cuando han tenido respuesta por medio del hechizo de las bebidas</p><p><em>Júntanse un día los parientes del muerto, esperan al mencionado behique, y le dan tantos palos que le rompen las piernas, los brazos y la cabeza, de modo que lo muelen; y dejándolo así, creen haberlo matado. A la noche dicen que van muchas sierpes de diversas clases, blancas, negras, verdes y de otros muchos colores, las cuales lamen la cara y todo el cuerpo del médico que dejaron por muerto, como hemos dicho. Este permanece así dos o tres noches; en este tiempo, dicen que los huesos de las piernas y de los brazos tornan a unirse y se sueldan, de modo que se levanta, camina despacio y se vuelve a su casa; quienes lo ven le interrogan diciendo: «¿no estabas muerto?»; pero él responde que los cemíes fueron en su auxilio en forma de culebras. Los familiares del muerto, muy airados, como creían haber vengado la muerte de su pariente, viéndolo vivo se desesperan, y procuran tenerle a mano para matarlo; si lo pueden coger otra vez, le sacan los ojos y le rompen los testículos, porque dicen que ninguno de estos médicos puede morir a palos y golpes, por muchos que reciba, si antes no le arrancan los testículos.</em></p><p>Cómo saben lo que quieren, por el que queman, y cómo cumplen su venganza.</p><p><em>Cuando descubren el fuego, el humo que se levanta sube hacia arriba hasta que lo pierden de vista, y hace ruido al salir del horno; vuelve luego abajo, entra en casa del médico behique, y éste, de repente, en aquel instante enferma si no observó la dieta, se llena de úlceras y se le pela todo el cuerpo; así tienen prueba de que no ha guardado la dieta, y por ello murió el enfermo. Por lo cual procuran matarlo, según hemos dicho del otro. Estas son las hechicerías que suelen hacer.</em></p><p><em>&nbsp;</em></p><p><em>&nbsp;CapÍtulo XIX</em></p><p>Cómo hacen y guardan los cemíes de madera o de piedra</p><p><em>Los de madera se hacen de la siguiente manera: Cuando alguno va de camino y le parece ver algún árbol que se mueve hasta la raíz, aquel hombre se detiene asustado y le pregunta quién es. El árbol responde: «Trae aquí un behique; él te dirá quién soy.» Aquel hombre, llegado al médico, le dice lo que ha visto. El hechicero o brujo va luego a ver el árbol de que el otro le habló, se sienta junto a él, y hace la cohoba, como arriba hemos dicho en la historia de los cuatro hermanos. Hecha la cohoba, se levanta y le dice todos sus títulos como si fueran de un gran señor, y le dice: «Dime quién eres, qué haces aquí, qué quieres de mí y por qué me has hecho llamar; dime si quieres que te corte, o si quieres venir conmigo, y cómo quieres que te lleve; yo te construiré una casa con una heredad.» Entonces, aquel árbol o cemí, hecho ídolo o diablo, le responde diciendo la forma en que quiere que lo haga. El brujo lo corta y lo hace del modo que se le ha ordenado; le edifica su casa con una posesión, y muchas veces al año le hace la cohoba, cuya cohoba es para tributarle oración, para complacerle, para saber del cemí algunas cosas malas o buenas, y también para pedirle riquezas. Cuando quieren saber si alcanzarán victoria contra sus enemigos, entran en una casa en la que no penetra nadie sino los hombres principales; su señor es el primero que comienza a hacer la cohoba y toca un instrumento. Mientras éste hace la cohoba ninguno de los que están en su compañía habla hasta que éste ha concluido. Después que acaba su discurso, está algún tiempo con la cabeza baja, y los brazos encima de las rodillas; luego alza la cabeza mirando al cielo y habla. Entonces todos contestan a un tiempo con voz alta; y luego que han hablado todos para darle gracias, les cuenta la visión que tuvo embriagado con la