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Tras vencer a los austriacos en 1734, Carlos de Borbón se apodera de Nápoles con la ayuda española y crea el reino de las Dos Sicilias; siendo reconocido muy pronto por Francia en virtud del Primer Pacto de Familia, en 1737 lo harían los Estados Pontificios y a continuación el resto de los Estados italianos. En la primera década Carlos VII (1734-1759) quiso afianzar su poder con solidez y para ello llevó a cabo una política continuadora, facilitando la adaptación de la clase dirigente local al nuevo Estado; mantuvo las instituciones existentes (a excepción del Consejo del Colateral, que fue sustituido por el Consejo de Estado), y respetó el equilibrio existente entre los órdenes y clanes. Pasados los primeros años, inicia su labor reformadora en una triple vía: delimitar las relaciones con la Iglesia en el plano económico y político; introducir cambios en el organigrama institucional para dotarlo de mayor eficacia y controlado por el Estado, fuera de influencia baronal, y la reforma económico-fiscal, introduciendo un cierto igualitarismo en el sistema impositivo. La oposición desatada entre las fuerzas conservadoras, la Iglesia y los grupos filoaustriacos, así como la evolución de los acontecimientos internacionales restó dinamismo a esta reforma, que prácticamente resultó un fracaso en la aplicación de las medidas adoptadas. De nuevo en los años cincuenta se volvió a relanzar, cuando se aceptaron muchos presupuestos de la Ilustración. La política con la Iglesia representa la acción reformista más prolongada y coherente de todas. Carlos retomó una tradición anticlerical existente en la sociedad napolitana, apoyada por dirigentes locales y nobles urbanos. El resultado sería la firma de un Concordato (1741) regulando las futuras relaciones entre los dos poderes: posibilidad al Estado de censar y tasar los bienes eclesiásticos y abolición de la Inquisición (1746). La política administrativa implicaba la recuperación del poder enajenado por la Corona, lo que hizo inevitable el choque contra la nobleza; entre 1734-1735 se ordenó una revisión de los feudos existentes y en 1738 se dicta una ley recortando la jurisdicción feudal. La política económica se despliega en una doble vertiente: impulsar la producción en todos los sectores y reforma de la hacienda. Las medidas mercantilistas se traducen en la creación del Supremo Magistrado del Comercio (1739) para incentivar las transacciones mercantiles, estimular las manufacturas locales, conceder exenciones a la exportación y apoyar la construcción naval. En cuanto a la política fiscal, se hizo un estudio pormenorizado de las finanzas reales, iniciándose la recuperación de una serie de derechos enajenados y asumiendo el Estado la administración y recaudación de todas las rentas. Del mismo modo se procedió a la realización de un catastro de las propiedades para redistribuir los impuestos más equitativamente entre todos los grupos sociales, aligerar las cargas a las comunidades más pobres y verificar la legitimidad de muchas exenciones existentes. En 1759, a la muerte de su hermano Fernando VI, Carlos abandona Nápoles para recibir la Corona española, dejando el gobierno en manos de un Consejo de Regencia, dada la minoría de edad de su hijo y heredero, Fernando IV (1759-1806), dirigido por B. Tanucci, que había sido su principal colaborador, junto a otros políticos como Genovesi, Filangieri, Longano, Galanti, etc. En estos primeros años se desplegó una intensa acción reformadora; dentro de la política eclesiástica, en 1762 se arbitró un procedimiento legal mediante el cual los eclesiásticos quedaban obligados a pagar al Estado un tercio de sus rentas. Tras el estallido de una violenta carestía en 1764 que se cobró millares de víctimas y dejó una secuela de hambre y ruina por doquier, la acción política se centró en erradicar ciertos problemas estructurales de la sociedad napolitana como la pobreza ancestral, la enorme corrupción de los poderes públicos, la ignorancia de los nobles y el poderío de los barones. En el campo donde todavía manifestó una acción más enérgica fue en la lucha antijesuítica. Como primera medida se dictó un decreto de expulsión similar al dictado en España (1767) donde se preveía la incautación estatal de sus bienes, y preparaba el camino a la reforma educativa realizada por Genovesi. En la enseñanza universitaria se introdujeron nuevos planes de estudio donde se primaban las disciplinas científicas y técnicas y la lengua italiana; las escuelas primarias serían potenciadas en todas partes por los municipios y la enseñanza secundaria también experimentaría cambios. Donde la expulsión de los jesuitas tuvo mayores repercusiones fue en Sicilia, donde su ingente patrimonio agrario, cercano a las 45.000 hectáreas, fue repartido, mediante contratos enfitéuticos, a los campesinos en lotes medianos, pero la insuficiencia de medidas que acompañaran el proceso como ayudas para la puesta en cultivo de las tierras o exenciones fiscales durante unos años, hizo fracasar el proyecto. Junto a ella, se dictan otras medidas regalistas: reducción de los conventos, abolición de las cárceles eclesiásticas y supresión de los derechos feudales con destino a Roma. Años más tarde, fue enviado como virrey D. Caracciolo, siciliano ilustrado de ideas muy avanzadas en lo social, que desatará una sorda oposición contra el baronado, al decretar la libertad personal y laboral del campesinado, la ampliación de los poderes a los Consejos comunales en detrimento de los poderes feudales y la enajenación del patrimonio eclesiástico, así como proyectar la elaboración de un catastro al estilo piamontés. Su sucesor, Caramanico (1786-1794), continuaría su política; en 1789 suprimió todos los servicios personales acabando así con la servidumbre de la gleba, repartió bienes de la Corona mediante censos, puso trabas a la sucesión de feudos y permitió la transformación de éstos en propiedades alodiales.