cohoba que tomó por la nariz y le subió a la cabeza. Dice haber hablado con los cemíes, y que los indios conseguirán victoria, que sus enemigos huirán; que habrá una gran mortandad, guerras, hambres u otras cosas tales, según él, que está borracho, quiere decir. Júzguese cómo tendrán el cerebro, pues dicen que han visto las casas con los cimientos hacia arriba, y que los hombres caminan con los pies mirando al cielo. Esta cohoba se la hacen no solamente a los cemíes de piedra y de madera, mas también a los cuerpos de los muertos, según arriba hemos dicho.</em></p><p><em>Los cemíes de piedra son de diversas hechuras; algunos hay que suponen sacados por los médicos del cuerpo de los enfermos; de éstos guardan aquellos que son mejores para el parto de mujeres preñadas. Hay otros que hablan, los cuales son de figura de un grande nabo con las hojas extendidas por tierra, y largas como las de alcaparras. Estas hojas se parecen generalmente a las del olmo; otras, tienen tres puntas y creen que ayudan a nacer la yuca; su raíz es semejante al rábano; la hoja tiene generalmente seis o siete puntas; no sé a qué cosa compararla, porque no he visto alguna que se le parezca en España ni en otro país. El tallo de la yuca es de la altura de un hombre. Digamos ahora de la fe que tienen en lo que se refiere a sus ídolos y cemies, y de los grandes engaños que de éstos reciben.</em></p><p><em>&nbsp;</em></p><p><em>&nbsp;CapÍtulo XX</em></p><p>Del cemí Buya y Aiba, del que dicen que cuando hubo guerras lo quemaron, y después, lavándolo con el jugo de la yuca, le crecieron los brazos, le nacieron de nuevo los ojos y creció de cuerpo</p><p><em>La yuca era pequeña, y la lavaron con el agua y el jugo mencionado para que fuese grande. Afirman que da enfermedades a quienes han hecho este cemí, por no haberle llevado yuca para comer. Este cemí era llamado Baibrama, Cuando alguno enfermaba, llamaban al behique y le preguntaban de qué procedería su dolencia; éste respondía que Baibrama se la había enviado, porque no les envió de comer a los que tenían cuidado de su casa. Esto decía el behique que lo había revelado el cemí Baibrama.</em></p><p>&nbsp;</p><p><em>CapÍtulo XXI</em></p><p>Del cemí de Guamorete</p><p><em>Dicen que cuando hicieron la casa de Guamorete, que era un hombre principal, pusieron allí un cemí que tenía encima de aquélla, y era llamado Corocote. Y una vez que tuvieron guerra entre ellos, los enemigos de Guamorete quemaron la casa en que estaba dicho cemí Corocote. Después, dicen que éste se levantó y se fue a distancia de un tiro de ballesta, junto al agua. Añaden que cuando estaba encima de la casa, bajaba de noche y yacía con las mujeres, y que después de morir Guamorete dicho cemí se fue a la casa de otro cacique, donde también allí dormía con las mujeres. Dicen además que en la cabeza le nacieron dos coronas, por lo que solía decirse: «Pues tiene dos coronas, ciertamente es hijo de Corocote.» Así lo tenían por muy cierto. Este cemí lo tuvo luego otro cacique de nombre Guatabanex, cuyo pueblo era llamado Jacagua.</em></p><p><em>&nbsp;</em></p><p><em>&nbsp;CapÍtulo XXII</em></p><p>De otro cení que se llamaba Opiyelguobiran, que lo tenía un hombre principal de nombre Sababaniobabas, que tenía muchos vasallos a su mando</p><p><em>Del cemí Opiyelguobiran dicen que tiene cuatro pies como de perro; es de madera; muchas veces, por la noche salía de casa y se escondía en la selva, donde iban a buscarle, y vuelto a casa lo ataban con cuerdas, pero él se volvía al bosque. Cuando los cristianos llegaron a la isla Española dicen que éste huyó y se fue a una laguna; que lo siguieron por sus huellas, pero no lo vieron más, ni saben nada de él. Como lo compré así lo vendo.</em></p><p><em>&nbsp;</em></p><p><em>CapÍtulo XXIII</em></p><p>De otro cemí llamado Guabancex</p><p><em>El cemí Guabancex estaba en el país de un gran cacique de los principales, que se llamaba Aumatex; este cemí es mujer, y dicen que hay otros dos en su compañía; el uno es pregonero, y el otro recogedor y gobernador de las aguas. Cuando Guabancex se encoleriza, dicen que hace correr el viento y el agua, echa por tierra todas las casas y arranca los árboles; este cemí dicen que es mujer, y está hecho de piedra de aquel país; los otros dos cemíes que están en su compañía son dichos el uno Guataúba, y es pregonero y heraldo, que por mandato de Guabancex ordena que todos los otros cemíes de aquella provincia ayuden. a que haga viento y caiga lluvia. El otro se llama Coatrisquie, y de éste dicen que recoge las aguas en los valles entre las montañas, y después las deja correr para que destruyan el país. Así lo tienen por cierto.</em></p><p><em>&nbsp;</em></p><p><em>&nbsp;CapÍtulo XXIV</em></p><p>Lo que creen de otro cemí que se llama Baraguabael</p><p><em>Este cemí pertenece a un cacique principal de la isla Española; es ídolo y se le dan distintos nombres; fue hallado de la siguiente manera: Dícese que un día, antes que 1,a isla fuese descubierta, en el tiempo pasado, no saben cuándo, yendo de caza hallaron cierto animal tras del que corrieron y él se arrojó a una fosa; mirando en ésta vieron un madera que parecía cosa viva; el cazador, notando esto, fue a su señor, que era cacique y padre de Guaraiconel, y le dijo lo que había observado. Luego fueron allá y vieron que aquello era como el cazador decía, por lo que cogido aquel tronco le edificaron una casa. Dicen que el cemí salía de aquella casa varias veces y se iba al paraje de donde le habían traído, pero no en el mismo lugar sino cerca; por esto, el mencionado señor, o su hijo Guaraionel, lo mandaron buscar y lo hallaron escondido; lo ataron de nuevo y lo pusieron en un saco. Sin embargo de esto, andaba atado, lo mismo que antes. Así lo tiene por cierto aquella gente ignorante.</em></p><p>&nbsp;</p><p><em>CapÍtulo XXV</em></p><p>De las cosas que afirman haber dicho dos caciques principales de la isla Española; uno de ellos cacibaquel, padre del mencionado Guarionex; el otro Guamanacoel</p><p><em>El gran Señor que dicen morar en el cielo, según está escrito en el principio de este libro, mandó a Caicihu hacer el ayuno que observan comúnmente todos ellos, para lo que están recluidos seis o siete días sin comer cosa alguna, excepto jugos de las hierbas con que se lavan. Acabado este tiempo, comienzan a comer algunas cosas que les dan sustento. En el tiempo que están sin comer, por la debilidad que sienten en el cuerpo y en la cabeza, dicen que han visto algunas cosas, quizá por ellos anheladas, pues todos hacen aquel ayuno en honor de los cemíes que tienen, para saber si alcanzarán victoria de sus enemigos, por adquirir riquezas o por cualquier otra cosa que desean. Dicen que este cacique afirmó haber hablado con Yucahuguamá, quien le había anunciado que, cuantos viviesen después de su muerte, gozarían poco de su dominio, porque llegaría al país una gente vestida que les dominaría y mataría, y se morirían de hambre. Pero ellos pensaron que éstos serían los caníbales; mas luego, considerando que éstos no hacían sino robar y marcharse, creyeron que sería otra gente aquella de la que el cemí hablaba. Por eso creen ahora ser el Almirante y los hombres que llevó consigo. Ahora referiré lo que yo he visto y pasado cuando yo y otros hermanos íbamos a ir a Castilla; yo fray Ramón, pobre ermitaño, me quedé y fui a la Magdalena, a una fortaleza que mandó construir don Cristóbal Colón, Almirante, Virrey y Gobernador