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El antiguo ducado de Saboya aparece en la escena internacional transformado en reino independiente tras las paces de Utrecht, en cuyo organigrama europeo se concebía como Estado-tapón o barrera capaz de frenar el expansionismo existente entreAustrias y Borbones. Tiene su centro en Saboya pero se amplía con el Piamonte, habitado por unos 3.000.000 de habitantes, Monferrato y algunos territorios lombardos, y con Sicilia, permutada por Cerdeña en 1720. La capital, establecida en Turín, acabó convirtiéndose en una de las más modernas de Europa, y sus monarcas transformaron lo que era un antiguo feudo familiar en una Monarquía absoluta, plenamente integrada en la comunidad europea. Ante un panorama político donde lo característico eran las diferencias administrativas y las autonomías locales bajo la dirección de la nobleza y el clero, Víctor Amadeo II (1713-1730) se planteó perfeccionar la estructura del Estado desde una óptica centralizadora. Para ello procedió a radicales reformas: centralizar el sistema impositivo, acabar con las diferentes monedas existentes saneando el sistema monetario-financiero y anular los abusos y privilegios de los grupos dirigentes. Esto se traduciría en una progresiva reducción de los poderes feudales. Al mismo tiempo, se adopta una política económica mercantilista relanzando la industria de la seda (crece mucho la exportación de estos tejidos a Francia y Gran Bretaña) y de la lana. Sobre todo se tendió a impulsar las manufacturas locales para lograr un desarrollo armonioso. Carlo Emanuele III (1730-1773) desde su acceso al trono, más que continuar la acción reformadora prefiere consolidar los cambios realizados anteriormente y así lograr una gran estabilidad. Prosiguió la reorganización de la hacienda, y creó un moderno ejército, base de la defensa nacional al estallar la Guerra de Sucesión austríaca. Progresivamente, y gracias a la estabilidad social y política lograda, pudo relanzarse la política reformista de nuevo: supresión del derecho local y promulgación de una Constitución general; introducción de intendentes como agentes reales; y ya en los años 80-90 imposición universal y abolición del régimen señorial y de los feudos. Víctor Amadeo III (1773-1796) no aportó nada original a la política heredada, prolongando las medidas precedentes en una triple vía: potenciar la fuerza militar del reino, perfeccionar la administración central y ampliar el control real sobre la nobleza y el clero. Logró así un Estado centralizado y poderoso aunque con un cierto retraso económico. Tras la toma de la Bastilla brindó protección a muchos nobles franceses facilitándoles la residencia en el reino y, poco después, mediante alianzas con Austria (1792) y Gran Bretaña (1793) formaría parte de las coaliciones europeas en contra de la Francia revolucionaria.
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Los príncipes tebanos fueron incorporando los nomos del sur para consolidar la monarquía, momento que llegó con Montuhotep II que conquistó todo el país y los reunificó, organizándolo con energía y prudencia. Continúa con las campañas exteriores, dirigiéndose a Asia, Libia y Nubia mientras que sus sucesores reabren las rutas al Punt y al Egeo. La dinastía XII se inaugura gracias a una usurpación. Amenemhat inicia la época dorada de Egipto. La capital se establece en la desconocida Ity-taui, en el centro del país. Los nomos recuperan sus fronteras para evitar las luchas internas por lo que el faraón recibe importantes contraprestaciones. Sesostris III será el más importante monarca de este periodo, reforzando el papel de la administración central, creando una eficaz burocracia, al tiempo que desarrollaba una intensa política en Nubia. La dinastía XIII inicia un periodo de crisis denominado Segundo Periodo Intermedio que provocará la decadencia del poder central, ocupando los gobernadores un importante papel político. Esta decadencia será aprovechada por los hicsos, extranjeros procedentes de Palestina que pronto controlaron el poder del Bajo Egipto, estableciendo la capital en Avaris. En el sur se mantuvo independiente el reino de Tebas que se convertirá en el nuevo motor de la reunificación gracias a Ahmosis. El Imperio Nuevo se abre para Egipto.
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La Media histórica parece estar habitada por sus definitivos pobladores ya a finales del II Milenio. Y es probable que, al igual que las otras comunidades con las que comparte el espacio comprendido entre el lago Urmia y la Gran Ruta de Khorasán, poco a poco fuera adquiriendo formas complejas de organización social que desembocarán en un estado ya a finales del siglo IX, aunque las fuentes literarias sitúen su aparición en un momento mas reciente. La disolución del régimen igualitario se aprecia en el momento en el que surgen las aldeas fortificadas, cuyos más claros exponentes se encuentran en Gilán, aunque el más espectacular corresponda a Ziwiye, de donde procede un extraordinario tesoro, síntoma de la existencia de un príncipe que acumula los beneficios del excedente productivo. Desde el punto de vista del ordenamiento político, da la impresión de que las aldeas son independientes, lo que dificulta la concurrencia militar contra las tropas asirias que pretenden obtener mediante botín parte del excedente generado o bienes básicos ausentes en Mesopotamia. Precisamente, la unificación bajo un caudillo sería consecuencia de la presión militar de los grandes Estados vecinos, no sólo de Asiria, sino también de Urartu y de otros más pequeños, como Man, que en busca de recursos no hacían sino reanudar la antiquísima red de intercambios entre el altiplano y Mesopotamia a través del Zagros. En cualquier caso, el proceso de concentración del poder fue lento y tuvo como centro un lugar llamado Zakruti en torno al cual giraba la confederación que se estaba fraguando. No sabemos cuántos núcleos participaron en el proceso, pero en el