de las islas y tierra firme de las Indias, por mandato del Rey D. Fernando y de la Reina doña Isabel nuestros señores. Estando yo en aquella fortaleza en compañía de Arteaga, su capitán, por mandado del mencionado Gobernador D. Cristóbal Colón, quiso Dios iluminar con la luz de la Santa Fe católica toda una casa de la gente principal de la fortaleza de la Magdalena, cuya provincia se llamaba Marcorix, y el señor de ella Guanaóboconel, que quiere decir hijo de Guanáobocon. En dicha casa estaban sus servidores y favoritos, que son llamados naborias, y eran en total diez y seis personas, todos parientes, entre los cuales había cinco hermanos varones. De éstos, uno murió, y los otros cuatro recibieron el agua del santo bautismo. Creo que murieron mártires, por lo que se vio en su perseverancia y su muerte. El primero que recibió la muerte estando bautizado fue un indio llamado Guatícaba, que después recibió el nombre de Juan. Este fue el primer cristiano que sufrió muerte cruel, y tengo por cierto que la tuvo de mártir, porque, según he oído de algunos que estuvieron cuando murió, decía: </em>Dios naboria daca, Dios naboria daca<em>, que quiere decir «yo soy siervo de Dios». Así murió también su hermano Antón, y con éste otro, diciendo lo mismo que aquél. Los de esta casa siempre estuvieron conformes en hacer cuanto me agradaba. Todos los que quedaron vivos y aún viven hoy son cristianos por obra del mencionado D. Cristóbal Colón, Virrey y Gobernador de las Indias; ahora hay muchos más cristianos por la gracia de Dios.</em></p><p><em>Diremos ahora lo que sucedió en la fortaleza de la Magdalena. Hallándome en la mencionada Magdalena, fue el señor Almirante en socorro de Arteaga y de algunos cristianos asediados por sus enemigos, vasallos de un cacique principal llamado Caonabó. Entonces el señor Almirante me dijo que Macorix, provincia de la Magdalena, tenía lengua distinta de la otra, y que no era usado su idioma en toda la isla; por lo que yo, me fuese a vivir con otro cacique principal, de nombre Guarionex, señor de muchos vasallos, pues la lengua de éste se entendía por todo el país. Así, por su mandato, me fui a vivir con el dicho Guarionex. Verdad es que dije al señor Gobernador don Cristóbal Colón: «Señor, ¿cómo quiere Vuestra Señoría que yo vaya a estar con Guarionex, no sabiendo más lengua que la de Macorix? Déme Vuestra Señoría licencia para que venga conmigo alguno de los del Nuhuirey, que después fueron cristianos y sabían las dos lenguas.» Me lo concedió y dijo que llevase a quien quisiera. Dios, por su bondad, me dio por compañía el mejor de los indios, el más experto en la santa Fe católica; después me lo quitó; alabado sea Dios que me lo dio y luego me lo arrebató. Verdaderamente yo lo tenía por buen hijo y hermano; era éste Guaticabanu, que después fue cristiano y se llamó Juan. De las cosas que allí nos acontecieron, yo, pobre ermitaño, diré alguna; cómo salimos yo y Guaticabanu, fuimos a la Isabela y allí esperamos al señor Almirante hasta que volvió del socorro que dio a la Magdalena; tan pronto como llegó, nosotros nos fuimos adonde el señor Gobernador nos había mandado, en compañía de uno que se llamaba Juan de Ayala, que tuvo a su cargo una fortaleza que dicho Gobernador don Cristóbal Colón hizo fabricar, media legua del lugar donde nosotros habíamos de residir. El señor Almirante mandó a dicho Juan de Ayala que nos diese de comer de todo lo que había en la fortaleza, que es llamada la Concepción, Estuvimos con aquel cacique Guarionex casi dos años, enseñándole siempre nuestra Santa Fe y las costumbres de los cristianos. Al principio mostró buen deseo, y dio esperanza de que haría cuanto nosotros quisiésemos, y de ser cristiano, pues decía que le enseñásemos el Padrenuestro, el Ave María, el Credo y todas las otras oraciones y cosas que son propias de un cristiano. Aprendió el Pater noster, el Ave María y el Credo; lo mismo hicieron muchos de su casa; todas las mañanas decía sus oraciones y hacía que las rezasen dos veces los de su casa. Pero después se enojó y abandonó su buen propósito, por culpa de otros principales de aquel país, los cuales le reprendían porque obedecía la ley cristiana, siendo así que los cristianos eran crueles y se habían apoderado de sus tierras por la fuerza. Por esto le aconsejaban que no se ocupase más en las cosas de los cristianos, sino de concertarse y conjurarse para matarlos, porque no podían contentarlos, y habían resuelto no seguir en algún modo sus costumbres. Por esto se apartó de su buen propósito, y nosotros, viendo que se separaba y dejaba lo que le habíamos enseñado, resolvimos marcharnos e ir donde se pudiese hacer más fruto, enseñando a los indios y doctrinándolos en las cosas de la santa fe. Así que nos fuimos a otro cacique principal, que mostraba buena voluntad, diciendo que quería ser cristiano, el cual se llamaba Mabiatué.</em></p><p>Cómo salimos para ir al país de Mabiatué, yo, fray Ramón Pané, pobre ermitaño, fray Juan de Borgoña, de la Orden de San Francisco, y Juan Mateo, el primero que recibió el agua del santo bautismo en la isla Española</p><p><em>Al día siguiente que salimos del pueblo y morada de Guarionex, para ir a otro cacique llamado Mabiatué, la gente de Guarionex edificaba una casa junto a la de oración; en ésta habíamos dejado algunas imágenes, ante las cuales se arrodillaban y rezaban los catecúmenos, que eran la madre, los hermanos y los parientes del mencionado Juan Mateo, el primer cristiano, a los que se agregaron otros siete; después, todos los de su casa se hicieron cristianos y perseveraron en su buen propósito según nuestra fe; de modo que toda la familia quedaba para guardar la casa de oración y algunas posesiones que yo había labrado o hecho labrar. Habiendo quedado en custodia de dicha casa, el segundo día después que nos fuimos a Mabiatué, llegaron seis hombres a la casa de oración que dichos catecúmenos, en número de siete, tenían bajo su custodia, y por mandato de Guarionex, les dijeron que tomasen aquellas imágenes que yo les había dejado en su poder a los catecúmenos, y las rompiesen y destrozasen, pues fray Ramón y sus compañeros se habían marchado y no sabrían los autores de esto. Los seis criados de Guarionex que fueron allí, encontraron a los seis muchachos que custodiaban la casa de oración, temiendo lo que después sucedió; los muchachos, advertidos, se opusieron a que entraran, mas ellos penetraron a la fuerza, tomaron las imágenes y se las llevaron.</em></p><p><em>&nbsp;</em></p><p><em>&nbsp;CapÍtulo XXVI</em></p><p>De lo que aconteció con las imágenes, y del milagro que Dios hizo para mostrar su poder</p><p><em>Salidos los indios de la casa de oración, tiraron las imágenes al suelo, las cubrieron con tierra y después orinaron encima diciendo: «Ahora serán buenos y grandes tus frutos»; esto lo decían por haberlas sepultado en un campo de labor, y, por tanto, sería bueno el fruto que allí se había plantado; todo ello, por vituperio. Visto lo referido por los muchachos que guardaban la casa de oración por mandato de los mencionados catecúmenos, fueron a los mayores, que estaban en sus posesiones, y les contaron cómo la gente de Guarionex habían destrozado y escarnecido las imágenes. Tan luego como lo supieron, dejaron lo que hacían, y corrieron gritando a decírselo a D. Bartolomé Colón, que tenía el gobierno por el Almirante, su hermano, cuando éste fue a Castilla. D. Bartolomé, como lugarteniente