siglo VIII las fuentes asirias mencionan más de cuarenta unidades independientes. Seguramente durante el reinado de Sargón II, esos pequeños principados quedarían integrados en una estructura estatal, con capital en Ecbatana. Allí residirían los antiguos jefes locales que constituyen desde entonces la aristocracia cortesana meda, en cuya composición afloran conflictos que se traducen en antagonismos políticos a lo largo de su historia. El liderazgo de la unificación lo habría desempeñado Deioces, según la información del historiador griego del siglo V, Heródoto, quien, al interesarse por el enfrentamiento entre griegos y persas en las llamadas Guerras Médicas, transmite una de las secuencias más completas sobre el desarrollo político de Media. Su fuente de información habría sido un medo que le relataría los recuerdos colectivos sobre la propia historia, dando así lugar al contenido del libro primero de las Historias (I, 96-100). Según este relato, Deioces, hijo de Fraortes, fue elegido rey por los habitantes de las aldeas que componían Media. Hizo de Ecbatana (actual Hamadán) su capital y organizó la corte bajo su poder absoluto, según los cánones de las monarquías orientales. Tras un reinado de cincuenta y tres anos, le sucedió su hijo Fraortes, que pereció combatiendo contra los asirios en el vigésimo segundo año de reinado, tras haber logrado la sumisión de los persas. Su hijo y sucesor Ciaxares decidió reorganizar el ejército con arreglo al armamento, lo que quiere decir que rompería con las formas de milicia tribal propias del periodo anterior, separando de ese modo arqueros, lanceros y jinetes, que antes no formaban más que una masa desorganizada. Con su flamante ejército atacó al lejano reino de Lidia, en Anatolia occidental, con el que mantuvo un conflicto de cinco años. Las hostilidades concluyeron tras la batalla del eclipse de sol (28 de mayo de 585). Un tratado de paz auspiciado por el rey Nabónido de Babilonia dio fin formalmente a la guerra, cuyos orígenes reales no podemos concretar. También durante su reinado sitúa Heródoto la invasión de los escitas, que produjo honda conmoción en el espacio próximo-oriental. Ciaxares perdió la hegemonía lograda en la región durante un período de veintiocho años en el que los escitas impusieron su poder. Pero finalmente, Ciaxares logró restablecer la independencia nacional y poco después murió, tras un reinado de cuatro décadas. Le sucedió en el trono su hijo Astiages, que decidió casar a su hija con un noble persa llamado Cambises; de ese matrimonio habría de nacer Ciro, el heredero persa que, tras deponer a su abuelo, unificaría los dos reinos. De ese modo se ponía fin a la dinastía de Deioces, sucintamente expuesta según la versión herodotea, que incurre en salvables contradicciones en el cómputo de los reinados. No obstante, si contrastamos esta información con la de los textos cuneiformes, la situación se complica. Por los anales asirios sabemos que Sargón II deportó a Hamath, actual Hama en Siria, a un tal Daiaukku que había entregado el territorio de los maneos a Rusa de Urartu, en el año 715. Este personaje parece más un maneo que un medo y Sargón, desde luego, no le confiere una categoría demasiado grande. Sin embargo, se asume en general que este Daiaukku es el Deioces de Heródoto. Por los datos que tenemos, no parece que Deioces-Daiaukku llegase a unificar a los medos bajo una autoridad monárquica; quizá Heródoto acumula en él parte de la obra realizada por sus sucesores. Por otra parte, según los testimonios asirios, el primer medo aparentemente capaz de aglutinar una coalición entre su pueblo, los maneos y grupos de escitas fue Kashtariti. No podemos afirmar quién es este personaje, pero parece coincidir con el que bajo el nombre de Khshathrita se menciona en la inscripción del relieve de Behistún, en la que se relata la versión canónica del advenimiento de Darío I al trono aqueménida. Sin embargo, tampoco por esta vía logramos identificar a este personaje con ninguno de los monarcas medos conocidos por las fuentes griegas. Otros documentos complican aún más la situación; sin embargo, la información de los textos cuneiformes, en concreto la Crónica Babilonia, y de Heródoto resulta más coincidente a partir del reinado de Ciaxares. Seguramente no se trata de una casualidad, sino que la información en ambas series comienza a ser más firme porque se hace más voluminosa conforme avanza el proceso de estatalización. Así pues, las pequeñas unidades autónomas, tribales o principescas, detectadas desde el siglo IX van transformándose en agrupaciones más complejas por necesidades productivas y de eficacia defensiva en un proceso arrítmico, en virtud de las coyunturas internas de Asiria y su relación con el mundo exterior. Independientemente de los liderazgos previos, parece claro que con Fraortes el reino medo alcanza su fisonomía estatal, logrando la integración de todos los habitantes de Media e incluso de ciertas poblaciones del Asia interior. Sus éxitos militares, sobre los maneos y Urartu le valieron el reconocimiento del propio Asarhadón. No obstante, la invasión de los escitas atenuó la construcción de un estado de corte oriental. Cuando Media se recupera, su grupo dirigente reanuda la concentración del poder en torno a Ciaxares, que puede afrontar hacia 596 las reformas necesarias para evitar nuevas situaciones como la que habían provocado los escitas. La expansión territorial motivada por la dinámica de las relaciones intertribales deja su lugar ahora a un expansionismo sistemático propio de la confrontación entre estados. Si desde el punto de vista territorial estamos ya ante un verdadero imperio medo, los procedimientos administrativos son muy rudimentarios y la burocracia poco sofisticada. El control de las conquistas se realiza mediante el procedimiento de los reinos vasallos, cuyas relaciones con Ecbatana debían de ser bastante heterogéneas. Y en esa dinámica de expansión, los medos entran en contacto con las grandes