del Virrey y Gobernador de las islas, formó proceso contra los malhechores, y, sabida la verdad, los hizo quemar públicamente. No obstante Guarionex y sus vasallos no se apartaron del mal propósito que tenían de matar a los cristianos en cierto día designado para que llevasen el tributo de oro que pagaban. Pero tal conjuración fue descubierta, y luego apresados el mismo día que se proponían llevarla a efecto, Sin embargo, continuando en su perverso designio, lleváronlo a ejecución, y mataron a cuatro hombres y a Juan Mateo, escribano mayor, y a su hermano Antón, que habían recibido el santo bautismo; luego corrieron adonde estaban escondidas las imágenes y las tiraron hechas pedazos. Pasados algunos días, el señor de aquel campo fue a sacar ajes, que son ciertas raíces semejantes a nabos, y otras parecidas a rábanos, en el lugar donde estaban las imágenes enterradas habían nacido dos o tres ajes, como si los hubiesen puesto el uno por medio del otro, en forma de cruz. No era posible que alguien encontrase tal cruz, y sin embargo la halló la madre de Guarionex, la mujer más mala que he conocido en aquellas tierras, la cual juzgó que esto era un gran milagro, y dijo al alcaide de la fortaleza de la Concepción: «Este prodigio ha mostrado Dios donde fueron halladas las imágenes. Dios sabe para qué.»</em></p><p><em>Digamos ahora cómo se hicieron cristianos los primeros que recibieron el santo bautismo, y lo que es necesario para que se hagan todos cristianos.</em></p><p><em>Verdaderamente la isla necesita mucha gente para castigar a los señores cuando no son dignos; enseñar a los indios las cosas de la santa fe católica y doctrinarlos en ésta, porque no pueden o no saben oponerse; yo puedo decirlo con verdad, pues me he fatigado para saber todo esto y tengo certeza que se habrá entendido por lo que hasta ahora llevo escrito; y al buen entendedor pocas palabras bastan.</em></p><p><em>Los primeros cristianos que hubo en la isla Española fueron los que ya hemos mencionado, a saber: Naboria, en casa del cual había diez y siete personas que todas se hicieron cristianas solamente con darles a conocer que hay un Dios que ha hecho todas las cosas y creó el cielo y la tierra, sin discutir acerca de otra cosa, ni se les diese más a entender, porque eran propensos a la fe. Pero con los otros se necesita fuerza e ingenio, porque no son todos del mismo carácter; pues algunos tienen buen principio y mejor fin; otros, que comienzan bien, y se ríen luego de lo que les habían enseñado; para éstos hacen falta la fuerza y el castigo.</em></p><p><em>El primero que recibió el bautismo en la isla Española fue Juan Mateo, que se bautizó el día del evangelista San Mateo, en el año 1496, y después toda su casa, donde hubo muchos cristianos.</em></p><p><em>Aún se iría más adelante, si hubiese quien los amaestrase y enseñase la fe católica, y gente que los refrenase. Si alguno me pregunta por qué yo creo tan fácil este negocio, diré que lo he visto por la experiencia, especialmente en un cacique principal llamado Mahubiatíbire, el cual hace ya tres años que continúa en la buena voluntad de ser cristiano, y izo tiene más que una mujer, aunque suelen tener dos o tres, y los principales hasta diez, quince y veinte.</em></p><p><em>Esto es lo que yo he podido entender y saber acerca de las costumbres y los ritos de los indios de la Española, por la diligencia que puse. En lo cual no pretendo alguna utilidad espiritual, ni temporal. Plega a nuestro señor que todo ello se convierta en alabanza y servicio suyo, y en darme gracia de perseverar; y si ha de ser de otra manera, que me quite el conocimiento.</em></p><p><em>Fin de la obra del pobre ermitaño Ramón Pané.</em></p><p>&nbsp;</p>