potencias. El propio rey de Babilonia, Nabopolasar, acude a Ciaxares en demanda de auxilio para deshacerse de Asiria; la nueva amistad se sella con el matrimonio del heredero, Nabucodonosor, con una hija de Ciaxares, en honor de la cual fueron construidos los famosos jardines colgantes de Babilonia. La debilidad del temido imperio obliga a Egipto a reconsiderar su interés en las alianzas, y decide brindar su ayuda al más necesitado, es decir, su antiguo enemigo, Asiria. Pero la suerte ya estaba decidida. La caída de Nínive en 612 es un símbolo significativo de los nuevos tiempos. Los despojos del imperio neoasirio se reparten entre babilonios y medos. A los primeros les corresponderá la Baja Mesopotamia y la parte occidental del Imperio, mientras que los medos obtendrán la parte septentrional de Asiria, los territorios montañosos al este del Tigris y buscaran una expansión natural por el noroeste, en la amplia Anatolia, donde florecen importantes reinos con intensas relaciones de intercambio con las ciudades griegas de la costa occidental. El primero de estos reinos con el que entran en contacto los medos será el de Lidia, donde reinaba Aliates. Tras cinco años de conflicto de resultados alternos, se llegó a una paz propiciada por la interrupción de una batalla a causa de un eclipse de sol, que ya los antiguos cronógrafos situaron correctamente: el 28 de mayo del año 585. La intervención del rey Nabopolasar fue decisiva para llegar al acuerdo de paz que establecía en el río Halys la frontera entre los reinos de Aliates y Ciaxares. Este conseguía un acuerdo internacional que reconocía su autoridad sobre la parte oriental de Anatolia, incluido el antiguo reino de Urartu, llamado ahora Armenia, seguramente como consecuencia de la llegada de abundante población de ese origen, que habría terminado provocando un considerable cambio en la composición etnográfica de la Anatolia oriental. Los territorios de Parsuash y Elam, en el sur, constituían una suerte de principado vasallo, con una línea dinástica propia que, a la larga, había de liquidar el propio estado medo. De todos modos, no conocemos suficientemente bien la organización del estado de Ciaxares; la apariencia es sólida, pero pronto se produce el colapso. En 585, le sucede su hijo Astiages, que estuvo treinta y cinco años al frente del reino. La buena situación en que lo había heredado le permitió afrontar las necesarias reformas administrativas orientadas a homologar la corte meda con las más suntuosas cortes próximo-orientales. Es probable que estos reajustes produjeran una reacción contraria en buena parte de la nobleza que veía perder sus prerrogativas; de hecho, algún dato aislado permite sospechar que no había gran tranquilidad política, por lo que se buscan nuevas alianzas, como el matrimonio de una hija del rey con un noble persa. El hijo de ese enlace, Ciro, ocupa como príncipe vasallo el gobierno provincial de Elam y Persia. Cuando este Ciro, nieto de Astiages, se subleva contra el poder central en el año 550, encuentra una corriente que lo apoya, incluso en el seno de la nobleza meda, descontenta con Astiages. En consecuencia, el fin de esta dinastía se vincula directamente a la fulminante expansión de la Aqueménida, con la que está emparentada desde Ciro, por lo que no es sorprendente la confusión etnonímica de los griegos. La defección de las tropas medas ante las persas convierte a Ciro en el monarca más poderoso de su época. A partir de entonces, Persia marcará el ritmo de la historia política.
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Dos reinos entre el África central y la meridional, el del Congo y el de Monomotapa, son los más conocidos del pueblo bantú. Cuando los portugueses llegaron en 1432 al Zaire, ya hacía siglo y medio que en el curso inferior del río Congo (llamado por los nativos Nzaïdi, y después transformado en Zaire) existía un gran reino, fundado por un personaje llamado Nimia Loukéni, procedente del Este. Una serie de circunstancias hicieron que se incorporasen diversos territorios al nuevo Estado cuya principal ciudad tenía por nombre Congo. El rey tomó el título de Mani-Congo, o sea señor del Congo. En su momento de mayor expansión en los siglos XV y XVI el reino se extendía del Bajo Congo al Norte, al río Kwanza al Sur y del valle del río Kwango al Este, hasta la costa atlántica. Seis fueron las provincias tradicionales, de las cuales las más importantes eran la Nsoundi al Norte y Mbamba al Sur. El descubridor portugués Diego Cao estableció pronto relaciones comerciales con dicho reino, llevando una legación negra a Lisboa en donde fueron tratados con todos los honores y recibieron el bautismo, con ello se había iniciado en 1491 una breve luna de miel entre el Reino del Congo y Portugal, que culminó con el bautismo de la propia capital Mbanza Congo que tomó el nombre de Salvador, y del propio rey, aunque muy pronto éste volvió a sus antiguas creencias. Muy pronto dentro de la sociedad congoleña se enfrentaron los partidarios de las creencias tradicionales, encabezados por el rey Mpanzou, y los partidarios del Cristianismo mandados por el príncipe Nzinga Memba, el cual vencedor tomo el nombre cristiano de Alfonso I (1506-1543), iniciándose un largo periodo de cambiantes relaciones con los portugueses. El Congo no fue un reino hereditario, ya que todos los parientes próximos al rey podían aspirar al trono, y era el rey quien antes de morir nombraba a su heredero o en su defecto era nombrado por un consejo electoral compuesto por tres miembros. El Congo era un reino rico cuyas bases económicas eran la pesca, la piel y el marfil de los elefantes, y la extracción de aceite, vino y vinagre de las palmeras. Sus tejedores tenían fama por lo bien que trabajaban las hojas de rafia y de las palmeras, así como por la elaboración de una esteras muy coloristas. Los primeros europeos consideraron a la sociedad del Congo muy refinada, sobre todo por su suave música de laúd, según escribe Pigafetta.
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Los hausas no fueron los únicos en formar unos Estados en el área geográfica entre el río Níger y el lago Chad. Una serie de caracteres comunes en la organización de una serie de reinos como los mosi, sereres, baga y zolof, ha llevado a ser comparados con los Estados feudales de Europa, en que los reyes vasallos prestaban juramento y recibían una especie de investidura de un rey superior o emperador, al que pagaban tributo y abastecían de fuerzas, mientras que las familias de los respectivos reyes y sus hombres de confianza se repartían las diferentes gobernaciones del Reino. Los remos mosi, paganos y guerreros, llegaron con sus correrías a saquear Tombuctú, mientras que en la costa del Atlántico los zolof; sereres y baga se dedicaban al tráfico comercial exportando pieles de orix, marfil, esclavos, oro y especias a los comerciantes musulmanes, e importado trigo, dátiles, plata, caballos, coral y vestidos de lana y seda. La moneda que utilizaban era el oro en polvo, alambre de cobre, sal, etc., o el simple trueque de las mercancías.
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Desde el año 280 se consolidan las tendencias a formarse estados monárquicos hereditarios, resultado de los múltiples factores que se han ido desarrollando de múltiples maneras en el período de los Diádocos, la monarquía macedónica, el despotismo oriental y la ciudad griega, tras haberse fundido en la compleja obra de Alejandro. El resultado es una realidad múltiple y diversa, tendente a la unidad, sobre la base de que ésta sólo era posible en la conciencia de su propia heterogeneidad. Los reinos se han configurado en torno a las principales entidades territoriales que se formaron a la muerte de Alejandro. Ptolomeo II Filadelfo hereda el reino de Egipto; Antíoco, hijo de Seleuco, hereda el reino de Siria, formado sobre la satrapía de Babilonia y las conquistas llevadas a cabo sobre todo a costa de Antígono, mientras que Antígono Gonatas, el hijo de Demetrio, se convierte en rey de Macedonia. Aparecen en la escena entidades étnicas como la de los etolios, donde no llegó a formarse el tipo de comunidad identificado con la ciudad estado. Ahora actuaron en colaboración con Antígono Gonatas, para rechazar a los galos, actuación que luego utilizarían en su propia propaganda. También están presentes desde el principio de esta época las aspiraciones de Pirro, que primero las proyecta hacia Macedonia, para luego desviarlas hacia Italia y Sicilia y terminar intentando el control de Grecia. En Occidente trataba de reproducir la guerra de Troya, defendiendo a los griegos contra los sucesores de Eneas. Su muerte en Argos, en 272, sirvió para consolidar el poder de Antígono, sobre todo en la Grecia del norte, donde recibía el apoyo de las nuevas tiranías, consolidadas gracias a su propia presencia. En 275, en cambio, Antíoco era derrotado y frenado en sus aspiraciones occidentales, lo que significó el desarrollo de algunos reinos más pequeños en Asia Menor: los de Nicomedes de Bitinia, Mitríades del Ponto y, sobre todo, Éumenes de Pérgamo, independiente desde el año 262, fundador de la importante dinastía de los Atálidas. Egipto fue convirtiéndose en el reino más fuerte del Egeo, donde apoyaba la independencia protegida de Atenas, de la Liga Aquea, nueva entidad confederal formada con las ciudades del norte del Peloponeso, y de Esparta. En los años setenta, la primera guerra siria sirvió para la consolidación de las grandes propiedades de Ptolomeo, que, en los sesenta, apoyó a Atenas en la guerra de Cremónidas frente a Antígono. La posterior alianza de Macedonia y Siria frente a Egipto llevó a la segunda guerra siria, en la década de los cincuenta, que convirtió a Antígono en el señor de Grecia por unos años, hasta 251, en que comenzó su declive, materializado en la independencia de las ciudades y, sobre todo, de la Liga Aquea, que comenzó así su etapa más gloriosa en la época en que estaba dirigida por Arato de Sición. El periodo sucesivo, de gran oscuridad, está marcado por la tercera guerra siria y los problemas internos del reino de Siria, donde se señalan múltiples muestras de inquietud entre las heterogéneas poblaciones que lo forman. En el mar Egeo, los etolios manifiestan su poder actuando como piratas y poniendo sus propias condiciones para proteger la navegación contra la acción de los mismos piratas. Las pretensiones de la Liga Aquea de dominar el Peloponeso fueron frenadas por la oposición del rey Agis de Esparta, que recibe para ello el apoyo de los reyes Lágidas de Egipto. La Macedonia de Antigono Dosón los derrota y el rey consigue con ello hacerse dueño de Grecia, excepto del territorio controlado por los etolios. Ésta será la misión de Filipo V, su sucesor, cuando ataque Grecia en 219. Entre tanto, el reino seléucida experimenta un proceso de desintegración que le afectó sobre todo en los territorios orientales, complicado por las guerras dinásticas y la formación del reino de Pérgamo en occidente. La muerte, entre los años 223 y 221, de Antígono Dosón, de Seleuco III de Siria y de Ptolomeo Evérgetes señala simbólicamente el final de los reinos helenísticos independientes, continuados por Filipo V y Antioco III, que tuvieron como principal objetivo la lucha defensiva contra los romanos, mientras en Egipto y Pérgamo se iniciaba un proceso integrador que llevó a soluciones más pacificas en el mismo sentido.
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Durante la primera mitad del siglo XV los reinos ibéricos se mantuvieron alejados de la Guerra de los Cien Años aunque, como Francia e Inglaterra, experimentaron las mismas luchas nobiliarias por el control de unas estructuras monárquicas consolidadas ya a principios de siglo. La política de Fernando de Antequera propició la unión dinástica de las Coronas de Castilla y Aragón y una mayor dependencia de Navarra a las directrices políticas castellanas. La lucha por el poder en Castilla fue el principal problema peninsular y afectó en mayor o menor grado a todos los reinos hispánicos. Mientras los reinos atlánticos dieron nuevos pasos en su expansión marítima, una Corona de Aragón en crisis abordó su última aventura mediterránea de la mano de Alfonso V el Magnánimo. En un contexto de hegemonía peninsular y recuperación demográfica y económica, la Castilla de Juan II (1406-1454) se vio alterada por una nueva pugna monarquía-nobleza -signo de los tiempos- en la que sobresalieron tres fuerzas políticas diferentes, aunque no cohesionadas ni totalmente autónomas: la monarquía, defendida por el valido Álvaro de Luna, la nueva alta nobleza dinástica de los Infantes de Aragón -Alfonso V el Magnánimo, rey de Aragón; Juan, duque de Peñafiel y heredero de la casa en Castilla; Enrique, maestre de Santiago; Sancho, maestre de Alcántara; María, esposa de Juan II; y Leonor, esposa de Duarte I de Portugal-; y la oligarquía de la encumbrada nobleza trastamarista, dispuesta a respetar a la Corona, pero también a someterla a sus intereses frente al autoritarismo regio y a los Infantes de Aragón. En esta situación el carácter abúlico de Juan II fácilitó a los infantes Enrique y Juan dominar el reino por su potencia económica, política y militar según el proyecto de Fernando de Antequera. Pero las disputas surgidas entre ambos desde 1419 -mayoría del rey- condujeron a un enfrentamiento saldado con la victoria del infante Juan y de la nobleza descontenta encabezada por Álvaro de Luna, personaje encumbrado por Juan II contra el poder de los infantes. Entre 1422 y 1427 ambos gobernaron el reino. Elevado a condestable (1422), don Álvaro inició una política promonárquica con apoyo nobiliario que supuso la aristocratización del reino a costa de la anulación política de las ciudades de realengo (divididas en bandos y en pleno proceso de oligarguización) y de unas Cortes auténticamente postradas ante el poder real. El gobierno contra natura del infante Juan, rey de Navarra desde 1425, y Álvaro de Luna acabó en ruptura. El condestable se hizo con el reino atrayendo a la nobleza con el reparto de los bienes de los infantes y aprovechando el desinterés de las Cortes catalano-aragonesas en las luchas dinásticas de Alfonso V. En las treguas de Majano (1430) Álvaro de Luna logró una victoria total, es decir, la expulsión y desposesión de los infantes y el fin del apoyo de Alfonso V a sus hermanos. Entre 1430 y 1439 el brillante y ambicioso Álvaro de Luna prosiguió una política promonárquica con apoyo de los ciudades cuyos fundamentos eran: el apoyo a linajes poderosos, una oligarquía que acabó amenazando su propio gobierno; el aumento de sus dominios como soporte de su programa político; la reapertura de la guerra contra Granada como medio de prestigio personal, control de los recursos y ocupación de la nobleza (ambas políticas inspiradas en Fernando de Antequera); y el equilibrio anglo-francés en pro del comercio atlántico y de su estabilidad interna. El enriquecimiento de Álvaro de Luna y su tiranía permitieron a los infantes erigirse en árbitros entre los bandos nobiliarios, recuperar el poder y desterrar por segunda vez al valido (1439). Sin embargo, la lucha condestable-nobleza se saldó a favor de los realistas en la batalla de Olmedo (1445), definitiva derrota de la nobleza dinástica de los Infantes de Aragón. Pero esta victoria real fue un espejismo: la nobleza, reacia al gran poder del favorito, se reorganizó en torno al heredero Enrique, Juan Pacheco y la reina Isabel de Portugal, quienes explotaron las derrotas del condestable contra los nazaríes, la pérdida de su apoyo portugués (1449) y el final de su influencia sobre Juan II para lograr que el monarca le abandonara. El condestable fue condenado por el oscuro asesinato del contador real Alfonso Pérez de Vivero y ejecutado en 1453. Don Álvaro de Luna había defendido un sistema autoritario cuyo eje principal era él mismo y no el rey, contradicción profunda que acabó precipitando su propia caída. Su herencia política, sin embargo, no sería olvidada. Un año después murió Juan II, dejando todas las rentas del reino y muchos lugares de realengo en manos de la nobleza, principal beneficiaria de la lucha entre el condestable y los Infantes de Aragón. La política exterior de Castilla en esta época estuvo siempre mediatizada por sus conflictos internos. La nueva ofensiva contra Granada (1430-1439) permitió avances fronterizos y alguna resonante victoria como la batalla de la Higueruela (1-julio-1431), pero todo se perdió en las derrotas posteriores a su victoria en Olmedo (1445). Aragón, Navarra y Portugal participaron de forma directa o indirecta en los conflictos internos castellanos en función de quien tuviera el poder en Castilla: frente al bloque Aragón-Navarra-Infantes de Aragón, el condestable buscó la alianza del regente portugués Pedro de Coimbra (1438-1449) y de los beamonteses navarros enfrentados al rey Juan. A ello debe añadirse desde 1418 la dispute luso-castellana por el dominio de las Islas Canarias, nunca perdidas por Castilla. En el conflicto anglo-francés, adoptó una política ambigua. Aunque mantuvo la tradicional alianza francesa con ayudas privadas (mercenarios y apoyo naval), defendió el beneficioso control de las rutas atlánticas y de los puertos flamencos y franceses frente a ingleses y hanseáticos -victoria naval de La Rochelle (1419)-. En la cuestión del Cisma, Castilla apoyó a Benedicto XIII hasta 1417. A su llegada al trono en 1416, Alfonso el Magnánimo sufrió las ofensivas pactistas de las Cortes de Cataluña, ansiosas por obtener las reivindicaciones rechazadas por Femando I -Cortes de Barcelona (1416) y de Barcelona-Tortosa (1419)-. Sin embargo, Alfonso V logró los recursos suficientes para continuar respaldando a los Infantes de Aragón en Castilla y consolidar sus posiciones en el Mediterráneo occidental, donde retomó la tradicional política antigenovesa del Casal de Barcelona con la pacificación de Sicilia y Cerdeña, el intento de conquista de Córcega y el saqueo de Marsella (1423). Esta guerra le permitió intervenir en Nápoles al extinguirse la dinastía local Anjou (1420-1423). Sin embargo, las dificultades en la Península y Nápoles le obligaron a regresar. Frente a los graves problemas socio-económicos de Cataluña Alfonso V se limitó a contemporizar. En un nuevo asalto pactista, las Cortes (1421-1423), imprescindibles para la política exterior del monarca, le humillaron al convertir la "Diputació" en fuerza política de la oligarquía como "custodia y defensa de la estructura constitucional del país frente a cualquier extralimitación del rey y de las autoridades públicas". Esta victoria pactista sería un nuevo obstáculo en la evolución de las instituciones catalanas hacia la monarquía autoritaria moderna, proceso que quedaría bloqueado al no poder los reyes ni acceder a los recursos hacendísticos -controlados por las Cortes y Generalidades ni alterar sin su permiso el ordenamiento jurídico vigente. En Castilla, la victoria de Álvaro (1430) significó el final del soporte aragonés a los Infantes de Aragón. Desligado de estos asuntos, Alfonso V retomó su proyecto napolitano en 1432, mientras los reinos peninsulares quedaban en manos de la reina María de Castilla. La conquista de Nápoles (1432-1458) representa una nueva fase de la secular pugna entre los reyes catalano-aragoneses y la case de Anjou iniciada en 1282, pero en este caso respondió más a los sueños de gloria del monarca y su dinastía que a las necesidades reales de una Corona de Aragón -especialmente Cataluña- sumida en una profunda crisis interna. Pese a la derrota inicial de Ponza (1435), Alfonso V conquistó todo el reino napolitano en 1442. A continuación prosiguió la guerra contra Génova, lo que precipitó la intervención de Francia, convertida en el mayor peligro para el equilibrio político de Italia. Con ello se ponían las bases del futuro enfrentamiento por el dominio de Italia entre españoles y franceses. La paz de Lodi (1454) fue la respuesta de las potencias italianas a los avances francés y turco -conquista de Constantinopla (1453)-. Alfonso V mantuvo contactos con príncipes balcánicos como parte de una gran política mediterránea global cuyo fin era proteger el comercio catalán y hostigar el avance turco en Europa oriental. Desde 1436, el infante Juan de Navarra fue nombrado Lugarteniente en Aragón y Valencia, y Alfonso V se desentendió de los problemas peninsulares salvo para obtener recursos. Su absentismo envenenó los graves problemas internos de Cataluña, donde coincidían dos complejos procesos: las luchas por el gobierno en la ciudad de Barcelona entre los partidos de la "Biga" -patriciado urbano que regía la ciudad- y la "Busca" -menestrales y artesanos aspirantes al poder-; y la cuestión de los payeses de remensa de la Cataluña Vieja, enfrentados a la oligarquía feudal desde el siglo XIV por su negativa a desligar de la tierra a los campesinos siervos y a abolir los malos usos feudales. En ambos problemas el monarca apoyó con sus oficiales la organización y reivindicaciones de los sectores antinobiliarios -buscaires y payeses- para obtener los recursos que las oligarquías pactistas le negaban y recuperar el patrimonio real con el que reducir el poder señorial e imponer su autoridad. Por orden suya, Galcerán de Requesens, "llochtinent" en Cataluña, organizó a los "buscaires" (1442) y en 1453 les entregó el "Consell" de Barcelona. Sin embargo, con sus medidas superficiales y los gastos en Italia, Alfonso V sólo agravó unos problemas catalanes que le estallarían en las manos a su sucesor Juan II. Alfonso V solucionó con energía las luchas socioeconómicas entre "forans" y "vilans" en Mallorca (1451-1454), pero no el bandidaje y el auge de la nobleza en el reino de Aragón. Sólo Valencia acrecentó en esta etapa su prosperidad económica. Alfonso V murió en Nápoles en 1458. Sus posesiones fueron divididas entre su hermano Juan de Navarra (II de Aragón) y su hijo bastardo Ferrante, rey de Nápoles vinculado dinásticamente a la Corona. El Magnánimo vinculó Nápoles a los dominios catalano-aragoneses, pero al precio de dejar Cataluña al borde de una gran explosión socio-económica y de un futuro enfrentamiento con Francia por el dominio de Italia. A mediados del siglo XV Portugal experimentó el auge de la nobleza portuguesa que había apoyado la entronización de la nueva dinastía y un nuevo impulso en la expansión ultramarina. El rey Duarte I (1433-1438) frenó la presión de la nobleza combinando el control de la concentración y herencia de bienes nobiliarios -Ley Mental (1434)- con la expansión marítima iniciada por su hermano el infante Enrique el Navegante -paso del Cabo Bogador (1434)-. La expansión portuguesa en el norte de África fracasó ante Tánger (1437), desastre que precedió a la muerte del monarca en 1438. Ambos acontecimientos y la minoría del rey Alfonso provocaron la división de la nobleza en dos bandos: los nobles expansionistas vinculados a Enrique el Navegante, su hermanastro Alfonso, conde de Barcelos, y la reina Leonor de Castilla; y la nobleza dirigida por Pedro, duque de Coimbra, y Juan, maestre de Santiago, con apoyos en las burguesías atlánticas. El condestable Pedro de Coimbra se hizo con el poder y gobernó durante la minoría de Alfonso V (1438-1449) pese a la oposición nobiliaria encabezada por el conde de Barcelos, futuro duque de Braganza. El regente realizó una política promonárquica que se plasmó en la promulgación de las "Ordenaçoes Alfonsinas" (1446), primer código civil portugués. Su gobierno es comparable al de Álvaro de Luna, en cuyas luchas se vio envuelto el regente portugués. En el exterior acentuó decisivamente la expansión marítima combinando los intereses de burguesía y nobleza bajo la dirección de la Corona. Desde su mayoría de edad (1446), Alfonso V (1438-1481) se unió al conde de Barcelos en una reacción nobiliaria contra Pedro de Coimbra, que murió en la batalla de Alfarrobeira (1449). Su desaparición quebró el autoritarismo real y supuso un nuevo asalto nobiliario a las instituciones reales. Además de la inmersión de Navarra en la política interna castellana y del declive de la autoridad real, durante este periodo se produjo el agravamiento de la soterrada lucha entre agramonteses y beamonteses, los bandos nobiliarios que dividían el reino. Bajo su enfrentamiento se observa el choque de dos modos de vida diferentes. Los beamonteses (por Carlos de Beaumont, primo de Carlos III) representaban la Montaña, la zona norte del reino de economía pastoril y los agramonteses (por los Agramunt) representaban la Ribera, la zona sur del reino de economía agrícola. Ambos bandos continuaron su enfrentamiento durante todo el siglo XV, aunque agravado por las luchas políticas que sacudirán el reino. A finales del reinado de Carlos III (1387-1425), la hegemonía castellana fue reforzada con el matrimonio de la infanta Blanca (14251441), viuda de Martín el Joven y heredera del reino, con Juan, el segundo de los Infantes de Aragón (1419). Pese a la oposición de los navarros, Juan I (1425-1479) asumió el control del reino y lo convirtió en soporte de sus luchas en Castilla. Desde 1430 (treguas de Majano) el monarca se replegó a Navarra, abriéndose un breve periodo de paz roto en 1441 al morir la reina Blanca, viuda del reino según los fueros navarros. Aunque el trono pertenecía legalmente a su hijo Carlos, Príncipe de Viana (titulo creado por Carlos III para el heredero en 1423), Juan I tomó el poder, iniciando una larga y compleja guerra dinástico-nobiliaria. En 1441 Juan I volvió a sus intereses castellanos, hasta que la derrota de Olmedo (1445) le alejó definitivamente de Castilla. Su matrimonio con la castellana Juana Enríquez (1447), que ponía fin a su legitimidad como rey-consorte, provocó la guerra. Los beamonteses se rebelaron tras Carlos de Viana y con el apoyo castellano de Álvaro de Luna, interesado en debilitar al infante-rey. La guerra civil entre Juan-agramonteses y Carlos-beamonteses duró hasta 1455. Carlos de Viana y su hermana Blanca fueron desposeídos del reino en favor de su hermana menor Leonor, casada con Gastón de Foix. El heredero buscó entonces el apoyo francés y la mediación de Alfonso V de Aragón, pero la muerte de éste (1458) complicó aún más la situación. Juan I de Navarra se convirtió en Juan II de Aragón (1458-1479) y la pugna con el Príncipe de Viana, ahora también heredero de la Corona de Aragón, se extendió a toda la mitad oriental de la Península. Navarra se convirtió en "el centro de gangrenamiento de la política hispana". Tras el reinado de Yusuf III (1408-1417), Granada inició un periodo revolucionario de proclamaciones violentas de reyes apoyados por clanes nobiliarios (Zegríes y Abencerrajes) oscilantes entre la legitimidad y caudillos militares nacionalistas susceptibles de recibir ayuda norteafricana de Hafsíes y Meriníes. En este contexto de descomposición interna jugó un papel decisivo la influencia de Castilla, interesada en acentuar las divisiones internas de cara a una futura conquista total. En 1419 los Abencerrajes, con apoyo de los Hafsíes de Túnez, destronaron a Muhammad VIII el Pequeño (1417-1419 y 1427-1429) y entronizaron a Muhammad IX el Zurdo, cuyo gobierno (1419-1427; 1430-1431; 1432-1445 y 1447-1453) fue alterado por continuos enfrentamientos dinásticos y periódicas ofensivas castellanas. Entre 1427 y 1429 Muhammad VIII recuperó el trono de la mano del clan de los Bannigas (Venegas), pero fue asesinado al cabo de dos años y Muhammad IX regresó al poder. El gobierno de Álvaro de Luna supuso la reanudación de las ofensivas castellanas (1430-1439), que produjeron graves derrotas- Higueruela (1431)-, escasez, disturbios y nuevas discordias nobiliarias atizadas por Castilla. Muhammad IX fue depuesto (1431) por el efímero Yusuf IV (1432). La reanudación de la luchas en Castilla dieron un respiro a Granada, aunque en el interior se reprodujeron las disputas. En 1445 los Abencerrajes entronizaron a Muhammad X el Cojo (1445-1447), a lo que siguió un periodo de anarquía total y de lucha por el poder entre éste, Muhammad IX (1447-1453), Yusuf V (1445-1446 y 1446-1462), Muhammad XI el Chiquito (1448-1454) y Abu Nasr Sa'd (1454-1462 y 1464). Finalmente, en 1453 castellaños y Abencerrajes impusieron a Abu Nasr Sa'd (1454-1462). En esta situación, la suerte de Granada quedó a merced únicamente de la prolongación de las guerras nobiliarias en Castilla.